El Comecuentos: Los repollos psicodélicos

—Aló mamá, que tal ¿Una pregunta, te acuerdas como se llamaba la señora que hacía los repollos rellenos de manjar allá en Cotahuasi?

—Hola hijo, esa es la señora Libia, viuda de Mogrovejo. Ella pues hacia esos ricos panes de azúcar que ya nadie hace igual ahora. También hacía los alfajores de tres pisos con miel de chancaca que era una delicia te acordarás. Y los maicillos y los piononos más hacía, aunque ahora ya no hace más nada porque ya bien mayor está. Nadie le ha heredado el sabor, hacen algunos pero no tan ricos como esa época.

—¿Y por qué será?

—Es que ya nadie paga lo que es, ahora barato quieren, así que ya no se hacen como antes, eso creo, aunque varios todavía a encargo piden, por ejemplo para los bizcochuelos, pero tienen que llevar huevo y la caña.

—Ha crecido nuestra tierra ¿no?

—Huy no tienes idea, a los barrios tradicionales de Chacaylla, Natuna, Santa Ana y Corira, ahora se ha aumentado todo Aymaña, hasta donde iba a ser el helipuerto han crecido las urbanizaciones, hasta las faldas del cerro Hiñau hay una.

—Jajajaja no te creo, hasta van a ser enrejadas para que la plebe no invada.

—No te rías, hasta en la parte de Chipito, en el despeñadero ese de donde se lanzaban los suicidas, construyen sus casas, sin miedo a los muertos.

—“Los Balcones de Chipito” se va a llamar el barrio.

—Jajajajajaja qué gracioso, me has hecho reír hijo.

—Ya mamita gracias por el dato de la repostera, te cuidas.

Claro, a estas alturas se estará preguntando querido lector de que va este comecuentos, pero dígame usted que cuando conversa con el papá o la mamá pidiendo datos a veces se queda recordando viejas historias o se pone al día de otras, con ese sabor que solo los que han vivido juntos y se quieren se pueden contar. Yo llamé a mi progenitora para averiguar el nombre de la cocinera de la anécdota que voy a narrar a continuación y me quedé hablando con mi madrecita varios minutos.

Antes de que el pueblo de mis ancestros se vea agrandado por cientos de personas que han ocupado el sitio de los viejos conocidos, mi abuela tenía una tienda en la Plaza, que era también el terminal de los buses en ese entonces. Muy bien surtida, era prohibido para mí comerme dulces o chocolates, pero, una tarde de vacaciones que andaba sentadido en un banco en el negocio, llegó la mencionada señora líneas arriba, trayendo una bandeja llena de repollos. Los dejó a mi encargo porque mi Mamá Hilaria salió a unas diligencias. Bueno, nadie habló de no comerme los pasteles, así que de uno en uno me fui comiendo los postres con sabor a gloria. Fueron siete las víctimas de mi gula y que me causaron una indigestión de Padre y Señor mío. Los colores psicodélicos de la fiebre, esos que se formaban cuando apretaba los ojos, las formas raras de las manos que me auscultaron y la sorpresa de la inyección a mansalva, son cosas que perduran en mis pesadillas.

Pero lo que más recuerdo es que al otro día, luego de la noche infernal y delirios de vampiros siderales y dinosaurios que me perseguían, bajé a la tienda y habían quedado varios de los pasteles. Me volví a comer un par. Las palmadas en el poto fueron bien merecidas, que duda cabe.

Cuento: La verdadera historia del Conejo de Pascua

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—Papi tú me contaste la historia del Conejo de Pascua, pero no recuerdo cómo era.

—Sí Mathias, te acuerdas que te conté que un conejito se quedó dentro del sepulcro de Jesús y cuando él resucitó y los ángeles movieron la roca de la entrada, salió corriendo a contarles a todos el milagro.

—Ummmmh, pero papi… ¿cómo llegó allí el conejito?

—Pues… en un bosque cercano al Río Jordán, vivía una colonia de conejos. Allí vivía Tobías con su papá, mamá y cuarenta y siete hermanitos y hermanitas. Pero el joven conejo era muy osado y valiente, siempre tras aventuras. Así que un día que estaba correteando en busca de emociones, llegó un conejo viajero trayendo muchas noticias. Cuando llegó la hora de la cena, los papás de Tobías contaron las novedades a toda la familia.

Muchas eran de los humanos y sus malas acciones contra los animales y plantas, de guerras y enfrentamientos. El conejito de nuestra historia, cansado de tantas malas noticias preguntó: “¿Es que no hay algún humano que sea bueno?”. Su papá le respondió: “Si los hay, claro, inclusive hay uno que se llama Jesús que nos contaron va por los pueblos haciendo sólo el bien”. Tobías movía su cabeza de lado a lado. “Si no lo veo no lo creeré”. Le explicaron que Jesús estaba rumbo a Jerusalén y que era muy peligroso el viaje y de repente no llegaba a encontrarlo, pero Tobías estaba resuelto, así que buscó al conejo viajero para que le cuente más de ese hombre bueno.

Al otro día, lleno de las historias que escuchó, Tobías salió de su casa rumbo a la gran ciudad amurallada. Pero, no se había enterado que una banda de lobos del sur había subido mucho y aterrorizaban los campos vecinos. Cuando menos lo esperaba cayeron sobre él por sorpresa, pero no contaban con la agilidad del ágil conejito que esquivó a unos, pasó por entre las piernas de otros y confundiéndose con las hojas caídas del bosque los despistó. Siguió su camino con cuidado hasta que escuchó un lamento detrás de un montículo de tierra, al acercarse descubrió a un lobo joven, atrapado en una trampa de granjeros. Su pata derecha estaba lastimada y seguro moriría allí si nadie lo ayudaba. Tobías pensó en dejarle, pues estaba retrasado para llegar a su destino, pero luego se preguntó: ¿Qué haría Jesús en mi lugar?, así que sin dudarlo se acercó de a pocos y le explicó al asustado animal que iba a ayudarlo pero que no se lo comiera después. El joven lobo no solo le agradeció por haberlo librado, sino que le enseñó el mejor camino para salir del bosque sin toparse con los otros lobos.

Una vez que llegó a salvo a la orilla de gran Río Jordán, el conejito trataba de ver la mejor manera de cruzarlo. Encontró un madero que bien podría servirle de balsa. En eso estaba cuando una pareja de puercoespines que discutían llegaron donde él. “Antes que hable mi esposo que es muy parlanchín, quiero que nos ayudes amigo conejo, veo que irás hacia el otro lado del río y allí está nuestro pequeño hijo, por un error se quedó allí y necesitamos cruzar aunque sea uno de nosotros por lo menos para cuidarlo”, dijo la señora puercoespín, mientras su esposo asentía con la cabeza y los ojitos preocupados. Tobías sabía que las pequeñas patas de los peliagudos animales no les servirían para poder cruzar ni nadar en las aguas, a diferencia de sus patas traseras muy largas que le servirían de remo. Había en su balsa espacio para uno, así que decidió llevar a la mamá puercoespín. La despedida de ambos esposos fue muy triste, porque sabían que se iban a separar para siempre de repente. Cuando estaba por llegar a la orilla con la llorosa madre, Tobías reflexionó sobre lo que haría el mesías en su lugar. A pesar del cansancio y de que se demoraría aún más, resolvió volver por el papá puercoespín, para que la familia estuviera junta.

Apurado, Tobías tomó el camino que subía a la gran ciudad. Cuando estaba a la mitad se sentó a comer las ricas zanahorias que su madre le dio para el camino. En eso vio  una mamá ratona con sus cinco hijitos a un costado del camino, se les notaba hambrientos por lo flaquitos que estaban. Se acercó para saber su historia y le contaron que el papá ratón había fallecido al ir a tratar de conseguir comida y que ella no podía separarse de sus pequeños porque aún eran bebés. Conmovido, Tobías supo que haría un buen hombre en su lugar, daría la mitad de su comida, pero sintió que debía dar más, con todo lo que tenía esa mamá podría alimentar por varios días a sus pequeñuelos hasta sentirse fuerte y buscar comida. Así les dejó todo su paquete y siguió su rumbo.

Por el camino las personas hablaban de Jesús y que lo habían apresado el día anterior en un jardín a  las afueras de la ciudad y que por esas horas deberían haberlo juzgado. “¿Por qué han hecho eso con Jesús? Se preguntaba Tobías, quería llegar lo más rápido posible para ayudarlo. Las personas hablaban a sus costados sobre las buenas acciones que había hecho y lo injusto de su castigo. Casi sin aliento llegó a la ciudad para enterarse que en el Monte Gólgota crucificarían a Jesús. “¡Tengo que llegar!, tengo que ayudarlo”, se decía el valiente conejito.

No pudo llegar a tiempo. Cuando alcanzó la Cruz donde estaba el mesías, este había expirado. La tristeza embargó a Tobías, quien resignado se retiró del lugar. La tormenta que se desató hizo que buscara refugio en una casa cercana. Allí había unos hombres y mujeres reunidos que hablaban del crucificado, decían entre otras cosas que les había prometido que resucitaría al tercer día de muerto, pero que dudaban de eso. Tobías no dudaba, así que regresó al monte calvario para esperar los acontecimientos. Un hombre que estimaba mucho a Jesús, solicitó el cuerpo para enterrarlo en una cripta de su campo. El conejito estuvo cerca en todo momento, hasta cuando llevaron el cuerpo embalsamado a la cueva. En un descuido de los que llevaban al difunto, se escabulló al interior de la cueva. La gran piedra ocultó la luz y todo quedó en silencio y obscuridad al interior.

Tobías, respetuoso, no hizo ruidos en esa noche, tampoco al otro día. Durante todo el sábado tampoco habló, solo sus pensamientos lo acompañaban. Recordaba las historias que escuchó de Jesús, cómo había alimentado a miles con pocos panes y peces, que había detenido la tormenta, que había visitado a personas malas y les había perdonado los pecados, que había sanado enfermos, liberado a poseídos por espíritus malos, sus palabras en la montaña, el amor por los niños y que hasta cuando lo estaban crucificando no sintió odio por nadie. Avanzado el día y ya muy entrada la noche, Tobías sintió que la tierra se movía… ¡De pronto! La gran piedra se movió y una gran luz bañó la cueva cegándolo, al abrir los ojos vio a Jesús de pie, sonriéndole, se acercó contento para recibir una caricia en la cabeza, sin perder tiempo se despidió y corrió a anunciar el gran milagro a toda la naturaleza: el hombre bueno ¡había vencido a la muerte!

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Epílogo

—¡Qué gran historia papi!

—Así es Mathías, la historia de Jesús es la más grande de todas.

—Pero… porqué entonces hay los huevos de Pascua.

—Es que al regresar a su casa, luego de visitar a los amigos que hizo en el camino, la mamá de Tobías le preparó higos rellenos con miel, pero como estaba cansado se durmió sin comerlos, al otro día estaba duros y con forma de huevo de color oscuro, así que se le ocurrió compartirlos con sus cuarenta y siete hermanos y hermanas, pero para hacerlo divertido los escondió por toda la casa para que los encuentren y los disfruten todos juntos.

—¡Qué bueno es Tobías!

—Así debemos ser nosotros también Mathías.

—¡Claro que sí!

Fin

Autores: Sarko Medina Hinojosa y Mathías Eduardo Medina Chávez

COMECUENTOS: Aprendiz de pescador

Desde tiempos inmemoriales los hombres cazan y pescan para su manutención. Durante cientos de años el conocimiento pasa de generación en generación para que los vástagos aprendan a sustentar a sus familias en un ciclo que solo se ha visto interrumpido por… el supermercado. Bueno, antes de eso la Edad de Hierro, la Época Industrial, el Capitalismo, los mercados de pueblo, está bien ya no se caza ni se pesca por necesidad, a menos que sea el negocio familiar.

Después de tremenda introducción, diré que en los pueblos de los valles, en especial de aquellos donde discurre un potente río, la costumbre de pescar es casi como un aprendizaje esencial, ni hablar en los pueblos en que hay camarón. En Río Grande, a orillas del cual se encuentra el pueblo de Iquipí, mi padre aprendió de sus hermanos y tíos a pescar camarón y trucha, esta última con sedal y atarraya.

En las historias que me contaban de mi papá y sus hazañas cuando llegó a Cotahuasi, a orillas del río del mismo nombre, lugar donde conoció a mi mamá y coincidentemente río arriba del pueblo paterno, la tónica eran sus clavados que se metía con el río cargado, desde el puente de Luicho, los baños termales famosos hoy por hoy. También relataban su estilo de pescar y cómo sacaba las truchas y pejerreyes para freírlos allí nomas, en una fogata y al sartén de hierro, acompañado de vino y guitarras.  

Por circunstancias que ya no vienen al caso, mi padre no pudo enseñarme esos artes y, cuando en mi oportunidad estuve una larga temporada en el pueblo de Tomepampa a dos horas de Cotahuasi por la ribera del río, quise un día aprender a pescar con el artilugio de malla y plomos. Obvio, había una chica a la cual quería impresionar y por eso llamé en mi auxilio a mi primo Luis Alberto “Chapu”, con el que corrimos varias aventuras en ese año memorable de 1996.

Lo primero que debe saber cualquiera es que la atarraya es circular y que en el perímetro tienen plomos que le darán el peso suficiente para que, cuando sea lanzada con maestría, caiga sobre los peces y los atrape en el laberinto de sus recuadros enlazados. El lanzar es un arte que se aprende con práctica así que empezamos el recorrido más allá de la entrada de Ranrata. Con un brazo se agarra un extremo con la otra, otro y con los dientes de sostiene un tercero, con el fin de que al lanzar la red esta se expanda uniformemente.

Esa es la teoría, en la práctica mis lanzamientos caían como piedra sobre las cabezas de los peces y creo que ni así lograba sacar alguno. Mientras que mi compañero había sacado hasta cuatro de mediano tamaño, yo puro chiquilín nomás tenía en la bolsa. Al llegar al pueblo, con el “trofeo”, justo por la calle se aparece toda ella, con su inolvidable corte muy corto y sus ojos pardos sonrientes, los cuales curiosos investigaron la cosecha pluvial. Su risa cantarina me sonrojó. —¡Y para esto tanta alharaca de que me voy a pescar!, vergüenza debería darles. Y se fue guiñándome el ojo para suavizar la aporreada.

Luego de eso fui una segunda vez más a pescar días después y luego ya no porque tenía que regresar a la ciudad. Pero antes de finalizar, no puedo dejar de recordar que, mientras tiraba con esfuerzo la atarraya, me sentí parte de una historia que no se interrumpe, que continúa, esas ganas de llevar lo mejor a la familia, de pescar algo con tus propias manos. Me sentí cercano y orgulloso de mis tíos y primos que, río más abajo, en el valle paterno, pescaban no por diversión sino para llevar a sus familias el sustento debido, gracias al esfuerzo de sus manos, sus brazos, su propia vida.          

Por: Sarko Medina Hinojosa   

COMECUENTOS: Zarcita de Mortadela

Pancito con mortadela

Mi mamá no sabía cocinar. Me corrijo, no sabía cocinar todo. En casa mi abuelita Hilaria le había enseñado lo esencial de la cocina allá en nuestro querido Cotahuasi. Tampoco ella había salido de ese pueblo como para conocer otros potajes, hasta tener que viajar a Arequipa por los estudios universitarios que emprendería. Llegar a una nueva ciudad no es fácil, menos cuando no conoces a casi nadie, tienes un hijito pequeño y un esposo que llegaba cada fin de mes. Eran los inicios de los ochentas, Cindy Lauper sonaba a full en las radios y la sombra del terrorismo crecía de a pocos a punta de torres caídas.

Debo hacer una revelación: mi abuelo materno era un “picaflor”. Antes de casarse con mi abuelita en segundas nupcias, había tenido varios hijos. Era arriero y como dice algún dicho olvidado: “en cada tambo de pueblo tenía un cariño”. De esto poco a casi nada supo la matriarca de mi familia hasta que mi ancestro falleció, y, cual historia de Gabriel García Márquez, uno a uno llegaron los hijos desconocidos hasta ese momento a presentar sus partidas de nacimiento. Patatús tras patatús le venía a mi mamá Hilaria en esa época, para que negarlo.

Uno de los llegados fue mi tío Marcelo. Poco o casi nada recuerdo de sus facciones, pero, si entrecierro los ojos lo veo alto, de sonrisa franca y manos trabajadoras. Este tío reciente fue un apoyo invalorable para mi madre, serios problemas que no vienen al cuento la afligían y, como él vivía aquí en la ciudad, estudiando en las tardes en el Colegio Independencia y por las mañanas trabajando en el Mercado de Productores, nos visitaba los fines de semana. La primera vez que vino, nos trajo mortadela, unos cien gramos con su papel mantequilla de resguardo como lo vendían por ese tiempo. Mi mamá se fue a la cocina mientras el tío jugaba conmigo.

Al poco aparece ella con un plato. Era una zarza de cebolla y tomate con la mortadela prolijamente cortada en tiritas, cual si charqui se tratara. Mi tío se rió y comió con gusto el potaje con el pancito de molde que también trajo y felices pasamos esa tarde que se repitió en muchas varias más. Mi mamá cocinaba en una cocina de kerosene y fue este tío quién en un acto de desprendimiento mayúsculo le compró su primera cocina de gas con cuatro hornillas, como para que me entiendan que tanto cariño y apoyo nos dio…          

Estas últimas líneas las he escrito en varias ocasiones, pero nunca como ahora me pesan un poquito, sabrán disculpar. Y es que mi tío un día desapareció, en 1984, sin mayores explicaciones indicando en una carta que tenía que irse. No volvió. Durante años mi mamá iba a hospitales y morgues cuando aparecía algún NN y preguntaba regularmente sobre si aparecía alguien con su nombre. Unas noticias, años después, daban cuenta que estaba en la selva, que lo habían secuestrado los terroristas, los narcos… pero certezas nunca.

No quiero cerrar este relato con ese dejo de tristeza que siempre me acomete cuando cuento sobre él, porque en verdad el poco tiempo que estuvo con nosotros fue una luz que ilumina las vidas de mi madre y mía, como una persona generosa que daba lo poco que tenía con un cariño concreto, simplemente sabiendo que éramos familia, no importando el cruce de los ríos que nos hubieran llevado a serlo sino el hecho indiscutible que lo éramos y por siempre seremos. Donde descansen nuestros huesos en la eternidad se reflejará solo el cariño que se tiene por aquellos que pasaron por nuestra vida dejando el tesoro más grande: el amor.

COMECUENTOS: Chupe de correa

En Cuaresma se vive el ayuno, principalmente los viernes en que se recomienda no comer carnes rojas. Respetando esta vivencia camino a Semana Santa, nuestras santas madrecitas arequipeñas, para no incumplir, crearon el milagroso “Chupe de Viernes”, delicioso potaje que, aparte de tener una serie de ingredientes vegetales muy nutritivos, lleva productos marinos (menos camarones pues señores que andamos en veda).

Para aquellos que por gula buscan hacer lo incorrecto y zamparse por encima de la ley y buscar comerse los crustáceos les contaré un pasaje de la vida de mi abuelita Hilaria y sus menores hijos: mi tío Max y mi mamá Liliana. Ella, como buena cotahuasina de genio fuerte, salió adelante en la vida como ella misma decía: “sin que nadie me diera un sol partido por la mitad”. Así que la vida suya era trabajar y darle lo que mejor podía a sus hijos, aún con solo haber llegado a tercero de primaria, los sacó profesionales a los dos, cuál era su más grande orgullo.
Pues, esas manos arrugadas que trabajaban todo el día, también servían para cocinar ricos potajes en la trastienda del comercio que regentaba. Ella, muy fiel a las tradiciones católicas, los Viernes de Cuaresma preparaba un rico y sencillo chupe, hecho de habas, papitas, cochayuyo y leche, coronado con su huevo para cada uno. Durante esos días los traviesos hermanos, hacían de las suyas, olvidando a veces que se encontraban en una época de meditación y oración.

De pronto le llegaba la noticia a mi abuela que mi tío Max se “fugó” una hora antes del colegio porque se fue a pescar, o que en mi mamá Liliana no había cumplido tal tarea. En esas semanas, con sorpresa, los menores no recibían el consabido cocacho o reprimenda, sino que veían a su progenitora toda dulzura. Cada año se olvidaban de lo que venía en Viernes Santo y relajaban la guardia, así se comían medio queso, o dulces de la tienda o se iban a “pallapear” duraznos en la huerta del tío Alejandro en Tomepampa o de las casas vecinas en Cachana en la casa de los bisabuelos. Felices sin castigo iban por el mundo.

El Jueves Santo, ya entrados en meditación profunda en el pueblo, donde durante esa semana no se escuchaba música siquiera, la matriarca compraba los ingredientes para el chupe del día siguiente, poderoso caldo que se acrecentaba con más productos, aparte del “riaogao” correspondiente, se aumentaba el ají panca, la zanahoria, la col, el choclo fresco, las machas, la patasca, el zapallo y el rico queso, para finalizar todo con unas ramas de aromático huacatay.

Los hermanos se saboreaban de antemano y se iban a dormir tranquilos ese día. El mismo viernes, antes del canto del gallo, cada uno recibía en pleno sueño un correazo corrector, propinado por su mamá, que en medio de lágrimas y mientras les sobaba el cuerpo afectado, les explicaba que ese dolor era para acompañar a Nuestro Señor Jesucristo en su calvario y el recuerdo de su muerte por nuestros pecados en el sacrificio redentor de la Cruz.

No se santigüe ni me diga “que bárbara la señora, qué violenta”, todo en su contexto, nuestros abuelos creían en una corrección así, ahora ya no lo haríamos de esa manera, pero, para serles sincero y luego de preguntarles a mi madre y mi tío si eso les hizo algún daño, las respuestas fueron que no, que al contrario, sabía que de alguna manera el amor correctivo de su madre quería enseñarles una lección para que no perdieran el rumbo en la vida. Luego de eso disfrutaban el delicioso caldo que menguaba el picor que les dejara esa correa de doble cuero reforzada, que aún por allí debe de andar donde la oculté, digo, donde la guardé como recuerdo.   

COMECUENTOS: El culpable no fue del asado

Costilla, matambre y tira de S al asador.

La primera vez que comí asado argentino fue en Deán Funes, en la provincia argentina de Córdoba el domingo 28 de enero del 2007. Recuerdo que me preparé durante un mes para tal acontecimiento. Ese día, desde temprano, los voluntarios de la obra Fazenda de la Esperanza se levantaron para preparar las brasas, todo un ritual inexplicable para mí, pero que, según me vendieron los pibes del lugar, era necesario para asar lento, durante horas, trozos enormes de vacuno y con solo sal.

En Perú la parrillada se hace de diferentes maneras y, antes del boom de los cortes de carne, las chuletas eran adobadas desde un día anterior y hasta sobreviven trucos para ablandar la carne, como el untarle papaya. Al aderezo no le puede faltar nuestro ají colorado, el orégano, una cervecita helada (receta personal) y cuanto menjunje haya para que la carne salga con rico sabor. Así que cuando dijeron “solo necesita sal” empecé a dudar de las palabras ya que los gauchos vecinos tienen fama de “chamulleros”.

Pero estaba embarcado a saber si era realidad tanta leyenda. La cual se me alimentó en novelas gráficas como “El Tony” donde las historias del “cabo Savino” o el “capitán Toro”, que se desarrollaban en la pampa agreste, tenía siempre una referencia al asado del gaucho. Para hacer tiempo empecé a conversar con los grupos de familiares del encuentro. Como espécimen peruano de reciente llegada, me llovieron las invitaciones de mate, esa bebida mágica de la cual ya hablaré en otro momento, las facturas (postrecitos de harina con dulces), la maravillosa pasta frola con la mermelada de membrillo, los alfajores de maicena embadurnados con el dulce de leche (que no supera a nuestro manjar blanco cof, cof), en fin, como me enseñaron de niño: “Si vas para un pueblo nunca desprecies la comida”, y no era hora de desprestigiar a mis ancestros y sus proverbios.

Llego la hora. El asador empezaba a repartir a diestra y siniestra los cortes. Al llegar pedí tres porciones. Ya en la mesa y casi con las manos le metí un importante mordisco al asado y, de verdad, sentí que mis papilas gustativas entraban en una guerra de contradicciones y emociones. Para cuando a regañadientes tuve que aceptar que efectivamente era la mejor carne al asador que había probado, ya estaba por la segunda vuelta.

