Definición a noventa kilómetros por hora

¿Qué soy?

Esa pregunta me persigue incesante. Intento poner segunda con dificultad. Me duelen las manos. Estuve golpeándola por un buen rato y eso me pasa factura.

Como un ser atrofiado, quisiera definirme. Pero no lo soy, nací sano. De mente, no sé. Creo que la mierda tiene más valor que yo. Por lo menos se sabe qué es.

Intenté ser un hijo agradable para que mi padre se quedara. Pero nada. Se fue a buscar algo mejor que el esperpento de dos kilos seiscientos que salió del vientre de mi madre. Ella me aborrecía. Me contó que no me callaba de noche, que era malcriado y terco.

Quise ser un estudiante, un enamorado, un amigo. Pero fallé en cada una de esas simples tareas. Ni siquiera intenté buscarme la vida al filo de una navaja ochentera, ni entre las piernas de alguna chica fácil, o sacar notas promedio. Cada día un dolor poder entender algo del pizarrón o siquiera hablarle a una cabellera en el paradero del bus y menos a quien contarle mis miedos, pesadillas. Hoy no hay un oído que escuche decirle ¿te acuerdas de…? Una adolescencia perdida entre intentos de encajar en un tablero en el que siempre fui la pieza dañada de fábrica.

Manejo por estas calles que conozco, por todas ellas erré el rumbo, tratando de encontrar el camino a algo que llamar “casa” y nunca hallarlo. Lo que tengo es una madriguera, llena de olor a animales en pelea. Luego que mi madre muriera de cirrosis, soñaba con un lugar con perfume a lavanda, muebles con vidrios resguardando tazas y cubiertos finos. Un sofá donde recibirla a “Ella”, a la que sea, sin muchas especificaciones.

Para lograr eso me propuse ganar dinero. Estudié para técnico en mantenimiento y me esforcé como nunca sacando las mismas notas mediocres, terminando metido en una mina 25 días al mes. Claro que encontré una chica, linda al principio, horrorosa ahora. Traté de ser un esposo en medio de sus gritos por el dinero, que dónde ando y la concha de su madre que no calculó que tengo el grito fácil y la mano larga para abanicar el aire y cerrarle la boca por dejarse embarazar.

Quisiera pensar que mi hijo me apacigua, pero no me soporta, grita cuando me ve, huye bajo las faldas de su madre ¡Escapa de mí! que compro lo que él después vomita, destruyendo con su fetidez de leche a medio podrir el cuarto, la sala y hasta el baño, consumiéndome en la misma porquería de siempre y sin salida.

¿Qué soy?

Si lo supiera lo sería con tranquilidad y no embadurnado en grasa días de días o aguantando las conversaciones tontas de borrachos y putas que se van de nuevo a sus huecos. Evitaría las tardes de jugar fútbol con los vecinos y vanagloriarme de la chibola que me agarro, mientras todos se ríen de mi engaño de tratar de ser un pendejo cuando en realidad soy el más huevón del planeta.

Debo préstamos por la casa, por este auto que uso para taxear los días que no estoy ahogado en tierra, intentando sacar algo más para terminar de pagar las tarjetas, antes que el banco llegue y me viole por deudor. Ni buen vecino soy con mis gritos de medianoche cuando el ron me anima a reclamarle al mundo mi desgracia de no saber que hacer con estas dos manos extrañas, con las cuales me afeito, me escarbo la nariz, me masturbo, pero no encuentro para qué sirven, como todo el conjunto que soy, apestando a sudor que no se limpia con un baño y que me hiere en lo profundo.

Ni tener amante sirve para definirme. Por andar de machito me encontré a esa sanguijuela que me sangra la culpa. Llego a casa con cosas que no puedo pagar y grito, golpeo porque no me agradecen el gesto, salgo y bebo cerveza, pago el hotel barato donde me enrosco en ese cuerpo que huele a más culpa. Como hoy, que terminó por cansarme y le apliqué la misma receta para que deje de gritar. Salí ebrio de cólera y licor y no me encuentro. Pongo tercera.

