El Comecuentos: Historia de una pistolita

Dicen que me parezco a Mathias cuando niño. No creo, mi hijo es guapo, alegre e inteligente. Yo no me recuerdo tanto así, aunque, mis tías queridas de mi gran familia Medina, amigos de mi madre, mis tías Mercedes y Vicky y Julia, mi madrina Brinda, me recuerdan así. Quiero creerlo y para eso, apelaré a una historia que siempre me ha rondado pero no pude contarla nunca entera y ya no podré. Faltan algunas personas para completar datos. Ya no están. Intentaré ser, entonces, lo más fiel posible a esos recuerdos.

Tendría unos cinco años, es más que seguro y en esas vacaciones iba seguido a la casa de mi Tía Sabina, la egresada de la Normal, la profesora y directora, dirigente distrital y piadosa devota del Señor de los Milagros de Mariano Melgar. Ella, junto a mi Tía Meche, su hija, también educadora, me festejaban la llegada, me llenaban de besos dulces y con olor a rico perfume, me dejaban corretear en su patio lindo de piso con detalles y full macetas. Las tardes en casa de mi tía eran deliciosas con un tecito, biscochos y el cuadro del Corazón de Jesús que siempre me miraba a donde me moviera.

En uno de los cuartos, habitaba un marino mercante, o así lo recuerdo, pero que me tenía cariño. Un día, recuerdo vagamente, me ofreció dos juguetes a escoger: una pistola de salvas de papel o una réplica de revólver Colt 45. Escogí la última. Un artilugio casi real, con su tambor que se abría y sacaba si jalabas la varilla abajo del cañón. Era negro y en la cacha tenía unos acabados como en concha nácar. Un juguete muy especial.

Yo jugaba a que era un vaquero, un pirata, un bandolero que salvaba carretas del ataque de los comanches. Era el Cabo Savina, rescatando a una “tana” de las garras del jefe Cohuide en las pampas de Mendoza. Era Mark en un futuro distópico luchando contra mutantes, era el capitán Futuro, Rayman, Súper Siete, un héroe que corría entre las plantas de nuestra huerta con sus pies pequeños, asaltando arañas y mariquitas. Solo en mi ilimitado espacio, junto con Quirón como mi fiel corcel. Tanto era mi cariño al juguete que no sé para qué fiesta en el Jardín, me disfrazaron de corsario, un Sandokán en miniatura, con su pañoleta roja en la cabeza y un ojo parchado, el arma en ristre y una foto que allí se conserva.

Pues sucede que un día en el Jardín de Niños, los hijos de la directora Teresa, me pidieron prestada mi pequeña pistola, un fin de semana sería. El lunes siguiente me entregaron el juguete roto, separada la cacha de nácar. Me mintieron, dijeron que lo dejaron allí y se rompió. Bueno les creímos, pero no era cierto, ¿para qué mentirle a un niño? Visité al marino para ver si podía arreglarla, pero no, su ciencia no llegaba a tanto. Tampoco me regaló la otra pistola, faltaba más que no era beneficencia. Y allí se quedó, ese juguete de tantas aventuras, a un costado de la pileta donde lavábamos los platos. Olvidada en el tiempo.

Me abrazaron mis tías, mi mamá. No me juzguen, para mí era perder mucho, de repente para otros era sólo un juguete, para mí era una forma de hacer realidad mis fantasías, mis historias.  Pero el abrazo que me prodigaron, creo que allí se quedó en remplazo.

Porque era querido. Sí, lo recuerdo muy bien, me amaban, aún lo hacen, una a un piso de mi a la que corro para abrazar, una desde su cuarentena y la otra desde el cielo. La vida es extraña, te lleva por sentimientos encontrados. No sé en qué momento dejé de ser cercano, de ser ese niño inteligente y tierno y me volví hosco, alejado, distante. Y ahora, con 40 encima, quiero ser ese niño y sentir ese cariño. Estos tiempos te golpean duro, durísimo, cada día es un torbellino de emociones y a veces, solo, sentado en una silla, queriendo entender todo, quieres un abrazo y que alguien grande y con olor a perfume rico te diga “Sarkito, todo va a estar bien hijito” y te meta tres besos en los cachetes y la frente. Pero no, eres tú el que se tiene que levantar, abrazar a Mathias, decirle que todo estará bien y sacar fuerzas de esos abrazos que sobrevivieron el cataclismo de tu juventud, para volverse así, tiernos, cariñosos y fuertes para proteger a tu tesoro, a tu pequeño aventurero que espero, que recuerde también, cuando lo necesite, estos cariños.

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Por: Sarko Medina Hinojosa, relato publicado en Semanario La Central Noticias

El Comecuentos: Aló Gisela y el sinsuerte

Cuando tiro una moneda al aire y digo cara, la moneda cae por el escudo. Intento la fórmula contraria y lo mismo. Si digo que saldrá alguna de las opciones, la moneda cae exacto por el borde y ahí se queda, parada. Nunca he tenido suerte en los concursos. La única vez que tuve el globo grande en los sorteos de Globos Payaso, fue porque me lo terminó regalando mi mamá Hilaria, reseco y viejo ya de un año de tentar la suerte de otros.

Serio, no se rían pues. Una vez, allá en Villa Rica, hubo un Bingo en el colegio secundario Leopoldo Krausse. Emocionado con mi cartilla iba dándole vuelta a las pestañitas. En una de esas que me distraigo, seguro pensando en la multiplicación de las hormigas en Tongoyape y sus castas sociales, veo en la pizarra que usaban para llevar la cuenta que estaba el numero que me faltaba para el premio mayor, ¡cartilla llena! Emocionado bajo gritando como un poseído “¡Bingo!”, luego de hacer el recuento, por los parlantes anuncian mi error. Lo que pasó es que miré por atrás la pizarra de los números y el que supuestamente me daba la victoria total aún no había salido, dos números más y otro gritó su suerte.

No solo a mí me pasan esas cosas. En tiempos en que los bochos eran los carros del populorum peruano, Detergentes Ña Pancha saca un superconcurso nacional para ganarse uno de varios vehículos sorteados, lo que debían hacer la compradora era buscar en el interior de las bolsas un minijuguete representando al carrito. Mi mamá Hilaria, recia mujer de manos callosas a punta de cargar ella sola jabas de cerveza, sacos de ojotas, arroz y azúcar para la tienda en Cotahuasi, no tenía tiempo para andar revisando esas co…njunciones, así que al vaciar un poco de detergente para una lavada rápida al amparo de las horas muertas del mediodía en el negocio, salió disparado el juguetito. Y ni lo miró irse por el hueco de desagüe. En la tarde mientras contaba lo sucedido a mi mamá y mi tío, la desazón los llenó por completó, aunque Hilaria les hizo terminar igual su plato de comida que para desperdiciar no estaban.

Pero el más triste de todos los fracasos en concurso, sucedió un día en la tienda que mamá Hilaria puso aquí en Arequipa, luego de trasladarse con todas las chivas, espantada por los disparos terrucos de Sendero allá por el 89. Una tarde en que estábamos mi madre y yo en la tienda, entra un señor con uno de esos maletines con doble seguro de metal, forrados con imitación cuero. Lo pone encima del mostrador y, con mucha premura nos pide que le pasemos las cajas de sazonador Sibarita que teníamos en existencia. Se presentaba como representante del programa Aló Gisela, famosisisisimo espacio televisivo noventero en el que la otrora vedette, encandilaba a todos por las mañana y medio día con concursos.

Nosotros no teníamos teléfono para que nos llame, es la verdad, pero saber que podíamos ganar algo me emocionó. Y allí estaba un papelito con un número, el señor cotejó una lista y nos anuncia que éramos los ganadores de un equipo de sonido Sony. Era la maravillas de maravillas, doble casetera, tornamesa automático, con grabador y potencia de 500 watts. Salté de alegría, nunca más la mala suerte nos perseguiría. Pasada la emoción el sujeto nos pide cinco cajas de Aspirina. Solo teníamos dos. Así que nos dice que es requisito tenerlas que ya llegaba la camioneta del concurso y si no teníamos eso no ganaríamos. Mi cara de felicidad cambió a desesperación, ¿qué hacer?, la solución la propuso el mismo caballero, nos podía vender las tres cajas faltantes a treinta soles cada una. Vacías, obvio.

