En la torrentera

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La noche era lóbrega y los niños esperaban a su madre. Ella había salido hace ya tiempo a traer un poco de leña para calentarlos en esa fría noche de diciembre. No ignoraban que en todos lados había movimiento, las gentes que pasaban por encima del puente donde se encontraban, llevaban bolsas en las manos, de repente, alguna llevaba comida. Uno de los muchachos intentó decir algo, pero su garganta estaba fría…

Los cuerpitos de los infantes pueden transmitir muchas cosas si uno observa bien atento. En este caso ellos estaban pidiendo a gritos un alivio para su miedo, miedo de no volver a ver a su madre. En la ciudad empezaban a sonar campanas anunciando el Año Nuevo… ¿Les traería, ese nuevo año, algo de comer, algo de vestido, los llevaría a otro lugar mejor que no sea ese basurero en esa triste torrentera donde hace semanas tuvieron que llamar “hogar”?

Solo deseaban realmente ver el rostro amoroso de esa mujer que nunca los dejaba sin un beso en su sucio pelo o una caricia en sus manos ateridas por la inclemencia de la noche, cruel cancerbera, que no tiene paciencia para retardar el frío que sienten un críos que ni llorar ya pueden…   

¡De pronto!, las luces que se expanden a su alrededor, personas llegando hacia ellos con manos que los tratan de levantar y llevar a otro lugar. En medio del barullo escuchan algo sobre un accidente, sobre una muerte, sobre un nombre que no quisieran escuchar…

En un instante, el mayor de ellos, se suelta de los brazos que lo aprisionan queriéndolo proteger de algo que no pueden, de algo que está pugnando por destrozarle la vida, de ese miedo que puede carcomer toda su existencia futura si llega a incrustarse en su corazón, pero él lucha contra eso que está a punto de ahogarlo y cogiendo de la mano a su hermano menor le promete a ese tal Jesús, a ese amigo que su mamá les enseñó a conversar y pedirle, que no dejará solo a su hermanito, que estarán bien y que su mamá donde estuviera los cuidará.

Quisiera contarles que en ese momento apareció su madre y los llenó de alegría, pero no, la realidad es diferente por cuanto maravillosa, porque hoy ese hermano mayor es ya adulto y trabaja once horas al día y siempre tiene una sonrisa para su hermano, que cursa la universidad en tercer año de abogacía.

Los dos son hombres de bien y los conozco personalmente y puedo asegurarles que siempre recuerdan a su mamá con el amor de siempre, un amor nacido de saber que todo sucede por algo, que todo pasa por alguna razón, y que una desgracia aparente, puede convertirse en el mejor aliciente para no dejarse ganar por el dolor y transformarlo en la materia prima que dará lugar al mayor de los amores: el dar la vida por otro.

 

“¡Mi niño, mi niño!”

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El niño tiene las manos frías, a pesar que están sujetas a las de su madre. Bajan por esa curva hacia lo que en la mañana es un mercado, pero ahora, a las nueve de la noche, es un silencioso y lóbrego punto a llegar para tomar el carro de la seguridad. Aún faltan dos curvas y unas escaleras que llevan al grifo donde cada media hora se paran lo buses de franjas cremas y marrones.

A la mujer le gustaría caminar más rápido, pero el niño apenas tiene siete años y es pequeño. No puede obligarle a correr, jugó todo el día con sus primos, a los cuales ve de vez en cuando. Esencialmente, alguno de los domingos en que pueden darse el lujo del viaje de una hora desde su casa, a ese barrio chacarero. El problema es cuando se hace tarde y no hay buses desde el cerro y tienen que bajar al paradero del mercado. Esta vez es demasiado tarde.  

Una muchacha, ágil, maciza y apurada, pasa a su lado, casi corriendo. “Ella alcanzará el carro antes que nosotros, ¡Pucha!”, piensa la madre y quiere renegar y culpar a su hijo por no apurarse, a su esposo por no acompañarla y preferir chupar con sus amigos los fines de semana, a su madre por no advertirle que no debía tener hijos tan joven. Existen momentos en que todo se acumula en la garganta y no se puede desfogar como se quisiera porque se está haciendo algo. En ese momento ella está jaloneando a su hijo, apurándolo.

Al llegar a las gradas disminuye aún más el paso porque hay que bajarlas con cuidado porque no hay luz. De pronto sienten un ruido extraño, un gemido se escucha y un: “¡Cállate!” y: “¡Ahí viene otra!”, un: “vamos por ella”; y de pronto el peso del niño es nulo.

La fuerza que la impulsa no es un miedo concreto. “¿Quiénes son esos hombres que salen de lo oscuro?”, piensa el niño mientras los mira por encima de la espalda de su madre, que lo tiene fuertemente apretado a su pecho, mientras corre hacia las luces cercanas.

“No lo lograré”, pasa por su mente una y otra vez, piensa en lo que le harán los malditos, en lo que le están haciendo a la pobre muchacha, en qué le hará su marido cuando lo sepa, en qué le pasará a su niño. “No pienses ¡Corre, corre!, le dicta su mente. Uno de los tipos tiene algo brillante en sus manos y se acerca.

La mujer llega a la esquina del barrio cercano, se agacha y coge una piedra. El niño se resbala por un momento pero se agarra firmemente al cuello de su madre. La mujer con un impulso lo vuelve a asegurar y corriendo lanza la piedra a una de las ventanas de las casas, se oye un chillido. El tipo que los persigue se para en seco, da media vuelta y sale corriendo. Por fin una puerta se abre y un hombre en pijama aparece con un palo de escoba en la mano. Ella pide ayuda entrecortadamente mientras salen otras personas de varias casas. “¡Llamen a la policía… Hay una chica… La están violando!”. Los vecinos toman valor suficiente para correr armados de piedras y palos. Pasa un momento tenso y a lo lejos se escucha ruidos de pelea, insultos, un grito agónico.

La mujer no escucha, solo aprieta fuertemente a su niño. “¡Mi niño, mi niño!”. El pequeño no sabe porqué, pero al notar las lágrimas de su madre en sus mejillas recién se larga a llorar. 

Corazones irresolutos

alejadosAún cuando nada impedía que estuvieran juntos no lo estaban.

Se amaban, sí, con un amor de esos que se apagan solo en el último aliento.

Para ella, estar con él cuando se conocieron, al inicio de la carrera universitaria, significaba comprometerse con alguien que no tendría paz hasta casarse con ella y no se sentía preparada para eso, le asustaba la idea.

Él aprendió a espiarla de lejos, estando allí cuando lo necesitaba, sin exponer demasiado su interés, firme en su propósito de ser esa gota que labra la piedra.

Cuando ella se sintió lista para asumir una alianza de papel y altar, él tenía ya otro compromiso iniciado y, si bien aún la amaba, era de aquellos que no deshacían su palabra empeñada. Aún.

Con el pasar de los años, los amores para los dos fueron de arena, de fuego, de hielo y de pan por pan, de esos finalmente que te acomodan en la monotonía de salir, amarse piel a piel y olvidarse en el día siguiente hasta la cita pactada y volver a empezar las amabilidades, dejando de lado la pasión. Ellos la amaron con locura, ellas lo amaron con dedicación, pero, para ambos casos, había ese sentido que te avisa que ya el corazón tiene inquilino permanente.

Dos o tres veces se encontraron en esas épocas y la misma mirada preguntándose: ¿Cuándo?, los atormentaba y los hacía anotar por mera cortesía los números del celular, las direcciones del correo electrónico y nada. Silencio apremiante después.

Ella se casó cuando el reloj biológico la loqueó, con un mal partido que la dejó con dos hijos. Él abandonó a su novia de años por una indecisión impropia en él y que le acarreó un mal precedente familiar y social. Aún así no se contaron sus desgracias ni se buscaron. Un orgullo y no pasar por débiles nuevamente los bloqueó.

Ella salió adelante en un trabajo de secretaria que le dio estabilidad y, de tarde en tarde, en vez de llorar en su soledad, buscaba en la red la historia de él, sus pasos como ingeniero y sus logros a pesar de la marca de ser un irresoluto. Para él era fácil saber de ella, aún conservaba a una amiga mutua que le contaba todo en los fines de semana que la llamaba para que le dibuje el panorama a través de la distancia.

Los hijos crecen, los ojos se marchitan, las manos se vuelven inseguras, las historias se reescriben a punta de hospitalizaciones y dolencias varias. El dinero ya no importa como antes y sí conservar extractos de vivencias que nunca se experimentaron. ¿Cómo sería el sabor de sus labios?, ¿Cuántas veces sonreiría viéndola despertar?, ¿Un roce de su mano lo salvaría?, ¿Estaría allí para ella pese a sus explosiones?…

Él murió una tarde de abril. El corazón, a falta de ese amor, o, como dijeron, a falta de fuerzas, le falló justo cuando pensaba en ella, recordando esas miradas, seguro del amor de ella y del suyo propio. Una sonrisa en los labios es lo que encontraron los paramédicos que llegaron a certificar su partida.

Ella no se enteró de nada, minutos después de que él dejara de respirar, tuvo la certeza que estaba lista para ir a su encuentro de una vez por todas, aún a pesar de sus arrugas, ya inventaría formas de amarse a los ochenta años. Se paró con esa determinación, para caer fulminada por el amor que con ímpetu le sobrecargó su corazón.

Quiero pensar que, sin las trabas de este mundo, se encontraron allá, en ese lugar en el que todo es posible y que solo el amor cuenta. Sí, así quiero imaginarme el final de su historia: Los dos juntos, en un lugar lleno de luz, lleno de cariño, lleno de comprensión, solo para ellos, respondiéndose por fin sus dudas.

El salvador

el salvadorLa balacera es una fiesta de ruido seco y sin eco en la mañana entrada en calores. Es domingo en todos lados y se siente en las calles tranquilas, roto solo por ese retumbar extraño y solitario que se repite cuatro veces en el aire urbano del barrio.

Carmen cocina con el gas que lleva hasta allí un motociclista todos los últimos jueves del mes con quien tiene un romance efímero de sexo mal hecho en la cocina. Es su venganza poética, que le llena de sabor los labios cuando besa a su marido cuando llega ebrio de otros amores y con el aroma de otras cocinas en el cuello.