—Che peruano ¿y allá en tu tierra porqué la carne es dura? —me preguntó un tucumano. —Es que las vacas salen de mañana temprano a escalar los Andes y entre ir y volver en la tarde pues que se les tensan los músculos. —Ah por eso debe ser, claro —me dijo sin estar convencido de que le decía la verdad o lo estaba “palabreando”.

Luego vino el pastel. Delicioso. De ese me serví dos porciones y, por insistencia de una linda viejecita, me serví un tercero. Al día siguiente, mientras estaba doblado en seis por el cólico malacara que me dio, repetía a quién quisiera escucharme que la culpa la tuvo ese tercer pedazo de torta, que sí no, una tercera ronda se asado me habría zampado por el cogote ¡mavale!          

COMECUENTOS: Emoliente para toda la gente

La carretera me atrae tanto, no tienen idea. El rumor del motor, esa quietud aparente dentro del bus o el vehículo, el paisaje que cambia afuera como la proyección de una película, los pensamientos profundos que uno desarrolla, la ansiedad de llegar al destino. Durante muchos años viajé casi seguido a la provincia de La Unión, tierra de mis ancestros por parte de mi madre. Aún estaba en funcionamiento la empresa de buses Virgen del Carmen, en la cual me trasladaba en unas 12 horas a mi destino. El viaje era de noche en su mayoría y llegábamos casi despuntando el alba. Al llegar a la Plaza de Armas de Cotahuasi, que era el terminal de los buses en esos años finalizando los noventas y luego de tocarle la puerta a mi Mamá Hilaria, me tomaba un rico emoliente con su yapa. 

Los aromas de la cola de caballo, linaza, alfalfa, llantén y boldo, con la base del agua de cebada tostada, me inundaban el alma y me hacían revivir el cuerpo, listo para pasar unos días intensos. Dentro de algunos días viajaré a la capital por tierra y espero encontrar un emolientero limeño capaz de convencerme de que también por esas tierras saben preparar esta gran bebida nacional. Y es que si el pollo a la brasa es el plato más democrático en este hermoso país, el emoliente es la bebida más popular en las calles de nuestras ciudades. 

—Papi puedes traernos pollito, es fin de semana. —Claro hijito. —Pero con emoliente para que baje la grasita. —Jajajaja. Mi risa resuena en el teléfono, asusta a medio mundo en la calle Mercaderes y me hace caminar más rápido para alcanzar la combi y de allí al hogar. El viaje, señores y damas, te hace pensar en mil cosas, no tienes más que dejarte llevar, devorando distancias, para encontrarte con el destino. El mío en estos días, cuando compro la bebida que trajeron los españoles y que mejoraron (como todo) nuestros antepasados indígenas, es una carretilla casi en la esquina de mi casa. La medida oficial son tres vasos para llevar, sin hayrampu, no mucha linaza y harto limón.

Y es que hay para todos los gustos y agregados. A esta bebida digna de los Apus se le echa también al gusto: uña de gato, maca, chancapiedra, sangre de grado, muña, sábila y, si tu casero es de los que ya conocen a sus clientes, puedes pedirle con polen, miel de abeja, algarrobina, «barbas» de choclo (que te limpia de cálculos), «amargo» hecho de extracto de hercampuri, bueno para limpiar el hígado y ufff de todo como en botica.

Para algunos la «baba» de la linaza no les resulta agradable, es cierto, pero pasado eso, el aromático sabor conquista a cualquiera. Recuerdo a mi amigo Arturo Salazar y una ocasión allá en el 2002 cuando estudiábamos Comunicaciones y en la esquina de Don Bosco con La Paz le invité un poderoso emoliente de entonces setenta centavos. Era la primera vez que tomaba uno en carretilla y como tal no le agarró el truco de tomarse de un tirón la espesa y gomosa linaza, ya se imaginarán que le pasó y cómo le quedó la camisa.

Un carrito emolientero es sinónimo de esa vena que tienen muchos de nuestros compatriotas por el servicio, los vasos bien lavaditos, la bebida hervida, ahora se ponen mandiles y guantes y, claro, si lo pides con gracia y calle, hasta yapa te darán con una sonrisa. El emoliente, al final, es para toda la gente y no conoce de diferencias sociales, de ello deberíamos tomar ejemplo.  

COMECUENTOS: Timpo y tiempo

El seis de enero, aparte de celebrarse en todo el orbe la Fiesta de los Reyes Magos, es momento ideal para sacudir los perales en Tiabaya y preparar el Timpo de Peras o Timpusca, chupe que lleva, aparte de un buen trozo de carne de cordero tierna, patasca de trigo, papa, camote, cochayuyo y peras. Por decisiones de última hora terminamos este año en familia recorriendo ese memorable domingo el distrito de Yanahuara, al otro extremo del plato como quién diría. —Vamos a la Cau Cau. —¡Pues vamos!

No recordaba el ir a tan emblemática picantería en mi cercano pasado. Pero al ingresar los recuerdos volaron a mi hoy, traídos de la mano de los olores sustanciosos de las cazuelas de diversos platos. La espera para que nos atendieran me dio tiempo para contar la historia de Alisa, una médico cirujana que trabajó allá por el 2003 junto a mi mama Liliana en el Hospital de Cotahuasi, haciendo su SERUM. Ese servicio anual que desarrollan los profesionales de la salud antes de licenciarse en el país, le significó salir de su cómodo régimen citadino y conocer la verdadera cara de la vida en el interior de la sierra peruana. —¿Y qué tiene que ver con el Timpo? —La verdad nada, es que fue aquí, en esta picantería, que se despidió para irse a Dinamarca.

Resulta que la menuda doctora, usando la tecnología del messenger del Hotmail de ese entonces, entabló un bonito noviazgo con un danés. Tan bien fueron las relaciones virtuales que el susodicho la invitó a visitar su país en las vacaciones, con todas las garantías del caso. —¿No se intentó aprovechar? —pregunté cuando ya instalados en una de las mesas, pedimos el famoso escribano mientras abríamos apetito. —No, pero tampoco fue bueno el viaje.

El viaje hasta las Europas no resultó como esperaba. Las nostalgias provincianas, la falta de comida tradicional y la canción de El Regreso, le jugaron malas pasadas que le hacían soltar las cataratas de llanto ante los consternados y fríos daneses que conformaban la familia del pretendiente. —Tanto fue que un día quisieron darme una sorpresa, prepararon salchipapas con unas salchichas olorosas y papas aguachientas, y se quedaron más asombrados que en vez de alegrarme de nuevo me pusiera a llorar.

La pregunta caía de madura como las peras ya listas para el plato que me traían lleno de vapores y olores: ¿Entonces porque te vas y encima para siempre y con casorio? —pregunté— Es que lo amo, es muy tierno y cálido, además que es muy espontáneo y gracioso, me hace reír mucho. Yo traté de comprender las razones del amor, pero tenía en ese entonces 24 años y sacrificarme por cariño no estaba en mi registro.

Mientras avanzaba la tertulia, la conversación entre ambas derivaba de risas a lloros y muchas anécdotas de intervenciones médicas, como aquella en que se arriesgaron con un parto podálico que ponía en riesgo la vida de la madre y del niño pero que era necesario para salvar la vida de ambos, entre otros relatos. Comprendí que se estaban despidiendo, ella le decía adiós a su tierra, sus costumbres, la comida que amaba, por algo mayor, por inseguridades de un futuro al lado de otra persona en un país tan distinto. —¿Y sabes si le fue bien? —me preguntaron en el hoy los que me oían la anécdota al terminar el rico caldo— No lo sé, han pasado tantos años, pero espero que sí, la apuesta que hizo ella no merecería un final distinto que el feliz.

Por: Sarko Medina Hinojosa

COMECUENTOS: Siete panetones para un mes

Mathías come panetón en diferentes épocas del año. No le importa la marca, lo que le gusta es el sabor de ese bizcocho migoso lleno de pasas y frutas confitadas que le arranca una sonrisa. Tiene siete años y sabe que Navidad es la época en que más de esos panes, de italiano origen, tendremos en casa. Compré uno, su abuelita Liliana le regaló otro y otro vino de mi trabajo como docente, otro más en la canasta de su mamá, uno que me regalaron en un compartir de un amigo editor. Buena cosecha la de este año.

—Papá ¡tenemos muchos panetones! 

—Nunca tantos como los que tuve en la Navidad del 87 ¡Me regalaron siete! 

—¡Tantos papi! —sus ojos de sorpresa me llevan a contarle la buena suerte que tuve ese memorable fin de año.

Siete panetones a mediados del primer gobierno de Alan García era una fortuna incomprensible para una familia reducida a dos como la mía: mamá y yo. Ella estudiando aún en la universidad y con la administradora de nuestra economía, mi (abuelita) Mamá Hilaria, allá en Cotahuasi, lugar al que no íbamos a viajar por fiestas. 

Las largas colas por pan o siquiera por leche, era muy comunes esos días. Lo que se estrenó el año anterior eran los panetones bromatosos, esos panes inflados que parecían más biscochos de diez céntimos de Inti y con una lotería de regalo, ya que era un premio mayor si encontrabas más de diez pasas o frutas confitadas en medio de su miga etérea y nubosa. Pero estaban rebaratos así que para el bolsillo de la media para bajo de población de ese tiempo era la única opción.   

De esos nos dejó uno Mamá Hilaria, antes de partir con toda la mercadería que tenía. Ella tenía su tienda en plena plaza del pueblo así que trabajaría sin descanso en las fiestas. El segundo vino por parte del tío Eliseo de Lima que nos dejó uno de marca bien rico, otro del tío Segundo, uno más por parte del trabajo como vendedora de Yambal de mi mamá, otro nos regalaron las amigas de universidad conocedoras del drama que vivíamos en casa, uno más de otro familiar y el último… el último fue especial.

Aunque en realidad es el primero que debería mencionar. Y es que mi cumpleaños es el 19 de diciembre y ese año casi ni regalos iba a recibir, aparte de la ropa de domingo que me compraría mi abuela y un juguete de mamá. Pues el día de mi cumple mi madre no tenía para comprar una torta, ¡pero sí un rico panetón! Aún recuerdo la velita puesta en el marrón bizcocho y el canto de cumpleaños. En los días subsiguientes vinieron en seguidilla los panetones ya mencionados que duraron hasta bien entrado enero. Regalo tras regalo fue. 

—¿Por eso me gusta el panetón? —pregunta Mathías.

 —Sí, debe ser por eso, a tu abuelita le encanta también. 

—Pero tenemos muchos, hay que regalarle uno a mi abuelita Liliana. 

—Eso haremos —respondo feliz.

En definitiva mi hijo es otra historia, ya que yo, con todos esos panes deliciosos a la mano, no pensé en regalar ni uno a nadie, hasta confieso que (no se lo cuenten a mi mamá) me comí uno entero, en una tarde mirando televisión, sintiéndome el más afortunado y querido de todos los niños en esa Navidad ochentera.

308. Vanilla Ice y el primer beso

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La canción la encontré hoy para ti en Youtube: Ninja Rap.

¿Te acuerdas? Era 1990, era el día pues, no tengas duda, la ropa lista y no sabía qué pasaría. La invité al cine y ella aceptó para ir, pero junto a su hermana un año mayor y tú tenías que llevar al Lagarto.

El Cine Arequipa era el elegido, acuérdate de pagar con sencillo. Para todo sacaste plata y hasta me ahorré algo porque pague tarifa de niño. Eres muy chato pero ella dijo que le gustaba así.

La película era las Tortugas Ninjas 2 y los dos chaperones entraron antes ¿Te acuerdas? Ella fue la que te agarró el brazo para que nos fuéramos a la parte baja. Casi corriendo nos aplastamos en unos asientos pegados a la pared.

La película empezó muy bien y tú sudabas a mares y tratabas de hacer algo para que ella te preste atención a ti y no tanto a esos efectos chéveres que… también a ti te estaban distrayendo del objetivo ¡Presta atención!

Tenía unas cejas pobladas que te enloquecían y su aroma hacía que me pusiera nervioso siempre que la saludaba. Por ella cambié esa ropa sucia de tardes en la tierra jugando fútbol, por ella aprendiste a saludar con beso y a practicar con una naranja. Me arriesgué a pedir permiso por primera vez.

Tomaste valor, quería que todo acabe rápido. Levanté el brazo y ella se dejó abrazar. A mitad de la película sin ya saber que decir o hacer, trataste de ver la hora justo ¡Oh casualidad!, con el brazo con que la abrazaba. Al juntar mis labios a los suyos algo, mágico sucedió: ella te correspondió. El resto de la película fue así, casi sin hablar y quejándonos al final que se prendieran las luces y no tener más tiempo para eternizar ese momento.

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309. Teatrero

La imagen puede contener: una o varias personas, personas practicando deporte, personas de pie, calzado y exterior

En el Carnaval del 90 Uncas tenía 11 años como para andar en la mancha de los grandes. No se había convenido nada en la mañana. Cada uno llevaría globos inflados en los baldes y anilina para el agua o polvos. Algunos llevarían “matacholas” y de la calle República el Negro llevaría aceite de camión. Al final de a pocos se empezó a juntar el grupo, mientras se avanzaba por las calles y se enfrascaban en guerras por grupúsculos, luego todos terminaban uniéndose para seguir avanzando, buscando víctimas secas. El sol resplandecía como nunca antes ni después.

Luego de pasar por todas las calles posibles, y ya al borde de la hora de regresar a casa, todos coincidieron en el Parque Umachiri para una batalla final en la pileta. Luego de un buen rato mojándose entre todos y manchándose con el aceite final, fueron desalojados por los cuidantes, no sin antes baldearlos también.

Los grupos se deshicieron y quedó el de la Arias Araguez en la esquina de la calle América, en la curva justo.

Uncas recuerda con claridad como por un instante dio dos pasos atrás para evitar la mano grasosa del Falonso y en eso el Datsun blanco lo impactó a la altura de la pierna. No sabe bien si fue para esquivar o el golpe en realidad lo lanzó, la cosa es que apareció casi dos metros delante y gritando como para dar a luz.

La mujer del carro se bajó e intentó levantar al chiquillo en medio de los reclamos de los forajas que amenazaban con desmantelar el carro. La señora en su desesperación sacó de la cartera sendos billetes y se los puso en la mano. Cuando partió alguno dijeron para llevarlo a la posta siquiera, pero la risa del supuesto herido les mostró que todo había sido exagerado. Nadie regresó temprano ese día.

311. Detrás de la “María Phishana”

La imagen puede contener: una o varias personas y exterior

La abuela se sentó un momento antes de seguir bailando la Tunantada. Se supone que el personaje de la María Phishana lo hace un hombre, pero ella, desde hace varios años, en el baile de la Candelaria, asume el papel y, con mucha picardía y coquetería, interpreta el personaje mientras danza. 

Se le acerca un periodista de la zona. Llegó para la fiesta y conoce los personajes que intervienen y le sorprende que sea una anciana la que interprete a… una anciana.

—Pero señora ¿Cómo usted hace de María?

—Mira joven, voy a contarte pero solo para que me dejes bailar y no me estés pegado como mosca luego. Cuando era una chiquilla yo hacía de la Ñusta en la Tunantada, y del Español hacía un chico pobre, le decía el Caiccado, porque toda su familia murió y creían que él llevaba la mala suerte.

Le gustaba hacer de ese papel porque en sí es el más importante, con su traje elegante, su sombrero con penacho de plumas. Es así creído para enamorar a la Huanquita que luce como ves finos adornos de oro y plata, pero también enamora a la Jaujina que tiene lindos fustanes o a la Ñusta que lleva un lindo sombrero cuadrado. Pero en verdad me enamoraba a mí.

Para no hacerla larga, en una fiesta se quebró la pierna por andar mostrando su danza. Nadie sabe cómo se hirió. Luego de eso dejó de servir para muchas cosas, hasta que un año regresó vestido de la María Pishana y bailó tan bien así todo encorvado que rapidito se adueño del papel. También regresó con ganas de trabajar y de seguir enamorándome.

Pues con ese loco me casé y fui feliz… pero murió hace algunos años y… bueno, pues para recordarlo me meto en su traje y es como si volviera a bailar con él, juntos siempre.

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La excelente foto es de Jacqueline Rivero Matos, quien amablemente me la ha prestado para el proyecto.

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310. Sin salida

Desde un inicio comprendí que este mundo está regido por los dueños, aquellos que tienen privilegios y que nos ven como objetos. Nunca me rebelé al principio, porque comprendí también que de hacerlo el destino era el hambre y la muerte. Al caminar por las calles de esta ciudad, pude ver a muchos de los míos tirados a los costados del camino, muertos. 

Viví una niñez de juegos y mucho cariño, no debo negarlo. Mi familia me protegió hasta donde pudo. Ya de grande mi rebeldía natural ocasionó varios problemas con los que controlan el mundo. Hasta que, luego de un arranque de furia, se me echó fuera de la protección, a ser libre para morir.

Pero no sucumbí al hambre. Caminé por todo lado, alimentándome de lo que otros tiraban, oculto entre las sombras, juntándome con otros caídos en desgracia. A las personas no le importa mucho nuestro estado, varios hacen algo cosas por darnos alimento o agua, algo para cubrirnos a veces, pero en realidad, es momentáneo, siempre tenemos que buscar cómo alimentarnos y sobrevivir.

En estos años hemos aumentado en número, más por la facilidad que tienen los dueños del mundo de librarnos a nuestra suerte que de tratar de darnos un modo justo de vivir. Somos presa de su propia ambición utilitarista de tenernos a su merced y controlar lo que hacemos. Somos objetos solamente, servimos para una causa y luego la amenaza de volver a la calle, o peor, de regresar a una muerte segura allá.

Por eso han empezado a cazarnos, reclamando que somos muchos, que hacemos daño, que nos comemos su comida, que los atacamos, que portamos enfermedades. Ya casi nadie quiere ayudarnos, nos ven como parias, hasta los de nuestra misma clase que tienen una mejor posición y arraigo nos echan. Así es la vida del migrante clandestino y creo no mejorará. 

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313. No eres tú…

En serio, no eres tú, soy yo. Yo y mis dificultades para estar en paz con el amor que me das. Yo y la sensación que te robo algo que a mí me falta y no es justo para ti ni para mi, que estés allí siempre y yo nunca. Que me saludes con un buenos días te quiero y yo solo tenga que darte un chiste mal hecho sobre el “me” del dime.

Yo soy el problema y doy la solución. Ya no estarás pendiente de que hago o que no, porque no es sano; ni tampoco estaré pensando en que haces y con quién, porque para ti puede ser interesante, para mí solo es posesión, esa necesidad de entenderte como un anexo en mi vida y no un número central, una obra de teatro bien hecha sino un musical cómico en el cual te celo por solo dejar en claro que me importa solo que no te burles de mí.

No dejaré que sigas creyendo que puedes hacerme cambiar, que podemos retomar algo que ya no nace, porque, debes saberlo, al principio lo primero que pensaba en la mañana era cómo estarás, ahora solo me importa revisar mi celular. Tus llamadas encendía sirenas ahora solo causan hastío y eso no lo mereces. Porque el amor se me secó y no es tu culpa del todo, permití que sucediera, al no considerarte a futuro, al fijarme en tus errores de hombre, alegorías, frustraciones, planes rotos por mi culpa, tus intrigas para saber en qué momento asaltarme para darte mi piel.

No eres tú, soy yo, mil veces yo que no descansará en el pecho de otro, porque no me interesa en este momento de mi vida y que tampoco llorará tu partida, lloraré por mí, por mis decisiones y el fantasma del amor que nunca floreció más allá de la primera espina.

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315. Más feo que un pulgar

Eres feo, no lo vamos a negar. Tampoco eres de raza, por más pelado que tengas gran parte del cuerpo. No haces trucos ni siquiera cuidas la casa, duermes todo el día y comes ahora pura comida especial pues ya ni dientes tienes.

Tu llegada a casa fue tormentosa. Mi abuela Hilaria me reclamaba que le busque un perro calato para calentar sus huesos. Todos los días la cantaleta hasta que, una enamorada del hermano de una amiga (je) me dijo que en su barrio su vecino quería regalar uno. Buscar la bendita casa me costó media mañana de mi ocupadísima vida universitaria (jeje) y cuando la encontré, un poco más y te tiraron a mis manos con dos muditas de ropa para el frio. Había algo allí pero no me di cuenta.

Todo el viaje de retorno a la casa en combi me mordiste y, después de entregarte a mi abuela, continuaste mordiendo todo lo que te encontrabas, hasta que ella, desesperada, me dijo: —¡Regresa a este animal del demonio o sino hazte cargo tú que es tu perro!

Años viví con esa broma fácil, pero que hacía memoria de mi culpa propietaria. Ya prometí escribir tu historia, más grande y con detalles de tus malcriadeces, desventuras en los viajes, comodidades y privilegios de vivir con mi abuela hasta el fin de sus días y esa extraña herencia que recibí cuando me mudé al nuevo departamento en casa de mi madre. Contaré tus amores, hijos tardíos, heridas, ceguera prematura, vejez que obliga a que vivas abajo y ya no cerca mío.

Eres feo, pero eres mi perro. Tampoco eres de raza, pero eres más noble y fiel, porque gastaste tu vida dándole el calor a las reumáticas piernecitas de mi abuela, durante todos esos años, sin falta y con amor. Eso te hace el más bendito de los animales, hermoso de alma y ser.

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316. Lucho por ti

Hay un demonio que te ronda y trato de espantarlo. No tiene el color definido, solo flota alrededor tuyo cuando más triste te pones. Pareciera que consume tu estado, ya que cuando ríes y te alegras por algo no se presenta. A veces lo espanto haciéndote caer algo y que te enojes o te rías de ti misma por tu torpeza. Si estás en la calle y empiezas a pensar en el accidente, ahuyento al espíritu haciendo ladrar a los perros o haciendo que te toquen bocina los carros.

Hay otro demonio que me preocupa, ya que el de la tristeza se ahuyenta fácil, pero cuando el dolor hace que llores y no puedo distraerte, aparece ese otro que pareciera se come al anterior. Tiene un color negruzco y a veces salen reflejos rojos de su interior. Contra él no puedo hacer mucho y tengo que andar dando vueltas alrededor hasta el momento en que dejas de llorar y allí tratar de distraerte y vuelvas retomar tu vida. Te pongo a la mano un libro con una frase reconfortante, si estas en el parque que la brisa te acaricie, si estás en la tienda de abarrotes hago que las cosas que busques estén a la mano.

Nadie pide morir creo, no puedo asegurarlo, me contaron de que algunos han pasado a este lugar por su propia mano, pero nunca he visto alguno, o, bueno, nunca me ha pasado con alguien que cuido. Sé que lo amabas y que era con mucho tu mejor amigo y que te sientes culpable porque estaban enojados. Sé todo eso. Estoy aquí contigo, aunque no me permiten influir directo en ti, puedo ayudarte, como avisándote cuando un carro casi te atropella, hasta cuando te olvidas de respirar, y puedo asegurarte que lograrás salir de esto si sigues luchando.

No te olvides que soy tu ángel guardián y para eso estoy aquí.

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317. Escalafón escolar

En primero de secundaria buscábamos nuestro lugar en la clase. Si eras el más rebelde, el más chistoso, malhablado, vivo, peleador, pornográfico, adinerado, malcriado, chancón, pajero y largo etc. Una vez logrado un espacio lo defendías para que otros no te hagan sombra. Si estabas en nada eras “punto”, es decir te agarraban de “pescado”. Yo era un “vivo”. Me decían “Chato Púber”, mientras que el “Lunarejo” era un conocido de mi barrio que tenía en la mejilla izquierda un lunar grande y con vellos negros muy marcados. Esta característica atraía como imán los dedos del “Chato Banda”, que lo jodía jalándoselos.

Un día en el recreo la cosa contra mi conocido era ya de marca mayor con insultos y cachetadas porque no reaccionaba.

—Ya déjalo Banda.

—A carajo, ¿eres su machucafuerte o qué?

—Solo te digo que ya basta.

—¡Entonces contigo pues!

—Como quieras huevón.

—¿Con qué, chaira o cadena?

—Cadena.

La pelea fue en la salida. Había muchos compañeros pues estaban emocionados, era la primera vez que se iban a pelear dos usando metal en nuestro año. Empezamos lento por cuidado a los puños entramados, luego aceleramos la cosa, sin medir donde caían los golpes, hasta que en una pausa, mi contrincante bajó los brazos y me señaló la boca. Al parecer me había roto el labio. Según las normas de la pelea el primero que sangraba perdía, así que me fui a lavar. Al otro día el profesor de Matemática al verme me preguntó: “Medina ¿qué te pasó en la boca?”, “Nada profe, ayer me caí en el filo de la grada”. El docente miró por la clase y vio a Banda que estaba con el ojo morado. “Claro, con la vereda, bueno ya listo a continuar con la clase”.

