Los funerales del Tuti

El cortejo avanza lentamente por la Calle del Desengaño. El olor a formol se escapa del cadáver a través de los intersticios de las rajaduras de la madera barata del ataúd. Los hombres que cargan el cuerpo son indistintamente Chupete, o alguno con cara de Pajarote o Tamal, pero en su totalidad pastrulos de esquina, de medianoche de angustias compartidas con el difunto de sobrenombre: Tuti.

¡Porque el Tuti murió carajo! y bien muerto cuando la china Sonia lo encontró así: sentadito en la puerta del Comedor todo callao nomás. Y más muerto cuando lo taparon con periódicos de ayer, cuando el fiscal ordenó levantarlo, más cuando lo examinaron los médicos e infinitamente muerto cuando lo recogimos de la morgue toda la mancha de drogadictos, tías y reducidores de la Calle del Desengaño que, juntando de sol en sol, logramos arrancarlo del estatus de NN para devolverle un nombre olvidado: Lucas Somocurcio Ballón.

Si señores, era de apellido grande, pero nadie de su familia vino, nadie de sus grandes tíos lo reclamó los dos días que estuvo enfriándose. Al traerlo del frigorífico lo acostamos en una mesa. Los que sabían de esas vainas le llenaron de algodón los huecos del cuerpo por donde se estaban saliendo los jugos por el descongelamiento. El sol de mierda caía como plomo en las calaminas del improvisado velatorio en que se convirtió el patio del comedor popular. El olor empezaba a enrarecer el ambiente.

Todos ya conocemos el olor a muerte, ajena o propia, la conocemos en las manos, en nuestras almas. Porque la muerte te vuelve filosófico, te hace pensar en que no somos nada cuñao así se muere uno en la noche de frío o pasado de vueltas ¿no? pero no nos pasó a nosotros, esa es la verdad y por eso aún podremos chupar y fumar un tiempo más por la gracia de la Sarita a la que me encomiendo en esta hora.

Y ya se comió una mezcla de arroz con saltao de atún. Ya se tomó el macerado de chicha gruesa, mientras el cuerpo del Tuti espera pa que se lo lleven a su hueco en el cementerio. Pero de pronto, a alguien se le ocurrió cargarlo en hombros, unas voces se animaron y se alzaron manos de aprobación. La feliz idea dio rienda a que se comiera con ánimo, a que se tomara el trago con entusiasmo. Algunos murmuraron que hay que hacerlo para que se frieguen los tombos, a ver si lo impiden y si lo hacen les sacamos la ¡reconcha de su madre!, que sepan cómo se muere uno en esta vida, para que sepan todos que el Tuti tenía amigos, que era buena gente, que invitaba clavos pa fumar, que y que…

Las tías se pusieron a cantar canciones de moda, esas de arpa y tristeza wuaynera. Los hombres tomaban y hacían bulla mientras los chibolos los miraban con sus ojos vidriosos llenos de terokal. El cielo está que amenaza con llover, como pa lavarnos las almas por nuestra buena acción.

La calle ahora esta movida Pasan carros, llegan clientes. Nadie atiende. ¡No hay pasta para nadie carajo, no ven que se ha muerto el Tuti!, dicen varios. Sí el Tuti el del ojito salido pues, al parecer se pasó de vueltas, al parecer los policías le pegaron duro por comerse la merca, al parecer se aburrió Dios de reírse de él y lo borró de su mirada. Nadie compra ropa robada o gorros arranchados, nadie vende merca y eso a mí me conviene.
Se acercan en mancha de a uno por delante, de dos en dos para cercar a las tías, saludarlas y tratar de adentrarse en ese círculo exclusivo que forman los pastrulos de tiempo completo, las doñas que venden la merca y los conocidos del Tuti. Algunos logran llegar a donde las mujeres que van al frente del cortejo. Los que no logran nada se van angustiados, solos con su vicio, a esos yo les paso la voz.

El Tuti era buen pata, todos lo dicen. Se olvidan que robaba ancianas dejándolas sin la tragadera del mes, o de la vez que se enfrió a ese cojito cerca del río porque estaba con los muñecos y el inválido no quería invitarle su cigarro cargado.

¡Y si de repente es un engaño para todos! creyéndonos que el Tuti era bueno, nos creeremos con derecho a considerarnos menos malos de lo que somos, con la esperanza que ese gracioso Dios al que oramos pese a todo, no nos llevará todavía. Porque muchos, en medio de la noche, hemos clamado por la muerte, alguno se cortó sin suerte las venas, alguno se bebió Campeón y otro le robó la merca a los dueños de la calle; eso es normal aquí, nadie quiere vivir. Pero ante la cara de la muerte se acobardan y renace la naturaleza humana, se vuelven miedosos al misterio de la Parca, aunque muy en lo profundo sintamos envidia del muerto por haberse escapado de esta mierda de vida, y por fin descansar sin temer a la mañana siguiente y a las malditas ansias de fumar.

Ya dije que la muerte te vuelve filósofo, pero lo mío es la practicidad, y sé que en el calzoncillo tengo varias ligas de pacos bombas, llenos de yeso molido, y me alejó hacia la calle de atrás, cerca de la Casona Rosada. Aquí estoy, y sé que viene un pastrulito y que ya me dice “habla” y yo “cuanto”, dice “una liga” y se la doy en un paquete envueltito en plástico, advirtiéndole que la guardes ¡porlareconchadetumadre! ¡carajo! que hay tombos. Y se va, y ya vendrán otros y mientras avanza el cortejo y mientras dure el entierro yo campearé en la Calle del Desengaño, amo de la angustia de los viciosos que llegan a cada rato, porque mientras pueda seguir vivo tengo que atender mi vicio hasta que me muera, que de seguro será igual que el Tuti pero mientras… ¡qué chucha, habla pues o saca la vuelta al toque soplete o te enfrío de una!

Por: Sarko Medina Hinojosa

-Relato aparecido en la Antología “En Octubre sí hay Milagros”, resultado del encuentro literario del mismo nombre realizado en Arequipa en Octubre del 2018.

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