345. ¡Qué linda es la vida!

345. ¡Qué linda es la vida!

«Ya perdí, lo sé. El sicario me apunta con el negro cañón de una treinta y ocho automática y a mi costado puedo atisbar que mi compañero de mesa, en este barcito al aire libre, está saltando hacia un costado para evitar las balas o mi sangre, lo que salpique primero.

Estoy consciente que voy a morir, no creo merecer una segunda oportunidad, sólo quisiera saber de quién es el dinero que está en el bolsillo de mi asesino, quiero saber antes de hundirme en la muerte, cual de mis vengativos amigos fue el culpable: ¿el Chato?, ¿el Zambo?, ¿el Zancudo?, cuál de ellos quiere quedarse con la supremacía de la banda, de mis huecos de droga, de mis mujeres.

¿O no será alguno de los familiares de los fríos que me cargue a lo largo de estos años? ¿El padre de la niña que terminamos asfixiando después de cobrar la recompensa? ¿El tío del guachimán que matamos por escapar y que juró que nos buscaría hasta encontrarnos? ¿La madre de aquel drogadicto que acuchillé porque me debía una luca? ¿Los hermanos de la loquita?

¿Y si es la misma Policía que me está matando por venganza de los dos tombos que violamos el año pasado? ¿El juez de mi último juicio al comprender que no tengo salvación ni cura para el vicio de matar?

Podría ser cualquiera de mis familiares… hartos de mi mala fama que los ensucia peor que ventilador al pie de bosta de vaca. Podrían ser los hijos que no reconocí, las mujeres que violé ¡Mi propia madre!, para evitarse la vergüenza de cada día ocultar la cara por las calles, si es que alguien la reconoce como la que dio vida a este engendro que soy.

Puede ser cualquiera, el tema es que ya perdí y las balas empiezan a morder mi carne y la vida se me va, ¡Carajo!, había sido bonito el cielo celestito de esta ciudad de la cual siempre me quejé, este sabor a chicharrón que tengo en la boca, ¡Mierda! ¡Qué linda era la vida!»

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Para un bravo siempre habrá otro más bravo

bat

Lo esperó a dos cuadras de su casa, justo en ese callejón estrecho y oscuro entre los dos edificios de departamentos. Con su metro con cuarenta centímetros no causaba miedo, quizá ternura, MÁS con esos lentes de medida. Era la clásica imagen del niño al que golpean en el recreo y le quitan el dinero para el almuerzo.

—Oye, Juan.

—¿Qué haces aquí chato?

—Ven te tengo que dar una cosa.

—Ya mañana te pido la plata, no es necesario que me des hoy, a menos que quieras ahorrarte algún golpe, jajajajaja.

Una fuerza extraña impelió al bravucón hacia el callejón, no acababa de reconocer qué pasó cuando sintió mucho dolor en la cabeza. Aquello que lo golpeaba no le daba respiro, en las costillas en el brazo con el que intentaba protegerse, en la pierna, en el pie.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Por favor!

El apodado “chato” se detuvo.

—Mira sé que no eres más que pura boca, sabrás pelear algo, pero mírame, un pequeño como yo acaba de molerte a palos con un bat de beisbol y ni te imaginas que sé hacer con una navaja. El trato es el siguiente: me darás la mitad de lo que juntes en los recreos, y cuidado con engañarme que sé cuánto sacas. A cambio te avisaré con tiempo cuando quieran denunciarte con los profesores y también te ayudaré para que apruebes algunos cursos, que los dos sabemos estás casi por repetir este año.

—Está bien, está bien, pero deja que me vaya —dijo entre sollozos el niño herido, se paró e intentó correr, pero los golpes recibidos en la pierna fueron más, así que se fue rengueando.

El dueño del bat sonrió mientras veía alejarse al bravucón de su escuela.

—¡Oye chato!

El grito vino de arriba, de una de las ventanas, un niño, el más flaco y granoso de su año le estaba mostrando un smartphone en el que se reproducía la golpiza de hace pocos minutos antes.

—Creo que tenemos un trato, voy a querer protección y el 30% de lo que te de Juan.

La sonrisa se le borró al dueño del bat.

El otro quedó peor

EL OTRO QUEDO PEOREra julio, una tarde de julio, a eso de las dos y algo. La hora de salida del colegio ya pasó hace buen rato, aún para los de secundaria. El niño estaba respirando con fuerza. Los mocos que le salían aún tenían algo de sangre. La camisa estaba salida de sus pantalones y manchada de rojo. Se limpiaba con el brazo las lágrimas que seguían resbalándose por su rostro de seis años.

La madre llegó como siempre algo apurada. Estudiaba en la universidad cercana al colegio de su pequeño, pero salía tarde de clases. La angustia siempre la acompañaba en esas pocas cuadras. Era no saber con qué nuevo problema se encontraría. Todo ese primer tramo del año se la pasaba tratando de entender como su mundo se había destruido de la noche a la mañana e intentaba reconstruir lo que podía con los pedazos de alma que le restaba.

Lo vio y supo que algo más había pasado esta vez.

El niño también a vio y, al verla que se detuvo, avanzó hacia ella casi corriendo, pero al llegar cerca no abrió los brazos para recibir un salvador abrazo. Se paró en seco con una mirada de furia, impropia para sus pequeños años, para su dulce corazón.

—¡Ya no aguanto este colegio!, todos me odian, ya me cansé quiero irme

—¡Hijo que ha pasado!

—¡Me he peleado, pero el otro quedó peor!

La madre no entendía nada. La angustia la llenó por un instante pensando en que era lo que le faltaba para terminar de arruinarla: que expulsaran a su hijo. Recordó en un segundo cuanto con su ahora ex esposo pelearon una vacante. El año pasado por esas fechas dio su examen de conocimiento y, la semana siguiente, pusieron en una pizarra los resultados. Ella empezó desde abajo la lista y no lo encontró. Su marido contaba jactancioso que él sabía en qué lugar estaba, así que solo miró los tres primeros puestos y allí estaba el nombre de su vástago, en segundo lugar. Pero ahora ese gran logro se estaba desmoronando.

—Hijito ¿Qué pasó? Tranquilízate —le dijo mientras trataba de abrazarlo, pero el niño no se dejaba.

Algo la distrajo de su intento de consolar a su pequeño. María, una de las mamás con las que había hecho buenas migas en esos meses se acercaba. De repente ella tendría una explicación y le ayudaría a saber qué pasó.

—Maritza tu hijo le ha pegado al mío, esto no puede quedar así me voy a quejar con el director.

Se quedó perpleja. Con mucho el hijo de la otra mamá era más grande que el suyo. Pero allí estaba Jorge, detrás de su progenitora y llorando a viva voz con la camisa también llena de sangre.

—Oye María, ya estoy casada de que tu hijo junto con los otros hijos de Claudia y Sofía anden insultando al mío por su tamaño, yo no sé qué le ha dicho ahora tu hijo para que Martín reaccione así.

Lo que sí sabía era que desde que entró ese grupo de tres chicos atosigaban al suyo con insultos por su tamaño, por su pobreza y porque era callado. Martín no era así, pero en la fiesta de año nuevo su marido tuvo la conchudez de estar en la cocina de la casa, consolando muy cariñoso a la enamorada de su propio hermano, el de ella, así que lio se armó. No era la primera vez que la engañaba, pero esa fue la gota que derramó el vaso y, aunque no tuvo certeza si hubo algún roce de labios, el hallarlos agarrados de la mano y cariñosos fue suficiente para que botara al susodicho y cortara palabra con la muchacha. El que resintió más el tema fue su pequeño, que de animoso chico que esperaba con ansias entrar a su nuevo colegio, se transformó en un callado y ojeroso por las lágrimas.

—Voy ahora a contarle al director lo que ha pasado, esto no se queda así Maritza —dijo María y jalando del brazo a Jorge se encaminó hacia las oficinas de administración del colegio.

—Hijo, mírame, qué te dijo Jorge para que le pegaras así —preguntó —Me dijo que era un enano sin padre que por eso nadie me quería en la clase —respondió el pequeño, no aguantando las lágrimas de ira que nuevamente le salieron mientras apretaba su pequeños puños.

Maritza avanzó de la mano de su pequeño con rapidez hasta alcanzar a María, a la que obligó a voltearse.

—Yo te conté lo de mi marido solo a ti, por lo visto lo has dicho a las demás y hasta tu hijo, porque le ha dicho al mío que es un enano sin padre.

María se quedó en una pieza. Miró a su hijo indagando y, como este agachara la mirada, no supo que responder.

