Cuento: La verdadera historia del Conejo de Pascua

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—Papi tú me contaste la historia del Conejo de Pascua, pero no recuerdo cómo era.

—Sí Mathias, te acuerdas que te conté que un conejito se quedó dentro del sepulcro de Jesús y cuando él resucitó y los ángeles movieron la roca de la entrada, salió corriendo a contarles a todos el milagro.

—Ummmmh, pero papi… ¿cómo llegó allí el conejito?

—Pues… en un bosque cercano al Río Jordán, vivía una colonia de conejos. Allí vivía Tobías con su papá, mamá y cuarenta y siete hermanitos y hermanitas. Pero el joven conejo era muy osado y valiente, siempre tras aventuras. Así que un día que estaba correteando en busca de emociones, llegó un conejo viajero trayendo muchas noticias. Cuando llegó la hora de la cena, los papás de Tobías contaron las novedades a toda la familia.

Muchas eran de los humanos y sus malas acciones contra los animales y plantas, de guerras y enfrentamientos. El conejito de nuestra historia, cansado de tantas malas noticias preguntó: “¿Es que no hay algún humano que sea bueno?”. Su papá le respondió: “Si los hay, claro, inclusive hay uno que se llama Jesús que nos contaron va por los pueblos haciendo sólo el bien”. Tobías movía su cabeza de lado a lado. “Si no lo veo no lo creeré”. Le explicaron que Jesús estaba rumbo a Jerusalén y que era muy peligroso el viaje y de repente no llegaba a encontrarlo, pero Tobías estaba resuelto, así que buscó al conejo viajero para que le cuente más de ese hombre bueno.

Al otro día, lleno de las historias que escuchó, Tobías salió de su casa rumbo a la gran ciudad amurallada. Pero, no se había enterado que una banda de lobos del sur había subido mucho y aterrorizaban los campos vecinos. Cuando menos lo esperaba cayeron sobre él por sorpresa, pero no contaban con la agilidad del ágil conejito que esquivó a unos, pasó por entre las piernas de otros y confundiéndose con las hojas caídas del bosque los despistó. Siguió su camino con cuidado hasta que escuchó un lamento detrás de un montículo de tierra, al acercarse descubrió a un lobo joven, atrapado en una trampa de granjeros. Su pata derecha estaba lastimada y seguro moriría allí si nadie lo ayudaba. Tobías pensó en dejarle, pues estaba retrasado para llegar a su destino, pero luego se preguntó: ¿Qué haría Jesús en mi lugar?, así que sin dudarlo se acercó de a pocos y le explicó al asustado animal que iba a ayudarlo pero que no se lo comiera después. El joven lobo no solo le agradeció por haberlo librado, sino que le enseñó el mejor camino para salir del bosque sin toparse con los otros lobos.

Una vez que llegó a salvo a la orilla de gran Río Jordán, el conejito trataba de ver la mejor manera de cruzarlo. Encontró un madero que bien podría servirle de balsa. En eso estaba cuando una pareja de puercoespines que discutían llegaron donde él. “Antes que hable mi esposo que es muy parlanchín, quiero que nos ayudes amigo conejo, veo que irás hacia el otro lado del río y allí está nuestro pequeño hijo, por un error se quedó allí y necesitamos cruzar aunque sea uno de nosotros por lo menos para cuidarlo”, dijo la señora puercoespín, mientras su esposo asentía con la cabeza y los ojitos preocupados. Tobías sabía que las pequeñas patas de los peliagudos animales no les servirían para poder cruzar ni nadar en las aguas, a diferencia de sus patas traseras muy largas que le servirían de remo. Había en su balsa espacio para uno, así que decidió llevar a la mamá puercoespín. La despedida de ambos esposos fue muy triste, porque sabían que se iban a separar para siempre de repente. Cuando estaba por llegar a la orilla con la llorosa madre, Tobías reflexionó sobre lo que haría el mesías en su lugar. A pesar del cansancio y de que se demoraría aún más, resolvió volver por el papá puercoespín, para que la familia estuviera junta.

Apurado, Tobías tomó el camino que subía a la gran ciudad. Cuando estaba a la mitad se sentó a comer las ricas zanahorias que su madre le dio para el camino. En eso vio  una mamá ratona con sus cinco hijitos a un costado del camino, se les notaba hambrientos por lo flaquitos que estaban. Se acercó para saber su historia y le contaron que el papá ratón había fallecido al ir a tratar de conseguir comida y que ella no podía separarse de sus pequeños porque aún eran bebés. Conmovido, Tobías supo que haría un buen hombre en su lugar, daría la mitad de su comida, pero sintió que debía dar más, con todo lo que tenía esa mamá podría alimentar por varios días a sus pequeñuelos hasta sentirse fuerte y buscar comida. Así les dejó todo su paquete y siguió su rumbo.

Por el camino las personas hablaban de Jesús y que lo habían apresado el día anterior en un jardín a  las afueras de la ciudad y que por esas horas deberían haberlo juzgado. “¿Por qué han hecho eso con Jesús? Se preguntaba Tobías, quería llegar lo más rápido posible para ayudarlo. Las personas hablaban a sus costados sobre las buenas acciones que había hecho y lo injusto de su castigo. Casi sin aliento llegó a la ciudad para enterarse que en el Monte Gólgota crucificarían a Jesús. “¡Tengo que llegar!, tengo que ayudarlo”, se decía el valiente conejito.

