El virus nunca se fue

La dura travesía de los más pobres: pandemia y desempleo expulsan a miles  de migrantes | Ojo Público
Foto: Diego Ramos

Quisiera contarte que el virus un día se fue. Pero no pasó.

A finales de noviembre se descubrió que el bicho mutaba, bueno, se descubrió que la OMS no lo dijo, no compartió sus descubrimientos. La gente empezó a circular las viejas teorías sobre conspiraciones para que el mundo redujera la cantidad de personas. Tonteras a full, pero ciertas. Cuando descubrieron los informes de avance sobre el virus y su proyección a nivel mundial, todo se les cayó. No te asustes, con el tiempo me he vuelto técnica en mi hablar. Vivir entre tanto dato científico me ha vuelto “cientipeta”, como nos llaman a los de la generación Covid.

El virus reinó entre el caos de las olas que contagiaban a más y más. Increíble, pero en medio de la catástrofe llegaron las elecciones en el país y se escogió al menos indicado para gobernarnos. Los precios se dispararon, los artículos de primera necesidad empezaron a escasear y los servicios empezaron a costar mucho más.

Pero, una tarde, un niño tiktoker de Loreto, soltó un video en que, mascarilla puesta, cocinaba arroz, con cebolla y yuca cocida, preparaba con un huevito más de sus gallinas, su almuerzo. Finalizó todo con la frase: “Dejen de quejarse y vayan a alimentar a las gallinas”.

Medio Perú se rio, pero algo comprendimos. Este virus nunca se iría. Sí. Pero nosotros tampoco.

En ese tiempo leí un cómic en Internet, el autor debió ser uno de esos que nunca pierden la esperanza, porque en una parte hablaba de la tierra y regresar a ella y cultivar los campos. “Todavía somos, aquí estamos y estaremos después”, decía esa parte. No la he olvidado pese a todo.

Alcohol en gel, mascarilla, careta. ¿Era sencillo no?, pero nada, empezaron a relajarse, la gente se quitaba la mascarilla cuando podía. En la ciudad fue peor.

Pero te conté que medio país no se rio del chiquito, esa otra cantidad comprendió algo y empezaron a migrar de retorno a donde vivieron sus padres y abuelos.

En algún lugar encontrarás respuesta a algo llamado “Terrorismo en el Perú” y comprenderás esto que te digo de volver de dónde salieron sus ancestros. Cuando retornaron se enfrentaron a la lucha por sembrar andenes ya en desuso, por recolectar el agua como antaño y a esperar las cosechas sin enfermar la tierra. Tanta sabiduría que podía combinarse con lo que los jóvenes encontraban en Internet.

Mientras todos en el mundo iban muriendo unos tras otros, cuando se desataron guerras por comida, los que regresaron a la sierra y selva se apertrecharon y sobrevivieron, ola tras ola. A los que llegaban los ponían en cuarentena antes de reingresar a los pueblos. Las rondas campesinas se retomaron como agentes de justicia y orden.

No fue fácil, en especial en la selva con los narcos, pero, al final, hasta a esa plaga la eliminaron. También, en el mundo no quedaban muchos que pudieran comprar droga.

Luego, años de incertidumbre, hasta saber que el virus nunca se iría y mutaría cada año.

Justo por eso te escribo, porque a algunos les da y salen bien, pero otros despiertan sin memorias y olvidan y contagian a los demás. Estoy en cuarentena hace una semana y siento que olvido cosas, y aún me falta pasar dos a tres semanas la enfermedad. Por eso, cuando despierte de esta pesadilla y encuentre esta carta, recordaré mi camino, bueno, eso lo harás tú.

PD: Te dejo escritas tus labores, funciones y tareas, porque en esta nueva Sociedad del Ayni, quien no trabaja no come, así de sencillo querida yo.

+++++++++++++++++

Por: Sarko Medina Hinojosa, cuento publicado en Diario El Pueblo

La imagen puede contener: personas practicando deporte

Uno llega, uno se va

Por: Sarko Medina Hinojosa

—¡Ayuda!