—La que va a ir a conversar con el director soy yo, porque nadie tiene porqué denigrar a mi hijo solo porque lo esté criando ahora sola ¡muévete!

—¡Espera! No sabía que le dijo eso, debe haberme escuchado cuando hablaba con mi esposo de ti, sí, no debí hacerlo pero… bueno dejémoslo mejor allí Maritza, tampoco es que quiero hacerte daño ni a ti ni a Martín, podemos olvidarnos de esto, seguir siendo amigas, disculpa a mi Jorge que a veces no sabe callarse, no volverá a pasar.

Maritza lo piensa un momento.

—Está bien, pero de ahora en más diles a las chicas que sus hijos no se metan con Martín porque ya viste que no se deja y les puede ir peor si lo hacen enojar más.

Ya en el carro de retorno a la casa, madre e hijo viajan callados, sumergidos en sus sentimientos.

—Mamá… yo no quise pelearme, lo siento.

Maritza pensó un momento lo que respondería. Intuía que para un niño varón lo que dijera marcaría su carácter de muchas maneras.

—Era más grande que tú y quedo peor ¿no?

El niño sonrió un poco.

—Sí mamá, no sé cómo le hice, pero no me deje.

—No hijo y nunca te dejes maltratar por nadie.

Al otro día Jorge, en la hora de recreo, invitó a Martín la mitad de su manzana y, a la salida junto a los otros chicos, jugaron a la pelota hasta que los recogieron sus madres.

La palabra que no existe

La mariachi en el cementerioLa cantante paseaba entre los pabellones del cementerio en pleno domingo, Día de las Madres, cuando divisó a un posible cliente.

—Señora ¿Quiere que le cante algo a su madrecita?, hoy por el Día de la Madre tengo rancheras de Juan Gabriel, o si quiere alguna de Roberto Carlos, canciones de José José, usted dígame cual le gustaba a su mamá en vida y se la canto, solo 5 soles tres canciones.

La mujer levantó la mirada y ya tenía la intención de decirle que no gracias a la mujer vestida de mariachi, cuando de algo se acordó.

—A ella le gustaba una canción, pero no me acuerdo, una de un tal Fernández…

—Ahhh de Vicente Fernández, de repente le gustaba “Estos Celos” —dijo la artista y empezó  cantar, pero fue interrumpida por la doliente.

—No, no es esa canción ni tampoco el cantante, creo que es de su hijo… sí, ahora recuerdo, Alejandro Fernández, ese es… la canción creo que era sobre la voz, no me acuerdo bien…

—¡Claro!, “Se me va la voz” es la canción señito, esa me la sé, tiene suerte porque solo yo la conozco aquí, los demás no saben de esas canciones nuevas. Oiga, pero qué moderna era su mamacita —trató de alegrar en algo a la deuda la cantante.

—No, no era mi madre.

Un nudo en la garganta se le formó a la mariachi. Un golpe de dolor le oprimió al pecho al comprender que estaba frente a una… trató de buscar en vano la palabra, aquella que no existe para nombrar a la madre que pierde a un hijo. Sin decir más, empezó a cantar.

 

Paloma

enamorando

Después de un drama familiar, llegué con mi madre a Villa Rica, pueblo cafatalero ubicado en el centro del país, en plena ceja de selva de Pasco. Ella hacía su SERUMS, su servicio rural antes de optar por el título profesional de obstetra. No haré largo el tema, pero debo confesar que fue uno de los años más maravillosos que pasé en compañía de mi progenitora.

En fin, que puedo decir, era un arequipeñito suelto en plaza, es decir un personaje que inmediatamente y sin querer concitó algunos intereses. En ese tiempo aún quedaban los restos de mi introspectiva forma de ser. Poco a poco, a punta del ambiente alegre de la zona, mi hosca actitud cambió. A los 11 años se es buen tiempo para abrirse a los demás.

La doctora y la odontóloga del Centro de Salud del entonces IPSS, vivían en una casa multicuartos de madera, vecina a un aserradero, cuyos dueños eran también los responsables de 6 niñas de diferentes edades, las cuales inmediatamente a pocos días de mi llegada y conocimiento, me acogieron en sus juegos. Una de esas bulliciosas chicas se llamaba Paloma. Su historia de abandono de padres y rebeldía la fui conociendo poco a poco y, claro, se convirtió en mi amor cuasi púber, en esa ilusión que te carcome el estómago y te hace hacer y decir sonseras frente a ella o tratar de lucirte sin sentido.

No podía saber si ella correspondía a mis sentimientos, era un cercado de alambres su genio, a veces explosiva, a veces dulce, a veces callada, a veces triste y siempre en actitud desafiante. Me la imaginaba como solo un niño de amor puro puede, recuerden, así, con esos pensamientos en los que el beso era la cúspide de todo anhelo, pasear de la mano era algo que cosquilleaba y escribir cartas que luego se rompían inmediatamente, era la práctica usual.

Para finales de diciembre, las amenazas de terroristas en contra de mi madre, en busca de que proporcione medicinas, eran ya de marca mayor y ante la insinuación de que se las cobrarían conmigo sino entregaba los suministros, hizo que los planes para mi salida fueran de urgencia. Ya no podía salir solo a la calle y ni pensar en visitar a mi amiga. El último día, a pocas horas de viajar, me llegó una carta, conteniendo varias minicartas, pedazos cortados de papel de block escolar, pintadas con colores, con frases sencillas: te quieros, te extrañarés, adioses esperanzadores, pululaban. La carta central, hablaba de bellas cosas, sí, cursis, ¿Qué pueden esperar de niños de once?.

Quisiera contarles que me arriesgué a salir sin compañía a encontrarme con ella y regalarnos ese primer beso… pero no fue así, alcancé a escribirle una carta también confesándole mi amor escondido durante meses y luego viajar, triste, pero a la vez contento, contradictorios sentimientos que uno atesora en el corazón y que luego, al evocarlos como ahora, arrancan una sonrisa traviesa.

Frazadazo

violacion

Cuando le dictaminaron nueve meses de prisión preventiva en el Penal de Socabaya, sintió que todo se le derrumbaba. Regresaría al lugar de donde salió el 2005. Por reincidente lo pondrían en el Pabellón D.

Durante todo el día sufrió un colapso estomacal que lo llevó a estar pegado a la letrina del baño comunitario. Un frío terror lo invadía.

No le dieron un catre, solo un colchón por el que pagó 20 soles y una frazada sucia y maloliente.

—Primero pagarás piso niña antes de tener tu catre —dijeron varios de los reclusos.

No tenía pinta de infante, al contrario, aparentaba los 43 años que cumplió hace poco. Su rostro cetrino con marcadas arrugas, presenta una nariz abultada, labios caídos, hasta lascivos se diría, barba y bigotes ralos casi inexistentes. Las manos son algo rugosas, propias de un taxista como él. Los ojos apagados por sus cejas pobladas.

La primera noche sufre de sobresaltos continuos, esperando que lleguen los demás para ultrajarlo.

Sabía que lo harían en algún momento. Porque él lo había hecho ya.

Claro, no había abusado de algún reo. No. Había cometido sus crímenes contra adolescentes desprevenidos, esos que en afán de paseo o de encontrar un lugar donde besarse y acariciarse, bajaban al sector de Chilina, en el río de la ciudad. Un lugar con “chacras”, árboles, full naturaleza que invitaba a paseos largos y románticos, a aventuras de campamento rápido. Era de tradición adolescente el paseo a ese sector, en grupos, llevando algún plato preparado y gaseosa, hasta un “trago” de repente. Los días especiales eran los feriados, los fines de semana. A esos grupos los esquivaba él y sus compinches. Eran demasiados.

En cambio las parejitas fueron su especialidad. Con paciencia gatuna, mientras tomaban un combinado de pisco y gaseosa, aguardaban entre los arbustos, “chequeando” el vallecito. Cuando detectaban a los infortunados, los seguían cual pumas, para sorprenderlos, golpearlos, robarles sus pertenencias, amarrarlos y luego abusar repetidas veces de las casi niñas en su mayoría. La mano encima de la boca, los insultos gruesos, las amenazas de muerte, todo lo que significaba sentirse poderoso, invencible, dueño de la vida y de la muerte de sus víctimas.

Pero ahora, tirado en la esquina del pabellón de alta peligrosidad, no se sentía poderoso. Orando trataba de menguar en algo el miedo que lo sacudía, intentando la compasión de cualquiera que oyera sus rezos apagados. Sus lágrimas que desbordaban eran seguidas de pequeños gemidos. La tormenta en su cabeza se alteraba e incrementaba con algún ruido, un rechinido de catre, o un ronquido fuerte. Así transcurrieron las horas.

