El misterio de las lágrimas

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Mamita cuenta una cosa interesante: cuando mi Papá se enteró que yo crecía en su interior, sus ojos se le llenaron de lágrimas. Nunca me cuenta si fueron de alegría o tristeza, solo termina el cuento con las lágrimas.

Yo ya conozco esas gotas que resbalan de mis ojitos y caen en mi boca. Son saladitas y no me gustan a pesar de eso. Las suelto cuando estoy triste, cuando me incomoda el pañal, o me da hambre y no se apuran con el tetero.

Quisiera preguntarle a mi Mami si Papi lloró por estar triste de que yo viniera…

No podría creer eso, porque, aquí entre nosotros, cuando ya empecé a crecer en la pancita de mi mamá y empecé también a sentir cosas, la voz de Papi siempre era alegre cuando se dirigía a mí. Era como un momento de calma para mi corazón, porque empezaba a comprender que era eso de mi lindo chiquitín, mi mejor regalo, mi hijito querido. Son palabras que pueden sonar raras y hasta aburridas, pero para mí, eran la mejor melodía, eran como estar con la pancita llena, como cuando en la noche, mi mamá se acomodaba y me daba calor extra con las mantitas y las frazadas.

Quiero saber porqué lloró mi papá.

Sé que a veces no debe ser fácil para él ir a trabajar, llegar cansado y jugar conmigo, pero en ese tiempo yo era chiquitititísimo, era un pedacito de cielo como dice abuelito Issac, no daba preocupaciones, eso creo yo.

No quiero ponerme triste porque empiezo a llorar.

A veces siento unas ganas de decirle a mi Papá que no me importa si tuvo miedo o se puso triste por mi venida a este mundo, porque sé que me ama mucho y me lo demuestra cada día que se esfuerza por comprarme mi leche, cambiarme mi pañal o hacerme dormir cuando estoy molestoso.

¡Hace un rato vino Mamá y me contó un secreto!. Ella estaba con los ojos llorosos pero se le veía contenta, me dijo que mi Papá había conseguido un trabajo deseado por mucho tiempo. Me contó que estaba feliz por él y que no me preocupara por sus lágrimas, (porque cuando me decía eso ya estaba empezando a ponerme inquieto y preocupado). Ella me aseguro que sus lágrimas eran de alegría. ALEGRÍA. ¡Eso es!, por eso mi Papi lloró cuando se enteró que iba a nacer.

¡Qué bueno es saber que las lágrimas también sirven para expresar felicidad!.

Aunque ahorita mismo voy a empezar a llorar de incomodidad para que me cambien el pañal, jijiji, que puedo hacer, hay que sufrir un poquito para llegar a la tranquilidad después creo yo.

En la ceremonia

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La ceremonia se cumpliría en la capilla del colegio contiguo al albergue donde vivía la adolescente junto con otras 20 chicas. Su vestido era de color crema, cortado a la mitad en la cintura por una fajita color granate, sus zapatos eran plateados, su cabeza estaba adornada por una diadema de flores de diamantes de imitación, sus manos no paraban de sudar de la emoción. Ese día sería bautizada, haría su Primera Comunión y Confirmación. El mismo obispo del lugar presidiría la ceremonia, porque conocía de mucho a los fundadores de la obra.

Aún con el nerviosismo, aguantó las ganas de gritar durante la ceremonia. El agua recorrió sus azabaches cabellos. La cruz de aceite en su frente, la promesa de que nunca estaría sola al momento de recibir la Comunión, serían momentos que la acompañarían siempre.

Luego del Padrenuestro correspondiente, llegó el momento de la paz. Abrazó a uno y otros, a sus compañeras al igual que ella, rescatadas todas de la violencia en pueblos de la sierra, con historias demasiado fuertes para que cualquiera pudiera oírlas sin llorar. Hermanas la final en su camino hacia la curación y la paz.

Al momento de voltear hacia otro costado para abrazar a otra de sus hermanas, se encontró frente a frente con el rostro de su padre.

-Hijita, ayer he salido, yo pagué todo, hijita yo ya entendí que estuvo mal, muy mal, no entendía, por favor, ya pagué mi culpa, yo ahora entiendo… yo quiero que me perdones…

Nada alrededor respiró por más de cinco segundos, los cuales pasaron lentamente mientras algunos tomaban conciencia de quién era ese hombre devastado por el peso de los barrotes, que había llegado hasta la banca donde se encontraban las niñas, eludiendo toda seguridad.

Antes que pudieran reaccionar lo hizo la adolescente, abrazó a su padre y al oído le dio el perdón que anhelaba pero también le pidió que la dejara ir, que volviera a su casa, allá en el pueblo, a tratar de recuperar el tiempo perdido, que ella estaba bien donde estaba, que ya hablarían alguna vez.

El hombre terminó de besar en la mejilla a su hija y salió, aún con la vergüenza del que se sabe malmirado, pero contento hasta las lágrimas.

Todo siguió normal. La ceremonia terminó con aplausos, el obispo partió la torta llena de manjar blanco y el corazón de la ahora confirmada, por fin sonrió con paz.

Consecuencias

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Cada día es un pesar. Andar vagando entre la bruma de tu recuerdo me hace menos humano que antes y más liviano. Intento a cada instante atrapar las miradas de tus días, pero no puedo. Sé que piensas que soy un fantasma, un espíritu que ronda la propiedad de tu cuerpo, si supieras que solo soy el triste hombre que te ama hasta la locura y solo tiene al alcance de mis atadas manos tus  fotos, que los carceleros dejaron pegadas a la pared para que recuerde. Nada justificará mis actos. Nada justificará lo que pasó. Y sí. Al final soy el fantasma de aquel que te atropelló estando ebrio, sin darse cuenta hasta el otro día que eras la mujer destinada para mí y a la cual hubiera conocido, saludado, enamorado, de haber estado sobrio.

Corazón de Padre

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Fueron las tres de la mañana cuando escucharon los disparos. Tobías salió corriendo hacia la calle, para encontrar a su único hijo tirado, desangrándose en la calle. La sangre brotaba como una flor de clavel en el pecho desnudo del adolescente de 17 años y los asaltantes ya estaban lejos de la justicia popular.

Un vecino puso el carro, otro lo ayudó a ponerlo en el asiento de atrás, uno más se puso en el asiento para sostener la cabeza del herido y otro entregó lo que logró juntar de dinero entre los presentes. Tobías agradeció con la mirada a todos y se fue a tratar de salvar a su hijo.

La historia es común en este barrio, para qué entraríamos en detalles. De repente lo diferente es que en vez que Tobías fuera el que se fuera de la casa, fue la Estrella la que se cansó de la pobreza y lo dejó con un bebé de un año y medio en los brazos. Fue un buen padre. Educó bien al chico. Cuando terminó el colegio, Jesús, como se llama el muchacho, se puso a trabajar en un Call Center  de noche para poderse pagar la academia preuniversitaria. Llegaba todos los días a las tres de la madrugada y encontraba siempre despierto a Tobías que no pegaba el sueño, rumiando el sueldo de obrero que sacaba por las 10 horas al día que trabajaba y que no alcanzaba al final para cumplir el sueño de Jesús de ser médico. Ese trabajo del muchacho era importante y les permitía ahorrar.

Lo demás ya lo sabemos todos, pero nos cuesta creer lo que pasó: llegaron al hospital y encontraron a “Cigueño” de turno, ese era el mejor cirujano de la ciudad, bueno, eso por orgullo lo decimos, porque también salió del barrio y era la inspiración de Jesús en sus anhelos de ser “matasanos”. “Cigueño” le pusimos porque atiende a nuestras mujeres gratis cuando van a dar a luz, muchas no tienen ni Seguro para eso, así que él corre con todos los trámites.

Cuando examinó a Jesús, salió a decirle al padre que el corazón del muchacho estaba comprometido y que no era posible salvarlo, a menos que se le trasplantara otro corazón y no le iba a dar tiempo siquiera el pedirlo a urgencias en el Central. “Qué necesitaría ese corazón”, le preguntó Tobías. “Que sea de la misma sangre que Jesús y que esté sano, entre otras cosas, pero es imposible Tobías”, respondió el médico. Lo que no esperaba nadie es que Tobías sacara su cuchilla de cortar cables y se rebanara el cuello, no sin antes decirle al doctor que usara su corazón para salvar a su hijo.

Dicen que eso se le ocurrió al Tobías porque vio una película donde un padre igual trató de matarse para darle el corazón a su hijo, dicen que no vio nada el Tobías y lo hizo de puro macho y por el gran amor que le tenía a su hijo. Yo no sé al final cómo se le ocurrió la idea, porque debe haberle tenido una fe inmensa al “Cigueño” para que lo haga y debió estar seguro que su corazón calzaría en vez del de su hijo. No sé, como dije, lo que al final pasó por su cabeza. Pero lo que sí sabemos es que Jesús ahora va por su tercer año de Medicina, trabaja junto al “Cigueño” en su consultorio particular y es un buen chico, como siempre deseo su Padre, el Gran Tobías.

Para los que aun no se convencen que un padre debe estar siempre allí, va la siguiente canción: 

https://www.youtube.com/watch?v=oiKj0Z_Xnjc

Historias del Peregrino: Los idiotas

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El pequeño corría por las calles del pueblo buscando a quién esperaba pudiera ayudarle.

-¡Peregrino!, dónde estás por favor-, clamaba.

-¿Qué pasa pequeño?, porqué gritas en una mañana tan calurosa-, dijo el anciano, apareciendo del fondo de un callejón.

El desesperado buscador explicó a su amigo que en la plaza del pueblo, estaban unos muchachos de la ciudad molestando al Chupe, un joven con retardo mental, conocido por todos.

-No están los mayores, ni siquiera Don Hermenegildo que podría defenderlo, están en el campo en una faena, solo tú puedes ayudarlo, por favor.

-El anciano se enderezó y, apretando la mano en su inseparable bastón, intentó seguirle el paso al pequeño.

El Chupe ganó su apodo porque era la única comida que le gustaba, cualquiera que fuera el caldo grueso que le presentaran, el lo devoraba sin más. Era hijo de Nélida, una joven abandonada a su suerte que, a consecuencia del terrorismo, llegó a la zona por la década pasada. Trabajaba en la hospedería de Don Hermenegildo, hasta que un obrero de paso, que vino con los de la Sociedad Eléctrica, la embarazó y se fue sin más.

Durante el parto, que fue muy difícil, las caderas de la pobre muchacha apretaron la cabeza de su bebé y no terminó de llegar aire al cerebro. Pero con todo, ella lo crió como a su más preciado tesoro. El Chupe era en todo normal, solo que no llegó nunca a comprender más allá que los abrazos de su madre y el no meterse en problemas.

¿Cómo habría logrado salir de su casa?, era lo que se preguntaba el Peregrino mientras a lo lejos ya vislumbraba los cedros de la plaza. Podía también escuchar los gritos que daba el Chupe.

Cuando llegaron con el pequeño, vieron como cuatro jóvenes, claramente fuereños, se empujaban mutuamente al Chupe.

-Míralos Peregrino, son unos salvajes, agárralos a bastonazos, tú eres fuerte, te he visto como volteabas el otro día al toro del Señor Grimaneso sin siquiera sudar, por favor dales su merecido-, clamaba el pequeño.

El Peregrino acarició la cabeza llena de rulos hirsutos y, avanzando, empezó a toser.

Los muchachos pararon su violento juego y, viendo al anciano haraposo acercarse, se miraron, dirigiéndose guiños como diciendo: -Ahí viene una nueva víctima.

-En un día tan caluroso, unos jóvenes de tan buena pinta, no entiendo cómo se entretienen maltratando a un pobre muchacho, deberían irse a los Baños de Tinzo a refrescarse, de repente encuentren buena compañía ahí.

-No queremos bañarnos viejo entrometido, lo que queremos es seguir jugando con este idiota, así que largo de aquí si no quieres que te cambiemos de lugar con él.

El Peregrino midió a quién así habló. Era alto y musculoso, típico de aquellos que cultivan la carne antes que otra cosa. Los demás compañeros suyos eran también fortachones y fijo que lo que realmente buscaban era pelearse con alguien, como para dar el mensaje que: “hemos llegado y mandamos desde ahora aquí”.

Sin mayores respuestas, se sentó y desde su nueva posición dijo: Le has llamado idiota al muchacho, debe ser porque no ha podido contestarles como ustedes hubieran querido, ustedes por supuesto son más inteligentes que él, o así lo creen ¿no?.

-Por supuesto viejo entrometido, los cuatro estamos en la Universidad más cara de la ciudad, y si preguntas a cualquiera deberás saber que soy el hijo de Eusebio Díaz del Puente.

-Debe ser por eso que tu rostro se me hacía conocido, pero me dices que eres muy inteligente, más seguro que cualquiera de los presentes, entonces no te molestará que te haga una pregunta.

-Claro que no vejete, pero sabrás que al responderla nos divertiremos ahora contigo, ya que este tarado ya nos aburrió.

-Bueno, bueno, la pregunta es sencilla: ¿De qué color es la noche?.

-Jajajajaja, viejo idiota, es negra pues, que pregunta para más tonta haces.

-Pues te equivocaste amigo, la noche en sí no tiene color, ya que lo que llamamos noche, es la ausencia del sol, de la luz, lo cual es obscuridad, la cual no tiene color.

Los jóvenes se quedaron un rato pensando, comprendieron que el anciano tenía razón. Su líder, sin embargo, se puso furioso y avanzó contra el Peregrino, quién no se inmutó, al contrario, lo único que hizo cuando el grandulón iba a cogerlo, fue hacerse a un lado y con el bastón empujar suavemente el cuerpo del muchacho que ya de por sí se inclinó para atraparlo y continuar su camino hacia el suelo, lamentablemente, el apoyo donde se había sentado el Peregrino eran unas cercas hechas de fierros en forma de arco que se entrecruzaba, la cabeza del joven quedó atrapado en uno de estos arcos.

Mientras sus amigos corrieron a ayudarlo, el peregrino, el pequeño y el Chupe se alejaron de allí. Al llegar a la casa del joven con capacidades especiales, vieron que su madre había, por un descuido, dejado sin tranca la puerta.

El Peregrino dedujo que, al encontrar la salida despejada, el Chupe fue al lugar que más le gustaba en el mundo: la plaza, la cual visitaba junto con su madre los domingos por la tarde, después de la Misa, donde se encontraba con otros chicos del pueblo, con los cuales jugaba y se divertía.

-Peregrino ahora te van a buscar esos chicos, si es cierto que es el hijo de quién ya tu sabes, te has ganado un gran enemigo.

-No te preocupes mi pequeño amigo, dicen que el mayor de los idiotas es quien quiere creer que tiene enemigos, cuando lo que tiene son amigos en potencia, solo que ellos no lo saben, pero, porsiacaso, tendré cuidado, solo para que estés tranquilo, ahora vete tú también porque deben andarnos buscando.