—¿Qué pasa?

—Esta chica está que se muere, parece que se le complicó el parto —dijo el taxista.

Lucio, técnico en enfermería en la posta “Virgen de la Asunción”, con rapidez abrió la puerta trasera del vehículo.

—¡Seño Maritza!, ¡tenemos una emergencia, tengo una cabeza de bebé a la vista!

La tranquilidad en el barrio se ve rasgada por los gritos de la jovencita.

***

—Entonces, usted atendió a la menor.

—Sí, era una paciente primigesta, con rompimiento de bolsa una hora antes, 17 años. Nosotros somos dos como personal permanente, el técnico y obstetra. Llegó con dolores fuertes y con la cabeza del bebé salida. El técnico Lucio la entró de emergencia en brazos, envuelta en una frazada. La camilla de traslado estaba malograda y recién llegaría el viernes reparada.

—¿El técnico estaba con su equipo de protección personal?

—Sí, por norma debemos estar protegidos en este tiempo.

—La norma dice muchas cosas, pero el personal muchas veces lo incumple.

Maritza se muerde los labios, quisiera responder, pero el administrativo solo hace su trabajo.

—Estaba con su traje anti fluidos e implementos protectores para zapatos, mascarilla y careta facial, además de guantes. No sabíamos la verdadera condición de la paciente hasta ese momento así que se trató como una emergencia de parto.

—Pero al final no lo fue.

Maritza baja la cabeza, los recuerdos la dominan. Los gritos de la muchacha aún retumban en su mente.

***

—No te atiendes en este centro, por qué no fuiste a donde te hacen tus controles.

—Señito yo vivo como veinte cuadras arriba, este es mi centro no hay más.

—Pero aquí no figuras. ¿Cuándo te hiciste tu último control?

—¡Auch!, duele mucho. No me he hecho eso, desde que empezó lo del coronavirus no salía de casa, mi papá nomás iba al mercado.

—¿Y tu papá?, por qué no ha venido contigo.

—Murió hace cinco días, ¡por favor no me dejen morir!, disculpen si no vine antes. 

—Seño Maritza, creo que debemos derivarla —dice en voz baja el técnico. El presentimiento hace que también se detenga la obstetra.

—Lo sé, pero está coronando, ¡mira! No va a aguantar la espera y hasta que llegue la ambulancia se nos muere madre y bebé… además… ya sabes cómo está la situación.

***

—La situación no estaba para descartar que tenía el virus.

—Efectivamente, pero en ese momento teníamos que sopesar para determinar la estrategia de atención. El único hospital Covid era el Honorio Delgado Espinoza, pero estaba colapsado, con pacientes en fila a las afueras y nos avisaron que tampoco recibirían en el Goyeneche porque estaba igual, saturado. En ese momento enviarla en un taxi acompañándola incluso, era un peligro sanitario, no sabíamos si estaba infectada o no. 

—Así que prefirieron correr el riesgo.

La mirada es fría. ¿Cómo explicarlo? Durante sus años trabajando en pueblos de la sierra en Cotahuasi, en Chivay, la misma mirada cada vez que se cometía alguna incongruencia en atención de carácter administrativo. Cada vez tener que responder esas preguntas, justificando el tratar de salvar una vida. Pero, aprendió también que los apasionamientos sirven en el momento de la atención, no para explicar algo que debe pasar por el frío tamizaje del recuento técnico.

***

—Prepara la sala como lo practicamos.

—Usted asume.

—Sí hijo, apúrate nomás, luego hacemos el informe. Igual avisa al Centro de Independencia que estamos en atención de parto de primeriza para que nos puedan apoyar.

“La sala de tópico la convertimos en ese momento en una sala de atención. Colocamos una mascarilla encima de la que tenía la paciente. Rociamos con agua y lejía toda la superficie de su cuerpo que pudimos. Le echamos alcohol en gel en sus manos”.

—Mamacita, escucha, tenemos que echarte todo esto, pero dime ¿De qué murió tu papito?