Mi madre no quiso aceptar nada. Yo me puse histérico, era un equipo mamá, no podíamos perderlo. Pero ella dijo que había arreglado la zona de condimentos y cuando lo hizo no encontró ningún papelito. El sujeto dijo que qué pena, que pérdida y se fue. Yo estaba enojado con mi mamá, hasta que la camioneta que nunca apareció y luego el ver el programa y no ver ninguna mención a un concurso de tienda por tienda, terminó por señalarme mi ingenuidad.

—Sarko, ¿Por qué cuentas solo ese episodio?, todavía triste.

—Pero mamá es la verdad, nunca tuve suerte en concursos ni sorteos, solo para exponer primero nomás en la U ganaba un primer lugar.

—¿No te acuerdas del juego de cucharas en el jardín?

—¡Es verdad!

—Bueno ahora me toca contar a mí, sucede que en el nunca bien ponderado jardín de infancia Ovide Decroly en el que estudiaba Sarquito, en el Día de la Madre nos convocaron a todas y hubo un sorteo, siendo yo la afortunada ganadora de un hermoso juego de cucharas para té, helado y postres con una bella tapa roja. Durante mucho tiempo, mi retoño, me repetía que ese juego lo había ganado gracias a él, porque estudiaba en ese jardín y era su mamá así que si no fuera su mamá no lo habría ganado. Aún lo conservamos casi completo en casa. Así que no le crean cuando dice que no tiene suerte que está exagerando. Ahora sí a otro cuento, vamos a comer helado con Mathias.

—¡Vamos!

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Por: Sarko Medina Hinojosa

Relato publicado esta semana en La Central Noticias

El Comecuentos: El nacimiento del cuentero

Por: Sarko Medina Hinojosa

—¡Papá!, que linda es la historia del nacimiento de Jesús, pasaron por muchas cosas.

—Así es, Mathias. No fue fácil traer a ese niño a este mundo.

—Papi ¿Y tú cómo naciste?

—Bueno, la historia se la has escuchado a mi mamá Liliana, pero te la recuerdo porque no siempre la contamos completa.

“Mi mamá me esperaba con mucha ilusión cuando estaba por cumplir 16 años. Allá en Cotahuasi, ella estudiaba en el Colegio Mariscal Orbegoso y ese era su último año. Mi Mamá Hilaria quería que viajaran ese mismo 17 de diciembre, pero mi mamá quería recibir su diploma. La competencia era brava en secundaria, varios se esforzaban por sacar notas excelentes. Mi tío Max, logró el diploma que le acreditaba el pase sin examen a cualquier universidad que quisiera, tu abuelita también se había esforzado por ello.

Pero ese último año fue complicado, se enamoró de mi papá, se casó y el embarazo le complicó los estudios, así que sus esperanzas apuntaban más al tercer puesto. Comprendido el asunto, tu bisabuelita la dejó estar un día más. A la ceremonia, no asistió mamá Hilaria. La respuesta de siempre era por el negocio de la tiendita, que tenía que atenderlo. Era una fecha importante, claro, pero se entendía todo, aunque seguro a mi mamá le doliera aun así.

El caso es que en la ceremonia, luego de toooooodas las entregas de diploma, llegaba la final de finales, turururururú. El tercer lugar era para un compañero que siempre estaba por ese puesto, así que mi mamá se desanimó, no creía que en el segundo estuviera, pero entonces nombran al que siempre le hacía la competencia en el puesto. Eso quería decir que la tercera compañera que siempre perseguía la excelencia ganó el diploma. Pero no. El orador dijo el nombre de mi mamá. Terremoto. Los papás de la chica corrían hacia dónde el director, donde el subdirector, pero ya el anuncio estaba hecho, es más, trataron de que se le quite mencionando su estado y otras cosas que bueno ya sabemos la gente criticará siempre, pero ella se ganó a pulso su diploma y claro, mérito mío también que seguro la animaba a estudiar jalándole el cordón umbilical cuando se dormía, ejem, ejem.

Cuando llega a darle la noticia a mi abuela, ella ya estaba invitando unas cervezas a los profesores. casi me salgo allí de la colerina que hizo mi mamá, pero el tema pasó rápido porque tenían que alistarse, el viaje era largo, más de 16 horas en ese tiempo bajando de más de 4 mil metros a esta Arequipa nuestra.

Ya aquí, el 18, no sabían bien qué hacer, en el hospital Goyeneche le dijeron que como era menor de edad tendría que ser cesárea, pero mi mamá Hilaria recordó en voz alta que una de sus parientes murió así. El susto a mi mamá ya no se lo quitó nadie y tuvieron que contactar a una partera para cuando sucedieran los dolores. En la noche como que esos dolores se le vinieron encima, aunque ambas creían que era cólicos por la copiosa comida del día. Pero ya en la madrugada la cosa estaba fuerte, así que convocaron de urgencia a mi tía Sabina, quién llegó con las órdenes expresas de calentar agua  y preparar toallas misma película mexicana, mientras la partera llegaba un rato después envuelta en un saco de pieles, como de gala para el acontecimiento, jejeje.

Nací, después de que mi madre tuviera que buscar en sus instintos maternales la forma como dar a luz y las indicaciones cruzadas de las presentes, a las 7 y 20 de la mañana del 19 de diciembre de 1978. Casi de inmediato, y mientras aún me recuperaba del paso de lo calientito al frío arequipeño de ese día, mi tía Meche me puso en las manos una moneda y un periódico. Según cuentan arrojé la moneda y me aferré como un náufrago al papel.

Mi mamá me buscaba y no estuvo tranquila hasta cuando me tuvo a su lado. Nos presentamos correctamente, para ella era algo tan suyo y yo tan de ella. Así fue nuestro primer encuentro y gracias a Dios aún seguimos aquí para amarnos mucho y a ti también Mathias.

—¡Qué bonita historia!, y ¿Cómo yo nací?

—Huy hijito, esa es otra historia para otro Comecuentos, queda pendiente entonces.

Relato publicado en La Central Noticias

El Comecuentos: Palmas para el goleador

El fútbol para muchos es un más que una pasión, si eso ya es posible, es un estilo de vida y rige sus pasos: las amistades, la familia, los lugares por los cuales transitar y hasta inclusive los colores con los que se ha de vestir.

En Argentina esa pasión y estilo de vida se respira por las calles. Y no hablo de la cosmopolita Buenos Aires, sino en las provincias. Durante mi paso por Deán Funes, ciudad del noroeste de la provincia de Córdoba, los jóvenes entusiastas en Las Canteras, jugaban diario al deporte rey, en una cancha desnivelada que hacia que la pelota bajara por la gravedad a uno de los arcos, para compensar se celebraban partidos de 5 minutos por lado para que la cosa no termine a las “piñas”, como le saben decir a meterse caricias que duelen por esos pagos.

El espécimen peruano que era yo, en ese 2007, pues representaba el ideario de un fútbol admirado en la Argentina: Cueto, Cubillas, Quiroga.

—Che peruano, tú debes jugar como Reyna, ¡Fah! Que tal pedazo de marcador, lo tuvo de hijo a Maradona en ese dos a dos histórico.

—Mi no entender fuchibol, esquiusmi.

—Serás loco, peruano y las mil… ¡cómo no vas a saber de fútbol!

Es cierto, yo de fútbol sé que el Juventus es de Italia porque mi papá era presidente de su émulo, un equipo que presidió en Chuquibamba, luego que juegan 22 persiguiendo una pelota y que si haces caer a uno cerca del arco es faul. Eso último porque fui arbitro, (ejem, ejem) en un partido importante allá por Toro en la provincia de La Unión.

La cosa es que no nunca le entré al deporte, y fuera de ganar un torneíto de uno contra uno allá en el 93 en mi cuadra y esa historia del arbitraje peligroso que en otro Comecuentos relataré, yo del deporte de los 45 minutos por tiempo, no sabía nada. Pero, allí, en las sierras cordobesas, hablar de fútbol era mencionar a Belgrano y Talleres, y sus hinchas eran rivales perpetuos.

Un día en plena mesa, dos chicos de ambos equipos estaban discutiendo sobre quién era mejor.

—Andáaaaa pecho frio, que ustedes solo tienen copas porque se las regalan.

—¡Decímelo de nuevo!

—Te lo repito y que pasá, nada porque sos un careta.

—¡Agárrame que lo parto, viejo!

