EL COMECUENTO: El almuerzo eterno con Julia y Santiago

Mi abuelita Julia y mi abuelito Santiago bailando en alguna festividad.

Recuerdo la primera vez que fui a Iquipí, el pueblo de nacimiento de mi padre, ubicado en Río Grande en Condesuyos. Era de madrugada. Para llegar a la casa de los abuelos teníamos que atravesar una acequia que me pareció un río para mis seis años de edad. Luego íbamos por el borde de una chacra interminable. Cuando llegamos a la casa, nos recibió mi abuelo Santiago con un candil en la mano. Caí rendido.

Al día siguiente fue una sucesión de maravillas. La casita estaba ubicada en la parte alta de la bajada al río. A un costado estaba un enorme pacay frondoso y un guayabo cargado. En la cocina, estaba mi abuela Julia, soplando por un tubo el fogón y sobre rieles de metal descansaban sendas ollas tiznadas de donde saldrían manjares diversos. Por mis pies correteaban cuyes gordos.

Poco después la algarabía de unos gritos anunció la llegada de varios tíos cargando una red llena de unos animales monstruosos: los camarones de río. Mi abuelo amarró las tacas de un par de los más grandes y me los dejó para jugar en la batiente del descanso de la casa. El cuerpo principal alcanzaba el porte de una escobilla de esas de madera con cerdas de plástico y la tenaza principal otro tanto. ¡Animalazos!

La chacra de mi abuelo se extendía hasta el río. Sembraba de todo, desde zanahorias hasta arroz, alfalfa para las vacas y la yegua y el burro, hartos perros correteaban libres cuidando de noche la propiedad y en especial el gallinero, donde diversas aves alimentarían en esos días a la cantidad inmensa de parientes que desfilarían por ser vacaciones, llegados de distintos lugares. En la parte trasera de la casa estaba la huerta con los ciruelos y los minimangos. Había también un tunal grande y peras, manzanas, de todo había.

Mi abuelo en esos días tuvo la sana costumbre de aterrarme con historias de aparecidos y demás cuentos y leyendas, con tal precisión que envió una bala directo a mis ganas inmensas de creer que todo era posible y matar al escéptico y dejar libre al creyente. Así, a pie juntillas le creí que en la punta del cerro inmenso que flanqueaba al pueblo, y donde se veía una cruz, estaba enterrada Chabuca Granda, la cantante famosa del país. Me contaba que ese cerro inmenso justo era el recuerdo de una gran tragedia, antes Iquipí era una ciudad más grande que Arequipa, incluso, pero un terremoto destruyó todo e hizo que se levantaran los cerros, dejando solo una delgada línea de casas y de chacras al filo mismo del río. Obvio que eran historias para entretener al nieto, pero para mí quedaron en el corazón metidas para ser contadas y transformadas en las realidades mágicas que construyo en cuentos y microcuentos.

Mi abuelo Santiago enseñándome porqué es tan importante la uva.

Pero vamos a esa primera gran comida de domingo. La mesa del almuerzo aún navega entre los mejores recuerdos de mi existencia. En el descanso techado de la humilde vivienda, levantada con adobe y caña, se puso una mesa grande y en el interior del primer cuarto de la vivienda otra para nosotros los primos. Los camarones estaban allí, hervidos, a lo largo del mantel blanco, papas humeantes, choclos y llátan molido acompañaban. Antes, un impresionante caldo de gallina de corral abrió campo en los estómagos para esa delicia de río que se comía con las manos y se degustaba con la conversación amena, recordando mi abuelo viejas anécdotas y las voces en coro de mis tíos y tías, mientras en mi mesa los primos nos reconocíamos como familia. Luego, el vino hecho en el lagar que construyó con sus manos el patriarca, alargó con su calidez el momento familiar, que aún flota en mis mejores recuerdos.

La casita patriarcal.

Coda: al celebrar el segundo año de fallecimiento de mi abuela Julia y más de diez del de mi abuelo, regresé a esa casita y la encontré viejita y acabada. Puse mi nombre en la pared como la tradición de los más de 52 primos y 30 bisnietos y volví a ese maravilloso almuerzo, gracias a la magia de la memoria, genial regalo del Creador, quién misericordioso como es, nos ofrece la caridad para rescatar los mejores momentos y olvidar los trágicos y estar allí, junto a mi abuelita Julia, mi abuelito Santiago, riéndome también de ese pequeño de mirada curiosa, que se emocionaba de por fin conocer a aquellos a los que le debía parte de su vida.

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en Semanario Vista Previa

EL COMECUENTOS: La yerba mate no tiene fronteras

En nuestro país no existe una bebida hecha con la yerba mate (Ilex Paraguariensis) ni la costumbre de tomarla. En realidad tenemos nuestro mate de hoja de coca y la chicha. Pero, la difundida bebida que toman por igual paraguayos, brasileños del sur, uruguayos y argentinos, en cada parte tiene sus connotaciones especiales y formas, pero en todas existe un lazo indisoluble en su consumo: la compañía y la conversación.

Supe de esa bebida gracias a las historietas de Pepe Sánchez que aparecían en la revista El Tony de la mítica editorial argentina Columba. El súper agente de la CES (Centro de Espías Sofisticados) bebía la yerba con palito, siempre con su tetera en mano y algo que parecía una pelota con un tubito por donde bebía el brebaje desconocido para mí.

En el 2006 llegué a tierras gauchas y casi desde el primer día alguien me pasaba la calabaza con la bebida. Allí aprendí que hay dos formas de tomarlo concretamente: dulce o amargo. Que en provincias lo prefieren con yuyos, es decir con hierbas aromáticas, como el poleo, el burrito, etc. Que hasta con leche se puede tomar. Que la temperatura ideal del agua deben ser unos 70 grados centígrados sino sale “fiero”. Y que los famosos “palitos” sirven para mantener la estructura correcta de la hierba dentro del recipiente. Ahhh y que no digas “gracias”, serio, es que si dices eso ya no te sirven y quedas aisladito, se dice eso cuando ya no quieres más bebida.

Allá en Las Canteras en Deán Funes en Córdoba había un señor mayor al que llamábamos cariñosamente “papi Edgar”, un bonaerense que se levantaba temprano para poner la pava (tetera) al fuego y esperar a este peruano para servirle unos “amargos”. Aprovechábamos para conversar del día y de las labores, recuerdo con mucho cariño que siempre decía: “El culpable de todo es Sarko, porque siempre hay que echarle la culpa al más bueno”, haciéndome sentir querido a miles de kilómetros de mi tierra. Otro gran amigo que hice, de los muchos de verdad, es Carlos, un cordobés que me regaló una calabaza de mate y que con su familia, aún con la distancia tenemos una gran amistad. Te debo una visita genio. Tantos nombres se me vienen a la memoria, como de Adriana, Gisela, Any, Alberto, P. César, Juan, Maximiliano, tantos amigos.

Por cosas del destino me enviaron a Paraguay, hermosa tierra de lindos atardeceres, justo cerca de la frontera con Brasil a La Paloma de Canindeyú. Allí aprendí a tomar más el mate cocido en las mañanas, ahumada la yerba con unos carbones encendidos. Luego, en la pausa del mediodía a tomar el tereré, bebida fría mezclada con varias hierbas aromáticas y solo agua bien fría. Me explicaron que en la fatídica Guerra de la Triple Alianza, era difícil prender el fuego para calentar el agua y tomar el mate, así que lo empezaron a tomar frío. Eso me contaron. Me parece algo lógico pero también habla de la terrible situación que se vivió en esa época en que niños hasta de doce años tuvieron que luchar.

Las tardes del domingo, en que se descansaba, se ponía una película de diferentes géneros para ver. Allí se me pegó la costumbre de tomar un tereré hecho con el jugo de la burucuyá (maracuyá), y lo pasaba entre los asistentes. Aprendí que el que sirve los mates tiene la responsabilidad de cebarlos bien, procurar renovar con yerba nueva para que no salga muy lavado el sorbo y tener el agua a temperatura óptima. Aprendí que es una forma de servicio especial, nunca impuesta y hecha con cariño. Un sacerdote amigo de la obra en la que estaba, me regaló una “cuya” hecha con el cuerno de un toro y que conservo con cariño, además del que guardo por tantas personas que igual me hicieron sentir en casa, como Angélica, las hermanas vicentinas una de ellas sobreviviente de Hiroshima, Bruno, Jerson, estos dos últimos amigos brasileños.

Por esas vueltas de la vida que me deparó esos años, terminé yendo a Brasil, a Casca en Rio Grande Do Sul. Allí aprendí a tomar el “chimarrão”, que se hace con una variante de la yerba mate, mucho más verde intenso y más molida, que se toma también en las calabazas pero mucho más grandes que las argentinas. Algo que me olvidé de referir antes es que la bombilla, el artilugio de metal que sirve para llevar el líquido desde el fondo del mate, no se cambia o lava de mano en mano, es decir se usa la misma por todos, algo así como el mismo vaso de cerveza en una ronda. Algunas de estas por ello en la punta tienen un recubrimiento de oro, pero en general es una muestra de confianza entre todos, puede parecer antihigiénico pero nunca he escuchado de una epidemia de algo generado por compartir de esa manera la bebida. Y si bien no llegué a Uruguay, lugar donde también se toma mucho el mate y es normal ver pasear a las personas con bombilla en mano y termo bajo el brazo, quiero recordar a Fray Dante, uruguayo y buen amigo.

Noto que me falta nombrar a muchos amigos de esa época y aún más, me falta mencionar los mates en “La Tranquera” allá en la Mariápolis Lia, pero ya será para otra ocasión. Solo puedo agregar que si bien ya no tomo la bebida por mi gastritis declarada, extraño las conversaciones que se generaban alrededor de esta bebida, en los diferentes países donde la consumen. Al final se trataba de compartir momentos de conversación, que tanto hoy por hoy nos faltan.

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en el Semanario Vista Previa

EL COMECUENTOS: Atunes, galletas caseras y escapes

Campíña arequipeña, vista desde Selva Alegre

El plan era sencillo: a las cinco y algo de ese sábado iría a la casa de Pancho, mi mejor amigo, y de allí nos escaparíamos a Sabandía. Tendría unos 10 años y estaba algo cansado de la situación en casa, por lo cual había tomado la resuelta decisión de irme y no volver jamás.

Mi amigo tenía una casa maravillosa. Para mí era ideal, era muy grande, con una inmensa huerta llena de flores. Había un cuarto donde guardaban herramientas pesadas, pero también un taller, lleno de utensilios del abuelo de mi amigo, donde se podía fabricar lo que quisieras, como él mismo hizo varias veces con su hermano Manolo. “Nunchacos”, una metralleta de madera, ballestas, rompecabezas con forma de Perú, muchas cosas la verdad.

Para la parte de arriba por el patio se llegaba al segundo piso por una escalera de troncos y madera hecha por el patriarca de la familia, de quién me decían participó en su juventud en el armado del buque “Ollanta”, que aún navega en el lago Titicaca. La cocina era el sitio ideal para conversar de todo mientras Susy, la mamá de mi amigo hacía potajes para todos los familiares. En especial cocinaba unas galletas deliciosas de jengibre que eran mi delicia de los sábados en que iba a visitarlos.

Sus hermanas, Erika, Helga y Katherine, me trataban de la mejor manera, aunque haciéndome las bromas correspondientes a mi ingenua manera de ver el mundo. Era una especie de niño cimarrón, ignorante de formas y acomodos, para mí todo era nuevo. Así que consumía la información que me ofrecieran con los ojos abiertos de asombro. De pronto un día me presentaban la “combucha”, esa bebida del hongo del té o jugábamos con una enorme pista de carreras que demoraba media tarde en armarse y otra más para desarmarse, en otra jugábamos con una casa en miniatura con sus gavetas pequeñas y hasta libros miniaturizados.

Uno de nuestros pasatiempos, era ir de día de excursión, junto con nuestro amigo Álvaro, a los bosques de Sabandía. Mi tío Max me dejó una carpa. Bueno… dejar es un decir, estaba en su cuarto y yo pues, me la “prestaba” para ir con mis amigos y armarla allá en los campos y chacras donde pasábamos el día explorando riachuelos, capturando “ocollos”, persiguiendo ranas y buscando tesoros o “tapados”. En uno de esos paseos, y por tratar de conseguir unas flores características que parecían barbas de viejo, mi amigo Pancho resbaló y casi se cae por pendiente, Álvaro lo sostuvo y yo con una cuerda logré que pudieran afirmarse y salir indemnes del peligro. ¡Éramos exploradores!

Sin embargo, en mi casa las cosas andaban mal, por distintas razones. No entendía por qué los gritos eran constantes y todos iban dirigidos contra mí. O eso me parecía en ese entonces, en retrospectiva, de niño uno siente que todo es más intenso, de repente eso me pasaba y no podía comprenderlo. Un día me porté muy mal, respondí de mala manera a mi mamá y la mano me impactó de lleno en mi cachete rebelde. Ese día planeé mi escape.

Mi amigo me escuchaba y hasta me dijo que estaba bien, que nos escaparíamos juntos y viviríamos en Sabandía. La verdad en ese momento no medí consecuencias de nada, solo quería escapar. Ese sábado por la mañana me fui a buscarlo y salimos a tomar el bus verde que llevaba hasta Paucarpata, de donde teníamos que caminar un buen trecho para llegar a los campos tradicionales de la campiña arequipeña. Casas antiguas que guardaban tesoros, campos donde estaban enterrados viejos crímenes, historias de aparecidos y guerras contra los vecinos del sur, generaban la conversación mientras buscábamos un lugar donde poner la carpa. Fue un día interesante en el que comimos atún con galletas de soda.

Supongo que en algún momento y sin decirme algo más, mi amigo me preguntó para volver y seguro le dije que sí. Regresamos a la ciudad, yo un poco más en paz. Al bajar del bus allí estaba mi mamá, esperándome en el paradero. No me riñó ni gritó. Me llevó a casa y me habló un poco más calmada y me pidió disculpas y yo también se las pedí.

Mi amigo, es más que obvio, le contó a su mamá de mis planes y ella le permitió acompañarme en la aventura con el fin de regresar por la tarde. Mientras se fue a buscar a mi mamá para contarle y seguro le dijo la hora promedio en que regresaría para que me espere. Hay cosas que entre amigos no se ahonda. Seguí yendo a esa casa, muchos años más hasta que la vida y la adultez y esa ilusa dizque falta de tiempo han hecho que no vuelva más. Pero el cariño está allí, siempre presente, de eso no hay duda.

EL COMECUENTOS: Chupes para el frío

Chupe de Camarones Arequipeño

En Arequipa, como en cualquier ciudad del Perú, hay una tradición por los caldos o chupes que se preparan para cada día. Cuando uno va a un restaurante a buscar su menú diario, la entrada casi siempre tiene algún potaje líquido, rebosante de carne y verduras. Para estos días de frío son insuperables.

Algunos de estos platos por sí mismos trascienden lo diario y ocupan un lugar especial, como el Timpo de Rabos o Peras, el Chupe de Camarones, el Caldo de Pascua, el mismo Adobo Arequipeño que del domingo ya saltó como plato que se oferta a diario por lo famoso que se ha vuelto. Aún con eso es en el día a día que las madres de familia en casa los preparan o los ofrecen las picanterías. Aunque siendo aún más sinceros, la tradición de un caldo distinto por día está más arraigada en esos espacios tradicionales, porque, valgan verdades modernas, en casa para el almuerzo se está estableciendo la costumbre de un solo plato, o segundo o caldo, pero no más.

Pero, si nos pidieran una lista de los caldos que consideramos deben estar diariamente en la mesa, pues allí va nuestra selección. Hablo en plural porque con Mathías, mi pequeño hijo, hemos hecho esta lista de acuerdo a nuestro fino paladar. En realidad más basándonos en lo que nos gusta de la comida en casa, donde su abuela materna y gustos particulares, así que no es una lista muy democrática que digamos pero valga como guía amateur:

Los domingos, Día del Señor, para el almuerzo recomendamos un Pebre de Lomos. La carne debe ser de cordero criado en la sierra, con esa grasita que si se quiere se saca del plato pero que al final le da el sabor característico y celestial. Debe ir con su yuca, papa y chuño, trilogía de tubérculos esenciales en nuestra cocina, además de los hispanos garbanzos y verdura picada. Si se puede hacer un llatan verde con rocoto del mismo color, que mejor.

Los lunes, días de flojera para ir a trabajar o estudiar, que mejor que un picoso Chaque de Tripas. Debo confesar mi debilidad por este plato rebosante de colores que lleva una generosa porción de carne de vacuno, cocida con amor en un “reaugau” de ají colorado, ajo, cebollita y acompañada de tripitas, rocoto, verduras varias y, al finalizar, acompañado del verdecito de siempre pero, con un pedazo de chicharrón de piel de cerdo, o como le decimos por aquí: “tocto”. El tostado con maíz cabanita no debe faltar.

Los martes el Chairo debe primar. En este plato, más que la carne, son las verduras las que celebran el amor de las manos que lo preparan. Porque para el corte de las mismas esas benditas manos desgranan y rebanan duro para que sea una explosión de matices este caldo. Mi abuela le ponía un pedazo de lengua de cordero en cecina para el sabor. Aquí lo que da color es el ají amarillo, pero que se reforzará con el zapallo, la zanahoria y como contraste la col, las habas y el choclo. Si desea se agrega chuño.

Los miércoles el Menestrón es de rigor. Un verde profundo hace recordar que de la naturaleza somos, pero que como creaturas creativas nos destacamos. Este plato es de herencia italiana que aquí se ve enriquecido con diversos agregados que le dan el toque arequipeño. La base será el licuado o “bataneado” de albahaca, o de espinaca o de acelga a cual mejor opción, todo cocinado con largura con papas, zapallo, fideos, carne de res, verduras y ají.

Los jueves somos nacionales porque nos comemos un potente Chuño Molido, que se hace, como no, con el molido de la papa deshidratada con los métodos incaicos que aseguraron la alimentación de nuestros ancestros en la puna. Es un caldo muy grueso, espeso, lleno de sabor que lleva carne, tripas, papas enteras. Se sirve caliente y, los que saben, no lo atacan directamente, sino que empiezan por los costados, mientras se va entibiando. Para este frío es un caldo súper recomendado.

Los viernes, día de ayuno de carne, un Caldo de Viernes es la mejor opción. Ya en anterior Comecuentos resalté la preparación de este plato que, en Cuaresma y Semana Santa, tienen su mayor difusión, pero que en la semana diaria sirve también para cumplir con la inteligente consigna de un día no comer carne y sí verduras.

Los sábados, finalizando ya la semana, el Puchero es la voz. Los distintos ingredientes que lleva este caldo lo hacen uno de aquellos que ni necesita acompañamiento de segundo. En algunas tradiciones se sirve en doble plato, uno para el recado y otro para el líquido. Un recuerdo infantil me viene a la memoria cuando allá en Cotahuasi, en una fiesta patronal, nos sirvieron este plato y recuerdo aún la col envuelta rellena de arroz que acompañaba el caldo grueso y el enorme pedazo de carne que manos generosas servían desde unas ollas inmensas puestas por horas al son de la leña. Y con eso me quedo, el recuerdo que cada día, en el almuerzo, la larga tradición de amor de nuestras familias se refleja en esos alimentos. ¡A disfrutar cada día de nuestra vasta gastronomía!

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en Semanario Vista Previa

EL COMECUENTOS: El arte perdido de prender un primus

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Ya no se vende kerosene en los grifos. Allá en mi infancia de los finales de los ochentas, teníamos una galonera con la cual iba al grifo de la calle Amazonas a comprar un galón exacto del oloroso líquido que servía para cocinar. Era un chiste porque al ser un adolescente distraído casi siempre por andar bamboleando el recipiente, me echaba encima unos gotones en el pantalón. Como todo adolescente también me molestaba ir  a comprar esas cosas si podía invertir el tiempo en… pues en nada creo.

El gas estaba caro y sólo era para ricos, o bueno esa era la impresión que tenía en relación a la necesidad de cocinar con kerosene y no en la cocina que nos regalara mi tío Marcelo, sino en esa suerte de artilugio sobreviviente del tiempo en que vivíamos en Villa Rica con mi mamá y que llegó a Arequipa para ser el centro de la cocina en casa. Pero por poco tiempo.

La tienda de mi Mamá Hilaria era el único medio de sobrevivencia que teníamos. Ya no compraba kerosene como antaño en los primeros años en que la trasladó de Cotahuasi a la capital del departamento. Una prohibición general hizo que solo se vendiera en grifos, por el tema de que con ese combustible también se prepara Pasta Básica de Cocaína y algunos lo hacían de manera casera en la ciudad.

Llenar el tanque de la cocina que soportó la selva fue complicado porque la tapa andaba robada y había que colocarle plastiquito para que ajustara. Así que un día, en que estaba en el colegio y se le hacía tarde para preparar la comida a mi abuelita, esta no pudo cerrar la válvula por la artritis en sus manos, así que sacó del cuarto de los trebejos uno de sus primus que usaba allá en la casa de la sierra cotahuasina. Durante años no volvimos a usar algo más. Y es que el aparato era la mar de práctico en cuanto para ella, pero para mí era otra historia.

Un primus, cuál era el nombre del artificio desarrollado en 1892 por Frans Wilhelm Lindqvist de Suecia (ejem, ejem), era de fácil encendido teniendo en cuenta unos pocos conocimientos. Lo primero era saber que se tenía que calentar el tubo de alimentación del quemador, lo que se hacía echando un poco de kerosene mismo o ron de quemar en una plataformita. Había que tener exactitud porque si no se derramaba el líquido y se incendiaba todo. Una vez calentado el tubo se encendía aprovechando que subía por la presión. Ahhhh me olvidé de contar que se sacaban músculos porque antes de prender había que darle bomba al asunto, es decir introducir aire por presión al tanque del combustible. A veces la apuranza hacía que no calcularas y te presionaras los dedos contra el inicio del tubo de la bomba, y por el dolor te llevabas los dedos a la boca y, un rico sabor a combustible te quedaba. Pero bueno, luego de colocar tu cerillo marca Inti encendido en la plataformita había que esperar que se caliente el asunto y darle una segunda tandada de presión para que las cuatro llamas amarillas sean constantes. El kerosene por las teorías de la mecánica de gases y fluidos se vaporizaba y pulverizaba formando un chorro en el centro del quemador donde se mezclaba con el aire y ardía.

Hasta allí todo lindo y todo genial, pero, el problema surgía porque como en casa no usábamos el ron de quemar que no hacía hollín sino el mismo kerosene, y pues todo se llenaba de negros residuos y había que andar destapando el asunto con la aguja especial para eso, y era todo un tema porque si andaba con presión el asunto y destapabas mal podías bañarte con combustible, otra vez.

Pero una vez prendido el asunto y con buena llama, todo lo que se te ocurriera podías cocinar, desde estofados maravillosos, hasta ají de calabaza no tan maravilloso, o chocolate con leche, ¡sango!, el arroz con su latita para que se granee al final, los churrasquitos con esa sartén más antigua que la reforma agraria o el pastel de tallarían con centro de guiso de carne y tantas cosas deliciosas que esas manitos dobladas por la enfermedad hacían para todos nosotros… Pero esas recetas y platos dan para otro Comecuentos.

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato aparecido en el Semanario Vista Previa – Arequipa, Perú.

EL COMECUENTOS: Al Toquepala que estoy Apurímac

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En vacaciones, cuando tendría unos cuatro a cinco años y estudiaba en el glorioso y benemérito (y desaparecido) Jardín de Infantes Ovidio de Croly, fui unas semanitas a Chuquibamba, lugar donde trabajaba mi papá en la Oficina de Reclutamiento del Ejército Peruano. En ese entonces el pueblo, capital de la provincia de Condesuyos, era un lugar simpático para un pequeño todo gordito y querendón como yo. Mi padre, siempre vestido con ropa o negra y botas, me llevaba a todos los lugares donde tenía conocidos en el lugar, es decir a todos lados.

Mi papá era una especie de autoridad en el pueblo. Tanto así que lo invitaban a cuanta ceremonia se organizaba y lo ponían de padrino de bautizos, confirmaciones, primeras comuniones, techamientos y largo etc. Tanto así que llegó a ser el presidente del Juventus, club de futbol que dirigió durante años. El tema, cosa que mi padre nunca reconocerá, era que no era un Messi, o un Paolo Guerrero, pero que jugaba su peloto, pues claro, hasta hace algunos años nomás le daba al peloteo de los sábados, la cosa es que siempre era el capitán del equipo, cosa linda verlo jugar, aún cuando la bola saliera rumbo al espacio de tanto en tanto.

Pero no me distraigo, el tema es que en las mañanas de las vacaciones, íbamos a desayunar donde doña Vicenta Velarde y al pedido de: “Un tenorio con dos pachos al Toquepala que estoy Apurímac”, nos servían el alimento, usando como se lee una jerga que me parecía muy graciosa y que repetía con voz de pequeño que hacía reír a todos. Eso me dio una señal de qué me hacía popular entre los adultos. Así que en vacaciones en Camaná en la casa de mi Tía Delia (de amoroso recuerdo) cantaba “¡Somos liebres!” en vez de las letras del coro de nuestro Himno Nacional. O en las vacaciones en Cotahuasi, otro lugar de destino en vacaciones, yendo a los Baños de Luicho, cantaba “Queridaaaaa, por lo que quieras tu manteeeel”, en vez de la letra de la canción famosa de Juan Gabriel. Risas aseguradas.

En Chuquibamba también aprendí a comer algo que luego se hizo común: el Queso Helado. Un señor en la bella Plaza de Armas, en un barril, colocaba un artilugio de metal y con hielo a los costados y dale vueltas y vueltas. Luego nos daba en un vasito la ricura heladita. Era verano y, a pesar de ser un pueblo de sierra, igualito el inclemente astro calentaba todo. A mi entrada al colegio San Juan Bautista de la Salle, en una oportunidad les hablé a mis compañeros de esa ricura, pero, para mi sorpresa no habían escuchado y hasta me hicieron bromas sobre lo de “queso”. Mira las vueltas del destino, ese postre de casas humildes arequipeñas al final ahora es un dulce de exquisita manufactura y hasta de caro precio en los restaurantes de moda.

Retornando como boomerang a la plaza, mi papá me cuenta que allí, por las tardes vacacionales, recitaba a voz en cuello la canción del “Ajuerino” que inmortalizara Tito Fernandez “El Temucano” y que iniciaba así: “¡Tres colores tiene mi bandera, azul, blanco y tinto!”, mientras que el zamarro arequipeñes terminaba con un sonoro “¡quinto!”, para risa de los vecinos que aprendieron a conocerme como el “Kiwicito”.

¿Y el desayuno? Pues era una delicia, los pancitos de la sierra infladitos, ese tecito pasado, otros días el arroz con huevo frito y el churrasco jugoso, luego las visitas, las anécdotas. Fueron días… fueron días de estar con mi papá los dos solos y dejarnos recuerdos buenos. Fin.

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato aparecido en el Semanario Vista Previa – Arequipa, Perú.

 

 

306. Líbrame de mis cadenas

La imagen puede contener: pájaro y cielo

Inmediatamente sintió como sus manos cambiaban. Sus dedos que antes rozaban sus lágrimas se iban llenando de plumones, pequeños cañones de los cuales salían hilos que se emparejaban ante un centro como de caña hueca. Su piel se erosionaba ante el ímpetu de la transformación. Sus huesos se aligeraban, se sentía menos pesado pero más conciso. Sus ojos perdían pestañas y las cejas se volvían una nada. Su rostro se adelantaba teniendo una estructura más ósea en vez de nariz.

Segundos antes la muerte era su destino, lanzado contra el vacío del abismo del asfalto por ese hombre que nunca le dijo “hijo”. Ahora, en un incomprensible estado, con el tiempo detenido: su cuerpo cambiaba. Él cambiaba.

De pronto lo asaltó el miedo. Quiso volver. De repente dar una oportunidad al destierro que sufrió desde siempre. Quiso pensar que era posible retroceder para hacer bien las cosas, de repente ser más bello, más blanco, más atento, menos hambriento, más obediente. Supuso que eso quería ese hombre, que fuera hasta más vivo para vender golosinas, para arranchar billeteras, para escabullirse con el dinero en los negocio. Quiso suplicar por una segunda oportunidad… pero no lo hizo.

Comprendió que no era posible, se estaba transformando, saliendo de su miseria de creer que un poco de hermosura cambiaría el desprecio de aquel que nunca lo amó. Por fin entendió y sonrió.

Finalmente, transformado en algo incomprensible pero cercano, cálido, lanzó un graznido que traspasó el infinito y se echó a aletear con un conocimiento innato, como si siempre hubiera sabido que su progenitor terminaría por echarlo por esa ventana algún día y que su pedido de ser libre sería cumplido.

Una sombra alada surca la ciudad en busca de aquello que nunca encontró entre los hombres y que espera hallar en la plenitud de la libertad de los cielos.

