COMECUENTOS: El culpable no fue del asado

Costilla, matambre y tira de S al asador.

La primera vez que comí asado argentino fue en Deán Funes, en la provincia argentina de Córdoba el domingo 28 de enero del 2007. Recuerdo que me preparé durante un mes para tal acontecimiento. Ese día, desde temprano, los voluntarios de la obra Fazenda de la Esperanza se levantaron para preparar las brasas, todo un ritual inexplicable para mí, pero que, según me vendieron los pibes del lugar, era necesario para asar lento, durante horas, trozos enormes de vacuno y con solo sal.

En Perú la parrillada se hace de diferentes maneras y, antes del boom de los cortes de carne, las chuletas eran adobadas desde un día anterior y hasta sobreviven trucos para ablandar la carne, como el untarle papaya. Al aderezo no le puede faltar nuestro ají colorado, el orégano, una cervecita helada (receta personal) y cuanto menjunje haya para que la carne salga con rico sabor. Así que cuando dijeron “solo necesita sal” empecé a dudar de las palabras ya que los gauchos vecinos tienen fama de “chamulleros”.

Pero estaba embarcado a saber si era realidad tanta leyenda. La cual se me alimentó en novelas gráficas como “El Tony” donde las historias del “cabo Savino” o el “capitán Toro”, que se desarrollaban en la pampa agreste, tenía siempre una referencia al asado del gaucho. Para hacer tiempo empecé a conversar con los grupos de familiares del encuentro. Como espécimen peruano de reciente llegada, me llovieron las invitaciones de mate, esa bebida mágica de la cual ya hablaré en otro momento, las facturas (postrecitos de harina con dulces), la maravillosa pasta frola con la mermelada de membrillo, los alfajores de maicena embadurnados con el dulce de leche (que no supera a nuestro manjar blanco cof, cof), en fin, como me enseñaron de niño: “Si vas para un pueblo nunca desprecies la comida”, y no era hora de desprestigiar a mis ancestros y sus proverbios.

Llego la hora. El asador empezaba a repartir a diestra y siniestra los cortes. Al llegar pedí tres porciones. Ya en la mesa y casi con las manos le metí un importante mordisco al asado y, de verdad, sentí que mis papilas gustativas entraban en una guerra de contradicciones y emociones. Para cuando a regañadientes tuve que aceptar que efectivamente era la mejor carne al asador que había probado, ya estaba por la segunda vuelta.

—Che peruano ¿y allá en tu tierra porqué la carne es dura? —me preguntó un tucumano. —Es que las vacas salen de mañana temprano a escalar los Andes y entre ir y volver en la tarde pues que se les tensan los músculos. —Ah por eso debe ser, claro —me dijo sin estar convencido de que le decía la verdad o lo estaba “palabreando”.

Luego vino el pastel. Delicioso. De ese me serví dos porciones y, por insistencia de una linda viejecita, me serví un tercero. Al día siguiente, mientras estaba doblado en seis por el cólico malacara que me dio, repetía a quién quisiera escucharme que la culpa la tuvo ese tercer pedazo de torta, que sí no, una tercera ronda se asado me habría zampado por el cogote ¡mavale!          

Luisa Valenzuela: “El microrrelato es una espora que lo contamina todo”

Foto: Geraldine Canazas

Entrevista: Sarko Medina Hinojosa

La esperé en el living del hotel en el que los organizadores del Hay Festival Arequipa 2017 organizaron las entrevistas para medios con los invitados de todo el mundo. Llegó muy preocupada por la demora y me pide si la puedo esperar un poco más porque quiere abrigarse. En ese momento compruebo que, además de carácter, Luisa Valenzuela, tiene una delicadeza para expresar con sinceridad lo que siente en cada momento.

Más de treinta libros la acompañan y refuerzan el interés de varios medios por entrevistarla, notas en diarios, entrevistas en televisión y perfiles fueron desarrollados en esos días. Pero casi nadie le preguntó por una pasión que aparte de una charla sobre ¡El dinero!, la hizo invitada de una mesa que me interesaba mucho: el Microcuento.

Entrevistador: El taller de Alfonso Reyes (Tecnológico de Monterrey) marcó un hito en cuanto a la forma de cómo escribir microcuento y de llevarlo a personas que, por su formación, no era que fueran cercanos a este género.