Mientras se iba corriendo su amiguito, el Peregrino se despidió del Chupe, y se fue silbando una vieja canción sobre el tener un millón de amigos.

Historias del peregrino: Y un día volvió

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La mañana en que el Peregrino entró en el pueblo, hubo una tormenta de arena, como en muchos años no hubo. Algunos pensaron que esa extraña figura que atravesó la Plaza de Armas fue traída por el viento, como un fantasma más de esos que el calor hace alucinar a veces, pero, cuando el polvo se asentó, la figura polvorienta aún estaba allí. Un par de viejos que salieron de sus casas se le quedaron viendo, recordando quizás a alguien a quién el mismo viento se llevó hace años.

Al otro día lo vieron deambular por el mercado, con su ropa raída, su sombrero de paja desgarrado y su bastón de palo de iscayante. Para el final del día, en la tienda de doña Hermilda se comentaba que había ayudado, por un plato de comida, a cargar bultos para la Comercial de don Ismógenes.

-Debe ser uno de esos que vende cebo de culebra-, opinó la dueña de la tienda a los vecinos acomodados en la barra.

En los días siguientes, siguieron comentando la presencia de ese nuevo visitante que, por lo visto, iba a quedarse. Una de esas tarde, don Alejo, ya gastado en años y con la mirada algo nublada por las cataratas, mencionó a media voz que le parecía conocida su cara, como si la hubiera visto hace muchos años, pero más joven, más fresca en todo caso, dijo. Nadie le hizo caso.

Los niños juegan en la plaza cada tarde a que el mundo es suyo. Con diferentes matices, sus correrías alegran el silencio sepulcral que invade las casas en el pueblo. Uno de los pequeños, hijo de María, la lavandera, divisa al Peregrino, sentado en una de las bancas, con la vista perdida en el horizonte, mientras sus labios se mueven sin emitir sonido.

La curiosidad es buena para darse sorpresas desagradables, pero a veces sirve para hacer amigos.

-¿Qué miras?-, pregunta el pequeño Eduardo.

-La obra de arte de un gran amigo mío-, responde el Peregrino, aunque en ese momento nadie aún le puso ese sobrenombre.

-Pero yo no veo nada-, replica el niño, tratando de ver en el horizonte la supuesta obra de arte.

-¿Ves los colores en ese atardecer?-

-Sí, pero así son todos los días-

-Fíjate bien-

El niño descubre, prestando un poco más de atención, que los colores cambiaban lentamente, desde el anaranjado tenue hasta el rojo más profundo. Quedó encantado con lo que vio y preguntó:

-¿Tu amigo pintó el atardecer?-

-Lo creó más bien. Pero para hacerlo por supuesto que primero hizo un buen trabajo de composición de colores y matices. Verás, mi amigo es un gran artista, él pintó y dibujó todo en el Universo-, respondió el viejo, levantándose porque ya la obscuridad se apoderaba del cielo.

-¿Y qué murmurabas mientras veías el horizonte?-, pregunto el pequeño.

-Le decía gracias por no faltar a nuestra cita de las tardes y mostrarme su nueva versión del atardecer-.

El pequeño se sentía confundido y objeto de una broma, pero no sabía cómo expresarlo, así que dando la media vuelta se alejó rumbo a su casa.

Esa noche, antes de dormir, recordó el espectáculo que contempló esta tarde y recordó también unas frases que le parecieron bien como agradecimiento: Ángel de la guarda, dulce compañía…

Una pequeña crónica de Navidad

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Eran los primeros días de diciembre y tenía el Papá las prisas de compras navideñas. La Mamá estaba atenta a cuanta oferta hubiera y los pequeños de la casa, ansiaban que pasara rápido el mes para llegar a ese 25, por la mañana, y desenvolver los regalos.

Cerca de la casa vivía una madre y su pequeño hijo, el cual sabían los vecinos, padecía de un pequeño retraso mental. Muchas veces habrían tratado de ignorar el drama de la vecina. No había maldad en ese acto, solo un poco de miedo de no saber cómo ayudar o qué decir.

Nadie recuerda bien quién, en medio de la cena faltando dos días para la Navidad, se le ocurrió la idea. Al principio hubo dudas, pero, en el ambiente de fiesta que había, se acordó invitar a esa madre y su pequeño a pasar la Nochebuena en casa. Al llevarle la invitación, el Papá esperaba una negativa. La sorpresa fue grande al ser aceptada con alegría la invitación.

Fue una velada alegre y feliz para todos. Los pequeños, al terminar la rica comida, le regalaron al pequeño varios juguetes y los papás a la madre le dieron un paquete con cosas útiles y necesarias. La clave, para que todos se sintieran contentos, no fueron los regalos o los potajes, sino el respeto por el otro, saliendo a su encuentro de manera amable, haciéndole sentir que era importante su presencia, única e irrepetible.

La amistad entre las dos familias se ha fortalecido con los años y esta Navidad, seguro que sí, nuevamente compartirán la mesa, en la noche en que el Salvador llegará para alegrar los corazones de todos…

(Gracias a todos los fieles seguidores de este blog, esperamos fervientemente poder continuar llevándoles más crónicas urbanas, saludos y ¡¡¡¡¡felices fiestas!!!!!!)

Y ya saben que pueden seguir el proyecto 365 Cuentos Regresivos en Facebook, los mejores irán también en este blog, pueden visitar el proyecto en este enlace:  #365CuentosRegresivos

La Doña de los ovarios bien puestos

ImagenEsa anciana arremetió contra el Presidente de la República a cachetada limpia sin que pudieran hacer mucho los agentes de seguridad. Fue casi de inmediato declarada heroína, en especial cuando los medios captaron la frase que la volvería famosa mientras se la llevaban los de Inteligencia de Estado: “Quieres que me muera sin darme mis pastillas, pero no te voy a dejar ridículo hombrecito, he enterrado a más presidentes con más huevos que tú ¡Y sigo viva!, recuérdalo”.

Podía decir lo que quisiera después, eso no se lo concedía la edad, pero sí que lograra indirectamente que se suspendiera la huelga médica y se invirtiera 1000 millones en el presupuesto anual para la seguridad social en equipos y mejoras para los pacientes a nivel nacional.  

Fueron meses de locura. Por ejemplo, a la mitad de la entrevista con el famoso periodista de la CNN, no pudo dejar de decir. “Si hubiera sabido que una cachetada podía cambiar algo, te aseguro que se la zampaba a José Pardo y Barreda para que no fuera tan cobarde”. Un observador crítico la hubiera corregido por el tema de edad y fechas, pero, era tan graciosa la Doña (como se la conocía), que la dejaron ser.

Hasta empezaron a twitear frases animándola a lanzarse como congresista mínimo y ni hablar de los memes.

Cuando falleció hace dos meses con el corazón abarrotado de emociones y reconocimientos, el periodista que por fin halló el dato perdido de su verdadera edad, tuvo algo de decencia y quemó el papel original. Y es que algunas personas merecen que se les guarde un secreto coqueto, decía el susodicho, mientras todos en la sala de redacción recordábamos las hazañas de la anciana que tuvo el valor (y los ovarios decían muchos) de hacer algo concreto para sacudir a un gobierno que se presentaba totalmente incapaz.

Lo que tememos todos es que no haya más nadie con ese valor de decir las cosas y eso sí nos hace temblar.  

El niño de la guerra

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Hace algunos días el niño supo qué era la muerte. Velaron a su padre en medio de llantos desenfrenados allí en Al Qasser. ¿Dónde queda Homs?, allí lo asesinaron. ¿Dónde queda Damasco?. Esa era su pregunta constante y nadie le hizo caso. Los asesinos de su padre estaban en esa ciudad. No lloró durante todo el velorio y el entierro posterior.

Antes de irse esa mañana el padre le dio una cachetada en la mejilla porque estaba llorando, luego le enjuagó las lágrimas y le acomodó los rizos. Dos días después la noticia de su muerte cayó como una bomba en su casa. Ahora avanza por el camino hacia Damasco. Por lo menos por donde cree que llegará. Tiene cruzada a la espalda una escopeta de retrocarga, una ametralladora corta en la mano derecha, ambas de juguete. En la mano izquierda sostiene libros de su escuela con el mapa de su país.

Lo encontraron dos semanas después. La bala que lo atravesó no era rebelde ni del gobierno, era estadounidense.

 

 

Un sueño de papel y caña

ImagenLlegó agosto y en la ciudad los vientos empezaban a arreciar.  –Constrúyeme una cometa papá-, pidió la niña. -Este fin de semana-, le prometió sin convicción el padre, mientras pensaba en cómo hacer para llegar sin deudas a fin de mes. Desde que su esposa muriera se complicaba la vida para ellos. Había tomado la difícil decisión, contra los consejos mayoritarios, de aceptar un trabajo de medio tiempo para atender a su pequeña y estar en casa cuando ella llegara de la escuela. Pero le estaba pasando factura el esfuerzo. Los gastos eran muchos y el dinero escaseaba.

Llegado el fin de semana la niña le pidió hacer la cometa. –Lo siento hija, no tengo plata para comprar los materiales. –No te preocupes papaíto, con lo de mis propinas compré el papel y las cañitas, podemos hacer engrudo con un poco de harina y listo, porfis. Derrotado ante tal argumento, el papá se dispuso a confeccionar el delicado artefacto volador. Decidieron hacerlo en forma de rombo, como cola le ataron retazos de un viejo mantel. Unos cuantos soles extraídos del bolsillo del padre solucionaron lo del carrete de pabilo.

Al día siguiente, domingo por la tarde, salieron al parque a volar el artificio de papel y caña. El poco viento no elevaba la cometa y la niña estaba muy triste ante los frustrados intentos. El papá estaba algo incómodo por el tiempo empleado y quería volver a casa para seguir trabajando en algunos pendientes. –Papá una vez más por favor, es importante que la cometa llegue muy muy alto-. -¿Porqué hijita, el próximo domingo lo haremos?.  – No, porfis, tiene que ser hoy.  –Pero hijita comprende no sopla el viento y se me hace tarde. –Papito tiene que ser hoy, porque mañana de repente decides volver a trabajar todo el día y no te veré ni los fines de semana y necesito que la cometa llegue alto para que la vea mamá desde el cielo y se acuerde de nosotros y… de repente nos envía algo de ayuda para que la platita nos alcance y no tengas que dejarme sola de nuevo en las tardes…

El silencio se extendió por todo el lugar. Miles de preguntas empezaron a surgir en la mente del padre. No dijo nada más, le dio el carrete a la pequeña y empezó a correr con la cometa, a determinada distancia la soltó y entonces se elevó por los aires, volvió donde su hija, pero no agarró el carrete, dejó que ella lo maneje, indicándole suavemente de vez en cuando que hacer para que no cabecee tanto, para que se vuelva a elevar, así, hasta que agarró impulso y era un punto casi irreconocible en el cielo. Al regresar a casa una determinación se fortalecía en el corazón del padre, una seguridad se anidaba en el alma de la niña y hasta el horizonte parecía que les sonreía. 

Correr con mi hijo en brazos

correr con mi hijo en brazos

Sigo esperando la muerte como quién espera a una vieja amiga con la cual vamos a saldar cuentas.

Esa mañana, no era diferente a ninguna otra. Quisiera recordar algo que me indicara qué iba a pasar, no sé, como que si se hubiera caído la rama de algún árbol en el barrio o percatarme del canto de un pájaro de mal agüero. Nada en mi memoria, solo que le grité a Juancito por no cambiarse rápido para salir a comprar las cosas que faltaban para la tienda de piñatería que teníamos en el barrio. Le grité, eso sí lo recuerdo como si ahorita mismo estuviera de nuevo zarandeándolo para que vaya a su cuarto por la chompa que se había olvidado. Le grité. Qué curioso lo que podemos recordar y lo que olvidamos ¿No?.

Porque no recuerdo qué desayunamos ese día, de haberlo hecho, de repente me explicaba por qué después de comprar las cartulinas para las cajas de sorpresa en la imprenta en la avenida Zorritos, me dieron ganas de comer algo. Le pregunté a Juancito si tenía hambre y me dijo que “No”. Seguro estaba algo enojado por cómo lo había tratado. Pero yo tenía hambre o, seguro también, quería comprarle algo para olvidar lo de la mañana. Quisiera recordar ese desayuno, qué nos dijimos o si algo había allí que me dijera o alertara por lo que venía.

Seguimos por la avenida rumbo a la estación de Quilca del Metropolitano para regresar a casa y allí, en un pequeño puesto de comidas, me detuve y le pedí una empanada de queso, porque le gustaban mucho. Su mamá, cuando vivía con nosotros, preparaba esas empanadas los fines de semana para vender a la salida de la parroquia, con gaseosas y sánguches de pollo. Juancito se animó algo con la comida, de repente la recordaba.

Allí fue.

Nunca supe nada de ellos, de esos bastardos. Lo único que quería era tomar y tomar. Hasta que el Pepelucho, que estudiaba para abogado, me dijo que, como yo no había hecho mucho para pedir justicia, los dos miserables iban a salir en menos de seis meses, con libertad condicional. La noticia me cayó como balde de agua fría que me hizo despertar. Lo primero que le pedí es que me viera, por favor, como andaba el caso y que me averiguara los nombres y todo lo que pudiera de ellos. No sabía que iba a hacer realmente. Yo nunca fui un hombre valiente, no me explicó cómo al final del día, después de vender el televisor que me quedaba y otras vainas más, tenía en manos un revolver calibre treinta y ocho.

El peso de un niño

Un niño no pesa mucho, si tiene 11 como mi Juancito pues son 35 kilos, menos que una caja de leche, o de una caja de papel bond, menos que una bolsa de cemento creo. Pero su peso no se siente mucho si lo llevas cargando en caballito, haciéndole bromas, pero, cargar su cuerpo herido, significó para mí como cargar una tonelada, sentía ese peso que me carcomía los brazos, pero también sentía cómo mis piernas se movían con una fuerza inusitada, haciéndome correr sin descanso.

El Hospital Arzobispo Loayza estaba muy cerca y lo llevé allí. Hay cosas que no se te olvidan nunca ya dije. Una de ellas es cómo me miró el médico de turno diciéndome que la herida de mi hijo, no lo podían atender allí. Era una mezcla de rostro de pena y otra de susto. Cuando le pedí que me proporcionara una ambulancia para llevármelo, su rostro cambió a enojo. Tuve que llevármelo porque amenazó con hacerme botar.

Recuerdo esos momentos y tampoco puedo olvidar que no hice las cosas como debía. Me asusté, claro. Nadie en su sano juicio al sentir el disparo y ver a su hijo que cae fulminado como por un rayo, se quedaría analizando las cosas. En ese momento sólo pensé en llevarlo al Hospital y estaba cerca de uno, así que lo tomé en brazos y partí con él. Cuantas noches pasé reflexionando sobre mis acciones y llegaba a la misma conclusión: si hubiera esperado a la ambulancia de repente la historia sería distinta y no tendría que estar aquí, parado, en esta esquina, esperando a que salgan de la carceleta los malditos esos.

