El Comecuentos: La Higuerilla de Ribeyro

El domingo se cuela por la ventana en un brillo solar intenso, hasta se puede tocar. La calle no está tranquila, para nada. Ayer contamos hasta 24 personas transitando en una hora. ¿Cuántos realmente salieron por una urgencia?, ¿Cuántos solo salieron porque las paredes los ahogan pero no termina por aceptarlo?, se inventan necesidades para ir a la tienda, a la farmacia. Un niño peloteaba el sábado a una cuadra, libre, sin temor, su hermano, oculto por las casas, seguro también estaba así, despreocupado.

Mathias no está aburrido, tiene todo lo que necesita, desde lo primordial hasta lo superfluo. Me parece algo genial que estos primeros quince días no haya sentido las ganas de ir al centro comercial o al parque. Hemos jugado con carritos y ahora mismo juega a tratar de asustarme, escondido tras las puertas. Finjo sorpresa. De pronto el pensamiento negativo del día me atraviesa. El Corona Virus también se oculta y te ataca por sorpresa.

Nadie nos preparó para esta situación, pero la experiencia conjunta sí. Terrorismo, cólera, dictaduras, autogolpes, Arequipazos, Cuatro Suyos, Gripe Aviar. Cáncer… Sí, casi nos olvidamos que afuera la vida continúa y los enfermos siguen padeciendo de sus dolencias. Una amiga postea #FuckCáncer y me conmueve porque ella desde hace semanas, meses, ya aprendió que debe cuidarse, comer sano, quitarse algunos gustos efímeros y lavarse las manos, siempre, amar la vida, siempre.

En la Fazenda de la Esperanza aprendí a vivir con la ansiedad de no enfermarme y tratando de conservar las cosas por si alguna vez me faltaran. Ya para el final de la experiencia aprendí a soltar, a dejar de aferrarme. Pero, era un ambiente seguro en muchos aspectos, había alimento tres veces al día y hasta una mediamañana. Un asado una vez al mes. Ahora, trato de controlar esas ganas de contar una y otra vez las cosas que tenemos. Dos semanas dije y dos semanas compré. Y todo está bien, solo esta increíble necesidad de saber que tienen todo los que amo y por si acaso, cuento de nuevo las bolsas de kilo de azúcar que logre conseguir. Cumplí a rajatabla el no alocarme por comprar y, cuando fui, no había mucho, pero sí lo suficiente. Termino entendiendo porqué algunos han salido a abarrotarse a lo loco de comida para dos meses, pero no los justifico. Respiro. No hay necesidad de salir para nada, me repito.

Los vecinos se han apostado en su techo. Tiene una sombrilla incluso y banquitos. Se adivina una mesa. Están casi toda la mañana viendo a la gente pasar. Mis ventanas reflejan el sol, pero asumo que en algún momento verán mi sala. Mi limpia e inmaculada sala. Cada día por medio nos turnamos en la limpieza. He aprendido a valorar a quién hace el trabajo en casa en plenitud, el polvo y el desorden de la vida que se mueve, hace que cada día uno se pregunte si vale la pena vivir civilizadamente y no en un hermoso desorden de acumulador diagnosticado.

Antes de bajar al primer piso, donde mi madre ha preparado un asado al horno de chancho, trato de enfocarme en las cosas que tengo para valorarlas y agradecer. Es mucho frente a lo poco de otras época, pero nunca tan poco como lo que tuvo Jean-Dominique Bauby, editor de la revista francesa Elle, quién sufrió un ataque cerebrovascular. Despertó tras veinte días en coma, descubriendo que era incapaz de mover ninguna parte de su cuerpo, solo el ojo izquierdo y un leve ladeo de la cabeza. Con eso, y desde la cama del hospital escribió un libro “Desde la prisión de mi cuerpo”, donde narra su situación, su padecimiento del síndrome de enclaustramiento. La parte más dura que leí fue la del domingo: “Luego llega el domingo. Detesto que llegue este día porque, si nadie viene a verme, no habrá quien rompa el monótono transcurso de las horas. No vendrá ninguna de las terapeutas. Es como cruzar un desierto cuyo único oasis es un baño de esponja, aún más rutinario que de costumbre”.

Tengo mucho y no avanzo nada. Es decir, el teletrabajo me ayuda a concentrarme y cumplir con un horario y hasta atravesar imprevistos con buen humor, paciencia y recordando que no hago esto por mí sino por muchas personas más. Pero, cuando termina eso y afronto mi propio trabajo literario, me quedo allí, sin saber por dónde atacarlo, si leyendo los libros que me falta, los escritos inconclusos o qué. Para salir del dilema estoy haciendo transmisiones que, a riesgo de perder público, debo confesar que me hacen mucho bien más a mí, que creo a los que escuchan esa suerte de leer lo que escribí.

Hay que bajar. Mathias está fascinado por el jardín, las cosas que han arreglado mis hermanos, el jardín de Hilaria, las plantas nuevas de mi madre. Una parra hermosa como siempre deseó ella se extiende. Hasta la casa de Bárbara está limpia. Comemos en el patio, la mesa ampliada. Recibo una llamada y me ausento, tengo que resolver algo del trabajo. Vuelvo para comer a las apuradas el caldo de pollo y atacar sin miramientos las carnes, las papas, las verduras. Como un domingo en la Fazenda, sin las penas de Jean-Dominique, porque allí está, la comida generosa, la ocopa con el huacatay de esta misma huerta, hasta la gaseosa limpia-caños que tanto me gusta y tanto no debo tomar seguido. Pero, principalmente, las historias, una a una se superponen y se cuenta los gallos que se comieron, criaron, pelaron, se bajaron a punta de resorterazos. Los engaños que se sufrieron por falsos agentes de la PIP. Cuando lo detuvieron en Huancayo a mi tío Max, la vez que conocí al guardaespaldas de Janis Joplin: “Sí, sí, se acercan dos drogadictos para robarnos y pum, pum, les disparé y nos fuimos. Muertos creo. Nueva York era un sitio extraño”, me decía y nos damos cuenta que ahora también lo es… el mundo entero lo es.

El Coronavirus entra a la conversación. Es inevitable hablar de los muertos, las medidas de seguridad, lo que hace el Gobierno, lo que no hace. Terminamos esperanzados, arrancando a nuestros cuidados la validez de un encantamiento que nos mantendrá impolutos, sin contagio. Podremos lograrlo, nos exigimos, cual promesa. Decretamos salud. El juego Pictionary nos alegra mucho más, el postre de frutas al jugo, un rato más de risas, Mathias tocando el piano eléctrico. Pero mi ansiedad vuelve. Necesito ir a casa.

En el cuento Al pie del acantilado, del “Flaco” Julio Ramón Ribeyro, el inicio lo es todo: “Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados”. Esta fue una casa llena de piedras que se sacaron desde el vientre de la tierra para poder construir lo inconcebible en un desierto. Mi abuela Hilaria trajo dos camionadas de tierra de chacra para poder plantar manzanas, maíz, alfalfa, criar cuyes, gallinas, romero y un cedrón el cual aún impregna con su olor mis recuerdos. Hasta fresas logramos cultivar e infinidad de mascotas hicieron de abono ambulante y varios allí están enterrados con amor. Luego, un día, tumbamos todo, techos, paredes, arrancamos el tronco muerto del eucalipto, el cuarto donde nací y morí. Construimos este castillo.

Y allí estoy. En la torre de mi reino, contemplando la ciudad que no quiere resignarse a callar, con sus trashumantes caminando en el incierto camino del contagio, hacia donde nadie sabe.

Pero yo estoy aquí, rodeado de lo necesario pero principalmente del amor. Como la higuerilla, el cariño se reafirma en pequeños resquicios que permite el corazón y vuelve a inundar todo. Un perro ladra, un par de coches casi chocan en mi esquina de los accidentes, inconcebible. Tecleo #FuckCoronavirus y pido perdón por el francés. “Resistiremos”, les prometo a mi esposa e hijo, “somos la higuerilla de Ribeyro”, digo y nos vamos a dormir.

Por: Sarko Medina Hinojosa

Cuento de Julio Ramón Ribeyro donde aparece la Higuerilla: https://www.literatura.us/julio/pie.html

El Comecuentos: Hombres en el Mercado

La diferencia entre el perejil y el culantro es que el primero tiene las hojas terminadas en redondeces mientras este último las tiene puntiagudas. Cosas como esas son las que debes recordar en el mercado, porque si no te das cuenta, te dan otra cosa y en casa terminarán regañándote.

La Feria El Altiplano queda en la frontera entre los distritos de Mariano Melgar y Miraflores. Fue construido en lo que antes eran las caballerizas de la Policía Montada y las casas de la Policía Canina. Pero la misma feria tuvo sus inicios en la Quinta Romaña, los días lunes y martes de cada semana. Luego en los alrededores del Estadio Melgar, de allí a la calle Unión en Miraflores, terminando en la Calle Paris de la Urb. Santa Rosa, en toda esa primera etapa. Luego llegaron los 21 años en la calle Londres y alrededores de la Gran Unidad Mariano Melgar, donde se convivió con la llamada La Cachina. Por fin en el 97 obtuvieron los terrenos y se ha convertido en un centro de abastos que facilita la compra a los habitantes de las zonas altas de ambos distritos que tienen más cerca este centro que el Avelino Cáceres.

Por los parlantes se nos advierte que este día solo pueden entrar varones. La voz de locutor trata de ser cercana, paternal. “Por favor no queremos que las saquen señoras, mañana les toca a ustedes, hoy dejen que los hombres se hagan cargo de las compras”, suena en medio de varios compradores que hacen cola en un puesto de abarrotes. Me siento confundido, hay una larga cola en ese pero en el de al lado no. Deben saber algo que ignoramos los demás. Hago mi cola por si acaso.

De pronto a mi costado una persona me empuja, es una señora. Detrás de ella llegan los policías. “Señora, no me haga correr, deténgase”, escucho. Le piden sus documentos, la razón por la cual ha salido a pesar que está prohibido. “Soy madre sola”, “Sí, pero puede comprar mañana o para la semana”. No la van a detener, pero se irán con una advertencia y un efectivo la acompaña a la salida.

Luego de comprar el chocolate enriquecido para mi hijo con la sensación de haber pagado lo mismo de siempre, transito por galerías vacías y puestos celestes cerrados. Son los de zapatos, librerías, regalos, productos de belleza, juguetes, videos piratas, los cuales no son “indispensables”. En un puesto veo a un señor medio oculto darle vuelta a un juego de niños. “Cuanto”, “Quince, pero métalo rápido en la bolsa”, dice la vendedora. Estoy tentado de preguntar por rompecabezas. Pero he venido por verduras y abarrotes. Nada más.

Al llegar a la zona de frutas y verduras, la batalla está en su apogeo. Los hombres tienen fama de prácticos y lo compruebo, si no los atienden, se van a otro puesto, o regresan a ver si se desocupo la casera. Los veo comprar también a la ligera, es decir: “Dame manzana”, “¿Cuál?”, “No me dijo, dame la verde nomás, un kilo”. Le pregunto a la señora que me está pesando mis cebollas y tomates quién la estresa más si las mujeres o los varones al comprar: “Las mujeres”, responde. No me fio de la respuesta.

Me detengo a ver los rostros, algunos de confusión, otros de apuro, por allí uno que saluda a otro y las bromas. Pocos piden “yapa”, “aumento”, “dame verduritas”, casi nadie pide rebaja, casi todos ven una lista o consultan por celular.

Tengo que ir por la carne. Hace dos semanas compré las cosas para dos semanas. Y me han sobrado arroz y azúcar y leche para otras dos semanas más. Así que pensé que sería todo en una sola bolsa, pero, entre la fruta y una cosita más que agregué, el peso ya está repartido en dos. Miro con envidia al que trajo su carrito, al hijo para que le ayude, o que vinieron en mancha de puro varón. Pero no, es uno por familia. Hay que cumplir.

Saliendo a tomar mi combi me acuerdo del aceite, felizmente abarrotes está en la salida para Mariano Melgar. Terminado de comprar, un señor le dice a la vendedora: “Seño, deme la boleta de la leche, sino no me creen en casa”, lo miro, me mira, sabemos de qué habla, a través de la mascarilla se adivina nuestra risa cómplice.

En la combi, repaso mi lista, ruego no haberme olvidado de nada, pero en especial pidiendo que la papa de cáscara negra que estoy llevando sea esa papa chachán que me pidieron. Siento que acabo de cometer un error. Un sudor frío me embarga. Por lo menos el culantro sí estoy seguro que llevo bien. Espero eso rebaje el regaño.

Por: Sarko Medina Hinojosa

El Comecuentos: Ceviche con tomate

Por: Sarko Medina Hinojosa

“Mi Mamá Hilaria cocinaba el mejor estofado del mundo. Fin.”

Cada cual tiene en la mente algún potaje de alguna de sus abuelas que es incomparable y, la medida de sabor o gusto por algún plato se mide en si es parecido al que preparaban ellas. Ni Gastón Acurio ni la Tía Veneno de la esquina pasan la prueba si no se parece a las ricuras que preparaban esas manos arrugaditas cual pasa.