Para ese momento ambos jóvenes ya se habían parado y estaban por lanzarse uno contra el otro, cuando el “viejo” que no era otro que un remixero cordobés con unos 60 años, pero de cabello más blanco que las nieves en los Andes, se puso entre ambos para apaciguarlos, pero los pibes no se tranquilizaban, hasta que el mediador se cayó faltándole el aíre.

—No me hagan esto, chicos, a mi me da, a mí me da.

Felizmente no le dio nada al “plateado” y todo quedó en nada, pero me quedó grabado que se tomaban en serio el tema.

Sucedió que nos retaron a un amistoso con un equipo de tercera división de la ciudad. Pero debían ir mínimo trece, por si había cambios. Y había varios castigados. Arañando lograron sacar doce. Luego de varias promesas que no entraría en ningún momento a la cancha, accedí a ir.

El partido de arranque era una matanza, entre que los nuestros estaban acostumbrados a la canchita desnivelada y que los otros estaban jugando como si fuera la final de la Libertadores, metieron dos goles y nos fuimos al segundo tiempo. Al comenzar los descuentos se lesionaron dos de los nuestros y un gol de honor fue metido. Pero lo peor sucedió: otra baja y el director técnico y jefe de la obra miró a su banca y… pues allí estaba yo, más de narrador del partido para las voluntarias de la ciudad que prestando atención. “Ché, peruano, tenés que entrar”. Lo dijo con tanto dolor y yo como estaba en plan demostrativo de mi valía, pues que tuve que entrar. Pero me fui para donde siempre iba en casos así: a la punta derecha, de “lauchero” para dirigir el encuentro en cancha.

Recordé los partidos en las Olimpiadas Cachimbo en el 97, en la histórica cancha Hochiming de la UNSA en que entraba para que no nos ganaran por offside.

—¡Loco!, pateála para asha. Marines, el David está libre, pasasela, ¡Juan!, dejá de agarrarte la melena y pateáaaaaaa.

Así me pasé varios minutos dirigiendo con maestría a los jugadores del equipo, cuando otra tragedia sucedió: me encontraba libre para que me pasaran la pelota y, pese a mis señas de que ni se atreviera el Riojano, este la eleva y me la deja rebotando, justo como para que, encomendándome a san Judas Tadeo, cerrara los ojos y disparara el pie derecho.

Gol.

“Tremendo remate del peruano Medina, quien estaba habilitado por la banda derecha y subió al área chica y de un solo derechazo hundió el esférico en la red, sin que el arquero pudiera hacer nada, golazo que pone el marcador dos a dos y esto está para cualquiera”, era la narración que sonaba en mi cabeza. Tres minutos más tarde pedí el cambio con el Pablo que ya estaba recuperado y me fui a la banca.

—Ché, pero ¿por qué te sales si estas que la llevas?

—A mi me han enseñado que hay que retirarse, cuando las palmas aún suenan.

—Jajaja, peruano loco.

Y así terminó la participación de un peruano en el histórico Estadio Municipal “Fuha Cordi”, de la ciudad de Deán Funes, en marzo del 2007. La historia contará su hazaña.

Por: Sarko Medina Hinojosa

Relato aparecido en el Semanario La Central Noticias

#Compartiresapoyar

Búsqueda: ¿Cuánto vale “Historia de un Deicidio” autografiado por MVLL?

Por: Sarko Medina Hinojosa

El agua con lejía sale formando un disparo que se abre en varias direcciones y moja todo con gotas de rocío.

Su primera esposa se llamaba así. Enamoraron cuando ella hacía su trabajo comunitario en un pueblo de la sierra y a él lo invitó un amigo de la universidad a pasar las vacaciones. Se quisieron mucho por varios años, pero, luego el 2020 cambió todo. En un poema, anticipando el final del idilio, ella le escribió: “Soy las gotas del rocío de la mañana que empaparán tus recuerdos, cuando ya no seas mío”. Era una gran lectora, le contaba sobre autores, sus anécdotas y fama.

Limpia el escritorio con delicadeza, sin apurarse. A su edad la rapidez solo conduce a sofocarse y, en esos días, cualquier acelerada a su corazón puede costarle caro. Para evitar cargar todo de una sola vez, en las últimas semanas fue desocupando sus cosas.

Admira la superficie de madera brillante. En ese escritorio, cuando lo ascendieron a jefe, con Rocío hicieron el amor entre risas y fingidos papeles entre el jefezote y la secretaria. Nunca tuvo una, solo asistentes varones con los cuales cumplió su labor diaria, durante 33 años. El mueble era de roble, sin necesidad de que se lo cambiaran en todo ese tiempo, solo una pulida y barnizada.

Allí firmó papeles, también los de su divorcio para enviarlos por PDF hasta el pueblo en que fue a refugiarse la madre de sus dos únicos hijos. Ella le enseñó a limpiar las cosas con cuidado cuando empezó la pandemia. La presión del trabajo, el miedo constante que llegara contaminado, los secretos que poco a poco salieron a la luz y sus propias ansiedades, los llevaron a la decisión final de o ellos o su trabajo. Se fueron los tres y él se quedó enfrentando la segunda ola del “bicho”, en octubre de ese fatídico año.

Un mes después, sus hijos le contaron que no sufrió mucho, dejó de respirar cuando llegaron al minihospital de la capital de provincia, que la crisis le dio en la noche y duró tres horas, nada más.

Le hubiera gustado estar allí. No se podía viajar. No alcanzó a llamarla. Nunca se lo perdonó, pero la vida le apaciguó el alma y ahora era un pinchazo que se le reavivaba cada noviembre.

Ahora, que estaría libre, podría visitar a sus hijos y rezarle a esa caja en la que estaba.

Podrá hacer varias cosas. Lo que no haría será enterarse, anticipándose siempre a todos, con la única tarea para la que se sabía perfecto: la de saber.

Se hace tarde, reanuda la limpieza, ahora en los equipos de cómputo. Su ordenador sí cambió en esos años. Tuvo uno muy básico, una HP 280. Luego, una Pentium 2, una i2, una MAC, muy mala al final que tuvieron que cambiarle por una laptop Toshiba y luego una i7, una celeron3000 y finalmente una iPac de Huawei con una resolución casi perfecta, aún para sus disminuidos ojos.

En todas ellas era la misma misión, redactar notas de prensa, documentos que el Gerente General debía firmar, autorizaciones, informes de investigación, saludos protocolares y demás. Siete jefezotes, pero él siempre permanente. Dos veces lo quisieron cambiar, las dos veces lo repusieron. Sus conocimientos no eran los más modernos, pero eran efectivos, concretos, sabía el teje y maneje en medios y también los internos.

Durante la crisis del 2020, sus conocimientos fueron esenciales para ahorrarle a la empresa multas en despidos o suspensiones perfectas. Conocía a todos los trabajadores y también algunos de sus secretos, de tal manera que acordaba con cada uno recortes salariales en beneficio del colectivo, con tal de no cerrar y que conserven sus trabajos, sin llegar a especificar su conocimiento, pero insinuándolo.

Solo una trabajadora no tuvo ese recorte. La Secretaria de Gerencia. Antigua como él, pero que le conocía un secreto. Abogó por ella.

La verdad es que tuvieron algo. Se llamaba Marta, como la canción y hasta se la cantó. Ella se reía de sus intentos. Le propuso algo sencillo, unas cuantas salidas, un par de veces en esa misma oficina y sillón terminando en una travesura meridional, con más risas que conclusiones placenteras. En un acto de sinceridad se lo confesó a Rocío a mitad del primer estado de emergencia nacional, como para quemar puentes y que se fuera con sus hijos a la seguridad de la sierra y su aire puro. El “bicho” la buscó incluso allá. Su sinceridad no valió de nada.  

Marta no sobrevivió a la pandemia. Como tantos otros: Rocío, un par de sobrinos y varios vecinos. En la empresa fueron 6 los fallecidos. Golpes duros, pero se afrontaron, no se contrató remplazos, los que quedaban asumieron labores extra. Fueron 5 años de esfuerzo por no quebrar. Sus hijos se casaron y no abandonaron la casa en la sierra ni la caja de su mamá.

Luego de la pandemia y sus tres rebrotes, muchos prefirieron la paz de los pueblos serranos. El Gobierno dispuso que la Internet sea gratuita y eso mejoró el teletrabajo, en especial la docencia universitaria. Sus hijos eran catedráticos. Orgulloso, limpia la foto familiar. La guarda junto a un libro en su maletín.

