El Candidato

candidato—¡Llegó la última Pepito—. Laurita, siempre animosa, me entrega la última encuesta. Como esperaba, estaba en el cero punto tres de preferencia a nivel distrital. Para variar delante de mí están Pedro Juan y el Odontólogo, peleando la punta y como 5 más detrás. ¿Para qué me engaño?, todo estaba dicho hace meses, cuando me embarqué en esta aventura política sin un norte ni seguridad de ganar.

—No andas tan mal ¿Ves?… aquí dice que hay un 20 porciento de indecisos, esos van a votar por ti porque vamos a darle con fuerza estas últimas semanas, vas a ver que… —¡Ya basta Laura!, todo está perdido, solo tú no te das cuenta…— grité, pero al ver los ojos llorosos de la pobre muchacha me retracto. —Perdóname, pero la verdad estamos a escasos trece días de la votación y ya es imposible hacer algo, ¡Carajo es que…!.

Terminamos en el escritorio con Laurita. Casi todas las tardes desde hace tres meses terminamos allí: yo desfogando mi ira por haberme metido en esta vaina de ser candidato y ella recibiendo esta limosna de mí tiempo. Lo peor es que lo agradece sin pedir nada a cambio, solo el sueño de estar conmigo en la alcaldía, nada más.

Irónico si me pongo a razonar como se debe y veo ahora a mi esposa besándome donde hace poco lo hacía Laurita y sirviéndome la comida recalentada en el microondas y haciéndome sentir más político  que nunca al explicarle que me demoré porque un periodista de RPP me entrevistó, lo cual por cierto es una gran mentira porque ni por asomo me considerarían porque ni figuro entre los seis primeros.

—Vez mi gordo, todo va a ir bien, si de ayi te eztán entrevistando ez que estáz firme, uyyyyyy que bonito todo va a zer cuando zeas alcalde. La Ñata por fin zacará la cara a la caye para que la vean… uyyy que maraviya…— me dice Julia, tantas veces mi fiel Julia que no deja tampoco que me desanime, se me cae la cara de vergüenza cada vez que me recuerda lo mucho que me apoya ella, sin siquiera mencionar para no hacerme sentir mal que gran parte del dinero para la campaña viene de parte de sus parientes empresarios.

Pensamientos y ambiciones

Pienso… pienso en ti Laurita y en la encuesta y en la cochinada—y—media que pienso hacer contigo en la oficina que tendré en la municipalidad. Vaya, pensar en eso me devuelve la esperanza de salir elegido y hago planes para mañana: a donde ir, a quién llamar ¿Por qué entonces estoy tan abajo en las encuestas?, soy buen político, soy… —Ya pues Julia, que buscas allí abajo, deja dormir—, —Ez que te quiero relajar un poco gordo… pero bueno te entiendo, no sabez cuanto anzio que termine todo ezto para volver a la normalidad ¿Tu también lo quierez no gordiz?—, —Seee, ya déjame dormir.

No Julia, no quiero que termine, no porque tendría que dejar a Laurita y no, no quiero. Quiero ser autoridad, quiero sentir el poder de hacer las cosas no que me manden a hacerlas, quiero ese poder en mi firma, sueños de candidato como dicen, porque al final: “Quiero un distrito que sea el mejor de la región, que nos envidien hasta en la capital, porque es nuestro destino convertirnos en el ejemplo porque nuestra gente lo merece y juntos podemos lograrlo”. Esa es mi frase favorita de mis discursos, suena bien, pero no cala en la gente.

Nota amarilla

Día tres antes de la votación: encuesta igual, novedades: logré un tercer round con Laurita, me peleé con ganas con Julia porque sus parientes ya empezaron a dudar de mi éxito y quieren su plata de vuelta y ah… la Ñata se intentó suicidar con aspirinas… no logró tomarse las setenta mínimas y las veinte que tomó las mezcló con mermelada de fresa. La razón: había terminado con su enamoradito porque este le sacó la vuelta con otra. Lo que más me sorprendió fue que tuviera noviecito. Pero al final es mi hija y por todos lados quise evitar que saliera en los medios, pensé que ni por esas se acercarían a preguntarme algo, pero al parecer se filtró el nombre de la Ñata y el celular no paró de sonar en la tarde. Bueno al menos por una nota así algún elector quizá vote por mi, buenas noches conciencia y perdón por mis pecados.

Día de votación

“Hoy es el primer de mi nueva vida”. He entrado al baño de madrugada con Og Mandino como aperitivo y ya no me dio ganas ni de Cuauhtémoc ni de Coelho. He desayunado en paz con mi Julia y mi hija, la cual después del susto, ha regresado a casa con la cabeza más encogida y su autoestima más baja que mis encuestas ya que el único acto de valentía que tuvo en su vida se frustró. Debo buscarle un bendito psicólogo, justo hoy, hoy que “Me comeré las uvas del éxito”.

Ya voté, es fácil, solo entras a la cabina de votación, ubicas la foto de tu reeleccionista favorito, de tu extorsionador favorito o de tu outsider favorito, eso para las regionales; para los consejeros usa el tindedindedopingüe, para alcalde provincial escoges entre el que más te suene y para distritales pues que te queda, lanza tu moneda. A cualquiera de ellos lo marcas con una cruz, esvástica, kanji o signo-esotérico-marxista-leninista-pensamiento-taoista y si no sabes para qué miércoles sirven los cuadraditos en blanco al lado no pienses, marca nomás porque igualito va a ganar el reeleccionista de turno. La presidenta de mesa me ha reconocido, por la gramp… —Sí, claro, mi hija está bien… sí, sí… la haremos ver… no, no se preocupe es medio difícil mi signo… sí, sí… gracias por su voto… claro que voy a cumplir mis promesas de eso ni dudas caben, por la vida de mi hija… claro, claro.

Una vez cumplido mi deber ciudadanos cívico patriótico patético moral me voy a buscar al loquero para mi hija que desde ahora será mi prioridad diaria, como me lo dijo Julia y como me lo pidió Laura, que se cree culpable de la situación. Soy al final un buen padre para todos y eso deberá ser mi careta de hoy en adelante, en fin.

Los resultados

Gané…

—Este distrito, este gran distrito siempre le ha dado la oportunidad a los que saben luchar, a la democracia y a sus instituciones. Como siempre la voluntad del pueblo se ha hecho respetar como aseguran los organismos de la contienda electoral. El líder de nuestro movimiento me ha llamado para felicitarme, lástima que no haya ganado las presidencia regional, pero como sabemos eso fue por la guerra sucia que emprendieron en su contra los candidatos del reeleccionismo, los topos de la dictadura regional. Pero lo conozco y seguirá en carrera, seguirá apoyando este proyecto que tiene para muchos años, a pesar que solo para estas elecciones se haya formado, con nuestra victoria aseguramos esta parte de la ciudad para ser cantera de líderes. Gracias a ustedes que están comprometidos con la causa de nuestro movimiento, por eso no descansaremos en buscar siempre el bien para ustedes. Nos daban por desaparecidos, por muertos políticamente, pero miren como es la vida que da vueltas, les demostramos que nuestra propuesta es la mejor de todas y por eso hemos sido elegidos, no por nuestros méritos sino por nuestra sólida propuesta. Hemos llegado a la meta pero no nos dormiremos en las glorias bien ganadas sino que seguiremos al lado de los profesionales que entrarán con nosotros a trabajar para sacar la corrupci…

Vainas así debo haber dicho por algunos minutos ante los cientos de partidarios de último momento que vinieron hasta el local del movimiento en la avenida principal, donde yo estaba algo incrédulo con los resultados del organismo electoral. Nunca pensé que la Ñata con su intento de suicidio me ayudara a subir en los dos últimos días de la campaña. La nota no solo salió en la ciudad sino hasta nacionalmente, al otro día y yo sin darme cuenta realmente, di una conferencia y nadie, porque ya no me quedaban partidarios, me avisó que estaban los de canales de la capital, al no tener notas la mía les pareció algo atrayente y terminaron dándole connotaciones novelescas, resaltando como la llevé en brazos hasta el hospital, como me quedé en su cabecera y como la apoyé sin cuestionarla. Me tuvieron pena, lo sé. Pero me ayudaron de esta forma: eligiéndome.

Coda

Ahora Laurita de mis tardes tendremos nuestra oficina para los dos y hasta haré colocar cortinas fucsias como tú quieres, serás mi asesora y seguiremos inventando maneras de acomodarnos en el escritorio, ¡Que diablos!, compraré un sillón-cama, aunque extrañaré nuestro escritorio pobre de nuestro querido local electoral. A ti Laurita te daré los lujos que mereces y tendrás de amiguitas a las más nice del distrito y hasta de la ciudad porque te meteré en el comité de damas de la provincial. Ahora hijita mía tendrás autoestima y te operaré la nariz como siempre ha sido tu deseo. Ahora yo espero pagar mis deudas, que me dejen hacer algo alguna vez para cumplir las promesas de cemento y el último año haré algunas obras para asegurar la reelección. Me llamo alcalde-distrital-elegido-democráticamente. Adiós conciencia, ahora te callo porque no me conviene escucharte, adiós amiga mía.

De profesión: “portátil”

Portatiles¿Porqué señor no haces que haya elecciones todos los años?, de esta manera tendría asegurada la comida diaria y diversión por montones. Para mi la cosa de la política es un chiste, no me importa realmente quién gane, a mi me importa que paguen. Si quieres saber mi nombre pues te doy el de combate: “Chupín” y sí quieres saber mi profesión, te diré que soy de la “portátil”.

Cuando nací, dicen que me pusieron un garrote en las manos, porque no me explico de que otra manera como es que me gusta repartir catana en cuanto enfrentamiento con la Policía me encuentro. Lo más divertido es agarrar desprevenido a uno de esos con escudito y reventarle el casco con un piedrazo, técnica aprendida en mis años mozos cuando en el 85 nos agarrábamos de los lindo contra los bedoyistas.

Eran tiempos en que la leyenda de los bastones con cacha de hierro se había esfumado y el palo era más efectivo. La cosa era divertidísima. Nos reuníamos en los centros de los locales del Partido de siempre a fumar unos cigarros. En las noches un calientito con anís y a la casa si no había suerte. Si es que la había, nos íbamos a reventarle los vidrios a alguna autoridad, alcalde, prefecto, gobernadores varios o algún chinchoso de gratis nomás.

Con el tiempo esas cosas se dejaron de hacer porque el partido estaba en el poder. Allí lo único que realizaba realmente casi era nada, de vez en cuando la pegaba de guardaespaldas para la llegaba del mandamás. En esas siempre me tenía que aguantar el olor a chacra de la gente porque estaba en el cinturón humano que lo protegía. Creo que por esas se me dio al trago darle más tiempo. Me emborrachaba tanto que me la pasaba más tirado en las veredas que despierto, hasta llegué a querer con amor de viejo un rinconcito con pasto cerca de mi casa donde me dormía pensando en alguna ocasión ser Congresista…

DE BAJADA

Para cuando me di cuenta ya no me llamaban los compañeros, estaba con dos hijos encima y no distinguía mis dedos de la mano derecha, siempre veía diez dedos en una mano y ese elefantito rosado persiguiéndome todo el tiempo, a veces lo veo en una esquina y lo saludo, pero en fin, la cosa es que caí rebajo y para cuando apareció el chinito ya estaba fregado.

Pero él nos salvó, ya que inventó una cosa maravillosa, los comedores populares que vinieron a salvarme de dar de comer a mi familia. De esa manera sólo juntaba para el menú del día y ya. Mi mujer ganaba para el desayuno y el té con pan de la noche y yo podía irme al billar, a jugar cartas y otras dinámicas actividades etílicas. Claro que para la mujer eran días difíciles: “chola, si supieras cuanto me cuesta encontrar trabajo, pero es que nacimos pobres pe y nadie me da una mano…”

La felicidad entonces era cuando los programas inauguraban algo, o construían un colegio, o regalaban lampas y no se que sonseras más. Allí la cosa era ir a sacar un ticket donde la dirigenta vecinal y anotarse para recibir dos kilos de arroz y dos latas de atún, solo para pasarse una horas gritando “chino, chino, chino, chino, chino”, y bailar claro. Eso fue el paraíso en la tierra. La ropa se nos regalaba, la educación de los hijos era gratuita, el estado nos alimentaba y teníamos diversión por montones con fiestas y reuniones en los locales del partido. Aunque aparecieron luego varios partidos, cosa que yo no entendía si todos eran del Chino, pero a mí que pues.

PALOS

Una vez si que nos asustamos mi chola y yo cuando fuimos a una manifestación. De pronto aparecieron una chicos que parecía de universidad a empezar a gritar fraude, que fraude nos preguntábamos, si la Doctora lamía de lo lindo axilas en la tele para luego darle un beso al Chino de nuestra vidas y todos decían que nos íbamos por un tercer periódo más…

De pronto nos jodimos. Las cosas ya no eran tan lindas. En la tele aparecieron unos sonsos recibiendo dinero de Montesinos y lacalaca. Se nos acabaron los regalitos y todo se fue al diablo, hasta que nos empezaron a molestar para ir a esas marchas contra el chinín, para recibir palos y esas cosas, tuvimos que ir porque de lo contrario nos tasarían de fujis y eso no era lo más conveniente. Cuando apareció el Cholo de Harvard las cosas mejoraron algo porque por nuestra participación en un enfrentamiento con roces físicos y lingüisticos con la Benemérita Policía Nacional, nos daban gaseosa y sanguchitos y hasta politos.

Mi chola quiso ir a Lima en esa cosa de los “4 Yuyos” o no se qué sonsera. La cosa es que se lo prohibí y gracias a Dios. Porque si no me la violentaban y de repente se quedaba por allí con otro, no las cosas no son así, ella tiene que joderse conmigo no arruinarlo a otro, ja ja. Los hijos más bien me salieron raros, ahora son técnicos en computadoras y esas cosas y ni se acuerdan de su padre, dicen que me tienen vergüenza y yo no sé porque…

DE LA ESTRELLA, A LOS PORTALITOS Y LOS ARBOLITOS

La cosa seguiría como siempre si es que no aparecería en mi buena estrella los dos alcaldes provinciales de Arequipa, ya que con ellos las cosas se mejoraron y se delinearon. Nos formamos en grupos sociales por barrios y definíamos las tarifas. Cinco soles por marchar, dos soles por arengar, diez soles por marchar de todo el día con mitin incluido. Además debían llevarnos en buses y carros y traernos de vuelta, no era la cosa de venirnos en carro todavía hasta acá arriba en el Cono Norte.

Ya estamos acostumbrados muchos de nosotros a marchar por agua y por luz, bueno no puedo decir que yo lo esté, están los sonsos del FREDICOM y del COFREN que marchan y salen y ahora se las dan se santos y marchan de gratis por su candidato. En mi caso me deben dar algo para marchar. Así los de AUPA me tienen que dar almuercito siquiera por las marchas ¿No?. Por eso es que no salgo con ellos, sino con mi siempre amado partido o alianza o movimiento regional de turno.

No quiero recordar mi paso por el nacionalismo, porque la verdad, plato de habas nos daban, diciendo que era el sacrificio para que la presidenta y su marido gobernaran el país a punta de botín militar. Si bien la presidenta ta como quiere, con sus programas no tenemos mucho que ganar, hay que andar de un lado a otro pidiendo papeles y hay que ser del partido y como que a los machos no nos va bien, para eso si está mi chola que tiene chamba que da miedo cada vez que viene la Anita que ahora es presidenta de no se que zoológico, pero bien por nosotros, así cae sencillo para acompañarla cada vez que viene y necesita aplausos espontáneos.

En la época del chato filosófico, la cosa mejoró a montones, había chambitas extras para vigilar tal o cual obra, los Cargadores nos llamaban para todo. De repente por allí me salía una marchita para el centro o desalojos de terrenos o recuperaciones de terrenos, valgan verdades hasta a veces me confundía de qué lado estábamos, la cosa era meterle piedra a los de casquito. Con el Arbolito no nos fue tan bien, no tiene costumbre de pagar sus deudas me dijeron así que ni las intenté con él.

Para estas elecciones estoy mejor que nunca. Y es que en las elecciones internas del partido cuando de todos lados nos llovían ofertas para apoyar a uno a otro y cual otro. Ese día dobleteé con la chibola de los Portalitos, con el la estrella disfrazada de Rocoto, con el hijo del Colca y con varios distritales. Me fui en la caravana de una en la mañana y en la tarde apoye a otra, así de fácil me gané mis 40 luquitas que me alcanzaron para chupar de lo lindo hasta el otro día y de paso me la pasé bailando.

Es que les voy a contar, cuando sales con un político no se fijan en tu cara, sino en qué cosas regalas y allí está la inversión: papelitos, calendarios, fosforitos, vísceras, gorritos y si eres platudo como el barbudo y el cejón, te dan politos, si eres poco suertudo el Cachete te firma el polo y el periodista quejón te hace bailar con Corazón Serrano. Con los que nunca me metería y felizmente ya se fueron son el Abogado Tinkero y la Tía del Photoshop, esos eran más tacaños que nadie!!

En fin, vuelvo a pedirle al Dios de los políticos que no se termine la campaña política, porque ¿De que voy a vivir los próximos años?, pero ahí está la respuesta, ya viene las congresales y presidenciales el próximo año y por un año más tendré pan y circo gratis…

¿Contagios a mi?… nada que ver

nuevos 076Ser bebé es algo realmente maravilloso, la mejor experiencia de mi vida, bueno, la verdad que es la única hasta el momento, pero la disfruto un montón. Hay que ver como uno extiende las manitas hacia alguien y este reacciona abrazándolo a uno que da gusto.

Pero el otro día me quedé con ganas de que mi tío Manuel me abrazara. Vino a casa, conversó con Papá, pero nada de hacerme caso, ni siquiera un poquito. La verdad me he quedado un poco preocupado. Y es que es tan raro no sentir ganas de abrazarme, jijiji, bueno a veces resulto ser muy molestoso, lo acepto, pero es raro que mi tío no me cargara siquiera para hacerme reír con sus pelos parados.

Lo noté preocupado el otro día a mi Papi por mi tío Manuel. Conversando con Mami, le contó que tenía una yaya en la piel y que por eso andaba triste. Cuando dijeron que no era “contagiosa”, debo de haber puesto una cara rara, ya que Papi me explicó, como siempre hace, que eso significaba que no había problema si me cargaba o me besaba.

Mami preguntó el porqué no quería entonces acercarse a los demás y por supuesto pensé en porqué no quería cargarme. Papá nos explicó que era porque tenía “vergüenza”…

Esa palabra no me gusta, la he relacionado con cosas más feas, como cuando en la caja de colores aparece alguien que ha tomado lo que no es suyo y lo atrapan los policías, él siente vergüenza. Entonces no creo que mi tío deba sentir “vergüenza” si no tiene la culpa de que le salgan esas cosas en la piel.

¿O será porque no se baña mi tiito?

Jijiji, con lo rico que es bañarse estar limpiecito, sin esa sensación fea en la espaldita que te molesta, como que se te pega la ropa, ¡Uuuuhhggggg!!!. No, no creo que sea por eso que tenga cosas feítas mi tío.

¿A que no saben?, el otro día llego mi tío Manuel y estaba triste conversando con mi Papá. En eso  mi Papi empezó a hablarle a ese aparato que tanto le gusta cargar en el bolsillo y le pidió a mi tío que me cargara, pero este movió la cabeza y mi Papá me tuvo  que dejar en mi cuna. Mi tío se quedó parado a un costado mirándome, entonces hice mi número especial: primero empecé a extender mi brazos hacia él y le dije que lo quería mucho y que no me importaba si tenía cositas en la piel, pues sabía que si me abrazaba no me iba a pasar nada malo y finalicé con una de mis mejores sonrisas.

Por supuesto que no pudo resistirse, me abrazó y cargó un buen rato. ¡La sonrisa le volvió al rostro! , y les apuesto que, después de eso, esas cositas malosas se le desaparecieron, porque como dice mi Mamá, no hay nada que no arregle un abrazo.

¡A ver quién se apunta a seguir cargándome que soy mejor que la aspirina!, jejejeje.

La huida del Ojón

FOTO-RInAS-1_PELEA-CALLEJERA       El Ojón era caserito en la Le Petit Marché desde primero de secundaria.

       Iba con sus amigos a mirar nomás al principio. Las chicas del Arequipa eran lindas, pero las del Micaela eran más coquetas y facilonas, o eso se decían entre ellos, sin atreverse a conversar con alguna. En una de esas tardes fue que el Chato José le estampó la cabeza contra el vidrio del snack.

       Fue una tarde en que, parados en la esquina, aprovechando que nadie les quitaba el puesto, miraban a las adolescentes de faldas plomas pasar y pasar. Las miraban con ganas de hablarles, decirles que eran de segundo, pero igual podían ser interesantes. Cuando en esas, en la parte en que estaban los bravos: el Toro y los de la Maffia, se oyó un grito. Voltearon para mirar y pasó delante de ellos una señora con sacón azul y agarrando de los pelos a una chica flaca de pelo enmarañado, chillando a más no poder.

       Para cuando el Ojón reaccionó, ya la risa burlona se escapaba de su boca, codeando al Gato para que también se burlara. Al notar que su amigo no se reía ni un poquito, comprendió que acababa de hacer algo peligroso, cuando volteó la cara, el puño del Chato José se estrellaba en su mejilla, para luego con la misma mano, agarrarle la cara y empujársela contra el vidrio. Nada se rompió, o de repente sí. El Ojón no respondió para nada, así apaciguó la ira del lugarteniente del Toro.

       Al rato, cuando se iban para la casa en la carcocha de la Línea 6, el Gato le contó que la flaquita del roche era la enamorada del Chato José, así que la sacó barata, porque el mencionado estaba como para matar gente y la descargada contra él pudo ser más brava.

       Pasó el tiempo y el Ojón es parte de la Maffia. Está haciendo diversos trabajitos extra y se ha ganado el respeto de varios, la envidia de muchos y el amor de algunas cuantas que no duraron. El Chato José nunca mencionó el tema del puñete y la estampada en el vidrio. Al parecer, la verdad, ni le tomó interés al asunto alguna vez.

       Robar casas es fácil, especialmente cuando se sabe que no está el dueño ni la familia. Para el caso del Ojón, la clave está en que es delgado, pasa por rejas o las sube con facilidad simiesca, abre puertas a la velocidad del rayo con el peine y deja el trabajo pesado de cargar los artefactos a los demás. Ayuda también en que no hay mucha gente por las calles en esa época, en que aún salir de noche, era costumbre de vagabundos y patinadoras.

       La fama de la Maffia ha crecido con el tiempo. Las broncas contras los de la “I” o del Túpac, son constantes y ya se metieron contra los del quinto G de la Gran Unidad, los llamados “Cancerberos”. Cada vez se habla más de ir armados, de comprarse un fierro o algo punzocortante. Algunos empiezan a llevar chairas y el Toro anuncia un día que tiene una treintaiocho cañón corto para hacer respetar a la mancha.

       Ojón trata pero no olvida. Aún se le escarapela la espalda al escuchar hablar al Chato José. Lo mira siempre y le da cólera sus gestos, así, con ese dejo de sabelotodo. La casaca que nunca se quita, rota y vieja con el tiempo, le provoca envidia y una voraz manía por comprarse una y otra vez casacas nuevas, como para diferenciarse de su contendor secreto. En las noches sueña con las diversas maneras de ajustar cuentas, pero, el Chato José es tan sereno, que nunca pisó el palito con el Ojón y este nunca cayó en la trampa de ofenderlo públicamente.

       Las semanas pasan y la Maffia se vuelve peligrosa en demasía. Algunos de los miembros son reventados en solitarias celadas, en las cuales nadie interviene a defender al caído, quién generalmente es un chibolo de guerra, es decir carne de cañón. El problema es que después de lamerse las heridas, se abren del grupo y es necesario amenazar a los nuevos, para que no deserten. Pocos ya tienen ganas de entrar en el mítico grupo. En Le Petit Marché ya no están rodeados de chibolos con ganas de integrarse a ellos. Las chicas también se vuelven esquivas y temerosas.

       Sucedió entonces que un día, a principios de diciembre, el grupo que encabezaba el Chato José y en el cual estaba el Ojón, bajó a la esquina del Seguro Social, para encontrarse con la noviecita de siempre. Varios de los chicos también tenían sus asuntos en esa parte, así que no estaban muy atentos que digamos a su alrededor, como para notar que de uno en uno, fueron llegando varios de los Cancerberos. Entonces, en una de esas, se les vinieron encima. A las justas pudieron escapar los de la Maffia, separándose en el intento de llegar a su esquina y avisar a los demás.

       El Chato José, el Ojón, el Gato, Pantuflas, Lacrimógeno y Chacal, se mandaron por la calle San Antonio, rumbo al parque y de allí voltearon para salir hasta la Paz. Bajaron para entrar a La Salle por la calle Don Bosco, pero en la esquina fueron interceptados por catorce Cancerberos. El Ojón los contó a la volada, ya que era el rezagado. Por golpe de suerte había un hueco por el cual logró evadir la pelea para correr a buscar refuerzos, cuando oyó el grito. Volteó para ver justo cuando caía el Chato José agarrándose la panza. Vio como las tripas de su odiado aliado escapaban entre sus dedos mientras rebotaba contra el asfalto y sus atacantes correr hacia abajo por La Paz.

       Allí se paró en seco. Algo en su pecho se rebeló en contra del instinto primario de correr hacia lo seguro y huir. Retomó su carrera en sentido contrario pasando por encima del Chato José gritándole que aguante.

       Al principio no le creyeron en Emergencias del Hospital del Empleado, pero algo en sus ojos convenció al Interno de turno a llamar a la Comisaría de Santa Marta, para que envíen efectivos, luego, junto con dos camilleros más, salieron guiados por el Ojón, rumbo a donde estaban supuestamente el herido. Cuando doblaron la esquina de Don Bosco y vieron el cuerpo caído, empezaron a correr. De los Cancerberos ni rastro, tampoco de los refuerzos que supuestamente debían llegar, alertados por los demás miembros de la Maffia emboscados.

       El Ojón no alcanzó a su maldecido aliado. Dio vuelta atrás y corrió, mientras las lágrimas que nunca cayeron antes, desbordaron de sus ojos enormes, que ahora estaban chinos y nublados, mientras huía a toda velocidad de esa violencia que fue su compañera durante los últimos meses.

       Poco tiempo después cayó detenido el Toro, encontrado in fraganti en un robo domiciliario. La Maffia desaparecería junto con él como grupo. La esquina perdería su letrero que la identificaba como Le Petit Marché y con eso, toda una generación con sus historias urbanas, quedaría callada para siempre.

 

Segunda Parte (Palo con clavo y santo remedio)

Primera Parte (En Le Petit Marché)

 

La abuelita Susana me cuida

abuelita susanaHay una cosa que siempre me pregunto y es: ¿Dónde está mi abuelita Susana?.

Yo sé que tengo dos abuelitos, cada uno me quiere de maneras distintas, pero son amables y cariñosos. Mi abuelito José no me verá muy seguido porque maneja un camión más grande que mi titimacho todos los días y algunos días nomás pude venir a verme o vamos con Papá y Mamá a su casa, donde también llega algunos días mi abuelita Liliana, que trabaja muy, pero muy lejos.

Ellos me hacen grandes fiestas cuando voy a verlos y me cargan, me besan y dejan que les acaricie el cabello hasta doblarles el cuello jijijiji.

Al que veo más seguido es a mi abuelito Issac. Él acompaña a mi Mami cuando tenemos que ir a ver al Señor de Blanco que me voltea de un lado para el otro para ver si estoy bien; y me cuida también cuando mi Papá no puede por el trabajo. A la que nunca veo es a mi abuelita Susana.

Hay unas de esas figuras de ella cuando era de la edad de mi Mamá, con un lindo vestido crema junto a mi abuelito con corbata y cuando la tenía en brazos a mi tía Raquel. Pero no aparece nunca por ningún lado. ¿No querrá conocerme?, ummmhhh no creo, porque dicen que soy muy querible y eso me parece que es que soy: abrazable, besable y todas esas cosas que me gustan que me hagan cuando me tienen en brazos.

Hoy fuimos a una de esas reuniones de personas cuando están concentradas y se paran y se sienta y se arrodillan. Mi Papá nos lleva cada domingo a esas reuniones, porque dice que debemos estar cerca a Dios, aunque no entiendo aún cómo vamos a estar cerca de él parándonos y sentándonos, si Él siempre está cerca a nosotros, por lo menos siempre lo siento a mi lado. ¿En que iba?, ahhh si: mi Mamá me dijo al oído que esa era una “Misa” por mi abuelita Susana, ya que ella se adelantó en llegar al Cielo y que desde allí nos cuida.

Eso me gustó muchísimo, porque la verdad, ahora entiendo porqué, junto a esa sensación de que Dios está junto a mí, y mi ángel me cuida acurrucándome en sus alas, también hay otra persona que me acaricia cuando duermo y me sopla tranquilidad cuando estoy muy inquieto en las noches. ¡Es mi abuelita Susana!, porque ella está con Dios y le pide a Él que me proteja. No me pregunten como lo sé, ya que soy un bebé dirán. Pero, es que es una sensación que uno tiene por dentro. Si a alguno de ustedes se les fue al cielo alguien de su familia me entenderán.

Cristo pobre

cotahuasi_plazaSu figura delgada y terrosa, como un edificio cayéndose, es de los recuerdos que siempre esperaba encontrarme durante la primera mañana en cada uno de mis retornos a mi tierra, ese pueblo al que llegaba de tanto en tanto, solo para sacarme la espina de no olvidar el olor a río, a bosta de caballo, al mugir de las vacas…

Divago, lo sé, pero no logro encontrar el inicio para describir a Beas, el gran Beas, el olvidado Beas, mancillado, encarcelado, maltratado, guitarrero Beas, el único que llamaba con su voz gruesa a mi madre por su segundo nombre de cuadra a cuadra.

Fue amigo de mi padre antes que yo naciera, cuando mi progenitor llegó a ese pueblo remetido entre valles interandinos. Juntos cometieron en compañía  de otros tantos, algunos de las más recordadas aventuras de esos lares. Cosas sencillas pero para la languidez de los días sin sobresalto de esos pagos, pues eran relevantes, como el pasar una noche chupando vino en la punta del Huillay, cerro tutelar del pueblo, o atravesar a nado y borrachos el río en la parte más tumultuosa antes de la catarata de Sipia, llevar serenata a Puyca, pueblo con una alta dosis de recelo para con los capitalinos y salir vivos sin un disparo a cuestas, cosas de jóvenes al final.

Luego que mi padre se fuera del pueblo a otro más cercano a la gran ciudad, Beas y compañía trataron de seguir siendo alegres, pero sin la dirección del líder quedaron algo desamparados, pero igual, cada verano, cuando mi madre llegaba sola conmigo, éramos recibidos en la patota, los juegos de carnaval en que lloraba cuando llevaban a mi madre cargada hasta la pileta de la plaza o las noches de guitarreada a la lumbre encendida aún están presentes en mis recuerdos.

Beas tenía una especial habilidad para proveer de gallinas ajenas la olla del caldo en las serenatas. Con maestría salvaba los cercos y con paciencia felina acometía la labor de pescar con anzuelo de maíz a una gorda doble pechuga y meterla al saco. Era de risa como algunas de las afectadas por el robo, veían como su mayor ponedora iba detrás de un caminito de maíces. Beas hilvanaba a las semillas primigenias y, cuando la golosa ave había engullido lo suficiente, la jalaba de una y la pobre ave no tenía de otra que irse con su captor, mientras las voces chillonas inundan la tarde. Varios al día siguiente empezaban a indagar, pero siempre era la casa de uno de los convidados con el caldo grueso los que autorizaban el daño a la propiedad paternal, así que al final nada pasaba.

Sucedió una en que Beas, harto que lo mandaran siempre a conseguir las presas aún vivas, retó a uno de los convidados a hacerlo por una caja de cervezas. Al poco rato llegó el retado con tres gallinas y una olla de leche. Se hirvió el agua para pelar las aves y Beas tuvo que pagar la caja de cervezas que se diluyó como agua en la madrugada. La mañana los sorprendió a los reunidos alrededor de un humeante caldo que destilaba sabor fuerte y una olla de chocolate listo para acompañar la resaca. Las guitarras cantaban y las voces roncaban.

De pronto se aparece Doña Eulagia, mamá del Gogo, quién había proveído de presas los platos.

—Godo!!, tu aquí chupando y en la noche un ratero sea entrau a la casa y se llevau dos gallinas y a la clueca más, también se han cargau la olla de la leche que tenía para que forme nata para la mantequilla. Deja de chupar y vamos de repente hallamos unita siquiera o el rastro de la leche.

—Ay mamá tranquila, mejor vengase y tómese un caldito que esta rico nomás.

—Ummmm.

—Y también tómese este chocolate que está para levitar un cura.

—Godo creo que esa olla de allacito es de nosotros…

—No lo crea mamacita, es de nosotros con seguridad.

—¡Pero que te has creído desvergonzado, te llevas nuestras gallinas para alimentar a estos borrachos de porquería, vais a ver ahora traigo la reata y te zurro por mañoso, devuélvanme la leche, mis gallinas, a la clueca la habrían dejado siquiera!.

Bueno, en esa ocasión como que no fue directamente Beas el culpable. Pero la imagen de mala influencia quedó impregnada, dándole un aire prohibido, más aún con su look setentero: cabello largo y mostacho.

Yo lo recuerdo así.

Ya de maltón, volví pocas veces al pueblo y las veces que me cruzaba o que venía a comprar cigarros a la tienda de mi abuela, me llamaba “Kiwi chiquito” el apelativo que mi padre ostentara en el tiempo que vivió por allí. Odiaba ese sobrenombre. No le tenía mucho cariño al flaco que todos esquivaban. Años antes, el esposo de su hermana se robó las máquinas de una de las oficinas de reclutamiento militar, pero por casualidades de esas, al que vieron rondando el lugar días antes fue a Beas. Él sabía, cuando los policías lo sacaron a empellones del billar donde lo arrestaron, que era inocente y sabía quién era el culpable. Pero, su hermana era algo discapacitada de la mollera y tenía cuatro hijos y una inutilidad para mantenerse sola que influyó en Beas a no decir nada y cargar una culpa ajena que lo llevó a ser inquilino de la cárcel. Al salir las miradas de agradecimiento que esperaba nunca se dieron. En el pueblo le hicieron sentir por varios meses y años el rechazo.

Hasta muy adolescente no le devolvía el saludo, hasta que un día me encontró fumando un cigarrillo Inca a la vuelta de la casa y me dijo —Oye Kiwicito tu abuela te va a sacar la chochoca cuando te vea. Lo único que le respondí fue que dejara de llamarme así y que usara mi nombre si quería una respuesta. Se quedó pensando y se despidió usando mi nombre. De allí en más usó mi nombre y delante de otros también lo hacía.

Es así en esos pueblos de mi tierra, los hijos siempre son ubicados por ser hijo de tal o nieto de cual, hasta que de por si logran que su nombre sea reconociddo. Yo logré que Beas me hiciera el favor de dejar en claro que yo era quién era y que iba a contar mi propia historia.

La arrogancia de la juventud hizo que las pocas veces que volvía por allí lo tratara de igual a igual, hasta le invitara en alguna ocasión un vaso de cerveza o pisco en las fiestas patronales, en las cuales yo era un pelucón foráneo que no era reconocido hasta que, por ventura de alguno, nuevamente la marca de mis antepasados me venía a dar algunas licencias para agruparme con aquellos que conocieron a mi padre o valoraban a mi abuela.

Con el tiempo supe que llegó a tener dos hijas nunca reconocidas, cumpliendo la condena generacional que indica que de hijo no reconocido solo se engendrará más hijos no reconocidos hasta que uno de los descendientes rompa el estigma. También me enteraba, ya que mi madre traía esas noticias, que el viejo Beas hacía sus ricos cebiches de trucha de río, o que organizaba chocolatadas. Eso último no le entendí y le pedí explicaciones. Resultó que una de esas veces mi mamá lo escuchó en su programa de radio comunal, anunciando para la tarde no olvidarse del “Chocolate caliente para el alma”. No pude evitar reírme.

Ya no volví a ver al viejo Beas, al cual durante su paso por este mundo le decían: “Garganta de lata”, “Cabellos de ángel”, “Cristo Pobre” entre otros apelativos más ingeniosos aún. Para mí siempre era aquel que me decía por mi nombre en un lugar al que aún hoy me dicen “Hijo del Kiwi”.

Beas murió hace unos días y mi mamá me avisó. Hace dos semanas cayó por el hospital con fuertes dolores de cabeza. La desidia y la falta de tomógrafo hizo que recién hace días lo trasladaran a la ciudad y le descubrieran la embolia cuando ya partía para otros rumbos a seguirle guitarreando, no lo dudo, a quién le tomó el apelativo que titula esta crónica urbana.

Es extraño pero llegas a un momento en tu vida que, los que van muriendo, formaron parte de un largo trayecto de la tuya. Beas no fue un ejemplo de vida, en serio, no hay que tapar el dedo con el sol de las virtudes que nunca tuviste, pero también, gracias a Dios, la memoria en estos casos pareciera que solo tiene datos amables sobre esa persona para darte y todo se disculpa.

Descansa Beas challay, no me enseñaste a tocar guitarra y ni a calladamente engatusar una gallina, pero me diste el orgullo de que alguien en ese pueblo me llamara por mi nombre y me tratara por ser yo. Nos debemos una serenata más, esta vez la gallina me la agencio y tú toca ese lindo huayno que decía: “barrio de Chacaylla, plaza de Corira, te recordaré por siempre barrio de Chacaylla, lo que me pasa, lo que me sucede, por esa ingrata paisana que no me ha querido…”

 

 

El poder de las palabras

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Ya hace algún tiempo puedo decir claramente la palabra “Mamá”. No es que sea algo dificultoso, pero, aún debo ejercitar mi voz para que salgan las palabras que quiero, mientras tanto intento decir “abrazo” y me sale “uftadazo” o quiero decir “leche” y digo “ummmf”.

Creo que decirle “Mamá” a mi Mamí es fácil, porque la quiero mucho. Las palabras deberían ser siempre así, dichas con amor.

Ahora, no es que no quiera a mi Papá, pero la palabra se me dificulta un poco. Es así como sacar el airecito de adentro para que haga PA, pero mis dientecitos chiquitos no me permiten hacerlo todavía.

Mientras lo intento, escucho a veces atentamente lo que dicen los demás… Bueno, por lo menos un ratito hasta que me distrae el zumbido de uno de esos aparatos que los dominan a todos los mayores, sí, esos que pegan a sus oídos y los hacen estar mucho tiempo hablando como locos, también allí trato de escucharlos, para aprender las palabras.

Yo soy creativaso, o como se diga a eso de inventarse cada cosa,  y para simplificar creo nuevas palabras, como “tanfun”, para mi cajón de juguetes o “dada”, para las perritas de mi abuelito Issac.

Hay palabras que reconozco me hacen cosquillitas de felicidad, como cuando mi Papá llega del trabajo y me levanta en brazos y me dice que me extrañó mucho, o cuando mi mamá me dice que me duerma tranquilo que ella estará allí.

Al final sé que en algún momento podré decirle a mi Papá lo mucho que valoro que trate de llegar a casa todos los días temprano y a mi Mami que me gusta mucho verla hacer las cosas en casa.

Ustedes deben ser expertos en decir cosas a los demás ¿No?. Debe ser, y dirán a sus hijos cuanto los quieren y a sus esposas que las aman y a sus esposos que están orgullosas y cosas así. Llamarán por esos aparatos a sus mamás y les preguntarán como están, y a sus papás, primos, tíos, sobrinos, para preguntarles cosas así. Y es que he aprendido que las palabras son mágicas cuando se dicen pensando en los demás.

¡A que no adivinan!: esta tarde, cuando regresó Papá, al verlo entrar al cuarto me alegré tanto que dije clarito: “Papá”, síiiii, fue emocionante porque me abrazo fuerte y nos reímos juntos y repetí una veces más esa palabra tan querida.

Claro, ahora el problema es que no sabemos cómo hacer para que Papi deje de contar y contar a todo el mundo mi hazaña. En fin, las palabras también sirven para decirles a los demás sobre las cosas buenas que nos pasan.

