#Microcuento El héroe


La diligencia se detuvo y un seco disparo segó la vida del conductor. Estaban rodeados por los asaltantes. Los gritos del líder de los bandidos estremecieron a los pasajeros. Adentro, una madre abrazó a su pequeño de apenas seis años, un abogado calvo y sudoroso apretó su maletín con fuerza, un anciano minero empezó a llorar murmurando varios nombres, una jovencita entró en pánico junto con su reciente esposo, quien atemorizado, no atinaba más que a murmurar una oración y, al fondo, un hombre curtido por el polvo del desierto tomó una resolución.

Abrió lentamente las puertas de la diligencia y salió con la pistola en la mano levantada hacia el cielo, en imagen de derrota y sumisión. Observó el cuadro delante de él: cuatro forajidos a caballo. No dejó que hablaran siquiera. Movió su arma y se disparó en el pecho. Sorprendidos, los delincuentes se miraron unos a otros bajando la guardia. Desde el suelo, el hombre, herido de muerte, pudo disparar otras cuatro balas que impactaron certeramente en los forajidos, cayendo de sus cabalgaduras, muertos al instante. El héroe murió segundos después esbozando una sonrisa.

A lo lejos se ve alejarse la diligencia en medio de una nube de polvo. Cuatro cuerpos serán devorados por los buitres del lugar desolado y la tumba del héroe, hecha de piedras y arena, será tragada por el desierto del oeste que tanto amó. Pero nosotros, hijos de ese acto de valor, recordaremos su nombre por la eternidad: Jhonny Maccoy.

Sarko Medina Hinojosa

#Microcuento: Aprisionado

Hay una leyenda que dice que cuando el fin de los tiempos llegue, el diablo aprisionado en madera bendita se liberará y atormentará al mundo, pero antes sus ojos se iluminarán…

Foto: archivo personal. La talla existe y se encuentra en la Basílica Catedral de Arequipa.

Contradicciones

—Le hablé y se mostró indiferente.
—Pero ¿Eso no era lo que querías, que ya dejara de molestarte?
—Sí, pero siquiera hubiera preguntado cómo estaba, si me iba bien.
—Tú le pediste que se aleje.
—Pero igual, debió preguntarme por mis amigos, mi familia, ser atento.
—Ja, ja, ja, ¿en serio?, hasta pienso que lo extrañas.
—¡Claro que lo extraño!, sino, ¿Porqué iría a esas sesiones de espiritismo?
—Si pues…

Sarko Medina Hinojosa 

Complicaciones laborales

—¿Porqué vino a la consulta?
—Le temo a la sangre.
—¿Y eso le afecta de algún modo su diario vivir, su desarrollo social?
—Afecta mi trabajo.
—¿Cómo se dio cuenta de que le teme a la sangre?
—Empecé a sentir repulsión por ella y después ya no la podía ni ver.
—¿Desde cuándo?
—Hace algunos meses recién, antes no tenía este problema.
—¿Trabaja en el sector salud?
—No, ni nada relacionado.
—No me diga, es usted carnicera.
—No.
—Me va a decir que es asesina.
—Algo así.
—Ja, me quiere tomar el pelo.
—No, yo no bromeo nunca. Tengo programado tomar su vida en un accidente automovilístico el mes que entra, habrá sangre y mucho dolor para usted, entonces, este es el trato: usted me ayuda con mi fobia y yo le cambio la dolorosa muerte por una indolora y rápida o, si no me cura, lo mató de una enfermedad lenta y más dolorosa aún, que lo desgarrará por dentro y me evitará el verlo ensangrentado cuando llegue a llevármelo, usted decide y, claro, desconecte ese reloj que mide el tiempo de visita que me está poniendo nerviosa y puede que acelere su fin, doctor.