Ya pasadas las tres de la madrugada, se tranquilizó algo. Pensó que adentrada la madrugada no le harían nada y no se atreverían a tocarlo de día. Suficiente tiempo para que su compadre le trajera el dinero para aplacar el castigo de bienvenida que en la cárcel aplican a los violadores como él, denominado “frazadazo”. Le pidieron mil soles para que lo protegieran, solo si lograba salir indemne de la primera noche. Pensando eso descansó los ojos, relajó el cuerpo, se acomodó en el colchón casi plano por su peso y trató de dormir.

No sintió en que momento lo voltearon boca abajo y le pusieron ese trapo asqueroso entre los dientes, solo sintió que la frazada que antes lo cobijaba ahora estaba apretándolo contra el colchón. El peso de varios cuerpos lo tenía sólidamente quieto. El terror lo invadió, quería que alguien hablara, que dijeran que solo era para meterle miedo para que pague más dinero, intentó suplicar pero el trapo estaba bien metido. Nadie hablaba, eran sistemáticos, como si ya lo tuvieran todo calculado.

Un dolor indescriptible lo asaltó de pronto y continuó durante muchos y largos minutos, creciendo a cada instante, llenado todo su ser.

A las cinco de la madrugada, cuando el sol ya clareaba, los guardias lo arrastraron a las duchas para que se lavara la sangre y otros líquidos que lo cubrían.

Entre los segundos

pistola

El niño está encerrado en su cuarto. Allí, acurrucado contra la pared, un sudor frío le baja por la espalda. El niño siente el peso insoportable del arma que sostiene con las dos manos, mientras, murmura una oración sobre un ángel de la guardia y su dulce compañía. El fierro es una automática calibre 38.

No puede evitar el temblor en los dedos, por lo que se aferra con más fuerza a la pistola. La agarra como lo haría con una raqueta de frontón, o un helado, o un mando de videojuego. Por una milésima de segundo piensa en arrojarla y dejar que lo maten, pero entonces recuerda que abajo, en el primer piso de la casa, están los cuerpos acribillados de sus padres y de su hermano mayor. De toda su familia.

Y es que cuando empezaron los disparos —hace siglos, hace unos segundos tal vez— bajó las escaleras, asustado por el barullo de guerra. A la mitad se detuvo, justo a tiempo para ver como el cuerpo de su hermano, el Chirolo, se convertía en un amasijo de carne informe a consecuencia de la certera lluvia de balas que entró por la ventana y lo arrojó contra los muebles de la sala. El tiempo pareció detenerse, o, en todo caso, hacerse más oleoso, casi estático, lo suficiente como para contemplar a sus padres, mirar su desesperación indescriptible al ver el pecho abierto y expuesto de su hijo mayor de 16 años cumplidos. Logró atisbar como sus progenitores se descuidaban en el acto reflejo de tratar de alcanzar al vástago en la caída, solo para recibir ellos también una ola de impactos. Todo ocurrió en esa infinitesimal duda que les hizo desatender las ventanas por donde los tiradores asesinos pudieron acertarles en las cabezas, en los hombros y finalmente en las espaldas descubiertas con el asombro cortado a tajo.

El niño vio todo a sus 11 años de inocencia de barrio. En el vacío inmenso que siguió, comprendió que sus familiares no se moverían más, no lo abrazarían, ni lo acariciarían, ni aún lo regañarían o corregirían. Se hallaba solo en el mundo a partir de ese momento fugaz en que un instinto oculto en sus entrañas le hizo desatender físicamente el cuadro de sangre y vísceras para entrar a la carrera en el cuarto de sus padres y sacar debajo del colchón el arma con la que ahora apuntaba trémulamente hacia la puerta de su dormitorio.

Sentía el peligro en sus venas, palpitando en un tuntún vicioso, uniforme, que le llevaba la certeza a su corazón de que allí estaban por entrar los que destrozaron su vida. Estaba completamente lúcido, tanto así que, a pesar del miedo que lo carcomía, sintió la furia animal de los pasos de esos desgraciados subiendo las escaleras.

Los segundos pasan lentamente y entre ellos se puede percibir el polvo estático del tiempo que no se apresura en la oscuridad del cuarto del niño. No se ve casi nada, pero si se presta un poco de atención, el golpeteo de un corazón se percibe como un diapasón in crescendo. Si estuviera prendida la luz del ahorro, o el poderoso sol entrara por las ventanas ahora cerradas, se verían estantes de madera empotrados en las paredes. En medio de sus vacíos utilitarios se encontrarían juguetes mezclados con plumones de colores. Los libros de cuentos llamarían la atención por lo usados, los álbumes de figuritas deportivas también saltarían a la vista, confundiéndose con los libros de texto escolares. Paseando la vista por entre los muebles, se hallarían varios polos del Melgar, dispersos entre la confusión de medias y chimpunes. Sin mucha atención se observaría el póster gigantesco de Paolo Guerrero, sonriéndole a su hincha privado. Con algo de atención clínica, se hallaría escondida, en la mesa de trabajo, entre notas y papeles de colores rasgados, una tarjeta de felicitación por el día de la madre, hecho con crayones y letras de molde. Es tan mayo que duele respirar.

La realidad se transforma en una foto tridimensional donde el principal fondo es el niño sosteniendo el arma de la seguridad. No logra entender porqué siente esa sensación de protección, pero la acoge con la incertidumbre de que valga de algo por favor, ya que siente los pasos llegando, las voces en susurros estentóreos dirigiendo y buscando en los demás dormitorios. Lo que ignora es que esas voces, tan entrenadas en el hablar sigiloso, son de agentes policiales. Esos tombos mataron a sus padres y a su hermano por algo tan ilusorio como es el dinero. Dinero que es la principal causa por la que se arriesgaron a entrar a mansalva y plomo a ese “hueco”. Lo que también ignora el niño, es que el que va a entrar a su cuarto es el sargento Minaya.

En la cara del enjuto y barbudo sargento, se pueden adivinar las preocupaciones mundanas de su actuar. Con algo de atención en las ropas puestas y previamente planchadas, se deduce que es un hombre de familia, o, en todo caso, que tiene una esposa que cuida de su limpieza básica. Lo que sería más obvio es que esa limpieza también trata de borrar de la ropa el aroma de otra mujer, la cual comparte con su consorte el renegar constante del genio irresoluto de Minaya, que nunca se decidirá en qué cama quedarse y que, mientras tanto, tiene que ocuparse económicamente de ambas. Esas son las mayores preocupaciones suyas en ese momento: cuánto dinero sacará de la jugada y para qué cosas principalmente derivar el pago. Suda frío, pero está seguro de su capacidad. Suda tanto como el niño con el que se encontrará dentro de un momento.

Pero aún ninguno de los dos se conoce. No saben que ambos están armados y que se apuntarán con sus armas. Lo que sí saben ambos es que la muerte entró en esa casa. Por una parte el niño cree que es por una injusticia increíble, ya que está más que seguro que su familia no hizo nada malo. Para Minaya, lo malo que hizo la familia que acaba de destrozar, no tiene mayor interés. Los padres del infantes sí desconfiaban de la maldad del mundo, en especial de los “rayas” y de los otros traficantes de la zona. Por eso a través de los años montaron un negocio de distribución de cocaína muy privado. Tanta era su desconfianza, que el dinero de las transacciones no lo dividían en partes y puntos, sino que lo guardaban en casa. Los policías de la zona supieron de una fuerte movida de 75 mil soles de la última semana. Suficiente para convencer de dar el golpe a 7 policías corruptos.

En el lapso de patear la puerta de la habitación del niño, uno puede imaginar que las cosas no tendrían que ser así. En otra situación el niño estaría caminando hacia la escuela comiendo sus lentejas de chocolate. Al llegar a la avenida Aviación, se detendría y saludaría al sargento Minaya, el cual lo ayudaría a cruzar la vía de alta velocidad. Al despedirse del niño, el agente recibiría unos cuantos dulces en la mano que comería con deleite travieso. En otra situación el niño no estaría apuntando su arma a la cara del sorprendido policía, quién a su vez también le apunta con la suya.