Palo con clavo y santo remedio

Sin título-2            Los sueños de venganza son los más inútiles de los consejeros cuando la cabeza está contra el piso y una zapatilla la aprieta fuertemente, como si quisiera que el cemento y el cerebro se conocieran e hicieran el amor de una vez.

         La zapatilla de lona huele a queso. Y es algo extraño: nadie te dice que esas zapatillas te sacan un olor tan fétido, pero igual te las compras. En ese momento el olor inunda la nariz del muchacho que esta tiernamente tirado en el patio del colegio, mientras las risas revientan como pop-corn por doquier, llenando el ambiente de una canción de moda con su nombre y el apelativo de “maricón” combinados, bailando un vals un dos tres, un dos tres.

         Esa sensación de irrealidad y presión en la cabeza, cada vez que lo apalean, vuelve y revuelve una vez más. Y no es la adrenalina subiéndosele para sacar golpes de karate precisos, como la película del canal seis que vio el fin de semana. No será esa aura de poder, que lo llevará a ejecutar la patada de la grulla contra su enemigo, librándolo del maldito estigma de ser un perdedor.

         Una vez más el tiempo se dilata para que sus sueños de venganza fútil lo lleven a imaginarse que logra de una vez sacarse de encima al Loco Herrera que siempre usa como banquito para su zapatilla de lona barata, su mejilla de trece años.

            “La venganza es un plato que se come frio mi pequeño saltamontes, ya llegará tu oportunidad…” parece oír mientras que, como en un ensueño, oye llegar al auxiliar al que apodan “Perro” y sacarle de encima al repitente, dos-veces-ya-van-Herrera-no-te-da-vergüenza, de metro setenta y monstruosamente musculoso, para esos ínfimos quince años que debería tener corporalmente.

         El roche es mayúsculo cuando lo ayuda a pararse y se lo lleva arrastrando hacia la oficina de auxiliares para decirle lo tonto que es, para decirle que debe enfrentarse como un hombre a los demás, que parece una mujer a la que siempre tienen que defender y que nadie tiene respeto. Gracias a Dios en este país funciona la educación pública que alienta a los alumnos a ser mejores ciudadanos que buscan la paz y la tranquilidad ¿no?, piensa el alumno Chacón mientras oye hablar al auxiliar. ¡Sácale la mierda de una vez porque si no vas a terminar uno de estos días entregando el poto y ni digas que no te lo advertí Chacón!, es la última recomendación práctica que se le hace antes de mandarlo a su salón de clases, donde, al llegar, los murmullos y las risitas acompañadas por miradas de conmiseración lo hacen sentir una vez más que vive en una irrealidad luctuosa, oleosa, irritante…

         Días después la cabeza vuelve a rebotar esta vez contra el pasto, prolijamente cortado y lleno de piñas de los cedros del parque detrás de la urbanización La Salle, donde fue a enfrentar a su enemigo, tratando de convocar en el proceso a algunos alumnos abusados para que le caigan encima entre todos. Al final nadie lo ayudó y tuvo que tragarse la humedad de la grama domesticada, recién mojada y anegada, en la cual se estaba ahogando porque, al no haber “Perro” cerca, el Loco Herrera se estaba regodeando en atormentarlo por su falta de hombría suficiente para darle siquiera un golpecito, una cachetadita pues.

         En un momento dado siente el alivio de liberarse de la presión en su cabeza pero el cuerpo no le da para pararse, en esa tarde en que alrededor de ellos se congregaron hasta las chicas del Arequipa de segundo año y en especial esa gatita que le gusta tanto y tanto, maldita sea quiero que me trague la tierra en este instanteeeeeeeee!!!!!!!!!, piensa.

         De pronto oye que las muchachas gritan con aulliditos mezclados con algo que no logra descifrar, hasta que siente algo caliente en la cara, un líquido que lo saca de su ensoñación derrotada y lo hace arrastrarse tratando de evitar el chorro bomberil de orina que le está manchando para siempre el honor y dándole un estatus más bajo que el de gusano para siempre, en el mundo de la esquina de “Le Petit Marché”.

            Este mundo es extraño, piensa siempre que quiere dejar de preguntarse el porqué le pasan esas cosas a él, cada vez que no entiende ni siquiera qué papel juega en todo ese mundillo adolescente de demostrar quién pega más, quién tiene más flacas, quién chupa más, chanca más en los estudios o es el más pendejo o se masturba más y tantos más de los cuales él es el más inútil de los más. No entiende nada pero sabe que pisó fondo y que MÁS bajo no puede caer. Era la hora de sacarse de encima de una vez para siempre a Herrera y, una idea, se le iba formando en la cabeza.

         La venganza es de noche y sin luna. Aunque no vale de nada porque en el barrio que vive Herrera no es necesaria, pues no necesita la protección de la luminosidad de los focos municipales para ser respetado. Hasta los perros callejeros se alejan de él cuando pasa. Esa confianza es la que convence a Chacón (o “Chancado” como ya le dicen), de planear su ataque vengativo.

         Es fácil para la revancha despertar instintos tan sencillos y contundentes. Es fácil imaginar la eficacia de algo que parece improbable de funcionar. Es cuestión de planificar con la sencillez que da el objetivo, un objetivo grande de espaldas generosas, que camina sin cuidado por las calles de su barrio, sin temor a ninguna clase de ataque como el que quiere perpetrar Chacón.

         La noche es su amiga y chochera desde hace días, pues no le importa escapar de su casa pasadas las siete peeme para ir a vigilar que la rutina de su enemigo sea siempre la misma. A esa hora el vigilado va a visitar a su jermita del barrio, que vive tres cuadras más allá. Siempre pasa por la misma ruta y cruzando esa torrentera que es oscura a más no poder. Allí estará apostado Chacón con un palo con un clavo de cuatro pulgadas sobresaliendo en la punta y algo doblado, lo suficiente.

         Claro, el truco es golpear justo una palma más abajo del cuello, para que el clavo atraviese y se enganche entre las vértebras y las costillas. Tiene que ser así de certero el golpe para que cuando el susodicho intente agarrar el palo para sacárselo se lo incruste más, por la forma como cogerá el mango desesperadamente, hasta que alguien logre inmovilizarlo, cosa difícil con la contextura de la víctima y, por supuesto, contando que alguien se atreva a ayudarlo en un barrio en el que el temor hará que nadie salga hasta que se desangre o se desmaye… así de sencillo.

         La venganza es un plato que se come frío pequeño saltamonte, y se hace en la noche y con un pasamontañas como resguardo para evitar identificaciones que arrastren una detención temprana. La obscuridad, tres soles para tomar un taxi a la volada y la imposibilidad de culparlo a él, justamente a él jajajajajaja, hasta daría impresión pensar que él, el más cobarde de los cobardes, pudiera planear algo así. Entonces la venganza sería para su propia satisfacción y lo llenaría de un orgullo que ya empezaba a saborear en esa noche en que estaba apostado a las seis cuarentaicinco en el callejón en espera de su presa que, después de minutos lentos y desesperantes, se aproxima con ese tumbao que tienen los guapos al caminar… como dice la canción.

         Chacón aprieta firmemente el palo. Ve en cámara lenta como Herrera pasa por su costado y se apresta a salir y cumplir su más grande deseo.

         Sencillo ¿no?.

         Nadie vería nada.

         Es sencillo ¿no?.

         Tomar la vida de su enemigo en ese momento es increíblemente fácil. Una vida en sus manos. Se siente tan poderoso como nunca se sintió.

         Pero ¿es tan sencillo?.

         Si, tan sencillo como bajar el palo y dejar que Herrera se vaya. Al día siguiente y después de largas conversaciones con sus padres, es trasladado de colegio, a otro menos nacional y de marca callejera. A uno más alejado de ese submundo de la esquina de Le Petit Marché. Tan sencillo como aprovechar ese sentimiento de poder, para elevarse como un fénix por encima de muchos a lo largo de esos años que comenzó una nueva vida, gracias a esa fuerza, salida de quién sabe dónde y que lo acompaña siempre y que le hace sentir cosquillas de placer cada vez que recuerda a Herrera, y esa historia, extraña y lejana historia, de cómo quedó paralítico por un ataque por la espalda con un palo con clavo oxidado, seis meses después que él se cambiara de colegio y desapareciera de la vida de todos ellos en esa esquina, en ese colegio y de esa gatita que no recuerda su nombre y la verdad, ni importa ahora.

(Finaliza con la tercera parte: La huida del Ojón

 

La última chance

¿Qué harás con la última oportunidad?

Sarkadria

angel

Tengo la oportunidad de correr tras de ti en la arena

Fundirme contigo en el abrazo primigenio

Tengo el tiempo para cantar en medio de la calle

Esa canción que nunca me abandonó

Saltar en tierra mojada

Volver a jugar con esos mandos viejos

Teñir de blanco mi cara

Recitar el poema de mi hijo en el micrófono virtual de Youtube

Comer esa fruta que no me gusta (mentira me comeré miles de guayabas)

Acostarme por horas vencidas las ganas de trabajar

Ver cómo nuevamente Cantinflas me hace reír

Soñar despierto con la vida que nuestro hijo tendrá (Futbolista quién sabe NO)

Tengo la oportunidad de explorar la piel que te nace

Entre el pecho y el beso

Tengo la oportunidad de correrle a la tristeza

Comiendo un helado de frambuesa J

Puedo componer versos tontos

Lamerte la cara para que pongas cara de asquito

Sentir el agua con colorante

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Un respiro para Papá

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A veces Papi viene a casa tan cansado que ni me mira, pasa de frente a la cama sacándose la corbata y agarra el aparatito de la caja de colores y empieza a cambiar canales y ni un besito para su hijito. Eso no me estaba gustando.

Empecé a darme cuenta que eran menos las veces que lavaba mi platito de comida o me preparaba mi lechita. Tampoco me cambiaba el pañal o me arrullaba en las noches cuando me despertaba porque soñaba que un punto negro gigante se comía los colores del arcoíris.

Algo estaba pasando.

Como soy muy observador, me di cuenta que mi Papi estaba cansado últimamente y se quejaba del trabajo. Que era muy duro por esto, que era muy pesado por aquello.

Mi Mami estaba también triste porque ya no conversaban como antes y no se alegraba con nada.

Además, como que es muy difícil hablarle a alguien que está enojado.

No sé si ustedes se han dado cuenta, pero a veces los adultos como que se olvidan de lo principal, digo, de quedarse quieticos un momento mirando un rayo de luz, o dejarse llevar por la brisa que se cuela por la ventana. Deberían prestarle más atención a los sonidos. A mí me sirve, cuando estoy algo molesto por el pañal o porque no puedo rascarme la espaldita, escucho las voces de mis Papás conversando o de la calle solamente y me relajo mucho.

Hoy tomé la decisión de ofrecerle a Papi algo que aprendí hace poquito y que le escuché a mi Tío José Manuel.

Cuando llegó del trabajo y vino al cuarto le sonreí, cuando me cambió mal el pañal, le sonreí, cuando no me saludó otra vez, le sonreí.

Los dos primeros días no me hizo mucho caso, pero al tercero me sonrió también, entonces me reí. Al principio se quedó sorprendido, pero inmediatamente también se puso a reír conmigo, luego me reí más fuerte y él también.

Así han pasado varios días y ya está más relajado mi Papi. Y es que él aprendió como yo, que una risa son como vacaciones instantáneas, capaces de aliviarnos esas molestias que nos provocan cosas tan tontas al final de cuentas.

A ver si también ustedes se embarcan en un lindo momento fuera de sí mismos y se ríen con toooooodaaaaasssss sus fuerzas ¿Sí?.

En “Le Petit Marché”

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         Se sentía extraño besar sus labios cerrados. No la abrazaba, mantenía sus manos a los costados y solo proyectaba hacia adelante su cara. Trataba de mover los labios de Rosa, pero ella no correspondía.

         –Tú ya besaste antes ¿No?— le preguntó ella en un respiro.

         Sí—, le respondió.

         —Me lo imaginaba— susurró con una marcada tristeza que años después recién comprendió Thomás.

         De pronto se sintieron rodeados por varios muchachos. En sus caras agrestes se reconocía que eran del Túpac Amaru.

         —¿Qué quieren?—, preguntó Thomás mientras Rosa se colocaba detrás de él.

         —Nada sonso, solo ver como besabas a mi flaca—, escupió el más adelantado de los muchachos.

Examinándolo era un quiscudito de menos de trece con la bragueta abajo y la camisa blanca del colegio salida en un costado, tenía los dientes delanteros careados y una mirada de odio racial que nadie le sacaría del alma.

         Thomás empezó a sudar frío. No tendría oportunidad contra ellos, ni siquiera tendría oportunidad en uno a uno, nunca le fue bien en las peleas antes. Ganar tiempo, eso era.

         —Dices que Rosa es tu flaca, pero nunca te vi con ella—, le dijo mientras lentamente, sin dar la espalda al grupo, se dirigía a la esquina de la cuadra.

         —¿Oe tú crees que soy huevón?, ella vive por mi casa y conozco a sus hermanos, son mis yuntas.

         —No es cierto, no soy nada de él créeme Thomás—, le decía Rosa respirando fuerte y con calor a su espalda.

         Thomás debería creerle, no hacer lo que hizo, debería saber que los labios de una chica de once años que no se abren para el primer beso, son la marca indeleble de no saber besar, que nunca estuvo con otro y que si aceptó estar con él fue por la presión de sus amigas.

         Los dos se conocieron en “Le Petit Marché”. Esa esquina que años antes fue heladería de pitucos, pero que ahora quedaba de recuerdo una tienda de abarrotes y un letrero que nunca nadie supo que decía o que significaba. Desde hacía dos años que los colegiales del Muñoz Nájar, el Túpac Amaru y el Independencia, se reunían a esperar a las chicas del Arequipa y del Micaela Bastidas. Se juntaban en grupos y algunos se iban a los parques de la urbanización cercana a tomar pisco con gaseosa y jugar a la botella borracha.

         Rosa estaba en primer año de secundaria y conoció a Thomás porque se lo presentaron en el grupito de sus amigas. No le tomó mucho interés al muchacho delgado y con una nariz graciosa, con rulos y pestañas grandes, hasta que Silvia, una amiga de ambos, le dijo que Thomás estaba interesado en ella y que se declararía el sábado. No llegó a tanto. El mismo viernes él la esperó y le pidió hablar un momento. Ella se separó a un costado de su grupo de amigas.

         —¿Qué quieres?— le dijo al galancete.

         —¿Porqué estás arisca?— le repreguntó Thomás.

         Es que me voy temprano ya sabes….

         —Entonces te lo digo—, le dijo el muchacho acercando su boca a su oreja y diciéndole despacio, en medio del bullicio de voces y carros: —¿Quieres estar conmigo?.

         La muchacha hizo honor a su nombre, coloreándose con intensidad sus mejillas, pero se recuperó lo suficiente para decirle, —Mañana te contesto— y salir disparada para que sus amigas la recibieran con alborozo y mil preguntas a boca-de-jarro mientras Thomás se dirigía lentamente, con soltura, donde sus amigos de mancha.

         Al otro día él la vio con ropa de calle y sufrió una decepción al verla tan sencilla y niña, con su chompita rosada y su jean suelto con sus zapatillas de colegio blancas. Pero bueno, no estaba para hacerse el rico, ya estaba embarcado en la tarea de tener jermita, como muchos tenían.

         —¿Y?, cual es la respuesta— le preguntó de arranque.

         —Te respondo pero me voy rápido ¿Sí?— le dijo obviando el saludo también.

         —Ya, ya—, le dijo para recibir un “Sí” quedito y ver a la chica salir corriendo de nuevo para repetir la misma escena de ayer con sus amigas e irse brincando y mirándolo de reojo.

         Él se sintió un hombre a sus trece años. “Ya cayó la mocosa”, se dijo para sí mismo.

         Pero, en esos momentos, frente a esos muchachos con ganas de estamparlo en la pista gratuitamente, no se sentía nadita mayor, más bien empezaban a temblarle las piernas imaginando la paliza que estaban por darle. Mientras, el instinto primigenio, le hacía hablar en el mismo tono, sin inflexiones, contestar sin insultos comprometedores al otro tipo y avanzar paso a paso hacia la esquina, desde donde se veía la avenida La Salle y, por alguna razón, sabía que los chicos esos no se atreverían a chancarlo allí, no vaya a aparecer una patrulla de la Policía.

         —Mira no me jodas si quieres a la chibola te la regalo que a mí me sobran ¿Sí?, así que vete con tus choches a otra parte y no me molestes— les dijo Thomás ante la cercanía ya palpable de la esquina, a la que llegó y, sin temblor, dio la vuelta con Rosa agarrada a su mano, con la cual empezó una caminata rápida hacia Le Petit Marché.

         —¿Es verdad lo que les dijiste Thomás?—, —¿Es verdad que tienes otras?

         —¡Cállate!, ¿No ves que todo es tu culpa por ser regalona?—, le gritó.

         ¿Qué es ser regalona?, ¿Qué significa estar con uno y con otro, chapar con uno y otro jugando a la botella borracha, irse a la cama con uno y con otro cuando se van a la casa del Toro, enamorarse y entregarse a uno y otro en la academia, instituto, trabajo, que significa tener un hijo para uno y otro, no saber de cual es cual o simplemente hacerse la sueca para endosárselo al más pavo de todos, que significa, por último, ese dolor interminable de no entender qué pasó, en que se equivocó con Thomás, porqué la trata así, porqué se aleja de ella, porqué no lo verá nunca más, porqué tomará su carro a su casa en otro paradero y así evitará ser una regalona? Porqué…

         Mientras camina hacia la esquina, Thomás piensa en convocar a los de su mancha, a los que aún están en tercer año, los que no participan tanto en los asuntos del grupo “La Maffia”, la cual lidera el Toro, muchacho de veintitrés años y líder natural. Él logró que la esquina entre las avenidas La Salle y Goyeneche fuera sólo del Muñoz Nájar y que los de la “I” se fueran a la esquina del Seguro Social. Lo consiguió a punta de masacres a la hora de la salida. Él también dirigía los atracos nocturnos después de embarcar a las chicas. Él tenía un fierro del 38 que cargaba Miluska, su flaca. De él se decía que había matado, violado, por eso lo seguían, porque era bravazo.

         Thomás pensaba en todas esas cosas mientras llegaba a la esquina donde estaban sus amigos y les dijo: —Vamos.

         —¿Qué pasa?—, le increparon, —Unos huevones del Túpac me quisieron gomear, así que vamos para sacarles la mierda. Se movieron varios para seguirlo justamente cuando los mencionados se acercaban a la esquina.

         De frente Thomás se le paró al quiscudo.

         —¡Así que machito con tu mancha no huevón! ahora pues arreglemos frente a frente si eres hombrecito.

         El quiscudo puso una cara de rabia que se transformó poco a poco en de cuidado. Thomás entonces sintió como a sus espaldas se congregaba gente.

         Uno de los del Túpac dijo: —¡Qué mierda quieren huevones nosotros no les hicimos nada!.

         De pronto la voz del Toro se dirigió hacia uno del Muñoz: —Bájatelo a ese—, inmediatamente un puñetazo a la nariz dejó sin habla al del Túpac.

         Entonces no hay paltas—, dijo Thomás que se sintió el más de las capaces en ese momento.

         —No hay nada, todo bien—, contestó a media voz el quiscudo.

         Entonces pide disculpas huevón—, le dijo con ganas de buscarle la sinrazón.

         Un instante de silencio necesario para medir las fuerzas, eran 7 contra toda una mancha de forajas que empezaban a agarrar palos de por allí.

         —No, no hay nada y quédate con la chibola si quie…—, no alcanzó a terminar.

         —Es mi flaca desgraciado y ¡Respeta carajo!—, le gritó Thomás, mientras le daba un puñetazo en la cara.

         El quiscudo, escupió de costado la sangre de su boca y apretó los puños, pero los relajó al instante para alejarse de costado sin dar la espalda junto con sus amigos para nunca más asomar la nariz por allí.

         El tumulto se disolvió… los amigos de Thomás le decía: —Bien jugado… así aprenderán a no meterse con nosotros… estuviste bravazo.

         Mientras le decían esto él buscaba con la mirada a Rosa, pero no la vio más. —Qué importa, después de esto voy a tener más flacas de las que necesito—, se dijo para calmarse un dolorcito que se le empezó a formar en el pecho.

         Más tarde, cuando las muchachas fueron embarcadas y los chicos se iban a sus casas, el Chato José, un lugarteniente del Toro lo llamó: —Oe él quiere hablar contigo de algo. —¿Conmigo?—, —Sí, a ti huevón, no te hagas el chueco—, le dijo.

         Bueno…

         Él Toro lo esperaba junto con los más avezados de la mancha.

         —¿Cómo te llamas?.

         Thomás le respondió, reprimiendo las ganas de decirle que ya se conocían.

         Hoy estuviste bien, ¿Quieres hacer algo más fuerte?—, —Sí, puede ser, ¿Como qué?—,  preguntó.

         —Nada, ya lo manyarás en el camino, lo único que tienes que hacer por ahora es tener los ojos bien abiertos para que nadie, en especial los tombos, nos frieguen ¿Sí?.

         —Si Toro—, contestó Thomás, imaginado las miles de aventuras que significaba que lo integraran al grupo de los reyes, de los machazos, de los bravazos de “Le Petit Marché”.

(Próxima crónica: “Palo con clavo y santo remedio”)

Te caerás… y ¿Qué harás?

DSC04695Cada día aprendo más sobre mí mismo y mis fuerzas. A veces me sorprendo que, teniendo ya seis meses, pueda levantar mi cabecita y mirar lo que alcanza mi vista. Ummmhhhh, quiero probar hasta dónde puedo llegar…

Entonces, si pongo mi piernita derecha por aquí, veamos, luego mi rodilla izquierda, pero, si mejor me ruedo para la derecha, así, luego me voy para… que pasa no me detengo ¡Nooooo!.

No entiendo nada, me duele mi cabecita, quiero a mi Mami, ella llega ahora, pero no me deja de doler, quiero a mi Papi también.

No dejo de llorar y ya llega mi Papi, quiero que me abrace y me diga que me va a dejar de doler mi cabecita, no puedo dejar de llorar.

Estamos en un auto y no sé a dónde me llevan, no creo que a lo de la abuelita Lili, o la casa del abuelito Issac. Quiero que me sigan abrazando y cuidando, así, ya estoy dejando de llorar y el dolor se va.

No me gusta este lugar, es frío y me quiero ir a casa, quiero que me lleven a mi camita, que me den mi lechita. Un Señor de Blanco me agarra por toda mi carita y mi pechito y le pregunta a Mami cómo me caí… ¿Me caí?.

Quiero escuchar atentamente y saber porqué dicen que fue un descuido de mi Mamá, si yo mismo me impulsé para ese lado, lo que no vi fue que estaba a la misma orilla de la cama. Pero no es culpa de Mami, tampoco de Papi. Él dice que debió estar allí, pero que por ganar unos dineritos  se fue. No Papi y Mami: ustedes no tiene la culpa. Uyyy como me cansa esperar hasta poder hablar bien!!!.

Otro señor hace que me quiten la chompita, el polito y el vivirí y no quiero y lloro porque me molesta el frío en mi espalda. Papi dice que va a pasar. Y de nuevo estamos aquí afuera esperando no se qué, ahora sí mis papás van a tener la culpa de mis lloros porque quiero dormir en mi camita.

Parece que me dormí en brazos de Mamita y llegamos a casa, apenas he despertado y siento a mis papás a mi alrededor. Quisiera decirles que no se preocupen, si el Señor de Blanco me envió a casa, es porque estoy bien, pero quisiera también decirles que ya comprendí que lo que pasó: fue que me caí y que, aunque me ha dado mucho miedo y temor, sé que volveré a intentar gatear y de seguro también rodaré un par de veces, de seguro también mis papis me pondrán más almohaditas a los costados y estarán a mi alrededor, pero que no se preocupen tanto, porque deben saber que si me caigo una vez, pues me levantaré dos, eso es lo que haré siempre porque ¿Ustedes también lo hacen así, verdad?.

Historias del Peregrino: La fuerza de un toro

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Yo no lo conozco al tal Peregrino. Dicen que llegó ya una vez hace mucho tiempo y se quedó lo suficiente para que lo recordaran los mayores, pero ahora está de vuelta por esos pagos. Yo no lo conozco bien amigos, pero sé que debe tener pacto.

Pero por favor, invítenme una copa que ando con el guargüero reseco y constipado por la arenas que he atravesao.

¡Ahhhh! Que rico de verdad este anisado compañeros. Pero no se me inquieten, me han llamao pa contarles sobre el Peregrino y se los voy a contar todo.

Porque como saben, eso del Toro de Don Grimaneso no ha sido mentira, no no, yo lo he visto.

La Fiesta de San Hermenegildo comenzaba temprano ese día y los toldos estaban chillan chillan en los linderos del coso. En la madrugada el Venancio y el Junior habían bajado de la sierra, de la hacienda en Lacsa, a los toros bravos para la corrida. Entre ellos estaba el Pelao, un toro moteado de 350 kilos de peso de punta a punta y una cornamenta que cortaba de solo mirar.

Ese toro ya se había despanzurrado a dos parceros de la hacienda y había matado a punta de cornadas a un rival de amores. Era demasiado bravo para medirlo con un torero fino, pero lo traían para exponerlo solamente, era un semental que esperaba Don Grimaneso poderlo vender a algún hacendado del norte como padrillo.

¡Ah!, la fiesta, gran celebración donde todos son amigos, bueno hasta que se acababan los cuartitos de aguardiente de caña y empezaban los pleitos, pero todo se arreglaba con un buen plato de picante con su papa, su torreja, su presa de cuy y su batido de tarwui. Que rica la chicha blanca, que lindas las chiquillas, las señoritas en sus caballitos blancos, que galantes los hijos y sobrinos de los hacendados. Entre ellos, desencajaba el Peregrino.

La verdad, no sé que tiene en su andar, pero pareciera que no le temiera a nada, es viejo, es canoso, pareciera entre cuarenta y sesenta años. Yo ni de vainas que me le acerqué ese día. Muchos decía que esta ccaicado, hechizado, porque no entendían cómo si se fue ya viejo regresaba igualito.

¿Ustedes conocen a la hijita de los Madariaga?, no pues si no suben al pueblo si no es en octubre para vender el vino y ellos siempre llegan a por estas fechas para el Santo Patrono. La Doña Eulagia era la más devota y la niñita, hija de su nieta, salió igualita, así de pecosa y con ese aire de mandona que ya tienen desde que nacen los de su estirpe.

Las trompetas, los bombos, las guitarras, como sonaban a celebración, así como yo celebro que no sean tacaños con el anisito, así, muy bien amigos, mucha cháchara y se preguntarán cómo fue que se escapó el Pelao. Unos ccoros de aquellos que solo sirven para hacer daño, estaban subidos en el cerro, al lado del corral grande, bien atrincherados en un árbol de sauco, y le tiraban piedras al mounstruoso animal ese. Para la malaya suerte de todos, el animal había aprendido como sacar una tranca sin amarrar, así que en una de esas se fue contra la puerta del corral y de un solo astazo levantó la tranca y se mandó contra el árbol.

Los mocotecctes esos ni atinaron a nada, solo a gritar. Así se apareció el Junior en caballo y, gritando como loco, atrajo al animalote contra él.

A puro grito les dijo a los mocosos que avisaran en el pueblo que el Pelao se había escapado. Como alma que lleva el diablo los chiquillos corrieron hacia el pueblo gritando el peligro. Todos se escondieron en sus casas y los más bravos agarraron sogas y estacas para ir a capturar a la bestia. Estaban animados. Lo malo es que el animalote había dejado de perseguir al Junior y se adentró al pueblo por el lado de la Iglesia. En plena plaza casi no había nadie, pero sí el Peregrino y la nana de la niñita.

Al ver al toro la pobre chiquilla se desmayó y la niñita empezó a correr hacia la casa grande. El toro la divisó y arremetió contra ella. Todos gritaban pero eran más mujeres y bueno, yo que andaba en la tienda de la Paspina. No llegaba a salvar a nadie como estaba.

Ahí pasó.

El Peregrino lleva siempre un bastón que nunca suelta, no sé como apareció justo a un costado del animalote y le dio un empujón cuando las cuatro patas estaban en el aire. La bestia cambió de rumbo y se desparramó por el piso de piedras, mientras el viejo ese tomaba a la pequeña y la lazaba a los brazos del Carlos Tineo que se apareció justo por allí.

Pero la bestia no estaba derrotada. Se paró bufando a los mil demonios y arremetió contra el vejete. Allí sucedió algo que no entendemos. Yo vi todo, pero aún no se me cuaja la idea.

El Peregrino esperó con el pie derecho adelantado al animalote y cuando llegó donde él, con el pie izquierdo dio un salto para atrás mientras con el bastón como que hizo una cruceta en los cachos, con el brazo derecho debajo del cacho izquierdo y el brazo izquierdo bajo el cacho derecho agarrando el bastón y, cuando cae al piso después del salto tira para abajo pero para el lado derecho de él, haciendo que la cabeza de la bestia inmensa se vaya para abajo y el cuerpo se le tuerza de manera incomprensible y cayera.

El bastón salió disparado para el cielo y lo agarra en el aire el tipo ese que bien plantado, como si no hubiera pasado nada, estaba allí, mirando al toro. Pero no acabó la cosa, el bruto animal quería aún luchar, pero se le acercó el viejo ese y ya no vi que hizo, pero lo dejó dormidito al toro, luego le pidió a Carlos ayuda y este como hipnotizado fue y juntos le ataron las patas.

Don Grimaneso no creyó nada y quería que arresten al viejo y que le pague por lo mal que quedó su toro, pero los Madariaga se impusieron, le dieron la mitad del valor real y lo mandaron a que se tranquilice, después arreglarían le aseguraron. Ellos no pasarían la vergüenza de permitir que el salvador de su niñita sea arrestado frente a ellos, pero igual no estaban contentos, ya los conocen, son orgullosos, despidieron al Carlos por no haber sido él que la salvara y fríamente le alcanzaron al Peregrino unos buenos reales. Todos sabían que ese dinero se iba para las obras del comedor de los huérfanos. Porque sabrán que ese tal Peregrino es de los más tontos que existe en ese pueblo, porque con esos trucos que sabe, yo ya me hubiera hecho de dinero. Bueno, bueno, ya les conté la historia y mi copita está vacía, a ver quién me la llena y les cuento lo que le hizo el Peregrino al hijo de Don Eusebio Díaz del Puente, apuren, apuren que se me olvida la historia.

Arequipa escondida

Para conocer un poco de la ciudad de Arequipa, mi cuna natal.

Urbaneando

La ciudad de Arequipa contiene secretos que pasan desapercibidos a nuestros ojos, porque no nos da la gana de detenernos y admirar la belleza de sus detalles. En esta nota revelaremos algunos de estos secretos que están a la vista y paciencia de todos.

CARE´PIEDRA

La pregunta fue: ¿En qué parte de la ciudad se encuentran tres rostros que miran a otros tres directamente a través de una plaza?. La respuesta, si no la halló hasta ahora, se encuentra en nuestra nunca bien reconstruida Plaza de Armas, donde, además del Tuturutu que le faltan las alas, viven otros personajes de piedra granítica, observando cada día las irreverentes marchas populares y por las noches las huascas furibundas de los habitantes de esta revolucionaria orbe. Los tres rostros se encuentran en ambos portales de la plaza, el de Flores y de San Agustín, justo al medio. Vigilan la vida y obra de santos…

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¡No soy sordo!

15.06.2013 (Encuentro comunicadores) 106Hay veces en que las cosas no salen como uno quisiera. Cuando intento que los bloques de mi juego favorito entren por la ventanita de mi coche favorito y no lo logro, pues me da un no-se-qué, que no comprendo bien, pero es como si me dieran ganas de botar todo… pero no lo hago. Una vez que lo hice y mi Mamá se enojó conmigo y me pidió que no lo hiciera.

Otras veces tampoco me entienden cuando pido algo, si estoy mojado y no prestaron atención creen que lloro porque tengo hambre e intentan darme la compota. Al final, luego de varios intentos fallidos logran descubrir el pañal lleno, pero oigan: ¡Cansan de verdad!.

Pero no soy un bebé que sigue siempre enojado ni de mal genio, porque soy un genio… consiguiendo abrazos y caricias de los demás. Es un trabajo duro, pero como siempre digo: alguien tiene que hacerlo.

Lo que no entiendo es porqué a mi Papá a veces le da por estar molesto mucho rato, como si las palabras dulces de mi Mami o mis espectaculares gracias no le hicieran efecto. Como hoy, que llegó diciendo cosas que no entendía que no le salió esto, que no le pagaron eso, que la luz, que el agua, y no sé qué cosas más. Uhmmmm, hasta donde sé la luz la da el solcito y el agua sale del pilón… y al final todas esas cosas las da Diosito gratis… Pero he comprendido que los grandes a veces se portan de maneras que ni los bebés lo hacen…

Ahora mismo mi Papá se ha vuelto a enojar mirando un papelito que saca de su bolsillo y empieza de nuevo con palabras que no conozco como blanqueador, suavizante, detergente, y empieza también a levantar la voz y me está asustando.

En la caja de colores he visto a veces a personas que gritan fuerte, a veces para llamar a alguien lejano, otras para advertir del peligro y algunas para detener a otros, pero hay unas que no me gustan y son cuando le dan miedo a otras personas y estas se ponen a llorar.

Así me estoy sintiendo ahora, con ganas de llorar porque Papito está gritando y no aguanto y llooooorooooooo, buaaaaaa…

Mi Mamita me carga y Papá se calla por fin, le dice a mi Mamá que lo perdone y me abraza y seca mis lagrimitas. Me mira y me promete que no va a volver a gritar y yo le digo Sí con la cabeza y le sonrío para que sepa que se me pasó el susto.

Creo que al final mi Papá comprendió que no estamos sordos ni mi Mamá ni yo. A veces pareciera que los grandes se olvidan que no tienen que gritar, solamente cuando es necesario, pero suerte para ellos yo estoy listo para hacerles recordar el asunto.

Chicha de plátano

chicha de platano“Cervecita, licor amargo, tu eres culpable de mi desgracia…”

Wayno popular

La cerveza tiene un efecto extraño en Juan en ese momento. Está junto a tres compadres del barrio que le están hablando desde hace rato de un trabajo, que él es el tipo adecuado, qué adecuado, ¡ÉL es el tipo!, no hay otro para ayudarles en el robo.

La cerveza es extraña en esos momentos. Es un líquido que entra raspando con ese sabor que no sabe porqué miércoles le gusta, si tiene un resabido a excremento. Pero dentro del estómago se siente bien, relajado. Imagina su futuro ahora que lo escogieron a él. Imagina aventuras donde saca su futura arma y dispara certeramente a los tombos que lo persiguen. Se imagina llegando a casa y una amante complaciente le pide a gemidos que le cuente como le fue y él le relata los peligros de esa noche mientras se desviste ante la apuranza de la mujer.

La cerveza ya no sabe a nada, lo único que cuenta son las risotadas. Es pasado mañana no te olvides compadre, tienes que estar despierto y atento ¿Eh?, solo vas a cuidar que los tombos no lleguen, si es así avisas silbando y la picas nomás ¿Si?,  le vuelven a explicar una y otra vez y él se siente molesto, ¡Claro que sabe que va a hacer!, ¡Él es el tipo!, ¿No lo recuerdan?

De pronto llega de improviso la camioneta y bajan los policías. Juan los mira por un momento como si siguiera en sus ensoñaciones, hasta que se siente levantado y metido en la camioneta, sin que le dijeran nada. A su costado están dos de los amigos con los que tomaba.

Media hora después la cerveza ya no está físicamente en el organismo de Juan. Vomitó y se meó en los pantalones. Los golpes del garrote envuelto en una tela mojada duelen duro. Los policías están dándole de alma. Los otros ya confesaron, tú estuviste con ellos en el robo de la semana pasada en la residencial ¿No?, allí se cargaron al cuidante y tú eras el “campana”. ¡No!, no, eso no es cierto, ¿Cómo quieren que se los diga?. ¿Entonces qué hacías con ellos tomando?, festejaban pues o nos crees cojudos.

¡No es así!, es la frase que trata de repetir quince minutos más. Quince largos minutos en que la cerveza en la cabeza, el cansancio del cuerpo ante los golpes y la inutilidad de sus palabras, hacen que confiese algo que nunca hizo.

Durante tres años no probará de nuevo una cervecita. Y es que en el Penal de Socabaya solo se toma chicha de cáscara de plátano.

Una sociedad desilusionada

Una nueva opineada en Urbaneando, tranqui con los celulares y respira!!

Urbaneando

celular del futuro

“La creciente banalización del arte y la literatura, el triunfo del amarillismo en la prensa y la frivolidad de la política son síntomas de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea: la suicida idea de que el único fin de la vida es pasársela bien.” La civilización del espectáculo”

Mario Vargas Llosa

Un sábado mi esposa salió y me dejó con mi hijo Mathias. Por la tarde me animé a ir junto a mi pequeño al parque. Invité a mi hermano JA a caminar. Él es un adolescente de cuarto año de secundaria y en los últimos meses no habíamos compartido algún momento juntos. Una frase que me soltó a la volada hace algunas semanas me daba vueltas a la cabeza. ¿No sacas tu celular porque te da roche?, le pregunté. Él tiene un celular heredado de mí, un simple Nokia de esos que cuestan 59 soles. Sí…

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Las ironías de la vida

Un nuevo #Microcuento en Juchuy Pacha, saludos.

Juchuy Pacha

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Al ver el hacha a unos centímetros de él, no pudo evitar pensar en las ironías de la vida. Durante el tiempo que pasó en la cárcel, por estafar a varios con el cuento de la casa propia, pensó que meterse en la cocina le evitaría el esfuerzo físico, a él que nunca en su vida esforzó sus músculos. Lo que no previó es que sus compañeros lo pusieran cada madrugada a cortar madera para los fogones. Así, cada día de sus cinco años de encierro, acrecentó con mucho sufrimiento su conocimiento sobre las vetas de la madera, el ángulo correcto de impacto y la posición adecuada, amén de perfeccionar el corte limpio y destrozador de los troncos. Era al final un experto, nacido para cortar.

Ahora estaba libre y se encontraba allí, camino a su pueblo natal, frente a frente con esa herramienta que juró nunca volver a tocar……

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Sueños de grande

mathias fotografo

Escuché el otro día a mi tío José Alfredo decir que estaban pensando que quería ser de grande. Ummmhhh y más Ummmhhhh. No entendí mucho, pero creo que se referían a cuando creciera más, pues en ese caso… ¡Sería más alto que todos en la familia!.  Pensándolo bien creo que no era eso.

Debe ser algo así como en lo que van a hacer luego de que termine el colegio. Mi tío José Manuel estudia para ser “ingeniero”, no sé que será eso pero dice que ese será su trabajo de grande.

A ver, revisemos a los grandes de la familia y cuál es su trabajo.

Papi y mami son periodistas, bueno no sé bien qué es eso pero creo que van en busca de la “verdad”. Si la perdieron pues yo no tuve la culpa porque ni siquiera sé como es, no sé qué color tiene el rostro ni qué sabor tiene y eso que ya he probado todo lo que está a mi alcance, jijijiji, me río porque mi Mami se lleva cada susto conmigo…

Mi abuelita Liliana es algo así como la que ayuda a Diosito a traer niñitos al mundo y trabaja muy muy lejos, pero cuando viene me trae bizcochuelos y me da a escondidas pedacitos de panecillos de maicena, es muy buena conquistando niños por lo visto.

Abuelito Issac creo que trabaja contando esas cosas redondas brillantes que no me dejan tocar y que Papi dicen que desaparecen no bien llegan a fin de mes, entonces creo que es algo así como un mago, en todo caso sabe cómo hacerme dormir y eso ya es una gran magia.

Tío Aldo es muy importante porque su trabajo consiste en que muchas personas tengan a tiempo su comida y su bebida. Entiendo cuanta es su responsabilidad porque dicen que es el brazo derecho de su “jefe”. ¡Qué bueno es mi tío al servirle de bracito a otra persona!, a mi me daría mucha tristeza sino contara con mis manitos para agarrar todo lo que tengo al alcance.