Yo aprendía a cocinar más bien con ella. Fue una cuestión de vida o muerte. Es decir, la mía, porque se le metió a mi ancestra que debía aprender a cocinar. “No quiero que sufras como tus tíos”, fue una enigmática frase que se le escapó y que recién, años después, comprendí.

Hasta ese entonces me encargaba de prender el Primus, pero ahora era ya no solo era darle bomba como desquiciado al primus que teníamos, echarle kerosene al platito del quemador sin que rebalse y luego prender el fuego con riesgo de incendio. Y si se tapaba échale a la “aguja”, que era un hilo de metal ajustado a una lámina. Muchos hemos perdido la vista en esos intentos, porque de pronto se destapaba el bendito asunto y te bañabas en kerosene y corrías a lo bonzo, quemándote en tus propios jugos.   

Pues a Hilaria se le metió que cocinara, que aprendiera a freír siquiera un huevo. Bueno eso fue fácil, luego de la amenaza de que no cocinaría más si no aprendía a dorar un futuro pollo en la sartén. Y de verdad no cocinó. Vencidas las rabietas y con el estómago suplicante de comida, accedí a que se me enseñé el arte de quebrar el mejor de los protectores naturales del embrión polluno y desparramar en aceite caliente el contenido. Una proeza que me certificó como freidor profesional que hasta con bordes crocantes y yema cruda sacaba en tiempos precisos para desayunar y seguir con la vida.

Alguna vez ya conté que el que hacía el mercado en casa era yo. Por una suerte de que mi cara de chibolo apaleado y monse despertaba caridad y me llenaban de hierbas como apio, hierbabuena, culantro, huacatay y demás la bolsa de mercado las caseras y porque la carne me la daban suavecita. Veinte soles me alcanzaban para el recado de los dos. Veinte soles juntados centavo por centavo en la tiendita de la esquina. No había lujos, había amor.

Me estoy perdiendo del tema. Perdonen.

El tema es que mientras aún no salíamos del asombro del Smooth Criminal de Michael Jackson en la radio, ese verano del 89 se presentaba la mar de aburrido. No tuvo mejor idea mi abuela que terminar de perfeccionarme en las artes de la cocina, como el graneado del arroz que, si bien sería lo más básico, tiene su gracia y maña. Una medida por dos de agua reza el dicho, pero, antes siquiera de pensar en lavar los granos camanejos, había que escoger y sacar los gorgojitos y piedritas, no se te vaya a quedar una muela partida en medio del deguste. Luego lavar tres veces y listo para la olla en la que debía haber rehogado ajitos y aceite, luego el agua, luego la pimienta entera y medio tapar la olla. Cuando estuviera hirviendo y en un momento en que prima el cálculo diferencial y teoría de cuerdas, bajarle el fuego y colocar la latita. Listo, arroz graneado.

Un día, de esos que Borges anunciaba en sus cuentos bajo misteriosos enigmas, se le ocurrió a mi abuela que hagamos ceviche. Pues bien, la recomendación fue comprar Jurel, porque era barato. Luego de lavar, eviscerar y sacarle esa línea dura del lomo, vino la parte lamentable de sacarle una por una las espinas para que quede solo pulpita. Luego que, que de que, cómo se hace el cebiche mamá Hilaria, no sé, tu sabrás, yo no sé, pero debes haber visto en la tele, qué haces metido allí todo el día entonces, pero no pasan recetas de cocina, y ese tal Gastón, ese es un español, pero sus recetas son de España, ¿allá no hacen cebiche?, no para nada, pero es fácil, bueno vamos a ver, qué lleva, limón y cebolla, claro eso lleva y tomate, ¿tomate? Estás seguro, sí, claro, por supuesto. Y allí estaba el Sarko pelando tomate y cortando, para preparar la mejor zarza de pescado que se pudo hacer. Felizmente no pasó nada y el mundo siguió girando pese a la herejía cometida.

PD: Quedo rico nomás.

PPD: Tenía 11 años no me juzguen.  

Relato aparecido en el Semanario La Central:

El Comecuentos: Boas cafetaleras

Imagen referencial.

En 1990 mi mundo se descuajeringó de tal manera que terminé a más de tres mil kilómetros de mi Arequipa natal, estudiando en el Emblemático Colegio Santa Apolonia número 34418 en plena ceja de selva peruana. Estaba en sexto año de primaria y por pasar el mejor año de mi existencia junto a mi madre.

Dentro de todas las aventuras que pasamos, recuerdo la primera noche que dormimos en el cuarto que alquiló en una casa multihabitaciones y baño común. Estábamos roncando de lo lindo en el colchón que tiramos encima de unos cartones, a espera de una buena cama de madera tornillo, cuando, iluminada por la luz pública que hasta las 10 se mantenía encendida, una araña del tamaño de un camión; bueno, del tamaño de un Datsun del 78; está bien, una araña del tamaño de mi mano de diez años y ya no exagero que así fue, caminaba lentamente, proyectando sus patotas en la inmensidad de la noche llena de temores míos contra los arácnidos.

Allá en Arequipamanta, en la huerta de la casa, vivían libres y hambrientas, una colonia inmensa de arañas en la mata de romero que teníamos. Hasta creo que les hablaba y no sé que cosas les decía en la soledad del hijo único. Pero un día en canal 8, “El Canal de Arequipa”, pasaron el capítulo donde a Punky Brewster y sus amigos caían en una cueva embrujada y su continuación en la cual una enorme araña los aterrorizaba (y de paso a mí para toda la vida con respecto a los arácnidos y sus variantes). Así que esa noche mi grito alertó a mi madre que no tuvo mejor idea que prender la luz y decirle “shu shu” con la sandalia porque también les tenía miedo a esas arañas selváticas que cazaban ratones.

Pasados los sustos y aclimatado al cafetero clima de Villa Rica, hermoso poblado de Oxapampa en Pasco, mi temor a los animales oriundos desapareció. Mi madre estaba haciendo su SERUMS y la odontóloga y la médica de la posta vivían en otra casa multihabitaciones en un segundo piso. También vivía allí un caballero mayor que tenía un minizoológico en su casa de campo del lugar. Era en realidad un albergue de animales que fueron rescatados. Papagallos, loros, piwichos, tigrillos y boas abundaban en el lugar. El caballero estaba enamorado hasta el tuétano de la doctora Silvia y complacía todo lo que ella le pedía, hasta llevarnos a conocer a nosotros los colados amigos, su colección.

Por ese entonces Panamericana Radio tocaba sin descanso Mi negra Tomasa, del grupo mexicano Caifanes. Para todos era una cumbia, nadie se imaginaba que los rockeros solo hacían un cover de la canción cubana del compositor Guillermo Rodríguez Fiffe. La música era pegajosa y hacía bailar como culebras a medio mundo en las fiestas de los sábados en el local municipal donde se organizaban bailes populares a los cuales nunca fuimos, pero escuchábamos a todo volumen al estar cerca nuestra habitación. Pero, los domingos, en silencio todo estaba para poder ver la película en Frecuencia Latina, que llegaba como único canal hasta el lugar y que en casa veíamos en un moderno televisor de 12 pulgadas que alumbraba la habitación con su paleta de grises. 

En un arranque de complacencia, el dueño del minizoológico me regaló un par de crías de boa, las cuales dije que me gustaron. Serio. Tenía dos boas de unos 30 centímetros en una caja de zapatos con agujeros para que respiraran. Me las dio alimentadas así que lo único que hacían en esos días era enroscarse en mi brazo y sacar la lengüita para saborearme. Yo feliz. Mi madre era otra historia.

Parece ser que, a ella, más que arañas, tigrillos, zancudos, suris, pirañas o demás animales de la Amazonía, lo que de verdad le aterraban eran esos largos y moteados animalitos. Una noche de domingo, mientras veíamos la televisión y ya dormitábamos, la caja mal cerrada dejó paso a que una de ellas sacara la cabeza con el sinfín cuello. La luz de la televisión ayudó a proyectar los máximos horrores en la mente de mi madre que pegó tal grito que creo le contestaron en el barrio maderero, a un kilómetro abajo. Al otro día los animalitos fríos, larguitos y cariñosos, retornaron de dónde salieron.    

Coda: Si bien entendí porqué no podíamos quedarnos con las boas, el caballero terminó regalándole dos piwichos, una lora y una tortuga, a pocos días de mi salida apresurada de Villa Rica en el 91. Pero eso da para otro Comecuentos.    

Relato aparecido en el Semanario La Central

El Comecuentos: Quirón, el perro guardián

Tener una casa grande y con huerta amplia tiene la ventaja para un perro de correr a todos lados y sentirse contento. Así, seguro, se sintió Quirón cuando llegó a mi casa allá en un lejano 1982. Era enorme y de raza Boxer bien ñato. Sin error puedo decir que fue el perro con más pedigrí que hemos tenido. Mi madre recuerda que fue mi tía Delia la que les regaló el cachorro allá en Camaná. Aquí, en casa arequipeña, adoptó manías propias del lugar, como comer a grandes bocados los panes tres puntas que traíamos las mañanas de la tienda de la “Pestañuda”.

Creció conmigo y para mi defensa. En serio, dicen que me quería tanto que se enfrentaba a mi madre cuando esta me reñía por alguna travesura. Si por allí hacía caer algo y el “¡Sarko! ¿qué has hecho?” amenazaba palmada en el poto calato, Quirón se paraba frente mío y los dientes pelaba acompañado de un rumor que hacía desistir de poner coloradas mis posaderas.

Mi joven madre estudiaba en la universidad fundada por el Padre Morris allá en Umacollo y no tenía más niñera que el enorme animalote, que era como un tiranosaurio Rex, como los que leía en los libros Tecnirama de mi tío Max. Tanto era su cariño que, en la tarde, cuando el dolor de no tener a mi madre se revelaba en llanto, llevaba mi ponchito blanco con rayas café y nos sentábamos en la puerta a esperarla. La sentía a cuadras y ladraba para avisarme que me despertara y la recibiéramos con besos y lengüetazos.

Al que no le caía tanto en gracia era a mi tío Max que andaba desalojado de su propia cama, porque el animalote creía que era la suya. Aprovechaba que mi tío descansaba del trajín universitario en la escuela de Ingeniería Geológica de la UNSA, en la que se devanaba los sesos, para con sigilo colarse, primero en la parte de los pies y luego subía hasta estar espalda con espalda y mi pobre pariente al filo de la cama. Varias veces la gravedad hacía de las suyas y terminaba con su humanidad en el piso y reclamando al can por su duro despertar. Los rumores eternos de entre dientes lo desanimaban de aplicar algún correctivo, mas bien.    

Mi educación, aparte de los libros azules con letras amarillas de la hermosa colección de la que comenté al inicio, se basaba en largas lecturas de las historietas gráficas que mi padre traía y cambiaba cuando bajaba de Chuquibamba los fines de mes, pero, no todo podían ser vacaciones para mí, así que me matricularon en el jardín Ovide DeCroly a dos cuadras de mi casa, regido por la nunca bien ponderada Maestra Teresa. Casi todos los vecinos de la Arias Araguez, San Miguel, República y hasta América estudiábamos allí. Mi guardespaldas privado tuvo que aprender a llevarme hasta el lugar. Supongo que era para la risa y para el miedo verme en toda mi chatez, caminando al lado de ese magnífico animal café, con las orejas negras y el hocico oscuro cual agujero negro.

Tengo recuerdos muy específicos de mi mascota guardián. Su suave pelaje. La rasposa lengua que me llenaba de cariño. Los atardeceres juntos esperando a mamá. Mis lágrimas que él consolaba con su calor, bien abrazadito a su cuello. Nuestros saltos cuando llegaba ella. La vida tranquila en una cadencia de horas disfrutando corretear por la huerta con mi compañero. Y nuestro gusto por comernos pan tras pan.  

Coda: Un día, en mis cinco años, se salió a dar su vuelta sabatina por la cuadra. No volvió más. Dicen los vecinos que se lo llevaron en una camioneta blanca. Lloré mucho. A esa edad las pérdidas son monumentales, pero también, bendita inocencia, se pasan rápido. Aunque de tanto en tanto, cuando veo una camioneta Toyota de una sola cabina, me ilusiono con ver saltar a mi guardián protector y correr juntos a esperar a mamá.         

Cuento aparecido en Semanario La Central

#ElComecuentos: Hígado encebollado

Doug Narinas fue un dibujo animado que me gustaba ver en el 11, Frecuencia Latina para los nuevos. En un capítulo Patti Mayonaisse, el amor imposible del narigón protagonista, lo invita a su casa a comer hígado encebollado y el pata hace todo un drama porque no le gusta. Por vida no entendía porqué no le gustaba ese plato delicioso que en casa se comía empanizado. En Cotahuasi, Camaná, en Villa Rica, Iray, en Huaranguillo, Mariano Melgar, en donde haya vivido (menos en otros países ahora que recuerdo) ese plato ha sido uno de mis favoritos.