El niño de seis años mira la tele, absorto en los colores casi naturales de la pantalla plana que le muestra un mundo lleno de fantasía y fiesta que nunca ve en las calles por donde da sus pasos hasta su colegio, de allí a los brazos de su mamá Carmen y después a los juegos con su papá en las noches que no sale a trabajar cuando carga su “amiga cuarentaicinco” en la espalda, entre el pantalón y el canzoncillo.

Su papá, al que llaman “Peluche”, está corriendo para protegerse. Caminaba hacia la tienda a comprar un par de chelas para la sed de la mañana dominguera, cuando vio aparecer a ese motociclista encapuchado y supo que venía por él. Trató de esconderse detrás de un poste pero, una bala que se incrustó en su hombro, lo impulsó a buscar refugio en su casa. Llegó a la puerta con dos tiros más en las piernas para empujar con el peso de su cuerpo herido la puerta metálica. Carmen no salió a ver nada, estaba segura que estaban matando a su marido y no quiso presenciarlo…

Quién sí salió corriendo y sin miedo fue el niño que se llama igual que su padre: Pedro. Mira con ojos asustados la sangre que sale a borbotones de las piernas de su papaíto y de una nueva herida en otro de sus brazos y salta sobre él llorando, suplicando al encapuchado para que no mate a su progenitor.

Pedro está temblando, no dice nada, mira para un lado y otro buscando explicación del porqué  están disparando contra él si no mató a nadie, si solo es un ladrón de noche con una pistola de juguete. Pero con el brazo que puede mover separa a su hijo de él y mira de una vez a su asesino, sin miedo en los ojos. El niño puede más que su protector y de nuevo se aferra al cuerpo pidiendo con más fuerza, ¡No mates a mi papá, es bueno!, ¡No lo mates por favor, por favor!

El viento sopla con fuerza mientras el frustrado asesino baja el arma y se va, sin dar la espalda, monta en su moto y se aleja mientras los vecinos salen para ayudar a Pedro. Lo que no consiguen es que Pedrito deje de abrazar a su padre.

Nacerá un nuevo hombre esta Navidad

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Imagen que se encuentra en la Basílica Catedral de Arequipa

Antes de nacer ya está causando contradicciones este bebé. En su propio padre (en este caso putativo) motivó la aparición de un tipo de justicia extraña, porque al saber que su novia estaba embarazada de alguien que no era él, no se fue a tirar piedras en la casa de sus suegros, o emborracharse hasta morir y denunciar en cuanta red social pudiera el engaño, sino que lo motivó a la compasión, a la caridad, algo que es extraño en estos tiempos. Pero dio un paso más: creyó en ella y no le importó de quién sea el hijo que viene, él ama a esa muchacha, la ama de verdad y está seguro que ella también lo ama: el futuro no importa si los dos están juntos.

Y después de enfrentar a la sociedad se unen y no hacen caso a las voces que les dicen que se van a divorciar, es más que se TIENEN que divorciar. Los problemas no acaban con este sí que ambos se dan, sino empiezan, y cosa rara, la pobreza es patente, sí, pero la alegría lo es más. El haber aceptado la realidad de su situación motiva al padre a cuestionarse algunas cosas y se convence que no se puede decidir en qué familia nacer, pero sí a quién amar como familia…

No lo saben, pero alguien quiere matar a su hijo, alguien está determinando reglamentos y moviendo a las masas para asesinar a ese niño en el vientre de su madre y hasta se preparan discursos: tú niña no debes pasar por un embarazo, no debes frustrar tu futuro con un hijo, debes decir que fue una violación de un soldado para que te libren del problema, que tu cuerpo te pertenece y puedes hacer lo que quieras y como lo quieras hacer niña… Pero la madre no escucha más que los latidos de eso otro corazón que está creciendo dentro de ella.

Y lo que pasó en ese pueblo es ya de conocimiento público: nadie los quiso ayudar, fueron de un lugar a otro para que los apoyen… pero nada, hasta un periodista creativo escuchó su historia y escribió una crónica en el que incluyó medios de comunicación y graficó la desidia de las personas. Pese a todo esto, al padre no se le llenó de odio el corazón y no se quedó reclamándole a nadie, sino que ya está poniendo manos a la obra para atender el parto de su esposa en ese garaje que le prestaron para que duerman, y ya acomodó esa caja de herramientas para utilizarla como camita y, en medio de un tico y una combi estacionadas, la madre empieza a padecer ese dolor contradictorio que trae un sufrimiento indecible pero al mismo tiempo la alegría máxima al saber que se está trayendo al mundo un nuevo ser.

En un instante, al padre le viene un flashback: la historia futura de ese bebé, su amor por todos, aprendiendo a hacer las cosas con responsabilidad, su obediencia para su madre cuando él ya no estuviera vivo, su fortaleza de salir a comunicar que un mundo nuevo es posible si nos armamos con las herramientas del amor, la igualdad, de la caridad, de la justicia, de la honestidad, de la defensa de los más débiles y del perdón… hasta verlo morir por la defensa de sus ideales y por no dejarse corromper por la cobardía de no decir la verdad, el corazón se le hincha de orgullo sano y una oración se gesta en sus labios.

Curiosamente no ve imperios, cúpulas, o riquezas, tampoco los debates y los desgastes tratando de negar la existencia de su hijo, lo único que vislumbra son las réplicas de su ejemplo, los actos anónimos de bondad, la cantidad de buenas acciones diarias, los valientes testimonios de aquellos que también defendieron la verdad y la justicia. Y es que su hijo es una esperanza para cada uno de los hombres y mujeres como modelo de rectitud a través de los siglos, y se alegra que todo empezara cuando él y su mujer dieron un sí a la Vida y al amor que se tenían… lo demás es historia conocida…

La vida es linda

 

sicarioYa perdí, lo sé. El sicario me apunta con el negro cañón de una treinta y ocho automática y a mi costado puedo atisbar que mi compañero de mesa, en este barcito al aire libre, está saltando hacia un costado para evitar las balas o mi sangre, lo que salpique primero.

Estoy consciente de que voy a morir, sólo quisiera saber de quién es el dinero que está en el bolsillo de mi asesino, quiero saber antes de hundirme en la muerte, cual de mis vengativos amigos fue el culpable: ¿el Chato?, ¿el Zambo?, ¿el Zancudo?, cuál de ellos quiere quedarse con la supremacía de la banda, de mis huecos de droga, de mis mujeres.

¿O no será alguno de los familiares de los fríos que me cargue a lo largo de estos años?, ¿Será el padre de la niña que terminamos asfixiando después de cobrar la recompensa?, ¿El tío del guachimán que matamos por escapar y que juró que nos buscaría hasta encontrarnos?, ¿Será la madre de aquel drogadicto que acuchillé porque me debía una luca?

¿Y si es la misma Policía que me está matando por venganza de los dos tombos que violamos el año pasado?, ¿O el juez de mi último juicio al comprender que no tengo salvación ni cura para el vicio de matar?.

Podría ser cualquiera de mis familiares… hartos de mi mala fama que los ensucia peor que ventilador al pie de bosta de vaca. Podrían ser los hijos que no reconocí, las mujeres que violé, ¡Mi propia madre!, para evitarse la vergüenza de cada día ocultar la cara por las calles, si es que alguien la reconoce como la que dio vida a este engendro que soy.

Puede ser cualquiera, el tema es que ya perdí y las balas empiezan a morder mi carne y la vida se me va, ¡Carajo!, había sido bonito el cielo celestito de esta ciudad de la cual siempre me quejé, ¡Mierda!, ¡Qué linda era la vida!.

Desde hoy… ya no me pegarás

Sé cómo llegaste a mi vida, en medio de mi adolescencia, a pintarme colores a las tardes tristes, antes de llegar a casa. Esa misma casa donde mi padre golpeaba a mi madre cada vez que se emborrachaba. Ilusa de mí, en las lágrimas sordas de mi madre no veía repudio al agresor, solo conmiseración y una paciencia que rayaba la brutalidad.

Tampoco yo, debo confesar, se me ocurrió denunciar al bestia que me había engendrado, tanto por el miedo milenario de la mujer contra el proveedor. Ahora así lo descubro. Miedo.

Un miedo a que me pase lo mismo, que hizo a mis oídos sensibles a tus palabras cursis, a tus provocaciones, a tus manos que recorrían caminos con ternura, o así lo creí. Porque no era ternura ni amor, era calentura y ganas de tenerme para ti, infeliz criatura, que buscaba en mí la seguridad falsa de sexo, como yo buscaba en ti esa figura paternal soñada, aquella que me protegiera de mis pesadillas.

Han pasado años para darme cuenta de todo eso, no porque sea sabia ni porque haya estudiado en una universidad, que bien sabes me prohibiste desde que nos juntamos en el cuartucho donde decías ibas a construir nuestro paraíso. Lo aprendí porque busqué una salida a ese sinsabor que me dejaban tus golpes. No confundas el sabor de la sangre que se asume con resignación, con el sabor de sentirse burlada, usada, instrumentalizada.

Te sorprendes por mis palabras y deberías. No las aprendí en la televisión o en folletos, porque la mayoría, al contrario, me impulsarían a liberarme de ti, para convertirme en algo que no soy: en una amargada odia hombres, o peor, en una mujer que andará de cuerpo en cuerpo, de hijo en hijo, buscando un rol en el cual encajar.

Porque tú y las malditas formas de ver a la mujer, quieren que sea algo o una cosa: que sea una dirigente, una víctima, una madre abandonada, una protestante eterna. Pero no lo seré. No seré un número más para ninguna estadística. Sabrás que yo soy un todo: soy madre, soy trabajadora, soy valiente, soy cobarde, soy reniegos, soy halagos, soy mano amiga, compañera. Pero nunca más un objeto.

Amo la vida como no tienes idea y me he descubierto a mi misma como la máxima expresión de este mundo, porque nadie más que nosotras que pueden enfrentar el futuro con la seguridad de tener bien claro el destino, que es ser un todo, algo que, muchos de ustedes, que tú, nunca aceptarás, porque para ti, el hecho de trabajar o de ser padre, o ser alcohólico, o ser amigote o amante de otras, es un papel, nunca te encontrarás solo contigo para descubrirte, porque huyes de tu propia miseria de ser un violento que no encontrará paz.

