Una historia antes de Navidad

Sarko Medina Hinojosa

Hay tres personas que se encontrarán en vísperas de Navidad, pero aún no lo saben. Llueve en la ciudad, eso sí lo saben y sienten.

Antonieta sale de su trabajo ese 24 a las 6 de la tarde pensando en los varios regalos que debe comprarle a su pequeña Nanda. “Debe”, es una palabra extraña, como una orden, la pensó mucho todo ese día. Sus padres no le regalaban muchas cosas, “debieron hacerlo” pensó, pero eso la convertía ahora en una deudora con su hija, es decir, ella ahora ¿“Le debe” un regalo pese a todo?

Diego trata de no pensar demasiado en su situación. Acaban de despedirlo. Bueno, entonces debe pensar mucho. Fue un error suyo, no lo niega, fue muy irresponsable, pero, ¡por Dios es la Nochebuena! Sus padres en casa lo esperan ansiosos. Seguro prepararon lo de siempre, las mismas papas rellenas, el pavo al horno que saben no le gusta, la ensalada rusa que detesta, ¿por qué debería ir?

El “Pecas” es un niño que no creció más, es decir, es pequeño y tiene 16 años, tiene la mitad del tamaño que debiera. Sus piernas están cruzadas y rotas de nacimiento. Se moviliza en un skate por la ciudad vendiendo caramelos. Tiene seis hermanos en casa y una madre. Su padre un día se fue a pescar mar adentro y no volvió. Durante su corta permanencia en este mundo una pregunta siempre lo atormenta: ¿Para qué vivo?

Antonieta compra los regalos casi al filo del cierre de la tienda, son caros, cosas que nunca le hubieran comprado a ella. Aborda su vehículo y toma la avenida Central para llegar rápido. Diego camina distraído en su celular, buscando una fiesta dónde evadirse, de repente distraerse con amigos, no tener que dar la noticia y arruinar las festividades. El Pecas toma la bajada por la avenida, la pregunta lo atormenta, de repente si volara al Cielo… de repente si solo se dejara llevar por la inercia y que el cruce de semáforos decidiera su existencia…

Diego escucha el grito. Es un segundo. Pero en ese segundo recuerda que ese pavo le ha costado a su padre estar en un trabajo que no le agrada, tantas veces lo oyó quejarse. Una vez le preguntó: ¿por qué no renuncias? Y recuerda que su padre respondió algo como: lo hago por ustedes. Le pareció muy mal que por ellos no siguiera sus sueños, pero allí, en ese momento, la frase toma sentido.

Antonieta aprieta el freno, pero el carro resbala por el jabonoso asfalto mojado. Piensa en esos cumpleaños en los que no recibió regalos caros, a pesar que sus padres podían dárselos. Creía que le daban una mala lección. Era muy rebelde y tantas veces no hacía caso. Pero, cuando quiso postular a ESA universidad no le pusieron peros, cuando pidió la laptop más costosa, tampoco, útiles de diseños, programas con licencia, todo le proporcionaron. No debía, pero lo hicieron, no era un deber, era algo más…

El Pecas estaba bajando a mucha velocidad. Tantos insultos, tantas malas caras, lo ayudaban con monedas, pero esas miradas, ese dolor de no saber para qué o por qué estaba allí. La lluvia le azotaba la cara, el semáforo cambió a verde, pronto sabría la respuesta, piensa, pero ve algo a su lado un coche que está tratando de frenar, presta atención a la esquina, un chico allí, distraído, no se dio cuenta que avanza en la avenida, pecas se impulsa más y grita. El muchacho lo mira llegar a él luego de que el pequeño se impulsara con el skate y se lanzara. Diego abraza al chico y deja que el impulso lo lance contra el asfalto hacia atrás, mientras el chirrido de las llantas pasa a su costado.

Los tres se miran unos a otros. Aún no entienden qué pasó.

Pero, esa noche, un par de horas antes de Nochebuena, Diego les explica y confiesa a sus padres por qué lo despidieron y estos lo riñen, lo abrazan y animan. Pide preparar la ensalada rusa, solo para variar un poco y ayudar, claro. También les confiesa que, de su liquidación, una parte la donó al chico que lo salvó. Nuevas preguntas, nueva reñidera, nuevas lágrimas y agradecimiento al Niño que nacerá. Diego siente que también renació ese día.

Antonia está conversando con su pequeña. Le está explicando por qué ese año no habrá regalos, la libreta estaba llena de espacios rojos. Habría una rica cena, sí, pero debía aprender a corregir algunas cosas, incluso se habla de la escuela de verano. La cena fue en silencio, hasta que la pequeña, levantando la vista le pregunta: pero aún me debes amar, ¿no?, ella responde corriendo a abrazarla: “No te “debo” amar, yo te amo porque así lo deseo y así lo siento y eso nunca, nunca cambiará hijita”.

El Pecas llega a casa, su madre lo abraza y le pregunta por qué esa camioneta de lujo con esa señora tan fina y ese joven todo adolorido lo trajeron. Luego de las explicaciones, hay llantos, abrazos, una bullidera de emociones. Hay regalos, sí, exactamente seis, además de unos billetes que pasan de la mano del joven a la madre y que no son aceptados de regreso. Más tarde, en medio de la bulla de sus hermanos, Teodoro, cual es el nombre del adolescente, se acerca al oído a su madre y le dice: “Ya sé por qué estoy aquí”. Su madre no entiende esas palabras, pero le responde con un beso.

Suenan doce campanadas. Ya es Navidad.

Fin.

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