Correr con mi hijo en brazos

correr con mi hijo en brazos

Sigo esperando la muerte como quién espera a una vieja amiga con la cual vamos a saldar cuentas.

Esa mañana, no era diferente a ninguna otra. Quisiera recordar algo que me indicara qué iba a pasar, no sé, como que si se hubiera caído la rama de algún árbol en el barrio o percatarme del canto de un pájaro de mal agüero. Nada en mi memoria, solo que le grité a Juancito por no cambiarse rápido para salir a comprar las cosas que faltaban para la tienda de piñatería que teníamos en el barrio. Le grité, eso sí lo recuerdo como si ahorita mismo estuviera de nuevo zarandeándolo para que vaya a su cuarto por la chompa que se había olvidado. Le grité. Qué curioso lo que podemos recordar y lo que olvidamos ¿No?.

Porque no recuerdo qué desayunamos ese día, de haberlo hecho, de repente me explicaba por qué después de comprar las cartulinas para las cajas de sorpresa en la imprenta en la avenida Zorritos, me dieron ganas de comer algo. Le pregunté a Juancito si tenía hambre y me dijo que “No”. Seguro estaba algo enojado por cómo lo había tratado. Pero yo tenía hambre o, seguro también, quería comprarle algo para olvidar lo de la mañana. Quisiera recordar ese desayuno, qué nos dijimos o si algo había allí que me dijera o alertara por lo que venía.

Seguimos por la avenida rumbo a la estación de Quilca del Metropolitano para regresar a casa y allí, en un pequeño puesto de comidas, me detuve y le pedí una empanada de queso, porque le gustaban mucho. Su mamá, cuando vivía con nosotros, preparaba esas empanadas los fines de semana para vender a la salida de la parroquia, con gaseosas y sánguches de pollo. Juancito se animó algo con la comida, de repente la recordaba.

Allí fue.

Nunca supe nada de ellos, de esos bastardos. Lo único que quería era tomar y tomar. Hasta que el Pepelucho, que estudiaba para abogado, me dijo que, como yo no había hecho mucho para pedir justicia, los dos miserables iban a salir en menos de seis meses, con libertad condicional. La noticia me cayó como balde de agua fría que me hizo despertar. Lo primero que le pedí es que me viera, por favor, como andaba el caso y que me averiguara los nombres y todo lo que pudiera de ellos. No sabía que iba a hacer realmente. Yo nunca fui un hombre valiente, no me explicó cómo al final del día, después de vender el televisor que me quedaba y otras vainas más, tenía en manos un revolver calibre treinta y ocho.

El peso de un niño

Un niño no pesa mucho, si tiene 11 como mi Juancito pues son 35 kilos, menos que una caja de leche, o de una caja de papel bond, menos que una bolsa de cemento creo. Pero su peso no se siente mucho si lo llevas cargando en caballito, haciéndole bromas, pero, cargar su cuerpo herido, significó para mí como cargar una tonelada, sentía ese peso que me carcomía los brazos, pero también sentía cómo mis piernas se movían con una fuerza inusitada, haciéndome correr sin descanso.

El Hospital Arzobispo Loayza estaba muy cerca y lo llevé allí. Hay cosas que no se te olvidan nunca ya dije. Una de ellas es cómo me miró el médico de turno diciéndome que la herida de mi hijo, no lo podían atender allí. Era una mezcla de rostro de pena y otra de susto. Cuando le pedí que me proporcionara una ambulancia para llevármelo, su rostro cambió a enojo. Tuve que llevármelo porque amenazó con hacerme botar.

Recuerdo esos momentos y tampoco puedo olvidar que no hice las cosas como debía. Me asusté, claro. Nadie en su sano juicio al sentir el disparo y ver a su hijo que cae fulminado como por un rayo, se quedaría analizando las cosas. En ese momento sólo pensé en llevarlo al Hospital y estaba cerca de uno, así que lo tomé en brazos y partí con él. Cuantas noches pasé reflexionando sobre mis acciones y llegaba a la misma conclusión: si hubiera esperado a la ambulancia de repente la historia sería distinta y no tendría que estar aquí, parado, en esta esquina, esperando a que salgan de la carceleta los malditos esos.

A las 11:00 am me dijo Pepelucho que salían en libertad. Justo la edad de mi hijo.

