Tu Niñez Bajo Tierra

Eres un niño que pierde la niñez bajo tierra y tos sangrante

Eres un niño que pierde la niñez bajo tierra y tos sangrante

“Sombríos días de socavón,
noches de tragedia,
desesperanza y desilusión
se ciernen en mi alma…”
El Minero-Wayño boliviano

Tu niñez bajo tierra

Imagina ahora que eres como un gusano que se arrastra por los socavones. Como un gusano te sientes comiendo tierra y polvo y escupiendo sangre, mientras que con un cincel y un martillo, intentas arrancar pedazos de piedra pómez de las paredes, pensando siempre en que momento se me caerá encima el techo del túnel, en que momento cederá el pilar de madera podrida y me enterrará sin ver por última vez a mi madre…

Ernesto Sábato graficó en su novela “El Túnel” un largo pasadizo mental en el cual las ventanas de luz era nuestra niñez a la cual siempre queremos regresar, en este caso, la luz te indica que ya vas a salir del hueco y que eres niño, así que no hay lugar mejor a donde ir, si vale eso de que cuando niños fuimos más felices.

Imagina que tienes 12 años y que desde los seis te has metido en cuanto hueco te ordenaron tus padres. Ahora piensa en que el colegio esta vedado para ti, que los otros niños del barrio te llaman “topo” y tus juguetes son los huesos que te encuentras mientras excavas o los perros callejeros que te acompañan son tus amigos. Quién sabe, los demás niños se animen a jugar en la tarde a la esconde esconde, pero ¡cuidado!, no lo hagan en los socavones, podrían caerse y matarlos como le sucedió a Paquito hace dos años y nadie dijo nada, ni sus padres porque tú y tu familia están al margen de la ley.

No lo vas a entender bien, repito que tienes 12 años y no sabes leer ni escribir y tienes que estar todo el día sucio que ni tu cara conoces bien. En las noches frías de la casucha donde vives, el frío se cuela por los intersticios de las calaminas. En las mañanas, puedes ver desde la altura de tu cerro que la ciudad está cubierta por una nube negra, y así no te sientes tan mal por estar también sucio.

En el desayuno tienes que aprovechar para bromear, ser espeso con tus otros hermanos y tratar de que tus padres no te manden al hueco. Pero no es así. Terminas tu leche aguada con algo de cereal repartido por la Municipalidad y te vas con tu pico y tu saco de polietileno para recoger los pedazos de esa piedra blandita pero que te hace toser con el polvito que sale. Eso te recuerda que mejor no te enfermes de gripe, porque así con fiebre y todo tendrás que trabajar.

Pero con todo, tu suerte es mejor que la de tu hermano mayor, el cual se vino a la ciudad con una enfermedad rara, producto de los gases que inhalaba allá en las torteras de Caravelí. Porque él trabajó desde chiquito sacando oro con tu padre, pero cuando este cayó enfermo y se tuvo que venir a la ciudad tu hermano se quedó. No sacó oro, o en todo caso lo que sacaba se lo chupaba o gastaba en mujeres, mientras su adolescente cuerpo respiraba al azogue y el cianuro que lo mató lentamente, porque viéndolo ahora, todo flaco y demacrado, no puedes pensar en que este vivo y te da miedo. Debes tener miedo, porque tu final puede ser igual.

Hemos dicho que no sabes leer, pero de repente exageramos, de repente si sabes a punta de percibir tu cercano mundo, donde las palabras pan, leche, arroz y otros nombres que identificas con bienestar con saciedad, no con esa que te hace tragar tierra y te sientes pesado, no, una saciedad de conocimiento por seguir leyendo y aprendiendo. ¿Cuándo se acabará eso?, te preguntas y se lo preguntas a tus padres, pero ellos no ven en ti a un hijo sino a un trabajador y no te enteras que por lo menos deberían darte un porcentaje de lo que sacan vendiendo los trozos de piedra.

La radio una vez tocó música bonita contando la historia de unos hombres que se la pasaban los sombríos días en un socavón, desesperanza y desilusión se sienten en tu alma, y así, pasando los días voy como buen minero y a Dios le pides morir y vivir en el santo cielo. No es tu historia, sabes que no lo es porque allí, en la parte alta de Jerusalén en Mariano Melgar, no existen minas, no hay oro que sacar ni cobre, sólo una piedra que sirve para que la gente se saque el chuño como dicen y para lavar jeans para eso trabajas, para que otros disfruten de tu trabajo raspando sus excrecencias. ¿Lo comprenderás algún día?, esperas el sueño intermitente que te alivie el dolor de ser un “topo”, un niño topo que se mete como gusano en los socavones para sacar la piedra, con el miedo de volver a encontrarte con una calavera, con los sueños de jugar en una escuela y patear un balón.

Si pues, hace unos días vinieron unos señores de terno con policías y máquinas que cerraron tus huecos. Sólo taparon ocho de los 38 que hay y dijeron que estabas siendo esclavizado, y que tus padres eran unos explotadores y que tanta cosa. Luego se fueron y vino un fotógrafo y te dijo que te daba un saco de arroz para que entraras con tu hermana menor a un socavón e hicieras como que trabajabas. Al tipo le divirtió su trabajo, retratándote como si fueras un animal de exhibición. Al otro día viste tu foto y hasta te alegraste, pero después recordaste eso de esclavo y lo tratas de entender. Pero ¿cómo van a tratarte como esclavo tus padres? No logras entender esa figura y menos te importa las promesas que te hicieron esos señores de terno sobre mejorar sus condiciones de vida, si es que tanto tiempo ha pasado sin que nadie se preocupe por ustedes y vienen ahora a prometerles ayuda, cuando lo que están haciendo es cerrar su trabajo. Esas cosas bullen en tu cabeza, las contradicciones…

Y despiertas, porque esta no es tu vida, porque entraste a este blog y te hemos hecho imaginar estas cosas que no te pasan a ti, pero sí a los 20 niños que, aún, como gusanos, todas los días se meten en los socavones para arrancarle a la tierra nada más que muerte y denigración…

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