Mientras el gatillo es accionado y la bala busca su destino, los ojos del niño miraron fijamente a los del policía. Ellos preguntaron: ¿POR QUÉ? En esos ojos se vería, robando tiempo al poco tiempo que transcurre, toda la gama de acciones de venta de droga, de matanzas sin razón. De violencia respondida y revertida, de mujeres que sufren en un rincón, de adictos sin nombre perdidos en hospitales psiquiátricos, de zonas rojas sin justicia y de justicia sin razones. El niño formula todo un mundo de preguntas en el intersticio de los segundos mientras la Muerte baila a su alrededor. Pero no morirá ese día. Y es que los ojos del sargento miraron fijamente a ese niño que se parece tanto a uno de sus hijos, se parece tanto al Manolo, pensó. La vida se jugó en ese instante y quién dudó, perdió. Eso lo comprendió Minaya mientras sentía como la bala le iba atravesando la cabeza de lado a lado.

Después de caer el cuerpo del agente en el piso de la habitación, llegó a la realidad del silencio, la alarma intensa de las patrullas a todo sonar que se acercaban. Los vecinos temerosos alertaron a otros policías. Los compañeros del caído escaparon con el botín. Las calles eran de su conocimiento así que el distrito se los tragó en minutos.

El niño no lloraba. Las fuerzas lo acompañaron hasta dejar la pistola en el suelo. Luego de eso las preguntas se fueron disipando mientras llega a su corazón ese sentimiento contenido por el miedo que lo acompañará por minutos, horas, días, meses y años: la soledad.

¡A mi hermanita no la tocas!

Foto: Miguel Mejía Castro

Foto: Miguel Mejía Castro

—¡Hola!

—Hola pequeño, bienvenido.

—Ummmh no estoy seguro, pero quisiera saber si mi hermanita está bien, no la veo por ninguna parte aquí arriba.

—No te preocupes, gracias a ti a tu hermanita no le pasó nada.

—Ahhh bueno… ummmhhh.

—¿Quieres saber que te pasó a ti?

—Sí, es que siento que no la volveré a ver a ella ni a mis papás, siento mucha tristeza, pero también no sé, como que estoy tranquilo, pero confundido igual.

—Y no es para menos, gracias a que golpeaste fuerte con ese ladrillo al que intentó violar a tu hermana este no consiguió lo que quería. El sujeto luego te golpeó muy fuerte y no sobreviviste. Al verte caído el delincuente escapó, pero lo atraparon después y tú viniste aquí para estar feliz esperando hasta que lleguen los que te quieren.

—Bueno eso creo que es lo importante, que ella esté bien, por mis papás… bueno… no sé… supongo entenderán… yo no quise dejarlos… yo… yo…

— Ven, ven aquí pequeño, no te preocupes si quieres llora todo lo que quieras, los héroes también tienen derecho a llorar.

El lugar donde reposas

cementerioNunca te encontramos, eso ya lo sabes, pululas entre la marea del recuerdo que evita lanzarme hacia el vacío creado por tu ausencia. En una combi, en un auto, en una calle, allí está tu olor a niña buena, ese aroma con que iniciabas todo en casa, con las manos en esa sartén de niña vieja, tratando de emular a la madre tuya, a la cual aún amo en medio de la separación desesperante porque no pude encontrarte y que sé camina en la ciudad buscándote por su lado, atada a su locura como el último refugio ante la soledad. Cada día es un hallarme a mí mismo sin ti, con la botella a un costado, diligentemente con una cuarta de trago dejado en la generosidad de mi borrachera diaria. El humo del cigarro me despierta lo suficiente para ir al encuentro de esa cruz de metal que colocamos en una de las paredes del cementerio de la ciudad, a costas de mis exiguos ahorros, para que tuviera un lugar donde refugiar mi impotencia, palear en algo la culpa. Las flores siempre frescas junto aquellas de plástico que la caridad conmueve a mi andar cansado pidiendo la limosna de una muerte rápida que nunca llega, porque en el fondo, aún en ese resquicio de lógica impenetrable, de esperanza infranqueable a mis intentos de ser arrollado por los autos, descansa esa minúscula partícula de fe, por encontrarte en alguna esquina, atrapada en el sueño de mi último recuerdo, con tu vestido de domingo, con tus alitas de ángel, con las flores en tus manos, la conjunción del nombre que te puse en mi alegría de padre primerizo, así te espero, con mi esperanza a cuestas y el infinito dolor de nunca haberme despedido.

 

La figura que falta en mi carro

IMG_0129Es fácil decirle a uno que lo supere, que la falta de esa persona con el tiempo sanará. Es fácil decirle a uno que es “hombre” y que debe sobreponerse y no andar llorando en las esquinas.

Pero ninguno entiende lo que significa levantarse cada día y preparar el desayuno a tus hijos, tratando de que se parezca siquiera a lo que ella preparaba. Es como ser un pulpo que no deja que la avena se queme, que debe licuar el mango con la leche y hervir los huevos para el almuerzo de ellos, preparar al mismo tiempo los sánguches con la lechuga fresca y los tomates, apurarlos para que terminen y arreglen la mochila y si tienes tiempo ponerle agua a la cafetera para poder tomarte un café a la volada, antes de salir disparado a llevar a los chicos al cole, no solo a ellos sino a los otros que conseguiste para reforzar el presupuesto.

Pero es fácil decirte que debes aprender, que te esgriman cómo lo han hecho las mujeres desde tiempos cavernarios, que con menos recursos y todos los días, que dejes de lamentarte y blablabla. Es común que nadie te escuche sobre tus problemas más allá de las dos primeras frases antes de interrumpirte con otras sacadas de un mal libro de Coelho, como si diciéndote que el sol que sale todos los días te ayudará por las noches a calmar las lágrimas de tu hijo.

Lo peor es que hay algunos que te miran como un violador en potencia, así, crudamente. Hasta alguno sugiere que te vayas de bares para “aliviarte”. Como si uno no se diera cuenta que te miran cómo cargas a tus hijos, tratando de descubrirte como un monstruo, anhelando que cometas el estúpido error de besarlos mucho o acariciarlos de manera que puedan satisfacer su morbosa capacidad de imaginarte haciéndoles daño. Porque uno termina dándose cuenta cuando alguna prima o tía metete se presta para el asunto y te dice que ella puede ir a la casa para dormir con ellos, como exponiéndose cual sacrificio. Te hacen sentir como un desquiciado, que lo único que tiene en mente es “eso”.

Pero al final tú mismo sabes lo que tienes en la cabeza y es mucho más importante que esa soledad en el cuerpo. Es más importante para ti ver que el presupuesto alcance, que no bajen de peso los chicos, que en el colegio no le rompan la cara a nadie, que en las tardes no vean esas cosas que descubriste que veían, que sus tareas estén terminadas y si te queda tiempo, ver si tienes camisas para el trabajo, verificar que has comido, tratar de seguir despierto mientras le coses al menor el nombre en el polo porque ya van dos perdidos por falta de identificación, y te preguntas mientras tratas de desatorar el desagüe del baño ¡Cómo carajos hacen las benditas madres del mundo para hacer la desventurada “S” con el hilo!

Y aún así nadie se atreve siquiera a preguntarte en qué andas, pero en serio, no por formula. Porque cuando se te acercan todo es acerca de los niños y está bien, es mejor, porque también aprovechas para que puedan salir a pasear con tías y sobrinos a los que ni por allí los veías en cumpleaños, deslizas por allí una necesidad concreta como llevarlos a tal hora al dentista porque estás trabajando y cosas así que antes por vergüenza no hacías pero que ahora significan más que tu cojudo orgullo que nunca te sirvió para maldita cosa y lo haces no una sino mil veces, porque aprendes a sacarle el jugo a la conmiseración de los demás, su falsa tristeza para tu estado, su escondida hipocresía al decir “lo siento” para tu frustración de no poder hacer nada contra lo inevitable que pasó.

Pero lo que no saben es que ya te levantaste hace rato, superaste la pérdida no porque seas “macho”, sino porque comprobaste que llorar vale madres, que sentir pena por ti no alimenta a los pequeños, los cuales valen mucho más que esas lágrimas de “pobrecito” que derramaste los primeros días. Lo importante aquí no es andar coqueteando a una mamá soltera en el supermercado, es que sonriendo puedes hacer que te cedan la cola para salir más rápido o que te presten la tarjeta para sacar algo en oferta. ¿Sientes vergüenza? No, porque llevar a la niña a sus clases de karate y evitar que en la tarde esté enojada vale más que perder el tiempo con angustiadas que quieren curarte el corazón dolido, aún sabiendo que nadie le cura a nadie nada.