Ese día aumenté a mi estatus de “vivo” el de “peleonero”. ¿El Lunarejo? Creo que lo siguieron jodiendo, yo ya estaba en otro level.

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326. Los nombres

Te amo Fabiola como nunca imaginé amar a nadie en esta vida Alejandra, los cabellos que te caen por la espalda me recuerdan una cascada María, sin saber tu nombre te he deseado Helen, ¿porqué siempre te miraba a través de la ventana?, es sencillo, me gustabas Camila, es que soy tímido y creí que me ibas a rechazar Jazmín, el cielo es testigo de mi amor Lucía, más allá del mar está la tierra para nosotros Aurora, ¡te has soñado conmigo!, es que soy el sol y tú la luna Pamela, los poemas que escribo son para ti Olga, hace años que te miro en secreto Luciana y tus dedos me recuerdan las cuerdas del destino que nos une Isabela, con cada paso que das siento que levitas Mabel y las estrellas que miramos en la noche son tus ojos traspasándome Helena, después de estar dentro tuyo no me iré nunca Isaura, no lo dudes somos uno Sheyla, ¿es lo que sientes real a pesar de que estamos lejos? claro, estoy aquí contigo Alondra, nadie impedirá que estemos juntos ni ella ni nadie Carmen, es un regalo sencillo ante tu belleza Sofia, Jimena estamos juntos hasta el amanecer y juraremos este año frente a los cielos Antonia y nuestros hijos llevaran nuestros nombres Elizabeth, me emociona saber que me perdonaste Karen y que lograremos nuestras metas Nora, cada día que envejezco recuerdo que a pesar de todas a ti te amé siempre Lucero, ¿qué significan ellas frente a ti Maribel que eres mi todo? no dudes de mi Carry porque todo lo mío te pertenece Gabriela y esta es mi promesa de no dejarte nunca más Dora, si pudiera decirte que todo es mentira pero dejo eso a tu puro corazón Micaela, porque sé que no crees en que pueda dejar de amarte después de todo lo que hemos pasado Jennifer, mis esperanzas están puestas en nosotros Soledad, escúchame Soledad, porque yo Soledad, ¡Soledad!, soledad…

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327. ¿Qué es el amor?


Los celulares enfocaron al muchacho que gritaba en la Plaza de Armas.

«…solo eso quisiera que me respondan: ¿Qué es el amor? Quién posee el amor al final, deseo que alguien me explique y me diga porque tendría que amarla tanto, estar aquí, semidesnudo, con el pecho cubierto de heridas que me he hecho por ella, queriendo entender que no soy un enfermo, sino que el dolor es tan profundo que me hago daño para no pensar en ella. Al final no creo que nadie sepa que es el amor porque lo único que desean es que esa persona cumpla sus expectativas, que sea lo que quieren en los momentos en que necesitan apoyo, comprensión, diversión, sexo, sentirse abrazados, pero no es amor, es el ego que los mueve a decirse que son amados y que aman y son egoístas en esa forma porque se nutren de momentos felices, quieren cosas, gestos, regalos, tiempo y aún cuando son los que ofrecen todo se vanaglorian de hacerlo diciendo que son los que más ponen en la relación. Nadie tiene amor y esto que me pasa quiero creer que se acabará, que dejaré de sentirla en el aire, en el rumor de una voz parecida a la de ella y creer verla aparecer en cada esquina , quiero que alguien me convenza que esta sensación de falta de aire no es por ella sino que sufro de algo físico y que me operen, que me arranque el tumor de su presencia en mi cabeza ¡Quiero que alguien me explique que mierda es el amor porque lo que siento por ella no puede ser si ya está muerta! porqué me destruye su ausencia, el que no la tenga en mis brazos me asesina el alma y eso no es amor no puedo aceptarlo no quie…»

En ese momento los policías interrumpen al muchacho y se lo llevan casi arrastrando entre los gritos de la gente que quiere seguir filmando.

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328. La mancha

Todos sábados, durante un verano entero, con mi pataza Pancho nos íbamos a jugar frontón al parque de La Isla. Allí los pitucos de la zona aprovechaban a sus anchas, pero también invasores como nosotros, que bajábamos del barrio casi marginal de la parte baja de Mariano Melgar. Era si mal no recuerdo 1993.

Casi a eso de las ocho, llegaba a casa de mi amigo. Me gustaba entrar un rato y respirar el aire a familia que se vivía allí. La raqueta de él estaba con varios estickers pegados, la mía lo mismo, hasta con una enorme lengua de los Rolling Stone y ni sabía bien nada de ese grupo a no ser Angie o Píntalo de Negro que era la canción de una serie paja de Vietnam llamada, obvio, “Nam”. Fintosos éramos.

Un sábado, que ni me acuerdo de que hablábamos, cortamos por la calle Tumbes, supongo que le terqueaba que por allí era más rápido que la ruta de siempre por la Simón Bolívar. Había un hombre tirado en la vereda. Pantalón de jean y un polo rojo, desteñido. Estaba sin zapatos. Creímos por un momento que era un borracho y lo tratamos de esquivar. Al acercarnos llegamos a ver que se movía. De su boca salía borbotones de sangre y espuma. No sabíamos que hacer. Otras personas se acercaron y las versiones que si era un borracho, o que se había caído y golpeado, que lo habían asaltado o que le estaba dando un ataque, se difundieron. Con Pancho nos terminamos yendo.

El juego no fue tan interesante ese día y nos regresamos temprano. Como pactado desde antes nuestros pasos nos llevaron a la misma calle. ¿Queríamos encontrar al hombre? No lo sé. Lo que encontramos fue una mancha de sangre en su lugar.

—¿Estará muerto?

—No creo, supongo que lo habrán ayudado.

—Nosotros no lo hicimos.

El silencio nos invadió a los dos camino a su casa. No volvimos a hablar del tema.

330. La bicicleta

Pintura de Oleg Tchoubakov

Era una bicicleta Goliat serie Bronco, de segunda generación en montañeras, con 18 cambios, cachos y suspensión delantera. Lo más bello era que estaba pintada de blanco en fondo, con grafitis en líneas aleatorias de colores fosforescentes, pero de aquellos chéveres, no verdes ni amarillos, sino violetas, fucsias, rojos… Sin pensarlo le puse de nombre “La Paloma”.

Volaba en el asfalto como una bala y los cambios funcionaban cual máquina inglesa. Podía hacer 25 minutos a toda carrera de Mariano Melgar hasta Huaranguillo, es decir de punta a punta de la ciudad. Esa época fue escandalosamente superior… como explicarlo… 15 años tenía yo, en la plena forma que dan las hormonas naturales de crecimiento, con amigos en todas partes y con una súper bicicleta, una enamorada esperando por allí… ¿Se podía pedir más?.

En una ocasión, bajando a toda velocidad la avenida Lima, una camioneta me agarró la llanta posterior, salí disparado, pero la saqué barata, dos rasmilladas y la conmoción, pero La Paloma… indemne, la llanta soportó el impacto y una rayadura sin mucha consideración le hizo como un galón al esfuerzo.

No pasó ni dos meses desde el último pago de las mensualidades, cuando me la robaron del mismo interior de la casa. Nunca supimos quién fue… Los sentimientos encontrados de frustración e ira no se me calmaron en meses. Ahora que lo pienso, por esa razón dejé a mis amigos de Huaranguillo, ya no había motivación para ir en bus, el ejercicio dejó de interesarme, pasó años antes que me animara a comprar algo de tanta inversión, la confianza en los inquilinos se desvaneció por las dudas inciertas, de bicicletas nunca más se habló…

Pero aún tengo el recuerdo de ser el dueño del viento, de volar en el asfalto, de sentir la libertad, la velocidad, en especial, bajando con los brazos extendidos por toda la avenida Sepúlveda… extraño esa sensación y si cierro los ojos, aún puedo imaginarme surcando el universo en mi poderosa nave adolescente…

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332. Recuerdos (I)

«Eran dos amigos: Juan y José. Los llamaban “Los dos Jotas”. A pesar de ser buenos amigos, a veces ocurrían riñas y a eso se debe esta macabra historia.

Juan una tarde consultó a un amigo qué debería hacer para no tener problemas con José. Él le dijo —Consulta con…»

Así empieza mi primer intento a los 10 años de escribir un cuento, alentado por la lectura del libro Cien Años de Soledad que mi tío Max, en un descuido maravilloso, había dejado a mi alcance.

Estas líneas están escritas en un cuaderno de dibujo Rafael ¿Se acuerdan de esos?, el cual recuperé gracias a un gran golpe de suerte. Aún ahora, mientras escribo esto, intento recordar a quién consultará Juan y cómo acabará la historia de ambos, por lo que deduzco de lo escrito no iba a ser feliz.

He conservado mis escritos del colegio y de la universidad. No los rompí como suelen hacer los escritores, es más, hay un dicho que dice que un verdadero escritor lo es más por lo que rompe que por lo que conserva, y me río. Hasta los malos poemas guardo.

Supongo que trato de reencontrarme con ese chico, tan extraño para mí a veces. Comprenderlo de repente me da las claves del porqué soy como soy. Una vez se me perdió un poemario por años, recuperarlo me curó una parte del alma.

Aún trato de encontrar dos bloc que perdí. Uno en el colegio, contenía dibujos que en esa época acostumbra hacer, intercalado con poemas fáciles, cursis. Pero el que más me obsesiona es uno pequeño de hojas blancas que perdí en el restaurante Los Leños en la calle Jerusalén en Arequipa, allá por el 2001 cuando trabajaba allí. Recuerdo dos cuentos que me parecen interesantes, uno sobre el miedo y otro sobre un viajero que no podía morir.

Creo que ese niño no escribía para que lo lean, escribía para sí, como una suerte de liberación. Aún soy ese niño, comprendo ahora.

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333. Tesoro final


Estaba tirado en el pasto contemplando el arcoíris. No es que quisiera contarle a alguien que logró encontrar la olla de oro, lo que tendría que hacer es escapar, pero es que su belleza siempre lo atormentaba.

Cuando niño escuchaba las leyendas de la olla del tesoro de los duendes y pensaba que eran exageraciones, dudaba que los leprechauns que conocía fueran tan tontos de enterrar algo tan valioso en un lugar que podía localizarse. Hasta que intentó seguirle la pista al final del arco y se dio cuenta que era casi imposible.

En casa trató diversas maneras de encontrarle un final o por lo menos el inicio. Con espejos tratando de cambiar su rumbo o por lo menos guiarse en su trayectoria, pedaleando al máximo para alcanzarlo pero siempre parecía que se alejaba el punto exacto de contacto con la tierra o desaparecía el arco de colores.

Pasaban los años y su obsesión crecía, así como su capacidad de hablar con esa refracción de la luz en el cielo. A veces quería apropiarse de esos colores para pintar el cuadro más hermoso, o regalárselos en un lazo a la chica de la tienda que le gustaba, o por el oro, claro, porque ya con los golpes de la vida adulta y ser echado de su casa, eso darle algo de tranquilidad y estabilidad.

Ese día, por la mañana, mientras buscaba entre los botes de basura, cayó una leve llovizna y allí en el cielo apareció su objetivo. El final del mismo estaba en el Palacio Arzobispal. Como nunca corrió hacia el edificio y entró sin ninguna resistencia. Ingresó a la capilla en cuya punta descansaba el camino multicolor. Allí adentro estaba reluciente y dorada una especie de olla y dentro cientos de monedas de oro blanco. Salió con su tesoro con rumbo a la calle, pero la belleza del arcoíris hizo que se recostara en el jardín interior del palacio. Así lo encontró la policía, aún agarrado al recipiente de las hostias.

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335. Una lista escolar que da alegría comprar


El niño llega a casa y va al cuarto de su abuela.

—Hola Fernandito ¿Cómo estás? ¿Compraron los útiles con tu papá?

—Sí abuelita pero la verdad que aburrido mi papá, se la pasaba yendo de un lugar a otro y me hacía probar de todo y todo le gustaba, no lo entiendo, si son los útiles de la escuela nomás ¿Qué de emocionante tiene eso?

—Fernandito, tienes ya ocho años, entenderás lo que te voy a contar: Cuando tu papá tenía seis años, mi esposo, tu abuelo Javier, enfermó de gravedad. Luego de un año, falleció. Por ese entonces tu papá era el mayor de todos mis hijos y no tenía dinero para mantenerlos, así que tomé la decisión de ya no mandarlo a la escuela y que me ayudara en el puesto del mercado. Fue muy duro. Cada año intentaba enviarlo a la escuela pero no podía, aparte que él mismo no me dejaba, prefería que fueran sus hermanos menores y me decía que cuando fuera grande y se pudiera mantener solo estudiaría. Cada año que pasaba era un dolor para mí, pero también una alegría verlo crecer responsable, me ayudó tanto y trabajó duro y ahora tenemos esta casita y no nos falta nada, ni a ti, ni a tu mamá, ni a tus hermanitos. Cuando terminaste segundo de primaria, sentí que era un ciclo que estaba por romperse. ¿Sabes? Tampoco tu abuelo completó el colegio. Para tu papá y para mí, esperar que llegaras a tercero es como una vuelta al destino. Por eso se emocionó tanto con tus compras… es que… creo que fue como si las comprara para él… lo siento Fernandito no puedo…

—Abuelita yo no sabía, no llores, disculpa si me molesté con mi papá, ahora entiendo por qué de su emoción ¡Prometo esforzarme y terminar la primaria, la secundaria y lo que venga después! Pero no llores.

—¡Ya no lo haré, ven y dame un abrazo hijito!

El papá detrás de la puerta sonríe de felicidad.

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336. Antes del ocaso quiero volver a sentir

Foto: Estephany Huancara Kana

De niña las miraba como vivían entre las plantas de maíz de mi abuela Blanca, allá en la chacra. Las mariquitas se escondían de mí entre las hojas, pero siempre las encontraba. Con su caparazón rojo y puntos negros me parecían nacidas más de huayruros que de esas larvas horribles. Quería hacerme con ellas una diadema para el cabello, pero eso hubiera significado matarlas y no quise, prefería verlas así, libres para volar de lado a lado, buscando pulgones.

La niñez es un recuerdo que se aleja mucho de mí. Siempre fui formal, mientras mis primas hacían mil travesuras, yo siempre me quedaba en casa y esperaba la tarde para salir a pasear. Por tu carita veo que crees que bromeo con lo de no recordar cosas, pero es cierto, no recuerdo las importantes, la voz de mi madre, las veces que mi padre me llamó la atención, el color de los ojos de mi abuelo, la suavidad de mis manos de niña. Es triste, ya ni sus rostros a veces puedo distinguir.

¡Quiero poder volver a sentirme así! corriendo descalza hasta la huerta, atravesarla e irme al plantío de maíces y jugar al laberinto, no el acto, sino ese sentimiento, esa mezcla de temor con alegría por hacer una pequeña escapada fuera del orden establecido, un secreto para mi sola, sin que nadie me lo arrebatara, eso quisiera antes de partir.

No te pongas triste, es así la vida, lo que tenemos no valoramos, también lo sé, debería recordar en estos momentos la vida junto a ustedes y decirte que me hicieron feliz, pero no es fácil ser vieja, hay unos nudos que nos atrapan, eso no lo sabes y yo lo sé y te lo repito: fue maravilloso tenerlos, pero quisiera por un instante regresar y sentir de nuevo la emoción de encontrar a una mariquita, algo que nadie sabe, que solo yo sé y que es irrepetible, y por eso duele ya no tenerlo.

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337. Anita y el temblor

«Es temprano y papá tiene que ir a la chacra a trabajar. Yo quisiera quedarme un poco más entre estas calientes frazadas, pero también tengo muchas tareas que cumplir antes de ir al colegio. Mi casa era de adobe. Pero ya no vivimos allí, luego del fuerte temblor que hubo hace semanas, se cayó el techo de calamina y una pared. Fue terrible, sentimos que casi se termina el mundo, pero él me abrazó fuerte mientras duró todo y después dormimos en la Plaza junto con todos mis amigos y sus papás. Ahora lo hacemos dentro de unas carpas que nos donaron. Allí vivimos la mayoría del pueblo.

En días pasados la gente que traía ayuda eran bastantes, ahora que ya pasó algo de tiempo no vienen más. Muchos lo han perdido todo, otros no tanto. Entre todos recogemos leña, prendemos el fogón y se cocina en comunidad. Eso nos ha hecho más fuertes.

Pero me siento algo sola. Creo que papá también. Desde que mamá se fue al Cielo solo estamos los dos. A veces corro en el campo cerca del río y grito su nombre, a veces me imagino que el ruido del río es su voz que me contesta. Yo estaba triste cuando ella se fue, pero ahora siento que me cuida mucho, porque de otra manera no puedo entender cómo nos salvamos la noche del temblor. Mi papá está llegando del trabajo.»

—Hijita, ¿te has portado bien?

—Si papito, he ayudado en el almuerzo, hice mis tareas del colegio y ahora ya limpie nuestra carpa.

—Ya no será necesario que sigas haciendo eso hijita ¡Vamos a tener nuestra casa ya lista para regresar mañana!

—¡Que alegría papito!

—Y eso no es todo, sé que te sientes solita a veces, por eso te traje este regalo.

«Mi papá saca de entre su poncho una masa de pelitos que me empieza a ladrar ¡Es un cachorro!

Al otro día, los tres juntos, regresamos a nuestra casa, a seguir con nuestra gran aventura por esta vida.»

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El año pasado el 14 de agosto en Caylloma se vivió las consecuencias de un fuerte temblor con dos muertos y muchos damnificados. Muchos aún esperan que se termine la reconstrucción de sus casas. Foto de como quedo la Iglesia del pueblo de Ichupampa

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339. Boomerang


Estaba harta de enamorarse del incorrecto. Si era guapo entonces era mujeriego, si tenía dinero entonces era insensible, si era exitoso entonces no tenía tiempo, si era inteligente no tenía sentimientos.

Para aquel que la belleza era todo, ella siempre era un accesorio más que mostrar, le pasaba lo mismo con el exitoso o con el que tenía dinero. Descubrió que en realidad, luego de catalogarlos como “interesantes” terminaba por gustarle alguno que al principio no le tomara interés, por eso escogía su estrategia de seducción para tenerlos, para darse cuenta que al final no tenía a ninguno, cada cual tenía ya lo que quería y no había espacio para que durara lo suyo. Al principio cada cual usaba su mayor esencia para conquistarla, si el galanteo y detalles, llamadas, conversaciones interesantes, salidas de aventura y situaciones correctas para lucirse correctos.

Nunca estuvo con uno de los que se denominan “feos”, aquellos que no entraban en su radar, que no los registraba como posibles parejas. Una vez, en la secundaria, solo por gravedad, como lo llamó, estuvo con un vecino suyo que la buscaba desde primaria. Duró una semana. Claro, tuvo sus errores como cualquiera y agarres que no quería ni acordarse. Pero se cuidó siempre de los “errores”.

Entonces cambió el objetivo: escogió a esos, a aquellos que la experiencia de sus amigas casadas demostraban ser fieles, competentes, pendientes, que “adoraban” el piso por el que caminaba porque les daba la oportunidad de estar con la “linda”.

Tampoco funcionó. Una vez con ellos al poco tiempo sentía un aburrimiento por su parte y de ellos también. La novedad del sexo con una mujer como ella se les pasaba, retomaban las actitudes de cualquiera de los que estuvo antes: hastío, no contestar llamadas, dejar compromisos pendientes y no hablar del futuro. Era desesperante. No le funcionaba si eran creyentes, pobres, tontos, gordos, descuidados, con ninguno lograba despertar la posibilidad de un futuro. Descubrió, en un ataque de epifanía al borde de los 50, que la incorrecta siempre fue ella.

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341. Bosque encantado

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Foto: Manuel Chávez Hinojosa

 

Dicen las leyendas que en ese bosque que ve usted a este costado nunca llega el sol y la nieve cae perpetua sobre los árboles. Dicen también que hay animales de cuatro crestas y diez patas que te atacan y devoran si llevas algo morado o rojo. Dicen que las parejas pueden perderse horas entre la enramada para amarse y nunca el tiempo pasa, así pueden estar horas de horas sin que los busquen. Dicen también que el oro del Apu Kuntur se esconde en el vientre de la serpiente de agua que habita en una de sus cañadas.

Las historias relatan que Asus Kari llegó a recuperar el oro de su padre, muerto por su hermano Kuntur y que intentó doblegar a la serpiente con la fuerza de sus brazos, pero no lo consiguió, rompiéndosele los mismos y quedando como gruesos troncos gemelos que darían finos muebles de madera si alguien tuviera valor de sacarlos.

Los viejos cuentan que una doncella hermosa de negra piel salió del bosque para enamorar al más valiente del pueblo y que se enfrentó en gran batalla a todas las mujeres guerreras, a cada una venció con alguna estratagema, antes que con fuerza física, pero para probar si el elegido era digno también de ella, lo retó a un combate cuerpo a cuerpo que se extendió por varios días, venciendo al final ella, regresando al bosque y dejando desconsolado al gran valiente que murió de pena.»

—Oye viejo creo que me estás palabreando y no es necesario, para allí no vamos, los contraté para que me lleven a las catara… ¡Hey, que pasa! ¡Suéltenme!.

«Dicen que los habitantes de estas tierras tienen que llevar un sacrificio cada cinco años al interior del bosque, para evitar que los monstruos de cuatro crestas salgan y nos coman a todos, para evitar que el Apu Kuntur anhele nuestro oro, que la doncella de oscura faz nos deje de nuevo sin nuestro mejor combatiente y así poder amarnos sin tiempo.»

—¡Deja de hablar idioteces viejo, suéltenme sueltm mffff mffffff!

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342. Las despedidas nunca son como uno quisiera.

Caminando al paradero trataba de explicarle por qué no lo haría.

Esa tarde no tuvo gasolina para el carro así que fue en taxi, cuyo chófer no tuvo cambio para el billete grande así que pararon en un grifo. Al llegar la reunión donde ella estaba no la encontró en un primer instante, luego de 20 minutos y muchos mensajes de texto, se atrevió a llamarla y el sonido estridente rasgó el silencio solemne. Ya afuera le gritó para hacerse oír y llevarla casi arrastrando a un restaurante donde comieron unos sanguches insípidos en medio de un barullo general que no sabía de qué se trataba, en el intento de tratar de decirse las cosas. La bulla de la ciudad y el ruido infernal de las sirenas los apabullaron. Al pagar la cuenta le picaron los billetes falsos en la cara, trató de apaciguar todo buscando su tarjeta, pero no la encontró. Ella pagó.

El camino hacia el paradero de ella era una agonía, trataba de encajar las palabras pero no le salían y obvio que ella no quería hablar del tema, estaba decidida. En la esquina intentó abrir el discurso: “Sé que te fallé, pero por favor trata de entender yo…”, cuando la llegada del transporte le negó cualquier posibilidad de terminar la frase pero la palabra de ella sonó en todo el universo: “Adiós”.

Al llegar a su casa sucedió el apagón. Tomó consciencia de lo que estaba pasando en la ciudad. Era un incendio masivo como decían las redes sociales y era incontrolable afirmaban. Las luces se apagaron. El miedo se apoderó de él. Había quedado con ella para suicidarse ese día, pero había renunciado, ella no. Salió a la calle, ni un taxi quiso llevarlo a la zona donde el incendio llegaría pronto. La ciudad entera era un caos con personas gritando, saliendo, atropellándose o tratando de escapar sin saber a dónde. El teléfono de ella estaba apagado. La desesperación lo llenó por completo y salió corriendo en dirección a la casa de Sofía. El calor se incrementaba.

 

343.- La búsqueda implacable

343.- La búsqueda implacable

En lo alto del brazo de la gran estatua de piedra, se encontraba Heneros Crabel, mirando a la lejanía, como los tres soles se ocultaban uno en sucesión de otro… La pregunta de siempre le asaltó, pero la dejó atrás. Saltó y cayó de cuclillas. Se paró con paciencia y partió al encuentro del horizonte. Esta vez no dejaría que la luz dejara de iluminar su existencia. De los ojos del gigante dejado atrás brotó un pedazo de cristal que cayó al piso.