—Con el virus.

—Suficiente, lamento tu pérdida, pero ahora debes luchar por tu bebé, debes pujar con fuerza, ¿sí?

“Se le sacó la mayor parte de la ropa para que no toque en ningún momento al bebé. Se esterilizó el material con alcohol. Nos retiramos los guantes superficiales para poder colocarnos unos nuevos y procedimos a la atención”.

—¡Puja hija!

—¡Auuuuuuu!, ¡papito ayúdame!

—¡Así, tú puedes!

“No demoró mucho. El bebé salió llorando, e inmediatamente lo puse en el abdomen de su mamá, para que se acostumbre a su calor y a su olor. Mientras el técnico arreglaba todo con cuidado y le limpiaba los pezones, le di los tres minutos de oro, para que el cordón deje de latir para cortarlo. Limpiamos a la criatura y dejamos que lacte, mientras llamamos al Centro de Independencia para que nos dieran indicaciones finales. Por norma íbamos a esperar dos horas para que el sangrado termine y ese útero empiece su proceso de sanación, pero no pasó así”.         

—¡No deja de sangrar!

—La ambulancia en cuánto te dijo que llegaría.

—Veinte minutos.

—Tengámosla lista, iré con ella.

—No, iré yo.

Maritza mira a su compañero. Tendrá que ir al Hospital Goyeneche, allí están haciendo las pruebas rápidas y la operarían. Se tendrá que quedar un buen rato con el papeleo.

—Tranquilo, es mi paciente.

—Pero es mi trabajo, Seño, ya hizo lo que pudo.

“Revisé en el bebé su temperatura y frecuencia cardiaca. La madre era la preocupación, así que se fueron en la misma unidad particular que la trajo, previa desinfección y protección del bebé y la madre”.

***

—Así es, usted hizo lo que pudo. Debieron trasladarla antes a un establecimiento Covid, eso dicta la norma, pero, teniendo en cuenta el periodo de rompimiento de fuente y que la cabeza estaba prácticamente afuera cuando llegó la paciente, obviaremos ese detalle. Actuó bien, Maritza, una pena por la situación de la jovencita nomás.

—¿Saben algo de ella?

—Cortaron el desangre, y de su caso se hizo cargo gente del Inabif. Si tuvo suerte no los separaron, pero imposible: menor de edad, situación de abandono, sin pareja. En fin. Hasta luego.

***

—¿Más tranquila?

—Sí Seño. Muchas gracias, mi bebé está bien, es mi recambio.

—Sí, está lactando, buena señal. ¿Por qué dices recambio?

—Mi papito decía eso… Un chico de mi barrio, el Julio, vino a pasar vacaciones con su familia. Yo no le hacía caso, pero me convenció de estar con él. Y bueno.

—Tu papá se enojó, seguro.

—No. Mi papá era mayor cuando se juntó con mi mamá. En su primer compromiso le fue mal y se separó, luego se vino aquí. Mi mamá también era mayorcita. La trajeron como criada y sus padres se olvidaron de ella. Se cansó de vivir sirviendo. Cuando tenía veinticinco se salió de esa casa y se puso a trabajar como comerciante. Mi papá la convenció de enamorar. Así estuvieron años, hasta que invadieron un terreno allá en la vuelta del cerro y me tuvieron. Mi mamita murió hace siete años. Nos quedamos solitos hasta que murió.

—¿Cómo sabes que fue de Covid?

—De qué más se podría morir Seño. No quería que saliera a ninguna parte. Él nomás iba al mercado. Hace dos semanas se puso mal. Le dieron unas medicinas allá en el Honorio pero no le hicieron nada. No pude ni conseguirle oxígeno. Un vecino me ayudó a llevarlo de noche al cementerio y allí nomás lo enterré, justo el que me trajo.

—Aún está afuera, esperando que salga todo bien. Y, ¿por qué no viniste para hacerte tus controles?

—No quise, tuve miedo y mi papá no me insistió.

—¿El papá de tu hijito sabe que estabas embarazada?   