A las 11:00 am me dijo Pepelucho que salían en libertad. Justo la edad de mi hijo.

A pocas cuadras, el guachimán de la puerta del hospital Loayza, me dijo se encontraba el Hospital Santa Rosa. Traté de tomar un taxi pero ni uno paró. Recordé en un instante cuando mi hermano Lucas le dio por tomarse Raticida Campeón cuando era chibolo y mi Mamá lo intentó llevar en un taxi a la posta, ninguno lo hizo hasta que paró uno caritativo. El chofer le explicó que cuando es cuestión de heridos, es mejor no comprometerse porque la Policía luego los agarran como implicados y hasta les sacan plata para soltarlos, así que el favor suele salir caro.

Sin esperar más salí disparado hacia el Hospital Bartolomé que quedaba en la misma avenida Alfonso Ugarte, más cerca que el otro, solo para desperdiciar más minutos esenciales, porque es un hospital escuela y de maternidad. Tampoco me atendieron.

La carrera continúa

En un sitio leí después que un niño de once años tiene un promedio de tres litros de sangre. La respiración de Juancito me indicaba que estaba vivo, pero sentía la humedad de su sangre bañándome. Había logrado amarrarle con mi camisa el pecho y la espalda, no sabía si era suficiente. Supongo que ver correr a un descamisado ensangrentado con un niño en brazos asusta a cualquiera. Durante los minutos que fui de hospital a hospital solo los guachimanes se atrevieron a decirme algo, los demás eran extraños, ajenos.

Si en ese momento hubiera pedido ayuda a gritos, de repente se hubieran acercado a ayudarme algunos y de repente hubiera llagado una ambulancia. Desde ese día vivo de “hubieras” que me destrozan la mente pensando en cada cosa que debí hacer desde mi nacimiento para que ese día de mierda nunca llegara, para que no tuviéramos que estar en ese puesto de comidas tratando yo de disculparme por mis frustraciones y mi Juancito no tener que haberse colocado justo en la trayectoria de la bala que disparó ese hijueputa.

Trato de no pensar, pero igual siento que esos malditos, el que disparó y el que esquivó la bala, también tienen su “hubiera”. Lo que más me daña es pensar que debí permitir que mi ex esposa se llevara a Juancito a Italia cuando nos dejó. Ese egoísmo mío de no dejarlo partir, diciendo que iba a darle una mejor vida que ella junto a su amante allá en Europa… pues… al final… siento que yo mismo jalé ese gatillo. No importa cuántas personas me dicen lo contrario, es lo que siento y nada lo cambiara.

Hoy en la mañana me corté el dedo, engrasando la pistola como me dijeron. No sé en qué momento fue. Estaba distraído. Según me contó Pepelucho, los dos malditos si bien fueron arrestados y aún con mi estupidez, fueron acusados de asesinato no premeditado y todo, en la carceleta lograron hacerse amigos y perdonarse entre ellos sus deudas, por las que ese día intentaron matarse. Por eso armaron una buena excusa y saldrán libres para que se les siga el juicio desde su casa. Con el tiempo no se les acusará de nada y seguirán con sus vidas.

Los recuerdos

Corrí con mi hijo en brazos por toda la avenida Nicolás de Piérola hasta llagar a la avenida Miguel Grau en dirección al Hospital Dos de Mayo, único lugar en el que me dijeron podían ayudarlo por la complicación de su herida. Corrí como nunca en mi vida recordando sus navidades, sus primeros años, cuando me dijo “Papá”, cuando lloró cuando le dijimos que con su Mamá ya no íbamos más. Creo que fue allí cuando empecé a gritar. Dicen que creían que estaba robándome al niño y por eso llamaron a la Policía. Pero ellos recién llegarían cuando estuve ya en Emergencias del Dos de Mayo. Grité, si, como si quisiera que los pulmones me reventaran, que mi garganta se destrozara ¿Cómo no hacerlo?

Veo movimiento en la carceleta. No hay periodistas. Ellos ya gastaron la noticia los primeros días y, ante mi negativa estúpida de no hacer barullo, se cansaron de la nota, no había ángulo supongo sin mis lágrimas en cámaras. Ahora solo veo familiares de los malditos, sus compinches pues son delincuentes de larga data. Ellos están festejando y se los llevarán a los dos para que tomen y celebren su libertad. Quién como ellos que pueden darse ese lujo se sentirse libres y no atados a un sentimiento de culpa que te rompe el alma.

El inmenso vacío cuando tú no estás

Mis movimientos son automáticos, me acerco despacio a la multitud, con barba de algunos días y lentes oscuros no se me reconoce. Allí están ellos, bajan sonrientes y enfundados en sus chalecos antibalas, porque serán escoltados hasta su casa por Policías prestos a ayudarlos. Pero la gente se acerca más a ellos para abrazarlos, acariciarlos, son sus madres, sus hermanos, sus hijos. Quisiera pensar que lo que haré me calmará el dolor, pero no es así, creo que me llevaré este sufrimiento más allá de la tumba, pero, por lo menos, sé que estos malditos no dormirán tranquilos.

En estos momentos me acuerdo que casi a seis cuadras del Dos de Mayo, un chofer se detuvo y me dijo gritando que me llevaría, que sabía que mi hijo estaba herido. Sin dejar de correr le dije que no, que no era necesario. Cuando me alcanzó volvió a tratar de pararme para llevarnos, pero le contesté que no era necesario. En serio, no lo era, hacía más de ocho cuadras que mi hijo había dejado de respirar y sabía que estaba más allá del dolor, solo que yo no podía dejar de correr.

Al acercarme donde esos malditos saco el arma, ellos me ven, me reconocen y ya se mueven para evitar los disparos, los policías también. Pero las balas no son para ellos, solo es una y es para mí. Quiero que mi sangre los salpique, los marque, porque la de mi Juancito, la de mi hijito, quedó regada en esas largas cuadras en las que lo cargué corriendo por última vez…

La decisión de José

la desicion de joséUna vez más llegó a la casa vacía. Trató de descansar en esa cama de dos plazas inmensamente solitaria y no lo consiguió. A pesar de estar manejando más de 10 horas seguidas no consiguió cerrar sus ojos. En su mente sólo estaban las palabras de su esposa Maritza que le contó que su hijo mayor: Manuel de once años, estaba arisco, contestón y que no conseguía hacerlo obedecer ni siquiera hacerlo estudiar.

Su familia se encontraba a más de 340 kilómetros y doce horas de camino. Estaban en ese valle interandino donde su esposa había conseguido trabajo en el Ministerio de Salud pero, lamentablemente, en el último año la cambiaron a un pueblo ubicado a dos horas de la casa donde vivían con sus dos hijos, así que la familia se subdividió de nuevo. La esposa llegaba de noche a la casa con el menor de los hijos de cuatro años, Alfredo, durmiendo en sus brazos y sin tiempo para escuchar con paciencia a Manuel.

José estaba con unas ganas de mandar todo al diablo y mandarse a jalar lejos, tenía plata en el bolsillo, más de mil doscientos soles de la quincena, pero ¿De qué le servían?, si su mujer estaba lejos, si sus hijos crecían sin él.

Consultó la hora y, movido por un resorte primigenio, cogió su maleta de ropa y se fue al Terminal Terrestre. Cuando llegó a casa allá en el pueblo, encontró a su hijo durmiendo solo. Su esposa tuvo guardia en el Puesto de Salud, así que no pudo llegar esa noche. La esperó despierto hasta la mañana siguiente, abrazando a su hijo.

-¿Te dieron permiso para venir?-, le preguntó ella al llegar. –No-, fue la respuesta, -¿Entonces?-, –Nada, solo quería verlos-, –Aya, está bien-, le contestó ella mientras preparaba el desayuno, con el corazón latiéndole con mil preguntas.

Ese día Manuel despertó alegre y se fue al colegio, de donde regresó con la misma enorme sonrisa e hizo sus tareas temprano. Alfredo, vencido su temor inicial, pasó la mañana correteando en la plaza con su papá, para luego preparar juntos el almuerzo y alcanzar a su mamá allá en la posta y comer juntos. Maritza tenía una sonrisa extraña, enamorada, y él estaba como… no sabía cómo estaba, ¿O sí?, Sí, era sentir que realmente estaba vivo y feliz.

A la noche ella le preguntó en medio del silencio que prosigue después del amor, cuándo se iría. José meditó un momento la respuesta porque sería definitiva y cambiaría la situación de manera radical, abandonaría sueños propios, orgullos en la cima de un poderoso bus de dos pisos, dinero para comprar muchas cosas, el asfalto, el bullicio de un motor a sus pies, amigos, todo por un futuro incierto… ¿Incierto?. Sin pensarlo más con seguridad le dijo mientras la besaba: -Me quedaré nomás-, y se quedó.

 

Esta crónica fue declamada en el siguiente enlace:

 

En la torrentera

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La noche era lóbrega y los niños esperaban a su madre. Ella había salido hace ya tiempo a traer un poco de leña para calentarlos en esa fría noche de diciembre. No ignoraban que en todos lados había movimiento, las gentes que pasaban por encima del puente donde se encontraban, llevaban bolsas en las manos, de repente, alguna llevaba comida. Uno de los muchachos intentó decir algo, pero su garganta estaba fría…

Los cuerpitos de los infantes pueden transmitir muchas cosas si uno observa bien atento. En este caso ellos estaban pidiendo a gritos un alivio para su miedo, miedo de no volver a ver a su madre. En la ciudad empezaban a sonar campanas anunciando el Año Nuevo… ¿Les traería, ese nuevo año, algo de comer, algo de vestido, los llevaría a otro lugar mejor que no sea ese basurero en esa triste torrentera donde hace semanas tuvieron que llamar “hogar”?

Solo deseaban realmente ver el rostro amoroso de esa mujer que nunca los dejaba sin un beso en su sucio pelo o una caricia en sus manos ateridas por la inclemencia de la noche, cruel cancerbera, que no tiene paciencia para retardar el frío que sienten un críos que ni llorar ya pueden…   

¡De pronto!, las luces que se expanden a su alrededor, personas llegando hacia ellos con manos que los tratan de levantar y llevar a otro lugar. En medio del barullo escuchan algo sobre un accidente, sobre una muerte, sobre un nombre que no quisieran escuchar…

En un instante, el mayor de ellos, se suelta de los brazos que lo aprisionan queriéndolo proteger de algo que no pueden, de algo que está pugnando por destrozarle la vida, de ese miedo que puede carcomer toda su existencia futura si llega a incrustarse en su corazón, pero él lucha contra eso que está a punto de ahogarlo y cogiendo de la mano a su hermano menor le promete a ese tal Jesús, a ese amigo que su mamá les enseñó a conversar y pedirle, que no dejará solo a su hermanito, que estarán bien y que su mamá donde estuviera los cuidará.

Quisiera contarles que en ese momento apareció su madre y los llenó de alegría, pero no, la realidad es diferente por cuanto maravillosa, porque hoy ese hermano mayor es ya adulto y trabaja once horas al día y siempre tiene una sonrisa para su hermano, que cursa la universidad en tercer año de abogacía.

Los dos son hombres de bien y los conozco personalmente y puedo asegurarles que siempre recuerdan a su mamá con el amor de siempre, un amor nacido de saber que todo sucede por algo, que todo pasa por alguna razón, y que una desgracia aparente, puede convertirse en el mejor aliciente para no dejarse ganar por el dolor y transformarlo en la materia prima que dará lugar al mayor de los amores: el dar la vida por otro.

 

“¡Mi niño, mi niño!”

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El niño tiene las manos frías, a pesar que están sujetas a las de su madre. Bajan por esa curva hacia lo que en la mañana es un mercado, pero ahora, a las nueve de la noche, es un silencioso y lóbrego punto a llegar para tomar el carro de la seguridad. Aún faltan dos curvas y unas escaleras que llevan al grifo donde cada media hora se paran lo buses de franjas cremas y marrones.

A la mujer le gustaría caminar más rápido, pero el niño apenas tiene siete años y es pequeño. No puede obligarle a correr, jugó todo el día con sus primos, a los cuales ve de vez en cuando. Esencialmente, alguno de los domingos en que pueden darse el lujo del viaje de una hora desde su casa, a ese barrio chacarero. El problema es cuando se hace tarde y no hay buses desde el cerro y tienen que bajar al paradero del mercado. Esta vez es demasiado tarde.  

Una muchacha, ágil, maciza y apurada, pasa a su lado, casi corriendo. “Ella alcanzará el carro antes que nosotros, ¡Pucha!”, piensa la madre y quiere renegar y culpar a su hijo por no apurarse, a su esposo por no acompañarla y preferir chupar con sus amigos los fines de semana, a su madre por no advertirle que no debía tener hijos tan joven. Existen momentos en que todo se acumula en la garganta y no se puede desfogar como se quisiera porque se está haciendo algo. En ese momento ella está jaloneando a su hijo, apurándolo.

Al llegar a las gradas disminuye aún más el paso porque hay que bajarlas con cuidado porque no hay luz. De pronto sienten un ruido extraño, un gemido se escucha y un: “¡Cállate!” y: “¡Ahí viene otra!”, un: “vamos por ella”; y de pronto el peso del niño es nulo.

La fuerza que la impulsa no es un miedo concreto. “¿Quiénes son esos hombres que salen de lo oscuro?”, piensa el niño mientras los mira por encima de la espalda de su madre, que lo tiene fuertemente apretado a su pecho, mientras corre hacia las luces cercanas.

“No lo lograré”, pasa por su mente una y otra vez, piensa en lo que le harán los malditos, en lo que le están haciendo a la pobre muchacha, en qué le hará su marido cuando lo sepa, en qué le pasará a su niño. “No pienses ¡Corre, corre!, le dicta su mente. Uno de los tipos tiene algo brillante en sus manos y se acerca.

La mujer llega a la esquina del barrio cercano, se agacha y coge una piedra. El niño se resbala por un momento pero se agarra firmemente al cuello de su madre. La mujer con un impulso lo vuelve a asegurar y corriendo lanza la piedra a una de las ventanas de las casas, se oye un chillido. El tipo que los persigue se para en seco, da media vuelta y sale corriendo. Por fin una puerta se abre y un hombre en pijama aparece con un palo de escoba en la mano. Ella pide ayuda entrecortadamente mientras salen otras personas de varias casas. “¡Llamen a la policía… Hay una chica… La están violando!”. Los vecinos toman valor suficiente para correr armados de piedras y palos. Pasa un momento tenso y a lo lejos se escucha ruidos de pelea, insultos, un grito agónico.

