Es un anciano extraño, siempre sentado en esa banca del parque, alimentando a las palomas con migas de pan.
Desde que tenemos memoria lo hemos visto, en las tardes en que jugábamos a la pelota, ya estaba.
Siguió allí cuando nos enamorábamos con palabras aprendidas en la tele en las tardes de manzanas acarameladas.
Estuvo cuando paseamos a nuestros hijos, para mostrarles lo bellos que nos salieron a los demás vecinos.
Se mantuvo firme sin decir palabra ante nuestras insistentes preguntas, cuando ya maduros, nos reuníamos para hablar de política y quejarnos de los cambios adolescentes de los vástagos.
Sigue allí y nosotros, ya arrugados y débiles, cada tarde de domingo nos sentamos junto a él y en silencio, alimentamos a las palomas con migas de pan, creyendo que en ello está la clave de su vida eterna.


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