Te escribo una carta, en un papel de cuaderno, del cuaderno de nuestro hijo, para que entiendas lo que pierdes y perderás del todo si no reaccionas, porque, a pesar de todo, y eso me dignifica y me hace sentir sana y curada, te he perdonado todo, pero no olvido nada. No permitiré de nuevo que me uses como tú quieras, sino que, si deseas cambiar, esperaré a que lo hagas por ti, no por mí o por tu hijo. Nosotros estaremos bien, felices y sin resentimientos, extrañando de repente lo mejor de ti, que poco nos mostraste para ser sincera.

Ahora me voy, no por miedo, sino porque debe ser así. Nada de rencores, no nos busques que ya estoy bien asesorada legalmente. No pienses que me dejaré usar por odios contra ti. No lo haré, ya te dije que me he reconocido como un todo, no por algún rol que tenga que cumplir o alguna tendencia que tenga que asumir, el todo o nada no funciona para mí en este momento. Tengo un hijo que es el motor de mi vida, pero principalmente me tengo a mi, única e irrepetible, para llegar tan alto como yo me lo proponga.

Si me amas, déjame ser libre y en libertad algún día de repente nos encontraremos para hacer las cosas como debieron, para bien tuyo, mío y de nuestro hijo, sino, no hay broncas, ya te dije que el odio se apagó en mi corazón, solo que tu ya no me vuelves a pegar, así de sencillo y con todo lo que acompaña esa manifestación me despido.

Joana.

Volando en el Asfalto

La verdad que poco faltó para que ´la combi de la muerte en que me embarqué terminara asi...

La verdad que poco faltó para que ´la combi de la muerte en que me embarqué terminara asi...

 

Como casi todos los domingos tomé una combi hacia Mariano Melgar para visitar a la familia. Paré una Nissan Homy de la Línea “C” en el paradero de Héroes Anónimos y pillé desprevenida y adormilada a un pasajera que iba en el asiento de adelante. Con un “gracias” mecánico me acomodé en un asiento ya de por si caluroso y me sumergí en mis pensamientos.

 

Rápidamente salí de mis meditaciones personales, porque el chofer, (apenas pasados unos segundos de voltear para seguir por la avenida Independencia), empezó una frenética carrera contra otro vehículo de la misma línea. “¡Es el gordo Machucao!” dijo la cobradora, casi escupiendo el nombre. Suficiente información para que el flaco y despeinado conductor pasara de tercera a cuarta en lo que demoró el motor de atragantarse, roncar y salir despedido, con nosotros como carga, hacia adelante.

 

SACANDO CHISPAS A LA PISTA

 

La pista, entonces, se me volvió irreal, saqué el brazo de la ventanilla por una reacción de seguridad mientras mis dedos buscaban inútilmente el cinturón de seguridad. El olor a velocidad era palpable, conjuntamente con el despertar frenético de mi compañera de viaje que abrió los ojos como plato cuando pasamos de refilón a un Tico que tuvo la “insolencia” de pararse a media cuadra de la frentera de la UNSA.

 

Justo en ese momento, el competidor nos dio alcance y nuestro “Meteoro” local lo sobrepasó con un quiebre de volante que obligó al otro chofer frenar para evitar el beso metálico. Por la ventanilla (y sacando media cabeza afuera) nuestro Fangio local le gritó: “Para ser ´fercho´ de calidad te falta papito”, no contento con su hazaña, puso más distancia entre nosotros y el otro vehículo, maniobrando entre un Toyota Corolla blanco, dos ticos amarillos y una camioneta Pathfinder, cuyo conductor no alcanzó a decir nada, aunque en sus ojos vi toda la genealogía dirigida al conductor nuestro. Todo un as ¿no?.

 

La Radio cumbiera soltaba a mansalva “Basta ya mi Amor” del Grupo Aguamarina. El calor se me expresaba en un sudor pegajoso. La cobradora y su voz chillona en tonos graves y furiosos me mantenían en una especie de éxtasis causado por la visión de una irreal marcha de monstruos cachudos y valquirias tipo andino que se interponían en nuestro camino.

 

QUE VEO QUE ME MAREO…

 

Estábamos en la avenida Sepúlveda y coincidimos con un mini corso de la comunidad puneña de esa zona, que, no escogiendo mejor momento que la hora del almuerzo, decidieron salir a las calles a mostrar el arte de sus danzas. Nuestro antihéroe local no se amilanó y, en un descuido de un Tercel verde, metió la trompa de la combi en un espacio que, a mi parecer, pertenecía a un peatón. Este último desapareció de mi campo visual porque ya lo ocupaba otro que se nos cruzó por delante a media cuadra y entre un sonoro “¡salte de allí…!” y algo que me recordó a un ajo, salimos del trance para frenar en seco detrás de una camioneta destartalada marca Dogde.

 

Tiempo onírico para ver a las bailarinas en sus minifaldas cada vez más cortas y los caporales con lentes para sol y bloqueador solar chorreando en sus trajes. Un par de alcohólicos se pusieron a bailar en medio de la comparsa y cuando uno de ellos ya se había metido en el papel de director artístico, fue sacado a empellones por un policía que no aguantó pulgas etílicas.

 

El movimiento aceleratorio que mi cuerpo empezó a realizar me devolvió a la realidad de mi situación. “¡Alguien baja en el Puente, si nadie baja me voy de frente!”, vociferó el chofer. Ahora su voz se mezclaba con la canción del Grupo América: “Que pasó”. Atiné a solo mencionar mi destino para recibir un “sí, sí por ahí pasamos”, a lo que conteste con un seco: “quiero llegar vivo allá ¿eh?”, a lo que me respondió un volteada de cara y un empujón hacia atrás producto de la repentina acelerada de nuestro Schumacher criollo.

 

Una serie de maniobras que no me permitieron ver claramente las bandas de “cholitas”, osos, ángeles y demonios del Corso que pasaba paralelo a nosotros. Así llegamos al Ovalo enfrente del Cuartel Bustamante. Allí frenamos en seco porque los bailarines habían volteado y cerrado el paso, rumbo a la Villa Militar del Cuartel Salaverry. El chofer paró y soltó un “¡bueno! diez minutos pararemos aquí”, cosa que me sirvió para recuperar la cordura y bajar raudamente de la unidad de transporte y respirar tranquilo, como si hubiera salido de un peligro mortal, a mis oídos llegó la voz increpadora del chofer a la cobradora: “¡oye cóbrale pues! ¿Acaso pagó?”. Qué no hubiera dado por sonreír y dejarlo con la palabra en la boca, pero, lastimosamente ya había pagado mi pasaje y me faltaban seis cuadras por caminar, pero la verdad, cuando uno pisa tierra después de una experiencia así pueden ser seis o veinte cuadras, da igual.

 

Nadie sabe en que momento, en esta ciudad, uno puede convertirse en el protagonista del film “Rápidos y Furiosos” como me pasó este fin de semana.

 

Na´ que ver con el tema, pero la violencia urbana me anima a subir este openning de la serie japonesa “Tokio Tribe 2” la cual es una oda a la violencia gratuita en las calles. El grupo se llama “Illmatic Buddha Mc’s”, la canción “Top of Tokyo”

Las mujeres que esperan

 

Las mujeres de nuestra tierra esperan a que ellos vuelvan, sus hijos, sus esposos, sus hermanos, y se inventan retornos para evitar llorar por la tristeza...

Las mujeres de nuestra tierra esperan a que ellos vuelvan, sus hijos, sus esposos, sus hermanos, y se inventan retornos para evitar llorar por la tristeza...

Ellas están en los pueblos de estas tierras del Sur. Todas tienen el rasgo característico de la espera que son los ojos anhelantes, de esos que miran más allá de lo insondable de la barrera del horizonte. Puestas a prueba, podrían oler el aroma del que se fue a kilómetros. Y es que sus hombres partieron hace tanto tiempo ya…

Las mujeres que esperan se hallan desperdigadas por la ciudad, el pueblo, el caserío, pero todas ellas comparten el lugar en común al costado de la plaza mayor. Allí se reúnen en las tardes a tejer mitones de colores para las manos de sus hombres. Todas conversan de una manera especial, con susurros para poder escuchar la voz del que se fue cuando las llame por su nombre y venga corriendo a su encuentro.

ELLAS Y EL DESEO EN LA PIEL…

La tarde las llama a mirar el ocaso, trasponiéndose enfrente del maravilloso cielo de verano, con la bola roja metiéndose inexorablemente en la tierra, causándoles a todas ellas cosquillas de deseo reprimido y nunca satisfecho en las largas noches en las cuales rememoran al ausente, tan paciente en el arte de amar!!. Y es que para ellas el no habido siempre se termina transformando en uno solo: uno bueno, amable, trabajador y sin suerte para los negocios. Porque por eso se fue de su lado. Nunca por no quererlas a ellas o a sus crías, sino por no tener frejoles con que alimentar tanta boca engendrada.

En los cielos, el sueño del retorno en cada lluvia de invierno, con cada gota fría alumbrándoles el sentimiento de desprotección en el que se ven sumidas. Ya en la noche, se retiran a las camas vacías de hombre, más, llenas de niños en las cuales se refugian como justificando su miedo a buscar otro destino.

Pero el destino las encuentra. A algunas las halla en la vuelta de una esquina, donde son sorpresivamente sometidas y, en el asombro de la tarea, se dan cuenta que el cuerpo pide y da sin remordimiento. A otras las encuentra en la puerta de la casa ante la llegada de un pariente no tan consanguíneo en las horas más inesperadas de soledad, cuando el calor se les ha subido y la humedad es total. Nueve meses después, crían hijos de la desventura, con un sentimiento de culpa que no las abandona y que las hace criar a los hijos del que se fue como reyes y a los de la aventura con el rigor de la desventura.

Para el vástago que se parece al hombre de sus vidas hay sancochado, adobo, parrillada y postre. Para el hijo del aire, emparedados de golpe y andar por el mundo sin padre por regresar y con el original fugado por no hacerse responsable de él.