La mujer no escucha, solo aprieta fuertemente a su niño. “¡Mi niño, mi niño!”. El pequeño no sabe porqué, pero al notar las lágrimas de su madre en sus mejillas recién se larga a llorar. 

Corazones irresolutos

alejadosAún cuando nada impedía que estuvieran juntos no lo estaban.

Se amaban, sí, con un amor de esos que se apagan solo en el último aliento.

Para ella, estar con él cuando se conocieron, al inicio de la carrera universitaria, significaba comprometerse con alguien que no tendría paz hasta casarse con ella y no se sentía preparada para eso, le asustaba la idea.

Él aprendió a espiarla de lejos, estando allí cuando lo necesitaba, sin exponer demasiado su interés, firme en su propósito de ser esa gota que labra la piedra.

Cuando ella se sintió lista para asumir una alianza de papel y altar, él tenía ya otro compromiso iniciado y, si bien aún la amaba, era de aquellos que no deshacían su palabra empeñada. Aún.

Con el pasar de los años, los amores para los dos fueron de arena, de fuego, de hielo y de pan por pan, de esos finalmente que te acomodan en la monotonía de salir, amarse piel a piel y olvidarse en el día siguiente hasta la cita pactada y volver a empezar las amabilidades, dejando de lado la pasión. Ellos la amaron con locura, ellas lo amaron con dedicación, pero, para ambos casos, había ese sentido que te avisa que ya el corazón tiene inquilino permanente.

Dos o tres veces se encontraron en esas épocas y la misma mirada preguntándose: ¿Cuándo?, los atormentaba y los hacía anotar por mera cortesía los números del celular, las direcciones del correo electrónico y nada. Silencio apremiante después.

Ella se casó cuando el reloj biológico la loqueó, con un mal partido que la dejó con dos hijos. Él abandonó a su novia de años por una indecisión impropia en él y que le acarreó un mal precedente familiar y social. Aún así no se contaron sus desgracias ni se buscaron. Un orgullo y no pasar por débiles nuevamente los bloqueó.

Ella salió adelante en un trabajo de secretaria que le dio estabilidad y, de tarde en tarde, en vez de llorar en su soledad, buscaba en la red la historia de él, sus pasos como ingeniero y sus logros a pesar de la marca de ser un irresoluto. Para él era fácil saber de ella, aún conservaba a una amiga mutua que le contaba todo en los fines de semana que la llamaba para que le dibuje el panorama a través de la distancia.

Los hijos crecen, los ojos se marchitan, las manos se vuelven inseguras, las historias se reescriben a punta de hospitalizaciones y dolencias varias. El dinero ya no importa como antes y sí conservar extractos de vivencias que nunca se experimentaron. ¿Cómo sería el sabor de sus labios?, ¿Cuántas veces sonreiría viéndola despertar?, ¿Un roce de su mano lo salvaría?, ¿Estaría allí para ella pese a sus explosiones?…

Él murió una tarde de abril. El corazón, a falta de ese amor, o, como dijeron, a falta de fuerzas, le falló justo cuando pensaba en ella, recordando esas miradas, seguro del amor de ella y del suyo propio. Una sonrisa en los labios es lo que encontraron los paramédicos que llegaron a certificar su partida.

Ella no se enteró de nada, minutos después de que él dejara de respirar, tuvo la certeza que estaba lista para ir a su encuentro de una vez por todas, aún a pesar de sus arrugas, ya inventaría formas de amarse a los ochenta años. Se paró con esa determinación, para caer fulminada por el amor que con ímpetu le sobrecargó su corazón.

Quiero pensar que, sin las trabas de este mundo, se encontraron allá, en ese lugar en el que todo es posible y que solo el amor cuenta. Sí, así quiero imaginarme el final de su historia: Los dos juntos, en un lugar lleno de luz, lleno de cariño, lleno de comprensión, solo para ellos, respondiéndose por fin sus dudas.

El salvador

el salvadorLa balacera es una fiesta de ruido seco y sin eco en la mañana entrada en calores. Es domingo en todos lados y se siente en las calles tranquilas, roto solo por ese retumbar extraño y solitario que se repite cuatro veces en el aire urbano del barrio.

Carmen cocina con el gas que lleva hasta allí un motociclista todos los últimos jueves del mes con quien tiene un romance efímero de sexo mal hecho en la cocina. Es su venganza poética, que le llena de sabor los labios cuando besa a su marido cuando llega ebrio de otros amores y con el aroma de otras cocinas en el cuello.

El niño de seis años mira la tele, absorto en los colores casi naturales de la pantalla plana que le muestra un mundo lleno de fantasía y fiesta que nunca ve en las calles por donde da sus pasos hasta su colegio, de allí a los brazos de su mamá Carmen y después a los juegos con su papá en las noches que no sale a trabajar cuando carga su “amiga cuarentaicinco” en la espalda, entre el pantalón y el canzoncillo.

Su papá, al que llaman “Peluche”, está corriendo para protegerse. Caminaba hacia la tienda a comprar un par de chelas para la sed de la mañana dominguera, cuando vio aparecer a ese motociclista encapuchado y supo que venía por él. Trató de esconderse detrás de un poste pero, una bala que se incrustó en su hombro, lo impulsó a buscar refugio en su casa. Llegó a la puerta con dos tiros más en las piernas para empujar con el peso de su cuerpo herido la puerta metálica. Carmen no salió a ver nada, estaba segura que estaban matando a su marido y no quiso presenciarlo…

Quién sí salió corriendo y sin miedo fue el niño que se llama igual que su padre: Pedro. Mira con ojos asustados la sangre que sale a borbotones de las piernas de su papaíto y de una nueva herida en otro de sus brazos y salta sobre él llorando, suplicando al encapuchado para que no mate a su progenitor.

Pedro está temblando, no dice nada, mira para un lado y otro buscando explicación del porqué  están disparando contra él si no mató a nadie, si solo es un ladrón de noche con una pistola de juguete. Pero con el brazo que puede mover separa a su hijo de él y mira de una vez a su asesino, sin miedo en los ojos. El niño puede más que su protector y de nuevo se aferra al cuerpo pidiendo con más fuerza, ¡No mates a mi papá, es bueno!, ¡No lo mates por favor, por favor!

El viento sopla con fuerza mientras el frustrado asesino baja el arma y se va, sin dar la espalda, monta en su moto y se aleja mientras los vecinos salen para ayudar a Pedro. Lo que no consiguen es que Pedrito deje de abrazar a su padre.

Nacerá un nuevo hombre esta Navidad

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Imagen que se encuentra en la Basílica Catedral de Arequipa

Antes de nacer ya está causando contradicciones este bebé. En su propio padre (en este caso putativo) motivó la aparición de un tipo de justicia extraña, porque al saber que su novia estaba embarazada de alguien que no era él, no se fue a tirar piedras en la casa de sus suegros, o emborracharse hasta morir y denunciar en cuanta red social pudiera el engaño, sino que lo motivó a la compasión, a la caridad, algo que es extraño en estos tiempos. Pero dio un paso más: creyó en ella y no le importó de quién sea el hijo que viene, él ama a esa muchacha, la ama de verdad y está seguro que ella también lo ama: el futuro no importa si los dos están juntos.

Y después de enfrentar a la sociedad se unen y no hacen caso a las voces que les dicen que se van a divorciar, es más que se TIENEN que divorciar. Los problemas no acaban con este sí que ambos se dan, sino empiezan, y cosa rara, la pobreza es patente, sí, pero la alegría lo es más. El haber aceptado la realidad de su situación motiva al padre a cuestionarse algunas cosas y se convence que no se puede decidir en qué familia nacer, pero sí a quién amar como familia…

No lo saben, pero alguien quiere matar a su hijo, alguien está determinando reglamentos y moviendo a las masas para asesinar a ese niño en el vientre de su madre y hasta se preparan discursos: tú niña no debes pasar por un embarazo, no debes frustrar tu futuro con un hijo, debes decir que fue una violación de un soldado para que te libren del problema, que tu cuerpo te pertenece y puedes hacer lo que quieras y como lo quieras hacer niña… Pero la madre no escucha más que los latidos de eso otro corazón que está creciendo dentro de ella.

Y lo que pasó en ese pueblo es ya de conocimiento público: nadie los quiso ayudar, fueron de un lugar a otro para que los apoyen… pero nada, hasta un periodista creativo escuchó su historia y escribió una crónica en el que incluyó medios de comunicación y graficó la desidia de las personas. Pese a todo esto, al padre no se le llenó de odio el corazón y no se quedó reclamándole a nadie, sino que ya está poniendo manos a la obra para atender el parto de su esposa en ese garaje que le prestaron para que duerman, y ya acomodó esa caja de herramientas para utilizarla como camita y, en medio de un tico y una combi estacionadas, la madre empieza a padecer ese dolor contradictorio que trae un sufrimiento indecible pero al mismo tiempo la alegría máxima al saber que se está trayendo al mundo un nuevo ser.

En un instante, al padre le viene un flashback: la historia futura de ese bebé, su amor por todos, aprendiendo a hacer las cosas con responsabilidad, su obediencia para su madre cuando él ya no estuviera vivo, su fortaleza de salir a comunicar que un mundo nuevo es posible si nos armamos con las herramientas del amor, la igualdad, de la caridad, de la justicia, de la honestidad, de la defensa de los más débiles y del perdón… hasta verlo morir por la defensa de sus ideales y por no dejarse corromper por la cobardía de no decir la verdad, el corazón se le hincha de orgullo sano y una oración se gesta en sus labios.

Curiosamente no ve imperios, cúpulas, o riquezas, tampoco los debates y los desgastes tratando de negar la existencia de su hijo, lo único que vislumbra son las réplicas de su ejemplo, los actos anónimos de bondad, la cantidad de buenas acciones diarias, los valientes testimonios de aquellos que también defendieron la verdad y la justicia. Y es que su hijo es una esperanza para cada uno de los hombres y mujeres como modelo de rectitud a través de los siglos, y se alegra que todo empezara cuando él y su mujer dieron un sí a la Vida y al amor que se tenían… lo demás es historia conocida…

La vida es linda

 

sicarioYa perdí, lo sé. El sicario me apunta con el negro cañón de una treinta y ocho automática y a mi costado puedo atisbar que mi compañero de mesa, en este barcito al aire libre, está saltando hacia un costado para evitar las balas o mi sangre, lo que salpique primero.

Estoy consciente de que voy a morir, sólo quisiera saber de quién es el dinero que está en el bolsillo de mi asesino, quiero saber antes de hundirme en la muerte, cual de mis vengativos amigos fue el culpable: ¿el Chato?, ¿el Zambo?, ¿el Zancudo?, cuál de ellos quiere quedarse con la supremacía de la banda, de mis huecos de droga, de mis mujeres.

¿O no será alguno de los familiares de los fríos que me cargue a lo largo de estos años?, ¿Será el padre de la niña que terminamos asfixiando después de cobrar la recompensa?, ¿El tío del guachimán que matamos por escapar y que juró que nos buscaría hasta encontrarnos?, ¿Será la madre de aquel drogadicto que acuchillé porque me debía una luca?

¿Y si es la misma Policía que me está matando por venganza de los dos tombos que violamos el año pasado?, ¿O el juez de mi último juicio al comprender que no tengo salvación ni cura para el vicio de matar?.

Podría ser cualquiera de mis familiares… hartos de mi mala fama que los ensucia peor que ventilador al pie de bosta de vaca. Podrían ser los hijos que no reconocí, las mujeres que violé, ¡Mi propia madre!, para evitarse la vergüenza de cada día ocultar la cara por las calles, si es que alguien la reconoce como la que dio vida a este engendro que soy.

Puede ser cualquiera, el tema es que ya perdí y las balas empiezan a morder mi carne y la vida se me va, ¡Carajo!, había sido bonito el cielo celestito de esta ciudad de la cual siempre me quejé, ¡Mierda!, ¡Qué linda era la vida!.

Desde hoy… ya no me pegarás

Sé cómo llegaste a mi vida, en medio de mi adolescencia, a pintarme colores a las tardes tristes, antes de llegar a casa. Esa misma casa donde mi padre golpeaba a mi madre cada vez que se emborrachaba. Ilusa de mí, en las lágrimas sordas de mi madre no veía repudio al agresor, solo conmiseración y una paciencia que rayaba la brutalidad.

Tampoco yo, debo confesar, se me ocurrió denunciar al bestia que me había engendrado, tanto por el miedo milenario de la mujer contra el proveedor. Ahora así lo descubro. Miedo.

Un miedo a que me pase lo mismo, que hizo a mis oídos sensibles a tus palabras cursis, a tus provocaciones, a tus manos que recorrían caminos con ternura, o así lo creí. Porque no era ternura ni amor, era calentura y ganas de tenerme para ti, infeliz criatura, que buscaba en mí la seguridad falsa de sexo, como yo buscaba en ti esa figura paternal soñada, aquella que me protegiera de mis pesadillas.

Han pasado años para darme cuenta de todo eso, no porque sea sabia ni porque haya estudiado en una universidad, que bien sabes me prohibiste desde que nos juntamos en el cuartucho donde decías ibas a construir nuestro paraíso. Lo aprendí porque busqué una salida a ese sinsabor que me dejaban tus golpes. No confundas el sabor de la sangre que se asume con resignación, con el sabor de sentirse burlada, usada, instrumentalizada.

Te sorprendes por mis palabras y deberías. No las aprendí en la televisión o en folletos, porque la mayoría, al contrario, me impulsarían a liberarme de ti, para convertirme en algo que no soy: en una amargada odia hombres, o peor, en una mujer que andará de cuerpo en cuerpo, de hijo en hijo, buscando un rol en el cual encajar.

Porque tú y las malditas formas de ver a la mujer, quieren que sea algo o una cosa: que sea una dirigente, una víctima, una madre abandonada, una protestante eterna. Pero no lo seré. No seré un número más para ninguna estadística. Sabrás que yo soy un todo: soy madre, soy trabajadora, soy valiente, soy cobarde, soy reniegos, soy halagos, soy mano amiga, compañera. Pero nunca más un objeto.

Amo la vida como no tienes idea y me he descubierto a mi misma como la máxima expresión de este mundo, porque nadie más que nosotras que pueden enfrentar el futuro con la seguridad de tener bien claro el destino, que es ser un todo, algo que, muchos de ustedes, que tú, nunca aceptarás, porque para ti, el hecho de trabajar o de ser padre, o ser alcohólico, o ser amigote o amante de otras, es un papel, nunca te encontrarás solo contigo para descubrirte, porque huyes de tu propia miseria de ser un violento que no encontrará paz.

Te escribo una carta, en un papel de cuaderno, del cuaderno de nuestro hijo, para que entiendas lo que pierdes y perderás del todo si no reaccionas, porque, a pesar de todo, y eso me dignifica y me hace sentir sana y curada, te he perdonado todo, pero no olvido nada. No permitiré de nuevo que me uses como tú quieras, sino que, si deseas cambiar, esperaré a que lo hagas por ti, no por mí o por tu hijo. Nosotros estaremos bien, felices y sin resentimientos, extrañando de repente lo mejor de ti, que poco nos mostraste para ser sincera.