—Sí. Me dijo que cuando naciera el niño se vendría, también es menor como yo. Seño, tengo mucho sueño, ¿eso es normal?

—Sigues sangrando. Esto aún no termina hijita, te vamos a llevar al hospital.

—¡No! por favor me van a quitar a mi bebé porque soy menor.

—No es así —la trata de tranquilizar Maritza, sin tener en claro qué sucederá. —No pienses ahora en eso, primero es tu salud y la de tu bebé. ¡Lucio!, se tendrán que ir en el taxi nomás.

***

Pasaron dos meses de eso y Maritza seguía pensando en esa jovencita. Ginamaura, así se llamaba. Lucio le contó que no querían aceptarla, pero luego de ver la gravedad del sangrado, la aceptaron, le hicieron la prueba rápida, saliendo positivo. No pudo quedarse más. Luego de eso, esperaron siete días de angustia para hacerse también la prueba. Negativos ambos.

—Un alma se va y otra llega, eso seguro quería decir con lo del recambio —piensa mientras ordena su escritorio, es casi hora de cierre.

—Seño, tiene una pacientita.

—Clásica, justo se les antoja cuando estamos por cerrar. Hazla pasar nomás.

Maritza la reconoce al instante, pese a la mascarilla. El bebé está en sus brazos arropado en una hermosa lliclla y a su lado un joven con ojos asustados.

—¿Me recordarás?

—Claro que sí. ¡Y ya era hora que vengas para tu control, sabida!

Las risas inundan el pequeño consultorio.       

Foto referencial. La obstetra es Liliana Maritza Hinojosa Gutierrez, mi madre.

#ElComecuentos: Y cuenta las veces que fuiste feliz

Respira…

Y cuenta las veces que jugaste de cara a la tarde, robándole minutos con tus soldaditos en plena selva de alfalfa, las maderas que eran Transformers, tus taps de chapas chancadas volando por el espacio, antes de ir por el té con pan y ver la tele.

Respira…

Y cuenta las veces en el recreo, a la pesca pesca, con los amigos huyendo de los de la patrulla escolar que decomisaban las bolitas, las caretas, los trompos, las figuritas de México 86, a la salida ir por los laberintos de tres pisos y ser el más capo esquivando los hoyos.

Respira…

Y cuenta las veces que te rasmillaste las rodillas jugando en la calle, al sensencaradesartén, pelotas duras y vóley con las chicas que te gustaban pero no les hablabas, la caídas en las biclas, correr a comprar chichasara y fideos, una fanta y tal vez ganarte el globo mayor.

Respira…

Y cuenta las veredas y las líneas de la muerte, saltarlas y esquivar los buzones de agua, contando los bochos de color rojo, pellizcando en octubre por cada beatito, y en el parque el lingo, saltando entre varios en la escalera humana, venciendo la gravedad.

Respira…

Y cuenta los huevos con arroz, las carnecitas fritas en medio del pastel de tallarín, el pastel de cumpleaños, los quequitos del sábado, las mazamorras al otro día, las pasas y guindones, ir por cachitos de mantequilla, pancito con yema, el domingo el adobo y el pan de tres puntas, darle un beso al anisado.

Respira…

Y cuenta las vacaciones, los atardeceres, los cuentos del abuelo Santiago, el Sanguito de Mamá Hilaria, la casa de la tía Hilda, de la tía Sabina, el olor a alfombra y olor a naftalina, la casa de la tía Delia, los primos jugando hasta el anochecer en una playa eterna allá en Camaná.

Respira…

Y cuenta los clavados en la piscina de El Filtro con los del Muñoz, allá en la de Sabandía, cuando tu amigo Pancho te jalaba en la llanta inflada, paseando con Álvaro en la campiña, jugando con Marcos en el parque de Umacollo, con el Larry yendo al cine con las hermanas, con el Alonso en la esquina de La Salle, aprendiendo a ser más que el Chavo y el Chato Púber.