Pero a veces quisiera que estuviera ella aquí para decirme cómo hacía la salsa para los tallarines, qué medida de ajo le echaba a los caldos, dónde escondió el bicarbonato de sodio en la refrigeradora, qué prepararles a los chicos cuando les va mal en los deportes o en los estudios… Tantas preguntas que nunca harás, en especial esa principal: ¿Cómo mierda se cura el corazón?

Algunos me critican porque saqué la figurita de ella de la parte trasera del carro, esa que está de moda donde pones cuantos son en la familia: papá, mamá y los hijitos por tamaños y hasta las mascotas. Los que han notado la falta me dicen que anuncio a los cuatro vientos que ella no está y que estoy libre… pero qué quieren, cuando ella se fue con ese desgraciado perdió su lugar, el cual no puedo llenar, solo remendar con el amor que me nace de las entrañas y que me levanta cada día para dar lo mejor de mí, no porque sea un santo o sea un superhombre, es porque soy padre, algo que ella olvidó.

Buscándote

angry couple sitting on sofaEs la rutina de todos los días: levantarte, despertarla, besar sus ojos llenos de legañas por las lágrimas de toda la noche, preparar el desayuno, soportar con paciencia sus cambios de humor, sus encierros en el baño por más de media hora, el no resentirse cuando la vas a tocar y te saca las manos, el desayunar callados hasta que no aguantas y prendes la tele, el salir a trabajar sin ánimos y llamarla cada cierto tiempo para saber como está y recibir la misma respuesta dolorosa “¿Y cómo quieres que esté?”. Finalizas tu día en el trabajo y siempre sales algo temprano con alguna excusa pero para ella siempre sales muy tarde, o eso le haces creer. Esas dos horas de tiempo ganado te sirven para buscar a esa persona, ansiando encontrarla, anhelando ver su rostro, imaginado lo primero que harás al hallarla, porque sabes que siempre cargas la 38 cañón corto cargada, lista para saludar como se debe al que violó a tu esposa.

La cocina a Kerosén

cocina de kerosen

Te acuerdas de aquella cocina a kerosén que compró mi madre y que se trajo de la ceja de selva y que terminamos destrozando porque ni la limpiábamos y cocinábamos hasta reventar ese arroz partido que costaba menos y que comíamos y acompañábamos con esos estofados de carne que te quedaban deliciosos y hasta ahora no sé como los hacías pero que rico quedaban por la tarde cuando me lo guardabas con un plato de hojalata floreada tapado con otro verde y todo con los manteles hechos de los restos de los sacos de harina que vendías en la tienda esa a la que me obligaste a incorporarme como trabajador emérito sin goce de dulces cuando tuviste que venirte de tu tierra espantada por los terrucos que entraron en esa madrugada maldita en la que mataron  a varios incluyendo a esa tía cuyo nombre olvido que, creyendo que los que tocaban eran borrachos, les tiró los orines de la bacinica encima a los compañeros y estos la quemaron a ella y a la pequeña sordomuda que la acompañaba y lo sabemos porque sus cuerpos quemados fueron relatados por uno y otro que llegaba de tarde en tarde a conversar contigo a esa tienda que tuvimos que pertrechar con el tiempo con rejas y más rejas porque los choros no te dejaban en paz y se llevaban de tanto en tanto la plata y alguna caja de leche, esa misma de marca gloriosa que tantas veces me sacaste en cara que compraste para mí y que de esa manera tratabas de atarme a tu lado intentando siempre que me olvidara de mi mismo para dedicarme en cuerpo y alma a traer los domingo el agua bendita para la semana y los sábados el mercado al cual iba con apenas 20 monedas blancas para comprar un kilo de papas, tomates, zanahorias, verduras de yapa y carne, frutas de vez en cuando y pescado las menos, no porque nos faltaran ganas de comer sino porque tratábamos de no parecer repetitivos en las comidas diarias de estofado, tallarían, ají de calabaza, pastel de tallarín y huevo frito de festejo cuando los domingos nos quedaban anchos en la pereza de no hacer nada y que te consumía en cólera por no verme enterrado en lodo en la huerta que tratabas de sacar adelante en esa tierra de piedras malditas que no permitían que creciera más que el sudor mío y el tuyo, arrancando de tanto en tanto verdes lechugas, cebollas coloradas y alfalfa para esos cuyes que criábamos con al esperanza de comerlos de tanto en tanto pero que más se sacrificaban cuando llegaban alguno de tus dos hijos varones, uno de los cuales se te murió y tu mirada cambió porque lo recuerdo como si fuera ayer cuando regresaste de la gran capital con el traje negro y la poca alegría en el alma muerta que no recuperaste hasta que nació mi hijo solo para que pudieras verlo y jugar con él diciendo que era tu lombito y acariciarlo como me acariciaste ese día que tengo que recordar hasta que me pudran los gusanos que te peleaste por mi contra la muerte puño a puño, segundo a segundo en que me llevaste a tratar de que respire y ocultaste para siempre ese cuaderno donde se supone escribí mis últimas palabras las cuales tú si me diste en esa noche tan rara en el hospital al que te llevamos para que trataras de vivir de prestado un momento más con nosotros y en el cual te dije que te amaba y lo dije con sinceridad y me asentiste con la cabeza como diciendo que lo sabías pero que no ibas a pedirme perdón porque hasta el último no sabías el daño que me hiciste y a Dios gracias tampoco te acordabas del que yo te devolví porque éramos siempre así dos olas que chocaban con la brutalidad de las palabras arrancando del pecho los más terribles insultos para luego en la paz de los necesitados buscarnos a la hora de la comida para pactar una tregua en ese alimento bendito que salía de tus manos y de esa cocina a kerosén.

El Candidato

candidato—¡Llegó la última Pepito—. Laurita, siempre animosa, me entrega la última encuesta. Como esperaba, estaba en el cero punto tres de preferencia a nivel distrital. Para variar delante de mí están Pedro Juan y el Odontólogo, peleando la punta y como 5 más detrás. ¿Para qué me engaño?, todo estaba dicho hace meses, cuando me embarqué en esta aventura política sin un norte ni seguridad de ganar.

—No andas tan mal ¿Ves?… aquí dice que hay un 20 porciento de indecisos, esos van a votar por ti porque vamos a darle con fuerza estas últimas semanas, vas a ver que… —¡Ya basta Laura!, todo está perdido, solo tú no te das cuenta…— grité, pero al ver los ojos llorosos de la pobre muchacha me retracto. —Perdóname, pero la verdad estamos a escasos trece días de la votación y ya es imposible hacer algo, ¡Carajo es que…!.

Terminamos en el escritorio con Laurita. Casi todas las tardes desde hace tres meses terminamos allí: yo desfogando mi ira por haberme metido en esta vaina de ser candidato y ella recibiendo esta limosna de mí tiempo. Lo peor es que lo agradece sin pedir nada a cambio, solo el sueño de estar conmigo en la alcaldía, nada más.

Irónico si me pongo a razonar como se debe y veo ahora a mi esposa besándome donde hace poco lo hacía Laurita y sirviéndome la comida recalentada en el microondas y haciéndome sentir más político  que nunca al explicarle que me demoré porque un periodista de RPP me entrevistó, lo cual por cierto es una gran mentira porque ni por asomo me considerarían porque ni figuro entre los seis primeros.

—Vez mi gordo, todo va a ir bien, si de ayi te eztán entrevistando ez que estáz firme, uyyyyyy que bonito todo va a zer cuando zeas alcalde. La Ñata por fin zacará la cara a la caye para que la vean… uyyy que maraviya…— me dice Julia, tantas veces mi fiel Julia que no deja tampoco que me desanime, se me cae la cara de vergüenza cada vez que me recuerda lo mucho que me apoya ella, sin siquiera mencionar para no hacerme sentir mal que gran parte del dinero para la campaña viene de parte de sus parientes empresarios.

Pensamientos y ambiciones

Pienso… pienso en ti Laurita y en la encuesta y en la cochinada—y—media que pienso hacer contigo en la oficina que tendré en la municipalidad. Vaya, pensar en eso me devuelve la esperanza de salir elegido y hago planes para mañana: a donde ir, a quién llamar ¿Por qué entonces estoy tan abajo en las encuestas?, soy buen político, soy… —Ya pues Julia, que buscas allí abajo, deja dormir—, —Ez que te quiero relajar un poco gordo… pero bueno te entiendo, no sabez cuanto anzio que termine todo ezto para volver a la normalidad ¿Tu también lo quierez no gordiz?—, —Seee, ya déjame dormir.

