COMECUENTOS: Aprendiz de pescador

Desde tiempos inmemoriales los hombres cazan y pescan para su manutención. Durante cientos de años el conocimiento pasa de generación en generación para que los vástagos aprendan a sustentar a sus familias en un ciclo que solo se ha visto interrumpido por… el supermercado. Bueno, antes de eso la Edad de Hierro, la Época Industrial, el Capitalismo, los mercados de pueblo, está bien ya no se caza ni se pesca por necesidad, a menos que sea el negocio familiar.

Después de tremenda introducción, diré que en los pueblos de los valles, en especial de aquellos donde discurre un potente río, la costumbre de pescar es casi como un aprendizaje esencial, ni hablar en los pueblos en que hay camarón. En Río Grande, a orillas del cual se encuentra el pueblo de Iquipí, mi padre aprendió de sus hermanos y tíos a pescar camarón y trucha, esta última con sedal y atarraya.

En las historias que me contaban de mi papá y sus hazañas cuando llegó a Cotahuasi, a orillas del río del mismo nombre, lugar donde conoció a mi mamá y coincidentemente río arriba del pueblo paterno, la tónica eran sus clavados que se metía con el río cargado, desde el puente de Luicho, los baños termales famosos hoy por hoy. También relataban su estilo de pescar y cómo sacaba las truchas y pejerreyes para freírlos allí nomas, en una fogata y al sartén de hierro, acompañado de vino y guitarras.  

Por circunstancias que ya no vienen al caso, mi padre no pudo enseñarme esos artes y, cuando en mi oportunidad estuve una larga temporada en el pueblo de Tomepampa a dos horas de Cotahuasi por la ribera del río, quise un día aprender a pescar con el artilugio de malla y plomos. Obvio, había una chica a la cual quería impresionar y por eso llamé en mi auxilio a mi primo Luis Alberto “Chapu”, con el que corrimos varias aventuras en ese año memorable de 1996.

Lo primero que debe saber cualquiera es que la atarraya es circular y que en el perímetro tienen plomos que le darán el peso suficiente para que, cuando sea lanzada con maestría, caiga sobre los peces y los atrape en el laberinto de sus recuadros enlazados. El lanzar es un arte que se aprende con práctica así que empezamos el recorrido más allá de la entrada de Ranrata. Con un brazo se agarra un extremo con la otra, otro y con los dientes de sostiene un tercero, con el fin de que al lanzar la red esta se expanda uniformemente.

Esa es la teoría, en la práctica mis lanzamientos caían como piedra sobre las cabezas de los peces y creo que ni así lograba sacar alguno. Mientras que mi compañero había sacado hasta cuatro de mediano tamaño, yo puro chiquilín nomás tenía en la bolsa. Al llegar al pueblo, con el “trofeo”, justo por la calle se aparece toda ella, con su inolvidable corte muy corto y sus ojos pardos sonrientes, los cuales curiosos investigaron la cosecha pluvial. Su risa cantarina me sonrojó. —¡Y para esto tanta alharaca de que me voy a pescar!, vergüenza debería darles. Y se fue guiñándome el ojo para suavizar la aporreada.

Luego de eso fui una segunda vez más a pescar días después y luego ya no porque tenía que regresar a la ciudad. Pero antes de finalizar, no puedo dejar de recordar que, mientras tiraba con esfuerzo la atarraya, me sentí parte de una historia que no se interrumpe, que continúa, esas ganas de llevar lo mejor a la familia, de pescar algo con tus propias manos. Me sentí cercano y orgulloso de mis tíos y primos que, río más abajo, en el valle paterno, pescaban no por diversión sino para llevar a sus familias el sustento debido, gracias al esfuerzo de sus manos, sus brazos, su propia vida.          

Por: Sarko Medina Hinojosa   

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