Termina de limpiar, no quiere dejarle algo sucio al nuevo relacionista. Lo convencieron de retirarse. No mucho, ya lo había decidido. Su nueva esposa era algo menor y querían sembrar árboles frutales y hierbas aromáticas en una hacienda que compraron a precio regalado por Sabandía. Una buena inversión que pagó al contado, para no tener deudas. 50 mil dólares le costó.

—Muy bien, me retiro Don Fermín.

—Ok, Señor Mendieta. Pero, antes que se vaya, tengo una duda.

—Cuál será.

—Se supone que en su oficina había un pequeño museo de la firma, equipos antiguos y un librero lleno de ejemplares únicos. Pero, cuando se hizo el inventario el 2027, ya no constaban varios, así como reliquias invaluables en maquinaria antigua. Son 467 libros, incluyendo la colección de Historia del Perú de Basadre original con sus anotaciones, cámaras fotográficas, miniproyectores… la cual ahora vale una pequeña fortuna en Amazon.

—Claro, claro, pero, como consta en el reporte, al parecer se los llevaron los trabajadores de fumigación. Cuando regresamos después de la primera cuarentena ya no estaban. Raro en verdad, pero ha pasado tanto tiempo que ya ni recuerdo bien…

—Es imposible que tantos libros desaparecieran así. Esta empresa tiene casi 150 años, su área era la responsable de cuidar ese material.

—Sabe que los únicos que regresamos a este local fuimos un personal de secretaría, uno de recepción, dos de despacho y yo. Todos se fueron a la nueva central en La Joya mientras duró la pandemia, incluso Gerencia General. Luego, todo se pasó a digital y con el desbarajuste que se formó aquí en el centro, pasé solo en la oficina por casi dos años. Nadie quería venir a trabajar aquí. Solo yo me atrevía a venir de mi área para poder digitalizar todo. Fue un trabajo duro. Difícil. Pero lo hice, aprendiendo algunas cosas en el camino.

—Lo entiendo, pero no puedo firmarle su salida hasta saber qué pasó realmente con ese material, sería un gran activo de la empre…

—Digitalizar todo, es un trabajo que me dio la oportunidad de tener acceso a cámaras de seguridad y crear respaldos, fue una medida de seguridad que acordamos con el Ing. Benavente… estuvo como hace 5 gerentes generales antes que usted. Esas grabaciones eran de respaldo porsiacaso pasara algo con los de la central. Como sabe, en plena cuarentena dos de los servidores se malograron por una baja de potencia. Luego volvieron todos a esta sede, pero el resguardo de videos continúo bajo mi supervisión.  Felizmente está todo salvaguardado… Bien nítido todo ¿sabe?

—Espere, eso no lo sabía.

—Sí, es parte de mi trabajo comunicárselo al nuevo Gerente cuando sale de su puesto, pero como el que se va ahora soy yo, le aviso. Aquí está el respaldo. Son 300 teras de información de los últimos años en 5 discos láser. Pero si desea ser exhaustivo, puedo entregar esta información a la junta de accionistas directamente para que nombre una comisión de revisión para analizar todo lo que pasó en esta sede, hasta puedo presentar informes, incluso lo de esos años, incluso lo de hace dos semanas… Porque si bien se puede borrar registros en la central de vigilancia, en estos discos, pues no.

Hay silencios nobles, cordiales, tensos, con el odio cargando el ambiente y hasta graciosos, silencios que se rompen con un beso apasionado o con una risa nerviosa, como fue ahora.  

—No, no es necesario Señor Mendieta. Le firmo el cargo de los discos láser más bien, como dice lo de los libros está en el informe, no creo que sea necesario molestarlo, en especial por todo el sacrificio que ha hecho por esta empresa en el área de comunicaciones.

Mientras manejaba a su casa, el neojubilado piensa que los hombres repiten acciones y costumbres, pecados y excesos. En el caso del nuevo gerente general, también quiso celebrar su ascenso estrenando su escritorio. Pero la elegida no era su esposa. Era una de las jovencitas de despacho. Eso se notaba en los videos 5K. Lo que nunca se notaría, porque aprendió a evadir la filmación, sería la costumbre que tuvo de llevarse un libro cada día en esos años en que la soledad de su trabajo le permitía no solo aprender sobre digitalización de documentos sino también a manipular cámaras y averiguar costos de libros antiguos y máquinas vintage en Amazon, que con el tiempo aumentarían mucho más su valor. Incluso ahora, en su maletín, llevaba un libro autografiado de Mario Vargas Llosa para uno de los gerentes. Ese ejemplar de “Historia de un Deicidio” valorado en 5 mil dólares, le daría lo suficiente para pagarse un buen viaje donde sus hijos, llevarles regalos a sus nietos y, de repente, hasta un disfraz coqueto de secretaria para su nueva esposa. Sonrió.    

(Relato aparecido en la página Entérate)     

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El Comecuentos: Ceviche con tomate

Por: Sarko Medina Hinojosa

“Mi Mamá Hilaria cocinaba el mejor estofado del mundo. Fin.”

Cada cual tiene en la mente algún potaje de alguna de sus abuelas que es incomparable y, la medida de sabor o gusto por algún plato se mide en si es parecido al que preparaban ellas. Ni Gastón Acurio ni la Tía Veneno de la esquina pasan la prueba si no se parece a las ricuras que preparaban esas manos arrugaditas cual pasa.

Yo aprendía a cocinar más bien con ella. Fue una cuestión de vida o muerte. Es decir, la mía, porque se le metió a mi ancestra que debía aprender a cocinar. “No quiero que sufras como tus tíos”, fue una enigmática frase que se le escapó y que recién, años después, comprendí.

Hasta ese entonces me encargaba de prender el Primus, pero ahora era ya no solo era darle bomba como desquiciado al primus que teníamos, echarle kerosene al platito del quemador sin que rebalse y luego prender el fuego con riesgo de incendio. Y si se tapaba échale a la “aguja”, que era un hilo de metal ajustado a una lámina. Muchos hemos perdido la vista en esos intentos, porque de pronto se destapaba el bendito asunto y te bañabas en kerosene y corrías a lo bonzo, quemándote en tus propios jugos.   

Pues a Hilaria se le metió que cocinara, que aprendiera a freír siquiera un huevo. Bueno eso fue fácil, luego de la amenaza de que no cocinaría más si no aprendía a dorar un futuro pollo en la sartén. Y de verdad no cocinó. Vencidas las rabietas y con el estómago suplicante de comida, accedí a que se me enseñé el arte de quebrar el mejor de los protectores naturales del embrión polluno y desparramar en aceite caliente el contenido. Una proeza que me certificó como freidor profesional que hasta con bordes crocantes y yema cruda sacaba en tiempos precisos para desayunar y seguir con la vida.

Alguna vez ya conté que el que hacía el mercado en casa era yo. Por una suerte de que mi cara de chibolo apaleado y monse despertaba caridad y me llenaban de hierbas como apio, hierbabuena, culantro, huacatay y demás la bolsa de mercado las caseras y porque la carne me la daban suavecita. Veinte soles me alcanzaban para el recado de los dos. Veinte soles juntados centavo por centavo en la tiendita de la esquina. No había lujos, había amor.

Me estoy perdiendo del tema. Perdonen.

El tema es que mientras aún no salíamos del asombro del Smooth Criminal de Michael Jackson en la radio, ese verano del 89 se presentaba la mar de aburrido. No tuvo mejor idea mi abuela que terminar de perfeccionarme en las artes de la cocina, como el graneado del arroz que, si bien sería lo más básico, tiene su gracia y maña. Una medida por dos de agua reza el dicho, pero, antes siquiera de pensar en lavar los granos camanejos, había que escoger y sacar los gorgojitos y piedritas, no se te vaya a quedar una muela partida en medio del deguste. Luego lavar tres veces y listo para la olla en la que debía haber rehogado ajitos y aceite, luego el agua, luego la pimienta entera y medio tapar la olla. Cuando estuviera hirviendo y en un momento en que prima el cálculo diferencial y teoría de cuerdas, bajarle el fuego y colocar la latita. Listo, arroz graneado.

