Correr con mi hijo en brazos

correr con mi hijo en brazos

Sigo esperando la muerte como quién espera a una vieja amiga con la cual vamos a saldar cuentas.

Esa mañana, no era diferente a ninguna otra. Quisiera recordar algo que me indicara qué iba a pasar, no sé, como que si se hubiera caído la rama de algún árbol en el barrio o percatarme del canto de un pájaro de mal agüero. Nada en mi memoria, solo que le grité a Juancito por no cambiarse rápido para salir a comprar las cosas que faltaban para la tienda de piñatería que teníamos en el barrio. Le grité, eso sí lo recuerdo como si ahorita mismo estuviera de nuevo zarandeándolo para que vaya a su cuarto por la chompa que se había olvidado. Le grité. Qué curioso lo que podemos recordar y lo que olvidamos ¿No?.

Porque no recuerdo qué desayunamos ese día, de haberlo hecho, de repente me explicaba por qué después de comprar las cartulinas para las cajas de sorpresa en la imprenta en la avenida Zorritos, me dieron ganas de comer algo. Le pregunté a Juancito si tenía hambre y me dijo que “No”. Seguro estaba algo enojado por cómo lo había tratado. Pero yo tenía hambre o, seguro también, quería comprarle algo para olvidar lo de la mañana. Quisiera recordar ese desayuno, qué nos dijimos o si algo había allí que me dijera o alertara por lo que venía.

Seguimos por la avenida rumbo a la estación de Quilca del Metropolitano para regresar a casa y allí, en un pequeño puesto de comidas, me detuve y le pedí una empanada de queso, porque le gustaban mucho. Su mamá, cuando vivía con nosotros, preparaba esas empanadas los fines de semana para vender a la salida de la parroquia, con gaseosas y sánguches de pollo. Juancito se animó algo con la comida, de repente la recordaba.

Allí fue.

Nunca supe nada de ellos, de esos bastardos. Lo único que quería era tomar y tomar. Hasta que el Pepelucho, que estudiaba para abogado, me dijo que, como yo no había hecho mucho para pedir justicia, los dos miserables iban a salir en menos de seis meses, con libertad condicional. La noticia me cayó como balde de agua fría que me hizo despertar. Lo primero que le pedí es que me viera, por favor, como andaba el caso y que me averiguara los nombres y todo lo que pudiera de ellos. No sabía que iba a hacer realmente. Yo nunca fui un hombre valiente, no me explicó cómo al final del día, después de vender el televisor que me quedaba y otras vainas más, tenía en manos un revolver calibre treinta y ocho.

El peso de un niño

Un niño no pesa mucho, si tiene 11 como mi Juancito pues son 35 kilos, menos que una caja de leche, o de una caja de papel bond, menos que una bolsa de cemento creo. Pero su peso no se siente mucho si lo llevas cargando en caballito, haciéndole bromas, pero, cargar su cuerpo herido, significó para mí como cargar una tonelada, sentía ese peso que me carcomía los brazos, pero también sentía cómo mis piernas se movían con una fuerza inusitada, haciéndome correr sin descanso.

El Hospital Arzobispo Loayza estaba muy cerca y lo llevé allí. Hay cosas que no se te olvidan nunca ya dije. Una de ellas es cómo me miró el médico de turno diciéndome que la herida de mi hijo, no lo podían atender allí. Era una mezcla de rostro de pena y otra de susto. Cuando le pedí que me proporcionara una ambulancia para llevármelo, su rostro cambió a enojo. Tuve que llevármelo porque amenazó con hacerme botar.

Recuerdo esos momentos y tampoco puedo olvidar que no hice las cosas como debía. Me asusté, claro. Nadie en su sano juicio al sentir el disparo y ver a su hijo que cae fulminado como por un rayo, se quedaría analizando las cosas. En ese momento sólo pensé en llevarlo al Hospital y estaba cerca de uno, así que lo tomé en brazos y partí con él. Cuantas noches pasé reflexionando sobre mis acciones y llegaba a la misma conclusión: si hubiera esperado a la ambulancia de repente la historia sería distinta y no tendría que estar aquí, parado, en esta esquina, esperando a que salgan de la carceleta los malditos esos.

A las 11:00 am me dijo Pepelucho que salían en libertad. Justo la edad de mi hijo.

A pocas cuadras, el guachimán de la puerta del hospital Loayza, me dijo se encontraba el Hospital Santa Rosa. Traté de tomar un taxi pero ni uno paró. Recordé en un instante cuando mi hermano Lucas le dio por tomarse Raticida Campeón cuando era chibolo y mi Mamá lo intentó llevar en un taxi a la posta, ninguno lo hizo hasta que paró uno caritativo. El chofer le explicó que cuando es cuestión de heridos, es mejor no comprometerse porque la Policía luego los agarran como implicados y hasta les sacan plata para soltarlos, así que el favor suele salir caro.

Sin esperar más salí disparado hacia el Hospital Bartolomé que quedaba en la misma avenida Alfonso Ugarte, más cerca que el otro, solo para desperdiciar más minutos esenciales, porque es un hospital escuela y de maternidad. Tampoco me atendieron.

La carrera continúa

En un sitio leí después que un niño de once años tiene un promedio de tres litros de sangre. La respiración de Juancito me indicaba que estaba vivo, pero sentía la humedad de su sangre bañándome. Había logrado amarrarle con mi camisa el pecho y la espalda, no sabía si era suficiente. Supongo que ver correr a un descamisado ensangrentado con un niño en brazos asusta a cualquiera. Durante los minutos que fui de hospital a hospital solo los guachimanes se atrevieron a decirme algo, los demás eran extraños, ajenos.

Si en ese momento hubiera pedido ayuda a gritos, de repente se hubieran acercado a ayudarme algunos y de repente hubiera llagado una ambulancia. Desde ese día vivo de “hubieras” que me destrozan la mente pensando en cada cosa que debí hacer desde mi nacimiento para que ese día de mierda nunca llegara, para que no tuviéramos que estar en ese puesto de comidas tratando yo de disculparme por mis frustraciones y mi Juancito no tener que haberse colocado justo en la trayectoria de la bala que disparó ese hijueputa.

Trato de no pensar, pero igual siento que esos malditos, el que disparó y el que esquivó la bala, también tienen su “hubiera”. Lo que más me daña es pensar que debí permitir que mi ex esposa se llevara a Juancito a Italia cuando nos dejó. Ese egoísmo mío de no dejarlo partir, diciendo que iba a darle una mejor vida que ella junto a su amante allá en Europa… pues… al final… siento que yo mismo jalé ese gatillo. No importa cuántas personas me dicen lo contrario, es lo que siento y nada lo cambiara.

Hoy en la mañana me corté el dedo, engrasando la pistola como me dijeron. No sé en qué momento fue. Estaba distraído. Según me contó Pepelucho, los dos malditos si bien fueron arrestados y aún con mi estupidez, fueron acusados de asesinato no premeditado y todo, en la carceleta lograron hacerse amigos y perdonarse entre ellos sus deudas, por las que ese día intentaron matarse. Por eso armaron una buena excusa y saldrán libres para que se les siga el juicio desde su casa. Con el tiempo no se les acusará de nada y seguirán con sus vidas.

Los recuerdos

Corrí con mi hijo en brazos por toda la avenida Nicolás de Piérola hasta llagar a la avenida Miguel Grau en dirección al Hospital Dos de Mayo, único lugar en el que me dijeron podían ayudarlo por la complicación de su herida. Corrí como nunca en mi vida recordando sus navidades, sus primeros años, cuando me dijo “Papá”, cuando lloró cuando le dijimos que con su Mamá ya no íbamos más. Creo que fue allí cuando empecé a gritar. Dicen que creían que estaba robándome al niño y por eso llamaron a la Policía. Pero ellos recién llegarían cuando estuve ya en Emergencias del Dos de Mayo. Grité, si, como si quisiera que los pulmones me reventaran, que mi garganta se destrozara ¿Cómo no hacerlo?

Veo movimiento en la carceleta. No hay periodistas. Ellos ya gastaron la noticia los primeros días y, ante mi negativa estúpida de no hacer barullo, se cansaron de la nota, no había ángulo supongo sin mis lágrimas en cámaras. Ahora solo veo familiares de los malditos, sus compinches pues son delincuentes de larga data. Ellos están festejando y se los llevarán a los dos para que tomen y celebren su libertad. Quién como ellos que pueden darse ese lujo se sentirse libres y no atados a un sentimiento de culpa que te rompe el alma.

El inmenso vacío cuando tú no estás

Mis movimientos son automáticos, me acerco despacio a la multitud, con barba de algunos días y lentes oscuros no se me reconoce. Allí están ellos, bajan sonrientes y enfundados en sus chalecos antibalas, porque serán escoltados hasta su casa por Policías prestos a ayudarlos. Pero la gente se acerca más a ellos para abrazarlos, acariciarlos, son sus madres, sus hermanos, sus hijos. Quisiera pensar que lo que haré me calmará el dolor, pero no es así, creo que me llevaré este sufrimiento más allá de la tumba, pero, por lo menos, sé que estos malditos no dormirán tranquilos.

En estos momentos me acuerdo que casi a seis cuadras del Dos de Mayo, un chofer se detuvo y me dijo gritando que me llevaría, que sabía que mi hijo estaba herido. Sin dejar de correr le dije que no, que no era necesario. Cuando me alcanzó volvió a tratar de pararme para llevarnos, pero le contesté que no era necesario. En serio, no lo era, hacía más de ocho cuadras que mi hijo había dejado de respirar y sabía que estaba más allá del dolor, solo que yo no podía dejar de correr.

Al acercarme donde esos malditos saco el arma, ellos me ven, me reconocen y ya se mueven para evitar los disparos, los policías también. Pero las balas no son para ellos, solo es una y es para mí. Quiero que mi sangre los salpique, los marque, porque la de mi Juancito, la de mi hijito, quedó regada en esas largas cuadras en las que lo cargué corriendo por última vez…

La decisión de José

la desicion de joséUna vez más llegó a la casa vacía. Trató de descansar en esa cama de dos plazas inmensamente solitaria y no lo consiguió. A pesar de estar manejando más de 10 horas seguidas no consiguió cerrar sus ojos. En su mente sólo estaban las palabras de su esposa Maritza que le contó que su hijo mayor: Manuel de once años, estaba arisco, contestón y que no conseguía hacerlo obedecer ni siquiera hacerlo estudiar.

Su familia se encontraba a más de 340 kilómetros y doce horas de camino. Estaban en ese valle interandino donde su esposa había conseguido trabajo en el Ministerio de Salud pero, lamentablemente, en el último año la cambiaron a un pueblo ubicado a dos horas de la casa donde vivían con sus dos hijos, así que la familia se subdividió de nuevo. La esposa llegaba de noche a la casa con el menor de los hijos de cuatro años, Alfredo, durmiendo en sus brazos y sin tiempo para escuchar con paciencia a Manuel.