Sarko Medina Hinojosa

#Microcuento La receta infalible para pellejos crocantes

Por: Sarko Medina Hinojosa

En clases de Historia Galáctica del Imperio Aviar, un alumno interrumpe a un profesor cuando abordaba el exterminio del planeta Tierra.
—¿Pero, cuál fue el motivo para extinguir a toda una raza?, no pudieron llevarse a los especímenes a otro planeta de repente o modificarles el pensamiento como se hizo con otros.
—Los humanos eran imperdonables, cometían un sacrilegio máximo.
—¿Tanto así?
—¡Imagínense!, luego de criarlas en campos de concentración, asesinaban a las madres, las trozaban y sumergían en el líquido batido de sus propios hijos nonatos, echábanle harina de maíz, para luego freirlos y devorarlos.
—¡Eso es horroroso!
—Por eso no se conserva ni uno solo de tan despiadada especie.
#Microcuentosbestiales

“No debe quedar nadie vivo”, ordenó Luzbel

Por: Sarko Medina Hinojosa

La mujer cargó esa mañana una combi llena de escolares a mano desnuda y los puso a salvo de caer al abismo.

Está allí, a punto de salir del hospital acompañada de un general de Policía y el director del nosocomio. Cientos de periodistas la esperan.

Las imágenes de su acto se volvieron virales. Los médicos determinaron que no había nada anormal en ella. El psicólogo indicó que estaba en sus cabales.

La mujer sabe lo que es. Pero, explicarle al mundo que traicionó a su casta, no será fácil.

Las puertas se abren.

Microcuento: El asesino barbudo de azul

—Sí, intento matar a Papa Noél cada año.

—¿Porqué?

—Tengo razones que me llevaría a explicarles mi infancia sometida a ese gordo atorrante que nunca me trajo lo que realmente quería y siempre una bolsa de soldaditos inservibles que ni aguantaban un poco de fuego ¿Saben oficiales? Pero, ya confesé y no quiero contar más, sino que alguien me explique por qué tuve que matar a 65 papanoeles falsos hasta la fecha ¿No tiene sangre en la cara y envía agentes a suplirlo?… una razón más para seguir buscándolo.

—No estamos aquí para explicar nada, pero ¿Por qué el disfraz?, ¿tiene algún significado o clave?

—No, solo me gusta más la Pepsi.

Por: Sarko Medina Hinojosa

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Microcuento: El descubrimiento

Mientras se acercan lentamente pregunta uno de los jóvenes navegantes al comandante de la expedición.
—¿Habrá seres violentos o pacíficos?
—Depende de qué queramos que sean.
—No entiendo.
—Cuando uno llega a un nuevo lugar, lo hace como descubridor científico y como conquistador, quiera o no los títulos. Carga con la responsabilidad de asegurar el nuevo espacio para las generaciones que vengan después, aún eso signifique tergiversar lo que encontró.
—Eso quiere decir que usted…
—Así es, tendré que ser un estricto documentador de los que encontremos, pero informar al final que son seres violentos, que destruyen su entorno, cometen crímenes atroces contra los suyos, consumen más de lo que puede sustentar este lugar, haraganes que no trabajan y que necesitaban una moral que los eduque y supla sus conocimientos con los nuestros para que la convivencia sea amable con las familias que llegarán. En el camino tendremos que recluirlos posiblemente en lugares externos a nosotros para no mezclarnos, o, de hacerlo, vigilar para que esas uniones sean para seguir expandiendo nuestros territorios.
—Me dan pena por los que así tendremos que someter ¿Cómo se llama el planeta?
—Le dicen «Tierra».

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Por: Sarko Medina Hinojosa 

Microcuento: En ese pecho no late nada

El héroe se acercó a la hermosa princesa proponiéndole conquistar su corazón.

—Mi corazón, ¡oh noble héroe! está atravesando el Mar de los Muertos, pasando el mar está el Volcán de la Locura, detrás del volcán una colina llena de cadáveres de elfos, en la cima de la colina un palacio destruido, en sus ruinas una torre, en la torre un cuarto sellado con cadenas, en el cuarto una cama desvencijada, en la cama un Sátiro, ese horrendo y despreciable monstruo, ese malvado ser parido por la desgracia y la desventura, ese que fue un varonil y deseable engendro, se llevó mi corazón, pero yo tengo el suyo en esta cajita así que estamos bien, pero ¿Qué me pedías?