No Julia, no quiero que termine, no porque tendría que dejar a Laurita y no, no quiero. Quiero ser autoridad, quiero sentir el poder de hacer las cosas no que me manden a hacerlas, quiero ese poder en mi firma, sueños de candidato como dicen, porque al final: “Quiero un distrito que sea el mejor de la región, que nos envidien hasta en la capital, porque es nuestro destino convertirnos en el ejemplo porque nuestra gente lo merece y juntos podemos lograrlo”. Esa es mi frase favorita de mis discursos, suena bien, pero no cala en la gente.

Nota amarilla

Día tres antes de la votación: encuesta igual, novedades: logré un tercer round con Laurita, me peleé con ganas con Julia porque sus parientes ya empezaron a dudar de mi éxito y quieren su plata de vuelta y ah… la Ñata se intentó suicidar con aspirinas… no logró tomarse las setenta mínimas y las veinte que tomó las mezcló con mermelada de fresa. La razón: había terminado con su enamoradito porque este le sacó la vuelta con otra. Lo que más me sorprendió fue que tuviera noviecito. Pero al final es mi hija y por todos lados quise evitar que saliera en los medios, pensé que ni por esas se acercarían a preguntarme algo, pero al parecer se filtró el nombre de la Ñata y el celular no paró de sonar en la tarde. Bueno al menos por una nota así algún elector quizá vote por mi, buenas noches conciencia y perdón por mis pecados.

Día de votación

“Hoy es el primer de mi nueva vida”. He entrado al baño de madrugada con Og Mandino como aperitivo y ya no me dio ganas ni de Cuauhtémoc ni de Coelho. He desayunado en paz con mi Julia y mi hija, la cual después del susto, ha regresado a casa con la cabeza más encogida y su autoestima más baja que mis encuestas ya que el único acto de valentía que tuvo en su vida se frustró. Debo buscarle un bendito psicólogo, justo hoy, hoy que “Me comeré las uvas del éxito”.

Ya voté, es fácil, solo entras a la cabina de votación, ubicas la foto de tu reeleccionista favorito, de tu extorsionador favorito o de tu outsider favorito, eso para las regionales; para los consejeros usa el tindedindedopingüe, para alcalde provincial escoges entre el que más te suene y para distritales pues que te queda, lanza tu moneda. A cualquiera de ellos lo marcas con una cruz, esvástica, kanji o signo-esotérico-marxista-leninista-pensamiento-taoista y si no sabes para qué miércoles sirven los cuadraditos en blanco al lado no pienses, marca nomás porque igualito va a ganar el reeleccionista de turno. La presidenta de mesa me ha reconocido, por la gramp… —Sí, claro, mi hija está bien… sí, sí… la haremos ver… no, no se preocupe es medio difícil mi signo… sí, sí… gracias por su voto… claro que voy a cumplir mis promesas de eso ni dudas caben, por la vida de mi hija… claro, claro.

Una vez cumplido mi deber ciudadanos cívico patriótico patético moral me voy a buscar al loquero para mi hija que desde ahora será mi prioridad diaria, como me lo dijo Julia y como me lo pidió Laura, que se cree culpable de la situación. Soy al final un buen padre para todos y eso deberá ser mi careta de hoy en adelante, en fin.

Los resultados

Gané…

—Este distrito, este gran distrito siempre le ha dado la oportunidad a los que saben luchar, a la democracia y a sus instituciones. Como siempre la voluntad del pueblo se ha hecho respetar como aseguran los organismos de la contienda electoral. El líder de nuestro movimiento me ha llamado para felicitarme, lástima que no haya ganado las presidencia regional, pero como sabemos eso fue por la guerra sucia que emprendieron en su contra los candidatos del reeleccionismo, los topos de la dictadura regional. Pero lo conozco y seguirá en carrera, seguirá apoyando este proyecto que tiene para muchos años, a pesar que solo para estas elecciones se haya formado, con nuestra victoria aseguramos esta parte de la ciudad para ser cantera de líderes. Gracias a ustedes que están comprometidos con la causa de nuestro movimiento, por eso no descansaremos en buscar siempre el bien para ustedes. Nos daban por desaparecidos, por muertos políticamente, pero miren como es la vida que da vueltas, les demostramos que nuestra propuesta es la mejor de todas y por eso hemos sido elegidos, no por nuestros méritos sino por nuestra sólida propuesta. Hemos llegado a la meta pero no nos dormiremos en las glorias bien ganadas sino que seguiremos al lado de los profesionales que entrarán con nosotros a trabajar para sacar la corrupci…

Vainas así debo haber dicho por algunos minutos ante los cientos de partidarios de último momento que vinieron hasta el local del movimiento en la avenida principal, donde yo estaba algo incrédulo con los resultados del organismo electoral. Nunca pensé que la Ñata con su intento de suicidio me ayudara a subir en los dos últimos días de la campaña. La nota no solo salió en la ciudad sino hasta nacionalmente, al otro día y yo sin darme cuenta realmente, di una conferencia y nadie, porque ya no me quedaban partidarios, me avisó que estaban los de canales de la capital, al no tener notas la mía les pareció algo atrayente y terminaron dándole connotaciones novelescas, resaltando como la llevé en brazos hasta el hospital, como me quedé en su cabecera y como la apoyé sin cuestionarla. Me tuvieron pena, lo sé. Pero me ayudaron de esta forma: eligiéndome.

Coda

Ahora Laurita de mis tardes tendremos nuestra oficina para los dos y hasta haré colocar cortinas fucsias como tú quieres, serás mi asesora y seguiremos inventando maneras de acomodarnos en el escritorio, ¡Que diablos!, compraré un sillón-cama, aunque extrañaré nuestro escritorio pobre de nuestro querido local electoral. A ti Laurita te daré los lujos que mereces y tendrás de amiguitas a las más nice del distrito y hasta de la ciudad porque te meteré en el comité de damas de la provincial. Ahora hijita mía tendrás autoestima y te operaré la nariz como siempre ha sido tu deseo. Ahora yo espero pagar mis deudas, que me dejen hacer algo alguna vez para cumplir las promesas de cemento y el último año haré algunas obras para asegurar la reelección. Me llamo alcalde-distrital-elegido-democráticamente. Adiós conciencia, ahora te callo porque no me conviene escucharte, adiós amiga mía.

En la ceremonia

confirmacion

La ceremonia se cumpliría en la capilla del colegio contiguo al albergue donde vivía la adolescente junto con otras 20 chicas. Su vestido era de color crema, cortado a la mitad en la cintura por una fajita color granate, sus zapatos eran plateados, su cabeza estaba adornada por una diadema de flores de diamantes de imitación, sus manos no paraban de sudar de la emoción. Ese día sería bautizada, haría su Primera Comunión y Confirmación. El mismo obispo del lugar presidiría la ceremonia, porque conocía de mucho a los fundadores de la obra.

Aún con el nerviosismo, aguantó las ganas de gritar durante la ceremonia. El agua recorrió sus azabaches cabellos. La cruz de aceite en su frente, la promesa de que nunca estaría sola al momento de recibir la Comunión, serían momentos que la acompañarían siempre.

Luego del Padrenuestro correspondiente, llegó el momento de la paz. Abrazó a uno y otros, a sus compañeras al igual que ella, rescatadas todas de la violencia en pueblos de la sierra, con historias demasiado fuertes para que cualquiera pudiera oírlas sin llorar. Hermanas la final en su camino hacia la curación y la paz.

Al momento de voltear hacia otro costado para abrazar a otra de sus hermanas, se encontró frente a frente con el rostro de su padre.

-Hijita, ayer he salido, yo pagué todo, hijita yo ya entendí que estuvo mal, muy mal, no entendía, por favor, ya pagué mi culpa, yo ahora entiendo… yo quiero que me perdones…

Nada alrededor respiró por más de cinco segundos, los cuales pasaron lentamente mientras algunos tomaban conciencia de quién era ese hombre devastado por el peso de los barrotes, que había llegado hasta la banca donde se encontraban las niñas, eludiendo toda seguridad.

Antes que pudieran reaccionar lo hizo la adolescente, abrazó a su padre y al oído le dio el perdón que anhelaba pero también le pidió que la dejara ir, que volviera a su casa, allá en el pueblo, a tratar de recuperar el tiempo perdido, que ella estaba bien donde estaba, que ya hablarían alguna vez.

El hombre terminó de besar en la mejilla a su hija y salió, aún con la vergüenza del que se sabe malmirado, pero contento hasta las lágrimas.

Todo siguió normal. La ceremonia terminó con aplausos, el obispo partió la torta llena de manjar blanco y el corazón de la ahora confirmada, por fin sonrió con paz.