Avanzo por la avenida tratando de saber en qué momento me perdí, o nunca fui. ¿Y si no soy humano?, de repente un animal de carga, un muro en el cual estrellar el fracaso del matrimonio, el amor de padre que no me nace. Quizá soy un pellizcador profesional, que lo hace para provocar lloros en el crío, así como yo lloraba cuando a mi madre se le ocurría domesticarme con el palo de la escoba.

Pese a mis preguntas sin respuesta meto cuarta, porque si algo puedo hacer es correr y correr tratando de escapar de aquello que no soy, pero me quieren volver: una billetera andando, buen ciudadano, correcto padre, fiel esposo y tanta huevada que no sirve al final, si todo se acaba con una muerte rápida, cuanto más en una enfermedad que te hace vomitar las tripas o perdido en un asilo muriéndote en vida, con los gusanos por dentro comiendo tu carne.

El semáforo en rojo y yo en quinta ¡A la mierda! Está decidido, seré una luz intermitente que se apaga por fin, un destello de vísceras en el pavimento, una estadística más en la lista de los anónimos, al final seré un suicida, por lo menos.

                                                      

Despierto como de un sueño profundo. Cuelgo cabeza abajo agarrado por el cinturón de seguridad. Siento sangre en mi boca, pero estoy vivo. Luces y gritos a mi alrededor. Lo último que recuerdo es ese auto azul que se atravesó en el cruce y unos ojos infantiles en el asiento posterior. Tratan de abrirse paso para sacarme. Entre los gritos de los bomberos y paramédicos, escucho que el chofer del otro carro acaba de morir y su hija, la niña, está muy grave. Quién diría que al final descubriría lo que soy: un asesino. 

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato publicado en Entérate

El Comecuentos: Aló Gisela y el sinsuerte

Cuando tiro una moneda al aire y digo cara, la moneda cae por el escudo. Intento la fórmula contraria y lo mismo. Si digo que saldrá alguna de las opciones, la moneda cae exacto por el borde y ahí se queda, parada. Nunca he tenido suerte en los concursos. La única vez que tuve el globo grande en los sorteos de Globos Payaso, fue porque me lo terminó regalando mi mamá Hilaria, reseco y viejo ya de un año de tentar la suerte de otros.

Serio, no se rían pues. Una vez, allá en Villa Rica, hubo un Bingo en el colegio secundario Leopoldo Krausse. Emocionado con mi cartilla iba dándole vuelta a las pestañitas. En una de esas que me distraigo, seguro pensando en la multiplicación de las hormigas en Tongoyape y sus castas sociales, veo en la pizarra que usaban para llevar la cuenta que estaba el numero que me faltaba para el premio mayor, ¡cartilla llena! Emocionado bajo gritando como un poseído “¡Bingo!”, luego de hacer el recuento, por los parlantes anuncian mi error. Lo que pasó es que miré por atrás la pizarra de los números y el que supuestamente me daba la victoria total aún no había salido, dos números más y otro gritó su suerte.

No solo a mí me pasan esas cosas. En tiempos en que los bochos eran los carros del populorum peruano, Detergentes Ña Pancha saca un superconcurso nacional para ganarse uno de varios vehículos sorteados, lo que debían hacer la compradora era buscar en el interior de las bolsas un minijuguete representando al carrito. Mi mamá Hilaria, recia mujer de manos callosas a punta de cargar ella sola jabas de cerveza, sacos de ojotas, arroz y azúcar para la tienda en Cotahuasi, no tenía tiempo para andar revisando esas co…njunciones, así que al vaciar un poco de detergente para una lavada rápida al amparo de las horas muertas del mediodía en el negocio, salió disparado el juguetito. Y ni lo miró irse por el hueco de desagüe. En la tarde mientras contaba lo sucedido a mi mamá y mi tío, la desazón los llenó por completó, aunque Hilaria les hizo terminar igual su plato de comida que para desperdiciar no estaban.

