Cuento de Navidad: El padre del Salvador

La casa no había cambiado en los últimos años, seguía con las mismas marcas del esfuerzo de sus habitantes por hacerla un hogar. El anciano estaba tosiendo desde hace un buen rato. Cuando se tranquilizó algo miró a esposa y luego a su hijo.

—¿Has terminado los estantes para Tobías, sabes que viene a recogerlos mañana.

—Sí Padre, no te preocupes los terminé esta mañana.

—Bien, bien, siempre has sido un buen muchacho Jesús, solo esa vez que te perdiste en Jerusalén y que nos hiciste preocupar tanto.

—¡Ay José, siempre te acuerdas de eso!—, dijo la hasta entonces la callada mujer.

—No es que reclame, solo me acuerdo María, solo eso.

—Padre, ¿De algo más te acuerdas?—, preguntó el alto joven.

—Nada creo, solo de una promesa hecha para ti, pero eso ya lo sabes, yo no puedo enseñarte a soportar lo que vendrá, pero sé que será algo muy fuerte pero lo harás.

—¿Más fuerte que correr el riesgo que los demás te apedreen por no cumplir tus votos de novio, viajar hasta desgastarte los pies hasta Belén y casi con las mismas escapar a Egipto a una tierra que no conoces, volver a tu casa y ser marginado por un pecado que nunca cometiste y que cargas como tuyo?, más que eso Padre no creo que se pueda pasar.

—Hablas porque eres joven, pero sí, pasamos eso con tu Madre y lo volvería a pasar hijo porque lo que tú harás no es ni la mínima parte de eso, no sé cómo explicarte, siempre fui un carpintero y no tengo conocimientos de los planes de Él, pero sé que todo tendrá una razón. Ahora tápame porque tengo frío.

Plácidamente el anciano se durmió para siempre. Mientras la Madre lloraba en silencio abrazada por el hijo, este sostenía la mano derecha del Padre fallecido. El joven intentaba grabarse en la mente la cantidad de arrugas, callos, cortaduras y heridas que tenía esa mano, sentía que le ayudaría en algún momento en que tuviera que pasar por algún sufrimiento y recordar ese silencioso sacrificio de su Padre terreno a lo largo de sus años juntos, podrían darle una extra de fuerza para afrontar lo que sabía vendría más adelante, cumplir esa promesa que le hiciera un ángel a José, el carpintero de Nazareth: una promesa de salvación.

JOSÉ-Y-JESUS-CARPINTEROS

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