La infidelidad de Juan

infielesJuan estaba parado ante la puerta, incrédulo ante la aparición casi fantasmal de su esposa María a las dos de la madrugada en el departamento de Joaquina, su amante, que se acercaba lentamente para abrazarlo por la espalda.

Trabajaba varios años en una distribuidora de papel, en la que fungía como supervisor de ventas, que significaba viajar cada cierto tiempo a las sucursales de provincias. En una de ellas conoció a Joaquina, quién entró a trabajar como asistente de administración. Todo comenzó con una salida casual porque ella estaba aburrida y terminaron temprano el trabajo de papeleo. Ella era la única trabajadora de esa sucursal así que nadie más sabía que salieron y bailaron juntos toda la noche y la pasaron en su departamento hablando y haciendo el amor hasta la madrugada.

Claro que le contó su supuesta difícil vida, con una esposa que no lo comprendía. Todo aprendido entre lecturas de diarios amarillos y novelas. Ella también no se hizo problemas, escuchó, animó, se enojó por cómo lo trataban y terminó confirmando que para ella eso solo era lo que era y nada más, que no se preocupara por reclamos ni nada, ella entendía.

Con esa seguridad avanzó la relación entre ambos. Para justificar los viajes Juan ideó un plan sencillo: sólo viajaría cada dos meses un viaje de más, así cubriría la visita a Joaquina cada mes, de manera que la atención sea la necesaria y tuviera todo justificado, para no meter la pata. Las veces que Joaquina no podría estar con él en sus viajes lo usaba para irse a otros lugares, para no despertar sospechas y hacer ya tradición las salidas.

Así pasaron dos años.

En ese tiempo Joaquina tuvo un enamorado y él otra aventura fugaz. Pero el pacto entre ellos era sencillo, llegaba a trabajar por el día y en la noche salían dependiendo el humor de ambos y siempre terminaban en su departamento. Solo el tiempo en que ella tenía otra pareja tuvieron que recurrir a un hotel en el que él se quedaba y ella lo visitaba. Cuando terminó la relación con el otro se normalizó el hospedaje.

Otro año más pasó.

En casa la relación con su esposa iba de lo más normal al principio, hasta con un apego mayor a la intimidad, por el sentimiento de culpa de Juan que empezó a llevar algunas cosas de más como regalos y a pasar más tiempo con los hijos. Eso el primer año, a partir del segundo las cosas se enfriaron y él, ya dueño de su conciencia relegó las culpas y sus consecuencias al baúl de lo innecesario. Las peleas sin sentido comenzaron. La lejanía hacia la novedad de los hijos avanzando de grado también se sintió.

Dos meses antes de estar parado allí, tragando saliva ante los ojos de su esposa, Joaquina le había preguntado si pensaba alguna vez dejar a su mujer y él le respondió que no lo pensaba hacer, por los hijos claro. Siempre fue cuidadoso y nunca le dio el nombre completo de su esposa a su amante, ni el de sus hijos o su dirección real o el número de su esposa ni el de nadie de su entorno familiar y amical.

Lo que no sabía es que el germen del tiempo en Joaquina había variado en los últimos meses al sentirse sola por las noches y ver como sus amigas se iban llenando de hijos y casándose o juntándose, siempre en ese orden primero. Pensó en engañar a Juan para que la embarace, en exigirle de una vez que decida, pero sentía que no iba a resultar, tenía que ser algo más determinante, algo que de todas maneras lo obligara a quedarse con ella.

Así que con sencillez llamó a la empresa central y pidió la lista personal de los trabajadores de gerencia administrativa, en especial de los que viajaban por la zona sur del país porque una empresa minera, que adquiría material de la distribuidora, quería enviar tarjetas de saludos por Navidad a sus proveedores de manera más directa. Se la dieron. En ella venía el nombre de la esposa completo, de allí a averiguar su número de celular fue sencillo.

La llamada tomó por sorpresa a María, pensó que era una broma y hasta intentó cortar esa llamada intrusiva que pretendía acabar con su hogar. Pero algunas señales y la confirmación de los días que viajaba su esposo, le dieron un poco más de paciencia para escuchar las razones de la llamada, los porqués y la salida para comprobar lo dicho: Juan viajaría ese viernes para estar con ella el sábado y quedarse en su departamento hasta el domingo, día en que regresaría a la ciudad capital. Apuntó la dirección.

María preparó la maleta de su esposo con el amor de siempre, con la misma ternura con que acomodaba los pantalones. Había cierta dulzura en sus actos hasta el final, en que rompió a llorar con amargura por sentir que eso que le pasaba, no era justo. Cuando terminó de sofocar sus gemidos, la idea ya estaba clara en su mente.

Al despedirse Juan de ella ese viernes por la noche, ella no dejó que se le notara ni un poco la preocupación que la embargaba, solo al final, en el abrazo, se demoró un poco más, una milésima más, pero Juan la notó. Si hubiera estado alerta, si hubiera sabido interpretar el corazón de su mujer, habría sospechado. Pero la premura del viaje lo desenfocó.

Allí estaban ahora los tres, reunidos por primera vez, para comprobar ambas lo que eran, una vestida sencillamente con un jean, zapatillas y una chompa con casaca de viaje que la hacía ver algo ancha y la otra semidesnuda, el cuerpo joven, con la desafiante mirada en ristre. En medio un confuso Juan que no sabía que hacer. Esperaba un golpe, esperaba gritos, esperaba una pelea entre ambas mujeres o que lo golpearan a él. Esperaba…

—Solo lo voy a decir una vez Juan: tienes exactamente el tiempo en que yo llegue al terminal para irte conmigo, los pasajes ya los tengo, si ese bus parte con los dos no habrá reproches, no te diré nada, solo te pediré que renuncies a tu trabajo y todo seguirá adelante, si no llegas a irte conmigo todo habrá terminado para siempre. Tú decides— dijo María y dio media vuelta.

Juan sintió la caricia apremiante de su amante en la entrepierna y sus palabras de consuelo y promesas de un futuro nuevo, juntos. Juan se dejó llevar al interior del departamento.

Veinte minutos después el bus partía con una María resuelta, llena de valor para lo que acometería desde ese momento, la promesa que hizo le iba a costar mares de llantos y hasta sufrimientos, muchos no la entendería si llegaban a saber las causas y muchos también la juzgarían, pero allí estaba, con Juan a su lado, rumbo a una incógnita de futuro.

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