Hasta que me casé.

Una de las cosas que se aprende en la convivencia es a respetar al otro en sus costumbres. Ya Mathias es grande, y acabo de prepararle por segunda vez la delicia. No le termina de gustar. En fin, no siempre prepararás delicias o tus planes saldrán como quieres. Madurar, asumo, es terminar de comprender que las cosas que te agradan o impactaron no tendrán el mismo efecto con tus hijos. El plato se seguirá cocinando de vez en vez, eso sí, porque aporta mucho hierro.

Para Mathias el estofado de pollo de su mamá es su plato favorito, nada compite con eso. Y eso, eso está muy bien.

El Comecuentos: Azrael y los pitufos

En los ochentas los Pitufos reinaban en mis vacaciones. Miraba el programa en Canal 6 “Continental” durante las mañanas domingueras. A las nueve empezaba la canción inicial y me sumergía en ella. Era un mundo maravilloso de fantasía. Hasta me creía la parte final en la que el narrador aseguraba que, si te portabas bien, podrías algún día ver a un pitufo “pitufando” por el jardín.

Me portaba bien, como Papá Pitufo pedía a sus pitufitos. No me portaba como Gargamel, su terrible enemigo, que quería comérselos o hacer oro. Menos como su gato Azrael. El que sí se portaba igual de travieso era mi primer gato, llamado justo como el del brujo narizón y casi calvo.

Era hermoso de pequeño. Tendría yo unos 6 años cuando la Candarabeña, su esponjosa madre, parió cinco gatitos tiernos y repeludos, que parecían más arrebatos de algodón de dulce con minúsculas garras que felinos clásicos y techeros, todos esbeltos, pardos y ladrones. Eran finos, ya que eran de raza Angora, una de las más antiguas de felinos domésticos, originaria en Ankara, Turquía central. Así que ya-no-ya era mi gato.  

Antes de seguir tengo que explicar que era la década de los ochenta y las mascotas no eran parte de la familia o recibían el respeto y cariño como actualmente se les tiene. Las mascotas tenían un fin utilitarista. Los gatos servían para cazar ratones, los perros para cuidar las casas. No pretendo juzgar, pero si hago la aclaración es para que tampoco se juzgue con rigor las maneras cómo se trataban a los animales caseros en mi familia. Eran otros tiempos.

Así que entenderán que en casa se necesitaba un solo gato. Así que, luego del tiempo para fortalecer al pequeño plomito con blanco que escogí como compañero, sus hermanos y madre desaparecieron. Le puse de nombre como el dibujito que me encantaba ¡Y vaya que hizo honor a su nombre entre demoniaco y caricaturesco!

Mientras crecía, su esponjoso pelo era la envidia de los vecinos, los cuales querían acariciarlo. Sonaba en la radio la canción de Debbie Gibson, Electric Youth y mi gatuno amigo era una fuente de descargas al acariciarle el lomo. Rápidamente aprendió su labor de pescar ratones, pero no se los comía el desventurado, sino que los traía a la cocina y los dejaba a la entrada, como para decir que cumplía con su labor pero que, si queríamos que se los comiera, debíamos prepararlos a la chorrillana por lo menos o en adobo. Eso sí, nunca se robó comida, a pesar que la carne en charqui colgaba de nuestro tendedero a su vista y paciencia.

Lo otro que aprendió es que había muchos gatos y gatas techeros en el vecindario de casas, en su mayoría de primer piso y fáciles de explorar. Poco a poco se perdía un día, dos días, al tercero llegaba todo ensangrentado. Descansaba unas semanas y luego dale a perderse. Con el tiempo emuló a su homónimo creado por el caricaturista belga Peyo y llegó con una parte de la oreja derecha faltante. Luego de unos meses fueron los dientes, parte de la cola. Su belleza se diluía en post de sus aventuras. De parecerse a Rick Astley en el video de Never Gonna Give You Up, así canchero y encantador, terminó como “Church”, el gato revivido en la película Cementerio de Mascotas.

Para un niño de mi edad, lo que pasaba era que luchaba contra otros gatos. Parte verdad, parte información que me ocultaron en casa porque aún no debía conocer los ritos reproductivos de los gatos. Azrael no duró mucho tiempo más en las cuitas del amor. Lo sabemos porque un día desapareció… y no volvió.

Mi gato era hermoso, con su cola esponjosa y su manía de acurrucarse entre mis piernas cuando empezaba a leer Así es la Vida de las revistas Selecciones que coleccionaba mi Tío Max. Así lo recuerdo, como un gato bueno, algo enamoradizo, pero digno de haberse encontrado en alguna de sus correrías con algún pitufo, y bueno, hasta le disculparía habérselo merendado, fíjense.

Coda: Años después, divisé en el muro con la casa vecina a un gato esponjoso, blanco y plomo. Quise acercarme y escapó. A esa edad los misterios de las peleas nocturnas de mi mascota felina estaban aclarados. Ese encuentro me dejó la sensación que, en alguna ocasión, tanta pelea tuvo su fruto y la herencia de mi bello gato estaba desperdigada por el mundo.

El comecuentos: bolsa de mercado

Fui por primera vez solo al mercado, casi empujado a punta de escobazos por mi Mamá Hilaria, cuando ella ya no pudo ir y cuando en la calle América en Mariano Melgar, se instaló la feria de los sábados. Iba con mi bolsa multicolor de mercado. Remendada con aguja de arriero, amarrada con pita porque una de las asas ya fue. Fui con roche y, por andar evitando que alguna de las chicas que me gustaban apareciera por allí, le hice caer las gelatinas a un chico que las vendía en su bandeja y en vasitos de coco. Le terminé pagando los dos vasos rotos y a mi abuela le dije que la carne subió. El estofado de ese día llevó esa carne con sobreprecio y un par de insultos de mi antepasada, renegando por Fujimori y los aumentos y que se regrese con la yuca clavada a Japón. Serio, mi Mamá Hilaria era ducha para inventar formas de insultar con clase, nunca inclase.

—La carne está suave, ¿Cómo le dijiste para que te vendieran tan rica?

En esa época solo había costillar, pecho y todo lo demás se definía para sopa, para caldo, para estofado, para guiso. Fin. Yo no sé qué dije pero volví al sábado siguiente a la misma carnicera y sin hacer caer nada a nadie al comprar.

—Las papas están harinosas, buena casera te conseguiste.

Así quedó establecido, Sarko iba a comprar porque era al que le daban mejores presas y más mercadito el recado.

Y siempre con su bolsa de mercado multicolor, parchada hasta lo imposible.

PD: Esta bolsa de la foto me la compré hace poco y la llevamos cuando salimos con Mathias porque es ecológica, reciclada y rebarata.

La música y la libertad

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Foto: Publimetro

Cuando el cielo sobre su cabeza tenía ocho años de contemplado, el niño sintió las ganas de cantar algo. Pero no lo hacía por la vergüenza del qué dirán. Hasta tenía la canción aprendida. La escuchaba de continuo en la radio de su casa y hasta había malogrado un casette de su madre para grabarla de la radio.

Uno de esos días pequeños de su vida, cuando iba en el bus directo a su colegio en esa subida final desde el puente que cruzaba el río de su ciudad, divisó a través de la ventana del carro a una persona caminando en la acera en dirección contraria al bus. Lo extraordinario de esa persona era que venía cantando. Lo podía asegurar el pequeño, ¡Venía cantando a todo pulmón! Se notaba en el movimiento de sus labios, de todo su cuerpo.

Si alguna vez se concedió que el tiempo pasara lentamente, es más que seguro que fue allí, para que el niño pudiera ver los cabellos largos y castaños de esa persona ondear con su propio movimiento, mientras sus brazos a los costados describían arcos con lentitud y los dedos de la mano derecha se contraían para realizar un chasquido que acompañara la voz que salía de su boca.

“Entonces se puede cantar así, con esa libertad”, pensó.

Las insípidas clases del día fueron un tormento. El profesor de Historia estuvo más aburrido que nunca y los compañeros, tan raros le parecieron hablando de canicas y trompos, caretas y chocolates. Sólo pensaba en lo que vio en la mañana. El instante le duró una eternidad. Para perdurar el momento, fue llegar a su casa luego de clases, prender la grabadora y colocar el tesoro de su casette.

Rebobinó la cinta hasta que llegó al inicio de su canción y, primero siseándola y luego con timidez entonándola, la cantó. Feliz, se dio cuenta que la letra se la sabía correctamente, así que empezó a practicar el tono, así, al tanteo sin saber que aprendía por intuición lo que muchos trataban en años, recorrió la práctica del solfeo, el grave, barítono y agudo cantar.

Su voz dulce y fuerte flotó en el aire de la casa y se elevó con fuerza. En eso tocaron la puerta y el niño corrió a apagar la grabadora para que su mamá no descubriera su secreto.

Hasta que llegó el día de su actuación. Se preparó con esfuerzo y no habló más de lo necesario. Para sopesar eso averiguó que la canción la cantaba Frankie Ruiz y se llamaba “Mi Libertad”.

Al salir del colegio ese día, no fue por su ruta normal, sino que tomó el camino hacia el puente, por la bajada hacia el río, por la acera izquierda.

A medio caminar tomó aire y cantó con todo el corazón, a mitad de fuerza.

Mientras avanzaba sintió que todo alrededor flotaba y lo único que estaba en tiempo real era su voz. Cantó entonces con mayor fuerza, pero sin gritar, sólo para que el sonido llegara más alto y timbró en algo la entonación para que se notara el rumor del eco en su boca.

Al final de su canto y al terminar el puente, un grupo de personas que lo oyeron casi desde la mitad de la canción, prorrumpieron en aplausos que le hicieron sentirse sorprendido, avergonzado, pero feliz.

Cuento aparecido en Semanario Vista Libre 17.06.2019

EL COMECUENTOS: La yerba mate no tiene fronteras

En mi país (Perú) no existe una bebida hecha con la yerba mate (Ilex Paraguariensis) ni la costumbre de tomarla. En realidad tenemos nuestro mate de hoja de coca y la chicha. Pero, la difundida bebida que toman por igual paraguayos, brasileños del sur, uruguayos y argentinos, en cada parte tiene sus connotaciones especiales y formas, pero en todas existe un lazo indisoluble en su consumo: la compañía y la conversación.

Supe de esa bebida gracias a las historietas de Pepe Sánchez que aparecían en la revista El Tony de la mítica editorial argentina Columba. El súper agente de la CES (Centro de Espías Sofisticados) bebía la yerba con palito, siempre con su tetera en mano y algo que parecía una pelota con un tubito por donde bebía el brebaje desconocido para mí.

En el 2006 llegué a tierras gauchas y casi desde el primer día alguien me pasaba la calabaza con la bebida. Allí aprendí que hay dos formas de tomarlo concretamente: dulce o amargo. Que en provincias lo prefieren con yuyos, es decir con hierbas aromáticas, como el poleo, el burrito, etc. Que hasta con leche se puede tomar. Que la temperatura ideal del agua deben ser unos 70 grados centígrados sino sale “fiero”. Y que los famosos “palitos” sirven para mantener la estructura correcta de la hierba dentro del recipiente. Ahhh y que no digas “gracias”, serio, es que si dices eso ya no te sirven y quedas aisladito, se dice eso cuando ya no quieres más bebida.

Allá en Las Canteras en Deán Funes en Córdoba había un señor mayor al que llamábamos cariñosamente “papi Edgar”, un bonaerense que se levantaba temprano para poner la pava (tetera) al fuego y esperar a este peruano para servirle unos “amargos”. Aprovechábamos para conversar del día y de las labores, recuerdo con mucho cariño que siempre decía: “El culpable de todo es Sarko, porque siempre hay que echarle la culpa al más bueno”, haciéndome sentir querido a miles de kilómetros de mi tierra. Otro gran amigo que hice, de los muchos de verdad, es Carlos, un cordobés que me regaló una calabaza de mate y que con su familia, aún con la distancia tenemos una gran amistad. Te debo una visita genio. Tantos nombres se me vienen a la memoria, como de Adriana, Gisela, Any, Alberto, P. César, Juan, Maximiliano, tantos amigos.

Por cosas del destino me enviaron a Paraguay, hermosa tierra de lindos atardeceres, justo cerca de la frontera con Brasil a La Paloma de Canindeyú. Allí aprendí a tomar más el mate cocido en las mañanas, ahumada la yerba con unos carbones encendidos. Luego, en la pausa del mediodía a tomar el tereré, bebida fría mezclada con varias hierbas aromáticas y solo agua bien fría. Me explicaron que en la fatídica Guerra de la Triple Alianza, era difícil prender el fuego para calentar el agua y tomar el mate, así que lo empezaron a tomar frío. Eso me contaron. Me parece algo lógico pero también habla de la terrible situación que se vivió en esa época en que niños hasta de doce años tuvieron que luchar.