Mi tía Susanita es muy especial, porque pinta con colores muy bonitos cuartos y lugares que me imagino después ella también tendrá que hacer, porque mi Mami dice que las personas quedan contentas y viven felices con lo que ella hace.

Ahora me doy cuenta que eso esa es la respuesta que busca mi tío: ser grande es servir a los demás, en ese caso ¡Yo también quiero hacer eso: ser muy grande, siendo el que más sirve! ¿Qué dicen?.

Fue en Semana Santa

negative          El último día que vio Lucas a sus padres fue un Viernes Santo. Ese día, como otros días, se drogó. En esa época las calles paraban llenas de ambulantes que vendían incienso, mirra, cruces, herraduras, caparinas y diana. En los sitios que él conocía se vendía alcohol, cigarros, marihuana, pasta y cocaína. Se llevó de todo un poco para su casa y se intoxicó durante toda la noche.

Al día siguiente, su madre entró a su cuarto, a pesar del olor nauseabundo, no pudo reprimir sentirse dolida y culpable. Amaba a su hijo y concentró todo ese sentimiento besándole la frente y acariciando esa cabeza llena de rulos hirsutos mientras le susurraba algo desde lo profundo de su corazón al oído. Luego, le dejó una nota en la mesa de la cocina indicándole que le preparara el desayuno a su hermanito menor, porque ella y su papá se iban a comprar las cosas de la semana al mercado… fue lo último que le escribió.

Al mediodía, su hermano de seis años lo despertó llorando porque unos hombres estaban tocando fuerte la puerta de la calle y lo asustaron. Cuando les abrió, todavía estaba ebrio de droga, con los ojos legañosos y la conciencia confusa. Al ver a los policías, se le vino a la mente el recuerdo de la vez que se lo llevaron al cepo por tener en su poder 200 gramos de hierba, así que empezó a temblar.

Pero la Policía no venía a llevárselo por drogas, sino se lo llevaban a la Morgue Central para que identificara a sus padres. En medio de su confusión y dolor no atinó a hablar más que para dejar encargado a su hermanito a una vecina. En el camino le contaron que la combi donde viajaban al mercado se estrelló con un taxi, pero que después una camioneta impactó contra la combi en seguidilla. Sus padres murieron allí…

Ya en la cámara fría de la morgue, sacaron de las congeladoras los cuerpos tapados de su padre y su madre. La primera, cuando la destaparon, revelaba un rostro preocupado, con una mueca incierta. Sus labios estaban amoratados y nunca lo volverían a besar, pensó. En su padre, encontró una mueca de tristeza, como si el último pensamiento no fuera de dolor sino de pena. Los brazos musculosos de su padre, que muchas veces lo sostuvieron cuando estaba ebrio, ya no lo harían jamás.

En medio de las sombras de su incertidumbre, firmó los papeles correspondientes, autorizó el trato con una funeraria y se fue a su casa. En el carro empezó a llorar, las nubes de la droga se le disiparon por fin y comprendió la terrible realidad: se había quedado solo, pero no, no sólo él, sino también su hermanito que lo esperaba para recibir la terrible noticia. ¿Cómo explicarle a un niño algo así? ¿cómo decirle que el amor que necesita, el abrazo cuando llorara, cuando sienta hambre, cuando tenga pesadillas y necesite a una persona que lo escuche cuando triste esté, ya no lo estará más?

Los niños son un misterio, a veces, toman las noticias más terribles con la simplicidad de la realidad. Juancito lloró un rato en los brazos de su hermano, pero luego le preguntó si tenía hambre, porque había sobrado algo de los sándwiches de mantequilla que se había preparado. Fueron a la cocina y encontraron la nota de la mamá. Esta vez el que no paró de llorar fue Lucas.

La pelea legal por la tenencia de su hermano fue dura. Lo acusaron de ser drogadicto y sí pues, los análisis revelaron lo imborrable. Así que el pequeño fue a parar a manos de unos tíos paternos, estrictos y duros que no le permitieron verlo. Lucas cayó en depresión profunda y se volcó a las drogas de nuevo. Las noches las pasaba envuelto en el humo nocivo que entraba en sus pulmones, matándolo lentamente mientras trataba de olvidar con cada inhalada el dolor de ser un paria.

Una noche, escuchó una voz que le hablaba en susurros. A la mañana siguiente, el eco de esa voz lo persiguió por la casa. No lo dejó tranquilo. Cuando juntó los soles necesarios para su dosis diaria de droga, se encaminó hacia la Calle del Desengaño, pero algo no se lo permitió, así que dio media vuelta y huyendo no paró de correr hasta llegar a su casa y refugiarse entre las sábanas de su cama para llorar hasta quedarse dormido.

Al día siguiente, empezó por ordenar su cuarto. Sacó los papelitos de periódico de los lugares más inhóspitos, limpió su escritorio, botó papeles, sacó ropa sucia y baldeó el piso. Mientras se oreaba la habitación, barrió y arregló los demás ambientes, la cocina, el cuarto de sus padres, el patio. Lavó su ropa y durmió para luego levantarse y prepararse algo de comer. Recién allí se dio cuenta que no tenía comida fresca. Así que optó por un atún y pan seco. Al otro día, se fue a su trabajo lavando carros para agenciarse unos soles, así lo hizo por tres semanas más hasta que juntó lo necesario para llamar a su hermano, irse donde un pariente lejano para pedirle trabajo y comprar unos regalos para Juancito. El domingo fue a visitarlo y le dejaron verlo por media hora… –¿Estás bien?-, preguntó, -Sí hermanito, pero sólo que te extraño y me da miedo en la noches, mi cuarto es frío-, le contestó el niño con una mirada de aprehensión, -No te preocupes, todo va a cambiar- le prometió y se fue.

Las semanas siguientes fueron una batalla contra su vicio. A veces tenía que encerrarse y tomarse pastillas para dormir. En los centros de rehabilitación, donde lo llevaron sus padres en el pasado, las rejas y los “hermanos” le evitaban escaparse para fumar. Allí, en la soledad de su casa, su voluntad era la carcelera.

A veces recaía y al otro día se levantaba con una cólera que lo dañaba durante días, pero ir a ver a su hermano, limpio y llevando alimentos para poder estar con él unos momentos, lo animaba a continuar. Los tíos veían este cambio en él sin mencionar palabra alguna. Un día conversaron. Le explicaron que Juancito estaba muy inquieto mientras no lo veía, que no reía con ellos y que al parecer, él había dejado el vicio. –En todo caso Lucas, vamos a permitir que te lleves a Juancito los fines de semana, y si sigues como estás, de repente, óyeme bien, de repente puedas quedarte con él-, le dijo su pariente, muy serio y mirándole a los ojos.

Imagínense un despertar a las seis de la mañana de un día de semana: hay que hacer el desayuno, sacar la basura, planchar la ropa para que el escolar vaya al colegio, ir a levantarlo, que se bañe con el agua tibia de una terma comprada con esfuerzo. La mesa limpia tiene panes frescos y mantequilla, mortadela, mermelada. El plato de desayuno tiene arroz con huevos fritos. La taza tiene leche con chocolate. El niño come todo mientras le cuenta al hermano qué hará ese día en el colegio. Cuando se va el niño, el hermano mayor arregla la casa y se va a trabajar contento… ¿Es un sueño? Puede ser, la realidad y la felicidad muchas veces cuando se juntan producen una sensación de irrealidad, pero para Lucas, esta es la rutina de su vida nueva, vida limpia si cabe la forma.

Pero, falta algo. Un día, a tres años de la muerte de sus padres, los dos están en una representación de la Pasión y Muerte de Cristo, allá en el distrito de los Andenes Floridos. Juancito pregunta mucho sobre eso y Lucas trata de responder con lo aprendido en el colegio. De pronto, se acuerda de unas palabras. -¿Sabes lo último que me dijo mamá?-, le dice a su hermanito, -¿Algo sobre mí?-, repregunta el pequeño, -Sí, me dijo al oído que tenía que cuidarte. Se hace un silencio y el viento les susurra nuevas cosas al oído. –Creo que mamá sabía que iba a morir-, le dice el pequeño, con esa madurez que le caracteriza. -Sabes hermano, yo sé que hacías cosas malas, pero ya no. ¿Eso es un milagro?-, pregunta. El hermano mayor medita un momento recordando, -Sí Juancito, creo que eso fue un verdadero milagro- le contesta y se van caminando comiendo sus manzanas acarameladas.

 

Luchar por la tierra

turba

Julio estaba armado con una piedra en la mano y un fierro grueso en la otra. Iba a defender lo que era suyo, un pedazo de tierra de 80 metros cuadrados a los que llegó hace más de 10 años, donde instaló una carpa maltrecha de esteras, plástico y ahora es una casa de adobes con quincha. Allí nació su pequeña Margot, el inquieto Josué y murió la madre de ambos: Jimena. Allí también conoció a Gabriela que tenía tres hijos, con la cual se juntó, casó y la casa tuvo que ampliar.

No es que la felicidad rezumara por los huecos de las paredes y el techo, pero ahí iban bregando contra la pobreza y los caracteres de fuego de ambos. Hasta el día que les anunciaron que los desalojarían porque, al final de cuentas, esos eran terrenos privados y el traficante de terrenos que los representaba había tirado la toalla y se había fugado con lo que pudo de las cuotas de los socios.

-Diez años- pensó en voz alta.

Allí estaban ellos, los de corazas negras y escudos transparentes, como una personificación de alguna mala película de ciencia ficción. Contra ellos iban a pelear.

Por un instante pensó en su familia compuesta, a salvo de la violencia que se desencadenaría en esos instantes. Estaban en casa de unos parientes, aunque Gabriela quiso estar con él en esos momentos, la convenció de mejor quedarse con los chicos.

-Puta mare, no me despedí- dijo de nuevo en voz alta.

Su vecino Mateo, a su lado, lo miró con ojos inmisericordes. Todos estaban como en éxtasis zombi, alelados por lo que se venía, ninguno tenía tiempo para ridiculeces como esa, pensó para sí Mateo.

Cuando se terminaron los diálogos a gritos entre usurpadores y las fuerzas del orden, se adelantaron los sicarios contratados por el dueño del terreno, corrían blandiendo sables, machetes, lanzaron piedras. Los socios de la cooperativa esperaron hasta que llegaran a un punto convenido y le prendieron fuego al rastro de petróleo que se había preparado. Eso detuvo a la turba, pero no contaron con los camiones portratropa de los efectivos policiales que atravesaron el muro de llamas y bajaron de ellos los oficiales blandiendo las vergadeburro por encima de sus cabezas.

Cuando empezaron los choques, la sangre a explotar contra la ropa y los primeros caídos por las balas de goma y las bombas lacrimógenas, Julio comprendió que no había marcha atrás. Podría correr. Sí. Pero no lo haría, demasiado que ganar, demasiado que perder. Arrojó su piedra con furia y, levantando un fierro grueso de construcción, se lanzó al ataque.

 

Clamor del padre

Un nuevo poema en Sarkadria

Sarkadria

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Devuélveme el cuerpo de mi hijo, Rey de los Mares…

Cada mañana vuelvo a herir tu cuerpo con el remo de mi barca

Cada mañana recuerdo cuando se fue a buscar la pesca del día

Cada mañana me hiero el alma pensando que yo debí ir en vez de él

Devuélveme el cuerpo de mi hijo, Rey de los Mares…

Déjame que lave su cuerpo con hierbas                    

Que limpie su faz de las rémoras de mar

Que ponga en sus ojos dos monedas de cobre

Que lo envuelva en mi mejor manto y lo entregue al llorar de su madre

Devuélveme el cuerpo de mi hijo, Rey de los Mares

Era un niño de ojos de estrellas

Con la mirada descubría el atún en su gloria

Contemplaba el ocaso en tu lomo con una manzana en la mano

Se dormía en mi regazo cuando le contaba de la furia de…

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El misterio de las lágrimas

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Mamita cuenta una cosa interesante: cuando mi Papá se enteró que yo crecía en su interior, sus ojos se le llenaron de lágrimas. Nunca me cuenta si fueron de alegría o tristeza, solo termina el cuento con las lágrimas.

Yo ya conozco esas gotas que resbalan de mis ojitos y caen en mi boca. Son saladitas y no me gustan a pesar de eso. Las suelto cuando estoy triste, cuando me incomoda el pañal, o me da hambre y no se apuran con el tetero.

Quisiera preguntarle a mi Mami si Papi lloró por estar triste de que yo viniera…

No podría creer eso, porque, aquí entre nosotros, cuando ya empecé a crecer en la pancita de mi mamá y empecé también a sentir cosas, la voz de Papi siempre era alegre cuando se dirigía a mí. Era como un momento de calma para mi corazón, porque empezaba a comprender que era eso de mi lindo chiquitín, mi mejor regalo, mi hijito querido. Son palabras que pueden sonar raras y hasta aburridas, pero para mí, eran la mejor melodía, eran como estar con la pancita llena, como cuando en la noche, mi mamá se acomodaba y me daba calor extra con las mantitas y las frazadas.

Quiero saber porqué lloró mi papá.

Sé que a veces no debe ser fácil para él ir a trabajar, llegar cansado y jugar conmigo, pero en ese tiempo yo era chiquitititísimo, era un pedacito de cielo como dice abuelito Issac, no daba preocupaciones, eso creo yo.

No quiero ponerme triste porque empiezo a llorar.

A veces siento unas ganas de decirle a mi Papá que no me importa si tuvo miedo o se puso triste por mi venida a este mundo, porque sé que me ama mucho y me lo demuestra cada día que se esfuerza por comprarme mi leche, cambiarme mi pañal o hacerme dormir cuando estoy molestoso.

¡Hace un rato vino Mamá y me contó un secreto!. Ella estaba con los ojos llorosos pero se le veía contenta, me dijo que mi Papá había conseguido un trabajo deseado por mucho tiempo. Me contó que estaba feliz por él y que no me preocupara por sus lágrimas, (porque cuando me decía eso ya estaba empezando a ponerme inquieto y preocupado). Ella me aseguro que sus lágrimas eran de alegría. ALEGRÍA. ¡Eso es!, por eso mi Papi lloró cuando se enteró que iba a nacer.

¡Qué bueno es saber que las lágrimas también sirven para expresar felicidad!.

Aunque ahorita mismo voy a empezar a llorar de incomodidad para que me cambien el pañal, jijiji, que puedo hacer, hay que sufrir un poquito para llegar a la tranquilidad después creo yo.

En la ceremonia

confirmacion

La ceremonia se cumpliría en la capilla del colegio contiguo al albergue donde vivía la adolescente junto con otras 20 chicas. Su vestido era de color crema, cortado a la mitad en la cintura por una fajita color granate, sus zapatos eran plateados, su cabeza estaba adornada por una diadema de flores de diamantes de imitación, sus manos no paraban de sudar de la emoción. Ese día sería bautizada, haría su Primera Comunión y Confirmación. El mismo obispo del lugar presidiría la ceremonia, porque conocía de mucho a los fundadores de la obra.

Aún con el nerviosismo, aguantó las ganas de gritar durante la ceremonia. El agua recorrió sus azabaches cabellos. La cruz de aceite en su frente, la promesa de que nunca estaría sola al momento de recibir la Comunión, serían momentos que la acompañarían siempre.

Luego del Padrenuestro correspondiente, llegó el momento de la paz. Abrazó a uno y otros, a sus compañeras al igual que ella, rescatadas todas de la violencia en pueblos de la sierra, con historias demasiado fuertes para que cualquiera pudiera oírlas sin llorar. Hermanas la final en su camino hacia la curación y la paz.

Al momento de voltear hacia otro costado para abrazar a otra de sus hermanas, se encontró frente a frente con el rostro de su padre.

-Hijita, ayer he salido, yo pagué todo, hijita yo ya entendí que estuvo mal, muy mal, no entendía, por favor, ya pagué mi culpa, yo ahora entiendo… yo quiero que me perdones…

Nada alrededor respiró por más de cinco segundos, los cuales pasaron lentamente mientras algunos tomaban conciencia de quién era ese hombre devastado por el peso de los barrotes, que había llegado hasta la banca donde se encontraban las niñas, eludiendo toda seguridad.

Antes que pudieran reaccionar lo hizo la adolescente, abrazó a su padre y al oído le dio el perdón que anhelaba pero también le pidió que la dejara ir, que volviera a su casa, allá en el pueblo, a tratar de recuperar el tiempo perdido, que ella estaba bien donde estaba, que ya hablarían alguna vez.

El hombre terminó de besar en la mejilla a su hija y salió, aún con la vergüenza del que se sabe malmirado, pero contento hasta las lágrimas.

Todo siguió normal. La ceremonia terminó con aplausos, el obispo partió la torta llena de manjar blanco y el corazón de la ahora confirmada, por fin sonrió con paz.

¿Contagios a mi?… nada que ver

Travieso

Ser bebé es algo realmente maravilloso, la mejor experiencia de mi vida, bueno, la verdad que es la única hasta el momento, pero la disfruto un montón. Hay que ver como uno extiende las manitas hacia alguien y este reacciona abrazándolo a uno que da gusto.

Pero el otro día me quedé con ganas de que mi tío Manuel me abrazara. Vino a casa, conversó con Papá, pero nada de hacerme caso, ni siquiera un poquito. La verdad me he quedado un poco preocupado. Y es que es tan raro no sentir ganas de abrazarme, jijiji, bueno a veces resulto ser muy molestoso, lo acepto, pero es raro que mi tío no me cargara siquiera para hacerme reír con sus pelos parados.

Lo noté preocupado el otro día a mi Papi por mi tío Manuel. Conversando con Mami, le contó que tenía una yaya en la piel y que por eso andaba triste. Cuando dijeron que no era “contagiosa”, debo de haber puesto una cara rara, ya que Papi me explicó, como siempre hace, que eso significaba que no había problema si me cargaba o me besaba.

Mami preguntó el porqué no quería entonces acercarse a los demás y por supuesto pensé en porqué no quería cargarme. Papá nos explicó que era porque tenía “vergüenza”…

Esa palabra no me gusta, la he relacionado con cosas más feas, como cuando en la caja de colores aparece alguien que ha tomado lo que no es suyo y lo atrapan los policías, él siente vergüenza. Entonces no creo que mi tío deba sentir “vergüenza” si no tiene la culpa de que le salgan esas cosas en la piel.

¿O será porque no se baña mi tiito?

Jijiji, con lo rico que es bañarse estar limpiecito, sin esa sensación fea en la espaldita que te molesta, como que se te pega la ropa, ¡Uuuuhhggggg!!!. No, no creo que sea por eso que tenga cosas feítas mi tío.

¿A que no saben?, el otro día llego mi tío Manuel y estaba triste conversando con mi Papá. En eso  mi Papi empezó a hablarle a ese aparato que tanto le gusta cargar en el bolsillo y le pidió a mi tío que me cargara, pero este movió la cabeza y mi Papá me tuvo  que dejar en mi cuna. Mi tío se quedó parado a un costado mirándome, entonces hice mi número especial: primero empecé a extender mi brazos hacia él y le dije que lo quería mucho y que no me importaba si tenía cositas en la piel, pues sabía que si me abrazaba no me iba a pasar nada malo y finalicé con una de mis mejores sonrisas.

Por supuesto que no pudo resistirse, me abrazó y cargó un buen rato. ¡La sonrisa le volvió al rostro! , y les apuesto que, después de eso, esas cositas malosas se le desaparecieron, porque como dice mi Mamá, no hay nada que no arregle un abrazo.

¡A ver quién se apunta a seguir cargándome que soy mejor que la aspirina!, jejejeje.

Consecuencias

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Cada día es un pesar. Andar vagando entre la bruma de tu recuerdo me hace menos humano que antes y más liviano. Intento a cada instante atrapar las miradas de tus días, pero no puedo. Sé que piensas que soy un fantasma, un espíritu que ronda la propiedad de tu cuerpo, si supieras que solo soy el triste hombre que te ama hasta la locura y solo tiene al alcance de mis atadas manos tus  fotos, que los carceleros dejaron pegadas a la pared para que recuerde. Nada justificará mis actos. Nada justificará lo que pasó. Y sí. Al final soy el fantasma de aquel que te atropelló estando ebrio, sin darse cuenta hasta el otro día que eras la mujer destinada para mí y a la cual hubiera conocido, saludado, enamorado, de haber estado sobrio.

Corazón de Padre

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Fueron las tres de la mañana cuando escucharon los disparos. Tobías salió corriendo hacia la calle, para encontrar a su único hijo tirado, desangrándose en la calle. La sangre brotaba como una flor de clavel en el pecho desnudo del adolescente de 17 años y los asaltantes ya estaban lejos de la justicia popular.

Un vecino puso el carro, otro lo ayudó a ponerlo en el asiento de atrás, uno más se puso en el asiento para sostener la cabeza del herido y otro entregó lo que logró juntar de dinero entre los presentes. Tobías agradeció con la mirada a todos y se fue a tratar de salvar a su hijo.

La historia es común en este barrio, para qué entraríamos en detalles. De repente lo diferente es que en vez que Tobías fuera el que se fuera de la casa, fue la Estrella la que se cansó de la pobreza y lo dejó con un bebé de un año y medio en los brazos. Fue un buen padre. Educó bien al chico. Cuando terminó el colegio, Jesús, como se llama el muchacho, se puso a trabajar en un Call Center  de noche para poderse pagar la academia preuniversitaria. Llegaba todos los días a las tres de la madrugada y encontraba siempre despierto a Tobías que no pegaba el sueño, rumiando el sueldo de obrero que sacaba por las 10 horas al día que trabajaba y que no alcanzaba al final para cumplir el sueño de Jesús de ser médico. Ese trabajo del muchacho era importante y les permitía ahorrar.

Lo demás ya lo sabemos todos, pero nos cuesta creer lo que pasó: llegaron al hospital y encontraron a “Cigueño” de turno, ese era el mejor cirujano de la ciudad, bueno, eso por orgullo lo decimos, porque también salió del barrio y era la inspiración de Jesús en sus anhelos de ser “matasanos”. “Cigueño” le pusimos porque atiende a nuestras mujeres gratis cuando van a dar a luz, muchas no tienen ni Seguro para eso, así que él corre con todos los trámites.

Cuando examinó a Jesús, salió a decirle al padre que el corazón del muchacho estaba comprometido y que no era posible salvarlo, a menos que se le trasplantara otro corazón y no le iba a dar tiempo siquiera el pedirlo a urgencias en el Central. “Qué necesitaría ese corazón”, le preguntó Tobías. “Que sea de la misma sangre que Jesús y que esté sano, entre otras cosas, pero es imposible Tobías”, respondió el médico. Lo que no esperaba nadie es que Tobías sacara su cuchilla de cortar cables y se rebanara el cuello, no sin antes decirle al doctor que usara su corazón para salvar a su hijo.

Dicen que eso se le ocurrió al Tobías porque vio una película donde un padre igual trató de matarse para darle el corazón a su hijo, dicen que no vio nada el Tobías y lo hizo de puro macho y por el gran amor que le tenía a su hijo. Yo no sé al final cómo se le ocurrió la idea, porque debe haberle tenido una fe inmensa al “Cigueño” para que lo haga y debió estar seguro que su corazón calzaría en vez del de su hijo. No sé, como dije, lo que al final pasó por su cabeza. Pero lo que sí sabemos es que Jesús ahora va por su tercer año de Medicina, trabaja junto al “Cigueño” en su consultorio particular y es un buen chico, como siempre deseo su Padre, el Gran Tobías.

Para los que aun no se convencen que un padre debe estar siempre allí, va la siguiente canción: 

https://www.youtube.com/watch?v=oiKj0Z_Xnjc

Historias del Peregrino: Los idiotas

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El pequeño corría por las calles del pueblo buscando a quién esperaba pudiera ayudarle.

-¡Peregrino!, dónde estás por favor-, clamaba.

-¿Qué pasa pequeño?, porqué gritas en una mañana tan calurosa-, dijo el anciano, apareciendo del fondo de un callejón.

El desesperado buscador explicó a su amigo que en la plaza del pueblo, estaban unos muchachos de la ciudad molestando al Chupe, un joven con retardo mental, conocido por todos.

-No están los mayores, ni siquiera Don Hermenegildo que podría defenderlo, están en el campo en una faena, solo tú puedes ayudarlo, por favor.

-El anciano se enderezó y, apretando la mano en su inseparable bastón, intentó seguirle el paso al pequeño.

El Chupe ganó su apodo porque era la única comida que le gustaba, cualquiera que fuera el caldo grueso que le presentaran, el lo devoraba sin más. Era hijo de Nélida, una joven abandonada a su suerte que, a consecuencia del terrorismo, llegó a la zona por la década pasada. Trabajaba en la hospedería de Don Hermenegildo, hasta que un obrero de paso, que vino con los de la Sociedad Eléctrica, la embarazó y se fue sin más.

Durante el parto, que fue muy difícil, las caderas de la pobre muchacha apretaron la cabeza de su bebé y no terminó de llegar aire al cerebro. Pero con todo, ella lo crió como a su más preciado tesoro. El Chupe era en todo normal, solo que no llegó nunca a comprender más allá que los abrazos de su madre y el no meterse en problemas.

¿Cómo habría logrado salir de su casa?, era lo que se preguntaba el Peregrino mientras a lo lejos ya vislumbraba los cedros de la plaza. Podía también escuchar los gritos que daba el Chupe.

Cuando llegaron con el pequeño, vieron como cuatro jóvenes, claramente fuereños, se empujaban mutuamente al Chupe.

-Míralos Peregrino, son unos salvajes, agárralos a bastonazos, tú eres fuerte, te he visto como volteabas el otro día al toro del Señor Grimaneso sin siquiera sudar, por favor dales su merecido-, clamaba el pequeño.

El Peregrino acarició la cabeza llena de rulos hirsutos y, avanzando, empezó a toser.

Los muchachos pararon su violento juego y, viendo al anciano haraposo acercarse, se miraron, dirigiéndose guiños como diciendo: -Ahí viene una nueva víctima.

-En un día tan caluroso, unos jóvenes de tan buena pinta, no entiendo cómo se entretienen maltratando a un pobre muchacho, deberían irse a los Baños de Tinzo a refrescarse, de repente encuentren buena compañía ahí.

-No queremos bañarnos viejo entrometido, lo que queremos es seguir jugando con este idiota, así que largo de aquí si no quieres que te cambiemos de lugar con él.

El Peregrino midió a quién así habló. Era alto y musculoso, típico de aquellos que cultivan la carne antes que otra cosa. Los demás compañeros suyos eran también fortachones y fijo que lo que realmente buscaban era pelearse con alguien, como para dar el mensaje que: “hemos llegado y mandamos desde ahora aquí”.

Sin mayores respuestas, se sentó y desde su nueva posición dijo: Le has llamado idiota al muchacho, debe ser porque no ha podido contestarles como ustedes hubieran querido, ustedes por supuesto son más inteligentes que él, o así lo creen ¿no?.

-Por supuesto viejo entrometido, los cuatro estamos en la Universidad más cara de la ciudad, y si preguntas a cualquiera deberás saber que soy el hijo de Eusebio Díaz del Puente.

-Debe ser por eso que tu rostro se me hacía conocido, pero me dices que eres muy inteligente, más seguro que cualquiera de los presentes, entonces no te molestará que te haga una pregunta.

-Claro que no vejete, pero sabrás que al responderla nos divertiremos ahora contigo, ya que este tarado ya nos aburrió.

-Bueno, bueno, la pregunta es sencilla: ¿De qué color es la noche?.

-Jajajajaja, viejo idiota, es negra pues, que pregunta para más tonta haces.

-Pues te equivocaste amigo, la noche en sí no tiene color, ya que lo que llamamos noche, es la ausencia del sol, de la luz, lo cual es obscuridad, la cual no tiene color.

Los jóvenes se quedaron un rato pensando, comprendieron que el anciano tenía razón. Su líder, sin embargo, se puso furioso y avanzó contra el Peregrino, quién no se inmutó, al contrario, lo único que hizo cuando el grandulón iba a cogerlo, fue hacerse a un lado y con el bastón empujar suavemente el cuerpo del muchacho que ya de por sí se inclinó para atraparlo y continuar su camino hacia el suelo, lamentablemente, el apoyo donde se había sentado el Peregrino eran unas cercas hechas de fierros en forma de arco que se entrecruzaba, la cabeza del joven quedó atrapado en uno de estos arcos.

Mientras sus amigos corrieron a ayudarlo, el peregrino, el pequeño y el Chupe se alejaron de allí. Al llegar a la casa del joven con capacidades especiales, vieron que su madre había, por un descuido, dejado sin tranca la puerta.

El Peregrino dedujo que, al encontrar la salida despejada, el Chupe fue al lugar que más le gustaba en el mundo: la plaza, la cual visitaba junto con su madre los domingos por la tarde, después de la Misa, donde se encontraba con otros chicos del pueblo, con los cuales jugaba y se divertía.

-Peregrino ahora te van a buscar esos chicos, si es cierto que es el hijo de quién ya tu sabes, te has ganado un gran enemigo.

-No te preocupes mi pequeño amigo, dicen que el mayor de los idiotas es quien quiere creer que tiene enemigos, cuando lo que tiene son amigos en potencia, solo que ellos no lo saben, pero, porsiacaso, tendré cuidado, solo para que estés tranquilo, ahora vete tú también porque deben andarnos buscando.

Mientras se iba corriendo su amiguito, el Peregrino se despidió del Chupe, y se fue silbando una vieja canción sobre el tener un millón de amigos.

Anticipando los titulares

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Yo era de tomar cerveza fría y rubia, ella prefería una cerveza negra. No se me malinterprete, no éramos alcohólicos, solo dos náufragos en las tardes después del trabajo, tratando de bregar camino a casa, pero resistiéndonos a llegar, sabedores aún de los dramas que nos esperaban a cada cual. Tampoco éramos amantes, propiamente dicho, es que nunca nos besamos, nunca nos tocamos, nunca nos complementamos en ningún hotel barato. Solo nos quedábamos a charlar los viernes, frente a dos botellas que parecían nunca pasar de la mitad y nos mirábamos lentamente a veces, dejando que la imaginación dirigiera los anhelos.

Era solo ese día. Con cualquier excusa, mayormente la del trabajo, demorábamos el tiempo laboral para permitirnos adentrarnos en el mundo que no conocían nuestras parejas. Puede que para mí eso siempre fueran conversaciones e imaginación, como recordarán en las entrevistas en medios, yo soy tímido.

Pero ella no. Por eso creo que la inocencia del after office que nos metíamos entre pecho y espalda esos viernes, se le convirtió en la tabla de salvación real en un matrimonio irreal, junto a un banquero ocupado en posicionarse, el cual la necesitaba solamente en las cenas de caridad, en los eventos en los que hay que lucir un par de piernas y escote al lado. Ni siquiera, o eso quiero creer, la necesitaba en la cama, como ella me afirmaba.

Hay momentos en que dudo realmente en todo lo que me dijo, pero, después pienso: ¿Porqué me mentiría? Claro, muchos dirán que justamente para provocar eso que llaman: “lástima emocional”, que genera en los hombres el interés de convertirse en salvadores de damiselas en peligro. A mí me pasó desapercibida esa estratagema de haber existido. Al contrario, pienso que ella sentía que podía confiar en mi y yo valoraba eso como para mezclarlo con sórdidas proposiciones. De otra manera no me explico cómo me llamó esa tarde, desesperada, diciéndome que nada tenía sentido, que él le había pedido el divorcio y ella iba a quedarse sola. La animé de mil formas, pero estaba realmente deprimida, al final, él realmente era su mundo…

Luego, el correr como bólido a través de las calles de la ciudad para llegar justo cuando ella saltaba hacia la nada en el Puente de Fierro. Los policías me encontraron allí, musitando incoherencias y me llevaron preso y después las cámaras, los flashes, las portadas en los periódicos y mis torpes intentos de remediar lo que no necesitaba remediarse.

Claro, mi familia creía en mí, pero no mi esposa, aún más cuando traté de explicarle lo de los viernes. Terminé viviendo en una pensión. No me despidieron del trabajo por razones que desconozco al final, pero sí me mandaron a revisar correspondencia, por el mismo sueldo.

Han pasado los años y nadie se acuerda de la suicida del Puente, supongo que los accidentes de tránsito, otros suicidas, asesinatos, acaparan la mente de todos y los hace olvidarse de este funcionario, acusado en su oportunidad de haber empujado a su amante en una pelea sentimental, hacia las aguas contaminadas del Chili.

Por eso les escribo a ustedes, los nuevos encargados del diario, en especial de la sección policial, para que sepan que si me voy a tirar del Puente esta tarde, no es porque el escándalo me persiguió y destruyó mi vida, por favor no pongan eso, ni cosas por el estilo. La verdad es que simplemente, después de tantos años, me he dado cuenta de que la extraño, más de lo que alguna vez pensé.   

 

Historias del peregrino: Y un día volvió

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La mañana en que el Peregrino entró en el pueblo, hubo una tormenta de arena, como en muchos años no hubo. Algunos pensaron que esa extraña figura que atravesó la Plaza de Armas fue traída por el viento, como un fantasma más de esos que el calor hace alucinar a veces, pero, cuando el polvo se asentó, la figura polvorienta aún estaba allí. Un par de viejos que salieron de sus casas se le quedaron viendo, recordando quizás a alguien a quién el mismo viento se llevó hace años.

Al otro día lo vieron deambular por el mercado, con su ropa raída, su sombrero de paja desgarrado y su bastón de palo de iscayante. Para el final del día, en la tienda de doña Hermilda se comentaba que había ayudado, por un plato de comida, a cargar bultos para la Comercial de don Ismógenes.

-Debe ser uno de esos que vende cebo de culebra-, opinó la dueña de la tienda a los vecinos acomodados en la barra.

En los días siguientes, siguieron comentando la presencia de ese nuevo visitante que, por lo visto, iba a quedarse. Una de esas tarde, don Alejo, ya gastado en años y con la mirada algo nublada por las cataratas, mencionó a media voz que le parecía conocida su cara, como si la hubiera visto hace muchos años, pero más joven, más fresca en todo caso, dijo. Nadie le hizo caso.

Los niños juegan en la plaza cada tarde a que el mundo es suyo. Con diferentes matices, sus correrías alegran el silencio sepulcral que invade las casas en el pueblo. Uno de los pequeños, hijo de María, la lavandera, divisa al Peregrino, sentado en una de las bancas, con la vista perdida en el horizonte, mientras sus labios se mueven sin emitir sonido.

La curiosidad es buena para darse sorpresas desagradables, pero a veces sirve para hacer amigos.

-¿Qué miras?-, pregunta el pequeño Eduardo.

-La obra de arte de un gran amigo mío-, responde el Peregrino, aunque en ese momento nadie aún le puso ese sobrenombre.

-Pero yo no veo nada-, replica el niño, tratando de ver en el horizonte la supuesta obra de arte.

-¿Ves los colores en ese atardecer?-

-Sí, pero así son todos los días-

-Fíjate bien-

El niño descubre, prestando un poco más de atención, que los colores cambiaban lentamente, desde el anaranjado tenue hasta el rojo más profundo. Quedó encantado con lo que vio y preguntó:

-¿Tu amigo pintó el atardecer?-

-Lo creó más bien. Pero para hacerlo por supuesto que primero hizo un buen trabajo de composición de colores y matices. Verás, mi amigo es un gran artista, él pintó y dibujó todo en el Universo-, respondió el viejo, levantándose porque ya la obscuridad se apoderaba del cielo.

-¿Y qué murmurabas mientras veías el horizonte?-, pregunto el pequeño.

-Le decía gracias por no faltar a nuestra cita de las tardes y mostrarme su nueva versión del atardecer-.

El pequeño se sentía confundido y objeto de una broma, pero no sabía cómo expresarlo, así que dando la media vuelta se alejó rumbo a su casa.

Esa noche, antes de dormir, recordó el espectáculo que contempló esta tarde y recordó también unas frases que le parecieron bien como agradecimiento: Ángel de la guarda, dulce compañía…

Una pequeña crónica de Navidad

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Eran los primeros días de diciembre y tenía el Papá las prisas de compras navideñas. La Mamá estaba atenta a cuanta oferta hubiera y los pequeños de la casa, ansiaban que pasara rápido el mes para llegar a ese 25, por la mañana, y desenvolver los regalos.

Cerca de la casa vivía una madre y su pequeño hijo, el cual sabían los vecinos, padecía de un pequeño retraso mental. Muchas veces habrían tratado de ignorar el drama de la vecina. No había maldad en ese acto, solo un poco de miedo de no saber cómo ayudar o qué decir.

Nadie recuerda bien quién, en medio de la cena faltando dos días para la Navidad, se le ocurrió la idea. Al principio hubo dudas, pero, en el ambiente de fiesta que había, se acordó invitar a esa madre y su pequeño a pasar la Nochebuena en casa. Al llevarle la invitación, el Papá esperaba una negativa. La sorpresa fue grande al ser aceptada con alegría la invitación.

Fue una velada alegre y feliz para todos. Los pequeños, al terminar la rica comida, le regalaron al pequeño varios juguetes y los papás a la madre le dieron un paquete con cosas útiles y necesarias. La clave, para que todos se sintieran contentos, no fueron los regalos o los potajes, sino el respeto por el otro, saliendo a su encuentro de manera amable, haciéndole sentir que era importante su presencia, única e irrepetible.

La amistad entre las dos familias se ha fortalecido con los años y esta Navidad, seguro que sí, nuevamente compartirán la mesa, en la noche en que el Salvador llegará para alegrar los corazones de todos…

(Gracias a todos los fieles seguidores de este blog, esperamos fervientemente poder continuar llevándoles más crónicas urbanas, saludos y ¡¡¡¡¡felices fiestas!!!!!!)

Y ya saben que pueden seguir el proyecto 365 Cuentos Regresivos en Facebook, los mejores irán también en este blog, pueden visitar el proyecto en este enlace:  #365CuentosRegresivos

Ni un golpe más

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Unos gritos desaforados nos despertaron esa noche. Corriendo, mi esposa se dirigió a la ventana de la sala, que da a la calle, y me llamó de urgencia. La vecina de al lado, aquella que hace pocos meses diera a luz a un pequeño, huía despavorida con el bebé en brazos, gritando por ayuda, con rumbo a la esquina. En la puerta de su casa, estaba su conviviente, con el torso desnudo y blandiendo una correa. Estaba por bajar a auxiliar a la mujer, cuando mi esposa me avisó que había logrado parar un taxi y embarcándose en él, desapareció. El drama aún no terminaba. El vecino, en ya evidente estado de diablos azules, reingresó a la casa y, gritando, arrinconó en el patio trasero a su padre, propinándole correazo tras correazo, mientras la madre del susodicho trataba de frenarlo. Luego, la tranquilidad de la noche lo abarcó todo. Con mi esposa ya no supimos más que hacer, todo pasó tan rápido, que ni tiempo para llamar a serenazgo o la policía.

Al día siguiente, al escuchar ruidos fuera de casa, salimos nuevamente en versión espía, a mirar por las cortinas. Vimos al papá de la chica, llegar con ella desde el parque, por donde está la comisaría del distrito. Un papel en la mano. A los pocos minutos las cosas se fueron acumulando fuera de la casa: una cuna, un televisor, una cómoda, un carrito con packs de leche, sacos de ropa. Mi esposa estaba llorando. Traté de consolarla, diciéndole que era lo mejor para la muchacha.

-No lloro por que se separé de ese imbécil, lloro porque ella es una mujer valiente y estoy alegre por eso, porque acabó su pesadilla.

 

La Doña de los ovarios bien puestos

ImagenEsa anciana arremetió contra el Presidente de la República a cachetada limpia sin que pudieran hacer mucho los agentes de seguridad. Fue casi de inmediato declarada heroína, en especial cuando los medios captaron la frase que la volvería famosa mientras se la llevaban los de Inteligencia de Estado: “Quieres que me muera sin darme mis pastillas, pero no te voy a dejar ridículo hombrecito, he enterrado a más presidentes con más huevos que tú ¡Y sigo viva!, recuérdalo”.

Podía decir lo que quisiera después, eso no se lo concedía la edad, pero sí que lograra indirectamente que se suspendiera la huelga médica y se invirtiera 1000 millones en el presupuesto anual para la seguridad social en equipos y mejoras para los pacientes a nivel nacional.  