Luisa Valenzuela: Tú sabes que en el último día del taller pasó una cosa maravillosa que yo lo defino como un triunfo del microrrelato. Estamos hablando del Tecnológico de Monterrey y Carlos Fuentes tuvo la maravillosa idea de llevar las humanidades a los ingenieros. Creó un consejo consultivo del cual fui parte y la obligación de los miembros de este consejo era dictar una cátedra una vez. Yo no sabía de qué iba a dictar una cátedra cuando ni siquiera tengo una carrera, tengo muchos libros publicados, pero entonces dije que les iba a hacer un taller de microrrelatos. Pues hicimos esto en esta sala en la que estaban las cosas para hacer videos y transmitían a varias otras salas y clases. El ultimo día como te decía era de tres horas. Hicimos un break cada cincuenta minutos. En la primera hora entra un tipo trajeado y pienso es un alto ejecutivo del tecnológico que entra para ver el desastre que estábamos armando allí, esta locura de microrrelatos y bueno yo estaba haciéndoles escribir con la clásica frase “saquen una hoja y escriban en cinco minutos” y bueno el tipo saca una libreta muy mona bien fina y escribe su historia y la lee, porque todos podían leer su historia. Vuelve a la segunda hora y vuelve a escribir y leer. Y cuando termina todo me acerco a los amigos del tecnológico para saber qué alto ejecutivo estuvo presente y me dicen que ninguno estuvo, pero van a averiguar y resulta que era un alto ejecutivo pero de Telmex y que estaban queriendo pedirme la sala porque la necesitaban para una importante conferencia pero él salió a decirles que no se podía interrumpir y se volvió a entrar para escribir su microrrelato. Quedó atrapado.

E: ¿Para usted que es un microcuento?

LV: Es todo un universo en una cáscara de pistacho y claro, el pistacho es delicioso. También otra definición que me gusta es que es una espora. Cortázar dice que la novela es un árbol, mientras que el cuento es la bellota de dónde nace ese árbol. Yo creo que el microrrelato es una espora, que se propaga, que va contagiando y creando todo el mundo que son los microrrelatos, una espora que lo contamina todo. De hecho me encontré antes de venir a Arequipa en Lima con Beto Benza y otros microcuentistas y empezamos a contar historias hablando del microrrelato, pero justo contagiados por esto, empezamos a crear no a hablar solo del microrrelato sino a empezar a contar, contagiados por esa espora.

E: Hablando de esta comparación con estas esporas que menciona y que contagia, ¿también tiene que ver con la intertextualidad del microcuento y qué tanto debe usarse en el mismo?

LV: No debe usarse tanto porque se puede abusar, no se debe confiar tanto en el conocimiento previo de los otros, del lector, porque se puede confundir con un dato que solo puede conocer el autor y que para los demás no significa lo mismo. “El Dinosaurio” de Monterroso no es intertextual, creó un montón de datos intertextuales, por allí los microrrelatos son creadores de intertextualidad. Son maquinitas de pensar, el autor siembra estas maquinitas en el lector y este le sigue dando vueltas. Ahora no todo texto corto es un microrrelato porque no necesariamente es lo exacto para dejarte pensando.

E: ¿Qué tanto debe importar el título en un microrrelato?

LV: Yo creo que allí fue un error de Monterroso, porque el título te permite agregar información, porque si jugás un poco con el título, extendés el relato en sí y darle el poder significante al microrrelato y no caer en el “tito repito” como en “El Dinosaurio” que pudo llamarse Sorpresa y algo más que le aporte pero igual queda como el emblema porque ya el titulo es el referente al microrrelato.

E: ¿Cuál es la máxima extensión de un microcuento ¿Cuándo deja de serlo para pasar a un relato corto.

LV: Creo que 300 es un lindo largo. Ahora que hay microrrelatos muy cortos, Guillermo Samperio con su “El Fantasma” es un claro ejemplo, allí es cero palabras.

E: ¿Se puede jugar tanto con el microcuento?

LV: Yo creo que sí, es la imaginación, allí lo ves y lo entendés no es que te lo tenés que explicar, por ejemplo lees “El Fantasma” y ves la hoja en blanco y lo entendés. Son instrumentos del pensamiento natural que hacen ver las cosas desde otro lugar.

E: ¿El microrrelato viene a suplir la literatura en espacios cortos como las redes sociales?

LV: Es que no viene a suplir, es literatura, puede que remplace a otras cosas y es más: agrega, es un complemento de la literatura pero no la suple.

E: Se entiende que el microcuento no es el resumen de nada y viene teniendo su propio nombre y lugar ¿cuál es su futuro?

LV: Todos escribimos microrrelatos antes, en mi primer libro de cuentos hay dos muy cortos que se comentó en un libro de microrrelatos que se llama el Abecedario. El microrrelato tiene muchas posibilidades como una herramienta para transmitir la noción de lo que es la escritura. Te comento una iniciativa que tuvimos con jóvenes escritores en Argentina, los enviamos a las villas miseria y luego a los centros de detención temprana de adolescente para que con ellos escriban historias muy cortas y queremos ampliarlo a las comunidades indígenas y queremos irradiar la idea. Pero ¿porqué lo hicimos? es que el microrrelato de presta para a tener conciencia del lenguaje, del peso de la palabra, qué elegir para contar, cómo vas a armar tu frase, a enfocar y a pesar de que no era gente muy leída, por las circunstancias de su realidad, empezaron a tomar conciencia de lo que es la escritura y para eso se presta el microrrelato para crear historias cortitas y sabrosas, aprender a darles sazón, ese sabor.

E: Y el microcuento tiene mucho de eso, más allá que muchos lo consideren que tiene más humor negro, ironía tiene sabor propio que abarca todo.

