El niño en la playa

Aylan, un ángel sirio

Solo puedo imaginarte, Aylan. Alguna vez casi me ahogo en una piscina, la desesperación me inundó. La tuya fue mayor, fue infinita. La balsa en la que viajabas era para cuatro personas, subieron el doble. Tu padre y tu madre y tu hermano estaban en ella. El círculo de la protección familiar. Me imagino que estabas allí con ellos, lleno de miedo, pero la mano de tu padre estaba entrelazada con la tuya. Esos dedos que muchas veces te acariciaron el cabello, te dieron alguna palmadita en los cachetes, esos dedos que trabajaban para darte de comer, estaban allí, cerrados alrededor de los tuyos de tres años.

Luego… la obscuridad.

Abdullah Kurdi, tu padre está narrando a quién le quiera escuchar que su objetivo era llegar a la isla griega de Kos, huyendo de Siria, tu país, el cual es azotado por una guerra cruenta y devastadora, tan dura que forzó la decisión de tus padres a huir, buscar refugio lejos, para que ustedes no murieran. Cruel ironía. Pero debes saber Aylan que cuando un padre se enfrenta a fuerzas que no puede controlar, que amenazan a su familia, puede cruzar océanos, vender hasta lapiceros con tal de que estén a salvo. Esa esperanza no se mide en control de daños, países con fronteras inmisericordes, políticas nefastas en ayuda humanitaria y corazones de hierro mercader. No es necesario que me entiendas, es más para los que tratamos de entenderlo, compartir en algo y justificar su desesperación que lo obligó a subirte a una barca, teniendo una certeza de que en el mar estarían más seguros que en tierra.

Y allí estabas Aylan, un segundo agarrado a ese padre que tenía la esperanza puesta en su decisión y luego estabas cayendo a las frías aguas. Imagino que el impacto te sacudió. De tu garganta salieron gritos, que el agua empezó a ahogar. Que braceaste en un reflejo natural, pero las olas te envolvieron. Poco a poco te dejaste ir. Allí quisiera detenerme pero no puedo dejar de imaginarme tu dolor, tu temor, tu angustia… tu desesperación.

Después la paz y el mover de tu cuerpo libre en el mar hasta que la marea te depositó, con algo de suavidad, en la estación balnearia turca de Bodrum. En ese lugar te halló Nilufer Demir, fotógrafa. Ella estaba allí justo para verte y que se le helara la sangre. Ella le cuenta a quien quiera escucharla que no podía hacer nada por ti, que lo único que podía hacer es tomarte fotos que, en pocas horas, han dado la vuelta al mundo y te han hecho famoso, Aylan, todos hablan de ti.

De lo que no hablan Aylan es que desde el 2011 varios países árabes como Egipto, Túnez o Yemen estaban en un estado de guerra. En tu país Siria las personas salieron a las calles como sucedió en Daraa, Alepo, Homs o Damasco reclamando libertad, democracia y derechos humanos. Sí, lo sé, son cosas que no entiendes, pero necesarias para saber que esos pedidos no fueron escuchados. Por eso la guerra arrasó con los pueblos de tu país. Pero preguntarás ¿Recién con mi foto se sabe eso? Y me da pena decirte que eso ya lo sabíamos, que decenas de periodistas han tratado, a 50 euros la nota, dar a conocer esta cruel guerra, pero solo recibieron sonrisitas y no, no, no, repetitivo, tanto que ellos mismos han muerto tratando de decirle al mundo lo que pasaba. Pero solo que tu foto, esa donde estás recostadito como si estuvieras durmiendo la siesta, la que recién nos ha sacado la venda de nuestros ojos, por lo menos hoy Aylan, eso ya es mucho pedir en el estado de ignorancia mediática en que vivimos.

Fuiste portada Aylan y hasta un debate sobre el morbo y la exposición de tu foto hubo. Hasta algunos corazones mercaderes se han ablandado y de repente se abren las fronteras y se entrega ayuda a los desplazados como fueron tu familia. Pero tu papá está destrozado, y llevará tu cuerpo, el de tu mamá Rehan y el de tu hermano Galip para enterrarlos en su Kobane natal, donde sabe también morirá. No, no es malo decirlo así, todos moriremos alguna vez Aylan, algunos enfermaremos y nada podremos hacer, otros en un accidente que no podremos evitar, de repente y con suerte moriremos en nuestras camas y alrededor nuestros seres queridos estarán, no moriremos como tú y tu hermano, porque no tenemos tres y cinco años, porque no tenemos que huir de un país en guerra, porque no estaremos en una barquichuela de noche aferrados a los dedos de papá y cuando de pronto nos soltemos, la vida se nos irá en el momento incompresible de perder la fe en todo a nuestro alrededor, no Aylan, no moriremos así y ¿Sabes?, cuando supimos de ti, por el facebook, por el morbo de las noticias, por las repeticiones infinitas de tu cuerpo en esa playa de Turquía, muchos hemos muerto un poquito contigo también.

Adiós Aylan, duerme en paz.

2 pensamientos en “El niño en la playa

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