José estaba con unas ganas de mandar todo al diablo y mandarse a jalar lejos, tenía plata en el bolsillo, más de mil doscientos soles de la quincena, pero ¿De qué le servían?, si su mujer estaba lejos, si sus hijos crecían sin él.

Consultó la hora y, movido por un resorte primigenio, cogió su maleta de ropa y se fue al Terminal Terrestre. Cuando llegó a casa allá en el pueblo, encontró a su hijo durmiendo solo. Su esposa tuvo guardia en el Puesto de Salud, así que no pudo llegar esa noche. La esperó despierto hasta la mañana siguiente, abrazando a su hijo.

-¿Te dieron permiso para venir?-, le preguntó ella al llegar. –No-, fue la respuesta, -¿Entonces?-, –Nada, solo quería verlos-, –Aya, está bien-, le contestó ella mientras preparaba el desayuno, con el corazón latiéndole con mil preguntas.

Ese día Manuel despertó alegre y se fue al colegio, de donde regresó con la misma enorme sonrisa e hizo sus tareas temprano. Alfredo, vencido su temor inicial, pasó la mañana correteando en la plaza con su papá, para luego preparar juntos el almuerzo y alcanzar a su mamá allá en la posta y comer juntos. Maritza tenía una sonrisa extraña, enamorada, y él estaba como… no sabía cómo estaba, ¿O sí?, Sí, era sentir que realmente estaba vivo y feliz.

A la noche ella le preguntó en medio del silencio que prosigue después del amor, cuándo se iría. José meditó un momento la respuesta porque sería definitiva y cambiaría la situación de manera radical, abandonaría sueños propios, orgullos en la cima de un poderoso bus de dos pisos, dinero para comprar muchas cosas, el asfalto, el bullicio de un motor a sus pies, amigos, todo por un futuro incierto… ¿Incierto?. Sin pensarlo más con seguridad le dijo mientras la besaba: -Me quedaré nomás-, y se quedó.

 

Esta crónica fue declamada en el siguiente enlace:

 

Corazones irresolutos

alejadosAún cuando nada impedía que estuvieran juntos no lo estaban.

Se amaban, sí, con un amor de esos que se apagan solo en el último aliento.

Para ella, estar con él cuando se conocieron, al inicio de la carrera universitaria, significaba comprometerse con alguien que no tendría paz hasta casarse con ella y no se sentía preparada para eso, le asustaba la idea.

Él aprendió a espiarla de lejos, estando allí cuando lo necesitaba, sin exponer demasiado su interés, firme en su propósito de ser esa gota que labra la piedra.

Cuando ella se sintió lista para asumir una alianza de papel y altar, él tenía ya otro compromiso iniciado y, si bien aún la amaba, era de aquellos que no deshacían su palabra empeñada. Aún.

Con el pasar de los años, los amores para los dos fueron de arena, de fuego, de hielo y de pan por pan, de esos finalmente que te acomodan en la monotonía de salir, amarse piel a piel y olvidarse en el día siguiente hasta la cita pactada y volver a empezar las amabilidades, dejando de lado la pasión. Ellos la amaron con locura, ellas lo amaron con dedicación, pero, para ambos casos, había ese sentido que te avisa que ya el corazón tiene inquilino permanente.

Dos o tres veces se encontraron en esas épocas y la misma mirada preguntándose: ¿Cuándo?, los atormentaba y los hacía anotar por mera cortesía los números del celular, las direcciones del correo electrónico y nada. Silencio apremiante después.

Ella se casó cuando el reloj biológico la loqueó, con un mal partido que la dejó con dos hijos. Él abandonó a su novia de años por una indecisión impropia en él y que le acarreó un mal precedente familiar y social. Aún así no se contaron sus desgracias ni se buscaron. Un orgullo y no pasar por débiles nuevamente los bloqueó.

Ella salió adelante en un trabajo de secretaria que le dio estabilidad y, de tarde en tarde, en vez de llorar en su soledad, buscaba en la red la historia de él, sus pasos como ingeniero y sus logros a pesar de la marca de ser un irresoluto. Para él era fácil saber de ella, aún conservaba a una amiga mutua que le contaba todo en los fines de semana que la llamaba para que le dibuje el panorama a través de la distancia.

Los hijos crecen, los ojos se marchitan, las manos se vuelven inseguras, las historias se reescriben a punta de hospitalizaciones y dolencias varias. El dinero ya no importa como antes y sí conservar extractos de vivencias que nunca se experimentaron. ¿Cómo sería el sabor de sus labios?, ¿Cuántas veces sonreiría viéndola despertar?, ¿Un roce de su mano lo salvaría?, ¿Estaría allí para ella pese a sus explosiones?…

Él murió una tarde de abril. El corazón, a falta de ese amor, o, como dijeron, a falta de fuerzas, le falló justo cuando pensaba en ella, recordando esas miradas, seguro del amor de ella y del suyo propio. Una sonrisa en los labios es lo que encontraron los paramédicos que llegaron a certificar su partida.

Ella no se enteró de nada, minutos después de que él dejara de respirar, tuvo la certeza que estaba lista para ir a su encuentro de una vez por todas, aún a pesar de sus arrugas, ya inventaría formas de amarse a los ochenta años. Se paró con esa determinación, para caer fulminada por el amor que con ímpetu le sobrecargó su corazón.

Quiero pensar que, sin las trabas de este mundo, se encontraron allá, en ese lugar en el que todo es posible y que solo el amor cuenta. Sí, así quiero imaginarme el final de su historia: Los dos juntos, en un lugar lleno de luz, lleno de cariño, lleno de comprensión, solo para ellos, respondiéndose por fin sus dudas.

El salvador

el salvadorLa balacera es una fiesta de ruido seco y sin eco en la mañana entrada en calores. Es domingo en todos lados y se siente en las calles tranquilas, roto solo por ese retumbar extraño y solitario que se repite cuatro veces en el aire urbano del barrio.

Carmen cocina con el gas que lleva hasta allí un motociclista todos los últimos jueves del mes con quien tiene un romance efímero de sexo mal hecho en la cocina. Es su venganza poética, que le llena de sabor los labios cuando besa a su marido cuando llega ebrio de otros amores y con el aroma de otras cocinas en el cuello.

El niño de seis años mira la tele, absorto en los colores casi naturales de la pantalla plana que le muestra un mundo lleno de fantasía y fiesta que nunca ve en las calles por donde da sus pasos hasta su colegio, de allí a los brazos de su mamá Carmen y después a los juegos con su papá en las noches que no sale a trabajar cuando carga su “amiga cuarentaicinco” en la espalda, entre el pantalón y el canzoncillo.

Su papá, al que llaman “Peluche”, está corriendo para protegerse. Caminaba hacia la tienda a comprar un par de chelas para la sed de la mañana dominguera, cuando vio aparecer a ese motociclista encapuchado y supo que venía por él. Trató de esconderse detrás de un poste pero, una bala que se incrustó en su hombro, lo impulsó a buscar refugio en su casa. Llegó a la puerta con dos tiros más en las piernas para empujar con el peso de su cuerpo herido la puerta metálica. Carmen no salió a ver nada, estaba segura que estaban matando a su marido y no quiso presenciarlo…

Quién sí salió corriendo y sin miedo fue el niño que se llama igual que su padre: Pedro. Mira con ojos asustados la sangre que sale a borbotones de las piernas de su papaíto y de una nueva herida en otro de sus brazos y salta sobre él llorando, suplicando al encapuchado para que no mate a su progenitor.

Pedro está temblando, no dice nada, mira para un lado y otro buscando explicación del porqué  están disparando contra él si no mató a nadie, si solo es un ladrón de noche con una pistola de juguete. Pero con el brazo que puede mover separa a su hijo de él y mira de una vez a su asesino, sin miedo en los ojos. El niño puede más que su protector y de nuevo se aferra al cuerpo pidiendo con más fuerza, ¡No mates a mi papá, es bueno!, ¡No lo mates por favor, por favor!

El viento sopla con fuerza mientras el frustrado asesino baja el arma y se va, sin dar la espalda, monta en su moto y se aleja mientras los vecinos salen para ayudar a Pedro. Lo que no consiguen es que Pedrito deje de abrazar a su padre.

Nacerá un nuevo hombre esta Navidad

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Imagen que se encuentra en la Basílica Catedral de Arequipa

Antes de nacer ya está causando contradicciones este bebé. En su propio padre (en este caso putativo) motivó la aparición de un tipo de justicia extraña, porque al saber que su novia estaba embarazada de alguien que no era él, no se fue a tirar piedras en la casa de sus suegros, o emborracharse hasta morir y denunciar en cuanta red social pudiera el engaño, sino que lo motivó a la compasión, a la caridad, algo que es extraño en estos tiempos. Pero dio un paso más: creyó en ella y no le importó de quién sea el hijo que viene, él ama a esa muchacha, la ama de verdad y está seguro que ella también lo ama: el futuro no importa si los dos están juntos.

Y después de enfrentar a la sociedad se unen y no hacen caso a las voces que les dicen que se van a divorciar, es más que se TIENEN que divorciar. Los problemas no acaban con este sí que ambos se dan, sino empiezan, y cosa rara, la pobreza es patente, sí, pero la alegría lo es más. El haber aceptado la realidad de su situación motiva al padre a cuestionarse algunas cosas y se convence que no se puede decidir en qué familia nacer, pero sí a quién amar como familia…

No lo saben, pero alguien quiere matar a su hijo, alguien está determinando reglamentos y moviendo a las masas para asesinar a ese niño en el vientre de su madre y hasta se preparan discursos: tú niña no debes pasar por un embarazo, no debes frustrar tu futuro con un hijo, debes decir que fue una violación de un soldado para que te libren del problema, que tu cuerpo te pertenece y puedes hacer lo que quieras y como lo quieras hacer niña… Pero la madre no escucha más que los latidos de eso otro corazón que está creciendo dentro de ella.

Y lo que pasó en ese pueblo es ya de conocimiento público: nadie los quiso ayudar, fueron de un lugar a otro para que los apoyen… pero nada, hasta un periodista creativo escuchó su historia y escribió una crónica en el que incluyó medios de comunicación y graficó la desidia de las personas. Pese a todo esto, al padre no se le llenó de odio el corazón y no se quedó reclamándole a nadie, sino que ya está poniendo manos a la obra para atender el parto de su esposa en ese garaje que le prestaron para que duerman, y ya acomodó esa caja de herramientas para utilizarla como camita y, en medio de un tico y una combi estacionadas, la madre empieza a padecer ese dolor contradictorio que trae un sufrimiento indecible pero al mismo tiempo la alegría máxima al saber que se está trayendo al mundo un nuevo ser.

En un instante, al padre le viene un flashback: la historia futura de ese bebé, su amor por todos, aprendiendo a hacer las cosas con responsabilidad, su obediencia para su madre cuando él ya no estuviera vivo, su fortaleza de salir a comunicar que un mundo nuevo es posible si nos armamos con las herramientas del amor, la igualdad, de la caridad, de la justicia, de la honestidad, de la defensa de los más débiles y del perdón… hasta verlo morir por la defensa de sus ideales y por no dejarse corromper por la cobardía de no decir la verdad, el corazón se le hincha de orgullo sano y una oración se gesta en sus labios.