A pocas cuadras, el guachimán de la puerta del hospital Loayza, me dijo se encontraba el Hospital Santa Rosa. Traté de tomar un taxi pero ni uno paró. Recordé en un instante cuando mi hermano Lucas le dio por tomarse Raticida Campeón cuando era chibolo y mi Mamá lo intentó llevar en un taxi a la posta, ninguno lo hizo hasta que paró uno caritativo. El chofer le explicó que cuando es cuestión de heridos, es mejor no comprometerse porque la Policía luego los agarran como implicados y hasta les sacan plata para soltarlos, así que el favor suele salir caro.

Sin esperar más salí disparado hacia el Hospital Bartolomé que quedaba en la misma avenida Alfonso Ugarte, más cerca que el otro, solo para desperdiciar más minutos esenciales, porque es un hospital escuela y de maternidad. Tampoco me atendieron.

La carrera continúa

En un sitio leí después que un niño de once años tiene un promedio de tres litros de sangre. La respiración de Juancito me indicaba que estaba vivo, pero sentía la humedad de su sangre bañándome. Había logrado amarrarle con mi camisa el pecho y la espalda, no sabía si era suficiente. Supongo que ver correr a un descamisado ensangrentado con un niño en brazos asusta a cualquiera. Durante los minutos que fui de hospital a hospital solo los guachimanes se atrevieron a decirme algo, los demás eran extraños, ajenos.

Si en ese momento hubiera pedido ayuda a gritos, de repente se hubieran acercado a ayudarme algunos y de repente hubiera llagado una ambulancia. Desde ese día vivo de “hubieras” que me destrozan la mente pensando en cada cosa que debí hacer desde mi nacimiento para que ese día de mierda nunca llegara, para que no tuviéramos que estar en ese puesto de comidas tratando yo de disculparme por mis frustraciones y mi Juancito no tener que haberse colocado justo en la trayectoria de la bala que disparó ese hijueputa.

Trato de no pensar, pero igual siento que esos malditos, el que disparó y el que esquivó la bala, también tienen su “hubiera”. Lo que más me daña es pensar que debí permitir que mi ex esposa se llevara a Juancito a Italia cuando nos dejó. Ese egoísmo mío de no dejarlo partir, diciendo que iba a darle una mejor vida que ella junto a su amante allá en Europa… pues… al final… siento que yo mismo jalé ese gatillo. No importa cuántas personas me dicen lo contrario, es lo que siento y nada lo cambiara.

Hoy en la mañana me corté el dedo, engrasando la pistola como me dijeron. No sé en qué momento fue. Estaba distraído. Según me contó Pepelucho, los dos malditos si bien fueron arrestados y aún con mi estupidez, fueron acusados de asesinato no premeditado y todo, en la carceleta lograron hacerse amigos y perdonarse entre ellos sus deudas, por las que ese día intentaron matarse. Por eso armaron una buena excusa y saldrán libres para que se les siga el juicio desde su casa. Con el tiempo no se les acusará de nada y seguirán con sus vidas.

Los recuerdos

Corrí con mi hijo en brazos por toda la avenida Nicolás de Piérola hasta llagar a la avenida Miguel Grau en dirección al Hospital Dos de Mayo, único lugar en el que me dijeron podían ayudarlo por la complicación de su herida. Corrí como nunca en mi vida recordando sus navidades, sus primeros años, cuando me dijo “Papá”, cuando lloró cuando le dijimos que con su Mamá ya no íbamos más. Creo que fue allí cuando empecé a gritar. Dicen que creían que estaba robándome al niño y por eso llamaron a la Policía. Pero ellos recién llegarían cuando estuve ya en Emergencias del Dos de Mayo. Grité, si, como si quisiera que los pulmones me reventaran, que mi garganta se destrozara ¿Cómo no hacerlo?

Veo movimiento en la carceleta. No hay periodistas. Ellos ya gastaron la noticia los primeros días y, ante mi negativa estúpida de no hacer barullo, se cansaron de la nota, no había ángulo supongo sin mis lágrimas en cámaras. Ahora solo veo familiares de los malditos, sus compinches pues son delincuentes de larga data. Ellos están festejando y se los llevarán a los dos para que tomen y celebren su libertad. Quién como ellos que pueden darse ese lujo se sentirse libres y no atados a un sentimiento de culpa que te rompe el alma.