RESPIRA…

Y cuenta las veces que amaste, las que ganaste, perdiste, te perdieron, ganaron tu vida, perdiste la tuya, te renaciste, te renacieron, te salvaron mandándote lejos, regresando para ser aquello que prometiste, y amando siempre la vida que te regalaron.

¡Respira!…

Y cuenta las cuentas del Rosario, vuelve a respirar por cada una, por las veces que te habló al corazón el amigo que caminó encima de las aguas, las que perdonaste y perdonaron, cada una de las personas que te ayudaron, cuenta las sonrisas de ella, tu esposa que te ama ahora sin tregua.

¡RESPIRA!…

¡Y cuenta las veces que soñaste con tu hijo! Cuéntalas una y otra vez, las sonrisas, sus alegrías, los deditos pequeños, los chanchitos de los pies, las veces que desapareciste su nariz, sus triunfos grandes que ovacionaste, sus pequeños dolores que abrazaste, no dejes de contar y respira, respira, respira que esto no acabará así nomás sin pelear, Medina.

¡Respira!… y ama en cada respiración.

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato aparecido esta semana en La Central Noticias

Búsqueda: ¿Cuánto vale “Historia de un Deicidio” autografiado por MVLL?

Por: Sarko Medina Hinojosa

El agua con lejía sale formando un disparo que se abre en varias direcciones y moja todo con gotas de rocío.

Su primera esposa se llamaba así. Enamoraron cuando ella hacía su trabajo comunitario en un pueblo de la sierra y a él lo invitó un amigo de la universidad a pasar las vacaciones. Se quisieron mucho por varios años, pero, luego el 2020 cambió todo. En un poema, anticipando el final del idilio, ella le escribió: “Soy las gotas del rocío de la mañana que empaparán tus recuerdos, cuando ya no seas mío”. Era una gran lectora, le contaba sobre autores, sus anécdotas y fama.

Limpia el escritorio con delicadeza, sin apurarse. A su edad la rapidez solo conduce a sofocarse y, en esos días, cualquier acelerada a su corazón puede costarle caro. Para evitar cargar todo de una sola vez, en las últimas semanas fue desocupando sus cosas.

Admira la superficie de madera brillante. En ese escritorio, cuando lo ascendieron a jefe, con Rocío hicieron el amor entre risas y fingidos papeles entre el jefezote y la secretaria. Nunca tuvo una, solo asistentes varones con los cuales cumplió su labor diaria, durante 33 años. El mueble era de roble, sin necesidad de que se lo cambiaran en todo ese tiempo, solo una pulida y barnizada.

Allí firmó papeles, también los de su divorcio para enviarlos por PDF hasta el pueblo en que fue a refugiarse la madre de sus dos únicos hijos. Ella le enseñó a limpiar las cosas con cuidado cuando empezó la pandemia. La presión del trabajo, el miedo constante que llegara contaminado, los secretos que poco a poco salieron a la luz y sus propias ansiedades, los llevaron a la decisión final de o ellos o su trabajo. Se fueron los tres y él se quedó enfrentando la segunda ola del “bicho”, en octubre de ese fatídico año.

Un mes después, sus hijos le contaron que no sufrió mucho, dejó de respirar cuando llegaron al minihospital de la capital de provincia, que la crisis le dio en la noche y duró tres horas, nada más.

Le hubiera gustado estar allí. No se podía viajar. No alcanzó a llamarla. Nunca se lo perdonó, pero la vida le apaciguó el alma y ahora era un pinchazo que se le reavivaba cada noviembre.

Ahora, que estaría libre, podría visitar a sus hijos y rezarle a esa caja en la que estaba.

Podrá hacer varias cosas. Lo que no haría será enterarse, anticipándose siempre a todos, con la única tarea para la que se sabía perfecto: la de saber.

Se hace tarde, reanuda la limpieza, ahora en los equipos de cómputo. Su ordenador sí cambió en esos años. Tuvo uno muy básico, una HP 280. Luego, una Pentium 2, una i2, una MAC, muy mala al final que tuvieron que cambiarle por una laptop Toshiba y luego una i7, una celeron3000 y finalmente una iPac de Huawei con una resolución casi perfecta, aún para sus disminuidos ojos.

