Acerca de Sarko Medina Hinojosa

Periodista y escritor interesado en los temas urbanos y costumbristas, la música como expresión de la profundidad humana y las relaciones humanas como el eje de la existencia de la Sociedad.

El zorro de la memoria

Por: Sarko Medina Hinojosa

Lo esencial es invisible a los ojos” Antoine de Saint-Exupéry

Estaba en la sala junto a mi padre viendo las noticias. Es un momento diario ganado por mi pereza, antes de volver a los dos hijos con sus preguntas de las clases virtuales, mi esposa y sus problemas diarios. Luego le cambiaré el pañal a mi padre y lo acostaré. Tiene 55 años y nunca pensé que el Alzheimer lo atacara de esta manera, dejándolo como una hoja en blanco. Trato cada día de enfrentarme a ese dolor. Ha olvidado su nombre y todo lo que eso conlleva, su identidad, su propio ser. De allí que valoro estos minutos de vaguedad mental, cortesía de los insípidos noticieros limeños.

Escucho en medio de mi dormitar algo que me llama la atención: el reportero cuenta la historia de “Run Run”, un zorrito que vive libre en Comas. ¡Qué risa es el Perú!, dicen que lo compraron como un carrocho de raza Siberiano y en mayo se escapó en medio de los truenos que inundaron la capital. Vive desde entonces comiendo gallinas y cuyes, siendo amigo de los perros callejeros y durmiendo en techos de calamina. ¡Qué tal historia!

—Yo liberé a un zorrito cuando mi papá me llevó a conocer Cuno Cuno.

Miro a mi padre. No puedo creerlo. En dos años no formuló una frase que recuerde su pasado. La enfermedad se cebó en él como un gobierno dictatorial en un libro de Orwell.

—¿Qué recuerdas? —le digo con voz calma, ocultando mi apremiante curiosidad.

—Tenía cinco años, lo recuerdo. Íbamos con mi papá a su trabajo en la Mina de San Juan de Chorunga con su hermano Tito y, en ese lugar, antes de entrar al infame Bajada del Caracol, donde se dejaba el combustible, una familia tenía un zorrito de mascota. Mi papá quiso que jugara con él y mi tío que me saque una foto con su recién estrenada Kodak de cuboflash, pero el animalito no salía de su cueva. El caballero de la casa, para ganarse el real prometido, lo jaló fuerte al animalito y yo lloré. Me dejaron allí. Ellos entraron a comer trucha y tomar unas cervezas. Lo recuerdo bien porque a mi papá cuando tomaba, cantaba lindos waynos y también su correa cantaba. Pero no entré cuando me llamaron, me quedé mirando la soga. No sé por qué lo hice, pero solté al animalito a pesar de que escucharía silbar el cuero por mis orejas. Su color era como la paja del trigo y su lomito negro. ¿Será el zorrito que buscan?

Me quedé asombrado. Por la noche busqué sus álbumes de fotos. Allí estaba, una foto difusa con mi padre pequeñito, arropado contra el frío. Una especie de cuevita y la cuerda que luego dijo haber desamarrado detrás de él.

Al otro día, llegando del trabajo, pregunté a mi esposa si había vuelto a recordar algo, pero nada. En las noticias daban cuenta que al zorrito lo intentaron atrapar con drones, pero se les volvió a escapar, ¡Vamos Run Run, no te dejes!

—No sé qué fuera de mi zorrito, pero sí recuerdo que en casa trajeron a dos perritos para que cuidaran el techo. Yo era el encargado de subir y darles de comer. En el callejón entre el cuarto grande y los otros donde estaban los cachorros, tendieron un catre viejo, por el cual ellos pasaban libremente de un lado a otro. Una tarde me atreví a hacerlo y me caí. No me rompí nada, pero mi padre silbó su correa dándome de lleno y me prohibió volver a cruzar. Yo no quería hacerlo, pero, otro día me ganaron las ganas y cruce, pero ya no por el viejo armatoste de hierro, sino por la delgada pared encima de la puerta de calle. Es raro, siempre cruzaba y en ese segundo, me sentía libre, como un pájaro, no podría explicarlo, era la adrenalina de repente.

Desde ese día le cuento a mi padre sobre las aventuras del animalito y él me devuelve sus historias. Temo el día en que lo capturen, pero, Dios me perdone, tengo varios videos listos, para que, en la laguna del recuerdo perdido, encuentre siempre al zorrito que me devuelve a mi padre, aunque sea por un instante.

Comas: el zorro 'Run Run' escapó de señuelo, continúa libre y podría ser  llevado al zoológico de Huachipa | VIDEO | nndc | LIMA | EL COMERCIO PERÚ


Microcuento: El descubrimiento

Mientras se acercan lentamente pregunta uno de los jóvenes navegantes al comandante de la expedición.
—¿Habrá seres violentos o pacíficos?
—Depende de qué queramos que sean.
—No entiendo.
—Cuando uno llega a un nuevo lugar, lo hace como descubridor científico y como conquistador, quiera o no los títulos. Carga con la responsabilidad de asegurar el nuevo espacio para las generaciones que vengan después, aún eso signifique tergiversar lo que encontró.
—Eso quiere decir que usted…
—Así es, tendré que ser un estricto documentador de los que encontremos, pero informar al final que son seres violentos, que destruyen su entorno, cometen crímenes atroces contra los suyos, consumen más de lo que puede sustentar este lugar, haraganes que no trabajan y que necesitaban una moral que los eduque y supla sus conocimientos con los nuestros para que la convivencia sea amable con las familias que llegarán. En el camino tendremos que recluirlos posiblemente en lugares externos a nosotros para no mezclarnos, o, de hacerlo, vigilar para que esas uniones sean para seguir expandiendo nuestros territorios.
—Me dan pena por los que así tendremos que someter ¿Cómo se llama el planeta?
—Le dicen «Tierra».

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Por: Sarko Medina Hinojosa 

Artículo: El soporte familiar

En este tiempo de pandemia, la ayuda primaria para afrontar la crisis no vino del Estado. La primera ayuda vino de las familias y sus miembros. Varios quedaron atrapados en la declaratoria de emergencia en otras localidades, dónde fueron de vacaciones mayormente. Las familias se organizaron para dar un lugar para dormir, y convivir a los visitantes convertidos en refugiados pandémicos.

Al pasar las semanas y perderse los trabajos, fueron las familias las que se apoyaron, no solo en sus escasos ahorros sino en generar formas creativas de vender artículos por Internet, se generaron miniempresas e iniciativas. En algunos casos, cuando se permitió los viajes, se encontraron muchos con la disyuntiva de volver a la casa paterna e incluso de los abuelos. Muchos han logrado afrontar las clases virtuales gracias al sacrificio de ahorros de sus padres para comprar laptops. Otros, no han logrado mantenerse en las universidades o colegios, las decisiones fueron duras, pero la familia estuvo allí.

Estuvieron para conseguir un balón de oxígeno, organizar una parrillada para los hospitalizados, recogieron las cenizas, colaboraron para pagar los columbarios. Las familias acogieron a los que perdieron a sus padres, a sus hijos, a los abuelos. Los hermanos se amistaron, también se sanaron heridas.

No todo fue color de rosa y sabemos que la violencia y separaciones se incrementaron, sí, es verdad, debemos trabajar mucho más en valores y recuperar el sentido de unidad frente a la desgracia, porque esta pandemia nos ha demostrado que no somos islas y que unidos podemos afrontar las vicisitudes y que solos, nos hundimos.

Y la sociedad funciona así, con los niños que pasan hambre, los jóvenes que se sienten perdidos y los padres que no consiguen trabajo, los abuelos que nadie quiere tener, no son ajenos, somos todos. Recordémoslo.
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Por: Sarko Medina Hinojosa artículo publicado en Diario Correo. 

Microcuento: En ese pecho no late nada

El héroe se acercó a la hermosa princesa proponiéndole conquistar su corazón.

—Mi corazón, ¡oh noble héroe! está atravesando el Mar de los Muertos, pasando el mar está el Volcán de la Locura, detrás del volcán una colina llena de cadáveres de elfos, en la cima de la colina un palacio destruido, en sus ruinas una torre, en la torre un cuarto sellado con cadenas, en el cuarto una cama desvencijada, en la cama un Sátiro, ese horrendo y despreciable monstruo, ese malvado ser parido por la desgracia y la desventura, ese que fue un varonil y deseable engendro, se llevó mi corazón, pero yo tengo el suyo en esta cajita así que estamos bien, pero ¿Qué me pedías?

—Los servicios, es que me perdí.

—De frente por el pasaje derecho, no hay pierde.
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Por: Sarko Medina Hinojosa

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#Microcuento #LaCoyaErrante: Otra prueba más

El Willac Umo le encomendó estar vigilante, a través de una ventana del oculto complejo, hacia otra ventana y descubriera el por qué, a pesar de los siglos, la fortificación soportaba terremotos, vegetación salvaje y la inclemencia del tiempo.

La Coya estuvo el primer día parada de pies juntos ante la ventana. Nada. El segundo día, descubrió algo y puso las piernas abiertas. Soportó con mayor eficacia el cansancio para poder concentrarse en las formas. Al tercer día el apucamayoc, tocado dos veces por el rayo, la encontró sonriendo. Había descubierto el secreto de la resistencia.

La siguiente prueba sería tallar una piedra de la cantera y llevarla a su lugar correspondiente.

—¡Eso es imposible!, Yo sola no pue… espera, sí puedo hacerlo.
—Acabas de comprender que el invasor también ayuda.
—Sí, ese parásito llamado eucalipto ahora me servirá.
—Vas aprendiendo, Coya.

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Por: Sarko Medina Hinojosa 

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Artículo: Las redes sociales no aptas para menores

Tenemos un gran problema y la verdad no creo que sea fácil abordarlo. En un mundo en el que la pandemia nos ha orillado a usar sí o sí la virtualidad, retroceder sería un caos y lo demostraron las seis horas en que Facebook, Instagram y Whatsapp dejaron de funcionar el 4 de octubre. Las pérdidas económicas se calculan por miles de millones. Pero es necesario.

Hemos leído sobre los peligros de Internet, pero, pese a eso ¿Cuántos hogares en las computadoras han colocado programas de protección a los menores? Una apuesta que estoy dispuesto a perder es que muchos papás no saben que Discord no está permitido para menores de 18 años. Sí, el camino del Roblox a Discord es muy corto, lo sé, pero la misma red social advierte del peligro que representa que los niños se introduzcan en un mundo de específicas condiciones como son las conversaciones de gamers donde no todo es color de rosa.

Es un tema tan antiguo como la humanidad. El refrán dice: “la vaca se olvida cuando fue ternera”. Cuando uno es niño o adolescente, las restricciones que nos ponen nuestros padres nos parecen desmesuradas. Y no es así. Llevar revistas prohibidas al colegio, escaparse del colegio para ir al “vicio”, jugar a la botella borracha, ir a ver películas de horror o violentas en los cineclubs del barrio, quedarse con el vuelto de las compras y seguro full cosas que los de mi generación recordarán, quedan pequeñas frente a los peligros que hoy abundan en las redes y que saltan a la vida real.

Ciberbullying: en el cual por esas mismas redes atacan a un niño o adolescente, y justo, por hacerlo a escondidas o sin supervisión o confianza con sus mayores, provoca que carguen con el ataque solos.

Grooming es el inicio de un camino sin retorno, y es cuando un adulto engaña a un menor para tener un relacionamiento sexual: envío de fotos, audios, hasta tratar de concretar un encuentro en el que puede dañar permanentemente a un niño al distorsionar por completo su mundo socio afectivo y sexual ¿Cómo pueden contactarse con menores esos adultos? Por redes sociales.

La práctica del Sexting y luego la Sextorsión es una pandemia en el mundo. Adolescentes abriendo su espacio personal a otros adolescentes o adultos es mostrado en series y películas como un acto normal, olvidándose que algo que en una época sea “normal” no quiere decir que sea bueno. La instrumentalización de las personas en el plano sexual nunca será buena, solo lleva a los mismos caminos en la edad media o actual: Arrepentimiento, disociación de la realidad, aferro tóxico, embarazos no deseados, abandonos, muerte.

Para evitar eso, hay que dar un paso atrás. Sí, aunque signifique problemas en casa, gritos y lamentos, hay que hacerlo con amor, con paciencia, aquella que les faltó a nuestros padres, aquella que necesitamos como adultos, la paciencia para explicar porqué se desactivarán las redes, porqué se vigilará el contenido de Internet, porqué ya no habrá tal juego o servicio de streaming en casa, porqué el celular no se quedará en su cuarto y porqué las claves las tendrán ustedes. Queridos colegas papás, lo que han aprendido nuestros hijos ahora en casa sobre la virtualidad lo tendrán en mayor libertad cuando vuelva la presencialidad y allí sí, si no existe una franca conversación desde ahora de todos esos peligros, no habrá vuelta atrás ni forma de protegerlos, porque no confiarán en nosotros ni tendremos como ayudarlos.
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Por: Sarko Medina Hinojosa, artículo publicado en Diario Los Andes. 

Sarkadria: Sueño del ave

Y quisiera soñar ser grande y abarcar el mundo entero, con las corrientes del mar llegar a lugares donde sólo imaginamos los de mi especie. Saltar de roca en roca descubriendo manjares y velar porque las crías nazcan sin peligro.

Pero no puedo.

Y quisiera que el hombre no nos elimine solo por placer, para así no tener que cuidarnos en el vuelo, evitando los peligros de acercarnos a ellos, sin temor a que nos peguen, nos capturen, nos usen para adorno o comida.

Pero no puedo.

Y quisiera que las plantas crezcan libres, que se expandan hasta donde puedan, que allí vivan los animales de la tierra, sin que nadie, más que entre ellos, se coman. Hay un orden y ese orden se conserva, así lleguen grandes lluvias, así lleguen tiempos de seca.

Pero no puedo.

Y quisiera que las montañas sigan con hielo, que los ríos traigan agua y no se los mate, que en los océanos no floten restos que asesinen, que no arrastren en redes a aquellos que después ni para alimento servirán.

Pero no puedo.

Y quisiera que los humanos no compitan contra nosotros, que dejen de matar lo poco que queda, que no usen a su gusto la tierra, como si de un basurero se tratara. Cada día los veo caminando hacia donde ni siquiera ellos saben.

Pero no puedo.

Y quisiera poder mirar en el futuro y encontrar aquella paz, si alguna vez habrá, para poder adelantarla, contarle a los hombres el cómo lograrla y que sanen sus heridas.

Pero no puedo.

Porque para los hombres solo soy un animal sin alma, que no piensa, que no sueña, un objeto nada más.
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Por: Sarko Medina Hinojosa

Microcuento: La Bestia

El monstruoso ser la acechaba y ella trataba de ocultarse, pero era imposible.

Se acercó lento con su jadeo insoportable hasta tenerla muy, muy cerca. Su corazón palpitaba amenazando romper su pecho. Las garras empezaron a recorrerla antes del asalto final.

