EL COMECUENTO: El almuerzo eterno con Julia y Santiago

Mi abuelita Julia y mi abuelito Santiago bailando en alguna festividad.

Recuerdo la primera vez que fui a Iquipí, el pueblo de nacimiento de mi padre, ubicado en Río Grande en Condesuyos. Era de madrugada. Para llegar a la casa de los abuelos teníamos que atravesar una acequia que me pareció un río para mis seis años de edad. Luego íbamos por el borde de una chacra interminable. Cuando llegamos a la casa, nos recibió mi abuelo Santiago con un candil en la mano. Caí rendido.

Al día siguiente fue una sucesión de maravillas. La casita estaba ubicada en la parte alta de la bajada al río. A un costado estaba un enorme pacay frondoso y un guayabo cargado. En la cocina, estaba mi abuela Julia, soplando por un tubo el fogón y sobre rieles de metal descansaban sendas ollas tiznadas de donde saldrían manjares diversos. Por mis pies correteaban cuyes gordos.

Poco después la algarabía de unos gritos anunció la llegada de varios tíos cargando una red llena de unos animales monstruosos: los camarones de río. Mi abuelo amarró las tacas de un par de los más grandes y me los dejó para jugar en la batiente del descanso de la casa. El cuerpo principal alcanzaba el porte de una escobilla de esas de madera con cerdas de plástico y la tenaza principal otro tanto. ¡Animalazos!

La chacra de mi abuelo se extendía hasta el río. Sembraba de todo, desde zanahorias hasta arroz, alfalfa para las vacas y la yegua y el burro, hartos perros correteaban libres cuidando de noche la propiedad y en especial el gallinero, donde diversas aves alimentarían en esos días a la cantidad inmensa de parientes que desfilarían por ser vacaciones, llegados de distintos lugares. En la parte trasera de la casa estaba la huerta con los ciruelos y los minimangos. Había también un tunal grande y peras, manzanas, de todo había.

Mi abuelo en esos días tuvo la sana costumbre de aterrarme con historias de aparecidos y demás cuentos y leyendas, con tal precisión que envió una bala directo a mis ganas inmensas de creer que todo era posible y matar al escéptico y dejar libre al creyente. Así, a pie juntillas le creí que en la punta del cerro inmenso que flanqueaba al pueblo, y donde se veía una cruz, estaba enterrada Chabuca Granda, la cantante famosa del país. Me contaba que ese cerro inmenso justo era el recuerdo de una gran tragedia, antes Iquipí era una ciudad más grande que Arequipa, incluso, pero un terremoto destruyó todo e hizo que se levantaran los cerros, dejando solo una delgada línea de casas y de chacras al filo mismo del río. Obvio que eran historias para entretener al nieto, pero para mí quedaron en el corazón metidas para ser contadas y transformadas en las realidades mágicas que construyo en cuentos y microcuentos.

Mi abuelo Santiago enseñándome porqué es tan importante la uva.

Pero vamos a esa primera gran comida de domingo. La mesa del almuerzo aún navega entre los mejores recuerdos de mi existencia. En el descanso techado de la humilde vivienda, levantada con adobe y caña, se puso una mesa grande y en el interior del primer cuarto de la vivienda otra para nosotros los primos. Los camarones estaban allí, hervidos, a lo largo del mantel blanco, papas humeantes, choclos y llátan molido acompañaban. Antes, un impresionante caldo de gallina de corral abrió campo en los estómagos para esa delicia de río que se comía con las manos y se degustaba con la conversación amena, recordando mi abuelo viejas anécdotas y las voces en coro de mis tíos y tías, mientras en mi mesa los primos nos reconocíamos como familia. Luego, el vino hecho en el lagar que construyó con sus manos el patriarca, alargó con su calidez el momento familiar, que aún flota en mis mejores recuerdos.

La casita patriarcal.

Coda: al celebrar el segundo año de fallecimiento de mi abuela Julia y más de diez del de mi abuelo, regresé a esa casita y la encontré viejita y acabada. Puse mi nombre en la pared como la tradición de los más de 52 primos y 30 bisnietos y volví a ese maravilloso almuerzo, gracias a la magia de la memoria, genial regalo del Creador, quién misericordioso como es, nos ofrece la caridad para rescatar los mejores momentos y olvidar los trágicos y estar allí, junto a mi abuelita Julia, mi abuelito Santiago, riéndome también de ese pequeño de mirada curiosa, que se emocionaba de por fin conocer a aquellos a los que le debía parte de su vida.

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en Semanario Vista Previa

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