Fueron meses de locura. Por ejemplo, a la mitad de la entrevista con el famoso periodista de la CNN, no pudo dejar de decir. “Si hubiera sabido que una cachetada podía cambiar algo, te aseguro que se la zampaba a José Pardo y Barreda para que no fuera tan cobarde”. Un observador crítico la hubiera corregido por el tema de edad y fechas, pero, era tan graciosa la Doña (como se la conocía), que la dejaron ser.

Hasta empezaron a twitear frases animándola a lanzarse como congresista mínimo y ni hablar de los memes.

Cuando falleció hace dos meses con el corazón abarrotado de emociones y reconocimientos, el periodista que por fin halló el dato perdido de su verdadera edad, tuvo algo de decencia y quemó el papel original. Y es que algunas personas merecen que se les guarde un secreto coqueto, decía el susodicho, mientras todos en la sala de redacción recordábamos las hazañas de la anciana que tuvo el valor (y los ovarios decían muchos) de hacer algo concreto para sacudir a un gobierno que se presentaba totalmente incapaz.

Lo que tememos todos es que no haya más nadie con ese valor de decir las cosas y eso sí nos hace temblar.  

El niño de la guerra

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Hace algunos días el niño supo qué era la muerte. Velaron a su padre en medio de llantos desenfrenados allí en Al Qasser. ¿Dónde queda Homs?, allí lo asesinaron. ¿Dónde queda Damasco?. Esa era su pregunta constante y nadie le hizo caso. Los asesinos de su padre estaban en esa ciudad. No lloró durante todo el velorio y el entierro posterior.

Antes de irse esa mañana el padre le dio una cachetada en la mejilla porque estaba llorando, luego le enjuagó las lágrimas y le acomodó los rizos. Dos días después la noticia de su muerte cayó como una bomba en su casa. Ahora avanza por el camino hacia Damasco. Por lo menos por donde cree que llegará. Tiene cruzada a la espalda una escopeta de retrocarga, una ametralladora corta en la mano derecha, ambas de juguete. En la mano izquierda sostiene libros de su escuela con el mapa de su país.

Lo encontraron dos semanas después. La bala que lo atravesó no era rebelde ni del gobierno, era estadounidense.

 

 

Un sueño de papel y caña

ImagenLlegó agosto y en la ciudad los vientos empezaban a arreciar.  –Constrúyeme una cometa papá-, pidió la niña. -Este fin de semana-, le prometió sin convicción el padre, mientras pensaba en cómo hacer para llegar sin deudas a fin de mes. Desde que su esposa muriera se complicaba la vida para ellos. Había tomado la difícil decisión, contra los consejos mayoritarios, de aceptar un trabajo de medio tiempo para atender a su pequeña y estar en casa cuando ella llegara de la escuela. Pero le estaba pasando factura el esfuerzo. Los gastos eran muchos y el dinero escaseaba.

Llegado el fin de semana la niña le pidió hacer la cometa. –Lo siento hija, no tengo plata para comprar los materiales. –No te preocupes papaíto, con lo de mis propinas compré el papel y las cañitas, podemos hacer engrudo con un poco de harina y listo, porfis. Derrotado ante tal argumento, el papá se dispuso a confeccionar el delicado artefacto volador. Decidieron hacerlo en forma de rombo, como cola le ataron retazos de un viejo mantel. Unos cuantos soles extraídos del bolsillo del padre solucionaron lo del carrete de pabilo.

Al día siguiente, domingo por la tarde, salieron al parque a volar el artificio de papel y caña. El poco viento no elevaba la cometa y la niña estaba muy triste ante los frustrados intentos. El papá estaba algo incómodo por el tiempo empleado y quería volver a casa para seguir trabajando en algunos pendientes. –Papá una vez más por favor, es importante que la cometa llegue muy muy alto-. -¿Porqué hijita, el próximo domingo lo haremos?.  – No, porfis, tiene que ser hoy.  –Pero hijita comprende no sopla el viento y se me hace tarde. –Papito tiene que ser hoy, porque mañana de repente decides volver a trabajar todo el día y no te veré ni los fines de semana y necesito que la cometa llegue alto para que la vea mamá desde el cielo y se acuerde de nosotros y… de repente nos envía algo de ayuda para que la platita nos alcance y no tengas que dejarme sola de nuevo en las tardes…

El silencio se extendió por todo el lugar. Miles de preguntas empezaron a surgir en la mente del padre. No dijo nada más, le dio el carrete a la pequeña y empezó a correr con la cometa, a determinada distancia la soltó y entonces se elevó por los aires, volvió donde su hija, pero no agarró el carrete, dejó que ella lo maneje, indicándole suavemente de vez en cuando que hacer para que no cabecee tanto, para que se vuelva a elevar, así, hasta que agarró impulso y era un punto casi irreconocible en el cielo. Al regresar a casa una determinación se fortalecía en el corazón del padre, una seguridad se anidaba en el alma de la niña y hasta el horizonte parecía que les sonreía. 

Correr con mi hijo en brazos

correr con mi hijo en brazos

Sigo esperando la muerte como quién espera a una vieja amiga con la cual vamos a saldar cuentas.

Esa mañana, no era diferente a ninguna otra. Quisiera recordar algo que me indicara qué iba a pasar, no sé, como que si se hubiera caído la rama de algún árbol en el barrio o percatarme del canto de un pájaro de mal agüero. Nada en mi memoria, solo que le grité a Juancito por no cambiarse rápido para salir a comprar las cosas que faltaban para la tienda de piñatería que teníamos en el barrio. Le grité, eso sí lo recuerdo como si ahorita mismo estuviera de nuevo zarandeándolo para que vaya a su cuarto por la chompa que se había olvidado. Le grité. Qué curioso lo que podemos recordar y lo que olvidamos ¿No?.

Porque no recuerdo qué desayunamos ese día, de haberlo hecho, de repente me explicaba por qué después de comprar las cartulinas para las cajas de sorpresa en la imprenta en la avenida Zorritos, me dieron ganas de comer algo. Le pregunté a Juancito si tenía hambre y me dijo que “No”. Seguro estaba algo enojado por cómo lo había tratado. Pero yo tenía hambre o, seguro también, quería comprarle algo para olvidar lo de la mañana. Quisiera recordar ese desayuno, qué nos dijimos o si algo había allí que me dijera o alertara por lo que venía.

Seguimos por la avenida rumbo a la estación de Quilca del Metropolitano para regresar a casa y allí, en un pequeño puesto de comidas, me detuve y le pedí una empanada de queso, porque le gustaban mucho. Su mamá, cuando vivía con nosotros, preparaba esas empanadas los fines de semana para vender a la salida de la parroquia, con gaseosas y sánguches de pollo. Juancito se animó algo con la comida, de repente la recordaba.

Allí fue.

Nunca supe nada de ellos, de esos bastardos. Lo único que quería era tomar y tomar. Hasta que el Pepelucho, que estudiaba para abogado, me dijo que, como yo no había hecho mucho para pedir justicia, los dos miserables iban a salir en menos de seis meses, con libertad condicional. La noticia me cayó como balde de agua fría que me hizo despertar. Lo primero que le pedí es que me viera, por favor, como andaba el caso y que me averiguara los nombres y todo lo que pudiera de ellos. No sabía que iba a hacer realmente. Yo nunca fui un hombre valiente, no me explicó cómo al final del día, después de vender el televisor que me quedaba y otras vainas más, tenía en manos un revolver calibre treinta y ocho.

El peso de un niño

Un niño no pesa mucho, si tiene 11 como mi Juancito pues son 35 kilos, menos que una caja de leche, o de una caja de papel bond, menos que una bolsa de cemento creo. Pero su peso no se siente mucho si lo llevas cargando en caballito, haciéndole bromas, pero, cargar su cuerpo herido, significó para mí como cargar una tonelada, sentía ese peso que me carcomía los brazos, pero también sentía cómo mis piernas se movían con una fuerza inusitada, haciéndome correr sin descanso.

El Hospital Arzobispo Loayza estaba muy cerca y lo llevé allí. Hay cosas que no se te olvidan nunca ya dije. Una de ellas es cómo me miró el médico de turno diciéndome que la herida de mi hijo, no lo podían atender allí. Era una mezcla de rostro de pena y otra de susto. Cuando le pedí que me proporcionara una ambulancia para llevármelo, su rostro cambió a enojo. Tuve que llevármelo porque amenazó con hacerme botar.

Recuerdo esos momentos y tampoco puedo olvidar que no hice las cosas como debía. Me asusté, claro. Nadie en su sano juicio al sentir el disparo y ver a su hijo que cae fulminado como por un rayo, se quedaría analizando las cosas. En ese momento sólo pensé en llevarlo al Hospital y estaba cerca de uno, así que lo tomé en brazos y partí con él. Cuantas noches pasé reflexionando sobre mis acciones y llegaba a la misma conclusión: si hubiera esperado a la ambulancia de repente la historia sería distinta y no tendría que estar aquí, parado, en esta esquina, esperando a que salgan de la carceleta los malditos esos.

A las 11:00 am me dijo Pepelucho que salían en libertad. Justo la edad de mi hijo.

A pocas cuadras, el guachimán de la puerta del hospital Loayza, me dijo se encontraba el Hospital Santa Rosa. Traté de tomar un taxi pero ni uno paró. Recordé en un instante cuando mi hermano Lucas le dio por tomarse Raticida Campeón cuando era chibolo y mi Mamá lo intentó llevar en un taxi a la posta, ninguno lo hizo hasta que paró uno caritativo. El chofer le explicó que cuando es cuestión de heridos, es mejor no comprometerse porque la Policía luego los agarran como implicados y hasta les sacan plata para soltarlos, así que el favor suele salir caro.

Sin esperar más salí disparado hacia el Hospital Bartolomé que quedaba en la misma avenida Alfonso Ugarte, más cerca que el otro, solo para desperdiciar más minutos esenciales, porque es un hospital escuela y de maternidad. Tampoco me atendieron.

La carrera continúa

En un sitio leí después que un niño de once años tiene un promedio de tres litros de sangre. La respiración de Juancito me indicaba que estaba vivo, pero sentía la humedad de su sangre bañándome. Había logrado amarrarle con mi camisa el pecho y la espalda, no sabía si era suficiente. Supongo que ver correr a un descamisado ensangrentado con un niño en brazos asusta a cualquiera. Durante los minutos que fui de hospital a hospital solo los guachimanes se atrevieron a decirme algo, los demás eran extraños, ajenos.

Si en ese momento hubiera pedido ayuda a gritos, de repente se hubieran acercado a ayudarme algunos y de repente hubiera llagado una ambulancia. Desde ese día vivo de “hubieras” que me destrozan la mente pensando en cada cosa que debí hacer desde mi nacimiento para que ese día de mierda nunca llegara, para que no tuviéramos que estar en ese puesto de comidas tratando yo de disculparme por mis frustraciones y mi Juancito no tener que haberse colocado justo en la trayectoria de la bala que disparó ese hijueputa.

Trato de no pensar, pero igual siento que esos malditos, el que disparó y el que esquivó la bala, también tienen su “hubiera”. Lo que más me daña es pensar que debí permitir que mi ex esposa se llevara a Juancito a Italia cuando nos dejó. Ese egoísmo mío de no dejarlo partir, diciendo que iba a darle una mejor vida que ella junto a su amante allá en Europa… pues… al final… siento que yo mismo jalé ese gatillo. No importa cuántas personas me dicen lo contrario, es lo que siento y nada lo cambiara.

Hoy en la mañana me corté el dedo, engrasando la pistola como me dijeron. No sé en qué momento fue. Estaba distraído. Según me contó Pepelucho, los dos malditos si bien fueron arrestados y aún con mi estupidez, fueron acusados de asesinato no premeditado y todo, en la carceleta lograron hacerse amigos y perdonarse entre ellos sus deudas, por las que ese día intentaron matarse. Por eso armaron una buena excusa y saldrán libres para que se les siga el juicio desde su casa. Con el tiempo no se les acusará de nada y seguirán con sus vidas.

Los recuerdos

Corrí con mi hijo en brazos por toda la avenida Nicolás de Piérola hasta llagar a la avenida Miguel Grau en dirección al Hospital Dos de Mayo, único lugar en el que me dijeron podían ayudarlo por la complicación de su herida. Corrí como nunca en mi vida recordando sus navidades, sus primeros años, cuando me dijo “Papá”, cuando lloró cuando le dijimos que con su Mamá ya no íbamos más. Creo que fue allí cuando empecé a gritar. Dicen que creían que estaba robándome al niño y por eso llamaron a la Policía. Pero ellos recién llegarían cuando estuve ya en Emergencias del Dos de Mayo. Grité, si, como si quisiera que los pulmones me reventaran, que mi garganta se destrozara ¿Cómo no hacerlo?

Veo movimiento en la carceleta. No hay periodistas. Ellos ya gastaron la noticia los primeros días y, ante mi negativa estúpida de no hacer barullo, se cansaron de la nota, no había ángulo supongo sin mis lágrimas en cámaras. Ahora solo veo familiares de los malditos, sus compinches pues son delincuentes de larga data. Ellos están festejando y se los llevarán a los dos para que tomen y celebren su libertad. Quién como ellos que pueden darse ese lujo se sentirse libres y no atados a un sentimiento de culpa que te rompe el alma.

El inmenso vacío cuando tú no estás

Mis movimientos son automáticos, me acerco despacio a la multitud, con barba de algunos días y lentes oscuros no se me reconoce. Allí están ellos, bajan sonrientes y enfundados en sus chalecos antibalas, porque serán escoltados hasta su casa por Policías prestos a ayudarlos. Pero la gente se acerca más a ellos para abrazarlos, acariciarlos, son sus madres, sus hermanos, sus hijos. Quisiera pensar que lo que haré me calmará el dolor, pero no es así, creo que me llevaré este sufrimiento más allá de la tumba, pero, por lo menos, sé que estos malditos no dormirán tranquilos.

En estos momentos me acuerdo que casi a seis cuadras del Dos de Mayo, un chofer se detuvo y me dijo gritando que me llevaría, que sabía que mi hijo estaba herido. Sin dejar de correr le dije que no, que no era necesario. Cuando me alcanzó volvió a tratar de pararme para llevarnos, pero le contesté que no era necesario. En serio, no lo era, hacía más de ocho cuadras que mi hijo había dejado de respirar y sabía que estaba más allá del dolor, solo que yo no podía dejar de correr.

Al acercarme donde esos malditos saco el arma, ellos me ven, me reconocen y ya se mueven para evitar los disparos, los policías también. Pero las balas no son para ellos, solo es una y es para mí. Quiero que mi sangre los salpique, los marque, porque la de mi Juancito, la de mi hijito, quedó regada en esas largas cuadras en las que lo cargué corriendo por última vez…

Preludio a “Correr con mi hijo en brazos”

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La sangre le recuerda a Pedro que tiene una deuda y la va a saldar. Hoy salen de la carceleta, libres para seguir alegres y ufanos. La sangre le recuerda a Pedro que tiene una treinta y ocho con seis balas y mala puntería. Hoy les harán una fiesta de bienvenida a los dos en su barrio, amistados en el temor de pasar la vida en cárcel, acordaron llevarse bien, después de casi matarse a tiros esa mañana de junio. La sangre le recuerda a Pedro que un niño de 11 años tiene tres litros de rojo líquido vital. Deja a un lado el arma y empieza a secarse la sangre de la mano que emana por la herida que, sin querer se hizo. Son las once de la mañana y falta media hora para saldar cuentas. 

(Próximamente aquí en Crónicas Urbanas www.sarkomedina.wordpress.com)

La decisión de José

la desicion de joséUna vez más llegó a la casa vacía. Trató de descansar en esa cama de dos plazas inmensamente solitaria y no lo consiguió. A pesar de estar manejando más de 10 horas seguidas no consiguió cerrar sus ojos. En su mente sólo estaban las palabras de su esposa Maritza que le contó que su hijo mayor: Manuel de once años, estaba arisco, contestón y que no conseguía hacerlo obedecer ni siquiera hacerlo estudiar.

Su familia se encontraba a más de 340 kilómetros y doce horas de camino. Estaban en ese valle interandino donde su esposa había conseguido trabajo en el Ministerio de Salud pero, lamentablemente, en el último año la cambiaron a un pueblo ubicado a dos horas de la casa donde vivían con sus dos hijos, así que la familia se subdividió de nuevo. La esposa llegaba de noche a la casa con el menor de los hijos de cuatro años, Alfredo, durmiendo en sus brazos y sin tiempo para escuchar con paciencia a Manuel.

José estaba con unas ganas de mandar todo al diablo y mandarse a jalar lejos, tenía plata en el bolsillo, más de mil doscientos soles de la quincena, pero ¿De qué le servían?, si su mujer estaba lejos, si sus hijos crecían sin él.

Consultó la hora y, movido por un resorte primigenio, cogió su maleta de ropa y se fue al Terminal Terrestre. Cuando llegó a casa allá en el pueblo, encontró a su hijo durmiendo solo. Su esposa tuvo guardia en el Puesto de Salud, así que no pudo llegar esa noche. La esperó despierto hasta la mañana siguiente, abrazando a su hijo.

-¿Te dieron permiso para venir?-, le preguntó ella al llegar. –No-, fue la respuesta, -¿Entonces?-, –Nada, solo quería verlos-, –Aya, está bien-, le contestó ella mientras preparaba el desayuno, con el corazón latiéndole con mil preguntas.

Ese día Manuel despertó alegre y se fue al colegio, de donde regresó con la misma enorme sonrisa e hizo sus tareas temprano. Alfredo, vencido su temor inicial, pasó la mañana correteando en la plaza con su papá, para luego preparar juntos el almuerzo y alcanzar a su mamá allá en la posta y comer juntos. Maritza tenía una sonrisa extraña, enamorada, y él estaba como… no sabía cómo estaba, ¿O sí?, Sí, era sentir que realmente estaba vivo y feliz.

A la noche ella le preguntó en medio del silencio que prosigue después del amor, cuándo se iría. José meditó un momento la respuesta porque sería definitiva y cambiaría la situación de manera radical, abandonaría sueños propios, orgullos en la cima de un poderoso bus de dos pisos, dinero para comprar muchas cosas, el asfalto, el bullicio de un motor a sus pies, amigos, todo por un futuro incierto… ¿Incierto?. Sin pensarlo más con seguridad le dijo mientras la besaba: -Me quedaré nomás-, y se quedó.

 

Esta crónica fue declamada en el siguiente enlace:

 

En la torrentera

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La noche era lóbrega y los niños esperaban a su madre. Ella había salido hace ya tiempo a traer un poco de leña para calentarlos en esa fría noche de diciembre. No ignoraban que en todos lados había movimiento, las gentes que pasaban por encima del puente donde se encontraban, llevaban bolsas en las manos, de repente, alguna llevaba comida. Uno de los muchachos intentó decir algo, pero su garganta estaba fría…

Los cuerpitos de los infantes pueden transmitir muchas cosas si uno observa bien atento. En este caso ellos estaban pidiendo a gritos un alivio para su miedo, miedo de no volver a ver a su madre. En la ciudad empezaban a sonar campanas anunciando el Año Nuevo… ¿Les traería, ese nuevo año, algo de comer, algo de vestido, los llevaría a otro lugar mejor que no sea ese basurero en esa triste torrentera donde hace semanas tuvieron que llamar “hogar”?

Solo deseaban realmente ver el rostro amoroso de esa mujer que nunca los dejaba sin un beso en su sucio pelo o una caricia en sus manos ateridas por la inclemencia de la noche, cruel cancerbera, que no tiene paciencia para retardar el frío que sienten un críos que ni llorar ya pueden…   

¡De pronto!, las luces que se expanden a su alrededor, personas llegando hacia ellos con manos que los tratan de levantar y llevar a otro lugar. En medio del barullo escuchan algo sobre un accidente, sobre una muerte, sobre un nombre que no quisieran escuchar…

En un instante, el mayor de ellos, se suelta de los brazos que lo aprisionan queriéndolo proteger de algo que no pueden, de algo que está pugnando por destrozarle la vida, de ese miedo que puede carcomer toda su existencia futura si llega a incrustarse en su corazón, pero él lucha contra eso que está a punto de ahogarlo y cogiendo de la mano a su hermano menor le promete a ese tal Jesús, a ese amigo que su mamá les enseñó a conversar y pedirle, que no dejará solo a su hermanito, que estarán bien y que su mamá donde estuviera los cuidará.

Quisiera contarles que en ese momento apareció su madre y los llenó de alegría, pero no, la realidad es diferente por cuanto maravillosa, porque hoy ese hermano mayor es ya adulto y trabaja once horas al día y siempre tiene una sonrisa para su hermano, que cursa la universidad en tercer año de abogacía.

Los dos son hombres de bien y los conozco personalmente y puedo asegurarles que siempre recuerdan a su mamá con el amor de siempre, un amor nacido de saber que todo sucede por algo, que todo pasa por alguna razón, y que una desgracia aparente, puede convertirse en el mejor aliciente para no dejarse ganar por el dolor y transformarlo en la materia prima que dará lugar al mayor de los amores: el dar la vida por otro.

 

“¡Mi niño, mi niño!”

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El niño tiene las manos frías, a pesar que están sujetas a las de su madre. Bajan por esa curva hacia lo que en la mañana es un mercado, pero ahora, a las nueve de la noche, es un silencioso y lóbrego punto a llegar para tomar el carro de la seguridad. Aún faltan dos curvas y unas escaleras que llevan al grifo donde cada media hora se paran lo buses de franjas cremas y marrones.

A la mujer le gustaría caminar más rápido, pero el niño apenas tiene siete años y es pequeño. No puede obligarle a correr, jugó todo el día con sus primos, a los cuales ve de vez en cuando. Esencialmente, alguno de los domingos en que pueden darse el lujo del viaje de una hora desde su casa, a ese barrio chacarero. El problema es cuando se hace tarde y no hay buses desde el cerro y tienen que bajar al paradero del mercado. Esta vez es demasiado tarde.  

Una muchacha, ágil, maciza y apurada, pasa a su lado, casi corriendo. “Ella alcanzará el carro antes que nosotros, ¡Pucha!”, piensa la madre y quiere renegar y culpar a su hijo por no apurarse, a su esposo por no acompañarla y preferir chupar con sus amigos los fines de semana, a su madre por no advertirle que no debía tener hijos tan joven. Existen momentos en que todo se acumula en la garganta y no se puede desfogar como se quisiera porque se está haciendo algo. En ese momento ella está jaloneando a su hijo, apurándolo.

Al llegar a las gradas disminuye aún más el paso porque hay que bajarlas con cuidado porque no hay luz. De pronto sienten un ruido extraño, un gemido se escucha y un: “¡Cállate!” y: “¡Ahí viene otra!”, un: “vamos por ella”; y de pronto el peso del niño es nulo.

La fuerza que la impulsa no es un miedo concreto. “¿Quiénes son esos hombres que salen de lo oscuro?”, piensa el niño mientras los mira por encima de la espalda de su madre, que lo tiene fuertemente apretado a su pecho, mientras corre hacia las luces cercanas.

“No lo lograré”, pasa por su mente una y otra vez, piensa en lo que le harán los malditos, en lo que le están haciendo a la pobre muchacha, en qué le hará su marido cuando lo sepa, en qué le pasará a su niño. “No pienses ¡Corre, corre!, le dicta su mente. Uno de los tipos tiene algo brillante en sus manos y se acerca.

La mujer llega a la esquina del barrio cercano, se agacha y coge una piedra. El niño se resbala por un momento pero se agarra firmemente al cuello de su madre. La mujer con un impulso lo vuelve a asegurar y corriendo lanza la piedra a una de las ventanas de las casas, se oye un chillido. El tipo que los persigue se para en seco, da media vuelta y sale corriendo. Por fin una puerta se abre y un hombre en pijama aparece con un palo de escoba en la mano. Ella pide ayuda entrecortadamente mientras salen otras personas de varias casas. “¡Llamen a la policía… Hay una chica… La están violando!”. Los vecinos toman valor suficiente para correr armados de piedras y palos. Pasa un momento tenso y a lo lejos se escucha ruidos de pelea, insultos, un grito agónico.

La mujer no escucha, solo aprieta fuertemente a su niño. “¡Mi niño, mi niño!”. El pequeño no sabe porqué, pero al notar las lágrimas de su madre en sus mejillas recién se larga a llorar. 

El Secreto

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Es un anciano extraño, siempre sentado en esa banca del parque, alimentando a las palomas con migas de pan. 

Desde que tenemos memoria lo hemos visto, en las tardes en que jugábamos a la pelota, ya estaba. 

Siguió allí cuando nos enamorábamos con palabras aprendidas en la tele en las tardes de manzanas acarameladas. 

Estuvo cuando paseamos a nuestros hijos, para mostrarles lo bellos que nos salieron a los demás vecinos. 

Se mantuvo firme sin decir palabra ante nuestras insistentes preguntas, cuando ya maduros, nos reuníamos para hablar de política y quejarnos de los cambios adolescentes de los vástagos. 

Sigue allí y nosotros, ya arrugados y débiles, cada tarde de domingo nos sentamos junto a él y en silencio, alimentamos a las palomas con migas de pan, creyendo que en ello está la clave de su vida eterna.

El nombre

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Cuando tuvo conciencia de que su nombre era el más extraño sobre la tierra, salió en busca de su significado. Primero intentó convencer a su campesino padre, remetido allá en las quebradas telúricas de su terruño, para que soltara prenda, pero no lo consiguió por más llamadas telefónicas que realizó. Entonces acudió a los libros y ellos revelaron significados como carne, cáncer, enfermedad, gula, etc. Buscó entre la Web y halló un doble presidencial en el país de la torre Eiffel. Entre los esoterismos judíos se encontró como príncipe. En búsqueda de sus orígenes indígenas halló que al mismo tiempo invocaba la furia de los vientos como el pudor de una Virgen del Sol. Cansado de tanto laberinto, cogió algunos implementos de justicia y se fue a buscar a su padre a través de horas y lomos de mulas. Al encontrarlo le increpó por el nombre y le exigió, después de 30 años de misterios, que confesara de una vez el secreto.

-Mire mi´jo su nombre se lo puse porque no se me ocurrió otro mejo´, así que dese por contento numás-

Al final el disparo hizo un bonito agujero en la pared de la casa ancestral…      

Corazones irresolutos

alejadosAún cuando nada impedía que estuvieran juntos no lo estaban.

Se amaban, sí, con un amor de esos que se apagan solo en el último aliento.

Para ella, estar con él cuando se conocieron, al inicio de la carrera universitaria, significaba comprometerse con alguien que no tendría paz hasta casarse con ella y no se sentía preparada para eso, le asustaba la idea.

Él aprendió a espiarla de lejos, estando allí cuando lo necesitaba, sin exponer demasiado su interés, firme en su propósito de ser esa gota que labra la piedra.

Cuando ella se sintió lista para asumir una alianza de papel y altar, él tenía ya otro compromiso iniciado y, si bien aún la amaba, era de aquellos que no deshacían su palabra empeñada. Aún.

Con el pasar de los años, los amores para los dos fueron de arena, de fuego, de hielo y de pan por pan, de esos finalmente que te acomodan en la monotonía de salir, amarse piel a piel y olvidarse en el día siguiente hasta la cita pactada y volver a empezar las amabilidades, dejando de lado la pasión. Ellos la amaron con locura, ellas lo amaron con dedicación, pero, para ambos casos, había ese sentido que te avisa que ya el corazón tiene inquilino permanente.

Dos o tres veces se encontraron en esas épocas y la misma mirada preguntándose: ¿Cuándo?, los atormentaba y los hacía anotar por mera cortesía los números del celular, las direcciones del correo electrónico y nada. Silencio apremiante después.

Ella se casó cuando el reloj biológico la loqueó, con un mal partido que la dejó con dos hijos. Él abandonó a su novia de años por una indecisión impropia en él y que le acarreó un mal precedente familiar y social. Aún así no se contaron sus desgracias ni se buscaron. Un orgullo y no pasar por débiles nuevamente los bloqueó.

Ella salió adelante en un trabajo de secretaria que le dio estabilidad y, de tarde en tarde, en vez de llorar en su soledad, buscaba en la red la historia de él, sus pasos como ingeniero y sus logros a pesar de la marca de ser un irresoluto. Para él era fácil saber de ella, aún conservaba a una amiga mutua que le contaba todo en los fines de semana que la llamaba para que le dibuje el panorama a través de la distancia.

Los hijos crecen, los ojos se marchitan, las manos se vuelven inseguras, las historias se reescriben a punta de hospitalizaciones y dolencias varias. El dinero ya no importa como antes y sí conservar extractos de vivencias que nunca se experimentaron. ¿Cómo sería el sabor de sus labios?, ¿Cuántas veces sonreiría viéndola despertar?, ¿Un roce de su mano lo salvaría?, ¿Estaría allí para ella pese a sus explosiones?…

Él murió una tarde de abril. El corazón, a falta de ese amor, o, como dijeron, a falta de fuerzas, le falló justo cuando pensaba en ella, recordando esas miradas, seguro del amor de ella y del suyo propio. Una sonrisa en los labios es lo que encontraron los paramédicos que llegaron a certificar su partida.

Ella no se enteró de nada, minutos después de que él dejara de respirar, tuvo la certeza que estaba lista para ir a su encuentro de una vez por todas, aún a pesar de sus arrugas, ya inventaría formas de amarse a los ochenta años. Se paró con esa determinación, para caer fulminada por el amor que con ímpetu le sobrecargó su corazón.

Quiero pensar que, sin las trabas de este mundo, se encontraron allá, en ese lugar en el que todo es posible y que solo el amor cuenta. Sí, así quiero imaginarme el final de su historia: Los dos juntos, en un lugar lleno de luz, lleno de cariño, lleno de comprensión, solo para ellos, respondiéndose por fin sus dudas.

El salvador

el salvadorLa balacera es una fiesta de ruido seco y sin eco en la mañana entrada en calores. Es domingo en todos lados y se siente en las calles tranquilas, roto solo por ese retumbar extraño y solitario que se repite cuatro veces en el aire urbano del barrio.

Carmen cocina con el gas que lleva hasta allí un motociclista todos los últimos jueves del mes con quien tiene un romance efímero de sexo mal hecho en la cocina. Es su venganza poética, que le llena de sabor los labios cuando besa a su marido cuando llega ebrio de otros amores y con el aroma de otras cocinas en el cuello.

El niño de seis años mira la tele, absorto en los colores casi naturales de la pantalla plana que le muestra un mundo lleno de fantasía y fiesta que nunca ve en las calles por donde da sus pasos hasta su colegio, de allí a los brazos de su mamá Carmen y después a los juegos con su papá en las noches que no sale a trabajar cuando carga su “amiga cuarentaicinco” en la espalda, entre el pantalón y el canzoncillo.

Su papá, al que llaman “Peluche”, está corriendo para protegerse. Caminaba hacia la tienda a comprar un par de chelas para la sed de la mañana dominguera, cuando vio aparecer a ese motociclista encapuchado y supo que venía por él. Trató de esconderse detrás de un poste pero, una bala que se incrustó en su hombro, lo impulsó a buscar refugio en su casa. Llegó a la puerta con dos tiros más en las piernas para empujar con el peso de su cuerpo herido la puerta metálica. Carmen no salió a ver nada, estaba segura que estaban matando a su marido y no quiso presenciarlo…

Quién sí salió corriendo y sin miedo fue el niño que se llama igual que su padre: Pedro. Mira con ojos asustados la sangre que sale a borbotones de las piernas de su papaíto y de una nueva herida en otro de sus brazos y salta sobre él llorando, suplicando al encapuchado para que no mate a su progenitor.

Pedro está temblando, no dice nada, mira para un lado y otro buscando explicación del porqué  están disparando contra él si no mató a nadie, si solo es un ladrón de noche con una pistola de juguete. Pero con el brazo que puede mover separa a su hijo de él y mira de una vez a su asesino, sin miedo en los ojos. El niño puede más que su protector y de nuevo se aferra al cuerpo pidiendo con más fuerza, ¡No mates a mi papá, es bueno!, ¡No lo mates por favor, por favor!

El viento sopla con fuerza mientras el frustrado asesino baja el arma y se va, sin dar la espalda, monta en su moto y se aleja mientras los vecinos salen para ayudar a Pedro. Lo que no consiguen es que Pedrito deje de abrazar a su padre.

Nacerá un nuevo hombre esta Navidad

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Imagen que se encuentra en la Basílica Catedral de Arequipa

Antes de nacer ya está causando contradicciones este bebé. En su propio padre (en este caso putativo) motivó la aparición de un tipo de justicia extraña, porque al saber que su novia estaba embarazada de alguien que no era él, no se fue a tirar piedras en la casa de sus suegros, o emborracharse hasta morir y denunciar en cuanta red social pudiera el engaño, sino que lo motivó a la compasión, a la caridad, algo que es extraño en estos tiempos. Pero dio un paso más: creyó en ella y no le importó de quién sea el hijo que viene, él ama a esa muchacha, la ama de verdad y está seguro que ella también lo ama: el futuro no importa si los dos están juntos.

Y después de enfrentar a la sociedad se unen y no hacen caso a las voces que les dicen que se van a divorciar, es más que se TIENEN que divorciar. Los problemas no acaban con este sí que ambos se dan, sino empiezan, y cosa rara, la pobreza es patente, sí, pero la alegría lo es más. El haber aceptado la realidad de su situación motiva al padre a cuestionarse algunas cosas y se convence que no se puede decidir en qué familia nacer, pero sí a quién amar como familia…

No lo saben, pero alguien quiere matar a su hijo, alguien está determinando reglamentos y moviendo a las masas para asesinar a ese niño en el vientre de su madre y hasta se preparan discursos: tú niña no debes pasar por un embarazo, no debes frustrar tu futuro con un hijo, debes decir que fue una violación de un soldado para que te libren del problema, que tu cuerpo te pertenece y puedes hacer lo que quieras y como lo quieras hacer niña… Pero la madre no escucha más que los latidos de eso otro corazón que está creciendo dentro de ella.

Y lo que pasó en ese pueblo es ya de conocimiento público: nadie los quiso ayudar, fueron de un lugar a otro para que los apoyen… pero nada, hasta un periodista creativo escuchó su historia y escribió una crónica en el que incluyó medios de comunicación y graficó la desidia de las personas. Pese a todo esto, al padre no se le llenó de odio el corazón y no se quedó reclamándole a nadie, sino que ya está poniendo manos a la obra para atender el parto de su esposa en ese garaje que le prestaron para que duerman, y ya acomodó esa caja de herramientas para utilizarla como camita y, en medio de un tico y una combi estacionadas, la madre empieza a padecer ese dolor contradictorio que trae un sufrimiento indecible pero al mismo tiempo la alegría máxima al saber que se está trayendo al mundo un nuevo ser.

En un instante, al padre le viene un flashback: la historia futura de ese bebé, su amor por todos, aprendiendo a hacer las cosas con responsabilidad, su obediencia para su madre cuando él ya no estuviera vivo, su fortaleza de salir a comunicar que un mundo nuevo es posible si nos armamos con las herramientas del amor, la igualdad, de la caridad, de la justicia, de la honestidad, de la defensa de los más débiles y del perdón… hasta verlo morir por la defensa de sus ideales y por no dejarse corromper por la cobardía de no decir la verdad, el corazón se le hincha de orgullo sano y una oración se gesta en sus labios.

Curiosamente no ve imperios, cúpulas, o riquezas, tampoco los debates y los desgastes tratando de negar la existencia de su hijo, lo único que vislumbra son las réplicas de su ejemplo, los actos anónimos de bondad, la cantidad de buenas acciones diarias, los valientes testimonios de aquellos que también defendieron la verdad y la justicia. Y es que su hijo es una esperanza para cada uno de los hombres y mujeres como modelo de rectitud a través de los siglos, y se alegra que todo empezara cuando él y su mujer dieron un sí a la Vida y al amor que se tenían… lo demás es historia conocida…

La vida es linda

 

sicarioYa perdí, lo sé. El sicario me apunta con el negro cañón de una treinta y ocho automática y a mi costado puedo atisbar que mi compañero de mesa, en este barcito al aire libre, está saltando hacia un costado para evitar las balas o mi sangre, lo que salpique primero.

Estoy consciente de que voy a morir, sólo quisiera saber de quién es el dinero que está en el bolsillo de mi asesino, quiero saber antes de hundirme en la muerte, cual de mis vengativos amigos fue el culpable: ¿el Chato?, ¿el Zambo?, ¿el Zancudo?, cuál de ellos quiere quedarse con la supremacía de la banda, de mis huecos de droga, de mis mujeres.

¿O no será alguno de los familiares de los fríos que me cargue a lo largo de estos años?, ¿Será el padre de la niña que terminamos asfixiando después de cobrar la recompensa?, ¿El tío del guachimán que matamos por escapar y que juró que nos buscaría hasta encontrarnos?, ¿Será la madre de aquel drogadicto que acuchillé porque me debía una luca?

¿Y si es la misma Policía que me está matando por venganza de los dos tombos que violamos el año pasado?, ¿O el juez de mi último juicio al comprender que no tengo salvación ni cura para el vicio de matar?.

Podría ser cualquiera de mis familiares… hartos de mi mala fama que los ensucia peor que ventilador al pie de bosta de vaca. Podrían ser los hijos que no reconocí, las mujeres que violé, ¡Mi propia madre!, para evitarse la vergüenza de cada día ocultar la cara por las calles, si es que alguien la reconoce como la que dio vida a este engendro que soy.

Puede ser cualquiera, el tema es que ya perdí y las balas empiezan a morder mi carne y la vida se me va, ¡Carajo!, había sido bonito el cielo celestito de esta ciudad de la cual siempre me quejé, ¡Mierda!, ¡Qué linda era la vida!.

Desde hoy… ya no me pegarás

Sé cómo llegaste a mi vida, en medio de mi adolescencia, a pintarme colores a las tardes tristes, antes de llegar a casa. Esa misma casa donde mi padre golpeaba a mi madre cada vez que se emborrachaba. Ilusa de mí, en las lágrimas sordas de mi madre no veía repudio al agresor, solo conmiseración y una paciencia que rayaba la brutalidad.

Tampoco yo, debo confesar, se me ocurrió denunciar al bestia que me había engendrado, tanto por el miedo milenario de la mujer contra el proveedor. Ahora así lo descubro. Miedo.

Un miedo a que me pase lo mismo, que hizo a mis oídos sensibles a tus palabras cursis, a tus provocaciones, a tus manos que recorrían caminos con ternura, o así lo creí. Porque no era ternura ni amor, era calentura y ganas de tenerme para ti, infeliz criatura, que buscaba en mí la seguridad falsa de sexo, como yo buscaba en ti esa figura paternal soñada, aquella que me protegiera de mis pesadillas.

Han pasado años para darme cuenta de todo eso, no porque sea sabia ni porque haya estudiado en una universidad, que bien sabes me prohibiste desde que nos juntamos en el cuartucho donde decías ibas a construir nuestro paraíso. Lo aprendí porque busqué una salida a ese sinsabor que me dejaban tus golpes. No confundas el sabor de la sangre que se asume con resignación, con el sabor de sentirse burlada, usada, instrumentalizada.

Te sorprendes por mis palabras y deberías. No las aprendí en la televisión o en folletos, porque la mayoría, al contrario, me impulsarían a liberarme de ti, para convertirme en algo que no soy: en una amargada odia hombres, o peor, en una mujer que andará de cuerpo en cuerpo, de hijo en hijo, buscando un rol en el cual encajar.

Porque tú y las malditas formas de ver a la mujer, quieren que sea algo o una cosa: que sea una dirigente, una víctima, una madre abandonada, una protestante eterna. Pero no lo seré. No seré un número más para ninguna estadística. Sabrás que yo soy un todo: soy madre, soy trabajadora, soy valiente, soy cobarde, soy reniegos, soy halagos, soy mano amiga, compañera. Pero nunca más un objeto.

Amo la vida como no tienes idea y me he descubierto a mi misma como la máxima expresión de este mundo, porque nadie más que nosotras que pueden enfrentar el futuro con la seguridad de tener bien claro el destino, que es ser un todo, algo que, muchos de ustedes, que tú, nunca aceptarás, porque para ti, el hecho de trabajar o de ser padre, o ser alcohólico, o ser amigote o amante de otras, es un papel, nunca te encontrarás solo contigo para descubrirte, porque huyes de tu propia miseria de ser un violento que no encontrará paz.