Ahora me voy, no por miedo, sino porque debe ser así. Nada de rencores, no nos busques que ya estoy bien asesorada legalmente. No pienses que me dejaré usar por odios contra ti. No lo haré, ya te dije que me he reconocido como un todo, no por algún rol que tenga que cumplir o alguna tendencia que tenga que asumir, el todo o nada no funciona para mí en este momento. Tengo un hijo que es el motor de mi vida, pero principalmente me tengo a mi, única e irrepetible, para llegar tan alto como yo me lo proponga.

Si me amas, déjame ser libre y en libertad algún día de repente nos encontraremos para hacer las cosas como debieron, para bien tuyo, mío y de nuestro hijo, sino, no hay broncas, ya te dije que el odio se apagó en mi corazón, solo que tu ya no me vuelves a pegar, así de sencillo y con todo lo que acompaña esa manifestación me despido.

Joana.

La búsqueda

Julia se levantó ese día con la convicción que no volvería a su casa sin haber encontrado a su hijo. Eran dos semanas que estaba desaparecido y nadie sabía nada de su Nicanor.

En la comisaría, al cuarto día de no habido, llegó con la esperanza que alguno de los guardias de verde la acompañara aunque sea por los lugares en que sabía andar su único vástago. Las miradas de desidia y aburrimiento fueron una pared inconmensurable e inescrutable. Sabía de las veces que Nico fue inquilino por horas de la carceleta, por diversas razones, algunas justas otras injustas, muchas por el hecho de ser Nico solamente.

El largo camino

El catorceavo día de ausencia desayunó fuerte, con arroz y papas, con carne frita y jugo de frutas, todo lo que había guardado para que desayunara su hijo si aparecía por allí. Recordaba la infancia de su pequeño, en ese cuarto con cocina que alquilaban desde hace años, a falta de un hogar permanente. Ella, con sus achaques de vieja no logró sacar adelante el negocio de palitos de carne asada que vendía en un rincón del mercado del barrio. Pero nunca había faltado un buen desayuno, se enorgullecía, con ese ego que se siente por lograr cosas pequeñas y contundentes, como nunca haberle debido un sol a nadie o nunca haber dejado de pagar el recibo del agua o de la luz.

Orgullo. Algo destrozado a sus 35 años, cuando creía haber salvado la valla del amor y tener un futuro de solterona respetable en la comunidad. Mala tarde en que vino el padre de Nico, aquel camionero grande y con aroma a monte que la convenció de entregarle lo que a nadie le entregó. Para luego enterarse que el desgraciado tenía familia en la sierra. Le prohibió volver a verla y él nunca supo que su hijo estaba gestándose en el cuerpo de esa solterona herida en su dignidad, vista por todos como se sabe mirar a quien está en desgracia, como se sabe tratar a quién cae mal por sus aires y de la noche a la mañana cae del pedestal que ella misma se construyó.

Pero, el calorcito de su hijo por nacer, esas pataditas a medianoche, el milagro de la vida abriéndose paso, convirtió su vida en una nueva aventura, llena de detalles imprecisos y diarios, que la asaltaban y llenaban de zozobra, pero también de una alegría incierta, sutil, que la llevaban a añorar el nacimiento de ese pequeño, al cual, cuando le preguntaron por el nombre, luego de diez horas de parto doloroso, no atinó a pensar en otro que no sea el del padre de la criatura, como el recuerdo imperecedero que el corazón odia, ama y nunca olvida.

Luego de desayunar, se fue a conversar con el párroco, después de años de exilio voluntario de las misas dominicales, la anticuchera Julia, como la conocían, volvió a trasponer los pies en el lugar que alguna vez juró no volver, desde cuando le pusieron trabas para bautizar al pequeño. El nuevo párroco, conocía la historia de la mujer y trató en alguna ocasión de ofrecerle gratuitamente lo que su antecesor, nublado por leyes caducas en la nueva visión de la Iglesia, se había emperrado en prohibir. Pero nada consiguió. Por eso se sorprendió al ver a Julia llegar a él y conversar largo y tendido, arrancando una promesa que ya de por si iba a ser aceptada. El sacerdote entendió los motivos, trató de dar palabras de ánimo, pero sintió que eran innecesarias, esa mujer estaba convencida de su búsqueda.

San Pancho street

Así empezó el Vía Crucis, por comparar con algo, de Julia, la anticuchera del barrio de La Recoleta, la cual esperó la noche para ir a la calle San Francisco, donde estaban las discotecas de siempre, milenarias en una ciudad que, en pocas décadas, había acelerado su cosmopolitinización, para adoptar costumbres bohemias, copiadas de ciudades europeas.

Preguntando a cada portero, a cada chiclera, a cada vendedora de cigarros, llegó a la conclusión que los fumones salían apresurados de los bares y pubs, para irse a consumir una dosis apresurada o relajada, según la personalidad del adicto, a la Calle de la Tolerancia, a un costado del Monasterio de Santa Catalina, lugar en el que, ida y vuelta a una cuadra, contabilizaba el tiempo para unas cuantas buenas pulmonadas a los cigarros de marihuana o esnifada de los paquetitos de papel mantequilla. Ella se dirigió al lugar y esperaba a los chicos y chicas que llegaban para preguntarles por su hijo, si lo habían visto por esos días, si les había vendido algo y dónde podía estar. Casi al filo de las dos de la mañana, por fin uno de ellos le dijo que su hijo hacía meses que ya no iba a la San Pancho a vender marimba, que ya le había ganado la Pasta.

Donde las Tías

El muchacho lariguncho y con barba de varios días, prometió llevarla a la calle Dos de Mayo para que contactara con las Tías, las que vendían los paquitos de droga blanquecina. A cambio pidió dos ligas, como veinte soles en droga. Caminaron casi apurados, mientras él le explicaba que su cerebro ya había asimilado que había la posibilidad de hacer unos mixtos con hierba y queso, así que lo estaba machacando duro el sudor corporal, las ansias y las ganas de ir al baño a soltar una diarrea de campeonato, todo normal en la vida de un adicto, pero igual que caminara rápido.

Cruzaron las calles para notar la diferencia de caras. En la calle San Francisco, en la misma Plaza de Armas y hasta en la Álvarez Thomas, las caras de los muchachos eran aún sonrientes, alegres por el licor, pero, adentrándose en la Piérola, Parque Duhamel y la misma Dos de Mayo, los rostros eran delincuenciales. Julia pensaba en las madres de ellos y hasta atinó a recordar un Ave María que recitó también por su pequeño, algo aligerada en el rencor a Dios que los últimos años había alimentado, no tanto por sentir que le había fallado en algo, sino en permitir que su Nico se hubiera degradado de escolar prometedor, a vago de esquina, aún cuando ella puso su empeño en educarlo de la mejor manera.

Las Tías de la droga tenían sus chacales, los cuales salían al encuentro de los clientes o avisaban de los policías a descubierto y encubiertos. Venciendo resistencias y recelos, logró acercarse a algunas para preguntarles por su muchacho. La única que le dio pistas fue la Gorda, quién manejaba la venta en la esquina con IV Centenario. Ella le contó que Nico había pasado los últimos días gastando lo que ganó en un buen golpe que dieron con sus compinches en una casa olvidada por los dueños en vacaciones. Lo malo que la droga que consiguieron, era demasiado pura, lo que significaba que les estaba carcomiendo los pulmones y el cerebro. Al final le dijo donde podía hallarlo.

La Mansión del Diablo

Ya casi a las cinco de la madrugada, Julia se encaminó a la zona de la Mansión del Diablo, en la avenida La Marina, lugar en el que se encontraba la cáscara de cemento y ladrillos de lo que fuera la fábrica de cueros más importante de la región en sus buenos tiempos, devenida ahora en fumadero y refugio de delincuentes. Su lariguncho guía la dejó para irse a fumar lo acordado. Al llegar a la pared frontal, recordó los consejos para subir y bajar al otro lado, claro, con la esperanza de que los que estén allí no la violen.

Luego de la dificultosa proeza de pasar su cincuentón cuerpo hacia el submundo irreal del fumadero, se dio cuenta de la insania de vivir realidades alternas, una en la que todos aparentan que no existe un lugar así, y otra, como la que está viviendo ella, de sentir en carne propia los olores nauseabundos, la visión de la basura centenaria, los esqueletos de las máquina, y, entre ellos, las figuras trashumantes de seres alguna vez de carne completa, porque lo que eran ahora no podía definirse como carne humana.

Apestando a orines de días, varios estaban tirados con alguna botella de alcohol o de terokal chorreando de las manos. Otros enfrascados en armar los llamados clavos de pasta, oleoginosos y negruzcos, pastosos y grasientos. Otros más, en los delirios, afilaban las navajas y verduguillos, algunas mujeres, eran poseídas sin ton ni son a la par que su laxitud o borrachera les permitía algún movimiento peristáltico. Pero nada de su Nico, al intentar interrogar a algunos recibió negativas y hasta uno que la empujó con fuerza y que fue reprendido por otros para no ocasionar bulla, so pena que entraran los policías.

Pero Julia no se amilanó hasta lograr que le contaran que la plata se le acabó a su hijo, pero estaba tan dañado, que siguió consumiendo terokal y chajro, esa mezcla maldita de alcohol metílico de chicha, pero ya no con ellos, porque estaba agresivo, sino con los indigentes de la torrentera de la avenida Venezuela.

Torrentera hacia el infierno

Largo camino tuvo que recorrer Julia, con los cabellos alisados con su mano sudorosa y los pies matándola de cansancio. Pero aún así atravesó el centro de la ciudad, con la gente amaneciendo a sus trabajos, con algún conocido divisándola pero volteando la cara para no ser relacionados con ella.

La torrentera culminaba en la parte baja, cerca del Colegio El Pilar. Ella sin miedo ya a nada, se internó en esta, a vista de todo el mundo, buscando encontrar debajo de alguno de los puentes que la cruzaban a su Nico.

En el camino se encontró con algunos grupos de indigentes que le sugirieron avanzar más.

Ella estaba segura de lo que iba a encontrar. No tenía resentimiento alguno para la vida, o para Dios, o para ella misma. En el transcurso de su cruzada, había reflexionado mucho sobre las causas de la desgracia de su hijo y la suya misma. Había relacionado todo con varias decisiones erróneas. Nadie le enseñó a ser madre. No tenía elementos para darle una mejor educación, o un mejor entorno a su hijo. Lo que él pudo encontrar de enseñanza varonil lo hizo en las pandillas del barrio. Ella no era un héroe para él. Pero, principalmente, aprendió a reconocer que fue ella misma la que dejó avasallarse, denigrarse para no poner orden en su propia casa y advertir que su hijo se destruía, pensando en que como buen chico se rescataría uno de esos días para transformarse en su ilusión de madre anciana con un hijo valiente que la protegiera.

Caminando ya con los zapatos hechos leña, divisó un bulto bajo el puentecito de una acequia, ya cercana a la zona conocida como La Negrita. Cuando llegó no le sorprendió descubrir a su Nico. Se agachó junto a ese cuerpo inmóvil y lo abrazó sin lágrimas, le separó los cabellos sucios de la cara y miró ese rostro, que para ella seguía siendo el más bello de este mundo.

CODA

El tiempo se detuvo, buscando que no avanzara, que se quedara congelado allí, junto a su hijo, abrazándolo.

-Hijito-

-Hijito-

-Vieja ¿Eres tú?-

-Sí Nico-

-Oye, sácame de aquí quieres, estoy cansado, quiero ir a casa-

-Lo haré hijo, pero debes saber que las cosas van a cambiar, ya hablé con el nuevo párroco y tengo un lugar en el cual te ayudarán, tú trabajarás y yo te apoyaré, pero vamos a salir de esto juntos-

-Lo que sea vieja, estoy cansado, ¿Sabes que quise morir en estos días, pero no pude?. Oye, ¿Cómo me encontraste?-

-Y, cómo no iba a hacerlo Nico, lo que me propongo lo consigo, bueno es un decir, no me hagas caso, ahora, ayúdame a levantarnos los dos, que tenemos aún todo el día para solucionar tu estado-

-Ta bien viejita, yo te sigo nomás-

Julia y Nico, apoyados ambos uno del otro, salen de esa torrentera, salen de ese infierno, salen de ese mundo para siempre y nunca más volver.

Venganza y juventud

Ta muerto cumpay!!!!

Ta muerto cumpay!!!!

Ese uón yata muerto, ahora sí lo tengo callao nomás, ta solito frente a su jato, no me chequea para na, aura sí que ya fue.

Cuando me luquee sabrá quién soy pe, verá mi carabina y manyará que soy el chibolo que dejó sin viejo por chorearle unas lucas allá en el Arenal.

De frente lo miraré y le escupiré en la cara pa que sepa que lo desprecio, así, sin roche nomá le diré que después me la comeré a su jermu, a su hija más si la tengo a tiro, eso le diré mientras lo rebanó con mi punta.

Yo afilo mi arma siempre pa que corte como si naaa la carne del paciente a operar, y éte ya fue, me lo cargaré diuna, y al chibolo que tá con él le diré ¡saca la vuelta mocoso o también cobras cuñao, cómo es pe!.

Ni gritará y si lo hace será como chancho ques, así vaullar y sabrá como grité cuando me devolvieron el cuerpo de mi viejo todo roto. Frío estaba. Y lo tuve que meter en el hueco con mis manos nomás porque naides me ayudó pa enterrarlo en tierra santa. Naides quiso poner un puto sol. Y tuve que llevarlo a la torrentera y allí rasqué la tierra hasta que las garras se me salieron de puro dolor.

Esa me la va a pagar aura este uón y me acercó a él y le digo ¡Ya perdiste!, y me mira con cara de cojudo, ja, ¡Lo tengo!, nadie te salvará y miro al chibolo y estoy por decirle que se vaya a la mierda porque aquí va a correr harta sangre; y el mocoso me mira sonriendo y me mete dos tiros…, cagué pes, no calculé que era su pistolero, cada día son más chicos los conchasumay estos…

Coda

La venganza es uno de los factores de violencia más motivadores que existen en el mundo del pandillaje. No porque sea la única manera de continuar con la ola de muertos eternamente, sino por el concepto en sí de tener una motivación para odiar, para dañarnos lastimeramente con alcohol, drogas y demás enervantes de la cólera interna contra todos y contra nadie en especial. Venganza que destruye el alma y que mata sin saberlo, pues, si no lo mataban al muchacho de esta historia ignorada, lo iba a matar la culpa de asesinar a alguien…

 

 

Mi mejor inversión: Mi esposa

bailando Julia y Santiago... ella aún lo recuerda en la neblina de la vejez y él espero esté mirándonos desde el cielo

bailando Julia y Santiago... ella aún lo recuerda en la neblina de la vejez y él espero esté mirándonos desde el cielo

A Santiago Medina

 

Quiera Dios que cuando me muera, recuerden que fui un buen padre, pero no será así, si me recordarán será por mi esposa. Suena raro, pero de no ser por ella ahora no tendríamos nada: ni los taxis, ni la casa y menos los hijos en la universidad.