Heneros Crabel, no supo que en ese lugar, donde cayó la lágrima pétrea, creció una nueva raza de seres hechos de transparencias, que miraban cada tarde, intuyendo su existencia. Milenios después, cuando se hubo apagado un sol, el viajero retornó al punto inicial de su cruzada, con cicatrices profundas en el corazón y las ganas de recostarse un poco antes de continuar su eterna búsqueda de compañía.

Cuando su figura atravesaba las casas de negro carbonite, salieron a su encuentro miles de pequeños seres de humo condensado, quienes reconocieron en el espectro andante, aquel, que forjara las leyendas más primigenias de sus moléculas. Lástima que el lenguaje de señas no funcionara, ya que los ojos del gigante, estaban muertos de luminiscencia. Estaba por irse nuevamente de sus vidas, cuando a uno se le ocurrió evocar guturalmente un sonido.

Al reconocerse en esos ruidos, Heneros Crabel, tuvo un presagio, una saludación que le iluminó el corazón con un nuevo calor. La nostalgia inundó su ser y abandonó la cruzada. El nuevo protector se dejó querer como nunca fue querido. Los seres no emitían calor, no lograban transparentar su alrededor, ni reflejaban luz, pero en sus sonidos y compañía, por fin comprendió que no estaba solo y que si quería, nunca más lo estaría.

Así pasaron milenios.

Cuando toda existencia terminó y era un gigante de piedra, nació de su corazón Heneros Tadriel, quien estuvo años pensando en su soledad en ese mundo, hasta que saltó en búsqueda de la respuesta y de la estatua de piedra brotó una lágrima de cristal…

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344. La Doña de los ovarios bien puestos

344. La Doña de los ovarios bien puestos

Esa anciana arremetió contra el Presidente de la República a cachetada limpia sin que pudieran hacer mucho los agentes de seguridad. Fue casi de inmediato declarada heroína, en especial cuando los medios captaron la frase que la volvería famosa mientras se la llevaban los de Inteligencia de Estado: “Quieres que me muera sin darme mis pastillas, pero no te voy a dejar ridículo hombrecito, he enterrado a más presidentes con más huevos que tú ¡Y sigo viva!, recuérdalo”.

Podía decir lo que quisiera después, eso no se lo concedía la edad, pero sí su valor que logró indirectamente que se suspendiera la huelga médica y se invirtiera 1000 millones en el presupuesto anual para la seguridad social en equipos y mejoras para los pacientes a nivel nacional, luego del masivo apoyo en redes sociales y de personalidades.

Fueron meses de locura. Por ejemplo, a la mitad de la entrevista con el famoso periodista de la CNN, no pudo dejar de decir. “Si hubiera sabido que una cachetada podía cambiar algo, te aseguro que se la zampaba a José Pardo y Barreda para que no fuera tan cobarde”. Un observador crítico la hubiera corregido por el tema de edad y fechas, pero, era tan graciosa la Doña (como se la conocía), que la dejaron ser.

Hasta empezaron a twitear frases animándola a lanzarse como congresista mínimo y ni hablar de los memes que la encumbraron.
Cuando falleció hace dos meses con el corazón abarrotado de emociones y reconocimientos, el periodista que por fin halló el dato perdido de su verdadera edad, tuvo algo de decencia y quemó el papel original. Y es que algunas personas merecen que se les guarde un secreto coqueto, decía el susodicho, mientras todos en la sala de redacción recordábamos las hazañas de la anciana que tuvo el valor (y los ovarios decían muchos) de hacer algo concreto para sacudir a un gobierno que se presentaba totalmente incapaz.

Lo que tememos todos es que no haya más nadie con ese valor de decir las cosas y eso sí nos hace temblar.

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345. ¡Qué linda es la vida!

345. ¡Qué linda es la vida!

«Ya perdí, lo sé. El sicario me apunta con el negro cañón de una treinta y ocho automática y a mi costado puedo atisbar que mi compañero de mesa, en este barcito al aire libre, está saltando hacia un costado para evitar las balas o mi sangre, lo que salpique primero.

Estoy consciente que voy a morir, no creo merecer una segunda oportunidad, sólo quisiera saber de quién es el dinero que está en el bolsillo de mi asesino, quiero saber antes de hundirme en la muerte, cual de mis vengativos amigos fue el culpable: ¿el Chato?, ¿el Zambo?, ¿el Zancudo?, cuál de ellos quiere quedarse con la supremacía de la banda, de mis huecos de droga, de mis mujeres.

¿O no será alguno de los familiares de los fríos que me cargue a lo largo de estos años? ¿El padre de la niña que terminamos asfixiando después de cobrar la recompensa? ¿El tío del guachimán que matamos por escapar y que juró que nos buscaría hasta encontrarnos? ¿La madre de aquel drogadicto que acuchillé porque me debía una luca? ¿Los hermanos de la loquita?

¿Y si es la misma Policía que me está matando por venganza de los dos tombos que violamos el año pasado? ¿El juez de mi último juicio al comprender que no tengo salvación ni cura para el vicio de matar?

Podría ser cualquiera de mis familiares… hartos de mi mala fama que los ensucia peor que ventilador al pie de bosta de vaca. Podrían ser los hijos que no reconocí, las mujeres que violé ¡Mi propia madre!, para evitarse la vergüenza de cada día ocultar la cara por las calles, si es que alguien la reconoce como la que dio vida a este engendro que soy.

Puede ser cualquiera, el tema es que ya perdí y las balas empiezan a morder mi carne y la vida se me va, ¡Carajo!, había sido bonito el cielo celestito de esta ciudad de la cual siempre me quejé, este sabor a chicharrón que tengo en la boca, ¡Mierda! ¡Qué linda era la vida!»

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346. Los dueños de su amor

346. Los dueños de su amor

Cuando Camila encontró a su Julio en amores con la vecina, sintió que todo acababa para ella. No solo se convirtió en el cliché más antiguo: la de la mujer engañada, sino que para colmo era como un calco de una mala novela porque el desventurado no tuvo mayor idea que sea con la mejor amiga en ese lugar.

Ella y él sabían que su historia no era tanto así de común. Ella enfermera y el paciente de cáncer al hígado, ella padeciendo alcoholismo y él rescatándola. Destinados al fracaso. Juntos luego emprendiendo la fuga concertada hacia Huancayo, para empezar de nuevo, donde nadie sabría de ellos mientras se sacaban el alma en el puesto de frutas.

«El amor es una mala broma», pensaba mientras regresaba a su pueblo allá en la costa, en Puerto Supe. Tampoco retornaba como la clásica despechada, no era así. Los que la conocían sabían que tendría nuevos pretendientes y los antiguos regresarían. Todos aman a una mujer fuerte y ella lo era, tanto así como para dejar al amor de su vida para que se las busque como se buscó el consuelo efímero en brazos de otra. Pero algo también no le cuadraba de repetir el círculo del drama, no quería terminar con algún buen partido a criar hijos de hijos recordando la aventura de su vida y que los demás la cubrieran con el manto del honor conquistado con una “buena” vida.

El bus que la llevaba paró para cambiar una llanta en un grifo carretero. En la demora y sentada lo vio. Fue amor a primera vista. Todo indicaba que era un destetado a la fuerza y callejero a fuerza. Sin mayor alharaca se lo metió entre la casaca viajera y volvió al bus con su secuestrado.

Y allí está Camilla, enamorada de la vida, sin pretendiente ni hijos, pero alegre, con negocio propio en el mercado e inyectables en casa. El canchón lleno de maullidos que le alegran el corazón mientras reflexiona cada día en el humor del destino y las formas de amar y ser amada.
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Créditos de la foto: Albetty Lobos Callalli

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347. Visita de fin de año

347. Visita de fin de año

Las vísperas de este Año Nuevo para Alejandra es una repetición del anterior. Entre ir a la casa de sus padres, de su abuela y a la casa de los papás de su ex esposo, se le está yendo el 31, único día en que puede ver a sus seres queridos. Son las once de la noche cuando, rumbo a la casa de su ex cuñada, recuerda las circunstancias del accidente: Salieron con Fredo esa tarde de final de año y se la pasaron comprando bebidas, regalos y comida para ofrecer una fiesta en su propia casa, con amigos íntimos y familiares. No tenían hijos por propia decisión. La camioneta que manejaba su entonces esposo iba a velocidad por la carretera que lucía algo vacía. Iban riéndose sobre los sombreros graciosos que habían comprado, cuando de improviso salió esa señora con su hijito en brazos intentando ganarle a su vehículo. La camioneta dio varias vueltas de campana, producto del golpe de volante de su esposo. Ella salió disparada por el parabrisas y, luego de caer y rodar un poco, se levantó presurosa para ir a buscar a su compañero. Lo halló inconsciente, colgando cabeza atado al cinturón de seguridad. Trató en vano de despertarlo. No lo logró.

Ya han pasado ocho años del accidente y Fredo recuperó mucho de su andar gallardo, pese a que la pierna derecha se le fracturó en tres partes y la rehabilitación fue larga y tediosa. El trabajo lo esperó y hasta ha ascendido a buenos puestos en estos últimos años. Al final resultó que sí le gustaban los niños, porque tiene dos con su nueva esposa, una colega de trabajo con la cual vive ahora en la misma casa que compraron con Alejandra. Ellos van a la fiesta de fin de año que organiza su ex cuñada siempre y es la oportunidad que tiene para verlo feliz, con sus queridos hijos, su nueva compañera, observarlo divertirse, ser un gran padre y esposo, sin culparse por haberlo dejado el día del accidente y haber partido hacia el más allá sin siquiera despedirse.

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354. Los superpoderes de Mamá

354. Los superpoderes de Mamá

—Papá… mi Mamá ¿Me ama?

—Claro hijo, nunca dudes de eso.

—¿Y me amará mucho aun cuando haga travesuras?

—Hijito… ¿Hay algo que debas contarme?

—Esteeee, tengo miedo que ella no me ame cuando haga cosas que no le gusten.

—No te preocupes, ¿Acaso no ves como tu abuelita me quiere mucho y me abraza y besa cuando viene? y eso que yo le hice unas que mejor no te cuento.

—Pero tengo miedo que mi Mamá ya no me quiera más.

—Entonces hijito cada día debes abrazarla mucho, recordarle cuanto la quieres, hacerle caso cuando te diga algo para tu bien, ayudarla en casa.

—¿Eso hará que me quiera más?

—No hijito, el amor de una madre es infinito y gratuito.

—¿Para qué sirve hacer todo eso?

—Una madre es un misterio de amor, las cosas materiales y superficiales no la llenan, el amor por sus hijos es más del que ellos le dan, pero a pesar de esos superpoderes que Dios les dio para amar, también necesitan saber que ese cariño que ofrecen gratuitamente da algún fruto, un resultado.

—¿Si hago mis tareas y guardo mis juguetes… es un fruto?

—Sí hijito, esos frutos de su amor deben reflejarse en que siempre seas…

—¡Honestos, responsables y obedientes!

—Exacto, para que cuando llegue el momento en que vayas a hacer una “travesura” recuerdes ese amor de tu Madre y al final hagas lo correcto.

—Gracias Papá, voy a ayudarle más a mi Mamá, a decirle siempre que la quiero mucho y que trataré de ser un buen hijo. Y tú ¿Me ayudarás a hacerla feliz también?

—Uy, jajaja hay que hacerse cargo de los consejos que uno da, también te ayudaré a hacerla feliz.

—Entonces ¿Me ayudas a limpiar el vaso de jugo que se me cayó hace ratito encima de la mesa?

—Jajajajaja demasiado inteligente eres para mi gusto a veces, vamos a limpiar entonces pero a la próxima más cuidado ¿Eh?

—Sí, tendré más cuidado ¡Porque quiero que mi Mamá me quiera siempre!

—Ya, menos charla ahora y trae la escoba que voy por el trapeador y ¡Cuidado con los vidrios!

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355. A las orillas del Río Grande

355. A las orillas del Río Grande

Recuerdo la primera vez que fui a Iquipí, el pueblo de nacimiento de mi padre, ubicado en Río Grande en Condesuyos. Era de madrugada. Para llegar a la casa de los abuelos teníamos que atravesar una acequia que me pareció un río para mis seis años de edad. Luego íbamos por el borde de una chacra interminable. Cuando llegamos a la casa, nos recibió mi abuelo Santiago con un candil en la mano. Caí rendido.

Al día siguiente fue una sucesión de maravillas. La casita estaba ubicada en la parte alta de la bajada al río. A un costado estaba un enorme pacay frondoso y un guayabo cargado. En la cocina, estaba mi abuela Julia, soplando por un tubo el fogón y sobre rieles de metal descansaban sendas ollas tiznadas de donde saldrían manjares diversos. Por mis pies correteaban cuyes gordos.

Poco después la algarabía de unos gritos anunció la llegada de varios tíos cargando una red llena de unos animales monstruosos: los camarones de río. Mi abuelo amarró las tacas de un par de los más grandes y me los dejó para jugar en la batiente del descanso de la casa. El cuerpo principal alcanzaba el porte de una escobilla de esas de madera con cerdas de plástico y la tenaza principal otro tanto. ¡Animalazos!

La mesa del almuerzo aún navega entre los mejores recuerdos de mi existencia. En el descanso techado se puso una mesa grande y en el interior del primer cuarto de la vivienda otra para nosotros los primos. Los camarones estaban allí, hervidos, a lo largo del mantel blanco, papas humeantes, choclos y llátan molido acompañaban. Antes, un impresionante caldo de gallina de corral abrió campo en los estómagos para esa delicia de río que se comía con las manos y se degustaba con la conversación amena, recordando mi abuelo viejas anécdotas y las voces en coro de mis tíos y tías, mientras en mi mesa los primos nos reconocíamos como familia. Luego, el vino hecho en el lagar que construyó con sus manos el patriarca, alargó con su calidez el momento familiar, que aún flota en mis mejores recuerdos.

(Dedicado a todos los primos hijos de los hermanos y hermanas Medina Rivera)

La foto es de la casa real del cuento.

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Deshojando el amor (15 microrelatos de amor desencadenado)

Me quiere…
No nos miramos de frente nunca. Son miradas dispersas en el día, en medio de conversaciones, a la hora del recreo. No nos conocemos, pero sabemos nuestros nombres y la hora exacta en que nos vamos a casa. En las actuaciones buscamos ponernos frente a frente y ensayar juntos en medio de risas y caras rojas, casi incendiándose. Ella deja que le invite mi galleta y me da una de las suyas. El día del baile real me toma de la mano, yo de la cintura y bailamos, mi cara es de una alegría infinita y ella está conmigo.

No me quiere…
Trato de hacerle saber en dibujos que estoy aquí, que en las tarde no miro tele por solo pensar en ella, que en realidad me la imagino siempre corriendo hacia mí a la hora de salida para, no sé, para agarrarnos de las manos o de repente que me acepte empujarla en el columpio. En el recreo quiero invitarle mi lonchera pero ella sale con sus amigas, no sabe mi nombre ni le interesa. A veces solo quiero que me mire. Ella sí mira mucho al chico más alto del salón. Un día se agarran las manos en mí delante.

Me quiere…
Y en clases me siento detrás de ella porque su apellido y el mío empiezan con la misma letra. Tiene el cabello corto y se amarra una pequeña cola con un colet blanco. En clases sus pies se hacen para atrás y yo estiro los míos y jugamos a entrecruzarlos. En el recreo en el juego de los policías ella es la encargada de la cárcel y me hago pescar solo para que me agarre los brazos y pueda bromear a darle un caramelo y que me suelte. Compartimos una vez un pan con pollo y mis dedos se quedaron un poco más de tiempo entre los suyos, la miré, no desvió la mirada, se quedó allí para siempre.

No me quiere…
Es demasiado rápida, habla mucho, cuenta sus problemas con su papá y quiero decirle que la entiendo, pero no me deja, solo quiere hablar de ella en el carro, mientras vamos a casa. Trato de atender lo que dice pero me pierdo en sus hoyuelos, y nuevamente se despide sin siquiera decirme nada más. En casa me pierdo pensando entre lo que dice de su papá y esas caricias constantes y su forma de ser. A los días la veo conversar de nuevo con ese otro chico y ella está aquí, a mi lado, en el carro contándome de su primer beso y yo muriendo.

Me quiere…
Porque soy el más bravo pues, aquel que sin ella saberlo, se peleó por declarársele, nadie más se metió, solo el chato y yo. Casi me pega, pero al último, cuando casi gana, la sensación de no tenerla nunca me dio fuerza. Luego fui a esa esquina, ella no lo sabía, pero ya me quería, lo descubrió cuando le dije que quería estar con ella. Se sonrió. Quedamos para el sábado y me dio el sí, con un beso rápido. Luego las manos entrelazadas, la esquina supo nuestros nombres, las pandillas nuestra historia y mi brazo en su cintura… para siempre.

No me quiere…
¿En qué cambio? Éramos los mejores amigos en la primaria, salíamos a buscar piñas en el parque y comer moras rosadas. Ahora ella usa el cabello suelto a la salida, se pinta los labios, pero no hay ninguno al cual acepte, y le envío cartas que no abre y me dice que somos amigos que no haga eso que la voy a perder, ¿Que perderé? Si ya el dolor en el pecho lo tengo. Y se declara mi mejor amigo y le acepta y a la primera pelea viene donde mí y me besa ¡Me besa! y luego regresa con él. La pelea con el traidor termina con nuestra amistad.

Me quiere…
Por ella viajaba en medio del bus doce horas, escribía un poema diario y por fin me enamoré. Pero le saqué la vuelta con una enemiga suya allá en el pueblo y eso acabó todo. Un año después, acompañamos a su hermana que es mi amiga a comprar y, en un descuido, yo la empujo hacia un sitio desocupado y le digo en un minuto todo y me besa, no deja que hable, pero tiene un enamorado, un abogado, pero ella lo terminará, me promete. El tiempo me consume mientras espero que llegue para decirme como le fue. Al final, ¿qué soy? ¿si no el que la engañó? Allí está, me sonríe, es suficiente.

No me quiere…
Era un poco mayor que ella y así no entiendo cómo me enamoré, primero le compré una muñeca de esas de colección, mientras medio mundo creía que quería a otra, luego le escribí poemas que me recibía con ilusión y finalmente un collar. Cuando la iba a encontrar para dárselo por su cumpleaños, la escuche conversar con otra amiga. No era yo, era que había varios y mejores, le decía. Me advirtieron que eso me pasaría, ellas, las que lloraron cuando las terminé, me lo prometieron. El orgullo hace que igual le dé la mojada joya.

Me quiere…
Era la practicante y yo el mejor, ella era la bonita y yo el lobo feroz, ella era la que no me miraba y yo el que sufría por decir dos palabras correctas frente a ella sin que sonará afectado, conquistador, creído. Me tumbó confesando que de mí nunca oyó. De ella me despedí al irme, a ella busqué al regresar de tan lejos. Me gastaba el saldo en mensajes, ella también. Pagó la mitad de la cuenta en la primera cita. Su cabello me enloquecía y yo no sabía si estaba en su corazón. La vida nos sorprendió y esa fue su declaración de amor.

No me quiere…
Fueron los mejores seis años de nuestras vidas, se lo dije, se lo dije mil veces, lo fueron y no me creía, se alejaba, le repetía que lo fueron, cada cita, cada peluche, cada cena, las veces que caminé por ella la tarde entera, el sol en la cara y la promesa de un beso para que nunca estuviera sin amor, se lo dije mil veces que fueron nuestros mejores años, que nos queríamos, hasta cada pelea y la reconciliación lo fueron por lo menos para mí. Aún trato de explicarle que vendrán años mejores, repite que no soy yo, que es ella, y me dice adiós.

Me quiere…
La rutina de la innombrable en casa, el trabajo que se acelera los fines de semana y la separación en medio de la cama. Ni sé como la otra se metió en el espacio entre el desayuno y la cena. El irse y yo creyendo que puedo soportar la lejanía de los cuatro que se van. Las noches en vela y la falta de interés por rehacer mi vida. Pasan los días ¿Y si te confieso que me perdí? ¿Que la vida no es igual al darme cuenta cuan humano soy, cuan débil me volví? A ti te pasa también. Ahora que regresas y regresan los niños prometo no abusar de tu retorno.

No me quiere…
Intento perdonarla y aún lo recuerda. Salgo con los tres niños a cuestas a darle espacio, me comporto como lo que siempre insulté en un hombre. A veces le pido de rodillas que olvide, a veces le exijo con gritos que me ame. Falsos momentos en que me da un beso y creo que volvemos para encontrar un mensaje y volver a la realidad. El amor que tengo se vuelve algo doloroso en las venas, que camina de la mano del rencor de no ser correspondido. Lo peor es que ella no se va.

Me quiere…

Siempre le tuve miedo al momento en que nacieran los nietos. Ella, tan dueña de su destino y su profesión. Yo solo un tipo que manejó años ese viejo taxi. Mientras ella surge como una gran dama, yo me hundo en mi miseria de olores de viejo y enojos sin sentido. El miedo es concreto, ella me dejará porque merece algo mejor que no poder conversar con un bruto como yo que no hace nada por mejorar y solo pelea y pelea. Pero la amo ¡Por Dios que la amo solo a ella! Pasa el tiempo, llegan los nietos y ella sigue aquí, queriéndome, no lo merezco, lo sé. Algo debí hacer bien supongo.

No me quiere…
Porque en su cara se le nota y me siento herido pero a la vez entiendo que se gastó el sentimiento entre platos y zurcidos, entre estropajos y malas vacaciones, pero no nos vamos, seguimos con una cadena de ira contenida, en reclamos por tonteras que ocultan verdades amargas de olvidos y traiciones pequeñas, pero inmensas al sumar y restar. Todo puede acabar en uno de esos grandes crímenes de la televisión o al final se quede en la quietud de seguir pelando mi manzana y se me caiga un pedazo de cáscara y ella reniegue de eso, que más da.

Me quiere…
No me peino bien desde hace años, mi corte natural es una calvicie temprana, como el vacio de ideas al pensar qué hacer con el tiempo que me dejó al morir ella. Transcurro como un fantasma en el panteón de mi casa, implorando oraciones a los fieles muebles que nos vieron envejecer. Cada resquicio del tiempo estancado huele a ella. La duda me carcome ahora en la vejez y pienso en lo injusto que es el volverse un niño, hasta que encuentro la misma carta y recobro la paz en el “te amo” final.

No me quiere…
Me quiere…

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357. La distancia entre los dos

  1. La distancia entre los dos

Alguna vez te preguntaste ¿Porqué hacemos diferencias entre nosotros? Cuántas veces has sentido que no encajas, que no estás en la misma línea que los demás, o que piensas distinto… y eso te hace sentir menos importante.

En la inmensidad de una ciudad, en la lejanía de un grupo o en la inmediatez de tu familia ¿Has sentido que no vas por el mismo camino? que tienes algo distinto. Los demás también te hacen sentir así. Con sus palabras irónicas, con sus insultos directos, con sus ademanes, te impulsan a creer que eres menos o por lo menos ajeno a ellos.

Hay días en que te levantas y quieres compartir con el mundo lo maravilloso que eres, pero no sabes cómo y te hacen creer que ganado puntos, superando a otros, afiliándote a unos y pisoteando a tantos serás uno de ellos, un ganador, alguien que sabe. Al final realmente no entiendes en qué lugar estás… te siente solo…

Quisiera que pudieras verte como te vemos los que te queremos, que te apreciamos, te valoramos. Quisiera que pudieras comprender lo inevitable que es la verdad con respecto de ti, de mí, de los demás: Somos únicos e irrepetibles. Como tú no hay nadie más que sea tan especial en su distinta manera.

Las estrellas brillan siempre de noche y no se hacen problemas si una está más lejos o no, entonces, porqué seguimos sentados aquí en esta banca inmensa sin compartir con alguien nuestra voz, nuestras manos, sin temor a tocarlos con el corazón, a intentar conocerlos en el bemol mayor de sus alegrías y tristezas, porqué no estamos abrazados como hermanos y no dispersos como entes solitarios vagando por una galaxia de desencuentros.

Nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Tu pasado hace tu presente pero no determina tu futuro. No importa el color de tu piel o el dejo de tus palabras, si tu corazón sonríe al dar y ofrecer tus dones a los demás.