En todas ellas era la misma misión, redactar notas de prensa, documentos que el Gerente General debía firmar, autorizaciones, informes de investigación, saludos protocolares y demás. Siete jefezotes, pero él siempre permanente. Dos veces lo quisieron cambiar, las dos veces lo repusieron. Sus conocimientos no eran los más modernos, pero eran efectivos, concretos, sabía el teje y maneje en medios y también los internos.

Durante la crisis del 2020, sus conocimientos fueron esenciales para ahorrarle a la empresa multas en despidos o suspensiones perfectas. Conocía a todos los trabajadores y también algunos de sus secretos, de tal manera que acordaba con cada uno recortes salariales en beneficio del colectivo, con tal de no cerrar y que conserven sus trabajos, sin llegar a especificar su conocimiento, pero insinuándolo.

Solo una trabajadora no tuvo ese recorte. La Secretaria de Gerencia. Antigua como él, pero que le conocía un secreto. Abogó por ella.

La verdad es que tuvieron algo. Se llamaba Marta, como la canción y hasta se la cantó. Ella se reía de sus intentos. Le propuso algo sencillo, unas cuantas salidas, un par de veces en esa misma oficina y sillón terminando en una travesura meridional, con más risas que conclusiones placenteras. En un acto de sinceridad se lo confesó a Rocío a mitad del primer estado de emergencia nacional, como para quemar puentes y que se fuera con sus hijos a la seguridad de la sierra y su aire puro. El “bicho” la buscó incluso allá. Su sinceridad no valió de nada.  

Marta no sobrevivió a la pandemia. Como tantos otros: Rocío, un par de sobrinos y varios vecinos. En la empresa fueron 6 los fallecidos. Golpes duros, pero se afrontaron, no se contrató remplazos, los que quedaban asumieron labores extra. Fueron 5 años de esfuerzo por no quebrar. Sus hijos se casaron y no abandonaron la casa en la sierra ni la caja de su mamá.

Luego de la pandemia y sus tres rebrotes, muchos prefirieron la paz de los pueblos serranos. El Gobierno dispuso que la Internet sea gratuita y eso mejoró el teletrabajo, en especial la docencia universitaria. Sus hijos eran catedráticos. Orgulloso, limpia la foto familiar. La guarda junto a un libro en su maletín.

Termina de limpiar, no quiere dejarle algo sucio al nuevo relacionista. Lo convencieron de retirarse. No mucho, ya lo había decidido. Su nueva esposa era algo menor y querían sembrar árboles frutales y hierbas aromáticas en una hacienda que compraron a precio regalado por Sabandía. Una buena inversión que pagó al contado, para no tener deudas. 50 mil dólares le costó.

—Muy bien, me retiro Don Fermín.

—Ok, Señor Mendieta. Pero, antes que se vaya, tengo una duda.

—Cuál será.

—Se supone que en su oficina había un pequeño museo de la firma, equipos antiguos y un librero lleno de ejemplares únicos. Pero, cuando se hizo el inventario el 2027, ya no constaban varios, así como reliquias invaluables en maquinaria antigua. Son 467 libros, incluyendo la colección de Historia del Perú de Basadre original con sus anotaciones, cámaras fotográficas, miniproyectores… la cual ahora vale una pequeña fortuna en Amazon.

—Claro, claro, pero, como consta en el reporte, al parecer se los llevaron los trabajadores de fumigación. Cuando regresamos después de la primera cuarentena ya no estaban. Raro en verdad, pero ha pasado tanto tiempo que ya ni recuerdo bien…

—Es imposible que tantos libros desaparecieran así. Esta empresa tiene casi 150 años, su área era la responsable de cuidar ese material.