En eso sonó un disparo y la bala atravesó la cabeza del ser horripilante que cayó al piso. La pequeña corrió hacia su salvador y juntos escaparon por el monte, hacia la ciudad del oeste, donde nadie sabría que eran hijos de la bestia.
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Por: Sarko Medina Hinojosa

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Reporte: Violación tras violación tras violación…

Publicado el año 2009

En el cuaderno de reportes del caso de María, encontré una verdad más grande de la que esperaba. Todos sus problemas de pareja actuales partían de esa serie de violaciones que de niña le deformaron el concepto del amor. Todos esos detalles fueron pasados por alto por sus parejas y el actual esposo de ella tienen la misma definición a su comportamiento: “Está loca” me dijo. No saben la verdad más allá de lo que pasó…

FLORECIMIENTO TRUNCADO

Ella era una niña de sucia carita, porque allá en el cerro donde vivían no tenían agua como para darse el lujo de la limpieza. Ella era la menor de cuatro hermanos y todos dormían en la cama de la madre, separada desde hace mucho de su progenitor. Los días son parecidos: reclamos para que trabaje, para que limpie, para que barra, para que atienda a sus hermanos. Ella crece sin caricias ni abrazos, crece con la soledad en el pecho.

Hace su aparición por esos días un hombre que empieza a frecuentar la casucha de techo de calamina que tienen. Es extraño, pero la casa es un desastre y no debería serlo, los vecinos a pesar de padecer las mismas carencias, tienen la frentera barrida, un jardín ínfimo de geranios bien cuidados, los niños andan limpios y la madre trabaja en el mercado. María los ve felices. 

En su casa reina el caos de las botellas de cerveza que compra el hombre que se queda en las noches y ya desplaza a los hermanos a dormir en el suelo. En una de esas noches el hombre se asegura que la madre está ebria y dormida y se acerca donde esta recostada María. Ella es una niña aún, pero las manos del hombre la tocan como si fuera una mujer. La niña se pregunta por qué no toca a sus hermanas mayores, debe ser que ellas son ariscas, debe ser que ellas están despiertas y listas para gritar si el hombre se les acerca, ellas saben que está pasando… 

LOS CUÑADOS

Las manos del hombre se vuelven familiares y María hasta siente en ellas la ternura de una caricia muchas veces negada, hasta que la situación cambia, la madre ya no se emborracha y mantiene al hombre en la cama. Una mirada de furia y celos aparece cuando mira a la menor de sus hijas. María no entiende el rencor de su madre, sólo sabe que los golpes le llueven más que antes. Las hermanas, tal vez buscando escapar de esa escena, tal vez porque les prometieron amor, se metieron muy chiquillas con otros chicos de su edad y se fueron a vivir con ellos. Quedan el hermano de doce y María que tiene once años solamente.

Una vez la madre la manda a buscar dinero a casa de una de sus hermanas y sólo encuentra al marido de esta. El tipo no desaprovecha la oportunidad y somete a María, no una sino varias veces jactándose de que él es su “primer hombre” que lo recuerde bien. Al final de la escena la niña está tranquila, es como si supiera que eso es lo que sufriría, de repente en su mente esa forma de amor de queda grabada, porque el tipo en un intento de tapar su felonía le compra galletas, dulces, la besa, la abraza. 

María piensa que entonces que un hombre se suba encima de ella y la haga sentir cosquillas es normal, tanto así que en el cuarto donde vive la otra hermana la escena se repite una vez más, con la diferencia que esta vez el tipo la tiende de espaldas y le hace conocer un nuevo dolor. Ya la mente de la niña está deformada, el abuso sucede por varios años, tanto así que hasta un vecino de los cuñados aprovecha de esta situación para también violarla. Pero algo cambia, ella ya no siente placer cuando ellos están dentro de ella, porque ya empezó a notar que se burlan de su condición, que la insultan y hasta la sortean y le pegan. Ya no va entonces a las casas de sus hermanas y su madre se harta de que esté metida en la casa, porque los estudios nunca estuvieron en su vida, siempre fue tratada como una esclava, salvo que esa palabra para María no le dice nada. 

ESCAPAR

El escape de María sucede cuando su madre la bota de la casa, acusándola de que el padrastro ya empezó a mirarla con otros ojos y que de repente ella se quiera quedar con él. María no sabe que decir, casi nunca ha dicho nada en su vida por defenderse. Vaga por días en las calles, un borrachó intentó violentarla pero la furia de ella puso en escape al agresor, menos suerte corrió con un grupo de drogadictos que la llevaron hasta una torrentera y si no la mataron fue porque ella no se quejó. 

Así la encontraron los de la Policía en las calles, desamparada y con hambre y la increíble suerte de no estar embarazada. Luego, la historia hasta fue difundida por los periódicos, ¿se acuerdan?, fue el caso de la niña que estuvo en un albergue y que su hermana, para que manden a prisión a su ex conviviente, denunció la violación. La justicia tarda pero llega, pero en este país llega como un suspiro, ya que a los dos cuñados les dieron cuatro años de cárcel de los cuales sólo cumplieron 2. A la madre también la juzgaron, pero no le dieron condena de cárcel, al padrastro y al vecino penas menores y supendidas. María terminó de crecer con la ayuda de las personas que se interesaron en su caso. 

SEXUALIDAD DESHECHA

No le contó a nadie de su padecimiento anterior. La historia borra las huellas de los que quieren que así sea, pero las grietas del interior no sanan. De esa manera las parejas sexuales de María, siempre se quejaron de que era fría, que no respondía con placer. Su actual pareja no le importó demasiado eso ya que la quería para bien, se casó con ella y pensó que con cariño y amor le devolvería esa sonrisa de satisfacción que toda mujer amada debe tener. Falso. Lastimosamente la capacidad de tener un orgasmo de María estaba irremediablemente perdido, contarle al marido sobre las violaciones no causó sino que el pobre hombre creyera que el placer sólo lo sentía con esos hombres que violaron su niñez…

Están por separarse y María no sabe porque realmente, en su mente no entra las ideas de que fue esa situación en su pubertad la que ahora le afecta el clítoris. “Todo tiene su etapa y a ti se te adelantó una” tratamos de decirle para que reconozca primero la condición en que está, pero ella se niega, quiere que le digamos que le gustaría a su esposo que ella haga, porque ella ya le ha tratado de dar todo, pero lo que no puede evitar es llorar una vez que él termina de estar con ella en la intimidad…

Entonces hablamos con el esposo, y al final comprendió que todo tienen relación, que ella lo ama pero en la oscuridad de su mente aún acecha el peligro y el sometimiento sexual del que fue objeto. Él entonces comprende también que la única manera de superarlo es con una larga terapia de pareja, en la cual se incluyen dolorosas sesiones de regresión, de perdón para ella misma y sus padres, de confesión de que ella necesita ayuda, todo un sinfín de cosas que no deberían suceder, porque María debió crecer y enamorarse naturalmente y tener relaciones sexuales si es que ella las deseaba y con el cuidado y ternura que da el enamoramiento, ella no debería pagar las culpas de unos desgraciados que sin conciencia y peor que animales, se aprovecharon de ella… Lastimosamente como María en este país hay muchas ¿no?…

Por: Sarko Medina Hinojosa

Reporte: ¿Existen las conspiraciones mundiales?

Escrito en el año 2009

“Los culpables son los Otros”, es una frase que siempre se me quedará grabada de Mulder, ese personaje obsesivo de los Expedientes X que, sin querer, despertó en toda una generación noventera, la curiosidad de que si de verdad existen conspiraciones para tapar verdades incómodas en el Mundo.

Desde las conspiraciones para ocultar que, jugando se rompió el cisne preferido de cerámica de la mamá de tu mejor amigo, hasta las que sueltan virus para tapar las crisis mundiales, existen y existirán las maquinaciones, aunque no tanto las Religiosas o de Ciencia Ficción, sino unas más caseras y mortales. Por naturaleza el hombre es obsesivo, lo definió Freud en su momento, entonces es normal que tenga tendencias a tratar de ocultar la verdad que resulte incómoda, como lo demostró más contemporáneamente Al Gore y Leo DiCaprio, por no hablar de Roger Moore.

LA SUPREMACÍA DEL RATÓN MIGUELITO

Vamos a la carnecita: Los gloriosos Estados Unidos de Norteamérica aprendieron, más rápido que Vladimiro Montesinos a manejar una filmadora, que, en la II Guerra Mundial lo que permitió que pudieran ganar no fue su poderío militar, sino el poder de la gente, más claro: el miedo de la gente común y silvestre que, al saber que fueron atacados a traición por los ojos rasgaditos, se volcaron a las calles llevando aluminio y sacando de sus billeteras los dólares suficientes para comprar cuanto bono de guerra fuera suficiente para que, las patriotas empresas privadas, pudieran fabricar, a precios elevados, el material de guerra que se disparará en Italia, en Japón, en cualquier Filipinas que se pudiera con el fin de resguardar los valores americanos de libertad, derecho a comprar Coca Cola y comer Pie de Manzana, además de leer a Supermán (No es gratuito que el héroe tenga los colores de la bandera gringa ¿eh?).

Bueno, bueno, la lección está clara: métele miedo al norteamericano gordo común y verás como saca plata de donde sea para mantener el estilo de vida consumista de su país e irradiarlo cual Buena Nueva moderna. Lección aprendida querido profesor, ahora vamos a Corea y metamos miedo por lo Rojos Marxistas. Llega la crisis post guerra de Corea, no hay mejor manera de distraer la atención que inventarse nuevamente otra guerrita ahora en un país arrocero que está a punto de ser conquistado por los proletarios, metamos Napalm a montones que cuestan más, demos marihuana a los soldados para que crean que matar niños es una fantasía más de la irrealidad de su mentes embotadas (de paso la sintetizamos y la convertimos en una potente droga que comercializaremos en todo el mundo para meter lio en el patio trasero de medio mundo). Pobres jamaiquinos, la que fumaban en su época era casi inocua, no como la actual que es más fuerte que la misma Pasta Base de Cocaína. ¡Gracias América!.

VIENTOS DE CAMBIO

Pero, los empresarios comprendieron una cosa, no podían crear una guerra para mandar a sus hijos a morir masivamente de nuevo, era peligroso políticamente por ese entonces, para eso mejor alimentar la Guerra Fría. ¡Eureka!, tenemos a un barbudito con una islita ínfima y teñida de rojo comunista  y podemos mantener el miedo contra ellos por mucho, mucho tiempo. No pudieron. El comercio legal de compra y venta al público funciona bien, pero, Coca Cola and Company  comprendieron que la plata, la verdadera plata estaba siempre en las armas, así que se modernizaron, compraron las acciones con compañías alternas de las fabricas de pertrechos e incentivaron el tiro al blanco en diversas partes del mundo como Afganistán, países del África y de Asia. El negocio es rentable, en pueblos donde no hay agua se vende Coca Cola, ya que para ellos no hay restricciones comerciales. Sadam Hussein amenazaba a Estados Unidos con un vaso de negra bebida de fontanería en la mano, lo mismo que Hugo Chavez ahora.

Las conspiraciones no cesaron, las tabaqueras lo demostraron comprando voluntades de médicos. La vacuna contra la caries fue un aborto voluntario y la del Sida y el Cáncer corren el mismo riesgo. Los científicos, como cualquier ser humano, pueden ser comprados, amenazados, dispersados,  metidos en hoteles con prostitutas y drogados (Toledo se copió de esa técnica en Harvard) y así desaparecerlos del mapa y nunca más te acordarás de ellos ¿Okey baby?.

Llega el nuevo siglo y necesitamos reflotar la sociedad de consumo y poder abarcar el orbe en busca de materias primas que nos aseguren la alimentación, transporte y necesidades básicas de nuestros civiles contribuyentes… ¡Mentira!, necesitamos que los Gobiernos y terroristas en general sigan gastando su plata en la compra de armas, muchas armas, comida, pertrechos, computadoras balísticas y sinfín de cosas y que la plata salga de los consumidores. ¿Qué hacemos?, ¡Bajémonos las Torres!, costo social: 3 mil muertos, ya van años desde eso y los fríos derivados por la guerra superan los nueve mil y los millones gastados son obscenamente demassssssiados.

Pasado el quinquenio, ya no funciona mucho el “mete miedo” de la guerra, pero otro puede ser… La época de Bush y su alcoholismo pasó, necesitamos nuevas maneras de que la gente compre, ¡COMPRE!, tengo dos millones de chompas de colección que no se van a vender por la Crisis, tengo la maquinaria afectada porque se prefiere comer barato a comprar procesados por la Crisis, los gobiernos regionales de un paisito llamado Perú no hacen licitaciones porque están en Crisis, ¡Pues volteémosles el pastel!, saca uno de esos virus menos complicados y lánzalo en los aeropuertos , ¡El de México!, que esos chicanos me caen mal, así se expande en todo el mundo, mete miedo, la gente compra en chompas dos por uno y medicinas en carretilla, ¡Nos ganamos la Tinka! Y, por fin, ese gobiernito regional de Arequipa separa 4 millones para comprar insumos contra la AH1N1 y ni se preocupa por las 57 muertes de neumonía en la Región ¡Larga vida a Bayer y Pfizer!.

Así funcionan hoy en día las conspiraciones mundiales, y no tanto con la Iglesia metida en el asunto con sus Ángeles y Demonios, o los ET´s viniendo a conquistar nuestro planeta. Usted ya está conquistado y tiene su identificación de esclavo en el número de su tarjeta de crédito mi estimado, váyalo sabiendo de una vez.    

Ya sabes que viene no?, pues sí un remixeado del tema de los X-Files por el Blue Man Goup, transea entonses mi estimado/a

Uyyy tatito, mete miedo la conspira, judia-cristiano-estadouni-sulmán

Poema: Clamor

Desierta la sed del hombre, sin algo para beber, tanteando tal vez un manantial en tu ser. Más tarde que después te hallará, en algún juzgado terrenal, si te apiadaras de su clamor saciar…

¿Vendrás?, pues estamos tantos y tan pocos, y miramos que eres mucha y escasa para todos y te escondes en tus redes y nos derivas a la muerte solitaria de no saber más de lo sabido en nuestras memorias y después ¡QUE!, seguirás huyendo de nosotros como el cruel conejo del hambre del lobo, hasta cuando nuestras secas palabras te adularán y te pondrán en pedestal de gloria y tú, cual vil escoria, tratarás a nuestra ansiedad de saber más de lo que dicta nuestra perdida moral, que no hace más que sacrificar la libertad inherente en cada cual de nuestras conciencias, no tienes razón de morir en vano; ¡Revive!, brota como el pájaro que se quemó en sus propias pasiones, ¡Vuelve!, si estuviste, o nace si nunca empezaste, porque tantos estamos en espera dentro de nuestras conchas de metal, ansiando tu voz con solo nuestras fuerzas encausadas en un río de pálida-rojiza vergüenza, la que nos hace seguir en días de días, en la cruel senda de nuestras culpas; ¡Culpas?, si tantos y tan pocos sabrémonos culpables de humanas acciones y así levantamos la voz para preguntar: ¿Dónde llegarás?, ¿A quién en tu manto acogerás?, y seguimos el paso, en varas y mallas, en alambrados y reflectores, en barras y ranchos rancios, en patios cerrados, en sólidos muros y visitas cada miércoles, esperando tiempos, generaciones y dioses, cómo la cascada que limpiará nuestros corazones y parará la sed, ¡La gran SED!, de los que estamos en muchos y grandes monumentos a la Ley del Hombre, y que te ansiamos día a día en el desierto de nuestras esperanzas marchitas en papeles membretados, que navegan en el mar de los sellos de idas y vueltas entre secretarios malhumorados y licencias para comer de días y meses que archivan esos mustios pétalos donde van impresas las ganas de ver de nuevo el sol desde la plaza del pueblo, de la ciudad, de la calle que nos vio parir.