El inmenso vacío cuando tú no estás

Mis movimientos son automáticos, me acerco despacio a la multitud, con barba de algunos días y lentes oscuros no se me reconoce. Allí están ellos, bajan sonrientes y enfundados en sus chalecos antibalas, porque serán escoltados hasta su casa por Policías prestos a ayudarlos. Pero la gente se acerca más a ellos para abrazarlos, acariciarlos, son sus madres, sus hermanos, sus hijos. Quisiera pensar que lo que haré me calmará el dolor, pero no es así, creo que me llevaré este sufrimiento más allá de la tumba, pero, por lo menos, sé que estos malditos no dormirán tranquilos.

En estos momentos me acuerdo que casi a seis cuadras del Dos de Mayo, un chofer se detuvo y me dijo gritando que me llevaría, que sabía que mi hijo estaba herido. Sin dejar de correr le dije que no, que no era necesario. Cuando me alcanzó volvió a tratar de pararme para llevarnos, pero le contesté que no era necesario. En serio, no lo era, hacía más de ocho cuadras que mi hijo había dejado de respirar y sabía que estaba más allá del dolor, solo que yo no podía dejar de correr.

Al acercarme donde esos malditos saco el arma, ellos me ven, me reconocen y ya se mueven para evitar los disparos, los policías también. Pero las balas no son para ellos, solo es una y es para mí. Quiero que mi sangre los salpique, los marque, porque la de mi Juancito, la de mi hijito, quedó regada en esas largas cuadras en las que lo cargué corriendo por última vez…

Un Ladrillazo

Un ladrillo puede cambiar tu vida... depende como lo recibas
Un ladrillo puede cambiar tu vida… depende como lo recibas

(Adaptación de un e-mail-cadena)

En el rumor de la noche, en el espacio entre el sueño y la vigilia, la mano del conductor está firme. Ha luchado muchos años por ahorrar dinero para comprar este auto, es un maravilloso Audi, color perla metálico, brillante. La noche que inicia, una vez más, es un espacio abierto para que la imaginación se explaye, mas Rubén sabe que tiene que manejar con cuidado, las calles son peligrosas y él no quiere que le dañen el carro de sus sueños cumplidos.

 

Pamito conduce en otra parte de la ciudad otro tipo de vehículo. La silla de ruedas de su hermano es muy grande para él, lo sabe, pero no le incomoda mucho, a sus diez años ha aprendido a realizar la tarea de niñero de Jonchito: su hermano mayor que sufre de retardo mental grave. Los médicos hablan de autismo profundo. ¿Qué es eso y con qué se come?, se pregunta el niño. No importa, lo que ahora le preocupa es que llegarán tarde a su casita, luego de vender caramelos en la esquina de esa avenida de todos los días.

 

El Audi está también retrasado. Su conductor, ese joven de suaves manos que maneja diestramente, lo ha adquirido a precio de villano. El sistema que contiene el vehículo es espectacular: air bags, detección electrónica de fallas, freno de emergencia anti impacto, cambios mecánicos suaves… un lujo. Las llantas se deslizan suavemente pese a que las calles andan con huecos y baches. Las curvas son tomadas con pericia, hombre y máquina se entienden, como si el destino de Rubén fuera desde siempre poseer ese carro, tenerlo y disfrutarlo. Es su primer día juntos y las aventuras que recorrerán se vislumbran como épicas.

 

Rubén es un joven y exitoso ejecutivo que llegó donde está a puro punche. De niño le decían “cholo”, eso marca el alma, en especial en un país donde todos tienen sangre andina. Con el tiempo aprendió que la “choleada” no era de gratis, se debía principalmente a ese sentimiento de inferioridad de los demás, que quieren resaltar entre todos aunque sea por el color de la piel. Fue una lección milagrosa que le motivó a destacar por el estudio, sin importar las veces que lo trataran de bajar con insultos, apelativos o rechazos amorosos.