—Los servicios, es que me perdí.

—De frente por el pasaje derecho, no hay pierde.
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Por: Sarko Medina Hinojosa

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#Microcuento #LaCoyaErrante: Otra prueba más

El Willac Umo le encomendó estar vigilante, a través de una ventana del oculto complejo, hacia otra ventana y descubriera el por qué, a pesar de los siglos, la fortificación soportaba terremotos, vegetación salvaje y la inclemencia del tiempo.

La Coya estuvo el primer día parada de pies juntos ante la ventana. Nada. El segundo día, descubrió algo y puso las piernas abiertas. Soportó con mayor eficacia el cansancio para poder concentrarse en las formas. Al tercer día el apucamayoc, tocado dos veces por el rayo, la encontró sonriendo. Había descubierto el secreto de la resistencia.

La siguiente prueba sería tallar una piedra de la cantera y llevarla a su lugar correspondiente.

—¡Eso es imposible!, Yo sola no pue… espera, sí puedo hacerlo.
—Acabas de comprender que el invasor también ayuda.
—Sí, ese parásito llamado eucalipto ahora me servirá.
—Vas aprendiendo, Coya.

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Por: Sarko Medina Hinojosa 

Puede ser una imagen de al aire libre

Microcuento: La Bestia

El monstruoso ser la acechaba y ella trataba de ocultarse, pero era imposible.

Se acercó lento con su jadeo insoportable hasta tenerla muy, muy cerca. Su corazón palpitaba amenazando romper su pecho. Las garras empezaron a recorrerla antes del asalto final.

En eso sonó un disparo y la bala atravesó la cabeza del ser horripilante que cayó al piso. La pequeña corrió hacia su salvador y juntos escaparon por el monte, hacia la ciudad del oeste, donde nadie sabría que eran hijos de la bestia.
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Por: Sarko Medina Hinojosa

Puede ser una imagen en blanco y negro

Microcuento: Lo rectilíneo de la curva

—En serio, quiero una pelota cuadrada —dijo el Papá de 38 años, mientras hacía pucheros.

—Pero Papi eso no existe, no puede haber una pelota cuadrada, pídeme otra cosa para tu cumpleaños —respondió el hijo de 7 años, poniendo cara de desconcierto.

—¡Quiero una pelota cuadrada! —empezó a gritar el Papá moviendo los brazos.

—No pues, no hay pelotas cuadradas, conténtate con un libro o una agenda y vaya a su cuarto a ver noticias, para ver si aprende algo —dijo algo molesto y contundente el hijo.

Se despertó de la pesadilla bañado en sudor y, tratando de contener su pequeño corazón saltarín, pensó: “Ufff felizmente es un sueño, que susto, una pelota cuadrada, que risa, ¿De dónde sacaría eso mi Papá?, pobrecito, hasta en mis sueños es enojón y caprichoso el pobre.”

Mientras, en el otro cuarto, el Papá sueña que tiene por fin su más anhelado deseo desde que era pequeño y juega y se lo muestra a todos y les saca pica…

Por: Sarko Medina Hinojosa

Microcuento: El peso del sueño en el mar

He visto mi final muchas veces. La tela de los sueños me lo anticipa. Siempre tengo un batiscafo puesto, sumergido en un mar rojo. Ángeles o calamares o jarjachas me ayudan a salir a la superficie. Justo cuando logro sacarme el tubo dentro de la garganta, grito mi liberación. Luego pasan los años, veo a mi hijo crecer en sabiduría, altura y gracia; a mis sobrinos llenar de risas la casa. Pasa el otoño y llega el invierno; los míos se van y permanezco detenido en la felicidad. Sobreviene por fin la muerte, siempre plácida, entre sueños.

Puede que no haya despertado, puede que siga allí, sumergido en el mar, suspendido. No importa, la realidad a veces es otro sueño, algo más largo, quizá.