Las tardes del domingo, en que se descansaba, se ponía una película de diferentes géneros para ver. Allí se me pegó la costumbre de tomar un tereré hecho con el jugo de la burucuyá (maracuyá), y lo pasaba entre los asistentes. Aprendí que el que sirve los mates tiene la responsabilidad de cebarlos bien, procurar renovar con yerba nueva para que no salga muy lavado el sorbo y tener el agua a temperatura óptima. Aprendí que es una forma de servicio especial, nunca impuesta y hecha con cariño. Un sacerdote amigo de la obra en la que estaba, me regaló una “cuya” hecha con el cuerno de un toro y que conservo con cariño, además del que guardo por tantas personas que igual me hicieron sentir en casa, como Angélica, las hermanas vicentinas una de ellas sobreviviente de Hiroshima, Bruno, Jerson, estos dos últimos amigos brasileños.

Por esas vueltas de la vida que me deparó esos años, terminé yendo a Brasil, a Casca en Rio Grande Do Sul. Allí aprendí a tomar el “chimarrão”, que se hace con una variante de la yerba mate, mucho más verde intenso y más molida, que se toma también en las calabazas pero mucho más grandes que las argentinas. Algo que me olvidé de referir antes es que la bombilla, el artilugio de metal que sirve para llevar el líquido desde el fondo del mate, no se cambia o lava de mano en mano, es decir se usa la misma por todos, algo así como el mismo vaso de cerveza en una ronda. Algunas de estas por ello en la punta tienen un recubrimiento de oro, pero en general es una muestra de confianza entre todos, puede parecer antihigiénico pero nunca he escuchado de una epidemia de algo generado por compartir de esa manera la bebida. Y si bien no llegué a Uruguay, lugar donde también se toma mucho el mate y es normal ver pasear a las personas con bombilla en mano y termo bajo el brazo, quiero recordar a Fray Dante, uruguayo y buen amigo.

Noto que me falta nombrar a muchos amigos de esa época y aún más, me falta mencionar los mates en “La Tranquera” allá en la Mariápolis Lia, pero ya será para otra ocasión. Solo puedo agregar que si bien ya no tomo la bebida por mi gastritis declarada, extraño las conversaciones que se generaban alrededor de esta bebida, en los diferentes países donde la consumen. Al final se trataba de compartir momentos de conversación, que tanto hoy por hoy nos faltan.

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en Semanario Vista Previa

EL COMECUENTO: El almuerzo eterno con Julia y Santiago

Mi abuelita Julia y mi abuelito Santiago bailando en alguna festividad.

Recuerdo la primera vez que fui a Iquipí, el pueblo de nacimiento de mi padre, ubicado en Río Grande en Condesuyos. Era de madrugada. Para llegar a la casa de los abuelos teníamos que atravesar una acequia que me pareció un río para mis seis años de edad. Luego íbamos por el borde de una chacra interminable. Cuando llegamos a la casa, nos recibió mi abuelo Santiago con un candil en la mano. Caí rendido.

Al día siguiente fue una sucesión de maravillas. La casita estaba ubicada en la parte alta de la bajada al río. A un costado estaba un enorme pacay frondoso y un guayabo cargado. En la cocina, estaba mi abuela Julia, soplando por un tubo el fogón y sobre rieles de metal descansaban sendas ollas tiznadas de donde saldrían manjares diversos. Por mis pies correteaban cuyes gordos.

Poco después la algarabía de unos gritos anunció la llegada de varios tíos cargando una red llena de unos animales monstruosos: los camarones de río. Mi abuelo amarró las tacas de un par de los más grandes y me los dejó para jugar en la batiente del descanso de la casa. El cuerpo principal alcanzaba el porte de una escobilla de esas de madera con cerdas de plástico y la tenaza principal otro tanto. ¡Animalazos!

La chacra de mi abuelo se extendía hasta el río. Sembraba de todo, desde zanahorias hasta arroz, alfalfa para las vacas y la yegua y el burro, hartos perros correteaban libres cuidando de noche la propiedad y en especial el gallinero, donde diversas aves alimentarían en esos días a la cantidad inmensa de parientes que desfilarían por ser vacaciones, llegados de distintos lugares. En la parte trasera de la casa estaba la huerta con los ciruelos y los minimangos. Había también un tunal grande y peras, manzanas, de todo había.

Mi abuelo en esos días tuvo la sana costumbre de aterrarme con historias de aparecidos y demás cuentos y leyendas, con tal precisión que envió una bala directo a mis ganas inmensas de creer que todo era posible y matar al escéptico y dejar libre al creyente. Así, a pie juntillas le creí que en la punta del cerro inmenso que flanqueaba al pueblo, y donde se veía una cruz, estaba enterrada Chabuca Granda, la cantante famosa del país. Me contaba que ese cerro inmenso justo era el recuerdo de una gran tragedia, antes Iquipí era una ciudad más grande que Arequipa, incluso, pero un terremoto destruyó todo e hizo que se levantaran los cerros, dejando solo una delgada línea de casas y de chacras al filo mismo del río. Obvio que eran historias para entretener al nieto, pero para mí quedaron en el corazón metidas para ser contadas y transformadas en las realidades mágicas que construyo en cuentos y microcuentos.

Mi abuelo Santiago enseñándome porqué es tan importante la uva.

Pero vamos a esa primera gran comida de domingo. La mesa del almuerzo aún navega entre los mejores recuerdos de mi existencia. En el descanso techado de la humilde vivienda, levantada con adobe y caña, se puso una mesa grande y en el interior del primer cuarto de la vivienda otra para nosotros los primos. Los camarones estaban allí, hervidos, a lo largo del mantel blanco, papas humeantes, choclos y llátan molido acompañaban. Antes, un impresionante caldo de gallina de corral abrió campo en los estómagos para esa delicia de río que se comía con las manos y se degustaba con la conversación amena, recordando mi abuelo viejas anécdotas y las voces en coro de mis tíos y tías, mientras en mi mesa los primos nos reconocíamos como familia. Luego, el vino hecho en el lagar que construyó con sus manos el patriarca, alargó con su calidez el momento familiar, que aún flota en mis mejores recuerdos.

La casita patriarcal.

Coda: al celebrar el segundo año de fallecimiento de mi abuela Julia y más de diez del de mi abuelo, regresé a esa casita y la encontré viejita y acabada. Puse mi nombre en la pared como la tradición de los más de 52 primos y 30 bisnietos y volví a ese maravilloso almuerzo, gracias a la magia de la memoria, genial regalo del Creador, quién misericordioso como es, nos ofrece la caridad para rescatar los mejores momentos y olvidar los trágicos y estar allí, junto a mi abuelita Julia, mi abuelito Santiago, riéndome también de ese pequeño de mirada curiosa, que se emocionaba de por fin conocer a aquellos a los que le debía parte de su vida.

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en Semanario Vista Previa

EL COMECUENTOS: La yerba mate no tiene fronteras

En nuestro país no existe una bebida hecha con la yerba mate (Ilex Paraguariensis) ni la costumbre de tomarla. En realidad tenemos nuestro mate de hoja de coca y la chicha. Pero, la difundida bebida que toman por igual paraguayos, brasileños del sur, uruguayos y argentinos, en cada parte tiene sus connotaciones especiales y formas, pero en todas existe un lazo indisoluble en su consumo: la compañía y la conversación.

Supe de esa bebida gracias a las historietas de Pepe Sánchez que aparecían en la revista El Tony de la mítica editorial argentina Columba. El súper agente de la CES (Centro de Espías Sofisticados) bebía la yerba con palito, siempre con su tetera en mano y algo que parecía una pelota con un tubito por donde bebía el brebaje desconocido para mí.

En el 2006 llegué a tierras gauchas y casi desde el primer día alguien me pasaba la calabaza con la bebida. Allí aprendí que hay dos formas de tomarlo concretamente: dulce o amargo. Que en provincias lo prefieren con yuyos, es decir con hierbas aromáticas, como el poleo, el burrito, etc. Que hasta con leche se puede tomar. Que la temperatura ideal del agua deben ser unos 70 grados centígrados sino sale “fiero”. Y que los famosos “palitos” sirven para mantener la estructura correcta de la hierba dentro del recipiente. Ahhh y que no digas “gracias”, serio, es que si dices eso ya no te sirven y quedas aisladito, se dice eso cuando ya no quieres más bebida.

Allá en Las Canteras en Deán Funes en Córdoba había un señor mayor al que llamábamos cariñosamente “papi Edgar”, un bonaerense que se levantaba temprano para poner la pava (tetera) al fuego y esperar a este peruano para servirle unos “amargos”. Aprovechábamos para conversar del día y de las labores, recuerdo con mucho cariño que siempre decía: “El culpable de todo es Sarko, porque siempre hay que echarle la culpa al más bueno”, haciéndome sentir querido a miles de kilómetros de mi tierra. Otro gran amigo que hice, de los muchos de verdad, es Carlos, un cordobés que me regaló una calabaza de mate y que con su familia, aún con la distancia tenemos una gran amistad. Te debo una visita genio. Tantos nombres se me vienen a la memoria, como de Adriana, Gisela, Any, Alberto, P. César, Juan, Maximiliano, tantos amigos.

Por cosas del destino me enviaron a Paraguay, hermosa tierra de lindos atardeceres, justo cerca de la frontera con Brasil a La Paloma de Canindeyú. Allí aprendí a tomar más el mate cocido en las mañanas, ahumada la yerba con unos carbones encendidos. Luego, en la pausa del mediodía a tomar el tereré, bebida fría mezclada con varias hierbas aromáticas y solo agua bien fría. Me explicaron que en la fatídica Guerra de la Triple Alianza, era difícil prender el fuego para calentar el agua y tomar el mate, así que lo empezaron a tomar frío. Eso me contaron. Me parece algo lógico pero también habla de la terrible situación que se vivió en esa época en que niños hasta de doce años tuvieron que luchar.

Las tardes del domingo, en que se descansaba, se ponía una película de diferentes géneros para ver. Allí se me pegó la costumbre de tomar un tereré hecho con el jugo de la burucuyá (maracuyá), y lo pasaba entre los asistentes. Aprendí que el que sirve los mates tiene la responsabilidad de cebarlos bien, procurar renovar con yerba nueva para que no salga muy lavado el sorbo y tener el agua a temperatura óptima. Aprendí que es una forma de servicio especial, nunca impuesta y hecha con cariño. Un sacerdote amigo de la obra en la que estaba, me regaló una “cuya” hecha con el cuerno de un toro y que conservo con cariño, además del que guardo por tantas personas que igual me hicieron sentir en casa, como Angélica, las hermanas vicentinas una de ellas sobreviviente de Hiroshima, Bruno, Jerson, estos dos últimos amigos brasileños.

Por esas vueltas de la vida que me deparó esos años, terminé yendo a Brasil, a Casca en Rio Grande Do Sul. Allí aprendí a tomar el “chimarrão”, que se hace con una variante de la yerba mate, mucho más verde intenso y más molida, que se toma también en las calabazas pero mucho más grandes que las argentinas. Algo que me olvidé de referir antes es que la bombilla, el artilugio de metal que sirve para llevar el líquido desde el fondo del mate, no se cambia o lava de mano en mano, es decir se usa la misma por todos, algo así como el mismo vaso de cerveza en una ronda. Algunas de estas por ello en la punta tienen un recubrimiento de oro, pero en general es una muestra de confianza entre todos, puede parecer antihigiénico pero nunca he escuchado de una epidemia de algo generado por compartir de esa manera la bebida. Y si bien no llegué a Uruguay, lugar donde también se toma mucho el mate y es normal ver pasear a las personas con bombilla en mano y termo bajo el brazo, quiero recordar a Fray Dante, uruguayo y buen amigo.

Noto que me falta nombrar a muchos amigos de esa época y aún más, me falta mencionar los mates en “La Tranquera” allá en la Mariápolis Lia, pero ya será para otra ocasión. Solo puedo agregar que si bien ya no tomo la bebida por mi gastritis declarada, extraño las conversaciones que se generaban alrededor de esta bebida, en los diferentes países donde la consumen. Al final se trataba de compartir momentos de conversación, que tanto hoy por hoy nos faltan.

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en el Semanario Vista Previa

EL COMECUENTOS: Atunes, galletas caseras y escapes

Campíña arequipeña, vista desde Selva Alegre

El plan era sencillo: a las cinco y algo de ese sábado iría a la casa de Pancho, mi mejor amigo, y de allí nos escaparíamos a Sabandía. Tendría unos 10 años y estaba algo cansado de la situación en casa, por lo cual había tomado la resuelta decisión de irme y no volver jamás.

Mi amigo tenía una casa maravillosa. Para mí era ideal, era muy grande, con una inmensa huerta llena de flores. Había un cuarto donde guardaban herramientas pesadas, pero también un taller, lleno de utensilios del abuelo de mi amigo, donde se podía fabricar lo que quisieras, como él mismo hizo varias veces con su hermano Manolo. “Nunchacos”, una metralleta de madera, ballestas, rompecabezas con forma de Perú, muchas cosas la verdad.