Pero el más triste de todos los fracasos en concurso, sucedió un día en la tienda que mamá Hilaria puso aquí en Arequipa, luego de trasladarse con todas las chivas, espantada por los disparos terrucos de Sendero allá por el 89. Una tarde en que estábamos mi madre y yo en la tienda, entra un señor con uno de esos maletines con doble seguro de metal, forrados con imitación cuero. Lo pone encima del mostrador y, con mucha premura nos pide que le pasemos las cajas de sazonador Sibarita que teníamos en existencia. Se presentaba como representante del programa Aló Gisela, famosisisisimo espacio televisivo noventero en el que la otrora vedette, encandilaba a todos por las mañana y medio día con concursos.

Nosotros no teníamos teléfono para que nos llame, es la verdad, pero saber que podíamos ganar algo me emocionó. Y allí estaba un papelito con un número, el señor cotejó una lista y nos anuncia que éramos los ganadores de un equipo de sonido Sony. Era la maravillas de maravillas, doble casetera, tornamesa automático, con grabador y potencia de 500 watts. Salté de alegría, nunca más la mala suerte nos perseguiría. Pasada la emoción el sujeto nos pide cinco cajas de Aspirina. Solo teníamos dos. Así que nos dice que es requisito tenerlas que ya llegaba la camioneta del concurso y si no teníamos eso no ganaríamos. Mi cara de felicidad cambió a desesperación, ¿qué hacer?, la solución la propuso el mismo caballero, nos podía vender las tres cajas faltantes a treinta soles cada una. Vacías, obvio.

Mi madre no quiso aceptar nada. Yo me puse histérico, era un equipo mamá, no podíamos perderlo. Pero ella dijo que había arreglado la zona de condimentos y cuando lo hizo no encontró ningún papelito. El sujeto dijo que qué pena, que pérdida y se fue. Yo estaba enojado con mi mamá, hasta que la camioneta que nunca apareció y luego el ver el programa y no ver ninguna mención a un concurso de tienda por tienda, terminó por señalarme mi ingenuidad.

—Sarko, ¿Por qué cuentas solo ese episodio?, todavía triste.

—Pero mamá es la verdad, nunca tuve suerte en concursos ni sorteos, solo para exponer primero nomás en la U ganaba un primer lugar.

—¿No te acuerdas del juego de cucharas en el jardín?

—¡Es verdad!

—Bueno ahora me toca contar a mí, sucede que en el nunca bien ponderado jardín de infancia Ovide Decroly en el que estudiaba Sarquito, en el Día de la Madre nos convocaron a todas y hubo un sorteo, siendo yo la afortunada ganadora de un hermoso juego de cucharas para té, helado y postres con una bella tapa roja. Durante mucho tiempo, mi retoño, me repetía que ese juego lo había ganado gracias a él, porque estudiaba en ese jardín y era su mamá así que si no fuera su mamá no lo habría ganado. Aún lo conservamos casi completo en casa. Así que no le crean cuando dice que no tiene suerte que está exagerando. Ahora sí a otro cuento, vamos a comer helado con Mathias.

—¡Vamos!

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Por: Sarko Medina Hinojosa

Relato publicado esta semana en La Central Noticias

La corbata

Por: Sarko Medina Hinojosa 

No sabía cómo hacer el nudo. Fue a preguntarle a su abuela cómo se anudaba una corbata y la pobre lo mandó a que busque entre las enciclopedias que coleccionaba su padre.

Los anaqueles en la sala guardaban colecciones de Tecnirama, la Océano, Espasa Calpe, Británica, había otras especializadas en Derecho y otras de Educación, pero no creía que alguna tuviera algo relacionado con el arte de vestir para un funeral.

El Toyota Corona de su padre se estrelló bajando la avenida Venezuela hace dos días. Su madre estaba a un costado.

La noticia lo despertó en la mañana con la llegada de la Policía. Un telegrama urgente a la familia en Lima por parte de su mamá y la abuela llegando, dejándolo todo, como venía repitiendo a quien quisiera escucharla, con el fin de cuidar a su único nieto.