Hay dos tipos de personas en este mundo, las que están dormidas y las que están despiertas. Lo único que nos diferencia es que tú estás allí y yo acá…

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358 La lección

  1. La lección

La clase estaba expectante, mientras el profesor dirigió estas palabras a sus alumnos:

«Al verlos a ustedes recuerdo a Julia. Su vida no fue glamorosa como muchos piensan: no asistía a las fiestas cuyas invitaciones llegan con nombre propio cuando estás en un medio periodístico, ni siquiera a los almuerzos que organizaban para los de su clase. Su cabello siempre en cola de caballo y esos lentes que nunca cambió de montura, eran su marca personal. Recuerdo sus uñas mordidas, los lapiceros que perdía constantemente, su horrible letra, su estrés perpetuo. Pero también recuerdo esa mirada llameante de furia cuando en los noticieros de la competencia aparecía un corrupto liberado, cuando un delincuente escapaba o cuando uno de esos que denunciábamos salía impune.

Su trabajo como periodista hubiera gastado a cualquiera con el tiempo. Ella persistió hasta el final. No es que siempre estuvo en medios, una oportunidad de hacer algo en el sector ambientalista la atrajo y allí estuvo varios años. Un día el contrato se terminó y regresó a la sala de redacción. Lo demás ya lo conocen por los noticieros. En esa curva la esperaba su destino con tres balas del narcotráfico.

Ustedes son estudiantes de periodismo de tercer año, sepan que algo así les espera si les apasiona su carrera. No hablo de la muerte trágica, hablo de algo significativo si aceptan el reto. Adquirirán esa mirada llamante de furia ante la injusticia, la corrupción, la desigualdad; alcanzarán ese sentimiento perpetuo de alerta, que hará que sientan al mundo como una gran noticia y será para ustedes el reto de superarse, de tener la portada, la mejor imagen, la filmación inédita, el enlace que dará a su público los elementos para descubrir la verdad, para después irse a la cama con la conciencia de haber dado lo mejor. Anhelen esa mirada jóvenes y, si la tienen, si sienten que no pueden contener la indignación ante las mentiras, el engaño, la barbarie, bienvenidos al grupo selecto de aquellos que no tenemos para comprarnos una Ford Navigator pero si dormimos tranquilos, no por haber hecho la diferencia en todas las veces, pero si por intentarlo siempre»

 

360. Cuarto Rey Mago

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360. Cuarto Rey Mago

Dicen las leyendas que hubo un cuarto mago: un joven adulto y rico que había abandonado su casa paterna en Oriente para salir en busca de la mayor sabiduría de la Tierra. Estando de vacaciones en casa de Melchor, se enteró de las predicciones que junto con Gaspar y Baltasar había llegado su anfitrión: la venida del Dios hecho hombre. Ellos lo invitaron a presentarle un regalo al rey que nacería.

Baltasar llevaba oro porque era el metal más noble y puro. Gaspar llevaba incienso porque un rey necesitaba la purificación del espíritu. Y Melchor llevaba mirra, porque algún día ese noble necesitaría ser embalsamado en aceites perfumados.

El joven prometió alcanzarlos con un gran regalo para rendirle honores al Señor, antes quería llevarle el regalo más fabuloso que ojos humanos hubieran visto. Gaspar pensó: —La juventud es soberbia, pero… ¿Quién sabe hasta dónde llega la Fe?

Describir los viajes que realizó demandaría cientos de hojas, relatar sus aventuras y que poco a poco gastó su dinero, no en comprar bienes materiales, sino en ayudar a las personas, porque vio tanta miseria y sufrimiento que abandonó su búsqueda para salir al encuentro de los más necesitados.

Mientras, los años pasaban.

Cuando ya no era tan joven y la madurez de sus actos lo había llevado a comprender que no encontraría algún regalo material que satisficiera a ese rey, emprendió el camino a Belén. Cerca ya de su destino le informaron que el rey que buscaba fue recibido con palmas y vivas en Jerusalén. Hacia allí se dirigió con premura y con un nudo en la garganta que se desató cuando vio a su Señor en lo alto de un monte, siendo crucificado. Llegó cerca de él y gritó:

—¡Yo debí llegar antes y traerte el regalo más maravilloso del mundo pero solo vengo con las manos vacías! —y mostrándoselas cayó de rodillas y se echó a llorar. De pronto levantó la mirada y vio los ojos bondadosos de su Señor y sintió en el corazón una voz que le decía:

—Esas manos, surcadas por las heridas del amor hacia los demás es el regalo más grande que me puedes dar.

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362. El viejo de la redacción

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362. El viejo de la redacción

—Creo, Fernando, que me pides recordar el estar jugando en la calle y de pronto que se suelta el aguacero, correr a cubrirte y esperar a que pase, la aventura (aunque sin reconocerlo) de subirte al techo a barrer y sentir que enfrentabas a los elementos “¡Epa, venid y combatir en buena lid degenerados!”, ver al Misti despertar con su poncho blanco luego de una noche de descarga celestial, el olor a tierra mojada, el ir a la torrentera a cazar escorpiones y lagartijas en el sol del escampado, los cerros verdecitos de Mariano Melgar que hacían menos pesada la aventura de ir a la torre eléctrica en los veranos, el cafecito Monterrey en las tardes hablando con mi abuelita Hilaria acompañados del traquetear de las gotas en el techo de calaminas de nuestra cocina, ir a la academia y quedarte un buen rato conversando con esa chica linda porque no iban a salir hasta que pare un poco pero luego caminar bajo el agua conversando de todo y de nada con ella a su paradero al otro lado del tuyo, navegar entre la humedad de esos domingos sin nada más que hacer que mirar a través de la ventana, crecer y vivir correteando para llegar a la redacción y poder quejarte con una taza de café en mano que los del Senamhi no le atinaron esta vez, ir a rescatar a mi esposa y mi hijo en plena tormenta sintiéndome un superhéroe para llegar con un taxi secuestrado y cargarlos para que no se mojen de la vereda hasta el carro… jugar a los rayos locos con tu hijo para que aprenda a no tenerle miedo a los truenos, subirte ya mayor al techo con esa escoba y, mientras te ríes como desquiciado, gritar al cielo: “¡No huyáis esperpentos sin valor, que aquí tenéis a un bravo combatiente que os dará franca pelea”… no sé, de repente solo es porque me gusta la lluvia y la extraño.

—No te pregunté eso, dije que hagas una nota sobre la sequía.

—Lo sé, pero es que es el contexto, el sabor de la nota… ya sé, bueno de 23 líneas el escrito ¿No?

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363. El gol secreto

#365CuentosRegresivos

363. El gol secreto

—Señores pasajeros tenemos serios inconvenientes, prepararse para un aterrizaje de emergencia.

Tiago no cayó en la desesperación. Antes de embarcarse su novia le dio la noticia que sería padre y tenía la certeza de sería varón.

Alguna vez leyó el cuento de un autor argentino donde el personaje iba a ser fusilado y pedía al universo que le diera tiempo para escribir un libro. Eso le dio la idea.

Y ya estaba allí entrando a la sala del hospital y recibir un robusto bebé que paró de llorar al contacto de sus brazos, después ese pequeño gateaba por la sala detrás, se sentaba, lo miraba y le decía “pa-pa” señalándole un vehículo de juguete, que se transformaba en uno a pedales en el que paseaban por el parque comiendo pipoca con esa mujer hermosa que estaba allí, entregándole su amor y prometiéndole la eternidad para despertarse asaltado por ese niño que lo apresuraba para su primer día de escuela, con ese uniforme que para la tarde estaba manchado de colores, los cuales compraba junto con papel porque decidió que la pintura era su pasatiempo y dibujar a su padre metiendo goles su afición, la cual cambió en la universidad por una cámara de fotos que usaban mientras hablaban de futbol, su trabajo como entrenador con ese pequeño de barba que ahora era un consagrado foto reportero en el Folha y llegaba con la noticia que llegaba el heredero de ambos, el nieto que jugaba a correr detrás de una pelota, compitiendo con la esperanza de que heredara el tiro directo del abuelo contra las ganas del papá de que sea un ingeniero ambiental para risa de su nuera y llegar a ese momento, rodeado por todos esos rostros que vio envejecer, despidiéndolo, amándolo en abrazos y decirles que los amaba, que vivió sus historias, dolores, amores, fracasos, victorias y besar a esa mujer bella y plena que le decía que ya era tiempo de partir, que sea valiente y por fin Tiago abrir los ojos y sentir como el avión se estrellaba, pero con la certeza de haberle hecho una jugada magistral a la muerte y anotar su gran gol a la eternidad.

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Dedicado a Tiago del Chapecoense.

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365. El condimento del recuerdo

#365CuentosRegresivos

365. El condimento del recuerdo

El sol se ocultaba en el Mar Mediterráneo. Intentaba recordarlo, o por lo menos, evocar su rostro. No lo conseguía. Estaba en el mismo hotel en el que pasó las vacaciones hace 20 años con su familia en ese nuevo año. Al tercer día, durante la cena, mientras bebía su primer vaso de vino permitido frente a sus padres, lo vio a la distancia.

Al parecer él también la registró en medio de tantas bellezas crepusculares que había en el salón. Al momento del baile se acercó. Las luces cambiaron a juegos de colores de moda. No necesitaba saber que era él en el barullo de la música. Lo sintió.

En el paseo bajo las estrellas él le confesó que era estudiante de gastronomía y que estaba realizando prácticas en la cocina de un hotel cercano y que consiguió colarse a la fiesta en ese para distraerse algo de las labores culinarias.

Ahora ella estaba en esa playa que fue testigo de su primer beso de amor. Se tocaba los labios intentando recordar el sabor de los del galán añorado.

Él se despidió prometiendo que se encontrarían allí cada verano. Ella no volvió. Sus padres se separaron al siguiente año y solo pudo darse el lujo del viaje recién dos décadas después. Y allí estaba en ese comienzo de año. Se sintió como una tonta. Eran veinte años. Nadie espera tanto tiempo. Ella tampoco. Se casó, se divorció. Un arranque de rebeldía contra los 38 años que cumpliría la hizo rebuscar en su memoria el momento más limpio en el que fue feliz. Y era ese.

El hotel había perdido mucho de su magnificencia y lucía modesto. En la cena pidió una chuleta de res adobada en especias finas. Al probar el primer bocado, de golpe el sabor le recordó todo. El rostro del muchacho, sus ojos acaramelados, el cabello negro, su porte, sus manos cálidas, el sabor de sus labios, todo. Se levantó y pidió si podía ver al chef.

Este llegó extrañado. Al divisarla no pudo evitar soltar un grito de asombro y correr hacia ella.

—¡Tú!

—Sí, yo.

En una mirada se dijeron todo lo que tenían que decirse y mucho más.

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Nunca te vayas sin despedirte, amor

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—Hola.

—Hola.

—¿Nos despedimos en la mañana? Digo ¿Me despedí de ustedes no logro recordar?

—¿A qué vine eso ahora? No me parecería raro que te olvides de algo así, todo el tiempo paras en otra. Hasta siento que estás más interesado en las cosas de los demás que en nosotros.

—¿Porqué lo dices?

—¡Eres conchudo! tienes full trabajo y todavía te comprometes a más reuniones. Sabes que no hay necesidad de que tengas más cosas y está lo de tus presentaciones y eso, te quedas hasta tarde haciendo diapositivas y no sé que más en la computadora.

—Ese “No-sé-qué-más” ¿Se refiere a algo?

—No lo sé, ni me importa ya, estás tan pegado a ese celular que no me asombraría que salgas con alguna cojudez y ya sabes que una sola que hagas y esto se acaba.

—No lo veo de esa manera, lo siento, es que sabes que trabajo por allí también.

—Las mismas excusas de siempre, ya eso no me convence, pero al final es tu problema, te estás perdiendo lo mejor de tus hijos. A ellos no los encontrarás en el Facebook.

—Sé que pierdo tiempo, no puedo explicarte porqué, no es que me importen más las cosas de los demás, es solo que a veces siento que si me despego de estar conectado algo podrá pasar y me lo voy a perder.

—¿Estás consciente de lo que hablas? No vas a perderte de nada, solo de que alguna de tus amigas deje de poner alguna tontera sobre que sufren o buscan pareja o de tus amigos sobre fútbol o chistes tontos… que, ¿Ese video de un padre pobre va a cambiar el mundo? ¿Compartir esa noticia sobre un ataque en la chirisuya va a ponerle paz a la violencia¿ ¿Que te bronquees con medio mundo porque no piensan igual a ti va a devolverte las horas que no juegas con tus hijos, que no pasas conmigo?

—Tú también revisas tu celular a cada rato.

—Lo sé, no sabes cuánto odio hacerlo, pero verte allí sentado en la mesa y que estemos hablando y luego sacas el aparato y te metes de lleno allí me enferma y hago lo mismo, tratando de entender que encuentras que sea más importante que nosotros.

—¿Lo encuentras?

—No, pero empiezo a buscar nuevas recetas, terapias para nosotros, para el Juani que tiene lo de su falta de atención, lo de Susanita de la dislexia, tantas cosas, pero todo tiene que ver con ustedes, ¿Cuánto de lo que ves se refiere a nosotros?

—En realidad, no mucho, más son más cosas del trabajo, de los amigos que me tienen que dar respuestas, a veces hasta me pierdo leyendo noticias pasadas que ya leí varias veces.

—¿En serio? Bueno, por lo menos estás siendo sincero.

—No quiero engañarte, menos ahora… ¿Me despedí de ustedes en la mañana?

—¿Por qué me preguntas de nuevo por eso? No te pongas dramático si vas a hacer alguna tontera no tienes que atormentarme llamando para darme a entender algo, no creo que nuestra vida sea tan terrible para que pienses en matarte ¿No?

—Sabes que no, solo es que quisiera recordar si lo hice, todos los días cuando me voy al trabajo trato de acordarme cómo nos despedidos, fuera si nos enojamos o no, me aseguro que por lo menos les dije chau, que nos pudimos ver antes que salgan por la puerta.

—Si nos despedimos… estabas en la cocina terminando tu café, los chicos fueron donde ti y les diste el beso de despedida.

—¿Te lo di a ti?

—Quisiera tener más tiempo en la mañana para despedirnos bien pero a veces no se puede, tendrías que levantarte más temprano para poder ayudarme siempre te lo pido, bueno, pero sí, me diste un beso rápido.

—Gracias, mil gracias.

—Oye, estás loco o qué no me preocupes más de la cuenta, que demon…

El ruido del timbre de la hora de salida la despertó. Estaba sentada en una banca del colegio de sus hijos. Trató de despejarse un poco, pero fue interrumpida por el teléfono móvil que empezó a sonar. Sus gritos luego de recibir la noticia de la muerte de su esposo, alarmaron a todos los padres que también esperaban a sus hijos en ese momento.

 

(Relato aparecido en Semanario Vista Previa – 10.10.2016 Arequipa Perú)

Canción que acompañó la escritura del relato

Creciendo con Mathias: Los deseos y la Luna

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Desde hace algunos días me encanta que mi Papá me hable de la Luna.

Me cuenta que está muyyyyyyy lejos, pero que está presente, casi cerquita, en muchas cosas que hacemos.

No entiendo todo lo que me cuenta, pero sé que algo tienen que hacer con la agüita de los mares y como los marineros la siguen atentamente para saber cuándo salir a pescar. Ummmmmhhh, con lo que me gusta el pescadito que prepara mi Mamá, ese que ella pesca de la lata, ya se me despertó el apetito.

También la Luna tiene algo que ver con ese papel con números que Papá va tachando en la pared y que cada vez que se acerca al final lo pone intranquilo. Me cuenta que por ese papel sabemos cuando la Luna va a estar presentable, así: tan bonita, o cuando no la veremos nadita…

Creo que estoy enamorado de la Luna… aunque no sepa que es eso de enamorado, jejejejeje. A veces escucho cuando alguien está muy interesado en otra persona, pues que está enamorado.

Ayer me di cuenta de eso. Salimos con mis papás, mis tíos y mi abuelita Lili a los juegos mecánicos, pero no sé qué juegos eran porque lo único que veía era dar vueltas y vueltas a la gente, hasta a mi mismo me subieron aun trencito pequeño y vuelta y vuelta, eso lo puedo hacer en casa y sin pagar moneditas.

Pero nada de eso me importaba, como ya era de nochecita, el cielo estaba negro-negro y la Luna estaba allí, como una moneda del color de mi lechita. Yo repetía “Luna-Luna” y todos reían, pero como no dejaba de repetir y de buscarla con la mirada, dejaron de tomarme interés.

Le escuché a mi Papá que los hombres desde siempre la querían, porque estaba tan alto y lejana, que era una meta llegar a ella. Un día lo consiguieron y fueron muy felices.

Yo quiero también llegar a la Luna, bueno, para que me entiendan mejor, quiero cumplir grandes metas, aún no tengo idea cuales, a veces es aprenderme de memoria los 10 primeros números, otra es los colores de mi caja de lápices, cada día tengo una nueva meta, por eso quiero a la Luna, no porque ahorita quiera embarcarme en un cohete y viajar hacia ella. Soy un bebé todavía. Pero recordarla me hace esforzarme en cumplir mis metas, soñando al igual que esos hombres de la antigüedad con conquistarla, y como al final lo lograron yo también lograré mis pequeñas y después grandes metas, ¡Estoy seguro de eso!.

Para un bravo siempre habrá otro más bravo

bat

Lo esperó a dos cuadras de su casa, justo en ese callejón estrecho y oscuro entre los dos edificios de departamentos. Con su metro con cuarenta centímetros no causaba miedo, quizá ternura, MÁS con esos lentes de medida. Era la clásica imagen del niño al que golpean en el recreo y le quitan el dinero para el almuerzo.

—Oye, Juan.

—¿Qué haces aquí chato?

—Ven te tengo que dar una cosa.

—Ya mañana te pido la plata, no es necesario que me des hoy, a menos que quieras ahorrarte algún golpe, jajajajaja.

Una fuerza extraña impelió al bravucón hacia el callejón, no acababa de reconocer qué pasó cuando sintió mucho dolor en la cabeza. Aquello que lo golpeaba no le daba respiro, en las costillas en el brazo con el que intentaba protegerse, en la pierna, en el pie.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Por favor!

El apodado “chato” se detuvo.

—Mira sé que no eres más que pura boca, sabrás pelear algo, pero mírame, un pequeño como yo acaba de molerte a palos con un bat de beisbol y ni te imaginas que sé hacer con una navaja. El trato es el siguiente: me darás la mitad de lo que juntes en los recreos, y cuidado con engañarme que sé cuánto sacas. A cambio te avisaré con tiempo cuando quieran denunciarte con los profesores y también te ayudaré para que apruebes algunos cursos, que los dos sabemos estás casi por repetir este año.

—Está bien, está bien, pero deja que me vaya —dijo entre sollozos el niño herido, se paró e intentó correr, pero los golpes recibidos en la pierna fueron más, así que se fue rengueando.

El dueño del bat sonrió mientras veía alejarse al bravucón de su escuela.

—¡Oye chato!

El grito vino de arriba, de una de las ventanas, un niño, el más flaco y granoso de su año le estaba mostrando un smartphone en el que se reproducía la golpiza de hace pocos minutos antes.

—Creo que tenemos un trato, voy a querer protección y el 30% de lo que te de Juan.

La sonrisa se le borró al dueño del bat.

El otro quedó peor

EL OTRO QUEDO PEOREra julio, una tarde de julio, a eso de las dos y algo. La hora de salida del colegio ya pasó hace buen rato, aún para los de secundaria. El niño estaba respirando con fuerza. Los mocos que le salían aún tenían algo de sangre. La camisa estaba salida de sus pantalones y manchada de rojo. Se limpiaba con el brazo las lágrimas que seguían resbalándose por su rostro de seis años.

La madre llegó como siempre algo apurada. Estudiaba en la universidad cercana al colegio de su pequeño, pero salía tarde de clases. La angustia siempre la acompañaba en esas pocas cuadras. Era no saber con qué nuevo problema se encontraría. Todo ese primer tramo del año se la pasaba tratando de entender como su mundo se había destruido de la noche a la mañana e intentaba reconstruir lo que podía con los pedazos de alma que le restaba.

Lo vio y supo que algo más había pasado esta vez.

El niño también a vio y, al verla que se detuvo, avanzó hacia ella casi corriendo, pero al llegar cerca no abrió los brazos para recibir un salvador abrazo. Se paró en seco con una mirada de furia, impropia para sus pequeños años, para su dulce corazón.

—¡Ya no aguanto este colegio!, todos me odian, ya me cansé quiero irme

—¡Hijo que ha pasado!

—¡Me he peleado, pero el otro quedó peor!

La madre no entendía nada. La angustia la llenó por un instante pensando en que era lo que le faltaba para terminar de arruinarla: que expulsaran a su hijo. Recordó en un segundo cuanto con su ahora ex esposo pelearon una vacante. El año pasado por esas fechas dio su examen de conocimiento y, la semana siguiente, pusieron en una pizarra los resultados. Ella empezó desde abajo la lista y no lo encontró. Su marido contaba jactancioso que él sabía en qué lugar estaba, así que solo miró los tres primeros puestos y allí estaba el nombre de su vástago, en segundo lugar. Pero ahora ese gran logro se estaba desmoronando.

—Hijito ¿Qué pasó? Tranquilízate —le dijo mientras trataba de abrazarlo, pero el niño no se dejaba.

Algo la distrajo de su intento de consolar a su pequeño. María, una de las mamás con las que había hecho buenas migas en esos meses se acercaba. De repente ella tendría una explicación y le ayudaría a saber qué pasó.

—Maritza tu hijo le ha pegado al mío, esto no puede quedar así me voy a quejar con el director.

Se quedó perpleja. Con mucho el hijo de la otra mamá era más grande que el suyo. Pero allí estaba Jorge, detrás de su progenitora y llorando a viva voz con la camisa también llena de sangre.

—Oye María, ya estoy casada de que tu hijo junto con los otros hijos de Claudia y Sofía anden insultando al mío por su tamaño, yo no sé qué le ha dicho ahora tu hijo para que Martín reaccione así.

Lo que sí sabía era que desde que entró ese grupo de tres chicos atosigaban al suyo con insultos por su tamaño, por su pobreza y porque era callado. Martín no era así, pero en la fiesta de año nuevo su marido tuvo la conchudez de estar en la cocina de la casa, consolando muy cariñoso a la enamorada de su propio hermano, el de ella, así que lio se armó. No era la primera vez que la engañaba, pero esa fue la gota que derramó el vaso y, aunque no tuvo certeza si hubo algún roce de labios, el hallarlos agarrados de la mano y cariñosos fue suficiente para que botara al susodicho y cortara palabra con la muchacha. El que resintió más el tema fue su pequeño, que de animoso chico que esperaba con ansias entrar a su nuevo colegio, se transformó en un callado y ojeroso por las lágrimas.

—Voy ahora a contarle al director lo que ha pasado, esto no se queda así Maritza —dijo María y jalando del brazo a Jorge se encaminó hacia las oficinas de administración del colegio.

—Hijo, mírame, qué te dijo Jorge para que le pegaras así —preguntó —Me dijo que era un enano sin padre que por eso nadie me quería en la clase —respondió el pequeño, no aguantando las lágrimas de ira que nuevamente le salieron mientras apretaba su pequeños puños.

Maritza avanzó de la mano de su pequeño con rapidez hasta alcanzar a María, a la que obligó a voltearse.

—Yo te conté lo de mi marido solo a ti, por lo visto lo has dicho a las demás y hasta tu hijo, porque le ha dicho al mío que es un enano sin padre.

María se quedó en una pieza. Miró a su hijo indagando y, como este agachara la mirada, no supo que responder.

—La que va a ir a conversar con el director soy yo, porque nadie tiene porqué denigrar a mi hijo solo porque lo esté criando ahora sola ¡muévete!

—¡Espera! No sabía que le dijo eso, debe haberme escuchado cuando hablaba con mi esposo de ti, sí, no debí hacerlo pero… bueno dejémoslo mejor allí Maritza, tampoco es que quiero hacerte daño ni a ti ni a Martín, podemos olvidarnos de esto, seguir siendo amigas, disculpa a mi Jorge que a veces no sabe callarse, no volverá a pasar.

Maritza lo piensa un momento.

—Está bien, pero de ahora en más diles a las chicas que sus hijos no se metan con Martín porque ya viste que no se deja y les puede ir peor si lo hacen enojar más.

Ya en el carro de retorno a la casa, madre e hijo viajan callados, sumergidos en sus sentimientos.

—Mamá… yo no quise pelearme, lo siento.

Maritza pensó un momento lo que respondería. Intuía que para un niño varón lo que dijera marcaría su carácter de muchas maneras.