Mientras llegas, nuestra fe, finita o inconmensurable es, ya te puso un nombre, te marcó con su deseo y te llamó: ¡JUSTICIA!  

Por: Sarko Medina Hinojosa

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Artículo: Mirando a las estrellas

En un inicio la noticia es genial, que se encuentren exoplanetas fuera de nuestro Sistema Solar con capacidad para albergar vida, nos habla de una gran creación, de lo maravilloso que es la vida. Nos empezamos a proyectar llegar hasta allí. Y hasta allí llega la emoción. Luego la realidad nos sacude y nos regresa, ironía, a pisar tierra.

Y es que pensar en que la humanidad viaje a otros planetas solo podría lograrse con algunos conceptos bien claros: respeto por la casa en que vivimos, respeto por nuestra dignidad de humanos, responsables de esta roca que flota en el Universo.

Pensamos que los recursos naturales son inacabables, cuando estamos al borde del no retorno en ese aspecto, es decir que el daño a la naturaleza que ocasionamos con nuestra desastrosa intervención es irreparable y quedaría esperar los apocalípticos anuncios sobre la guerra por el agua, alimentos, hasta por el oxigeno. Mientras, seguimos usando el plástico de manera inconsciente, botando basura, no comiendo todo lo que compramos, abusando del agua cada día.

Por otra parte el respeto al otro es un tema nefasto. ¿Cómo respetarlo si solo lo vemos como un objeto? Cómo respetamos al otro si se quiere centrar nuestra humanidad en el sexo, sus variantes, sus posibilidades de expresión, su mercadotécnia anexa, el no detenerse a pensar las consecuencias biológicas o sociales de extender el pensamiento de que puedes ser lo que quieras y los Estados tienen que asegurarte medicamentos hormonales, medicinas, leyes y cuotas de poder en la sociedad solo por pertenecer a tal o cual colectivo. Mientras la pobreza aumenta y la violencia con ella, porque no todos pueden encajar en la nueva normativa que se está creado.

En vez de proteger a la mujer y a los pequeños, a los abuelos, a las minorías con discapacidades reales, nos enfrascamos en destruirlas como concepto para crear humanos sin normas morales y valores que les puedan fomentar un respeto. Si no tienes respeto por ti mismo y tu cuerpo menos lo tendrás por el de otros. Pero aún así nos perdemos en un sueño de ir a las estrellas cuando como sociedad nos estrellamos de cara. Mejor sería salvar la nave en la que habitamos… aún. 

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Por: Sarko Medina Hinojosa, artículo publicado en Los Andes

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Microcuento: Lo rectilíneo de la curva

—En serio, quiero una pelota cuadrada —dijo el Papá de 38 años, mientras hacía pucheros.

—Pero Papi eso no existe, no puede haber una pelota cuadrada, pídeme otra cosa para tu cumpleaños —respondió el hijo de 7 años, poniendo cara de desconcierto.

—¡Quiero una pelota cuadrada! —empezó a gritar el Papá moviendo los brazos.

—No pues, no hay pelotas cuadradas, conténtate con un libro o una agenda y vaya a su cuarto a ver noticias, para ver si aprende algo —dijo algo molesto y contundente el hijo.

Se despertó de la pesadilla bañado en sudor y, tratando de contener su pequeño corazón saltarín, pensó: “Ufff felizmente es un sueño, que susto, una pelota cuadrada, que risa, ¿De dónde sacaría eso mi Papá?, pobrecito, hasta en mis sueños es enojón y caprichoso el pobre.”

Mientras, en el otro cuarto, el Papá sueña que tiene por fin su más anhelado deseo desde que era pequeño y juega y se lo muestra a todos y les saca pica…

Por: Sarko Medina Hinojosa

Poesía: Tristeza

La infinita ternura de una madre al dormir a su niño,

La piedad de un misionero al rezar por un moribundo,

Mi orgullo al mirar mis manos calcinadas en el trabajo,

—-Son sentimientos tan reales, tan ficticios——-

Los sueños de un niño mirando las nubes,

Los mares de sangre y terror volcados en mi país diariamente,

Tus llantos al despedirte del amor que dañó tu corazón,

—–Son sentimientos tan palpables, tan irreales——-

Hoy que estoy tan triste

Y la pena me pesa un universo

No quiero verte de colores

En un día de insípido sabor.

Busquemos a la noche

Y en ella ocultaremos juntos

Las penas que me embargan.

Los días de caminar en inocencia,

Me arden en el pálpito de saberlos vacíos.

Un sábado violeta, la soledad de un farol roto

Los lagares de mustio vino bebido por tantos tontos,

Me despierta la furia que me condena.

La tristeza lucha en mi pecho contra la calidez de tu compañía

Y mis ojos de gris se disfrazan para la pantomima de saberme desolado.

Los anhelos se van de mi mesa,

Tus sacudidas me suenan a metal,

Me causa envidia tu ánimo por caminar

Las hojas me rozan la cara húmeda del mar que desbordó mis ojos.

Quédate entonces

Quédate que el día morirá un poco más allá.

Buscaremos un camino muerto de sal y lo acariciaremos

Para que nazcan colores al costado de su columna vertebral

Llegaremos al límite del sol en la tierra

Y nos dejaremos bañar con sus llamas

Y al ingresar a la noche resaltaremos las estrellas

Hoy que me decidí a no estar callado

Tu risa ante mi inutilidad me vuelve a animar

Hoy que mis extraños deseos se estaban convirtiendo en cenizas

Que ahora recogeré en el mar de tu cuerpo

Acompáñame amiga de mis días

Sacúdeme de la soledad mustia

Mójame las manos con tu sudor

Revélame el milagro de tu aliento en mi cuello

Sacúdeme con el terremoto de tus olvidos

—–Entonces—-

Me voy callando mejor

Porque veo al niño cumplir con su destino

Veo al pueblo levantándose contra el tirano

Siento que te sacudes del pasado y avanzas conmigo hacia lo desconocido,

Valiente y sin miedo…

¡Vamos entonces en silencio y haciendo,

Devorando la tristeza para transformarla en materia,

Que inyecta alegría y diáfana paz!

No me importa que me llamen iluso al vencer a la tristeza,

Hoy lo haré contigo,

Mañana otra nueva batalla nacerá, la cual habremos de vencer

¿No lo piensas así?   

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Por: Sarko Medina Hinojosa

Esperando a Pablito…

Texto escrito el 2009.

Te escapaste una tarde de enero… te recuerdo esa mañana con tu pelo rebelde sin lavar en un intento de decirme algo que pensaba sólo eran las ganas de no echarte agua encima. Te pregunté qué querías desayunar pero no dijiste nada y eso me enojó y te mande sin comer nada al colegio. Sentía que debía preguntarte más, pero callé, soy adulta, soy madre-padre, soy humana, y no lo hice y te dejé marchar…

El 97% de los adolescentes que fugaron de sus casas en la ciudad de Tacna, tuvieron como motivación líos de amor y bajo rendimiento escolar, según informaciones propaladas por el Diario La República, brindadas por la Sección de Personas Desaparecidas de la Policía Nacional. ¿Nos sorprende?, no, a nadie, pero no deja de ser alarmante que los padres, a pesar de saber que sus hijos en la adolescencia pasan por periodos de rebeldía causadas por depresiones propias de su edad, no actúen a tiempo para evitar un  desenlace  muchas veces fatal.

Las horas se me pasaron en el día volando. El corazón se me oprimía por algo que no podía identificar. Al llegar el mediodía me dirigí a nuestra casa para prepararte el almuerzo para que lo comieras cuando llegarás del colegio. A pesar del enojo en la mañana, te preparé el lomo saltado que siempre te gustaba con bastantes papas fritas. A tu hermanito lo recogí del jardín y me lo llevé a la casa para juntos esperarte.

Generalmente los adolescentes que huyeron de sus casas son parte de las llamadas “familias disfuncionales que en nuestro país superan el 70% de los casos, según datos del último censo en el país. Este tipo de hogares que dejaron de ser atípicos para consolidarse como la “normalidad” hoy en día, adolecen de alguno de los progenitores, en su gran mayoría del padre, que se separó de la progenitora, dejándole el peso de criar a los hijos. Las menos de las veces, son de padres que fueron abandonados por sus esposas. A la par de este último de los casos está el de los abuelos que crían a sus nietos por que los padres se los dejaron de encargo por diferentes y variadas excusas.

Nunca revisé tus cuadernos Pablito, nunca te pegué por tus rojos en la libreta, nunca te dije que sentía mucho que tu papá nos dejara, nunca te conté quién era el papá de tu hermanito, nunca te pregunté sobre una enamorada, nunca te pedí disculpas por mis carencias, por mis defectos, por mis enojos, por mis palabras duras. A veces me sentía frustrada por la vida que llevamos y me desfogaba contigo. Ahora sé que tú acumulaste todo y te explotó el corazón de cólera y te fuiste…

Según el juez de Menores, Jorge Luis Carranza, existe un gran abanico de razones por las que los chicos se fugan de su hogar. Cuando se trata de mayores de 14 años, en general son “chicas que se escapan con los novios debido a que sus padres se oponen a la relación”. Sin embargo, hay casos mucho más graves y complejos: el juez asegura que muchos de los niños y adolescentes que se ausentan de su casa es porque allí son víctimas de violencia familiar y hasta abusos sexuales. “Hay chicas escapadas que han sufrido un abuso familiar silenciado durante años”, contó Carranza.

Recién en estos últimos días, después buscarte por semanas, de ir a los noticieros locales, de pegar tu carita en varios postes, me han contado algunas cosas sobre ti, sobre uno de los vecinos, sobre tu timidez, sobre por qué él también desapareció. Ahora todo da un vuelco en mi vida. Nunca te conocí o nunca quise darme cuenta de quién eras  para mí: mi hijo, eso solamente, no el que me iba a sacar de la pobreza, no el hombre que nos sacaría adelante, no la salvación de nuestra casa, eso no eras, eras solamente mí hijo y ahora tengo que acusar al Jualián ese para que lo busquen y te encuentren también a ti. ¿A dónde te llevó?, ¿Dónde estarás durmiendo?, ¿Quién te estará lavando la ropa o te estará alimentando?. Vuelve hijo, no me importa lo que has hecho, no me importa quién eres, me importa que estés bien y podamos reconstruir nuestra familia, pese a la pobreza, a los dolores, al pasado, ¡Podemos hacerlo hijo vuelve por favor!, escucha a tu madre que cada día ora para que regreses sano y salvo a nuestro lado, tu hermano y yo te esperamos…  

Coda

Pablito nunca regresó. Han pasado 10 años desde su desaparición de su casa en un barrio del Cono Norte en la ciudad de Arequipa. En estos años se comunicó con su madre algunas veces, para decirle que estaba trabajando en la Selva de Madre de Dios. Ella sospecha que la persona que lo llevó lo utilizó como esclavo hasta que pudo escapar. La vergüenza y los años que pasaron al parecer pesan en el ánimo del muchacho que ahora tiene 25 años.   

Artículo: Libros que marcan

Hace algunos años el escritor y amigo, Juan Carlos Santillán (fallecido en esta pandemia) me retó a publicar siete portadas (una por día) de los libros que más me gustan en mi muro de Facebook y a la vez retar a otros. Fue una experiencia agradable y que me dio pie a compartir también el porqué me gustan los elegidos. En su recuerdo comparto la lista:

1.- “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez lo leí a los nueve años, embelesado, como si alguno de mis abuelos me contara una de sus historias, intuía que allí estaba la magia, la alquimia que lo transforma todo. 2.- La novela “La Guerra del Fin del Mundo” de Mario Vargas Llosa es con mucho la mejor que he leído de él hasta ahora. Tiene todo lo que me gusta de su pluma: lenguaje exacto, datos relevantes, vueltas de tuerca, los personajes son los que guían la lectura y no el narrador. 3.- Los “Geniecillos Dominicales” de Julio Ramón Ribeyro, me marcó con fuego desde siempre, es un genio urbano este escritor peruano que supo darle matices irónicos a su propia biografía para escribir este retrato de las calles limeñas de mitad del siglo pasado.

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4.- La saga “Fundación” de Isaac Asimov es un gran recuerdo de horas de buena lectura ¿Qué tiene de interesante? Todo, al crear una historia que representa 30 mil años de historia de la humanidad y su desarrollo en esta galaxia. ¡Y todo con Ciencia Ficción dura! 5.- “Amor mundo y todos los cuentos”, de José María Arguedas me nutrió de esas vivencias andinas que necesitaba para comprender que es posible salvar y cohesionar nuestra realidad fracturada por el resentimiento centenario que arrastramos con un futuro reconciliado. 6.- “Las Intermitencias de la Muerte” de José Saramago me nutrió de recursos literarios muy interesantes para comprender que el lenguaje es un regalo.

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7.- Debo confesar que con Ernesto Sabato tenía sentimientos encontrados. Leí en un mal momento anímico “El Túnel”. Hasta que llegó “Antes del fin”, un libro hermoso por donde se lo mire, sencillo y con las más profundas reflexiones del gran escritor. Yo me sentí esperanzado. Se reconciliaba con su dolor, su depresión, aceptaba a la humanidad como es, pero confiando en los jóvenes el verdadero cambio. Aún lo creo también. Lo animo a usted querido lector a salir a buscar a esos amigos que acompañaron sus sueños de adolescencia y juventud y compartirlos o de repente buscar nuevos amigos literarios que nutran de nuevas perspectivas sus días.