Curiosamente no ve imperios, cúpulas, o riquezas, tampoco los debates y los desgastes tratando de negar la existencia de su hijo, lo único que vislumbra son las réplicas de su ejemplo, los actos anónimos de bondad, la cantidad de buenas acciones diarias, los valientes testimonios de aquellos que también defendieron la verdad y la justicia. Y es que su hijo es una esperanza para cada uno de los hombres y mujeres como modelo de rectitud a través de los siglos, y se alegra que todo empezara cuando él y su mujer dieron un sí a la Vida y al amor que se tenían… lo demás es historia conocida…

La vida es linda

 

sicarioYa perdí, lo sé. El sicario me apunta con el negro cañón de una treinta y ocho automática y a mi costado puedo atisbar que mi compañero de mesa, en este barcito al aire libre, está saltando hacia un costado para evitar las balas o mi sangre, lo que salpique primero.

Estoy consciente de que voy a morir, sólo quisiera saber de quién es el dinero que está en el bolsillo de mi asesino, quiero saber antes de hundirme en la muerte, cual de mis vengativos amigos fue el culpable: ¿el Chato?, ¿el Zambo?, ¿el Zancudo?, cuál de ellos quiere quedarse con la supremacía de la banda, de mis huecos de droga, de mis mujeres.

¿O no será alguno de los familiares de los fríos que me cargue a lo largo de estos años?, ¿Será el padre de la niña que terminamos asfixiando después de cobrar la recompensa?, ¿El tío del guachimán que matamos por escapar y que juró que nos buscaría hasta encontrarnos?, ¿Será la madre de aquel drogadicto que acuchillé porque me debía una luca?

¿Y si es la misma Policía que me está matando por venganza de los dos tombos que violamos el año pasado?, ¿O el juez de mi último juicio al comprender que no tengo salvación ni cura para el vicio de matar?.

Podría ser cualquiera de mis familiares… hartos de mi mala fama que los ensucia peor que ventilador al pie de bosta de vaca. Podrían ser los hijos que no reconocí, las mujeres que violé, ¡Mi propia madre!, para evitarse la vergüenza de cada día ocultar la cara por las calles, si es que alguien la reconoce como la que dio vida a este engendro que soy.

Puede ser cualquiera, el tema es que ya perdí y las balas empiezan a morder mi carne y la vida se me va, ¡Carajo!, había sido bonito el cielo celestito de esta ciudad de la cual siempre me quejé, ¡Mierda!, ¡Qué linda era la vida!.

Desde hoy… ya no me pegarás

Sé cómo llegaste a mi vida, en medio de mi adolescencia, a pintarme colores a las tardes tristes, antes de llegar a casa. Esa misma casa donde mi padre golpeaba a mi madre cada vez que se emborrachaba. Ilusa de mí, en las lágrimas sordas de mi madre no veía repudio al agresor, solo conmiseración y una paciencia que rayaba la brutalidad.

Tampoco yo, debo confesar, se me ocurrió denunciar al bestia que me había engendrado, tanto por el miedo milenario de la mujer contra el proveedor. Ahora así lo descubro. Miedo.

Un miedo a que me pase lo mismo, que hizo a mis oídos sensibles a tus palabras cursis, a tus provocaciones, a tus manos que recorrían caminos con ternura, o así lo creí. Porque no era ternura ni amor, era calentura y ganas de tenerme para ti, infeliz criatura, que buscaba en mí la seguridad falsa de sexo, como yo buscaba en ti esa figura paternal soñada, aquella que me protegiera de mis pesadillas.

Han pasado años para darme cuenta de todo eso, no porque sea sabia ni porque haya estudiado en una universidad, que bien sabes me prohibiste desde que nos juntamos en el cuartucho donde decías ibas a construir nuestro paraíso. Lo aprendí porque busqué una salida a ese sinsabor que me dejaban tus golpes. No confundas el sabor de la sangre que se asume con resignación, con el sabor de sentirse burlada, usada, instrumentalizada.

Te sorprendes por mis palabras y deberías. No las aprendí en la televisión o en folletos, porque la mayoría, al contrario, me impulsarían a liberarme de ti, para convertirme en algo que no soy: en una amargada odia hombres, o peor, en una mujer que andará de cuerpo en cuerpo, de hijo en hijo, buscando un rol en el cual encajar.

Porque tú y las malditas formas de ver a la mujer, quieren que sea algo o una cosa: que sea una dirigente, una víctima, una madre abandonada, una protestante eterna. Pero no lo seré. No seré un número más para ninguna estadística. Sabrás que yo soy un todo: soy madre, soy trabajadora, soy valiente, soy cobarde, soy reniegos, soy halagos, soy mano amiga, compañera. Pero nunca más un objeto.

Amo la vida como no tienes idea y me he descubierto a mi misma como la máxima expresión de este mundo, porque nadie más que nosotras que pueden enfrentar el futuro con la seguridad de tener bien claro el destino, que es ser un todo, algo que, muchos de ustedes, que tú, nunca aceptarás, porque para ti, el hecho de trabajar o de ser padre, o ser alcohólico, o ser amigote o amante de otras, es un papel, nunca te encontrarás solo contigo para descubrirte, porque huyes de tu propia miseria de ser un violento que no encontrará paz.

Te escribo una carta, en un papel de cuaderno, del cuaderno de nuestro hijo, para que entiendas lo que pierdes y perderás del todo si no reaccionas, porque, a pesar de todo, y eso me dignifica y me hace sentir sana y curada, te he perdonado todo, pero no olvido nada. No permitiré de nuevo que me uses como tú quieras, sino que, si deseas cambiar, esperaré a que lo hagas por ti, no por mí o por tu hijo. Nosotros estaremos bien, felices y sin resentimientos, extrañando de repente lo mejor de ti, que poco nos mostraste para ser sincera.

Ahora me voy, no por miedo, sino porque debe ser así. Nada de rencores, no nos busques que ya estoy bien asesorada legalmente. No pienses que me dejaré usar por odios contra ti. No lo haré, ya te dije que me he reconocido como un todo, no por algún rol que tenga que cumplir o alguna tendencia que tenga que asumir, el todo o nada no funciona para mí en este momento. Tengo un hijo que es el motor de mi vida, pero principalmente me tengo a mi, única e irrepetible, para llegar tan alto como yo me lo proponga.

Si me amas, déjame ser libre y en libertad algún día de repente nos encontraremos para hacer las cosas como debieron, para bien tuyo, mío y de nuestro hijo, sino, no hay broncas, ya te dije que el odio se apagó en mi corazón, solo que tu ya no me vuelves a pegar, así de sencillo y con todo lo que acompaña esa manifestación me despido.

Joana.

Volando en el Asfalto

La verdad que poco faltó para que ´la combi de la muerte en que me embarqué terminara asi...

La verdad que poco faltó para que ´la combi de la muerte en que me embarqué terminara asi...

 

Como casi todos los domingos tomé una combi hacia Mariano Melgar para visitar a la familia. Paré una Nissan Homy de la Línea “C” en el paradero de Héroes Anónimos y pillé desprevenida y adormilada a un pasajera que iba en el asiento de adelante. Con un “gracias” mecánico me acomodé en un asiento ya de por si caluroso y me sumergí en mis pensamientos.

 

Rápidamente salí de mis meditaciones personales, porque el chofer, (apenas pasados unos segundos de voltear para seguir por la avenida Independencia), empezó una frenética carrera contra otro vehículo de la misma línea. “¡Es el gordo Machucao!” dijo la cobradora, casi escupiendo el nombre. Suficiente información para que el flaco y despeinado conductor pasara de tercera a cuarta en lo que demoró el motor de atragantarse, roncar y salir despedido, con nosotros como carga, hacia adelante.

 

SACANDO CHISPAS A LA PISTA

 

La pista, entonces, se me volvió irreal, saqué el brazo de la ventanilla por una reacción de seguridad mientras mis dedos buscaban inútilmente el cinturón de seguridad. El olor a velocidad era palpable, conjuntamente con el despertar frenético de mi compañera de viaje que abrió los ojos como plato cuando pasamos de refilón a un Tico que tuvo la “insolencia” de pararse a media cuadra de la frentera de la UNSA.

 

Justo en ese momento, el competidor nos dio alcance y nuestro “Meteoro” local lo sobrepasó con un quiebre de volante que obligó al otro chofer frenar para evitar el beso metálico. Por la ventanilla (y sacando media cabeza afuera) nuestro Fangio local le gritó: “Para ser ´fercho´ de calidad te falta papito”, no contento con su hazaña, puso más distancia entre nosotros y el otro vehículo, maniobrando entre un Toyota Corolla blanco, dos ticos amarillos y una camioneta Pathfinder, cuyo conductor no alcanzó a decir nada, aunque en sus ojos vi toda la genealogía dirigida al conductor nuestro. Todo un as ¿no?.

 

La Radio cumbiera soltaba a mansalva “Basta ya mi Amor” del Grupo Aguamarina. El calor se me expresaba en un sudor pegajoso. La cobradora y su voz chillona en tonos graves y furiosos me mantenían en una especie de éxtasis causado por la visión de una irreal marcha de monstruos cachudos y valquirias tipo andino que se interponían en nuestro camino.

 

QUE VEO QUE ME MAREO…

 

Estábamos en la avenida Sepúlveda y coincidimos con un mini corso de la comunidad puneña de esa zona, que, no escogiendo mejor momento que la hora del almuerzo, decidieron salir a las calles a mostrar el arte de sus danzas. Nuestro antihéroe local no se amilanó y, en un descuido de un Tercel verde, metió la trompa de la combi en un espacio que, a mi parecer, pertenecía a un peatón. Este último desapareció de mi campo visual porque ya lo ocupaba otro que se nos cruzó por delante a media cuadra y entre un sonoro “¡salte de allí…!” y algo que me recordó a un ajo, salimos del trance para frenar en seco detrás de una camioneta destartalada marca Dogde.

 

Tiempo onírico para ver a las bailarinas en sus minifaldas cada vez más cortas y los caporales con lentes para sol y bloqueador solar chorreando en sus trajes. Un par de alcohólicos se pusieron a bailar en medio de la comparsa y cuando uno de ellos ya se había metido en el papel de director artístico, fue sacado a empellones por un policía que no aguantó pulgas etílicas.

 

El movimiento aceleratorio que mi cuerpo empezó a realizar me devolvió a la realidad de mi situación. “¡Alguien baja en el Puente, si nadie baja me voy de frente!”, vociferó el chofer. Ahora su voz se mezclaba con la canción del Grupo América: “Que pasó”. Atiné a solo mencionar mi destino para recibir un “sí, sí por ahí pasamos”, a lo que conteste con un seco: “quiero llegar vivo allá ¿eh?”, a lo que me respondió un volteada de cara y un empujón hacia atrás producto de la repentina acelerada de nuestro Schumacher criollo.