Consecuencias

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Cada día es un pesar. Andar vagando entre la bruma de tu recuerdo me hace menos humano que antes y más liviano. Intento a cada instante atrapar las miradas de tus días, pero no puedo. Sé que piensas que soy un fantasma, un espíritu que ronda la propiedad de tu cuerpo, si supieras que solo soy el triste hombre que te ama hasta la locura y solo tiene al alcance de mis atadas manos tus  fotos, que los carceleros dejaron pegadas a la pared para que recuerde. Nada justificará mis actos. Nada justificará lo que pasó. Y sí. Al final soy el fantasma de aquel que te atropelló estando ebrio, sin darse cuenta hasta el otro día que eras la mujer destinada para mí y a la cual hubiera conocido, saludado, enamorado, de haber estado sobrio.

Corazón de Padre

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Fueron las tres de la mañana cuando escucharon los disparos. Tobías salió corriendo hacia la calle, para encontrar a su único hijo tirado, desangrándose en la calle. La sangre brotaba como una flor de clavel en el pecho desnudo del adolescente de 17 años y los asaltantes ya estaban lejos de la justicia popular.

Un vecino puso el carro, otro lo ayudó a ponerlo en el asiento de atrás, uno más se puso en el asiento para sostener la cabeza del herido y otro entregó lo que logró juntar de dinero entre los presentes. Tobías agradeció con la mirada a todos y se fue a tratar de salvar a su hijo.

La historia es común en este barrio, para qué entraríamos en detalles. De repente lo diferente es que en vez que Tobías fuera el que se fuera de la casa, fue la Estrella la que se cansó de la pobreza y lo dejó con un bebé de un año y medio en los brazos. Fue un buen padre. Educó bien al chico. Cuando terminó el colegio, Jesús, como se llama el muchacho, se puso a trabajar en un Call Center  de noche para poderse pagar la academia preuniversitaria. Llegaba todos los días a las tres de la madrugada y encontraba siempre despierto a Tobías que no pegaba el sueño, rumiando el sueldo de obrero que sacaba por las 10 horas al día que trabajaba y que no alcanzaba al final para cumplir el sueño de Jesús de ser médico. Ese trabajo del muchacho era importante y les permitía ahorrar.

Lo demás ya lo sabemos todos, pero nos cuesta creer lo que pasó: llegaron al hospital y encontraron a “Cigueño” de turno, ese era el mejor cirujano de la ciudad, bueno, eso por orgullo lo decimos, porque también salió del barrio y era la inspiración de Jesús en sus anhelos de ser “matasanos”. “Cigueño” le pusimos porque atiende a nuestras mujeres gratis cuando van a dar a luz, muchas no tienen ni Seguro para eso, así que él corre con todos los trámites.

Cuando examinó a Jesús, salió a decirle al padre que el corazón del muchacho estaba comprometido y que no era posible salvarlo, a menos que se le trasplantara otro corazón y no le iba a dar tiempo siquiera el pedirlo a urgencias en el Central. “Qué necesitaría ese corazón”, le preguntó Tobías. “Que sea de la misma sangre que Jesús y que esté sano, entre otras cosas, pero es imposible Tobías”, respondió el médico. Lo que no esperaba nadie es que Tobías sacara su cuchilla de cortar cables y se rebanara el cuello, no sin antes decirle al doctor que usara su corazón para salvar a su hijo.

Dicen que eso se le ocurrió al Tobías porque vio una película donde un padre igual trató de matarse para darle el corazón a su hijo, dicen que no vio nada el Tobías y lo hizo de puro macho y por el gran amor que le tenía a su hijo. Yo no sé al final cómo se le ocurrió la idea, porque debe haberle tenido una fe inmensa al “Cigueño” para que lo haga y debió estar seguro que su corazón calzaría en vez del de su hijo. No sé, como dije, lo que al final pasó por su cabeza. Pero lo que sí sabemos es que Jesús ahora va por su tercer año de Medicina, trabaja junto al “Cigueño” en su consultorio particular y es un buen chico, como siempre deseo su Padre, el Gran Tobías.

Para los que aun no se convencen que un padre debe estar siempre allí, va la siguiente canción: 

https://www.youtube.com/watch?v=oiKj0Z_Xnjc

Anticipando los titulares

puente

Yo era de tomar cerveza fría y rubia, ella prefería una cerveza negra. No se me malinterprete, no éramos alcohólicos, solo dos náufragos en las tardes después del trabajo, tratando de bregar camino a casa, pero resistiéndonos a llegar, sabedores aún de los dramas que nos esperaban a cada cual. Tampoco éramos amantes, propiamente dicho, es que nunca nos besamos, nunca nos tocamos, nunca nos complementamos en ningún hotel barato. Solo nos quedábamos a charlar los viernes, frente a dos botellas que parecían nunca pasar de la mitad y nos mirábamos lentamente a veces, dejando que la imaginación dirigiera los anhelos.

Era solo ese día. Con cualquier excusa, mayormente la del trabajo, demorábamos el tiempo laboral para permitirnos adentrarnos en el mundo que no conocían nuestras parejas. Puede que para mí eso siempre fueran conversaciones e imaginación, como recordarán en las entrevistas en medios, yo soy tímido.

Pero ella no. Por eso creo que la inocencia del after office que nos metíamos entre pecho y espalda esos viernes, se le convirtió en la tabla de salvación real en un matrimonio irreal, junto a un banquero ocupado en posicionarse, el cual la necesitaba solamente en las cenas de caridad, en los eventos en los que hay que lucir un par de piernas y escote al lado. Ni siquiera, o eso quiero creer, la necesitaba en la cama, como ella me afirmaba.

Hay momentos en que dudo realmente en todo lo que me dijo, pero, después pienso: ¿Porqué me mentiría? Claro, muchos dirán que justamente para provocar eso que llaman: “lástima emocional”, que genera en los hombres el interés de convertirse en salvadores de damiselas en peligro. A mí me pasó desapercibida esa estratagema de haber existido. Al contrario, pienso que ella sentía que podía confiar en mi y yo valoraba eso como para mezclarlo con sórdidas proposiciones. De otra manera no me explico cómo me llamó esa tarde, desesperada, diciéndome que nada tenía sentido, que él le había pedido el divorcio y ella iba a quedarse sola. La animé de mil formas, pero estaba realmente deprimida, al final, él realmente era su mundo…

Luego, el correr como bólido a través de las calles de la ciudad para llegar justo cuando ella saltaba hacia la nada en el Puente de Fierro. Los policías me encontraron allí, musitando incoherencias y me llevaron preso y después las cámaras, los flashes, las portadas en los periódicos y mis torpes intentos de remediar lo que no necesitaba remediarse.

Claro, mi familia creía en mí, pero no mi esposa, aún más cuando traté de explicarle lo de los viernes. Terminé viviendo en una pensión. No me despidieron del trabajo por razones que desconozco al final, pero sí me mandaron a revisar correspondencia, por el mismo sueldo.

Han pasado los años y nadie se acuerda de la suicida del Puente, supongo que los accidentes de tránsito, otros suicidas, asesinatos, acaparan la mente de todos y los hace olvidarse de este funcionario, acusado en su oportunidad de haber empujado a su amante en una pelea sentimental, hacia las aguas contaminadas del Chili.

Por eso les escribo a ustedes, los nuevos encargados del diario, en especial de la sección policial, para que sepan que si me voy a tirar del Puente esta tarde, no es porque el escándalo me persiguió y destruyó mi vida, por favor no pongan eso, ni cosas por el estilo. La verdad es que simplemente, después de tantos años, me he dado cuenta de que la extraño, más de lo que alguna vez pensé.   

 

El salvador

el salvadorLa balacera es una fiesta de ruido seco y sin eco en la mañana entrada en calores. Es domingo en todos lados y se siente en las calles tranquilas, roto solo por ese retumbar extraño y solitario que se repite cuatro veces en el aire urbano del barrio.

Carmen cocina con el gas que lleva hasta allí un motociclista todos los últimos jueves del mes con quien tiene un romance efímero de sexo mal hecho en la cocina. Es su venganza poética, que le llena de sabor los labios cuando besa a su marido cuando llega ebrio de otros amores y con el aroma de otras cocinas en el cuello.

El niño de seis años mira la tele, absorto en los colores casi naturales de la pantalla plana que le muestra un mundo lleno de fantasía y fiesta que nunca ve en las calles por donde da sus pasos hasta su colegio, de allí a los brazos de su mamá Carmen y después a los juegos con su papá en las noches que no sale a trabajar cuando carga su “amiga cuarentaicinco” en la espalda, entre el pantalón y el canzoncillo.