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Por: Sarko Medina Hinojosa, artículo publicado en Diario Los Andes

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Poesía: A los 42

A los 42 el cabello no obedece
y las canas no piden permiso
el cuerpo no quiere pero las ganas pueden
la ropa es de década en uso
los amigos se vuelven imprescindibles
la muerte te golpea más duro
los recuerdos son de acuarela
los «hubieran» pesan más
las alegrías son sinceras
el café es sangre y circula a borbotones
hay un ojo que se entrecierra suspicaz
una pierna empieza a curvarse
aún puedes desbarrancar a algún faltoso
pero ya estás en la edad de saber que no servirá de nada
sabes porqué opinas como opinas
pero te da flojera explicarle tu vida a los demás
escribes en la mente historias que en la tarde olvidas
la memoria te hace bromas
y te recuerda cosas que prefieres olvidar
y te devuelve lloros que aguantaste 20 años en soltar
estás en la mejor época
pero sabes que llega el atardecer
lo que digas definirá lo que se viene
y ya no hay décimas oportunidades
a los 42 sabes tan poco como a los 8
pero lo que sabes por lo menos te es útil
para esquivar una bala
sobrevivir si la cosa empeora
a limpiarte la vida y el cuerpo
con hojas del campo
a hacer fuego para quemar al mundo si es necesario
y cantas y bailas y ríes y amas y abrazas como si ya no hubiera mañana
y duermes y consumes como loco todo el arte y opinas y comes y vuelves a ver la misma película porque quieres y escuchas la misma canción seis meses sin vergüenza
como si nadie te reconocerá en el epitafio adelantado, que escribes, mientras esa barba, revoltosa, nunca por nunca, obedeció al régimen de tu cara

Por: Sarko Medina Hinojosa

Microdiálogos: ¡Arriba Perú!

—¿Oye qué opinas del partido de mañana?

—En estas circunstancias conmemorativas tenemos las seguridades preminientes de una delantera de perfectas variantes intermitentes que permitirán el desahogo de la multitudinaria tanda de perfecciones dinámicas que nos permitan mirar de cara al futurismo.

—¿Qué?

—Si nos meten un gol, sonamos.

Microdiálogo: Que la magia no se pierda

—Papá, te quiero preguntar algo.

—Dime, Mathias.

—¿Por qué cuando crecen las personas se vuelven tan realistas?

(El día anterior, en un ataque certero a su inocencia, la profesora sustituta en su colegio se le ocurrió confesarles a todos los niños de su clase de 5to de Primaria que Papa Noél no existe y que el Hada de los Dientes tampoco, así como otras figuras imaginativas de la niñez)

—Creo que es porque empiezan a tener responsabilidades consigo mismos y quieren resolver todo con la lógica. Te confieso que a mí me pasó lo mismo en algún momento, pero, felizmente decidí un día que no tenía todas las respuestas y la realidad era tan mágica que no podía definir si algo no existía en realidad.

—¿Cómo es eso?

—Creí firmemente que si dejaba de creer en que existían cosas maravillosas allá afuera, dejaría de escribir. La imaginación nos permite pensar en cosas que de repente en la realidad no existen pero que podemos lograr. ¿Eso es magia?, creo que sí, de otra manera cómo explicaríamos que una persona puede crear pinturas, esculturas, diseños como los que haces, cuando en realidad no los imagina o por lo menos no trata de arrancarle al futuro esa idea para traerla al presente y empezar a volverla realidad. La imaginación en pura magia, pero los adultos a veces nos olvidamos de ella.

—Sí, creo que al crecer nos volvemos aburridos.

—Por eso debemos siempre mantener la llama de la imaginación. Hagamos una promesa.

—¿Cuál?

—Nunca dejemos de imaginar y de creer que la magia existe en nosotros. ¿Promesa?

—¡Promesa, papá!

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#Artículo: Política Latinoamericana según García Márquez

Artículo escrito el año 2008

En el cuento “Muerte constante más allá del amor”Gabriel García Márquez logra, queriendo o no, describir como es el proceso real y concreto de la política Latinoamericana de esos tiempos añejos y de los más recientes y atolondrados. Basta solo leerlo para identificar las maniobras “psicosociales” actuales que utilizan los gobernantes de países tan cercanos como Argentina o Venezuela y, por supuesto, identificar la fanfarria proselitista que se utiliza aquí en nuestros pagos peruanos.

Vayamos por partes y encartes. Para el primero vemos a un senador Onésimo Sánchez al cual ya se le da una fecha de muerte, pero es solo literatura propia de Gabo. Lo interesante viene cuando se describe la campaña electoral que retoma cada cuatro años. Nuestros políticos sacuden sus anchas posaderas cada nuevo periodo electoral para calzar las clásicas botas Hi-Tec o Caterpillar para recorrer los rincones olvidados de este país, los cuales nunca volvieron a pisar luego de electos.

En el caso del personaje, está acostumbrado a este trajín y conoce la estrategia, abarata costos y hasta se da el lujo de estar “plácido”. Como en toda campaña moderna, se sabe que el “estrado” es la mejor técnica política de llegada masiva, por lo cual, lo mismo que los ayudantes de campaña del senador Onésimo, también actualmente se prepara con anticipación el clima para poder aparecer en un entablado dispuesto con anticipación, donde los primeros en llegar siempre serán los puestos de comida y la música que nunca habrá de faltar en tales espectáculos.

“Por la mañana habían llegado los furgones de la farándula. Después llegaron los camiones con los indios de alquiler que llevaban por los pueblos para completar las multitudes de los actos públicos. Poco antes de las once, con la música y los cohetes y los camperos de la comitiva, llegó el automóvil ministerial del color del refresco de fresa.”

¿A alguien le recuerda algo?, las “portátiles” se vienen a la mente, el baile del “Chino”Rossy War, las canastas pre-mitin y demás pintorescas maneras de llenar plazas. Un ejemplo lo vivimos en la Plaza del Congreso allá en Buenos Aires-Argentina cuando los cantantes de “Chacarera” animaban el mitin Kirchnerista mientras habitantes de Villas Miseria bebían licor y se drogaban con mariguana a los costados de la plaza ante la vista y paciencia de una Policía inutilizada por órdenes superiores.

LOS DOS LADOS DE LA MONEDA

“… al subir a la tribuna sintió un raro desprecio por quienes se disputaron la suerte de estrecharle la mano, y no se compadeció como en otros tiempos de las recuas de indios descalzos que apenas si podían resistir las brasas de caliche de la placita estéril. Acalló los aplausos con una orden de la mano, casi con rabia, y empezó a hablar sin gestos, con los ojos fijos en el mar que suspiraba de calor. Su voz pausada y honda tenía la calidad del agua en reposo, pero el discurso aprendido de memoria y tantas veces machacado…”.

Los discursos grandilocuentes son parte del breviario político de muchos y hasta lo lujos del tránsfuguismo hace que mejoren los discursos, alcanzando notas de verdadera inspiración al defender lo indefendible y justificar lo injustificable como por qué votaron por tal ley o porque renunciaron al Partido (y a los votantes) que los llevaron al puesto público que ostentan.

“El senador estaba en la habitación contigua reunido con los principales del Rosal del Virrey, a quienes había convocado para cantarles las verdades que ocultaba en los discursos. (…) -Entonces -dijo- no tengo que repetirles lo que ya saben de sobra: que mi reelección es mejor negocio para ustedes que para mí, porque yo estoy hasta aquí de aguas podridas y sudor de indios, y en cambio ustedes viven de eso”.

¡Cuánta verdad existe en el párrafo anterior!… los negociados se hacen de doble entrada, con los representantes de las bases partidarias, a los cuales se les promete una cuota de trabajo y con los colaboradores económicos que apoyan las campañas, a los cuales inmediatamente de asumir el cargo, se les hace cumplimiento sagrado de los beneficios. Las licitaciones, entonces, empiezan a tener nombre propio, las leyes que benefician a un sector empiezan a votarse con mayor prontitud y, por supuesto, la pobreza de un gran sector de la sociedad es asegurada porque ¿De dónde se obtendrán los votos para la campaña siguiente?

El clientelismo, como se sabe, es una virtud del Capitalismo y de la política neoliberal que viven nuestros países, el cual es muy difícil de extirpar, necesariamente porque son de utilidad política, como ya lo demostró en la campaña presidencial el Partido Aprista y el mismo Partido Nacionalista. 

CODA

Finalizando el cuento, Gabo muestra una realidad más oscura y degradante, la de los favores políticos a nivel personal, y si bien Laura Farina es una joven que se ofrece como parte del pago de la necesidad final de su padre, esto se puede interpretar de las mil y una maneras como desde milenios se viene haciendo política, pero, ¿Por qué seguir así?, ¿Por qué no cambiar la historia con perdón del insigne Premio Nobel? El final es una mezcla de justicia divina y de escarnio público para Onésimo, realmente, y sin pecar de extremista, no deseamos algo así a varios políticos y politiqueros de nuestro medio, pero si un escarmiento que deberá llegar en Esta o en la Otra, como también proclamaba en alguna ocasión Gabo… Analicemos y actuemos para que así sea.

Speech Maker — Image by © Images.com/Corbis

Poema: Soledad en tu piel

Para que quieres que

te diga que te amo

más que a la carne

que me cubre, que te

alimenta la pasión,

que me cobija en la

noches sin ti, que me

transforma en

este esperpento

llamado humano, que

descansa después

de caminar por la

ciudad, que alimento

con raciones de

economía y cáncer

a distancia, que

se levanta día a

día a buscarte, que

se emociona

gallinaceamente al

tocarte, al sentirte y olerte, al

penetrarte y absorbente, que

te amo más que este envase

superficial que amas cuando

esta limpio y adoras cuando

se mezcla con tu sudor,

examinas en las noches

de tu vigilia y besas sin

que me de cuenta en las

madrugadas de tus huidas

 impiadosas…

Para que quieres que jure

que te amaré hasta la

putrefacción de esta materia

que me restringe las alas

que tengo para elevarte por

los cielos purpurados de

la guerras cotidianas y

tormentosas de los pueblos

que vanaglorian al ser humano

y no comprenden que en ti

está la magia del amor completo,

más, aún insistes en que haga

juramentos, mezcle mi sangre

con la tuya y haga una pira de

cuerpos al sacrificio de tus

pechos de ensalmo y turbia

materia que me enloquece

cuando intento responder que

no es necesario decirte que te amo.

Pero no me entiendes y aún pugnas

por boquear aire mientras te

entierro en mis ansias de fundición,

en esta decisión completa de fundirme

piel con piel en ti y para ti porque ya

no soporto tu pregunta sobre mi amor,

si por ti estoy matándonos a los dos en

este momento en que, nuevamente,

se juntan las estrellas con los altos

pinos de este bosque que servirá

de tumba abierta al juramento

que te hice de responder tu pregunta

cuando estemos más allá del umbral

de la soledad de tu piel…  

#Sarkadria

Por: Sarko Medina Hinojosa

Nuevos textos

Destacado

Hola, en estos años este blog ha servido para publicar aquello que escribo en narrativa, crónicas y microcuentos. Pero en realidad trabajo mucho más que eso, en el ámbito periodístico escribo artículos de opinión para diversos medios así como especiales de tanto en tanto. En poesía también tengo producción y fotografía igual. Entonces para no perderse incluiré en el título el campo del texto a compartir, si es artículo, crónica, microcuento, foto, poema, etc. Hay unos textos que se llaman Microdiálogos, que son como anécdotas que me pasan o conversaciones que quisiera tener con alguien, es algo difícil de definir cada cual le dará su interpretación.

Muchas gracias por seguir este espacio de divulgación de mi trabajo. Saludos y gracias.

Sarko Medina Hinojosa

Artículo: La música y la salud del cuentero

En algún momento de los talleres que dicto en una universidad local, toco el tema de la música como disparador creativo para la construcción de narraciones. Animo a mis alumnos a componer un texto al escuchar alguna canción que les agrade, o que descubran en el camino dejando en aleatorio el reproductor que escojan. Beneficios de la digitalidad.

Casi desde pequeño descubrí el poder de la música. En las reuniones juveniles que se organizaban en casa con mi madre y amigos de la universidad suyos, escuchar canciones interpretadas a punta de guitarra y verlos disfrutar de waynos zapateadores, me hizo reconocer una alegría gratuita.

Con el tiempo se formó mi propia lista de canciones favoritas. Cuento siempre esa anécdota a mis alumnos: tarareando a través del teléfono, un discjockey de una radio local, allá por el 86 u 87, descubrió la canción que le pedía, cual era “Mr. Roboto” de Styx; otra que cuento es que, después de cuatro años, pude ir a un concierto de Mar de Copas y disfrutar de la canción “Suna”, en vivo y en directo, la cual una noche del 2001, me ayudó a pasar un mal momento que vivía. Tantas historias relacionadas pero que, sin querer, hacen descubrir hasta los beneficios a la salud de ser melómano.

La música reduce la ansiedad al rebajar los niveles de cortisol, la hormona relacionada con el estrés. Contribuye a reducir el dolor al hacer que se liberen endorfinas, que actúan como analgésicos naturales. Ayuda en desórdenes neurológicos como el Alzheimer, Parkinson o Autismo. La música fortalece el sistema inmunológico al aumentar la producción de plaquetas, estimula los linfocitos y la protección celular.

Escuchar canciones que nos devuelvan a mejores épocas, aumenta el optimismo y protege el envejecimiento cerebral, en especial combate la depresión. Reduce la presión arterial según una investigación de la Sociedad Estadounidense de Hipertensión, en Nueva Orleans, indica que escuchar 30 minutos de música puede reducir significativamente la presión arterial alta. En este caso música instrumental, aunque a veces escuchar Rhapsody on Fire me ayudó a relajarme antes de alguna prueba.

Y para aquellos que tocan algún instrumento, según un estudio publicado en la revista Frontiers in Human Neuroscience, tocarlo reduce los efectos del deterioro mental asociado al envejecimiento.

Una última anécdota: una canción de mi niñez se quedó en mi mente y me acompañó décadas, con su intenso solo de saxofón. Una semana del 2011, le pregunté a Wilber Ávalos, de Radio San Martín sobre la canción y de nuevo la tarareé. Me devolvió el nombre correcto del tema y me reencontré con una amiga que nunca más me abandonará y que significa mucho para mi como es la impresionante “Baker Street” de Gerry Rafferty. Mi querido amigo y colega periodista Jorge Luis Zuloaga Pinto, fallecido algunos años atrás, estaría de acuerdo conmigo en estos momentos. ¿Como esa canción nos unió más en amistad?, algún día lo contaré, mientras, disfruten ese solo de saxofón glorioso.

Baker Street – Gerry Rafferty https://www.youtube.com/watch?v=NhJNX6yYEDE

Mr Roboto https://www.youtube.com/watch?v=uc6f_2nPSX8

Suna  https://www.youtube.com/watch?v=PJHGfN225g8

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Por: Sarko Medima Hinojosa, artículo publicado hoy en Diario Los Andes

La suerte del burro

Lesbos - Bezienswaardigheden Griekenland

Cuando muera, quiera Dios que me recuerden que fui un buen padre, pero no será así. Me recordarán por mi esposa.

Es verdad, de no ser por ella ahora no tendríamos nada: ni los taxis, ni la casa y menos los hijos salidos de la universidad.

