El Comecuentos: Los repollos psicodélicos

—Aló mamá, que tal ¿Una pregunta, te acuerdas como se llamaba la señora que hacía los repollos rellenos de manjar allá en Cotahuasi?

—Hola hijo, esa es la señora Libia, viuda de Mogrovejo. Ella pues hacia esos ricos panes de azúcar que ya nadie hace igual ahora. También hacía los alfajores de tres pisos con miel de chancaca que era una delicia te acordarás. Y los maicillos y los piononos más hacía, aunque ahora ya no hace más nada porque ya bien mayor está. Nadie le ha heredado el sabor, hacen algunos pero no tan ricos como esa época.

—¿Y por qué será?

—Es que ya nadie paga lo que es, ahora barato quieren, así que ya no se hacen como antes, eso creo, aunque varios todavía a encargo piden, por ejemplo para los bizcochuelos, pero tienen que llevar huevo y la caña.

—Ha crecido nuestra tierra ¿no?

—Huy no tienes idea, a los barrios tradicionales de Chacaylla, Natuna, Santa Ana y Corira, ahora se ha aumentado todo Aymaña, hasta donde iba a ser el helipuerto han crecido las urbanizaciones, hasta las faldas del cerro Hiñau hay una.

—Jajajaja no te creo, hasta van a ser enrejadas para que la plebe no invada.

—No te rías, hasta en la parte de Chipito, en el despeñadero ese de donde se lanzaban los suicidas, construyen sus casas, sin miedo a los muertos.

—“Los Balcones de Chipito” se va a llamar el barrio.

—Jajajajajaja qué gracioso, me has hecho reír hijo.

—Ya mamita gracias por el dato de la repostera, te cuidas.

Claro, a estas alturas se estará preguntando querido lector de que va este comecuentos, pero dígame usted que cuando conversa con el papá o la mamá pidiendo datos a veces se queda recordando viejas historias o se pone al día de otras, con ese sabor que solo los que han vivido juntos y se quieren se pueden contar. Yo llamé a mi progenitora para averiguar el nombre de la cocinera de la anécdota que voy a narrar a continuación y me quedé hablando con mi madrecita varios minutos.

Antes de que el pueblo de mis ancestros se vea agrandado por cientos de personas que han ocupado el sitio de los viejos conocidos, mi abuela tenía una tienda en la Plaza, que era también el terminal de los buses en ese entonces. Muy bien surtida, era prohibido para mí comerme dulces o chocolates, pero, una tarde de vacaciones que andaba sentadido en un banco en el negocio, llegó la mencionada señora líneas arriba, trayendo una bandeja llena de repollos. Los dejó a mi encargo porque mi Mamá Hilaria salió a unas diligencias. Bueno, nadie habló de no comerme los pasteles, así que de uno en uno me fui comiendo los postres con sabor a gloria. Fueron siete las víctimas de mi gula y que me causaron una indigestión de Padre y Señor mío. Los colores psicodélicos de la fiebre, esos que se formaban cuando apretaba los ojos, las formas raras de las manos que me auscultaron y la sorpresa de la inyección a mansalva, son cosas que perduran en mis pesadillas.

Pero lo que más recuerdo es que al otro día, luego de la noche infernal y delirios de vampiros siderales y dinosaurios que me perseguían, bajé a la tienda y habían quedado varios de los pasteles. Me volví a comer un par. Las palmadas en el poto fueron bien merecidas, que duda cabe.

La Respuesta

parque 1

Fue directo a ella, sin miedo, cruzando todo el parque, con los metaleros a un costado, los skeaters al otro, los reguetoneros a una esquina, con los abuelos criticadores, las tías del rosario, la doña de los caramelos y el tipo que hace caricaturas, el pastor evangélico, los niños en su bicicletas, los que grababan en ese momento un videoclip de música andina y las chicas fresas. No miró a nadie, solo a ella, la bella niña de su vida.

—¿Y, cuál es tu respuesta?—, le dijo aún antes de pararse delante de ella.

—Mmmmmmm pues… creo… que sí.