Su papá, al que llaman “Peluche”, está corriendo para protegerse. Caminaba hacia la tienda a comprar un par de chelas para la sed de la mañana dominguera, cuando vio aparecer a ese motociclista encapuchado y supo que venía por él. Trató de esconderse detrás de un poste pero, una bala que se incrustó en su hombro, lo impulsó a buscar refugio en su casa. Llegó a la puerta con dos tiros más en las piernas para empujar con el peso de su cuerpo herido la puerta metálica. Carmen no salió a ver nada, estaba segura que estaban matando a su marido y no quiso presenciarlo…

Quién sí salió corriendo y sin miedo fue el niño que se llama igual que su padre: Pedro. Mira con ojos asustados la sangre que sale a borbotones de las piernas de su papaíto y de una nueva herida en otro de sus brazos y salta sobre él llorando, suplicando al encapuchado para que no mate a su progenitor.

Pedro está temblando, no dice nada, mira para un lado y otro buscando explicación del porqué  están disparando contra él si no mató a nadie, si solo es un ladrón de noche con una pistola de juguete. Pero con el brazo que puede mover separa a su hijo de él y mira de una vez a su asesino, sin miedo en los ojos. El niño puede más que su protector y de nuevo se aferra al cuerpo pidiendo con más fuerza, ¡No mates a mi papá, es bueno!, ¡No lo mates por favor, por favor!

El viento sopla con fuerza mientras el frustrado asesino baja el arma y se va, sin dar la espalda, monta en su moto y se aleja mientras los vecinos salen para ayudar a Pedro. Lo que no consiguen es que Pedrito deje de abrazar a su padre.

¿Vomitaré hasta que muera?

¡Mira!, estoy regorda...

¡Mira!, estoy regorda...

 

A decir verdad yo decidí tener esta enfermedad… La primera vez que me autoinduje el vómito debí tener 15 ó 16 años… Había comido como un cerdito así que se me hizo una buena opción eso de “eliminar las calorías” vomitando… En ese entonces debí hacerlo contadas ocasiones, pues me daba mucho asco y la sensación de nauseas constantes, luego de vomitar, me desagradaba bastante. Así que sólo vomitaba cuando había comido demasiado.

 

Durante mi infancia fui una niña podría decirse que incluso flaca. Aunque nunca faltaron los comentarios referentes a la importancia de mantenerme en línea. Cuando tenía aproximadamente 8 años. Un tío hizo un comentario, que quizá él consideró inocente, pero que a mí me hizo una marca no sólo en el corazón, sino también en la autoestima… Habíamos dejado de vernos durante vacaciones. En cuanto me vio llegar exclamo: “Frida!!! Nada más sales de vacaciones y te inflas, Bueno, nada más que vuelvas a la escuela volverás a bajar”.

 

Quizá para él fue un comentario sin relevancia alguna, aunque no fue por supuesto ese mi caso… A los 14 años más o menos empecé a subir de peso. Mi familia y padres me insistían que bajara de peso con argumentos como “Cuando bajes de peso, serás lindísima” “Cuando bajes de peso, traerás a muchos chicos tras tus huesitos” (Bien decía huesitos…) “Cuando bajes de peso…”, “Cuando bajes de peso…”, “Cuando bajes de peso…!!!” Uuuuufffff eso por supuesto aunado a mensajes indirectos de mi padre donde me decía tonta, ignorante, etc. 

 

AUTOESTIMA DAÑADA

 

Y bueno… lógicamente eso terminó con mi autoestima. Afortunadamente en la escuela nunca me molestaron por estar gorda. Lo cual me hace pensar que en realidad mis padres exigían demasiado. Necesitaban que fuera la hija ejemplar en el aspecto físico. Entonces empecé a angustiarme de una forma increíble. Recuerdo una ocasión que salimos de vacaciones a provincia; fuimos a visitar a la familia… Llegamos a Camaná y yo me sentía bastante bien, pues constantemente me llegaban arreglos florales, cartas, etc de los chicos del lugar. 

 

Pasados dos años aproximadamente (durante los cuales por supuesto tuve a mi madre, padre, familia y amigos de la familia sobre mí para que bajara de peso) regresé a visitarles. Una amiga y yo fuimos a la disco. Comenzamos a bailar y llamamos la atención de un grupo de chicos del lugar por nuestra forma de bailar. Así que uno de ellos se acerco a mí. Y dijo… “te parece si bailo contigo y que mi amigo baile con tu amiga???” A lo que accedí. Poco después; otro chico (del mismo grupo de amigos) se acercó a mí y luego de charlar un rato, relacionar situaciones, personas, etc Mencionó… “Claro!!! Yo te conozco!! Eres la chica que traía loquitos a todos los chicos de aquí hace dos años… Pero bueno… es que no te reconocí porque estabas más delgadita…”. 

 

EMPEZAR A VOMITAR

 

Luego de eso llegué a casa y comencé a golpearme el abdomen frente al espejo y lógicamente también a llorar. Y me prometí a mi misma que bajaría de peso a como diera lugar. Un día escuchando el radio, descubrí que eso que hacía yo esporádicamente se llamaba bulimia, que era una enfermedad y habían chicas que perdían kilos y kilos dejando de comer. Metiéndose laxantes, diuréticos, pastillas, haciendo ejercicio, etc. Que comías lo que querías, ibas a vomitarlo y listo!!! Todo resuelto!!! Por supuesto este no era el mensaje que daban en dicho programa. 

 

Comencé a dejar de comer, (aunque lo más que llegué a aguantar sin alimento fueron 3 días) Así que me inclinaba más por la opción de comer y vomitar. Que podían ser hasta 12 veces en un día. Claro… cuanta cosa me llevaba a la boca; terminaba en el w.c. Al principio era demasiado difícil, pues me daba muchísimo asco, detestaba esa sensación de vacío en el estómago y las nauseas que te quedan luego de hacerlo repetidas ocasiones en un sólo día resulta desagradable. Pero bueno… no me importaba porque finalmente era para una causa noble, o así lo sentía yo. 

 

Aunque me desesperaba a veces porque me costaba trabajo vomitar o en ocasiones me daba miedo a sensación que provoca el esfuerzo, que terminaba con un dolor de garganta espantoso y en un par de ocasiones el cepillo con el que me provocaba el vómito salió con algunas gotas de sangre lo cual me asustó un poco, pero en cuanto me miré e el espejo dije… *qué susto ni qué nada!!! Lo que sea por bajar de peso. Hasta la muerte si es necesario!!! No te puedes, ni te vas a morir gorda”. 

 

Finalmente el esfuerzo y el sufrimiento, o la desagradable amargura de la bilis en cada visita al baño luego de haberlo depositado todo en él, bien valía la pena… Iba a ser bellísima cuando bajara toda esa asquerosa grasa. Y así estuve por varios años… De repente lograba bajar unos kilos cuando ayunaba. O controlaba las calorías. (300 ó 400 al día). Pero en realidad era más que nada “mantenerme” o incluso subir de peso. Pues cada vez que uno vomita, o deja de comer, el cuerpo (nada tonto) se percata de que no le estamos alimentando o le quitamos lo poco que introducimos en él. 

 

DURO

 

Un amanecer en el buscama rumbo a Lima, me hizo cambiar mi visión. Al igual que el amor de un chico (en ese momento) maravilloso. Y creció en mi la necesidad de estar bien. Así que reafirmé mi deseo de bajar a la buena. Y bueno… deje de vomitar por un tiempo, pues estaba ya yendo al gimnasio diariamente 4 hrs. Tomaba litros y litros de agua. Me aplicaba unos supositorios para sudar más, pastillas (que por cierto me provocaban angustia y taquicardias) Desayunaba y almorzaba Slim Fast… A veces lo tomaba también por la noche o bien me servía una taza de arroz hervido. Pero no fue hasta que busqué ayuda médica que no empecé en serio a tratar de sanarme.

 

Pero llevo ya desde Febrero de este año con sólo 3 vómitos y una recaída de cortes. Me da pánico comer. Me restrinjo demasiado. Mi equipo de médicos y yo, coincidimos en que lo mejor es ingresarme a la clínica de trastornos de alimentación. Por lo que el próximo lunes 11 de mayo me internarán por al menos un mes. Pero estoy dispuesta a no salir de ahí hasta que no esté completamente recuperada, ojala lo logre…

 

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