 

Yo por mi parte me declaro bruto con “V” mayúscula. Allá en mi juventud mi padre me mandó a la mina y hasta ahora sigo allí. En esos tiempo trabajaba en Orcopampa y, ¡Oh sorpresa! aún sigo allí. Mi vida era monótona y bien borrachosa. Los fines de semana en los días de recambio me bajaba al pueblo y allí me metía entre pecho y espalda la mitad de la tienda. Pura caña me gustaba. Allí conocí a mi esposa: Juanita.

 

Bonita era así con sus trencitas y sus ojos de taruquita que me rehuían. Yo la enamoré con mis canciones, aunque ella jura que fue por lo gracioso que me ponía cuando tomaba. Cuando le pedí para irnos a vivir me mando por el desvío. Ella que quería boda. Yo ya estaba maltón, tenía plata en el bolsillo y ¿porqué no? me preguntaba. Ya conté que era medio burro así que no pensé tanto y me casé con ella.

 

Al principio las cosas no nos fueron tan bien. Yo no calculé que había que alquilarle un cuarto propio y que tendría que dejarla pensionada porque del trabajo en la tienda ya no la querían. Los primeros meses la veía poco y hasta celos me entraron. En una de esas la encontré conversando con un hombre en la puerta de nuestro cuarto y le crucé la cara con una cachetada que hasta ahora me la recuerda. El tipo resultó que era su hermano que vino a verla desde Chuquibamba… 

 

Venía con la noticia de que sus padres de mi Juanita ya habían aceptado lo de la boda. Ella hay recién me contó que estaba embarazada de cuatro meses. Cólera que me dio, pero pensándolo bien y con cervezas de por medio con el hermano, me tranquilicé.

 

Cuando llegamos a la casa de mi esposa, la fiesta que se armó. Todos me quería, y yo a todos abrazaba, soy burro pero cariñoso. Lo malo es que siempre que tomo se me da por regalar la plata. No me peleo con nadie, pero no sé porque se me desaparecen los reales del bolsillo.

 

Me acuerdo que en la visita me gasté más de 200 soles, de los antiguos, casi dos sueldos. Juana estaba enojada conmigo. Así la pasamos un mes con charqui y chuño nomás, aunque he de ser sincero: yo comía en la mina así que no la pasé tan mal. Con el tiempo las cosas mejoraron y el chiquillo que tuvimos creció. A los dos años tuvimos otro y luego dos años después otrito más y para el remate en otros dos años una niña. 

 

CAMBIO DE AIRES

Recuerdo que una vez a la menorcita le picó una araña. En esas altitudes no había ni médico y el de la mina se fue de vacaciones a la ciudad. De urgencias nos llevaron en la camioneta del jefe hasta Arequipa donde me la salvaron. Yo por primera vez me lloré y por supuesto me fui a chupar. A la mañana siguiente en el hotel le dije a mi Juanita que se viniera a la ciudad, porque ya el mayor iba a entrar recién a primer año y en la ciudad ya estaría avanzado. 

 

Ella no quería, pero al final es más inteligente que yo y me pidió que esperáramos a que el mayor termine siquiera el primer año para luego venirnos. Durante ese tiempo ella junto real por real y al final, cuando se vino para acá, puso una tiendita. Dicha sea la verdad, me metía en esos días con otras mujeres, pero siempre le cumplía a mi mujer mandándole la pensión, hasta que ella misma gestionó para que le pagarán la plata allá en Arequipa. Con eso se me acabaron las mujeres, porque ya no tenía plata. Fue mejor. 

 

NO DUERME HASTA LAS 11

Cuando salió eso de los beneficios para los que trabajamos terciando tiempo, a mí me dieron la posibilidad de trabajar tres semanas por una de descanso. De esa manera podía llegar y pasarla con mi familia. Pero lo malo es que mi iba a tomar todos los días y mi mujer me metía una de mil diablos. Cuando está linda y cariñosa es “mi Juanita”, cuando la presento a mis jefes y compañeros es “mi esposa”, pero cuando se trata de sacarme de la cantina o de la canchita de fútbol es “mi mujer”.

 

Era bravaza con lo del trabajo. Si es que se me ocurría tomar antes que llegar el carro a las 11 de la noche todos los viernes, el asunto se me complicaba, porque me salía a buscar de donde estuviera para subirme al bus. En el viaje se me pasaba la borrachera y se me prendía la cabeza de ideas de que me iban a despedir y que después no me iba a ir pateando latas de regreso a Arequipa,. Creo que ese miedo me salvaba porque disimulaba tan bien que nunca se me notaba. 

 

Me acuerdo de la época en que empezaron a despedir gente en masa, a mi se me entraron ganas de tomar más y más, pero Juanita me controlaba y llorando me subía al bus del trabajo y daba comida al chofer y al supervisor para que no me vendieran. Los compañeros nunca me decían nada y así nadie me descubría y era puntualito. De esa manera me salvé de los despidos masivos. La verdad ahora le agradezco, porque de lo contrario no tendríamos mi pensión y no tendría mi puesto de venta de insumos cerca de la mina. Todo es por ella que me ayudaba.

 

TARJETA CON LLAVE

Y es que yo soy un derrochador del dinero. Cuando me tomo le pido a mi sobrinito que me lleve a pasear, yo le compro helados y comida. Cuando ya estoy mareado me regresa a mi casa y me evita a los amigos que quieren irse conmigo. Mis hijos controlan los cuatro taxis que tenemos, mi hija ve la casa y mi mujer administra el dinero. La tarjeta me la tienen con llave y es mejor. Cuando pido 100 soles me dan 50 y me los tengo que llevar a comer primero. Ellos son mi vida y yo a veces logro comprender porqué soy tan feliz…

 

CUANDO LA PARCA TE SONRIE   

Ayer me enteré que tengo cáncer al estómago. El doctor me pidió que le comunique a la familia. Yo no le entendí bien lo de la enfermedad, soy bruto nomás. Creo que no les diré nada, pero sería una deslealtad para con mi Juanita. De todas formas se lo diré, quién sabe, de repente como dice el doctor me puedo curar o de repente me muero, pero sé que ella estará a mi lado, que no me desamparará. La última imagen que quiero llevarme a la tumba es su rostro sonriente con sus trencitas y su mirada que me huía, la imagen de mis hijos riéndose en la mesa familiar de mi casita de dos pisos, la voz de mi nieto llamándome “apa”, esas imágenes quiero llevarme a la tumba porque no se si me las merezco, o de repente lo único que vea sea la sonrisa de la parca soy un tonto nomás que lo mejor que pudo hacer en su vida fue casarme con una buena mujer.

 

FIN

 

EL VALOR DE LA CONFIANZA

Los hombres no podríamos vivir en armonía si faltara la Confianza, es decir, la seguridad firme que se tiene de una persona, por la relación de amistad o la labor que desempeña. En el presente caso la Confianza se refleja en la armonía que se vive entre el esposo y su conyugue, aunque los dos tienen defectos, tratan de decírselos y controlarlos. Ha pasado el tiempo y esta historia ya tuvo un final… La esposa sigue adelante con los hijos y no faltan los problemas, pero el recuerdo del padre que aunque con sus defectos, dio la vida por ellos, los anima a seguir juntos como familia. ¡Cuantos de nosotros podemos decir lo mismo?.

 

Estamos empezando el año después de unas vacaciones, los que nos leen pueden estar seguros que habrá más historias, relatos, pasadas y mucha crónica en esta página.

 

Tres versiones de “Ya se ha muerto mi abuelo”: Bareto, La Sarita y el inmortal Juaneco y su Combo.

 

 

 

 

 

 

 

Volando en el Asfalto

La verdad que poco faltó para que ´la combi de la muerte en que me embarqué terminara asi...

La verdad que poco faltó para que ´la combi de la muerte en que me embarqué terminara asi...

 

Como casi todos los domingos tomé una combi hacia Mariano Melgar para visitar a la familia. Paré una Nissan Homy de la Línea “C” en el paradero de Héroes Anónimos y pillé desprevenida y adormilada a un pasajera que iba en el asiento de adelante. Con un “gracias” mecánico me acomodé en un asiento ya de por si caluroso y me sumergí en mis pensamientos.

 

Rápidamente salí de mis meditaciones personales, porque el chofer, (apenas pasados unos segundos de voltear para seguir por la avenida Independencia), empezó una frenética carrera contra otro vehículo de la misma línea. “¡Es el gordo Machucao!” dijo la cobradora, casi escupiendo el nombre. Suficiente información para que el flaco y despeinado conductor pasara de tercera a cuarta en lo que demoró el motor de atragantarse, roncar y salir despedido, con nosotros como carga, hacia adelante.

 

SACANDO CHISPAS A LA PISTA

 

La pista, entonces, se me volvió irreal, saqué el brazo de la ventanilla por una reacción de seguridad mientras mis dedos buscaban inútilmente el cinturón de seguridad. El olor a velocidad era palpable, conjuntamente con el despertar frenético de mi compañera de viaje que abrió los ojos como plato cuando pasamos de refilón a un Tico que tuvo la “insolencia” de pararse a media cuadra de la frentera de la UNSA.

 

Justo en ese momento, el competidor nos dio alcance y nuestro “Meteoro” local lo sobrepasó con un quiebre de volante que obligó al otro chofer frenar para evitar el beso metálico. Por la ventanilla (y sacando media cabeza afuera) nuestro Fangio local le gritó: “Para ser ´fercho´ de calidad te falta papito”, no contento con su hazaña, puso más distancia entre nosotros y el otro vehículo, maniobrando entre un Toyota Corolla blanco, dos ticos amarillos y una camioneta Pathfinder, cuyo conductor no alcanzó a decir nada, aunque en sus ojos vi toda la genealogía dirigida al conductor nuestro. Todo un as ¿no?.

 

La Radio cumbiera soltaba a mansalva “Basta ya mi Amor” del Grupo Aguamarina. El calor se me expresaba en un sudor pegajoso. La cobradora y su voz chillona en tonos graves y furiosos me mantenían en una especie de éxtasis causado por la visión de una irreal marcha de monstruos cachudos y valquirias tipo andino que se interponían en nuestro camino.

 

QUE VEO QUE ME MAREO…

 

Estábamos en la avenida Sepúlveda y coincidimos con un mini corso de la comunidad puneña de esa zona, que, no escogiendo mejor momento que la hora del almuerzo, decidieron salir a las calles a mostrar el arte de sus danzas. Nuestro antihéroe local no se amilanó y, en un descuido de un Tercel verde, metió la trompa de la combi en un espacio que, a mi parecer, pertenecía a un peatón. Este último desapareció de mi campo visual porque ya lo ocupaba otro que se nos cruzó por delante a media cuadra y entre un sonoro “¡salte de allí…!” y algo que me recordó a un ajo, salimos del trance para frenar en seco detrás de una camioneta destartalada marca Dogde.

 

Tiempo onírico para ver a las bailarinas en sus minifaldas cada vez más cortas y los caporales con lentes para sol y bloqueador solar chorreando en sus trajes. Un par de alcohólicos se pusieron a bailar en medio de la comparsa y cuando uno de ellos ya se había metido en el papel de director artístico, fue sacado a empellones por un policía que no aguantó pulgas etílicas.

 

El movimiento aceleratorio que mi cuerpo empezó a realizar me devolvió a la realidad de mi situación. “¡Alguien baja en el Puente, si nadie baja me voy de frente!”, vociferó el chofer. Ahora su voz se mezclaba con la canción del Grupo América: “Que pasó”. Atiné a solo mencionar mi destino para recibir un “sí, sí por ahí pasamos”, a lo que conteste con un seco: “quiero llegar vivo allá ¿eh?”, a lo que me respondió un volteada de cara y un empujón hacia atrás producto de la repentina acelerada de nuestro Schumacher criollo.

 

Una serie de maniobras que no me permitieron ver claramente las bandas de “cholitas”, osos, ángeles y demonios del Corso que pasaba paralelo a nosotros. Así llegamos al Ovalo enfrente del Cuartel Bustamante. Allí frenamos en seco porque los bailarines habían volteado y cerrado el paso, rumbo a la Villa Militar del Cuartel Salaverry. El chofer paró y soltó un “¡bueno! diez minutos pararemos aquí”, cosa que me sirvió para recuperar la cordura y bajar raudamente de la unidad de transporte y respirar tranquilo, como si hubiera salido de un peligro mortal, a mis oídos llegó la voz increpadora del chofer a la cobradora: “¡oye cóbrale pues! ¿Acaso pagó?”. Qué no hubiera dado por sonreír y dejarlo con la palabra en la boca, pero, lastimosamente ya había pagado mi pasaje y me faltaban seis cuadras por caminar, pero la verdad, cuando uno pisa tierra después de una experiencia así pueden ser seis o veinte cuadras, da igual.

 

Nadie sabe en que momento, en esta ciudad, uno puede convertirse en el protagonista del film “Rápidos y Furiosos” como me pasó este fin de semana.

 

Na´ que ver con el tema, pero la violencia urbana me anima a subir este openning de la serie japonesa “Tokio Tribe 2” la cual es una oda a la violencia gratuita en las calles. El grupo se llama “Illmatic Buddha Mc’s”, la canción “Top of Tokyo”

Una ayuda real para los niños que trabajan en la calle

Julia baña a su hermanito, porque no hay nadie quién más lo haga, al menos con el amor con que lo hace...

Julia baña a su hermanito, porque no hay nadie quién más lo haga, al menos con el amor con que lo hace...

Es extraño cuando alguien te dice: “está bien hazme la entrevista pero no recalques mucho sobre la institución, sino sobre los chicos”, entonces por respeto a esas palabras ni siquiera mencionaré el nombre de la persona que me dio la información sobre el proyecto denominado “Luz y Esperanza para los Niños Trabajadores de Chimbote”.

 

Imagínense un grupo de niños que, después de trabajar más de diez horas en la calles polvorientas de una ciudad de nos más de 200 mil habitantes, se reúnen para conversar, aprender, compartir experiencias y, principalmente, sentir que son importantes para alguien.

 

Desde hace dos años, un grupo de niños de la ciudad de Chimbote cumple esta especie de utopía en la Parroquia San Francisco de Asís. Las manos grandes del sacerdote que los acogió, no para de dar palmadas en la cabeza de los menores. “los golpes más duros no son los físicos –me dice- son los del alma y esos quiero curar”.

