Corazones irresolutos

alejadosAún cuando nada impedía que estuvieran juntos no lo estaban.

Se amaban, sí, con un amor de esos que se apagan solo en el último aliento.

Para ella, estar con él cuando se conocieron, al inicio de la carrera universitaria, significaba comprometerse con alguien que no tendría paz hasta casarse con ella y no se sentía preparada para eso, le asustaba la idea.

Él aprendió a espiarla de lejos, estando allí cuando lo necesitaba, sin exponer demasiado su interés, firme en su propósito de ser esa gota que labra la piedra.

Cuando ella se sintió lista para asumir una alianza de papel y altar, él tenía ya otro compromiso iniciado y, si bien aún la amaba, era de aquellos que no deshacían su palabra empeñada. Aún.

Con el pasar de los años, los amores para los dos fueron de arena, de fuego, de hielo y de pan por pan, de esos finalmente que te acomodan en la monotonía de salir, amarse piel a piel y olvidarse en el día siguiente hasta la cita pactada y volver a empezar las amabilidades, dejando de lado la pasión. Ellos la amaron con locura, ellas lo amaron con dedicación, pero, para ambos casos, había ese sentido que te avisa que ya el corazón tiene inquilino permanente.

Dos o tres veces se encontraron en esas épocas y la misma mirada preguntándose: ¿Cuándo?, los atormentaba y los hacía anotar por mera cortesía los números del celular, las direcciones del correo electrónico y nada. Silencio apremiante después.

Ella se casó cuando el reloj biológico la loqueó, con un mal partido que la dejó con dos hijos. Él abandonó a su novia de años por una indecisión impropia en él y que le acarreó un mal precedente familiar y social. Aún así no se contaron sus desgracias ni se buscaron. Un orgullo y no pasar por débiles nuevamente los bloqueó.

Ella salió adelante en un trabajo de secretaria que le dio estabilidad y, de tarde en tarde, en vez de llorar en su soledad, buscaba en la red la historia de él, sus pasos como ingeniero y sus logros a pesar de la marca de ser un irresoluto. Para él era fácil saber de ella, aún conservaba a una amiga mutua que le contaba todo en los fines de semana que la llamaba para que le dibuje el panorama a través de la distancia.

Los hijos crecen, los ojos se marchitan, las manos se vuelven inseguras, las historias se reescriben a punta de hospitalizaciones y dolencias varias. El dinero ya no importa como antes y sí conservar extractos de vivencias que nunca se experimentaron. ¿Cómo sería el sabor de sus labios?, ¿Cuántas veces sonreiría viéndola despertar?, ¿Un roce de su mano lo salvaría?, ¿Estaría allí para ella pese a sus explosiones?…

Él murió una tarde de abril. El corazón, a falta de ese amor, o, como dijeron, a falta de fuerzas, le falló justo cuando pensaba en ella, recordando esas miradas, seguro del amor de ella y del suyo propio. Una sonrisa en los labios es lo que encontraron los paramédicos que llegaron a certificar su partida.

Ella no se enteró de nada, minutos después de que él dejara de respirar, tuvo la certeza que estaba lista para ir a su encuentro de una vez por todas, aún a pesar de sus arrugas, ya inventaría formas de amarse a los ochenta años. Se paró con esa determinación, para caer fulminada por el amor que con ímpetu le sobrecargó su corazón.

Quiero pensar que, sin las trabas de este mundo, se encontraron allá, en ese lugar en el que todo es posible y que solo el amor cuenta. Sí, así quiero imaginarme el final de su historia: Los dos juntos, en un lugar lleno de luz, lleno de cariño, lleno de comprensión, solo para ellos, respondiéndose por fin sus dudas.

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