—Era más grande que tú y quedo peor ¿no?

El niño sonrió un poco.

—Sí mamá, no sé cómo le hice, pero no me deje.

—No hijo y nunca te dejes maltratar por nadie.

Al otro día Jorge, en la hora de recreo, invitó a Martín la mitad de su manzana y, a la salida junto a los otros chicos, jugaron a la pelota hasta que los recogieron sus madres.

La historia de amor de Graciela y Camilo

catedral con nubes sellada 2

—¿Aún recuerdas cómo te enamoré? —preguntó él.

—¡Claro! No me gustabas al principio, hasta creí que eras un odioso por cómo te comportabas y hasta me ignorabas, pero luego, no sé, puede ser que me gustara tu forma de hablar así tan seguro de ti, eras algo inocente para expresarte, no me malinterpretes, es que siempre decías lo que pensabas, aún cuando le cayera mal a los demás, eso me gustó, sí, más que si fueras guapo o no, que para mí lo eres y serás siempre, tus palabras siempre para mi sonaron reales, nunca de mentira —le dijo ella.

—Yo te amé siempre, aunque no lo sabía, aún sin conocerte supe que te encontraría y, sí, tampoco es que me gustaras al principio, no puedo negar que después me sorprendí a mi mismo pensando en ti, en la forma de tus labios, en lo que dirías. Trataba de contarte tantas cosas y me salían puras tonterías y ¡Cómo te reías de mi! Intentaba que siempre rieras… al final no sé si lo conseguí, hay tanto que quise hacer por ti, por los chicos, me faltaron las fuerzas, voluntad… te hice pasar malos ratos también… ¡Perdóname!

—No hay nada que perdonar amor —respondió la anciana volteando la mirada hacia la ventana. Allá, a lo jejos, las torres de la Catedral se notaban con el fondo nuboso de esa tarde de junio.

Afuera resonó un trueno. Ella continuó hablando.

—Esta ciudad fue mi cómplice. Cada vez que me peleaba por alguna tontera en casa, salía a recorrerla, por sus calles empedradas del centro veía escaparates en las tiendas de los judíos, solo ver, porque sabía que no teníamos para comprar esas maravillas. Hasta que abrieron la tienda de la Uruguaya. Allí me compraste un vestido y traje completo ¿Te acuerdas? Para ir a la graduación de Marcos. Cada vez que uno de los chicos terminaba la secundaria me comprabas un nuevo traje sastre completo. No sé porqué me acuerdo de eso ahora, soy una tonta, de repente debería contarte secretos míos que atesoré, como la camisa que usaste en tu primer empleo como cuidante en esa fábrica. La lavamos cuantas veces y hasta el cuello le cambié varias para que no se notara lo vieja que se ponía. Allí la guardé durante años. También recuerdo la vez que me fui de la casa por varias semanas ¿Te acuerdas?. Mi hermana me prestó un calendario para que fijara las nuevas fechas de mi independencia, pero lo que más hacía es marcar los días lejos de ti. No quiero saber nunca si al final hiciste o no hiciste aquello, ya no es importante, lo que sí importó es que lucharas por nosotros y decidieras por mi ¡Por mí!, que era una furia cuando me enojaba y te trataba tan mal muchas veces, pero no te fuiste ni nos dejaste, seguiste allí. No quiero que te sientas mal recordando tal o cual error, solo quiero que sepas que nunca me arrepentí de volver a intentarlo.

La frazada del anciano se corrió un poco y su esposa se la acomodó.

—Volvería a luchar junto contigo por ahorrar esos soles para que estudiaran los chicos. Sé que Diego no terminó la universidad, pero al final le fue bien, como me decías, él encontraría su camino y al final lo hizo, aunque el miedo siempre me consume cuando escucho que asaltaron a un taxista. Gabriela siempre fue más hábil con las manos que con los números y mírala ahora: tiene su propia tienda de ropa y hasta va a abrir una sucursal o no sé qué en Lima. Las tardes que pasamos los cinco en Tingo o en Sachaca, las veces que nos fuimos a Chapi, ese viaje a Cuzco, la vez que nos quedamos todos durmiendo en la playa en Mollendo porque teníamos flojera de subir hasta el hotel. Cada cosa la atesoro y la guardo para mí. No logro entender cómo es posible, pero lo malo ni lo tengo en cuenta, es como si una vela se consumiera y no volviera a prender, sí me acuerdo de las penurias que pasamos, pero son algo lejanas, ahora me siento más preocupada por los hijos de Marcos que no entran a la universidad, o la hija de Gabriela que se quemó el bracito con el agua hirviendo o por Daniel que a veces llega muy tarde y su esposa no le gusta eso. Son nuestros hijos, no son malos, al contrario, se esfuerzan por salir adelante y solo puedo agradecer por su vida y agradecerte a ti porque me diste la mejor de todas las aventuras y si pudiera volver a escogerte lo haría mil veces, nunca lo dudes.

Se calló por un momento, mientras a lo lejos se escuchaban los truenos. Una vez callado el retumbar del cielo, un sonido continuo se sobrepuso ante el silencio e inundó el cuarto de hospital con su anuncio.

Entraron los hijos y sus familias, seguidos de una enfermera. La anciana seguía mirando por la ventana hacia el horizonte, mientras con una de sus manos apretaba la de su esposo que acababa de partir.

El chupacabras atacará de nuevo

chupacabras

El novio de la hija mayor de la familia era un gringo alto con mirada fría. El primer error que rompió el hielo de su llegada fue decirle “inglés”. Allí entró en una explicación del porqué Escocia era el mejor país no independizado del mundo y que los “usurpadores”, como llamaba a los ingleses acompañada la expresión de una palabra universal que era un insulto, algún día pagarían por la humillación. Cualquiera que fueran sus razones patrióticas, el enorme escocés después de eso se ganó la simpatía de todos los familiares de muy arraigada estirpe arequipeña y hasta sonrieron mentalmente recordando que también la región se consideraba “separatista”.

Chapurreaba el visitante un español básico, así que la mayoría de veces la enamorada veinteañera, estudiante de psicología en una universidad local, era la traductora. El padre de la familia aceptó de mala gana que el pretendiente virtual llegara desde las antípodas a su casa, en Sachaca, barrio tradicionalista de la ciudad, enclavado en medio de una campiña llena de chacras y establos. Si dio el permiso finalmente fue porque la amenaza de la hija de viajar al encuentro del gringo era más que posible, así que mejor traer al enemigo para tenerlo cerca y vigilarlo.

Los primeros días fue gracioso ver al pobre tratar de comer los potajes contundentes de la región. Los chupes seguidos de los segundos llenos de arroz y papa pusieron a prueba al pálido espécimen. El llatan que acompañaba las comidas lo hacía sudar, pero resistió estoicamente. El tomar de una sola sentada un enorme vaso de chicha con cerveza negra, lo hizo entrar en la familiaridad de ese primer domingo.

El resto de la semana transcurrió lánguidamente en una ciudad que no se comparaba con Edimburgo, de donde era el escocés de ojos verdes. Arequipa es una ciudad circundada por tres volcanes, llena de historias que el padre contaba con ayuda de la hija y llena de novelerías que le contaba la madre al visitante, sin ayuda de la hija porque al final solo era necesario que la escuchara, no tanto entenderla.

Justo por esos días se desató la noticia sobre el “chupacabras” que se despachó en una noche a cuatro ovejas, propiedad de algunos chacareros del barrio.

—My no saber que ser shootpakapras.

—No Dereck, es “chupacabras”, es un demonio de la sierra que se come a los animales de granja chupándoles el interior —le explicó pacientemente el papá, traduciendo la hija y asintiendo finalmente el visitante, abriendo los ojos cuanto más le contaban del supuesto ser que en esos días atacaba cerca de la casa en la que estaba alojado.

—Cómo ser ese shootalabras.

—Es chupacabras, bueno la cosa es que es una criatura que tiene la piel de un reptil, así, con escamas duras de color verdoso. Tiene unas espinas a lo largo de la espalda y sus manos terminan en unas garras que cuando se acercan a las ovejas ¡zas! Le abren el estómago y se comen todo lo de adentro ñam ñam.

Esa última parte de la descripción no fue necesaria de traducir ya que el salto que metió Dereck fue de risa general, hasta él mismo se rió de su temor.

—Good history papa Alejandro —dijo entre risas el gringo, sin que la forma confianzuda de llamar al regente de la casa se percibiera en ese momento de alegría y de anécdotas.

La hija aprovechó para anunciar que el domingo su novio prepararía un plato tradicional de su tierra. Todos aplaudieron. El sábado por la noche, en completo secreto, pero vigilados auditivamente por la madre y el padre, los jóvenes se divirtieron haciendo un desastre en la cocina a puerta cerrada. La mañana del domingo, como era costumbre todos fueron a participar en la Misa dominical en el templo central. Luego comieron barquillos, raspadillas y regresaron a casa, donde les esperaba un almuerzo especial.

Sentados a la mesa estaban, aparte de los papás, los dos menores hijos y el mayor que llegó como todos los fines de semana, con su esposa y un pequeño en brazos. Todos sentados en la mesa esperaban la delicia escocesa que traerían de la cocina. La puerta se abrió y Dereck entró con una bandeja tapada con una de las ollas de la madre. Puesto en el centro el plato improvisado fue destapado para mostrar una especie de pelota amorfa de color gris verdoso que humeaba por lo caliente.

Nadie se atrevió a decir ni una palabra. La hija que entró en ese momento trayendo arroz y papas hervidas junto con algunas verduras cocidas, dijo alegremente: —¡Es haggis! —como si hablara en chino, todos los viandantes la miraron— Es un plato tradicional, coman y no sean malcriados que nos hemos demorado bastante en hacerlo, al final les cuento de qué se trata.

Una vez repuestos y para no causarle mala impresión al pretendiente, todos esperaron con paciencia que se abriera la bolsa parecida a un blader mal inflado y de allí saliera unos pedazos de carne de diferentes matices mezclados con lo que parecía un rehogado con cebollas y otras cosas más. Pero el sabor no era malo, al contrario era agradable, rico mientras aumentaban las masticadas, la textura de la carne recordaba al rachi de panza o a los chunchulies o caparinas.

Mientras duró la comida se hablaron de diferentes temas. El escocés explicó algunas cosas sobre el tema de las mentadas faldas y sobre los deportes con lanzamiento de piedras, mientras que los varones de la casa se lucieron contando cuentos y leyendas, incluyendo la que estaba de moda sobre el chupacabras. Al final de la comilona, y abriendo una botellita de vino de las que celosamente se guardan en el mueble de la sala, el padre preguntó, mientras sin disimulo se desabotonaba el pantalón para darle libertad a la panza llena.

—Oye hija y al final ¿Qué tenía el plato que nos has servido?

—Es una comida hecha con el pulmón, el hígado y los riñones del cordero que se mezclan con otras cosas más y se cocinan en el estomago durante horas, por eso nos demoramos ayer tanto Papá —terminó por decir la única hija del matrimonio, aquella pequeña de rulos negros, tan bella, tan inocente para sus padres.

—¡Carajo! ¡Tú eres el chupacabras! —gritó el padre mientras se paraba rápidamente sin percatarse que el pantalón se le cayó, cosa que nadie de la familia pudo ver ni reirse porque corrían hacia los baños de la casa para tratar de sacar de su interior el potaje que, estaban seguros, era producto de la matanza de indefensos animales, encontrados destripados y divulgadas sus fotografías en todos los medios de prensa de la ciudad.

—¡No! ¿Papá, qué te pasa? Dereck no es ningún chupanosequé ni nada.

—Pero hija, todo encaja —dijo el padre mientras se levantaba el pantalón e iba a una esquina de la sala donde una escoba esperaba por coincidencia que la tomaran y fuera alzada en alto cual la espada de Eduardo I.

—Deja eso Papá, ¡Mamá, dile a mi padre que no amenace a mi novio!

—No puedo hija porqu… (brrrrrrr)

El pobre escocés no sabía de qué se le acusaba, pero intuía que allí iba a darse una batalla parecida a la del Puente de Stirling, así que se preparó con los puños en alto para resistir a lo William Wallace.

—Pero Papá ¿Qué hablas? Lo del cordero lo compré en el mercado San Camilo.

—No trates de encubrirlo hija querida y hazte a un lado que tengo que vengar esta afrenta, en mi casa no puede haber un asesino de pobres e indefensas ovejas, aún por más rico que estuviera esa cosa con nombre de pañales.

—Papá entiende yo compré los bofes y las tripas, deja eso ya por favor que me va a dar un ataque de nervios.

Ya regresados los otros miembros de la familia y escuchadas las razones, creyeron en la versión de la joven así que tranquilizaron al padre y al novio. Pasadas las horas y con algo más de vino todo iba quedando en una anécdota que se contaría en el futuro con añadidos y demás.

Ya en la noche, cuando todos se han acostado, la joven al entrar a su cuarto se cambió de ropa por una más cómoda y de color negro, sacó debajo de su cama un machete y unas bolsas que acomodó en una mochila junto a otros enseres y se escabulló por la casa hasta la puerta de la calle y salió.

—Esto me pasa por no cortarles también las cabezas a las ovejas la vez pasada, ahora ya les prometí hacer cabeza asada a la escocesa. El establo de Don Humberto está algo lejos tengo que apurarme —pensaba la muchacha mientras apuraba el paso por entre las chacras.

La vida en 10 minutos

bus

—Maestro a la calle San Francisco con Moral.
—Ya señor seis soles nomás.
—Cuanto se demora porque estoy apurado, tengo 10 minutos para llegar.
—Llegaremos tranquilos es lo más importante ¿No cree? En 10 minutos nos podemos morir si nos apresuramos demasiado. Póngase su cinturón y deje que le cuente porqué es que es mejor manejar seguro que apresurado.
Yo trabajaba en los noventas en una empresa que iba hasta Lima, con sus carros nuevos había abierto el mercado hasta la capital. Eran unos buses Morillas de un piso para 54 pasajeros. Unas balas. Esa mañana me acuerdo que teníamos que salir del terminal de la Avenida 28 de, era viernes y feriado largo, así que se abrió dos turnos en la mañana para retornar a Arequipa. Íbamos mi compadre Alberto Soto y yo como choferes principales y dos de recambio más el ayudante de cada bus.
Pero mi amigo estaba apurado, no me acuerdo porqué. Era raro, íbamos a salir los dos casi juntos para acompañarnos, recuerde que el viaje eran casi 16 horas en ese tiempo, así que tiempo había. Pero él no. Quería salir lo más pronto y apenas llenó el bus con sus 54 pasajeros arrancó, 10 minutos antes del horario. Yo salí a mi hora, tranquilo la verdad porque ya lo encontraría para el almuerzo, cuando pararíamos en el mismo restaurante de la carretera.
Al llegar a la zona de Asia, que por ese entonces estaba desierta, vi al bus de mi compadre ¡Se había dado unas vueltas de campana y estaba todo destrozado! Frené como pude para estacionarme a un costado y bajamos con mis dos compañeros para auxiliar a las víctimas. Me fui directo a la cabina, le cuento, pero nada pude hacer, mi amigo Alberto estaba enterrado en la arena, seguro murió asfixiado.
Quería llorar porque dejaba a cinco hijitos, todos pequeños señor, era para no creerlo, pero no me dio tiempo, teníamos que ver cuántos vivos quedaba. De otros buses también se pararon pero los policías que llegaron primero los movilizaron. ¿Sabe? No es que quiera hablar mal, pero en estas desgracias a veces sale lo peor y lo mejor de las personas. Uno de los efectivos quería llevarse a un par de heridos con su mercadería y todo a la comisaría ¿Puede creerlo?, en vez de decir que se los llevaban al hospital querían detenerlos, pero otro de uniforme se le opuso.
También de los otros buses bajaron pasajeros que recogieron los zapatos, las carteras nuevas que salieron disparados por aquí y por allá, pero otros ayudaron a sacar a los heridos y los cuerpos de los muertos. En esas estaba cuando encontré al ayudante de mi compadre, un muchachito de 17 años nomás. Ya no tenía la cabeza, lo reconocí por su ropa. El segundo chofer estaba vivo de milagro porque iba durmiendo en el almacén y en la primera vuelta no sabe cómo se abre la puerta y cayó en la arena solo con rasguños, nos contó.
Fue uno de los peores accidentes de la época. Pero no podíamos quedarnos más así que nos fuimos, pero al llegar a la zona de almuerzo, por la radio escuchamos que en total fueron 30 pasajeros fallecidos y varios heridos graves. Luego ya en Arequipa nos explicaron que al parecer la dirección fue la que se rompió y mi amigo que iba a mucha velocidad no pudo controlar el bus y se desbarrancó. Lo más duro fue a la regresada, porque justo me encontré con el bus que traía los cuerpos. Parecía un carro de esos de funeraria, todo triste y oliendo fuerte a muerto. Al entierro no pude asistir.
Con esto que le conté no le quiero decir que si iba despacio mi compadre se salvaba, allí o más allá la dirección le hubiera jugado la mala pasada, solo que a veces entre vida y vida hay 10 minutos. Yo lo despedí así como le habló ahora a usted y luego lo vi muerto a mi amigo. Creo que en esta vida estamos para algo más que solo correr y correr, si nos demoramos un poquito más con las personas de repente después no nos estaremos preguntando ¿Y si le hubiera dicho algo más? ¿Si le hubiera agradecido por eso y por lo otro? ¿No le parece? Pero ya llegamos señor, mire a tiempo justo, gracias a usted también. Oiga y ya sabe: no hay que correr, hay que vivir, ¡Hasta luego!

 

Retroceder… ¡Imposible!

 

childrenLa cosa va bien, has caminado sin encontrarte con nadie desde tu casa hasta la tienda y estás de regreso. Es un pueblo nuevo, no conoces a nadie. Los primeros días evadiste con maestría a varios posibles contrincantes y adversarios, chicos de tu edad que podrían atacarte solo por el hecho de ser tú de la sierra y ellos de la selva. Pero no ha sucedido… aún. El último tramo es una calle larga con el camino afirmado de tierra rojiza, propia de esa zona, con los árboles creciendo a los costados sin orden. Por un instante te pierdes en esa contemplación del paisaje sin mayores preocupaciones, cuando en eso lo ves: es un chico de casi tu altura que viene en dirección contraria. Pensamientos se suceden unos tras otro para descubrir la mejor manera de evadir lo inevitable. No hay calles laterales por donde doblar. Tu casa está aún lejos. No hay tiendas donde simular una compra. Ya se acerca y está justo de tu lado, viene directo, no hay escapatoria, si intentas cruzar al otro lado de la calle mostrarás cobardía y si no te pega ahora se lo dirá a sus amigos y ellos sabrán que tuviste miedo. No debes reducir tu paso, hacerlo igual demostraría temor. Debes aparentar normalidad. Mirarlo a los ojos tampoco ayuda porque estarías buscando bronca. Ya se acerca, tensa los brazos por si acaso, ya viene, unos paso más, mira para adelante, afirma el hombro ¡Eso es! El golpe es seco, ninguno se movió mucho. Los hombros se tocaron con rudeza pero nada más, sigue adelante, ni se te ocurra voltear, puedes respirar tranquilo, demostraste tu valía, no contará nada a sus amigo pero te tendrá respeto, sobreviviste un día más, infla el pecho, camina con aire de valiente, te lo mereces.

 

Creciendo con Mathias: El olor a la felicidad

el olor a la felicidad

Mi mami tiene el olor a la felicidad. Claro, dirán que yo, como un niño pequeño, no sé que es la verdadera felicidad, porque no he vivido ni he experimentado muchas cosas en mi cortita vida.

Pero, vamos a ver: ¿Qué es la felicidad?.

Unos me dirán que es comer. Claro, ustedes podrán comer muchas cosas que comprarán con sus redondos de metal y esos papeles que los vuelven locos cada fin de mes. Pero no hay nada como comer algo preparado con amor, durante la mañana, sentir los olores confundirse uno a uno en una preparación que llega calientita a la mesa, con una sonrisa que nadie la tiene, ni siquiera esos cocineros de la caja de colores que hacen nosequé plato a la nosecuán, carne alamisimisi y fua fua que no tiene el sabor que le pone mi mami a sus tallarines rojitos o a sus arroces con pedacitos de pollo.

Otros me dirán que la felicidad está en viajar por el mundo. Con mi mamí un paseo al parque es una aventura sin igual. Los árboles serán los mismos, el pasto también y hasta los mismos chicos grandes con sus aparatos de ruedas y sus cajitas de colores portátiles que los vuelven bobos. Los juegos que inventamos con mamá, nos llevan por galaxias, por valles sin descubrir, a ver grandes finales de fútbol y vivir la emoción de las carreras de carros. Cuando vamos a visitar a papá a su trabajo y hasta cuándo vamos donde los señores de blanco que tanto temo, aún allí, una salida con mamá es una aventura sin igual.

Muchos dicen a mi alrededor que la felicidad la traen los redonditos y los papeles de fin de mes, los carros y las cajas de colores modernas y grandes, los olores en botellitas caras o esos cuadrados de colores pequeños y ruidosos. De repente aún me falta crecer y comprender porqué esas cosas los hacen felices a varios de ustedes. Como dice mi tío José Alfredo, debo hacerme uno con los demás para comprenderlos, aunque no entienda bien que es eso, debe ser “tratar” de ponerme en sus zapatos y ver el mundo con sus ojos.

Pero, aún así, y aunque me digan que soy terquito y no comprendo el mundo de los adultos, no puedo dejar de creer que el tener este tiempo con mamí es el mejor que me llevaré de esta etapa de mi pequeña vida. Ese olor de sus abrazos será un bello tesoro que me sostendrá cuando me caiga, que me retornarán a una época feliz cuando me ponga triste y me darán valor para también darle esa felicidad cuando tenga una familia como la mía.

Así que, especialistas en felicidad de todo el universo, disculpen que los contradiga y que les repita que no hay mejor felicidad para mí que estar con mi mami ahora y en este momento. ¡Gracias Mami Patty por tanta alegría en mi pequeña vida!

La palabra que no existe

La mariachi en el cementerioLa cantante paseaba entre los pabellones del cementerio en pleno domingo, Día de las Madres, cuando divisó a un posible cliente.

—Señora ¿Quiere que le cante algo a su madrecita?, hoy por el Día de la Madre tengo rancheras de Juan Gabriel, o si quiere alguna de Roberto Carlos, canciones de José José, usted dígame cual le gustaba a su mamá en vida y se la canto, solo 5 soles tres canciones.

La mujer levantó la mirada y ya tenía la intención de decirle que no gracias a la mujer vestida de mariachi, cuando de algo se acordó.

—A ella le gustaba una canción, pero no me acuerdo, una de un tal Fernández…

—Ahhh de Vicente Fernández, de repente le gustaba “Estos Celos” —dijo la artista y empezó  cantar, pero fue interrumpida por la doliente.

—No, no es esa canción ni tampoco el cantante, creo que es de su hijo… sí, ahora recuerdo, Alejandro Fernández, ese es… la canción creo que era sobre la voz, no me acuerdo bien…

—¡Claro!, “Se me va la voz” es la canción señito, esa me la sé, tiene suerte porque solo yo la conozco aquí, los demás no saben de esas canciones nuevas. Oiga, pero qué moderna era su mamacita —trató de alegrar en algo a la deuda la cantante.

—No, no era mi madre.

Un nudo en la garganta se le formó a la mariachi. Un golpe de dolor le oprimió al pecho al comprender que estaba frente a una… trató de buscar en vano la palabra, aquella que no existe para nombrar a la madre que pierde a un hijo. Sin decir más, empezó a cantar.

 

Mamá… ¿Soy malo?

Bárbara y su cachorro

El niño, aprovechando un silencio prolongado en la mesa después del almuerzo preguntó:

—Mamá… ¿Soy malo?

—¿Por qué piensas eso hijo?