EL COMECUENTOS: Sembrar para no cosechar, una alegría inesperada

En la selva peruana se come la yuca a montones. Se usa en vez de papa para una variedad de platos. En mi vida hubo dos épocas en que era lo que más comía en el día. La primera época fue allá en Villa Rica, en el maravilloso año que pasamos con mi madre en plena ceja de selva en Pasco en 1991. Comíamos tanta yuca que hasta en sueños se me aparecía, sin empalagarme o cansarme, pues tenía un sabor cremoso y se deshacía en la boca cuando estaba bien cocida. En la escuela donde terminé la Primaria, el CE 34418 Santa Apolonia, aprendimos la leyenda del origen de esa planta. Atentos al resumen:

Dice que la hija de un gran jefe de tribu tenía una bella hija, la cual un día apareció con signos de embarazo. Dolido por el qué dirán y creyéndose engañado, buscó al culpable de la desgracia que atravesaba su familia. Al no encontrar al dañador y por más que su hija negaba trato con algún varón, el jefe sentenció a su hija a la muerte al día siguiente al amanecer. Por la noche, un Apu de las cordilleras, todo blanco, se le presentó en sueño y le aseguró que su hija era inocente y que el ser que llevaba en el interior también lo era. Convencido de eso el jefe liberó a su hija, pero ella murió en el parto para tristeza de todos. La pequeña que nació, blanca como las nieves perpetuas de los Andes, tampoco sobrevivió mucho, muriendo poco después. Al enterrarla en un claro de la selva, al poco tiempo se percataron que en el lugar crecieron unas ramas bellas y largas, al desenterrar un poco vieron que las raíces eran blancas por dentro y que servían de alimento. La tribu concluyó que ese era un regalo para la supervivencia del hombre dado por los dioses tutelares.

Fin de la leyenda de la selva peruana y a tomar un vaso de masato para humedecer la garganta que se seca de tanto contar.

La segunda vez que la mandioca (ahora le cambiamos de nombre porque cambiamos de lugar) fue la base de mi alimentación, fue en el 2007 en La Paloma de Canindeyú en Paraguay, lugar en el que estuve en una obra social. Como me pusieron a cargo de la cocina y de la huerta, una de mis tareas diarias era ir a la pequeña plantación de mandioca que teníamos en la parte trasera del complejo y arrancar una o dos matas y sus largos bulbos. Preparaba, cuando había huevos suficientes, el mandi’o chyryry, que era mandioca cocida revuelta con huevos y cebolla, si no había “blanquillos” pues cocida nomás acompañando el feijao que tampoco faltaba en el almuerzo. Yo no sembré las plantas solo cosechaba lo que otro con esfuerzo plantó.

También allí me interesó saber si había alguna leyenda sobre el origen de esa planta tropical. Y me contaron que Mandi´o era una niña guaraní que nació con las manos y los pies largos y con los dedos bultosos. En su tribu nadie quería jugar con ella y eso la entristecía mucho. En ese tiempo remoto, aún los hombres no habían aprendido a sembrar y vivían de la recolección de frutos de la selva y la caza. Y la pequeña no ayudaba en mucho con su impedimento. Un día, Tüpa, el protector de la selva, le preguntó a la niña si quería ayudar a su tribu, a lo que ella respondió con un gran “sí”. Entonces, le dijo, debía quemar una porción de la selva para que en el centro ella enterrara sus manos y sus pies. Así lo hizo la esperanzada pequeña. Al día siguiente sus familiares la buscaron, hasta que encontraron en el claro del bosque quemado, una planta muy alta y, al excavar, descubrieron las raíces marrones con el interior blanco. Lloraron por la pérdida de la niña pero también agradecieron el tener ahora una planta que podían cultivar y que les aseguraba alimento para mucho tiempo.

Interesantes leyendas ¿no? Igual pensé. Pero también me tocó la oportunidad de retribuir. Yo había cosechado, pelado, cocinado y comido con gusto lo que otro había sembrado (Incluidas unas sabrosas berenjenas que otro día comentaré). Un mes antes de terminar mi tiempo en la obra, me tocó sembrar de mandioca una parcela. Fue una experiencia increíble de retribución, porque ya no comería lo que sembraba, pero dejaba para los que vinieran luego esa tarea. Me sentí parte de un ciclo milenario y hasta universal, pequeño ante la inmensidad de la creación, que me permitía estar dentro de la misión sagrada de alimentar con amor a los demás, con el sudor de la frente y la fuerza del trabajo en unión.

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato aparecido en el Semanario Vista Previa – Arequipa, Perú.

El Comecuentos: Los repollos psicodélicos

—Aló mamá, que tal ¿Una pregunta, te acuerdas como se llamaba la señora que hacía los repollos rellenos de manjar allá en Cotahuasi?

—Hola hijo, esa es la señora Libia, viuda de Mogrovejo. Ella pues hacia esos ricos panes de azúcar que ya nadie hace igual ahora. También hacía los alfajores de tres pisos con miel de chancaca que era una delicia te acordarás. Y los maicillos y los piononos más hacía, aunque ahora ya no hace más nada porque ya bien mayor está. Nadie le ha heredado el sabor, hacen algunos pero no tan ricos como esa época.

—¿Y por qué será?

—Es que ya nadie paga lo que es, ahora barato quieren, así que ya no se hacen como antes, eso creo, aunque varios todavía a encargo piden, por ejemplo para los bizcochuelos, pero tienen que llevar huevo y la caña.

—Ha crecido nuestra tierra ¿no?

—Huy no tienes idea, a los barrios tradicionales de Chacaylla, Natuna, Santa Ana y Corira, ahora se ha aumentado todo Aymaña, hasta donde iba a ser el helipuerto han crecido las urbanizaciones, hasta las faldas del cerro Hiñau hay una.

—Jajajaja no te creo, hasta van a ser enrejadas para que la plebe no invada.

—No te rías, hasta en la parte de Chipito, en el despeñadero ese de donde se lanzaban los suicidas, construyen sus casas, sin miedo a los muertos.

—“Los Balcones de Chipito” se va a llamar el barrio.

—Jajajajajaja qué gracioso, me has hecho reír hijo.

—Ya mamita gracias por el dato de la repostera, te cuidas.

Claro, a estas alturas se estará preguntando querido lector de que va este comecuentos, pero dígame usted que cuando conversa con el papá o la mamá pidiendo datos a veces se queda recordando viejas historias o se pone al día de otras, con ese sabor que solo los que han vivido juntos y se quieren se pueden contar. Yo llamé a mi progenitora para averiguar el nombre de la cocinera de la anécdota que voy a narrar a continuación y me quedé hablando con mi madrecita varios minutos.

Antes de que el pueblo de mis ancestros se vea agrandado por cientos de personas que han ocupado el sitio de los viejos conocidos, mi abuela tenía una tienda en la Plaza, que era también el terminal de los buses en ese entonces. Muy bien surtida, era prohibido para mí comerme dulces o chocolates, pero, una tarde de vacaciones que andaba sentadido en un banco en el negocio, llegó la mencionada señora líneas arriba, trayendo una bandeja llena de repollos. Los dejó a mi encargo porque mi Mamá Hilaria salió a unas diligencias. Bueno, nadie habló de no comerme los pasteles, así que de uno en uno me fui comiendo los postres con sabor a gloria. Fueron siete las víctimas de mi gula y que me causaron una indigestión de Padre y Señor mío. Los colores psicodélicos de la fiebre, esos que se formaban cuando apretaba los ojos, las formas raras de las manos que me auscultaron y la sorpresa de la inyección a mansalva, son cosas que perduran en mis pesadillas.

Pero lo que más recuerdo es que al otro día, luego de la noche infernal y delirios de vampiros siderales y dinosaurios que me perseguían, bajé a la tienda y habían quedado varios de los pasteles. Me volví a comer un par. Las palmadas en el poto fueron bien merecidas, que duda cabe.

Cuento: La verdadera historia del Conejo de Pascua

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—Papi tú me contaste la historia del Conejo de Pascua, pero no recuerdo cómo era.

—Sí Mathias, te acuerdas que te conté que un conejito se quedó dentro del sepulcro de Jesús y cuando él resucitó y los ángeles movieron la roca de la entrada, salió corriendo a contarles a todos el milagro.

—Ummmmh, pero papi… ¿cómo llegó allí el conejito?

—Pues… en un bosque cercano al Río Jordán, vivía una colonia de conejos. Allí vivía Tobías con su papá, mamá y cuarenta y siete hermanitos y hermanitas. Pero el joven conejo era muy osado y valiente, siempre tras aventuras. Así que un día que estaba correteando en busca de emociones, llegó un conejo viajero trayendo muchas noticias. Cuando llegó la hora de la cena, los papás de Tobías contaron las novedades a toda la familia.

Muchas eran de los humanos y sus malas acciones contra los animales y plantas, de guerras y enfrentamientos. El conejito de nuestra historia, cansado de tantas malas noticias preguntó: “¿Es que no hay algún humano que sea bueno?”. Su papá le respondió: “Si los hay, claro, inclusive hay uno que se llama Jesús que nos contaron va por los pueblos haciendo sólo el bien”. Tobías movía su cabeza de lado a lado. “Si no lo veo no lo creeré”. Le explicaron que Jesús estaba rumbo a Jerusalén y que era muy peligroso el viaje y de repente no llegaba a encontrarlo, pero Tobías estaba resuelto, así que buscó al conejo viajero para que le cuente más de ese hombre bueno.

Al otro día, lleno de las historias que escuchó, Tobías salió de su casa rumbo a la gran ciudad amurallada. Pero, no se había enterado que una banda de lobos del sur había subido mucho y aterrorizaban los campos vecinos. Cuando menos lo esperaba cayeron sobre él por sorpresa, pero no contaban con la agilidad del ágil conejito que esquivó a unos, pasó por entre las piernas de otros y confundiéndose con las hojas caídas del bosque los despistó. Siguió su camino con cuidado hasta que escuchó un lamento detrás de un montículo de tierra, al acercarse descubrió a un lobo joven, atrapado en una trampa de granjeros. Su pata derecha estaba lastimada y seguro moriría allí si nadie lo ayudaba. Tobías pensó en dejarle, pues estaba retrasado para llegar a su destino, pero luego se preguntó: ¿Qué haría Jesús en mi lugar?, así que sin dudarlo se acercó de a pocos y le explicó al asustado animal que iba a ayudarlo pero que no se lo comiera después. El joven lobo no solo le agradeció por haberlo librado, sino que le enseñó el mejor camino para salir del bosque sin toparse con los otros lobos.

Una vez que llegó a salvo a la orilla de gran Río Jordán, el conejito trataba de ver la mejor manera de cruzarlo. Encontró un madero que bien podría servirle de balsa. En eso estaba cuando una pareja de puercoespines que discutían llegaron donde él. “Antes que hable mi esposo que es muy parlanchín, quiero que nos ayudes amigo conejo, veo que irás hacia el otro lado del río y allí está nuestro pequeño hijo, por un error se quedó allí y necesitamos cruzar aunque sea uno de nosotros por lo menos para cuidarlo”, dijo la señora puercoespín, mientras su esposo asentía con la cabeza y los ojitos preocupados. Tobías sabía que las pequeñas patas de los peliagudos animales no les servirían para poder cruzar ni nadar en las aguas, a diferencia de sus patas traseras muy largas que le servirían de remo. Había en su balsa espacio para uno, así que decidió llevar a la mamá puercoespín. La despedida de ambos esposos fue muy triste, porque sabían que se iban a separar para siempre de repente. Cuando estaba por llegar a la orilla con la llorosa madre, Tobías reflexionó sobre lo que haría el mesías en su lugar. A pesar del cansancio y de que se demoraría aún más, resolvió volver por el papá puercoespín, para que la familia estuviera junta.

Apurado, Tobías tomó el camino que subía a la gran ciudad. Cuando estaba a la mitad se sentó a comer las ricas zanahorias que su madre le dio para el camino. En eso vio  una mamá ratona con sus cinco hijitos a un costado del camino, se les notaba hambrientos por lo flaquitos que estaban. Se acercó para saber su historia y le contaron que el papá ratón había fallecido al ir a tratar de conseguir comida y que ella no podía separarse de sus pequeños porque aún eran bebés. Conmovido, Tobías supo que haría un buen hombre en su lugar, daría la mitad de su comida, pero sintió que debía dar más, con todo lo que tenía esa mamá podría alimentar por varios días a sus pequeñuelos hasta sentirse fuerte y buscar comida. Así les dejó todo su paquete y siguió su rumbo.

Por el camino las personas hablaban de Jesús y que lo habían apresado el día anterior en un jardín a  las afueras de la ciudad y que por esas horas deberían haberlo juzgado. “¿Por qué han hecho eso con Jesús? Se preguntaba Tobías, quería llegar lo más rápido posible para ayudarlo. Las personas hablaban a sus costados sobre las buenas acciones que había hecho y lo injusto de su castigo. Casi sin aliento llegó a la ciudad para enterarse que en el Monte Gólgota crucificarían a Jesús. “¡Tengo que llegar!, tengo que ayudarlo”, se decía el valiente conejito.

No pudo llegar a tiempo. Cuando alcanzó la Cruz donde estaba el mesías, este había expirado. La tristeza embargó a Tobías, quien resignado se retiró del lugar. La tormenta que se desató hizo que buscara refugio en una casa cercana. Allí había unos hombres y mujeres reunidos que hablaban del crucificado, decían entre otras cosas que les había prometido que resucitaría al tercer día de muerto, pero que dudaban de eso. Tobías no dudaba, así que regresó al monte calvario para esperar los acontecimientos. Un hombre que estimaba mucho a Jesús, solicitó el cuerpo para enterrarlo en una cripta de su campo. El conejito estuvo cerca en todo momento, hasta cuando llevaron el cuerpo embalsamado a la cueva. En un descuido de los que llevaban al difunto, se escabulló al interior de la cueva. La gran piedra ocultó la luz y todo quedó en silencio y obscuridad al interior.

Tobías, respetuoso, no hizo ruidos en esa noche, tampoco al otro día. Durante todo el sábado tampoco habló, solo sus pensamientos lo acompañaban. Recordaba las historias que escuchó de Jesús, cómo había alimentado a miles con pocos panes y peces, que había detenido la tormenta, que había visitado a personas malas y les había perdonado los pecados, que había sanado enfermos, liberado a poseídos por espíritus malos, sus palabras en la montaña, el amor por los niños y que hasta cuando lo estaban crucificando no sintió odio por nadie. Avanzado el día y ya muy entrada la noche, Tobías sintió que la tierra se movía… ¡De pronto! La gran piedra se movió y una gran luz bañó la cueva cegándolo, al abrir los ojos vio a Jesús de pie, sonriéndole, se acercó contento para recibir una caricia en la cabeza, sin perder tiempo se despidió y corrió a anunciar el gran milagro a toda la naturaleza: el hombre bueno ¡había vencido a la muerte!

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Epílogo

—¡Qué gran historia papi!

—Así es Mathías, la historia de Jesús es la más grande de todas.

—Pero… porqué entonces hay los huevos de Pascua.

—Es que al regresar a su casa, luego de visitar a los amigos que hizo en el camino, la mamá de Tobías le preparó higos rellenos con miel, pero como estaba cansado se durmió sin comerlos, al otro día estaba duros y con forma de huevo de color oscuro, así que se le ocurrió compartirlos con sus cuarenta y siete hermanos y hermanas, pero para hacerlo divertido los escondió por toda la casa para que los encuentren y los disfruten todos juntos.

—¡Qué bueno es Tobías!

—Así debemos ser nosotros también Mathías.

—¡Claro que sí!

Fin

Autores: Sarko Medina Hinojosa y Mathías Eduardo Medina Chávez

COMECUENTOS: Aprendiz de pescador

Desde tiempos inmemoriales los hombres cazan y pescan para su manutención. Durante cientos de años el conocimiento pasa de generación en generación para que los vástagos aprendan a sustentar a sus familias en un ciclo que solo se ha visto interrumpido por… el supermercado. Bueno, antes de eso la Edad de Hierro, la Época Industrial, el Capitalismo, los mercados de pueblo, está bien ya no se caza ni se pesca por necesidad, a menos que sea el negocio familiar.

Después de tremenda introducción, diré que en los pueblos de los valles, en especial de aquellos donde discurre un potente río, la costumbre de pescar es casi como un aprendizaje esencial, ni hablar en los pueblos en que hay camarón. En Río Grande, a orillas del cual se encuentra el pueblo de Iquipí, mi padre aprendió de sus hermanos y tíos a pescar camarón y trucha, esta última con sedal y atarraya.

En las historias que me contaban de mi papá y sus hazañas cuando llegó a Cotahuasi, a orillas del río del mismo nombre, lugar donde conoció a mi mamá y coincidentemente río arriba del pueblo paterno, la tónica eran sus clavados que se metía con el río cargado, desde el puente de Luicho, los baños termales famosos hoy por hoy. También relataban su estilo de pescar y cómo sacaba las truchas y pejerreyes para freírlos allí nomas, en una fogata y al sartén de hierro, acompañado de vino y guitarras.  

Por circunstancias que ya no vienen al caso, mi padre no pudo enseñarme esos artes y, cuando en mi oportunidad estuve una larga temporada en el pueblo de Tomepampa a dos horas de Cotahuasi por la ribera del río, quise un día aprender a pescar con el artilugio de malla y plomos. Obvio, había una chica a la cual quería impresionar y por eso llamé en mi auxilio a mi primo Luis Alberto “Chapu”, con el que corrimos varias aventuras en ese año memorable de 1996.

Lo primero que debe saber cualquiera es que la atarraya es circular y que en el perímetro tienen plomos que le darán el peso suficiente para que, cuando sea lanzada con maestría, caiga sobre los peces y los atrape en el laberinto de sus recuadros enlazados. El lanzar es un arte que se aprende con práctica así que empezamos el recorrido más allá de la entrada de Ranrata. Con un brazo se agarra un extremo con la otra, otro y con los dientes de sostiene un tercero, con el fin de que al lanzar la red esta se expanda uniformemente.

Esa es la teoría, en la práctica mis lanzamientos caían como piedra sobre las cabezas de los peces y creo que ni así lograba sacar alguno. Mientras que mi compañero había sacado hasta cuatro de mediano tamaño, yo puro chiquilín nomás tenía en la bolsa. Al llegar al pueblo, con el “trofeo”, justo por la calle se aparece toda ella, con su inolvidable corte muy corto y sus ojos pardos sonrientes, los cuales curiosos investigaron la cosecha pluvial. Su risa cantarina me sonrojó. —¡Y para esto tanta alharaca de que me voy a pescar!, vergüenza debería darles. Y se fue guiñándome el ojo para suavizar la aporreada.

Luego de eso fui una segunda vez más a pescar días después y luego ya no porque tenía que regresar a la ciudad. Pero antes de finalizar, no puedo dejar de recordar que, mientras tiraba con esfuerzo la atarraya, me sentí parte de una historia que no se interrumpe, que continúa, esas ganas de llevar lo mejor a la familia, de pescar algo con tus propias manos. Me sentí cercano y orgulloso de mis tíos y primos que, río más abajo, en el valle paterno, pescaban no por diversión sino para llevar a sus familias el sustento debido, gracias al esfuerzo de sus manos, sus brazos, su propia vida.          

Por: Sarko Medina Hinojosa   

COMECUENTOS: Papas arrebozadas color plomo

Cuando el universo a mi alrededor era nuevo y García Marquez le había puesto nombre a las cosas, el mundo era de color plomo, los días largos y las horas un suplicio antes del recreo. La vida se resumía en levantarse, bañarse con la jarrita porque eso de terma eléctrica era para millonarios y políticos, luego comía mi rico pancito tres puntas con quaker y… —Papi ¿Qué es “quaker”. —Hijito es la avena, pero en esa época uno llamaba las cosas por el nombre con que las compraba, el detergente era “la Ña Pancha”, la crema dental “el Kolinos” y así por el estilo. —A ya papi sigue contando.

Bueno el tema era que salía al cole con cara de resignación ante la cruel sociedad que te hacía levantar temprano para intentar no dormirte entre las fórmulas matemáticas que no entraban hasta que la regla en los lomos obraba el milagro de la ósmosis entre el conocimiento y tu piel y de allí al cerebro. Pero llegaba el timbre, tirabas todo y a ¡correr al patio! Si tenías algunas monedas en el bolsillo, hacías una finta a los correligionarios y así, haciendo un quite por aquí, una ida engañosa a los baños y de allí por la pared pegado hasta el kiosko correspondiente para hacer el “pase” y comprarte algo.

Yo no comía nada en el recreo de primero de secundaria en el Manuel Muñoz Najar. Ya la experiencia me enseñó en el primer bimestre que el arte de comer tranquilo era una utopía, por más intentos de comprarte algo y disfrutarlo solo, por allí te caían en mancha los compañeros y a la voz de “invichaaaaaaa” quedabas peor que esqueleto luego de un ataque de pirañas loretanas. —Entonces qué comías papi, ahhhh ¿por eso en tus fotos eras muy flaquito? ¡No comías nada! —No pues Mathías, en la tarde a la salida, reservaba mis veinte centavos para mi papa arrebozada con ají.

La señora de las papas se ubicaba en una de las veredas y, rodeada de hambrientos púberes, abría con maestría su caja de cartón de aceite Primor y allí, protegidos con papel de sacos de azúcar que le impregnaban un aroma reconocible así pasen décadas, estaba el manjar dorado por la fritura, cubierto por su capa protectora de harina y huevo, dulce manjar que se deshacía en la boca y que apurabas casi de un bocado antes que alguien se le ocurriera quitártelo.    

Cuando pasé al San Pedro Pascual, ya el tema de esconderse para comer a la hora del recreo era imposible y a la salida no había señora de las papas, así que en el kiosko las comíamos y de tanto en tanto se tenía que invitar, en especial a nuestro amigo Carlos que era especialista en almorzar mejor que todos haciéndose convidar. A pesar de poner los dedos casi al borde de las papas para que la mordida no sea tan lesiva, se las arreglaba para al último hacer un giro y atacar por el flanco descubierto y llevarse la parte más crocante.       

Recuerdo que allí nació el doble con ensalada, no recuerdo quién lo inventó pero era comprarse dos papas de veinte y al medio que le coloquen un poco de zarza de cebolla con tomate y hasta lechuguita si estaba de humor el señor del kiosko, todo con mayonesa y ají. —¡Que rico comías papi! —Sí hijito era un placer de plomo color. —¿Plomo? —Verdad, me olvide de explicarte que los uniformes escolares era de ese color en ese tiempo para todos, pero ya ahondaré en esa época en otra ocasión, ahora vámonos a donde la señora de la esquina que vende chicharrones, porque también hace una papas arrebozadas buenazas, no como las del cole, pero vale el intento.      

Por: Sarko Medina Hinojosa 

COMECUENTOS: Zarcita de Mortadela

Pancito con mortadela

Mi mamá no sabía cocinar. Me corrijo, no sabía cocinar todo. En casa mi abuelita Hilaria le había enseñado lo esencial de la cocina allá en nuestro querido Cotahuasi. Tampoco ella había salido de ese pueblo como para conocer otros potajes, hasta tener que viajar a Arequipa por los estudios universitarios que emprendería. Llegar a una nueva ciudad no es fácil, menos cuando no conoces a casi nadie, tienes un hijito pequeño y un esposo que llegaba cada fin de mes. Eran los inicios de los ochentas, Cindy Lauper sonaba a full en las radios y la sombra del terrorismo crecía de a pocos a punta de torres caídas.

Debo hacer una revelación: mi abuelo materno era un “picaflor”. Antes de casarse con mi abuelita en segundas nupcias, había tenido varios hijos. Era arriero y como dice algún dicho olvidado: “en cada tambo de pueblo tenía un cariño”. De esto poco a casi nada supo la matriarca de mi familia hasta que mi ancestro falleció, y, cual historia de Gabriel García Márquez, uno a uno llegaron los hijos desconocidos hasta ese momento a presentar sus partidas de nacimiento. Patatús tras patatús le venía a mi mamá Hilaria en esa época, para que negarlo.

Uno de los llegados fue mi tío Marcelo. Poco o casi nada recuerdo de sus facciones, pero, si entrecierro los ojos lo veo alto, de sonrisa franca y manos trabajadoras. Este tío reciente fue un apoyo invalorable para mi madre, serios problemas que no vienen al cuento la afligían y, como él vivía aquí en la ciudad, estudiando en las tardes en el Colegio Independencia y por las mañanas trabajando en el Mercado de Productores, nos visitaba los fines de semana. La primera vez que vino, nos trajo mortadela, unos cien gramos con su papel mantequilla de resguardo como lo vendían por ese tiempo. Mi mamá se fue a la cocina mientras el tío jugaba conmigo.

Al poco aparece ella con un plato. Era una zarza de cebolla y tomate con la mortadela prolijamente cortada en tiritas, cual si charqui se tratara. Mi tío se rió y comió con gusto el potaje con el pancito de molde que también trajo y felices pasamos esa tarde que se repitió en muchas varias más. Mi mamá cocinaba en una cocina de kerosene y fue este tío quién en un acto de desprendimiento mayúsculo le compró su primera cocina de gas con cuatro hornillas, como para que me entiendan que tanto cariño y apoyo nos dio…          

Estas últimas líneas las he escrito en varias ocasiones, pero nunca como ahora me pesan un poquito, sabrán disculpar. Y es que mi tío un día desapareció, en 1984, sin mayores explicaciones indicando en una carta que tenía que irse. No volvió. Durante años mi mamá iba a hospitales y morgues cuando aparecía algún NN y preguntaba regularmente sobre si aparecía alguien con su nombre. Unas noticias, años después, daban cuenta que estaba en la selva, que lo habían secuestrado los terroristas, los narcos… pero certezas nunca.

No quiero cerrar este relato con ese dejo de tristeza que siempre me acomete cuando cuento sobre él, porque en verdad el poco tiempo que estuvo con nosotros fue una luz que ilumina las vidas de mi madre y mía, como una persona generosa que daba lo poco que tenía con un cariño concreto, simplemente sabiendo que éramos familia, no importando el cruce de los ríos que nos hubieran llevado a serlo sino el hecho indiscutible que lo éramos y por siempre seremos. Donde descansen nuestros huesos en la eternidad se reflejará solo el cariño que se tiene por aquellos que pasaron por nuestra vida dejando el tesoro más grande: el amor.

COMECUENTOS: Chupe de correa

En Cuaresma se vive el ayuno, principalmente los viernes en que se recomienda no comer carnes rojas. Respetando esta vivencia camino a Semana Santa, nuestras santas madrecitas arequipeñas, para no incumplir, crearon el milagroso “Chupe de Viernes”, delicioso potaje que, aparte de tener una serie de ingredientes vegetales muy nutritivos, lleva productos marinos (menos camarones pues señores que andamos en veda).

Para aquellos que por gula buscan hacer lo incorrecto y zamparse por encima de la ley y buscar comerse los crustáceos les contaré un pasaje de la vida de mi abuelita Hilaria y sus menores hijos: mi tío Max y mi mamá Liliana. Ella, como buena cotahuasina de genio fuerte, salió adelante en la vida como ella misma decía: “sin que nadie me diera un sol partido por la mitad”. Así que la vida suya era trabajar y darle lo que mejor podía a sus hijos, aún con solo haber llegado a tercero de primaria, los sacó profesionales a los dos, cuál era su más grande orgullo.
Pues, esas manos arrugadas que trabajaban todo el día, también servían para cocinar ricos potajes en la trastienda del comercio que regentaba. Ella, muy fiel a las tradiciones católicas, los Viernes de Cuaresma preparaba un rico y sencillo chupe, hecho de habas, papitas, cochayuyo y leche, coronado con su huevo para cada uno. Durante esos días los traviesos hermanos, hacían de las suyas, olvidando a veces que se encontraban en una época de meditación y oración.

De pronto le llegaba la noticia a mi abuela que mi tío Max se “fugó” una hora antes del colegio porque se fue a pescar, o que en mi mamá Liliana no había cumplido tal tarea. En esas semanas, con sorpresa, los menores no recibían el consabido cocacho o reprimenda, sino que veían a su progenitora toda dulzura. Cada año se olvidaban de lo que venía en Viernes Santo y relajaban la guardia, así se comían medio queso, o dulces de la tienda o se iban a “pallapear” duraznos en la huerta del tío Alejandro en Tomepampa o de las casas vecinas en Cachana en la casa de los bisabuelos. Felices sin castigo iban por el mundo.

El Jueves Santo, ya entrados en meditación profunda en el pueblo, donde durante esa semana no se escuchaba música siquiera, la matriarca compraba los ingredientes para el chupe del día siguiente, poderoso caldo que se acrecentaba con más productos, aparte del “riaogao” correspondiente, se aumentaba el ají panca, la zanahoria, la col, el choclo fresco, las machas, la patasca, el zapallo y el rico queso, para finalizar todo con unas ramas de aromático huacatay.

Los hermanos se saboreaban de antemano y se iban a dormir tranquilos ese día. El mismo viernes, antes del canto del gallo, cada uno recibía en pleno sueño un correazo corrector, propinado por su mamá, que en medio de lágrimas y mientras les sobaba el cuerpo afectado, les explicaba que ese dolor era para acompañar a Nuestro Señor Jesucristo en su calvario y el recuerdo de su muerte por nuestros pecados en el sacrificio redentor de la Cruz.

No se santigüe ni me diga “que bárbara la señora, qué violenta”, todo en su contexto, nuestros abuelos creían en una corrección así, ahora ya no lo haríamos de esa manera, pero, para serles sincero y luego de preguntarles a mi madre y mi tío si eso les hizo algún daño, las respuestas fueron que no, que al contrario, sabía que de alguna manera el amor correctivo de su madre quería enseñarles una lección para que no perdieran el rumbo en la vida. Luego de eso disfrutaban el delicioso caldo que menguaba el picor que les dejara esa correa de doble cuero reforzada, que aún por allí debe de andar donde la oculté, digo, donde la guardé como recuerdo.   

COMECUENTOS: El culpable no fue del asado

Costilla, matambre y tira de S al asador.

La primera vez que comí asado argentino fue en Deán Funes, en la provincia argentina de Córdoba el domingo 28 de enero del 2007. Recuerdo que me preparé durante un mes para tal acontecimiento. Ese día, desde temprano, los voluntarios de la obra Fazenda de la Esperanza se levantaron para preparar las brasas, todo un ritual inexplicable para mí, pero que, según me vendieron los pibes del lugar, era necesario para asar lento, durante horas, trozos enormes de vacuno y con solo sal.