Un día, de esos que Borges anunciaba en sus cuentos bajo misteriosos enigmas, se le ocurrió a mi abuela que hagamos ceviche. Pues bien, la recomendación fue comprar Jurel, porque era barato. Luego de lavar, eviscerar y sacarle esa línea dura del lomo, vino la parte lamentable de sacarle una por una las espinas para que quede solo pulpita. Luego que, que de que, cómo se hace el cebiche mamá Hilaria, no sé, tu sabrás, yo no sé, pero debes haber visto en la tele, qué haces metido allí todo el día entonces, pero no pasan recetas de cocina, y ese tal Gastón, ese es un español, pero sus recetas son de España, ¿allá no hacen cebiche?, no para nada, pero es fácil, bueno vamos a ver, qué lleva, limón y cebolla, claro eso lleva y tomate, ¿tomate? Estás seguro, sí, claro, por supuesto. Y allí estaba el Sarko pelando tomate y cortando, para preparar la mejor zarza de pescado que se pudo hacer. Felizmente no pasó nada y el mundo siguió girando pese a la herejía cometida.

PD: Quedo rico nomás.

PPD: Tenía 11 años no me juzguen.  

Relato aparecido en el Semanario La Central:

El Comecuentos: Quirón, el perro guardián

Tener una casa grande y con huerta amplia tiene la ventaja para un perro de correr a todos lados y sentirse contento. Así, seguro, se sintió Quirón cuando llegó a mi casa allá en un lejano 1982. Era enorme y de raza Boxer bien ñato. Sin error puedo decir que fue el perro con más pedigrí que hemos tenido. Mi madre recuerda que fue mi tía Delia la que les regaló el cachorro allá en Camaná. Aquí, en casa arequipeña, adoptó manías propias del lugar, como comer a grandes bocados los panes tres puntas que traíamos las mañanas de la tienda de la “Pestañuda”.

Creció conmigo y para mi defensa. En serio, dicen que me quería tanto que se enfrentaba a mi madre cuando esta me reñía por alguna travesura. Si por allí hacía caer algo y el “¡Sarko! ¿qué has hecho?” amenazaba palmada en el poto calato, Quirón se paraba frente mío y los dientes pelaba acompañado de un rumor que hacía desistir de poner coloradas mis posaderas.

Mi joven madre estudiaba en la universidad fundada por el Padre Morris allá en Umacollo y no tenía más niñera que el enorme animalote, que era como un tiranosaurio Rex, como los que leía en los libros Tecnirama de mi tío Max. Tanto era su cariño que, en la tarde, cuando el dolor de no tener a mi madre se revelaba en llanto, llevaba mi ponchito blanco con rayas café y nos sentábamos en la puerta a esperarla. La sentía a cuadras y ladraba para avisarme que me despertara y la recibiéramos con besos y lengüetazos.

Al que no le caía tanto en gracia era a mi tío Max que andaba desalojado de su propia cama, porque el animalote creía que era la suya. Aprovechaba que mi tío descansaba del trajín universitario en la escuela de Ingeniería Geológica de la UNSA, en la que se devanaba los sesos, para con sigilo colarse, primero en la parte de los pies y luego subía hasta estar espalda con espalda y mi pobre pariente al filo de la cama. Varias veces la gravedad hacía de las suyas y terminaba con su humanidad en el piso y reclamando al can por su duro despertar. Los rumores eternos de entre dientes lo desanimaban de aplicar algún correctivo, mas bien.    

Mi educación, aparte de los libros azules con letras amarillas de la hermosa colección de la que comenté al inicio, se basaba en largas lecturas de las historietas gráficas que mi padre traía y cambiaba cuando bajaba de Chuquibamba los fines de mes, pero, no todo podían ser vacaciones para mí, así que me matricularon en el jardín Ovide DeCroly a dos cuadras de mi casa, regido por la nunca bien ponderada Maestra Teresa. Casi todos los vecinos de la Arias Araguez, San Miguel, República y hasta América estudiábamos allí. Mi guardespaldas privado tuvo que aprender a llevarme hasta el lugar. Supongo que era para la risa y para el miedo verme en toda mi chatez, caminando al lado de ese magnífico animal café, con las orejas negras y el hocico oscuro cual agujero negro.

Tengo recuerdos muy específicos de mi mascota guardián. Su suave pelaje. La rasposa lengua que me llenaba de cariño. Los atardeceres juntos esperando a mamá. Mis lágrimas que él consolaba con su calor, bien abrazadito a su cuello. Nuestros saltos cuando llegaba ella. La vida tranquila en una cadencia de horas disfrutando corretear por la huerta con mi compañero. Y nuestro gusto por comernos pan tras pan.  

Coda: Un día, en mis cinco años, se salió a dar su vuelta sabatina por la cuadra. No volvió más. Dicen los vecinos que se lo llevaron en una camioneta blanca. Lloré mucho. A esa edad las pérdidas son monumentales, pero también, bendita inocencia, se pasan rápido. Aunque de tanto en tanto, cuando veo una camioneta Toyota de una sola cabina, me ilusiono con ver saltar a mi guardián protector y correr juntos a esperar a mamá.         

Cuento aparecido en Semanario La Central

EL COMECUENTOS: La yerba mate no tiene fronteras

En nuestro país no existe una bebida hecha con la yerba mate (Ilex Paraguariensis) ni la costumbre de tomarla. En realidad tenemos nuestro mate de hoja de coca y la chicha. Pero, la difundida bebida que toman por igual paraguayos, brasileños del sur, uruguayos y argentinos, en cada parte tiene sus connotaciones especiales y formas, pero en todas existe un lazo indisoluble en su consumo: la compañía y la conversación.

Supe de esa bebida gracias a las historietas de Pepe Sánchez que aparecían en la revista El Tony de la mítica editorial argentina Columba. El súper agente de la CES (Centro de Espías Sofisticados) bebía la yerba con palito, siempre con su tetera en mano y algo que parecía una pelota con un tubito por donde bebía el brebaje desconocido para mí.

En el 2006 llegué a tierras gauchas y casi desde el primer día alguien me pasaba la calabaza con la bebida. Allí aprendí que hay dos formas de tomarlo concretamente: dulce o amargo. Que en provincias lo prefieren con yuyos, es decir con hierbas aromáticas, como el poleo, el burrito, etc. Que hasta con leche se puede tomar. Que la temperatura ideal del agua deben ser unos 70 grados centígrados sino sale “fiero”. Y que los famosos “palitos” sirven para mantener la estructura correcta de la hierba dentro del recipiente. Ahhh y que no digas “gracias”, serio, es que si dices eso ya no te sirven y quedas aisladito, se dice eso cuando ya no quieres más bebida.

Allá en Las Canteras en Deán Funes en Córdoba había un señor mayor al que llamábamos cariñosamente “papi Edgar”, un bonaerense que se levantaba temprano para poner la pava (tetera) al fuego y esperar a este peruano para servirle unos “amargos”. Aprovechábamos para conversar del día y de las labores, recuerdo con mucho cariño que siempre decía: “El culpable de todo es Sarko, porque siempre hay que echarle la culpa al más bueno”, haciéndome sentir querido a miles de kilómetros de mi tierra. Otro gran amigo que hice, de los muchos de verdad, es Carlos, un cordobés que me regaló una calabaza de mate y que con su familia, aún con la distancia tenemos una gran amistad. Te debo una visita genio. Tantos nombres se me vienen a la memoria, como de Adriana, Gisela, Any, Alberto, P. César, Juan, Maximiliano, tantos amigos.

Por cosas del destino me enviaron a Paraguay, hermosa tierra de lindos atardeceres, justo cerca de la frontera con Brasil a La Paloma de Canindeyú. Allí aprendí a tomar más el mate cocido en las mañanas, ahumada la yerba con unos carbones encendidos. Luego, en la pausa del mediodía a tomar el tereré, bebida fría mezclada con varias hierbas aromáticas y solo agua bien fría. Me explicaron que en la fatídica Guerra de la Triple Alianza, era difícil prender el fuego para calentar el agua y tomar el mate, así que lo empezaron a tomar frío. Eso me contaron. Me parece algo lógico pero también habla de la terrible situación que se vivió en esa época en que niños hasta de doce años tuvieron que luchar.

Las tardes del domingo, en que se descansaba, se ponía una película de diferentes géneros para ver. Allí se me pegó la costumbre de tomar un tereré hecho con el jugo de la burucuyá (maracuyá), y lo pasaba entre los asistentes. Aprendí que el que sirve los mates tiene la responsabilidad de cebarlos bien, procurar renovar con yerba nueva para que no salga muy lavado el sorbo y tener el agua a temperatura óptima. Aprendí que es una forma de servicio especial, nunca impuesta y hecha con cariño. Un sacerdote amigo de la obra en la que estaba, me regaló una “cuya” hecha con el cuerno de un toro y que conservo con cariño, además del que guardo por tantas personas que igual me hicieron sentir en casa, como Angélica, las hermanas vicentinas una de ellas sobreviviente de Hiroshima, Bruno, Jerson, estos dos últimos amigos brasileños.