Su padre era abogado, de familia puneña, “pero de abolengo”, repetía. También hijo único. Su carrera había acabado con la hacienda de sus padres, pero estaban orgullosos y murieron así, también lo decía. Era blancón, como su madre, la cual era una bella muchacha en su juventud. Se casaron en los albores de sus treinta cada uno en la Iglesia en Magdalena del Mar en Lima y se vinieron a vivir a Arequipa para que él naciera con varias comodidades que ellos nunca soñaron. Compraron una casa amplia, con cochera que llenaba el magnífico coche de color verde. Juguetes nunca le faltaron y mucho engreimiento también. Su madre consiguió un puesto como directora de una Escuela Normal y su padre estaba en el afamado Estudio Valencia.

Trataba de no llorar. Había pasado derramando lágrimas esos días y los ojos le dolían. Fue al cuarto de sus padres. Una cama amplia, con un cubrecama tejido y con los apellidos de ambos por los costados. Las almohadas blandas, a un costado las mesitas de noche y unas alfombras a cada costado. Trataba de imaginarse qué hacían allí, cuando él se iba a dormir. A veces los escuchaba a través de la puerta. La casa tenía un patio central y los cuartos distribuidos alrededor, así que era salir del suyo y acercarse al de sus papás. A veces escuchaba a su papá alzar la voz, otras un rumor que no entendía. Las más de las veces los ronquidos de ambos.

Abrió el velador de su padre. Había dos libros, uno era El Hombre Mediocre de José Ingenieros y otro de caricaturas de Mafalda. Le divirtió que su papá se riera con eso. En el cajón interior una cajetilla de cigarrillos Ducal, el encendedor de su abuelo y unos sobres de laxante ExLax. Otras cosas como sus gemelos para la corbata, el prendedor… nada más. En el de su madre encontró un bordador compacto. Se lo vio varias veces y ella se jactaba de que se lo trajeron de Estados Unidos. En el cajón interior había un frasco transparente con una etiqueta amarilla que decía: polvos vaginales. Dejó de buscar. Tomó el prendedor de su padre y se guardó los gemelos.

En el salón donde velaban los cuerpos estaba lleno de señores con corbata y señoras vestidas de negro. Era el único niño. No veía a los vecinos ni tampoco a los chicos del barrio. Bueno, tampoco creía que los vería. Era un asunto de grandes. No era que le importara demasiado, pero sentía que debían estar allí junto a sus padres que sí vinieron. Su Papá hablaba siempre de que pertenecía al consejo de vecinos y que había logrado la construcción de la comisaría, de las veredas y otras cosas. “Una cosa es vivir al final de la ciudad y otra es no hacerlo dignamente”, recordaba que hablaba en la sobremesa de los almuerzos.

Tenía ganas de gritar, no sabía por qué. Su abuela vino un momento donde estaba para decirle que ya se los llevaban al cementerio, que iban a cerrar las cajas y que sería bueno que se despida.

Al lado del ataúd de su madre, se alegró que estuviera tan bien arreglada, hasta podrían abrir el vidrio que los separaba para darle un beso de despedida. Siempre fue para él una mujer bella, como las que aparecían en las revistas Cosmopolitan que coleccionaba. Su padre estaba con un terno, todo formal. Seguía blancón como siempre. Él sabía que no tenía ese color en su piel, eran más moreno, cobrizo alguna vez le dijeron que era, no entendía demasiado de eso. Pero allí, frente a su padre se quebró.

Sus lloros alertaron a varios amigos que se lo llevaron a un costado. Uno de ellos se quedó a consolarlo. Era un historiador llamado Eloy Linares, lo recordaba bien porque le regaló un año atrás un fragmento de un huaco de la Cultura Churajón.

—Es normal estar triste, extrañaré también a tus padres, éramos buenos amigos, pero la vida es así, estamos aquí y luego ya no.

—No lloro por eso.

—¿Entonces?

—Es que no pude anudar la corbata y la agarré con el prendedor de mi papá a la camisa nomás y se ha soltado.

Mientras terminaban de colocar las lápidas en los nichos en el Pabellón Santa Rita de Casia en el cementerio de La Apacheta, todos lo vieron muy solemne, con su corbata bien amarrada con un nudo clásico, perfecto.    