Te escribo una carta, en un papel de cuaderno, del cuaderno de nuestro hijo, para que entiendas lo que pierdes y perderás del todo si no reaccionas, porque, a pesar de todo, y eso me dignifica y me hace sentir sana y curada, te he perdonado todo, pero no olvido nada. No permitiré de nuevo que me uses como tú quieras, sino que, si deseas cambiar, esperaré a que lo hagas por ti, no por mí o por tu hijo. Nosotros estaremos bien, felices y sin resentimientos, extrañando de repente lo mejor de ti, que poco nos mostraste para ser sincera.

Ahora me voy, no por miedo, sino porque debe ser así. Nada de rencores, no nos busques que ya estoy bien asesorada legalmente. No pienses que me dejaré usar por odios contra ti. No lo haré, ya te dije que me he reconocido como un todo, no por algún rol que tenga que cumplir o alguna tendencia que tenga que asumir, el todo o nada no funciona para mí en este momento. Tengo un hijo que es el motor de mi vida, pero principalmente me tengo a mi, única e irrepetible, para llegar tan alto como yo me lo proponga.

Si me amas, déjame ser libre y en libertad algún día de repente nos encontraremos para hacer las cosas como debieron, para bien tuyo, mío y de nuestro hijo, sino, no hay broncas, ya te dije que el odio se apagó en mi corazón, solo que tu ya no me vuelves a pegar, así de sencillo y con todo lo que acompaña esa manifestación me despido.

Joana.

La búsqueda

Julia se levantó ese día con la convicción que no volvería a su casa sin haber encontrado a su hijo. Eran dos semanas que estaba desaparecido y nadie sabía nada de su Nicanor.

En la comisaría, al cuarto día de no habido, llegó con la esperanza que alguno de los guardias de verde la acompañara aunque sea por los lugares en que sabía andar su único vástago. Las miradas de desidia y aburrimiento fueron una pared inconmensurable e inescrutable. Sabía de las veces que Nico fue inquilino por horas de la carceleta, por diversas razones, algunas justas otras injustas, muchas por el hecho de ser Nico solamente.

El largo camino

El catorceavo día de ausencia desayunó fuerte, con arroz y papas, con carne frita y jugo de frutas, todo lo que había guardado para que desayunara su hijo si aparecía por allí. Recordaba la infancia de su pequeño, en ese cuarto con cocina que alquilaban desde hace años, a falta de un hogar permanente. Ella, con sus achaques de vieja no logró sacar adelante el negocio de palitos de carne asada que vendía en un rincón del mercado del barrio. Pero nunca había faltado un buen desayuno, se enorgullecía, con ese ego que se siente por lograr cosas pequeñas y contundentes, como nunca haberle debido un sol a nadie o nunca haber dejado de pagar el recibo del agua o de la luz.

Orgullo. Algo destrozado a sus 35 años, cuando creía haber salvado la valla del amor y tener un futuro de solterona respetable en la comunidad. Mala tarde en que vino el padre de Nico, aquel camionero grande y con aroma a monte que la convenció de entregarle lo que a nadie le entregó. Para luego enterarse que el desgraciado tenía familia en la sierra. Le prohibió volver a verla y él nunca supo que su hijo estaba gestándose en el cuerpo de esa solterona herida en su dignidad, vista por todos como se sabe mirar a quien está en desgracia, como se sabe tratar a quién cae mal por sus aires y de la noche a la mañana cae del pedestal que ella misma se construyó.

Pero, el calorcito de su hijo por nacer, esas pataditas a medianoche, el milagro de la vida abriéndose paso, convirtió su vida en una nueva aventura, llena de detalles imprecisos y diarios, que la asaltaban y llenaban de zozobra, pero también de una alegría incierta, sutil, que la llevaban a añorar el nacimiento de ese pequeño, al cual, cuando le preguntaron por el nombre, luego de diez horas de parto doloroso, no atinó a pensar en otro que no sea el del padre de la criatura, como el recuerdo imperecedero que el corazón odia, ama y nunca olvida.

Luego de desayunar, se fue a conversar con el párroco, después de años de exilio voluntario de las misas dominicales, la anticuchera Julia, como la conocían, volvió a trasponer los pies en el lugar que alguna vez juró no volver, desde cuando le pusieron trabas para bautizar al pequeño. El nuevo párroco, conocía la historia de la mujer y trató en alguna ocasión de ofrecerle gratuitamente lo que su antecesor, nublado por leyes caducas en la nueva visión de la Iglesia, se había emperrado en prohibir. Pero nada consiguió. Por eso se sorprendió al ver a Julia llegar a él y conversar largo y tendido, arrancando una promesa que ya de por si iba a ser aceptada. El sacerdote entendió los motivos, trató de dar palabras de ánimo, pero sintió que eran innecesarias, esa mujer estaba convencida de su búsqueda.

San Pancho street

Así empezó el Vía Crucis, por comparar con algo, de Julia, la anticuchera del barrio de La Recoleta, la cual esperó la noche para ir a la calle San Francisco, donde estaban las discotecas de siempre, milenarias en una ciudad que, en pocas décadas, había acelerado su cosmopolitinización, para adoptar costumbres bohemias, copiadas de ciudades europeas.

Preguntando a cada portero, a cada chiclera, a cada vendedora de cigarros, llegó a la conclusión que los fumones salían apresurados de los bares y pubs, para irse a consumir una dosis apresurada o relajada, según la personalidad del adicto, a la Calle de la Tolerancia, a un costado del Monasterio de Santa Catalina, lugar en el que, ida y vuelta a una cuadra, contabilizaba el tiempo para unas cuantas buenas pulmonadas a los cigarros de marihuana o esnifada de los paquetitos de papel mantequilla. Ella se dirigió al lugar y esperaba a los chicos y chicas que llegaban para preguntarles por su hijo, si lo habían visto por esos días, si les había vendido algo y dónde podía estar. Casi al filo de las dos de la mañana, por fin uno de ellos le dijo que su hijo hacía meses que ya no iba a la San Pancho a vender marimba, que ya le había ganado la Pasta.

Donde las Tías

El muchacho lariguncho y con barba de varios días, prometió llevarla a la calle Dos de Mayo para que contactara con las Tías, las que vendían los paquitos de droga blanquecina. A cambio pidió dos ligas, como veinte soles en droga. Caminaron casi apurados, mientras él le explicaba que su cerebro ya había asimilado que había la posibilidad de hacer unos mixtos con hierba y queso, así que lo estaba machacando duro el sudor corporal, las ansias y las ganas de ir al baño a soltar una diarrea de campeonato, todo normal en la vida de un adicto, pero igual que caminara rápido.

Cruzaron las calles para notar la diferencia de caras. En la calle San Francisco, en la misma Plaza de Armas y hasta en la Álvarez Thomas, las caras de los muchachos eran aún sonrientes, alegres por el licor, pero, adentrándose en la Piérola, Parque Duhamel y la misma Dos de Mayo, los rostros eran delincuenciales. Julia pensaba en las madres de ellos y hasta atinó a recordar un Ave María que recitó también por su pequeño, algo aligerada en el rencor a Dios que los últimos años había alimentado, no tanto por sentir que le había fallado en algo, sino en permitir que su Nico se hubiera degradado de escolar prometedor, a vago de esquina, aún cuando ella puso su empeño en educarlo de la mejor manera.

Las Tías de la droga tenían sus chacales, los cuales salían al encuentro de los clientes o avisaban de los policías a descubierto y encubiertos. Venciendo resistencias y recelos, logró acercarse a algunas para preguntarles por su muchacho. La única que le dio pistas fue la Gorda, quién manejaba la venta en la esquina con IV Centenario. Ella le contó que Nico había pasado los últimos días gastando lo que ganó en un buen golpe que dieron con sus compinches en una casa olvidada por los dueños en vacaciones. Lo malo que la droga que consiguieron, era demasiado pura, lo que significaba que les estaba carcomiendo los pulmones y el cerebro. Al final le dijo donde podía hallarlo.

La Mansión del Diablo

Ya casi a las cinco de la madrugada, Julia se encaminó a la zona de la Mansión del Diablo, en la avenida La Marina, lugar en el que se encontraba la cáscara de cemento y ladrillos de lo que fuera la fábrica de cueros más importante de la región en sus buenos tiempos, devenida ahora en fumadero y refugio de delincuentes. Su lariguncho guía la dejó para irse a fumar lo acordado. Al llegar a la pared frontal, recordó los consejos para subir y bajar al otro lado, claro, con la esperanza de que los que estén allí no la violen.

Luego de la dificultosa proeza de pasar su cincuentón cuerpo hacia el submundo irreal del fumadero, se dio cuenta de la insania de vivir realidades alternas, una en la que todos aparentan que no existe un lugar así, y otra, como la que está viviendo ella, de sentir en carne propia los olores nauseabundos, la visión de la basura centenaria, los esqueletos de las máquina, y, entre ellos, las figuras trashumantes de seres alguna vez de carne completa, porque lo que eran ahora no podía definirse como carne humana.

Apestando a orines de días, varios estaban tirados con alguna botella de alcohol o de terokal chorreando de las manos. Otros enfrascados en armar los llamados clavos de pasta, oleoginosos y negruzcos, pastosos y grasientos. Otros más, en los delirios, afilaban las navajas y verduguillos, algunas mujeres, eran poseídas sin ton ni son a la par que su laxitud o borrachera les permitía algún movimiento peristáltico. Pero nada de su Nico, al intentar interrogar a algunos recibió negativas y hasta uno que la empujó con fuerza y que fue reprendido por otros para no ocasionar bulla, so pena que entraran los policías.

Pero Julia no se amilanó hasta lograr que le contaran que la plata se le acabó a su hijo, pero estaba tan dañado, que siguió consumiendo terokal y chajro, esa mezcla maldita de alcohol metílico de chicha, pero ya no con ellos, porque estaba agresivo, sino con los indigentes de la torrentera de la avenida Venezuela.

Torrentera hacia el infierno

Largo camino tuvo que recorrer Julia, con los cabellos alisados con su mano sudorosa y los pies matándola de cansancio. Pero aún así atravesó el centro de la ciudad, con la gente amaneciendo a sus trabajos, con algún conocido divisándola pero volteando la cara para no ser relacionados con ella.

La torrentera culminaba en la parte baja, cerca del Colegio El Pilar. Ella sin miedo ya a nada, se internó en esta, a vista de todo el mundo, buscando encontrar debajo de alguno de los puentes que la cruzaban a su Nico.

En el camino se encontró con algunos grupos de indigentes que le sugirieron avanzar más.

Ella estaba segura de lo que iba a encontrar. No tenía resentimiento alguno para la vida, o para Dios, o para ella misma. En el transcurso de su cruzada, había reflexionado mucho sobre las causas de la desgracia de su hijo y la suya misma. Había relacionado todo con varias decisiones erróneas. Nadie le enseñó a ser madre. No tenía elementos para darle una mejor educación, o un mejor entorno a su hijo. Lo que él pudo encontrar de enseñanza varonil lo hizo en las pandillas del barrio. Ella no era un héroe para él. Pero, principalmente, aprendió a reconocer que fue ella misma la que dejó avasallarse, denigrarse para no poner orden en su propia casa y advertir que su hijo se destruía, pensando en que como buen chico se rescataría uno de esos días para transformarse en su ilusión de madre anciana con un hijo valiente que la protegiera.

Caminando ya con los zapatos hechos leña, divisó un bulto bajo el puentecito de una acequia, ya cercana a la zona conocida como La Negrita. Cuando llegó no le sorprendió descubrir a su Nico. Se agachó junto a ese cuerpo inmóvil y lo abrazó sin lágrimas, le separó los cabellos sucios de la cara y miró ese rostro, que para ella seguía siendo el más bello de este mundo.

CODA

El tiempo se detuvo, buscando que no avanzara, que se quedara congelado allí, junto a su hijo, abrazándolo.

-Hijito-

-Hijito-

-Vieja ¿Eres tú?-

-Sí Nico-

-Oye, sácame de aquí quieres, estoy cansado, quiero ir a casa-

-Lo haré hijo, pero debes saber que las cosas van a cambiar, ya hablé con el nuevo párroco y tengo un lugar en el cual te ayudarán, tú trabajarás y yo te apoyaré, pero vamos a salir de esto juntos-

-Lo que sea vieja, estoy cansado, ¿Sabes que quise morir en estos días, pero no pude?. Oye, ¿Cómo me encontraste?-

-Y, cómo no iba a hacerlo Nico, lo que me propongo lo consigo, bueno es un decir, no me hagas caso, ahora, ayúdame a levantarnos los dos, que tenemos aún todo el día para solucionar tu estado-

-Ta bien viejita, yo te sigo nomás-

Julia y Nico, apoyados ambos uno del otro, salen de esa torrentera, salen de ese infierno, salen de ese mundo para siempre y nunca más volver.

Carta a mi hijo…

Te extraño hijo mío. Fue a los diez años que te me moriste en mis brazos y ya el tiempo no es el mismo que ayer. Tendría que empezar por decirte que capturaron a los que te asesinaron, pero nunca supimos si fueron los militares o los terroristas los que te arrancaron de mi vida. Si recuerdas esa noche, las bombas y las balas silbaban alrededor de nuestra casita, ¿te acuerdas? esa blanquita que estaba en la plaza de nuestro pueblo querido.

No sabía, ahora puedo decirlo, que hacer en esos ratos, la angustia de tu madre embarazada y tu miedo, mi pequeño, me oprimió el corazón de tal forma que te envié al cuarto de al lado para que te metieras debajo de la cama. Quería protegerte pero no pude. La granada que entró por la ventana destrozó la pared y esta cayó encima de tu camita. Loco, me arriesgué a llegar hasta ti, las balas me silbaban en la cabeza pero sólo pensaba en ti, en tu cuerpito aprisionado por esa pared caída. Después me di cuenta que una bala me había alcanzado en la pierna, eso fue después de que lograra sacar tu cuerpo de entre los escombros y poder escuchar tu último suspiro. Tu madre estaba a mi lado.

Después de eso ya nada tenía sentido. No lloré, de verdad no lo pude hacer, porqué alguien en mi niñez me enseñó que los hombres no lloran, que la vida no es para llorar sino para sufrir en silencio. Al otro día me llevaron preso porque estaba herido y creyeron que había participado en la balacera, pero no fue así, tu madre tuvo que llorar por mí, dar pruebas con tu camisita llena de sangre que estuve tratando de salvarte. Al final se apiadaron de ella y de una patada me sacaron de la celda.

Nos fuimos de ese pueblo hijito. Dejamos atrás los campos verdes donde jugabas con tus compañeritos de escuela, dejamos atrás la escuelita donde aprendiste a escribir “yo amo a mi papá”, el campanario y nuestra tierra, mi tierra que labre con mi sudor, todo eso dejamos para que esa guerra cruel y sanguinaria no termine por matarnos también. Al salir, el atardecer cubría de rojizo el cielo como despidiéndonos. Allá en el caserío se quedaban mis hermanos y mis familiares que no podían irse, pero yo sí me fui. Y llegamos a esta ciudad donde todo es terriblemente caro, donde una comida es un lujo y donde nacieron tus hermanos.

Con los días de estar caminado aquí, me puse a averiguar quién fue el que te mató. Recorrí comisarías, cuarteles, pregunté a abogados y políticos, hasta con un viceministro hablé. Tanto hablar causó que muchas veces me mandaran amenazas de muerte, tanto de los militares como los de Sendero. Así que dejé de preguntar y traté de vivir con tu recuerdo.

Pero hijo ¿cómo hacerlo?, si en la sonrisa de tus hermanos te recuerdo, si en las navidades al traer los regalos se me oprime el corazón al ver que tengo dinero para comprar un regalo más y no tengo a quien dárselo, si en la mesa hay comida para darle a uno más y no hay nadie quién coma, si en esta casa hay espacio para que juegues y rompas lo que quieras, bebas lo que quieras, mires lo que quieras, estudies lo que quieras y no estás. Cómo llenar este vacío en mi alma que hace que en las noches de mayor dolor tenga que morder la almohada por la impotencia de no poder revivirte ¡hijo mío!

Ahora en la tele he visto que están difundiendo los resultados de una investigación sobre esos hechos y me da cólera ver que los militares se ofenden cuando se les dice que fueron parte de la matanza de más de 69 mil peruanos y niños como tú, que los de la izquierda no reconocen que no hicieron nada por evitar el monstruo que se engendró. Me da cólera cuando alguien minimiza lo que pasó y dice que los que murieron fueron todos terroristas o fueron todos cachacos. Me da cólera cuando al pasar los días sólo queda todo en bonitas palabras, excelentes discursos, pero nada para los deudos, los cuales no saben donde están enterrados sus familiares. Yo al menos te tuve para enterrarte y llorarte en mis horas de soledad, pero ellos no. Una camisa, un zapato velaron.

Hijo te extraño y no puedo resistirlo más, lo grito para que todo el mundo me oiga, ¡Extraño a mi hijo, porque nadie me hace caso!, porque cuando pregunto que se hace por los niños de padres desaparecidos, nadie sabe que pasó, cuando mis familiares vienen y nada han hecho por reponerles el sufrimiento, cuando veo que nadie juzga a los asesinos de mi gente: ni a los de rojo ni a los de verde, todo eso me da una rabia sorda y sin poder remediarla.

Los años pasan hijo y tus hermanos grandes están. Mañana se casa tu hermana y le pondrá de nombre a su hijo el tuyo: Jonás. ¡Jonacito, hijo mío donde estás! ¿estás allá en el cielo? pues espérame hijito que ya voy, no desesperes que tu padre ya va a estar contigo, ahorita ya debes estar con tu madre, así sólo falto yo para que vivamos los tres como siempre debió ser, para que nunca más te vuelva a mandar a estar sin compañía debajo de un catre porque allá afuera en el mundo los infelices se están matando a tiros sin consideración de los niños como tú. Allá voy Jonacito perdóname por mis errores y espérame mi hijito te lo ruego…

¡Viva! pero, ¿Por cuanto tiempo?

El comienzo de todo es cuando mi mamá alquila su tienda en la avenida Santa Ana 237 a la familia Noa Flores. Vivimos en Cotahuasi, capital de la Provincia de La Unión y por allí el alquiler no es tan caro. Así es que mi madre le arrienda a la señora Yanet la tienda a 40 soles por el mes de julio del año pasado. ¿Quién podría presagiar que esa familia sería la culpable de agresiones continuas en contra de mi familia y que yo misma pasara 10 días en la Unidad de Cuidados Intensivos?, creo que nadie. Mi nombre es Mary Luz Vera Mendoza y esta es mi historia.

A mi madre le reclamamos que no debía alquilar tan barato. Pasó que un día de setiembre mi hermanita Miriam de 8 años, rompió jugando el vidrio de una vitrina de la tienda. La señora Yanet se enfureció y empezó a insultar. Mi madre cuando llega alarmada por los gritos es también agredida. La verdad es que se liaron a palabras gruesas. Pero en determinado momento mi madre recibió empujones.

Alarmados por esta situación inusual, es que mi papá insta a mi madre para que rescinda el contrato de alquiler, pero se dan con la sorpresa, cuando intentan conversar sobre el tema con la inquilina, que esta había adulterado el contrato original de arriendo, haciendo parecer que se pagó el alquiler hasta el 31 de diciembre del 2005 y sin necesidad de pagar los servicios de agua y luz.

Ante esto y los continuos insultos y agresiones, exigí mi mamá para que pida garantías personales a la Sub Prefectura de la Provincia. También fuimos al Juzgado de Paz para exigir las mismas garantías de seguridad, pero ya la señora Yanet había viajado al Cuzco, medida que adoptaba cada vez que agredía a mi madre. Inteligentemente se nos recomienda que solicitemos las garantías para cuando regrese la denunciada. Cuando llega se le entrega una cita para conciliación para el día 12/10/2005.

Allí se convino el pago del vidrio roto y la salida pacífica de la señora, ya que ni pagaba alquiler ni quería pagar los servicios. Se decide entonces que no se puede vivir en la misma casa con esa familia. Se nos recomienda que cortemos la luz, pero se presenta un problema cuando se intenta esta acción y la señora Yanet terminó agarrando de los pelos a mi madre y la golpeó con una piedra en la frente. Al final las dos se agarraron agolpes y tuve que llagar yo para sacar a mi madre de esa situación. Lo más doloroso es que mi hermanita y mi propia hija de 15 años tuvieron que presenciar esta agresión.

CONTRA MI MADRE

Llevamos inmediatamente entonces a mi madre la comisaría para que presentara la denuncia por agresión, pero los policías ni caso le hicieron y la sentaron durante varios minutos mientras sangraba profusamente por una herida en la cabeza. Mientras nosotras nos fuimos a sacar copias de los formatos de denuncia, los efectivos se desaparecen un rato, llega la señora Yanet y su madre y con un vidrio le cortan la oreja a mi madre. En eso llega un suboficial de apellido Corimaya y a gritos le ordena a mi madre que se meta en un cuarto donde la encierran por media hora.

Indignados pugnamos por exigir explicaciones pero nos largaron. Mientras tanto las agresoras se fueron al Centro Médico donde yo laboro (soy Técnica en Enfermería) y se quejan de mi a gritos. Allí es que fingen desmayos que no logran sorprender al personal, pero sí a los policías que, curiosamente, ordenan que sea internada para observación. Mientras tanto mi mamá me contó que el mismo policía que la encerró, le ordenó a gritos que limpiara con un trapo la sangre que había derramado por la oreja cortada. 

Recién luego de tres horas, le realizan el reconocimiento médico legal y se presenta la denuncia por agresión. Tanta fue la sangre que perdió que la internan de emergencia en el Centro de Salud por su estado crítico.

Desde ese bendito día (09/10/05) nos convertimos en la presa de la familia Noa Flores, ya que en mi casa, en la de mi madre y de otros familiares, nos cercan para insultarnos, para agredirnos, para humillarnos con un poder de impunidad que no comprendíamos. Y es que iniciamos una serie de solicitudes de garantía, pero se nos fueron negadas y hasta el momento no se resuelven. Iniciamos el proceso de desalojo, pero igual se estancó.

IMPUNIDAD

Ya para una nueva cita de conciliación (donde sólo estuvo mi madre con otros dos parientes de Yanet y la jueza) se queda en el pago del total de los alquileres, es decir que le devolveríamos un dinero que no se nos entregó. La falsificación del documento de contrato fue tan perfecta que queremos creer que convenció a las autoridades. Pero en fin, aceptamos todo para que esa familia salga de nuestras vidas de una vez. O eso pensamos.

Desde ese entonces, pese a la orden de salir del local alquilado, ninguna autoridad pudo sacar a esos indeseables. No puedo calificarlos de otra manera porque: ya se les pagó para que salieran y se quedaron, nos cortaron la luz y le pusieron candado a nuestro medidor y lo peor es que nos agredía a cada rato. Pero a pesar de nuestras constantes denuncias nadie hacía nada, sólo el fiscal les advirtió que de no cumplir con las disposiciones de desalojo haría presente los antecedentes de denuncias que tiene la familia ya que son mucho procesos abiertos en su contra y que recién nos venimos a enterar.

CONTRA MI

Pero tratamos de continuar nuestra vida. Se acercaba el quinceañero de mi hija y todo estaba planeado para que, en las medidas de mis posibilidades, la pasáramos bien. Llegaron parientes míos de varios sitios y se festejó hasta la madrugada. Para las 06 de la mañana del 23 de octubre ya estaba en camino hacia el centro de salud por tocarme turno. En la Plaza del Pueblo la mamá de Yanet me roza bruscamente. Eva Ticona, una amiga me advierte que el día anterior las dos hermanas de Yanet llegaron de Lima para “ajustar cuentas conmigo”. “Quieren matarte”, me advirtió mi amiga. No sin miedo me encamine por la calle principal que estaba solitaria. A una cuadra más allá, la hija mayor, Alicia Noa Flores, me coge por atrás mientras su madre y sus hermanas me arrastran a golpes a un callejón de la calle Concepción. Su hermana Maribel me atravesó el cuero cabelludo con un verduguillo, para eso ya estaba semiinconsciente, pero dentro de mí sentía un miedo terrible porque me mataran allí mismo, sin que nadie saliera en mi defensa, así que reuniendo las pocas fuerzas que me quedan las sacó a la calle y allí me desmayo finalmente. En eso acuden a mi auxilio Amelia Zanabria Y Norma Velásquez, la primera maestra y la segunda personal de limpieza de una entidad bancaria y me auxiliaron. Tanto fue la golpiza que mi chaleco estaba roto, mis zapatos desparecidos y mis documentos con mil 150 soles ausentes del interior de mis ropas (lo peor que el dinero no era mío). La sangre me asustó un poco, pero casi y todo llegué al centro de salud, auxiliada claro está.

Luego, entre las negruras de los días que pasé hospitalizada, se movilizó una marcha de varias personas que exigieron justicia para mí. Les agradezco sus muestras de simpatía, pese a que sus pedidos no pasaron de esos: pedidos. Lo terrible es que ya nadie podía ayudarme y a pesar que se emitió una orden de arresto en contra de las hermanas, estas lograron salir de la provincia impunemente y la madre y Yanet siguen n el pueblo. Ellas se jactan que en el juicio que les sigo por intento de asesinato han gastado 15 mil soles y que por eso perderé.

Durante este juicio se presentaron testigos falsos, se retienen sentencias de cateo y registro médico, se intimida a mis testigos y se desaparecen sus declaraciones. No puedo comprenderlo más de una forma: es que pagan y sobornan, no puedo acusar a nadie directamente, pero es raro que pese que existen todos los indicios a mi favor, hasta mi abogado este con miedos de que perdamos.

Así están las cosas actualmente. Yo no sé. ¿Quién debe ayudarme?, ¿A quién le pido ayuda en todo caso? ¿Para tener justicia hay que comprarla? Y, principalmente que pregunto: Estoy viva pero ¿Por cuanto tiempo más? No sé en que momento esta historia se convirtió en la pesadilla que vivimos mi familia y yo y de verdad no espero que el final sea que termine yo o mi madre en la cárcel.

 

 

Virginidad salvada

Marcos amaba con todo el corazón a su enamorada Lizhet. ¿Cómo lo sabía?, fácil, porque cuando su mente empezaba a sentir cosas tranquilas al pensar en ella, era el chico más feliz de Independencia. Inconscientemente sonreía y hacía bromas bobas en frente de su amada para que se ría y después irse tarareando una canción romántica de moda. En la combi se va pensando en ella y en las cosas que le dirá mañana, de manera que al acostarse, pudiera abrigarse bien con las frazadas, hacerse un ovillo de piernas y brazos y sentir que la abraza y besa y…

 

Los días son cálidos en su ciudad. Para llegar a la casa de ella, luego que sale del trabajo, tiene que atravesar los canchones de tierra, donde nunca se construían las lozas deportivas o los parques prometidos. Las calles, que de día las sentía familiares, de noche se convertían en un peligro. Las historias de violaciones eran frecuentes por esos lares sin ley. Pero era de día y al llegar a la casa de Lizhet, sentía que no había peligro que no enfrentara por ella.

 

Se quedaba hasta que los padres de ella empezaban a bostezar en la sala que paraba llena con toda la familia reunida mirando la tele, donde las novelas mexicanas eran el plato fuerte. Los tórtolos se sentaban juntos, con las manos entrelazadas y sudando. De rato en rato, los nudillos de él acariciaban lentamente y por un instante el muslo de ella. De vez en cuando ella sacaba un dedo entre la prisión de sus manos para hincar despacio y delicadamente por un segundo el muslo de él.

 

Para la despedida el beso que ambos se daban les dejaba una sensación de vacío en el estómago. Levemente él tocaba con sus labios los de ella para entreabrirlos lentamente mientras inclinaba la cabeza para acomodarse y acariciar suavemente la lengua de su amada con movimientos rítmicos, mientras, se apegaba ella despacio para que sienta toda la sensación de enervamiento que creaba en su cuerpo. Por un momento escapaban de este mundo para imaginarse a dúo una situación más profunda, donde las ropas no sean impedimentos y la piel con piel entone el himno de la consumación del amor que sentían.

 

La calentura que avanza

La situación no podía continuar así. Largas discusiones sobre sus necesidades de hombre y los reparos de ella por entregarse hicieron que se separaran por semanas enteras, hasta que él siempre regresaba con disculpas por su calentamiento continuo. La situación (llegaron a un acuerdo por fin) sólo se solucionaría en la cama, sí, pero en una cama matrimonial. Él no era santo, ella lo sabía, pero la amaba, lo repetía. Casamiento entonces se decidió.

 

Los padres de ella escucharon las razones de él. Fue sin padres a la pedida de mano porque era huérfano. Pero llegó con el dueño del taller donde trabajaba desmantelando coches. Era Don Carlos, quién era respetado por casi todo Independencia. Los padres seguían sentados sin decir ni una palabra mientras el muchacho les explicaba cómo iba a mantener a su hija de 17 años con un sueldo de mecánico y el nuevo cachuelo que le había conseguido su jefe, previa venia del Perico, dueño de los destinos del pueblo, para que trabaje en la zona turística como pasero.

 

Cuando terminó la explicación. El padre pidió hablar a solas con su mujer en la cocina antes de dar una respuesta. –Entiendan, es difícil para nosotros-, dijo. En la cocina explica a su mujer lo que ella no entiende de los hombres. Primero le pregunta sobre la pureza de la hija y con esa base le dice que si no se casan es posible que ella se entregue al chico y quede embaraza y el otro se vaya sin más responsabilidades. –Siquiera casados ya es algo de seguridad para ella-, le dice el padre con una lógica que devasta peros y contra peros.

 

Se acepta el compromiso y empieza el tono en la casa humilde. El mecánico llevó anticipadamente tres botellas de pisco de contrabando y se prepara el clásico pisco sour, ya casi olvidado en esos tiempos. Los novios están más juntos que nunca y hasta se les permite la licencia de un beso enfrente de los padres. En medio de la fiesta, Lizhet le susurra al oído a Marcos que quiere ir a pasear un rato.

 

Promesa de eternidad

Caminan despreocupadamente por las calles mal iluminadas del barrio, conversando sobre sus planes del futuro. La noche cae con su manto tenebroso, pero para ellos la luminosidad de su amor alimenta los ánimos y empiezan a planificar cuantos niños tendrán. Él quiere tres, ella dos nomás. Él quiere una casa propia y ella quiere terminar el colegio. Él quiere después irse a vivir a la Ciudad Buena y ella también. Quieren progresar, que sus hijo puedan salir de la miseria en que ellos crecieron. Él le promete que lo de pasero será hasta que logre conseguir un carné de trabajo legal y así salir del barrio, no es imposible, otros lo han logrado. Entrelazadas sus manos, la cabeza de ella reclinada en el hombro de su amado. La mano libre acariciando la mejilla del amor de su vida, sus palabras suaves, las risitas cómplices, la parada al mismo tiempo de los dos para besarse un momento dejando que el mundo desaparezca en medio de la caricia más completa que se han dado en la vida…

 

¡De pronto! un frío los sobresalta. No están en un sector conocido, caminaron tanto que están en el inicio de un canchón despoblado, tratan de recuperar el sentido de orientación pero, cuando intentan regresar por la calle que los condujo hacia allí, unas sombras salen de lo profundo. Marcos cuenta hasta siete tipos y rápidamente piensa en su navaja multiusos de trabajo que siempre carga, calcula sus fuerzas, la vía de escape posible y descubre con desesperación que están en una trampa perfecta. La más próxima vivienda con luz encendida está a cuatro casas y sabe que nadie saldrá a defenderlos. Los tipos se acercan y él trata de identificar algún rostro conocido, pero nada. Entonces mira a Lizhet y ella le suplica entrecortadamente: –no dejes que me toquen Marcos, por favor, sabes que yo nunca… no… no por favor no los dejes… -.

 

¿Cómo prometerle algo así?, cuando sabe que a lo máximo logrará despacharse a dos de los tipos antes que lo sableen. ¿Cómo prometerle algo así?, cuando sabe que ellos se ensañarán con ella por tener la piel suave y el olor a niña crecida tan reciente y, por supuesto, también con él. Pero ¡Sí!, sí puede prometerle eso. Entonces mete la mano en su bolsillo y arma la navaja. Pasa un brazo por los hombros de su amada y le tapa los ojos. Levanta la mano armada hacia los maleantes que ya están cerca riéndose de su buena suerte. Le dice al oído a su amada que la ama y ella responde que lo esperará siempre, entonces apoya la punta de su arma en el cuello de ella y hace un rápido corte, preciso y contundente. Los tipos se detienen, miran como el cuerpo de ella cae fláccidamente a los pies de su amoroso asesino, pero es sólo un momento, la diversión continúa para ellos y avanzan mientras Marcos cae de rodillas llorando desconsoladamente…

El costo del “Sí” de Mariana

Demasiado niña eres Mariana para ser

Demasiado niña eres Mariana para ser “Ximena”

Ella es Mariana y quiere ser feliz. No quiere escuchar más gritos y reclamos. Quiere ser moderna, linda, chévere y por eso hace dietas que no le resultan y viste politos chiquitos y pantalones apretados. Ella quiere estar a la moda para que la quieran. Le molesta donde vive porque piensa que debe existir algo mejor, como en la tele, en la que se ve a esas chicas de las novelas, aunque pobres, son bonitas y al final se quedan con el chico churro.

Ella es Mariana y trabaja por las tardes en el puesto de su mamá ayudándola a vender zapatos en la Feria del Altiplano, pero lo hace con desgano. No es mala hija, ayuda en lo que puede, pero su cabecita soñadora está más allá. Sabe que hay un mundo lleno de aventuras, lo sabe porque tiene HI5, Messenger, Facebook, Orkut, Sonico y cuanta red social le permita ser una voyeur de la vida de los demás y percibir que tienen fiestas, amores y aventuras que los hacen ser especiales.

Ella es Mariana y quiere ser especial para alguien, para un chico que la tome del talle delicadamente, la atraiga hacia sí y la bese con ternura para siempre. Cuando algún amigo o amiga le dice la verdad sobre los príncipes azules, ella no cree nada. Reniega de los consejos sobre estudiar, sobre trabajar, sobre responsabilidades y otras cosas que son aburridas.

Ella es Mariana y acaba de encontrar el amor en la Disco a la que va a escondidas de su madre los sábados con el cuento de ir a la casa de la amiga. El amor se llama Jorge y trabaja en el interior del país vendiendo contrabando y otras cosas más que le llenan la cabeza de aventuras y riesgos que le hacen cosquillitas en la pancita.

Ella es Mariana, mil veces Mariana que intentó decir “no” cuando él le propuso irse con sus dieciséis años a cuestas, por los caminos de la vida por unas palabras de amor eterno. Esas palabras lograron una entrega linda y tierna en un hotel del Avelino Cáceres, detrás del Terminal Terrestre, donde se quedó a esperar el amanecer. Intentó decir “No”, porque algo no estaba bien, pero una discusión con su madre por llegar tarde, las ganas de cambiar de vida y una infinita sed de amor que no sabía de donde le nacían, la convencieron de irse con él.

Ella es Mariana para sí misma, en las noches que tiene libre para pensar en lo que fue, lejos de esa máscara ficticia de maquillaje que, noche a noche, la convierte en “Ximena” en ese bar de mala muerte en la ribera del río Huallaga, donde llegó sin saber cómo y también sin saber porqué. El amor se le ha marchitado en el pecho mustio a consecuencia de varios Jorges que le prometieron libertad, a cambio de dar gratis lo que cobraba a otros. El tiempo pasa y su nombre poco a poco se diluirá en el último recuerdo cuerdo que tendrá, en esa noche en que su conciencia gritaba “No” pero su corazón confuso dijo un “Sí”…

Ella es Mariana…

La doble moral te ganó Juancito

 

Que decides: condenar tu alma o darle una oportunidad más a tu hija

Que decides: condenar tu alma o darle una oportunidad más a tu hija

Tu hija vino un día con un problema grave que produjo un cisma en tu hogar. Quisiste regañarla, pegarle, insultarla por lo que hizo, pero no pudiste Juancito, nunca pudiste ser muy rudo con tus hijos, no les prohibiste nunca nada, ni tampoco evitaste que salieran cuando no debían o regañarlos cuando sabías que habían tomado licor. Les hiciste creer que eran vivos y que te tenían dormido. “Opa”, “Sonso” te decían a tus espaldas. Ahora tu hija te dice “Papaíto”, “Papacito”, “Ayúdame papi”. Le preguntas por sus estudios y ella promete dedicarse por completo a ellos en la Universidad que te exprime la mitad del sueldo. De más está preguntar por el causante del problema, ese no va a aparecer. Tampoco tienes el valor de ir y encararlo, aduces que no vas a rebajarte a hablar con él cuando te preguntan sobre que harás.

 

Entonces te toca resolver el asunto Juancito, le prometiste delante de tu mujer a tu hija que no la dejarás sola y que resolverás el problema. El fin de semana vas a tomar unas cervezas después del futbol con tus amigos. A ese al que dices “Primo” le cuentas tu problema en la última copa que se extiende con tres botellas más entre los dos. Al final con cara de vivo, regodeándose en su sabiduría, te dice que no hay problema Juancito a una sobrina también le pasó lo mismo y un amigo doctor solucionó el tema en un dos por tres. La esperanza te vuelve al cuerpo, podrás demostrar que sabes cuidar a tu familia, no importa que al amigo tuyo le hayas regalado un poder para sojuzgarte, para reírse de ti cuando aflore la ocasión y rendirás pleitesía a su consejo y secreto entre los dos.

El teléfono suena y suena y no sabes que hacer. Has timbrado dos veces pero te parecen diez. Al final contesta una voz enojada, como si lo hubieras interrumpido en un momento crucial. Tu voz suena implorante y al explicar las referencias, el amigo mutuo y decir las mágicas palabras de que “Pagaré lo que sea”, la voz lejana suena amable y que no se preocupe Don Juancito que eso se resuelve en un dos por tres. Si al menos supieras que las matemáticas no sanan el alma…

El día del suceso tu solo acompañas a tu hija y le das fuerza para el asunto. En ese momento recuperas algo del sabor de ser su universo, su centro y fin de existencia, porque te abraza fuerte y la confianza en ti es deliciosa. Pero más puede al ambiente de secreto de hablar bajo, de no mencionar las cosas por su nombre y seguir dándole nombres como “El problema”, “Ese asunto”, “Tu equivocación”. El doctor aparece con la cara sombría y te deja esperando. Con la secretaría entregas lo pactado para ella, para el anestesiólogo y para el doctor. Después de una hora sale el galeno con cara relajada y te comunica que todo está bien, que la nena está limpia y como nueva.

Pasan los días y ella ya tiene sano el orgullo herido y está peleando por salir el sábado con sus amigas. Todos gritan, nadie menciona el argumento máximo para prohibirle la salida, así que al final se va con la sonrisa en los labios murmurando “tonto” como un conjuro. Al verla salir te viene de golpe el recuerdo de que tres semanas antes ella te contó que una de sus amigas quedó embarazada y que iba a tener el bebe y tu habías dicho: “¡Está bien que se friegue!, por qué hace tonteras que no debe, y de seguro quiso abortar, pero sus padre no quisieron eso porque ellos saben que con eso no se juega, que un aborto es pecado”. Al recordar vívidamente esas palabras, escuchas una risa gutural en el profundo abismo de tu alma cobarde Juancito, la oyes muy bien…     

Venganza y juventud

Ta muerto cumpay!!!!

Ta muerto cumpay!!!!

Ese uón yata muerto, ahora sí lo tengo callao nomás, ta solito frente a su jato, no me chequea para na, aura sí que ya fue.

Cuando me luquee sabrá quién soy pe, verá mi carabina y manyará que soy el chibolo que dejó sin viejo por chorearle unas lucas allá en el Arenal.

De frente lo miraré y le escupiré en la cara pa que sepa que lo desprecio, así, sin roche nomá le diré que después me la comeré a su jermu, a su hija más si la tengo a tiro, eso le diré mientras lo rebanó con mi punta.