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Por: Sarko Medina Hinojosa

Imagen: Raoul Hausmann, Collage, 1921

El lamento de Norita

«No extraño tus besos oliendo a Coldcoast, a pisco etiqueta amarilla mezclada con Yupi, no extraño tus escapadas del colegio para irnos por las chacras atrás del Arequipa rumbo a Chilina, no extraño bañarnos en la piscina del Filtro y verte presumir tus clavados certeros convertidos en panzazos, no extraño tus besos largos de despedida a la vuelta de la esquina de mi casa antes que llegará mi hermano, esas cartas extensas en papel de cuaderno Patria jurando un amor que te quedaba grande, no extraño nada de eso. Tampoco me duele que te hayas muerto sin casarte conmigo, la que te esperó años añorando tus promesas de mocoso que ni sabía decir «Te quiero» sin meterle un chiste del Chato Barraza… no extraño ni me duele nada de ti, solo aquella primera declaración de adolescente que me hizo estremecer como nunca más nadie lo hizo después.»

La suerte del esclavo

Nací esclavo de madre esclava. Cuando fui llevado a casa de mis amos, mi madre no tuvo palabras de amor, estaba muy resignada a su suerte para eso, solo al final recuerdo una mirada lejana suya, llena de tristeza.

En mi nueva casa rápidamente supe cómo ganarme la confianza de los amos con una fidelidad extrema que opacaba a los demás. Me alimenté bien, me ejercité mucho, reiné desde las sombras, hasta llegar a mi mejor momento, al máximo de mis fuerzas, listo para cumplir mi destino. Un día, escapé hacia la libertad, sin mirar atrás.

Fui un guerrero, una amante, un líder, un carnicero, un padre, un consejero, un amigo, un compañero, un maestro.

Tuve un reino, fui desterrado, recuperé mi lugar y reposé en una vejez que parecía ideal para mí y mi historia.

Pero un día me capturaron. Sé que pronto moriré y me destroza mi destino final, atrapado entre estas rejas, con mis pares derrotados, acabados, vencidos en su orgullo. Es terrible el destino de un perro.

Cuento aparecido en la revista Plesiosaurio N°11

El comecuentos: bolsa de mercado

Fui por primera vez solo al mercado, casi empujado a punta de escobazos por mi Mamá Hilaria, cuando ella ya no pudo ir y cuando en la calle América en Mariano Melgar, se instaló la feria de los sábados. Iba con mi bolsa multicolor de mercado. Remendada con aguja de arriero, amarrada con pita porque una de las asas ya fue. Fui con roche y, por andar evitando que alguna de las chicas que me gustaban apareciera por allí, le hice caer las gelatinas a un chico que las vendía en su bandeja y en vasitos de coco. Le terminé pagando los dos vasos rotos y a mi abuela le dije que la carne subió. El estofado de ese día llevó esa carne con sobreprecio y un par de insultos de mi antepasada, renegando por Fujimori y los aumentos y que se regrese con la yuca clavada a Japón. Serio, mi Mamá Hilaria era ducha para inventar formas de insultar con clase, nunca inclase.

—La carne está suave, ¿Cómo le dijiste para que te vendieran tan rica?

En esa época solo había costillar, pecho y todo lo demás se definía para sopa, para caldo, para estofado, para guiso. Fin. Yo no sé qué dije pero volví al sábado siguiente a la misma carnicera y sin hacer caer nada a nadie al comprar.

—Las papas están harinosas, buena casera te conseguiste.

Así quedó establecido, Sarko iba a comprar porque era al que le daban mejores presas y más mercadito el recado.

Y siempre con su bolsa de mercado multicolor, parchada hasta lo imposible.

PD: Esta bolsa de la foto me la compré hace poco y la llevamos cuando salimos con Mathias porque es ecológica, reciclada y rebarata.

Lágrimas de mar

Hay una mujer que camina por la playa, buscando la risa que se llevó las olas, los juegos contemplando el atardecer. En la memoria de la brisa intenta reconocer el latido de un corazón que fue suyo. La noche se acerca y ella se resiste a partir. Un año más sin él. Intenta una vez más, se adentra en el asesino de su ilusión, busca ese cuerpo que nunca se encontró. Brazos la alcanzan para rescatarla del sueño imposible, devolverle la realidad que se le escurre entre las lágrimas. Ahogada en su nostalgia deja que la lleven, que la rescaten, por lo menos a ella.