En Perú la parrillada se hace de diferentes maneras y, antes del boom de los cortes de carne, las chuletas eran adobadas desde un día anterior y hasta sobreviven trucos para ablandar la carne, como el untarle papaya. Al aderezo no le puede faltar nuestro ají colorado, el orégano, una cervecita helada (receta personal) y cuanto menjunje haya para que la carne salga con rico sabor. Así que cuando dijeron “solo necesita sal” empecé a dudar de las palabras ya que los gauchos vecinos tienen fama de “chamulleros”.

Pero estaba embarcado a saber si era realidad tanta leyenda. La cual se me alimentó en novelas gráficas como “El Tony” donde las historias del “cabo Savino” o el “capitán Toro”, que se desarrollaban en la pampa agreste, tenía siempre una referencia al asado del gaucho. Para hacer tiempo empecé a conversar con los grupos de familiares del encuentro. Como espécimen peruano de reciente llegada, me llovieron las invitaciones de mate, esa bebida mágica de la cual ya hablaré en otro momento, las facturas (postrecitos de harina con dulces), la maravillosa pasta frola con la mermelada de membrillo, los alfajores de maicena embadurnados con el dulce de leche (que no supera a nuestro manjar blanco cof, cof), en fin, como me enseñaron de niño: “Si vas para un pueblo nunca desprecies la comida”, y no era hora de desprestigiar a mis ancestros y sus proverbios.

Llego la hora. El asador empezaba a repartir a diestra y siniestra los cortes. Al llegar pedí tres porciones. Ya en la mesa y casi con las manos le metí un importante mordisco al asado y, de verdad, sentí que mis papilas gustativas entraban en una guerra de contradicciones y emociones. Para cuando a regañadientes tuve que aceptar que efectivamente era la mejor carne al asador que había probado, ya estaba por la segunda vuelta.

—Che peruano ¿y allá en tu tierra porqué la carne es dura? —me preguntó un tucumano. —Es que las vacas salen de mañana temprano a escalar los Andes y entre ir y volver en la tarde pues que se les tensan los músculos. —Ah por eso debe ser, claro —me dijo sin estar convencido de que le decía la verdad o lo estaba “palabreando”.

Luego vino el pastel. Delicioso. De ese me serví dos porciones y, por insistencia de una linda viejecita, me serví un tercero. Al día siguiente, mientras estaba doblado en seis por el cólico malacara que me dio, repetía a quién quisiera escucharme que la culpa la tuvo ese tercer pedazo de torta, que sí no, una tercera ronda se asado me habría zampado por el cogote ¡mavale!          

CUENTO: Un candado para dos 

Foto: Detalle Toro de los Candados, Santa Cruz – Bolivia


(Basado en una vieja historia Serbia)

—No vayas a Serbia —alcancé a decirle, “Que, porque roban a muchachas lindas, seguro”. —No, es que allí inició la triste historia de los candados.
«En Banja una maestra llamada Nadia, en medio de sus clases matutinas, se enamoró de un galante soldado llamado Relja que marchaba con su pelotón a la misma hora y pasando por su ventana. El amor entre ambos crecía en medio de paseos por los bosques cercanos, por la playa del balneario y en sus conversaciones en el Puente de Ljubavi. Pasó el tiempo y los ojos de Nadia se iluminaron ante la visión de un anillo de compromiso.  
La felicidad era intensa para la novia. Hasta oía las trompetas. Pero no eran de casorio, eran de guerra. El militar fue llamado al frente contra Grecia. Pero la esperanza fue mayor en la joven docente que miraba las hojas del calendario y escuchaba la radio. Pero las noticias que llegaron fueron por telegrama, el joven Relja se había casado en Corfú con una mujer de allí. Nadia murió en vida, y tiempo después también literalmente. 
Desde allí las mujeres en Banja, para proteger sus corazones, escribían sus nombres y los de sus novios en candados y los colocaban en las verjas del puente de Ljubavi, con la esperanza de que sus ilusiones fueran eternas.»  
“¿Y por eso no debo viajar a Serbia?” —No, es que tengo un candado con tu nombre y el mío y antes que viajes, quiero que lo coloquemos juntos en el puente.
“Ok”.

COMECUENTOS: Emoliente para toda la gente

La carretera me atrae tanto, no tienen idea. El rumor del motor, esa quietud aparente dentro del bus o el vehículo, el paisaje que cambia afuera como la proyección de una película, los pensamientos profundos que uno desarrolla, la ansiedad de llegar al destino. Durante muchos años viajé casi seguido a la provincia de La Unión, tierra de mis ancestros por parte de mi madre. Aún estaba en funcionamiento la empresa de buses Virgen del Carmen, en la cual me trasladaba en unas 12 horas a mi destino. El viaje era de noche en su mayoría y llegábamos casi despuntando el alba. Al llegar a la Plaza de Armas de Cotahuasi, que era el terminal de los buses en esos años finalizando los noventas y luego de tocarle la puerta a mi Mamá Hilaria, me tomaba un rico emoliente con su yapa. 

Los aromas de la cola de caballo, linaza, alfalfa, llantén y boldo, con la base del agua de cebada tostada, me inundaban el alma y me hacían revivir el cuerpo, listo para pasar unos días intensos. Dentro de algunos días viajaré a la capital por tierra y espero encontrar un emolientero limeño capaz de convencerme de que también por esas tierras saben preparar esta gran bebida nacional. Y es que si el pollo a la brasa es el plato más democrático en este hermoso país, el emoliente es la bebida más popular en las calles de nuestras ciudades. 

—Papi puedes traernos pollito, es fin de semana. —Claro hijito. —Pero con emoliente para que baje la grasita. —Jajajaja. Mi risa resuena en el teléfono, asusta a medio mundo en la calle Mercaderes y me hace caminar más rápido para alcanzar la combi y de allí al hogar. El viaje, señores y damas, te hace pensar en mil cosas, no tienes más que dejarte llevar, devorando distancias, para encontrarte con el destino. El mío en estos días, cuando compro la bebida que trajeron los españoles y que mejoraron (como todo) nuestros antepasados indígenas, es una carretilla casi en la esquina de mi casa. La medida oficial son tres vasos para llevar, sin hayrampu, no mucha linaza y harto limón.

Y es que hay para todos los gustos y agregados. A esta bebida digna de los Apus se le echa también al gusto: uña de gato, maca, chancapiedra, sangre de grado, muña, sábila y, si tu casero es de los que ya conocen a sus clientes, puedes pedirle con polen, miel de abeja, algarrobina, «barbas» de choclo (que te limpia de cálculos), «amargo» hecho de extracto de hercampuri, bueno para limpiar el hígado y ufff de todo como en botica.

Para algunos la «baba» de la linaza no les resulta agradable, es cierto, pero pasado eso, el aromático sabor conquista a cualquiera. Recuerdo a mi amigo Arturo Salazar y una ocasión allá en el 2002 cuando estudiábamos Comunicaciones y en la esquina de Don Bosco con La Paz le invité un poderoso emoliente de entonces setenta centavos. Era la primera vez que tomaba uno en carretilla y como tal no le agarró el truco de tomarse de un tirón la espesa y gomosa linaza, ya se imaginarán que le pasó y cómo le quedó la camisa.

Un carrito emolientero es sinónimo de esa vena que tienen muchos de nuestros compatriotas por el servicio, los vasos bien lavaditos, la bebida hervida, ahora se ponen mandiles y guantes y, claro, si lo pides con gracia y calle, hasta yapa te darán con una sonrisa. El emoliente, al final, es para toda la gente y no conoce de diferencias sociales, de ello deberíamos tomar ejemplo.  

COMECUENTOS: Chifa Selvático

Costillitas de chancho con chaufa, en el restaurante al frente de la Iglesia de la Compañia en Arequipa


Preparé hace poco en casa una especialidad peruana de fusión: tallarín chifa. Los ingredientes hoy por hoy son de fácil adquisición. Entonces manos a la obra, me dije: a cortar el pollo en tiras para freírlo, los tallarines frescos abundan en los puestos de mercado, así como las botellitas de salsa de ostión y del aceite de ajonjolí que al final le dan el sabor oriental junto con el sillau. Las verduras como la col china y el holantao, o los brotes de soja, también son de venta común y ni qué hablar del brócoli, pimiento, tomate y cebolla. Todo para saltear en el wok y, cuando sueltan el jugo las verduras, se le agrega a la salsa un poco de harina de chuño para que espese y salga espectacular, corriges la sal y a servirlos generosamente encima de los fideos amarillosos de sabor.

—¡Papi está rico! es el mejor chifa que he comido —me contesta la corta edad de mi Mathías.

—Claro pues hijito— respondo hinchando el ya grueso pecho. Pero no se queda allí, mientras sorbe un fideo rebelde, me pregunta si este es mi plato chifa preferido. Tengo que responder que no.

Hay cosas que uno no concatena de su propia historia, hasta que las ve a la luz del cristal del tiempo, que todo corrige y coloca en línea. El mejor plato de chifa, esa variada fusión de platos criollos con la magia oriental, la probé en la ceja de selva peruana.

Oxapampa es una provincia de Pasco, región central de nuestro país. Por allí pasa la Carretera Marginal de la Selva y llegas a La Merced y de allí, unos cuantos cerros cubiertos de selva y vueltas que dan a hermosos cielos y quebradas y precipicios que se vuelven trampa mortal en verano, más unos cuantos letreros anunciando el pueblo, se encuentra Villa Rica, ciudad cafetalera por excelencia, lugar paradisiaco en el que con mi madre pasamos casi un año mágico. Una de las salidas, digamos, de premio que nos dábamos al mes, era ir a un chifa que quedaba en la calle central. Desde que probé la delicia llamada “Pollo con ajonjolí”, acompañada de blanco arroz, creo que no he vuelto a probar algo similar en cuanto chifa he visitado en los últimos años. Como era un gusto algo caro y solo de contadas veces, lo atesoro junto a ese año mágico, feliz y también doloroso.

Tan grandioso me pareció la combinación de las semillas de sésamo, con la salsa y el pollo frito, que, casi un año después, ya instalados en Arequipa de nuevo, con mi mamá salimos a buscar un chifa porque me antojé del suculento majar. En el único que encontramos en esa época en el centro, no tenía nuestro plato, pero sí uno parecido que no recuerdo. El problema vino al pagar la cuenta, mi madre tenía un billete grande y no tenían vuelto, aparte que nos cobraron sin avisarnos el plato de arroz. Ahora que rememoro, mientras mi mamá renegaba al lado de la caja, me sentía muy culpable por insistir con mi antojo, el cual nos estaba resultando caro y molesto.

—Papi te quedaste pensando.

—Perdón hijo, es que la memoria a veces nos trae buenos recuerdos… pero también algunos agrios. Es como un buen plato de chifa al final, que tiene dulce y también salado, pero por allí un poco de ácido y amargo, para recordarnos que la vida es una fusión de momentos de todo tipo. Ahora termina tu plato y si quieres ¡repetimos!   

Por: Sarko Medina Hinojosa, cuento aparecido en Diario El Pueblo 03/02/18

Luisa Valenzuela: “El microrrelato es una espora que lo contamina todo”

Foto: Geraldine Canazas

Entrevista: Sarko Medina Hinojosa

La esperé en el living del hotel en el que los organizadores del Hay Festival Arequipa 2017 organizaron las entrevistas para medios con los invitados de todo el mundo. Llegó muy preocupada por la demora y me pide si la puedo esperar un poco más porque quiere abrigarse. En ese momento compruebo que, además de carácter, Luisa Valenzuela, tiene una delicadeza para expresar con sinceridad lo que siente en cada momento.

Más de treinta libros la acompañan y refuerzan el interés de varios medios por entrevistarla, notas en diarios, entrevistas en televisión y perfiles fueron desarrollados en esos días. Pero casi nadie le preguntó por una pasión que aparte de una charla sobre ¡El dinero!, la hizo invitada de una mesa que me interesaba mucho: el Microcuento.

Entrevistador: El taller de Alfonso Reyes (Tecnológico de Monterrey) marcó un hito en cuanto a la forma de cómo escribir microcuento y de llevarlo a personas que, por su formación, no era que fueran cercanos a este género.

Luisa Valenzuela: Tú sabes que en el último día del taller pasó una cosa maravillosa que yo lo defino como un triunfo del microrrelato. Estamos hablando del Tecnológico de Monterrey y Carlos Fuentes tuvo la maravillosa idea de llevar las humanidades a los ingenieros. Creó un consejo consultivo del cual fui parte y la obligación de los miembros de este consejo era dictar una cátedra una vez. Yo no sabía de qué iba a dictar una cátedra cuando ni siquiera tengo una carrera, tengo muchos libros publicados, pero entonces dije que les iba a hacer un taller de microrrelatos. Pues hicimos esto en esta sala en la que estaban las cosas para hacer videos y transmitían a varias otras salas y clases. El ultimo día como te decía era de tres horas. Hicimos un break cada cincuenta minutos. En la primera hora entra un tipo trajeado y pienso es un alto ejecutivo del tecnológico que entra para ver el desastre que estábamos armando allí, esta locura de microrrelatos y bueno yo estaba haciéndoles escribir con la clásica frase “saquen una hoja y escriban en cinco minutos” y bueno el tipo saca una libreta muy mona bien fina y escribe su historia y la lee, porque todos podían leer su historia. Vuelve a la segunda hora y vuelve a escribir y leer. Y cuando termina todo me acerco a los amigos del tecnológico para saber qué alto ejecutivo estuvo presente y me dicen que ninguno estuvo, pero van a averiguar y resulta que era un alto ejecutivo pero de Telmex y que estaban queriendo pedirme la sala porque la necesitaban para una importante conferencia pero él salió a decirles que no se podía interrumpir y se volvió a entrar para escribir su microrrelato. Quedó atrapado.

E: ¿Para usted que es un microcuento?

LV: Es todo un universo en una cáscara de pistacho y claro, el pistacho es delicioso. También otra definición que me gusta es que es una espora. Cortázar dice que la novela es un árbol, mientras que el cuento es la bellota de dónde nace ese árbol. Yo creo que el microrrelato es una espora, que se propaga, que va contagiando y creando todo el mundo que son los microrrelatos, una espora que lo contamina todo. De hecho me encontré antes de venir a Arequipa en Lima con Beto Benza y otros microcuentistas y empezamos a contar historias hablando del microrrelato, pero justo contagiados por esto, empezamos a crear no a hablar solo del microrrelato sino a empezar a contar, contagiados por esa espora.

E: Hablando de esta comparación con estas esporas que menciona y que contagia, ¿también tiene que ver con la intertextualidad del microcuento y qué tanto debe usarse en el mismo?

LV: No debe usarse tanto porque se puede abusar, no se debe confiar tanto en el conocimiento previo de los otros, del lector, porque se puede confundir con un dato que solo puede conocer el autor y que para los demás no significa lo mismo. “El Dinosaurio” de Monterroso no es intertextual, creó un montón de datos intertextuales, por allí los microrrelatos son creadores de intertextualidad. Son maquinitas de pensar, el autor siembra estas maquinitas en el lector y este le sigue dando vueltas. Ahora no todo texto corto es un microrrelato porque no necesariamente es lo exacto para dejarte pensando.

E: ¿Qué tanto debe importar el título en un microrrelato?

LV: Yo creo que allí fue un error de Monterroso, porque el título te permite agregar información, porque si jugás un poco con el título, extendés el relato en sí y darle el poder significante al microrrelato y no caer en el “tito repito” como en “El Dinosaurio” que pudo llamarse Sorpresa y algo más que le aporte pero igual queda como el emblema porque ya el titulo es el referente al microrrelato.

E: ¿Cuál es la máxima extensión de un microcuento ¿Cuándo deja de serlo para pasar a un relato corto.

LV: Creo que 300 es un lindo largo. Ahora que hay microrrelatos muy cortos, Guillermo Samperio con su “El Fantasma” es un claro ejemplo, allí es cero palabras.

E: ¿Se puede jugar tanto con el microcuento?

LV: Yo creo que sí, es la imaginación, allí lo ves y lo entendés no es que te lo tenés que explicar, por ejemplo lees “El Fantasma” y ves la hoja en blanco y lo entendés. Son instrumentos del pensamiento natural que hacen ver las cosas desde otro lugar.

E: ¿El microrrelato viene a suplir la literatura en espacios cortos como las redes sociales?

LV: Es que no viene a suplir, es literatura, puede que remplace a otras cosas y es más: agrega, es un complemento de la literatura pero no la suple.

E: Se entiende que el microcuento no es el resumen de nada y viene teniendo su propio nombre y lugar ¿cuál es su futuro?

LV: Todos escribimos microrrelatos antes, en mi primer libro de cuentos hay dos muy cortos que se comentó en un libro de microrrelatos que se llama el Abecedario. El microrrelato tiene muchas posibilidades como una herramienta para transmitir la noción de lo que es la escritura. Te comento una iniciativa que tuvimos con jóvenes escritores en Argentina, los enviamos a las villas miseria y luego a los centros de detención temprana de adolescente para que con ellos escriban historias muy cortas y queremos ampliarlo a las comunidades indígenas y queremos irradiar la idea. Pero ¿porqué lo hicimos? es que el microrrelato de presta para a tener conciencia del lenguaje, del peso de la palabra, qué elegir para contar, cómo vas a armar tu frase, a enfocar y a pesar de que no era gente muy leída, por las circunstancias de su realidad, empezaron a tomar conciencia de lo que es la escritura y para eso se presta el microrrelato para crear historias cortitas y sabrosas, aprender a darles sazón, ese sabor.

E: Y el microcuento tiene mucho de eso, más allá que muchos lo consideren que tiene más humor negro, ironía tiene sabor propio que abarca todo.

LV: Puede ser ironía, trágico, dramático, de hecho yo le llamo a esa variante como “microcuento testimonial” a los relatos que hicieron en el trabajo que te comentaba antes. Un ejemplo de eso: con asociaciones de microrrelatos y Derechos Humanos, se crea el “Basta: 100 mujeres contra la violencia de género”. Allí Pio Barros juntó a 100 escritoras contra la violencia en Chile, luego en Argentina y cuando llega a Perú no había cien escritoras así que fueron a los centros de las casa de las mujeres golpeadas y de allí salieron microrrelatos geniales, porque cuentan su historia no desde lo terrible o patético sino desde la literatura y eso, eso es genial porque las ayudó en algo a sanar.

Sobre “Conversación con las Máscaras”   

E: ¿De qué trata este libro que has publicado con Editorial Micrópolis?

LV: Sabes es un libro que me propone Beto Benza sobre estas máscaras que colecciono desde hace años y que en realidad es así: las máscaras me hablan, me cuentan su historia, y yo solo hago de interlocutora, una especie de transmisora entre ellas y el lector. En casa ellas están en un galpón que tengo y sé que aumentarán cada año. Cada una tiene algo que decir de lo profano, lo sagrado, lo terrenal y lo espiritual.

E: ¿Te estás llevando una máscara en tu paso por Arequipa?

LV: Me llevo dos, que me ha conseguido un maravilloso amigo nuevo que ha logrado para mi estas dos máscaras de una danza que se llama “Diablada” y que seguro también me contarán su historia.

Foto: Adrián Quicaño

Biografía de la Entrevistada

Tomada de https://www.luisavalenzuela.com/

Luisa Valenzuela nació en Buenos Aires, Argentina, un 26 de noviembre. Residió varios años en París y Nueva York, con largas estancias en Barcelona y México. Durante su dilatada carrera, que abarca ya cincuenta años de ininterrumpida dedicación a la literatura, ha publicado más de 30 libros, entre novelas, volúmenes de cuentos, microrrelatos y ensayos.

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Su obra fue editada en más de 17 países de América, Europa, Asia y Oceanía, y traducida al inglés, francés, alemán, holandés, italiano, portugués, serbio, coreano, japonés y árabe. Su particular abordaje de temas y motivos relacionados con el poder, el cuerpo, el humor y el lenguaje la han convertido en objeto de estudio en universidades de todo el mundo.

Acreedora de las becas Fondo Nacional de las Artes, Fulbright (Programa Internacional de Escritores en Iowa City) y Guggenheim, entre otras, Luisa ha desarrollado una gran tarea como docente, dictando cursos y talleres, sobre todo en Universidades de Estados Unidos y México. Su actividad académica se completa con membresías en destacadas instituciones, entre otras: el New York Institute for the Humanities, la Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey y la American Academy of Arts and Sciences.

Durante diez años fue redactora del Suplemento Gráfico del diario La Nación y su notoria labor la hizo merecedora en 1965 del Premio Nacional Kraft. Posteriormente, trabajó durante mucho tiempo en la revista Crisis, y fue columnista y colaboradora de muy diversas revistas y periódicos de la Argentina y Estados Unidos.

“No hay patrones ni moldes si se quiere escribir distinto: escribir de verdad.”

Luisa Valenzuela

A lo largo de su carrera ha recibido distinciones de diversa índole, entre las que se destacan el Gran Premio de Honor de la SADE, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Knox (Illinois) y de la Universidad Nacional de San Martín (Provincia de Buenos Aires), la Medalla Machado de Assis de la Academia Brasilera de Letras, el premio Astralba de la Universidad de Puerto Rico y el premio Esteban Echeverría de la Asociación Gente de Letras. En el año 2017 tuvo además el privilegio de ser designada para dar el discurso de apertura de la 43ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Debido a su amplia trayectoria, ella misma ha integrado el jurado de importantes galardones internacionales, tales como el Premio Casa de las Américas de La Habana, el IMPAC de Dublín, el New York State Council for the Arts, y el Literario de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Su profundo compromiso social la llevó a ser nombrada Fellow del Fund for Free Expression y del Freedom to Write Commitee del PEN American Center, cuya sede en Argentina preside desde el año 2015.

Viajera empedernida, suele dictar conferencias y lecturas en congresos y ferias del libro alrededor del mundo. Numerosos encuentros literarios fueron incluso dedicados por entero a su obra, como el encuentro “Luisa Valenzuela: a symposium” (Universidad de La Trobe, Sydney 1990), la prestigiosa Puterbaugh Conference (Universidad de Oklahoma, 1995), la Semana de Autor de Casa de las Américas (La Habana, 2001), la jornadas “Aproximaciones a la obra de Luisa Valenzuela” (Universidad de Viena, 2008), el coloquio literario de la Feria del Libro de Monterrey (México, 2009) y las jornadas “Luisa Valenzuela, el vértigo de la escritura” (Buenos Aires 2015).

Desde 1989 radica en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde fue declarada Personalidad Distinguida de las Letras y Ciudadana Ilustre.

COMECUENTOS: Timpo y tiempo

El seis de enero, aparte de celebrarse en todo el orbe la Fiesta de los Reyes Magos, es momento ideal para sacudir los perales en Tiabaya y preparar el Timpo de Peras o Timpusca, chupe que lleva, aparte de un buen trozo de carne de cordero tierna, patasca de trigo, papa, camote, cochayuyo y peras. Por decisiones de última hora terminamos este año en familia recorriendo ese memorable domingo el distrito de Yanahuara, al otro extremo del plato como quién diría. —Vamos a la Cau Cau. —¡Pues vamos!

No recordaba el ir a tan emblemática picantería en mi cercano pasado. Pero al ingresar los recuerdos volaron a mi hoy, traídos de la mano de los olores sustanciosos de las cazuelas de diversos platos. La espera para que nos atendieran me dio tiempo para contar la historia de Alisa, una médico cirujana que trabajó allá por el 2003 junto a mi mama Liliana en el Hospital de Cotahuasi, haciendo su SERUM. Ese servicio anual que desarrollan los profesionales de la salud antes de licenciarse en el país, le significó salir de su cómodo régimen citadino y conocer la verdadera cara de la vida en el interior de la sierra peruana. —¿Y qué tiene que ver con el Timpo? —La verdad nada, es que fue aquí, en esta picantería, que se despidió para irse a Dinamarca.

Resulta que la menuda doctora, usando la tecnología del messenger del Hotmail de ese entonces, entabló un bonito noviazgo con un danés. Tan bien fueron las relaciones virtuales que el susodicho la invitó a visitar su país en las vacaciones, con todas las garantías del caso. —¿No se intentó aprovechar? —pregunté cuando ya instalados en una de las mesas, pedimos el famoso escribano mientras abríamos apetito. —No, pero tampoco fue bueno el viaje.

El viaje hasta las Europas no resultó como esperaba. Las nostalgias provincianas, la falta de comida tradicional y la canción de El Regreso, le jugaron malas pasadas que le hacían soltar las cataratas de llanto ante los consternados y fríos daneses que conformaban la familia del pretendiente. —Tanto fue que un día quisieron darme una sorpresa, prepararon salchipapas con unas salchichas olorosas y papas aguachientas, y se quedaron más asombrados que en vez de alegrarme de nuevo me pusiera a llorar.

La pregunta caía de madura como las peras ya listas para el plato que me traían lleno de vapores y olores: ¿Entonces porque te vas y encima para siempre y con casorio? —pregunté— Es que lo amo, es muy tierno y cálido, además que es muy espontáneo y gracioso, me hace reír mucho. Yo traté de comprender las razones del amor, pero tenía en ese entonces 24 años y sacrificarme por cariño no estaba en mi registro.

Mientras avanzaba la tertulia, la conversación entre ambas derivaba de risas a lloros y muchas anécdotas de intervenciones médicas, como aquella en que se arriesgaron con un parto podálico que ponía en riesgo la vida de la madre y del niño pero que era necesario para salvar la vida de ambos, entre otros relatos. Comprendí que se estaban despidiendo, ella le decía adiós a su tierra, sus costumbres, la comida que amaba, por algo mayor, por inseguridades de un futuro al lado de otra persona en un país tan distinto. —¿Y sabes si le fue bien? —me preguntaron en el hoy los que me oían la anécdota al terminar el rico caldo— No lo sé, han pasado tantos años, pero espero que sí, la apuesta que hizo ella no merecería un final distinto que el feliz.

Por: Sarko Medina Hinojosa

COMECUENTOS: Siete panetones para un mes

Mathías come panetón en diferentes épocas del año. No le importa la marca, lo que le gusta es el sabor de ese bizcocho migoso lleno de pasas y frutas confitadas que le arranca una sonrisa. Tiene siete años y sabe que Navidad es la época en que más de esos panes, de italiano origen, tendremos en casa. Compré uno, su abuelita Liliana le regaló otro y otro vino de mi trabajo como docente, otro más en la canasta de su mamá, uno que me regalaron en un compartir de un amigo editor. Buena cosecha la de este año.

—Papá ¡tenemos muchos panetones! 

—Nunca tantos como los que tuve en la Navidad del 87 ¡Me regalaron siete! 

—¡Tantos papi! —sus ojos de sorpresa me llevan a contarle la buena suerte que tuve ese memorable fin de año.

Siete panetones a mediados del primer gobierno de Alan García era una fortuna incomprensible para una familia reducida a dos como la mía: mamá y yo. Ella estudiando aún en la universidad y con la administradora de nuestra economía, mi (abuelita) Mamá Hilaria, allá en Cotahuasi, lugar al que no íbamos a viajar por fiestas. 

Las largas colas por pan o siquiera por leche, era muy comunes esos días. Lo que se estrenó el año anterior eran los panetones bromatosos, esos panes inflados que parecían más biscochos de diez céntimos de Inti y con una lotería de regalo, ya que era un premio mayor si encontrabas más de diez pasas o frutas confitadas en medio de su miga etérea y nubosa. Pero estaban rebaratos así que para el bolsillo de la media para bajo de población de ese tiempo era la única opción.   

De esos nos dejó uno Mamá Hilaria, antes de partir con toda la mercadería que tenía. Ella tenía su tienda en plena plaza del pueblo así que trabajaría sin descanso en las fiestas. El segundo vino por parte del tío Eliseo de Lima que nos dejó uno de marca bien rico, otro del tío Segundo, uno más por parte del trabajo como vendedora de Yambal de mi mamá, otro nos regalaron las amigas de universidad conocedoras del drama que vivíamos en casa, uno más de otro familiar y el último… el último fue especial.

Aunque en realidad es el primero que debería mencionar. Y es que mi cumpleaños es el 19 de diciembre y ese año casi ni regalos iba a recibir, aparte de la ropa de domingo que me compraría mi abuela y un juguete de mamá. Pues el día de mi cumple mi madre no tenía para comprar una torta, ¡pero sí un rico panetón! Aún recuerdo la velita puesta en el marrón bizcocho y el canto de cumpleaños. En los días subsiguientes vinieron en seguidilla los panetones ya mencionados que duraron hasta bien entrado enero. Regalo tras regalo fue. 

—¿Por eso me gusta el panetón? —pregunta Mathías.

 —Sí, debe ser por eso, a tu abuelita le encanta también. 

—Pero tenemos muchos, hay que regalarle uno a mi abuelita Liliana. 

—Eso haremos —respondo feliz.

En definitiva mi hijo es otra historia, ya que yo, con todos esos panes deliciosos a la mano, no pensé en regalar ni uno a nadie, hasta confieso que (no se lo cuenten a mi mamá) me comí uno entero, en una tarde mirando televisión, sintiéndome el más afortunado y querido de todos los niños en esa Navidad ochentera.

308. Vanilla Ice y el primer beso

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La canción la encontré hoy para ti en Youtube: Ninja Rap.

¿Te acuerdas? Era 1990, era el día pues, no tengas duda, la ropa lista y no sabía qué pasaría. La invité al cine y ella aceptó para ir, pero junto a su hermana un año mayor y tú tenías que llevar al Lagarto.

El Cine Arequipa era el elegido, acuérdate de pagar con sencillo. Para todo sacaste plata y hasta me ahorré algo porque pague tarifa de niño. Eres muy chato pero ella dijo que le gustaba así.