Por esas vueltas de la vida que me deparó esos años, terminé yendo a Brasil, a Casca en Rio Grande Do Sul. Allí aprendí a tomar el “chimarrão”, que se hace con una variante de la yerba mate, mucho más verde intenso y más molida, que se toma también en las calabazas pero mucho más grandes que las argentinas. Algo que me olvidé de referir antes es que la bombilla, el artilugio de metal que sirve para llevar el líquido desde el fondo del mate, no se cambia o lava de mano en mano, es decir se usa la misma por todos, algo así como el mismo vaso de cerveza en una ronda. Algunas de estas por ello en la punta tienen un recubrimiento de oro, pero en general es una muestra de confianza entre todos, puede parecer antihigiénico pero nunca he escuchado de una epidemia de algo generado por compartir de esa manera la bebida. Y si bien no llegué a Uruguay, lugar donde también se toma mucho el mate y es normal ver pasear a las personas con bombilla en mano y termo bajo el brazo, quiero recordar a Fray Dante, uruguayo y buen amigo.

Noto que me falta nombrar a muchos amigos de esa época y aún más, me falta mencionar los mates en “La Tranquera” allá en la Mariápolis Lia, pero ya será para otra ocasión. Solo puedo agregar que si bien ya no tomo la bebida por mi gastritis declarada, extraño las conversaciones que se generaban alrededor de esta bebida, en los diferentes países donde la consumen. Al final se trataba de compartir momentos de conversación, que tanto hoy por hoy nos faltan.

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en el Semanario Vista Previa

EL COMECUENTOS: Chupes para el frío

Chupe de Camarones Arequipeño

En Arequipa, como en cualquier ciudad del Perú, hay una tradición por los caldos o chupes que se preparan para cada día. Cuando uno va a un restaurante a buscar su menú diario, la entrada casi siempre tiene algún potaje líquido, rebosante de carne y verduras. Para estos días de frío son insuperables.

Algunos de estos platos por sí mismos trascienden lo diario y ocupan un lugar especial, como el Timpo de Rabos o Peras, el Chupe de Camarones, el Caldo de Pascua, el mismo Adobo Arequipeño que del domingo ya saltó como plato que se oferta a diario por lo famoso que se ha vuelto. Aún con eso es en el día a día que las madres de familia en casa los preparan o los ofrecen las picanterías. Aunque siendo aún más sinceros, la tradición de un caldo distinto por día está más arraigada en esos espacios tradicionales, porque, valgan verdades modernas, en casa para el almuerzo se está estableciendo la costumbre de un solo plato, o segundo o caldo, pero no más.

Pero, si nos pidieran una lista de los caldos que consideramos deben estar diariamente en la mesa, pues allí va nuestra selección. Hablo en plural porque con Mathías, mi pequeño hijo, hemos hecho esta lista de acuerdo a nuestro fino paladar. En realidad más basándonos en lo que nos gusta de la comida en casa, donde su abuela materna y gustos particulares, así que no es una lista muy democrática que digamos pero valga como guía amateur:

Los domingos, Día del Señor, para el almuerzo recomendamos un Pebre de Lomos. La carne debe ser de cordero criado en la sierra, con esa grasita que si se quiere se saca del plato pero que al final le da el sabor característico y celestial. Debe ir con su yuca, papa y chuño, trilogía de tubérculos esenciales en nuestra cocina, además de los hispanos garbanzos y verdura picada. Si se puede hacer un llatan verde con rocoto del mismo color, que mejor.

Los lunes, días de flojera para ir a trabajar o estudiar, que mejor que un picoso Chaque de Tripas. Debo confesar mi debilidad por este plato rebosante de colores que lleva una generosa porción de carne de vacuno, cocida con amor en un “reaugau” de ají colorado, ajo, cebollita y acompañada de tripitas, rocoto, verduras varias y, al finalizar, acompañado del verdecito de siempre pero, con un pedazo de chicharrón de piel de cerdo, o como le decimos por aquí: “tocto”. El tostado con maíz cabanita no debe faltar.

Los martes el Chairo debe primar. En este plato, más que la carne, son las verduras las que celebran el amor de las manos que lo preparan. Porque para el corte de las mismas esas benditas manos desgranan y rebanan duro para que sea una explosión de matices este caldo. Mi abuela le ponía un pedazo de lengua de cordero en cecina para el sabor. Aquí lo que da color es el ají amarillo, pero que se reforzará con el zapallo, la zanahoria y como contraste la col, las habas y el choclo. Si desea se agrega chuño.

Los miércoles el Menestrón es de rigor. Un verde profundo hace recordar que de la naturaleza somos, pero que como creaturas creativas nos destacamos. Este plato es de herencia italiana que aquí se ve enriquecido con diversos agregados que le dan el toque arequipeño. La base será el licuado o “bataneado” de albahaca, o de espinaca o de acelga a cual mejor opción, todo cocinado con largura con papas, zapallo, fideos, carne de res, verduras y ají.

Los jueves somos nacionales porque nos comemos un potente Chuño Molido, que se hace, como no, con el molido de la papa deshidratada con los métodos incaicos que aseguraron la alimentación de nuestros ancestros en la puna. Es un caldo muy grueso, espeso, lleno de sabor que lleva carne, tripas, papas enteras. Se sirve caliente y, los que saben, no lo atacan directamente, sino que empiezan por los costados, mientras se va entibiando. Para este frío es un caldo súper recomendado.

Los viernes, día de ayuno de carne, un Caldo de Viernes es la mejor opción. Ya en anterior Comecuentos resalté la preparación de este plato que, en Cuaresma y Semana Santa, tienen su mayor difusión, pero que en la semana diaria sirve también para cumplir con la inteligente consigna de un día no comer carne y sí verduras.

Los sábados, finalizando ya la semana, el Puchero es la voz. Los distintos ingredientes que lleva este caldo lo hacen uno de aquellos que ni necesita acompañamiento de segundo. En algunas tradiciones se sirve en doble plato, uno para el recado y otro para el líquido. Un recuerdo infantil me viene a la memoria cuando allá en Cotahuasi, en una fiesta patronal, nos sirvieron este plato y recuerdo aún la col envuelta rellena de arroz que acompañaba el caldo grueso y el enorme pedazo de carne que manos generosas servían desde unas ollas inmensas puestas por horas al son de la leña. Y con eso me quedo, el recuerdo que cada día, en el almuerzo, la larga tradición de amor de nuestras familias se refleja en esos alimentos. ¡A disfrutar cada día de nuestra vasta gastronomía!

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en Semanario Vista Previa

EL COMECUENTOS: Sembrar para no cosechar, una alegría inesperada

En la selva peruana se come la yuca a montones. Se usa en vez de papa para una variedad de platos. En mi vida hubo dos épocas en que era lo que más comía en el día. La primera época fue allá en Villa Rica, en el maravilloso año que pasamos con mi madre en plena ceja de selva en Pasco en 1991. Comíamos tanta yuca que hasta en sueños se me aparecía, sin empalagarme o cansarme, pues tenía un sabor cremoso y se deshacía en la boca cuando estaba bien cocida. En la escuela donde terminé la Primaria, el CE 34418 Santa Apolonia, aprendimos la leyenda del origen de esa planta. Atentos al resumen:

Dice que la hija de un gran jefe de tribu tenía una bella hija, la cual un día apareció con signos de embarazo. Dolido por el qué dirán y creyéndose engañado, buscó al culpable de la desgracia que atravesaba su familia. Al no encontrar al dañador y por más que su hija negaba trato con algún varón, el jefe sentenció a su hija a la muerte al día siguiente al amanecer. Por la noche, un Apu de las cordilleras, todo blanco, se le presentó en sueño y le aseguró que su hija era inocente y que el ser que llevaba en el interior también lo era. Convencido de eso el jefe liberó a su hija, pero ella murió en el parto para tristeza de todos. La pequeña que nació, blanca como las nieves perpetuas de los Andes, tampoco sobrevivió mucho, muriendo poco después. Al enterrarla en un claro de la selva, al poco tiempo se percataron que en el lugar crecieron unas ramas bellas y largas, al desenterrar un poco vieron que las raíces eran blancas por dentro y que servían de alimento. La tribu concluyó que ese era un regalo para la supervivencia del hombre dado por los dioses tutelares.