—Es que así lo siento, no sé, a veces pienso que por eso me porto mal y te hago renegar, que por eso no tengo amigos y nadie me quiere. A veces me siento raro, como si no encajara en ninguna parte, hablan a mí alrededor pero no los entiendo, es como si fuera distinto, todos van hacia un lado y yo voy al contrario. Siento que soy malo porque pienso cosas extrañas y tengo odio… o no sé si es odio, pero me enoja que otros puedan tener cosas que yo no, o que puedan comer cosas que no podemos… sé que el dinero nos falta y sé que debo agradecer lo que me das, pero a veces no puedo evitar sentirme así, con cólera y eso me da rabia porque me digo a mí mismo que no sentiría eso si fuera bueno, si fuera el hijo que desearías. Muchas veces quisiera irme para que no sufras viendo mis notas o las travesuras que hago, los problemas que te causo, las peleas en que me meto, pero es que a veces siento que no puedo decir las cosas o defenderme de los demás cuando me molestan o me hacen sentir mal por como soy o lo que no tengo, lo que digo y lo que no digo. Siento que soy muy malo y que por eso se fue papá…

—Mi pequeño nunca pienses eso, tú no eres malo. Lo que sientes no puedes evitarlo no porque tengas odio en tu corazón, sino porque anhelas cosas. Pero no es malo anhelar algo mejor, solo que debes pensar que ahora, de repente, no tenemos la posibilidad, pero después, si te esfuerzas, las tendrás. Pero eso no será importante si lo que nos falta es cariño entre nosotros, podríamos tener mucho dinero y comprar muchas cosas, pero, ¿imagínate si no hay amor? de nada valdría.

No eres malo al querer que los demás te quieran, te acepten, encajar, pero a veces las personas no nos conocen para saber lo maravillosos que somos, no hay que desesperarse, hay que también tratar de entenderlos, pero no enojarse porque no nos comprenden, sino mostrarnos cual somos y no sentir vergüenza, eso hará que los demás se contagien de nuestra alegría de aceptarnos y nos querrán… ¿y si no lo hacen? puedes preguntarte… pues se lo pierden, siempre habrá gente que apreciará tu esfuerzo.

Yo sufro cuando no puedes lograr tus metas, pero no por eso quisiera cambiarte por otro, al contrario, sufro porque soy tu madre y es inevitable sentirme así, por eso también te exijo y te riño cuando te portas mal, aunque me duela por dentro tengo que hacerlo porque eso es el amor, por eso te repito siempre que no debes ser deshonesto, que debes ser responsable y obediente, no porque quiera aprisionarte sino porque, al contrario, quiero que seas libre y una persona está sin cadenas cuando sus acciones nunca impiden que avance. El querer lo mejor para el otro es la mejor manifestación del cariño.

Es bueno que me digas esas cosas para yo saberlo y explicarte que papá no se fue porque seas malo o tengas algún defecto. Se fue porque decidió que no podía estar con nosotros y acompañarnos en nuestra aventura. Cada uno toma sus determinaciones libremente, nos puede haber causado mucho dolor, pero no nos define como personas, hijo mío. No hay nada malo en ti o en mí que justifique su ida, pero tampoco hay que tener rencor por lo que hizo, hay que aprender a querer a los que tenemos cerca porque no sabemos cuándo se irán y perdonar a los que nos causaron dolor porque nos ayuda a ser mejores personas.

Tú no eres malo, eres mi hijo, el más preciado tesoro que tengo y sé que con empeño lograrás ser quien quieras ser, pero en especial una mejor persona. Ahora ve a hacer tus tareas y luego puedes ir a jugar.

—¡Gracias mamita! ¿me das un beso?

—Claro que sí, te doy mil.

¡Hasta luego amiga!

mano adios

Yo no sabía que se iba una gran amiga de mi familia. Me tomó por sorpresa la noticia. Deben saber que para un niño como yo de casi TRES años, pues hacer amistades es importante, no a cualquiera se le regala una gran sonrisa o un abrazo, no señor.

Para hacerme amigo de Regina, pasó un buen tiempo. Ella me conoció desde la pancita de mamá, es más, ella conoció a mi Papá mucho mucho tiempo atrás, algo así como cuatro años antes que yo naciera, para mí eso es un montón de días y semanas y meses que ya me cansé de imaginar cuanto es, jejejeje.

Para cuando yo nací ella estuvo allí. Preguntando y escuchando con el tiempo quería saber qué era ella, es decir, a mi alrededor había familia como tíos, abuelitos, primos y amigos, pero sentía que ella era algo especial.

Mi Papá y mi Mamá, algunas veces, me llevaban a visitarla y era divertido, porque ella tenía unos libros muy ordenaditos que me dejaba apilar en una torre grande, claro, luego mi Papá tenía que volverlos a poner a su lugar pero me daba el gusto y ella me sonreía todo el tiempo, así que supongo no se molestaba, aún cuando también dejaba el piso lleno de migajas de galleta.

Recuerdo también que en algunas ocasiones mis papás me llevaban a lugares donde mucha gente se reunía para escuchar a otros contar “experiencias”. Cuando hablaba mi amiga Regina me gustaba alcanzarla y que me cargara y que me diera el micrófono para poder hablar. No sé porque mi papá siempre llegaba para separarme y llevarme a pasear, cuando lo que yo quería es decirles a todos que escucharan a Regina porque lo que decía era importante y que prestaran atención y que no se distrajeran con cualquier cosa, eso quería decirles pero a veces mi Papi es pues inoportuno.

Y es que mi amiga cuando decía algo siempre eran cosas buenas, como eso de amar a todos por igual o de respetar las opiniones de los demás. Como yo crezco muy rápido, con el tiempo comprendía esas cosas, además yo trataba de ponerlas en práctica.

Pero, un día, me dijeron que mi amiga partía a una nueva aventura, en otra ciudad. Me puse algo triste porque me dijeron que ya no la vería por un tiempo más. Ella es una experta en el arte de amar y yo quería aprender más con su compañía. Pero también me contaron que vendría una amiga nueva, con quién compartir también esas sonrisas que me encantan me ofrezcan las personas.

Se deben sorprender que un niño pequeño como yo comprenda lo que es una despedida y no llore o haga berrinche, pero, como dice mi Papá, en esta vida no podemos andar aferrándonos a las personas como si fueran de nuestra propiedad, como un juguete, sino que debemos quererlas mucho el tiempo que están con nosotros. Por eso no me pongo triste sino que le digo a mi amiga Regina: ¡Hasta luego! Porque sé que nos volveremos a encontrar y seguir siendo tan buenos amigos como siempre.

Los huecos en el balcón

balcón Alca

El bebé tendría nueves meses y gateaba que daba gusto. La casa era de un solo cuarto grande en el primer piso, el cual fuera una tienda en tiempos idos y ahora alojaba a la familia de la nueva obstetra del pueblo. El segundo piso no servía para habitarse y solo se usaba como almacén de maíz, para secarlo extendido. Las gradas de piedra y adobe que conducían a ese recinto sin puerta eran la delicia del pequeño y se ubicaban en el patio interior. Su papá, su mamá y su hermano mayor de ocho años lo sabían y evitaban de mil maneras que sus manitas agarraran el primer escalón, ya que a velocidades de ternura subía las gradas y podría desbarrancarse en alguna oportunidad.

La vida es apacible en un pueblo donde la existencia se detiene en la modorra de la mañana y parte de la tarde. No ofrece mayores riesgos para los adultos, salvo las fiestas patronales y alguna que otra trifulca con los caballos tercos, los toros de lidia, el arado que no avanza, los amores de tarde en la plaza o alguna molestia estomacal que los llevara de urgencias a la posta. Mientras no pasara nada de eso todo era consumir lentamente los minutos al son del vuelo de los moscardones y su taladrar constante de cualquier objeto hecho con madera, en especial techos, vigas y parantes.

Esa lentitud de vida está bien para los grandes, pero para un bebé ansioso de explorar su mundo no es así. Pero ese día está durmiendo a la una de la tarde, luego de tomar leche, para alivio de la madre que tiene que ir al trabajo en el centro de salud  y que lo arropa y sella todo atisbo de luz solar entrante mediante periódicos, mantas y demás bloqueadores para crear la artificial obscuridad en el cuarto. Dentro de diez minutos llegará del colegio el otro hijo y cuidará al pequeño, por la tarde arribará en la combi el padre y ella llegará por la noche, así es la rutina diaria.

Un zumbido despierta al pequeño.

La puerta al patio interior (y a las escaleras) no estaba bien trancada.

A un costado de la casa está la comisaría y allí descansa el teniente Fernández. No hay mucho que hacer ese día así que reposa de la guardia de la noche. Una voz se cuela entre la pesadez del calor y llega a sus oídos somnolientos. Trata de no hacerle caso pero instintivamente se para y sale a la puerta principal.

Al llegar tarda un instante en acostumbrar los ojos a la brillantez del día y mira asombrado la escena que se le presenta.

Allí, a menos de un salto esta un pequeño de ocho años, el hijo de la nueva obstetra, con los brazos en alto dirigidos hacia el balcón de la casa.

—¡Manito no te sueltes manito! —es el ruego que hace.

El efectivo eleva la mirada un poco y ve al bebé colgando del balcón, sus manos están agarradas increíblemente soportando todo su peso.

El instinto lo hace moverse.

Los dedos del pequeño no aguantan más y cae en medio del grito de su hermano, el cual se siente empujado a un costado por una fuerza irresistible.

El teniente logra atrapar al bebé justo en la caída y lo abraza. El otro niño se levanta raudamente del suelo y estrecha con sus bracitos al policía.

Por la noche, al calor de un pisquito y gaseosa, un caldo de gallina y muchas risas, se cuenta una y otra vez la anécdota. El bebé duerme plácidamente en su camita, soñando nuevamente en remontar las escaleras y alcanzar por fin a ese animal misterioso que entra y sale de los huecos de las maderas del balcón.

Paloma

enamorando

Después de un drama familiar, llegué con mi madre a Villa Rica, pueblo cafatalero ubicado en el centro del país, en plena ceja de selva de Pasco. Ella hacía su SERUMS, su servicio rural antes de optar por el título profesional de obstetra. No haré largo el tema, pero debo confesar que fue uno de los años más maravillosos que pasé en compañía de mi progenitora.

En fin, que puedo decir, era un arequipeñito suelto en plaza, es decir un personaje que inmediatamente y sin querer concitó algunos intereses. En ese tiempo aún quedaban los restos de mi introspectiva forma de ser. Poco a poco, a punta del ambiente alegre de la zona, mi hosca actitud cambió. A los 11 años se es buen tiempo para abrirse a los demás.

La doctora y la odontóloga del Centro de Salud del entonces IPSS, vivían en una casa multicuartos de madera, vecina a un aserradero, cuyos dueños eran también los responsables de 6 niñas de diferentes edades, las cuales inmediatamente a pocos días de mi llegada y conocimiento, me acogieron en sus juegos. Una de esas bulliciosas chicas se llamaba Paloma. Su historia de abandono de padres y rebeldía la fui conociendo poco a poco y, claro, se convirtió en mi amor cuasi púber, en esa ilusión que te carcome el estómago y te hace hacer y decir sonseras frente a ella o tratar de lucirte sin sentido.

No podía saber si ella correspondía a mis sentimientos, era un cercado de alambres su genio, a veces explosiva, a veces dulce, a veces callada, a veces triste y siempre en actitud desafiante. Me la imaginaba como solo un niño de amor puro puede, recuerden, así, con esos pensamientos en los que el beso era la cúspide de todo anhelo, pasear de la mano era algo que cosquilleaba y escribir cartas que luego se rompían inmediatamente, era la práctica usual.

Para finales de diciembre, las amenazas de terroristas en contra de mi madre, en busca de que proporcione medicinas, eran ya de marca mayor y ante la insinuación de que se las cobrarían conmigo sino entregaba los suministros, hizo que los planes para mi salida fueran de urgencia. Ya no podía salir solo a la calle y ni pensar en visitar a mi amiga. El último día, a pocas horas de viajar, me llegó una carta, conteniendo varias minicartas, pedazos cortados de papel de block escolar, pintadas con colores, con frases sencillas: te quieros, te extrañarés, adioses esperanzadores, pululaban. La carta central, hablaba de bellas cosas, sí, cursis, ¿Qué pueden esperar de niños de once?.

Quisiera contarles que me arriesgué a salir sin compañía a encontrarme con ella y regalarnos ese primer beso… pero no fue así, alcancé a escribirle una carta también confesándole mi amor escondido durante meses y luego viajar, triste, pero a la vez contento, contradictorios sentimientos que uno atesora en el corazón y que luego, al evocarlos como ahora, arrancan una sonrisa traviesa.

Las alas

VOLADORA

Era una bicicleta Goliat serie Bronco, de segunda generación en montañeras, con 18 cambios, cachos y suspensión delantera. Lo más bello era que estaba pintada de blanco en fondo, con grafitis en líneas aleatorias de colores fosforescentes, pero de aquellos chéveres, no verdes ni amarillos, sino violetas, fucsias, rojos… Sin pensarlo le puse de nombre “La Paloma”.

Volaba en el asfalto como una bala y los cambios funcionaban cual máquina inglesa. Podía hacer 25 minutos a toda carrera de Mariano Melgar hasta Huaranguillo, es decir de punta a punta de la ciudad. Esa época fue escandalosamente  superior… como explicarlo… 15 años tenía yo, en plena forma que dan las hormonas naturales de crecimiento, con amigos en todas partes y con una súper bicicleta… ¿Se podía pedir más?.

En una ocasión, bajando a toda velo la avenida Lima, una camioneta me agarró la llanta posterior, salí disparado, pero la saqué barata, dos rasmilladas y la conmoción, pero La Paloma… indemne, la llanta soportó el impacto y una rayadura sin mucha consideración le hizo como un galón al esfuerzo.

No pasó ni dos meses desde el último pago de las mensualidades, cuando me la robaron del mismo interior de la casa… Los sentimientos encontrados de frustración e ira no se me calmaron en meses. Ahora que lo pienso, por esa razón dejé a mis amigos de Huaranguillo, ya no había motivación para ir en bus, el ejercicio dejó de interesarme, pasó años antes que me animara a comprar algo de tanta inversión, la confianza en los inquilinos se desvaneció, de bicicletas nunca más se habló…

Pero aún tengo el recuerdo de ser el dueño del viento, de volar en el asfalto, de sentir la libertad, en especial, bajando con los brazos extendidos por toda la avenida Sepúlveda… extraño esa sensación y si cierro los ojos, aún puedo imaginarme surcando el universo en mi poderosa nave adolescente…

Palomar

palomar

Fue una tarde en Lima, en la casa de mi tío Pepe. La construcción era un monstruo de cuatro pisos que se elevaba por encima de los caserones vecinos, con sólo el primer piso estucado y pintado de un verde provinciano; lo demás con el ladrillo rojo, desafiante. En el cuarto piso estaba el Palomar, en el tercero estaba la mini fábrica de repuestos de escobillones de fibra, el segundo habitaciones y en el primero la cocina, la sala comedor, el baño con la única ducha y el cuartito donde dormía como invitado.

Llegado a pasar un verano allí, no conocía las reglas del lugar y nadie me las explicó. A punta de curiosidad examinaba cada tarde los vericuetos del inmenso castillo, a medida que mis primos me lo permitían. La primera noche, recuerdo, mi prima Eli me llevó a comprar una delicia de veinte centavos: tripitas con tostado. Eran un potaje de tubitos crocantes mezclados con maíces dorados en una pizca de aceite. Los intestinos de los pollos eran la clave de ese manjar de niños de barrio, en una época en que las papas fritas aún no se masificaban.

Una tarde, en que todos dormían bajo el sopor pegajoso de la capital, me aventuré hasta el cuarto piso, sacrosanto lugar donde habitaba Nerón, el perro familiar, que a punta de confianzudas mañas, logré me aceptara sin pelar sus dientes de doberman.

Mientras subía, encontré en una de las ventanas laterales de las escaleras, a una paloma acurrucada… La primera impresión era que estaba perdida, pero recordé que arriba estaba el criadero de mis primos. No sabiendo que más hacer, la cogí con ambas manos y la lancé por la ventana. La pobre aleteó un poco y se me perdió de la vista en su intento de frenar su caída.

Abrumado por el miedo, bajé las escaleras y me escondí en el ruido tranquilizador del televisor de la sala. A la mañana siguiente, en el desayuno, mi primo Wilmar preguntó por la paloma herida, aquella que estaba en recuperación, ya que al parecer había escapado de su jaula.

No pude aguantar y, en medio de lágrimas de nueve años, conté lo ocurrido. Miradas de compasión me salvaron de una reñida y el vozarrón de mi tío diciéndome ¡Loquito sonso no te preocupes!, me devolvieron algo de paz.

Casi toda la familia salió en busca de la perdida alada. Se preguntó en casas vecinas, en canchones y hasta en manzanas anexas. Nada. A la tarde ya estaba echada la suerte sobre mi conciencia y la tristeza invadía el hogar. Al atardecer mi prima Eli salió conmigo a la vuelta a la manzana diaria. Saqué de mis bolsillos una de las monedas que me diera mi mamá “porsiacaso”, y le dije si quería comprar una porción de tripitas… me miró indeciblemente y suspirando me confesó que temía que en la porción que nos dieran estuvieran los restos de la enferma que lancé al vacío. El silencio nos acompañó durante el corto paseo de ese día.

(Relato contenido en el Libro Palomas de difusión gratuita)

Frazadazo

violacion

Cuando le dictaminaron nueve meses de prisión preventiva en el Penal de Socabaya, sintió que todo se le derrumbaba. Regresaría al lugar de donde salió el 2005. Por reincidente lo pondrían en el Pabellón D.

Durante todo el día sufrió un colapso estomacal que lo llevó a estar pegado a la letrina del baño comunitario. Un frío terror lo invadía.

No le dieron un catre, solo un colchón por el que pagó 20 soles y una frazada sucia y maloliente.

—Primero pagarás piso niña antes de tener tu catre —dijeron varios de los reclusos.

No tenía pinta de infante, al contrario, aparentaba los 43 años que cumplió hace poco. Su rostro cetrino con marcadas arrugas, presenta una nariz abultada, labios caídos, hasta lascivos se diría, barba y bigotes ralos casi inexistentes. Las manos son algo rugosas, propias de un taxista como él. Los ojos apagados por sus cejas pobladas.

La primera noche sufre de sobresaltos continuos, esperando que lleguen los demás para ultrajarlo.

Sabía que lo harían en algún momento. Porque él lo había hecho ya.

Claro, no había abusado de algún reo. No. Había cometido sus crímenes contra adolescentes desprevenidos, esos que en afán de paseo o de encontrar un lugar donde besarse y acariciarse, bajaban al sector de Chilina, en el río de la ciudad. Un lugar con “chacras”, árboles, full naturaleza que invitaba a paseos largos y románticos, a aventuras de campamento rápido. Era de tradición adolescente el paseo a ese sector, en grupos, llevando algún plato preparado y gaseosa, hasta un “trago” de repente. Los días especiales eran los feriados, los fines de semana. A esos grupos los esquivaba él y sus compinches. Eran demasiados.

En cambio las parejitas fueron su especialidad. Con paciencia gatuna, mientras tomaban un combinado de pisco y gaseosa, aguardaban entre los arbustos, “chequeando” el vallecito. Cuando detectaban a los infortunados, los seguían cual pumas, para sorprenderlos, golpearlos, robarles sus pertenencias, amarrarlos y luego abusar repetidas veces de las casi niñas en su mayoría. La mano encima de la boca, los insultos gruesos, las amenazas de muerte, todo lo que significaba sentirse poderoso, invencible, dueño de la vida y de la muerte de sus víctimas.

Pero ahora, tirado en la esquina del pabellón de alta peligrosidad, no se sentía poderoso. Orando trataba de menguar en algo el miedo que lo sacudía, intentando la compasión de cualquiera que oyera sus rezos apagados. Sus lágrimas que desbordaban eran seguidas de pequeños gemidos. La tormenta en su cabeza se alteraba e incrementaba con algún ruido, un rechinido de catre, o un ronquido fuerte. Así transcurrieron las horas.

Ya pasadas las tres de la madrugada, se tranquilizó algo. Pensó que adentrada la madrugada no le harían nada y no se atreverían a tocarlo de día. Suficiente tiempo para que su compadre le trajera el dinero para aplacar el castigo de bienvenida que en la cárcel aplican a los violadores como él, denominado “frazadazo”. Le pidieron mil soles para que lo protegieran, solo si lograba salir indemne de la primera noche. Pensando eso descansó los ojos, relajó el cuerpo, se acomodó en el colchón casi plano por su peso y trató de dormir.

No sintió en que momento lo voltearon boca abajo y le pusieron ese trapo asqueroso entre los dientes, solo sintió que la frazada que antes lo cobijaba ahora estaba apretándolo contra el colchón. El peso de varios cuerpos lo tenía sólidamente quieto. El terror lo invadió, quería que alguien hablara, que dijeran que solo era para meterle miedo para que pague más dinero, intentó suplicar pero el trapo estaba bien metido. Nadie hablaba, eran sistemáticos, como si ya lo tuvieran todo calculado.

Un dolor indescriptible lo asaltó de pronto y continuó durante muchos y largos minutos, creciendo a cada instante, llenado todo su ser.

A las cinco de la madrugada, cuando el sol ya clareaba, los guardias lo arrastraron a las duchas para que se lavara la sangre y otros líquidos que lo cubrían.

Entre los segundos

pistola

El niño está encerrado en su cuarto. Allí, acurrucado contra la pared, un sudor frío le baja por la espalda. El niño siente el peso insoportable del arma que sostiene con las dos manos, mientras, murmura una oración sobre un ángel de la guardia y su dulce compañía. El fierro es una automática calibre 38.

No puede evitar el temblor en los dedos, por lo que se aferra con más fuerza a la pistola. La agarra como lo haría con una raqueta de frontón, o un helado, o un mando de videojuego. Por una milésima de segundo piensa en arrojarla y dejar que lo maten, pero entonces recuerda que abajo, en el primer piso de la casa, están los cuerpos acribillados de sus padres y de su hermano mayor. De toda su familia.

Y es que cuando empezaron los disparos —hace siglos, hace unos segundos tal vez— bajó las escaleras, asustado por el barullo de guerra. A la mitad se detuvo, justo a tiempo para ver como el cuerpo de su hermano, el Chirolo, se convertía en un amasijo de carne informe a consecuencia de la certera lluvia de balas que entró por la ventana y lo arrojó contra los muebles de la sala. El tiempo pareció detenerse, o, en todo caso, hacerse más oleoso, casi estático, lo suficiente como para contemplar a sus padres, mirar su desesperación indescriptible al ver el pecho abierto y expuesto de su hijo mayor de 16 años cumplidos. Logró atisbar como sus progenitores se descuidaban en el acto reflejo de tratar de alcanzar al vástago en la caída, solo para recibir ellos también una ola de impactos. Todo ocurrió en esa infinitesimal duda que les hizo desatender las ventanas por donde los tiradores asesinos pudieron acertarles en las cabezas, en los hombros y finalmente en las espaldas descubiertas con el asombro cortado a tajo.

El niño vio todo a sus 11 años de inocencia de barrio. En el vacío inmenso que siguió, comprendió que sus familiares no se moverían más, no lo abrazarían, ni lo acariciarían, ni aún lo regañarían o corregirían. Se hallaba solo en el mundo a partir de ese momento fugaz en que un instinto oculto en sus entrañas le hizo desatender físicamente el cuadro de sangre y vísceras para entrar a la carrera en el cuarto de sus padres y sacar debajo del colchón el arma con la que ahora apuntaba trémulamente hacia la puerta de su dormitorio.

Sentía el peligro en sus venas, palpitando en un tuntún vicioso, uniforme, que le llevaba la certeza a su corazón de que allí estaban por entrar los que destrozaron su vida. Estaba completamente lúcido, tanto así que, a pesar del miedo que lo carcomía, sintió la furia animal de los pasos de esos desgraciados subiendo las escaleras.

Los segundos pasan lentamente y entre ellos se puede percibir el polvo estático del tiempo que no se apresura en la oscuridad del cuarto del niño. No se ve casi nada, pero si se presta un poco de atención, el golpeteo de un corazón se percibe como un diapasón in crescendo. Si estuviera prendida la luz del ahorro, o el poderoso sol entrara por las ventanas ahora cerradas, se verían estantes de madera empotrados en las paredes. En medio de sus vacíos utilitarios se encontrarían juguetes mezclados con plumones de colores. Los libros de cuentos llamarían la atención por lo usados, los álbumes de figuritas deportivas también saltarían a la vista, confundiéndose con los libros de texto escolares. Paseando la vista por entre los muebles, se hallarían varios polos del Melgar, dispersos entre la confusión de medias y chimpunes. Sin mucha atención se observaría el póster gigantesco de Paolo Guerrero, sonriéndole a su hincha privado. Con algo de atención clínica, se hallaría escondida, en la mesa de trabajo, entre notas y papeles de colores rasgados, una tarjeta de felicitación por el día de la madre, hecho con crayones y letras de molde. Es tan mayo que duele respirar.