Yo afilo mi arma siempre pa que corte como si naaa la carne del paciente a operar, y éte ya fue, me lo cargaré diuna, y al chibolo que tá con él le diré ¡saca la vuelta mocoso o también cobras cuñao, cómo es pe!.

Ni gritará y si lo hace será como chancho ques, así vaullar y sabrá como grité cuando me devolvieron el cuerpo de mi viejo todo roto. Frío estaba. Y lo tuve que meter en el hueco con mis manos nomás porque naides me ayudó pa enterrarlo en tierra santa. Naides quiso poner un puto sol. Y tuve que llevarlo a la torrentera y allí rasqué la tierra hasta que las garras se me salieron de puro dolor.

Esa me la va a pagar aura este uón y me acercó a él y le digo ¡Ya perdiste!, y me mira con cara de cojudo, ja, ¡Lo tengo!, nadie te salvará y miro al chibolo y estoy por decirle que se vaya a la mierda porque aquí va a correr harta sangre; y el mocoso me mira sonriendo y me mete dos tiros…, cagué pes, no calculé que era su pistolero, cada día son más chicos los conchasumay estos…

Coda

La venganza es uno de los factores de violencia más motivadores que existen en el mundo del pandillaje. No porque sea la única manera de continuar con la ola de muertos eternamente, sino por el concepto en sí de tener una motivación para odiar, para dañarnos lastimeramente con alcohol, drogas y demás enervantes de la cólera interna contra todos y contra nadie en especial. Venganza que destruye el alma y que mata sin saberlo, pues, si no lo mataban al muchacho de esta historia ignorada, lo iba a matar la culpa de asesinar a alguien…

 

 

Negocio de papel periódico

Por un poco de Pasta...

Por un poco de Pasta...

El hambre atenaza a las doce de la noche y no hay nada que pueda comer. La calle solitaria es su amante secreta y la hace suya. En su espacio vital de una cuadra tiene que trabajar vendiendo pasta básica de cocaína, así que el hambre puede esperar.

Se le acercan de uno en uno a la vez, de dos en dos, rápidos y concretos. A algunos los reconoce de antiguas perdidas. Otros son nuevos, los hay viejos, jóvenes, en taxi, a pie, corriendo, nerviosos todos, las manos sudosas que se limpian en la ropa para no mojar los paquetitos de papel periódico. El dinero cambia de manos rápidamente, romance de segundos, ojos que se comprenden. Si así fuera la vida, todos con un mismo objetivo y trabajando por ello, filosofa el pobre hambriento.

Si pudiera trabajar en cualquier cosa no estaría allí muriéndose de frío, de terror, con ganas de pollo a la brasa, con la adrenalina a tope ante el peligro. Puede ser una navaja rápida o un disparo para quitarle la merca lo que acabe con su vida, pero aún así continúa. Se le acaban los paquetitos y va hacía los escondites donde dejó dispersado su capital.

Regresa rápido a la cuadra porque sabe que los que compraron temprano va a regresar por más. Así es el vicio. Él tiene ganas de fumarse un petrolero, negro y aceitoso. Pero eso será después, cuando se le acabe lo de la venta y pueda irse a su hueco a fumar hasta quedarse dormido, si es que duermo, piensa aprehensivo.

Llegan entonces eses chibolos con los palos en las manos y tarda en comprender que están con la “sicótica”. Tarda en entender que debió soltar el paquete de la mano para que los mocosos se distraigan y poder salir corriendo. Mientras su mente se oscurece ante la contundencia de los golpes, piensa que fue mal negocio salir esa noche.  

Coda

El aumento de consumidores de PBC en Arequipa es consecuencia directa de la falta de medidas contundentes con respecto de los grandes traficantes que ingresan cantidades obscenas de droga. Los microcomercializadores solo tienen su vicio como escudo para vender el alcaloide, solo tienen la fuerza de su vicio para arriesgarse a morir como lo hizo el caso de este vendedor que fue encontrado muerto después de una brutal golpiza… ¿A alguien realmente le importa lo que le pasó?… Pudo ser el hijo de cualquiera no olvidemos eso.  

La velocidad en la sangre

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Su  pasión por la velocidad es legendaria en los “piques”, desde que se hacían en la avenida Avelino Cáceres. El muchacho es el más atrevido, el más guapo, el mejor. Llega con su sixpack de cervezas, se baja de su moto y saluda con un gesto altanero a todos los “chiquilines” que ya empiezan a murmurar de él.

Mira a su alrededor en busca de una chica nueva, alguna a la cual enamorar y llevarla a pasear después. No mira ninguna, bebe un poco más, espera su oportunidad.

Algunos nuevos quieren retarlo pero no se atreven. Los del patrullero se cansaron y se van a dar una vuelta. La música empieza a sonar fuerte y el ruido de los motores rugientes se opaca por la voz de un cantante de moda. Las botellas de cerveza ya están vacías y es hora de correr, de sentir la adrenalina.

Hay una chica nueva, escasamente vestida, que lo mira. Es hora de impresionarla. Con mucha “cancha” le corresponde por un instante la mirada para dirigirse a la pista con su poderosa moto. La cerveza en la mente logra que dos muchachos lo reten. Los tres se alinean con los motores rugiendo y se sienten como en una película de cartelera. La chica deseada funge de largada viviente y les da la señal de salida bajando el brazo con fuerza. Ellos salen disparados.

Mientras deja atrás a sus competidores (como era de esperarse) el muchacho se pierde en el vértigo de la velocidad. Está en la plenitud de sus 22 años, estudia en la mejor universidad de la ciudad y tiene dinero y chicas a su disposición. “Soy un ganador”, piensa. Todo lo puede, como el aumentar la velocidad de su máquina. Es un semidiós y todo a su alrededor le obedece, en especial su vehículo, así que lo fuerza más y más para que ruja, para que vuele. Al final de la recta hay una curva que se le olvida al muchacho. En una milésima de segundo ve el muro de sillar, pero piensa que lo atravesará porque es un héroe, nada puede contra él y acelera más y más…     

MUERTE EN LOS PIQUES

Hace poco se supo la noticia que un joven murió, de la manera descrita, en los llamados “piques” en Río Seco. No importa su nombre, importa que el alcohol lo impulsó a manejar temerariamente y que nadie lo contuvo.

A pesar de que se aumentan las sanciones para los conductores ebrios que provoquen accidentes, con multas de media UIT (S/. 1750), siguen proliferando los accidentes con esta causal en nuestra ciudad. Dentro de cincuenta días se pondrá en funcionamiento el DC 016-2009-MTC con el cual se quiere frenar la ola de accidentes de este tipo. ¿Servirá?, al parecer no mucho, ya que sin concientización de los conductores será agua pasada por colador. ¿Porqué?, no existe modo de evitar que una persona ebria, junto con otras personas en el mismo estado, maneje y cause un accidente.

En nuestra cultura peruana el “conductor designado” es un saludo a la bandera. Nadie quiere quedarse toda la noche sin beber licor y divertirse ya que “alcohol y diversión” son sinónimos en la actual sociedad consumista.

Hasta que no cambien los parámetros de cultura y se invierta en programas de concientización a nivel masivo para crear un verdadera “Cultura Etílica”, nada se logrará con la implementación de nuevas multas, solo que se congestione la burocracia en torno al pago de las mismas, ya que aumentará el número de deudores al erario por este causal. Mientras, los muertos seguirán tiñendo de rojo las conciencias de las autoridades locales.    

[http://www.youtube.com/watch?v=i3LKqCmY7jE]

Mi mejor inversión: Mi esposa

bailando Julia y Santiago... ella aún lo recuerda en la neblina de la vejez y él espero esté mirándonos desde el cielo

bailando Julia y Santiago... ella aún lo recuerda en la neblina de la vejez y él espero esté mirándonos desde el cielo

A Santiago Medina

 

Quiera Dios que cuando me muera, recuerden que fui un buen padre, pero no será así, si me recordarán será por mi esposa. Suena raro, pero de no ser por ella ahora no tendríamos nada: ni los taxis, ni la casa y menos los hijos en la universidad.

 

Yo por mi parte me declaro bruto con “V” mayúscula. Allá en mi juventud mi padre me mandó a la mina y hasta ahora sigo allí. En esos tiempo trabajaba en Orcopampa y, ¡Oh sorpresa! aún sigo allí. Mi vida era monótona y bien borrachosa. Los fines de semana en los días de recambio me bajaba al pueblo y allí me metía entre pecho y espalda la mitad de la tienda. Pura caña me gustaba. Allí conocí a mi esposa: Juanita.

 

Bonita era así con sus trencitas y sus ojos de taruquita que me rehuían. Yo la enamoré con mis canciones, aunque ella jura que fue por lo gracioso que me ponía cuando tomaba. Cuando le pedí para irnos a vivir me mando por el desvío. Ella que quería boda. Yo ya estaba maltón, tenía plata en el bolsillo y ¿porqué no? me preguntaba. Ya conté que era medio burro así que no pensé tanto y me casé con ella.

 

Al principio las cosas no nos fueron tan bien. Yo no calculé que había que alquilarle un cuarto propio y que tendría que dejarla pensionada porque del trabajo en la tienda ya no la querían. Los primeros meses la veía poco y hasta celos me entraron. En una de esas la encontré conversando con un hombre en la puerta de nuestro cuarto y le crucé la cara con una cachetada que hasta ahora me la recuerda. El tipo resultó que era su hermano que vino a verla desde Chuquibamba… 

 

Venía con la noticia de que sus padres de mi Juanita ya habían aceptado lo de la boda. Ella hay recién me contó que estaba embarazada de cuatro meses. Cólera que me dio, pero pensándolo bien y con cervezas de por medio con el hermano, me tranquilicé.

 

Cuando llegamos a la casa de mi esposa, la fiesta que se armó. Todos me quería, y yo a todos abrazaba, soy burro pero cariñoso. Lo malo es que siempre que tomo se me da por regalar la plata. No me peleo con nadie, pero no sé porque se me desaparecen los reales del bolsillo.

 

Me acuerdo que en la visita me gasté más de 200 soles, de los antiguos, casi dos sueldos. Juana estaba enojada conmigo. Así la pasamos un mes con charqui y chuño nomás, aunque he de ser sincero: yo comía en la mina así que no la pasé tan mal. Con el tiempo las cosas mejoraron y el chiquillo que tuvimos creció. A los dos años tuvimos otro y luego dos años después otrito más y para el remate en otros dos años una niña. 

 

CAMBIO DE AIRES

Recuerdo que una vez a la menorcita le picó una araña. En esas altitudes no había ni médico y el de la mina se fue de vacaciones a la ciudad. De urgencias nos llevaron en la camioneta del jefe hasta Arequipa donde me la salvaron. Yo por primera vez me lloré y por supuesto me fui a chupar. A la mañana siguiente en el hotel le dije a mi Juanita que se viniera a la ciudad, porque ya el mayor iba a entrar recién a primer año y en la ciudad ya estaría avanzado. 

 

Ella no quería, pero al final es más inteligente que yo y me pidió que esperáramos a que el mayor termine siquiera el primer año para luego venirnos. Durante ese tiempo ella junto real por real y al final, cuando se vino para acá, puso una tiendita. Dicha sea la verdad, me metía en esos días con otras mujeres, pero siempre le cumplía a mi mujer mandándole la pensión, hasta que ella misma gestionó para que le pagarán la plata allá en Arequipa. Con eso se me acabaron las mujeres, porque ya no tenía plata. Fue mejor. 

 

NO DUERME HASTA LAS 11

Cuando salió eso de los beneficios para los que trabajamos terciando tiempo, a mí me dieron la posibilidad de trabajar tres semanas por una de descanso. De esa manera podía llegar y pasarla con mi familia. Pero lo malo es que mi iba a tomar todos los días y mi mujer me metía una de mil diablos. Cuando está linda y cariñosa es “mi Juanita”, cuando la presento a mis jefes y compañeros es “mi esposa”, pero cuando se trata de sacarme de la cantina o de la canchita de fútbol es “mi mujer”.

 

Era bravaza con lo del trabajo. Si es que se me ocurría tomar antes que llegar el carro a las 11 de la noche todos los viernes, el asunto se me complicaba, porque me salía a buscar de donde estuviera para subirme al bus. En el viaje se me pasaba la borrachera y se me prendía la cabeza de ideas de que me iban a despedir y que después no me iba a ir pateando latas de regreso a Arequipa,. Creo que ese miedo me salvaba porque disimulaba tan bien que nunca se me notaba. 

 

Me acuerdo de la época en que empezaron a despedir gente en masa, a mi se me entraron ganas de tomar más y más, pero Juanita me controlaba y llorando me subía al bus del trabajo y daba comida al chofer y al supervisor para que no me vendieran. Los compañeros nunca me decían nada y así nadie me descubría y era puntualito. De esa manera me salvé de los despidos masivos. La verdad ahora le agradezco, porque de lo contrario no tendríamos mi pensión y no tendría mi puesto de venta de insumos cerca de la mina. Todo es por ella que me ayudaba.

 

TARJETA CON LLAVE

Y es que yo soy un derrochador del dinero. Cuando me tomo le pido a mi sobrinito que me lleve a pasear, yo le compro helados y comida. Cuando ya estoy mareado me regresa a mi casa y me evita a los amigos que quieren irse conmigo. Mis hijos controlan los cuatro taxis que tenemos, mi hija ve la casa y mi mujer administra el dinero. La tarjeta me la tienen con llave y es mejor. Cuando pido 100 soles me dan 50 y me los tengo que llevar a comer primero. Ellos son mi vida y yo a veces logro comprender porqué soy tan feliz…

 

CUANDO LA PARCA TE SONRIE   

Ayer me enteré que tengo cáncer al estómago. El doctor me pidió que le comunique a la familia. Yo no le entendí bien lo de la enfermedad, soy bruto nomás. Creo que no les diré nada, pero sería una deslealtad para con mi Juanita. De todas formas se lo diré, quién sabe, de repente como dice el doctor me puedo curar o de repente me muero, pero sé que ella estará a mi lado, que no me desamparará. La última imagen que quiero llevarme a la tumba es su rostro sonriente con sus trencitas y su mirada que me huía, la imagen de mis hijos riéndose en la mesa familiar de mi casita de dos pisos, la voz de mi nieto llamándome “apa”, esas imágenes quiero llevarme a la tumba porque no se si me las merezco, o de repente lo único que vea sea la sonrisa de la parca soy un tonto nomás que lo mejor que pudo hacer en su vida fue casarme con una buena mujer.

 

FIN

 

EL VALOR DE LA CONFIANZA

Los hombres no podríamos vivir en armonía si faltara la Confianza, es decir, la seguridad firme que se tiene de una persona, por la relación de amistad o la labor que desempeña. En el presente caso la Confianza se refleja en la armonía que se vive entre el esposo y su conyugue, aunque los dos tienen defectos, tratan de decírselos y controlarlos. Ha pasado el tiempo y esta historia ya tuvo un final… La esposa sigue adelante con los hijos y no faltan los problemas, pero el recuerdo del padre que aunque con sus defectos, dio la vida por ellos, los anima a seguir juntos como familia. ¡Cuantos de nosotros podemos decir lo mismo?.

 

Estamos empezando el año después de unas vacaciones, los que nos leen pueden estar seguros que habrá más historias, relatos, pasadas y mucha crónica en esta página.

 

Tres versiones de “Ya se ha muerto mi abuelo”: Bareto, La Sarita y el inmortal Juaneco y su Combo.

 

 

 

 

 

 

 

Volando en el Asfalto

La verdad que poco faltó para que ´la combi de la muerte en que me embarqué terminara asi...

La verdad que poco faltó para que ´la combi de la muerte en que me embarqué terminara asi...

 

Como casi todos los domingos tomé una combi hacia Mariano Melgar para visitar a la familia. Paré una Nissan Homy de la Línea “C” en el paradero de Héroes Anónimos y pillé desprevenida y adormilada a un pasajera que iba en el asiento de adelante. Con un “gracias” mecánico me acomodé en un asiento ya de por si caluroso y me sumergí en mis pensamientos.

 

Rápidamente salí de mis meditaciones personales, porque el chofer, (apenas pasados unos segundos de voltear para seguir por la avenida Independencia), empezó una frenética carrera contra otro vehículo de la misma línea. “¡Es el gordo Machucao!” dijo la cobradora, casi escupiendo el nombre. Suficiente información para que el flaco y despeinado conductor pasara de tercera a cuarta en lo que demoró el motor de atragantarse, roncar y salir despedido, con nosotros como carga, hacia adelante.

 

SACANDO CHISPAS A LA PISTA

 

La pista, entonces, se me volvió irreal, saqué el brazo de la ventanilla por una reacción de seguridad mientras mis dedos buscaban inútilmente el cinturón de seguridad. El olor a velocidad era palpable, conjuntamente con el despertar frenético de mi compañera de viaje que abrió los ojos como plato cuando pasamos de refilón a un Tico que tuvo la “insolencia” de pararse a media cuadra de la frentera de la UNSA.

 

Justo en ese momento, el competidor nos dio alcance y nuestro “Meteoro” local lo sobrepasó con un quiebre de volante que obligó al otro chofer frenar para evitar el beso metálico. Por la ventanilla (y sacando media cabeza afuera) nuestro Fangio local le gritó: “Para ser ´fercho´ de calidad te falta papito”, no contento con su hazaña, puso más distancia entre nosotros y el otro vehículo, maniobrando entre un Toyota Corolla blanco, dos ticos amarillos y una camioneta Pathfinder, cuyo conductor no alcanzó a decir nada, aunque en sus ojos vi toda la genealogía dirigida al conductor nuestro. Todo un as ¿no?.

 

La Radio cumbiera soltaba a mansalva “Basta ya mi Amor” del Grupo Aguamarina. El calor se me expresaba en un sudor pegajoso. La cobradora y su voz chillona en tonos graves y furiosos me mantenían en una especie de éxtasis causado por la visión de una irreal marcha de monstruos cachudos y valquirias tipo andino que se interponían en nuestro camino.

 

QUE VEO QUE ME MAREO…

 

Estábamos en la avenida Sepúlveda y coincidimos con un mini corso de la comunidad puneña de esa zona, que, no escogiendo mejor momento que la hora del almuerzo, decidieron salir a las calles a mostrar el arte de sus danzas. Nuestro antihéroe local no se amilanó y, en un descuido de un Tercel verde, metió la trompa de la combi en un espacio que, a mi parecer, pertenecía a un peatón. Este último desapareció de mi campo visual porque ya lo ocupaba otro que se nos cruzó por delante a media cuadra y entre un sonoro “¡salte de allí…!” y algo que me recordó a un ajo, salimos del trance para frenar en seco detrás de una camioneta destartalada marca Dogde.

 

Tiempo onírico para ver a las bailarinas en sus minifaldas cada vez más cortas y los caporales con lentes para sol y bloqueador solar chorreando en sus trajes. Un par de alcohólicos se pusieron a bailar en medio de la comparsa y cuando uno de ellos ya se había metido en el papel de director artístico, fue sacado a empellones por un policía que no aguantó pulgas etílicas.

 

El movimiento aceleratorio que mi cuerpo empezó a realizar me devolvió a la realidad de mi situación. “¡Alguien baja en el Puente, si nadie baja me voy de frente!”, vociferó el chofer. Ahora su voz se mezclaba con la canción del Grupo América: “Que pasó”. Atiné a solo mencionar mi destino para recibir un “sí, sí por ahí pasamos”, a lo que conteste con un seco: “quiero llegar vivo allá ¿eh?”, a lo que me respondió un volteada de cara y un empujón hacia atrás producto de la repentina acelerada de nuestro Schumacher criollo.

 

Una serie de maniobras que no me permitieron ver claramente las bandas de “cholitas”, osos, ángeles y demonios del Corso que pasaba paralelo a nosotros. Así llegamos al Ovalo enfrente del Cuartel Bustamante. Allí frenamos en seco porque los bailarines habían volteado y cerrado el paso, rumbo a la Villa Militar del Cuartel Salaverry. El chofer paró y soltó un “¡bueno! diez minutos pararemos aquí”, cosa que me sirvió para recuperar la cordura y bajar raudamente de la unidad de transporte y respirar tranquilo, como si hubiera salido de un peligro mortal, a mis oídos llegó la voz increpadora del chofer a la cobradora: “¡oye cóbrale pues! ¿Acaso pagó?”. Qué no hubiera dado por sonreír y dejarlo con la palabra en la boca, pero, lastimosamente ya había pagado mi pasaje y me faltaban seis cuadras por caminar, pero la verdad, cuando uno pisa tierra después de una experiencia así pueden ser seis o veinte cuadras, da igual.

 

Nadie sabe en que momento, en esta ciudad, uno puede convertirse en el protagonista del film “Rápidos y Furiosos” como me pasó este fin de semana.

 

Na´ que ver con el tema, pero la violencia urbana me anima a subir este openning de la serie japonesa “Tokio Tribe 2” la cual es una oda a la violencia gratuita en las calles. El grupo se llama “Illmatic Buddha Mc’s”, la canción “Top of Tokyo”

Las mujeres que esperan

 

Las mujeres de nuestra tierra esperan a que ellos vuelvan, sus hijos, sus esposos, sus hermanos, y se inventan retornos para evitar llorar por la tristeza...

Las mujeres de nuestra tierra esperan a que ellos vuelvan, sus hijos, sus esposos, sus hermanos, y se inventan retornos para evitar llorar por la tristeza...

Ellas están en los pueblos de estas tierras del Sur. Todas tienen el rasgo característico de la espera que son los ojos anhelantes, de esos que miran más allá de lo insondable de la barrera del horizonte. Puestas a prueba, podrían oler el aroma del que se fue a kilómetros. Y es que sus hombres partieron hace tanto tiempo ya…

Las mujeres que esperan se hallan desperdigadas por la ciudad, el pueblo, el caserío, pero todas ellas comparten el lugar en común al costado de la plaza mayor. Allí se reúnen en las tardes a tejer mitones de colores para las manos de sus hombres. Todas conversan de una manera especial, con susurros para poder escuchar la voz del que se fue cuando las llame por su nombre y venga corriendo a su encuentro.

ELLAS Y EL DESEO EN LA PIEL…

La tarde las llama a mirar el ocaso, trasponiéndose enfrente del maravilloso cielo de verano, con la bola roja metiéndose inexorablemente en la tierra, causándoles a todas ellas cosquillas de deseo reprimido y nunca satisfecho en las largas noches en las cuales rememoran al ausente, tan paciente en el arte de amar!!. Y es que para ellas el no habido siempre se termina transformando en uno solo: uno bueno, amable, trabajador y sin suerte para los negocios. Porque por eso se fue de su lado. Nunca por no quererlas a ellas o a sus crías, sino por no tener frejoles con que alimentar tanta boca engendrada.

En los cielos, el sueño del retorno en cada lluvia de invierno, con cada gota fría alumbrándoles el sentimiento de desprotección en el que se ven sumidas. Ya en la noche, se retiran a las camas vacías de hombre, más, llenas de niños en las cuales se refugian como justificando su miedo a buscar otro destino.

Pero el destino las encuentra. A algunas las halla en la vuelta de una esquina, donde son sorpresivamente sometidas y, en el asombro de la tarea, se dan cuenta que el cuerpo pide y da sin remordimiento. A otras las encuentra en la puerta de la casa ante la llegada de un pariente no tan consanguíneo en las horas más inesperadas de soledad, cuando el calor se les ha subido y la humedad es total. Nueve meses después, crían hijos de la desventura, con un sentimiento de culpa que no las abandona y que las hace criar a los hijos del que se fue como reyes y a los de la aventura con el rigor de la desventura.

Para el vástago que se parece al hombre de sus vidas hay sancochado, adobo, parrillada y postre. Para el hijo del aire, emparedados de golpe y andar por el mundo sin padre por regresar y con el original fugado por no hacerse responsable de él.

ESCONDIENDO EL TIEMPO…

Las que esperan saben de memoria el amor que tienen. No respiran fuerte por miedo a dar viento contrario con sus suspiros a la brisa que trae de retorno al que está lejos. Ellas, que ven todo en la suerte de las barajas, se preguntan entre ellas cuando regresará el extrañado. Siempre es la misma respuesta de pronto y ya llega. Pero no desfallecen en la espera, reconstruyen cada quince días las casas por miedo a que el ausente no reconozca el hogar, la ciudad o el mundo dejado. Ponen señales de amor eterno en las rocas del camino a casa para que el hombre sepa que le esperan con los brazos abiertos. Pintan de nuevo fachadas e inventa juegos en los que se repiten las comidas favoritas para cuando llegue el que se fue. Las alacenas llenas de licor y cigarros, de periódicos de ayer y frescas flores. Los patios traseros llenos de imágenes de los santos de los viajeros para que nunca los desamparen y los tengan acurrucados entre sus brazos.

Rezan igual a Ángeles de los cielos y de los infiernos también, para que combatan por ellos a los demonios y espíritus de Dios que traen la muerte entre sus voces de guerra. Las que menos tienen que perder por ser jóvenes y tener las ancas bien puestas, no desperdician el tiempo en mantenerse bellas. La experiencia de las antiguas revela que el cuerpo de la mujer es posible de conservarse si no se trajina demasiado, es decir si no se usa por donde se sabe.

Es por eso que ellas aprovechan los descansos de las tareas para ejercitarse en el arte de conservarse jóvenes, llegando muchas de ellas a tener centurias sin que necesiten retoque de arqueología, cremas ni puntadas de médicos carniceros. El amor las mantiene y conserva, las llena de fuerza en sus músculos, levanta el pezón de su pecho hasta el infinito y combate la gravedad de sus nalgas de textura de diosa impoluta.

Las mujeres que esperan caminan por la ciudad sin sombras que las sigan puesto que la suya se fue detrás de los hombres que un buen día se fueron y que no regresan nunca a decirles si murieron en los campos de esclavos de plátanos estadounidenses, en las guerras sin sentido estadounidenses, en las calles drogadictas estadounidenses o en las cárceles violadoras estadounidenses, de ese maldito país que se lleva a nuestros hombres para que se traguen el insulto de ser sudacas de mierda!!, que tienen que utilizar artificios de traficantes para poder salir adelante con dinero de fantasía que sólo es papel de mísera denominación que los hace vivir en la imaginación de sus hijos como los héroes que nunca les acariciarán la cabeza o patearán un balón con ellos en el lote baldío del final de la calle…

Las mujeres esperan cual sirenas entonando canciones, conjurando un tenue rumor de voz para atraer al que se fue y que regrese de una vez pues que ya se debe de haber cansado de quemar tanto sueño en tierra ajena y que regrese el muy querido a esta su casa con esta su mujer que para eso se metió conmigo o no??.

EL RETORNO…

Y así esperan a que llegue el que no retorna. Pero a veces, luego de centurias, el ausente regresa todo lleno de miseria humana, venga rico o venga pobre todos regresan con ese aroma a desesperación por no haber conseguido la satisfacción buscada. Al pasar por sus casas, les sobreviene el miedo de tampoco encontrar nada allí y se van de nuevo por el mundo para continuar esperanzados en el día que volverán a sus tierras y contarán sus aventuras, regalar dólares y tener a la mujer a su lado, los niños alborotando y los vecinos y familiares escuchando extasiados sus historias.

Y se van a continuar ese sueño hacia otro país, mientras que las mujeres que esperan, en ese preciso instante pierden su capacidad de olerlos y ni se enteran que sus hombres volvieron, porque ellas también defienden su sueño eterno, que es morirse esperando para no saber la verdad de que si el que se fue regresa por ellas o lo hace porque está cansado de la vida de la que huyó al principio. Mientras tanto, las mujeres esperan…

CODA

Son más de dos millones de peruanos que salieron de nuestro terruño para buscar un futuro mejor en países del orbe mundial. Compatriotas que de manera legal, ilegal y hasta mortal se atrevieron a cumplir el sueño de progreso que al parecer se les negó en nuestro suelo. La mayoría de los que viajan ilegalmente son hombres. Ellos dejan atrás familias y esperanzas y muchos no regresan.

Cada año, unas 400 mil personas tratan de entrar a EE.UU. a través de su frontera con México, de ellos ¿cuántos serán peruanos?. La mayoría es detenida y deportada, pero muchos logran pasar y otros mueren en el intento. Aunque la mayor parte de los “ilegales” en Estados Unidos son de origen mexicano, miles de personas de otros países de América Latina y de otras partes del mundo utilizan a México como trampolín para buscar una nueva vida en el país del norte. Ellos cruzan el terrible desierto de Arizona, donde muchas veces quedan sus huesos blanqueando al sol.

Ellos tienen la esperanza de surgir adelante, de sacar a sus familias de una realidad que los desmoralizó. Para ellos el respeto de los que nos quedamos y sin resentimiento decimos que donde estemos si el corazón es rojiblanco se hace patria.

Por supuesto que la canción de esta Crónica es de Pedro Suárez Vértiz “Cuando Pienses en Volver”, que, personalmente allá en Argentina, Brasil y Paraguay, países en los que estuve, me hacía recordar que si regresaba algún día a mi país no sería por haber fracasado, sino por querer trabajar por que crezca y mejore…

 

Una ayuda real para los niños que trabajan en la calle

Julia baña a su hermanito, porque no hay nadie quién más lo haga, al menos con el amor con que lo hace...

Julia baña a su hermanito, porque no hay nadie quién más lo haga, al menos con el amor con que lo hace...

Es extraño cuando alguien te dice: “está bien hazme la entrevista pero no recalques mucho sobre la institución, sino sobre los chicos”, entonces por respeto a esas palabras ni siquiera mencionaré el nombre de la persona que me dio la información sobre el proyecto denominado “Luz y Esperanza para los Niños Trabajadores de Chimbote”.

 

Imagínense un grupo de niños que, después de trabajar más de diez horas en la calles polvorientas de una ciudad de nos más de 200 mil habitantes, se reúnen para conversar, aprender, compartir experiencias y, principalmente, sentir que son importantes para alguien.

 

Desde hace dos años, un grupo de niños de la ciudad de Chimbote cumple esta especie de utopía en la Parroquia San Francisco de Asís. Las manos grandes del sacerdote que los acogió, no para de dar palmadas en la cabeza de los menores. “los golpes más duros no son los físicos –me dice- son los del alma y esos quiero curar”.

 

Lo sigo con la mirada mientras me muestra a uno y otro de estos 35 chicos, de los cuales el 60% está acudiendo a la escuela con regularidad, varios fueron reconocidos por sus padres y otro tanto ya salió de la desnutrición.   

 

Este grupo, (LENTCH), nació gracias a la iniciativa del padre Miguel Stockinger, al cual ahora incumplo mi promesa de no mencionar. Y es que mientras escribo estas líneas que debería ser impersonales, me gana nuevamente la emoción de sentir que si se puede, si se logra y SÍ SE COSIGUE romper la coraza de miedo a hacer algo concreto por esa realidad dura y cruel que es ver a un niño trabajando como adulto en vez de disfrutar de una época que determina la personalidad adulta.

 

JUAN Y MARÍA

 

Juan es un pequeño que tiene siete hermanos, trabaja limpiando parabrisas entre las calles Gálvez y Bolognési, a su corta edad ayuda en casa económicamente, pues desde las 3 de la tarde sale a trabajar. Nos dice, feliz, que le gusta lo que hace y que siempre ayudará a mamá. Además, me manda de contrabando un mensaje para todos los niños del mundo, en la Semana de los Derechos del Niño: “Ayuden a sus padres, respeten los valores y no se peleen entre hermanos”. Y también un pedido a las autoridades: “Ayuden a los niños en su desarrollo; en su alimentación y vestido”.

 

María, por su parte, es tímida, pero de ideas centradas. Dice ser la última de casa. Ella trabaja vendiendo caramelos. Nos dijo: “Todos los niños deben cuidarse de los peligros de la vida”. Añadió que está feliz ahora, porque antes, cuando los golpes arreciaban en su vida, no conocía lo que era la felicidad. Las marcas del destino en su mirada nos hablan de una niñez truncada, pero, cuando sale de ese momento, vuelve la niña alegre que quiere quedarse con mi lapicero, lo que al final consigue con una sonrisa pícara y traviesa.

 

CODA

 

Como ellos hay varias historias, la cuales quisiéramos que todo el mundo conozca, que se difunda en titulares grandes y que las rotativas no pararan de imprimir sus caritas de esperanza al saber que están peleando por cambiar un futuro que, muchas veces, les determina en la sociedad a no conocer más allá de la pobreza y la miseria que los convierte, con el tiempo en esos, drogadictos, borrachos y delincuentes con que los demás, nosotros tú o yo, los margina al ver sus ropas sucias y sus manos anhelantes.

 

Hay un futuro distinto al que te venden a diario, ¿te animas tú a intentarlo también?.

 

José Luís Perales compuso esta maravillosa canción “Que canten los niños”, recordémosla porque en ella se canta algo de ese anhelo que vive en cada uno de nosotros.

“Soy un hijo del SIDA”

¿qué tiene que ver si este niño tiene SIDA o no?, igual su mirada es de inocencia...

¿Qué tiene que ver si este niño tiene SIDA o no?, igual su mirada es de inocencia...

Le pregunté a “Patusco” que era ser un hijo de Sida y esto me respondió:

“Cuando tenía diez años me enteré que mi padre tenía SIDA y me pregunté si es que yo también moriría como el: flaco y sin fuerzas para decirme sus últimas palabras.

Cuando estuve en ese hospital público pude ver cosas que me aterraron de verdad, más que la cara llena de manchas de sangre de mi progenitor. Y es que la indiferencia con que me miraba la gente me causaba una sensación de temor. No entendía que no me miraban por no contagiarse ellos mismos… que tontería ¿verdad?, pero algunos piensan que mirar a una persona enferma con el SIDA ya es posibilidad de contagio.

La vida después de la muerte de un ser querido es dura, y más si sabes que es posible que te dejara una herencia que nunca vas a olvidar. En este país los hospitales son una bomba de tiempo para el contagio, yo mismo en una ocasión toqué la sangre de mi padre porque nadie se la limpiaba. La enfermera de turno le tenía terror así que era raro que estuviera cerca de él. Pero de algo sirvió esos días de negrura y soledad en ese edificio donde el sentimiento no existía…

Aprendí que el contagio mío era posible porque mi madre no se cuidaba con mi padre y que ella se fue de la casa justamente porque se enteró que tenía la enfermedad. Todos esos años creí que se había ido porque no amaba a su familia, ahora sé que murió en Panamá en la casa de unos tíos evangelistas que la acogieron por caridad. 

Comprendí que la familia de ambos lados tenía mucho miedo al contagio por eso no se acercaban y por eso nadie quería hacerse cargo de mi.

Y sí, en el hospital me sacaron muestras de sangre para determinar si tenía el VIH.

PREJUICIOS

En esas horas descubrí que varios de los enfermos no eran ni homosexuales ni prostitutas como siempre escuché que eran todos los contagiados. La verdad que me importaba un peino si mi padre era lo uno o lo otro. Él me había criado tratando de que siempre considerara que todos éramos iguales.

Cuando llegaron mis tíos lo primero que me preguntaron era si ya tenía los resultados. Cuando les contesté que no los había sacado aún ni me volvieron a hablar. Cosa que agradecía porque no quería conversar con nadie, quería entender que estaba pasando y que tenía que hacer. Ya una enfermera caritativa me dijo que mi padre no viviría después de esa crisis.

Cuando tomé la decisión de vivir, mi padre murió, atragantándose con la sangre de los estertores de la pulmonía fulminante que me dejaba huérfano. No esperé los resultados, ni las palabras de consuelo, ni siquiera me despedí de su cuerpo, simplemente huí…

Durante años vagué por la calle con otros niños, creo que hasta los catorce, cuando conocí a Mariela, una chica con la que tomábamos y nos drogábamos con pegamento. Una noche quiso tener relaciones y una luz de entendimiento me salvó de hacerlo. Creo que fue algo sobrenatural porque de por si ya no me interesaba nada y esta listo a recibir cariño de quién fuera… pero no lo hice.

BUSCANDO AYUDA, DANDO AYUDA

Al otro día busqué ayuda en ese hospital y la recibí, con la cara de sorpresa más grande del mundo, por supuesto. Ya no me tenía miedo, ¿qué habría pasado en esos años? No sé pero esta vez si me acogieron y me llevaron a un albergue donde me bañaron, vistieron y arroparon en una cama después de milenios creo yo de no dormir en un lugar caliente.

A los días me dieron los resultados. Eso me llevó a tomar conciencia de todo y me impulsó nuevamente a decidir vivir. Por eso estoy aquí, trabajando en este albergue de niños que, como yo, tuvieron padres con el VIH. Por eso estoy aquí codo a codo arrancándole a la Muerte a estos niños que no tienen porque sufrir las cosas por las que pasé. Ahora sé que se puede dar a luz a un niño sin contagiarlo si se tiene cuidado, también sé que existe un motivo para la vida, que vale la pena gastarla por algo que valga la pena y no desperdiciarla a lo fácil.

Sé que quieres saber si tengo o no el virus, pero ¿eso importa?, más deberías preguntarte si tu tienes encima el virus del prejuicio y el miedo que contagia y mata más que el SIDA…”      

CODA

Existen en el mundo miles de hijos del SIDA que nunca tuvieron la culpa de su enfermedad… todos podemos hacer algo si le bajamos la velocidad al prejuicio, al libertinaje y a la permisividad de una vida que apunta más al placer fácil que al verdadero esfuerzo de conseguir la felicidad.

La canción de hoy llega con dos grandes: Willie Colón y Héctor Lavoe, que bien pueden hablarnos de lo efímero que es la existencia y lo preciosa que puede llegar a ser cuando una le da su debida dimensión y valor… Con ustedes “Todo tiene su final”

¿Vomitaré hasta que muera?

¡Mira!, estoy regorda...

¡Mira!, estoy regorda...

 

A decir verdad yo decidí tener esta enfermedad… La primera vez que me autoinduje el vómito debí tener 15 ó 16 años… Había comido como un cerdito así que se me hizo una buena opción eso de “eliminar las calorías” vomitando… En ese entonces debí hacerlo contadas ocasiones, pues me daba mucho asco y la sensación de nauseas constantes, luego de vomitar, me desagradaba bastante. Así que sólo vomitaba cuando había comido demasiado.

 

Durante mi infancia fui una niña podría decirse que incluso flaca. Aunque nunca faltaron los comentarios referentes a la importancia de mantenerme en línea. Cuando tenía aproximadamente 8 años. Un tío hizo un comentario, que quizá él consideró inocente, pero que a mí me hizo una marca no sólo en el corazón, sino también en la autoestima… Habíamos dejado de vernos durante vacaciones. En cuanto me vio llegar exclamo: “Frida!!! Nada más sales de vacaciones y te inflas, Bueno, nada más que vuelvas a la escuela volverás a bajar”.

 

Quizá para él fue un comentario sin relevancia alguna, aunque no fue por supuesto ese mi caso… A los 14 años más o menos empecé a subir de peso. Mi familia y padres me insistían que bajara de peso con argumentos como “Cuando bajes de peso, serás lindísima” “Cuando bajes de peso, traerás a muchos chicos tras tus huesitos” (Bien decía huesitos…) “Cuando bajes de peso…”, “Cuando bajes de peso…”, “Cuando bajes de peso…!!!” Uuuuufffff eso por supuesto aunado a mensajes indirectos de mi padre donde me decía tonta, ignorante, etc. 

 

AUTOESTIMA DAÑADA

 

Y bueno… lógicamente eso terminó con mi autoestima. Afortunadamente en la escuela nunca me molestaron por estar gorda. Lo cual me hace pensar que en realidad mis padres exigían demasiado. Necesitaban que fuera la hija ejemplar en el aspecto físico. Entonces empecé a angustiarme de una forma increíble. Recuerdo una ocasión que salimos de vacaciones a provincia; fuimos a visitar a la familia… Llegamos a Camaná y yo me sentía bastante bien, pues constantemente me llegaban arreglos florales, cartas, etc de los chicos del lugar. 

 

Pasados dos años aproximadamente (durante los cuales por supuesto tuve a mi madre, padre, familia y amigos de la familia sobre mí para que bajara de peso) regresé a visitarles. Una amiga y yo fuimos a la disco. Comenzamos a bailar y llamamos la atención de un grupo de chicos del lugar por nuestra forma de bailar. Así que uno de ellos se acerco a mí. Y dijo… “te parece si bailo contigo y que mi amigo baile con tu amiga???” A lo que accedí. Poco después; otro chico (del mismo grupo de amigos) se acercó a mí y luego de charlar un rato, relacionar situaciones, personas, etc Mencionó… “Claro!!! Yo te conozco!! Eres la chica que traía loquitos a todos los chicos de aquí hace dos años… Pero bueno… es que no te reconocí porque estabas más delgadita…”. 

