Deshojando el amor (15 microrelatos de amor desencadenado)

Me quiere…
No nos miramos de frente nunca. Son miradas dispersas en el día, en medio de conversaciones, a la hora del recreo. No nos conocemos, pero sabemos nuestros nombres y la hora exacta en que nos vamos a casa. En las actuaciones buscamos ponernos frente a frente y ensayar juntos en medio de risas y caras rojas, casi incendiándose. Ella deja que le invite mi galleta y me da una de las suyas. El día del baile real me toma de la mano, yo de la cintura y bailamos, mi cara es de una alegría infinita y ella está conmigo.

No me quiere…
Trato de hacerle saber en dibujos que estoy aquí, que en las tarde no miro tele por solo pensar en ella, que en realidad me la imagino siempre corriendo hacia mí a la hora de salida para, no sé, para agarrarnos de las manos o de repente que me acepte empujarla en el columpio. En el recreo quiero invitarle mi lonchera pero ella sale con sus amigas, no sabe mi nombre ni le interesa. A veces solo quiero que me mire. Ella sí mira mucho al chico más alto del salón. Un día se agarran las manos en mí delante.

Me quiere…
Y en clases me siento detrás de ella porque su apellido y el mío empiezan con la misma letra. Tiene el cabello corto y se amarra una pequeña cola con un colet blanco. En clases sus pies se hacen para atrás y yo estiro los míos y jugamos a entrecruzarlos. En el recreo en el juego de los policías ella es la encargada de la cárcel y me hago pescar solo para que me agarre los brazos y pueda bromear a darle un caramelo y que me suelte. Compartimos una vez un pan con pollo y mis dedos se quedaron un poco más de tiempo entre los suyos, la miré, no desvió la mirada, se quedó allí para siempre.

No me quiere…
Es demasiado rápida, habla mucho, cuenta sus problemas con su papá y quiero decirle que la entiendo, pero no me deja, solo quiere hablar de ella en el carro, mientras vamos a casa. Trato de atender lo que dice pero me pierdo en sus hoyuelos, y nuevamente se despide sin siquiera decirme nada más. En casa me pierdo pensando entre lo que dice de su papá y esas caricias constantes y su forma de ser. A los días la veo conversar de nuevo con ese otro chico y ella está aquí, a mi lado, en el carro contándome de su primer beso y yo muriendo.

Me quiere…
Porque soy el más bravo pues, aquel que sin ella saberlo, se peleó por declarársele, nadie más se metió, solo el chato y yo. Casi me pega, pero al último, cuando casi gana, la sensación de no tenerla nunca me dio fuerza. Luego fui a esa esquina, ella no lo sabía, pero ya me quería, lo descubrió cuando le dije que quería estar con ella. Se sonrió. Quedamos para el sábado y me dio el sí, con un beso rápido. Luego las manos entrelazadas, la esquina supo nuestros nombres, las pandillas nuestra historia y mi brazo en su cintura… para siempre.

No me quiere…
¿En qué cambio? Éramos los mejores amigos en la primaria, salíamos a buscar piñas en el parque y comer moras rosadas. Ahora ella usa el cabello suelto a la salida, se pinta los labios, pero no hay ninguno al cual acepte, y le envío cartas que no abre y me dice que somos amigos que no haga eso que la voy a perder, ¿Que perderé? Si ya el dolor en el pecho lo tengo. Y se declara mi mejor amigo y le acepta y a la primera pelea viene donde mí y me besa ¡Me besa! y luego regresa con él. La pelea con el traidor termina con nuestra amistad.

Me quiere…
Por ella viajaba en medio del bus doce horas, escribía un poema diario y por fin me enamoré. Pero le saqué la vuelta con una enemiga suya allá en el pueblo y eso acabó todo. Un año después, acompañamos a su hermana que es mi amiga a comprar y, en un descuido, yo la empujo hacia un sitio desocupado y le digo en un minuto todo y me besa, no deja que hable, pero tiene un enamorado, un abogado, pero ella lo terminará, me promete. El tiempo me consume mientras espero que llegue para decirme como le fue. Al final, ¿qué soy? ¿si no el que la engañó? Allí está, me sonríe, es suficiente.