La realidad se transforma en una foto tridimensional donde el principal fondo es el niño sosteniendo el arma de la seguridad. No logra entender porqué siente esa sensación de protección, pero la acoge con la incertidumbre de que valga de algo por favor, ya que siente los pasos llegando, las voces en susurros estentóreos dirigiendo y buscando en los demás dormitorios. Lo que ignora es que esas voces, tan entrenadas en el hablar sigiloso, son de agentes policiales. Esos tombos mataron a sus padres y a su hermano por algo tan ilusorio como es el dinero. Dinero que es la principal causa por la que se arriesgaron a entrar a mansalva y plomo a ese “hueco”. Lo que también ignora el niño, es que el que va a entrar a su cuarto es el sargento Minaya.

En la cara del enjuto y barbudo sargento, se pueden adivinar las preocupaciones mundanas de su actuar. Con algo de atención en las ropas puestas y previamente planchadas, se deduce que es un hombre de familia, o, en todo caso, que tiene una esposa que cuida de su limpieza básica. Lo que sería más obvio es que esa limpieza también trata de borrar de la ropa el aroma de otra mujer, la cual comparte con su consorte el renegar constante del genio irresoluto de Minaya, que nunca se decidirá en qué cama quedarse y que, mientras tanto, tiene que ocuparse económicamente de ambas. Esas son las mayores preocupaciones suyas en ese momento: cuánto dinero sacará de la jugada y para qué cosas principalmente derivar el pago. Suda frío, pero está seguro de su capacidad. Suda tanto como el niño con el que se encontrará dentro de un momento.

Pero aún ninguno de los dos se conoce. No saben que ambos están armados y que se apuntarán con sus armas. Lo que sí saben ambos es que la muerte entró en esa casa. Por una parte el niño cree que es por una injusticia increíble, ya que está más que seguro que su familia no hizo nada malo. Para Minaya, lo malo que hizo la familia que acaba de destrozar, no tiene mayor interés. Los padres del infantes sí desconfiaban de la maldad del mundo, en especial de los “rayas” y de los otros traficantes de la zona. Por eso a través de los años montaron un negocio de distribución de cocaína muy privado. Tanta era su desconfianza, que el dinero de las transacciones no lo dividían en partes y puntos, sino que lo guardaban en casa. Los policías de la zona supieron de una fuerte movida de 75 mil soles de la última semana. Suficiente para convencer de dar el golpe a 7 policías corruptos.

En el lapso de patear la puerta de la habitación del niño, uno puede imaginar que las cosas no tendrían que ser así. En otra situación el niño estaría caminando hacia la escuela comiendo sus lentejas de chocolate. Al llegar a la avenida Aviación, se detendría y saludaría al sargento Minaya, el cual lo ayudaría a cruzar la vía de alta velocidad. Al despedirse del niño, el agente recibiría unos cuantos dulces en la mano que comería con deleite travieso. En otra situación el niño no estaría apuntando su arma a la cara del sorprendido policía, quién a su vez también le apunta con la suya.

Mientras el gatillo es accionado y la bala busca su destino, los ojos del niño miraron fijamente a los del policía. Ellos preguntaron: ¿POR QUÉ? En esos ojos se vería, robando tiempo al poco tiempo que transcurre, toda la gama de acciones de venta de droga, de matanzas sin razón. De violencia respondida y revertida, de mujeres que sufren en un rincón, de adictos sin nombre perdidos en hospitales psiquiátricos, de zonas rojas sin justicia y de justicia sin razones. El niño formula todo un mundo de preguntas en el intersticio de los segundos mientras la Muerte baila a su alrededor. Pero no morirá ese día. Y es que los ojos del sargento miraron fijamente a ese niño que se parece tanto a uno de sus hijos, se parece tanto al Manolo, pensó. La vida se jugó en ese instante y quién dudó, perdió. Eso lo comprendió Minaya mientras sentía como la bala le iba atravesando la cabeza de lado a lado.

Después de caer el cuerpo del agente en el piso de la habitación, llegó a la realidad del silencio, la alarma intensa de las patrullas a todo sonar que se acercaban. Los vecinos temerosos alertaron a otros policías. Los compañeros del caído escaparon con el botín. Las calles eran de su conocimiento así que el distrito se los tragó en minutos.

El niño no lloraba. Las fuerzas lo acompañaron hasta dejar la pistola en el suelo. Luego de eso las preguntas se fueron disipando mientras llega a su corazón ese sentimiento contenido por el miedo que lo acompañará por minutos, horas, días, meses y años: la soledad.

¡A mi hermanita no la tocas!

Foto: Miguel Mejía Castro

Foto: Miguel Mejía Castro

—¡Hola!

—Hola pequeño, bienvenido.

—Ummmh no estoy seguro, pero quisiera saber si mi hermanita está bien, no la veo por ninguna parte aquí arriba.

—No te preocupes, gracias a ti a tu hermanita no le pasó nada.

—Ahhh bueno… ummmhhh.

—¿Quieres saber que te pasó a ti?

—Sí, es que siento que no la volveré a ver a ella ni a mis papás, siento mucha tristeza, pero también no sé, como que estoy tranquilo, pero confundido igual.

—Y no es para menos, gracias a que golpeaste fuerte con ese ladrillo al que intentó violar a tu hermana este no consiguió lo que quería. El sujeto luego te golpeó muy fuerte y no sobreviviste. Al verte caído el delincuente escapó, pero lo atraparon después y tú viniste aquí para estar feliz esperando hasta que lleguen los que te quieren.

—Bueno eso creo que es lo importante, que ella esté bien, por mis papás… bueno… no sé… supongo entenderán… yo no quise dejarlos… yo… yo…

— Ven, ven aquí pequeño, no te preocupes si quieres llora todo lo que quieras, los héroes también tienen derecho a llorar.

Líbrame de mis cadenas

pajaro

Inmediatamente sintió como sus manos cambiaban. Sus dedos que antes rozaban sus lágrimas se iban llenando de plumones, pequeños cañones de los cuales salían hilos que se emparejaban ante un centro como de caña hueca. Su piel se erosionaba ante el ímpetu de la transformación y el crecimiento de esos cañones. Sus huesos se aligeraban, se sentía menos pesado pero más conciso. Sus ojos perdían pestañas y las cejas se volvían una nada. Su rostro se adelantaba teniendo una estructura más ósea en vez de nariz.

Segundos antes la muerte era su destino, lanzado contra el vacío del abismo de la calle por ese hombre que nunca le dijo “hijo”. Ahora, en un incomprensible estado, el tiempo detenido, su cuerpo que lentamente caía, cambiaba. Él cambiaba.

Finalmente, transformado en algo incomprensible pero cercano, lanzó un graznido que traspasó el infinito y se echó a aletear con un conocimiento innato, como si siempre hubiera sabido que su progenitor terminaría por echarlo por esa ventana algún día y que su pedido de ser libre sería cumplido.

Una sombra alada surca la ciudad en busca de aquello que nunca encontró entre los hombres y que espera hallar en la plenitud de la libertad de los cielos.

Esa alegría…

TunasPreocupado de que su padre vaya cada domingo por la mañana hasta un lejano tunal, el hijo mayor le dijo:

—Papá, mira, en la semana vamos a comprar las cosas en el mercado de la ciudad, te vamos a traer tunas ya sin quepos y hasta peladas ya venden. No quiero que te pase algo por andariego.

—Muy agradecido hijo, pero te digo que hay cosas que no puede comprar el dinero, como el “tac” cuando logro arrancar una tuna gorda con mi kallana, o el “ras ras” del ramo de alfalfa que uso para sacarle los quepos, o la mirada de gusto que ponen tus hijos, la Micaelita y el Humbertito, cuando les abro una colorada bien jugosa. Por favor ¡Déjame seguir haciéndolo!, no tengo ya muchas cosas que hacer a mis años y si me quitas eso me sentiré más inútil.

Las tunas de esa mata lejana fueron el postre de los domingos en esa casa por varios años más.

 

La promesa

Atardecer en Arequipa

—Abue ¿Porqué el sol se oculta?

—Para recordarnos hijito que todo tiene un final y que debemos vivir intensamente cada momento, pero también nos recuerda que, a pesar que va oscureciendo, existe la promesa de que habrá siempre un nuevo día para intentar salir adelante.

—Abue… sabes muchas cosas ¿Porqué?

—He vivido muchos atardeceres hijito, debe ser por eso, ahora corre a jugar mientras hay luz.

Mi Madre Coraje

hilaria y lilianaDedicado a mi abuelita Hilaria y a mi mamá Liliana

Mi madre me tuvo a los 42 años. Fui su última hija. También la que se quedó hasta el último con ella, la que le cerró los ojos luego que perdiéramos la batalla contra el cáncer. Al final ella ganó, se fue y me dejó, no esperó. Como siempre su carácter se impuso, ese rasgo por el cual muchos la recuerdan.

Pero ese carácter se le formó antes que naciera yo.

A la ciudad llegó muy jovencita, una chiquilla, a trabajar en casa de unos señores del pueblo con gran apellido. El señorito de la mansión se encaprichó con ella y finalmente se casó. Tuvieron dos hijos, mis hermanos mayores, los cuales recibieron seguro mucho del cariño que supongo tuvo en esos primeros años como madre joven.

Pero esa alegría se le acababa a punta de maltratos y carencias. Allí, en medio de la falsa ilusión del “qué dirán” que impedía pedir a los demás alguna ayuda, aprendió a ahorrar las pesetas de la limosna que le daba ese marido señorial y abusivo. Guardaba esas monedas en una tetera que nunca se usaba por lo cara. Cuando las relaciones se resquebrajaron hasta llegar el golpe fatídico, había logrado ahorrar lo suficiente para regresarse al pueblo que la vio nacer, allá en ese valle interandino.

Cachana es un pueblo agrícola como cualquier otro. Allí se estableció con sus dos hijos y la mirada maledicente de los vecinos que no perdonaban que una madre soltera crezca y aún peor: sea una comerciante de tienda de abarrotes.

Mi madre solo estudió hasta tercero de primaria, lo suficiente para leer y escribir. Tenía una letra preciosista, que modelaba con delicadeza de quién no quiere equivocarse. Leía también lento, comprendiendo las palabras. Uno de sus libros favoritos era una edición sencilla de “Las mil y una noche”, cuyas historias le repitió a mi hijo y lo sucumbió a la fantasía de otros lugares, extraños y más felices. Pero eso da para otra historia.

Supongo que esas lecturas que acometía en las horas muertas del negocio, le formaron esa frase contundente suya, la que esgrimía mordiendo los dientes y apretando el orgullo cuando alguno la rebajaba por su humilde condición. “Algún día saldremos adelante”, nos decía. Una fuerza inconcebible la animaba a realizar distintas tareas para lograr ese objetivo. Si lo piensas bien, es algo irreal, ilógico, no existe ese “adelante” que puedas tocar, porque siempre estará allí, es decir a pocos paso de ti si te esfuerzas, pero irremediablemente sin poder tocarlo.

Ya para cuando envió a los dos primeros hijos a los colegios superiores en Arequipa y Lima, el pueblo le estaba quedando chico. Ella estaba acostumbrada al trabajo y allí se aburría. Como en todo pueblo agrícola, la vida transcurre en gran parte de la mañana entre levantarse temprano para las labores del campo, almorzar al lado de alguna acequia refrescante y volver por la tarde a las casas o del pueblo grande, para aquellos que bajaban a trabajar entres sus pocos negocios y oficinas.

Entonces acomete una nueva empresa: tendría su tienda en Cotahuasi, el pueblo más grande. Aún con la desconfianza propia del machismo, encontró un local en plena plaza, perteneciente a los Pérez. Allí, a punta de viajes de ocho días hasta la capital del departamento, en tren de mulas de arrieros, conseguía abastecerse de productos, en competencia a los grandes almacenes del pueblo. Su potencia ahorradora hacía que pudiera rebajar unas pesetas los precios de los productos. Eso le ganaba enemistades entre los pudientes y cercanía con los que menos tenía. No era una Robin Hood, cobraba con exactitud milimétrica a los deudores cada mes, pero cualquiera sabía que la Señora Hilaria podía fiarles, aun dejando alguna pieza de valor que era devuelta con prontitud una vez cancelada la deuda.

El viajar cada tres meses en un viaje que duraba casi veinte días no era unas vacaciones. Creo que eso también le agrió en algo el genio a mi madre. Para el año en que nací: 1962, las cosas había mejorado, ya había camioncitos que llegaban al pueblo trayendo mercadería y nos habíamos pasado a una tienda de los Aranzamendi.

Sobre cómo mi padre logró conquistar a mi madre no sé mucho, por allí una vez le contó a mi esposo que la venía a visitar desde Tomepampa montado en su caballo y que subido en el animal se veía imponente. La relación ciertamente entre ellos tampoco duró, en especial porque mi papá sufría de un problema mental que se intensificó con los años y lo llevó a la bancarrota. Mi madre fue siempre cuidadosa en ese sentido y nunca puso nada a nombre de él, trato que al final significaron que el patrimonio que ella consiguió fuera solo de nosotros, sus hijos. Y es que mi padre tenía una mala costumbre de arrieros: un vástago en cada pueblo.

Ella lloraba algunas noches su mala suerte, pero al día siguiente nos levantaba para que fuéramos al colegio con la frente en alto, sin avergonzarnos de nada ni de nadie de nuestra familia. Yo en verdad no sentía rechazo de algún vecino, pero a medida que pasaban los años, descubría las miradas de conmiseración para con mi madre y para nosotros, como si tuviéramos algo malo por lo cual sentirnos pena.

Pero ella no se amilanaba, rumiaba su cólera en silencio y esperaba pacientemente la oportunidad de “salir adelante”. Esta llegó cuando un amigo cercano le dijo que los Morriberón querían irse a vivir definitivamente a Lima y venderían sus propiedades, en especial una casa de dos pisos, pequeña, que estaba en plena plaza, con una tienda en el primer piso. Sin pensarlo dos veces nos dejó encargados con la esposa de uno de sus hermanos y viajó a las carreras a Arequipa, llevando bizcochuelos, caña, alfajores, chancaca, manjar entre otras delicadezas. Las negociaciones fueron intensas, al final los papeles y una deuda de 50 mil soles, hicieron que se volviera en una propietaria.

La felicidad es un minúsculo lunar en una vida intensa de trabajo. Ella regresó alegre, feliz, con la frente orgullosa, con los brazos abiertos para mí y mi hermano, para almorzar juntos con una sola mesa y tres sillas en la nueva tienda. ¿Ella vislumbraría lo que vendría?, ¿Ese luchar incansable, esa vida trajinada por amplias derrotas y éxitos efímeros cuando ya la vida no le daba para seguir luchando más? ¿Lo sabría?… sí, creo que sabía que no era fácil, pero en ese momento, los tres en esa mesa, sabíamos que el “Saldremos adelante” se cumplía, era real, poderosamente cercano, lo suficiente para que nos sintamos orgullosos de ser familia, de ser su hijos, los hijos de la Señora Hilaria, la de la tienda de la Plaza, la que sacó adelante a una familia pese a todo y a todos, la que nunca se rindió, mi Madre Coraje.

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Cuento de Navidad: El padre del Salvador

La casa no había cambiado en los últimos años, seguía con las mismas marcas del esfuerzo de sus habitantes por hacerla un hogar. El anciano estaba tosiendo desde hace un buen rato. Cuando se tranquilizó algo miró a esposa y luego a su hijo.

—¿Has terminado los estantes para Tobías, sabes que viene a recogerlos mañana.

—Sí Padre, no te preocupes los terminé esta mañana.

—Bien, bien, siempre has sido un buen muchacho Jesús, solo esa vez que te perdiste en Jerusalén y que nos hiciste preocupar tanto.

—¡Ay José, siempre te acuerdas de eso!—, dijo la hasta entonces la callada mujer.

—No es que reclame, solo me acuerdo María, solo eso.

—Padre, ¿De algo más te acuerdas?—, preguntó el alto joven.

—Nada creo, solo de una promesa hecha para ti, pero eso ya lo sabes, yo no puedo enseñarte a soportar lo que vendrá, pero sé que será algo muy fuerte pero lo harás.

—¿Más fuerte que correr el riesgo que los demás te apedreen por no cumplir tus votos de novio, viajar hasta desgastarte los pies hasta Belén y casi con las mismas escapar a Egipto a una tierra que no conoces, volver a tu casa y ser marginado por un pecado que nunca cometiste y que cargas como tuyo?, más que eso Padre no creo que se pueda pasar.

—Hablas porque eres joven, pero sí, pasamos eso con tu Madre y lo volvería a pasar hijo porque lo que tú harás no es ni la mínima parte de eso, no sé cómo explicarte, siempre fui un carpintero y no tengo conocimientos de los planes de Él, pero sé que todo tendrá una razón. Ahora tápame porque tengo frío.

Plácidamente el anciano se durmió para siempre. Mientras la Madre lloraba en silencio abrazada por el hijo, este sostenía la mano derecha del Padre fallecido. El joven intentaba grabarse en la mente la cantidad de arrugas, callos, cortaduras y heridas que tenía esa mano, sentía que le ayudaría en algún momento en que tuviera que pasar por algún sufrimiento y recordar ese silencioso sacrificio de su Padre terreno a lo largo de sus años juntos, podrían darle una extra de fuerza para afrontar lo que sabía vendría más adelante, cumplir esa promesa que le hiciera un ángel a José, el carpintero de Nazareth: una promesa de salvación.

JOSÉ-Y-JESUS-CARPINTEROS

“Divina Felicidad”

resplandor

Para todas las personas de ese día premonitorio

I

Entrevistador: Usted señora María es la casera donde vivía Leandro Mendoza ¿Si?, el día 2 de diciembre usted fue la primera persona en conversar con él, ¿Qué le dijo?

Casera: Ay bueno que le digo, el joven Leandro era tranquilo y nunca tuve problemas con él, a veces nomás se atrasaba en el pago, pero eso era por…

Entrevistador: Señora remítase a la pregunta por favor.

Casera: Ya, ya, ¡Qué genio!, bueno ese día el joven Leandro estaba tranquilo como siempre, se bañó para salir y me recordó para ir al otro día a la presentación de su libro, me dijo que ya todo estaba listo y se sentía con esperanzas de venderlos todos, y con lo tanto que le costó ese libro, ¡Hasta me pidió que le esperara el mes de nuevo!. En la noche ya no lo vi porque me acosté temprano, y luego pasó eso, ¡Y yo que le di una estampita del Señor de los Milagros, imagínese!

II

Entrevistador: Señor Carrasco, usted ese día ultimó detalles con Leandro con respecto de su libro.

Sr. Carrasco: Sí, Leandro llegó temprano y de buen talante. Corregimos parte del texto de su presentación, conversamos luego sobre la distribución de parte de sus libros a bibliotecas, colegios y los de cortesía. Yo le reservaba una sorpresa a Leandro y era que la Empresa Antackus había decidido a última hora asumir el pago del Aula Magna donde se celebraría la presentación, lo que significaba un gran ahorro para los dos y más por él que podría pagar algunas deudas. Después conversamos sobre sus próximos libros, pero al transcurrir la conversación vi acrecentar su confianza. Leandro, como sabe, tenía múltiples responsabilidades en otros medios, aparte por supuesto de sus estudios. Al irse lo noté un poco eufórico y a mí eso me llenó de satisfacción. Lo demás creo que ya es sabido.

III

Entrevistador: Usted Ing. Pérez se encontró con Leandro después de mucho tiempo el día martes 2, un día antes de los sucesos penosos ¿Qué fue lo que conversaron?

Ing. Pérez: Diré para empezar que antes de volver a verlo tenía una pésima opinión de Leandro. Él abandonó la carrera en cuarto año, relativamente lo digo, porque en cursos no pasaba de segundo año. Luego de su deserción todos comentábamos sobre sus razones. Cuando nos encontramos con ironía le pregunté si seguía estudiando. Para mi sorpresa me contó que abandonó Ingeniería de Minas para seguir Comunicaciones en la Universidad Católica y que ahora mismo estaba terminando de estudiar un posgrado. En si no le estaba creyendo, pero me hablaba con tecnicismos que yo no entendía. Me dijo que se alegraba mucho de verme y me dio una invitación para la presentación de su libro. En ese momento me sentía terriblemente avergonzado y más cuando me dio la mano y me abrazó efusivamente rogándome que fuera a su presentación, que sería un honor para él. Por supuesto que fui, pero no esperé que pasara eso realmente…

IV

Entrevistador: Srta. Fabiola usted fue compañera de posgrado del desaparecido joven escritor. El encontrarse con Leandro ¿Cómo lo notó?

Srta. Fabiola: Me lo encontré en el Parque España, lo noté motivadísimo, me saludó como nunca y me atajó para conversar. Empezó a preguntarme por cosas mías que yo ignoraba que sabía. Estaba muy hablador y demasiado eufórico, ¡Pensé por un momento que estaba algo, mareado, imagínese!, pero luego me di cuenta que estaba alegre. Me habló de su familia que estaba lejos, de lo mucho que los esperaba para su presentación, en especial a sus hermanos y hermanas menores. Tanto fue su alegría que terminó por contagiarme y así al despedirnos me pasé toda la tarde escribiéndole a mi padre. Leandro me regaló ese día algo muy bello y nunca lo olvidaré.

V

Entrevistador: Nora, usted fue ex enamorada de Leandro y el día 2 de diciembre se encontró con él por la tarde ¿Qué sintió?

Nora: Que te puedo decir, Leandro estaba alegrísimo de verme, me abrazó y besó, me invitó a un café y conversamos de todo, de como estaba, de su libro que por fin salía, y que por cierto yo ayude a escribir por eso me lo dedicó, claro, no en el libro mismo, pero seguro que lo iría a decir en la presentación ¿No?. Leandro se interesó por mis cosas y del porqué yo estaba inubicable, pero le expliqué mi cambio de domicilio y me dio una invitación especial para su presentación. Leandro estaba como nunca, seguro de sí, confiadísimo, me dijo que escribió para el periódico donde trabajaba un artículo sobre el “amor etéreo en lo urbano” o algo así, ¡y que lo hizo pensando en mí!. Tan emocionada estaba con Leandro, que me propuse reconquistarlo después de su presentación, pero lo que no imaginé era que… lo que no pensé fue que… ¡Perdóname no puedo seguir!…

VI

Entrevistador: Señora Alondra usted como última persona que lo vio el día 2 de diciembre ¿Cuál fue su impresión de Leandro?

Señora Brinda: Te diré primero que yo soy su madrina y que Leandrito me encontró justo para despedirse, apenas me vio se me abalanzó llenándome de besos y llenándome de preguntas, diciéndome lo muy muy feliz que estaba. Cuando se calmó me invitó a su presentación, pero como él sabía lo ocupada que estoy me dijo que si no podía ir, el sábado me dedicaría su programa, porque Leandrito tenía su programa y yo lo escuchaba aunque él no lo supiera. Yo siempre lo apoyé con eso de escribir, era su vida y me dio una pena lo que le pasó, casi me muero cuando lo supe por los periódicos, pero no me extraña, él siempre fue especial.

Epílogo

Con estas entrevistas se ha querido reconstruir el día anterior a los sucesos ya conocidos y tratar de explicar cómo estaba el escritor Leandro Mendoza anímicamente. Se englobará lo sucedido. Se sabe que Leandro no se encontró con nadie antes de su presentación y que llegó un poco tarde para leer su discurso. Se presentó con un terno plomizo y su estado de ánimo era variable, acrecentándose su euforia tanto así que moviéndose de un grupo de conocidos a otro los inundaba con su alegría. Muchos opinaron que desde esos instantes se le notó blanco y brillante. Según su editor, el señor Carrasco, Leandro cambió su discurso por una improvisación, hablo del génesis de su libro haciendo mención de todos los que influyeron en él para escribirlo. Los asistentes notaron que mientras hablaba la cara del escritor empezaba a tornarse cada vez mas pálida y blanca mientras más emocionado estaba, sus manos se movían grandilocuentemente formando figuras en el aire, su voz tenía un rumor a viento, a sueño que tranquilizaba el corazón. Palabras después, con impresión, los presentes vieron como poco a poco Leandro se volvía transparente, en el ambiente empezaron a aparecer brillos de luz que inundaban el recinto, hasta que Leandro al decir el nombre de su libro: “Divina Felicidad”, desapareció en un poderoso destello final, quedando en su lugar solo sus ropas para nunca más volverlo a ver.

 

Arequipa 2002