 

Lo sigo con la mirada mientras me muestra a uno y otro de estos 35 chicos, de los cuales el 60% está acudiendo a la escuela con regularidad, varios fueron reconocidos por sus padres y otro tanto ya salió de la desnutrición.   

 

Este grupo, (LENTCH), nació gracias a la iniciativa del padre Miguel Stockinger, al cual ahora incumplo mi promesa de no mencionar. Y es que mientras escribo estas líneas que debería ser impersonales, me gana nuevamente la emoción de sentir que si se puede, si se logra y SÍ SE COSIGUE romper la coraza de miedo a hacer algo concreto por esa realidad dura y cruel que es ver a un niño trabajando como adulto en vez de disfrutar de una época que determina la personalidad adulta.

 

JUAN Y MARÍA

 

Juan es un pequeño que tiene siete hermanos, trabaja limpiando parabrisas entre las calles Gálvez y Bolognési, a su corta edad ayuda en casa económicamente, pues desde las 3 de la tarde sale a trabajar. Nos dice, feliz, que le gusta lo que hace y que siempre ayudará a mamá. Además, me manda de contrabando un mensaje para todos los niños del mundo, en la Semana de los Derechos del Niño: “Ayuden a sus padres, respeten los valores y no se peleen entre hermanos”. Y también un pedido a las autoridades: “Ayuden a los niños en su desarrollo; en su alimentación y vestido”.

 

María, por su parte, es tímida, pero de ideas centradas. Dice ser la última de casa. Ella trabaja vendiendo caramelos. Nos dijo: “Todos los niños deben cuidarse de los peligros de la vida”. Añadió que está feliz ahora, porque antes, cuando los golpes arreciaban en su vida, no conocía lo que era la felicidad. Las marcas del destino en su mirada nos hablan de una niñez truncada, pero, cuando sale de ese momento, vuelve la niña alegre que quiere quedarse con mi lapicero, lo que al final consigue con una sonrisa pícara y traviesa.

 

CODA

 

Como ellos hay varias historias, la cuales quisiéramos que todo el mundo conozca, que se difunda en titulares grandes y que las rotativas no pararan de imprimir sus caritas de esperanza al saber que están peleando por cambiar un futuro que, muchas veces, les determina en la sociedad a no conocer más allá de la pobreza y la miseria que los convierte, con el tiempo en esos, drogadictos, borrachos y delincuentes con que los demás, nosotros tú o yo, los margina al ver sus ropas sucias y sus manos anhelantes.

 

Hay un futuro distinto al que te venden a diario, ¿te animas tú a intentarlo también?.

 

José Luís Perales compuso esta maravillosa canción “Que canten los niños”, recordémosla porque en ella se canta algo de ese anhelo que vive en cada uno de nosotros.

“Soy un hijo del SIDA”

¿qué tiene que ver si este niño tiene SIDA o no?, igual su mirada es de inocencia...

¿Qué tiene que ver si este niño tiene SIDA o no?, igual su mirada es de inocencia...

Le pregunté a “Patusco” que era ser un hijo de Sida y esto me respondió:

“Cuando tenía diez años me enteré que mi padre tenía SIDA y me pregunté si es que yo también moriría como el: flaco y sin fuerzas para decirme sus últimas palabras.

Cuando estuve en ese hospital público pude ver cosas que me aterraron de verdad, más que la cara llena de manchas de sangre de mi progenitor. Y es que la indiferencia con que me miraba la gente me causaba una sensación de temor. No entendía que no me miraban por no contagiarse ellos mismos… que tontería ¿verdad?, pero algunos piensan que mirar a una persona enferma con el SIDA ya es posibilidad de contagio.

La vida después de la muerte de un ser querido es dura, y más si sabes que es posible que te dejara una herencia que nunca vas a olvidar. En este país los hospitales son una bomba de tiempo para el contagio, yo mismo en una ocasión toqué la sangre de mi padre porque nadie se la limpiaba. La enfermera de turno le tenía terror así que era raro que estuviera cerca de él. Pero de algo sirvió esos días de negrura y soledad en ese edificio donde el sentimiento no existía…

Aprendí que el contagio mío era posible porque mi madre no se cuidaba con mi padre y que ella se fue de la casa justamente porque se enteró que tenía la enfermedad. Todos esos años creí que se había ido porque no amaba a su familia, ahora sé que murió en Panamá en la casa de unos tíos evangelistas que la acogieron por caridad. 

Comprendí que la familia de ambos lados tenía mucho miedo al contagio por eso no se acercaban y por eso nadie quería hacerse cargo de mi.

Y sí, en el hospital me sacaron muestras de sangre para determinar si tenía el VIH.

PREJUICIOS

En esas horas descubrí que varios de los enfermos no eran ni homosexuales ni prostitutas como siempre escuché que eran todos los contagiados. La verdad que me importaba un peino si mi padre era lo uno o lo otro. Él me había criado tratando de que siempre considerara que todos éramos iguales.

Cuando llegaron mis tíos lo primero que me preguntaron era si ya tenía los resultados. Cuando les contesté que no los había sacado aún ni me volvieron a hablar. Cosa que agradecía porque no quería conversar con nadie, quería entender que estaba pasando y que tenía que hacer. Ya una enfermera caritativa me dijo que mi padre no viviría después de esa crisis.

Cuando tomé la decisión de vivir, mi padre murió, atragantándose con la sangre de los estertores de la pulmonía fulminante que me dejaba huérfano. No esperé los resultados, ni las palabras de consuelo, ni siquiera me despedí de su cuerpo, simplemente huí…

Durante años vagué por la calle con otros niños, creo que hasta los catorce, cuando conocí a Mariela, una chica con la que tomábamos y nos drogábamos con pegamento. Una noche quiso tener relaciones y una luz de entendimiento me salvó de hacerlo. Creo que fue algo sobrenatural porque de por si ya no me interesaba nada y esta listo a recibir cariño de quién fuera… pero no lo hice.

BUSCANDO AYUDA, DANDO AYUDA

Al otro día busqué ayuda en ese hospital y la recibí, con la cara de sorpresa más grande del mundo, por supuesto. Ya no me tenía miedo, ¿qué habría pasado en esos años? No sé pero esta vez si me acogieron y me llevaron a un albergue donde me bañaron, vistieron y arroparon en una cama después de milenios creo yo de no dormir en un lugar caliente.

A los días me dieron los resultados. Eso me llevó a tomar conciencia de todo y me impulsó nuevamente a decidir vivir. Por eso estoy aquí, trabajando en este albergue de niños que, como yo, tuvieron padres con el VIH. Por eso estoy aquí codo a codo arrancándole a la Muerte a estos niños que no tienen porque sufrir las cosas por las que pasé. Ahora sé que se puede dar a luz a un niño sin contagiarlo si se tiene cuidado, también sé que existe un motivo para la vida, que vale la pena gastarla por algo que valga la pena y no desperdiciarla a lo fácil.

Sé que quieres saber si tengo o no el virus, pero ¿eso importa?, más deberías preguntarte si tu tienes encima el virus del prejuicio y el miedo que contagia y mata más que el SIDA…”      

CODA

Existen en el mundo miles de hijos del SIDA que nunca tuvieron la culpa de su enfermedad… todos podemos hacer algo si le bajamos la velocidad al prejuicio, al libertinaje y a la permisividad de una vida que apunta más al placer fácil que al verdadero esfuerzo de conseguir la felicidad.

La canción de hoy llega con dos grandes: Willie Colón y Héctor Lavoe, que bien pueden hablarnos de lo efímero que es la existencia y lo preciosa que puede llegar a ser cuando una le da su debida dimensión y valor… Con ustedes “Todo tiene su final”

Mi reino en la basura

¿Qué busca un niño en la basura?, ¿felicidad?, ¿amor?, ¿dignidad?, ¿qué buscas tú?

¿Qué busca un niño en la basura?, ¿felicidad?, ¿amor?, ¿dignidad?, ¿qué buscas tú?

Mi mamá me contó que nació en un pueblo lleno de cerros y árboles. Ella dice que todos los días se levantaban temprano para ordeñar una vaca y luego se iba a la huerta a sacar cosas para el desayuno. El trabajo era duro, pero la tierra era suya, dice. Mi abuela también recuerda esas cosas, en especial en la noche, cuando entre sueños parece que recuerda a mi abuelo, porque lo llama y llora. A veces en medio de la noche, mi mamá se levanta gritando: “No lo maten, por favor, no, no me toquen”, luego se vuelve a dormir. Una vez supe por qué las dos, mi abuelita y mi madre, lloran tanto: a mi abuelito lo mataron los terrucos, hace años y en medio de la plaza del pueblo donde nacieron. Parece que a mi mamá le hicieron daño de otra manera, pero no me cuenta. Luego de eso, parece que alguien les quitó la casa y la chacrita y se vinieron para el botadero de basura.

 

¿Quiénes eran los terrucos?, yo no sé, y felizmente acá al basural nunca vendrán. Porque de verdad nadie viene, a no ser los camiones que recogen las bolsas y uno que otro comerciante en taxis. Esos me dan miedo, porque siempre vienen a tratar de botar a mi familia. Esos hombres malos quieren toda la basura para ellos, como si la hubieran comprado. Una vez que mi madre quiso sacarse una cocina vieja de entre los restos, uno de esos hombres la descubrió y le pegó tanto que le sacó sangre. Yo ni podía hacer nada, quise tirarle piedras, quise matarlo con un cuchillo, quise que lo castigue Dios, pero no me atreví, creo que soy un cobarde.

 

TESOROS

 

Por eso es que tengo que esconderme, para poder sacar mis tesoros de la basura. Como a mi familia sólo le dejan sacar los restos de la basura quemada, tengo que esperar a la tarde para poder escabullirme entre la basura para buscar entre ella. Cuando encuentro algo bonito, lo recojo y lo llevo hasta mi lugar secreto, debajo de llantas viejas de camión que nadie se atreve a mover.

 

Allí guardo cosas bonitas. Allí está un collar con piedras de colores, un libro con tapa dorada, una navaja, varios anillos y mi más preciado tesoro: un libro de fotos de batallas. Con el libro sueño a veces que estoy en otro mundo, donde soy un capitán de una armada y que combato a esos llamados terrucos, para que no vuelvan a hacer daño a nadie, en especial a mi mamá. Como fui al colegio hasta tercer año, sé leer algo, y, en el título del libro se lee algo así como: “La Segunda Guerra Mundial”. También tengo otro que es una Biblia, pero no la leo mucho porque es complicada.

 

A mí me gusta cuando me cuentan cómo nací: dice mi mamá que le vinieron los dolores cuando vivían allá en La Pascana. Fueron a pedir ayuda a los vecinos, pero nadie sabía cómo hacer nacer a un niño. Así que mi mamá y mi abuelita se fueron caminando hasta la carretera. Allí nadie paraba para ayudarla, pero ¡de pronto! Un camionero paró y las recogió. Dicen que llegué ya con la cabeza afuera al Centro de Salud y que los médicos se asustaron, pero nací al final. Luego gentes amables me regalaron ropita y comida para mi mamá. Pero finalmente tuvimos que regresar al botadero de basura.

 

Me gusta la historia por el camión que nos llevó. Yo nunca he estado encima de un camión, pero debe ser emocionante viajar de un lado a otro. Yo nunca he salido de un botadero, más que para el colegio, pero eso me duró poco. Siempre que puedo acercarme a uno, lo hago y pregunto cómo funciona, a veces me responden, otras, me botan, pero me da igual, sólo con sentirme cerca de uno de esos carrazos me siento feliz.

 

Debe ser por eso que me gustan tanto los autitos. Yo los busco más en la basura, a veces hallé un trencito o un bote, pero no me gustó, pero sí los carritos, así estén todo rotos, yo los recojo y los reconstruyo. Tantos tenía que llené una caja grande. Pero vinieron esos hombres malos y por tratar de botar a mi familia, se llevaron mi cajón.

 

DESTIERRO

 

Mi abuelita dice que si nos botan de aquí no podremos ir a otro lugar, porque allá en su pueblo no le quedan parientes y ellas no saben hacer nada. Una vez pregunté por mi padre, pero se quedaron calladas las dos. Nosotros vivimos de la basura y eso no creo que cambie por mucho tiempo, ya que aquí, en La Estrella, está nuestro hogar.

 

Con sinceridad no sé quién es Papá Noel. Dicen que es un gordo extranjero que viene en la noche que nació Jesús y te deja regalos, yo no creo, en todo caso por acá nunca vino, no lo culpo porque el olor de la basura espanta a cualquiera, en especial al medio día.

 

Hace unos días vinieron unos periodistas y me sacaron fotos, hasta jugué a las escondidas con uno, pero se fueron. No me trajeron regalos, pero no me importó, a mí me gustan las visitas y les pedí que regresaran otro día para mostrarles mis sitios secretos.

 

Nadie más vino, y por supuesto, menos el gordito de rojo. Esa noche la pasamos mi mamá, mi abuelita y yo solitos en nuestra casita de esteras. Mi mamá consiguió para mí unos juguetes de caridad y a mi abuelita le regalaron un panetón. Mamá se enojó tanto porque no teníamos qué comer que mató a la gallina que teníamos. “Ya compraremos otros pollos”, me aseguró para que no llorara.  Yo le tenía cariño a la Filomena…

 

Ya en la noche nos alumbramos con el lamparín y rezamos porque el Niño nos bendiga, nos traiga más trabajo, y haga que la gente bote más metales y juguetes. Eso último lo pedí yo, ya que me disgusta ver que mi mamá está con las manos ampolladas de tanto buscar entre cenizas los fierros para vender. Los de los juguetes… bueno es que no tengo muchos.

 

Sueño que me encuentro dinero en un maletín y que me llevo a mi mamá y a mi abuelita a su pueblo y que, cuando llegamos, nos reciben con una gran fiesta y comida y música, porque todos nos quieren y nos aprecian. Yo les muestro mis tesoros y ellos me acarician la cabeza. En mi sueño están esos niños malos que se burlaban de mis ropitas y mi olor allá en la escuela, pero un hombre grande les da de coscorrones para que no me vuelvan a insultar. Allí también están los hombres malos, los terrucos y los de las vacunas que tanto me hicieron doler, y el niño Jesucito los desaparece, porque al final de cuentas no les deseo que sufran, sólo que se vayan de mis recuerdos.