 

Una serie de maniobras que no me permitieron ver claramente las bandas de “cholitas”, osos, ángeles y demonios del Corso que pasaba paralelo a nosotros. Así llegamos al Ovalo enfrente del Cuartel Bustamante. Allí frenamos en seco porque los bailarines habían volteado y cerrado el paso, rumbo a la Villa Militar del Cuartel Salaverry. El chofer paró y soltó un “¡bueno! diez minutos pararemos aquí”, cosa que me sirvió para recuperar la cordura y bajar raudamente de la unidad de transporte y respirar tranquilo, como si hubiera salido de un peligro mortal, a mis oídos llegó la voz increpadora del chofer a la cobradora: “¡oye cóbrale pues! ¿Acaso pagó?”. Qué no hubiera dado por sonreír y dejarlo con la palabra en la boca, pero, lastimosamente ya había pagado mi pasaje y me faltaban seis cuadras por caminar, pero la verdad, cuando uno pisa tierra después de una experiencia así pueden ser seis o veinte cuadras, da igual.

 

Nadie sabe en que momento, en esta ciudad, uno puede convertirse en el protagonista del film “Rápidos y Furiosos” como me pasó este fin de semana.

 

Na´ que ver con el tema, pero la violencia urbana me anima a subir este openning de la serie japonesa “Tokio Tribe 2” la cual es una oda a la violencia gratuita en las calles. El grupo se llama “Illmatic Buddha Mc’s”, la canción “Top of Tokyo”

Las mujeres que esperan

 

Las mujeres de nuestra tierra esperan a que ellos vuelvan, sus hijos, sus esposos, sus hermanos, y se inventan retornos para evitar llorar por la tristeza...

Las mujeres de nuestra tierra esperan a que ellos vuelvan, sus hijos, sus esposos, sus hermanos, y se inventan retornos para evitar llorar por la tristeza...

Ellas están en los pueblos de estas tierras del Sur. Todas tienen el rasgo característico de la espera que son los ojos anhelantes, de esos que miran más allá de lo insondable de la barrera del horizonte. Puestas a prueba, podrían oler el aroma del que se fue a kilómetros. Y es que sus hombres partieron hace tanto tiempo ya…

Las mujeres que esperan se hallan desperdigadas por la ciudad, el pueblo, el caserío, pero todas ellas comparten el lugar en común al costado de la plaza mayor. Allí se reúnen en las tardes a tejer mitones de colores para las manos de sus hombres. Todas conversan de una manera especial, con susurros para poder escuchar la voz del que se fue cuando las llame por su nombre y venga corriendo a su encuentro.

ELLAS Y EL DESEO EN LA PIEL…

La tarde las llama a mirar el ocaso, trasponiéndose enfrente del maravilloso cielo de verano, con la bola roja metiéndose inexorablemente en la tierra, causándoles a todas ellas cosquillas de deseo reprimido y nunca satisfecho en las largas noches en las cuales rememoran al ausente, tan paciente en el arte de amar!!. Y es que para ellas el no habido siempre se termina transformando en uno solo: uno bueno, amable, trabajador y sin suerte para los negocios. Porque por eso se fue de su lado. Nunca por no quererlas a ellas o a sus crías, sino por no tener frejoles con que alimentar tanta boca engendrada.

En los cielos, el sueño del retorno en cada lluvia de invierno, con cada gota fría alumbrándoles el sentimiento de desprotección en el que se ven sumidas. Ya en la noche, se retiran a las camas vacías de hombre, más, llenas de niños en las cuales se refugian como justificando su miedo a buscar otro destino.

Pero el destino las encuentra. A algunas las halla en la vuelta de una esquina, donde son sorpresivamente sometidas y, en el asombro de la tarea, se dan cuenta que el cuerpo pide y da sin remordimiento. A otras las encuentra en la puerta de la casa ante la llegada de un pariente no tan consanguíneo en las horas más inesperadas de soledad, cuando el calor se les ha subido y la humedad es total. Nueve meses después, crían hijos de la desventura, con un sentimiento de culpa que no las abandona y que las hace criar a los hijos del que se fue como reyes y a los de la aventura con el rigor de la desventura.

Para el vástago que se parece al hombre de sus vidas hay sancochado, adobo, parrillada y postre. Para el hijo del aire, emparedados de golpe y andar por el mundo sin padre por regresar y con el original fugado por no hacerse responsable de él.

ESCONDIENDO EL TIEMPO…

Las que esperan saben de memoria el amor que tienen. No respiran fuerte por miedo a dar viento contrario con sus suspiros a la brisa que trae de retorno al que está lejos. Ellas, que ven todo en la suerte de las barajas, se preguntan entre ellas cuando regresará el extrañado. Siempre es la misma respuesta de pronto y ya llega. Pero no desfallecen en la espera, reconstruyen cada quince días las casas por miedo a que el ausente no reconozca el hogar, la ciudad o el mundo dejado. Ponen señales de amor eterno en las rocas del camino a casa para que el hombre sepa que le esperan con los brazos abiertos. Pintan de nuevo fachadas e inventa juegos en los que se repiten las comidas favoritas para cuando llegue el que se fue. Las alacenas llenas de licor y cigarros, de periódicos de ayer y frescas flores. Los patios traseros llenos de imágenes de los santos de los viajeros para que nunca los desamparen y los tengan acurrucados entre sus brazos.

Rezan igual a Ángeles de los cielos y de los infiernos también, para que combatan por ellos a los demonios y espíritus de Dios que traen la muerte entre sus voces de guerra. Las que menos tienen que perder por ser jóvenes y tener las ancas bien puestas, no desperdician el tiempo en mantenerse bellas. La experiencia de las antiguas revela que el cuerpo de la mujer es posible de conservarse si no se trajina demasiado, es decir si no se usa por donde se sabe.

Es por eso que ellas aprovechan los descansos de las tareas para ejercitarse en el arte de conservarse jóvenes, llegando muchas de ellas a tener centurias sin que necesiten retoque de arqueología, cremas ni puntadas de médicos carniceros. El amor las mantiene y conserva, las llena de fuerza en sus músculos, levanta el pezón de su pecho hasta el infinito y combate la gravedad de sus nalgas de textura de diosa impoluta.

Las mujeres que esperan caminan por la ciudad sin sombras que las sigan puesto que la suya se fue detrás de los hombres que un buen día se fueron y que no regresan nunca a decirles si murieron en los campos de esclavos de plátanos estadounidenses, en las guerras sin sentido estadounidenses, en las calles drogadictas estadounidenses o en las cárceles violadoras estadounidenses, de ese maldito país que se lleva a nuestros hombres para que se traguen el insulto de ser sudacas de mierda!!, que tienen que utilizar artificios de traficantes para poder salir adelante con dinero de fantasía que sólo es papel de mísera denominación que los hace vivir en la imaginación de sus hijos como los héroes que nunca les acariciarán la cabeza o patearán un balón con ellos en el lote baldío del final de la calle…

Las mujeres esperan cual sirenas entonando canciones, conjurando un tenue rumor de voz para atraer al que se fue y que regrese de una vez pues que ya se debe de haber cansado de quemar tanto sueño en tierra ajena y que regrese el muy querido a esta su casa con esta su mujer que para eso se metió conmigo o no??.

EL RETORNO…

Y así esperan a que llegue el que no retorna. Pero a veces, luego de centurias, el ausente regresa todo lleno de miseria humana, venga rico o venga pobre todos regresan con ese aroma a desesperación por no haber conseguido la satisfacción buscada. Al pasar por sus casas, les sobreviene el miedo de tampoco encontrar nada allí y se van de nuevo por el mundo para continuar esperanzados en el día que volverán a sus tierras y contarán sus aventuras, regalar dólares y tener a la mujer a su lado, los niños alborotando y los vecinos y familiares escuchando extasiados sus historias.

Y se van a continuar ese sueño hacia otro país, mientras que las mujeres que esperan, en ese preciso instante pierden su capacidad de olerlos y ni se enteran que sus hombres volvieron, porque ellas también defienden su sueño eterno, que es morirse esperando para no saber la verdad de que si el que se fue regresa por ellas o lo hace porque está cansado de la vida de la que huyó al principio. Mientras tanto, las mujeres esperan…

CODA

Son más de dos millones de peruanos que salieron de nuestro terruño para buscar un futuro mejor en países del orbe mundial. Compatriotas que de manera legal, ilegal y hasta mortal se atrevieron a cumplir el sueño de progreso que al parecer se les negó en nuestro suelo. La mayoría de los que viajan ilegalmente son hombres. Ellos dejan atrás familias y esperanzas y muchos no regresan.

Cada año, unas 400 mil personas tratan de entrar a EE.UU. a través de su frontera con México, de ellos ¿cuántos serán peruanos?. La mayoría es detenida y deportada, pero muchos logran pasar y otros mueren en el intento. Aunque la mayor parte de los “ilegales” en Estados Unidos son de origen mexicano, miles de personas de otros países de América Latina y de otras partes del mundo utilizan a México como trampolín para buscar una nueva vida en el país del norte. Ellos cruzan el terrible desierto de Arizona, donde muchas veces quedan sus huesos blanqueando al sol.

Ellos tienen la esperanza de surgir adelante, de sacar a sus familias de una realidad que los desmoralizó. Para ellos el respeto de los que nos quedamos y sin resentimiento decimos que donde estemos si el corazón es rojiblanco se hace patria.

Por supuesto que la canción de esta Crónica es de Pedro Suárez Vértiz “Cuando Pienses en Volver”, que, personalmente allá en Argentina, Brasil y Paraguay, países en los que estuve, me hacía recordar que si regresaba algún día a mi país no sería por haber fracasado, sino por querer trabajar por que crezca y mejore…

 

“Soy un hijo del SIDA”

¿qué tiene que ver si este niño tiene SIDA o no?, igual su mirada es de inocencia...

¿Qué tiene que ver si este niño tiene SIDA o no?, igual su mirada es de inocencia...

Le pregunté a “Patusco” que era ser un hijo de Sida y esto me respondió:

“Cuando tenía diez años me enteré que mi padre tenía SIDA y me pregunté si es que yo también moriría como el: flaco y sin fuerzas para decirme sus últimas palabras.

Cuando estuve en ese hospital público pude ver cosas que me aterraron de verdad, más que la cara llena de manchas de sangre de mi progenitor. Y es que la indiferencia con que me miraba la gente me causaba una sensación de temor. No entendía que no me miraban por no contagiarse ellos mismos… que tontería ¿verdad?, pero algunos piensan que mirar a una persona enferma con el SIDA ya es posibilidad de contagio.

La vida después de la muerte de un ser querido es dura, y más si sabes que es posible que te dejara una herencia que nunca vas a olvidar. En este país los hospitales son una bomba de tiempo para el contagio, yo mismo en una ocasión toqué la sangre de mi padre porque nadie se la limpiaba. La enfermera de turno le tenía terror así que era raro que estuviera cerca de él. Pero de algo sirvió esos días de negrura y soledad en ese edificio donde el sentimiento no existía…

Aprendí que el contagio mío era posible porque mi madre no se cuidaba con mi padre y que ella se fue de la casa justamente porque se enteró que tenía la enfermedad. Todos esos años creí que se había ido porque no amaba a su familia, ahora sé que murió en Panamá en la casa de unos tíos evangelistas que la acogieron por caridad. 