 

EMPEZAR A VOMITAR

 

Luego de eso llegué a casa y comencé a golpearme el abdomen frente al espejo y lógicamente también a llorar. Y me prometí a mi misma que bajaría de peso a como diera lugar. Un día escuchando el radio, descubrí que eso que hacía yo esporádicamente se llamaba bulimia, que era una enfermedad y habían chicas que perdían kilos y kilos dejando de comer. Metiéndose laxantes, diuréticos, pastillas, haciendo ejercicio, etc. Que comías lo que querías, ibas a vomitarlo y listo!!! Todo resuelto!!! Por supuesto este no era el mensaje que daban en dicho programa. 

 

Comencé a dejar de comer, (aunque lo más que llegué a aguantar sin alimento fueron 3 días) Así que me inclinaba más por la opción de comer y vomitar. Que podían ser hasta 12 veces en un día. Claro… cuanta cosa me llevaba a la boca; terminaba en el w.c. Al principio era demasiado difícil, pues me daba muchísimo asco, detestaba esa sensación de vacío en el estómago y las nauseas que te quedan luego de hacerlo repetidas ocasiones en un sólo día resulta desagradable. Pero bueno… no me importaba porque finalmente era para una causa noble, o así lo sentía yo. 

 

Aunque me desesperaba a veces porque me costaba trabajo vomitar o en ocasiones me daba miedo a sensación que provoca el esfuerzo, que terminaba con un dolor de garganta espantoso y en un par de ocasiones el cepillo con el que me provocaba el vómito salió con algunas gotas de sangre lo cual me asustó un poco, pero en cuanto me miré e el espejo dije… *qué susto ni qué nada!!! Lo que sea por bajar de peso. Hasta la muerte si es necesario!!! No te puedes, ni te vas a morir gorda”. 

 

Finalmente el esfuerzo y el sufrimiento, o la desagradable amargura de la bilis en cada visita al baño luego de haberlo depositado todo en él, bien valía la pena… Iba a ser bellísima cuando bajara toda esa asquerosa grasa. Y así estuve por varios años… De repente lograba bajar unos kilos cuando ayunaba. O controlaba las calorías. (300 ó 400 al día). Pero en realidad era más que nada “mantenerme” o incluso subir de peso. Pues cada vez que uno vomita, o deja de comer, el cuerpo (nada tonto) se percata de que no le estamos alimentando o le quitamos lo poco que introducimos en él. 

 

DURO

 

Un amanecer en el buscama rumbo a Lima, me hizo cambiar mi visión. Al igual que el amor de un chico (en ese momento) maravilloso. Y creció en mi la necesidad de estar bien. Así que reafirmé mi deseo de bajar a la buena. Y bueno… deje de vomitar por un tiempo, pues estaba ya yendo al gimnasio diariamente 4 hrs. Tomaba litros y litros de agua. Me aplicaba unos supositorios para sudar más, pastillas (que por cierto me provocaban angustia y taquicardias) Desayunaba y almorzaba Slim Fast… A veces lo tomaba también por la noche o bien me servía una taza de arroz hervido. Pero no fue hasta que busqué ayuda médica que no empecé en serio a tratar de sanarme.

 

Pero llevo ya desde Febrero de este año con sólo 3 vómitos y una recaída de cortes. Me da pánico comer. Me restrinjo demasiado. Mi equipo de médicos y yo, coincidimos en que lo mejor es ingresarme a la clínica de trastornos de alimentación. Por lo que el próximo lunes 11 de mayo me internarán por al menos un mes. Pero estoy dispuesta a no salir de ahí hasta que no esté completamente recuperada, ojala lo logre…

 

Dido-White Flag

Mi reino en la basura

¿Qué busca un niño en la basura?, ¿felicidad?, ¿amor?, ¿dignidad?, ¿qué buscas tú?

¿Qué busca un niño en la basura?, ¿felicidad?, ¿amor?, ¿dignidad?, ¿qué buscas tú?

Mi mamá me contó que nació en un pueblo lleno de cerros y árboles. Ella dice que todos los días se levantaban temprano para ordeñar una vaca y luego se iba a la huerta a sacar cosas para el desayuno. El trabajo era duro, pero la tierra era suya, dice. Mi abuela también recuerda esas cosas, en especial en la noche, cuando entre sueños parece que recuerda a mi abuelo, porque lo llama y llora. A veces en medio de la noche, mi mamá se levanta gritando: “No lo maten, por favor, no, no me toquen”, luego se vuelve a dormir. Una vez supe por qué las dos, mi abuelita y mi madre, lloran tanto: a mi abuelito lo mataron los terrucos, hace años y en medio de la plaza del pueblo donde nacieron. Parece que a mi mamá le hicieron daño de otra manera, pero no me cuenta. Luego de eso, parece que alguien les quitó la casa y la chacrita y se vinieron para el botadero de basura.

 

¿Quiénes eran los terrucos?, yo no sé, y felizmente acá al basural nunca vendrán. Porque de verdad nadie viene, a no ser los camiones que recogen las bolsas y uno que otro comerciante en taxis. Esos me dan miedo, porque siempre vienen a tratar de botar a mi familia. Esos hombres malos quieren toda la basura para ellos, como si la hubieran comprado. Una vez que mi madre quiso sacarse una cocina vieja de entre los restos, uno de esos hombres la descubrió y le pegó tanto que le sacó sangre. Yo ni podía hacer nada, quise tirarle piedras, quise matarlo con un cuchillo, quise que lo castigue Dios, pero no me atreví, creo que soy un cobarde.

 

TESOROS

 

Por eso es que tengo que esconderme, para poder sacar mis tesoros de la basura. Como a mi familia sólo le dejan sacar los restos de la basura quemada, tengo que esperar a la tarde para poder escabullirme entre la basura para buscar entre ella. Cuando encuentro algo bonito, lo recojo y lo llevo hasta mi lugar secreto, debajo de llantas viejas de camión que nadie se atreve a mover.

 

Allí guardo cosas bonitas. Allí está un collar con piedras de colores, un libro con tapa dorada, una navaja, varios anillos y mi más preciado tesoro: un libro de fotos de batallas. Con el libro sueño a veces que estoy en otro mundo, donde soy un capitán de una armada y que combato a esos llamados terrucos, para que no vuelvan a hacer daño a nadie, en especial a mi mamá. Como fui al colegio hasta tercer año, sé leer algo, y, en el título del libro se lee algo así como: “La Segunda Guerra Mundial”. También tengo otro que es una Biblia, pero no la leo mucho porque es complicada.

 

A mí me gusta cuando me cuentan cómo nací: dice mi mamá que le vinieron los dolores cuando vivían allá en La Pascana. Fueron a pedir ayuda a los vecinos, pero nadie sabía cómo hacer nacer a un niño. Así que mi mamá y mi abuelita se fueron caminando hasta la carretera. Allí nadie paraba para ayudarla, pero ¡de pronto! Un camionero paró y las recogió. Dicen que llegué ya con la cabeza afuera al Centro de Salud y que los médicos se asustaron, pero nací al final. Luego gentes amables me regalaron ropita y comida para mi mamá. Pero finalmente tuvimos que regresar al botadero de basura.

 

Me gusta la historia por el camión que nos llevó. Yo nunca he estado encima de un camión, pero debe ser emocionante viajar de un lado a otro. Yo nunca he salido de un botadero, más que para el colegio, pero eso me duró poco. Siempre que puedo acercarme a uno, lo hago y pregunto cómo funciona, a veces me responden, otras, me botan, pero me da igual, sólo con sentirme cerca de uno de esos carrazos me siento feliz.

 

Debe ser por eso que me gustan tanto los autitos. Yo los busco más en la basura, a veces hallé un trencito o un bote, pero no me gustó, pero sí los carritos, así estén todo rotos, yo los recojo y los reconstruyo. Tantos tenía que llené una caja grande. Pero vinieron esos hombres malos y por tratar de botar a mi familia, se llevaron mi cajón.

 

DESTIERRO

 

Mi abuelita dice que si nos botan de aquí no podremos ir a otro lugar, porque allá en su pueblo no le quedan parientes y ellas no saben hacer nada. Una vez pregunté por mi padre, pero se quedaron calladas las dos. Nosotros vivimos de la basura y eso no creo que cambie por mucho tiempo, ya que aquí, en La Estrella, está nuestro hogar.

 

Con sinceridad no sé quién es Papá Noel. Dicen que es un gordo extranjero que viene en la noche que nació Jesús y te deja regalos, yo no creo, en todo caso por acá nunca vino, no lo culpo porque el olor de la basura espanta a cualquiera, en especial al medio día.

 

Hace unos días vinieron unos periodistas y me sacaron fotos, hasta jugué a las escondidas con uno, pero se fueron. No me trajeron regalos, pero no me importó, a mí me gustan las visitas y les pedí que regresaran otro día para mostrarles mis sitios secretos.

 

Nadie más vino, y por supuesto, menos el gordito de rojo. Esa noche la pasamos mi mamá, mi abuelita y yo solitos en nuestra casita de esteras. Mi mamá consiguió para mí unos juguetes de caridad y a mi abuelita le regalaron un panetón. Mamá se enojó tanto porque no teníamos qué comer que mató a la gallina que teníamos. “Ya compraremos otros pollos”, me aseguró para que no llorara.  Yo le tenía cariño a la Filomena…

 

Ya en la noche nos alumbramos con el lamparín y rezamos porque el Niño nos bendiga, nos traiga más trabajo, y haga que la gente bote más metales y juguetes. Eso último lo pedí yo, ya que me disgusta ver que mi mamá está con las manos ampolladas de tanto buscar entre cenizas los fierros para vender. Los de los juguetes… bueno es que no tengo muchos.

 

Sueño que me encuentro dinero en un maletín y que me llevo a mi mamá y a mi abuelita a su pueblo y que, cuando llegamos, nos reciben con una gran fiesta y comida y música, porque todos nos quieren y nos aprecian. Yo les muestro mis tesoros y ellos me acarician la cabeza. En mi sueño están esos niños malos que se burlaban de mis ropitas y mi olor allá en la escuela, pero un hombre grande les da de coscorrones para que no me vuelvan a insultar. Allí también están los hombres malos, los terrucos y los de las vacunas que tanto me hicieron doler, y el niño Jesucito los desaparece, porque al final de cuentas no les deseo que sufran, sólo que se vayan de mis recuerdos.

 

SOÑAR NO ME CUESTA…

 

Sueño con esas cosas en medio de mi reino de la basura, donde soy dueño de prestado de las cosas que ustedes botan. Porque todo puede servir para algo y en especial nosotros que trabajamos tanto. Todos nos llaman “ceniceros”, y si esos somos, bueno, qué importa, siquiera trabajamos y no robamos a nadie, así vengan esos que dicen ser los dueños de la basura, así vengan con sus camiones y nos arranquen a la fuerza nuestras cositas. Yo sé que seré algún día grande y que nadie me podrá humillar nuevamente, que nadie le volverá a pegar a mi madre y que mi abuela no tendrá que vender su diente de oro para que me compren medicinas, como esa vez que me comí los restos de un sanguche y me enfermé mucho. Yo sé que seré diferente, así no tenga que contar con la ayuda de nadie, pero es triste estar sólo en una tarea así, felizmente mi mamá aún está conmigo, aunque sé que mi abuelita de repente ya no lo esté. Con todo yo sigo en mi reino, por ahí alguno de ustedes quiere visitarme y si vienen al botadero pregunten nomás con confianza por Miguelito, todos me conocen.

 

CODA

 

A Miguelito y su familia los conocí allá por el año 2005 cuando hice el informe sobre las Mafias de la Basura… las fotos de él se perdieron, pero ¿saben?, aún lo recuerdo cuando le dije que corriera hacia mi para sacarle una sucesión de fotos… sus ojos alegres llegando hasta mi son algo que no se olvida, por Dios que no…

 

Duerme, duerme negrito – Voces Corales

 

 

 

Está es la versión original de la canción por el inmortal Víctor Jara

Violación tras violación tras violación…

Hasta donde se puede dañar a una persona... hasta donde llegan las consecuencias de una violación...

Hasta donde se puede dañar a una persona... hasta donde llegan las consecuencias de una violación...

En el cuaderno de reportes del caso de María, encontré una verdad más grande de la que esperaba. Todos sus problemas de pareja actuales partían de esa serie de violaciones que de niña le deformaron el concepto del amor. Todos esos detalles fueron pasados por alto por sus parejas y el actual esposo de ella tienen la misma definición a su comportamiento: “Está loca” me dijo. No saben la verdad más allá de lo que pasó…

 

FLORECIMIENTO TRUNCADO

 

Ella era una niña de sucia carita, porque allá en el cerro donde vivían no tenían agua como para darse el lujo de la limpieza. Ella era la menor de cuatro hermanos y todos dormían en la cama de la madre, separada desde hace mucho de su progenitor. Los días son parecidos: reclamos para que trabaje, para que limpie, para que barra, para que atienda a sus hermanos. Ella crece sin caricias ni abrazos, crece con la soledad en el pecho.

 

Hace su aparición por esos días un hombre que empieza a frecuentar la casucha de techo de calamina que tienen. Es extraño, pero la casa es un desastre y no debería serlo, los vecinos a pesar de padecer las mismas carencias, tienen la frentera barrida, un jardín ínfimo de geranios bien cuidados, los niños andan limpios y la madre trabaja en el mercado. María los ve felices. 

 

En su casa reina el caos de las botellas de cerveza que compra el hombre que se queda en las noches y ya desplaza a los hermanos a dormir en el suelo. En una de esas noches el hombre se asegura que la madre está ebria y dormida y se acerca donde esta recostada María. Ella es una niña aún, pero las manos del hombre la tocan como si fuera una mujer. La niña se pregunta por qué no toca a sus hermanas mayores, debe ser que ellas son ariscas, debe ser que ellas están despiertas y listas para gritar si el hombre se les acerca, ellas saben que está pasando… 

 

LOS CUÑADOS

 

Las manos del hombre se vuelven familiares y María hasta siente en ellas la ternura de una caricia muchas veces negada, hasta que la situación cambia, la madre ya no se emborracha y mantiene al hombre en la cama. Una mirada de furia y celos aparece cuando mira a la menor de sus hijas. María no entiende el rencor de su madre, sólo sabe que los golpes le llueven más que antes. Las hermanas, tal vez buscando escapar de esa escena, tal vez porque les prometieron amor, se metieron muy chiquillas con otros chicos de su edad y se fueron a vivir con ellos. Quedan el hermano de doce y María que tiene once años solamente.

 

Una vez la madre la manda a buscar dinero a casa de una de sus hermanas y sólo encuentra al marido de esta. El tipo no desaprovecha la oportunidad y somete a María, no una sino varias veces jactándose de que él es su “primer hombre” que lo recuerde bien. Al final de la escena la niña está tranquila, es como si supiera que eso es lo que sufriría, de repente en su mente esa forma de amor de queda grabada, porque el tipo en un intento de tapar su felonía le compra galletas, dulces, la besa, la abraza. 

 

María piensa que entonces que un hombre se suba encima de ella y la haga sentir cosquillas es normal, tanto así que en el cuarto donde vive la otra hermana la escena se repite una vez más, con la diferencia que esta vez el tipo la tiende de espaldas y le hace conocer un nuevo dolor. Ya la mente de la niña está deformada, el abuso sucede por varios años, tanto así que hasta un vecino de los cuñados aprovecha de esta situación para también violarla. Pero algo cambia, ella ya no siente placer cuando ellos están dentro de ella, porque ya empezó a notar que se burlan de su condición, que la insultan y hasta la sortean y le pegan. Ya no va entonces a las casas de sus hermanas y su madre se harta de que esté metida en la casa, porque los estudios nunca estuvieron en su vida, siempre fue tratada como una esclava, salvo que esa palabra para María no le dice nada. 

 

ESCAPAR

 

El escape de María sucede cuando su madre la bota de la casa, acusándola de que el padrastro ya empezó a mirarla con otros ojos y que de repente ella se quiera quedar con él. María no sabe que decir, casi nunca ha dicho nada en su vida por defenderse. Vaga por días en las calles, un borrachó intentó violentarla pero la furia de ella puso en escape al agresor, menos suerte corrió con un grupo de drogadictos que la llevaron hasta una torrentera y si no la mataron fue porque ella no se quejó. 

 

Así la encontraron los de la Policía en las calles, desamparada y con hambre y la increíble suerte de no estar embarazada. Luego, la historia hasta fue difundida por los periódicos, ¿se acuerdan?, fue el caso de la niña que estuvo en un albergue y que su hermana, para que manden a prisión a su ex conviviente, denunció la violación. La justicia tarda pero llega, pero en este país llega como un suspiro, ya que a los dos cuñados les dieron cuatro años de cárcel de los cuales sólo cumplieron 2. A la madre también la juzgaron, pero no le dieron condena de cárcel, al padrastro y al vecino penas menores y supendidas. María terminó de crecer con la ayuda de las personas que se interesaron en su caso. 

 

SEXUALIDAD DESHECHA

 

No le contó a nadie de su padecimiento anterior. La historia borra las huellas de los que quieren que así sea, pero las grietas del interior no sanan. De esa manera las parejas sexuales de María, siempre se quejaron de que era fría, que no respondía con placer. Su actual pareja no le importó demasiado eso ya que la quería para bien, se casó con ella y pensó que con cariño y amor le devolvería esa sonrisa de satisfacción que toda mujer amada debe tener. Falso. Lastimosamente la capacidad de tener un orgasmo de María estaba irremediablemente perdido, contarle al marido sobre las violaciones no causó sino que el pobre hombre creyera que el placer sólo lo sentía con esos hombres que violaron su niñez…

 

Están por separarse y María no sabe porque realmente, en su mente no entra las ideas de que fue esa situación en su pubertad la que ahora le afecta el clítoris. “Todo tiene su etapa y a ti se te adelantó una” tratamos de decirle para que reconozca primero la condición en que está, pero ella se niega, quiere que le digamos que le gustaría a su esposo que ella haga, porque ella ya le ha tratado de dar todo, pero lo que no puede evitar es llorar una vez que él termina de estar con ella en la intimidad…

 

Entonces hablamos con el esposo, y al final comprendió que todo tienen relación, que ella lo ama pero en la oscuridad de su mente aún acecha el peligro y el sometimiento sexual del que fue objeto. Él entonces comprende también que la única manera de superarlo es con una larga terapia de pareja, en la cual se incluyen dolorosas sesiones de regresión, de perdón para ella misma y sus padres, de confesión de que ella necesita ayuda, todo un sinfín de cosas que no deberían suceder, porque María debió crecer y enamorarse naturalmente y tener relaciones sexuales si es que ella las deseaba y con el cuidado y ternura que da el enamoramiento, ella no debería pagar las culpas de unos desgraciados que sin conciencia y peor que animales, se aprovecharon de ella… Lastimosamente como María en este país hay muchas ¿no?…

Coda

Para no terminar tristes con una realidad tan opresiva, escuchemos la historia de Eva, en la voz del gran Silvio Rodriguez.

¿Por qué desprecias la mano del niño que te suplica dignidad?

¿Te quedan ganas de sentirte humano al ver a un niño trabajar en la calle?

¿Te quedan ganas de sentirte humano al ver a un niño trabajar en la calle?

Cristian no quiere que lo  fotografiemos porque dice que su papá conoce a varios municipales, obviamente su miedo es porque ellos le dejan trabajar algunas horas los sábados y de llegarse a enterar los jefes de estos pueden despedirlos. Él no sale a vender juegos de agujas porque lo obligan, lo hace porque quiere ayudar a su mamá y papá y por eso lo hace los fines de semana.

 

“Los demás días estudio y con el dinero que gano me ayudo para las tareas”, nos cuenta. El gasto que realiza en papel impreso, compra de materiales para los ejercicios y las horas en Internet buscando información son un monto suplementario que a veces no pueden afrontar los padres de familia.

 

Cristian es un caso aparte y ya se quisiera que los demás niños que andan trabajando en el Cercado lo hicieran con las mismas motivaciones, pero no es así. Son 5 mil niños que trabajan en Arequipa, según datos de la misma Organización Internacional del Trabajo (OIT). Esta institución viene desarrollando un programa para retirar de la vida laboral a los niños mineros de Caravelí. Actualmente se desarrolla un trabajo en el poblado de Chaparra, pero, según un informe reciente se destaca que en la ciudad han comenzado a aparecer más niños y lamentablemente por causas directas relacionadas con el aumento de pobreza en la región.

 

CASOS Y COSAS

 

Es el caso de Jonathan quién a sus siete años limpia parabrisas en una esquina de la calle Mercaderes. Su madre llegó con él desde el poblado de Charcas en Cuzco porque su padre murió hace dos años. Tiene el cuellito sucio pero las manos relucientes con el contacto diario del agua jabonosa con la que limpia los parabrisas por unos centavos. No quiere dar su nombre real pero su compañero Gustavo de 12 años lo delata en medio de risas. Los dos comparten algo: son huérfanos de un progenitor. En el caso del mayorcito el alcoholismo de su padre lo empuja a las calles y ya perdió el año escolar “es que flojee mucho”, nos dice.

 

Niño es todo ser humano menor de 18 años de edad, así lo establece la Convención Internacional de los Derechos del Niño aprobada en 1989 por la Asamblea General de Naciones Unidas. Pero en su condición de menores la Ley no permite el trabajo forzado. Además una serie de principios generales contempla la protección de sus derechos, libertades y condiciones para su desarrollo. Así, los niños tienen derecho a la educación, a la salud, al juego, a la protección contra el maltrato y el abandono. Cuando se ven obligados a trabajar, compatibilizar trabajo y asistencia a la escuela supone un esfuerzo que se traduce, en el mejor de los casos, en altos niveles de retraso y deserción escolar. Sin educación, se reproduce el círculo de la pobreza.

 

EXPLOTACIÓN

 

Panorama siniestro fue el que encontramos en las intersecciones de las calles Piérola y Palacio Viejo, donde un grupo de menores echa “suertes” con un ramo de ruda en la mano. Son varios, tantos como los perros callejeros que se acomodan a un costado de una agencia bancaria cercana. Los menores son vigilados desde cerca por una señora que rehuye a las preguntas y hace gestos amenazadores. Le dicen “mamá Julita” y difícil creer que todos los niños son suyos, según nos cuentan ella los lleva a allí por encargo de padres inescrupulosos que los alquilan de esa manera para que pidan limosna.

 

La insensibilidad de nuestra sociedad ha hecho que obviemos este aumento de niños en las calles y nos quejemos a voz en cuello de que esos niños están molestando. La verdad es que muchos utilizan parte de su ganancia para jugar “gund bound” en las cabinas de la calle Paucarpata, donde la hora de Internet (y del escape de su realidad) les cuesta 70 céntimos de sol, cierto también que organizan trifulcas en plena calle y que algunos de ellos meten la mano rápidamente a las carteras. Todo eso podrá ser cierto pero la más triste realidad es que nadie hace nada concreto para atender sus problemas, hacerles seguimiento o simplemente escuchar sus dolorosas historias y consolar sus lágrimas… Nosotros escuchamos algunas y poco a poco, contaremos sus vidas…

Con cariño para ellos: Chicles, cigarrillos caramelos del gran Miki Gonzáles

¡Estoy rejodido pero respiro aún!

¡Buscame trabajo pues chocherita...!

¡Buscame trabajo pues chocherita...!

Cuando en las mañanas me levanto, siento que va a ser un día más de esos donde no habrá trabajo, y, por vida que me quiero dormir unos minutos más. Pero siento a mi madre prender el primus en la cocina, al perro que ladra al sol de la mañana y no me queda más que sacudirme las frazadas y meterme en la ducha para bañarme, así con frío y todo.

 

 

Me llamo Juan Mamani Castro y sé que no seré bueno contando mi vida, pero la verdad es que estoy harto de seguir igual, toda la vida igual y quiero que la cosa cambie. Si fuera posible que por el periódico me dieran trabajo, hasta el celular de un amigo publiqué y de seguro al final de contar mi historia les voy a dar mi número, como ya lo intenté en alguna ocasión… Ahora me conocerán algo, pero lo principal es que no tengo trabajo y eso explica muchas cosas ¿no?

 

Primero quisiera que conozcan a mi madre: Enriqueta Castro. Ella me tuvo a mi y nada más. Gracias a Dios por eso porque de lo contrario la pasaríamos peor. Vivimos los dos aquí en el sector D de Deán Valdivia en Cayma Enace, donde hace ya cuatro años nos vinimos a vivir. Le cuidamos la casa a un señor que tiene su mansión allá por Yanahuara. De alguna manera el tener un lugar para descansar debería facilitar las cosas, pero en nuestro caso no es así.  

 

Desde niño trabajé, pero nunca duré demasiado en una labor. Que si trabajaba en una combi, que el dinero no alcanzaba para pagarme; que si me metí de albañil, que el patrón no quería pagarme completo; que si me fui a la frontera para traer contrabando, que la Policía me detuvo y me quitaron mi capital. La cosa es que me va recontra mal en estos años y no sé a quién culpar al final.

 

Nunca estudié. Mi madre necesitaba que trabajara para que nos mantuviéramos los dos y no nos alanzaba ni con esas. Pero no soy el único en esa situación, a mí alrededor veo diariamente a profesores hacerla de taxistas, a tombos como ladrones y a madres prostituirse. En mi caso no tengo trabajo porque no existe una oportunidad para mí, pero no entiendo en sus casos ¿no se supone que ellos deberían tenerla más fácil porque estudiaron?

 

Enagañados

 

A muchos de ellos (y mi mismo da pena decir), nos engañaron de distintas formas con promesas de trabajo. Por ejemplo, para sacarnos provecho se nos busca por el periódico. Todas las mañanas en el parque Duamhel se ubican patas que te venden las copias de los avisos económicos de los diarios, para que te leas las ofertas de trabajo, de esta manera te ahorras comprar un solo periódico y por solo 20 céntimos tienes de Correo, de El Pueblo, del NOTICIAS y así por el estilo. Allí siempre aparece dos clases de avisos: los de la “empresa emprendedora necesita jóvenes emprendedores que quieran ocupara plazas emprendedoras de alta gerencia en el área de promociones al público”, es decir vendedores de puerta en puerta. Con esta forma a los promotores les interesa un pepino cuanto camines con tal que cumplas las cuotas.

 

El otro tipo es el de: “oportunidad única de negocio (no service) gane dinero en su medio tiempo, sea su propio jefe”, es decir que tiene que comprar productos que venderás a tus papas a tus amigos y a tu enamorada. De este tipo abundan y veo que muchos van por los centros de promoción, pero no todos logran salir adelante y siguen en la ruleta de buscar trabajo cada mañana, en su mayoría son jóvenes.

 

Yo ya pasé por eso. También por lo de las services. Al principio, ilusionado, pagaba mis reglamentarios cinco soles para que me tomaran en el empleo de “cuidante nocturno con sueldo de 400 soles”. Nunca me llamaban y mis cinco soles al agua por siempre, y si reclamas tienes que pagar otros cinco soles ¿que conchudos no?

 

¡Ah! después me metí a eso de las empresas que te piden currículum!, o esas otras que te convocan con ropa a la tela y esas cosas. Pero ya estoy curado y no creo ya en nadie. Ahora sale eso de los viajes al extranjero y pienso que es otra trafa ¡es tanta mi amargura! Y es que las veces que si resultó ser cierta la convocatoria, el hecho de no tener estudios universitarios o técnicos va en mi contra, por supuesto ni hablar de mi cara serrana.

 

Para estudiar se necesita plata y con mi trabajos de medio tiempo no pude pagarme la pensión. Ahora ya estoy mayorcito para andarme con esas cosas, pero si ustedes que me lee lo son, estudien harto y lo que puedan, que en los trabajos te piden de cada cosa, que si estudiaste computación, que si eres maestro o master no me acuerdo, que el inglés más, que otros grados, así que a estudiar, es lo único que puedo aconsejar ya a mi edad.

 

Respirar y vivir

 

Hace tiempo trabaje en una comercial, pero me sacaron porque casi cumplí el año y debían pagarme más por ley. De otra empresa me sacaron igual porque me tenían que contratar si estaba un mes más. En otras partes me engañaron pagándome un mes primero puntual, después medio mes y se retrasaron, después ya me debían dos meses y después por fuerza me tuve que ir nomás caballeros.

 

Después de tantos años al parecer no aprendo, porque igual sigo saliendo a las calles a buscar empleo, y veo en las esquinas a jóvenes buscándolo incansablemente, como si fuera un premio. ¡UN PREMIO!. No creo que deba ser así. Si es que alguien tiene la culpa que me lo digan, si es mía la acepto, pero que no me engañen más, que no me pidan plata para trabajar en una obra, que no me menosprecien por mi ropa usada y comprada en el Baratillo, que no me denigren por mi edad y que me respeten porque yo les respeto. ¿Acaso con ser peruano no se supone que debo tener derechos?, a una vida digna, a trabajo, a educación, pero nadie me enseñó, nadie se preocupó en decirme cuales eran esos derechos, ahora ya no los puedo utilizar porque estoy viejo y no quiero que le pase lo mismo a otros, por eso estudien, pero estudien bien pues, algo que les guste y que sean capaces de aprender bien, porque hay una selva halla afuera, es un infierno de oportunidades y aquel que tenga una buena arma vencer. De repente para mi ya no hay solución y siempre seré un desempleado, pero de repente para ti no, busca tu oportunidad es lo único que puedo aconsejarte… ¡ahhhhhhhh! Como ven soy de todo y para todo, ¿legal eh?, así que si sabes de alguna chambita llama pues al 054-959770004, que de seguro te cumplo a la firme ¿ya?.   

“No sabemos Amar” – El Gran Silencio

Los deseos contrarios

Te desespera pensar siempre en negativo... pero siempre habrá álguien con peor suerte que tu...

Te desespera pensar siempre en negativo... pero siempre habrá álguien con peor suerte que tu...

Eran 5 horas. Eran ya 5 agotantes horas las que llevaba Julio esperando que el cirujano saliera de la sala de operaciones donde Clara, su esposa, estaba desnuda y tendida a sus 49 años siendo operada. Estaba allí, en esa banca de madera en espera que extirpen con éxito el tumor maligno que creció dentro del exiguo pecho de su mujer.

 

 

 

 

 

El café de su vaso se acabó hace buen rato. Lo peor del caso era que ahora se le atragantaba el nerviosismo en la garganta por no saber nada de lo que pasaba en ese cuarto con la lucecita roja prendida. Por momentos, el pasillo de azulejos blanco y pintura verde crecía ante sus ojos, ahogándolo. Realmente la estaba pasando mal, pero no se atrevió a ir por agua, prefirió quedarse quieto y sin pensar. Porque si de algo estaba completamente seguro era que si pensaba -¡Cualquier cosa que pensara!- lo opuesto iba a resultar… ¡Maldita la mala hora de mis deseos!, se dijo.

 

Porque para él eso era una verdad indisoluble de su vida. Recordó ahí mismo sentado que, cuando niño, él: Julio Palacios Cusihuamán, osó desear para su octava Navidad un juego de trenes. Y, como los niños tienen la imaginación tan viva, soñó despierto a su padre sorprendiéndolo con la inmensa caja del juguete, que su madre lo abrazaba llorosa de alegría, que armaban los rieles, los campos, los puentes y señales; que se divertían toda la noche con el chu chu intermitente hasta que la mañana los encontraba unidos y despiertos.

 

No le dieron nada. Nada de chocolate navideño y nada de Navidad, Navidad blanca Navidad. Al contrario, le dieron una paliza de padre y señor mío por romper un jarrón mientras caminaba distraído por la sala soñando con el color de su juguete. Después, el castigo marcial hasta el otro día y si hubo regalo éste desapareció.

 

Claro que pasó otras festividades y, en ellas, los regalos se le dieron, pero nunca un tren rojo, y esto a pesar de sus indirectas y directas insinuaciones como que “Pepito Iturriaga tiene un tren hermoso ­ayy quién como él…­”. Nunca recibió una respuesta.

 

Derrota tras derrota

 

Recordó también que intentó ingresar a la universidad cuando joven, y se pasó la noche anterior al examen vislumbrándose pelado y asistiendo a su primera clase, contestando brillantemente al catedrático de turno en su primera intervención. No ingresó, por supuesto, y su puntaje fue terrible. La condena paternal de no volver a sustentar otro ingreso, lo volcó a estudiar Mecánica en un instituto de mala muerte en el cual paradójicamente terminó primero. Deseo que nunca formulara.

 

Pero ahora estaba allí, solo y sin padres, ni familia ni nada, porque se quedaron solos: él y su esposa, desde que se casaron contra todos los intentos familiares de negativa.

 

Así también evocó que jamás deseó embarazar a su novia y pasó. Nunca pensó que su hijo muriera a los 15 años sin dejar hermanos cuando salió de viaje de promoción. La sensación de opresión en el pecho le volvió de pronto, como cuando se pasó el día anterior al viaje de su vástago escuchando noticias de volcaduras. Sus oraciones para que su hijo regrese entero no lo calmaban, trató de imaginarlo sano y alegre y -¡qué diablos!-: borracho con sus compañeros. Pero vivo y alegre… No pasó. El funeral fue hermoso como él no lo deseó. La música sacra y las oraciones del sacerdote llenaron los corazones de todos, dándoles paz ante lo irremediable, hasta su esposa levantó ánimo y se enfrentó al mundo sin el hijo, cosa que él no logró. “­Toda mi puta fue así, desgracia tras desgracia todo por desear cosas buenas… ¡Mierda!…­”, agachó la cabeza y lloró.

 

Y era la primera vez que lo hacía así, como niño. No había llorado cuando los policías le comunicaron que estaban buscando los restos de su hijo porque se hallaban diseminados por todas partes en el lugar del accidente. No resbaló ni una lágrima por su mejilla cuando, con su esposa agarrada desesperadamente de sus manos, el cirujano les comunicó que tenía que operarla del tumor que la estaba matando. No lloró cuando, con la esperanza destrozada de conseguir el dinero para imaginarla sana y libre de esa cosa, todos sus familiares le negaron el dinero, aduciendo las excusas más inverosímiles y dejando en su corazón un odio terrible.  Allí mismo, frente a la última puerta cerrada en sus narices, imaginó no poder conseguir el monto para la operación y, por un leve instante, pensó en la muerte de su esposa. Esto fue como un conjuro porque caminando se encontró con José Iturraga, su compañero de primaria, dueño de una gran fortuna y familia feliz. El amigo de la infancia escuchó la triste parodia de la vida de Julio. Conmovido, le obligó a aceptar un cheque por el monto completo para la operación. Es más, al despedirse ni siquiera aceptó que se lo fuera a buscar para la devolución del dinero… Así era ¿no?, siempre que deseaba algo lo contrario pasaba, concluyó después de examinar ese hecho en su mente.

 

Transformación

 

Dejó de llorar. Ya sabía lo que tenía que hacer. Eliminó el miedo a pensarlo e hizo lo que tenía que hacer. Primero, imaginó la sala de operación, los doctores, las enfermeras. Reconstruyó en su mente los instrumentos en las mesitas rodantes y el cuerpo de su esposa en la camilla de operación. Percibió verla ya seccionada en la parte alta del pecho, imaginó la sangre goteando y la mano diestra del doctor buscando el maldito tumor ramificado hasta lo imposible. Allí tomó aire y escuchó claramente las palabras de susto, las voces urgiendo más gasas, ¡desfibrilador!, ¡no sé qué pasa doctor!, cierre esa vena que se nos va, ¡carga!, aléjense uno dos tres, carga rápido!!!!! y el sonido del tu tu tu hasta convertirse en un tuuuuuuuuu continuo y asfixiante.

 

Se vio recibiendo la noticia, derrumbándose con alaridos de dolor. Se distinguió solo en el cementerio, recordando lo infelices que fueron pero que, así y todo, se llegaron a amar sin desearlo. Porque Clara era todo para él: su casa, su comida, su carne, su compañía, su amiga, su consuelo… Allí se perdió. Se sintió despedido por faltarse al trabajo días por beber sus recuerdos con alcohol. Se convirtió en un guiñapo desolado y tirado en la vereda de una calle sin fecha antes de pronunciar dos nombres y morir cual perro sin hogar.

 

­Por Dios, que suceda, que pase­ musitó antes de que una negrura lo invadiera y quedara inconsciente en el sillón del hospital.

 

Una voz lo despertó. ¡Era el bendito cirujano!, y él sabía la noticia que le iba a dar y estaba tranquilo, el conjuro estaba hecho según él y, en un segundo, en un instante, se imaginó a su esposa sonriente en la cama de convalecencia… Horrorizado por este pensamiento empezó a gritar profundamente. Mientras el galeno sorprendido se disculpaba “­Lo siento, hicimos lo que pudimos pero no pudimos salvarla y…­”, pero Julio ya no escuchaba nada.

The Man Who Sold The World – Nirvana

Ilaco del cielo

Ilaco del cielo, Ilaco con rabia, Ilaco que muere, Ilaco que muerde y defiende lo que ama...

Ilaco del cielo, Ilaco con rabia, Ilaco que muere, Ilaco que muerde y defiende lo que ama...

La simpleza en la vida de un perro, es proporcional con el grado de dificultad de la existencia de su amo. Esta perruna vida se puede agravar con la degradación del dueño, dicho de otra forma: que el amo se vuelva drogadicto.

 

Y eso le pasó a Ilaco. Las circunstancias de la vida que llevó este perro se rigen por su amor fiel y la desidia progresiva de su amo Jorge. El cual, siendo traído a esta ciudad de impersonales voces junto a su hermano mayor, fue acomodado en un colegio nacional de marca callejera. Su hermano ingresó a una carrera de solvencia dudable en una Universidad triste de edificios viejos. Pero, después de tratar de convivir cada uno en su soledad, los dos, hermanos solamente en las cartas de sus padres, se alejaron anímicamente. Jorge, para cubrir esta carencia se consiguió un perrito, de raza indefinida pero muy cariñosito el cachorro. Describir el rostro de rasgos más que humanos del can será de índole celestial, más bien, cabe mencionar el cariño excesivo hacia su amo, que es de memorable recuerdo, sólo recuerdo…

 

CAMINO AL MAL

 

Realmente la vida fue bondadosa con Ilaco en esos primeros meses. Comía del mismo plato que su amo, bueno casi, pero que Jorge le daba el mismo alimento que él consumía era cierto. Ilaco: perro de la universal mutación causada por la soledad del hombre errante, antiguo cazador que requirió su compañía al lado del fuego. Ilaco del cielo. Ilaco del camino que conduce el amor fidedigno a tu dueño, hacia desfogues jugueteros y correrías de plazas y parques. Ilaco de fe sin limites hacia el mundo humano, nunca conoció (antes del vicio), el desprecio ni el dolor. Él vio con ternura el paso de su amo por los caminos del estudio, del adolescente ingenuo, del amor temprano, hasta del pequeño mundo creado en donde él era compañero del más audaz y ricamente dotado Jorge, que nunca, nunca sufría de amor en todas las aventuras maravillosas que vivían en ese lugar de la imaginación.

 

El hermano erudito terminaba su carrera a velocidad de necesidad monetaria. Lo logró al final de un día terrorífico, en el que la despedida sería inmediata, viajaba a Lima, a ser otro, a olvidarse de su origen, a olvidar padres y hermano contento de puro orgullo. Lo olvidó todo.

Así, Jorge, entendiendo la verdad de la lejanía, se ahuecó el alma y por ella dejó el mundo y se sumergió en uno de sentidos aumentados, se metió en drogas, de las que se fuman, de la especie de la Canabis Sativa, marihuana…

 

Él no se percataba de su cambió. El dinero todavía llegaba con moderación de sus padres, anclados en ese pueblo demasiado serrano para que lo visiten. Ese dinerito sacrificado, no le alcanzaría por tiempo indefinido, dado el aumento progresivo de las dosis consumidas. Pago pato entonces la comida de Ilaco en primer término, los estudios medio acabados, los artefactos duramente ahorrados y al final el alimento para el cuerpo del muchacho. Jorge tuvo entonces, para cubrir gastos, que conseguirse un trabajo mal pagado y de índole nocturno: trabajaba limpiando un burdel por las mañanas. Luego del trabajo, durante la noche, el humo del Ganges lo envolvía llevándolo a lugares donde él era el rey, amo y al final esclavo.