Para la parte de arriba por el patio se llegaba al segundo piso por una escalera de troncos y madera hecha por el patriarca de la familia, de quién me decían participó en su juventud en el armado del buque “Ollanta”, que aún navega en el lago Titicaca. La cocina era el sitio ideal para conversar de todo mientras Susy, la mamá de mi amigo hacía potajes para todos los familiares. En especial cocinaba unas galletas deliciosas de jengibre que eran mi delicia de los sábados en que iba a visitarlos.

Sus hermanas, Erika, Helga y Katherine, me trataban de la mejor manera, aunque haciéndome las bromas correspondientes a mi ingenua manera de ver el mundo. Era una especie de niño cimarrón, ignorante de formas y acomodos, para mí todo era nuevo. Así que consumía la información que me ofrecieran con los ojos abiertos de asombro. De pronto un día me presentaban la “combucha”, esa bebida del hongo del té o jugábamos con una enorme pista de carreras que demoraba media tarde en armarse y otra más para desarmarse, en otra jugábamos con una casa en miniatura con sus gavetas pequeñas y hasta libros miniaturizados.

Uno de nuestros pasatiempos, era ir de día de excursión, junto con nuestro amigo Álvaro, a los bosques de Sabandía. Mi tío Max me dejó una carpa. Bueno… dejar es un decir, estaba en su cuarto y yo pues, me la “prestaba” para ir con mis amigos y armarla allá en los campos y chacras donde pasábamos el día explorando riachuelos, capturando “ocollos”, persiguiendo ranas y buscando tesoros o “tapados”. En uno de esos paseos, y por tratar de conseguir unas flores características que parecían barbas de viejo, mi amigo Pancho resbaló y casi se cae por pendiente, Álvaro lo sostuvo y yo con una cuerda logré que pudieran afirmarse y salir indemnes del peligro. ¡Éramos exploradores!

Sin embargo, en mi casa las cosas andaban mal, por distintas razones. No entendía por qué los gritos eran constantes y todos iban dirigidos contra mí. O eso me parecía en ese entonces, en retrospectiva, de niño uno siente que todo es más intenso, de repente eso me pasaba y no podía comprenderlo. Un día me porté muy mal, respondí de mala manera a mi mamá y la mano me impactó de lleno en mi cachete rebelde. Ese día planeé mi escape.

Mi amigo me escuchaba y hasta me dijo que estaba bien, que nos escaparíamos juntos y viviríamos en Sabandía. La verdad en ese momento no medí consecuencias de nada, solo quería escapar. Ese sábado por la mañana me fui a buscarlo y salimos a tomar el bus verde que llevaba hasta Paucarpata, de donde teníamos que caminar un buen trecho para llegar a los campos tradicionales de la campiña arequipeña. Casas antiguas que guardaban tesoros, campos donde estaban enterrados viejos crímenes, historias de aparecidos y guerras contra los vecinos del sur, generaban la conversación mientras buscábamos un lugar donde poner la carpa. Fue un día interesante en el que comimos atún con galletas de soda.

Supongo que en algún momento y sin decirme algo más, mi amigo me preguntó para volver y seguro le dije que sí. Regresamos a la ciudad, yo un poco más en paz. Al bajar del bus allí estaba mi mamá, esperándome en el paradero. No me riñó ni gritó. Me llevó a casa y me habló un poco más calmada y me pidió disculpas y yo también se las pedí.

Mi amigo, es más que obvio, le contó a su mamá de mis planes y ella le permitió acompañarme en la aventura con el fin de regresar por la tarde. Mientras se fue a buscar a mi mamá para contarle y seguro le dijo la hora promedio en que regresaría para que me espere. Hay cosas que entre amigos no se ahonda. Seguí yendo a esa casa, muchos años más hasta que la vida y la adultez y esa ilusa dizque falta de tiempo han hecho que no vuelva más. Pero el cariño está allí, siempre presente, de eso no hay duda.

EL COMECUENTOS: Chupes para el frío

Chupe de Camarones Arequipeño

En Arequipa, como en cualquier ciudad del Perú, hay una tradición por los caldos o chupes que se preparan para cada día. Cuando uno va a un restaurante a buscar su menú diario, la entrada casi siempre tiene algún potaje líquido, rebosante de carne y verduras. Para estos días de frío son insuperables.

Algunos de estos platos por sí mismos trascienden lo diario y ocupan un lugar especial, como el Timpo de Rabos o Peras, el Chupe de Camarones, el Caldo de Pascua, el mismo Adobo Arequipeño que del domingo ya saltó como plato que se oferta a diario por lo famoso que se ha vuelto. Aún con eso es en el día a día que las madres de familia en casa los preparan o los ofrecen las picanterías. Aunque siendo aún más sinceros, la tradición de un caldo distinto por día está más arraigada en esos espacios tradicionales, porque, valgan verdades modernas, en casa para el almuerzo se está estableciendo la costumbre de un solo plato, o segundo o caldo, pero no más.

Pero, si nos pidieran una lista de los caldos que consideramos deben estar diariamente en la mesa, pues allí va nuestra selección. Hablo en plural porque con Mathías, mi pequeño hijo, hemos hecho esta lista de acuerdo a nuestro fino paladar. En realidad más basándonos en lo que nos gusta de la comida en casa, donde su abuela materna y gustos particulares, así que no es una lista muy democrática que digamos pero valga como guía amateur:

Los domingos, Día del Señor, para el almuerzo recomendamos un Pebre de Lomos. La carne debe ser de cordero criado en la sierra, con esa grasita que si se quiere se saca del plato pero que al final le da el sabor característico y celestial. Debe ir con su yuca, papa y chuño, trilogía de tubérculos esenciales en nuestra cocina, además de los hispanos garbanzos y verdura picada. Si se puede hacer un llatan verde con rocoto del mismo color, que mejor.

Los lunes, días de flojera para ir a trabajar o estudiar, que mejor que un picoso Chaque de Tripas. Debo confesar mi debilidad por este plato rebosante de colores que lleva una generosa porción de carne de vacuno, cocida con amor en un “reaugau” de ají colorado, ajo, cebollita y acompañada de tripitas, rocoto, verduras varias y, al finalizar, acompañado del verdecito de siempre pero, con un pedazo de chicharrón de piel de cerdo, o como le decimos por aquí: “tocto”. El tostado con maíz cabanita no debe faltar.

Los martes el Chairo debe primar. En este plato, más que la carne, son las verduras las que celebran el amor de las manos que lo preparan. Porque para el corte de las mismas esas benditas manos desgranan y rebanan duro para que sea una explosión de matices este caldo. Mi abuela le ponía un pedazo de lengua de cordero en cecina para el sabor. Aquí lo que da color es el ají amarillo, pero que se reforzará con el zapallo, la zanahoria y como contraste la col, las habas y el choclo. Si desea se agrega chuño.

Los miércoles el Menestrón es de rigor. Un verde profundo hace recordar que de la naturaleza somos, pero que como creaturas creativas nos destacamos. Este plato es de herencia italiana que aquí se ve enriquecido con diversos agregados que le dan el toque arequipeño. La base será el licuado o “bataneado” de albahaca, o de espinaca o de acelga a cual mejor opción, todo cocinado con largura con papas, zapallo, fideos, carne de res, verduras y ají.

Los jueves somos nacionales porque nos comemos un potente Chuño Molido, que se hace, como no, con el molido de la papa deshidratada con los métodos incaicos que aseguraron la alimentación de nuestros ancestros en la puna. Es un caldo muy grueso, espeso, lleno de sabor que lleva carne, tripas, papas enteras. Se sirve caliente y, los que saben, no lo atacan directamente, sino que empiezan por los costados, mientras se va entibiando. Para este frío es un caldo súper recomendado.

Los viernes, día de ayuno de carne, un Caldo de Viernes es la mejor opción. Ya en anterior Comecuentos resalté la preparación de este plato que, en Cuaresma y Semana Santa, tienen su mayor difusión, pero que en la semana diaria sirve también para cumplir con la inteligente consigna de un día no comer carne y sí verduras.

Los sábados, finalizando ya la semana, el Puchero es la voz. Los distintos ingredientes que lleva este caldo lo hacen uno de aquellos que ni necesita acompañamiento de segundo. En algunas tradiciones se sirve en doble plato, uno para el recado y otro para el líquido. Un recuerdo infantil me viene a la memoria cuando allá en Cotahuasi, en una fiesta patronal, nos sirvieron este plato y recuerdo aún la col envuelta rellena de arroz que acompañaba el caldo grueso y el enorme pedazo de carne que manos generosas servían desde unas ollas inmensas puestas por horas al son de la leña. Y con eso me quedo, el recuerdo que cada día, en el almuerzo, la larga tradición de amor de nuestras familias se refleja en esos alimentos. ¡A disfrutar cada día de nuestra vasta gastronomía!

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en Semanario Vista Previa

EL COMECUENTOS: El arte perdido de prender un primus

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Ya no se vende kerosene en los grifos. Allá en mi infancia de los finales de los ochentas, teníamos una galonera con la cual iba al grifo de la calle Amazonas a comprar un galón exacto del oloroso líquido que servía para cocinar. Era un chiste porque al ser un adolescente distraído casi siempre por andar bamboleando el recipiente, me echaba encima unos gotones en el pantalón. Como todo adolescente también me molestaba ir  a comprar esas cosas si podía invertir el tiempo en… pues en nada creo.

El gas estaba caro y sólo era para ricos, o bueno esa era la impresión que tenía en relación a la necesidad de cocinar con kerosene y no en la cocina que nos regalara mi tío Marcelo, sino en esa suerte de artilugio sobreviviente del tiempo en que vivíamos en Villa Rica con mi mamá y que llegó a Arequipa para ser el centro de la cocina en casa. Pero por poco tiempo.

La tienda de mi Mamá Hilaria era el único medio de sobrevivencia que teníamos. Ya no compraba kerosene como antaño en los primeros años en que la trasladó de Cotahuasi a la capital del departamento. Una prohibición general hizo que solo se vendiera en grifos, por el tema de que con ese combustible también se prepara Pasta Básica de Cocaína y algunos lo hacían de manera casera en la ciudad.

Llenar el tanque de la cocina que soportó la selva fue complicado porque la tapa andaba robada y había que colocarle plastiquito para que ajustara. Así que un día, en que estaba en el colegio y se le hacía tarde para preparar la comida a mi abuelita, esta no pudo cerrar la válvula por la artritis en sus manos, así que sacó del cuarto de los trebejos uno de sus primus que usaba allá en la casa de la sierra cotahuasina. Durante años no volvimos a usar algo más. Y es que el aparato era la mar de práctico en cuanto para ella, pero para mí era otra historia.

Un primus, cuál era el nombre del artificio desarrollado en 1892 por Frans Wilhelm Lindqvist de Suecia (ejem, ejem), era de fácil encendido teniendo en cuenta unos pocos conocimientos. Lo primero era saber que se tenía que calentar el tubo de alimentación del quemador, lo que se hacía echando un poco de kerosene mismo o ron de quemar en una plataformita. Había que tener exactitud porque si no se derramaba el líquido y se incendiaba todo. Una vez calentado el tubo se encendía aprovechando que subía por la presión. Ahhhh me olvidé de contar que se sacaban músculos porque antes de prender había que darle bomba al asunto, es decir introducir aire por presión al tanque del combustible. A veces la apuranza hacía que no calcularas y te presionaras los dedos contra el inicio del tubo de la bomba, y por el dolor te llevabas los dedos a la boca y, un rico sabor a combustible te quedaba. Pero bueno, luego de colocar tu cerillo marca Inti encendido en la plataformita había que esperar que se caliente el asunto y darle una segunda tandada de presión para que las cuatro llamas amarillas sean constantes. El kerosene por las teorías de la mecánica de gases y fluidos se vaporizaba y pulverizaba formando un chorro en el centro del quemador donde se mezclaba con el aire y ardía.

Hasta allí todo lindo y todo genial, pero, el problema surgía porque como en casa no usábamos el ron de quemar que no hacía hollín sino el mismo kerosene, y pues todo se llenaba de negros residuos y había que andar destapando el asunto con la aguja especial para eso, y era todo un tema porque si andaba con presión el asunto y destapabas mal podías bañarte con combustible, otra vez.

Pero una vez prendido el asunto y con buena llama, todo lo que se te ocurriera podías cocinar, desde estofados maravillosos, hasta ají de calabaza no tan maravilloso, o chocolate con leche, ¡sango!, el arroz con su latita para que se granee al final, los churrasquitos con esa sartén más antigua que la reforma agraria o el pastel de tallarían con centro de guiso de carne y tantas cosas deliciosas que esas manitos dobladas por la enfermedad hacían para todos nosotros… Pero esas recetas y platos dan para otro Comecuentos.

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato aparecido en el Semanario Vista Previa – Arequipa, Perú.

EL COMECUENTOS: Al Toquepala que estoy Apurímac

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En vacaciones, cuando tendría unos cuatro a cinco años y estudiaba en el glorioso y benemérito (y desaparecido) Jardín de Infantes Ovidio de Croly, fui unas semanitas a Chuquibamba, lugar donde trabajaba mi papá en la Oficina de Reclutamiento del Ejército Peruano. En ese entonces el pueblo, capital de la provincia de Condesuyos, era un lugar simpático para un pequeño todo gordito y querendón como yo. Mi padre, siempre vestido con ropa o negra y botas, me llevaba a todos los lugares donde tenía conocidos en el lugar, es decir a todos lados.