Fin de la leyenda de la selva peruana y a tomar un vaso de masato para humedecer la garganta que se seca de tanto contar.

La segunda vez que la mandioca (ahora le cambiamos de nombre porque cambiamos de lugar) fue la base de mi alimentación, fue en el 2007 en La Paloma de Canindeyú en Paraguay, lugar en el que estuve en una obra social. Como me pusieron a cargo de la cocina y de la huerta, una de mis tareas diarias era ir a la pequeña plantación de mandioca que teníamos en la parte trasera del complejo y arrancar una o dos matas y sus largos bulbos. Preparaba, cuando había huevos suficientes, el mandi’o chyryry, que era mandioca cocida revuelta con huevos y cebolla, si no había “blanquillos” pues cocida nomás acompañando el feijao que tampoco faltaba en el almuerzo. Yo no sembré las plantas solo cosechaba lo que otro con esfuerzo plantó.

También allí me interesó saber si había alguna leyenda sobre el origen de esa planta tropical. Y me contaron que Mandi´o era una niña guaraní que nació con las manos y los pies largos y con los dedos bultosos. En su tribu nadie quería jugar con ella y eso la entristecía mucho. En ese tiempo remoto, aún los hombres no habían aprendido a sembrar y vivían de la recolección de frutos de la selva y la caza. Y la pequeña no ayudaba en mucho con su impedimento. Un día, Tüpa, el protector de la selva, le preguntó a la niña si quería ayudar a su tribu, a lo que ella respondió con un gran “sí”. Entonces, le dijo, debía quemar una porción de la selva para que en el centro ella enterrara sus manos y sus pies. Así lo hizo la esperanzada pequeña. Al día siguiente sus familiares la buscaron, hasta que encontraron en el claro del bosque quemado, una planta muy alta y, al excavar, descubrieron las raíces marrones con el interior blanco. Lloraron por la pérdida de la niña pero también agradecieron el tener ahora una planta que podían cultivar y que les aseguraba alimento para mucho tiempo.

Interesantes leyendas ¿no? Igual pensé. Pero también me tocó la oportunidad de retribuir. Yo había cosechado, pelado, cocinado y comido con gusto lo que otro había sembrado (Incluidas unas sabrosas berenjenas que otro día comentaré). Un mes antes de terminar mi tiempo en la obra, me tocó sembrar de mandioca una parcela. Fue una experiencia increíble de retribución, porque ya no comería lo que sembraba, pero dejaba para los que vinieran luego esa tarea. Me sentí parte de un ciclo milenario y hasta universal, pequeño ante la inmensidad de la creación, que me permitía estar dentro de la misión sagrada de alimentar con amor a los demás, con el sudor de la frente y la fuerza del trabajo en unión.

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato aparecido en el Semanario Vista Previa – Arequipa, Perú.

COMECUENTOS: Aprendiz de pescador

Desde tiempos inmemoriales los hombres cazan y pescan para su manutención. Durante cientos de años el conocimiento pasa de generación en generación para que los vástagos aprendan a sustentar a sus familias en un ciclo que solo se ha visto interrumpido por… el supermercado. Bueno, antes de eso la Edad de Hierro, la Época Industrial, el Capitalismo, los mercados de pueblo, está bien ya no se caza ni se pesca por necesidad, a menos que sea el negocio familiar.

Después de tremenda introducción, diré que en los pueblos de los valles, en especial de aquellos donde discurre un potente río, la costumbre de pescar es casi como un aprendizaje esencial, ni hablar en los pueblos en que hay camarón. En Río Grande, a orillas del cual se encuentra el pueblo de Iquipí, mi padre aprendió de sus hermanos y tíos a pescar camarón y trucha, esta última con sedal y atarraya.

En las historias que me contaban de mi papá y sus hazañas cuando llegó a Cotahuasi, a orillas del río del mismo nombre, lugar donde conoció a mi mamá y coincidentemente río arriba del pueblo paterno, la tónica eran sus clavados que se metía con el río cargado, desde el puente de Luicho, los baños termales famosos hoy por hoy. También relataban su estilo de pescar y cómo sacaba las truchas y pejerreyes para freírlos allí nomas, en una fogata y al sartén de hierro, acompañado de vino y guitarras.  

Por circunstancias que ya no vienen al caso, mi padre no pudo enseñarme esos artes y, cuando en mi oportunidad estuve una larga temporada en el pueblo de Tomepampa a dos horas de Cotahuasi por la ribera del río, quise un día aprender a pescar con el artilugio de malla y plomos. Obvio, había una chica a la cual quería impresionar y por eso llamé en mi auxilio a mi primo Luis Alberto “Chapu”, con el que corrimos varias aventuras en ese año memorable de 1996.

Lo primero que debe saber cualquiera es que la atarraya es circular y que en el perímetro tienen plomos que le darán el peso suficiente para que, cuando sea lanzada con maestría, caiga sobre los peces y los atrape en el laberinto de sus recuadros enlazados. El lanzar es un arte que se aprende con práctica así que empezamos el recorrido más allá de la entrada de Ranrata. Con un brazo se agarra un extremo con la otra, otro y con los dientes de sostiene un tercero, con el fin de que al lanzar la red esta se expanda uniformemente.

Esa es la teoría, en la práctica mis lanzamientos caían como piedra sobre las cabezas de los peces y creo que ni así lograba sacar alguno. Mientras que mi compañero había sacado hasta cuatro de mediano tamaño, yo puro chiquilín nomás tenía en la bolsa. Al llegar al pueblo, con el “trofeo”, justo por la calle se aparece toda ella, con su inolvidable corte muy corto y sus ojos pardos sonrientes, los cuales curiosos investigaron la cosecha pluvial. Su risa cantarina me sonrojó. —¡Y para esto tanta alharaca de que me voy a pescar!, vergüenza debería darles. Y se fue guiñándome el ojo para suavizar la aporreada.

Luego de eso fui una segunda vez más a pescar días después y luego ya no porque tenía que regresar a la ciudad. Pero antes de finalizar, no puedo dejar de recordar que, mientras tiraba con esfuerzo la atarraya, me sentí parte de una historia que no se interrumpe, que continúa, esas ganas de llevar lo mejor a la familia, de pescar algo con tus propias manos. Me sentí cercano y orgulloso de mis tíos y primos que, río más abajo, en el valle paterno, pescaban no por diversión sino para llevar a sus familias el sustento debido, gracias al esfuerzo de sus manos, sus brazos, su propia vida.          

Por: Sarko Medina Hinojosa   

COMECUENTOS: El culpable no fue del asado

Costilla, matambre y tira de S al asador.

La primera vez que comí asado argentino fue en Deán Funes, en la provincia argentina de Córdoba el domingo 28 de enero del 2007. Recuerdo que me preparé durante un mes para tal acontecimiento. Ese día, desde temprano, los voluntarios de la obra Fazenda de la Esperanza se levantaron para preparar las brasas, todo un ritual inexplicable para mí, pero que, según me vendieron los pibes del lugar, era necesario para asar lento, durante horas, trozos enormes de vacuno y con solo sal.

En Perú la parrillada se hace de diferentes maneras y, antes del boom de los cortes de carne, las chuletas eran adobadas desde un día anterior y hasta sobreviven trucos para ablandar la carne, como el untarle papaya. Al aderezo no le puede faltar nuestro ají colorado, el orégano, una cervecita helada (receta personal) y cuanto menjunje haya para que la carne salga con rico sabor. Así que cuando dijeron “solo necesita sal” empecé a dudar de las palabras ya que los gauchos vecinos tienen fama de “chamulleros”.

Pero estaba embarcado a saber si era realidad tanta leyenda. La cual se me alimentó en novelas gráficas como “El Tony” donde las historias del “cabo Savino” o el “capitán Toro”, que se desarrollaban en la pampa agreste, tenía siempre una referencia al asado del gaucho. Para hacer tiempo empecé a conversar con los grupos de familiares del encuentro. Como espécimen peruano de reciente llegada, me llovieron las invitaciones de mate, esa bebida mágica de la cual ya hablaré en otro momento, las facturas (postrecitos de harina con dulces), la maravillosa pasta frola con la mermelada de membrillo, los alfajores de maicena embadurnados con el dulce de leche (que no supera a nuestro manjar blanco cof, cof), en fin, como me enseñaron de niño: “Si vas para un pueblo nunca desprecies la comida”, y no era hora de desprestigiar a mis ancestros y sus proverbios.