Yo por mi parte me declaro burro con “V” mayúscula. Allá en mi juventud mi padre me mandó a la mina porque solo servía para abrir surco y echar semilla, pero luego para nada más. En esos tiempos entré a trabajar en Orcopampa y ¡Oh sorpresa! aún sigo ligado al trabajo de socavón.

Mi vida era monótona y bien borrachosa. Los fines de semana en los días de recambio bajaba al pueblo y allí me metía entre pecho y espalda la mitad de la tienda. Pura caña me gustaba. Allí conocí a mi esposa: Juanita.

Bonita era así con sus trencitas y sus ojos de taruquita que me rehuían. Yo la enamoré con mis canciones, aunque ella jura que fue por lo gracioso que me ponía cuando tomaba. Cuando le pedí para irnos a vivir me mando por el desvío. Ella quería boda. Yo ya estaba maltón, tenía plata en el bolsillo y ¿Por qué no? me preguntaba. Ya conté que era medio burro así que no pensé tanto y me casé con ella.

Recién conocí algo de su historia. Papás posesivos que no la querían mandar a estudiar a la ciudad y ella saliéndose a buscar trabajo.

Al principio las cosas no nos fueron tan bien. Yo no calculé que había que alquilarle un cuarto propio y que tendría que dejarla pensionada porque del trabajo en la tienda ya no la querían. Los primeros meses la veía poco y hasta celos me entraron. En una de esas la encontré conversando con un hombre en la puerta de nuestro cuarto y le crucé la cara con una cachetada que hasta ahora me la recuerda. El tipo resultó que era su hermano que vino a verla desde Andagua. El puñete que me dio tampoco se me olvida, pero bien merecido lo tuve.

Luego de los arreglos y disculpas, nos dijo que venía con la noticia de que los padres de mi Juanita habían aceptado lo de la boda. Ella ahí recién me contó que estaba embarazada de cuatro meses. Cólera que me dio, pero pensándolo bien y con cervezas de por medio con el hermano, me tranquilicé y hasta me alegré. Un heredero, uno a quién contarle las hazañas que realizaría. ¡Ingenuo de mí!

Cuando llegamos a la casa de mi esposa, allá en su pueblo, la fiesta que se armó. Todos me quería, y yo a todos abrazaba. Soy burro pero cariñoso. Lo malo es que siempre que tomo se me da por regalar la plata. No me peleo con nadie, pero no sé porque se me desaparecen los reales del bolsillo.

Me acuerdo que en la visita me gasté más de 200 soles, de los antiguos, casi dos sueldos. Juana estaba enojada conmigo. Así la pasamos un mes con charqui y chuño nomás, aunque he de ser sincero: yo comía en la mina así que no la pasé tan mal, pero ella mi Juanita, cuanta hambre debió pasar. Con el tiempo las cosas mejoraron y el chiquillo que tuvimos creció. A los dos años tuvimos otro y luego dos años después otrito más y para el remate en otros dos años una niña. Es que cuando uno tiene metida la herencia de la chacra, siembra y siembra nomás.

Recuerdo que una vez a la menorcita le picó una araña. En esas altitudes no había ni médico y el de la mina se fue de vacaciones a la ciudad. De urgencias nos llevaron en la camioneta del jefe hasta Chuquibamba donde me la salvaron. Yo por primera vez me lloré y por supuesto me fui a chupar. A la mañana siguiente en el hotel le dije a mi Juanita que se viniera a la ciudad, porque ya el mayor iba a entrar recién a primer año y en la ciudad ya estaría avanzado. Podía pasarles cualquier otra cosa y no soportaría otro dolor así, pensaba para mí.

Ella no quería al principio, pero la pensó mejor y me pidió que esperáramos a que el mayor termine siquiera el primer año para luego venirnos. Más inteligente ella. Siempre con un pie en mi estribo. Durante ese tiempo ella junto real por real y al final, cuando se vino para acá, puso una tiendita de abarrotes.

Dicha sea la verdad, me metía en esos días con otras mujeres, pero siempre le cumplía a mi mujer mandándole la pensión, hasta que ella misma gestionó para que le pagarán la plata allá en Arequipa. Con eso se me acabaron las mujeres, porque ya no tenía plata. Fue mejor.

Cuando salió eso de los beneficios para los que trabajamos terciando tiempo, a mí me dieron la posibilidad de trabajar tres semanas por una de descanso. De esa manera podía llegar y pasarla con mi familia. Pero lo malo es que me iba a tomar todos los días y mi mujer me metía una de mil diablos. Cuando está linda y cariñosa es “mi Juanita”, cuando la presentaba a mis jefes y compañeros era “mi esposa, Juana”, pero cuando se trataba de sacarme de la cantina o de la canchita de fútbol era: “Mi mujer ya vino, me voy antes que me agarre a correazos”.

Era bravaza con lo del trabajo. Si es que se me ocurría tomar antes que llegara el carro a las 11 de la noche todos los viernes, el asunto se me complicaba, porque me salía a buscar de donde estuviera para subirme al bus, con esa correa en mano. En el viaje se me pasaba la borrachera y se me prendía la cabeza de ideas de que me iban a despedir y que después me iba a ir pateando latas de regreso a Arequipa. Creo que ese miedo me salvaba porque disimulaba tan bien que nunca se me notaba.

Me acuerdo de la época en que empezaron a despedir gente en masa, a mí se me entraron ganas de tomar más y más, pero Juanita me controlaba y llorando me subía al bus del trabajo y daba comida al chofer y al supervisor para que no me vendieran. Los compañeros nunca me decían nada y así nadie me descubría y era puntualito, hacendoso, para qué. De esa manera me salvé de los despidos masivos. La verdad ahora le agradezco, porque de lo contrario no tendríamos mi pensión y no tendría mi puesto de venta de insumos de para la mina. Todo es por ella que me ayudaba.

Y es que aun derrocho el dinero. Cuando me tomo le pido a uno de mis nietos que me lleve a pasear, yo le compro helados y comida. Del vuelto me olvido siempre. Cuando estoy mareado en alguna otra casa o fiesta, evita a los amigos que quieren irse conmigo. Mis hijos trabajan en sus profesiones. Los seis taxis que tenemos los ve el marido de mi hija, que ve la casa y mi mujer administra todo. Yo estoy en caja en el negocio y tenemos dos trabajadores a los que les pagamos hasta el seguro y vacaciones.

La tarjeta me la tienen con llave y es mejor. Cuando pido 100 soles para irme con mis nietos me da 50 y les dice que me gaste todo el dinero en comida. Ellos son mi vida. Yo no soy de cariño, mis hijos probaron mi rigor cuando su madre me decían que se portaron mal, pero por allí, en las tardes, cuando pasaba la tormenta, le preguntaba a uno: Ya has entendido, su cabecita hacía sí papá y le daba un caramelo, una galleta. Los nietos llegaron algo rápido, sembradores nomás me resultaron todos. Las risas nunca han acabado en casa, yo miro todo desde el fondo, sin saber qué decirles, si todos tienen su futuro ya hecho. Mis brazos que antes los abarcaban ahora son pequeños y me cuelgan. Y aun así, con la cabeza dura y mis pocas palabras, logro comprender por qué soy tan feliz.

Pero bueno, no siempre uno tiene las orejas paradas de contento. Ayer me enteré que tengo cáncer al estómago. Fue porque el doctor del Seguro me dijo que me hiciera análisis, pero no quería preocupar a nadie. Me recomendaron esta clínica y me vine. El doctorcito es buenito nomás. Me pidió que le comunique a la familia. Yo no le entendí bien lo de la enfermedad, soy burro, pero dice que es complicado, que debí hacerme ver antes, que si no me dolía, que sí nadie se dio cuenta, que será largo el tratamiento y puede que no la cuente. Me siento mal. Tan feliz y ahora, cómo les voy a arruinar la vida así cargando con un enfermo. Quisiera irme a la mina y atarme un pedazo de mecha y un cartucho, o irme a una chacra y tomarme folidol. Tranquilo ¡Sooooo! Ya se me está pasando el miedo.

La tembladera vuelve. Creo que no les diré nada. Enfrentaré mi dolor solito y así…

No. ¡Basta! Sería una deslealtad para con mi Juanita. Se lo diré, quién sabe, de repente como dice el doctor me puedo curar o de repente me muero, pero sé que ella estará a mi lado, que no me desamparará, me alcanzará un platito de sopa siquiera.

¡Yasta dicho!, la última imagen que quiero llevarme a la tumba es su rostro sonriente con sus trencitas y su mirada que me huía, la imagen de mis hijos riéndose en la mesa familiar de mi casita de dos pisos que construí con estas manos, la voz de mi último nieto llamándome “apa”, esas imágenes quiero llevarme a la tumba porque no sé si me las merezco, o de repente lo único que vea sea la sonrisa de la parca. Soy un burro nomás que lo mejor que pudo hacer en su vida fue casarme con una buena mujer. Que me recuerden por eso nada más les pido.

Fin.

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Por: Sarko Medina Hinojosa

Relato escrito por el 2006, actualizado y publicado en Semanario La Central Noticias de esta semana.

Puede ser una imagen de 2 personas, incluido Miguel Sarmiento Arispe, personas de pie, animal, al aire libre y texto que dice "EL COMECUENTOS: La suerte del burro Medina Hinojosa Cuando muera, Dios recuerden verdad, eT por bolsillo conté medio burro ahora algo preguntaba. tranquilicé hasta uno contarle hazañas que realizaría. iIngenuo historia. mandar pose- echar fiesta en alquilarle trabajo pero nea cari- tomo peleo desaparecen plata. laquerian ciap monótona semana recambio eales gasté caña recuerda. uem trencitas rehuían mes aunque eolv que pasé disculpas, mando boda. estaba edio por más herencia hermano, araña. siembra na.ve alttudes no habia pico médico el"
Puede ser una imagen de texto que dice "cuento mina vacaciones ciudad. hasta Chuquibamba latas chupar. salvaron. regreso salvaba notaba. del Creo disimulaba comprende manana iguiente viniera cludad, entrar mayor siempre mi eliz. iene enteré cosa.y trolaba engo subía chofer nadie. recomendaron doctorcito comunique enfermedad, debí que ahora edolía, que mis folidol. miedo, nada. podía familia. estoy deslealtad nm Cuando puedo dice de pido esposa, me alcanzará platito vino, última imagen rigor antes preguntaba hacía imagen par llamándome tumba merezco, repente parca idea quem ahora que pequeños sabaaban nada fue recuer- Que pido, logro"

Microcuento: El peso del sueño en el mar

He visto mi final muchas veces. La tela de los sueños me lo anticipa. Siempre tengo un batiscafo puesto, sumergido en un mar rojo. Ángeles o calamares o jarjachas me ayudan a salir a la superficie. Justo cuando logro sacarme el tubo dentro de la garganta, grito mi liberación. Luego pasan los años, veo a mi hijo crecer en sabiduría, altura y gracia; a mis sobrinos llenar de risas la casa. Pasa el otoño y llega el invierno; los míos se van y permanezco detenido en la felicidad. Sobreviene por fin la muerte, siempre plácida, entre sueños.

Puede que no haya despertado, puede que siga allí, sumergido en el mar, suspendido. No importa, la realidad a veces es otro sueño, algo más largo, quizá.

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Por: Sarko Medina Hinojosa

Imagen: Raoul Hausmann, Collage, 1921

El Comecuentos: El nombre del cuentero

SARKO - Diccionario Abierto de Esperanto

—Papá, una pregunta ¿Quién me puso mis nombres?

—Pues te diré que hubo todo un tema con eso ya que se unieron tu mamá Patty y tu abuelita Liliana para evitar que te pusiera un nombre que escogí.

—¿Cuál era?

—Logan.

—Espera, ¿como Wolverine?

—Exacto.

—De la que me salvé.

—Jajaja, ni tanto, ahora serías famoso.

—Nooooo, además mis nombres me gustan: Mathias Eduardo, sé que el primero es del Apóstol que entró luego de que Judas traicionara a Jesús y el segundo porque es un nombre fuerte y decidido, pero ¿y a ti como te pusieron un solo nombre?

—¿Versión corta o versión larga?

—¡Versión cor…!

—Te contaré entonces que en el Imperio Romano se hablaba el latín…

—¡Papá!

—En serio tiene que ver con la historia, y es que tu abuelito José fue quién se apareció con el nombre en el momento de mi inscripción para la partida de nacimiento. No ofreció mayores explicaciones. En serio, no las dio más.

De niño no recuerdo haberme preguntado mucho sobre mi nombre, además no conocía a muchas personas, creo que eso hace que tomes por normal el cómo te llamas, pero luego, cuando avanzas por la vida, siempre hay por allí uno que te pregunta el porqué y la respuesta siempre era la misma: Mi papá me lo puso. Y sanseacabó.

Pero, en la adolescencia, las que me empezaron a preguntar fueron las chicas y allí como que la respuesta seca y conclusiva como que no iba. Intenté un par de veces preguntarle a mi papá pero no me decía, se reía, y un poco más me respondía: “Para qué quieres saber eso, saludos” cual meme de moda ahora.

La primera explicación posible que empecé a esgrimir fue una que me dio una inquilina de la casa, la Señora Mina, que eran del norte del país: “Zarco, eze tu nombre no va con tu ojoz, en mi tierra a loz que tiene ojoz claros se les llama zarcos”, me decía con su peculiar manera de arrastrar las eses, una delicia de verdad escucharla. Entonces, empecé a bromear diciendo que cuando nací tenía los ojos verdes, pero luego se me oscurecieron.

Igual la búsqueda del significado me llevó a saber que “sarco” era un tipo de vestido sin botones usado en Alemania, que así se le denominaba a un soldado de a caballo en Birmania, que también significaba “príncipe judío”, que aquí existe como apellido la palabra, hasta con doble c. La verdad es que había muchos significados por allí, pero todos, con la “c” en vez de la “k”.

—¿Y el latín?

—Allí voy. Una de mis mejores armas para entretener mientras contaba sobre el origen de mi nombre y arrancar algunas sonrisas de interés por allí, era explicar que “sarco” en latín significaba “carne”. Pausa dramática, movía las manos de arriba abaja mostrando mi espectacular flacura de diecinueveañero y las risas no faltaba.

—Papá, pero tú ahora eres gordo.

—Lo sé, por eso ya no hago la broma, pero en su momento me sirvió, hasta mi profesora en el curso de Redacción Periodística, Mónica Cáceres, me puso un punto de participación por salir y contar sobre mi nombre.

—Supiste alguna vez porqué el abuelito José te puso así.

—Claro. En su momento y aún ahora nos gusta a los dos escuchar música popular, música social, en la época de mi nacimiento, por el 78, el socialismo era parte del pensamiento de muchos, sin que eso significara comunismo, ojo, para los despistados. Entonces varios les ponían nombres rusos a sus hijos: Lenin, Vladimir, etc. Pero mi papá quería un nombre único para mí. En una revista de espías de esos bolsilibros Bruguera, encontró a un personaje que se llamaba SARKOV, le quitó la V y allí está mi nombre.