Mi papá era una especie de autoridad en el pueblo. Tanto así que lo invitaban a cuanta ceremonia se organizaba y lo ponían de padrino de bautizos, confirmaciones, primeras comuniones, techamientos y largo etc. Tanto así que llegó a ser el presidente del Juventus, club de futbol que dirigió durante años. El tema, cosa que mi padre nunca reconocerá, era que no era un Messi, o un Paolo Guerrero, pero que jugaba su peloto, pues claro, hasta hace algunos años nomás le daba al peloteo de los sábados, la cosa es que siempre era el capitán del equipo, cosa linda verlo jugar, aún cuando la bola saliera rumbo al espacio de tanto en tanto.

Pero no me distraigo, el tema es que en las mañanas de las vacaciones, íbamos a desayunar donde doña Vicenta Velarde y al pedido de: “Un tenorio con dos pachos al Toquepala que estoy Apurímac”, nos servían el alimento, usando como se lee una jerga que me parecía muy graciosa y que repetía con voz de pequeño que hacía reír a todos. Eso me dio una señal de qué me hacía popular entre los adultos. Así que en vacaciones en Camaná en la casa de mi Tía Delia (de amoroso recuerdo) cantaba “¡Somos liebres!” en vez de las letras del coro de nuestro Himno Nacional. O en las vacaciones en Cotahuasi, otro lugar de destino en vacaciones, yendo a los Baños de Luicho, cantaba “Queridaaaaa, por lo que quieras tu manteeeel”, en vez de la letra de la canción famosa de Juan Gabriel. Risas aseguradas.

En Chuquibamba también aprendí a comer algo que luego se hizo común: el Queso Helado. Un señor en la bella Plaza de Armas, en un barril, colocaba un artilugio de metal y con hielo a los costados y dale vueltas y vueltas. Luego nos daba en un vasito la ricura heladita. Era verano y, a pesar de ser un pueblo de sierra, igualito el inclemente astro calentaba todo. A mi entrada al colegio San Juan Bautista de la Salle, en una oportunidad les hablé a mis compañeros de esa ricura, pero, para mi sorpresa no habían escuchado y hasta me hicieron bromas sobre lo de “queso”. Mira las vueltas del destino, ese postre de casas humildes arequipeñas al final ahora es un dulce de exquisita manufactura y hasta de caro precio en los restaurantes de moda.

Retornando como boomerang a la plaza, mi papá me cuenta que allí, por las tardes vacacionales, recitaba a voz en cuello la canción del “Ajuerino” que inmortalizara Tito Fernandez “El Temucano” y que iniciaba así: “¡Tres colores tiene mi bandera, azul, blanco y tinto!”, mientras que el zamarro arequipeñes terminaba con un sonoro “¡quinto!”, para risa de los vecinos que aprendieron a conocerme como el “Kiwicito”.

¿Y el desayuno? Pues era una delicia, los pancitos de la sierra infladitos, ese tecito pasado, otros días el arroz con huevo frito y el churrasco jugoso, luego las visitas, las anécdotas. Fueron días… fueron días de estar con mi papá los dos solos y dejarnos recuerdos buenos. Fin.

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato aparecido en el Semanario Vista Previa – Arequipa, Perú.

 

 

EL COMECUENTOS: Sembrar para no cosechar, una alegría inesperada

En la selva peruana se come la yuca a montones. Se usa en vez de papa para una variedad de platos. En mi vida hubo dos épocas en que era lo que más comía en el día. La primera época fue allá en Villa Rica, en el maravilloso año que pasamos con mi madre en plena ceja de selva en Pasco en 1991. Comíamos tanta yuca que hasta en sueños se me aparecía, sin empalagarme o cansarme, pues tenía un sabor cremoso y se deshacía en la boca cuando estaba bien cocida. En la escuela donde terminé la Primaria, el CE 34418 Santa Apolonia, aprendimos la leyenda del origen de esa planta. Atentos al resumen:

Dice que la hija de un gran jefe de tribu tenía una bella hija, la cual un día apareció con signos de embarazo. Dolido por el qué dirán y creyéndose engañado, buscó al culpable de la desgracia que atravesaba su familia. Al no encontrar al dañador y por más que su hija negaba trato con algún varón, el jefe sentenció a su hija a la muerte al día siguiente al amanecer. Por la noche, un Apu de las cordilleras, todo blanco, se le presentó en sueño y le aseguró que su hija era inocente y que el ser que llevaba en el interior también lo era. Convencido de eso el jefe liberó a su hija, pero ella murió en el parto para tristeza de todos. La pequeña que nació, blanca como las nieves perpetuas de los Andes, tampoco sobrevivió mucho, muriendo poco después. Al enterrarla en un claro de la selva, al poco tiempo se percataron que en el lugar crecieron unas ramas bellas y largas, al desenterrar un poco vieron que las raíces eran blancas por dentro y que servían de alimento. La tribu concluyó que ese era un regalo para la supervivencia del hombre dado por los dioses tutelares.

Fin de la leyenda de la selva peruana y a tomar un vaso de masato para humedecer la garganta que se seca de tanto contar.

La segunda vez que la mandioca (ahora le cambiamos de nombre porque cambiamos de lugar) fue la base de mi alimentación, fue en el 2007 en La Paloma de Canindeyú en Paraguay, lugar en el que estuve en una obra social. Como me pusieron a cargo de la cocina y de la huerta, una de mis tareas diarias era ir a la pequeña plantación de mandioca que teníamos en la parte trasera del complejo y arrancar una o dos matas y sus largos bulbos. Preparaba, cuando había huevos suficientes, el mandi’o chyryry, que era mandioca cocida revuelta con huevos y cebolla, si no había “blanquillos” pues cocida nomás acompañando el feijao que tampoco faltaba en el almuerzo. Yo no sembré las plantas solo cosechaba lo que otro con esfuerzo plantó.

También allí me interesó saber si había alguna leyenda sobre el origen de esa planta tropical. Y me contaron que Mandi´o era una niña guaraní que nació con las manos y los pies largos y con los dedos bultosos. En su tribu nadie quería jugar con ella y eso la entristecía mucho. En ese tiempo remoto, aún los hombres no habían aprendido a sembrar y vivían de la recolección de frutos de la selva y la caza. Y la pequeña no ayudaba en mucho con su impedimento. Un día, Tüpa, el protector de la selva, le preguntó a la niña si quería ayudar a su tribu, a lo que ella respondió con un gran “sí”. Entonces, le dijo, debía quemar una porción de la selva para que en el centro ella enterrara sus manos y sus pies. Así lo hizo la esperanzada pequeña. Al día siguiente sus familiares la buscaron, hasta que encontraron en el claro del bosque quemado, una planta muy alta y, al excavar, descubrieron las raíces marrones con el interior blanco. Lloraron por la pérdida de la niña pero también agradecieron el tener ahora una planta que podían cultivar y que les aseguraba alimento para mucho tiempo.

Interesantes leyendas ¿no? Igual pensé. Pero también me tocó la oportunidad de retribuir. Yo había cosechado, pelado, cocinado y comido con gusto lo que otro había sembrado (Incluidas unas sabrosas berenjenas que otro día comentaré). Un mes antes de terminar mi tiempo en la obra, me tocó sembrar de mandioca una parcela. Fue una experiencia increíble de retribución, porque ya no comería lo que sembraba, pero dejaba para los que vinieran luego esa tarea. Me sentí parte de un ciclo milenario y hasta universal, pequeño ante la inmensidad de la creación, que me permitía estar dentro de la misión sagrada de alimentar con amor a los demás, con el sudor de la frente y la fuerza del trabajo en unión.

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato aparecido en el Semanario Vista Previa – Arequipa, Perú.

El Comecuentos: Los repollos psicodélicos

—Aló mamá, que tal ¿Una pregunta, te acuerdas como se llamaba la señora que hacía los repollos rellenos de manjar allá en Cotahuasi?

—Hola hijo, esa es la señora Libia, viuda de Mogrovejo. Ella pues hacia esos ricos panes de azúcar que ya nadie hace igual ahora. También hacía los alfajores de tres pisos con miel de chancaca que era una delicia te acordarás. Y los maicillos y los piononos más hacía, aunque ahora ya no hace más nada porque ya bien mayor está. Nadie le ha heredado el sabor, hacen algunos pero no tan ricos como esa época.

—¿Y por qué será?

—Es que ya nadie paga lo que es, ahora barato quieren, así que ya no se hacen como antes, eso creo, aunque varios todavía a encargo piden, por ejemplo para los bizcochuelos, pero tienen que llevar huevo y la caña.

—Ha crecido nuestra tierra ¿no?

—Huy no tienes idea, a los barrios tradicionales de Chacaylla, Natuna, Santa Ana y Corira, ahora se ha aumentado todo Aymaña, hasta donde iba a ser el helipuerto han crecido las urbanizaciones, hasta las faldas del cerro Hiñau hay una.

—Jajajaja no te creo, hasta van a ser enrejadas para que la plebe no invada.

—No te rías, hasta en la parte de Chipito, en el despeñadero ese de donde se lanzaban los suicidas, construyen sus casas, sin miedo a los muertos.

—“Los Balcones de Chipito” se va a llamar el barrio.

—Jajajajajaja qué gracioso, me has hecho reír hijo.

—Ya mamita gracias por el dato de la repostera, te cuidas.

Claro, a estas alturas se estará preguntando querido lector de que va este comecuentos, pero dígame usted que cuando conversa con el papá o la mamá pidiendo datos a veces se queda recordando viejas historias o se pone al día de otras, con ese sabor que solo los que han vivido juntos y se quieren se pueden contar. Yo llamé a mi progenitora para averiguar el nombre de la cocinera de la anécdota que voy a narrar a continuación y me quedé hablando con mi madrecita varios minutos.

Antes de que el pueblo de mis ancestros se vea agrandado por cientos de personas que han ocupado el sitio de los viejos conocidos, mi abuela tenía una tienda en la Plaza, que era también el terminal de los buses en ese entonces. Muy bien surtida, era prohibido para mí comerme dulces o chocolates, pero, una tarde de vacaciones que andaba sentadido en un banco en el negocio, llegó la mencionada señora líneas arriba, trayendo una bandeja llena de repollos. Los dejó a mi encargo porque mi Mamá Hilaria salió a unas diligencias. Bueno, nadie habló de no comerme los pasteles, así que de uno en uno me fui comiendo los postres con sabor a gloria. Fueron siete las víctimas de mi gula y que me causaron una indigestión de Padre y Señor mío. Los colores psicodélicos de la fiebre, esos que se formaban cuando apretaba los ojos, las formas raras de las manos que me auscultaron y la sorpresa de la inyección a mansalva, son cosas que perduran en mis pesadillas.

Pero lo que más recuerdo es que al otro día, luego de la noche infernal y delirios de vampiros siderales y dinosaurios que me perseguían, bajé a la tienda y habían quedado varios de los pasteles. Me volví a comer un par. Las palmadas en el poto fueron bien merecidas, que duda cabe.

COMECUENTOS: Aprendiz de pescador

Desde tiempos inmemoriales los hombres cazan y pescan para su manutención. Durante cientos de años el conocimiento pasa de generación en generación para que los vástagos aprendan a sustentar a sus familias en un ciclo que solo se ha visto interrumpido por… el supermercado. Bueno, antes de eso la Edad de Hierro, la Época Industrial, el Capitalismo, los mercados de pueblo, está bien ya no se caza ni se pesca por necesidad, a menos que sea el negocio familiar.

Después de tremenda introducción, diré que en los pueblos de los valles, en especial de aquellos donde discurre un potente río, la costumbre de pescar es casi como un aprendizaje esencial, ni hablar en los pueblos en que hay camarón. En Río Grande, a orillas del cual se encuentra el pueblo de Iquipí, mi padre aprendió de sus hermanos y tíos a pescar camarón y trucha, esta última con sedal y atarraya.

En las historias que me contaban de mi papá y sus hazañas cuando llegó a Cotahuasi, a orillas del río del mismo nombre, lugar donde conoció a mi mamá y coincidentemente río arriba del pueblo paterno, la tónica eran sus clavados que se metía con el río cargado, desde el puente de Luicho, los baños termales famosos hoy por hoy. También relataban su estilo de pescar y cómo sacaba las truchas y pejerreyes para freírlos allí nomas, en una fogata y al sartén de hierro, acompañado de vino y guitarras.  

Por circunstancias que ya no vienen al caso, mi padre no pudo enseñarme esos artes y, cuando en mi oportunidad estuve una larga temporada en el pueblo de Tomepampa a dos horas de Cotahuasi por la ribera del río, quise un día aprender a pescar con el artilugio de malla y plomos. Obvio, había una chica a la cual quería impresionar y por eso llamé en mi auxilio a mi primo Luis Alberto “Chapu”, con el que corrimos varias aventuras en ese año memorable de 1996.