La película era las Tortugas Ninjas 2 y los dos chaperones entraron antes ¿Te acuerdas? Ella fue la que te agarró el brazo para que nos fuéramos a la parte baja. Casi corriendo nos aplastamos en unos asientos pegados a la pared.

La película empezó muy bien y tú sudabas a mares y tratabas de hacer algo para que ella te preste atención a ti y no tanto a esos efectos chéveres que… también a ti te estaban distrayendo del objetivo ¡Presta atención!

Tenía unas cejas pobladas que te enloquecían y su aroma hacía que me pusiera nervioso siempre que la saludaba. Por ella cambié esa ropa sucia de tardes en la tierra jugando fútbol, por ella aprendiste a saludar con beso y a practicar con una naranja. Me arriesgué a pedir permiso por primera vez.

Tomaste valor, quería que todo acabe rápido. Levanté el brazo y ella se dejó abrazar. A mitad de la película sin ya saber que decir o hacer, trataste de ver la hora justo ¡Oh casualidad!, con el brazo con que la abrazaba. Al juntar mis labios a los suyos algo, mágico sucedió: ella te correspondió. El resto de la película fue así, casi sin hablar y quejándonos al final que se prendieran las luces y no tener más tiempo para eternizar ese momento.

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309. Teatrero

La imagen puede contener: una o varias personas, personas practicando deporte, personas de pie, calzado y exterior

En el Carnaval del 90 Uncas tenía 11 años como para andar en la mancha de los grandes. No se había convenido nada en la mañana. Cada uno llevaría globos inflados en los baldes y anilina para el agua o polvos. Algunos llevarían “matacholas” y de la calle República el Negro llevaría aceite de camión. Al final de a pocos se empezó a juntar el grupo, mientras se avanzaba por las calles y se enfrascaban en guerras por grupúsculos, luego todos terminaban uniéndose para seguir avanzando, buscando víctimas secas. El sol resplandecía como nunca antes ni después.

Luego de pasar por todas las calles posibles, y ya al borde de la hora de regresar a casa, todos coincidieron en el Parque Umachiri para una batalla final en la pileta. Luego de un buen rato mojándose entre todos y manchándose con el aceite final, fueron desalojados por los cuidantes, no sin antes baldearlos también.

Los grupos se deshicieron y quedó el de la Arias Araguez en la esquina de la calle América, en la curva justo.

Uncas recuerda con claridad como por un instante dio dos pasos atrás para evitar la mano grasosa del Falonso y en eso el Datsun blanco lo impactó a la altura de la pierna. No sabe bien si fue para esquivar o el golpe en realidad lo lanzó, la cosa es que apareció casi dos metros delante y gritando como para dar a luz.

La mujer del carro se bajó e intentó levantar al chiquillo en medio de los reclamos de los forajas que amenazaban con desmantelar el carro. La señora en su desesperación sacó de la cartera sendos billetes y se los puso en la mano. Cuando partió alguno dijeron para llevarlo a la posta siquiera, pero la risa del supuesto herido les mostró que todo había sido exagerado. Nadie regresó temprano ese día.

311. Detrás de la “María Phishana”

La imagen puede contener: una o varias personas y exterior

La abuela se sentó un momento antes de seguir bailando la Tunantada. Se supone que el personaje de la María Phishana lo hace un hombre, pero ella, desde hace varios años, en el baile de la Candelaria, asume el papel y, con mucha picardía y coquetería, interpreta el personaje mientras danza. 

Se le acerca un periodista de la zona. Llegó para la fiesta y conoce los personajes que intervienen y le sorprende que sea una anciana la que interprete a… una anciana.

—Pero señora ¿Cómo usted hace de María?

—Mira joven, voy a contarte pero solo para que me dejes bailar y no me estés pegado como mosca luego. Cuando era una chiquilla yo hacía de la Ñusta en la Tunantada, y del Español hacía un chico pobre, le decía el Caiccado, porque toda su familia murió y creían que él llevaba la mala suerte.

Le gustaba hacer de ese papel porque en sí es el más importante, con su traje elegante, su sombrero con penacho de plumas. Es así creído para enamorar a la Huanquita que luce como ves finos adornos de oro y plata, pero también enamora a la Jaujina que tiene lindos fustanes o a la Ñusta que lleva un lindo sombrero cuadrado. Pero en verdad me enamoraba a mí.

Para no hacerla larga, en una fiesta se quebró la pierna por andar mostrando su danza. Nadie sabe cómo se hirió. Luego de eso dejó de servir para muchas cosas, hasta que un año regresó vestido de la María Pishana y bailó tan bien así todo encorvado que rapidito se adueño del papel. También regresó con ganas de trabajar y de seguir enamorándome.

Pues con ese loco me casé y fui feliz… pero murió hace algunos años y… bueno, pues para recordarlo me meto en su traje y es como si volviera a bailar con él, juntos siempre.

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La excelente foto es de Jacqueline Rivero Matos, quien amablemente me la ha prestado para el proyecto.

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310. Sin salida

Desde un inicio comprendí que este mundo está regido por los dueños, aquellos que tienen privilegios y que nos ven como objetos. Nunca me rebelé al principio, porque comprendí también que de hacerlo el destino era el hambre y la muerte. Al caminar por las calles de esta ciudad, pude ver a muchos de los míos tirados a los costados del camino, muertos. 

Viví una niñez de juegos y mucho cariño, no debo negarlo. Mi familia me protegió hasta donde pudo. Ya de grande mi rebeldía natural ocasionó varios problemas con los que controlan el mundo. Hasta que, luego de un arranque de furia, se me echó fuera de la protección, a ser libre para morir.

Pero no sucumbí al hambre. Caminé por todo lado, alimentándome de lo que otros tiraban, oculto entre las sombras, juntándome con otros caídos en desgracia. A las personas no le importa mucho nuestro estado, varios hacen algo cosas por darnos alimento o agua, algo para cubrirnos a veces, pero en realidad, es momentáneo, siempre tenemos que buscar cómo alimentarnos y sobrevivir.

En estos años hemos aumentado en número, más por la facilidad que tienen los dueños del mundo de librarnos a nuestra suerte que de tratar de darnos un modo justo de vivir. Somos presa de su propia ambición utilitarista de tenernos a su merced y controlar lo que hacemos. Somos objetos solamente, servimos para una causa y luego la amenaza de volver a la calle, o peor, de regresar a una muerte segura allá.

Por eso han empezado a cazarnos, reclamando que somos muchos, que hacemos daño, que nos comemos su comida, que los atacamos, que portamos enfermedades. Ya casi nadie quiere ayudarnos, nos ven como parias, hasta los de nuestra misma clase que tienen una mejor posición y arraigo nos echan. Así es la vida del migrante clandestino y creo no mejorará. 

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313. No eres tú…

En serio, no eres tú, soy yo. Yo y mis dificultades para estar en paz con el amor que me das. Yo y la sensación que te robo algo que a mí me falta y no es justo para ti ni para mi, que estés allí siempre y yo nunca. Que me saludes con un buenos días te quiero y yo solo tenga que darte un chiste mal hecho sobre el “me” del dime.

Yo soy el problema y doy la solución. Ya no estarás pendiente de que hago o que no, porque no es sano; ni tampoco estaré pensando en que haces y con quién, porque para ti puede ser interesante, para mí solo es posesión, esa necesidad de entenderte como un anexo en mi vida y no un número central, una obra de teatro bien hecha sino un musical cómico en el cual te celo por solo dejar en claro que me importa solo que no te burles de mí.

No dejaré que sigas creyendo que puedes hacerme cambiar, que podemos retomar algo que ya no nace, porque, debes saberlo, al principio lo primero que pensaba en la mañana era cómo estarás, ahora solo me importa revisar mi celular. Tus llamadas encendía sirenas ahora solo causan hastío y eso no lo mereces. Porque el amor se me secó y no es tu culpa del todo, permití que sucediera, al no considerarte a futuro, al fijarme en tus errores de hombre, alegorías, frustraciones, planes rotos por mi culpa, tus intrigas para saber en qué momento asaltarme para darte mi piel.

No eres tú, soy yo, mil veces yo que no descansará en el pecho de otro, porque no me interesa en este momento de mi vida y que tampoco llorará tu partida, lloraré por mí, por mis decisiones y el fantasma del amor que nunca floreció más allá de la primera espina.

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314. El gallo apocalíptico 

El 22 de febrero del presente año, Galileas Mandaroni se percató que el gallo de su vecino, Andreas Cartatori, estaba en su corral junto a sus gallinas. Era la segunda vez que el gallo irrumpía en propiedad del afectado y a consecuencia de sus intervenciones, resultaba en una serie de crías de baja calidad al ser mestizos al ser el seductor de clase baja y las madres de linaje certificado.

Cansado de la afrenta, el señor Andreas agarró un palo y persiguió al galán emplumado por todo el corral, mientras su corazón se agitaba a niveles que ocasionaron, cuando se encontró cara a cara con su vecino Galileas, que le sobreviniera un paro cardiaco. Los familiares del caído intentaron linchar al vecino que no entendía muy bien la situación, siendo auxiliado por sus propios familiares, originándose una gresca callejera que intentó ser detenida por la policía local, lo cual originó una serie de protestas de los vecinos de todo el barrio, aumentándose otras problemáticas como la corrupción en el país hasta el costo de la vida insostenible a los bolsillos.

Una mala decisión del jefe policial de la ciudad hizo que una tanqueta de la policía fuera al lugar de los enfrentamientos. La visión del armatoste de guerra desató aún más la furia combativa de los habitantes, los cuales formaron barricadas y, con el alcohol y gasolina saqueados de comercios, improvisaron bombas molotov. Un vecino ya anciano desenterró un rifle de la Segunda Guerra y disparó con tan mala puntería que impactó a un policía, con lo cual ambos bandos iniciaron un intercambio de disparos.

A los seis días de enfrentamientos masivos se intentó una entrada de fuerzas de la ONU, originando que los aliados de Grecia se unieran en un bloque y se desatara una guerra que aún continua en proceso y ya lleva dos millones de víctimas.

El gallo aún está libre.

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315. Más feo que un pulgar

Eres feo, no lo vamos a negar. Tampoco eres de raza, por más pelado que tengas gran parte del cuerpo. No haces trucos ni siquiera cuidas la casa, duermes todo el día y comes ahora pura comida especial pues ya ni dientes tienes.

Tu llegada a casa fue tormentosa. Mi abuela Hilaria me reclamaba que le busque un perro calato para calentar sus huesos. Todos los días la cantaleta hasta que, una enamorada del hermano de una amiga (je) me dijo que en su barrio su vecino quería regalar uno. Buscar la bendita casa me costó media mañana de mi ocupadísima vida universitaria (jeje) y cuando la encontré, un poco más y te tiraron a mis manos con dos muditas de ropa para el frio. Había algo allí pero no me di cuenta.

Todo el viaje de retorno a la casa en combi me mordiste y, después de entregarte a mi abuela, continuaste mordiendo todo lo que te encontrabas, hasta que ella, desesperada, me dijo: —¡Regresa a este animal del demonio o sino hazte cargo tú que es tu perro!

Años viví con esa broma fácil, pero que hacía memoria de mi culpa propietaria. Ya prometí escribir tu historia, más grande y con detalles de tus malcriadeces, desventuras en los viajes, comodidades y privilegios de vivir con mi abuela hasta el fin de sus días y esa extraña herencia que recibí cuando me mudé al nuevo departamento en casa de mi madre. Contaré tus amores, hijos tardíos, heridas, ceguera prematura, vejez que obliga a que vivas abajo y ya no cerca mío.

Eres feo, pero eres mi perro. Tampoco eres de raza, pero eres más noble y fiel, porque gastaste tu vida dándole el calor a las reumáticas piernecitas de mi abuela, durante todos esos años, sin falta y con amor. Eso te hace el más bendito de los animales, hermoso de alma y ser.

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316. Lucho por ti

Hay un demonio que te ronda y trato de espantarlo. No tiene el color definido, solo flota alrededor tuyo cuando más triste te pones. Pareciera que consume tu estado, ya que cuando ríes y te alegras por algo no se presenta. A veces lo espanto haciéndote caer algo y que te enojes o te rías de ti misma por tu torpeza. Si estás en la calle y empiezas a pensar en el accidente, ahuyento al espíritu haciendo ladrar a los perros o haciendo que te toquen bocina los carros.

Hay otro demonio que me preocupa, ya que el de la tristeza se ahuyenta fácil, pero cuando el dolor hace que llores y no puedo distraerte, aparece ese otro que pareciera se come al anterior. Tiene un color negruzco y a veces salen reflejos rojos de su interior. Contra él no puedo hacer mucho y tengo que andar dando vueltas alrededor hasta el momento en que dejas de llorar y allí tratar de distraerte y vuelvas retomar tu vida. Te pongo a la mano un libro con una frase reconfortante, si estas en el parque que la brisa te acaricie, si estás en la tienda de abarrotes hago que las cosas que busques estén a la mano.

Nadie pide morir creo, no puedo asegurarlo, me contaron de que algunos han pasado a este lugar por su propia mano, pero nunca he visto alguno, o, bueno, nunca me ha pasado con alguien que cuido. Sé que lo amabas y que era con mucho tu mejor amigo y que te sientes culpable porque estaban enojados. Sé todo eso. Estoy aquí contigo, aunque no me permiten influir directo en ti, puedo ayudarte, como avisándote cuando un carro casi te atropella, hasta cuando te olvidas de respirar, y puedo asegurarte que lograrás salir de esto si sigues luchando.

No te olvides que soy tu ángel guardián y para eso estoy aquí.

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317. Escalafón escolar

En primero de secundaria buscábamos nuestro lugar en la clase. Si eras el más rebelde, el más chistoso, malhablado, vivo, peleador, pornográfico, adinerado, malcriado, chancón, pajero y largo etc. Una vez logrado un espacio lo defendías para que otros no te hagan sombra. Si estabas en nada eras “punto”, es decir te agarraban de “pescado”. Yo era un “vivo”. Me decían “Chato Púber”, mientras que el “Lunarejo” era un conocido de mi barrio que tenía en la mejilla izquierda un lunar grande y con vellos negros muy marcados. Esta característica atraía como imán los dedos del “Chato Banda”, que lo jodía jalándoselos.

Un día en el recreo la cosa contra mi conocido era ya de marca mayor con insultos y cachetadas porque no reaccionaba.

—Ya déjalo Banda.

—A carajo, ¿eres su machucafuerte o qué?

—Solo te digo que ya basta.

—¡Entonces contigo pues!

—Como quieras huevón.

—¿Con qué, chaira o cadena?

—Cadena.

La pelea fue en la salida. Había muchos compañeros pues estaban emocionados, era la primera vez que se iban a pelear dos usando metal en nuestro año. Empezamos lento por cuidado a los puños entramados, luego aceleramos la cosa, sin medir donde caían los golpes, hasta que en una pausa, mi contrincante bajó los brazos y me señaló la boca. Al parecer me había roto el labio. Según las normas de la pelea el primero que sangraba perdía, así que me fui a lavar. Al otro día el profesor de Matemática al verme me preguntó: “Medina ¿qué te pasó en la boca?”, “Nada profe, ayer me caí en el filo de la grada”. El docente miró por la clase y vio a Banda que estaba con el ojo morado. “Claro, con la vereda, bueno ya listo a continuar con la clase”.

Ese día aumenté a mi estatus de “vivo” el de “peleonero”. ¿El Lunarejo? Creo que lo siguieron jodiendo, yo ya estaba en otro level.

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326. Los nombres

Te amo Fabiola como nunca imaginé amar a nadie en esta vida Alejandra, los cabellos que te caen por la espalda me recuerdan una cascada María, sin saber tu nombre te he deseado Helen, ¿porqué siempre te miraba a través de la ventana?, es sencillo, me gustabas Camila, es que soy tímido y creí que me ibas a rechazar Jazmín, el cielo es testigo de mi amor Lucía, más allá del mar está la tierra para nosotros Aurora, ¡te has soñado conmigo!, es que soy el sol y tú la luna Pamela, los poemas que escribo son para ti Olga, hace años que te miro en secreto Luciana y tus dedos me recuerdan las cuerdas del destino que nos une Isabela, con cada paso que das siento que levitas Mabel y las estrellas que miramos en la noche son tus ojos traspasándome Helena, después de estar dentro tuyo no me iré nunca Isaura, no lo dudes somos uno Sheyla, ¿es lo que sientes real a pesar de que estamos lejos? claro, estoy aquí contigo Alondra, nadie impedirá que estemos juntos ni ella ni nadie Carmen, es un regalo sencillo ante tu belleza Sofia, Jimena estamos juntos hasta el amanecer y juraremos este año frente a los cielos Antonia y nuestros hijos llevaran nuestros nombres Elizabeth, me emociona saber que me perdonaste Karen y que lograremos nuestras metas Nora, cada día que envejezco recuerdo que a pesar de todas a ti te amé siempre Lucero, ¿qué significan ellas frente a ti Maribel que eres mi todo? no dudes de mi Carry porque todo lo mío te pertenece Gabriela y esta es mi promesa de no dejarte nunca más Dora, si pudiera decirte que todo es mentira pero dejo eso a tu puro corazón Micaela, porque sé que no crees en que pueda dejar de amarte después de todo lo que hemos pasado Jennifer, mis esperanzas están puestas en nosotros Soledad, escúchame Soledad, porque yo Soledad, ¡Soledad!, soledad…

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327. ¿Qué es el amor?


Los celulares enfocaron al muchacho que gritaba en la Plaza de Armas.

«…solo eso quisiera que me respondan: ¿Qué es el amor? Quién posee el amor al final, deseo que alguien me explique y me diga porque tendría que amarla tanto, estar aquí, semidesnudo, con el pecho cubierto de heridas que me he hecho por ella, queriendo entender que no soy un enfermo, sino que el dolor es tan profundo que me hago daño para no pensar en ella. Al final no creo que nadie sepa que es el amor porque lo único que desean es que esa persona cumpla sus expectativas, que sea lo que quieren en los momentos en que necesitan apoyo, comprensión, diversión, sexo, sentirse abrazados, pero no es amor, es el ego que los mueve a decirse que son amados y que aman y son egoístas en esa forma porque se nutren de momentos felices, quieren cosas, gestos, regalos, tiempo y aún cuando son los que ofrecen todo se vanaglorian de hacerlo diciendo que son los que más ponen en la relación. Nadie tiene amor y esto que me pasa quiero creer que se acabará, que dejaré de sentirla en el aire, en el rumor de una voz parecida a la de ella y creer verla aparecer en cada esquina , quiero que alguien me convenza que esta sensación de falta de aire no es por ella sino que sufro de algo físico y que me operen, que me arranque el tumor de su presencia en mi cabeza ¡Quiero que alguien me explique que mierda es el amor porque lo que siento por ella no puede ser si ya está muerta! porqué me destruye su ausencia, el que no la tenga en mis brazos me asesina el alma y eso no es amor no puedo aceptarlo no quie…»

En ese momento los policías interrumpen al muchacho y se lo llevan casi arrastrando entre los gritos de la gente que quiere seguir filmando.

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328. La mancha

Todos sábados, durante un verano entero, con mi pataza Pancho nos íbamos a jugar frontón al parque de La Isla. Allí los pitucos de la zona aprovechaban a sus anchas, pero también invasores como nosotros, que bajábamos del barrio casi marginal de la parte baja de Mariano Melgar. Era si mal no recuerdo 1993.

Casi a eso de las ocho, llegaba a casa de mi amigo. Me gustaba entrar un rato y respirar el aire a familia que se vivía allí. La raqueta de él estaba con varios estickers pegados, la mía lo mismo, hasta con una enorme lengua de los Rolling Stone y ni sabía bien nada de ese grupo a no ser Angie o Píntalo de Negro que era la canción de una serie paja de Vietnam llamada, obvio, “Nam”. Fintosos éramos.

Un sábado, que ni me acuerdo de que hablábamos, cortamos por la calle Tumbes, supongo que le terqueaba que por allí era más rápido que la ruta de siempre por la Simón Bolívar. Había un hombre tirado en la vereda. Pantalón de jean y un polo rojo, desteñido. Estaba sin zapatos. Creímos por un momento que era un borracho y lo tratamos de esquivar. Al acercarnos llegamos a ver que se movía. De su boca salía borbotones de sangre y espuma. No sabíamos que hacer. Otras personas se acercaron y las versiones que si era un borracho, o que se había caído y golpeado, que lo habían asaltado o que le estaba dando un ataque, se difundieron. Con Pancho nos terminamos yendo.

El juego no fue tan interesante ese día y nos regresamos temprano. Como pactado desde antes nuestros pasos nos llevaron a la misma calle. ¿Queríamos encontrar al hombre? No lo sé. Lo que encontramos fue una mancha de sangre en su lugar.

—¿Estará muerto?

—No creo, supongo que lo habrán ayudado.

—Nosotros no lo hicimos.

El silencio nos invadió a los dos camino a su casa. No volvimos a hablar del tema.

330. La bicicleta

Pintura de Oleg Tchoubakov

Era una bicicleta Goliat serie Bronco, de segunda generación en montañeras, con 18 cambios, cachos y suspensión delantera. Lo más bello era que estaba pintada de blanco en fondo, con grafitis en líneas aleatorias de colores fosforescentes, pero de aquellos chéveres, no verdes ni amarillos, sino violetas, fucsias, rojos… Sin pensarlo le puse de nombre “La Paloma”.

Volaba en el asfalto como una bala y los cambios funcionaban cual máquina inglesa. Podía hacer 25 minutos a toda carrera de Mariano Melgar hasta Huaranguillo, es decir de punta a punta de la ciudad. Esa época fue escandalosamente superior… como explicarlo… 15 años tenía yo, en la plena forma que dan las hormonas naturales de crecimiento, con amigos en todas partes y con una súper bicicleta, una enamorada esperando por allí… ¿Se podía pedir más?.

En una ocasión, bajando a toda velocidad la avenida Lima, una camioneta me agarró la llanta posterior, salí disparado, pero la saqué barata, dos rasmilladas y la conmoción, pero La Paloma… indemne, la llanta soportó el impacto y una rayadura sin mucha consideración le hizo como un galón al esfuerzo.

No pasó ni dos meses desde el último pago de las mensualidades, cuando me la robaron del mismo interior de la casa. Nunca supimos quién fue… Los sentimientos encontrados de frustración e ira no se me calmaron en meses. Ahora que lo pienso, por esa razón dejé a mis amigos de Huaranguillo, ya no había motivación para ir en bus, el ejercicio dejó de interesarme, pasó años antes que me animara a comprar algo de tanta inversión, la confianza en los inquilinos se desvaneció por las dudas inciertas, de bicicletas nunca más se habló…

Pero aún tengo el recuerdo de ser el dueño del viento, de volar en el asfalto, de sentir la libertad, la velocidad, en especial, bajando con los brazos extendidos por toda la avenida Sepúlveda… extraño esa sensación y si cierro los ojos, aún puedo imaginarme surcando el universo en mi poderosa nave adolescente…

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332. Recuerdos (I)

«Eran dos amigos: Juan y José. Los llamaban “Los dos Jotas”. A pesar de ser buenos amigos, a veces ocurrían riñas y a eso se debe esta macabra historia.

Juan una tarde consultó a un amigo qué debería hacer para no tener problemas con José. Él le dijo —Consulta con…»

Así empieza mi primer intento a los 10 años de escribir un cuento, alentado por la lectura del libro Cien Años de Soledad que mi tío Max, en un descuido maravilloso, había dejado a mi alcance.

Estas líneas están escritas en un cuaderno de dibujo Rafael ¿Se acuerdan de esos?, el cual recuperé gracias a un gran golpe de suerte. Aún ahora, mientras escribo esto, intento recordar a quién consultará Juan y cómo acabará la historia de ambos, por lo que deduzco de lo escrito no iba a ser feliz.

He conservado mis escritos del colegio y de la universidad. No los rompí como suelen hacer los escritores, es más, hay un dicho que dice que un verdadero escritor lo es más por lo que rompe que por lo que conserva, y me río. Hasta los malos poemas guardo.

Supongo que trato de reencontrarme con ese chico, tan extraño para mí a veces. Comprenderlo de repente me da las claves del porqué soy como soy. Una vez se me perdió un poemario por años, recuperarlo me curó una parte del alma.

Aún trato de encontrar dos bloc que perdí. Uno en el colegio, contenía dibujos que en esa época acostumbra hacer, intercalado con poemas fáciles, cursis. Pero el que más me obsesiona es uno pequeño de hojas blancas que perdí en el restaurante Los Leños en la calle Jerusalén en Arequipa, allá por el 2001 cuando trabajaba allí. Recuerdo dos cuentos que me parecen interesantes, uno sobre el miedo y otro sobre un viajero que no podía morir.

Creo que ese niño no escribía para que lo lean, escribía para sí, como una suerte de liberación. Aún soy ese niño, comprendo ahora.

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333. Tesoro final


Estaba tirado en el pasto contemplando el arcoíris. No es que quisiera contarle a alguien que logró encontrar la olla de oro, lo que tendría que hacer es escapar, pero es que su belleza siempre lo atormentaba.

Cuando niño escuchaba las leyendas de la olla del tesoro de los duendes y pensaba que eran exageraciones, dudaba que los leprechauns que conocía fueran tan tontos de enterrar algo tan valioso en un lugar que podía localizarse. Hasta que intentó seguirle la pista al final del arco y se dio cuenta que era casi imposible.

En casa trató diversas maneras de encontrarle un final o por lo menos el inicio. Con espejos tratando de cambiar su rumbo o por lo menos guiarse en su trayectoria, pedaleando al máximo para alcanzarlo pero siempre parecía que se alejaba el punto exacto de contacto con la tierra o desaparecía el arco de colores.

Pasaban los años y su obsesión crecía, así como su capacidad de hablar con esa refracción de la luz en el cielo. A veces quería apropiarse de esos colores para pintar el cuadro más hermoso, o regalárselos en un lazo a la chica de la tienda que le gustaba, o por el oro, claro, porque ya con los golpes de la vida adulta y ser echado de su casa, eso darle algo de tranquilidad y estabilidad.

Ese día, por la mañana, mientras buscaba entre los botes de basura, cayó una leve llovizna y allí en el cielo apareció su objetivo. El final del mismo estaba en el Palacio Arzobispal. Como nunca corrió hacia el edificio y entró sin ninguna resistencia. Ingresó a la capilla en cuya punta descansaba el camino multicolor. Allí adentro estaba reluciente y dorada una especie de olla y dentro cientos de monedas de oro blanco. Salió con su tesoro con rumbo a la calle, pero la belleza del arcoíris hizo que se recostara en el jardín interior del palacio. Así lo encontró la policía, aún agarrado al recipiente de las hostias.

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335. Una lista escolar que da alegría comprar


El niño llega a casa y va al cuarto de su abuela.

—Hola Fernandito ¿Cómo estás? ¿Compraron los útiles con tu papá?

—Sí abuelita pero la verdad que aburrido mi papá, se la pasaba yendo de un lugar a otro y me hacía probar de todo y todo le gustaba, no lo entiendo, si son los útiles de la escuela nomás ¿Qué de emocionante tiene eso?

—Fernandito, tienes ya ocho años, entenderás lo que te voy a contar: Cuando tu papá tenía seis años, mi esposo, tu abuelo Javier, enfermó de gravedad. Luego de un año, falleció. Por ese entonces tu papá era el mayor de todos mis hijos y no tenía dinero para mantenerlos, así que tomé la decisión de ya no mandarlo a la escuela y que me ayudara en el puesto del mercado. Fue muy duro. Cada año intentaba enviarlo a la escuela pero no podía, aparte que él mismo no me dejaba, prefería que fueran sus hermanos menores y me decía que cuando fuera grande y se pudiera mantener solo estudiaría. Cada año que pasaba era un dolor para mí, pero también una alegría verlo crecer responsable, me ayudó tanto y trabajó duro y ahora tenemos esta casita y no nos falta nada, ni a ti, ni a tu mamá, ni a tus hermanitos. Cuando terminaste segundo de primaria, sentí que era un ciclo que estaba por romperse. ¿Sabes? Tampoco tu abuelo completó el colegio. Para tu papá y para mí, esperar que llegaras a tercero es como una vuelta al destino. Por eso se emocionó tanto con tus compras… es que… creo que fue como si las comprara para él… lo siento Fernandito no puedo…

—Abuelita yo no sabía, no llores, disculpa si me molesté con mi papá, ahora entiendo por qué de su emoción ¡Prometo esforzarme y terminar la primaria, la secundaria y lo que venga después! Pero no llores.

—¡Ya no lo haré, ven y dame un abrazo hijito!

El papá detrás de la puerta sonríe de felicidad.

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336. Antes del ocaso quiero volver a sentir

Foto: Estephany Huancara Kana

De niña las miraba como vivían entre las plantas de maíz de mi abuela Blanca, allá en la chacra. Las mariquitas se escondían de mí entre las hojas, pero siempre las encontraba. Con su caparazón rojo y puntos negros me parecían nacidas más de huayruros que de esas larvas horribles. Quería hacerme con ellas una diadema para el cabello, pero eso hubiera significado matarlas y no quise, prefería verlas así, libres para volar de lado a lado, buscando pulgones.

La niñez es un recuerdo que se aleja mucho de mí. Siempre fui formal, mientras mis primas hacían mil travesuras, yo siempre me quedaba en casa y esperaba la tarde para salir a pasear. Por tu carita veo que crees que bromeo con lo de no recordar cosas, pero es cierto, no recuerdo las importantes, la voz de mi madre, las veces que mi padre me llamó la atención, el color de los ojos de mi abuelo, la suavidad de mis manos de niña. Es triste, ya ni sus rostros a veces puedo distinguir.