ESCONDIENDO EL TIEMPO…

Las que esperan saben de memoria el amor que tienen. No respiran fuerte por miedo a dar viento contrario con sus suspiros a la brisa que trae de retorno al que está lejos. Ellas, que ven todo en la suerte de las barajas, se preguntan entre ellas cuando regresará el extrañado. Siempre es la misma respuesta de pronto y ya llega. Pero no desfallecen en la espera, reconstruyen cada quince días las casas por miedo a que el ausente no reconozca el hogar, la ciudad o el mundo dejado. Ponen señales de amor eterno en las rocas del camino a casa para que el hombre sepa que le esperan con los brazos abiertos. Pintan de nuevo fachadas e inventa juegos en los que se repiten las comidas favoritas para cuando llegue el que se fue. Las alacenas llenas de licor y cigarros, de periódicos de ayer y frescas flores. Los patios traseros llenos de imágenes de los santos de los viajeros para que nunca los desamparen y los tengan acurrucados entre sus brazos.

Rezan igual a Ángeles de los cielos y de los infiernos también, para que combatan por ellos a los demonios y espíritus de Dios que traen la muerte entre sus voces de guerra. Las que menos tienen que perder por ser jóvenes y tener las ancas bien puestas, no desperdician el tiempo en mantenerse bellas. La experiencia de las antiguas revela que el cuerpo de la mujer es posible de conservarse si no se trajina demasiado, es decir si no se usa por donde se sabe.

Es por eso que ellas aprovechan los descansos de las tareas para ejercitarse en el arte de conservarse jóvenes, llegando muchas de ellas a tener centurias sin que necesiten retoque de arqueología, cremas ni puntadas de médicos carniceros. El amor las mantiene y conserva, las llena de fuerza en sus músculos, levanta el pezón de su pecho hasta el infinito y combate la gravedad de sus nalgas de textura de diosa impoluta.

Las mujeres que esperan caminan por la ciudad sin sombras que las sigan puesto que la suya se fue detrás de los hombres que un buen día se fueron y que no regresan nunca a decirles si murieron en los campos de esclavos de plátanos estadounidenses, en las guerras sin sentido estadounidenses, en las calles drogadictas estadounidenses o en las cárceles violadoras estadounidenses, de ese maldito país que se lleva a nuestros hombres para que se traguen el insulto de ser sudacas de mierda!!, que tienen que utilizar artificios de traficantes para poder salir adelante con dinero de fantasía que sólo es papel de mísera denominación que los hace vivir en la imaginación de sus hijos como los héroes que nunca les acariciarán la cabeza o patearán un balón con ellos en el lote baldío del final de la calle…

Las mujeres esperan cual sirenas entonando canciones, conjurando un tenue rumor de voz para atraer al que se fue y que regrese de una vez pues que ya se debe de haber cansado de quemar tanto sueño en tierra ajena y que regrese el muy querido a esta su casa con esta su mujer que para eso se metió conmigo o no??.

EL RETORNO…

Y así esperan a que llegue el que no retorna. Pero a veces, luego de centurias, el ausente regresa todo lleno de miseria humana, venga rico o venga pobre todos regresan con ese aroma a desesperación por no haber conseguido la satisfacción buscada. Al pasar por sus casas, les sobreviene el miedo de tampoco encontrar nada allí y se van de nuevo por el mundo para continuar esperanzados en el día que volverán a sus tierras y contarán sus aventuras, regalar dólares y tener a la mujer a su lado, los niños alborotando y los vecinos y familiares escuchando extasiados sus historias.

Y se van a continuar ese sueño hacia otro país, mientras que las mujeres que esperan, en ese preciso instante pierden su capacidad de olerlos y ni se enteran que sus hombres volvieron, porque ellas también defienden su sueño eterno, que es morirse esperando para no saber la verdad de que si el que se fue regresa por ellas o lo hace porque está cansado de la vida de la que huyó al principio. Mientras tanto, las mujeres esperan…

CODA

Son más de dos millones de peruanos que salieron de nuestro terruño para buscar un futuro mejor en países del orbe mundial. Compatriotas que de manera legal, ilegal y hasta mortal se atrevieron a cumplir el sueño de progreso que al parecer se les negó en nuestro suelo. La mayoría de los que viajan ilegalmente son hombres. Ellos dejan atrás familias y esperanzas y muchos no regresan.

Cada año, unas 400 mil personas tratan de entrar a EE.UU. a través de su frontera con México, de ellos ¿cuántos serán peruanos?. La mayoría es detenida y deportada, pero muchos logran pasar y otros mueren en el intento. Aunque la mayor parte de los “ilegales” en Estados Unidos son de origen mexicano, miles de personas de otros países de América Latina y de otras partes del mundo utilizan a México como trampolín para buscar una nueva vida en el país del norte. Ellos cruzan el terrible desierto de Arizona, donde muchas veces quedan sus huesos blanqueando al sol.

Ellos tienen la esperanza de surgir adelante, de sacar a sus familias de una realidad que los desmoralizó. Para ellos el respeto de los que nos quedamos y sin resentimiento decimos que donde estemos si el corazón es rojiblanco se hace patria.

Por supuesto que la canción de esta Crónica es de Pedro Suárez Vértiz “Cuando Pienses en Volver”, que, personalmente allá en Argentina, Brasil y Paraguay, países en los que estuve, me hacía recordar que si regresaba algún día a mi país no sería por haber fracasado, sino por querer trabajar por que crezca y mejore…

 

Una ayuda real para los niños que trabajan en la calle

Julia baña a su hermanito, porque no hay nadie quién más lo haga, al menos con el amor con que lo hace...

Julia baña a su hermanito, porque no hay nadie quién más lo haga, al menos con el amor con que lo hace...

Es extraño cuando alguien te dice: “está bien hazme la entrevista pero no recalques mucho sobre la institución, sino sobre los chicos”, entonces por respeto a esas palabras ni siquiera mencionaré el nombre de la persona que me dio la información sobre el proyecto denominado “Luz y Esperanza para los Niños Trabajadores de Chimbote”.

 

Imagínense un grupo de niños que, después de trabajar más de diez horas en la calles polvorientas de una ciudad de nos más de 200 mil habitantes, se reúnen para conversar, aprender, compartir experiencias y, principalmente, sentir que son importantes para alguien.

 

Desde hace dos años, un grupo de niños de la ciudad de Chimbote cumple esta especie de utopía en la Parroquia San Francisco de Asís. Las manos grandes del sacerdote que los acogió, no para de dar palmadas en la cabeza de los menores. “los golpes más duros no son los físicos –me dice- son los del alma y esos quiero curar”.

 

Lo sigo con la mirada mientras me muestra a uno y otro de estos 35 chicos, de los cuales el 60% está acudiendo a la escuela con regularidad, varios fueron reconocidos por sus padres y otro tanto ya salió de la desnutrición.   

 

Este grupo, (LENTCH), nació gracias a la iniciativa del padre Miguel Stockinger, al cual ahora incumplo mi promesa de no mencionar. Y es que mientras escribo estas líneas que debería ser impersonales, me gana nuevamente la emoción de sentir que si se puede, si se logra y SÍ SE COSIGUE romper la coraza de miedo a hacer algo concreto por esa realidad dura y cruel que es ver a un niño trabajando como adulto en vez de disfrutar de una época que determina la personalidad adulta.

 

JUAN Y MARÍA

 

Juan es un pequeño que tiene siete hermanos, trabaja limpiando parabrisas entre las calles Gálvez y Bolognési, a su corta edad ayuda en casa económicamente, pues desde las 3 de la tarde sale a trabajar. Nos dice, feliz, que le gusta lo que hace y que siempre ayudará a mamá. Además, me manda de contrabando un mensaje para todos los niños del mundo, en la Semana de los Derechos del Niño: “Ayuden a sus padres, respeten los valores y no se peleen entre hermanos”. Y también un pedido a las autoridades: “Ayuden a los niños en su desarrollo; en su alimentación y vestido”.

 

María, por su parte, es tímida, pero de ideas centradas. Dice ser la última de casa. Ella trabaja vendiendo caramelos. Nos dijo: “Todos los niños deben cuidarse de los peligros de la vida”. Añadió que está feliz ahora, porque antes, cuando los golpes arreciaban en su vida, no conocía lo que era la felicidad. Las marcas del destino en su mirada nos hablan de una niñez truncada, pero, cuando sale de ese momento, vuelve la niña alegre que quiere quedarse con mi lapicero, lo que al final consigue con una sonrisa pícara y traviesa.

 

CODA

 

Como ellos hay varias historias, la cuales quisiéramos que todo el mundo conozca, que se difunda en titulares grandes y que las rotativas no pararan de imprimir sus caritas de esperanza al saber que están peleando por cambiar un futuro que, muchas veces, les determina en la sociedad a no conocer más allá de la pobreza y la miseria que los convierte, con el tiempo en esos, drogadictos, borrachos y delincuentes con que los demás, nosotros tú o yo, los margina al ver sus ropas sucias y sus manos anhelantes.

 

Hay un futuro distinto al que te venden a diario, ¿te animas tú a intentarlo también?.

 

José Luís Perales compuso esta maravillosa canción “Que canten los niños”, recordémosla porque en ella se canta algo de ese anhelo que vive en cada uno de nosotros.

“Soy un hijo del SIDA”

¿qué tiene que ver si este niño tiene SIDA o no?, igual su mirada es de inocencia...

¿Qué tiene que ver si este niño tiene SIDA o no?, igual su mirada es de inocencia...

Le pregunté a “Patusco” que era ser un hijo de Sida y esto me respondió:

“Cuando tenía diez años me enteré que mi padre tenía SIDA y me pregunté si es que yo también moriría como el: flaco y sin fuerzas para decirme sus últimas palabras.

Cuando estuve en ese hospital público pude ver cosas que me aterraron de verdad, más que la cara llena de manchas de sangre de mi progenitor. Y es que la indiferencia con que me miraba la gente me causaba una sensación de temor. No entendía que no me miraban por no contagiarse ellos mismos… que tontería ¿verdad?, pero algunos piensan que mirar a una persona enferma con el SIDA ya es posibilidad de contagio.

