Artículo: La insoportable brevedad del ser

Cada día menguamos. De no ocurrir algún accidente que nos siegue la vida, los días, horas, minutos y segundos de nuestra existencia, nos llevan irresistiblemente al mayor de los misterios: la muerte. Esta sensación de que la vida pasa y nada hacemos, se incrementa con los años. La percepción que el tiempo se escapa y no alcanzan las horas del día y dejamos demasiado por hacer y concretar en el tintero de nuestras acciones, oprime. Y quizás no sea tan así.

Milán Kundera en su conocido ensayo literario sobre la levedad y el peso, agrega vectores a los dos, convirtiéndolos en verdades de su divagación. Vectores que tienen que ver con el sentir primigenio en la búsqueda de la eternidad y la irremediable consecuencia del destino, o, mejor dicho, del irremediable destino que traen las consecuencias de nuestros actos.

Pero ¿Qué si sucede así? Combatimos el paso del tiempo con figuraciones propias del consumismo: operaciones, cremas, nutrientes, salidas divertidas, gastos y gastos, abandonos de pareja por otras sensaciones, ensayos sobre nuevas oportunidades y probar tabúes que nos devuelvan algo que creemos se perdió en los años de formación y trabajo.

Hasta los niños viven en esa aceleración contraria que intenta que se mantengan en su correspondiente edad, pero al mismo tiempo los insta a madurar y experimentar, quemar etapas, salirse del guion moral para vivir porque después, después nada hay, solo la búsqueda del tiempo perdido, parafraseando a Marcel Proust.

Cada día menguamos y así es como debe ser, para que cada instante se aproveche en su magnitud. Cuando alguien nos hable hay que escucharlo como si nada más existiera, como si todo depende de esas palabras que ofrece. Pensar que un juego con tus hijos nunca más se repetirá, perdonar instantáneamente, no quedarse en el juzgamiento, enfocarse en el trabajo que estás haciendo y no divagar entre redes sociales y las llamadas sin sentido para acometer la tarea y salir de ella y pasar a la siguiente con el ánimo de quién está viviendo, del que está VIVO, cambia la perspectiva.

Comprender que de nada se es dueño, solo del momento presente y que eso también te da la responsabilidad de quién quieres ser, da la oportunidad de soñar y hacer las cosas bien. En el ejercicio constante de vivir dirigidos hacia el bien intensamente cada momento y enfocarse en el ahora como única posesión, estará el secreto de nuestra constante felicidad, de la sonrisa que nos acompañará sabiendo que la Eternidad está en el aquí.

Sarko Medina Hinojosa, artículo publicado en Diario Los Andes

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