¡Quiero poder volver a sentirme así! corriendo descalza hasta la huerta, atravesarla e irme al plantío de maíces y jugar al laberinto, no el acto, sino ese sentimiento, esa mezcla de temor con alegría por hacer una pequeña escapada fuera del orden establecido, un secreto para mi sola, sin que nadie me lo arrebatara, eso quisiera antes de partir.

No te pongas triste, es así la vida, lo que tenemos no valoramos, también lo sé, debería recordar en estos momentos la vida junto a ustedes y decirte que me hicieron feliz, pero no es fácil ser vieja, hay unos nudos que nos atrapan, eso no lo sabes y yo lo sé y te lo repito: fue maravilloso tenerlos, pero quisiera por un instante regresar y sentir de nuevo la emoción de encontrar a una mariquita, algo que nadie sabe, que solo yo sé y que es irrepetible, y por eso duele ya no tenerlo.

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337. Anita y el temblor

«Es temprano y papá tiene que ir a la chacra a trabajar. Yo quisiera quedarme un poco más entre estas calientes frazadas, pero también tengo muchas tareas que cumplir antes de ir al colegio. Mi casa era de adobe. Pero ya no vivimos allí, luego del fuerte temblor que hubo hace semanas, se cayó el techo de calamina y una pared. Fue terrible, sentimos que casi se termina el mundo, pero él me abrazó fuerte mientras duró todo y después dormimos en la Plaza junto con todos mis amigos y sus papás. Ahora lo hacemos dentro de unas carpas que nos donaron. Allí vivimos la mayoría del pueblo.

En días pasados la gente que traía ayuda eran bastantes, ahora que ya pasó algo de tiempo no vienen más. Muchos lo han perdido todo, otros no tanto. Entre todos recogemos leña, prendemos el fogón y se cocina en comunidad. Eso nos ha hecho más fuertes.

Pero me siento algo sola. Creo que papá también. Desde que mamá se fue al Cielo solo estamos los dos. A veces corro en el campo cerca del río y grito su nombre, a veces me imagino que el ruido del río es su voz que me contesta. Yo estaba triste cuando ella se fue, pero ahora siento que me cuida mucho, porque de otra manera no puedo entender cómo nos salvamos la noche del temblor. Mi papá está llegando del trabajo.»

—Hijita, ¿te has portado bien?

—Si papito, he ayudado en el almuerzo, hice mis tareas del colegio y ahora ya limpie nuestra carpa.

—Ya no será necesario que sigas haciendo eso hijita ¡Vamos a tener nuestra casa ya lista para regresar mañana!

—¡Que alegría papito!

—Y eso no es todo, sé que te sientes solita a veces, por eso te traje este regalo.

«Mi papá saca de entre su poncho una masa de pelitos que me empieza a ladrar ¡Es un cachorro!

Al otro día, los tres juntos, regresamos a nuestra casa, a seguir con nuestra gran aventura por esta vida.»

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El año pasado el 14 de agosto en Caylloma se vivió las consecuencias de un fuerte temblor con dos muertos y muchos damnificados. Muchos aún esperan que se termine la reconstrucción de sus casas. Foto de como quedo la Iglesia del pueblo de Ichupampa

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339. Boomerang


Estaba harta de enamorarse del incorrecto. Si era guapo entonces era mujeriego, si tenía dinero entonces era insensible, si era exitoso entonces no tenía tiempo, si era inteligente no tenía sentimientos.

Para aquel que la belleza era todo, ella siempre era un accesorio más que mostrar, le pasaba lo mismo con el exitoso o con el que tenía dinero. Descubrió que en realidad, luego de catalogarlos como “interesantes” terminaba por gustarle alguno que al principio no le tomara interés, por eso escogía su estrategia de seducción para tenerlos, para darse cuenta que al final no tenía a ninguno, cada cual tenía ya lo que quería y no había espacio para que durara lo suyo. Al principio cada cual usaba su mayor esencia para conquistarla, si el galanteo y detalles, llamadas, conversaciones interesantes, salidas de aventura y situaciones correctas para lucirse correctos.

Nunca estuvo con uno de los que se denominan “feos”, aquellos que no entraban en su radar, que no los registraba como posibles parejas. Una vez, en la secundaria, solo por gravedad, como lo llamó, estuvo con un vecino suyo que la buscaba desde primaria. Duró una semana. Claro, tuvo sus errores como cualquiera y agarres que no quería ni acordarse. Pero se cuidó siempre de los “errores”.

Entonces cambió el objetivo: escogió a esos, a aquellos que la experiencia de sus amigas casadas demostraban ser fieles, competentes, pendientes, que “adoraban” el piso por el que caminaba porque les daba la oportunidad de estar con la “linda”.

Tampoco funcionó. Una vez con ellos al poco tiempo sentía un aburrimiento por su parte y de ellos también. La novedad del sexo con una mujer como ella se les pasaba, retomaban las actitudes de cualquiera de los que estuvo antes: hastío, no contestar llamadas, dejar compromisos pendientes y no hablar del futuro. Era desesperante. No le funcionaba si eran creyentes, pobres, tontos, gordos, descuidados, con ninguno lograba despertar la posibilidad de un futuro. Descubrió, en un ataque de epifanía al borde de los 50, que la incorrecta siempre fue ella.

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341. Bosque encantado

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Foto: Manuel Chávez Hinojosa

 

Dicen las leyendas que en ese bosque que ve usted a este costado nunca llega el sol y la nieve cae perpetua sobre los árboles. Dicen también que hay animales de cuatro crestas y diez patas que te atacan y devoran si llevas algo morado o rojo. Dicen que las parejas pueden perderse horas entre la enramada para amarse y nunca el tiempo pasa, así pueden estar horas de horas sin que los busquen. Dicen también que el oro del Apu Kuntur se esconde en el vientre de la serpiente de agua que habita en una de sus cañadas.

Las historias relatan que Asus Kari llegó a recuperar el oro de su padre, muerto por su hermano Kuntur y que intentó doblegar a la serpiente con la fuerza de sus brazos, pero no lo consiguió, rompiéndosele los mismos y quedando como gruesos troncos gemelos que darían finos muebles de madera si alguien tuviera valor de sacarlos.

Los viejos cuentan que una doncella hermosa de negra piel salió del bosque para enamorar al más valiente del pueblo y que se enfrentó en gran batalla a todas las mujeres guerreras, a cada una venció con alguna estratagema, antes que con fuerza física, pero para probar si el elegido era digno también de ella, lo retó a un combate cuerpo a cuerpo que se extendió por varios días, venciendo al final ella, regresando al bosque y dejando desconsolado al gran valiente que murió de pena.»

—Oye viejo creo que me estás palabreando y no es necesario, para allí no vamos, los contraté para que me lleven a las catara… ¡Hey, que pasa! ¡Suéltenme!.

«Dicen que los habitantes de estas tierras tienen que llevar un sacrificio cada cinco años al interior del bosque, para evitar que los monstruos de cuatro crestas salgan y nos coman a todos, para evitar que el Apu Kuntur anhele nuestro oro, que la doncella de oscura faz nos deje de nuevo sin nuestro mejor combatiente y así poder amarnos sin tiempo.»

—¡Deja de hablar idioteces viejo, suéltenme sueltm mffff mffffff!

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342. Las despedidas nunca son como uno quisiera.

Caminando al paradero trataba de explicarle por qué no lo haría.

Esa tarde no tuvo gasolina para el carro así que fue en taxi, cuyo chófer no tuvo cambio para el billete grande así que pararon en un grifo. Al llegar la reunión donde ella estaba no la encontró en un primer instante, luego de 20 minutos y muchos mensajes de texto, se atrevió a llamarla y el sonido estridente rasgó el silencio solemne. Ya afuera le gritó para hacerse oír y llevarla casi arrastrando a un restaurante donde comieron unos sanguches insípidos en medio de un barullo general que no sabía de qué se trataba, en el intento de tratar de decirse las cosas. La bulla de la ciudad y el ruido infernal de las sirenas los apabullaron. Al pagar la cuenta le picaron los billetes falsos en la cara, trató de apaciguar todo buscando su tarjeta, pero no la encontró. Ella pagó.

El camino hacia el paradero de ella era una agonía, trataba de encajar las palabras pero no le salían y obvio que ella no quería hablar del tema, estaba decidida. En la esquina intentó abrir el discurso: “Sé que te fallé, pero por favor trata de entender yo…”, cuando la llegada del transporte le negó cualquier posibilidad de terminar la frase pero la palabra de ella sonó en todo el universo: “Adiós”.

Al llegar a su casa sucedió el apagón. Tomó consciencia de lo que estaba pasando en la ciudad. Era un incendio masivo como decían las redes sociales y era incontrolable afirmaban. Las luces se apagaron. El miedo se apoderó de él. Había quedado con ella para suicidarse ese día, pero había renunciado, ella no. Salió a la calle, ni un taxi quiso llevarlo a la zona donde el incendio llegaría pronto. La ciudad entera era un caos con personas gritando, saliendo, atropellándose o tratando de escapar sin saber a dónde. El teléfono de ella estaba apagado. La desesperación lo llenó por completo y salió corriendo en dirección a la casa de Sofía. El calor se incrementaba.

 

343.- La búsqueda implacable

343.- La búsqueda implacable

En lo alto del brazo de la gran estatua de piedra, se encontraba Heneros Crabel, mirando a la lejanía, como los tres soles se ocultaban uno en sucesión de otro… La pregunta de siempre le asaltó, pero la dejó atrás. Saltó y cayó de cuclillas. Se paró con paciencia y partió al encuentro del horizonte. Esta vez no dejaría que la luz dejara de iluminar su existencia. De los ojos del gigante dejado atrás brotó un pedazo de cristal que cayó al piso.

Heneros Crabel, no supo que en ese lugar, donde cayó la lágrima pétrea, creció una nueva raza de seres hechos de transparencias, que miraban cada tarde, intuyendo su existencia. Milenios después, cuando se hubo apagado un sol, el viajero retornó al punto inicial de su cruzada, con cicatrices profundas en el corazón y las ganas de recostarse un poco antes de continuar su eterna búsqueda de compañía.

Cuando su figura atravesaba las casas de negro carbonite, salieron a su encuentro miles de pequeños seres de humo condensado, quienes reconocieron en el espectro andante, aquel, que forjara las leyendas más primigenias de sus moléculas. Lástima que el lenguaje de señas no funcionara, ya que los ojos del gigante, estaban muertos de luminiscencia. Estaba por irse nuevamente de sus vidas, cuando a uno se le ocurrió evocar guturalmente un sonido.

Al reconocerse en esos ruidos, Heneros Crabel, tuvo un presagio, una saludación que le iluminó el corazón con un nuevo calor. La nostalgia inundó su ser y abandonó la cruzada. El nuevo protector se dejó querer como nunca fue querido. Los seres no emitían calor, no lograban transparentar su alrededor, ni reflejaban luz, pero en sus sonidos y compañía, por fin comprendió que no estaba solo y que si quería, nunca más lo estaría.

Así pasaron milenios.

Cuando toda existencia terminó y era un gigante de piedra, nació de su corazón Heneros Tadriel, quien estuvo años pensando en su soledad en ese mundo, hasta que saltó en búsqueda de la respuesta y de la estatua de piedra brotó una lágrima de cristal…

343

344. La Doña de los ovarios bien puestos

344. La Doña de los ovarios bien puestos

Esa anciana arremetió contra el Presidente de la República a cachetada limpia sin que pudieran hacer mucho los agentes de seguridad. Fue casi de inmediato declarada heroína, en especial cuando los medios captaron la frase que la volvería famosa mientras se la llevaban los de Inteligencia de Estado: “Quieres que me muera sin darme mis pastillas, pero no te voy a dejar ridículo hombrecito, he enterrado a más presidentes con más huevos que tú ¡Y sigo viva!, recuérdalo”.

Podía decir lo que quisiera después, eso no se lo concedía la edad, pero sí su valor que logró indirectamente que se suspendiera la huelga médica y se invirtiera 1000 millones en el presupuesto anual para la seguridad social en equipos y mejoras para los pacientes a nivel nacional, luego del masivo apoyo en redes sociales y de personalidades.

Fueron meses de locura. Por ejemplo, a la mitad de la entrevista con el famoso periodista de la CNN, no pudo dejar de decir. “Si hubiera sabido que una cachetada podía cambiar algo, te aseguro que se la zampaba a José Pardo y Barreda para que no fuera tan cobarde”. Un observador crítico la hubiera corregido por el tema de edad y fechas, pero, era tan graciosa la Doña (como se la conocía), que la dejaron ser.

Hasta empezaron a twitear frases animándola a lanzarse como congresista mínimo y ni hablar de los memes que la encumbraron.
Cuando falleció hace dos meses con el corazón abarrotado de emociones y reconocimientos, el periodista que por fin halló el dato perdido de su verdadera edad, tuvo algo de decencia y quemó el papel original. Y es que algunas personas merecen que se les guarde un secreto coqueto, decía el susodicho, mientras todos en la sala de redacción recordábamos las hazañas de la anciana que tuvo el valor (y los ovarios decían muchos) de hacer algo concreto para sacudir a un gobierno que se presentaba totalmente incapaz.

Lo que tememos todos es que no haya más nadie con ese valor de decir las cosas y eso sí nos hace temblar.

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345. ¡Qué linda es la vida!

345. ¡Qué linda es la vida!

«Ya perdí, lo sé. El sicario me apunta con el negro cañón de una treinta y ocho automática y a mi costado puedo atisbar que mi compañero de mesa, en este barcito al aire libre, está saltando hacia un costado para evitar las balas o mi sangre, lo que salpique primero.

Estoy consciente que voy a morir, no creo merecer una segunda oportunidad, sólo quisiera saber de quién es el dinero que está en el bolsillo de mi asesino, quiero saber antes de hundirme en la muerte, cual de mis vengativos amigos fue el culpable: ¿el Chato?, ¿el Zambo?, ¿el Zancudo?, cuál de ellos quiere quedarse con la supremacía de la banda, de mis huecos de droga, de mis mujeres.

¿O no será alguno de los familiares de los fríos que me cargue a lo largo de estos años? ¿El padre de la niña que terminamos asfixiando después de cobrar la recompensa? ¿El tío del guachimán que matamos por escapar y que juró que nos buscaría hasta encontrarnos? ¿La madre de aquel drogadicto que acuchillé porque me debía una luca? ¿Los hermanos de la loquita?

¿Y si es la misma Policía que me está matando por venganza de los dos tombos que violamos el año pasado? ¿El juez de mi último juicio al comprender que no tengo salvación ni cura para el vicio de matar?

Podría ser cualquiera de mis familiares… hartos de mi mala fama que los ensucia peor que ventilador al pie de bosta de vaca. Podrían ser los hijos que no reconocí, las mujeres que violé ¡Mi propia madre!, para evitarse la vergüenza de cada día ocultar la cara por las calles, si es que alguien la reconoce como la que dio vida a este engendro que soy.

Puede ser cualquiera, el tema es que ya perdí y las balas empiezan a morder mi carne y la vida se me va, ¡Carajo!, había sido bonito el cielo celestito de esta ciudad de la cual siempre me quejé, este sabor a chicharrón que tengo en la boca, ¡Mierda! ¡Qué linda era la vida!»

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346. Los dueños de su amor

346. Los dueños de su amor

Cuando Camila encontró a su Julio en amores con la vecina, sintió que todo acababa para ella. No solo se convirtió en el cliché más antiguo: la de la mujer engañada, sino que para colmo era como un calco de una mala novela porque el desventurado no tuvo mayor idea que sea con la mejor amiga en ese lugar.

Ella y él sabían que su historia no era tanto así de común. Ella enfermera y el paciente de cáncer al hígado, ella padeciendo alcoholismo y él rescatándola. Destinados al fracaso. Juntos luego emprendiendo la fuga concertada hacia Huancayo, para empezar de nuevo, donde nadie sabría de ellos mientras se sacaban el alma en el puesto de frutas.

«El amor es una mala broma», pensaba mientras regresaba a su pueblo allá en la costa, en Puerto Supe. Tampoco retornaba como la clásica despechada, no era así. Los que la conocían sabían que tendría nuevos pretendientes y los antiguos regresarían. Todos aman a una mujer fuerte y ella lo era, tanto así como para dejar al amor de su vida para que se las busque como se buscó el consuelo efímero en brazos de otra. Pero algo también no le cuadraba de repetir el círculo del drama, no quería terminar con algún buen partido a criar hijos de hijos recordando la aventura de su vida y que los demás la cubrieran con el manto del honor conquistado con una “buena” vida.

El bus que la llevaba paró para cambiar una llanta en un grifo carretero. En la demora y sentada lo vio. Fue amor a primera vista. Todo indicaba que era un destetado a la fuerza y callejero a fuerza. Sin mayor alharaca se lo metió entre la casaca viajera y volvió al bus con su secuestrado.

Y allí está Camilla, enamorada de la vida, sin pretendiente ni hijos, pero alegre, con negocio propio en el mercado e inyectables en casa. El canchón lleno de maullidos que le alegran el corazón mientras reflexiona cada día en el humor del destino y las formas de amar y ser amada.
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Créditos de la foto: Albetty Lobos Callalli

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347. Visita de fin de año

347. Visita de fin de año

Las vísperas de este Año Nuevo para Alejandra es una repetición del anterior. Entre ir a la casa de sus padres, de su abuela y a la casa de los papás de su ex esposo, se le está yendo el 31, único día en que puede ver a sus seres queridos. Son las once de la noche cuando, rumbo a la casa de su ex cuñada, recuerda las circunstancias del accidente: Salieron con Fredo esa tarde de final de año y se la pasaron comprando bebidas, regalos y comida para ofrecer una fiesta en su propia casa, con amigos íntimos y familiares. No tenían hijos por propia decisión. La camioneta que manejaba su entonces esposo iba a velocidad por la carretera que lucía algo vacía. Iban riéndose sobre los sombreros graciosos que habían comprado, cuando de improviso salió esa señora con su hijito en brazos intentando ganarle a su vehículo. La camioneta dio varias vueltas de campana, producto del golpe de volante de su esposo. Ella salió disparada por el parabrisas y, luego de caer y rodar un poco, se levantó presurosa para ir a buscar a su compañero. Lo halló inconsciente, colgando cabeza atado al cinturón de seguridad. Trató en vano de despertarlo. No lo logró.

Ya han pasado ocho años del accidente y Fredo recuperó mucho de su andar gallardo, pese a que la pierna derecha se le fracturó en tres partes y la rehabilitación fue larga y tediosa. El trabajo lo esperó y hasta ha ascendido a buenos puestos en estos últimos años. Al final resultó que sí le gustaban los niños, porque tiene dos con su nueva esposa, una colega de trabajo con la cual vive ahora en la misma casa que compraron con Alejandra. Ellos van a la fiesta de fin de año que organiza su ex cuñada siempre y es la oportunidad que tiene para verlo feliz, con sus queridos hijos, su nueva compañera, observarlo divertirse, ser un gran padre y esposo, sin culparse por haberlo dejado el día del accidente y haber partido hacia el más allá sin siquiera despedirse.

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350. Insana competencia

350. Insana competencia

I

Aún me pregunto si el gancho para almorzar donde lo hago todos los días es porque cuesta cinco soles con cincuenta céntimos o porque la que atiende tiene una sonrisa que dan ganas de siempre volver.

El local es una casona clásica del centro de Arequipa reformada para aparentar modernidad, con capas de pintura ocre que se descascara en las esquinas y en lo alto de las paredes. Para mayor dato queda al lado del periódico donde me inicié en las letras periodísticas y que ahora está cerrado, así que de nostalgia anda impregnado el asunto.

Al ingresar al local se respira un ambiente tropical andino donde las mesas están cubiertas con manteles coloridos que recuerdan llicllas serranas y hasta los portacubiertos están forrados con el mismo material.

La comida es casera, con el caldo siempre adecuado al día characato, es decir, su chaque el lunes, su caldo blanco el martes, su caldo de casa el miércoles, sopa de fideos el jueves y para el viernes el chupe de verduras. Los segundos son variados y coloridos en la medida que el costo del almuerzo lo permite. Lo que sí está asegurado es la reposición de refresco.

La sonrisa es el valor agregado, ya que si bien el local no tiene adornos ni lujos, la atención, cuando me toca la susodicha, hace que se me alegre la tarde de trabajo, porque lo hace con tanta amabilidad que ni ganas de reclamar demoras me quedan. Que el local quede a dos cuadras y media de mi actual trabajo es también una ventaja que sirvió de jale para que mi compañero de labores en la oficina también vaya a degustar del asunto y estemos en plan de quién será el que conquiste a la guapa chaposa.

II

Han pasado dos meses desde que mi compañero me acompaña a almorzar y lo odio. Pensé que sería un momento de unidad, pero no, es un suplicio: almorzamos en mesas separadas y cada uno trata de impresionar a la muchacha. Pero está decidido, el veneno comprado y la oportunidad lista. Mañana acabaré con la competencia.

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354. Los superpoderes de Mamá

354. Los superpoderes de Mamá

—Papá… mi Mamá ¿Me ama?

—Claro hijo, nunca dudes de eso.

—¿Y me amará mucho aun cuando haga travesuras?

—Hijito… ¿Hay algo que debas contarme?

—Esteeee, tengo miedo que ella no me ame cuando haga cosas que no le gusten.

—No te preocupes, ¿Acaso no ves como tu abuelita me quiere mucho y me abraza y besa cuando viene? y eso que yo le hice unas que mejor no te cuento.

—Pero tengo miedo que mi Mamá ya no me quiera más.

—Entonces hijito cada día debes abrazarla mucho, recordarle cuanto la quieres, hacerle caso cuando te diga algo para tu bien, ayudarla en casa.

—¿Eso hará que me quiera más?

—No hijito, el amor de una madre es infinito y gratuito.

—¿Para qué sirve hacer todo eso?

—Una madre es un misterio de amor, las cosas materiales y superficiales no la llenan, el amor por sus hijos es más del que ellos le dan, pero a pesar de esos superpoderes que Dios les dio para amar, también necesitan saber que ese cariño que ofrecen gratuitamente da algún fruto, un resultado.

—¿Si hago mis tareas y guardo mis juguetes… es un fruto?

—Sí hijito, esos frutos de su amor deben reflejarse en que siempre seas…

—¡Honestos, responsables y obedientes!

—Exacto, para que cuando llegue el momento en que vayas a hacer una “travesura” recuerdes ese amor de tu Madre y al final hagas lo correcto.

—Gracias Papá, voy a ayudarle más a mi Mamá, a decirle siempre que la quiero mucho y que trataré de ser un buen hijo. Y tú ¿Me ayudarás a hacerla feliz también?

—Uy, jajaja hay que hacerse cargo de los consejos que uno da, también te ayudaré a hacerla feliz.

—Entonces ¿Me ayudas a limpiar el vaso de jugo que se me cayó hace ratito encima de la mesa?

—Jajajajaja demasiado inteligente eres para mi gusto a veces, vamos a limpiar entonces pero a la próxima más cuidado ¿Eh?

—Sí, tendré más cuidado ¡Porque quiero que mi Mamá me quiera siempre!

—Ya, menos charla ahora y trae la escoba que voy por el trapeador y ¡Cuidado con los vidrios!

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355. A las orillas del Río Grande

355. A las orillas del Río Grande

Recuerdo la primera vez que fui a Iquipí, el pueblo de nacimiento de mi padre, ubicado en Río Grande en Condesuyos. Era de madrugada. Para llegar a la casa de los abuelos teníamos que atravesar una acequia que me pareció un río para mis seis años de edad. Luego íbamos por el borde de una chacra interminable. Cuando llegamos a la casa, nos recibió mi abuelo Santiago con un candil en la mano. Caí rendido.

Al día siguiente fue una sucesión de maravillas. La casita estaba ubicada en la parte alta de la bajada al río. A un costado estaba un enorme pacay frondoso y un guayabo cargado. En la cocina, estaba mi abuela Julia, soplando por un tubo el fogón y sobre rieles de metal descansaban sendas ollas tiznadas de donde saldrían manjares diversos. Por mis pies correteaban cuyes gordos.

Poco después la algarabía de unos gritos anunció la llegada de varios tíos cargando una red llena de unos animales monstruosos: los camarones de río. Mi abuelo amarró las tacas de un par de los más grandes y me los dejó para jugar en la batiente del descanso de la casa. El cuerpo principal alcanzaba el porte de una escobilla de esas de madera con cerdas de plástico y la tenaza principal otro tanto. ¡Animalazos!

La mesa del almuerzo aún navega entre los mejores recuerdos de mi existencia. En el descanso techado se puso una mesa grande y en el interior del primer cuarto de la vivienda otra para nosotros los primos. Los camarones estaban allí, hervidos, a lo largo del mantel blanco, papas humeantes, choclos y llátan molido acompañaban. Antes, un impresionante caldo de gallina de corral abrió campo en los estómagos para esa delicia de río que se comía con las manos y se degustaba con la conversación amena, recordando mi abuelo viejas anécdotas y las voces en coro de mis tíos y tías, mientras en mi mesa los primos nos reconocíamos como familia. Luego, el vino hecho en el lagar que construyó con sus manos el patriarca, alargó con su calidez el momento familiar, que aún flota en mis mejores recuerdos.

(Dedicado a todos los primos hijos de los hermanos y hermanas Medina Rivera)

La foto es de la casa real del cuento.

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Deshojando el amor (15 microrelatos de amor desencadenado)

Me quiere…
No nos miramos de frente nunca. Son miradas dispersas en el día, en medio de conversaciones, a la hora del recreo. No nos conocemos, pero sabemos nuestros nombres y la hora exacta en que nos vamos a casa. En las actuaciones buscamos ponernos frente a frente y ensayar juntos en medio de risas y caras rojas, casi incendiándose. Ella deja que le invite mi galleta y me da una de las suyas. El día del baile real me toma de la mano, yo de la cintura y bailamos, mi cara es de una alegría infinita y ella está conmigo.

No me quiere…
Trato de hacerle saber en dibujos que estoy aquí, que en las tarde no miro tele por solo pensar en ella, que en realidad me la imagino siempre corriendo hacia mí a la hora de salida para, no sé, para agarrarnos de las manos o de repente que me acepte empujarla en el columpio. En el recreo quiero invitarle mi lonchera pero ella sale con sus amigas, no sabe mi nombre ni le interesa. A veces solo quiero que me mire. Ella sí mira mucho al chico más alto del salón. Un día se agarran las manos en mí delante.

Me quiere…
Y en clases me siento detrás de ella porque su apellido y el mío empiezan con la misma letra. Tiene el cabello corto y se amarra una pequeña cola con un colet blanco. En clases sus pies se hacen para atrás y yo estiro los míos y jugamos a entrecruzarlos. En el recreo en el juego de los policías ella es la encargada de la cárcel y me hago pescar solo para que me agarre los brazos y pueda bromear a darle un caramelo y que me suelte. Compartimos una vez un pan con pollo y mis dedos se quedaron un poco más de tiempo entre los suyos, la miré, no desvió la mirada, se quedó allí para siempre.

No me quiere…
Es demasiado rápida, habla mucho, cuenta sus problemas con su papá y quiero decirle que la entiendo, pero no me deja, solo quiere hablar de ella en el carro, mientras vamos a casa. Trato de atender lo que dice pero me pierdo en sus hoyuelos, y nuevamente se despide sin siquiera decirme nada más. En casa me pierdo pensando entre lo que dice de su papá y esas caricias constantes y su forma de ser. A los días la veo conversar de nuevo con ese otro chico y ella está aquí, a mi lado, en el carro contándome de su primer beso y yo muriendo.

Me quiere…
Porque soy el más bravo pues, aquel que sin ella saberlo, se peleó por declarársele, nadie más se metió, solo el chato y yo. Casi me pega, pero al último, cuando casi gana, la sensación de no tenerla nunca me dio fuerza. Luego fui a esa esquina, ella no lo sabía, pero ya me quería, lo descubrió cuando le dije que quería estar con ella. Se sonrió. Quedamos para el sábado y me dio el sí, con un beso rápido. Luego las manos entrelazadas, la esquina supo nuestros nombres, las pandillas nuestra historia y mi brazo en su cintura… para siempre.

No me quiere…
¿En qué cambio? Éramos los mejores amigos en la primaria, salíamos a buscar piñas en el parque y comer moras rosadas. Ahora ella usa el cabello suelto a la salida, se pinta los labios, pero no hay ninguno al cual acepte, y le envío cartas que no abre y me dice que somos amigos que no haga eso que la voy a perder, ¿Que perderé? Si ya el dolor en el pecho lo tengo. Y se declara mi mejor amigo y le acepta y a la primera pelea viene donde mí y me besa ¡Me besa! y luego regresa con él. La pelea con el traidor termina con nuestra amistad.

Me quiere…
Por ella viajaba en medio del bus doce horas, escribía un poema diario y por fin me enamoré. Pero le saqué la vuelta con una enemiga suya allá en el pueblo y eso acabó todo. Un año después, acompañamos a su hermana que es mi amiga a comprar y, en un descuido, yo la empujo hacia un sitio desocupado y le digo en un minuto todo y me besa, no deja que hable, pero tiene un enamorado, un abogado, pero ella lo terminará, me promete. El tiempo me consume mientras espero que llegue para decirme como le fue. Al final, ¿qué soy? ¿si no el que la engañó? Allí está, me sonríe, es suficiente.

No me quiere…
Era un poco mayor que ella y así no entiendo cómo me enamoré, primero le compré una muñeca de esas de colección, mientras medio mundo creía que quería a otra, luego le escribí poemas que me recibía con ilusión y finalmente un collar. Cuando la iba a encontrar para dárselo por su cumpleaños, la escuche conversar con otra amiga. No era yo, era que había varios y mejores, le decía. Me advirtieron que eso me pasaría, ellas, las que lloraron cuando las terminé, me lo prometieron. El orgullo hace que igual le dé la mojada joya.

