Mi madre tenía siempre una vela prendida encima de una mesita al lado mismo de la puerta de entrada de la casa. Era una de esas llamadas “misioneras” y que duran semanas con su tenue luz perseverante.
¿Cuántas veces nos burlamos de esa costumbre? ¿Cuántas veces nos avergonzó esa llama cuando nos visitaban amigos, enamorados/as, esposas/os, compañeros de estudio, de trabajo y largo etc.?, a los cuales se les daba la respuesta estándar: Cosas de la religión de mamá.
Con el tiempo y la monotonía de la vida nos olvidamos de la razón de esa luz mortecina.
Llegó, con los años, la hora temida por mis 8 hermanos y mía también. La menor de mis hermanas, ya treintañera, preguntó a mi madre en su lecho de muerte sobre qué haríamos con la vela. Quisimos reírnos algunos, pero de pronto recordamos la razón y callamos bajando la vista. Mi madre, con mucha energía respondió: —¡Esa vela no se apagará hasta que su padre vuelva, cruce esa puerta y se perdonen todos.
En el silencio que siguió, todos, algunos más claro otros no, recordamos que mi padre era capitán del Ejército y que en la época del terrorismo estuvo destacado en la zona de la Selva, en un pueblo cafetalero. Mientras muchos murieron o volvieron cuando terminó la guerra, él prefirió darse de baja de la vida militar y quedarse allá a formar una nueva familia.
Luego que mamá muriera la vela, por supuesto, se mantuvo prendida, hasta hoy. En la mañana cruzó por fin la puerta nuestro padre y estamos aquí, en la sala de la casa, están todos mis hermanos y hermanas, varios nietos y dos bisnietos, juntos para escuchar, entender, contar, compartir y, principalmente, para recordar a mi madre y su esperanza a prueba de distancias y tiempos…

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