EL COMECUENTOS: El arte perdido de prender un primus

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Ya no se vende kerosene en los grifos. Allá en mi infancia de los finales de los ochentas, teníamos una galonera con la cual iba al grifo de la calle Amazonas a comprar un galón exacto del oloroso líquido que servía para cocinar. Era un chiste porque al ser un adolescente distraído casi siempre por andar bamboleando el recipiente, me echaba encima unos gotones en el pantalón. Como todo adolescente también me molestaba ir  a comprar esas cosas si podía invertir el tiempo en… pues en nada creo.

El gas estaba caro y sólo era para ricos, o bueno esa era la impresión que tenía en relación a la necesidad de cocinar con kerosene y no en la cocina que nos regalara mi tío Marcelo, sino en esa suerte de artilugio sobreviviente del tiempo en que vivíamos en Villa Rica con mi mamá y que llegó a Arequipa para ser el centro de la cocina en casa. Pero por poco tiempo.

La tienda de mi Mamá Hilaria era el único medio de sobrevivencia que teníamos. Ya no compraba kerosene como antaño en los primeros años en que la trasladó de Cotahuasi a la capital del departamento. Una prohibición general hizo que solo se vendiera en grifos, por el tema de que con ese combustible también se prepara Pasta Básica de Cocaína y algunos lo hacían de manera casera en la ciudad.

Llenar el tanque de la cocina que soportó la selva fue complicado porque la tapa andaba robada y había que colocarle plastiquito para que ajustara. Así que un día, en que estaba en el colegio y se le hacía tarde para preparar la comida a mi abuelita, esta no pudo cerrar la válvula por la artritis en sus manos, así que sacó del cuarto de los trebejos uno de sus primus que usaba allá en la casa de la sierra cotahuasina. Durante años no volvimos a usar algo más. Y es que el aparato era la mar de práctico en cuanto para ella, pero para mí era otra historia.

Un primus, cuál era el nombre del artificio desarrollado en 1892 por Frans Wilhelm Lindqvist de Suecia (ejem, ejem), era de fácil encendido teniendo en cuenta unos pocos conocimientos. Lo primero era saber que se tenía que calentar el tubo de alimentación del quemador, lo que se hacía echando un poco de kerosene mismo o ron de quemar en una plataformita. Había que tener exactitud porque si no se derramaba el líquido y se incendiaba todo. Una vez calentado el tubo se encendía aprovechando que subía por la presión. Ahhhh me olvidé de contar que se sacaban músculos porque antes de prender había que darle bomba al asunto, es decir introducir aire por presión al tanque del combustible. A veces la apuranza hacía que no calcularas y te presionaras los dedos contra el inicio del tubo de la bomba, y por el dolor te llevabas los dedos a la boca y, un rico sabor a combustible te quedaba. Pero bueno, luego de colocar tu cerillo marca Inti encendido en la plataformita había que esperar que se caliente el asunto y darle una segunda tandada de presión para que las cuatro llamas amarillas sean constantes. El kerosene por las teorías de la mecánica de gases y fluidos se vaporizaba y pulverizaba formando un chorro en el centro del quemador donde se mezclaba con el aire y ardía.

Hasta allí todo lindo y todo genial, pero, el problema surgía porque como en casa no usábamos el ron de quemar que no hacía hollín sino el mismo kerosene, y pues todo se llenaba de negros residuos y había que andar destapando el asunto con la aguja especial para eso, y era todo un tema porque si andaba con presión el asunto y destapabas mal podías bañarte con combustible, otra vez.

Pero una vez prendido el asunto y con buena llama, todo lo que se te ocurriera podías cocinar, desde estofados maravillosos, hasta ají de calabaza no tan maravilloso, o chocolate con leche, ¡sango!, el arroz con su latita para que se granee al final, los churrasquitos con esa sartén más antigua que la reforma agraria o el pastel de tallarían con centro de guiso de carne y tantas cosas deliciosas que esas manitos dobladas por la enfermedad hacían para todos nosotros… Pero esas recetas y platos dan para otro Comecuentos.

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato aparecido en el Semanario Vista Previa – Arequipa, Perú.

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