Me quiere…
Era la practicante y yo el mejor, ella era la bonita y yo el lobo feroz, ella era la que no me miraba y yo el que sufría por decir dos palabras correctas frente a ella sin que sonará afectado, conquistador, creído. Me tumbó confesando que de mí nunca oyó. De ella me despedí al irme, a ella busqué al regresar de tan lejos. Me gastaba el saldo en mensajes, ella también. Pagó la mitad de la cuenta en la primera cita. Su cabello me enloquecía y yo no sabía si estaba en su corazón. La vida nos sorprendió y esa fue su declaración de amor.

No me quiere…
Fueron los mejores seis años de nuestras vidas, se lo dije, se lo dije mil veces, lo fueron y no me creía, se alejaba, le repetía que lo fueron, cada cita, cada peluche, cada cena, las veces que caminé por ella la tarde entera, el sol en la cara y la promesa de un beso para que nunca estuviera sin amor, se lo dije mil veces que fueron nuestros mejores años, que nos queríamos, hasta cada pelea y la reconciliación lo fueron por lo menos para mí. Aún trato de explicarle que vendrán años mejores, repite que no soy yo, que es ella, y me dice adiós.

Me quiere…
La rutina de la innombrable en casa, el trabajo que se acelera los fines de semana y la separación en medio de la cama. Ni sé como la otra se metió en el espacio entre el desayuno y la cena. El irse y yo creyendo que puedo soportar la lejanía de los cuatro que se van. Las noches en vela y la falta de interés por rehacer mi vida. Pasan los días ¿Y si te confieso que me perdí? ¿Que la vida no es igual al darme cuenta cuan humano soy, cuan débil me volví? A ti te pasa también. Ahora que regresas y regresan los niños prometo no abusar de tu retorno.

No me quiere…
Intento perdonarla y aún lo recuerda. Salgo con los tres niños a cuestas a darle espacio, me comporto como lo que siempre insulté en un hombre. A veces le pido de rodillas que olvide, a veces le exijo con gritos que me ame. Falsos momentos en que me da un beso y creo que volvemos para encontrar un mensaje y volver a la realidad. El amor que tengo se vuelve algo doloroso en las venas, que camina de la mano del rencor de no ser correspondido. Lo peor es que ella no se va.

Me quiere…

Siempre le tuve miedo al momento en que nacieran los nietos. Ella, tan dueña de su destino y su profesión. Yo solo un tipo que manejó años ese viejo taxi. Mientras ella surge como una gran dama, yo me hundo en mi miseria de olores de viejo y enojos sin sentido. El miedo es concreto, ella me dejará porque merece algo mejor que no poder conversar con un bruto como yo que no hace nada por mejorar y solo pelea y pelea. Pero la amo ¡Por Dios que la amo solo a ella! Pasa el tiempo, llegan los nietos y ella sigue aquí, queriéndome, no lo merezco, lo sé. Algo debí hacer bien supongo.

No me quiere…
Porque en su cara se le nota y me siento herido pero a la vez entiendo que se gastó el sentimiento entre platos y zurcidos, entre estropajos y malas vacaciones, pero no nos vamos, seguimos con una cadena de ira contenida, en reclamos por tonteras que ocultan verdades amargas de olvidos y traiciones pequeñas, pero inmensas al sumar y restar. Todo puede acabar en uno de esos grandes crímenes de la televisión o al final se quede en la quietud de seguir pelando mi manzana y se me caiga un pedazo de cáscara y ella reniegue de eso, que más da.

Me quiere…
No me peino bien desde hace años, mi corte natural es una calvicie temprana, como el vacio de ideas al pensar qué hacer con el tiempo que me dejó al morir ella. Transcurro como un fantasma en el panteón de mi casa, implorando oraciones a los fieles muebles que nos vieron envejecer. Cada resquicio del tiempo estancado huele a ella. La duda me carcome ahora en la vejez y pienso en lo injusto que es el volverse un niño, hasta que encuentro la misma carta y recobro la paz en el “te amo” final.

No me quiere…
Me quiere…

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357. La distancia entre los dos

  1. La distancia entre los dos

Alguna vez te preguntaste ¿Porqué hacemos diferencias entre nosotros? Cuántas veces has sentido que no encajas, que no estás en la misma línea que los demás, o que piensas distinto… y eso te hace sentir menos importante.

En la inmensidad de una ciudad, en la lejanía de un grupo o en la inmediatez de tu familia ¿Has sentido que no vas por el mismo camino? que tienes algo distinto. Los demás también te hacen sentir así. Con sus palabras irónicas, con sus insultos directos, con sus ademanes, te impulsan a creer que eres menos o por lo menos ajeno a ellos.

Hay días en que te levantas y quieres compartir con el mundo lo maravilloso que eres, pero no sabes cómo y te hacen creer que ganado puntos, superando a otros, afiliándote a unos y pisoteando a tantos serás uno de ellos, un ganador, alguien que sabe. Al final realmente no entiendes en qué lugar estás… te siente solo…

Quisiera que pudieras verte como te vemos los que te queremos, que te apreciamos, te valoramos. Quisiera que pudieras comprender lo inevitable que es la verdad con respecto de ti, de mí, de los demás: Somos únicos e irrepetibles. Como tú no hay nadie más que sea tan especial en su distinta manera.

Las estrellas brillan siempre de noche y no se hacen problemas si una está más lejos o no, entonces, porqué seguimos sentados aquí en esta banca inmensa sin compartir con alguien nuestra voz, nuestras manos, sin temor a tocarlos con el corazón, a intentar conocerlos en el bemol mayor de sus alegrías y tristezas, porqué no estamos abrazados como hermanos y no dispersos como entes solitarios vagando por una galaxia de desencuentros.

Nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Tu pasado hace tu presente pero no determina tu futuro. No importa el color de tu piel o el dejo de tus palabras, si tu corazón sonríe al dar y ofrecer tus dones a los demás.

Hay dos tipos de personas en este mundo, las que están dormidas y las que están despiertas. Lo único que nos diferencia es que tú estás allí y yo acá…

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358 La lección

  1. La lección

La clase estaba expectante, mientras el profesor dirigió estas palabras a sus alumnos:

«Al verlos a ustedes recuerdo a Julia. Su vida no fue glamorosa como muchos piensan: no asistía a las fiestas cuyas invitaciones llegan con nombre propio cuando estás en un medio periodístico, ni siquiera a los almuerzos que organizaban para los de su clase. Su cabello siempre en cola de caballo y esos lentes que nunca cambió de montura, eran su marca personal. Recuerdo sus uñas mordidas, los lapiceros que perdía constantemente, su horrible letra, su estrés perpetuo. Pero también recuerdo esa mirada llameante de furia cuando en los noticieros de la competencia aparecía un corrupto liberado, cuando un delincuente escapaba o cuando uno de esos que denunciábamos salía impune.

Su trabajo como periodista hubiera gastado a cualquiera con el tiempo. Ella persistió hasta el final. No es que siempre estuvo en medios, una oportunidad de hacer algo en el sector ambientalista la atrajo y allí estuvo varios años. Un día el contrato se terminó y regresó a la sala de redacción. Lo demás ya lo conocen por los noticieros. En esa curva la esperaba su destino con tres balas del narcotráfico.

Ustedes son estudiantes de periodismo de tercer año, sepan que algo así les espera si les apasiona su carrera. No hablo de la muerte trágica, hablo de algo significativo si aceptan el reto. Adquirirán esa mirada llamante de furia ante la injusticia, la corrupción, la desigualdad; alcanzarán ese sentimiento perpetuo de alerta, que hará que sientan al mundo como una gran noticia y será para ustedes el reto de superarse, de tener la portada, la mejor imagen, la filmación inédita, el enlace que dará a su público los elementos para descubrir la verdad, para después irse a la cama con la conciencia de haber dado lo mejor. Anhelen esa mirada jóvenes y, si la tienen, si sienten que no pueden contener la indignación ante las mentiras, el engaño, la barbarie, bienvenidos al grupo selecto de aquellos que no tenemos para comprarnos una Ford Navigator pero si dormimos tranquilos, no por haber hecho la diferencia en todas las veces, pero si por intentarlo siempre»

 

360. Cuarto Rey Mago

#365CuentosRegresivos

360. Cuarto Rey Mago

Dicen las leyendas que hubo un cuarto mago: un joven adulto y rico que había abandonado su casa paterna en Oriente para salir en busca de la mayor sabiduría de la Tierra. Estando de vacaciones en casa de Melchor, se enteró de las predicciones que junto con Gaspar y Baltasar había llegado su anfitrión: la venida del Dios hecho hombre. Ellos lo invitaron a presentarle un regalo al rey que nacería.

Baltasar llevaba oro porque era el metal más noble y puro. Gaspar llevaba incienso porque un rey necesitaba la purificación del espíritu. Y Melchor llevaba mirra, porque algún día ese noble necesitaría ser embalsamado en aceites perfumados.

El joven prometió alcanzarlos con un gran regalo para rendirle honores al Señor, antes quería llevarle el regalo más fabuloso que ojos humanos hubieran visto. Gaspar pensó: —La juventud es soberbia, pero… ¿Quién sabe hasta dónde llega la Fe?

Describir los viajes que realizó demandaría cientos de hojas, relatar sus aventuras y que poco a poco gastó su dinero, no en comprar bienes materiales, sino en ayudar a las personas, porque vio tanta miseria y sufrimiento que abandonó su búsqueda para salir al encuentro de los más necesitados.

Mientras, los años pasaban.

Cuando ya no era tan joven y la madurez de sus actos lo había llevado a comprender que no encontraría algún regalo material que satisficiera a ese rey, emprendió el camino a Belén. Cerca ya de su destino le informaron que el rey que buscaba fue recibido con palmas y vivas en Jerusalén. Hacia allí se dirigió con premura y con un nudo en la garganta que se desató cuando vio a su Señor en lo alto de un monte, siendo crucificado. Llegó cerca de él y gritó:

—¡Yo debí llegar antes y traerte el regalo más maravilloso del mundo pero solo vengo con las manos vacías! —y mostrándoselas cayó de rodillas y se echó a llorar. De pronto levantó la mirada y vio los ojos bondadosos de su Señor y sintió en el corazón una voz que le decía:

—Esas manos, surcadas por las heridas del amor hacia los demás es el regalo más grande que me puedes dar.

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362. El viejo de la redacción

#365CuentosRegresivos

362. El viejo de la redacción

—Creo, Fernando, que me pides recordar el estar jugando en la calle y de pronto que se suelta el aguacero, correr a cubrirte y esperar a que pase, la aventura (aunque sin reconocerlo) de subirte al techo a barrer y sentir que enfrentabas a los elementos “¡Epa, venid y combatir en buena lid degenerados!”, ver al Misti despertar con su poncho blanco luego de una noche de descarga celestial, el olor a tierra mojada, el ir a la torrentera a cazar escorpiones y lagartijas en el sol del escampado, los cerros verdecitos de Mariano Melgar que hacían menos pesada la aventura de ir a la torre eléctrica en los veranos, el cafecito Monterrey en las tardes hablando con mi abuelita Hilaria acompañados del traquetear de las gotas en el techo de calaminas de nuestra cocina, ir a la academia y quedarte un buen rato conversando con esa chica linda porque no iban a salir hasta que pare un poco pero luego caminar bajo el agua conversando de todo y de nada con ella a su paradero al otro lado del tuyo, navegar entre la humedad de esos domingos sin nada más que hacer que mirar a través de la ventana, crecer y vivir correteando para llegar a la redacción y poder quejarte con una taza de café en mano que los del Senamhi no le atinaron esta vez, ir a rescatar a mi esposa y mi hijo en plena tormenta sintiéndome un superhéroe para llegar con un taxi secuestrado y cargarlos para que no se mojen de la vereda hasta el carro… jugar a los rayos locos con tu hijo para que aprenda a no tenerle miedo a los truenos, subirte ya mayor al techo con esa escoba y, mientras te ríes como desquiciado, gritar al cielo: “¡No huyáis esperpentos sin valor, que aquí tenéis a un bravo combatiente que os dará franca pelea”… no sé, de repente solo es porque me gusta la lluvia y la extraño.

—No te pregunté eso, dije que hagas una nota sobre la sequía.

—Lo sé, pero es que es el contexto, el sabor de la nota… ya sé, bueno de 23 líneas el escrito ¿No?

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363. El gol secreto

#365CuentosRegresivos

363. El gol secreto

—Señores pasajeros tenemos serios inconvenientes, prepararse para un aterrizaje de emergencia.

Tiago no cayó en la desesperación. Antes de embarcarse su novia le dio la noticia que sería padre y tenía la certeza de sería varón.

Alguna vez leyó el cuento de un autor argentino donde el personaje iba a ser fusilado y pedía al universo que le diera tiempo para escribir un libro. Eso le dio la idea.

Y ya estaba allí entrando a la sala del hospital y recibir un robusto bebé que paró de llorar al contacto de sus brazos, después ese pequeño gateaba por la sala detrás, se sentaba, lo miraba y le decía “pa-pa” señalándole un vehículo de juguete, que se transformaba en uno a pedales en el que paseaban por el parque comiendo pipoca con esa mujer hermosa que estaba allí, entregándole su amor y prometiéndole la eternidad para despertarse asaltado por ese niño que lo apresuraba para su primer día de escuela, con ese uniforme que para la tarde estaba manchado de colores, los cuales compraba junto con papel porque decidió que la pintura era su pasatiempo y dibujar a su padre metiendo goles su afición, la cual cambió en la universidad por una cámara de fotos que usaban mientras hablaban de futbol, su trabajo como entrenador con ese pequeño de barba que ahora era un consagrado foto reportero en el Folha y llegaba con la noticia que llegaba el heredero de ambos, el nieto que jugaba a correr detrás de una pelota, compitiendo con la esperanza de que heredara el tiro directo del abuelo contra las ganas del papá de que sea un ingeniero ambiental para risa de su nuera y llegar a ese momento, rodeado por todos esos rostros que vio envejecer, despidiéndolo, amándolo en abrazos y decirles que los amaba, que vivió sus historias, dolores, amores, fracasos, victorias y besar a esa mujer bella y plena que le decía que ya era tiempo de partir, que sea valiente y por fin Tiago abrir los ojos y sentir como el avión se estrellaba, pero con la certeza de haberle hecho una jugada magistral a la muerte y anotar su gran gol a la eternidad.

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Dedicado a Tiago del Chapecoense.

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365. El condimento del recuerdo

#365CuentosRegresivos

365. El condimento del recuerdo

El sol se ocultaba en el Mar Mediterráneo. Intentaba recordarlo, o por lo menos, evocar su rostro. No lo conseguía. Estaba en el mismo hotel en el que pasó las vacaciones hace 20 años con su familia en ese nuevo año. Al tercer día, durante la cena, mientras bebía su primer vaso de vino permitido frente a sus padres, lo vio a la distancia.

Al parecer él también la registró en medio de tantas bellezas crepusculares que había en el salón. Al momento del baile se acercó. Las luces cambiaron a juegos de colores de moda. No necesitaba saber que era él en el barullo de la música. Lo sintió.

En el paseo bajo las estrellas él le confesó que era estudiante de gastronomía y que estaba realizando prácticas en la cocina de un hotel cercano y que consiguió colarse a la fiesta en ese para distraerse algo de las labores culinarias.

Ahora ella estaba en esa playa que fue testigo de su primer beso de amor. Se tocaba los labios intentando recordar el sabor de los del galán añorado.

Él se despidió prometiendo que se encontrarían allí cada verano. Ella no volvió. Sus padres se separaron al siguiente año y solo pudo darse el lujo del viaje recién dos décadas después. Y allí estaba en ese comienzo de año. Se sintió como una tonta. Eran veinte años. Nadie espera tanto tiempo. Ella tampoco. Se casó, se divorció. Un arranque de rebeldía contra los 38 años que cumpliría la hizo rebuscar en su memoria el momento más limpio en el que fue feliz. Y era ese.

El hotel había perdido mucho de su magnificencia y lucía modesto. En la cena pidió una chuleta de res adobada en especias finas. Al probar el primer bocado, de golpe el sabor le recordó todo. El rostro del muchacho, sus ojos acaramelados, el cabello negro, su porte, sus manos cálidas, el sabor de sus labios, todo. Se levantó y pidió si podía ver al chef.

Este llegó extrañado. Al divisarla no pudo evitar soltar un grito de asombro y correr hacia ella.

—¡Tú!

—Sí, yo.

En una mirada se dijeron todo lo que tenían que decirse y mucho más.

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#365CuentosRegresivos, el reto de narrar un año entero

Hola a todos los que siguen este blog desde ya hace años. Estas vacaciones en las historias han sido para una buena causa. Les presento con gran cariño #365CuentosRegresivos que consiste en escribir un microcuento cada día, de tal manera que el primero tiene 365 palabras sin contar el título o la dedicatoria, de tal manera que el último día del 2017 libere un cuento de una sola palabra, porque al final… nada quedará. Como sé que varios de las mini crónicas ya se estrenaron aquí y para no atosigar las bandejas, publicaré cada tanto los más relevantes. Espero su apoyo no solo con likes sino compartiendo aquellos relatos que les agraden o comentando para ir mejorando el proyecto. Otro detalle, la temática será variada, es decir si bien hasta el momento en este blog las historias son de ficción real, entrarán relatos de Ciencia Ficción, Fantasía, Realismo mágico, etc., pero siempre con las ganas de contar una buena historia. ¡¡¡¡¡Gracias!!!!!

Sarko MH

Facebook del proyecto: https://www.facebook.com/SarkoMedinaHinojosa/

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Sobre héroes y milagros

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Quiero contarles la historia sobre un héroe. Estábamos un fin de semana mi familia en la playa de La Punta en Camaná en febrero de este año. Alrededor del mediodía los gritos desgarradores de una mujer nos alertaron que algo pasaba. A un costado nuestro un hombre colocó a un bebé en una de las mesitas que saben dejar los jaladores de los restaurantes. No sabíamos que pasaba. La mujer sólo decía: “yo la deje un ratito nomas, ¡ayúdenme!”. Mientras buscábamos a un salvavidas el hombre, que después supimos se llama César Postigo Hernández de 48 años, le estaba dando respiración boca a boca y masaje cardiovascular.

Los segundos pasaban angustiosamente y era fácil comprender que si no respiraba la pequeña, su cerebro no recibiría oxígeno y podía morir de un momento a otro. La pequeña reaccionó un poco, inmediatamente el hombre la llevó en brazos hasta la posta que debería estar abierta y atendiendo, pero nada, no había nadie. Sin detenerse paró una movilidad y se la llevó al hospital de Camaná. Los familiares de la pequeña se embarcaron en otra movilidad.

Todos estábamos preocupados y pensando lo peor. Cuando volvimos a nuestras respectivas carpas y lugares notamos que el caballero había dejado sus cosas sin pensarlo dos veces. Allí supimos que no era familiar de la mujer de la bebé de ocho meses. Pasamos la siguiente media hora algo angustiados. Por fin volvió y supimos que la pequeña estaba estable. Allí supimos que Postigo es Teniente de Bomberos en Moquegua 74 y que apoya a la de B19 de Arequipa.

Nos quedamos sorprendidos, claro podemos pensar que era su deber, pero es justamente que gracias a ese cumplimiento de su deber desinteresado y su actuar inmediato sin pensar en que estaba de vacaciones o de franco, lo que permitió que esa niña se salvara, una pequeña que ya estaba cianótica, azul. “Yo no quisiera que se hable mucho de mi sino que se valore lo que se nos enseña en los Bomberos, estamos para ayudar porque sabemos que debemos actuar rápido, quiero aprovechar para decirles a los papás que cuando lleven a sus bebés a la playa tengan en cuenta que los cambios de temperatura pueden afectarlos y claro no deben descuidarlos”.

Quiero confesarles algo, políticamente incorrecto para muchos hoy en día: cuando se fue el grupo al hospital, mi esposa, mi pequeño Mathias de 5 años en ese entonces y yo rezamos un Padre Nuestro y un Ave María, sin aún saber el destino que correría la pequeña, pero con la esperanza de que Dios actuara. Lo que quiero decir es que realmente actuó, movió los corazones de las personas que alertaron con sus gritos a todos nosotros permitiendo que Postigo llegara de un salto donde la pequeña. Yo no dudo que Dios también le imprimió confianza en su propia experiencia para hacerse cargo de la situación y ganarle los segundos necesarios a la parca. Para nosotros, que aún estamos maravillados por el tema, no tiene otra explicación, fue un milagro y Postigo un héroe, uno de esos que necesitamos cada día, uno que lucha por la vida en donde esté para servir.

Nunca te vayas sin despedirte, amor

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—Hola.

—Hola.

—¿Nos despedimos en la mañana? Digo ¿Me despedí de ustedes no logro recordar?

—¿A qué vine eso ahora? No me parecería raro que te olvides de algo así, todo el tiempo paras en otra. Hasta siento que estás más interesado en las cosas de los demás que en nosotros.

—¿Porqué lo dices?

—¡Eres conchudo! tienes full trabajo y todavía te comprometes a más reuniones. Sabes que no hay necesidad de que tengas más cosas y está lo de tus presentaciones y eso, te quedas hasta tarde haciendo diapositivas y no sé que más en la computadora.

—Ese “No-sé-qué-más” ¿Se refiere a algo?

—No lo sé, ni me importa ya, estás tan pegado a ese celular que no me asombraría que salgas con alguna cojudez y ya sabes que una sola que hagas y esto se acaba.

—No lo veo de esa manera, lo siento, es que sabes que trabajo por allí también.

—Las mismas excusas de siempre, ya eso no me convence, pero al final es tu problema, te estás perdiendo lo mejor de tus hijos. A ellos no los encontrarás en el Facebook.

—Sé que pierdo tiempo, no puedo explicarte porqué, no es que me importen más las cosas de los demás, es solo que a veces siento que si me despego de estar conectado algo podrá pasar y me lo voy a perder.

—¿Estás consciente de lo que hablas? No vas a perderte de nada, solo de que alguna de tus amigas deje de poner alguna tontera sobre que sufren o buscan pareja o de tus amigos sobre fútbol o chistes tontos… que, ¿Ese video de un padre pobre va a cambiar el mundo? ¿Compartir esa noticia sobre un ataque en la chirisuya va a ponerle paz a la violencia¿ ¿Que te bronquees con medio mundo porque no piensan igual a ti va a devolverte las horas que no juegas con tus hijos, que no pasas conmigo?

—Tú también revisas tu celular a cada rato.

—Lo sé, no sabes cuánto odio hacerlo, pero verte allí sentado en la mesa y que estemos hablando y luego sacas el aparato y te metes de lleno allí me enferma y hago lo mismo, tratando de entender que encuentras que sea más importante que nosotros.

—¿Lo encuentras?

—No, pero empiezo a buscar nuevas recetas, terapias para nosotros, para el Juani que tiene lo de su falta de atención, lo de Susanita de la dislexia, tantas cosas, pero todo tiene que ver con ustedes, ¿Cuánto de lo que ves se refiere a nosotros?

—En realidad, no mucho, más son más cosas del trabajo, de los amigos que me tienen que dar respuestas, a veces hasta me pierdo leyendo noticias pasadas que ya leí varias veces.

—¿En serio? Bueno, por lo menos estás siendo sincero.

—No quiero engañarte, menos ahora… ¿Me despedí de ustedes en la mañana?

—¿Por qué me preguntas de nuevo por eso? No te pongas dramático si vas a hacer alguna tontera no tienes que atormentarme llamando para darme a entender algo, no creo que nuestra vida sea tan terrible para que pienses en matarte ¿No?

—Sabes que no, solo es que quisiera recordar si lo hice, todos los días cuando me voy al trabajo trato de acordarme cómo nos despedidos, fuera si nos enojamos o no, me aseguro que por lo menos les dije chau, que nos pudimos ver antes que salgan por la puerta.

—Si nos despedimos… estabas en la cocina terminando tu café, los chicos fueron donde ti y les diste el beso de despedida.

—¿Te lo di a ti?

—Quisiera tener más tiempo en la mañana para despedirnos bien pero a veces no se puede, tendrías que levantarte más temprano para poder ayudarme siempre te lo pido, bueno, pero sí, me diste un beso rápido.

—Gracias, mil gracias.

—Oye, estás loco o qué no me preocupes más de la cuenta, que demon…

El ruido del timbre de la hora de salida la despertó. Estaba sentada en una banca del colegio de sus hijos. Trató de despejarse un poco, pero fue interrumpida por el teléfono móvil que empezó a sonar. Sus gritos luego de recibir la noticia de la muerte de su esposo, alarmaron a todos los padres que también esperaban a sus hijos en ese momento.

 

(Relato aparecido en Semanario Vista Previa – 10.10.2016 Arequipa Perú)

Canción que acompañó la escritura del relato

Creciendo con Mathias: Los deseos y la Luna

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Desde hace algunos días me encanta que mi Papá me hable de la Luna.

Me cuenta que está muyyyyyyy lejos, pero que está presente, casi cerquita, en muchas cosas que hacemos.

No entiendo todo lo que me cuenta, pero sé que algo tienen que hacer con la agüita de los mares y como los marineros la siguen atentamente para saber cuándo salir a pescar. Ummmmmhhh, con lo que me gusta el pescadito que prepara mi Mamá, ese que ella pesca de la lata, ya se me despertó el apetito.

También la Luna tiene algo que ver con ese papel con números que Papá va tachando en la pared y que cada vez que se acerca al final lo pone intranquilo. Me cuenta que por ese papel sabemos cuando la Luna va a estar presentable, así: tan bonita, o cuando no la veremos nadita…

Creo que estoy enamorado de la Luna… aunque no sepa que es eso de enamorado, jejejejeje. A veces escucho cuando alguien está muy interesado en otra persona, pues que está enamorado.

Ayer me di cuenta de eso. Salimos con mis papás, mis tíos y mi abuelita Lili a los juegos mecánicos, pero no sé qué juegos eran porque lo único que veía era dar vueltas y vueltas a la gente, hasta a mi mismo me subieron aun trencito pequeño y vuelta y vuelta, eso lo puedo hacer en casa y sin pagar moneditas.

Pero nada de eso me importaba, como ya era de nochecita, el cielo estaba negro-negro y la Luna estaba allí, como una moneda del color de mi lechita. Yo repetía “Luna-Luna” y todos reían, pero como no dejaba de repetir y de buscarla con la mirada, dejaron de tomarme interés.

Le escuché a mi Papá que los hombres desde siempre la querían, porque estaba tan alto y lejana, que era una meta llegar a ella. Un día lo consiguieron y fueron muy felices.

Yo quiero también llegar a la Luna, bueno, para que me entiendan mejor, quiero cumplir grandes metas, aún no tengo idea cuales, a veces es aprenderme de memoria los 10 primeros números, otra es los colores de mi caja de lápices, cada día tengo una nueva meta, por eso quiero a la Luna, no porque ahorita quiera embarcarme en un cohete y viajar hacia ella. Soy un bebé todavía. Pero recordarla me hace esforzarme en cumplir mis metas, soñando al igual que esos hombres de la antigüedad con conquistarla, y como al final lo lograron yo también lograré mis pequeñas y después grandes metas, ¡Estoy seguro de eso!.

Creciendo con Mathias: Los Temblores

Pasó el otro día mientras yo dormía, pues como si la tierra se empezara a despertar de un largo sueño, pues todo se movía. Mi Papá llegó a mi lado porque empezaba a querer llorar, Mi Mami mientras tanto, prendía la luz para poder ver si todo estaba bien y todos juntos nos colocamos en la entrada del cuarto.

Cuando todo pasó nos acostamos de nuevo y yo, en mis sueños de bebé, tuve algo así como pesadilla donde todo se movía y no podía tomar mi leche porque el biberón saltaba de un lado a otro. Realmente no me gustó el sueño.

Días después otra vez se movió como gelatina la tierra y ya estaba algo de mal humor. Escuchaba atentamente a mis papás, a mis tíos y a todos para saber porqué es que no paraba de temblar la tierra. Pero pocos se preocupan de dar explicaciones a un pequeño como yo.

Me imaginaba que en el interior de la tierra una gran tortuga despertaba y empezaba a comer y por eso todo se movía. También pensé que algo había chocado contra… no sé… uno de esos lugares lejanos y que por eso se movió todo. Trataba simplemente de explicarme algo porque de verdad, y aquí que me guardan el secreto: Tuve miedo.

A veces tenemos miedo creo yo, por eso mi Papí me abrazó fuerte ese día o mi Mamí se preocupó porque tuviéramos luz. También después mi abuelito Isaac llamó para saber como estábamos mi abue Lili y otros familiares también. A pesar de mi miedo también aprendí que estas ocasiones son para unirse las personas.

Papá comentó hoy que en algunas partes del mundo, es decir más allá de donde termina la liniecita a lo lejos, había personas que pasaron por temblores más fuerteeeeesssss y ya ni tenían casa. Ummmmmm pienso que así como nosotros nos preocupamos por un temblor que tanto tanto no fue, podríamos preocuparnos por saber cómo estaban esas demás personas que sufrieron más que nosotros. Me contó que aquicito nomás, como dice él, en un lugar llamado Caylloma, las personas se quedaron sin casitas y muchos se fueron al cielo… Pero también me dijo que muchas personas las ayudaron y michos más se salvaron porque estaban prevenidos, no se adonde se vinieron pero creo que mi Papá quiso decir que desde mucho antes sabían que podía pasar eso y tuvieron muuuuuchoooo cuidado.

Ahora mis sueños ya no son feos, sino al contrario, me imagino a mi mismo yendo donde esas personas y decirles que todos vamos a ayudarlas, que no solamente nos preocupamos por ellas cuando pasan las desgracias, sino también después, cuando ya todo ha pasado.

