Retroceder… ¡Imposible!

 

childrenLa cosa va bien, has caminado sin encontrarte con nadie desde tu casa hasta la tienda y estás de regreso. Es un pueblo nuevo, no conoces a nadie. Los primeros días evadiste con maestría a varios posibles contrincantes y adversarios, chicos de tu edad que podrían atacarte solo por el hecho de ser tú de la sierra y ellos de la selva. Pero no ha sucedido… aún. El último tramo es una calle larga con el camino afirmado de tierra rojiza, propia de esa zona, con los árboles creciendo a los costados sin orden. Por un instante te pierdes en esa contemplación del paisaje sin mayores preocupaciones, cuando en eso lo ves: es un chico de casi tu altura que viene en dirección contraria. Pensamientos se suceden unos tras otro para descubrir la mejor manera de evadir lo inevitable. No hay calles laterales por donde doblar. Tu casa está aún lejos. No hay tiendas donde simular una compra. Ya se acerca y está justo de tu lado, viene directo, no hay escapatoria, si intentas cruzar al otro lado de la calle mostrarás cobardía y si no te pega ahora se lo dirá a sus amigos y ellos sabrán que tuviste miedo. No debes reducir tu paso, hacerlo igual demostraría temor. Debes aparentar normalidad. Mirarlo a los ojos tampoco ayuda porque estarías buscando bronca. Ya se acerca, tensa los brazos por si acaso, ya viene, unos paso más, mira para adelante, afirma el hombro ¡Eso es! El golpe es seco, ninguno se movió mucho. Los hombros se tocaron con rudeza pero nada más, sigue adelante, ni se te ocurra voltear, puedes respirar tranquilo, demostraste tu valía, no contará nada a sus amigo pero te tendrá respeto, sobreviviste un día más, infla el pecho, camina con aire de valiente, te lo mereces.

 

Mi Madre Coraje

hilaria y lilianaDedicado a mi abuelita Hilaria y a mi mamá Liliana

Mi madre me tuvo a los 42 años. Fui su última hija. También la que se quedó hasta el último con ella, la que le cerró los ojos luego que perdiéramos la batalla contra el cáncer. Al final ella ganó, se fue y me dejó, no esperó. Como siempre su carácter se impuso, ese rasgo por el cual muchos la recuerdan.

Pero ese carácter se le formó antes que naciera yo.

A la ciudad llegó muy jovencita, una chiquilla, a trabajar en casa de unos señores del pueblo con gran apellido. El señorito de la mansión se encaprichó con ella y finalmente se casó. Tuvieron dos hijos, mis hermanos mayores, los cuales recibieron seguro mucho del cariño que supongo tuvo en esos primeros años como madre joven.

Pero esa alegría se le acababa a punta de maltratos y carencias. Allí, en medio de la falsa ilusión del “qué dirán” que impedía pedir a los demás alguna ayuda, aprendió a ahorrar las pesetas de la limosna que le daba ese marido señorial y abusivo. Guardaba esas monedas en una tetera que nunca se usaba por lo cara. Cuando las relaciones se resquebrajaron hasta llegar el golpe fatídico, había logrado ahorrar lo suficiente para regresarse al pueblo que la vio nacer, allá en ese valle interandino.

Cachana es un pueblo agrícola como cualquier otro. Allí se estableció con sus dos hijos y la mirada maledicente de los vecinos que no perdonaban que una madre soltera crezca y aún peor: sea una comerciante de tienda de abarrotes.

Mi madre solo estudió hasta tercero de primaria, lo suficiente para leer y escribir. Tenía una letra preciosista, que modelaba con delicadeza de quién no quiere equivocarse. Leía también lento, comprendiendo las palabras. Uno de sus libros favoritos era una edición sencilla de “Las mil y una noche”, cuyas historias le repitió a mi hijo y lo sucumbió a la fantasía de otros lugares, extraños y más felices. Pero eso da para otra historia.

Supongo que esas lecturas que acometía en las horas muertas del negocio, le formaron esa frase contundente suya, la que esgrimía mordiendo los dientes y apretando el orgullo cuando alguno la rebajaba por su humilde condición. “Algún día saldremos adelante”, nos decía. Una fuerza inconcebible la animaba a realizar distintas tareas para lograr ese objetivo. Si lo piensas bien, es algo irreal, ilógico, no existe ese “adelante” que puedas tocar, porque siempre estará allí, es decir a pocos paso de ti si te esfuerzas, pero irremediablemente sin poder tocarlo.

Ya para cuando envió a los dos primeros hijos a los colegios superiores en Arequipa y Lima, el pueblo le estaba quedando chico. Ella estaba acostumbrada al trabajo y allí se aburría. Como en todo pueblo agrícola, la vida transcurre en gran parte de la mañana entre levantarse temprano para las labores del campo, almorzar al lado de alguna acequia refrescante y volver por la tarde a las casas o del pueblo grande, para aquellos que bajaban a trabajar entres sus pocos negocios y oficinas.

Entonces acomete una nueva empresa: tendría su tienda en Cotahuasi, el pueblo más grande. Aún con la desconfianza propia del machismo, encontró un local en plena plaza, perteneciente a los Pérez. Allí, a punta de viajes de ocho días hasta la capital del departamento, en tren de mulas de arrieros, conseguía abastecerse de productos, en competencia a los grandes almacenes del pueblo. Su potencia ahorradora hacía que pudiera rebajar unas pesetas los precios de los productos. Eso le ganaba enemistades entre los pudientes y cercanía con los que menos tenía. No era una Robin Hood, cobraba con exactitud milimétrica a los deudores cada mes, pero cualquiera sabía que la Señora Hilaria podía fiarles, aun dejando alguna pieza de valor que era devuelta con prontitud una vez cancelada la deuda.