Llego la hora. El asador empezaba a repartir a diestra y siniestra los cortes. Al llegar pedí tres porciones. Ya en la mesa y casi con las manos le metí un importante mordisco al asado y, de verdad, sentí que mis papilas gustativas entraban en una guerra de contradicciones y emociones. Para cuando a regañadientes tuve que aceptar que efectivamente era la mejor carne al asador que había probado, ya estaba por la segunda vuelta.

—Che peruano ¿y allá en tu tierra porqué la carne es dura? —me preguntó un tucumano. —Es que las vacas salen de mañana temprano a escalar los Andes y entre ir y volver en la tarde pues que se les tensan los músculos. —Ah por eso debe ser, claro —me dijo sin estar convencido de que le decía la verdad o lo estaba “palabreando”.

Luego vino el pastel. Delicioso. De ese me serví dos porciones y, por insistencia de una linda viejecita, me serví un tercero. Al día siguiente, mientras estaba doblado en seis por el cólico malacara que me dio, repetía a quién quisiera escucharme que la culpa la tuvo ese tercer pedazo de torta, que sí no, una tercera ronda se asado me habría zampado por el cogote ¡mavale!          

COMECUENTOS: Emoliente para toda la gente

La carretera me atrae tanto, no tienen idea. El rumor del motor, esa quietud aparente dentro del bus o el vehículo, el paisaje que cambia afuera como la proyección de una película, los pensamientos profundos que uno desarrolla, la ansiedad de llegar al destino. Durante muchos años viajé casi seguido a la provincia de La Unión, tierra de mis ancestros por parte de mi madre. Aún estaba en funcionamiento la empresa de buses Virgen del Carmen, en la cual me trasladaba en unas 12 horas a mi destino. El viaje era de noche en su mayoría y llegábamos casi despuntando el alba. Al llegar a la Plaza de Armas de Cotahuasi, que era el terminal de los buses en esos años finalizando los noventas y luego de tocarle la puerta a mi Mamá Hilaria, me tomaba un rico emoliente con su yapa.

Los aromas de la cola de caballo, linaza, alfalfa, llantén y boldo, con la base del agua de cebada tostada, me inundaban el alma y me hacían revivir el cuerpo, listo para pasar unos días intensos. Dentro de algunos días viajaré a la capital por tierra y espero encontrar un emolientero limeño capaz de convencerme de que también por esas tierras saben preparar esta gran bebida nacional. Y es que si el pollo a la brasa es el plato más democrático en este hermoso país, el emoliente es la bebida más popular en las calles de nuestras ciudades.

—Papi puedes traernos pollito, es fin de semana. —Claro hijito. —Pero con emoliente para que baje la grasita. —Jajajaja. Mi risa resuena en el teléfono, asusta a medio mundo en la calle Mercaderes y me hace caminar más rápido para alcanzar la combi y de allí al hogar. El viaje, señores y damas, te hace pensar en mil cosas, no tienes más que dejarte llevar, devorando distancias, para encontrarte con el destino. El mío en estos días, cuando compro la bebida que trajeron los españoles y que mejoraron (como todo) nuestros antepasados indígenas, es una carretilla casi en la esquina de mi casa. La medida oficial son tres vasos para llevar, sin hayrampu, no mucha linaza y harto limón.

Y es que hay para todos los gustos y agregados. A esta bebida digna de los Apus se le echa también al gusto: uña de gato, maca, chancapiedra, sangre de grado, muña, sábila y, si tu casero es de los que ya conocen a sus clientes, puedes pedirle con polen, miel de abeja, algarrobina, «barbas» de choclo (que te limpia de cálculos), «amargo» hecho de extracto de hercampuri, bueno para limpiar el hígado y ufff de todo como en botica.

Para algunos la «baba» de la linaza no les resulta agradable, es cierto, pero pasado eso, el aromático sabor conquista a cualquiera. Recuerdo a un gran amigo y una ocasión allá en el 2002 cuando estudiábamos Comunicaciones y en la esquina de Don Bosco con La Paz le invité un poderoso emoliente de entonces setenta centavos. Era la primera vez que tomaba uno en carretilla y como tal no le agarró el truco de tomarse de un tirón la espesa y gomosa linaza, ya se imaginarán que le pasó y cómo le quedó la camisa, pero igual le agarró el gusto.

Un carrito emolientero es sinónimo de esa vena que tienen muchos de nuestros compatriotas por el servicio, los vasos bien lavaditos, la bebida hervida, ahora se ponen mandiles y guantes y, claro, si lo pides con gracia y calle, hasta yapa te darán con una sonrisa. El emoliente, al final, es para toda la gente y no conoce de diferencias sociales, de ello deberíamos tomar ejemplo.

COMECUENTOS: Timpo y tiempo

El seis de enero, aparte de celebrarse en todo el orbe la Fiesta de los Reyes Magos, es momento ideal para sacudir los perales en Tiabaya y preparar el Timpo de Peras o Timpusca, chupe que lleva, aparte de un buen trozo de carne de cordero tierna, patasca de trigo, papa, camote, cochayuyo y peras. Por decisiones de última hora terminamos este año en familia recorriendo ese memorable domingo el distrito de Yanahuara, al otro extremo del plato como quién diría. —Vamos a la Cau Cau. —¡Pues vamos!

No recordaba el ir a tan emblemática picantería en mi cercano pasado. Pero al ingresar los recuerdos volaron a mi hoy, traídos de la mano de los olores sustanciosos de las cazuelas de diversos platos. La espera para que nos atendieran me dio tiempo para contar la historia de Alisa, una médico cirujana que trabajó allá por el 2003 junto a mi mama Liliana en el Hospital de Cotahuasi, haciendo su SERUM. Ese servicio anual que desarrollan los profesionales de la salud antes de licenciarse en el país, le significó salir de su cómodo régimen citadino y conocer la verdadera cara de la vida en el interior de la sierra peruana. —¿Y qué tiene que ver con el Timpo? —La verdad nada, es que fue aquí, en esta picantería, que se despidió para irse a Dinamarca.

Resulta que la menuda doctora, usando la tecnología del messenger del Hotmail de ese entonces, entabló un bonito noviazgo con un danés. Tan bien fueron las relaciones virtuales que el susodicho la invitó a visitar su país en las vacaciones, con todas las garantías del caso. —¿No se intentó aprovechar? —pregunté cuando ya instalados en una de las mesas, pedimos el famoso escribano mientras abríamos apetito. —No, pero tampoco fue bueno el viaje.

El viaje hasta las Europas no resultó como esperaba. Las nostalgias provincianas, la falta de comida tradicional y la canción de El Regreso, le jugaron malas pasadas que le hacían soltar las cataratas de llanto ante los consternados y fríos daneses que conformaban la familia del pretendiente. —Tanto fue que un día quisieron darme una sorpresa, prepararon salchipapas con unas salchichas olorosas y papas aguachientas, y se quedaron más asombrados que en vez de alegrarme de nuevo me pusiera a llorar.

La pregunta caía de madura como las peras ya listas para el plato que me traían lleno de vapores y olores: ¿Entonces porque te vas y encima para siempre y con casorio? —pregunté— Es que lo amo, es muy tierno y cálido, además que es muy espontáneo y gracioso, me hace reír mucho. Yo traté de comprender las razones del amor, pero tenía en ese entonces 24 años y sacrificarme por cariño no estaba en mi registro.

Mientras avanzaba la tertulia, la conversación entre ambas derivaba de risas a lloros y muchas anécdotas de intervenciones médicas, como aquella en que se arriesgaron con un parto podálico que ponía en riesgo la vida de la madre y del niño pero que era necesario para salvar la vida de ambos, entre otros relatos. Comprendí que se estaban despidiendo, ella le decía adiós a su tierra, sus costumbres, la comida que amaba, por algo mayor, por inseguridades de un futuro al lado de otra persona en un país tan distinto. —¿Y sabes si le fue bien? —me preguntaron en el hoy los que me oían la anécdota al terminar el rico caldo— No lo sé, han pasado tantos años, pero espero que sí, la apuesta que hizo ella no merecería un final distinto que el feliz.

Por: Sarko Medina Hinojosa