*Relato aparecido en Entérate AQP

Sueños de comensal

Dedicado a Sandra, Trinidad, Kathy, Jheimy, Edhel, Aldo, Arturo, Eric, Julio, John y Wilder

“Take it on the other side

take it on

take it on”

Other Side—Red Hot Chili Peppers

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            ¡Compraste tu tarjeta del comedor! Esta frase sin saludo inicial llegó como un todo a los oídos de Aldo Sánchez Lara, Vizconde de Monte Lluta, estudiante de Periodismo, fotógrafo oficial de sus propias inspiraciones y nombrado con cariño como “Chuchi”. La interrogación continuó mientras salía de sus alimenticios sueños —¿Sí, sí, sacaste o no? Mira que mañana es el día del estudiante eh, eh. A la mala manoteó el aire y se levantó desde el pastizal donde se acunó para dormir su siesta reglamentaria de mitad de mañana. Levantó los párpados con dificultad y se le quedó mirando a Saeko, individuo que hace instantes lo sacó del país de Morfeo con su horrible voz. Le bostezó.

            Mientras se sobaba donde le cayó el golpe “para servir” que le dio su amigo, identificó al otro ser que lo acompañaba. Era Julius, el cual mantenía un silencio de expectativa. Los odió un momento. Luego, trató de acoplar la imagen de su alrededor con la de sus recuerdos antes de dormirse. Encajaban. Estaban en el bosque de Sociología, en la Universidad Nacional donde siempre había paralizaciones; al costado del Estadio que tantas rifas costó. Y si eso no era suficiente, la picazón en su cuello y brazos le indicó el roce con el pasto donde hace instantes babeaba sus ensueños.

            Asumió entonces su realidad inmediata de espectro estudiantil, a grado universitario, esa epifanía hizo que volviera a bostezar con intensidad, haciendo visibles sus amígdalas. Esto provocó un trío de risas desubicadas, con remanentes de locura, anticipos de un futuro. ¡Ya párale papa frita! Y más bien di si compraste o no tu tarjeta para ir de una vez donde las chicas o no eh, eh, dijo Saeko lleno de impaciencia mientras, para darle contundencia a su pregunta, zarandeaba a Aldo. —En primer lugar Saeko ¿Le enseñaste a hablar castellano a Chuchi?, dijo Julius. Saeko miró a Aldo con duda y Aldo empezó una defensa de su educación primaria en el colegio fiscal del pueblo donde nació. Pero los interrumpió la llegada de Marco Aurelio “John” Denegri: —Imaginaba hallarlos por estos lares y me preguntaba si ya podíamos irnos a comer, antes que mis ansias por alimento se traduzcan en un comportamiento caníbal con alguna paseante de por aquí. Saeko soltó a Aldo que cayó pisándole un pie y Julius hizo una acotación suponemos graciosa que se perdió en el barullo de una juventud que se mueve hacia donde no sabe, pero que definitivamente tiene hambre de algo.

            Mientras caminaban hacia la Facultad de Educación, Aldo les contó parte de su sueño donde la carne asada, ensaladas bien césars, servilletas con mozos pingüinescos y vino francés, ocupaban la mayor parte. ¿Y dónde dices que se celebraba el banquete Chuchi?, preguntaron varias veces, uno por uno sus amigos, pero Aldo seguía narrando los purés con una salsa media agria nomás, ¡Y si vieran los camarones! y los choclazos con queso ¿Ah?, Y el caldazo de cabeza de cordero ¡Uhmmmm!!!!!. ¡Plap! le cayó un golpe de Julius para servir, ¡Plap! uno de John para llevar, y ¡Ploc! de Saeko combo familiar. ¡No que era comida internacional!!!!, increparon. Y qué creen que es la comida de mi pueblo ¿Eh? Le dieron su vuelto con fuerza.