LV: Puede ser ironía, trágico, dramático, de hecho yo le llamo a esa variante como “microcuento testimonial” a los relatos que hicieron en el trabajo que te comentaba antes. Un ejemplo de eso: con asociaciones de microrrelatos y Derechos Humanos, se crea el “Basta: 100 mujeres contra la violencia de género”. Allí Pio Barros juntó a 100 escritoras contra la violencia en Chile, luego en Argentina y cuando llega a Perú no había cien escritoras así que fueron a los centros de las casa de las mujeres golpeadas y de allí salieron microrrelatos geniales, porque cuentan su historia no desde lo terrible o patético sino desde la literatura y eso, eso es genial porque las ayudó en algo a sanar.

Sobre “Conversación con las Máscaras”   

E: ¿De qué trata este libro que has publicado con Editorial Micrópolis?

LV: Sabes es un libro que me propone Beto Benza sobre estas máscaras que colecciono desde hace años y que en realidad es así: las máscaras me hablan, me cuentan su historia, y yo solo hago de interlocutora, una especie de transmisora entre ellas y el lector. En casa ellas están en un galpón que tengo y sé que aumentarán cada año. Cada una tiene algo que decir de lo profano, lo sagrado, lo terrenal y lo espiritual.

E: ¿Te estás llevando una máscara en tu paso por Arequipa?

LV: Me llevo dos, que me ha conseguido un maravilloso amigo nuevo que ha logrado para mi estas dos máscaras de una danza que se llama “Diablada” y que seguro también me contarán su historia.

Foto: Adrián Quicaño

Biografía de la Entrevistada

Tomada de https://www.luisavalenzuela.com/

Luisa Valenzuela nació en Buenos Aires, Argentina, un 26 de noviembre. Residió varios años en París y Nueva York, con largas estancias en Barcelona y México. Durante su dilatada carrera, que abarca ya cincuenta años de ininterrumpida dedicación a la literatura, ha publicado más de 30 libros, entre novelas, volúmenes de cuentos, microrrelatos y ensayos.

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Su obra fue editada en más de 17 países de América, Europa, Asia y Oceanía, y traducida al inglés, francés, alemán, holandés, italiano, portugués, serbio, coreano, japonés y árabe. Su particular abordaje de temas y motivos relacionados con el poder, el cuerpo, el humor y el lenguaje la han convertido en objeto de estudio en universidades de todo el mundo.

Acreedora de las becas Fondo Nacional de las Artes, Fulbright (Programa Internacional de Escritores en Iowa City) y Guggenheim, entre otras, Luisa ha desarrollado una gran tarea como docente, dictando cursos y talleres, sobre todo en Universidades de Estados Unidos y México. Su actividad académica se completa con membresías en destacadas instituciones, entre otras: el New York Institute for the Humanities, la Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey y la American Academy of Arts and Sciences.

Durante diez años fue redactora del Suplemento Gráfico del diario La Nación y su notoria labor la hizo merecedora en 1965 del Premio Nacional Kraft. Posteriormente, trabajó durante mucho tiempo en la revista Crisis, y fue columnista y colaboradora de muy diversas revistas y periódicos de la Argentina y Estados Unidos.

“No hay patrones ni moldes si se quiere escribir distinto: escribir de verdad.”

Luisa Valenzuela

A lo largo de su carrera ha recibido distinciones de diversa índole, entre las que se destacan el Gran Premio de Honor de la SADE, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Knox (Illinois) y de la Universidad Nacional de San Martín (Provincia de Buenos Aires), la Medalla Machado de Assis de la Academia Brasilera de Letras, el premio Astralba de la Universidad de Puerto Rico y el premio Esteban Echeverría de la Asociación Gente de Letras. En el año 2017 tuvo además el privilegio de ser designada para dar el discurso de apertura de la 43ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Debido a su amplia trayectoria, ella misma ha integrado el jurado de importantes galardones internacionales, tales como el Premio Casa de las Américas de La Habana, el IMPAC de Dublín, el New York State Council for the Arts, y el Literario de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Su profundo compromiso social la llevó a ser nombrada Fellow del Fund for Free Expression y del Freedom to Write Commitee del PEN American Center, cuya sede en Argentina preside desde el año 2015.

Viajera empedernida, suele dictar conferencias y lecturas en congresos y ferias del libro alrededor del mundo. Numerosos encuentros literarios fueron incluso dedicados por entero a su obra, como el encuentro “Luisa Valenzuela: a symposium” (Universidad de La Trobe, Sydney 1990), la prestigiosa Puterbaugh Conference (Universidad de Oklahoma, 1995), la Semana de Autor de Casa de las Américas (La Habana, 2001), la jornadas “Aproximaciones a la obra de Luisa Valenzuela” (Universidad de Viena, 2008), el coloquio literario de la Feria del Libro de Monterrey (México, 2009) y las jornadas “Luisa Valenzuela, el vértigo de la escritura” (Buenos Aires 2015).

Desde 1989 radica en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde fue declarada Personalidad Distinguida de las Letras y Ciudadana Ilustre.