LA COLECCIÓN DE ARCHIVO SECRETO | LA MEMORIA DEL BOLSILIBRO

—Papí, larga tu historia. Pero me gustó.

—Así es hijito, el nombre que nos ponen nuestros padres, es un signo de amor que tiene una historia, sencilla a veces, intensa en otras, pero siempre con cariño, lleva siempre con orgullo el tuyo.

—¡Así lo haré!

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Por: Sarko Medina Hinojosa, relato publicado hoy en La Central Noticias

El cuerpo incesante

Imagen referencial, Diario Correo

La calle es un misterio de sonrisas a medio despegar, pero nadie se atreve a soltar alguna, es infame mostrar la felicidad que agobie al otro, que lo enfrente con su miseria de no poder sonreír. Bueno, es difícil que sonrían con los bozales puestos, es verdad. El respeto por la tragedia ajena es fuerte, hace que nadie te dé un abrazo espontáneo ni siquiera un “buenos días” alegre y menos una ayuda desinteresada, claro, en tiempos donde nadie se acerca por miedo del contagio, peor. Si te caes nadie te levanta, salvo seas un anciano rumbo al mortuorio y ni así. Lo sé, estoy filosofando frente al espejo de este baño en el trabajo, solo con el fin de ganarle un par de minutos a la patronal.

Hoy me desperté contento, pese a la realidad desconsolada de las noticias entre asesinatos, asaltos y corrupción. Estoy con una cara radiante, o como me dijo mi esposa, “cara de cojudo”, porque con el matrimonio que nos gastamos ¿quién puede ser feliz a las cinco de la mañana?, me dijo antes siquiera de poderle explicar que mi sonriente faz se debía a que leí el día anterior unas frases motivadoras en una página de Facebook y que me estimularon el optimismo de que todo podría mejorar con una buena actitud.

Aún con la mala onda de aquella que me soportaba los ronquidos, el día se presentaba encantador, cual relato de Andersen antes de fundir al héroe en el fuego o que se diluyera entre la espuma del mar la heroína. En el trabajo, pese a que intentan de varias formas bajarme el ánimo, no lo consiguen. Aun señalando mi sobrepeso o que me pongo mal la mascarilla y que sudo como chancho, todo me resbala hoy.

Salgo del trabajo, pero hace minutos, para recordarme que esclavo soy del sueldo mensual, mi jefe me recordó que tenía que dejar un encargo en el local de San Lázaro. Era de esos momentos en que en otras circunstancias la carta mental de renuncia que tenía guardada, salía del archivo neuronal y amenazaba con esgrimirse en cinco párrafos con imprecaciones incluidas, pero este día nada mata mi buen ánimo.

Al dirigirme hacia mi destino, corté por el parque San Francisco pues quería comerme una tuna jugosa. Mejor refrescante no hay, protegida por su piel libre de “quepos”, la fruta andina era de mis favoritas y la señora Casimira la que más frescas venden en el lugar.

—Doña, una tunita.

La seño me sirve una roja deliciosa. Pago y estoy por irme, pero algo me detiene, la antes más amable mujer, está triste y acongojada, a pesar de la careta facial y el tapabocas, logro verlo. Lo presiento también en su manera de estar sentada, con derrotismo, con ese brazo derecho apoyado en una de las rodillas y sosteniendo su cara de abandono.

Le pregunto, sin ánimo de molestarla, sobre el porqué de su rostro. Me mira algo extrañada, mi pregunta la asalta en algo íntimo, lo presiento, quiero retirarme, evadirla, pero ya está llorando. Me siento a su lado, no me importa el terno y su contacto con el polvo inmemorial de ese pasaje, trato de decirle algunas palabras, contagiarla de mi buen ánimo, pero ella interrumpe y empieza a contarme:

—Joven, yo no nací en cuna de oro, pero siempre fue honesta mi familia, aun pelando ajos, mi madre nos sacó adelante a mis hermanos y a mí, porque mi padre nunca nos vino a visitar después que se fuera a sacar oro en Cháparra. No soy tan vieja, tengo mis sesenta años nomás y conocí a mi esposo, Tulio, cuando tenía unos 28. Estaba acabada creo, sin poder tener hijos, ya dos me habían abandonado. Pero él se quedó. Y siguió quedándose a mi lado hasta cuando nos vinimos al morir mi madre. Le juro que yo trataba de darle un hijito siquiera para nuestra vejez, pero nada. Puse de cabeza a varios santos y nada, hasta fuimos al Cuzco, a lo del Señor de Qoylluriti, pero mi vientre estaba seco. Él me juraba que no importaba, que de repente nos ahijábamos unito por allí. Pero tampoco nos confiaban a uno o nos hacían padrinos. Pocos parientes teníamos los dos. Él también es un hijo del destino, por eso nos queremos creo. Yo… yo no quiero que deje de abrazarme y llamarme su “cuculí”. Míreme, no soy gran cosa pero sé cocinar y vendo mis tunas toda la mañana. Él trabajaba en obras pero, ya mayor, en casa se dedicaba a pelar las papas para una salchipapera. Allí le entró el bicho. Nada pudimos hacer, ese le estaba comiendo los pulmones. No quisieron ni recibirlo en el hospital, pero la verdad era que no teníamos seguro y menos dinero, con eso seguro nos decían que se podía hacer algo. Hace unos días se puso más mal y allí nomás se durmió. Allí sigue, no quiero despertarlo, a pesar que extraño que me diga “cuculí” y me haga reír con sus caras, no quiero que despierte y me vea llorar. Trato de limpiarlo, pero se está poniendo hinchado y huele un poco mal. Creo que lo bañaré así nomás por encimita, aunque se ha puesto morado y eso me asusta un poco, igual me acuesto a su lado y le canto sus huaynitos. Ya ni se queja del dolor, viera usted, tranquilo nomás está, pero no sé qué hacer para que no huela mal. ¿Sabe de algo para eso?

…y aquí estamos los dos. Le doy como metralleta todas las frases que me aprendí de esa página, “La vida es una caja de sorpresas”, de cómo la vida continua para los que nos quedamos aquí “El universo planea darte lo que pidas”, y el consuelo de saber que ya está en un mundo mejor. Ella suspira, me hace caso, pero mientras, pienso y pienso, y no llegan. La doña en automático despierta de su pesadilla y vende una tuna. ¿Dónde están los policías? Espero la traten bien, por eso también me quedo, pero ¿mi encargo?, ya pasó media hora. Nadie sabe lo de nadie. Mi mujer me llama, seguro para preguntar dónde estoy. “Bebe todos los días del néctar de la miel de la oportunidad”. Sigo prometiéndole que su Tulio olerá rico, con las flores que le compraremos, estará fragante, le he prometido que le regalaré un terno para que lo vista, ¿de dónde sacaré ahora un terno si solo tengo dos para el trabajo? Que se apuren los policías, yo no puedo seguir más, la tristeza me amenaza y no quiero desperdiciar esta alegría que aún me sostiene, “La felicidad es un lunar en una vida llena de dolor”, esa no me sirve, quiero regalarle un poco más de ánimo a la doña. Ya me está llamando el jefe, pero pienso en ese cuerpo abandonado y su presencia aún viva para ella y quiero derrumbarme, irme, seguro estoy despedido, divorciado, contagiado. ¡No!, ¿incienso?, eso puede servir, de repente mejor me voy con ella y despierte su esposo, qué digo, ya me está afectando el asunto. “La vida es para vivirla”, me repito, una y otra y otra vez. Veo a los de verde. “Todo saldrá bien”, prometo, pero ya no me lo creo.

Por: Sarko Medina Hinojosa

El último día

Morgue de Arequipa

A su padre Dadnel le gustaba comer chicharrones de alpaca. Era un gusto adquirido desde su tiempo de comerciante en el mercado Las Mercedes de Juliaca. Algunos agarran la costumbre al emoliente, otros a los huevos con ocopa, la quinua batida, pero su papá, siempre que podía y, para enojo de su madre, se compraba un plato de chicharrón y ya no quería comer en casa hasta pasada la digestión.

Ahora, no comería nunca más el potaje hecho con la carne de camélido sudamericano “Vicugna pacos”, rica en Omega 6 y Omega 3.

En esos momentos, a Hortensia, le pesaba saber tantas cosas con respecto a la nutrición. Su negocio de venta de productos naturales en el mercado de San Camilo, la hizo ducha en varios alimentos como complemento de los extractos de maca, la harina de cúrcuma, los frascos de polen, el mate de hojas de achiote, para potenciar la salud, para recomendar en las dolencias. Pero ¿Qué puedes recomendar para evitar la Covid-19?

LA COVID, todo es culpa de ese bicho, pequeñito.

Su mamá, cuando era adolescente, le notó ciertas tendencias a la malcriadez, a la tristeza, a hacer cosas sin explicar demasiado, pero con excusas bien elaboradas. Algo andaba mal. La llevaron a uno y otro médico, luego a un psicólogo, que les recomendó internarla en un centro. Su papá se opuso, pero su mamá, que en paz descanse, estaba empecinada. Algo andaba mal en ella y tenía que ayudarla.

A veces, en las noches, se iba sollozando a la cama de sus padres, para darse calor, aún con dieciséis años, quería amor, cariño en cantidades tipo fiestas candelarias, con muchos te quieros y abrazos “juertes”. Su papito le decía: “Hijita, si pudiera meterme en tu cabecita y agarrar a ese bichito que no te deja en paz, del cuello le obligo a irse”. Pero no se iba. Hubiera querido hacer lo mismo con el bicho que tumbó a su padre, pero no pudo.

Le recomendaron un psiquiatra en Arequipa y allí se fueron. Dejaron el mercado, la casita, los primos. Era en verano, volverían se dijeron. Un hermano de su madre los tuvo un tiempo. La doctora Luza la ayudó mucho, no le dio pastillas, aunque quería hacerlo, le confesó, pero sentía que lo de ella era otra cosa. Pero nada, en la búsqueda de razones, no hubo tocamientos indebidos, ni malas experiencias con amores, es más, nunca tuvo enamoradito. Mientras, en casa, mamá se ponía media mal, mientras, papá se ponía a trabajar. El Altiplano, mercado recién inaugurado luego de demoler las antiguas caballerizas y perrera de los Policías. Un puestito consiguió agenciarse Dadnel y se quedaron. La casa allá en la tierra se vendió. Consiguieron un cuartito, luego un terreno por Israel.

Mamá Lucrecia no mejoraba. Lograron detectarle el cáncer a tiempo para darle unos 10 años más de vida. Nada más. Mientras, Hortensia, seguía tratando de descubrir qué la llevaba a sentirse tan sola, teniendo dos padres que la amaban con locura. Para tratar de sacarse la duda, estudió Psicología en la UNSA, pero no terminó, se le atravesó Quintanilla, profesor de academia que la conquistó explicándole sobre sinapsis y desbalances químicos. Eso podría ser. Y como preguntando, en la zona de hierbas del mercado donde trabajaba papá, le recomendaron la cúrcuma y la hierba de San Juan.

Pasaron los años y estaba mejor, mamá falleció, con Quintanilla tuvieron dos pequeños, puso su puesto de productos naturales, le llevaba de tanto en tanto su rico chicharrón a su papá. En eso llegó la pandemia. Y ahora estaba allí, caminando hacia el Hospital Honorio Delgado. En la mañana le dieron la noticia. ¿Cómo es la vida no?, justo ese lunes el bendito Gobierno liberó los negocios y podía ir a abrir su puesto y pasa. Misterios que nunca sabrá responderse.

Papá Dadnel se contagió porque salía a la tienda insistentemente a comprar pan. La dueña cayó enferma y cerró la tienda, una semana después le empezó la tos fuerte. No quería ir al hospital, así que trajeron a una enfermera. Ella trataba de hacer mates de kión con limón, algo de manzanilla, algo de gotas de eucalipto y miel en dos dedos de agua caliente. Pero la tos persistía y el oxígeno empezó a faltarle. “Dame dióxido”, le pidió una noche en que estaba en 87 de oxigenación. Quintanilla dijo que iba a comprar. Le dieron la fórmula. Pero no mejoró. Se lo llevaron casi inconsciente al hospital.

¿Cuál es la verdad final?, se preguntaba mientras caminaba apurada, no quiso tomar carro, mucha vuelta, el mercado no estaba tan lejos del hospital, bajas derecho, luego volteas y ya estas cerca de la UNSA. Un poco de vergüenza por no terminar la carrera y estaba en el hospital. La llaman del carro que contrató. “Ya estoy llegando”, contesta. La verdad es que no sabría decir cuál es la razón final. A ella años que no le vienen los ataques de ansiedad, anda más ocupada en sus hijos, su esposo y lo de su papá ahora. Su mamá pudo irse antes, pero alcanzó al bautizo del menor. Ni en el entierro le volvió la oscuridad. Su papá siempre fue fuerte, pero le agarró duro el bicho, pero a ellos no. Misterios.

Mientras espera que le entreguen a su padre, trata de no ahogarse en su propia negrura que intenta invadirla, someterla, recordarle sus fracasos. Se impone una idea, aún hay camino que recorrer, sus hijos necesitan de ella, su esposo malo que bueno anda bien nomás el desventurado, pero, ahora, quién más la necesitará es su padre. La negrura se disipa.

—De una buena te has salvado —le dice mientras suben al taxi.

—Habrá querido Dios no llevarme aún.

—El Doctor ya me dijo que no vas a poder comer grasa nunca más, así nada de gustitos, tampoco podrás ir a comprar pan, estás prohibido, ya sabes.

—¿Aunque sea un pedacito?, yo te quiero mucho.

Abraza fuerte a su padre, quisiera besarlo, pero aún deben cuidarse. Por lo menos la carne de alpaca se puede comer en estofado, no será lo mismo, pero habrá que acostumbrar a papá, piensa, mientras ve los cajones salir de la morgue al costado del Hospital y no puede evitar sentirse culpable, pero no sabe de qué y no quiere saberlo.

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Por: Sarko Medina Hinojosa, cuento publicado en Diario El Pueblo.

El Comecuentos: Historia de una pistolita

Dicen que me parezco a Mathias cuando niño. No creo, mi hijo es guapo, alegre e inteligente. Yo no me recuerdo tanto así, aunque, mis tías queridas de mi gran familia Medina, amigos de mi madre, mis tías Mercedes y Vicky y Julia, mi madrina Brinda, me recuerdan así. Quiero creerlo y para eso, apelaré a una historia que siempre me ha rondado pero no pude contarla nunca entera y ya no podré. Faltan algunas personas para completar datos. Ya no están. Intentaré ser, entonces, lo más fiel posible a esos recuerdos.