A veces pienso que Diosito en el cielo no dejará que nos pase nada malo, pero, si llegara a moverse mucho más la tierra, espero que su amor les diga a las personas allá afuera de mi ciudad que nos ayuden, porque nada alegra más el corazón que saber que le importas a alguien aún cuando no te de algo o no te conozca. Los temblores tendrían que también poder hacer cambiar los corazones de un lado a otro, para que todos nos podamos conocer y querer aunque sea preguntándonos, están bien, no les pasó nada, me alegra que todo haya pasado… es más, creo que no se necesita de temblores para levantar esa cosa que trae a las personas para hablar cerquita y preguntarles como están, ¿Se animan?.

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Para un bravo siempre habrá otro más bravo

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Lo esperó a dos cuadras de su casa, justo en ese callejón estrecho y oscuro entre los dos edificios de departamentos. Con su metro con cuarenta centímetros no causaba miedo, quizá ternura, MÁS con esos lentes de medida. Era la clásica imagen del niño al que golpean en el recreo y le quitan el dinero para el almuerzo.

—Oye, Juan.

—¿Qué haces aquí chato?

—Ven te tengo que dar una cosa.

—Ya mañana te pido la plata, no es necesario que me des hoy, a menos que quieras ahorrarte algún golpe, jajajajaja.

Una fuerza extraña impelió al bravucón hacia el callejón, no acababa de reconocer qué pasó cuando sintió mucho dolor en la cabeza. Aquello que lo golpeaba no le daba respiro, en las costillas en el brazo con el que intentaba protegerse, en la pierna, en el pie.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Por favor!

El apodado “chato” se detuvo.

—Mira sé que no eres más que pura boca, sabrás pelear algo, pero mírame, un pequeño como yo acaba de molerte a palos con un bat de beisbol y ni te imaginas que sé hacer con una navaja. El trato es el siguiente: me darás la mitad de lo que juntes en los recreos, y cuidado con engañarme que sé cuánto sacas. A cambio te avisaré con tiempo cuando quieran denunciarte con los profesores y también te ayudaré para que apruebes algunos cursos, que los dos sabemos estás casi por repetir este año.

—Está bien, está bien, pero deja que me vaya —dijo entre sollozos el niño herido, se paró e intentó correr, pero los golpes recibidos en la pierna fueron más, así que se fue rengueando.

El dueño del bat sonrió mientras veía alejarse al bravucón de su escuela.

—¡Oye chato!

El grito vino de arriba, de una de las ventanas, un niño, el más flaco y granoso de su año le estaba mostrando un smartphone en el que se reproducía la golpiza de hace pocos minutos antes.

—Creo que tenemos un trato, voy a querer protección y el 30% de lo que te de Juan.

La sonrisa se le borró al dueño del bat.

El otro quedó peor

EL OTRO QUEDO PEOREra julio, una tarde de julio, a eso de las dos y algo. La hora de salida del colegio ya pasó hace buen rato, aún para los de secundaria. El niño estaba respirando con fuerza. Los mocos que le salían aún tenían algo de sangre. La camisa estaba salida de sus pantalones y manchada de rojo. Se limpiaba con el brazo las lágrimas que seguían resbalándose por su rostro de seis años.

La madre llegó como siempre algo apurada. Estudiaba en la universidad cercana al colegio de su pequeño, pero salía tarde de clases. La angustia siempre la acompañaba en esas pocas cuadras. Era no saber con qué nuevo problema se encontraría. Todo ese primer tramo del año se la pasaba tratando de entender como su mundo se había destruido de la noche a la mañana e intentaba reconstruir lo que podía con los pedazos de alma que le restaba.

Lo vio y supo que algo más había pasado esta vez.

El niño también a vio y, al verla que se detuvo, avanzó hacia ella casi corriendo, pero al llegar cerca no abrió los brazos para recibir un salvador abrazo. Se paró en seco con una mirada de furia, impropia para sus pequeños años, para su dulce corazón.

—¡Ya no aguanto este colegio!, todos me odian, ya me cansé quiero irme

—¡Hijo que ha pasado!

—¡Me he peleado, pero el otro quedó peor!

La madre no entendía nada. La angustia la llenó por un instante pensando en que era lo que le faltaba para terminar de arruinarla: que expulsaran a su hijo. Recordó en un segundo cuanto con su ahora ex esposo pelearon una vacante. El año pasado por esas fechas dio su examen de conocimiento y, la semana siguiente, pusieron en una pizarra los resultados. Ella empezó desde abajo la lista y no lo encontró. Su marido contaba jactancioso que él sabía en qué lugar estaba, así que solo miró los tres primeros puestos y allí estaba el nombre de su vástago, en segundo lugar. Pero ahora ese gran logro se estaba desmoronando.

—Hijito ¿Qué pasó? Tranquilízate —le dijo mientras trataba de abrazarlo, pero el niño no se dejaba.

Algo la distrajo de su intento de consolar a su pequeño. María, una de las mamás con las que había hecho buenas migas en esos meses se acercaba. De repente ella tendría una explicación y le ayudaría a saber qué pasó.

—Maritza tu hijo le ha pegado al mío, esto no puede quedar así me voy a quejar con el director.

Se quedó perpleja. Con mucho el hijo de la otra mamá era más grande que el suyo. Pero allí estaba Jorge, detrás de su progenitora y llorando a viva voz con la camisa también llena de sangre.

—Oye María, ya estoy casada de que tu hijo junto con los otros hijos de Claudia y Sofía anden insultando al mío por su tamaño, yo no sé qué le ha dicho ahora tu hijo para que Martín reaccione así.

Lo que sí sabía era que desde que entró ese grupo de tres chicos atosigaban al suyo con insultos por su tamaño, por su pobreza y porque era callado. Martín no era así, pero en la fiesta de año nuevo su marido tuvo la conchudez de estar en la cocina de la casa, consolando muy cariñoso a la enamorada de su propio hermano, el de ella, así que lio se armó. No era la primera vez que la engañaba, pero esa fue la gota que derramó el vaso y, aunque no tuvo certeza si hubo algún roce de labios, el hallarlos agarrados de la mano y cariñosos fue suficiente para que botara al susodicho y cortara palabra con la muchacha. El que resintió más el tema fue su pequeño, que de animoso chico que esperaba con ansias entrar a su nuevo colegio, se transformó en un callado y ojeroso por las lágrimas.

—Voy ahora a contarle al director lo que ha pasado, esto no se queda así Maritza —dijo María y jalando del brazo a Jorge se encaminó hacia las oficinas de administración del colegio.

—Hijo, mírame, qué te dijo Jorge para que le pegaras así —preguntó —Me dijo que era un enano sin padre que por eso nadie me quería en la clase —respondió el pequeño, no aguantando las lágrimas de ira que nuevamente le salieron mientras apretaba su pequeños puños.

Maritza avanzó de la mano de su pequeño con rapidez hasta alcanzar a María, a la que obligó a voltearse.

—Yo te conté lo de mi marido solo a ti, por lo visto lo has dicho a las demás y hasta tu hijo, porque le ha dicho al mío que es un enano sin padre.

María se quedó en una pieza. Miró a su hijo indagando y, como este agachara la mirada, no supo que responder.

—La que va a ir a conversar con el director soy yo, porque nadie tiene porqué denigrar a mi hijo solo porque lo esté criando ahora sola ¡muévete!

—¡Espera! No sabía que le dijo eso, debe haberme escuchado cuando hablaba con mi esposo de ti, sí, no debí hacerlo pero… bueno dejémoslo mejor allí Maritza, tampoco es que quiero hacerte daño ni a ti ni a Martín, podemos olvidarnos de esto, seguir siendo amigas, disculpa a mi Jorge que a veces no sabe callarse, no volverá a pasar.

Maritza lo piensa un momento.

—Está bien, pero de ahora en más diles a las chicas que sus hijos no se metan con Martín porque ya viste que no se deja y les puede ir peor si lo hacen enojar más.

Ya en el carro de retorno a la casa, madre e hijo viajan callados, sumergidos en sus sentimientos.

—Mamá… yo no quise pelearme, lo siento.

Maritza pensó un momento lo que respondería. Intuía que para un niño varón lo que dijera marcaría su carácter de muchas maneras.

—Era más grande que tú y quedo peor ¿no?

El niño sonrió un poco.

—Sí mamá, no sé cómo le hice, pero no me deje.

—No hijo y nunca te dejes maltratar por nadie.

Al otro día Jorge, en la hora de recreo, invitó a Martín la mitad de su manzana y, a la salida junto a los otros chicos, jugaron a la pelota hasta que los recogieron sus madres.

La historia de amor de Graciela y Camilo

catedral con nubes sellada 2

—¿Aún recuerdas cómo te enamoré? —preguntó él.

—¡Claro! No me gustabas al principio, hasta creí que eras un odioso por cómo te comportabas y hasta me ignorabas, pero luego, no sé, puede ser que me gustara tu forma de hablar así tan seguro de ti, eras algo inocente para expresarte, no me malinterpretes, es que siempre decías lo que pensabas, aún cuando le cayera mal a los demás, eso me gustó, sí, más que si fueras guapo o no, que para mí lo eres y serás siempre, tus palabras siempre para mi sonaron reales, nunca de mentira —le dijo ella.

—Yo te amé siempre, aunque no lo sabía, aún sin conocerte supe que te encontraría y, sí, tampoco es que me gustaras al principio, no puedo negar que después me sorprendí a mi mismo pensando en ti, en la forma de tus labios, en lo que dirías. Trataba de contarte tantas cosas y me salían puras tonterías y ¡Cómo te reías de mi! Intentaba que siempre rieras… al final no sé si lo conseguí, hay tanto que quise hacer por ti, por los chicos, me faltaron las fuerzas, voluntad… te hice pasar malos ratos también… ¡Perdóname!

—No hay nada que perdonar amor —respondió la anciana volteando la mirada hacia la ventana. Allá, a lo jejos, las torres de la Catedral se notaban con el fondo nuboso de esa tarde de junio.

Afuera resonó un trueno. Ella continuó hablando.

—Esta ciudad fue mi cómplice. Cada vez que me peleaba por alguna tontera en casa, salía a recorrerla, por sus calles empedradas del centro veía escaparates en las tiendas de los judíos, solo ver, porque sabía que no teníamos para comprar esas maravillas. Hasta que abrieron la tienda de la Uruguaya. Allí me compraste un vestido y traje completo ¿Te acuerdas? Para ir a la graduación de Marcos. Cada vez que uno de los chicos terminaba la secundaria me comprabas un nuevo traje sastre completo. No sé porqué me acuerdo de eso ahora, soy una tonta, de repente debería contarte secretos míos que atesoré, como la camisa que usaste en tu primer empleo como cuidante en esa fábrica. La lavamos cuantas veces y hasta el cuello le cambié varias para que no se notara lo vieja que se ponía. Allí la guardé durante años. También recuerdo la vez que me fui de la casa por varias semanas ¿Te acuerdas?. Mi hermana me prestó un calendario para que fijara las nuevas fechas de mi independencia, pero lo que más hacía es marcar los días lejos de ti. No quiero saber nunca si al final hiciste o no hiciste aquello, ya no es importante, lo que sí importó es que lucharas por nosotros y decidieras por mi ¡Por mí!, que era una furia cuando me enojaba y te trataba tan mal muchas veces, pero no te fuiste ni nos dejaste, seguiste allí. No quiero que te sientas mal recordando tal o cual error, solo quiero que sepas que nunca me arrepentí de volver a intentarlo.

La frazada del anciano se corrió un poco y su esposa se la acomodó.

—Volvería a luchar junto contigo por ahorrar esos soles para que estudiaran los chicos. Sé que Diego no terminó la universidad, pero al final le fue bien, como me decías, él encontraría su camino y al final lo hizo, aunque el miedo siempre me consume cuando escucho que asaltaron a un taxista. Gabriela siempre fue más hábil con las manos que con los números y mírala ahora: tiene su propia tienda de ropa y hasta va a abrir una sucursal o no sé qué en Lima. Las tardes que pasamos los cinco en Tingo o en Sachaca, las veces que nos fuimos a Chapi, ese viaje a Cuzco, la vez que nos quedamos todos durmiendo en la playa en Mollendo porque teníamos flojera de subir hasta el hotel. Cada cosa la atesoro y la guardo para mí. No logro entender cómo es posible, pero lo malo ni lo tengo en cuenta, es como si una vela se consumiera y no volviera a prender, sí me acuerdo de las penurias que pasamos, pero son algo lejanas, ahora me siento más preocupada por los hijos de Marcos que no entran a la universidad, o la hija de Gabriela que se quemó el bracito con el agua hirviendo o por Daniel que a veces llega muy tarde y su esposa no le gusta eso. Son nuestros hijos, no son malos, al contrario, se esfuerzan por salir adelante y solo puedo agradecer por su vida y agradecerte a ti porque me diste la mejor de todas las aventuras y si pudiera volver a escogerte lo haría mil veces, nunca lo dudes.

Se calló por un momento, mientras a lo lejos se escuchaban los truenos. Una vez callado el retumbar del cielo, un sonido continuo se sobrepuso ante el silencio e inundó el cuarto de hospital con su anuncio.

Entraron los hijos y sus familias, seguidos de una enfermera. La anciana seguía mirando por la ventana hacia el horizonte, mientras con una de sus manos apretaba la de su esposo que acababa de partir.

El chupacabras atacará de nuevo

chupacabras

El novio de la hija mayor de la familia era un gringo alto con mirada fría. El primer error que rompió el hielo de su llegada fue decirle “inglés”. Allí entró en una explicación del porqué Escocia era el mejor país no independizado del mundo y que los “usurpadores”, como llamaba a los ingleses acompañada la expresión de una palabra universal que era un insulto, algún día pagarían por la humillación. Cualquiera que fueran sus razones patrióticas, el enorme escocés después de eso se ganó la simpatía de todos los familiares de muy arraigada estirpe arequipeña y hasta sonrieron mentalmente recordando que también la región se consideraba “separatista”.

Chapurreaba el visitante un español básico, así que la mayoría de veces la enamorada veinteañera, estudiante de psicología en una universidad local, era la traductora. El padre de la familia aceptó de mala gana que el pretendiente virtual llegara desde las antípodas a su casa, en Sachaca, barrio tradicionalista de la ciudad, enclavado en medio de una campiña llena de chacras y establos. Si dio el permiso finalmente fue porque la amenaza de la hija de viajar al encuentro del gringo era más que posible, así que mejor traer al enemigo para tenerlo cerca y vigilarlo.

Los primeros días fue gracioso ver al pobre tratar de comer los potajes contundentes de la región. Los chupes seguidos de los segundos llenos de arroz y papa pusieron a prueba al pálido espécimen. El llatan que acompañaba las comidas lo hacía sudar, pero resistió estoicamente. El tomar de una sola sentada un enorme vaso de chicha con cerveza negra, lo hizo entrar en la familiaridad de ese primer domingo.

El resto de la semana transcurrió lánguidamente en una ciudad que no se comparaba con Edimburgo, de donde era el escocés de ojos verdes. Arequipa es una ciudad circundada por tres volcanes, llena de historias que el padre contaba con ayuda de la hija y llena de novelerías que le contaba la madre al visitante, sin ayuda de la hija porque al final solo era necesario que la escuchara, no tanto entenderla.

Justo por esos días se desató la noticia sobre el “chupacabras” que se despachó en una noche a cuatro ovejas, propiedad de algunos chacareros del barrio.

—My no saber que ser shootpakapras.

—No Dereck, es “chupacabras”, es un demonio de la sierra que se come a los animales de granja chupándoles el interior —le explicó pacientemente el papá, traduciendo la hija y asintiendo finalmente el visitante, abriendo los ojos cuanto más le contaban del supuesto ser que en esos días atacaba cerca de la casa en la que estaba alojado.

—Cómo ser ese shootalabras.

—Es chupacabras, bueno la cosa es que es una criatura que tiene la piel de un reptil, así, con escamas duras de color verdoso. Tiene unas espinas a lo largo de la espalda y sus manos terminan en unas garras que cuando se acercan a las ovejas ¡zas! Le abren el estómago y se comen todo lo de adentro ñam ñam.

Esa última parte de la descripción no fue necesaria de traducir ya que el salto que metió Dereck fue de risa general, hasta él mismo se rió de su temor.

—Good history papa Alejandro —dijo entre risas el gringo, sin que la forma confianzuda de llamar al regente de la casa se percibiera en ese momento de alegría y de anécdotas.

La hija aprovechó para anunciar que el domingo su novio prepararía un plato tradicional de su tierra. Todos aplaudieron. El sábado por la noche, en completo secreto, pero vigilados auditivamente por la madre y el padre, los jóvenes se divirtieron haciendo un desastre en la cocina a puerta cerrada. La mañana del domingo, como era costumbre todos fueron a participar en la Misa dominical en el templo central. Luego comieron barquillos, raspadillas y regresaron a casa, donde les esperaba un almuerzo especial.

Sentados a la mesa estaban, aparte de los papás, los dos menores hijos y el mayor que llegó como todos los fines de semana, con su esposa y un pequeño en brazos. Todos sentados en la mesa esperaban la delicia escocesa que traerían de la cocina. La puerta se abrió y Dereck entró con una bandeja tapada con una de las ollas de la madre. Puesto en el centro el plato improvisado fue destapado para mostrar una especie de pelota amorfa de color gris verdoso que humeaba por lo caliente.

Nadie se atrevió a decir ni una palabra. La hija que entró en ese momento trayendo arroz y papas hervidas junto con algunas verduras cocidas, dijo alegremente: —¡Es haggis! —como si hablara en chino, todos los viandantes la miraron— Es un plato tradicional, coman y no sean malcriados que nos hemos demorado bastante en hacerlo, al final les cuento de qué se trata.

Una vez repuestos y para no causarle mala impresión al pretendiente, todos esperaron con paciencia que se abriera la bolsa parecida a un blader mal inflado y de allí saliera unos pedazos de carne de diferentes matices mezclados con lo que parecía un rehogado con cebollas y otras cosas más. Pero el sabor no era malo, al contrario era agradable, rico mientras aumentaban las masticadas, la textura de la carne recordaba al rachi de panza o a los chunchulies o caparinas.

Mientras duró la comida se hablaron de diferentes temas. El escocés explicó algunas cosas sobre el tema de las mentadas faldas y sobre los deportes con lanzamiento de piedras, mientras que los varones de la casa se lucieron contando cuentos y leyendas, incluyendo la que estaba de moda sobre el chupacabras. Al final de la comilona, y abriendo una botellita de vino de las que celosamente se guardan en el mueble de la sala, el padre preguntó, mientras sin disimulo se desabotonaba el pantalón para darle libertad a la panza llena.

—Oye hija y al final ¿Qué tenía el plato que nos has servido?

—Es una comida hecha con el pulmón, el hígado y los riñones del cordero que se mezclan con otras cosas más y se cocinan en el estomago durante horas, por eso nos demoramos ayer tanto Papá —terminó por decir la única hija del matrimonio, aquella pequeña de rulos negros, tan bella, tan inocente para sus padres.

—¡Carajo! ¡Tú eres el chupacabras! —gritó el padre mientras se paraba rápidamente sin percatarse que el pantalón se le cayó, cosa que nadie de la familia pudo ver ni reirse porque corrían hacia los baños de la casa para tratar de sacar de su interior el potaje que, estaban seguros, era producto de la matanza de indefensos animales, encontrados destripados y divulgadas sus fotografías en todos los medios de prensa de la ciudad.

—¡No! ¿Papá, qué te pasa? Dereck no es ningún chupanosequé ni nada.

—Pero hija, todo encaja —dijo el padre mientras se levantaba el pantalón e iba a una esquina de la sala donde una escoba esperaba por coincidencia que la tomaran y fuera alzada en alto cual la espada de Eduardo I.

—Deja eso Papá, ¡Mamá, dile a mi padre que no amenace a mi novio!

—No puedo hija porqu… (brrrrrrr)

El pobre escocés no sabía de qué se le acusaba, pero intuía que allí iba a darse una batalla parecida a la del Puente de Stirling, así que se preparó con los puños en alto para resistir a lo William Wallace.

—Pero Papá ¿Qué hablas? Lo del cordero lo compré en el mercado San Camilo.

—No trates de encubrirlo hija querida y hazte a un lado que tengo que vengar esta afrenta, en mi casa no puede haber un asesino de pobres e indefensas ovejas, aún por más rico que estuviera esa cosa con nombre de pañales.

—Papá entiende yo compré los bofes y las tripas, deja eso ya por favor que me va a dar un ataque de nervios.

Ya regresados los otros miembros de la familia y escuchadas las razones, creyeron en la versión de la joven así que tranquilizaron al padre y al novio. Pasadas las horas y con algo más de vino todo iba quedando en una anécdota que se contaría en el futuro con añadidos y demás.

Ya en la noche, cuando todos se han acostado, la joven al entrar a su cuarto se cambió de ropa por una más cómoda y de color negro, sacó debajo de su cama un machete y unas bolsas que acomodó en una mochila junto a otros enseres y se escabulló por la casa hasta la puerta de la calle y salió.

—Esto me pasa por no cortarles también las cabezas a las ovejas la vez pasada, ahora ya les prometí hacer cabeza asada a la escocesa. El establo de Don Humberto está algo lejos tengo que apurarme —pensaba la muchacha mientras apuraba el paso por entre las chacras.

La vida en 10 minutos

bus

—Maestro a la calle San Francisco con Moral.
—Ya señor seis soles nomás.
—Cuanto se demora porque estoy apurado, tengo 10 minutos para llegar.
—Llegaremos tranquilos es lo más importante ¿No cree? En 10 minutos nos podemos morir si nos apresuramos demasiado. Póngase su cinturón y deje que le cuente porqué es que es mejor manejar seguro que apresurado.
Yo trabajaba en los noventas en una empresa que iba hasta Lima, con sus carros nuevos había abierto el mercado hasta la capital. Eran unos buses Morillas de un piso para 54 pasajeros. Unas balas. Esa mañana me acuerdo que teníamos que salir del terminal de la Avenida 28 de, era viernes y feriado largo, así que se abrió dos turnos en la mañana para retornar a Arequipa. Íbamos mi compadre Alberto Soto y yo como choferes principales y dos de recambio más el ayudante de cada bus.
Pero mi amigo estaba apurado, no me acuerdo porqué. Era raro, íbamos a salir los dos casi juntos para acompañarnos, recuerde que el viaje eran casi 16 horas en ese tiempo, así que tiempo había. Pero él no. Quería salir lo más pronto y apenas llenó el bus con sus 54 pasajeros arrancó, 10 minutos antes del horario. Yo salí a mi hora, tranquilo la verdad porque ya lo encontraría para el almuerzo, cuando pararíamos en el mismo restaurante de la carretera.
Al llegar a la zona de Asia, que por ese entonces estaba desierta, vi al bus de mi compadre ¡Se había dado unas vueltas de campana y estaba todo destrozado! Frené como pude para estacionarme a un costado y bajamos con mis dos compañeros para auxiliar a las víctimas. Me fui directo a la cabina, le cuento, pero nada pude hacer, mi amigo Alberto estaba enterrado en la arena, seguro murió asfixiado.
Quería llorar porque dejaba a cinco hijitos, todos pequeños señor, era para no creerlo, pero no me dio tiempo, teníamos que ver cuántos vivos quedaba. De otros buses también se pararon pero los policías que llegaron primero los movilizaron. ¿Sabe? No es que quiera hablar mal, pero en estas desgracias a veces sale lo peor y lo mejor de las personas. Uno de los efectivos quería llevarse a un par de heridos con su mercadería y todo a la comisaría ¿Puede creerlo?, en vez de decir que se los llevaban al hospital querían detenerlos, pero otro de uniforme se le opuso.
También de los otros buses bajaron pasajeros que recogieron los zapatos, las carteras nuevas que salieron disparados por aquí y por allá, pero otros ayudaron a sacar a los heridos y los cuerpos de los muertos. En esas estaba cuando encontré al ayudante de mi compadre, un muchachito de 17 años nomás. Ya no tenía la cabeza, lo reconocí por su ropa. El segundo chofer estaba vivo de milagro porque iba durmiendo en el almacén y en la primera vuelta no sabe cómo se abre la puerta y cayó en la arena solo con rasguños, nos contó.
Fue uno de los peores accidentes de la época. Pero no podíamos quedarnos más así que nos fuimos, pero al llegar a la zona de almuerzo, por la radio escuchamos que en total fueron 30 pasajeros fallecidos y varios heridos graves. Luego ya en Arequipa nos explicaron que al parecer la dirección fue la que se rompió y mi amigo que iba a mucha velocidad no pudo controlar el bus y se desbarrancó. Lo más duro fue a la regresada, porque justo me encontré con el bus que traía los cuerpos. Parecía un carro de esos de funeraria, todo triste y oliendo fuerte a muerto. Al entierro no pude asistir.
Con esto que le conté no le quiero decir que si iba despacio mi compadre se salvaba, allí o más allá la dirección le hubiera jugado la mala pasada, solo que a veces entre vida y vida hay 10 minutos. Yo lo despedí así como le habló ahora a usted y luego lo vi muerto a mi amigo. Creo que en esta vida estamos para algo más que solo correr y correr, si nos demoramos un poquito más con las personas de repente después no nos estaremos preguntando ¿Y si le hubiera dicho algo más? ¿Si le hubiera agradecido por eso y por lo otro? ¿No le parece? Pero ya llegamos señor, mire a tiempo justo, gracias a usted también. Oiga y ya sabe: no hay que correr, hay que vivir, ¡Hasta luego!

 

Retroceder… ¡Imposible!

 

childrenLa cosa va bien, has caminado sin encontrarte con nadie desde tu casa hasta la tienda y estás de regreso. Es un pueblo nuevo, no conoces a nadie. Los primeros días evadiste con maestría a varios posibles contrincantes y adversarios, chicos de tu edad que podrían atacarte solo por el hecho de ser tú de la sierra y ellos de la selva. Pero no ha sucedido… aún. El último tramo es una calle larga con el camino afirmado de tierra rojiza, propia de esa zona, con los árboles creciendo a los costados sin orden. Por un instante te pierdes en esa contemplación del paisaje sin mayores preocupaciones, cuando en eso lo ves: es un chico de casi tu altura que viene en dirección contraria. Pensamientos se suceden unos tras otro para descubrir la mejor manera de evadir lo inevitable. No hay calles laterales por donde doblar. Tu casa está aún lejos. No hay tiendas donde simular una compra. Ya se acerca y está justo de tu lado, viene directo, no hay escapatoria, si intentas cruzar al otro lado de la calle mostrarás cobardía y si no te pega ahora se lo dirá a sus amigos y ellos sabrán que tuviste miedo. No debes reducir tu paso, hacerlo igual demostraría temor. Debes aparentar normalidad. Mirarlo a los ojos tampoco ayuda porque estarías buscando bronca. Ya se acerca, tensa los brazos por si acaso, ya viene, unos paso más, mira para adelante, afirma el hombro ¡Eso es! El golpe es seco, ninguno se movió mucho. Los hombros se tocaron con rudeza pero nada más, sigue adelante, ni se te ocurra voltear, puedes respirar tranquilo, demostraste tu valía, no contará nada a sus amigo pero te tendrá respeto, sobreviviste un día más, infla el pecho, camina con aire de valiente, te lo mereces.

 

Creciendo con Mathias: El olor a la felicidad

el olor a la felicidad

Mi mami tiene el olor a la felicidad. Claro, dirán que yo, como un niño pequeño, no sé que es la verdadera felicidad, porque no he vivido ni he experimentado muchas cosas en mi cortita vida.

Pero, vamos a ver: ¿Qué es la felicidad?.

Unos me dirán que es comer. Claro, ustedes podrán comer muchas cosas que comprarán con sus redondos de metal y esos papeles que los vuelven locos cada fin de mes. Pero no hay nada como comer algo preparado con amor, durante la mañana, sentir los olores confundirse uno a uno en una preparación que llega calientita a la mesa, con una sonrisa que nadie la tiene, ni siquiera esos cocineros de la caja de colores que hacen nosequé plato a la nosecuán, carne alamisimisi y fua fua que no tiene el sabor que le pone mi mami a sus tallarines rojitos o a sus arroces con pedacitos de pollo.

Otros me dirán que la felicidad está en viajar por el mundo. Con mi mamí un paseo al parque es una aventura sin igual. Los árboles serán los mismos, el pasto también y hasta los mismos chicos grandes con sus aparatos de ruedas y sus cajitas de colores portátiles que los vuelven bobos. Los juegos que inventamos con mamá, nos llevan por galaxias, por valles sin descubrir, a ver grandes finales de fútbol y vivir la emoción de las carreras de carros. Cuando vamos a visitar a papá a su trabajo y hasta cuándo vamos donde los señores de blanco que tanto temo, aún allí, una salida con mamá es una aventura sin igual.

Muchos dicen a mi alrededor que la felicidad la traen los redonditos y los papeles de fin de mes, los carros y las cajas de colores modernas y grandes, los olores en botellitas caras o esos cuadrados de colores pequeños y ruidosos. De repente aún me falta crecer y comprender porqué esas cosas los hacen felices a varios de ustedes. Como dice mi tío José Alfredo, debo hacerme uno con los demás para comprenderlos, aunque no entienda bien que es eso, debe ser “tratar” de ponerme en sus zapatos y ver el mundo con sus ojos.

Pero, aún así, y aunque me digan que soy terquito y no comprendo el mundo de los adultos, no puedo dejar de creer que el tener este tiempo con mamí es el mejor que me llevaré de esta etapa de mi pequeña vida. Ese olor de sus abrazos será un bello tesoro que me sostendrá cuando me caiga, que me retornarán a una época feliz cuando me ponga triste y me darán valor para también darle esa felicidad cuando tenga una familia como la mía.

