COMECUENTOS: Siete panetones para un mes

Mathías come panetón en diferentes épocas del año. No le importa la marca, lo que le gusta es el sabor de ese bizcocho migoso lleno de pasas y frutas confitadas que le arranca una sonrisa. Tiene siete años y sabe que Navidad es la época en que más de esos panes, de italiano origen, tendremos en casa. Compré uno, su abuelita Liliana le regaló otro y otro vino de mi trabajo como docente, otro más en la canasta de su mamá, uno que me regalaron en un compartir de un amigo editor. Buena cosecha la de este año.

—Papá ¡tenemos muchos panetones! 

—Nunca tantos como los que tuve en la Navidad del 87 ¡Me regalaron siete! 

—¡Tantos papi! —sus ojos de sorpresa me llevan a contarle la buena suerte que tuve ese memorable fin de año.

Siete panetones a mediados del primer gobierno de Alan García era una fortuna incomprensible para una familia reducida a dos como la mía: mamá y yo. Ella estudiando aún en la universidad y con la administradora de nuestra economía, mi (abuelita) Mamá Hilaria, allá en Cotahuasi, lugar al que no íbamos a viajar por fiestas. 

Las largas colas por pan o siquiera por leche, era muy comunes esos días. Lo que se estrenó el año anterior eran los panetones bromatosos, esos panes inflados que parecían más biscochos de diez céntimos de Inti y con una lotería de regalo, ya que era un premio mayor si encontrabas más de diez pasas o frutas confitadas en medio de su miga etérea y nubosa. Pero estaban rebaratos así que para el bolsillo de la media para bajo de población de ese tiempo era la única opción.   

De esos nos dejó uno Mamá Hilaria, antes de partir con toda la mercadería que tenía. Ella tenía su tienda en plena plaza del pueblo así que trabajaría sin descanso en las fiestas. El segundo vino por parte del tío Eliseo de Lima que nos dejó uno de marca bien rico, otro del tío Segundo, uno más por parte del trabajo como vendedora de Yambal de mi mamá, otro nos regalaron las amigas de universidad conocedoras del drama que vivíamos en casa, uno más de otro familiar y el último… el último fue especial.

Aunque en realidad es el primero que debería mencionar. Y es que mi cumpleaños es el 19 de diciembre y ese año casi ni regalos iba a recibir, aparte de la ropa de domingo que me compraría mi abuela y un juguete de mamá. Pues el día de mi cumple mi madre no tenía para comprar una torta, ¡pero sí un rico panetón! Aún recuerdo la velita puesta en el marrón bizcocho y el canto de cumpleaños. En los días subsiguientes vinieron en seguidilla los panetones ya mencionados que duraron hasta bien entrado enero. Regalo tras regalo fue. 

—¿Por eso me gusta el panetón? —pregunta Mathías.

 —Sí, debe ser por eso, a tu abuelita le encanta también. 

—Pero tenemos muchos, hay que regalarle uno a mi abuelita Liliana. 

—Eso haremos —respondo feliz.

En definitiva mi hijo es otra historia, ya que yo, con todos esos panes deliciosos a la mano, no pensé en regalar ni uno a nadie, hasta confieso que (no se lo cuenten a mi mamá) me comí uno entero, en una tarde mirando televisión, sintiéndome el más afortunado y querido de todos los niños en esa Navidad ochentera.

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