Tendría unos cinco años, es más que seguro y en esas vacaciones iba seguido a la casa de mi Tía Sabina, la egresada de la Normal, la profesora y directora, dirigente distrital y piadosa devota del Señor de los Milagros de Mariano Melgar. Ella, junto a mi Tía Meche, su hija, también educadora, me festejaban la llegada, me llenaban de besos dulces y con olor a rico perfume, me dejaban corretear en su patio lindo de piso con detalles y full macetas. Las tardes en casa de mi tía eran deliciosas con un tecito, biscochos y el cuadro del Corazón de Jesús que siempre me miraba a donde me moviera.

En uno de los cuartos, habitaba un marino mercante, o así lo recuerdo, pero que me tenía cariño. Un día, recuerdo vagamente, me ofreció dos juguetes a escoger: una pistola de salvas de papel o una réplica de revólver Colt 45. Escogí la última. Un artilugio casi real, con su tambor que se abría y sacaba si jalabas la varilla abajo del cañón. Era negro y en la cacha tenía unos acabados como en concha nácar. Un juguete muy especial.

Yo jugaba a que era un vaquero, un pirata, un bandolero que salvaba carretas del ataque de los comanches. Era el Cabo Savina, rescatando a una “tana” de las garras del jefe Cohuide en las pampas de Mendoza. Era Mark en un futuro distópico luchando contra mutantes, era el capitán Futuro, Rayman, Súper Siete, un héroe que corría entre las plantas de nuestra huerta con sus pies pequeños, asaltando arañas y mariquitas. Solo en mi ilimitado espacio, junto con Quirón como mi fiel corcel. Tanto era mi cariño al juguete que no sé para qué fiesta en el Jardín, me disfrazaron de corsario, un Sandokán en miniatura, con su pañoleta roja en la cabeza y un ojo parchado, el arma en ristre y una foto que allí se conserva.

Pues sucede que un día en el Jardín de Niños, los hijos de la directora Teresa, me pidieron prestada mi pequeña pistola, un fin de semana sería. El lunes siguiente me entregaron el juguete roto, separada la cacha de nácar. Me mintieron, dijeron que lo dejaron allí y se rompió. Bueno les creímos, pero no era cierto, ¿para qué mentirle a un niño? Visité al marino para ver si podía arreglarla, pero no, su ciencia no llegaba a tanto. Tampoco me regaló la otra pistola, faltaba más que no era beneficencia. Y allí se quedó, ese juguete de tantas aventuras, a un costado de la pileta donde lavábamos los platos. Olvidada en el tiempo.

Me abrazaron mis tías, mi mamá. No me juzguen, para mí era perder mucho, de repente para otros era sólo un juguete, para mí era una forma de hacer realidad mis fantasías, mis historias.  Pero el abrazo que me prodigaron, creo que allí se quedó en remplazo.

Porque era querido. Sí, lo recuerdo muy bien, me amaban, aún lo hacen, una a un piso de mi a la que corro para abrazar, una desde su cuarentena y la otra desde el cielo. La vida es extraña, te lleva por sentimientos encontrados. No sé en qué momento dejé de ser cercano, de ser ese niño inteligente y tierno y me volví hosco, alejado, distante. Y ahora, con 40 encima, quiero ser ese niño y sentir ese cariño. Estos tiempos te golpean duro, durísimo, cada día es un torbellino de emociones y a veces, solo, sentado en una silla, queriendo entender todo, quieres un abrazo y que alguien grande y con olor a perfume rico te diga “Sarkito, todo va a estar bien hijito” y te meta tres besos en los cachetes y la frente. Pero no, eres tú el que se tiene que levantar, abrazar a Mathias, decirle que todo estará bien y sacar fuerzas de esos abrazos que sobrevivieron el cataclismo de tu juventud, para volverse así, tiernos, cariñosos y fuertes para proteger a tu tesoro, a tu pequeño aventurero que espero, que recuerde también, cuando lo necesite, estos cariños.

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Por: Sarko Medina Hinojosa, relato publicado en Semanario La Central Noticias

El Comecuentos Programa 2

Hoy en – El Comecuentos – leeremos un relato del escritor Cubano Onelio Jorge Cardoso, avanzaremos con nuestro micro taller con el primer paso del proceso creativo para dejar un ejercicio, y recomendaremos un libro del poeta griego Homero.

#taller

Definición a noventa kilómetros por hora

¿Qué soy?

Esa pregunta me persigue incesante. Intento poner segunda con dificultad. Me duelen las manos. Estuve golpeándola por un buen rato y eso me pasa factura.

Como un ser atrofiado, quisiera definirme. Pero no lo soy, nací sano. De mente, no sé. Creo que la mierda tiene más valor que yo. Por lo menos se sabe qué es.

Intenté ser un hijo agradable para que mi padre se quedara. Pero nada. Se fue a buscar algo mejor que el esperpento de dos kilos seiscientos que salió del vientre de mi madre. Ella me aborrecía. Me contó que no me callaba de noche, que era malcriado y terco.

Quise ser un estudiante, un enamorado, un amigo. Pero fallé en cada una de esas simples tareas. Ni siquiera intenté buscarme la vida al filo de una navaja ochentera, ni entre las piernas de alguna chica fácil, o sacar notas promedio. Cada día un dolor poder entender algo del pizarrón o siquiera hablarle a una cabellera en el paradero del bus y menos a quien contarle mis miedos, pesadillas. Hoy no hay un oído que escuche decirle ¿te acuerdas de…? Una adolescencia perdida entre intentos de encajar en un tablero en el que siempre fui la pieza dañada de fábrica.

Manejo por estas calles que conozco, por todas ellas erré el rumbo, tratando de encontrar el camino a algo que llamar “casa” y nunca hallarlo. Lo que tengo es una madriguera, llena de olor a animales en pelea. Luego que mi madre muriera de cirrosis, soñaba con un lugar con perfume a lavanda, muebles con vidrios resguardando tazas y cubiertos finos. Un sofá donde recibirla a “Ella”, a la que sea, sin muchas especificaciones.

Para lograr eso me propuse ganar dinero. Estudié para técnico en mantenimiento y me esforcé como nunca sacando las mismas notas mediocres, terminando metido en una mina 25 días al mes. Claro que encontré una chica, linda al principio, horrorosa ahora. Traté de ser un esposo en medio de sus gritos por el dinero, que dónde ando y la concha de su madre que no calculó que tengo el grito fácil y la mano larga para abanicar el aire y cerrarle la boca por dejarse embarazar.

Quisiera pensar que mi hijo me apacigua, pero no me soporta, grita cuando me ve, huye bajo las faldas de su madre ¡Escapa de mí! que compro lo que él después vomita, destruyendo con su fetidez de leche a medio podrir el cuarto, la sala y hasta el baño, consumiéndome en la misma porquería de siempre y sin salida.

¿Qué soy?

Si lo supiera lo sería con tranquilidad y no embadurnado en grasa días de días o aguantando las conversaciones tontas de borrachos y putas que se van de nuevo a sus huecos. Evitaría las tardes de jugar fútbol con los vecinos y vanagloriarme de la chibola que me agarro, mientras todos se ríen de mi engaño de tratar de ser un pendejo cuando en realidad soy el más huevón del planeta.

Debo préstamos por la casa, por este auto que uso para taxear los días que no estoy ahogado en tierra, intentando sacar algo más para terminar de pagar las tarjetas, antes que el banco llegue y me viole por deudor. Ni buen vecino soy con mis gritos de medianoche cuando el ron me anima a reclamarle al mundo mi desgracia de no saber que hacer con estas dos manos extrañas, con las cuales me afeito, me escarbo la nariz, me masturbo, pero no encuentro para qué sirven, como todo el conjunto que soy, apestando a sudor que no se limpia con un baño y que me hiere en lo profundo.

Ni tener amante sirve para definirme. Por andar de machito me encontré a esa sanguijuela que me sangra la culpa. Llego a casa con cosas que no puedo pagar y grito, golpeo porque no me agradecen el gesto, salgo y bebo cerveza, pago el hotel barato donde me enrosco en ese cuerpo que huele a más culpa. Como hoy, que terminó por cansarme y le apliqué la misma receta para que deje de gritar. Salí ebrio de cólera y licor y no me encuentro. Pongo tercera.

Avanzo por la avenida tratando de saber en qué momento me perdí, o nunca fui. ¿Y si no soy humano?, de repente un animal de carga, un muro en el cual estrellar el fracaso del matrimonio, el amor de padre que no me nace. Quizá soy un pellizcador profesional, que lo hace para provocar lloros en el crío, así como yo lloraba cuando a mi madre se le ocurría domesticarme con el palo de la escoba.

Pese a mis preguntas sin respuesta meto cuarta, porque si algo puedo hacer es correr y correr tratando de escapar de aquello que no soy, pero me quieren volver: una billetera andando, buen ciudadano, correcto padre, fiel esposo y tanta huevada que no sirve al final, si todo se acaba con una muerte rápida, cuanto más en una enfermedad que te hace vomitar las tripas o perdido en un asilo muriéndote en vida, con los gusanos por dentro comiendo tu carne.

El semáforo en rojo y yo en quinta ¡A la mierda! Está decidido, seré una luz intermitente que se apaga por fin, un destello de vísceras en el pavimento, una estadística más en la lista de los anónimos, al final seré un suicida, por lo menos.

                                                      

Despierto como de un sueño profundo. Cuelgo cabeza abajo agarrado por el cinturón de seguridad. Siento sangre en mi boca, pero estoy vivo. Luces y gritos a mi alrededor. Lo último que recuerdo es ese auto azul que se atravesó en el cruce y unos ojos infantiles en el asiento posterior. Tratan de abrirse paso para sacarme. Entre los gritos de los bomberos y paramédicos, escucho que el chofer del otro carro acaba de morir y su hija, la niña, está muy grave. Quién diría que al final descubriría lo que soy: un asesino. 

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato publicado en Entérate

El Comecuentos: Aló Gisela y el sinsuerte

Cuando tiro una moneda al aire y digo cara, la moneda cae por el escudo. Intento la fórmula contraria y lo mismo. Si digo que saldrá alguna de las opciones, la moneda cae exacto por el borde y ahí se queda, parada. Nunca he tenido suerte en los concursos. La única vez que tuve el globo grande en los sorteos de Globos Payaso, fue porque me lo terminó regalando mi mamá Hilaria, reseco y viejo ya de un año de tentar la suerte de otros.

Serio, no se rían pues. Una vez, allá en Villa Rica, hubo un Bingo en el colegio secundario Leopoldo Krausse. Emocionado con mi cartilla iba dándole vuelta a las pestañitas. En una de esas que me distraigo, seguro pensando en la multiplicación de las hormigas en Tongoyape y sus castas sociales, veo en la pizarra que usaban para llevar la cuenta que estaba el numero que me faltaba para el premio mayor, ¡cartilla llena! Emocionado bajo gritando como un poseído “¡Bingo!”, luego de hacer el recuento, por los parlantes anuncian mi error. Lo que pasó es que miré por atrás la pizarra de los números y el que supuestamente me daba la victoria total aún no había salido, dos números más y otro gritó su suerte.

No solo a mí me pasan esas cosas. En tiempos en que los bochos eran los carros del populorum peruano, Detergentes Ña Pancha saca un superconcurso nacional para ganarse uno de varios vehículos sorteados, lo que debían hacer la compradora era buscar en el interior de las bolsas un minijuguete representando al carrito. Mi mamá Hilaria, recia mujer de manos callosas a punta de cargar ella sola jabas de cerveza, sacos de ojotas, arroz y azúcar para la tienda en Cotahuasi, no tenía tiempo para andar revisando esas co…njunciones, así que al vaciar un poco de detergente para una lavada rápida al amparo de las horas muertas del mediodía en el negocio, salió disparado el juguetito. Y ni lo miró irse por el hueco de desagüe. En la tarde mientras contaba lo sucedido a mi mamá y mi tío, la desazón los llenó por completó, aunque Hilaria les hizo terminar igual su plato de comida que para desperdiciar no estaban.

Pero el más triste de todos los fracasos en concurso, sucedió un día en la tienda que mamá Hilaria puso aquí en Arequipa, luego de trasladarse con todas las chivas, espantada por los disparos terrucos de Sendero allá por el 89. Una tarde en que estábamos mi madre y yo en la tienda, entra un señor con uno de esos maletines con doble seguro de metal, forrados con imitación cuero. Lo pone encima del mostrador y, con mucha premura nos pide que le pasemos las cajas de sazonador Sibarita que teníamos en existencia. Se presentaba como representante del programa Aló Gisela, famosisisisimo espacio televisivo noventero en el que la otrora vedette, encandilaba a todos por las mañana y medio día con concursos.

Nosotros no teníamos teléfono para que nos llame, es la verdad, pero saber que podíamos ganar algo me emocionó. Y allí estaba un papelito con un número, el señor cotejó una lista y nos anuncia que éramos los ganadores de un equipo de sonido Sony. Era la maravillas de maravillas, doble casetera, tornamesa automático, con grabador y potencia de 500 watts. Salté de alegría, nunca más la mala suerte nos perseguiría. Pasada la emoción el sujeto nos pide cinco cajas de Aspirina. Solo teníamos dos. Así que nos dice que es requisito tenerlas que ya llegaba la camioneta del concurso y si no teníamos eso no ganaríamos. Mi cara de felicidad cambió a desesperación, ¿qué hacer?, la solución la propuso el mismo caballero, nos podía vender las tres cajas faltantes a treinta soles cada una. Vacías, obvio.

Mi madre no quiso aceptar nada. Yo me puse histérico, era un equipo mamá, no podíamos perderlo. Pero ella dijo que había arreglado la zona de condimentos y cuando lo hizo no encontró ningún papelito. El sujeto dijo que qué pena, que pérdida y se fue. Yo estaba enojado con mi mamá, hasta que la camioneta que nunca apareció y luego el ver el programa y no ver ninguna mención a un concurso de tienda por tienda, terminó por señalarme mi ingenuidad.

—Sarko, ¿Por qué cuentas solo ese episodio?, todavía triste.

—Pero mamá es la verdad, nunca tuve suerte en concursos ni sorteos, solo para exponer primero nomás en la U ganaba un primer lugar.

—¿No te acuerdas del juego de cucharas en el jardín?

—¡Es verdad!

—Bueno ahora me toca contar a mí, sucede que en el nunca bien ponderado jardín de infancia Ovide Decroly en el que estudiaba Sarquito, en el Día de la Madre nos convocaron a todas y hubo un sorteo, siendo yo la afortunada ganadora de un hermoso juego de cucharas para té, helado y postres con una bella tapa roja. Durante mucho tiempo, mi retoño, me repetía que ese juego lo había ganado gracias a él, porque estudiaba en ese jardín y era su mamá así que si no fuera su mamá no lo habría ganado. Aún lo conservamos casi completo en casa. Así que no le crean cuando dice que no tiene suerte que está exagerando. Ahora sí a otro cuento, vamos a comer helado con Mathias.

—¡Vamos!