Comprendí que la familia de ambos lados tenía mucho miedo al contagio por eso no se acercaban y por eso nadie quería hacerse cargo de mi.

Y sí, en el hospital me sacaron muestras de sangre para determinar si tenía el VIH.

PREJUICIOS

En esas horas descubrí que varios de los enfermos no eran ni homosexuales ni prostitutas como siempre escuché que eran todos los contagiados. La verdad que me importaba un peino si mi padre era lo uno o lo otro. Él me había criado tratando de que siempre considerara que todos éramos iguales.

Cuando llegaron mis tíos lo primero que me preguntaron era si ya tenía los resultados. Cuando les contesté que no los había sacado aún ni me volvieron a hablar. Cosa que agradecía porque no quería conversar con nadie, quería entender que estaba pasando y que tenía que hacer. Ya una enfermera caritativa me dijo que mi padre no viviría después de esa crisis.

Cuando tomé la decisión de vivir, mi padre murió, atragantándose con la sangre de los estertores de la pulmonía fulminante que me dejaba huérfano. No esperé los resultados, ni las palabras de consuelo, ni siquiera me despedí de su cuerpo, simplemente huí…

Durante años vagué por la calle con otros niños, creo que hasta los catorce, cuando conocí a Mariela, una chica con la que tomábamos y nos drogábamos con pegamento. Una noche quiso tener relaciones y una luz de entendimiento me salvó de hacerlo. Creo que fue algo sobrenatural porque de por si ya no me interesaba nada y esta listo a recibir cariño de quién fuera… pero no lo hice.

BUSCANDO AYUDA, DANDO AYUDA

Al otro día busqué ayuda en ese hospital y la recibí, con la cara de sorpresa más grande del mundo, por supuesto. Ya no me tenía miedo, ¿qué habría pasado en esos años? No sé pero esta vez si me acogieron y me llevaron a un albergue donde me bañaron, vistieron y arroparon en una cama después de milenios creo yo de no dormir en un lugar caliente.

A los días me dieron los resultados. Eso me llevó a tomar conciencia de todo y me impulsó nuevamente a decidir vivir. Por eso estoy aquí, trabajando en este albergue de niños que, como yo, tuvieron padres con el VIH. Por eso estoy aquí codo a codo arrancándole a la Muerte a estos niños que no tienen porque sufrir las cosas por las que pasé. Ahora sé que se puede dar a luz a un niño sin contagiarlo si se tiene cuidado, también sé que existe un motivo para la vida, que vale la pena gastarla por algo que valga la pena y no desperdiciarla a lo fácil.

Sé que quieres saber si tengo o no el virus, pero ¿eso importa?, más deberías preguntarte si tu tienes encima el virus del prejuicio y el miedo que contagia y mata más que el SIDA…”      

CODA

Existen en el mundo miles de hijos del SIDA que nunca tuvieron la culpa de su enfermedad… todos podemos hacer algo si le bajamos la velocidad al prejuicio, al libertinaje y a la permisividad de una vida que apunta más al placer fácil que al verdadero esfuerzo de conseguir la felicidad.

La canción de hoy llega con dos grandes: Willie Colón y Héctor Lavoe, que bien pueden hablarnos de lo efímero que es la existencia y lo preciosa que puede llegar a ser cuando una le da su debida dimensión y valor… Con ustedes “Todo tiene su final”

¿Vomitaré hasta que muera?

¡Mira!, estoy regorda...

¡Mira!, estoy regorda...

 

A decir verdad yo decidí tener esta enfermedad… La primera vez que me autoinduje el vómito debí tener 15 ó 16 años… Había comido como un cerdito así que se me hizo una buena opción eso de “eliminar las calorías” vomitando… En ese entonces debí hacerlo contadas ocasiones, pues me daba mucho asco y la sensación de nauseas constantes, luego de vomitar, me desagradaba bastante. Así que sólo vomitaba cuando había comido demasiado.

 

Durante mi infancia fui una niña podría decirse que incluso flaca. Aunque nunca faltaron los comentarios referentes a la importancia de mantenerme en línea. Cuando tenía aproximadamente 8 años. Un tío hizo un comentario, que quizá él consideró inocente, pero que a mí me hizo una marca no sólo en el corazón, sino también en la autoestima… Habíamos dejado de vernos durante vacaciones. En cuanto me vio llegar exclamo: “Frida!!! Nada más sales de vacaciones y te inflas, Bueno, nada más que vuelvas a la escuela volverás a bajar”.

 

Quizá para él fue un comentario sin relevancia alguna, aunque no fue por supuesto ese mi caso… A los 14 años más o menos empecé a subir de peso. Mi familia y padres me insistían que bajara de peso con argumentos como “Cuando bajes de peso, serás lindísima” “Cuando bajes de peso, traerás a muchos chicos tras tus huesitos” (Bien decía huesitos…) “Cuando bajes de peso…”, “Cuando bajes de peso…”, “Cuando bajes de peso…!!!” Uuuuufffff eso por supuesto aunado a mensajes indirectos de mi padre donde me decía tonta, ignorante, etc. 

 

AUTOESTIMA DAÑADA

 

Y bueno… lógicamente eso terminó con mi autoestima. Afortunadamente en la escuela nunca me molestaron por estar gorda. Lo cual me hace pensar que en realidad mis padres exigían demasiado. Necesitaban que fuera la hija ejemplar en el aspecto físico. Entonces empecé a angustiarme de una forma increíble. Recuerdo una ocasión que salimos de vacaciones a provincia; fuimos a visitar a la familia… Llegamos a Camaná y yo me sentía bastante bien, pues constantemente me llegaban arreglos florales, cartas, etc de los chicos del lugar. 

 

Pasados dos años aproximadamente (durante los cuales por supuesto tuve a mi madre, padre, familia y amigos de la familia sobre mí para que bajara de peso) regresé a visitarles. Una amiga y yo fuimos a la disco. Comenzamos a bailar y llamamos la atención de un grupo de chicos del lugar por nuestra forma de bailar. Así que uno de ellos se acerco a mí. Y dijo… “te parece si bailo contigo y que mi amigo baile con tu amiga???” A lo que accedí. Poco después; otro chico (del mismo grupo de amigos) se acercó a mí y luego de charlar un rato, relacionar situaciones, personas, etc Mencionó… “Claro!!! Yo te conozco!! Eres la chica que traía loquitos a todos los chicos de aquí hace dos años… Pero bueno… es que no te reconocí porque estabas más delgadita…”. 

 

EMPEZAR A VOMITAR

 

Luego de eso llegué a casa y comencé a golpearme el abdomen frente al espejo y lógicamente también a llorar. Y me prometí a mi misma que bajaría de peso a como diera lugar. Un día escuchando el radio, descubrí que eso que hacía yo esporádicamente se llamaba bulimia, que era una enfermedad y habían chicas que perdían kilos y kilos dejando de comer. Metiéndose laxantes, diuréticos, pastillas, haciendo ejercicio, etc. Que comías lo que querías, ibas a vomitarlo y listo!!! Todo resuelto!!! Por supuesto este no era el mensaje que daban en dicho programa. 

 

Comencé a dejar de comer, (aunque lo más que llegué a aguantar sin alimento fueron 3 días) Así que me inclinaba más por la opción de comer y vomitar. Que podían ser hasta 12 veces en un día. Claro… cuanta cosa me llevaba a la boca; terminaba en el w.c. Al principio era demasiado difícil, pues me daba muchísimo asco, detestaba esa sensación de vacío en el estómago y las nauseas que te quedan luego de hacerlo repetidas ocasiones en un sólo día resulta desagradable. Pero bueno… no me importaba porque finalmente era para una causa noble, o así lo sentía yo. 

 

Aunque me desesperaba a veces porque me costaba trabajo vomitar o en ocasiones me daba miedo a sensación que provoca el esfuerzo, que terminaba con un dolor de garganta espantoso y en un par de ocasiones el cepillo con el que me provocaba el vómito salió con algunas gotas de sangre lo cual me asustó un poco, pero en cuanto me miré e el espejo dije… *qué susto ni qué nada!!! Lo que sea por bajar de peso. Hasta la muerte si es necesario!!! No te puedes, ni te vas a morir gorda”. 

 

Finalmente el esfuerzo y el sufrimiento, o la desagradable amargura de la bilis en cada visita al baño luego de haberlo depositado todo en él, bien valía la pena… Iba a ser bellísima cuando bajara toda esa asquerosa grasa. Y así estuve por varios años… De repente lograba bajar unos kilos cuando ayunaba. O controlaba las calorías. (300 ó 400 al día). Pero en realidad era más que nada “mantenerme” o incluso subir de peso. Pues cada vez que uno vomita, o deja de comer, el cuerpo (nada tonto) se percata de que no le estamos alimentando o le quitamos lo poco que introducimos en él. 

 

DURO

 

Un amanecer en el buscama rumbo a Lima, me hizo cambiar mi visión. Al igual que el amor de un chico (en ese momento) maravilloso. Y creció en mi la necesidad de estar bien. Así que reafirmé mi deseo de bajar a la buena. Y bueno… deje de vomitar por un tiempo, pues estaba ya yendo al gimnasio diariamente 4 hrs. Tomaba litros y litros de agua. Me aplicaba unos supositorios para sudar más, pastillas (que por cierto me provocaban angustia y taquicardias) Desayunaba y almorzaba Slim Fast… A veces lo tomaba también por la noche o bien me servía una taza de arroz hervido. Pero no fue hasta que busqué ayuda médica que no empecé en serio a tratar de sanarme.

 

Pero llevo ya desde Febrero de este año con sólo 3 vómitos y una recaída de cortes. Me da pánico comer. Me restrinjo demasiado. Mi equipo de médicos y yo, coincidimos en que lo mejor es ingresarme a la clínica de trastornos de alimentación. Por lo que el próximo lunes 11 de mayo me internarán por al menos un mes. Pero estoy dispuesta a no salir de ahí hasta que no esté completamente recuperada, ojala lo logre…

 

Dido-White Flag

Violación tras violación tras violación…

Hasta donde se puede dañar a una persona... hasta donde llegan las consecuencias de una violación...

Hasta donde se puede dañar a una persona... hasta donde llegan las consecuencias de una violación...

En el cuaderno de reportes del caso de María, encontré una verdad más grande de la que esperaba. Todos sus problemas de pareja actuales partían de esa serie de violaciones que de niña le deformaron el concepto del amor. Todos esos detalles fueron pasados por alto por sus parejas y el actual esposo de ella tienen la misma definición a su comportamiento: “Está loca” me dijo. No saben la verdad más allá de lo que pasó…

 

FLORECIMIENTO TRUNCADO

 

Ella era una niña de sucia carita, porque allá en el cerro donde vivían no tenían agua como para darse el lujo de la limpieza. Ella era la menor de cuatro hermanos y todos dormían en la cama de la madre, separada desde hace mucho de su progenitor. Los días son parecidos: reclamos para que trabaje, para que limpie, para que barra, para que atienda a sus hermanos. Ella crece sin caricias ni abrazos, crece con la soledad en el pecho.