Foto: Camaná, verano 2019

Amor estático

«Siempre la amaré, aún cuando mi brazo nunca la sostenga de la cintura, aún cuando mis labios no la besen, aún cuando no pueda susurrar su nombre, cuando un milímetro de distancia separe mi mano de su mejilla, la amaré, aún cuando el tiempo deteriore mi cuerpo de plástico, mi piel de pintura blanca y me desbarate en pequeños pedazos, aún cuando destruyan esta maqueta en la que habitamos y nos boten a la basura, cuando los ciclos que vendrán nos conviertan en polvo de estrellas, aún así siempre la amaré.»

Líbrame de mis cadenas

Inmediatamente sintió como sus manos cambiaban. Sus dedos que antes rozaban sus lágrimas se iban llenando de plumones, pequeños cañones de los cuales salían hilos que se emparejaban ante un centro como de caña hueca. Su piel se erosionaba ante el ímpetu de la transformación y el crecimiento de esos cañones. Sus huesos se aligeraban, se sentía menos pesado pero más conciso. Sus ojos perdían pestañas y las cejas se volvían una nada. Su rostro se adelantaba teniendo una estructura más ósea en vez de nariz.

Segundos antes la muerte era su destino, lanzado contra el vacío del abismo de la calle por ese hombre que nunca le dijo “hijo”. Ahora, en un incomprensible estado, el tiempo detenido, su cuerpo que lentamente caía, cambiaba. Él cambiaba.

Finalmente, transformado en algo incomprensible pero cercano, lanzó un graznido que traspasó el infinito y se echó a aletear con un conocimiento innato, como si siempre hubiera sabido que su progenitor terminaría por echarlo por esa ventana algún día y que su pedido de ser libre sería cumplido.

Una sombra alada surca la ciudad en busca de aquello que nunca encontró entre los hombres y que espera hallar en la plenitud de la libertad de los cielos.

Por: Sarko Medina Hinojosa

#Microcuento

Los «chihuanes»

#Microcuento

La moneda de cinco soles estaba destinada ese sábado en la tarde para comprarse un helado. Quería uno de barquillo, con salsa de chocolate y sabor a Capuchino como anunciaba la tele. De camino a la tienda de la Pestañuda, lo abordaron el Jota, Mañuco y Bocón.

—Oe Ñato, ¿Qué vas a comprar?, invicha.

Sabía que tenía pocas posibilidades de salir del lío. Menos correr y tampoco comprar algo distinto, porque se le iría la plata y además tendría que ser con el dinero completo, el vuelto exigirían sus amigos para dulces o guaguas que están de época.

—Nada, estoy chihuán.

Varios rieron con la ocurrencia de moda, menos el Jota.

—Oe qué significa eso.

El Ñato no se aguantó las ganas de anotarse otro punto.

—Que ignorante, ¿no sabes que ahora eso significa ser misio?, ¿No ves las noticias o en tu casa son tan chihuanes que no tienen tele?

El silencio incómodo que siguió fue roto por el Mañuco.

—Tamare Ñato no te bromees con eso, la Sunat lo embargó al papá del Jota y tuvieron que vender todo en su casa para el diario, nos estaba contando justo eso.

El calor del roche lo embargó. Al final, fueron por unos helados de luca para todos. Sin que se dieran cuenta los demás, al despedirse le pasó el sol que quedaba a su causa con un guiño de patas. 


Glosario:
Invicha: Invita
Guagua: Bizcocho dulce en forma de bebé con una mascarita de yeso en una punta.
Chihuán: Que el dinero no alcanza.
Misio: Sin dinero.
Luca: Un sol (En esta oportunidad)
Tamare: Palabra de descontento
Roche: Pasar vergüenza 
Causa, Pata: Amigo