            Lo que pasa es que es un “Chuchisueño” dijo Trinity, una vez que le contaron las descripciones de Aldo. Además cada uno es libre de soñar lo que quiera, defendió toda sonrisa Sandra. ¡Gracias, mami!, dijo Aldo, y Julius Te recomiendo el filicidio Sandra. Aldo brincó sobre Julius y rodó con él por el pasto, pero quedó boca abajo y recibió caricias que dolían, se levantaron y partió como un rayo tras Julius. Saltaron los matorrales como tarucas en estampida. Ágilmente sobrepasaban los carros, por entre las personas, daban saltos entre las rejas, pasaban por debajo de las bancas cual cuyes hasta volver al círculo donde se encontraban Trinity con gripe pero sin ponerse la chompa, Sandra con sus palitos de helicóptero en el pelo y Saeko leyendo un libro de tapa amarilla con un barquito chiquito que se movía. Cayeron justo a los pies de este último que, molesto, les saltó encima. Sandra dijo algo sobre la cola inmensa para entrar al comedor y se dieron tregua para decirle a trío que John estaba guardado sitio. Se espulgaron las pajitas mutuamente antes de irse al gusano humano que los engulliría por unos instantes antes de entrar al salón del Comedor Universitario.

            ¡Alverjitas, odio las alverjitas!, se quejó Saeko con pucheritos de nene. ¡No te quejes! Se come y ya, lo reprendió Trinity. Además, es bueno para que engordes, terminó callándolo toda sonrisas, Sandra. Aldo, mientras tanto, estaba en otra, los veía batir a Saeko un rato, luego agarrárselas con Julius y así. John le preguntó sobre el lugar donde se realizó el banquete de sus sueños, Aquí mismo, en el comedor, respondió. Lo que pasa es que te estás proyectando en tu subconsciente al almuerzo por el Día del Estudiante de mañana, opinó John. ¡Pero era tan real!, pensando esto, Aldo se perdió la broma sobre la mazamorra verde de manzana que les tocó de postre y su comparación con lo que Trinity lanzará en sus estornudos de gripe. Todos dijeron ¡Aggghh!

            Terminado el almuerzo, se la pasaron conversando en el parque de la Facultad de Educación sobre la política exterior en Rumania y el estado financiero de la hija menor de Woodie Allen. Es decir de todo y de nada importante a la vez, para llegar al lástima que terminó, la función de hoy, al finalizar la cena en el comedor. Sandra, toda rulos, se fue a sus clases de idiomas, Trinity acompañó a Julius a sacar los lentes de su padre del oculista, John se fue diciendo algo sobre necesidades imperiosas con papel higiénico incluido y Aldo caminó con Saeko hasta tomar cada uno su carro. En el camino estuvo pensando cómo bromear con su amigo, pero de pronto se halló solo en el paradero, diciendo adiós con su mano a un Saeko que se alejaba en su combi. Se entristeció.

            En la cola del almuerzo por el Día del Estudiante Universitario, que no tiene tiempo para ir a su casa a comer o que no tiene familia en Arequipa que le prepare un mísero plato de comida al pobre, Aldo se preguntaba por qué eran los primeros en la cola. Se lo intentó preguntar a Saeko, pero éste estaba sacándose monedas de la oreja para sorprender a Sandra, la cual, mientras lo miraba sacar un Mareví de oro, dibujaba galletas de animalitos en el aire y se las comía luego. Entonces intentó llamar la atención de Trinity, pero ella no lo escuchó por estar cantando tengo el orgullo de ser peruana y soy feliz a voz en cuello. Le hizo señales a John, pero éste estaba conversando con una de las porristas del Sportivo Huracán que estaba a su lado en bikini. Julius, que parecía prestarle atención, realmente no lo hacía porque estaba convirtiéndose en una estatua de cobre para así pararse mejor.

            Se sintió tan solo como el día anterior a la hora de las despedidas, así que cuando abrieron las puertas para el ingreso, quiso explicarle al que revisaba las tarjetas porqué tenía la cara de un solo en sol menor, teniendo tal tracalada de amigos atrás. No pudo ni eso. Tuvo que recibir a la volada en las manos una gamela de metal con cuatro cubiertos y servilletas de papel. A causa de los empujones de Saeko avanzó para recibir el primer plato: una ensalada rusa con bastante mayonesa y dos huevos duros. El segundo plato fue una sopa que olía a pollo y tenía presas del ave para mayores rasgos con pedazos de pan frito flotando como islas. En el tercer plato, y al borde de las lágrimas, le fue servida guarnición de puré de manzanas y una enorme chuleta de chancho recién asada. En la quinta ventana del circuito le dieron un vaso con zumo de naranja con una rodaja al borde y en el sexto una copa de vino tinto.