 

Hace su aparición por esos días un hombre que empieza a frecuentar la casucha de techo de calamina que tienen. Es extraño, pero la casa es un desastre y no debería serlo, los vecinos a pesar de padecer las mismas carencias, tienen la frentera barrida, un jardín ínfimo de geranios bien cuidados, los niños andan limpios y la madre trabaja en el mercado. María los ve felices. 

 

En su casa reina el caos de las botellas de cerveza que compra el hombre que se queda en las noches y ya desplaza a los hermanos a dormir en el suelo. En una de esas noches el hombre se asegura que la madre está ebria y dormida y se acerca donde esta recostada María. Ella es una niña aún, pero las manos del hombre la tocan como si fuera una mujer. La niña se pregunta por qué no toca a sus hermanas mayores, debe ser que ellas son ariscas, debe ser que ellas están despiertas y listas para gritar si el hombre se les acerca, ellas saben que está pasando… 

 

LOS CUÑADOS

 

Las manos del hombre se vuelven familiares y María hasta siente en ellas la ternura de una caricia muchas veces negada, hasta que la situación cambia, la madre ya no se emborracha y mantiene al hombre en la cama. Una mirada de furia y celos aparece cuando mira a la menor de sus hijas. María no entiende el rencor de su madre, sólo sabe que los golpes le llueven más que antes. Las hermanas, tal vez buscando escapar de esa escena, tal vez porque les prometieron amor, se metieron muy chiquillas con otros chicos de su edad y se fueron a vivir con ellos. Quedan el hermano de doce y María que tiene once años solamente.

 

Una vez la madre la manda a buscar dinero a casa de una de sus hermanas y sólo encuentra al marido de esta. El tipo no desaprovecha la oportunidad y somete a María, no una sino varias veces jactándose de que él es su “primer hombre” que lo recuerde bien. Al final de la escena la niña está tranquila, es como si supiera que eso es lo que sufriría, de repente en su mente esa forma de amor de queda grabada, porque el tipo en un intento de tapar su felonía le compra galletas, dulces, la besa, la abraza. 

 

María piensa que entonces que un hombre se suba encima de ella y la haga sentir cosquillas es normal, tanto así que en el cuarto donde vive la otra hermana la escena se repite una vez más, con la diferencia que esta vez el tipo la tiende de espaldas y le hace conocer un nuevo dolor. Ya la mente de la niña está deformada, el abuso sucede por varios años, tanto así que hasta un vecino de los cuñados aprovecha de esta situación para también violarla. Pero algo cambia, ella ya no siente placer cuando ellos están dentro de ella, porque ya empezó a notar que se burlan de su condición, que la insultan y hasta la sortean y le pegan. Ya no va entonces a las casas de sus hermanas y su madre se harta de que esté metida en la casa, porque los estudios nunca estuvieron en su vida, siempre fue tratada como una esclava, salvo que esa palabra para María no le dice nada. 

 

ESCAPAR

 

El escape de María sucede cuando su madre la bota de la casa, acusándola de que el padrastro ya empezó a mirarla con otros ojos y que de repente ella se quiera quedar con él. María no sabe que decir, casi nunca ha dicho nada en su vida por defenderse. Vaga por días en las calles, un borrachó intentó violentarla pero la furia de ella puso en escape al agresor, menos suerte corrió con un grupo de drogadictos que la llevaron hasta una torrentera y si no la mataron fue porque ella no se quejó. 

 

Así la encontraron los de la Policía en las calles, desamparada y con hambre y la increíble suerte de no estar embarazada. Luego, la historia hasta fue difundida por los periódicos, ¿se acuerdan?, fue el caso de la niña que estuvo en un albergue y que su hermana, para que manden a prisión a su ex conviviente, denunció la violación. La justicia tarda pero llega, pero en este país llega como un suspiro, ya que a los dos cuñados les dieron cuatro años de cárcel de los cuales sólo cumplieron 2. A la madre también la juzgaron, pero no le dieron condena de cárcel, al padrastro y al vecino penas menores y supendidas. María terminó de crecer con la ayuda de las personas que se interesaron en su caso. 

 

SEXUALIDAD DESHECHA

 

No le contó a nadie de su padecimiento anterior. La historia borra las huellas de los que quieren que así sea, pero las grietas del interior no sanan. De esa manera las parejas sexuales de María, siempre se quejaron de que era fría, que no respondía con placer. Su actual pareja no le importó demasiado eso ya que la quería para bien, se casó con ella y pensó que con cariño y amor le devolvería esa sonrisa de satisfacción que toda mujer amada debe tener. Falso. Lastimosamente la capacidad de tener un orgasmo de María estaba irremediablemente perdido, contarle al marido sobre las violaciones no causó sino que el pobre hombre creyera que el placer sólo lo sentía con esos hombres que violaron su niñez…

 

Están por separarse y María no sabe porque realmente, en su mente no entra las ideas de que fue esa situación en su pubertad la que ahora le afecta el clítoris. “Todo tiene su etapa y a ti se te adelantó una” tratamos de decirle para que reconozca primero la condición en que está, pero ella se niega, quiere que le digamos que le gustaría a su esposo que ella haga, porque ella ya le ha tratado de dar todo, pero lo que no puede evitar es llorar una vez que él termina de estar con ella en la intimidad…

 

Entonces hablamos con el esposo, y al final comprendió que todo tienen relación, que ella lo ama pero en la oscuridad de su mente aún acecha el peligro y el sometimiento sexual del que fue objeto. Él entonces comprende también que la única manera de superarlo es con una larga terapia de pareja, en la cual se incluyen dolorosas sesiones de regresión, de perdón para ella misma y sus padres, de confesión de que ella necesita ayuda, todo un sinfín de cosas que no deberían suceder, porque María debió crecer y enamorarse naturalmente y tener relaciones sexuales si es que ella las deseaba y con el cuidado y ternura que da el enamoramiento, ella no debería pagar las culpas de unos desgraciados que sin conciencia y peor que animales, se aprovecharon de ella… Lastimosamente como María en este país hay muchas ¿no?…

Coda

Para no terminar tristes con una realidad tan opresiva, escuchemos la historia de Eva, en la voz del gran Silvio Rodriguez.

¿Por qué desprecias la mano del niño que te suplica dignidad?

¿Te quedan ganas de sentirte humano al ver a un niño trabajar en la calle?

¿Te quedan ganas de sentirte humano al ver a un niño trabajar en la calle?

Cristian no quiere que lo  fotografiemos porque dice que su papá conoce a varios municipales, obviamente su miedo es porque ellos le dejan trabajar algunas horas los sábados y de llegarse a enterar los jefes de estos pueden despedirlos. Él no sale a vender juegos de agujas porque lo obligan, lo hace porque quiere ayudar a su mamá y papá y por eso lo hace los fines de semana.

 

“Los demás días estudio y con el dinero que gano me ayudo para las tareas”, nos cuenta. El gasto que realiza en papel impreso, compra de materiales para los ejercicios y las horas en Internet buscando información son un monto suplementario que a veces no pueden afrontar los padres de familia.

 

Cristian es un caso aparte y ya se quisiera que los demás niños que andan trabajando en el Cercado lo hicieran con las mismas motivaciones, pero no es así. Son 5 mil niños que trabajan en Arequipa, según datos de la misma Organización Internacional del Trabajo (OIT). Esta institución viene desarrollando un programa para retirar de la vida laboral a los niños mineros de Caravelí. Actualmente se desarrolla un trabajo en el poblado de Chaparra, pero, según un informe reciente se destaca que en la ciudad han comenzado a aparecer más niños y lamentablemente por causas directas relacionadas con el aumento de pobreza en la región.

 

CASOS Y COSAS

 

Es el caso de Jonathan quién a sus siete años limpia parabrisas en una esquina de la calle Mercaderes. Su madre llegó con él desde el poblado de Charcas en Cuzco porque su padre murió hace dos años. Tiene el cuellito sucio pero las manos relucientes con el contacto diario del agua jabonosa con la que limpia los parabrisas por unos centavos. No quiere dar su nombre real pero su compañero Gustavo de 12 años lo delata en medio de risas. Los dos comparten algo: son huérfanos de un progenitor. En el caso del mayorcito el alcoholismo de su padre lo empuja a las calles y ya perdió el año escolar “es que flojee mucho”, nos dice.

 

Niño es todo ser humano menor de 18 años de edad, así lo establece la Convención Internacional de los Derechos del Niño aprobada en 1989 por la Asamblea General de Naciones Unidas. Pero en su condición de menores la Ley no permite el trabajo forzado. Además una serie de principios generales contempla la protección de sus derechos, libertades y condiciones para su desarrollo. Así, los niños tienen derecho a la educación, a la salud, al juego, a la protección contra el maltrato y el abandono. Cuando se ven obligados a trabajar, compatibilizar trabajo y asistencia a la escuela supone un esfuerzo que se traduce, en el mejor de los casos, en altos niveles de retraso y deserción escolar. Sin educación, se reproduce el círculo de la pobreza.

 

EXPLOTACIÓN

 

Panorama siniestro fue el que encontramos en las intersecciones de las calles Piérola y Palacio Viejo, donde un grupo de menores echa “suertes” con un ramo de ruda en la mano. Son varios, tantos como los perros callejeros que se acomodan a un costado de una agencia bancaria cercana. Los menores son vigilados desde cerca por una señora que rehuye a las preguntas y hace gestos amenazadores. Le dicen “mamá Julita” y difícil creer que todos los niños son suyos, según nos cuentan ella los lleva a allí por encargo de padres inescrupulosos que los alquilan de esa manera para que pidan limosna.

 

La insensibilidad de nuestra sociedad ha hecho que obviemos este aumento de niños en las calles y nos quejemos a voz en cuello de que esos niños están molestando. La verdad es que muchos utilizan parte de su ganancia para jugar “gund bound” en las cabinas de la calle Paucarpata, donde la hora de Internet (y del escape de su realidad) les cuesta 70 céntimos de sol, cierto también que organizan trifulcas en plena calle y que algunos de ellos meten la mano rápidamente a las carteras. Todo eso podrá ser cierto pero la más triste realidad es que nadie hace nada concreto para atender sus problemas, hacerles seguimiento o simplemente escuchar sus dolorosas historias y consolar sus lágrimas… Nosotros escuchamos algunas y poco a poco, contaremos sus vidas…

Con cariño para ellos: Chicles, cigarrillos caramelos del gran Miki Gonzáles

¡Estoy rejodido pero respiro aún!

¡Buscame trabajo pues chocherita...!

¡Buscame trabajo pues chocherita...!