 

Ilaco corrió por el mundo limitado de su fidelidad, al no tener comida hogareña, aprendió el arte del reciclaje callejero. Andaba desde la mañana junto con su amo a su trabajo, luego desaparecía su cuerpo moteado y peliduro, por las venturosas torrenteras y demás basureros que de una parte a este tiempo proliferan en la ciudad antes blanquísima. Contento regresaba al golpe de la tarde y sin rencores alimenticios esperaba en la puerta del cuarto la llegada de su amo. Por más que la libertad gratuita le incitaba al alejamiento perpetuo, el fiel recuerdo de su juventud pasada con Jorge lo ataba fuertemente a ese esperpento.

Y es que era de lástima sincera el fondo alcanzado por Jorge, terrible en sus depresiones se olvidó de su vida y solamente existía ya para el trabajo agotador y para el viaje irreal de su verdad. Ilaco siempre lo recibía con lambidas de gozo y nunca lo molestaba mientras con los ojos rojizos y vidriosos, Jorge babeaba laxitud y pereza.

 

EL CONTAGIO

 

En una de sus andanzas mañaneras, Ilaco entro en la visión de otro perro pero, éste tenía la mirada de perdición mortal. Babeaba como si tuviera sed, pero el agua cristalina no calmaba la grandísima cólera que lo llenaba, y, al ver a Ilaco: ingenuo y flaco, lo atacó. Ilaco recibió la dentellada con estoicismo y sin casi respirar, lo esquivó al segundo ataque y… corrió ¡Qué le quedaba! La diferencia estaba clara. Al llegar a casa, Jorge por primera vez en meses, se preocupó de su perro y lo curó con amor, con sus ojos por una época no sanguinolentos. Después como todo buen pichanguero, volvió a las perdidas madrugadas. Lástima de perro, a Ilaco le quedó a esperar su destino.

 

Ya tenía el síntoma en su organismo. Lo manchaba bucalmente, delatándolo. Él notó los cambios con terror, ya no controlaba su cuerpo, la ira estaba en todas sus actitudes y lo desconcertaba. Mas, al llegar a casa, reprimía estas nuevas actitudes. La fidelidad actuaba como sedante para con Jorge. No lo atacaba como lo hizo con casi todos su compañeros de carroña, al contrario, se volvió cariñosísimo con él. Su poca lucidez le indicaba el final de sus días y los pensaba disfrutar con ese remedo de única familia.

 

EL COSTO DEL VICIO

 

Jorge, en su adicción, había contraído una deuda con su proveedor de droga. Un sujeto de mala calaña, de ojos de rata. Raro era que Jorge al verlo sintiera alegría, el rostro era detestable, ¡Indescriptible!, Y lo fue mucho más un día en que llegó a la casa de Jorge con toda su fetidez maleada. Irrumpiendo salvajemente en el cuarto apenas se abrió la puerta, exigió el pago completo de los pases acumulados por el joven. Este, al no tener nada ¡Nada! solo atinó a moverse rebuscando por la habitación poniendo nervioso al ave de carroña que, sin dejar de preguntar sobre su dinero, se paseaba rápidamente por un semicírculo en el suelo de tierra del cuarto. Llegando a desesperarse, el proveedor en un arranque de ira se abalanzó sobre Jorge con su herramienta de cobro (cuchillo), y se lo insertó en medio del pecho adicto y confuso de Jorge, desgarrando hacia abajo una vez ya iniciado el asunto en cuestión que era matarlo.

 

Ilaco llegaba alarmado por los tonos grandilocuentes de la discusión, llegó a la muerte terrena de su amo, familia mal venida, adoración fidedigna, su amor de carajos efímeros, de caricias a medio facturar; Nada mas necesitó para lanzarse en un ataque suicida contra el agresor de su dueño y clavándole los dientes en diferentes partes carnosas, dejó su rastro enfermizo en la sangre del asesino. Por la pena impuesta a esta narración diré que una patada certera se alojó en las costillas y pulmones ya de por si destrozados de Ilaco, supeditándolo a una muerte lenta.

Conclusión previsible, es que el vil se alejó y, como ya es costumbre en este barrio, nadie vio nada… ni yo tampoco, da vergüenza decir. El vil pensó con su ignorancia: “¿Y si tenía rabia el perro?, ummmhhh no creo muerto el perro, muerta la rabia”, y se olvidó de su acto. Ilaco descansó sus recuerdos en el pecho frío de su amo y expiró.

 

Yo los encontré así y reconstruí la historia con la escena que presencié. Ilaco fue hasta el fin fiel y tranquilo para con su amo, su venganza fue hecha y luego comprobada con los meses y reportes periodísticos, cuando al delincuente ese lo encerraron en la cárcel y murió de Rabia. Pero lo que siento, es no haber ayudado a Jorge y a Ilaco. Lo siento en mi alma cobarde y le dedico estas líneas a su fidelidad eterna.

 

 

DE VEZ EN CUANDO CHICHARRÓN DE A SOL

Somos pasajeros en la vida y muchas veces no sabemos a donde vamos...

 

 

Eu sou o passageiro

Eu rodo sem parar

Eu rodo pelos subúrbios escuros

Eu vejo estrelas saindo no céu

É o claro e o vazio do céu

Mas essa noite tudo soa tão bem

O Passageiro-Capital Inicial

 

Son las cinco de la mañana y Javier tiene que irse a trabajar. Con ternura veo como se alista en silencio para no despertar a los chicos. Claramente recuerdo que hace dos años prometimos que buscaría un trabajo en la ciudad, pero la situación no mejora y él tiene que seguir viajando las cuatro horas que demora el bus Del Carpio para llegar a Aplao.

Algunas veces lo he acompañado en la mañana al Terminal en la Avelino Cáceres. Allí, los carros salen rapidito y cada quince minutos. Se llenan y se van, se llenan y se van. A mi me da miedo eso que apenas desembarcan se vuelven a ir, sin que se revisen los motores o se limpien siquiera los pasillos, pero en fin.

 

Javier me cuenta que tomar el carro a las afueras del los terminales terrestres, es más barato para los que, como él, trabajan fuera de Arequipa. La empresa que los lleva juega a doble moral al tener su puesto en el Terrapuerto y embarcar gente afuera, pero parece que la costumbre ha ganado a todos, a los policías, a las autoridades, porque siguen subiéndose los pasajeros en cualquier parte del camino. Así y todo Javier tiene que irse a trabajar y como todos, busca que sea lo más barato posible.

 

Él me cuenta que en el viaje se duerme para recuperar fuerza, pero es un sueño ligero e incómodo por los asientos viejos. Una vez le tocó un carro reformado de camión nuevo y pudo aprovechar la comodidad de los asientos, pero para la semana siguiente ya estaban malogrados. Dice que nadie cuida de las cosas de los demás, todos los pasajeros son extraños entre ellos a pesar que se ven a diario.

 

A veces me cuenta que lo de dormir se le interrumpe porque ponen películas en los dos televisores del bus. Las películas son estrenos del cine, ya que utilizan el DVD y compran CD´s piratas, antes utilizaban el VHS, pero ahora se han modernizado los dueños y hasta música en Mp3 colocan. Para mi marido es un suplicio ya que quiere descansar, pero otros se ponen a ver hasta que termina la película y se coloca la música.

Yo no he salido mucho de la ciudad pero mi marido me cuenta que el trayecto se le ha vuelto monótono. Por ejemplo ya no le sorprende la forma como cavaron el túnel de Vítor, o como crecen las irrigaciones y las plantaciones a lo largo de la Panamericana. Lo que le sorprende es la cantidad de gente que viaja a Majes, a Corire, o a El Pedregal y que son profesionales. En el bus dice que conoce abogados, enfermeras, doctores, maestros, ingenieros, hasta dentistas y programadores de computación; todos viajando a las nuevas ciudades donde el comercio crece cada día.

 

Javier es administrador de una plantación de arroz en Aplao en la zona de Sarcas, allí tienen a su cuidado las 10 hectáreas que el dueño le encarga para que controle. Su trabajo no es difícil, ya que con la práctica a aprendido a manejar a la peonada, tanto así que le queda tiempo para hacer sus otros cachuelos como contador. Pero cuando llega la época de la cosecha la cosa se le vuelve color de hormiga: las cuentas, el transporte para el molino, la compra de sacos y todo tiene que estar en regla para que la Sunat no les caiga con todo. Todo eso hace que pase semanas malhumorado y hasta algo agresivo. Recuerdo que nuestras más fuertes peleas han ocurrido porque no volvió a casa durante días por quedarse allá. Yo comprendo que es su trabajo pero la preocupación de que algo le haya pasado me mata.

 

De jóvenes pensamos que con su sueldo de Contador Colegiado, podíamos mantener a nuestra familia, pero el tiempo nos demostró que yo también tendría que trabajar. Así que tengo mi puesto de venta de abarrotes en el mercado municipal de mi barrio. Allí saco para el diario, para los pasajes de nuestros dos chicos y para otras cosas. Javier de allá trae yogur y fruta que es lo más barato. Cuando tuvo un buen día, el fin de semana comemos camarones.

 

Ayer me confesó Javier que tiene un vicio secreto: el chicharrón. Casi me muero de risa cuando me contó que de vez en cuando se compra una bolsita de chicharrón de a sol. Pero después me pregunté si lo hacia por que no le daba buen desayuno, pero me explicó que es un antojo ocasional. También se animó y me contó que a veces le invitan unas cervezas y que se toma hasta unas cuantas y luego duerme el camino de regreso, de manera que yo no lo descubro. Me aseguró que sólo es por compromiso y para no desairar a sus jefes o compañeros. No lo entiendo pero el sabe por qué lo hace, aunque eso no signifique que no tenga mayor cuidado en sentirlo cuando llega pasadas las nueve de la noche para mandarle una requintada si le siento el olor a trago ¡que se habrá creído!.

 

Así y todas su ganas de trabajar, me da pena verlo cansado y resignado a su suerte. Los chicos crecen sin verlo y en las tardes tengo que ayudarles con las tareas. También soy la mala de la película porque, cuando él tiene un fin de semana libre, los engríe y contradice mis castigos y órdenes. Eso me recuerda que mi familia dice que tiene otra mujer allá y que por eso le gusta estar tanto tiempo en la chacra. Me tengo que reír a fuerzas nomás. Pero a veces me entran dudas, y después lo veo tan atareado y cuando lo llamo está trabajando, que me pregunto con que cuerpo podría sacarme la vuelta, pero la gente a veces habla sonseras.    

 

Javier, con todo, siempre está pensando en ahorrar. En los viajes ha aprendido como sacarle la vuelta al cobrador, a veces se hace el dormido y paga como si se hubiera embarcado en Siguas, otras dice que va a Corire y cuando pasa el que revisa le entrega la mitad del talonario para ahorrarse cincuenta céntimos. A veces parece poco, pero son 15 soles que después sirven para comprarles láminas escolares a los chicos o para sacarlos un fin de semana a comer a la calle.

 

Así es su vida y la de los demás que diariamente salen de madrugada para llegar de noche a esta ciudad, de la cual son inquilinos de prestado. A mi me queda la esperanza que mi esposo consiga un trabajo aquí en la ciudad para que no se pierda como crecen sus hijos y como envejezco yo misma.

 

 

 

“¿CUANDO DEJAS A ESE ABUSIVO?”

¿Porqué permites que ese desgraciado te maltrate?

¿Porqué permites que ese desgraciado te maltrate?

 

De verdad… ¿no sé como empezó?, creo que no tenía ganas de comer y fingí que la carne estaba pasada y la ensalada, como siempre, no tenía limón... debería acostumbrarme, pero no estaba bien, ya sabes: el cansancio me ganó. Además él ya vino con ganas de pelear, vino a traer sus problemas, sus crisis, sus dolores, y los trató de refugiar conmigo. Te soy sincera, antes eso me encantaba, me hacia sentir importante en su vida, ahora me asfixia, “soy una mujer no un estropajo” siempre me repito eso, “no soy una pared donde se pueda estrellar su cólera, NO”, y luego me llora sin lágrimas, me desea y yo a él y… bueno.

 

Dudo y en verdad dudo que él entendiera eso en ese momento, sólo porque gastó dos cincuenta en mi menú, y después: “que no era fácil conseguir dinero y que acaso no pienso en mis hermanos en mi pueblo, que ni siquiera prueban carne en meses como yo, y que su madre, SU MADRE, trabajando 12 horas al día en ese pueblo tan lejano de él y de tan puro aire, debería irme ahí para respirar en paz un momento…” lo sé: divago, pero es que esa no es la manera de reclamar, que sabe él de ser mujer y todavía provinciana y peor: sobrina de caridad ajena.

 

Él no sabe de mis cambios de temperatura, de esos dolores que vuelven cada mes y que me vuelven loca, porque él no los sentirá pero yo sí, y me siento sucia y malhumorada. Y yo me tengo que estar bañando a cada rato por él, por él que no se afeita continuo y no entiende que irrita la piel de mi cara con su barba, pero ¿Lo intenta?, ¡NO!, Se juega su fútbol, se gasta treinta, cincuenta soles en sus amigos, ¡Y se queja de dosincuenta!. Y mi hermana que “¿Cuando vas a terminar con ese abusivo?, porque es un borracho y te puede pegar”, ay, ay  si supiera que yo lo golpeé primero, eso paso después de comer.

 

Al salir me estuve arrepintiendo de no haber comido, pero ni siquiera se calló: “que si me sentía feliz por lo que había hecho”, “si así decía que lo amaba”, y yo gritando en mi corazón, con mis ojos: sí idiota, ¡Sí te amo! ¿No ves que no te respondo para ya no pelear más?, Y él dale con que si no lo amo, y yo “ja, ja” cuando mencionó el ahorro… estalló: de que te ríes, te parece bonito ¿Ah?, Yo te hablo y tu te ríes ¿no?, Eres una (…) y no entiendes nada, ¡Nunca haces nada por la relación!, Se atrevió a decir eso ¿Puedes creerlo?, Sí pues: “¡Yo!” Empecé la pelea “no bastara -dije- hasta que me veas llorar, ¿y ni así te sentirás contento?”. Él tronó y me jaló mientras decía: “ahora si ya me hartaste, te ríes ¿No? Que crees, que riendo no se van a dar cuenta que estamos peleando”, SÍ, tienes razón idiota, nos ven, con lo que te gusta hacer el papelón,  hue… disculpa pero así pensé y si no lo dije en voz alta fue por el miedo a que me pegue en la calle.

 

YA EN CAMINO

 

Pero me pegó después como te sigo contando (este jugo nos va a caer a pelo a los dos ¿o a las dos ummmhh?, Vas a ver) y me jaloneó ¡! Más todavía, y me llevó al parque enfrente de la “U“, ¡Cuantas veces me contó que se emborrachó allí!, Cuantas más me contó que venía con sus amigos de pera y chicas del Arequipa a jugar botella borracha. Sí, cuantas veces me retrato la manera en que se besaban, y ahora me llevaba a mí, dizque su amor, “su novia”, me llevaba a pelear y después trataría de amistar las cosas, pero yo ya no estaba de humor; claro que lo entendía: estaba con deudas y hasta le dolía la muela al pobre, pero trataba de entenderlo y… lo sé, me estoy disculpando, tú lo sabes ¿No?, Pero no es mi culpa.

 

Él, después de gritarme, apretarme el brazo y tratar de besarme a la mala con ese aliento caliente que tiene cuando se enoja (y tú ya debes saber que me molesta) me dijo que: “que quieres en verdad”, yo “terminemos“, y él con su conocido: “ya pues”, hizo el intento de irse, y como siempre (siempre amor, siempre lo haces ¿No?), Se volvió a los tres pasos y regresó, ¡Pero me sorprendió esta vez!, Me cogió de nuevo el brazo y me jaló hasta la avenida, entonces para un taxi y me dejó pasmada, dijo: “hasta el grifo Monterrey, sí en la Estados Unidos, una cuadra más abajo ¿Sí?, dos china… ¡ya!”, Y yo por dentro: “Tu cena, tonto”, y ya dentro del carro no me duró la paz: “maestro, mejor a Miraflores, al Parque Mayta Capac”. No dije nada, me confundió, aunque esperaba que por primera vez me dejara en mi casa y se fuera, pero no, tenía que terminar la pelea en su cuarto tú sabes.

 

Al llegar fue a la farmacia por su pastilla para su muela, al regresar me alentó a irme, le dije “ya pero no me sigues”, ya sé, era imposible. Y dicho pues me llevó a su cuarto, no conoces por ahora ese cuarto, con su olor a hombre recién destetado, con su hurón disecado mirándome con risa y el dibujo de mi cuerpo desnudo en la pared. Mi cuerpo y su cuarto… encajan como su boca en la mía, y pensar que en ese cuarto me hizo mujer, pero ya no siento si soy su mujer o su objeto. Pero esta vez no trataría de seducirme, sino que empezó a gritar que ya no lo quiero, y yo tratándome de ir, y luego él jalándome, diciéndome, pidiéndome tiempo y yo llorando ¡Solamente quería irme!, Me dijo que además yo sabia que no nos podíamos separar, que éramos UNO, amor porque me haces sufrir, CONTESTA… si amor, no podemos estar lejos, pero ahora tampoco cerca ya.

 

La verdad es que debí decirle que ya me aburrí de sus problemas, y que lo amo pero no doy para tanto, pero no fue necesario, me sacudió más fuerte y no aguanté: le di el manazo justo en el lado de la muela careada, me miró con una cara de cojudo única y luego me pegó un cachetadón tal que pensé en ti, pero te juro que es la primera y última vez, después él se derrumbó, suplicó, lloró y consiguió un leve perdón, un perdón mentiroso y de pena, sin ganas ya de ser verdad, un perdón triste, es que ya se pasaba la hora y no podía llegar más tarde a mi casa, se despidió con promesas de redención, me ama y yo lo sé.

 

LA ESPERANZA

 

En el carro pasaron, por mis ojos y labios, todos los cuatro años de andar de enamorados, las tres sacadas de vuelta por parte de él y una mía, las llamadas de borracho a media noche, las plantadas, ¡Y hasta el anillo que nunca me compró!, Y… el aborto, sí, lo sé: nunca me lo perdonaras, pero espero que jamás te lo repita de esta forma, si lo entendieras… ¡No! Eso fue imperdonable, pero ya no volveré a cometer mas errores, ¡Te lo juro!, Y voy a empezar por no volver a ver a tú padre, así me duela, y después se lo diré mis tías, pero por ahora vamos a preparar un puré de papas, porque no sé, pero me he antojado de mezclarlo con espinacas… sí ya sé: es sugestión mía… ¡Y que!, estoy embarazada y voy a ser tú madre y debo estar fuerte para todo lo que vendrá por los dos, o por las dos, ¡Así qué a preparar la comida se ha dicho!.

 

 

Un Ladrillazo

Un ladrillo puede cambiar tu vida... depende como lo recibas
Un ladrillo puede cambiar tu vida… depende como lo recibas

(Adaptación de un e-mail-cadena)

En el rumor de la noche, en el espacio entre el sueño y la vigilia, la mano del conductor está firme. Ha luchado muchos años por ahorrar dinero para comprar este auto, es un maravilloso Audi, color perla metálico, brillante. La noche que inicia, una vez más, es un espacio abierto para que la imaginación se explaye, mas Rubén sabe que tiene que manejar con cuidado, las calles son peligrosas y él no quiere que le dañen el carro de sus sueños cumplidos.

 

Pamito conduce en otra parte de la ciudad otro tipo de vehículo. La silla de ruedas de su hermano es muy grande para él, lo sabe, pero no le incomoda mucho, a sus diez años ha aprendido a realizar la tarea de niñero de Jonchito: su hermano mayor que sufre de retardo mental grave. Los médicos hablan de autismo profundo. ¿Qué es eso y con qué se come?, se pregunta el niño. No importa, lo que ahora le preocupa es que llegarán tarde a su casita, luego de vender caramelos en la esquina de esa avenida de todos los días.

 

El Audi está también retrasado. Su conductor, ese joven de suaves manos que maneja diestramente, lo ha adquirido a precio de villano. El sistema que contiene el vehículo es espectacular: air bags, detección electrónica de fallas, freno de emergencia anti impacto, cambios mecánicos suaves… un lujo. Las llantas se deslizan suavemente pese a que las calles andan con huecos y baches. Las curvas son tomadas con pericia, hombre y máquina se entienden, como si el destino de Rubén fuera desde siempre poseer ese carro, tenerlo y disfrutarlo. Es su primer día juntos y las aventuras que recorrerán se vislumbran como épicas.

 

Rubén es un joven y exitoso ejecutivo que llegó donde está a puro punche. De niño le decían “cholo”, eso marca el alma, en especial en un país donde todos tienen sangre andina. Con el tiempo aprendió que la “choleada” no era de gratis, se debía principalmente a ese sentimiento de inferioridad de los demás, que quieren resaltar entre todos aunque sea por el color de la piel. Fue una lección milagrosa que le motivó a destacar por el estudio, sin importar las veces que lo trataran de bajar con insultos, apelativos o rechazos amorosos.

 

Lastimosamente, en el camino se olvidó de varias cosas, entre ellas su familia. Cuando llegó a una ciudad mediana a estudiar en la universidad, su hermano menor fue un estorbo siempre permanente, porque no estudiaba y prefería jugar en vez de escucharlo en sus teorías de crecimiento económico y más vainas. Eran lecciones que a un chico de 14 años no interesaban demasiado. Por eso, cuando se graduó, le prometió tratar de llevarlo a esa ciudad de edificios grandes, con el tiempo la promesa se diluyó en el intrincado horario que tenía en la gran empresa donde trabajaba. A veces, como un paliativo para su conciencia, imaginaba que en temporada de vacaciones volvería a esa ciudad a ver qué fue de su hermano. “Los años pasan Rubén”, le decía su conciencia constantemente, pero los horarios, las amigas, los amigotes o el trabajo la acallaban…

 

Para Pamito, su hermano Jonchito era casi todo. Su madre paraba enferma y necesitaba de los soles que conseguían ambos en las calles para que sobrevivan diariamente. Eran soles arrancados a la vida de una manera brutal, vendiendo caramelos, limpiando carros, vendiendo videos piratas o agua mineral en los meses de calor. La competencia con otros chiquillos era feroz. Un día hasta le ofrecieron alquilarle a su hermano, porque al parecer “daba más lástima” tener un hermano inválido. Ese día se trompeó hasta que lo separaron de ese chico mayor. No había insultado realmente a su hermano, pero sintió que lo estaban tratando como sólo un objeto, cuando para él era SU HERMANO, porque en su escaso vocabulario no encontraba las palabras para describir mejor sus sentimientos. 

 

Rubén no sabe por qué toma esa calle. De repente, el instinto de tantos años manejando le indica que debe cortar camino y se interna en esa avenida descongestionada y de alta velocidad. Pamito también toma el camino largo por esa avenida, tratando hacerse más fácil el camino empujando la silla de ruedas hacia su casa, cuando en eso sucede lo inevitable. Rubén de repente siente un estruendoso golpe en la puerta derecha de su vehículo. Con pericia, controla su máquina y se detiene a un costado de la avenida. Al bajarse ve que un ladrillo le ha estropeado la pintura, carrocería y vidrio de la puerta de su lujoso auto.

 

Se sube lleno de enojo. Da un brusco giro de 180 grados; y regresa a toda velocidad al lugar de donde pudo salir el ladrillo que acababa de desgraciar lo hermoso que lucía su exótica adquisición. Cuando llega a esa parte, se baja de un brinco del carro y agarra por los brazos a Pamito, empujándolo hacia el auto estacionado le grita a toda voz: “¿Qué mierda hiciste, ahh?, ¿Quién eres tú?, ¿Qué crees que haces con mi auto?”. Y enfurecido continúa gritándole al chiquillo: “¡Es un auto nuevo, y ese ladrillo que lanzaste va a costarte muy caro!”.

 

Por favor, señor, por favor, lo siento mucho, no sabía qué hacer”, suplica el chiquillo. “Le lancé el ladrillo porque nadie se detenía, nadie quería parar”... Las lágrimas bajaban por sus mejillas hasta el suelo, mientras señalaba en la vereda a un costado del auto estacionado. “Es mi hermano”, le dijo, “se cayó de la silla de ruedas y se ha golpeado muy fuerte… y yo no puedo levantarlo…”

 

Rubén está impactado, suelta lentamente al niño. Pamito le pregunta anhelante: “¿Puede usted, por favor, ayudarme a sentarlo en su silla?, está golpeado y pesa mucho para mí”. Visiblemente impactado por las palabras del chiquillo, Rubén traga la gruesa bola que se le forma en su garganta. Emocionado por lo que acababa de pasarle, levanta a Jonchito del suelo y lo sienta nuevamente en su silla y saca su pañuelo de seda importada para limpiar un poco las cortaduras y las heridas del hermano de aquel niño.

 

Luego de constatar que se encuentran bien, miró al chiquillo. Pamito le da las gracias con una sonrisa que no tiene posibilidad de describir nadie… “DIOS lo bendiga, señor y muchas gracias”, le dice. “¿Queda muy lejos tu casa?”, pregunta Rubén. Y después sube a los dos a su lujoso Audi. Cuando los deja a pocos metros de la humilde vivienda, Rubén ve cómo se aleja el chiquillo empujando trabajosamente la pesada silla de ruedas de su hermano, hasta que entran por esa puerta, a su hogar.

 

Ya de camino hacia su propia casa, recuerda el departamento lujoso, pero vacío. Sus almuerzos con mujeres bellas, pero que lo mismo lo dejan solo una vez que lo terminan de amar. Cuando llega a su casa llama por teléfono a esa ciudad de la cual no recuerda mucho y conversa largamente con una voz madura y decidida que perdona, sin decirlo, la ausencia de años…

 

¿Somos ciegos por no creer o por que no queremos ver?

Cuando no vemos es porque ignoramos algo...

Cuando no vemos es porque ignoramos algo...

“En este film velado en blanca noche
el hijo tenaz de tu enemigo
el muy verdugo cena distinguido
una noche de cristal que se hace añicos.
No lo soñé -¡ieee-eeeeh!
(se enderezó y brindó a tu suerte)
y se ofreció mejor que nunca
¡No mires por favor! y no prendas la luz…
La imagen te desfiguró-¡uouo!.
Jijiji-Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota

Ustedes podrán ver lo escrito en esta hoja digital. Pero para mí, sólo será una textura plana que no me dirá nada a menos que se edite en un sistema informático Braille. Me acuerdo que aprendí a leer los puntitos sobresalientes hace más de 10 años en uno de mis viajes por Lima, poco me ha servido valgan verdades, pero saber algo más es bueno. Para un ciego de nacimiento como yo, el conocimiento es algo importante, ya que no veo lo que está a mí alrededor, lo que puedo hacer entonces es cantar…

Un día, allá por mi niñez alguien me escuchó cantar un wayno –Concepción, tu hijo canta relindo- le dijeron a mi madre, y ella -¡que va, no me lo ilusiones a mi falladito!-. Era para matarse de risa cuando en las tardes me acercaba a donde estaba ella, así, calladito y le cantaba una canción. Eran días tranquilos, porque al pueblo me lo conocía como la palma de mi mano y hasta podía jugar a las carreras con otros niños.

Pero no sé, algo siempre me lazaba a caminar más allá de donde terminaba el pueblo, aventurarme por los caminos hacia la ciudad grande. Un día de pronto, me encontré camino a Puno. No sabía que realmente iba a hacer con mi vida, o si existía un destino para mí. En el mismo carro que me llevaba improvisé unas canciones por las cuales me dieron unas monedas. Al ayudante no le cayó en gracia eso de dejarme cantar, pero el chofer al parecer lo apaciguó.

Me da pena recordar, pero apenas caminé un poco por las calles de esa ciudad cuando me robaron lo poco que tenía. No sé si ustedes lo verán de esta misma manera, pero yo sentí una angustia terrible, como si todo se me volviera más negro, como si me hubieran arrancado algo de mí dentro, es horrible la sensación cuando en un momento no ves la solución a tus problemas, y yo sé porque se los digo.

APRENDER A CAMINAR

Pues sí, para caminar por los caminos del Señor sin más ayuda que tu oído es difícil. El bastón retráctil te ayuda, pero es más instinto y sexto sentido. Para cruzar una calle con carros debes estar atento al sonido de las llantas y del motor, para no chocar con personas te debes fijar en su voz, si están calladas y no se hacen a un lado, fijo que te chocas. Hay personas que no se compadecen fácilmente y te hacen a un lado con violencia. ¡Qué de insultos no me he tragado yo!, de todo calibre y forma, en especial los primeros días que me puse a pedir limosna.

Aprendí que nadie te da nada por nada, en mi caso me veían joven y robusto (bueno así me dicen que era antes), así que me mandaban a trabajar o me decían que me estaba haciendo el chueco -me hago el ciego- respondía en broma. Y me termina yendo de esa esquina porque el negocio no andaba. Intenté trabajar en otras labores pero mi incapacidad es absoluta para ciertas cosas.

VIVIRÉ, CANTARÉ…

Mi ceguera es congénita y mi nombre es Miguel Mamani Condori. Mi bisabuelo dicen que era peor porque a él le faltaba una mano, pero así y todo se dio maña para embarazar a 5 mujeres. Yo por mi parte no tengo hijos. No sabría que podría hacer con ellos, creo que me daría tristeza no verlos crecer, por eso no me enamoro, aunque a decir verdad me pasa de vez en cuando, y es que algunas chicas se interesan por mi, porque dicen que canto bonito y esas cosas, y yo les hago bromas y escucho su risa cantarina y me siento fugazmente feliz, pero al irse ninguna me promete regresar o volver a vernos, bueno es un decir.

Para poder pasarla solo hay que tener fuerza de voluntad y con las canciones a mi no me iba mal. En las calles cuando pasaba cantado me decían que lo hacía bien y me recordaban las palabras de esa persona que me halagó cuanto tan chiquito yo era. Así que intenté hacerlo para que me dieran una limosna y ¡resultó!.

La primera vez fue en la Plaza de Armas de Puno, cuando ya no tenía nada que perder porque ya estaba durmiendo en la calle. Me acuerdo que canté una de Manolo Galván sobre un chiquillo que no quiere ir a la escuela. Me dio terror, no escuchaba nada y creí que estaba cantando al vacío. Hasta que una moneda se posó en la palma de mi mano. Después otras más se acomodaron en mi bolsillo y tuve lo suficiente para comer y pagarme una cama en un tugurio.

Las cosas no me iban mal desde entonces. Pero no sé, las ansias de viajar siempre me persiguen y yo les doy gusto. Así pues que aprendí a conocer la fechas de festividades de pueblos y me iba con la gente hasta las ferias y allí me ponía a cantar. A veces me botaban a veces me felicitaban y las más me aplaudían. Aprendí que el aplauso es más gratificante muchas veces que el dinero, a no ser que sea un plato de comida caliente y casera, cosa que siempre extraño. Y es que a mi pueblo ya no regresaré, mi madre murió y mis hermanos por donde están, no sé.

Así empecé a viajar por varios sitios, por Cuzco, por Madre de Dios, Tacna, Ayacucho, Moquegua y hace poco en Arequipa. Allí me fui a la Plaza de Armas donde dicen se encuentra la Catedral más bonita del país, le pedí a una persona que me la describiera y puede ser que si lo sea, no lo puedo decir bien porque la explicación no fue satisfactoria. Y es que: que no daría por tener alguien que me relate lo que ve, las formas, las caras de las personas, los edificios, para saber y tener en mi memoria las imágenes que me formo con sólo contármelas.

Allí en Arequipa un periodista muy entrometido me malograba el show, porque estaba ñequete ñequete preguntando que de donde era, que por donde había estado y demás cosas. Al final comprendió que yo vivo de cantar así que me esperó hasta cuando me agoté y me retiré. Con el tiempo he mejorado mi actuación. Ahora tengo un tocacasette a pilas y varias pistas de canciones sin la voz del cantante, de manera que hago eso del Karaoke. En un momento alguien grito que –no sabes que tienen más de trescientas personas aplaudiéndote-, me alegré bastante, pero hubiera preferido que todas ellas me hubieran dado algo, pero así es el espectáculo. Cuando finalicé mi acto me fui con el periodista a comer un almuerzo al mercado San Camilo, allí le conté algunas cosas que me aseguró escribiría en un diario. Le dije que no me importaba que contara con tal que pudiera decir que los ciegos somos personas que no nos dejamos vencer fácilmente, que somos intuitivas, que pensamos profundamente y que eso no es aprovechado. Con mis años de viajar he aprendido más que muchos y sólo por escuchar, por estar atento. Las personas pasan su vida sin escuchar a nadie, ni el susurro de un niño, ni el aletear de una mariposa, o el rumor de la voz de Dios en el mar…

Eso le conté y le hice pagar el menú. Ahora estoy camino a la fiesta de La Virgen de la Candelaria. Él no sabe a que lugares después me iré, pero se imagina que puedo irme a La Paz, o a Brasil ¿porqué no?, si he estado en Lima y allí es un infierno, porque no irme a otro país, yo no miro fronteras que me lo impidan y si no me dejan pasar, canto una canción de Nino Bravo, esa de “Libre” y a ver si no me dejan pasar.

VER PARA CREER

Si pues soy un caminante que no mira el camino, pero que escucha la canción de Dios en el universo y por eso canto, de todo, para matizar de vez en cuando canto algo de Chicha o de Cumbia, pero en su mayoría de la Nueva Ola, porque he sentido como la gente responde a esas canciones románticas y llenas de esperanza y amor, que me hacen sentirme útil si puedo arrancar un suspiro de recuerdos a las personas, para que se imaginen tiempos mejores. A veces pues me dan ganas de ver de ver un instante esas caras que me miran y que me observan. ¿Qué dirán?, no lo sé sólo escucho el rumor de los aplausos y al final de la noche, cuando tengo un buen día y el estómago esta tranquilo, puedo soñar con verlos, ver una multitud de personas a mi alrededor y yo cantando para ellos, puestos sus ojos en mi, mientras tanto viajo por el mundo para descubrir mi destino que sé aún no he encontrado…

Tu Niñez Bajo Tierra

Eres un niño que pierde la niñez bajo tierra y tos sangrante

Eres un niño que pierde la niñez bajo tierra y tos sangrante

“Sombríos días de socavón,
noches de tragedia,
desesperanza y desilusión
se ciernen en mi alma…”
El Minero-Wayño boliviano

Tu niñez bajo tierra

Imagina ahora que eres como un gusano que se arrastra por los socavones. Como un gusano te sientes comiendo tierra y polvo y escupiendo sangre, mientras que con un cincel y un martillo, intentas arrancar pedazos de piedra pómez de las paredes, pensando siempre en que momento se me caerá encima el techo del túnel, en que momento cederá el pilar de madera podrida y me enterrará sin ver por última vez a mi madre…

Ernesto Sábato graficó en su novela “El Túnel” un largo pasadizo mental en el cual las ventanas de luz era nuestra niñez a la cual siempre queremos regresar, en este caso, la luz te indica que ya vas a salir del hueco y que eres niño, así que no hay lugar mejor a donde ir, si vale eso de que cuando niños fuimos más felices.

Imagina que tienes 12 años y que desde los seis te has metido en cuanto hueco te ordenaron tus padres. Ahora piensa en que el colegio esta vedado para ti, que los otros niños del barrio te llaman “topo” y tus juguetes son los huesos que te encuentras mientras excavas o los perros callejeros que te acompañan son tus amigos. Quién sabe, los demás niños se animen a jugar en la tarde a la esconde esconde, pero ¡cuidado!, no lo hagan en los socavones, podrían caerse y matarlos como le sucedió a Paquito hace dos años y nadie dijo nada, ni sus padres porque tú y tu familia están al margen de la ley.

No lo vas a entender bien, repito que tienes 12 años y no sabes leer ni escribir y tienes que estar todo el día sucio que ni tu cara conoces bien. En las noches frías de la casucha donde vives, el frío se cuela por los intersticios de las calaminas. En las mañanas, puedes ver desde la altura de tu cerro que la ciudad está cubierta por una nube negra, y así no te sientes tan mal por estar también sucio.

En el desayuno tienes que aprovechar para bromear, ser espeso con tus otros hermanos y tratar de que tus padres no te manden al hueco. Pero no es así. Terminas tu leche aguada con algo de cereal repartido por la Municipalidad y te vas con tu pico y tu saco de polietileno para recoger los pedazos de esa piedra blandita pero que te hace toser con el polvito que sale. Eso te recuerda que mejor no te enfermes de gripe, porque así con fiebre y todo tendrás que trabajar.

Pero con todo, tu suerte es mejor que la de tu hermano mayor, el cual se vino a la ciudad con una enfermedad rara, producto de los gases que inhalaba allá en las torteras de Caravelí. Porque él trabajó desde chiquito sacando oro con tu padre, pero cuando este cayó enfermo y se tuvo que venir a la ciudad tu hermano se quedó. No sacó oro, o en todo caso lo que sacaba se lo chupaba o gastaba en mujeres, mientras su adolescente cuerpo respiraba al azogue y el cianuro que lo mató lentamente, porque viéndolo ahora, todo flaco y demacrado, no puedes pensar en que este vivo y te da miedo. Debes tener miedo, porque tu final puede ser igual.

Hemos dicho que no sabes leer, pero de repente exageramos, de repente si sabes a punta de percibir tu cercano mundo, donde las palabras pan, leche, arroz y otros nombres que identificas con bienestar con saciedad, no con esa que te hace tragar tierra y te sientes pesado, no, una saciedad de conocimiento por seguir leyendo y aprendiendo. ¿Cuándo se acabará eso?, te preguntas y se lo preguntas a tus padres, pero ellos no ven en ti a un hijo sino a un trabajador y no te enteras que por lo menos deberían darte un porcentaje de lo que sacan vendiendo los trozos de piedra.

La radio una vez tocó música bonita contando la historia de unos hombres que se la pasaban los sombríos días en un socavón, desesperanza y desilusión se sienten en tu alma, y así, pasando los días voy como buen minero y a Dios le pides morir y vivir en el santo cielo. No es tu historia, sabes que no lo es porque allí, en la parte alta de Jerusalén en Mariano Melgar, no existen minas, no hay oro que sacar ni cobre, sólo una piedra que sirve para que la gente se saque el chuño como dicen y para lavar jeans para eso trabajas, para que otros disfruten de tu trabajo raspando sus excrecencias. ¿Lo comprenderás algún día?, esperas el sueño intermitente que te alivie el dolor de ser un “topo”, un niño topo que se mete como gusano en los socavones para sacar la piedra, con el miedo de volver a encontrarte con una calavera, con los sueños de jugar en una escuela y patear un balón.

Si pues, hace unos días vinieron unos señores de terno con policías y máquinas que cerraron tus huecos. Sólo taparon ocho de los 38 que hay y dijeron que estabas siendo esclavizado, y que tus padres eran unos explotadores y que tanta cosa. Luego se fueron y vino un fotógrafo y te dijo que te daba un saco de arroz para que entraras con tu hermana menor a un socavón e hicieras como que trabajabas. Al tipo le divirtió su trabajo, retratándote como si fueras un animal de exhibición. Al otro día viste tu foto y hasta te alegraste, pero después recordaste eso de esclavo y lo tratas de entender. Pero ¿cómo van a tratarte como esclavo tus padres? No logras entender esa figura y menos te importa las promesas que te hicieron esos señores de terno sobre mejorar sus condiciones de vida, si es que tanto tiempo ha pasado sin que nadie se preocupe por ustedes y vienen ahora a prometerles ayuda, cuando lo que están haciendo es cerrar su trabajo. Esas cosas bullen en tu cabeza, las contradicciones…

Y despiertas, porque esta no es tu vida, porque entraste a este blog y te hemos hecho imaginar estas cosas que no te pasan a ti, pero sí a los 20 niños que, aún, como gusanos, todas los días se meten en los socavones para arrancarle a la tierra nada más que muerte y denigración…