 

SOÑAR NO ME CUESTA…

 

Sueño con esas cosas en medio de mi reino de la basura, donde soy dueño de prestado de las cosas que ustedes botan. Porque todo puede servir para algo y en especial nosotros que trabajamos tanto. Todos nos llaman “ceniceros”, y si esos somos, bueno, qué importa, siquiera trabajamos y no robamos a nadie, así vengan esos que dicen ser los dueños de la basura, así vengan con sus camiones y nos arranquen a la fuerza nuestras cositas. Yo sé que seré algún día grande y que nadie me podrá humillar nuevamente, que nadie le volverá a pegar a mi madre y que mi abuela no tendrá que vender su diente de oro para que me compren medicinas, como esa vez que me comí los restos de un sanguche y me enfermé mucho. Yo sé que seré diferente, así no tenga que contar con la ayuda de nadie, pero es triste estar sólo en una tarea así, felizmente mi mamá aún está conmigo, aunque sé que mi abuelita de repente ya no lo esté. Con todo yo sigo en mi reino, por ahí alguno de ustedes quiere visitarme y si vienen al botadero pregunten nomás con confianza por Miguelito, todos me conocen.

 

CODA

 

A Miguelito y su familia los conocí allá por el año 2005 cuando hice el informe sobre las Mafias de la Basura… las fotos de él se perdieron, pero ¿saben?, aún lo recuerdo cuando le dije que corriera hacia mi para sacarle una sucesión de fotos… sus ojos alegres llegando hasta mi son algo que no se olvida, por Dios que no…

 

Duerme, duerme negrito – Voces Corales

 

 

 

Está es la versión original de la canción por el inmortal Víctor Jara

Violación tras violación tras violación…

Hasta donde se puede dañar a una persona... hasta donde llegan las consecuencias de una violación...

Hasta donde se puede dañar a una persona... hasta donde llegan las consecuencias de una violación...

En el cuaderno de reportes del caso de María, encontré una verdad más grande de la que esperaba. Todos sus problemas de pareja actuales partían de esa serie de violaciones que de niña le deformaron el concepto del amor. Todos esos detalles fueron pasados por alto por sus parejas y el actual esposo de ella tienen la misma definición a su comportamiento: “Está loca” me dijo. No saben la verdad más allá de lo que pasó…

 

FLORECIMIENTO TRUNCADO

 

Ella era una niña de sucia carita, porque allá en el cerro donde vivían no tenían agua como para darse el lujo de la limpieza. Ella era la menor de cuatro hermanos y todos dormían en la cama de la madre, separada desde hace mucho de su progenitor. Los días son parecidos: reclamos para que trabaje, para que limpie, para que barra, para que atienda a sus hermanos. Ella crece sin caricias ni abrazos, crece con la soledad en el pecho.

 

Hace su aparición por esos días un hombre que empieza a frecuentar la casucha de techo de calamina que tienen. Es extraño, pero la casa es un desastre y no debería serlo, los vecinos a pesar de padecer las mismas carencias, tienen la frentera barrida, un jardín ínfimo de geranios bien cuidados, los niños andan limpios y la madre trabaja en el mercado. María los ve felices. 

 

En su casa reina el caos de las botellas de cerveza que compra el hombre que se queda en las noches y ya desplaza a los hermanos a dormir en el suelo. En una de esas noches el hombre se asegura que la madre está ebria y dormida y se acerca donde esta recostada María. Ella es una niña aún, pero las manos del hombre la tocan como si fuera una mujer. La niña se pregunta por qué no toca a sus hermanas mayores, debe ser que ellas son ariscas, debe ser que ellas están despiertas y listas para gritar si el hombre se les acerca, ellas saben que está pasando… 

 

LOS CUÑADOS

 

Las manos del hombre se vuelven familiares y María hasta siente en ellas la ternura de una caricia muchas veces negada, hasta que la situación cambia, la madre ya no se emborracha y mantiene al hombre en la cama. Una mirada de furia y celos aparece cuando mira a la menor de sus hijas. María no entiende el rencor de su madre, sólo sabe que los golpes le llueven más que antes. Las hermanas, tal vez buscando escapar de esa escena, tal vez porque les prometieron amor, se metieron muy chiquillas con otros chicos de su edad y se fueron a vivir con ellos. Quedan el hermano de doce y María que tiene once años solamente.

 

Una vez la madre la manda a buscar dinero a casa de una de sus hermanas y sólo encuentra al marido de esta. El tipo no desaprovecha la oportunidad y somete a María, no una sino varias veces jactándose de que él es su “primer hombre” que lo recuerde bien. Al final de la escena la niña está tranquila, es como si supiera que eso es lo que sufriría, de repente en su mente esa forma de amor de queda grabada, porque el tipo en un intento de tapar su felonía le compra galletas, dulces, la besa, la abraza. 

 

María piensa que entonces que un hombre se suba encima de ella y la haga sentir cosquillas es normal, tanto así que en el cuarto donde vive la otra hermana la escena se repite una vez más, con la diferencia que esta vez el tipo la tiende de espaldas y le hace conocer un nuevo dolor. Ya la mente de la niña está deformada, el abuso sucede por varios años, tanto así que hasta un vecino de los cuñados aprovecha de esta situación para también violarla. Pero algo cambia, ella ya no siente placer cuando ellos están dentro de ella, porque ya empezó a notar que se burlan de su condición, que la insultan y hasta la sortean y le pegan. Ya no va entonces a las casas de sus hermanas y su madre se harta de que esté metida en la casa, porque los estudios nunca estuvieron en su vida, siempre fue tratada como una esclava, salvo que esa palabra para María no le dice nada. 

 

ESCAPAR

 

El escape de María sucede cuando su madre la bota de la casa, acusándola de que el padrastro ya empezó a mirarla con otros ojos y que de repente ella se quiera quedar con él. María no sabe que decir, casi nunca ha dicho nada en su vida por defenderse. Vaga por días en las calles, un borrachó intentó violentarla pero la furia de ella puso en escape al agresor, menos suerte corrió con un grupo de drogadictos que la llevaron hasta una torrentera y si no la mataron fue porque ella no se quejó. 

 

Así la encontraron los de la Policía en las calles, desamparada y con hambre y la increíble suerte de no estar embarazada. Luego, la historia hasta fue difundida por los periódicos, ¿se acuerdan?, fue el caso de la niña que estuvo en un albergue y que su hermana, para que manden a prisión a su ex conviviente, denunció la violación. La justicia tarda pero llega, pero en este país llega como un suspiro, ya que a los dos cuñados les dieron cuatro años de cárcel de los cuales sólo cumplieron 2. A la madre también la juzgaron, pero no le dieron condena de cárcel, al padrastro y al vecino penas menores y supendidas. María terminó de crecer con la ayuda de las personas que se interesaron en su caso. 

 

SEXUALIDAD DESHECHA

 

No le contó a nadie de su padecimiento anterior. La historia borra las huellas de los que quieren que así sea, pero las grietas del interior no sanan. De esa manera las parejas sexuales de María, siempre se quejaron de que era fría, que no respondía con placer. Su actual pareja no le importó demasiado eso ya que la quería para bien, se casó con ella y pensó que con cariño y amor le devolvería esa sonrisa de satisfacción que toda mujer amada debe tener. Falso. Lastimosamente la capacidad de tener un orgasmo de María estaba irremediablemente perdido, contarle al marido sobre las violaciones no causó sino que el pobre hombre creyera que el placer sólo lo sentía con esos hombres que violaron su niñez…

 

Están por separarse y María no sabe porque realmente, en su mente no entra las ideas de que fue esa situación en su pubertad la que ahora le afecta el clítoris. “Todo tiene su etapa y a ti se te adelantó una” tratamos de decirle para que reconozca primero la condición en que está, pero ella se niega, quiere que le digamos que le gustaría a su esposo que ella haga, porque ella ya le ha tratado de dar todo, pero lo que no puede evitar es llorar una vez que él termina de estar con ella en la intimidad…

 

Entonces hablamos con el esposo, y al final comprendió que todo tienen relación, que ella lo ama pero en la oscuridad de su mente aún acecha el peligro y el sometimiento sexual del que fue objeto. Él entonces comprende también que la única manera de superarlo es con una larga terapia de pareja, en la cual se incluyen dolorosas sesiones de regresión, de perdón para ella misma y sus padres, de confesión de que ella necesita ayuda, todo un sinfín de cosas que no deberían suceder, porque María debió crecer y enamorarse naturalmente y tener relaciones sexuales si es que ella las deseaba y con el cuidado y ternura que da el enamoramiento, ella no debería pagar las culpas de unos desgraciados que sin conciencia y peor que animales, se aprovecharon de ella… Lastimosamente como María en este país hay muchas ¿no?…

Coda

Para no terminar tristes con una realidad tan opresiva, escuchemos la historia de Eva, en la voz del gran Silvio Rodriguez.

¡Estoy rejodido pero respiro aún!

¡Buscame trabajo pues chocherita...!

¡Buscame trabajo pues chocherita...!

Cuando en las mañanas me levanto, siento que va a ser un día más de esos donde no habrá trabajo, y, por vida que me quiero dormir unos minutos más. Pero siento a mi madre prender el primus en la cocina, al perro que ladra al sol de la mañana y no me queda más que sacudirme las frazadas y meterme en la ducha para bañarme, así con frío y todo.

 

 

Me llamo Juan Mamani Castro y sé que no seré bueno contando mi vida, pero la verdad es que estoy harto de seguir igual, toda la vida igual y quiero que la cosa cambie. Si fuera posible que por el periódico me dieran trabajo, hasta el celular de un amigo publiqué y de seguro al final de contar mi historia les voy a dar mi número, como ya lo intenté en alguna ocasión… Ahora me conocerán algo, pero lo principal es que no tengo trabajo y eso explica muchas cosas ¿no?

 

Primero quisiera que conozcan a mi madre: Enriqueta Castro. Ella me tuvo a mi y nada más. Gracias a Dios por eso porque de lo contrario la pasaríamos peor. Vivimos los dos aquí en el sector D de Deán Valdivia en Cayma Enace, donde hace ya cuatro años nos vinimos a vivir. Le cuidamos la casa a un señor que tiene su mansión allá por Yanahuara. De alguna manera el tener un lugar para descansar debería facilitar las cosas, pero en nuestro caso no es así.  

 

Desde niño trabajé, pero nunca duré demasiado en una labor. Que si trabajaba en una combi, que el dinero no alcanzaba para pagarme; que si me metí de albañil, que el patrón no quería pagarme completo; que si me fui a la frontera para traer contrabando, que la Policía me detuvo y me quitaron mi capital. La cosa es que me va recontra mal en estos años y no sé a quién culpar al final.

 

Nunca estudié. Mi madre necesitaba que trabajara para que nos mantuviéramos los dos y no nos alanzaba ni con esas. Pero no soy el único en esa situación, a mí alrededor veo diariamente a profesores hacerla de taxistas, a tombos como ladrones y a madres prostituirse. En mi caso no tengo trabajo porque no existe una oportunidad para mí, pero no entiendo en sus casos ¿no se supone que ellos deberían tenerla más fácil porque estudiaron?

 

Enagañados

 

A muchos de ellos (y mi mismo da pena decir), nos engañaron de distintas formas con promesas de trabajo. Por ejemplo, para sacarnos provecho se nos busca por el periódico. Todas las mañanas en el parque Duamhel se ubican patas que te venden las copias de los avisos económicos de los diarios, para que te leas las ofertas de trabajo, de esta manera te ahorras comprar un solo periódico y por solo 20 céntimos tienes de Correo, de El Pueblo, del NOTICIAS y así por el estilo. Allí siempre aparece dos clases de avisos: los de la “empresa emprendedora necesita jóvenes emprendedores que quieran ocupara plazas emprendedoras de alta gerencia en el área de promociones al público”, es decir vendedores de puerta en puerta. Con esta forma a los promotores les interesa un pepino cuanto camines con tal que cumplas las cuotas.

 

El otro tipo es el de: “oportunidad única de negocio (no service) gane dinero en su medio tiempo, sea su propio jefe”, es decir que tiene que comprar productos que venderás a tus papas a tus amigos y a tu enamorada. De este tipo abundan y veo que muchos van por los centros de promoción, pero no todos logran salir adelante y siguen en la ruleta de buscar trabajo cada mañana, en su mayoría son jóvenes.

 

Yo ya pasé por eso. También por lo de las services. Al principio, ilusionado, pagaba mis reglamentarios cinco soles para que me tomaran en el empleo de “cuidante nocturno con sueldo de 400 soles”. Nunca me llamaban y mis cinco soles al agua por siempre, y si reclamas tienes que pagar otros cinco soles ¿que conchudos no?

 

¡Ah! después me metí a eso de las empresas que te piden currículum!, o esas otras que te convocan con ropa a la tela y esas cosas. Pero ya estoy curado y no creo ya en nadie. Ahora sale eso de los viajes al extranjero y pienso que es otra trafa ¡es tanta mi amargura! Y es que las veces que si resultó ser cierta la convocatoria, el hecho de no tener estudios universitarios o técnicos va en mi contra, por supuesto ni hablar de mi cara serrana.

 

Para estudiar se necesita plata y con mi trabajos de medio tiempo no pude pagarme la pensión. Ahora ya estoy mayorcito para andarme con esas cosas, pero si ustedes que me lee lo son, estudien harto y lo que puedan, que en los trabajos te piden de cada cosa, que si estudiaste computación, que si eres maestro o master no me acuerdo, que el inglés más, que otros grados, así que a estudiar, es lo único que puedo aconsejar ya a mi edad.

 

Respirar y vivir

 

Hace tiempo trabaje en una comercial, pero me sacaron porque casi cumplí el año y debían pagarme más por ley. De otra empresa me sacaron igual porque me tenían que contratar si estaba un mes más. En otras partes me engañaron pagándome un mes primero puntual, después medio mes y se retrasaron, después ya me debían dos meses y después por fuerza me tuve que ir nomás caballeros.

 

Después de tantos años al parecer no aprendo, porque igual sigo saliendo a las calles a buscar empleo, y veo en las esquinas a jóvenes buscándolo incansablemente, como si fuera un premio. ¡UN PREMIO!. No creo que deba ser así. Si es que alguien tiene la culpa que me lo digan, si es mía la acepto, pero que no me engañen más, que no me pidan plata para trabajar en una obra, que no me menosprecien por mi ropa usada y comprada en el Baratillo, que no me denigren por mi edad y que me respeten porque yo les respeto. ¿Acaso con ser peruano no se supone que debo tener derechos?, a una vida digna, a trabajo, a educación, pero nadie me enseñó, nadie se preocupó en decirme cuales eran esos derechos, ahora ya no los puedo utilizar porque estoy viejo y no quiero que le pase lo mismo a otros, por eso estudien, pero estudien bien pues, algo que les guste y que sean capaces de aprender bien, porque hay una selva halla afuera, es un infierno de oportunidades y aquel que tenga una buena arma vencer. De repente para mi ya no hay solución y siempre seré un desempleado, pero de repente para ti no, busca tu oportunidad es lo único que puedo aconsejarte… ¡ahhhhhhhh! Como ven soy de todo y para todo, ¿legal eh?, así que si sabes de alguna chambita llama pues al 054-959770004, que de seguro te cumplo a la firme ¿ya?.   

“No sabemos Amar” – El Gran Silencio