No pudo llegar a tiempo. Cuando alcanzó la Cruz donde estaba el mesías, este había expirado. La tristeza embargó a Tobías, quien resignado se retiró del lugar. La tormenta que se desató hizo que buscara refugio en una casa cercana. Allí había unos hombres y mujeres reunidos que hablaban del crucificado, decían entre otras cosas que les había prometido que resucitaría al tercer día de muerto, pero que dudaban de eso. Tobías no dudaba, así que regresó al monte calvario para esperar los acontecimientos. Un hombre que estimaba mucho a Jesús, solicitó el cuerpo para enterrarlo en una cripta de su campo. El conejito estuvo cerca en todo momento, hasta cuando llevaron el cuerpo embalsamado a la cueva. En un descuido de los que llevaban al difunto, se escabulló al interior de la cueva. La gran piedra ocultó la luz y todo quedó en silencio y obscuridad al interior.

Tobías, respetuoso, no hizo ruidos en esa noche, tampoco al otro día. Durante todo el sábado tampoco habló, solo sus pensamientos lo acompañaban. Recordaba las historias que escuchó de Jesús, cómo había alimentado a miles con pocos panes y peces, que había detenido la tormenta, que había visitado a personas malas y les había perdonado los pecados, que había sanado enfermos, liberado a poseídos por espíritus malos, sus palabras en la montaña, el amor por los niños y que hasta cuando lo estaban crucificando no sintió odio por nadie. Avanzado el día y ya muy entrada la noche, Tobías sintió que la tierra se movía… ¡De pronto! La gran piedra se movió y una gran luz bañó la cueva cegándolo, al abrir los ojos vio a Jesús de pie, sonriéndole, se acercó contento para recibir una caricia en la cabeza, sin perder tiempo se despidió y corrió a anunciar el gran milagro a toda la naturaleza: el hombre bueno ¡había vencido a la muerte!

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Epílogo

—¡Qué gran historia papi!

—Así es Mathías, la historia de Jesús es la más grande de todas.

—Pero… porqué entonces hay los huevos de Pascua.

—Es que al regresar a su casa, luego de visitar a los amigos que hizo en el camino, la mamá de Tobías le preparó higos rellenos con miel, pero como estaba cansado se durmió sin comerlos, al otro día estaba duros y con forma de huevo de color oscuro, así que se le ocurrió compartirlos con sus cuarenta y siete hermanos y hermanas, pero para hacerlo divertido los escondió por toda la casa para que los encuentren y los disfruten todos juntos.

—¡Qué bueno es Tobías!

—Así debemos ser nosotros también Mathías.

—¡Claro que sí!

Fin

Autores: Sarko Medina Hinojosa y Mathías Eduardo Medina Chávez

Cuento de Navidad: El padre del Salvador

La casa no había cambiado en los últimos años, seguía con las mismas marcas del esfuerzo de sus habitantes por hacerla un hogar. El anciano estaba tosiendo desde hace un buen rato. Cuando se tranquilizó algo miró a esposa y luego a su hijo.

—¿Has terminado los estantes para Tobías, sabes que viene a recogerlos mañana.

—Sí Padre, no te preocupes los terminé esta mañana.

—Bien, bien, siempre has sido un buen muchacho Jesús, solo esa vez que te perdiste en Jerusalén y que nos hiciste preocupar tanto.

—¡Ay José, siempre te acuerdas de eso!—, dijo la hasta entonces la callada mujer.

—No es que reclame, solo me acuerdo María, solo eso.

—Padre, ¿De algo más te acuerdas?—, preguntó el alto joven.

—Nada creo, solo de una promesa hecha para ti, pero eso ya lo sabes, yo no puedo enseñarte a soportar lo que vendrá, pero sé que será algo muy fuerte pero lo harás.

—¿Más fuerte que correr el riesgo que los demás te apedreen por no cumplir tus votos de novio, viajar hasta desgastarte los pies hasta Belén y casi con las mismas escapar a Egipto a una tierra que no conoces, volver a tu casa y ser marginado por un pecado que nunca cometiste y que cargas como tuyo?, más que eso Padre no creo que se pueda pasar.

—Hablas porque eres joven, pero sí, pasamos eso con tu Madre y lo volvería a pasar hijo porque lo que tú harás no es ni la mínima parte de eso, no sé cómo explicarte, siempre fui un carpintero y no tengo conocimientos de los planes de Él, pero sé que todo tendrá una razón. Ahora tápame porque tengo frío.

Plácidamente el anciano se durmió para siempre. Mientras la Madre lloraba en silencio abrazada por el hijo, este sostenía la mano derecha del Padre fallecido. El joven intentaba grabarse en la mente la cantidad de arrugas, callos, cortaduras y heridas que tenía esa mano, sentía que le ayudaría en algún momento en que tuviera que pasar por algún sufrimiento y recordar ese silencioso sacrificio de su Padre terreno a lo largo de sus años juntos, podrían darle una extra de fuerza para afrontar lo que sabía vendría más adelante, cumplir esa promesa que le hiciera un ángel a José, el carpintero de Nazareth: una promesa de salvación.

JOSÉ-Y-JESUS-CARPINTEROS