La vida después de la muerte de un ser querido es dura, y más si sabes que es posible que te dejara una herencia que nunca vas a olvidar. En este país los hospitales son una bomba de tiempo para el contagio, yo mismo en una ocasión toqué la sangre de mi padre porque nadie se la limpiaba. La enfermera de turno le tenía terror así que era raro que estuviera cerca de él. Pero de algo sirvió esos días de negrura y soledad en ese edificio donde el sentimiento no existía…

Aprendí que el contagio mío era posible porque mi madre no se cuidaba con mi padre y que ella se fue de la casa justamente porque se enteró que tenía la enfermedad. Todos esos años creí que se había ido porque no amaba a su familia, ahora sé que murió en Panamá en la casa de unos tíos evangelistas que la acogieron por caridad. 

Comprendí que la familia de ambos lados tenía mucho miedo al contagio por eso no se acercaban y por eso nadie quería hacerse cargo de mi.

Y sí, en el hospital me sacaron muestras de sangre para determinar si tenía el VIH.

PREJUICIOS

En esas horas descubrí que varios de los enfermos no eran ni homosexuales ni prostitutas como siempre escuché que eran todos los contagiados. La verdad que me importaba un peino si mi padre era lo uno o lo otro. Él me había criado tratando de que siempre considerara que todos éramos iguales.

Cuando llegaron mis tíos lo primero que me preguntaron era si ya tenía los resultados. Cuando les contesté que no los había sacado aún ni me volvieron a hablar. Cosa que agradecía porque no quería conversar con nadie, quería entender que estaba pasando y que tenía que hacer. Ya una enfermera caritativa me dijo que mi padre no viviría después de esa crisis.

Cuando tomé la decisión de vivir, mi padre murió, atragantándose con la sangre de los estertores de la pulmonía fulminante que me dejaba huérfano. No esperé los resultados, ni las palabras de consuelo, ni siquiera me despedí de su cuerpo, simplemente huí…

Durante años vagué por la calle con otros niños, creo que hasta los catorce, cuando conocí a Mariela, una chica con la que tomábamos y nos drogábamos con pegamento. Una noche quiso tener relaciones y una luz de entendimiento me salvó de hacerlo. Creo que fue algo sobrenatural porque de por si ya no me interesaba nada y esta listo a recibir cariño de quién fuera… pero no lo hice.

BUSCANDO AYUDA, DANDO AYUDA

Al otro día busqué ayuda en ese hospital y la recibí, con la cara de sorpresa más grande del mundo, por supuesto. Ya no me tenía miedo, ¿qué habría pasado en esos años? No sé pero esta vez si me acogieron y me llevaron a un albergue donde me bañaron, vistieron y arroparon en una cama después de milenios creo yo de no dormir en un lugar caliente.

A los días me dieron los resultados. Eso me llevó a tomar conciencia de todo y me impulsó nuevamente a decidir vivir. Por eso estoy aquí, trabajando en este albergue de niños que, como yo, tuvieron padres con el VIH. Por eso estoy aquí codo a codo arrancándole a la Muerte a estos niños que no tienen porque sufrir las cosas por las que pasé. Ahora sé que se puede dar a luz a un niño sin contagiarlo si se tiene cuidado, también sé que existe un motivo para la vida, que vale la pena gastarla por algo que valga la pena y no desperdiciarla a lo fácil.

Sé que quieres saber si tengo o no el virus, pero ¿eso importa?, más deberías preguntarte si tu tienes encima el virus del prejuicio y el miedo que contagia y mata más que el SIDA…”      

CODA

Existen en el mundo miles de hijos del SIDA que nunca tuvieron la culpa de su enfermedad… todos podemos hacer algo si le bajamos la velocidad al prejuicio, al libertinaje y a la permisividad de una vida que apunta más al placer fácil que al verdadero esfuerzo de conseguir la felicidad.

La canción de hoy llega con dos grandes: Willie Colón y Héctor Lavoe, que bien pueden hablarnos de lo efímero que es la existencia y lo preciosa que puede llegar a ser cuando una le da su debida dimensión y valor… Con ustedes “Todo tiene su final”

Mi reino en la basura

¿Qué busca un niño en la basura?, ¿felicidad?, ¿amor?, ¿dignidad?, ¿qué buscas tú?

¿Qué busca un niño en la basura?, ¿felicidad?, ¿amor?, ¿dignidad?, ¿qué buscas tú?

Mi mamá me contó que nació en un pueblo lleno de cerros y árboles. Ella dice que todos los días se levantaban temprano para ordeñar una vaca y luego se iba a la huerta a sacar cosas para el desayuno. El trabajo era duro, pero la tierra era suya, dice. Mi abuela también recuerda esas cosas, en especial en la noche, cuando entre sueños parece que recuerda a mi abuelo, porque lo llama y llora. A veces en medio de la noche, mi mamá se levanta gritando: “No lo maten, por favor, no, no me toquen”, luego se vuelve a dormir. Una vez supe por qué las dos, mi abuelita y mi madre, lloran tanto: a mi abuelito lo mataron los terrucos, hace años y en medio de la plaza del pueblo donde nacieron. Parece que a mi mamá le hicieron daño de otra manera, pero no me cuenta. Luego de eso, parece que alguien les quitó la casa y la chacrita y se vinieron para el botadero de basura.

 

¿Quiénes eran los terrucos?, yo no sé, y felizmente acá al basural nunca vendrán. Porque de verdad nadie viene, a no ser los camiones que recogen las bolsas y uno que otro comerciante en taxis. Esos me dan miedo, porque siempre vienen a tratar de botar a mi familia. Esos hombres malos quieren toda la basura para ellos, como si la hubieran comprado. Una vez que mi madre quiso sacarse una cocina vieja de entre los restos, uno de esos hombres la descubrió y le pegó tanto que le sacó sangre. Yo ni podía hacer nada, quise tirarle piedras, quise matarlo con un cuchillo, quise que lo castigue Dios, pero no me atreví, creo que soy un cobarde.

 

TESOROS

 

Por eso es que tengo que esconderme, para poder sacar mis tesoros de la basura. Como a mi familia sólo le dejan sacar los restos de la basura quemada, tengo que esperar a la tarde para poder escabullirme entre la basura para buscar entre ella. Cuando encuentro algo bonito, lo recojo y lo llevo hasta mi lugar secreto, debajo de llantas viejas de camión que nadie se atreve a mover.

 

Allí guardo cosas bonitas. Allí está un collar con piedras de colores, un libro con tapa dorada, una navaja, varios anillos y mi más preciado tesoro: un libro de fotos de batallas. Con el libro sueño a veces que estoy en otro mundo, donde soy un capitán de una armada y que combato a esos llamados terrucos, para que no vuelvan a hacer daño a nadie, en especial a mi mamá. Como fui al colegio hasta tercer año, sé leer algo, y, en el título del libro se lee algo así como: “La Segunda Guerra Mundial”. También tengo otro que es una Biblia, pero no la leo mucho porque es complicada.

 

A mí me gusta cuando me cuentan cómo nací: dice mi mamá que le vinieron los dolores cuando vivían allá en La Pascana. Fueron a pedir ayuda a los vecinos, pero nadie sabía cómo hacer nacer a un niño. Así que mi mamá y mi abuelita se fueron caminando hasta la carretera. Allí nadie paraba para ayudarla, pero ¡de pronto! Un camionero paró y las recogió. Dicen que llegué ya con la cabeza afuera al Centro de Salud y que los médicos se asustaron, pero nací al final. Luego gentes amables me regalaron ropita y comida para mi mamá. Pero finalmente tuvimos que regresar al botadero de basura.

 

Me gusta la historia por el camión que nos llevó. Yo nunca he estado encima de un camión, pero debe ser emocionante viajar de un lado a otro. Yo nunca he salido de un botadero, más que para el colegio, pero eso me duró poco. Siempre que puedo acercarme a uno, lo hago y pregunto cómo funciona, a veces me responden, otras, me botan, pero me da igual, sólo con sentirme cerca de uno de esos carrazos me siento feliz.

 

Debe ser por eso que me gustan tanto los autitos. Yo los busco más en la basura, a veces hallé un trencito o un bote, pero no me gustó, pero sí los carritos, así estén todo rotos, yo los recojo y los reconstruyo. Tantos tenía que llené una caja grande. Pero vinieron esos hombres malos y por tratar de botar a mi familia, se llevaron mi cajón.

 

DESTIERRO

 

Mi abuelita dice que si nos botan de aquí no podremos ir a otro lugar, porque allá en su pueblo no le quedan parientes y ellas no saben hacer nada. Una vez pregunté por mi padre, pero se quedaron calladas las dos. Nosotros vivimos de la basura y eso no creo que cambie por mucho tiempo, ya que aquí, en La Estrella, está nuestro hogar.

 

Con sinceridad no sé quién es Papá Noel. Dicen que es un gordo extranjero que viene en la noche que nació Jesús y te deja regalos, yo no creo, en todo caso por acá nunca vino, no lo culpo porque el olor de la basura espanta a cualquiera, en especial al medio día.

 

Hace unos días vinieron unos periodistas y me sacaron fotos, hasta jugué a las escondidas con uno, pero se fueron. No me trajeron regalos, pero no me importó, a mí me gustan las visitas y les pedí que regresaran otro día para mostrarles mis sitios secretos.

 

Nadie más vino, y por supuesto, menos el gordito de rojo. Esa noche la pasamos mi mamá, mi abuelita y yo solitos en nuestra casita de esteras. Mi mamá consiguió para mí unos juguetes de caridad y a mi abuelita le regalaron un panetón. Mamá se enojó tanto porque no teníamos qué comer que mató a la gallina que teníamos. “Ya compraremos otros pollos”, me aseguró para que no llorara.  Yo le tenía cariño a la Filomena…

 

Ya en la noche nos alumbramos con el lamparín y rezamos porque el Niño nos bendiga, nos traiga más trabajo, y haga que la gente bote más metales y juguetes. Eso último lo pedí yo, ya que me disgusta ver que mi mamá está con las manos ampolladas de tanto buscar entre cenizas los fierros para vender. Los de los juguetes… bueno es que no tengo muchos.

 

Sueño que me encuentro dinero en un maletín y que me llevo a mi mamá y a mi abuelita a su pueblo y que, cuando llegamos, nos reciben con una gran fiesta y comida y música, porque todos nos quieren y nos aprecian. Yo les muestro mis tesoros y ellos me acarician la cabeza. En mi sueño están esos niños malos que se burlaban de mis ropitas y mi olor allá en la escuela, pero un hombre grande les da de coscorrones para que no me vuelvan a insultar. Allí también están los hombres malos, los terrucos y los de las vacunas que tanto me hicieron doler, y el niño Jesucito los desaparece, porque al final de cuentas no les deseo que sufran, sólo que se vayan de mis recuerdos.