Así que, especialistas en felicidad de todo el universo, disculpen que los contradiga y que les repita que no hay mejor felicidad para mí que estar con mi mami ahora y en este momento. ¡Gracias Mami Patty por tanta alegría en mi pequeña vida!

La palabra que no existe

La mariachi en el cementerioLa cantante paseaba entre los pabellones del cementerio en pleno domingo, Día de las Madres, cuando divisó a un posible cliente.

—Señora ¿Quiere que le cante algo a su madrecita?, hoy por el Día de la Madre tengo rancheras de Juan Gabriel, o si quiere alguna de Roberto Carlos, canciones de José José, usted dígame cual le gustaba a su mamá en vida y se la canto, solo 5 soles tres canciones.

La mujer levantó la mirada y ya tenía la intención de decirle que no gracias a la mujer vestida de mariachi, cuando de algo se acordó.

—A ella le gustaba una canción, pero no me acuerdo, una de un tal Fernández…

—Ahhh de Vicente Fernández, de repente le gustaba “Estos Celos” —dijo la artista y empezó  cantar, pero fue interrumpida por la doliente.

—No, no es esa canción ni tampoco el cantante, creo que es de su hijo… sí, ahora recuerdo, Alejandro Fernández, ese es… la canción creo que era sobre la voz, no me acuerdo bien…

—¡Claro!, “Se me va la voz” es la canción señito, esa me la sé, tiene suerte porque solo yo la conozco aquí, los demás no saben de esas canciones nuevas. Oiga, pero qué moderna era su mamacita —trató de alegrar en algo a la deuda la cantante.

—No, no era mi madre.

Un nudo en la garganta se le formó a la mariachi. Un golpe de dolor le oprimió al pecho al comprender que estaba frente a una… trató de buscar en vano la palabra, aquella que no existe para nombrar a la madre que pierde a un hijo. Sin decir más, empezó a cantar.

 

Mamá… ¿Soy malo?

Bárbara y su cachorro

El niño, aprovechando un silencio prolongado en la mesa después del almuerzo preguntó:

—Mamá… ¿Soy malo?

—¿Por qué piensas eso hijo?

—Es que así lo siento, no sé, a veces pienso que por eso me porto mal y te hago renegar, que por eso no tengo amigos y nadie me quiere. A veces me siento raro, como si no encajara en ninguna parte, hablan a mí alrededor pero no los entiendo, es como si fuera distinto, todos van hacia un lado y yo voy al contrario. Siento que soy malo porque pienso cosas extrañas y tengo odio… o no sé si es odio, pero me enoja que otros puedan tener cosas que yo no, o que puedan comer cosas que no podemos… sé que el dinero nos falta y sé que debo agradecer lo que me das, pero a veces no puedo evitar sentirme así, con cólera y eso me da rabia porque me digo a mí mismo que no sentiría eso si fuera bueno, si fuera el hijo que desearías. Muchas veces quisiera irme para que no sufras viendo mis notas o las travesuras que hago, los problemas que te causo, las peleas en que me meto, pero es que a veces siento que no puedo decir las cosas o defenderme de los demás cuando me molestan o me hacen sentir mal por como soy o lo que no tengo, lo que digo y lo que no digo. Siento que soy muy malo y que por eso se fue papá…

—Mi pequeño nunca pienses eso, tú no eres malo. Lo que sientes no puedes evitarlo no porque tengas odio en tu corazón, sino porque anhelas cosas. Pero no es malo anhelar algo mejor, solo que debes pensar que ahora, de repente, no tenemos la posibilidad, pero después, si te esfuerzas, las tendrás. Pero eso no será importante si lo que nos falta es cariño entre nosotros, podríamos tener mucho dinero y comprar muchas cosas, pero, ¿imagínate si no hay amor? de nada valdría.

No eres malo al querer que los demás te quieran, te acepten, encajar, pero a veces las personas no nos conocen para saber lo maravillosos que somos, no hay que desesperarse, hay que también tratar de entenderlos, pero no enojarse porque no nos comprenden, sino mostrarnos cual somos y no sentir vergüenza, eso hará que los demás se contagien de nuestra alegría de aceptarnos y nos querrán… ¿y si no lo hacen? puedes preguntarte… pues se lo pierden, siempre habrá gente que apreciará tu esfuerzo.

Yo sufro cuando no puedes lograr tus metas, pero no por eso quisiera cambiarte por otro, al contrario, sufro porque soy tu madre y es inevitable sentirme así, por eso también te exijo y te riño cuando te portas mal, aunque me duela por dentro tengo que hacerlo porque eso es el amor, por eso te repito siempre que no debes ser deshonesto, que debes ser responsable y obediente, no porque quiera aprisionarte sino porque, al contrario, quiero que seas libre y una persona está sin cadenas cuando sus acciones nunca impiden que avance. El querer lo mejor para el otro es la mejor manifestación del cariño.

Es bueno que me digas esas cosas para yo saberlo y explicarte que papá no se fue porque seas malo o tengas algún defecto. Se fue porque decidió que no podía estar con nosotros y acompañarnos en nuestra aventura. Cada uno toma sus determinaciones libremente, nos puede haber causado mucho dolor, pero no nos define como personas, hijo mío. No hay nada malo en ti o en mí que justifique su ida, pero tampoco hay que tener rencor por lo que hizo, hay que aprender a querer a los que tenemos cerca porque no sabemos cuándo se irán y perdonar a los que nos causaron dolor porque nos ayuda a ser mejores personas.

Tú no eres malo, eres mi hijo, el más preciado tesoro que tengo y sé que con empeño lograrás ser quien quieras ser, pero en especial una mejor persona. Ahora ve a hacer tus tareas y luego puedes ir a jugar.

—¡Gracias mamita! ¿me das un beso?

—Claro que sí, te doy mil.

¡Hasta luego amiga!

mano adios

Yo no sabía que se iba una gran amiga de mi familia. Me tomó por sorpresa la noticia. Deben saber que para un niño como yo de casi TRES años, pues hacer amistades es importante, no a cualquiera se le regala una gran sonrisa o un abrazo, no señor.

Para hacerme amigo de Regina, pasó un buen tiempo. Ella me conoció desde la pancita de mamá, es más, ella conoció a mi Papá mucho mucho tiempo atrás, algo así como cuatro años antes que yo naciera, para mí eso es un montón de días y semanas y meses que ya me cansé de imaginar cuanto es, jejejeje.

Para cuando yo nací ella estuvo allí. Preguntando y escuchando con el tiempo quería saber qué era ella, es decir, a mi alrededor había familia como tíos, abuelitos, primos y amigos, pero sentía que ella era algo especial.

Mi Papá y mi Mamá, algunas veces, me llevaban a visitarla y era divertido, porque ella tenía unos libros muy ordenaditos que me dejaba apilar en una torre grande, claro, luego mi Papá tenía que volverlos a poner a su lugar pero me daba el gusto y ella me sonreía todo el tiempo, así que supongo no se molestaba, aún cuando también dejaba el piso lleno de migajas de galleta.

Recuerdo también que en algunas ocasiones mis papás me llevaban a lugares donde mucha gente se reunía para escuchar a otros contar “experiencias”. Cuando hablaba mi amiga Regina me gustaba alcanzarla y que me cargara y que me diera el micrófono para poder hablar. No sé porque mi papá siempre llegaba para separarme y llevarme a pasear, cuando lo que yo quería es decirles a todos que escucharan a Regina porque lo que decía era importante y que prestaran atención y que no se distrajeran con cualquier cosa, eso quería decirles pero a veces mi Papi es pues inoportuno.

Y es que mi amiga cuando decía algo siempre eran cosas buenas, como eso de amar a todos por igual o de respetar las opiniones de los demás. Como yo crezco muy rápido, con el tiempo comprendía esas cosas, además yo trataba de ponerlas en práctica.

Pero, un día, me dijeron que mi amiga partía a una nueva aventura, en otra ciudad. Me puse algo triste porque me dijeron que ya no la vería por un tiempo más. Ella es una experta en el arte de amar y yo quería aprender más con su compañía. Pero también me contaron que vendría una amiga nueva, con quién compartir también esas sonrisas que me encantan me ofrezcan las personas.

Se deben sorprender que un niño pequeño como yo comprenda lo que es una despedida y no llore o haga berrinche, pero, como dice mi Papá, en esta vida no podemos andar aferrándonos a las personas como si fueran de nuestra propiedad, como un juguete, sino que debemos quererlas mucho el tiempo que están con nosotros. Por eso no me pongo triste sino que le digo a mi amiga Regina: ¡Hasta luego! Porque sé que nos volveremos a encontrar y seguir siendo tan buenos amigos como siempre.

Los huecos en el balcón

balcón Alca

El bebé tendría nueves meses y gateaba que daba gusto. La casa era de un solo cuarto grande en el primer piso, el cual fuera una tienda en tiempos idos y ahora alojaba a la familia de la nueva obstetra del pueblo. El segundo piso no servía para habitarse y solo se usaba como almacén de maíz, para secarlo extendido. Las gradas de piedra y adobe que conducían a ese recinto sin puerta eran la delicia del pequeño y se ubicaban en el patio interior. Su papá, su mamá y su hermano mayor de ocho años lo sabían y evitaban de mil maneras que sus manitas agarraran el primer escalón, ya que a velocidades de ternura subía las gradas y podría desbarrancarse en alguna oportunidad.

La vida es apacible en un pueblo donde la existencia se detiene en la modorra de la mañana y parte de la tarde. No ofrece mayores riesgos para los adultos, salvo las fiestas patronales y alguna que otra trifulca con los caballos tercos, los toros de lidia, el arado que no avanza, los amores de tarde en la plaza o alguna molestia estomacal que los llevara de urgencias a la posta. Mientras no pasara nada de eso todo era consumir lentamente los minutos al son del vuelo de los moscardones y su taladrar constante de cualquier objeto hecho con madera, en especial techos, vigas y parantes.

Esa lentitud de vida está bien para los grandes, pero para un bebé ansioso de explorar su mundo no es así. Pero ese día está durmiendo a la una de la tarde, luego de tomar leche, para alivio de la madre que tiene que ir al trabajo en el centro de salud  y que lo arropa y sella todo atisbo de luz solar entrante mediante periódicos, mantas y demás bloqueadores para crear la artificial obscuridad en el cuarto. Dentro de diez minutos llegará del colegio el otro hijo y cuidará al pequeño, por la tarde arribará en la combi el padre y ella llegará por la noche, así es la rutina diaria.

Un zumbido despierta al pequeño.

La puerta al patio interior (y a las escaleras) no estaba bien trancada.

A un costado de la casa está la comisaría y allí descansa el teniente Fernández. No hay mucho que hacer ese día así que reposa de la guardia de la noche. Una voz se cuela entre la pesadez del calor y llega a sus oídos somnolientos. Trata de no hacerle caso pero instintivamente se para y sale a la puerta principal.

Al llegar tarda un instante en acostumbrar los ojos a la brillantez del día y mira asombrado la escena que se le presenta.

Allí, a menos de un salto esta un pequeño de ocho años, el hijo de la nueva obstetra, con los brazos en alto dirigidos hacia el balcón de la casa.

—¡Manito no te sueltes manito! —es el ruego que hace.

El efectivo eleva la mirada un poco y ve al bebé colgando del balcón, sus manos están agarradas increíblemente soportando todo su peso.

El instinto lo hace moverse.

Los dedos del pequeño no aguantan más y cae en medio del grito de su hermano, el cual se siente empujado a un costado por una fuerza irresistible.

El teniente logra atrapar al bebé justo en la caída y lo abraza. El otro niño se levanta raudamente del suelo y estrecha con sus bracitos al policía.

Por la noche, al calor de un pisquito y gaseosa, un caldo de gallina y muchas risas, se cuenta una y otra vez la anécdota. El bebé duerme plácidamente en su camita, soñando nuevamente en remontar las escaleras y alcanzar por fin a ese animal misterioso que entra y sale de los huecos de las maderas del balcón.

El material del que está hecho el universo


mama y yo en la playa remaster

¿De qué materia está hecha tu memoria?

El pasado es irremediable, no se cambia por más que intentes. Es un barco que ya zarpó, solo tienes control sobre tu presente y depende de este lo que resulte el futuro. Y existe esa foto. En ella está mi madre, bella y joven. Siempre fue, es y será así para mí. Está la foto y no miente, ella está triste y yo también.

No se puede explicar el contexto sin contar recuerdos que se tergiversan con el tiempo. Nada fue totalmente feliz, nada fue totalmente triste. Fue un viaje intempestivo y en solitario junto con una amiga y otros acompañantes. Tenía cinco o seis años, me habían rapado la cabeza, no era muy sociable con los de mi edad, pero con los adultos era un hablador incansable, como queriendo desesperadamente que me acepten. Pero la realidad está allí en la foto, estamos tristes ambos. Ella, pues por muchas cosas… aún en los mejores momentos quisiera que se borre esa tristeza que llevamos en la familia como un síndrome que saca la mayor de las ternuras, pero que igual nos opaca en los momentos cúlmenes.

¿En qué sitio guardas el amor y la trascendencia?

Pero está el barco. El motivo de la foto fue eso, el barco anclado cerca de la playa en Mollendo. Alguien quiso tomarse unas con el espectáculo naviero y la cámara de rollo funcionó a la perfección. De ese día de repente si hago el esfuerzo supremo aún me queda el sabor a mar en los labios, el viento helándome la cabeza, las manos de mamá aferradas a mí. Eso es lo que quedó en el tiempo, nuestros dedos entrelazados en algo que solo ella y yo comprendemos y que se forja en la vida cuando dos seres tienen que atravesar el infierno juntos para resucitar.

mathias y yo playa

Y allí estoy de nuevo. Con treinta y siete años, en un viaje nuevamente intempestivo hacia la playa de Mollendo. Y nada me recuerda el viaje de mi niñez hasta que, ver la nave allí, me abre el corazón de manera inexplicable y me recuerda ese pasaje y la foto como prueba material que la vida te devuelve momentos trascendentales en los instantes menos pensados.

¿Cuál es la fibra que sostiene tu esperanza?

Mi hijo tiene cinco años y meses. Desde bebé tengo la costumbre de mirarlo largamente, como adivinándome en él, con la aprensión del primerizo y la tortura del que no puede creer en la felicidad gratuita, sin que nadie venga a cobrar. Y está allí, jugando con las olas y chapotea, salta, se emociona, brinca y se moja, nos moja a todos y pide una y otra vez que lo lleve a las olas, como si en ellas encontrara el secreto de la inmortalidad.

Y estoy allí, pidiendo la foto, con la excusa del barco claro, pero en sí es inmortalizar ese momento. Mi hijo no está triste por ningún lado. Estoy solemne. Él me abraza sin pedirlo y sonríe como solo él sabe hacerlo. En la nueva instantánea digital él juega con sus pies y la arena, yo tengo la parada del papá que protege su tesoro. Ambos construimos un recuerdo que solo el tiempo nos dará respuestas si encajan en la materia de la que está hecha nuestra aventura por la vida o simplemente es el instante fugaz de la felicidad plena.

Yo estoy conmovido por la fibra primigenia de los recuerdos, liberado de esa parte triste de la foto, reconciliado con el mar y el barco, con la vida y el silencio de los años, revertido todo por el nuevo momento que se abre paso, el de la justificación limpia, la nueva foto y la antigua, ya no para recordar alguna tristeza sino solo para contrastar edades, aventuras y felicidades.

Y guardo la foto para que ella la vea y se emocione, para que me mire de nuevo y como siempre, en nuestros ojos soñadores haya esa luz cómplice, porque de eso está hecha la existencia, de fugaces alegrías y constantes reencuentros, de arena y barcos que zarpan pero, gracias al círculo del universo, a veces esos barcos del pasado regresan y hay una segunda oportunidad de cambiarlo todo… gracias al dueño del mar por eso.

Los colores

 

multicolores

Juanito M. me llamaba las tardes de los sábados a su casa a jugar. Era un amigo que conocí en el jardín de niños. Llegaba hasta el techo trasero de su vivienda inmensa y me llamaba a grandes voces hasta mi casita de pocos cuartos y gran huerta. Yo iba contento porque sus juguetes eran lo máximo: tenía autos de carreras, el castillo de los Thundercats, las figuras de acción de He-Man y muchas cosas más recontra finales de los ochenta.

Nunca le tuve envidia porque comprendía que algunas familias tenían mejor capacidad económica que otras, como siempre me había explicado mi madre. Estimaba mucho a sus papás que me trataban bien y me invitaban siempre el té con cosas ricas, me llevaban de paseo en muchas ocasiones y sus hermanas me hacían jugar también. Aunque a veces sentía que me tomaban el pelo, un poco por mi provinciana inocencia, un poco por mi entonces introvertida actitud.

Los años pasaron. Un día, en que me llamaron y fui con unas ganas medias raras. Ya no aguantaba como antes las bromas a mi callada actitud o los aspavientos con que anunciaba mi amigo sus nuevos juguetes. Ese día me sorprendieron su papá y él mostrándome de arranque una paloma multicolor. Estaba llena de matices brillantes y se le veía asustada. Me preguntaron qué pensaba. Ya estaba algo maltón y sin ganas de seguir juegos y les contesté que no sabía.

—No seas tonto, las hemos pintado nosotros —me dijo un poco exasperante el Juanito M.

Respondí mirándoles a los ojos a los dos —Pues espero que la despinten porque se ve triste y asustada.

Lamentablemente sé, porque no volvieron a hablar del tema nunca más, que no lo hicieron. Poco tiempo después dejé de ser amigo de esa familia.

Paloma

enamorando

Después de un drama familiar, llegué con mi madre a Villa Rica, pueblo cafatalero ubicado en el centro del país, en plena ceja de selva de Pasco. Ella hacía su SERUMS, su servicio rural antes de optar por el título profesional de obstetra. No haré largo el tema, pero debo confesar que fue uno de los años más maravillosos que pasé en compañía de mi progenitora.

En fin, que puedo decir, era un arequipeñito suelto en plaza, es decir un personaje que inmediatamente y sin querer concitó algunos intereses. En ese tiempo aún quedaban los restos de mi introspectiva forma de ser. Poco a poco, a punta del ambiente alegre de la zona, mi hosca actitud cambió. A los 11 años se es buen tiempo para abrirse a los demás.

La doctora y la odontóloga del Centro de Salud del entonces IPSS, vivían en una casa multicuartos de madera, vecina a un aserradero, cuyos dueños eran también los responsables de 6 niñas de diferentes edades, las cuales inmediatamente a pocos días de mi llegada y conocimiento, me acogieron en sus juegos. Una de esas bulliciosas chicas se llamaba Paloma. Su historia de abandono de padres y rebeldía la fui conociendo poco a poco y, claro, se convirtió en mi amor cuasi púber, en esa ilusión que te carcome el estómago y te hace hacer y decir sonseras frente a ella o tratar de lucirte sin sentido.

No podía saber si ella correspondía a mis sentimientos, era un cercado de alambres su genio, a veces explosiva, a veces dulce, a veces callada, a veces triste y siempre en actitud desafiante. Me la imaginaba como solo un niño de amor puro puede, recuerden, así, con esos pensamientos en los que el beso era la cúspide de todo anhelo, pasear de la mano era algo que cosquilleaba y escribir cartas que luego se rompían inmediatamente, era la práctica usual.

Para finales de diciembre, las amenazas de terroristas en contra de mi madre, en busca de que proporcione medicinas, eran ya de marca mayor y ante la insinuación de que se las cobrarían conmigo sino entregaba los suministros, hizo que los planes para mi salida fueran de urgencia. Ya no podía salir solo a la calle y ni pensar en visitar a mi amiga. El último día, a pocas horas de viajar, me llegó una carta, conteniendo varias minicartas, pedazos cortados de papel de block escolar, pintadas con colores, con frases sencillas: te quieros, te extrañarés, adioses esperanzadores, pululaban. La carta central, hablaba de bellas cosas, sí, cursis, ¿Qué pueden esperar de niños de once?.

Quisiera contarles que me arriesgué a salir sin compañía a encontrarme con ella y regalarnos ese primer beso… pero no fue así, alcancé a escribirle una carta también confesándole mi amor escondido durante meses y luego viajar, triste, pero a la vez contento, contradictorios sentimientos que uno atesora en el corazón y que luego, al evocarlos como ahora, arrancan una sonrisa traviesa.

Las alas

VOLADORA

Era una bicicleta Goliat serie Bronco, de segunda generación en montañeras, con 18 cambios, cachos y suspensión delantera. Lo más bello era que estaba pintada de blanco en fondo, con grafitis en líneas aleatorias de colores fosforescentes, pero de aquellos chéveres, no verdes ni amarillos, sino violetas, fucsias, rojos… Sin pensarlo le puse de nombre “La Paloma”.

Volaba en el asfalto como una bala y los cambios funcionaban cual máquina inglesa. Podía hacer 25 minutos a toda carrera de Mariano Melgar hasta Huaranguillo, es decir de punta a punta de la ciudad. Esa época fue escandalosamente  superior… como explicarlo… 15 años tenía yo, en plena forma que dan las hormonas naturales de crecimiento, con amigos en todas partes y con una súper bicicleta… ¿Se podía pedir más?.

En una ocasión, bajando a toda velo la avenida Lima, una camioneta me agarró la llanta posterior, salí disparado, pero la saqué barata, dos rasmilladas y la conmoción, pero La Paloma… indemne, la llanta soportó el impacto y una rayadura sin mucha consideración le hizo como un galón al esfuerzo.

No pasó ni dos meses desde el último pago de las mensualidades, cuando me la robaron del mismo interior de la casa… Los sentimientos encontrados de frustración e ira no se me calmaron en meses. Ahora que lo pienso, por esa razón dejé a mis amigos de Huaranguillo, ya no había motivación para ir en bus, el ejercicio dejó de interesarme, pasó años antes que me animara a comprar algo de tanta inversión, la confianza en los inquilinos se desvaneció, de bicicletas nunca más se habló…

Pero aún tengo el recuerdo de ser el dueño del viento, de volar en el asfalto, de sentir la libertad, en especial, bajando con los brazos extendidos por toda la avenida Sepúlveda… extraño esa sensación y si cierro los ojos, aún puedo imaginarme surcando el universo en mi poderosa nave adolescente…

Palomar

palomar

Fue una tarde en Lima, en la casa de mi tío Pepe. La construcción era un monstruo de cuatro pisos que se elevaba por encima de los caserones vecinos, con sólo el primer piso estucado y pintado de un verde provinciano; lo demás con el ladrillo rojo, desafiante. En el cuarto piso estaba el Palomar, en el tercero estaba la mini fábrica de repuestos de escobillones de fibra, el segundo habitaciones y en el primero la cocina, la sala comedor, el baño con la única ducha y el cuartito donde dormía como invitado.

Llegado a pasar un verano allí, no conocía las reglas del lugar y nadie me las explicó. A punta de curiosidad examinaba cada tarde los vericuetos del inmenso castillo, a medida que mis primos me lo permitían. La primera noche, recuerdo, mi prima Eli me llevó a comprar una delicia de veinte centavos: tripitas con tostado. Eran un potaje de tubitos crocantes mezclados con maíces dorados en una pizca de aceite. Los intestinos de los pollos eran la clave de ese manjar de niños de barrio, en una época en que las papas fritas aún no se masificaban.

Una tarde, en que todos dormían bajo el sopor pegajoso de la capital, me aventuré hasta el cuarto piso, sacrosanto lugar donde habitaba Nerón, el perro familiar, que a punta de confianzudas mañas, logré me aceptara sin pelar sus dientes de doberman.

Mientras subía, encontré en una de las ventanas laterales de las escaleras, a una paloma acurrucada… La primera impresión era que estaba perdida, pero recordé que arriba estaba el criadero de mis primos. No sabiendo que más hacer, la cogí con ambas manos y la lancé por la ventana. La pobre aleteó un poco y se me perdió de la vista en su intento de frenar su caída.

Abrumado por el miedo, bajé las escaleras y me escondí en el ruido tranquilizador del televisor de la sala. A la mañana siguiente, en el desayuno, mi primo Wilmar preguntó por la paloma herida, aquella que estaba en recuperación, ya que al parecer había escapado de su jaula.

No pude aguantar y, en medio de lágrimas de nueve años, conté lo ocurrido. Miradas de compasión me salvaron de una reñida y el vozarrón de mi tío diciéndome ¡Loquito sonso no te preocupes!, me devolvieron algo de paz.

Casi toda la familia salió en busca de la perdida alada. Se preguntó en casas vecinas, en canchones y hasta en manzanas anexas. Nada. A la tarde ya estaba echada la suerte sobre mi conciencia y la tristeza invadía el hogar. Al atardecer mi prima Eli salió conmigo a la vuelta a la manzana diaria. Saqué de mis bolsillos una de las monedas que me diera mi mamá “porsiacaso”, y le dije si quería comprar una porción de tripitas… me miró indeciblemente y suspirando me confesó que temía que en la porción que nos dieran estuvieran los restos de la enferma que lancé al vacío. El silencio nos acompañó durante el corto paseo de ese día.

(Relato contenido en el Libro Palomas de difusión gratuita)

Frazadazo

violacion

Cuando le dictaminaron nueve meses de prisión preventiva en el Penal de Socabaya, sintió que todo se le derrumbaba. Regresaría al lugar de donde salió el 2005. Por reincidente lo pondrían en el Pabellón D.

Durante todo el día sufrió un colapso estomacal que lo llevó a estar pegado a la letrina del baño comunitario. Un frío terror lo invadía.

No le dieron un catre, solo un colchón por el que pagó 20 soles y una frazada sucia y maloliente.

—Primero pagarás piso niña antes de tener tu catre —dijeron varios de los reclusos.

No tenía pinta de infante, al contrario, aparentaba los 43 años que cumplió hace poco. Su rostro cetrino con marcadas arrugas, presenta una nariz abultada, labios caídos, hasta lascivos se diría, barba y bigotes ralos casi inexistentes. Las manos son algo rugosas, propias de un taxista como él. Los ojos apagados por sus cejas pobladas.

La primera noche sufre de sobresaltos continuos, esperando que lleguen los demás para ultrajarlo.

Sabía que lo harían en algún momento. Porque él lo había hecho ya.

Claro, no había abusado de algún reo. No. Había cometido sus crímenes contra adolescentes desprevenidos, esos que en afán de paseo o de encontrar un lugar donde besarse y acariciarse, bajaban al sector de Chilina, en el río de la ciudad. Un lugar con “chacras”, árboles, full naturaleza que invitaba a paseos largos y románticos, a aventuras de campamento rápido. Era de tradición adolescente el paseo a ese sector, en grupos, llevando algún plato preparado y gaseosa, hasta un “trago” de repente. Los días especiales eran los feriados, los fines de semana. A esos grupos los esquivaba él y sus compinches. Eran demasiados.

En cambio las parejitas fueron su especialidad. Con paciencia gatuna, mientras tomaban un combinado de pisco y gaseosa, aguardaban entre los arbustos, “chequeando” el vallecito. Cuando detectaban a los infortunados, los seguían cual pumas, para sorprenderlos, golpearlos, robarles sus pertenencias, amarrarlos y luego abusar repetidas veces de las casi niñas en su mayoría. La mano encima de la boca, los insultos gruesos, las amenazas de muerte, todo lo que significaba sentirse poderoso, invencible, dueño de la vida y de la muerte de sus víctimas.

Pero ahora, tirado en la esquina del pabellón de alta peligrosidad, no se sentía poderoso. Orando trataba de menguar en algo el miedo que lo sacudía, intentando la compasión de cualquiera que oyera sus rezos apagados. Sus lágrimas que desbordaban eran seguidas de pequeños gemidos. La tormenta en su cabeza se alteraba e incrementaba con algún ruido, un rechinido de catre, o un ronquido fuerte. Así transcurrieron las horas.

Ya pasadas las tres de la madrugada, se tranquilizó algo. Pensó que adentrada la madrugada no le harían nada y no se atreverían a tocarlo de día. Suficiente tiempo para que su compadre le trajera el dinero para aplacar el castigo de bienvenida que en la cárcel aplican a los violadores como él, denominado “frazadazo”. Le pidieron mil soles para que lo protegieran, solo si lograba salir indemne de la primera noche. Pensando eso descansó los ojos, relajó el cuerpo, se acomodó en el colchón casi plano por su peso y trató de dormir.

No sintió en que momento lo voltearon boca abajo y le pusieron ese trapo asqueroso entre los dientes, solo sintió que la frazada que antes lo cobijaba ahora estaba apretándolo contra el colchón. El peso de varios cuerpos lo tenía sólidamente quieto. El terror lo invadió, quería que alguien hablara, que dijeran que solo era para meterle miedo para que pague más dinero, intentó suplicar pero el trapo estaba bien metido. Nadie hablaba, eran sistemáticos, como si ya lo tuvieran todo calculado.

Un dolor indescriptible lo asaltó de pronto y continuó durante muchos y largos minutos, creciendo a cada instante, llenado todo su ser.

A las cinco de la madrugada, cuando el sol ya clareaba, los guardias lo arrastraron a las duchas para que se lavara la sangre y otros líquidos que lo cubrían.

Un Ángel en el Cielo

Alfredo en la Mariápolis Lia

Mi Papá está triste. Hace muchos días atrás se enteró que uno de sus amigos que dice vive en un país grande, muy grande llamado Brasil, estuvo enfermito de la misma cosa mala que le dio a la bisabuelita Hilaria, esa que le hizo caer el cabellito. Cuando contó eso a Mamá estuvo algo triste varios días.

Es raro pensar que tus papás tuvieron una historia antes de que tú nacieras. Yo por