 

Lastimosamente, en el camino se olvidó de varias cosas, entre ellas su familia. Cuando llegó a una ciudad mediana a estudiar en la universidad, su hermano menor fue un estorbo siempre permanente, porque no estudiaba y prefería jugar en vez de escucharlo en sus teorías de crecimiento económico y más vainas. Eran lecciones que a un chico de 14 años no interesaban demasiado. Por eso, cuando se graduó, le prometió tratar de llevarlo a esa ciudad de edificios grandes, con el tiempo la promesa se diluyó en el intrincado horario que tenía en la gran empresa donde trabajaba. A veces, como un paliativo para su conciencia, imaginaba que en temporada de vacaciones volvería a esa ciudad a ver qué fue de su hermano. “Los años pasan Rubén”, le decía su conciencia constantemente, pero los horarios, las amigas, los amigotes o el trabajo la acallaban…

 

Para Pamito, su hermano Jonchito era casi todo. Su madre paraba enferma y necesitaba de los soles que conseguían ambos en las calles para que sobrevivan diariamente. Eran soles arrancados a la vida de una manera brutal, vendiendo caramelos, limpiando carros, vendiendo videos piratas o agua mineral en los meses de calor. La competencia con otros chiquillos era feroz. Un día hasta le ofrecieron alquilarle a su hermano, porque al parecer “daba más lástima” tener un hermano inválido. Ese día se trompeó hasta que lo separaron de ese chico mayor. No había insultado realmente a su hermano, pero sintió que lo estaban tratando como sólo un objeto, cuando para él era SU HERMANO, porque en su escaso vocabulario no encontraba las palabras para describir mejor sus sentimientos. 

 

Rubén no sabe por qué toma esa calle. De repente, el instinto de tantos años manejando le indica que debe cortar camino y se interna en esa avenida descongestionada y de alta velocidad. Pamito también toma el camino largo por esa avenida, tratando hacerse más fácil el camino empujando la silla de ruedas hacia su casa, cuando en eso sucede lo inevitable. Rubén de repente siente un estruendoso golpe en la puerta derecha de su vehículo. Con pericia, controla su máquina y se detiene a un costado de la avenida. Al bajarse ve que un ladrillo le ha estropeado la pintura, carrocería y vidrio de la puerta de su lujoso auto.

 

Se sube lleno de enojo. Da un brusco giro de 180 grados; y regresa a toda velocidad al lugar de donde pudo salir el ladrillo que acababa de desgraciar lo hermoso que lucía su exótica adquisición. Cuando llega a esa parte, se baja de un brinco del carro y agarra por los brazos a Pamito, empujándolo hacia el auto estacionado le grita a toda voz: “¿Qué mierda hiciste, ahh?, ¿Quién eres tú?, ¿Qué crees que haces con mi auto?”. Y enfurecido continúa gritándole al chiquillo: “¡Es un auto nuevo, y ese ladrillo que lanzaste va a costarte muy caro!”.

 

Por favor, señor, por favor, lo siento mucho, no sabía qué hacer”, suplica el chiquillo. “Le lancé el ladrillo porque nadie se detenía, nadie quería parar”... Las lágrimas bajaban por sus mejillas hasta el suelo, mientras señalaba en la vereda a un costado del auto estacionado. “Es mi hermano”, le dijo, “se cayó de la silla de ruedas y se ha golpeado muy fuerte… y yo no puedo levantarlo…”

 

Rubén está impactado, suelta lentamente al niño. Pamito le pregunta anhelante: “¿Puede usted, por favor, ayudarme a sentarlo en su silla?, está golpeado y pesa mucho para mí”. Visiblemente impactado por las palabras del chiquillo, Rubén traga la gruesa bola que se le forma en su garganta. Emocionado por lo que acababa de pasarle, levanta a Jonchito del suelo y lo sienta nuevamente en su silla y saca su pañuelo de seda importada para limpiar un poco las cortaduras y las heridas del hermano de aquel niño.

 

Luego de constatar que se encuentran bien, miró al chiquillo. Pamito le da las gracias con una sonrisa que no tiene posibilidad de describir nadie… “DIOS lo bendiga, señor y muchas gracias”, le dice. “¿Queda muy lejos tu casa?”, pregunta Rubén. Y después sube a los dos a su lujoso Audi. Cuando los deja a pocos metros de la humilde vivienda, Rubén ve cómo se aleja el chiquillo empujando trabajosamente la pesada silla de ruedas de su hermano, hasta que entran por esa puerta, a su hogar.

 

Ya de camino hacia su propia casa, recuerda el departamento lujoso, pero vacío. Sus almuerzos con mujeres bellas, pero que lo mismo lo dejan solo una vez que lo terminan de amar. Cuando llega a su casa llama por teléfono a esa ciudad de la cual no recuerda mucho y conversa largamente con una voz madura y decidida que perdona, sin decirlo, la ausencia de años…