 

SOÑAR NO ME CUESTA…

 

Sueño con esas cosas en medio de mi reino de la basura, donde soy dueño de prestado de las cosas que ustedes botan. Porque todo puede servir para algo y en especial nosotros que trabajamos tanto. Todos nos llaman “ceniceros”, y si esos somos, bueno, qué importa, siquiera trabajamos y no robamos a nadie, así vengan esos que dicen ser los dueños de la basura, así vengan con sus camiones y nos arranquen a la fuerza nuestras cositas. Yo sé que seré algún día grande y que nadie me podrá humillar nuevamente, que nadie le volverá a pegar a mi madre y que mi abuela no tendrá que vender su diente de oro para que me compren medicinas, como esa vez que me comí los restos de un sanguche y me enfermé mucho. Yo sé que seré diferente, así no tenga que contar con la ayuda de nadie, pero es triste estar sólo en una tarea así, felizmente mi mamá aún está conmigo, aunque sé que mi abuelita de repente ya no lo esté. Con todo yo sigo en mi reino, por ahí alguno de ustedes quiere visitarme y si vienen al botadero pregunten nomás con confianza por Miguelito, todos me conocen.

 

CODA

 

A Miguelito y su familia los conocí allá por el año 2005 cuando hice el informe sobre las Mafias de la Basura… las fotos de él se perdieron, pero ¿saben?, aún lo recuerdo cuando le dije que corriera hacia mi para sacarle una sucesión de fotos… sus ojos alegres llegando hasta mi son algo que no se olvida, por Dios que no…

 

Duerme, duerme negrito – Voces Corales

 

 

 

Está es la versión original de la canción por el inmortal Víctor Jara

Violación tras violación tras violación…

Hasta donde se puede dañar a una persona... hasta donde llegan las consecuencias de una violación...

Hasta donde se puede dañar a una persona... hasta donde llegan las consecuencias de una violación...

En el cuaderno de reportes del caso de María, encontré una verdad más grande de la que esperaba. Todos sus problemas de pareja actuales partían de esa serie de violaciones que de niña le deformaron el concepto del amor. Todos esos detalles fueron pasados por alto por sus parejas y el actual esposo de ella tienen la misma definición a su comportamiento: “Está loca” me dijo. No saben la verdad más allá de lo que pasó…

 

FLORECIMIENTO TRUNCADO

 

Ella era una niña de sucia carita, porque allá en el cerro donde vivían no tenían agua como para darse el lujo de la limpieza. Ella era la menor de cuatro hermanos y todos dormían en la cama de la madre, separada desde hace mucho de su progenitor. Los días son parecidos: reclamos para que trabaje, para que limpie, para que barra, para que atienda a sus hermanos. Ella crece sin caricias ni abrazos, crece con la soledad en el pecho.

 

Hace su aparición por esos días un hombre que empieza a frecuentar la casucha de techo de calamina que tienen. Es extraño, pero la casa es un desastre y no debería serlo, los vecinos a pesar de padecer las mismas carencias, tienen la frentera barrida, un jardín ínfimo de geranios bien cuidados, los niños andan limpios y la madre trabaja en el mercado. María los ve felices. 

 

En su casa reina el caos de las botellas de cerveza que compra el hombre que se queda en las noches y ya desplaza a los hermanos a dormir en el suelo. En una de esas noches el hombre se asegura que la madre está ebria y dormida y se acerca donde esta recostada María. Ella es una niña aún, pero las manos del hombre la tocan como si fuera una mujer. La niña se pregunta por qué no toca a sus hermanas mayores, debe ser que ellas son ariscas, debe ser que ellas están despiertas y listas para gritar si el hombre se les acerca, ellas saben que está pasando… 

 

LOS CUÑADOS

 

Las manos del hombre se vuelven familiares y María hasta siente en ellas la ternura de una caricia muchas veces negada, hasta que la situación cambia, la madre ya no se emborracha y mantiene al hombre en la cama. Una mirada de furia y celos aparece cuando mira a la menor de sus hijas. María no entiende el rencor de su madre, sólo sabe que los golpes le llueven más que antes. Las hermanas, tal vez buscando escapar de esa escena, tal vez porque les prometieron amor, se metieron muy chiquillas con otros chicos de su edad y se fueron a vivir con ellos. Quedan el hermano de doce y María que tiene once años solamente.

 

Una vez la madre la manda a buscar dinero a casa de una de sus hermanas y sólo encuentra al marido de esta. El tipo no desaprovecha la oportunidad y somete a María, no una sino varias veces jactándose de que él es su “primer hombre” que lo recuerde bien. Al final de la escena la niña está tranquila, es como si supiera que eso es lo que sufriría, de repente en su mente esa forma de amor de queda grabada, porque el tipo en un intento de tapar su felonía le compra galletas, dulces, la besa, la abraza. 

 

María piensa que entonces que un hombre se suba encima de ella y la haga sentir cosquillas es normal, tanto así que en el cuarto donde vive la otra hermana la escena se repite una vez más, con la diferencia que esta vez el tipo la tiende de espaldas y le hace conocer un nuevo dolor. Ya la mente de la niña está deformada, el abuso sucede por varios años, tanto así que hasta un vecino de los cuñados aprovecha de esta situación para también violarla. Pero algo cambia, ella ya no siente placer cuando ellos están dentro de ella, porque ya empezó a notar que se burlan de su condición, que la insultan y hasta la sortean y le pegan. Ya no va entonces a las casas de sus hermanas y su madre se harta de que esté metida en la casa, porque los estudios nunca estuvieron en su vida, siempre fue tratada como una esclava, salvo que esa palabra para María no le dice nada. 

 

ESCAPAR

 

El escape de María sucede cuando su madre la bota de la casa, acusándola de que el padrastro ya empezó a mirarla con otros ojos y que de repente ella se quiera quedar con él. María no sabe que decir, casi nunca ha dicho nada en su vida por defenderse. Vaga por días en las calles, un borrachó intentó violentarla pero la furia de ella puso en escape al agresor, menos suerte corrió con un grupo de drogadictos que la llevaron hasta una torrentera y si no la mataron fue porque ella no se quejó. 

 

Así la encontraron los de la Policía en las calles, desamparada y con hambre y la increíble suerte de no estar embarazada. Luego, la historia hasta fue difundida por los periódicos, ¿se acuerdan?, fue el caso de la niña que estuvo en un albergue y que su hermana, para que manden a prisión a su ex conviviente, denunció la violación. La justicia tarda pero llega, pero en este país llega como un suspiro, ya que a los dos cuñados les dieron cuatro años de cárcel de los cuales sólo cumplieron 2. A la madre también la juzgaron, pero no le dieron condena de cárcel, al padrastro y al vecino penas menores y supendidas. María terminó de crecer con la ayuda de las personas que se interesaron en su caso. 

 

SEXUALIDAD DESHECHA

 

No le contó a nadie de su padecimiento anterior. La historia borra las huellas de los que quieren que así sea, pero las grietas del interior no sanan. De esa manera las parejas sexuales de María, siempre se quejaron de que era fría, que no respondía con placer. Su actual pareja no le importó demasiado eso ya que la quería para bien, se casó con ella y pensó que con cariño y amor le devolvería esa sonrisa de satisfacción que toda mujer amada debe tener. Falso. Lastimosamente la capacidad de tener un orgasmo de María estaba irremediablemente perdido, contarle al marido sobre las violaciones no causó sino que el pobre hombre creyera que el placer sólo lo sentía con esos hombres que violaron su niñez…

 

Están por separarse y María no sabe porque realmente, en su mente no entra las ideas de que fue esa situación en su pubertad la que ahora le afecta el clítoris. “Todo tiene su etapa y a ti se te adelantó una” tratamos de decirle para que reconozca primero la condición en que está, pero ella se niega, quiere que le digamos que le gustaría a su esposo que ella haga, porque ella ya le ha tratado de dar todo, pero lo que no puede evitar es llorar una vez que él termina de estar con ella en la intimidad…

 

Entonces hablamos con el esposo, y al final comprendió que todo tienen relación, que ella lo ama pero en la oscuridad de su mente aún acecha el peligro y el sometimiento sexual del que fue objeto. Él entonces comprende también que la única manera de superarlo es con una larga terapia de pareja, en la cual se incluyen dolorosas sesiones de regresión, de perdón para ella misma y sus padres, de confesión de que ella necesita ayuda, todo un sinfín de cosas que no deberían suceder, porque María debió crecer y enamorarse naturalmente y tener relaciones sexuales si es que ella las deseaba y con el cuidado y ternura que da el enamoramiento, ella no debería pagar las culpas de unos desgraciados que sin conciencia y peor que animales, se aprovecharon de ella… Lastimosamente como María en este país hay muchas ¿no?…

Coda

Para no terminar tristes con una realidad tan opresiva, escuchemos la historia de Eva, en la voz del gran Silvio Rodriguez.

¡Estoy rejodido pero respiro aún!

¡Buscame trabajo pues chocherita...!

¡Buscame trabajo pues chocherita...!

Cuando en las mañanas me levanto, siento que va a ser un día más de esos donde no habrá trabajo, y, por vida que me quiero dormir unos minutos más. Pero siento a mi madre prender el primus en la cocina, al perro que ladra al sol de la mañana y no me queda más que sacudirme las frazadas y meterme en la ducha para bañarme, así con frío y todo.

 

 

Me llamo Juan Mamani Castro y sé que no seré bueno contando mi vida, pero la verdad es que estoy harto de seguir igual, toda la vida igual y quiero que la cosa cambie. Si fuera posible que por el periódico me dieran trabajo, hasta el celular de un amigo publiqué y de seguro al final de contar mi historia les voy a dar mi número, como ya lo intenté en alguna ocasión… Ahora me conocerán algo, pero lo principal es que no tengo trabajo y eso explica muchas cosas ¿no?