Lo primero que debe saber cualquiera es que la atarraya es circular y que en el perímetro tienen plomos que le darán el peso suficiente para que, cuando sea lanzada con maestría, caiga sobre los peces y los atrape en el laberinto de sus recuadros enlazados. El lanzar es un arte que se aprende con práctica así que empezamos el recorrido más allá de la entrada de Ranrata. Con un brazo se agarra un extremo con la otra, otro y con los dientes de sostiene un tercero, con el fin de que al lanzar la red esta se expanda uniformemente.

Esa es la teoría, en la práctica mis lanzamientos caían como piedra sobre las cabezas de los peces y creo que ni así lograba sacar alguno. Mientras que mi compañero había sacado hasta cuatro de mediano tamaño, yo puro chiquilín nomás tenía en la bolsa. Al llegar al pueblo, con el “trofeo”, justo por la calle se aparece toda ella, con su inolvidable corte muy corto y sus ojos pardos sonrientes, los cuales curiosos investigaron la cosecha pluvial. Su risa cantarina me sonrojó. —¡Y para esto tanta alharaca de que me voy a pescar!, vergüenza debería darles. Y se fue guiñándome el ojo para suavizar la aporreada.

Luego de eso fui una segunda vez más a pescar días después y luego ya no porque tenía que regresar a la ciudad. Pero antes de finalizar, no puedo dejar de recordar que, mientras tiraba con esfuerzo la atarraya, me sentí parte de una historia que no se interrumpe, que continúa, esas ganas de llevar lo mejor a la familia, de pescar algo con tus propias manos. Me sentí cercano y orgulloso de mis tíos y primos que, río más abajo, en el valle paterno, pescaban no por diversión sino para llevar a sus familias el sustento debido, gracias al esfuerzo de sus manos, sus brazos, su propia vida.          

Por: Sarko Medina Hinojosa   

COMECUENTOS: Papas arrebozadas color plomo

Cuando el universo a mi alrededor era nuevo y García Marquez le había puesto nombre a las cosas, el mundo era de color plomo, los días largos y las horas un suplicio antes del recreo. La vida se resumía en levantarse, bañarse con la jarrita porque eso de terma eléctrica era para millonarios y políticos, luego comía mi rico pancito tres puntas con quaker y… —Papi ¿Qué es “quaker”. —Hijito es la avena, pero en esa época uno llamaba las cosas por el nombre con que las compraba, el detergente era “la Ña Pancha”, la crema dental “el Kolinos” y así por el estilo. —A ya papi sigue contando.

Bueno el tema era que salía al cole con cara de resignación ante la cruel sociedad que te hacía levantar temprano para intentar no dormirte entre las fórmulas matemáticas que no entraban hasta que la regla en los lomos obraba el milagro de la ósmosis entre el conocimiento y tu piel y de allí al cerebro. Pero llegaba el timbre, tirabas todo y a ¡correr al patio! Si tenías algunas monedas en el bolsillo, hacías una finta a los correligionarios y así, haciendo un quite por aquí, una ida engañosa a los baños y de allí por la pared pegado hasta el kiosko correspondiente para hacer el “pase” y comprarte algo.

Yo no comía nada en el recreo de primero de secundaria en el Manuel Muñoz Najar. Ya la experiencia me enseñó en el primer bimestre que el arte de comer tranquilo era una utopía, por más intentos de comprarte algo y disfrutarlo solo, por allí te caían en mancha los compañeros y a la voz de “invichaaaaaaa” quedabas peor que esqueleto luego de un ataque de pirañas loretanas. —Entonces qué comías papi, ahhhh ¿por eso en tus fotos eras muy flaquito? ¡No comías nada! —No pues Mathías, en la tarde a la salida, reservaba mis veinte centavos para mi papa arrebozada con ají.

La señora de las papas se ubicaba en una de las veredas y, rodeada de hambrientos púberes, abría con maestría su caja de cartón de aceite Primor y allí, protegidos con papel de sacos de azúcar que le impregnaban un aroma reconocible así pasen décadas, estaba el manjar dorado por la fritura, cubierto por su capa protectora de harina y huevo, dulce manjar que se deshacía en la boca y que apurabas casi de un bocado antes que alguien se le ocurriera quitártelo.    

Cuando pasé al San Pedro Pascual, ya el tema de esconderse para comer a la hora del recreo era imposible y a la salida no había señora de las papas, así que en el kiosko las comíamos y de tanto en tanto se tenía que invitar, en especial a nuestro amigo Carlos que era especialista en almorzar mejor que todos haciéndose convidar. A pesar de poner los dedos casi al borde de las papas para que la mordida no sea tan lesiva, se las arreglaba para al último hacer un giro y atacar por el flanco descubierto y llevarse la parte más crocante.       

Recuerdo que allí nació el doble con ensalada, no recuerdo quién lo inventó pero era comprarse dos papas de veinte y al medio que le coloquen un poco de zarza de cebolla con tomate y hasta lechuguita si estaba de humor el señor del kiosko, todo con mayonesa y ají. —¡Que rico comías papi! —Sí hijito era un placer de plomo color. —¿Plomo? —Verdad, me olvide de explicarte que los uniformes escolares era de ese color en ese tiempo para todos, pero ya ahondaré en esa época en otra ocasión, ahora vámonos a donde la señora de la esquina que vende chicharrones, porque también hace una papas arrebozadas buenazas, no como las del cole, pero vale el intento.      

Por: Sarko Medina Hinojosa 

COMECUENTOS: Zarcita de Mortadela

Pancito con mortadela

Mi mamá no sabía cocinar. Me corrijo, no sabía cocinar todo. En casa mi abuelita Hilaria le había enseñado lo esencial de la cocina allá en nuestro querido Cotahuasi. Tampoco ella había salido de ese pueblo como para conocer otros potajes, hasta tener que viajar a Arequipa por los estudios universitarios que emprendería. Llegar a una nueva ciudad no es fácil, menos cuando no conoces a casi nadie, tienes un hijito pequeño y un esposo que llegaba cada fin de mes. Eran los inicios de los ochentas, Cindy Lauper sonaba a full en las radios y la sombra del terrorismo crecía de a pocos a punta de torres caídas.

Debo hacer una revelación: mi abuelo materno era un “picaflor”. Antes de casarse con mi abuelita en segundas nupcias, había tenido varios hijos. Era arriero y como dice algún dicho olvidado: “en cada tambo de pueblo tenía un cariño”. De esto poco a casi nada supo la matriarca de mi familia hasta que mi ancestro falleció, y, cual historia de Gabriel García Márquez, uno a uno llegaron los hijos desconocidos hasta ese momento a presentar sus partidas de nacimiento. Patatús tras patatús le venía a mi mamá Hilaria en esa época, para que negarlo.

Uno de los llegados fue mi tío Marcelo. Poco o casi nada recuerdo de sus facciones, pero, si entrecierro los ojos lo veo alto, de sonrisa franca y manos trabajadoras. Este tío reciente fue un apoyo invalorable para mi madre, serios problemas que no vienen al cuento la afligían y, como él vivía aquí en la ciudad, estudiando en las tardes en el Colegio Independencia y por las mañanas trabajando en el Mercado de Productores, nos visitaba los fines de semana. La primera vez que vino, nos trajo mortadela, unos cien gramos con su papel mantequilla de resguardo como lo vendían por ese tiempo. Mi mamá se fue a la cocina mientras el tío jugaba conmigo.

Al poco aparece ella con un plato. Era una zarza de cebolla y tomate con la mortadela prolijamente cortada en tiritas, cual si charqui se tratara. Mi tío se rió y comió con gusto el potaje con el pancito de molde que también trajo y felices pasamos esa tarde que se repitió en muchas varias más. Mi mamá cocinaba en una cocina de kerosene y fue este tío quién en un acto de desprendimiento mayúsculo le compró su primera cocina de gas con cuatro hornillas, como para que me entiendan que tanto cariño y apoyo nos dio…          

Estas últimas líneas las he escrito en varias ocasiones, pero nunca como ahora me pesan un poquito, sabrán disculpar. Y es que mi tío un día desapareció, en 1984, sin mayores explicaciones indicando en una carta que tenía que irse. No volvió. Durante años mi mamá iba a hospitales y morgues cuando aparecía algún NN y preguntaba regularmente sobre si aparecía alguien con su nombre. Unas noticias, años después, daban cuenta que estaba en la selva, que lo habían secuestrado los terroristas, los narcos… pero certezas nunca.

No quiero cerrar este relato con ese dejo de tristeza que siempre me acomete cuando cuento sobre él, porque en verdad el poco tiempo que estuvo con nosotros fue una luz que ilumina las vidas de mi madre y mía, como una persona generosa que daba lo poco que tenía con un cariño concreto, simplemente sabiendo que éramos familia, no importando el cruce de los ríos que nos hubieran llevado a serlo sino el hecho indiscutible que lo éramos y por siempre seremos. Donde descansen nuestros huesos en la eternidad se reflejará solo el cariño que se tiene por aquellos que pasaron por nuestra vida dejando el tesoro más grande: el amor.

COMECUENTOS: Chupe de correa

En Cuaresma se vive el ayuno, principalmente los viernes en que se recomienda no comer carnes rojas. Respetando esta vivencia camino a Semana Santa, nuestras santas madrecitas arequipeñas, para no incumplir, crearon el milagroso “Chupe de Viernes”, delicioso potaje que, aparte de tener una serie de ingredientes vegetales muy nutritivos, lleva productos marinos (menos camarones pues señores que andamos en veda).

Para aquellos que por gula buscan hacer lo incorrecto y zamparse por encima de la ley y buscar comerse los crustáceos les contaré un pasaje de la vida de mi abuelita Hilaria y sus menores hijos: mi tío Max y mi mamá Liliana. Ella, como buena cotahuasina de genio fuerte, salió adelante en la vida como ella misma decía: “sin que nadie me diera un sol partido por la mitad”. Así que la vida suya era trabajar y darle lo que mejor podía a sus hijos, aún con solo haber llegado a tercero de primaria, los sacó profesionales a los dos, cuál era su más grande orgullo.
Pues, esas manos arrugadas que trabajaban todo el día, también servían para cocinar ricos potajes en la trastienda del comercio que regentaba. Ella, muy fiel a las tradiciones católicas, los Viernes de Cuaresma preparaba un rico y sencillo chupe, hecho de habas, papitas, cochayuyo y leche, coronado con su huevo para cada uno. Durante esos días los traviesos hermanos, hacían de las suyas, olvidando a veces que se encontraban en una época de meditación y oración.

De pronto le llegaba la noticia a mi abuela que mi tío Max se “fugó” una hora antes del colegio porque se fue a pescar, o que en mi mamá Liliana no había cumplido tal tarea. En esas semanas, con sorpresa, los menores no recibían el consabido cocacho o reprimenda, sino que veían a su progenitora toda dulzura. Cada año se olvidaban de lo que venía en Viernes Santo y relajaban la guardia, así se comían medio queso, o dulces de la tienda o se iban a “pallapear” duraznos en la huerta del tío Alejandro en Tomepampa o de las casas vecinas en Cachana en la casa de los bisabuelos. Felices sin castigo iban por el mundo.

El Jueves Santo, ya entrados en meditación profunda en el pueblo, donde durante esa semana no se escuchaba música siquiera, la matriarca compraba los ingredientes para el chupe del día siguiente, poderoso caldo que se acrecentaba con más productos, aparte del “riaogao” correspondiente, se aumentaba el ají panca, la zanahoria, la col, el choclo fresco, las machas, la patasca, el zapallo y el rico queso, para finalizar todo con unas ramas de aromático huacatay.

Los hermanos se saboreaban de antemano y se iban a dormir tranquilos ese día. El mismo viernes, antes del canto del gallo, cada uno recibía en pleno sueño un correazo corrector, propinado por su mamá, que en medio de lágrimas y mientras les sobaba el cuerpo afectado, les explicaba que ese dolor era para acompañar a Nuestro Señor Jesucristo en su calvario y el recuerdo de su muerte por nuestros pecados en el sacrificio redentor de la Cruz.

No se santigüe ni me diga “que bárbara la señora, qué violenta”, todo en su contexto, nuestros abuelos creían en una corrección así, ahora ya no lo haríamos de esa manera, pero, para serles sincero y luego de preguntarles a mi madre y mi tío si eso les hizo algún daño, las respuestas fueron que no, que al contrario, sabía que de alguna manera el amor correctivo de su madre quería enseñarles una lección para que no perdieran el rumbo en la vida. Luego de eso disfrutaban el delicioso caldo que menguaba el picor que les dejara esa correa de doble cuero reforzada, que aún por allí debe de andar donde la oculté, digo, donde la guardé como recuerdo.   

COMECUENTOS: El culpable no fue del asado

Costilla, matambre y tira de S al asador.