            ¡Pero por qué!, se atrevió a reclamar. ¿No sabes que este día hay mejoramiento?, alguien le contestó. Bueno se dijo y enrumbó hacia alguna de las mesas largas que ahora lucían cubiertas por manteles y candelabros al medio. Una vez instalados, presenciaron que en el estrado al fondo del comedor, su compañero Wilder terminaba de colocar unas mesas en el escenario, para inmediatamente salir el Grupo de Teatro de la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación, con Arturito Salazar, a la cabeza, quién anunció: Queridos compañeros comensales, tengo el agrado de presentarles la dos temporadas exitosa, la muy reconocida por los críticos locales y nacionales, qué digo, ¡Mundiales! aquí está para ustedes la obra: ¡Mentirosa, mentirosa!, con la presentación del refinado primer actor consumado Eric De Las Torres, seguido por las primeras actrices Kathy, Jheamy, Edhel!!!!!! Aldo esta vez sí que soltó la quijada. ¡Pero así no empieza la obra!, se atrevió a decir, y un sonoro ¡Cállate! lo apabulló. Las luces se apagaron y quedó iluminado el escenario.

            Aldo sabía de qué iba esa adaptación, es más, ayudó como luminito cuatro veces el año pasado y una quinta cuando la presentaron en el aniversario de su pueblo. Allá fue un éxito, pero allí, en ese momento era un bodrio, y lo peor es que todos reían menos él. No podía entender cómo era que los actores fallaran tanto y nadie se percatara, ni siquiera Julius que actuó en ella lo mismo que Saeko, quién nada decía, de pronto se dio cuenta que sus amigos no estaban en la mesa, sino en el escenario vistiendo el primero un disfraz de codorniz con alitas de pollo frito pegadas al cuerpo y el segundo estaba sosteniendo en la espalda una llama vestida de Presidente de la República. El acabose sucedió cuando, en una escena que incluía la persecución de un samurai a unos búfalos liderados por un caballo loco, agarrándose a tiros con un cachaco, salió abruptamente Arturito para llamar en público a Aldo, varios brazos salidos de quién sabe dónde lo llevaron alzado al escenario donde todos lo felicitaron de pie y con aplausos por ser escogido el “Comensal del año”. Desesperado, el muchacho atinaba a querer bajarse de allí, ¡De pronto! una lluvia de fotos suyas desnudo bañándose en un río de su tierra cayó sobre ellos. Aldo se desmayó, mientras que a lo lejos se oía una risa atolondrada, con remanentes de locura.

            ¡Chuchi! ¡CHUCHI! Despierta Aldo, ya no te hagas el dormido. Aldo abrió los ojos trastornado, y le fue difícil reconocer a Sandra, Trinity, Saeko, Julius y John que lo rodeaban con caras de preocupación. Parece que tenías una pesadilla Chuchi, dijo Sandra. Sí la tuve, suspiró, se levantó y sonrió, feliz de hallarse sano y a salvo de fotos comprometedoras. Pero bueno, ya vamos al comedor ¿no? que tengo un hambre, dijo. Saeko preguntó si había comprado su tarjeta. Sí, lo hice, pero… díganme una cosa: ¿cuándo es el Día del Estudiante? Alguien le dijo hoy. ¿Y qué hay de almuerzo?, indagó con temor. ¡Ay Chuchi! pareces nuevo, ¡Hay pollo al horno y gaseosa!, alguien le respondió.

            Aldo corría gritando hacia quién sabe dónde, mientras sus amigos lo veían perderse entre los universitarios con caras anónimas. Tenía que pasar algún día, dijo Julius. Saeko mencionó algo sobre la locura espontánea. Sandra todo ojos movió la cabeza. John miró a una chica que pasaba por su costado y Trinity concluyó: esto es un “Chuchimisterio”. Todos estuvieron de acuerdo.

Arequipa, octubre 2003

*Este cuento está incluido en el libro “Palo con Clavo y Santo Remedio” 2014