No me quiere…
Era un poco mayor que ella y así no entiendo cómo me enamoré, primero le compré una muñeca de esas de colección, mientras medio mundo creía que quería a otra, luego le escribí poemas que me recibía con ilusión y finalmente un collar. Cuando la iba a encontrar para dárselo por su cumpleaños, la escuche conversar con otra amiga. No era yo, era que había varios y mejores, le decía. Me advirtieron que eso me pasaría, ellas, las que lloraron cuando las terminé, me lo prometieron. El orgullo hace que igual le dé la mojada joya.

Me quiere…
Era la practicante y yo el mejor, ella era la bonita y yo el lobo feroz, ella era la que no me miraba y yo el que sufría por decir dos palabras correctas frente a ella sin que sonará afectado, conquistador, creído. Me tumbó confesando que de mí nunca oyó. De ella me despedí al irme, a ella busqué al regresar de tan lejos. Me gastaba el saldo en mensajes, ella también. Pagó la mitad de la cuenta en la primera cita. Su cabello me enloquecía y yo no sabía si estaba en su corazón. La vida nos sorprendió y esa fue su declaración de amor.

No me quiere…
Fueron los mejores seis años de nuestras vidas, se lo dije, se lo dije mil veces, lo fueron y no me creía, se alejaba, le repetía que lo fueron, cada cita, cada peluche, cada cena, las veces que caminé por ella la tarde entera, el sol en la cara y la promesa de un beso para que nunca estuviera sin amor, se lo dije mil veces que fueron nuestros mejores años, que nos queríamos, hasta cada pelea y la reconciliación lo fueron por lo menos para mí. Aún trato de explicarle que vendrán años mejores, repite que no soy yo, que es ella, y me dice adiós.

Me quiere…
La rutina de la innombrable en casa, el trabajo que se acelera los fines de semana y la separación en medio de la cama. Ni sé como la otra se metió en el espacio entre el desayuno y la cena. El irse y yo creyendo que puedo soportar la lejanía de los cuatro que se van. Las noches en vela y la falta de interés por rehacer mi vida. Pasan los días ¿Y si te confieso que me perdí? ¿Que la vida no es igual al darme cuenta cuan humano soy, cuan débil me volví? A ti te pasa también. Ahora que regresas y regresan los niños prometo no abusar de tu retorno.

No me quiere…
Intento perdonarla y aún lo recuerda. Salgo con los tres niños a cuestas a darle espacio, me comporto como lo que siempre insulté en un hombre. A veces le pido de rodillas que olvide, a veces le exijo con gritos que me ame. Falsos momentos en que me da un beso y creo que volvemos para encontrar un mensaje y volver a la realidad. El amor que tengo se vuelve algo doloroso en las venas, que camina de la mano del rencor de no ser correspondido. Lo peor es que ella no se va.

Me quiere…

Siempre le tuve miedo al momento en que nacieran los nietos. Ella, tan dueña de su destino y su profesión. Yo solo un tipo que manejó años ese viejo taxi. Mientras ella surge como una gran dama, yo me hundo en mi miseria de olores de viejo y enojos sin sentido. El miedo es concreto, ella me dejará porque merece algo mejor que no poder conversar con un bruto como yo que no hace nada por mejorar y solo pelea y pelea. Pero la amo ¡Por Dios que la amo solo a ella! Pasa el tiempo, llegan los nietos y ella sigue aquí, queriéndome, no lo merezco, lo sé. Algo debí hacer bien supongo.

No me quiere…
Porque en su cara se le nota y me siento herido pero a la vez entiendo que se gastó el sentimiento entre platos y zurcidos, entre estropajos y malas vacaciones, pero no nos vamos, seguimos con una cadena de ira contenida, en reclamos por tonteras que ocultan verdades amargas de olvidos y traiciones pequeñas, pero inmensas al sumar y restar. Todo puede acabar en uno de esos grandes crímenes de la televisión o al final se quede en la quietud de seguir pelando mi manzana y se me caiga un pedazo de cáscara y ella reniegue de eso, que más da.

Me quiere…
No me peino bien desde hace años, mi corte natural es una calvicie temprana, como el vacio de ideas al pensar qué hacer con el tiempo que me dejó al morir ella. Transcurro como un fantasma en el panteón de mi casa, implorando oraciones a los fieles muebles que nos vieron envejecer. Cada resquicio del tiempo estancado huele a ella. La duda me carcome ahora en la vejez y pienso en lo injusto que es el volverse un niño, hasta que encuentro la misma carta y recobro la paz en el “te amo” final.

No me quiere…
Me quiere…

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