La primera vez que comí asado argentino fue en Deán Funes, en la provincia argentina de Córdoba el domingo 28 de enero del 2007. Recuerdo que me preparé durante un mes para tal acontecimiento. Ese día, desde temprano, los voluntarios de la obra Fazenda de la Esperanza se levantaron para preparar las brasas, todo un ritual inexplicable para mí, pero que, según me vendieron los pibes del lugar, era necesario para asar lento, durante horas, trozos enormes de vacuno y con solo sal.

En Perú la parrillada se hace de diferentes maneras y, antes del boom de los cortes de carne, las chuletas eran adobadas desde un día anterior y hasta sobreviven trucos para ablandar la carne, como el untarle papaya. Al aderezo no le puede faltar nuestro ají colorado, el orégano, una cervecita helada (receta personal) y cuanto menjunje haya para que la carne salga con rico sabor. Así que cuando dijeron “solo necesita sal” empecé a dudar de las palabras ya que los gauchos vecinos tienen fama de “chamulleros”.

Pero estaba embarcado a saber si era realidad tanta leyenda. La cual se me alimentó en novelas gráficas como “El Tony” donde las historias del “cabo Savino” o el “capitán Toro”, que se desarrollaban en la pampa agreste, tenía siempre una referencia al asado del gaucho. Para hacer tiempo empecé a conversar con los grupos de familiares del encuentro. Como espécimen peruano de reciente llegada, me llovieron las invitaciones de mate, esa bebida mágica de la cual ya hablaré en otro momento, las facturas (postrecitos de harina con dulces), la maravillosa pasta frola con la mermelada de membrillo, los alfajores de maicena embadurnados con el dulce de leche (que no supera a nuestro manjar blanco cof, cof), en fin, como me enseñaron de niño: “Si vas para un pueblo nunca desprecies la comida”, y no era hora de desprestigiar a mis ancestros y sus proverbios.

Llego la hora. El asador empezaba a repartir a diestra y siniestra los cortes. Al llegar pedí tres porciones. Ya en la mesa y casi con las manos le metí un importante mordisco al asado y, de verdad, sentí que mis papilas gustativas entraban en una guerra de contradicciones y emociones. Para cuando a regañadientes tuve que aceptar que efectivamente era la mejor carne al asador que había probado, ya estaba por la segunda vuelta.

—Che peruano ¿y allá en tu tierra porqué la carne es dura? —me preguntó un tucumano. —Es que las vacas salen de mañana temprano a escalar los Andes y entre ir y volver en la tarde pues que se les tensan los músculos. —Ah por eso debe ser, claro —me dijo sin estar convencido de que le decía la verdad o lo estaba “palabreando”.

Luego vino el pastel. Delicioso. De ese me serví dos porciones y, por insistencia de una linda viejecita, me serví un tercero. Al día siguiente, mientras estaba doblado en seis por el cólico malacara que me dio, repetía a quién quisiera escucharme que la culpa la tuvo ese tercer pedazo de torta, que sí no, una tercera ronda se asado me habría zampado por el cogote ¡mavale!          

COMECUENTOS: Emoliente para toda la gente

La carretera me atrae tanto, no tienen idea. El rumor del motor, esa quietud aparente dentro del bus o el vehículo, el paisaje que cambia afuera como la proyección de una película, los pensamientos profundos que uno desarrolla, la ansiedad de llegar al destino. Durante muchos años viajé casi seguido a la provincia de La Unión, tierra de mis ancestros por parte de mi madre. Aún estaba en funcionamiento la empresa de buses Virgen del Carmen, en la cual me trasladaba en unas 12 horas a mi destino. El viaje era de noche en su mayoría y llegábamos casi despuntando el alba. Al llegar a la Plaza de Armas de Cotahuasi, que era el terminal de los buses en esos años finalizando los noventas y luego de tocarle la puerta a mi Mamá Hilaria, me tomaba un rico emoliente con su yapa.

Los aromas de la cola de caballo, linaza, alfalfa, llantén y boldo, con la base del agua de cebada tostada, me inundaban el alma y me hacían revivir el cuerpo, listo para pasar unos días intensos. Dentro de algunos días viajaré a la capital por tierra y espero encontrar un emolientero limeño capaz de convencerme de que también por esas tierras saben preparar esta gran bebida nacional. Y es que si el pollo a la brasa es el plato más democrático en este hermoso país, el emoliente es la bebida más popular en las calles de nuestras ciudades.

—Papi puedes traernos pollito, es fin de semana. —Claro hijito. —Pero con emoliente para que baje la grasita. —Jajajaja. Mi risa resuena en el teléfono, asusta a medio mundo en la calle Mercaderes y me hace caminar más rápido para alcanzar la combi y de allí al hogar. El viaje, señores y damas, te hace pensar en mil cosas, no tienes más que dejarte llevar, devorando distancias, para encontrarte con el destino. El mío en estos días, cuando compro la bebida que trajeron los españoles y que mejoraron (como todo) nuestros antepasados indígenas, es una carretilla casi en la esquina de mi casa. La medida oficial son tres vasos para llevar, sin hayrampu, no mucha linaza y harto limón.

Y es que hay para todos los gustos y agregados. A esta bebida digna de los Apus se le echa también al gusto: uña de gato, maca, chancapiedra, sangre de grado, muña, sábila y, si tu casero es de los que ya conocen a sus clientes, puedes pedirle con polen, miel de abeja, algarrobina, «barbas» de choclo (que te limpia de cálculos), «amargo» hecho de extracto de hercampuri, bueno para limpiar el hígado y ufff de todo como en botica.

Para algunos la «baba» de la linaza no les resulta agradable, es cierto, pero pasado eso, el aromático sabor conquista a cualquiera. Recuerdo a un gran amigo y una ocasión allá en el 2002 cuando estudiábamos Comunicaciones y en la esquina de Don Bosco con La Paz le invité un poderoso emoliente de entonces setenta centavos. Era la primera vez que tomaba uno en carretilla y como tal no le agarró el truco de tomarse de un tirón la espesa y gomosa linaza, ya se imaginarán que le pasó y cómo le quedó la camisa, pero igual le agarró el gusto.

Un carrito emolientero es sinónimo de esa vena que tienen muchos de nuestros compatriotas por el servicio, los vasos bien lavaditos, la bebida hervida, ahora se ponen mandiles y guantes y, claro, si lo pides con gracia y calle, hasta yapa te darán con una sonrisa. El emoliente, al final, es para toda la gente y no conoce de diferencias sociales, de ello deberíamos tomar ejemplo.

COMECUENTOS: Timpo y tiempo

El seis de enero, aparte de celebrarse en todo el orbe la Fiesta de los Reyes Magos, es momento ideal para sacudir los perales en Tiabaya y preparar el Timpo de Peras o Timpusca, chupe que lleva, aparte de un buen trozo de carne de cordero tierna, patasca de trigo, papa, camote, cochayuyo y peras. Por decisiones de última hora terminamos este año en familia recorriendo ese memorable domingo el distrito de Yanahuara, al otro extremo del plato como quién diría. —Vamos a la Cau Cau. —¡Pues vamos!

No recordaba el ir a tan emblemática picantería en mi cercano pasado. Pero al ingresar los recuerdos volaron a mi hoy, traídos de la mano de los olores sustanciosos de las cazuelas de diversos platos. La espera para que nos atendieran me dio tiempo para contar la historia de Alisa, una médico cirujana que trabajó allá por el 2003 junto a mi mama Liliana en el Hospital de Cotahuasi, haciendo su SERUM. Ese servicio anual que desarrollan los profesionales de la salud antes de licenciarse en el país, le significó salir de su cómodo régimen citadino y conocer la verdadera cara de la vida en el interior de la sierra peruana. —¿Y qué tiene que ver con el Timpo? —La verdad nada, es que fue aquí, en esta picantería, que se despidió para irse a Dinamarca.

Resulta que la menuda doctora, usando la tecnología del messenger del Hotmail de ese entonces, entabló un bonito noviazgo con un danés. Tan bien fueron las relaciones virtuales que el susodicho la invitó a visitar su país en las vacaciones, con todas las garantías del caso. —¿No se intentó aprovechar? —pregunté cuando ya instalados en una de las mesas, pedimos el famoso escribano mientras abríamos apetito. —No, pero tampoco fue bueno el viaje.

El viaje hasta las Europas no resultó como esperaba. Las nostalgias provincianas, la falta de comida tradicional y la canción de El Regreso, le jugaron malas pasadas que le hacían soltar las cataratas de llanto ante los consternados y fríos daneses que conformaban la familia del pretendiente. —Tanto fue que un día quisieron darme una sorpresa, prepararon salchipapas con unas salchichas olorosas y papas aguachientas, y se quedaron más asombrados que en vez de alegrarme de nuevo me pusiera a llorar.

La pregunta caía de madura como las peras ya listas para el plato que me traían lleno de vapores y olores: ¿Entonces porque te vas y encima para siempre y con casorio? —pregunté— Es que lo amo, es muy tierno y cálido, además que es muy espontáneo y gracioso, me hace reír mucho. Yo traté de comprender las razones del amor, pero tenía en ese entonces 24 años y sacrificarme por cariño no estaba en mi registro.

Mientras avanzaba la tertulia, la conversación entre ambas derivaba de risas a lloros y muchas anécdotas de intervenciones médicas, como aquella en que se arriesgaron con un parto podálico que ponía en riesgo la vida de la madre y del niño pero que era necesario para salvar la vida de ambos, entre otros relatos. Comprendí que se estaban despidiendo, ella le decía adiós a su tierra, sus costumbres, la comida que amaba, por algo mayor, por inseguridades de un futuro al lado de otra persona en un país tan distinto. —¿Y sabes si le fue bien? —me preguntaron en el hoy los que me oían la anécdota al terminar el rico caldo— No lo sé, han pasado tantos años, pero espero que sí, la apuesta que hizo ella no merecería un final distinto que el feliz.

Por: Sarko Medina Hinojosa

COMECUENTOS: Siete panetones para un mes

Mathías come panetón en diferentes épocas del año. No le importa la marca, lo que le gusta es el sabor de ese bizcocho migoso lleno de pasas y frutas confitadas que le arranca una sonrisa. Tiene siete años y sabe que Navidad es la época en que más de esos panes, de italiano origen, tendremos en casa. Compré uno, su abuelita Liliana le regaló otro y otro vino de mi trabajo como docente, otro más en la canasta de su mamá, uno que me regalaron en un compartir de un amigo editor. Buena cosecha la de este año.

—Papá ¡tenemos muchos panetones! 

—Nunca tantos como los que tuve en la Navidad del 87 ¡Me regalaron siete! 

—¡Tantos papi! —sus ojos de sorpresa me llevan a contarle la buena suerte que tuve ese memorable fin de año.

Siete panetones a mediados del primer gobierno de Alan García era una fortuna incomprensible para una familia reducida a dos como la mía: mamá y yo. Ella estudiando aún en la universidad y con la administradora de nuestra economía, mi (abuelita) Mamá Hilaria, allá en Cotahuasi, lugar al que no íbamos a viajar por fiestas. 

Las largas colas por pan o siquiera por leche, era muy comunes esos días. Lo que se estrenó el año anterior eran los panetones bromatosos, esos panes inflados que parecían más biscochos de diez céntimos de Inti y con una lotería de regalo, ya que era un premio mayor si encontrabas más de diez pasas o frutas confitadas en medio de su miga etérea y nubosa. Pero estaban rebaratos así que para el bolsillo de la media para bajo de población de ese tiempo era la única opción.   

De esos nos dejó uno Mamá Hilaria, antes de partir con toda la mercadería que tenía. Ella tenía su tienda en plena plaza del pueblo así que trabajaría sin descanso en las fiestas. El segundo vino por parte del tío Eliseo de Lima que nos dejó uno de marca bien rico, otro del tío Segundo, uno más por parte del trabajo como vendedora de Yambal de mi mamá, otro nos regalaron las amigas de universidad conocedoras del drama que vivíamos en casa, uno más de otro familiar y el último… el último fue especial.

Aunque en realidad es el primero que debería mencionar. Y es que mi cumpleaños es el 19 de diciembre y ese año casi ni regalos iba a recibir, aparte de la ropa de domingo que me compraría mi abuela y un juguete de mamá. Pues el día de mi cumple mi madre no tenía para comprar una torta, ¡pero sí un rico panetón! Aún recuerdo la velita puesta en el marrón bizcocho y el canto de cumpleaños. En los días subsiguientes vinieron en seguidilla los panetones ya mencionados que duraron hasta bien entrado enero. Regalo tras regalo fue. 

—¿Por eso me gusta el panetón? —pregunta Mathías.

 —Sí, debe ser por eso, a tu abuelita le encanta también. 

—Pero tenemos muchos, hay que regalarle uno a mi abuelita Liliana. 

—Eso haremos —respondo feliz.

En definitiva mi hijo es otra historia, ya que yo, con todos esos panes deliciosos a la mano, no pensé en regalar ni uno a nadie, hasta confieso que (no se lo cuenten a mi mamá) me comí uno entero, en una tarde mirando televisión, sintiéndome el más afortunado y querido de todos los niños en esa Navidad ochentera.