Los dos se fundieron en un abrazo y un beso inmenso, mientras sonaban silbidos y aplausos a su alrededor. Por una vez, todos los especímenes de ese parque se sintieron unidos por una fuerza más grande que sus diferencias.

Vamos con el soundtrack del micro:

La doble moral te ganó Juancito

 

Que decides: condenar tu alma o darle una oportunidad más a tu hija

Que decides: condenar tu alma o darle una oportunidad más a tu hija

Tu hija vino un día con un problema grave que produjo un cisma en tu hogar. Quisiste regañarla, pegarle, insultarla por lo que hizo, pero no pudiste Juancito, nunca pudiste ser muy rudo con tus hijos, no les prohibiste nunca nada, ni tampoco evitaste que salieran cuando no debían o regañarlos cuando sabías que habían tomado licor. Les hiciste creer que eran vivos y que te tenían dormido. “Opa”, “Sonso” te decían a tus espaldas. Ahora tu hija te dice “Papaíto”, “Papacito”, “Ayúdame papi”. Le preguntas por sus estudios y ella promete dedicarse por completo a ellos en la Universidad que te exprime la mitad del sueldo. De más está preguntar por el causante del problema, ese no va a aparecer. Tampoco tienes el valor de ir y encararlo, aduces que no vas a rebajarte a hablar con él cuando te preguntan sobre que harás.

 

Entonces te toca resolver el asunto Juancito, le prometiste delante de tu mujer a tu hija que no la dejarás sola y que resolverás el problema. El fin de semana vas a tomar unas cervezas después del futbol con tus amigos. A ese al que dices “Primo” le cuentas tu problema en la última copa que se extiende con tres botellas más entre los dos. Al final con cara de vivo, regodeándose en su sabiduría, te dice que no hay problema Juancito a una sobrina también le pasó lo mismo y un amigo doctor solucionó el tema en un dos por tres. La esperanza te vuelve al cuerpo, podrás demostrar que sabes cuidar a tu familia, no importa que al amigo tuyo le hayas regalado un poder para sojuzgarte, para reírse de ti cuando aflore la ocasión y rendirás pleitesía a su consejo y secreto entre los dos.

El teléfono suena y suena y no sabes que hacer. Has timbrado dos veces pero te parecen diez. Al final contesta una voz enojada, como si lo hubieras interrumpido en un momento crucial. Tu voz suena implorante y al explicar las referencias, el amigo mutuo y decir las mágicas palabras de que “Pagaré lo que sea”, la voz lejana suena amable y que no se preocupe Don Juancito que eso se resuelve en un dos por tres. Si al menos supieras que las matemáticas no sanan el alma…

El día del suceso tu solo acompañas a tu hija y le das fuerza para el asunto. En ese momento recuperas algo del sabor de ser su universo, su centro y fin de existencia, porque te abraza fuerte y la confianza en ti es deliciosa. Pero más puede al ambiente de secreto de hablar bajo, de no mencionar las cosas por su nombre y seguir dándole nombres como “El problema”, “Ese asunto”, “Tu equivocación”. El doctor aparece con la cara sombría y te deja esperando. Con la secretaría entregas lo pactado para ella, para el anestesiólogo y para el doctor. Después de una hora sale el galeno con cara relajada y te comunica que todo está bien, que la nena está limpia y como nueva.

Pasan los días y ella ya tiene sano el orgullo herido y está peleando por salir el sábado con sus amigas. Todos gritan, nadie menciona el argumento máximo para prohibirle la salida, así que al final se va con la sonrisa en los labios murmurando “tonto” como un conjuro. Al verla salir te viene de golpe el recuerdo de que tres semanas antes ella te contó que una de sus amigas quedó embarazada y que iba a tener el bebe y tu habías dicho: “¡Está bien que se friegue!, por qué hace tonteras que no debe, y de seguro quiso abortar, pero sus padre no quisieron eso porque ellos saben que con eso no se juega, que un aborto es pecado”. Al recordar vívidamente esas palabras, escuchas una risa gutural en el profundo abismo de tu alma cobarde Juancito, la oyes muy bien…