Cuando en las mañanas me levanto, siento que va a ser un día más de esos donde no habrá trabajo, y, por vida que me quiero dormir unos minutos más. Pero siento a mi madre prender el primus en la cocina, al perro que ladra al sol de la mañana y no me queda más que sacudirme las frazadas y meterme en la ducha para bañarme, así con frío y todo.

 

 

Me llamo Juan Mamani Castro y sé que no seré bueno contando mi vida, pero la verdad es que estoy harto de seguir igual, toda la vida igual y quiero que la cosa cambie. Si fuera posible que por el periódico me dieran trabajo, hasta el celular de un amigo publiqué y de seguro al final de contar mi historia les voy a dar mi número, como ya lo intenté en alguna ocasión… Ahora me conocerán algo, pero lo principal es que no tengo trabajo y eso explica muchas cosas ¿no?

 

Primero quisiera que conozcan a mi madre: Enriqueta Castro. Ella me tuvo a mi y nada más. Gracias a Dios por eso porque de lo contrario la pasaríamos peor. Vivimos los dos aquí en el sector D de Deán Valdivia en Cayma Enace, donde hace ya cuatro años nos vinimos a vivir. Le cuidamos la casa a un señor que tiene su mansión allá por Yanahuara. De alguna manera el tener un lugar para descansar debería facilitar las cosas, pero en nuestro caso no es así.  

 

Desde niño trabajé, pero nunca duré demasiado en una labor. Que si trabajaba en una combi, que el dinero no alcanzaba para pagarme; que si me metí de albañil, que el patrón no quería pagarme completo; que si me fui a la frontera para traer contrabando, que la Policía me detuvo y me quitaron mi capital. La cosa es que me va recontra mal en estos años y no sé a quién culpar al final.

 

Nunca estudié. Mi madre necesitaba que trabajara para que nos mantuviéramos los dos y no nos alanzaba ni con esas. Pero no soy el único en esa situación, a mí alrededor veo diariamente a profesores hacerla de taxistas, a tombos como ladrones y a madres prostituirse. En mi caso no tengo trabajo porque no existe una oportunidad para mí, pero no entiendo en sus casos ¿no se supone que ellos deberían tenerla más fácil porque estudiaron?

 

Enagañados

 

A muchos de ellos (y mi mismo da pena decir), nos engañaron de distintas formas con promesas de trabajo. Por ejemplo, para sacarnos provecho se nos busca por el periódico. Todas las mañanas en el parque Duamhel se ubican patas que te venden las copias de los avisos económicos de los diarios, para que te leas las ofertas de trabajo, de esta manera te ahorras comprar un solo periódico y por solo 20 céntimos tienes de Correo, de El Pueblo, del NOTICIAS y así por el estilo. Allí siempre aparece dos clases de avisos: los de la “empresa emprendedora necesita jóvenes emprendedores que quieran ocupara plazas emprendedoras de alta gerencia en el área de promociones al público”, es decir vendedores de puerta en puerta. Con esta forma a los promotores les interesa un pepino cuanto camines con tal que cumplas las cuotas.

 

El otro tipo es el de: “oportunidad única de negocio (no service) gane dinero en su medio tiempo, sea su propio jefe”, es decir que tiene que comprar productos que venderás a tus papas a tus amigos y a tu enamorada. De este tipo abundan y veo que muchos van por los centros de promoción, pero no todos logran salir adelante y siguen en la ruleta de buscar trabajo cada mañana, en su mayoría son jóvenes.

 

Yo ya pasé por eso. También por lo de las services. Al principio, ilusionado, pagaba mis reglamentarios cinco soles para que me tomaran en el empleo de “cuidante nocturno con sueldo de 400 soles”. Nunca me llamaban y mis cinco soles al agua por siempre, y si reclamas tienes que pagar otros cinco soles ¿que conchudos no?

 

¡Ah! después me metí a eso de las empresas que te piden currículum!, o esas otras que te convocan con ropa a la tela y esas cosas. Pero ya estoy curado y no creo ya en nadie. Ahora sale eso de los viajes al extranjero y pienso que es otra trafa ¡es tanta mi amargura! Y es que las veces que si resultó ser cierta la convocatoria, el hecho de no tener estudios universitarios o técnicos va en mi contra, por supuesto ni hablar de mi cara serrana.

 

Para estudiar se necesita plata y con mi trabajos de medio tiempo no pude pagarme la pensión. Ahora ya estoy mayorcito para andarme con esas cosas, pero si ustedes que me lee lo son, estudien harto y lo que puedan, que en los trabajos te piden de cada cosa, que si estudiaste computación, que si eres maestro o master no me acuerdo, que el inglés más, que otros grados, así que a estudiar, es lo único que puedo aconsejar ya a mi edad.

 

Respirar y vivir

 

Hace tiempo trabaje en una comercial, pero me sacaron porque casi cumplí el año y debían pagarme más por ley. De otra empresa me sacaron igual porque me tenían que contratar si estaba un mes más. En otras partes me engañaron pagándome un mes primero puntual, después medio mes y se retrasaron, después ya me debían dos meses y después por fuerza me tuve que ir nomás caballeros.

 

Después de tantos años al parecer no aprendo, porque igual sigo saliendo a las calles a buscar empleo, y veo en las esquinas a jóvenes buscándolo incansablemente, como si fuera un premio. ¡UN PREMIO!. No creo que deba ser así. Si es que alguien tiene la culpa que me lo digan, si es mía la acepto, pero que no me engañen más, que no me pidan plata para trabajar en una obra, que no me menosprecien por mi ropa usada y comprada en el Baratillo, que no me denigren por mi edad y que me respeten porque yo les respeto. ¿Acaso con ser peruano no se supone que debo tener derechos?, a una vida digna, a trabajo, a educación, pero nadie me enseñó, nadie se preocupó en decirme cuales eran esos derechos, ahora ya no los puedo utilizar porque estoy viejo y no quiero que le pase lo mismo a otros, por eso estudien, pero estudien bien pues, algo que les guste y que sean capaces de aprender bien, porque hay una selva halla afuera, es un infierno de oportunidades y aquel que tenga una buena arma vencer. De repente para mi ya no hay solución y siempre seré un desempleado, pero de repente para ti no, busca tu oportunidad es lo único que puedo aconsejarte… ¡ahhhhhhhh! Como ven soy de todo y para todo, ¿legal eh?, así que si sabes de alguna chambita llama pues al 054-959770004, que de seguro te cumplo a la firme ¿ya?.   

“No sabemos Amar” – El Gran Silencio

Los deseos contrarios

Te desespera pensar siempre en negativo... pero siempre habrá álguien con peor suerte que tu...

Te desespera pensar siempre en negativo... pero siempre habrá álguien con peor suerte que tu...

Eran 5 horas. Eran ya 5 agotantes horas las que llevaba Julio esperando que el cirujano saliera de la sala de operaciones donde Clara, su esposa, estaba desnuda y tendida a sus 49 años siendo operada. Estaba allí, en esa banca de madera en espera que extirpen con éxito el tumor maligno que creció dentro del exiguo pecho de su mujer.

 

 

 

 

 

El café de su vaso se acabó hace buen rato. Lo peor del caso era que ahora se le atragantaba el nerviosismo en la garganta por no saber nada de lo que pasaba en ese cuarto con la lucecita roja prendida. Por momentos, el pasillo de azulejos blanco y pintura verde crecía ante sus ojos, ahogándolo. Realmente la estaba pasando mal, pero no se atrevió a ir por agua, prefirió quedarse quieto y sin pensar. Porque si de algo estaba completamente seguro era que si pensaba -¡Cualquier cosa que pensara!- lo opuesto iba a resultar… ¡Maldita la mala hora de mis deseos!, se dijo.

 

Porque para él eso era una verdad indisoluble de su vida. Recordó ahí mismo sentado que, cuando niño, él: Julio Palacios Cusihuamán, osó desear para su octava Navidad un juego de trenes. Y, como los niños tienen la imaginación tan viva, soñó despierto a su padre sorprendiéndolo con la inmensa caja del juguete, que su madre lo abrazaba llorosa de alegría, que armaban los rieles, los campos, los puentes y señales; que se divertían toda la noche con el chu chu intermitente hasta que la mañana los encontraba unidos y despiertos.

 

No le dieron nada. Nada de chocolate navideño y nada de Navidad, Navidad blanca Navidad. Al contrario, le dieron una paliza de padre y señor mío por romper un jarrón mientras caminaba distraído por la sala soñando con el color de su juguete. Después, el castigo marcial hasta el otro día y si hubo regalo éste desapareció.

 

Claro que pasó otras festividades y, en ellas, los regalos se le dieron, pero nunca un tren rojo, y esto a pesar de sus indirectas y directas insinuaciones como que “Pepito Iturriaga tiene un tren hermoso ­ayy quién como él…­”. Nunca recibió una respuesta.

 

Derrota tras derrota

 

Recordó también que intentó ingresar a la universidad cuando joven, y se pasó la noche anterior al examen vislumbrándose pelado y asistiendo a su primera clase, contestando brillantemente al catedrático de turno en su primera intervención. No ingresó, por supuesto, y su puntaje fue terrible. La condena paternal de no volver a sustentar otro ingreso, lo volcó a estudiar Mecánica en un instituto de mala muerte en el cual paradójicamente terminó primero. Deseo que nunca formulara.

 

Pero ahora estaba allí, solo y sin padres, ni familia ni nada, porque se quedaron solos: él y su esposa, desde que se casaron contra todos los intentos familiares de negativa.

 

Así también evocó que jamás deseó embarazar a su novia y pasó. Nunca pensó que su hijo muriera a los 15 años sin dejar hermanos cuando salió de viaje de promoción. La sensación de opresión en el pecho le volvió de pronto, como cuando se pasó el día anterior al viaje de su vástago escuchando noticias de volcaduras. Sus oraciones para que su hijo regrese entero no lo calmaban, trató de imaginarlo sano y alegre y -¡qué diablos!-: borracho con sus compañeros. Pero vivo y alegre… No pasó. El funeral fue hermoso como él no lo deseó. La música sacra y las oraciones del sacerdote llenaron los corazones de todos, dándoles paz ante lo irremediable, hasta su esposa levantó ánimo y se enfrentó al mundo sin el hijo, cosa que él no logró. “­Toda mi puta fue así, desgracia tras desgracia todo por desear cosas buenas… ¡Mierda!…­”, agachó la cabeza y lloró.

 

Y era la primera vez que lo hacía así, como niño. No había llorado cuando los policías le comunicaron que estaban buscando los restos de su hijo porque se hallaban diseminados por todas partes en el lugar del accidente. No resbaló ni una lágrima por su mejilla cuando, con su esposa agarrada desesperadamente de sus manos, el cirujano les comunicó que tenía que operarla del tumor que la estaba matando. No lloró cuando, con la esperanza destrozada de conseguir el dinero para imaginarla sana y libre de esa cosa, todos sus familiares le negaron el dinero, aduciendo las excusas más inverosímiles y dejando en su corazón un odio terrible.  Allí mismo, frente a la última puerta cerrada en sus narices, imaginó no poder conseguir el monto para la operación y, por un leve instante, pensó en la muerte de su esposa. Esto fue como un conjuro porque caminando se encontró con José Iturraga, su compañero de primaria, dueño de una gran fortuna y familia feliz. El amigo de la infancia escuchó la triste parodia de la vida de Julio. Conmovido, le obligó a aceptar un cheque por el monto completo para la operación. Es más, al despedirse ni siquiera aceptó que se lo fuera a buscar para la devolución del dinero… Así era ¿no?, siempre que deseaba algo lo contrario pasaba, concluyó después de examinar ese hecho en su mente.