El viajar cada tres meses en un viaje que duraba casi veinte días no era unas vacaciones. Creo que eso también le agrió en algo el genio a mi madre. Para el año en que nací: 1962, las cosas había mejorado, ya había camioncitos que llegaban al pueblo trayendo mercadería y nos habíamos pasado a una tienda de los Aranzamendi.

Sobre cómo mi padre logró conquistar a mi madre no sé mucho, por allí una vez le contó a mi esposo que la venía a visitar desde Tomepampa montado en su caballo y que subido en el animal se veía imponente. La relación ciertamente entre ellos tampoco duró, en especial porque mi papá sufría de un problema mental que se intensificó con los años y lo llevó a la bancarrota. Mi madre fue siempre cuidadosa en ese sentido y nunca puso nada a nombre de él, trato que al final significaron que el patrimonio que ella consiguió fuera solo de nosotros, sus hijos. Y es que mi padre tenía una mala costumbre de arrieros: un vástago en cada pueblo.

Ella lloraba algunas noches su mala suerte, pero al día siguiente nos levantaba para que fuéramos al colegio con la frente en alto, sin avergonzarnos de nada ni de nadie de nuestra familia. Yo en verdad no sentía rechazo de algún vecino, pero a medida que pasaban los años, descubría las miradas de conmiseración para con mi madre y para nosotros, como si tuviéramos algo malo por lo cual sentirnos pena.

Pero ella no se amilanaba, rumiaba su cólera en silencio y esperaba pacientemente la oportunidad de “salir adelante”. Esta llegó cuando un amigo cercano le dijo que los Morriberón querían irse a vivir definitivamente a Lima y venderían sus propiedades, en especial una casa de dos pisos, pequeña, que estaba en plena plaza, con una tienda en el primer piso. Sin pensarlo dos veces nos dejó encargados con la esposa de uno de sus hermanos y viajó a las carreras a Arequipa, llevando bizcochuelos, caña, alfajores, chancaca, manjar entre otras delicadezas. Las negociaciones fueron intensas, al final los papeles y una deuda de 50 mil soles, hicieron que se volviera en una propietaria.

La felicidad es un minúsculo lunar en una vida intensa de trabajo. Ella regresó alegre, feliz, con la frente orgullosa, con los brazos abiertos para mí y mi hermano, para almorzar juntos con una sola mesa y tres sillas en la nueva tienda. ¿Ella vislumbraría lo que vendría?, ¿Ese luchar incansable, esa vida trajinada por amplias derrotas y éxitos efímeros cuando ya la vida no le daba para seguir luchando más? ¿Lo sabría?… sí, creo que sabía que no era fácil, pero en ese momento, los tres en esa mesa, sabíamos que el “Saldremos adelante” se cumplía, era real, poderosamente cercano, lo suficiente para que nos sintamos orgullosos de ser familia, de ser su hijos, los hijos de la Señora Hilaria, la de la tienda de la Plaza, la que sacó adelante a una familia pese a todo y a todos, la que nunca se rindió, mi Madre Coraje.

La Doña de los ovarios bien puestos

ImagenEsa anciana arremetió contra el Presidente de la República a cachetada limpia sin que pudieran hacer mucho los agentes de seguridad. Fue casi de inmediato declarada heroína, en especial cuando los medios captaron la frase que la volvería famosa mientras se la llevaban los de Inteligencia de Estado: “Quieres que me muera sin darme mis pastillas, pero no te voy a dejar ridículo hombrecito, he enterrado a más presidentes con más huevos que tú ¡Y sigo viva!, recuérdalo”.

Podía decir lo que quisiera después, eso no se lo concedía la edad, pero sí que lograra indirectamente que se suspendiera la huelga médica y se invirtiera 1000 millones en el presupuesto anual para la seguridad social en equipos y mejoras para los pacientes a nivel nacional.  

Fueron meses de locura. Por ejemplo, a la mitad de la entrevista con el famoso periodista de la CNN, no pudo dejar de decir. “Si hubiera sabido que una cachetada podía cambiar algo, te aseguro que se la zampaba a José Pardo y Barreda para que no fuera tan cobarde”. Un observador crítico la hubiera corregido por el tema de edad y fechas, pero, era tan graciosa la Doña (como se la conocía), que la dejaron ser.

Hasta empezaron a twitear frases animándola a lanzarse como congresista mínimo y ni hablar de los memes.

Cuando falleció hace dos meses con el corazón abarrotado de emociones y reconocimientos, el periodista que por fin halló el dato perdido de su verdadera edad, tuvo algo de decencia y quemó el papel original. Y es que algunas personas merecen que se les guarde un secreto coqueto, decía el susodicho, mientras todos en la sala de redacción recordábamos las hazañas de la anciana que tuvo el valor (y los ovarios decían muchos) de hacer algo concreto para sacudir a un gobierno que se presentaba totalmente incapaz.

Lo que tememos todos es que no haya más nadie con ese valor de decir las cosas y eso sí nos hace temblar.