 

Primero quisiera que conozcan a mi madre: Enriqueta Castro. Ella me tuvo a mi y nada más. Gracias a Dios por eso porque de lo contrario la pasaríamos peor. Vivimos los dos aquí en el sector D de Deán Valdivia en Cayma Enace, donde hace ya cuatro años nos vinimos a vivir. Le cuidamos la casa a un señor que tiene su mansión allá por Yanahuara. De alguna manera el tener un lugar para descansar debería facilitar las cosas, pero en nuestro caso no es así.  

 

Desde niño trabajé, pero nunca duré demasiado en una labor. Que si trabajaba en una combi, que el dinero no alcanzaba para pagarme; que si me metí de albañil, que el patrón no quería pagarme completo; que si me fui a la frontera para traer contrabando, que la Policía me detuvo y me quitaron mi capital. La cosa es que me va recontra mal en estos años y no sé a quién culpar al final.

 

Nunca estudié. Mi madre necesitaba que trabajara para que nos mantuviéramos los dos y no nos alanzaba ni con esas. Pero no soy el único en esa situación, a mí alrededor veo diariamente a profesores hacerla de taxistas, a tombos como ladrones y a madres prostituirse. En mi caso no tengo trabajo porque no existe una oportunidad para mí, pero no entiendo en sus casos ¿no se supone que ellos deberían tenerla más fácil porque estudiaron?

 

Enagañados

 

A muchos de ellos (y mi mismo da pena decir), nos engañaron de distintas formas con promesas de trabajo. Por ejemplo, para sacarnos provecho se nos busca por el periódico. Todas las mañanas en el parque Duamhel se ubican patas que te venden las copias de los avisos económicos de los diarios, para que te leas las ofertas de trabajo, de esta manera te ahorras comprar un solo periódico y por solo 20 céntimos tienes de Correo, de El Pueblo, del NOTICIAS y así por el estilo. Allí siempre aparece dos clases de avisos: los de la “empresa emprendedora necesita jóvenes emprendedores que quieran ocupara plazas emprendedoras de alta gerencia en el área de promociones al público”, es decir vendedores de puerta en puerta. Con esta forma a los promotores les interesa un pepino cuanto camines con tal que cumplas las cuotas.

 

El otro tipo es el de: “oportunidad única de negocio (no service) gane dinero en su medio tiempo, sea su propio jefe”, es decir que tiene que comprar productos que venderás a tus papas a tus amigos y a tu enamorada. De este tipo abundan y veo que muchos van por los centros de promoción, pero no todos logran salir adelante y siguen en la ruleta de buscar trabajo cada mañana, en su mayoría son jóvenes.

 

Yo ya pasé por eso. También por lo de las services. Al principio, ilusionado, pagaba mis reglamentarios cinco soles para que me tomaran en el empleo de “cuidante nocturno con sueldo de 400 soles”. Nunca me llamaban y mis cinco soles al agua por siempre, y si reclamas tienes que pagar otros cinco soles ¿que conchudos no?

 

¡Ah! después me metí a eso de las empresas que te piden currículum!, o esas otras que te convocan con ropa a la tela y esas cosas. Pero ya estoy curado y no creo ya en nadie. Ahora sale eso de los viajes al extranjero y pienso que es otra trafa ¡es tanta mi amargura! Y es que las veces que si resultó ser cierta la convocatoria, el hecho de no tener estudios universitarios o técnicos va en mi contra, por supuesto ni hablar de mi cara serrana.

 

Para estudiar se necesita plata y con mi trabajos de medio tiempo no pude pagarme la pensión. Ahora ya estoy mayorcito para andarme con esas cosas, pero si ustedes que me lee lo son, estudien harto y lo que puedan, que en los trabajos te piden de cada cosa, que si estudiaste computación, que si eres maestro o master no me acuerdo, que el inglés más, que otros grados, así que a estudiar, es lo único que puedo aconsejar ya a mi edad.

 

Respirar y vivir

 

Hace tiempo trabaje en una comercial, pero me sacaron porque casi cumplí el año y debían pagarme más por ley. De otra empresa me sacaron igual porque me tenían que contratar si estaba un mes más. En otras partes me engañaron pagándome un mes primero puntual, después medio mes y se retrasaron, después ya me debían dos meses y después por fuerza me tuve que ir nomás caballeros.

 

Después de tantos años al parecer no aprendo, porque igual sigo saliendo a las calles a buscar empleo, y veo en las esquinas a jóvenes buscándolo incansablemente, como si fuera un premio. ¡UN PREMIO!. No creo que deba ser así. Si es que alguien tiene la culpa que me lo digan, si es mía la acepto, pero que no me engañen más, que no me pidan plata para trabajar en una obra, que no me menosprecien por mi ropa usada y comprada en el Baratillo, que no me denigren por mi edad y que me respeten porque yo les respeto. ¿Acaso con ser peruano no se supone que debo tener derechos?, a una vida digna, a trabajo, a educación, pero nadie me enseñó, nadie se preocupó en decirme cuales eran esos derechos, ahora ya no los puedo utilizar porque estoy viejo y no quiero que le pase lo mismo a otros, por eso estudien, pero estudien bien pues, algo que les guste y que sean capaces de aprender bien, porque hay una selva halla afuera, es un infierno de oportunidades y aquel que tenga una buena arma vencer. De repente para mi ya no hay solución y siempre seré un desempleado, pero de repente para ti no, busca tu oportunidad es lo único que puedo aconsejarte… ¡ahhhhhhhh! Como ven soy de todo y para todo, ¿legal eh?, así que si sabes de alguna chambita llama pues al 054-959770004, que de seguro te cumplo a la firme ¿ya?.   

“No sabemos Amar” – El Gran Silencio

Los deseos contrarios

Te desespera pensar siempre en negativo... pero siempre habrá álguien con peor suerte que tu...

Te desespera pensar siempre en negativo... pero siempre habrá álguien con peor suerte que tu...

Eran 5 horas. Eran ya 5 agotantes horas las que llevaba Julio esperando que el cirujano saliera de la sala de operaciones donde Clara, su esposa, estaba desnuda y tendida a sus 49 años siendo operada. Estaba allí, en esa banca de madera en espera que extirpen con éxito el tumor maligno que creció dentro del exiguo pecho de su mujer.

 

 

 

 

 

El café de su vaso se acabó hace buen rato. Lo peor del caso era que ahora se le atragantaba el nerviosismo en la garganta por no saber nada de lo que pasaba en ese cuarto con la lucecita roja prendida. Por momentos, el pasillo de azulejos blanco y pintura verde crecía ante sus ojos, ahogándolo. Realmente la estaba pasando mal, pero no se atrevió a ir por agua, prefirió quedarse quieto y sin pensar. Porque si de algo estaba completamente seguro era que si pensaba -¡Cualquier cosa que pensara!- lo opuesto iba a resultar… ¡Maldita la mala hora de mis deseos!, se dijo.

 

Porque para él eso era una verdad indisoluble de su vida. Recordó ahí mismo sentado que, cuando niño, él: Julio Palacios Cusihuamán, osó desear para su octava Navidad un juego de trenes. Y, como los niños tienen la imaginación tan viva, soñó despierto a su padre sorprendiéndolo con la inmensa caja del juguete, que su madre lo abrazaba llorosa de alegría, que armaban los rieles, los campos, los puentes y señales; que se divertían toda la noche con el chu chu intermitente hasta que la mañana los encontraba unidos y despiertos.

 

No le dieron nada. Nada de chocolate navideño y nada de Navidad, Navidad blanca Navidad. Al contrario, le dieron una paliza de padre y señor mío por romper un jarrón mientras caminaba distraído por la sala soñando con el color de su juguete. Después, el castigo marcial hasta el otro día y si hubo regalo éste desapareció.

 

Claro que pasó otras festividades y, en ellas, los regalos se le dieron, pero nunca un tren rojo, y esto a pesar de sus indirectas y directas insinuaciones como que “Pepito Iturriaga tiene un tren hermoso ­ayy quién como él…­”. Nunca recibió una respuesta.

 

Derrota tras derrota

 

Recordó también que intentó ingresar a la universidad cuando joven, y se pasó la noche anterior al examen vislumbrándose pelado y asistiendo a su primera clase, contestando brillantemente al catedrático de turno en su primera intervención. No ingresó, por supuesto, y su puntaje fue terrible. La condena paternal de no volver a sustentar otro ingreso, lo volcó a estudiar Mecánica en un instituto de mala muerte en el cual paradójicamente terminó primero. Deseo que nunca formulara.

 

Pero ahora estaba allí, solo y sin padres, ni familia ni nada, porque se quedaron solos: él y su esposa, desde que se casaron contra todos los intentos familiares de negativa.

 

Así también evocó que jamás deseó embarazar a su novia y pasó. Nunca pensó que su hijo muriera a los 15 años sin dejar hermanos cuando salió de viaje de promoción. La sensación de opresión en el pecho le volvió de pronto, como cuando se pasó el día anterior al viaje de su vástago escuchando noticias de volcaduras. Sus oraciones para que su hijo regrese entero no lo calmaban, trató de imaginarlo sano y alegre y -¡qué diablos!-: borracho con sus compañeros. Pero vivo y alegre… No pasó. El funeral fue hermoso como él no lo deseó. La música sacra y las oraciones del sacerdote llenaron los corazones de todos, dándoles paz ante lo irremediable, hasta su esposa levantó ánimo y se enfrentó al mundo sin el hijo, cosa que él no logró. “­Toda mi puta fue así, desgracia tras desgracia todo por desear cosas buenas… ¡Mierda!…­”, agachó la cabeza y lloró.

 

Y era la primera vez que lo hacía así, como niño. No había llorado cuando los policías le comunicaron que estaban buscando los restos de su hijo porque se hallaban diseminados por todas partes en el lugar del accidente. No resbaló ni una lágrima por su mejilla cuando, con su esposa agarrada desesperadamente de sus manos, el cirujano les comunicó que tenía que operarla del tumor que la estaba matando. No lloró cuando, con la esperanza destrozada de conseguir el dinero para imaginarla sana y libre de esa cosa, todos sus familiares le negaron el dinero, aduciendo las excusas más inverosímiles y dejando en su corazón un odio terrible.  Allí mismo, frente a la última puerta cerrada en sus narices, imaginó no poder conseguir el monto para la operación y, por un leve instante, pensó en la muerte de su esposa. Esto fue como un conjuro porque caminando se encontró con José Iturraga, su compañero de primaria, dueño de una gran fortuna y familia feliz. El amigo de la infancia escuchó la triste parodia de la vida de Julio. Conmovido, le obligó a aceptar un cheque por el monto completo para la operación. Es más, al despedirse ni siquiera aceptó que se lo fuera a buscar para la devolución del dinero… Así era ¿no?, siempre que deseaba algo lo contrario pasaba, concluyó después de examinar ese hecho en su mente.