—Sabe que los únicos que regresamos a este local fuimos un personal de secretaría, uno de recepción, dos de despacho y yo. Todos se fueron a la nueva central en La Joya mientras duró la pandemia, incluso Gerencia General. Luego, todo se pasó a digital y con el desbarajuste que se formó aquí en el centro, pasé solo en la oficina por casi dos años. Nadie quería venir a trabajar aquí. Solo yo me atrevía a venir de mi área para poder digitalizar todo. Fue un trabajo duro. Difícil. Pero lo hice, aprendiendo algunas cosas en el camino.

—Lo entiendo, pero no puedo firmarle su salida hasta saber qué pasó realmente con ese material, sería un gran activo de la empre…

—Digitalizar todo, es un trabajo que me dio la oportunidad de tener acceso a cámaras de seguridad y crear respaldos, fue una medida de seguridad que acordamos con el Ing. Benavente… estuvo como hace 5 gerentes generales antes que usted. Esas grabaciones eran de respaldo porsiacaso pasara algo con los de la central. Como sabe, en plena cuarentena dos de los servidores se malograron por una baja de potencia. Luego volvieron todos a esta sede, pero el resguardo de videos continúo bajo mi supervisión.  Felizmente está todo salvaguardado… Bien nítido todo ¿sabe?

—Espere, eso no lo sabía.

—Sí, es parte de mi trabajo comunicárselo al nuevo Gerente cuando sale de su puesto, pero como el que se va ahora soy yo, le aviso. Aquí está el respaldo. Son 300 teras de información de los últimos años en 5 discos láser. Pero si desea ser exhaustivo, puedo entregar esta información a la junta de accionistas directamente para que nombre una comisión de revisión para analizar todo lo que pasó en esta sede, hasta puedo presentar informes, incluso lo de esos años, incluso lo de hace dos semanas… Porque si bien se puede borrar registros en la central de vigilancia, en estos discos, pues no.

Hay silencios nobles, cordiales, tensos, con el odio cargando el ambiente y hasta graciosos, silencios que se rompen con un beso apasionado o con una risa nerviosa, como fue ahora.  

—No, no es necesario Señor Mendieta. Le firmo el cargo de los discos láser más bien, como dice lo de los libros está en el informe, no creo que sea necesario molestarlo, en especial por todo el sacrificio que ha hecho por esta empresa en el área de comunicaciones.

Mientras manejaba a su casa, el neojubilado piensa que los hombres repiten acciones y costumbres, pecados y excesos. En el caso del nuevo gerente general, también quiso celebrar su ascenso estrenando su escritorio. Pero la elegida no era su esposa. Era una de las jovencitas de despacho. Eso se notaba en los videos 5K. Lo que nunca se notaría, porque aprendió a evadir la filmación, sería la costumbre que tuvo de llevarse un libro cada día en esos años en que la soledad de su trabajo le permitía no solo aprender sobre digitalización de documentos sino también a manipular cámaras y averiguar costos de libros antiguos y máquinas vintage en Amazon, que con el tiempo aumentarían mucho más su valor. Incluso ahora, en su maletín, llevaba un libro autografiado de Mario Vargas Llosa para uno de los gerentes. Ese ejemplar de “Historia de un Deicidio” valorado en 5 mil dólares, le daría lo suficiente para pagarse un buen viaje donde sus hijos, llevarles regalos a sus nietos y, de repente, hasta un disfraz coqueto de secretaria para su nueva esposa. Sonrió.    

(Relato aparecido en la página Entérate)     

Imagen/Referencial

“Soy tu valiente”

Por: Sarko Medina Hinojosa

La música no proviene de su celular, sino de un mp3 con bluetooth que tiene en la media, sujetado por un gancho. Tampoco proviene de esos audífonos estándar que lleva colgados, sino de un micro audífono que calza exacto en su oído derecho. No le costó demasiado, son de segunda.

Los golpes son asimétricos, volubles y sin sentido, él no pone resistencia. Una patada va a su cara cuando en el piso ha rebotado su cuerpo adolescente. Se cubre con las manos y minimiza el impacto. Las manos le quitan billetera, celular, los audífonos, la mochila con los víveres, las zapatillas, la máscara y la correa.

