Lágrimas de mar

Hay una mujer que camina por la playa, buscando la risa que se llevó las olas, los juegos contemplando el atardecer. En la memoria de la brisa intenta reconocer el latido de un corazón que fue suyo. La noche se acerca y ella se resiste a partir. Un año más sin él. Intenta una vez más, se adentra en el asesino de su ilusión, busca ese cuerpo que nunca se encontró. Brazos la alcanzan para rescatarla del sueño imposible, devolverle la realidad que se le escurre entre las lágrimas. Ahogada en su nostalgia deja que la lleven, que la rescaten, por lo menos a ella.

Foto: Camaná, verano 2019

Buscándote

angry couple sitting on sofaEs la rutina de todos los días: levantarte, despertarla, besar sus ojos llenos de legañas por las lágrimas de toda la noche, preparar el desayuno, soportar con paciencia sus cambios de humor, sus encierros en el baño por más de media hora, el no resentirse cuando la vas a tocar y te saca las manos, el desayunar callados hasta que no aguantas y prendes la tele, el salir a trabajar sin ánimos y llamarla cada cierto tiempo para saber como está y recibir la misma respuesta dolorosa “¿Y cómo quieres que esté?”. Finalizas tu día en el trabajo y siempre sales algo temprano con alguna excusa pero para ella siempre sales muy tarde, o eso le haces creer. Esas dos horas de tiempo ganado te sirven para buscar a esa persona, ansiando encontrarla, anhelando ver su rostro, imaginado lo primero que harás al hallarla, porque sabes que siempre cargas la 38 cañón corto cargada, lista para saludar como se debe al que violó a tu esposa.

Ni un golpe más

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Unos gritos desaforados nos despertaron esa noche. Corriendo, mi esposa se dirigió a la ventana de la sala, que da a la calle, y me llamó de urgencia. La vecina de al lado, aquella que hace pocos meses diera a luz a un pequeño, huía despavorida con el bebé en brazos, gritando por ayuda, con rumbo a la esquina. En la puerta de su casa, estaba su conviviente, con el torso desnudo y blandiendo una correa. Estaba por bajar a auxiliar a la mujer, cuando mi esposa me avisó que había logrado parar un taxi y embarcándose en él, desapareció. El drama aún no terminaba. El vecino, en ya evidente estado de diablos azules, reingresó a la casa y, gritando, arrinconó en el patio trasero a su padre, propinándole correazo tras correazo, mientras la madre del susodicho trataba de frenarlo. Luego, la tranquilidad de la noche lo abarcó todo. Con mi esposa ya no supimos más que hacer, todo pasó tan rápido, que ni tiempo para llamar a serenazgo o la policía.

Al día siguiente, al escuchar ruidos fuera de casa, salimos nuevamente en versión espía, a mirar por las cortinas. Vimos al papá de la chica, llegar con ella desde el parque, por donde está la comisaría del distrito. Un papel en la mano. A los pocos minutos las cosas se fueron acumulando fuera de la casa: una cuna, un televisor, una cómoda, un carrito con packs de leche, sacos de ropa. Mi esposa estaba llorando. Traté de consolarla, diciéndole que era lo mejor para la muchacha.

-No lloro por que se separé de ese imbécil, lloro porque ella es una mujer valiente y estoy alegre por eso, porque acabó su pesadilla.