 

Transformación

 

Dejó de llorar. Ya sabía lo que tenía que hacer. Eliminó el miedo a pensarlo e hizo lo que tenía que hacer. Primero, imaginó la sala de operación, los doctores, las enfermeras. Reconstruyó en su mente los instrumentos en las mesitas rodantes y el cuerpo de su esposa en la camilla de operación. Percibió verla ya seccionada en la parte alta del pecho, imaginó la sangre goteando y la mano diestra del doctor buscando el maldito tumor ramificado hasta lo imposible. Allí tomó aire y escuchó claramente las palabras de susto, las voces urgiendo más gasas, ¡desfibrilador!, ¡no sé qué pasa doctor!, cierre esa vena que se nos va, ¡carga!, aléjense uno dos tres, carga rápido!!!!! y el sonido del tu tu tu hasta convertirse en un tuuuuuuuuu continuo y asfixiante.

 

Se vio recibiendo la noticia, derrumbándose con alaridos de dolor. Se distinguió solo en el cementerio, recordando lo infelices que fueron pero que, así y todo, se llegaron a amar sin desearlo. Porque Clara era todo para él: su casa, su comida, su carne, su compañía, su amiga, su consuelo… Allí se perdió. Se sintió despedido por faltarse al trabajo días por beber sus recuerdos con alcohol. Se convirtió en un guiñapo desolado y tirado en la vereda de una calle sin fecha antes de pronunciar dos nombres y morir cual perro sin hogar.

 

­Por Dios, que suceda, que pase­ musitó antes de que una negrura lo invadiera y quedara inconsciente en el sillón del hospital.

 

Una voz lo despertó. ¡Era el bendito cirujano!, y él sabía la noticia que le iba a dar y estaba tranquilo, el conjuro estaba hecho según él y, en un segundo, en un instante, se imaginó a su esposa sonriente en la cama de convalecencia… Horrorizado por este pensamiento empezó a gritar profundamente. Mientras el galeno sorprendido se disculpaba “­Lo siento, hicimos lo que pudimos pero no pudimos salvarla y…­”, pero Julio ya no escuchaba nada.

The Man Who Sold The World – Nirvana

Ilaco del cielo

Ilaco del cielo, Ilaco con rabia, Ilaco que muere, Ilaco que muerde y defiende lo que ama...

Ilaco del cielo, Ilaco con rabia, Ilaco que muere, Ilaco que muerde y defiende lo que ama...

La simpleza en la vida de un perro, es proporcional con el grado de dificultad de la existencia de su amo. Esta perruna vida se puede agravar con la degradación del dueño, dicho de otra forma: que el amo se vuelva drogadicto.

 

Y eso le pasó a Ilaco. Las circunstancias de la vida que llevó este perro se rigen por su amor fiel y la desidia progresiva de su amo Jorge. El cual, siendo traído a esta ciudad de impersonales voces junto a su hermano mayor, fue acomodado en un colegio nacional de marca callejera. Su hermano ingresó a una carrera de solvencia dudable en una Universidad triste de edificios viejos. Pero, después de tratar de convivir cada uno en su soledad, los dos, hermanos solamente en las cartas de sus padres, se alejaron anímicamente. Jorge, para cubrir esta carencia se consiguió un perrito, de raza indefinida pero muy cariñosito el cachorro. Describir el rostro de rasgos más que humanos del can será de índole celestial, más bien, cabe mencionar el cariño excesivo hacia su amo, que es de memorable recuerdo, sólo recuerdo…

 

CAMINO AL MAL

 

Realmente la vida fue bondadosa con Ilaco en esos primeros meses. Comía del mismo plato que su amo, bueno casi, pero que Jorge le daba el mismo alimento que él consumía era cierto. Ilaco: perro de la universal mutación causada por la soledad del hombre errante, antiguo cazador que requirió su compañía al lado del fuego. Ilaco del cielo. Ilaco del camino que conduce el amor fidedigno a tu dueño, hacia desfogues jugueteros y correrías de plazas y parques. Ilaco de fe sin limites hacia el mundo humano, nunca conoció (antes del vicio), el desprecio ni el dolor. Él vio con ternura el paso de su amo por los caminos del estudio, del adolescente ingenuo, del amor temprano, hasta del pequeño mundo creado en donde él era compañero del más audaz y ricamente dotado Jorge, que nunca, nunca sufría de amor en todas las aventuras maravillosas que vivían en ese lugar de la imaginación.

 

El hermano erudito terminaba su carrera a velocidad de necesidad monetaria. Lo logró al final de un día terrorífico, en el que la despedida sería inmediata, viajaba a Lima, a ser otro, a olvidarse de su origen, a olvidar padres y hermano contento de puro orgullo. Lo olvidó todo.

Así, Jorge, entendiendo la verdad de la lejanía, se ahuecó el alma y por ella dejó el mundo y se sumergió en uno de sentidos aumentados, se metió en drogas, de las que se fuman, de la especie de la Canabis Sativa, marihuana…

 

Él no se percataba de su cambió. El dinero todavía llegaba con moderación de sus padres, anclados en ese pueblo demasiado serrano para que lo visiten. Ese dinerito sacrificado, no le alcanzaría por tiempo indefinido, dado el aumento progresivo de las dosis consumidas. Pago pato entonces la comida de Ilaco en primer término, los estudios medio acabados, los artefactos duramente ahorrados y al final el alimento para el cuerpo del muchacho. Jorge tuvo entonces, para cubrir gastos, que conseguirse un trabajo mal pagado y de índole nocturno: trabajaba limpiando un burdel por las mañanas. Luego del trabajo, durante la noche, el humo del Ganges lo envolvía llevándolo a lugares donde él era el rey, amo y al final esclavo.

 

Ilaco corrió por el mundo limitado de su fidelidad, al no tener comida hogareña, aprendió el arte del reciclaje callejero. Andaba desde la mañana junto con su amo a su trabajo, luego desaparecía su cuerpo moteado y peliduro, por las venturosas torrenteras y demás basureros que de una parte a este tiempo proliferan en la ciudad antes blanquísima. Contento regresaba al golpe de la tarde y sin rencores alimenticios esperaba en la puerta del cuarto la llegada de su amo. Por más que la libertad gratuita le incitaba al alejamiento perpetuo, el fiel recuerdo de su juventud pasada con Jorge lo ataba fuertemente a ese esperpento.

Y es que era de lástima sincera el fondo alcanzado por Jorge, terrible en sus depresiones se olvidó de su vida y solamente existía ya para el trabajo agotador y para el viaje irreal de su verdad. Ilaco siempre lo recibía con lambidas de gozo y nunca lo molestaba mientras con los ojos rojizos y vidriosos, Jorge babeaba laxitud y pereza.

 

EL CONTAGIO

 

En una de sus andanzas mañaneras, Ilaco entro en la visión de otro perro pero, éste tenía la mirada de perdición mortal. Babeaba como si tuviera sed, pero el agua cristalina no calmaba la grandísima cólera que lo llenaba, y, al ver a Ilaco: ingenuo y flaco, lo atacó. Ilaco recibió la dentellada con estoicismo y sin casi respirar, lo esquivó al segundo ataque y… corrió ¡Qué le quedaba! La diferencia estaba clara. Al llegar a casa, Jorge por primera vez en meses, se preocupó de su perro y lo curó con amor, con sus ojos por una época no sanguinolentos. Después como todo buen pichanguero, volvió a las perdidas madrugadas. Lástima de perro, a Ilaco le quedó a esperar su destino.

 

Ya tenía el síntoma en su organismo. Lo manchaba bucalmente, delatándolo. Él notó los cambios con terror, ya no controlaba su cuerpo, la ira estaba en todas sus actitudes y lo desconcertaba. Mas, al llegar a casa, reprimía estas nuevas actitudes. La fidelidad actuaba como sedante para con Jorge. No lo atacaba como lo hizo con casi todos su compañeros de carroña, al contrario, se volvió cariñosísimo con él. Su poca lucidez le indicaba el final de sus días y los pensaba disfrutar con ese remedo de única familia.

 

EL COSTO DEL VICIO

 

Jorge, en su adicción, había contraído una deuda con su proveedor de droga. Un sujeto de mala calaña, de ojos de rata. Raro era que Jorge al verlo sintiera alegría, el rostro era detestable, ¡Indescriptible!, Y lo fue mucho más un día en que llegó a la casa de Jorge con toda su fetidez maleada. Irrumpiendo salvajemente en el cuarto apenas se abrió la puerta, exigió el pago completo de los pases acumulados por el joven. Este, al no tener nada ¡Nada! solo atinó a moverse rebuscando por la habitación poniendo nervioso al ave de carroña que, sin dejar de preguntar sobre su dinero, se paseaba rápidamente por un semicírculo en el suelo de tierra del cuarto. Llegando a desesperarse, el proveedor en un arranque de ira se abalanzó sobre Jorge con su herramienta de cobro (cuchillo), y se lo insertó en medio del pecho adicto y confuso de Jorge, desgarrando hacia abajo una vez ya iniciado el asunto en cuestión que era matarlo.

 

Ilaco llegaba alarmado por los tonos grandilocuentes de la discusión, llegó a la muerte terrena de su amo, familia mal venida, adoración fidedigna, su amor de carajos efímeros, de caricias a medio facturar; Nada mas necesitó para lanzarse en un ataque suicida contra el agresor de su dueño y clavándole los dientes en diferentes partes carnosas, dejó su rastro enfermizo en la sangre del asesino. Por la pena impuesta a esta narración diré que una patada certera se alojó en las costillas y pulmones ya de por si destrozados de Ilaco, supeditándolo a una muerte lenta.

Conclusión previsible, es que el vil se alejó y, como ya es costumbre en este barrio, nadie vio nada… ni yo tampoco, da vergüenza decir. El vil pensó con su ignorancia: “¿Y si tenía rabia el perro?, ummmhhh no creo muerto el perro, muerta la rabia”, y se olvidó de su acto. Ilaco descansó sus recuerdos en el pecho frío de su amo y expiró.

 

Yo los encontré así y reconstruí la historia con la escena que presencié. Ilaco fue hasta el fin fiel y tranquilo para con su amo, su venganza fue hecha y luego comprobada con los meses y reportes periodísticos, cuando al delincuente ese lo encerraron en la cárcel y murió de Rabia. Pero lo que siento, es no haber ayudado a Jorge y a Ilaco. Lo siento en mi alma cobarde y le dedico estas líneas a su fidelidad eterna.