 

Transformación

 

Dejó de llorar. Ya sabía lo que tenía que hacer. Eliminó el miedo a pensarlo e hizo lo que tenía que hacer. Primero, imaginó la sala de operación, los doctores, las enfermeras. Reconstruyó en su mente los instrumentos en las mesitas rodantes y el cuerpo de su esposa en la camilla de operación. Percibió verla ya seccionada en la parte alta del pecho, imaginó la sangre goteando y la mano diestra del doctor buscando el maldito tumor ramificado hasta lo imposible. Allí tomó aire y escuchó claramente las palabras de susto, las voces urgiendo más gasas, ¡desfibrilador!, ¡no sé qué pasa doctor!, cierre esa vena que se nos va, ¡carga!, aléjense uno dos tres, carga rápido!!!!! y el sonido del tu tu tu hasta convertirse en un tuuuuuuuuu continuo y asfixiante.

 

Se vio recibiendo la noticia, derrumbándose con alaridos de dolor. Se distinguió solo en el cementerio, recordando lo infelices que fueron pero que, así y todo, se llegaron a amar sin desearlo. Porque Clara era todo para él: su casa, su comida, su carne, su compañía, su amiga, su consuelo… Allí se perdió. Se sintió despedido por faltarse al trabajo días por beber sus recuerdos con alcohol. Se convirtió en un guiñapo desolado y tirado en la vereda de una calle sin fecha antes de pronunciar dos nombres y morir cual perro sin hogar.

 

­Por Dios, que suceda, que pase­ musitó antes de que una negrura lo invadiera y quedara inconsciente en el sillón del hospital.

 

Una voz lo despertó. ¡Era el bendito cirujano!, y él sabía la noticia que le iba a dar y estaba tranquilo, el conjuro estaba hecho según él y, en un segundo, en un instante, se imaginó a su esposa sonriente en la cama de convalecencia… Horrorizado por este pensamiento empezó a gritar profundamente. Mientras el galeno sorprendido se disculpaba “­Lo siento, hicimos lo que pudimos pero no pudimos salvarla y…­”, pero Julio ya no escuchaba nada.

The Man Who Sold The World – Nirvana

“¿CUANDO DEJAS A ESE ABUSIVO?”

¿Porqué permites que ese desgraciado te maltrate?

¿Porqué permites que ese desgraciado te maltrate?

 

De verdad… ¿no sé como empezó?, creo que no tenía ganas de comer y fingí que la carne estaba pasada y la ensalada, como siempre, no tenía limón... debería acostumbrarme, pero no estaba bien, ya sabes: el cansancio me ganó. Además él ya vino con ganas de pelear, vino a traer sus problemas, sus crisis, sus dolores, y los trató de refugiar conmigo. Te soy sincera, antes eso me encantaba, me hacia sentir importante en su vida, ahora me asfixia, “soy una mujer no un estropajo” siempre me repito eso, “no soy una pared donde se pueda estrellar su cólera, NO”, y luego me llora sin lágrimas, me desea y yo a él y… bueno.

 

Dudo y en verdad dudo que él entendiera eso en ese momento, sólo porque gastó dos cincuenta en mi menú, y después: “que no era fácil conseguir dinero y que acaso no pienso en mis hermanos en mi pueblo, que ni siquiera prueban carne en meses como yo, y que su madre, SU MADRE, trabajando 12 horas al día en ese pueblo tan lejano de él y de tan puro aire, debería irme ahí para respirar en paz un momento…” lo sé: divago, pero es que esa no es la manera de reclamar, que sabe él de ser mujer y todavía provinciana y peor: sobrina de caridad ajena.

 

Él no sabe de mis cambios de temperatura, de esos dolores que vuelven cada mes y que me vuelven loca, porque él no los sentirá pero yo sí, y me siento sucia y malhumorada. Y yo me tengo que estar bañando a cada rato por él, por él que no se afeita continuo y no entiende que irrita la piel de mi cara con su barba, pero ¿Lo intenta?, ¡NO!, Se juega su fútbol, se gasta treinta, cincuenta soles en sus amigos, ¡Y se queja de dosincuenta!. Y mi hermana que “¿Cuando vas a terminar con ese abusivo?, porque es un borracho y te puede pegar”, ay, ay  si supiera que yo lo golpeé primero, eso paso después de comer.

 

Al salir me estuve arrepintiendo de no haber comido, pero ni siquiera se calló: “que si me sentía feliz por lo que había hecho”, “si así decía que lo amaba”, y yo gritando en mi corazón, con mis ojos: sí idiota, ¡Sí te amo! ¿No ves que no te respondo para ya no pelear más?, Y él dale con que si no lo amo, y yo “ja, ja” cuando mencionó el ahorro… estalló: de que te ríes, te parece bonito ¿Ah?, Yo te hablo y tu te ríes ¿no?, Eres una (…) y no entiendes nada, ¡Nunca haces nada por la relación!, Se atrevió a decir eso ¿Puedes creerlo?, Sí pues: “¡Yo!” Empecé la pelea “no bastara -dije- hasta que me veas llorar, ¿y ni así te sentirás contento?”. Él tronó y me jaló mientras decía: “ahora si ya me hartaste, te ríes ¿No? Que crees, que riendo no se van a dar cuenta que estamos peleando”, SÍ, tienes razón idiota, nos ven, con lo que te gusta hacer el papelón,  hue… disculpa pero así pensé y si no lo dije en voz alta fue por el miedo a que me pegue en la calle.

 

YA EN CAMINO

 

Pero me pegó después como te sigo contando (este jugo nos va a caer a pelo a los dos ¿o a las dos ummmhh?, Vas a ver) y me jaloneó ¡! Más todavía, y me llevó al parque enfrente de la “U“, ¡Cuantas veces me contó que se emborrachó allí!, Cuantas más me contó que venía con sus amigos de pera y chicas del Arequipa a jugar botella borracha. Sí, cuantas veces me retrato la manera en que se besaban, y ahora me llevaba a mí, dizque su amor, “su novia”, me llevaba a pelear y después trataría de amistar las cosas, pero yo ya no estaba de humor; claro que lo entendía: estaba con deudas y hasta le dolía la muela al pobre, pero trataba de entenderlo y… lo sé, me estoy disculpando, tú lo sabes ¿No?, Pero no es mi culpa.

 

Él, después de gritarme, apretarme el brazo y tratar de besarme a la mala con ese aliento caliente que tiene cuando se enoja (y tú ya debes saber que me molesta) me dijo que: “que quieres en verdad”, yo “terminemos“, y él con su conocido: “ya pues”, hizo el intento de irse, y como siempre (siempre amor, siempre lo haces ¿No?), Se volvió a los tres pasos y regresó, ¡Pero me sorprendió esta vez!, Me cogió de nuevo el brazo y me jaló hasta la avenida, entonces para un taxi y me dejó pasmada, dijo: “hasta el grifo Monterrey, sí en la Estados Unidos, una cuadra más abajo ¿Sí?, dos china… ¡ya!”, Y yo por dentro: “Tu cena, tonto”, y ya dentro del carro no me duró la paz: “maestro, mejor a Miraflores, al Parque Mayta Capac”. No dije nada, me confundió, aunque esperaba que por primera vez me dejara en mi casa y se fuera, pero no, tenía que terminar la pelea en su cuarto tú sabes.

 

Al llegar fue a la farmacia por su pastilla para su muela, al regresar me alentó a irme, le dije “ya pero no me sigues”, ya sé, era imposible. Y dicho pues me llevó a su cuarto, no conoces por ahora ese cuarto, con su olor a hombre recién destetado, con su hurón disecado mirándome con risa y el dibujo de mi cuerpo desnudo en la pared. Mi cuerpo y su cuarto… encajan como su boca en la mía, y pensar que en ese cuarto me hizo mujer, pero ya no siento si soy su mujer o su objeto. Pero esta vez no trataría de seducirme, sino que empezó a gritar que ya no lo quiero, y yo tratándome de ir, y luego él jalándome, diciéndome, pidiéndome tiempo y yo llorando ¡Solamente quería irme!, Me dijo que además yo sabia que no nos podíamos separar, que éramos UNO, amor porque me haces sufrir, CONTESTA… si amor, no podemos estar lejos, pero ahora tampoco cerca ya.

 

La verdad es que debí decirle que ya me aburrí de sus problemas, y que lo amo pero no doy para tanto, pero no fue necesario, me sacudió más fuerte y no aguanté: le di el manazo justo en el lado de la muela careada, me miró con una cara de cojudo única y luego me pegó un cachetadón tal que pensé en ti, pero te juro que es la primera y última vez, después él se derrumbó, suplicó, lloró y consiguió un leve perdón, un perdón mentiroso y de pena, sin ganas ya de ser verdad, un perdón triste, es que ya se pasaba la hora y no podía llegar más tarde a mi casa, se despidió con promesas de redención, me ama y yo lo sé.

 

LA ESPERANZA

 

En el carro pasaron, por mis ojos y labios, todos los cuatro años de andar de enamorados, las tres sacadas de vuelta por parte de él y una mía, las llamadas de borracho a media noche, las plantadas, ¡Y hasta el anillo que nunca me compró!, Y… el aborto, sí, lo sé: nunca me lo perdonaras, pero espero que jamás te lo repita de esta forma, si lo entendieras… ¡No! Eso fue imperdonable, pero ya no volveré a cometer mas errores, ¡Te lo juro!, Y voy a empezar por no volver a ver a tú padre, así me duela, y después se lo diré mis tías, pero por ahora vamos a preparar un puré de papas, porque no sé, pero me he antojado de mezclarlo con espinacas… sí ya sé: es sugestión mía… ¡Y que!, estoy embarazada y voy a ser tú madre y debo estar fuerte para todo lo que vendrá por los dos, o por las dos, ¡Así qué a preparar la comida se ha dicho!.