Mientras todo sucede escucha: “Levántate del suelo, bailando toda la noche, ¡Levántate del suelo! Bailando hasta el amanecer”, la estrofa más pegajosa de «Dancin» de Aaron Smith, pero, obvio, de la versión remix de Krono con la participación de Luvli.

Se para y casi escupe la sangre acumulada en su boca. De su otra media saca un poco de papel higiénico y allí bota todo y guarda en el bolsillo. De la parte interna de su pantalón saca una mascarilla quirúrgica y se la coloca. Tiene en otro dobléz de su pantalón un poco de dinero escondido, pero, para conseguir una movilidad debe llegar a la avenida, pero no compraría las medicinas… Empieza a caminar.

Suena «Pumped Up Kicks» de Foster People. “Todos los demás niños con los tenis caros, deberían de haber corrido, mejor corre, más rápido que mi pistola”.

Van tres veces que lo asaltan, con esta es la cuarta desde que todo ha vuelto “a la normalidad”. Esta vez no le han quebrado nada, pero le duele la pierna, no terminó de sanar bien de la última vez. Tiene que avanzar. Lo único que debe preocuparle es comprar las medicinas, está decidido. La próxima vez hará otro bolsillo interno para colocarlas allí, aunque le rocen y se le ponga sensible esa parte.

Se cae.

“Te quiero a mi lado, para así nunca volver a sentirme solo otra vez. Ellos siempre habían sido muy amables, pero ahora, te han alejado de mí, espero que no consigan entrar en tu cabeza, de todas formas, tu corazón es demasiado fuerte. Necesitamos traer de vuelta el tiempo que nos han robado”. Quiere detener un poco el tiempo mientras recupera la respiración en medio de las notas de Milky Chance y su «Stolen dance».

En el piso comprende que la anestesia de la adrenalina se le ha pasado y recién empieza a sentir el verdadero dolor de las heridas. Respira. Calcula. Una hora para que se active el toque de queda. De repente un policía lo pueda llevar, pero recuerda que a los heridos los dejan en el piso hasta que alguna ambulancia se apiade y los recoja. Ya murieron varios así. Es el protocolo.

La farmacia más cercana está a diez minutos arrastrándose. Debe llegar. Debe comprar. Ella debe tomar su pastilla. Debió salir ayer. Se distrajo, la flojera, no quería salir. Era un mal hijo.

No. No podía serlo, no mientras ella lo necesitara.

Llega a la farmacia y logra pararse. El dolor cede. Compra gasas y naproxeno para él, una bebida energizante.

—¿Puede caminar?

—Sí, me queda media hora de camino arrastrándome.

—¿Perdón?

—Es una broma, ya puedo caminar —responde a la boticaria.

Retoma el paso y se siente más seguro. Para evitar un nuevo asalto, va por la avenida, aunque sean 10 minutos más.

Avanza sin detenerse, solo para respirar y verificar que no sangra más. Uno de los ladrones por placer, por joder, por las drogas, por la violencia en su ser, le había punzado una de las piernas. La sangre no mana de la herida. Siente hambre. “Enfermo que come no muere”, se repite, soñando despierto con el pan que le espera, de repente y le puede agregar jamonada. Mañana no la comerá en el desayuno en compensación.

Sube un poco más el volumen de la canción que suena en ese momento. Es de Of Monsters and Men, se llama «King and Lionheart» y puede recordar el videoclip, dos hermanos (o una madre y un hijo) que son esclavos, escapan pero se separan; el video queda en suspenso, la muchacha corre para salvarlo, a pesar de los que la persiguen. “Y mientras el mundo llega a un final, yo estaré aquí para sujetar tu mano, porque tú eres mi rey, y yo tu valiente, un valiente, un valiente”.

—Yo soy tu valiente, mamá —casi grita en medio del silencio de la calle y sigue avanzando.

Unas sombras lo han escuchado y se acercan. Las mascarillas los cubren. Pueden ser ladrones o policías. No lo sabe. Él solo escucha la canción y avanza sin miedo a nada ya.