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Por: Sarko Medina Hinojosa

Relato publicado esta semana en La Central Noticias

El virus nunca se fue

La dura travesía de los más pobres: pandemia y desempleo expulsan a miles  de migrantes | Ojo Público
Foto: Diego Ramos

Quisiera contarte que el virus un día se fue. Pero no pasó.

A finales de noviembre se descubrió que el bicho mutaba, bueno, se descubrió que la OMS no lo dijo, no compartió sus descubrimientos. La gente empezó a circular las viejas teorías sobre conspiraciones para que el mundo redujera la cantidad de personas. Tonteras a full, pero ciertas. Cuando descubrieron los informes de avance sobre el virus y su proyección a nivel mundial, todo se les cayó. No te asustes, con el tiempo me he vuelto técnica en mi hablar. Vivir entre tanto dato científico me ha vuelto “cientipeta”, como nos llaman a los de la generación Covid.

El virus reinó entre el caos de las olas que contagiaban a más y más. Increíble, pero en medio de la catástrofe llegaron las elecciones en el país y se escogió al menos indicado para gobernarnos. Los precios se dispararon, los artículos de primera necesidad empezaron a escasear y los servicios empezaron a costar mucho más.

Pero, una tarde, un niño tiktoker de Loreto, soltó un video en que, mascarilla puesta, cocinaba arroz, con cebolla y yuca cocida, preparaba con un huevito más de sus gallinas, su almuerzo. Finalizó todo con la frase: “Dejen de quejarse y vayan a alimentar a las gallinas”.

Medio Perú se rio, pero algo comprendimos. Este virus nunca se iría. Sí. Pero nosotros tampoco.

En ese tiempo leí un cómic en Internet, el autor debió ser uno de esos que nunca pierden la esperanza, porque en una parte hablaba de la tierra y regresar a ella y cultivar los campos. “Todavía somos, aquí estamos y estaremos después”, decía esa parte. No la he olvidado pese a todo.

Alcohol en gel, mascarilla, careta. ¿Era sencillo no?, pero nada, empezaron a relajarse, la gente se quitaba la mascarilla cuando podía. En la ciudad fue peor.

Pero te conté que medio país no se rio del chiquito, esa otra cantidad comprendió algo y empezaron a migrar de retorno a donde vivieron sus padres y abuelos.

En algún lugar encontrarás respuesta a algo llamado “Terrorismo en el Perú” y comprenderás esto que te digo de volver de dónde salieron sus ancestros. Cuando retornaron se enfrentaron a la lucha por sembrar andenes ya en desuso, por recolectar el agua como antaño y a esperar las cosechas sin enfermar la tierra. Tanta sabiduría que podía combinarse con lo que los jóvenes encontraban en Internet.

Mientras todos en el mundo iban muriendo unos tras otros, cuando se desataron guerras por comida, los que regresaron a la sierra y selva se apertrecharon y sobrevivieron, ola tras ola. A los que llegaban los ponían en cuarentena antes de reingresar a los pueblos. Las rondas campesinas se retomaron como agentes de justicia y orden.

No fue fácil, en especial en la selva con los narcos, pero, al final, hasta a esa plaga la eliminaron. También, en el mundo no quedaban muchos que pudieran comprar droga.

Luego, años de incertidumbre, hasta saber que el virus nunca se iría y mutaría cada año.

Justo por eso te escribo, porque a algunos les da y salen bien, pero otros despiertan sin memorias y olvidan y contagian a los demás. Estoy en cuarentena hace una semana y siento que olvido cosas, y aún me falta pasar dos a tres semanas la enfermedad. Por eso, cuando despierte de esta pesadilla y encuentre esta carta, recordaré mi camino, bueno, eso lo harás tú.

PD: Te dejo escritas tus labores, funciones y tareas, porque en esta nueva Sociedad del Ayni, quien no trabaja no come, así de sencillo querida yo.

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Por: Sarko Medina Hinojosa, cuento publicado en Diario El Pueblo

La imagen puede contener: personas practicando deporte

El Comecuentos: El nacimiento del cuentero

Por: Sarko Medina Hinojosa

—¡Papá!, que linda es la historia del nacimiento de Jesús, pasaron por muchas cosas.

—Así es, Mathias. No fue fácil traer a ese niño a este mundo.

—Papi ¿Y tú cómo naciste?

—Bueno, la historia se la has escuchado a mi mamá Liliana, pero te la recuerdo porque no siempre la contamos completa.

“Mi mamá me esperaba con mucha ilusión cuando estaba por cumplir 16 años. Allá en Cotahuasi, ella estudiaba en el Colegio Mariscal Orbegoso y ese era su último año. Mi Mamá Hilaria quería que viajaran ese mismo 17 de diciembre, pero mi mamá quería recibir su diploma. La competencia era brava en secundaria, varios se esforzaban por sacar notas excelentes. Mi tío Max, logró el diploma que le acreditaba el pase sin examen a cualquier universidad que quisiera, tu abuelita también se había esforzado por ello.

Pero ese último año fue complicado, se enamoró de mi papá, se casó y el embarazo le complicó los estudios, así que sus esperanzas apuntaban más al tercer puesto. Comprendido el asunto, tu bisabuelita la dejó estar un día más. A la ceremonia, no asistió mamá Hilaria. La respuesta de siempre era por el negocio de la tiendita, que tenía que atenderlo. Era una fecha importante, claro, pero se entendía todo, aunque seguro a mi mamá le doliera aun así.

El caso es que en la ceremonia, luego de toooooodas las entregas de diploma, llegaba la final de finales, turururururú. El tercer lugar era para un compañero que siempre estaba por ese puesto, así que mi mamá se desanimó, no creía que en el segundo estuviera, pero entonces nombran al que siempre le hacía la competencia en el puesto. Eso quería decir que la tercera compañera que siempre perseguía la excelencia ganó el diploma. Pero no. El orador dijo el nombre de mi mamá. Terremoto. Los papás de la chica corrían hacia dónde el director, donde el subdirector, pero ya el anuncio estaba hecho, es más, trataron de que se le quite mencionando su estado y otras cosas que bueno ya sabemos la gente criticará siempre, pero ella se ganó a pulso su diploma y claro, mérito mío también que seguro la animaba a estudiar jalándole el cordón umbilical cuando se dormía, ejem, ejem.

Cuando llega a darle la noticia a mi abuela, ella ya estaba invitando unas cervezas a los profesores. casi me salgo allí de la colerina que hizo mi mamá, pero el tema pasó rápido porque tenían que alistarse, el viaje era largo, más de 16 horas en ese tiempo bajando de más de 4 mil metros a esta Arequipa nuestra.

Ya aquí, el 18, no sabían bien qué hacer, en el hospital Goyeneche le dijeron que como era menor de edad tendría que ser cesárea, pero mi mamá Hilaria recordó en voz alta que una de sus parientes murió así. El susto a mi mamá ya no se lo quitó nadie y tuvieron que contactar a una partera para cuando sucedieran los dolores. En la noche como que esos dolores se le vinieron encima, aunque ambas creían que era cólicos por la copiosa comida del día. Pero ya en la madrugada la cosa estaba fuerte, así que convocaron de urgencia a mi tía Sabina, quién llegó con las órdenes expresas de calentar agua  y preparar toallas misma película mexicana, mientras la partera llegaba un rato después envuelta en un saco de pieles, como de gala para el acontecimiento, jejeje.

Nací, después de que mi madre tuviera que buscar en sus instintos maternales la forma como dar a luz y las indicaciones cruzadas de las presentes, a las 7 y 20 de la mañana del 19 de diciembre de 1978. Casi de inmediato, y mientras aún me recuperaba del paso de lo calientito al frío arequipeño de ese día, mi tía Meche me puso en las manos una moneda y un periódico. Según cuentan arrojé la moneda y me aferré como un náufrago al papel.

Mi mamá me buscaba y no estuvo tranquila hasta cuando me tuvo a su lado. Nos presentamos correctamente, para ella era algo tan suyo y yo tan de ella. Así fue nuestro primer encuentro y gracias a Dios aún seguimos aquí para amarnos mucho y a ti también Mathias.

—¡Qué bonita historia!, y ¿Cómo yo nací?

—Huy hijito, esa es otra historia para otro Comecuentos, queda pendiente entonces.

Relato publicado en La Central Noticias

Uno llega, uno se va

Por: Sarko Medina Hinojosa

—¡Ayuda!

—¿Qué pasa?

—Esta chica está que se muere, parece que se le complicó el parto —dijo el taxista.

Lucio, técnico en enfermería en la posta “Virgen de la Asunción”, con rapidez abrió la puerta trasera del vehículo.

—¡Seño Maritza!, ¡tenemos una emergencia, tengo una cabeza de bebé a la vista!

La tranquilidad en el barrio se ve rasgada por los gritos de la jovencita.

***

—Entonces, usted atendió a la menor.

—Sí, era una paciente primigesta, con rompimiento de bolsa una hora antes, 17 años. Nosotros somos dos como personal permanente, el técnico y obstetra. Llegó con dolores fuertes y con la cabeza del bebé salida. El técnico Lucio la entró de emergencia en brazos, envuelta en una frazada. La camilla de traslado estaba malograda y recién llegaría el viernes reparada.

—¿El técnico estaba con su equipo de protección personal?

—Sí, por norma debemos estar protegidos en este tiempo.

—La norma dice muchas cosas, pero el personal muchas veces lo incumple.

Maritza se muerde los labios, quisiera responder, pero el administrativo solo hace su trabajo.

—Estaba con su traje anti fluidos e implementos protectores para zapatos, mascarilla y careta facial, además de guantes. No sabíamos la verdadera condición de la paciente hasta ese momento así que se trató como una emergencia de parto.

—Pero al final no lo fue.

Maritza baja la cabeza, los recuerdos la dominan. Los gritos de la muchacha aún retumban en su mente.

***

—No te atiendes en este centro, por qué no fuiste a donde te hacen tus controles.

—Señito yo vivo como veinte cuadras arriba, este es mi centro no hay más.

—Pero aquí no figuras. ¿Cuándo te hiciste tu último control?

—¡Auch!, duele mucho. No me he hecho eso, desde que empezó lo del coronavirus no salía de casa, mi papá nomás iba al mercado.

—¿Y tu papá?, por qué no ha venido contigo.

—Murió hace cinco días, ¡por favor no me dejen morir!, disculpen si no vine antes. 

—Seño Maritza, creo que debemos derivarla —dice en voz baja el técnico. El presentimiento hace que también se detenga la obstetra.

—Lo sé, pero está coronando, ¡mira! No va a aguantar la espera y hasta que llegue la ambulancia se nos muere madre y bebé… además… ya sabes cómo está la situación.

***

—La situación no estaba para descartar que tenía el virus.

—Efectivamente, pero en ese momento teníamos que sopesar para determinar la estrategia de atención. El único hospital Covid era el Honorio Delgado Espinoza, pero estaba colapsado, con pacientes en fila a las afueras y nos avisaron que tampoco recibirían en el Goyeneche porque estaba igual, saturado. En ese momento enviarla en un taxi acompañándola incluso, era un peligro sanitario, no sabíamos si estaba infectada o no. 

—Así que prefirieron correr el riesgo.

La mirada es fría. ¿Cómo explicarlo? Durante sus años trabajando en pueblos de la sierra en Cotahuasi, en Chivay, la misma mirada cada vez que se cometía alguna incongruencia en atención de carácter administrativo. Cada vez tener que responder esas preguntas, justificando el tratar de salvar una vida. Pero, aprendió también que los apasionamientos sirven en el momento de la atención, no para explicar algo que debe pasar por el frío tamizaje del recuento técnico.

***

—Prepara la sala como lo practicamos.

—Usted asume.

—Sí hijo, apúrate nomás, luego hacemos el informe. Igual avisa al Centro de Independencia que estamos en atención de parto de primeriza para que nos puedan apoyar.

“La sala de tópico la convertimos en ese momento en una sala de atención. Colocamos una mascarilla encima de la que tenía la paciente. Rociamos con agua y lejía toda la superficie de su cuerpo que pudimos. Le echamos alcohol en gel en sus manos”.

—Mamacita, escucha, tenemos que echarte todo esto, pero dime ¿De qué murió tu papito?

—Con el virus.

—Suficiente, lamento tu pérdida, pero ahora debes luchar por tu bebé, debes pujar con fuerza, ¿sí?

“Se le sacó la mayor parte de la ropa para que no toque en ningún momento al bebé. Se esterilizó el material con alcohol. Nos retiramos los guantes superficiales para poder colocarnos unos nuevos y procedimos a la atención”.

—¡Puja hija!

—¡Auuuuuuu!, ¡papito ayúdame!

—¡Así, tú puedes!

“No demoró mucho. El bebé salió llorando, e inmediatamente lo puse en el abdomen de su mamá, para que se acostumbre a su calor y a su olor. Mientras el técnico arreglaba todo con cuidado y le limpiaba los pezones, le di los tres minutos de oro, para que el cordón deje de latir para cortarlo. Limpiamos a la criatura y dejamos que lacte, mientras llamamos al Centro de Independencia para que nos dieran indicaciones finales. Por norma íbamos a esperar dos horas para que el sangrado termine y ese útero empiece su proceso de sanación, pero no pasó así”.         

—¡No deja de sangrar!

—La ambulancia en cuánto te dijo que llegaría.

—Veinte minutos.

—Tengámosla lista, iré con ella.

—No, iré yo.

Maritza mira a su compañero. Tendrá que ir al Hospital Goyeneche, allí están haciendo las pruebas rápidas y la operarían. Se tendrá que quedar un buen rato con el papeleo.

—Tranquilo, es mi paciente.

—Pero es mi trabajo, Seño, ya hizo lo que pudo.

“Revisé en el bebé su temperatura y frecuencia cardiaca. La madre era la preocupación, así que se fueron en la misma unidad particular que la trajo, previa desinfección y protección del bebé y la madre”.

***

—Así es, usted hizo lo que pudo. Debieron trasladarla antes a un establecimiento Covid, eso dicta la norma, pero, teniendo en cuenta el periodo de rompimiento de fuente y que la cabeza estaba prácticamente afuera cuando llegó la paciente, obviaremos ese detalle. Actuó bien, Maritza, una pena por la situación de la jovencita nomás.

—¿Saben algo de ella?

—Cortaron el desangre, y de su caso se hizo cargo gente del Inabif. Si tuvo suerte no los separaron, pero imposible: menor de edad, situación de abandono, sin pareja. En fin. Hasta luego.

***

—¿Más tranquila?

—Sí Seño. Muchas gracias, mi bebé está bien, es mi recambio.

—Sí, está lactando, buena señal. ¿Por qué dices recambio?

—Mi papito decía eso… Un chico de mi barrio, el Julio, vino a pasar vacaciones con su familia. Yo no le hacía caso, pero me convenció de estar con él. Y bueno.

—Tu papá se enojó, seguro.

—No. Mi papá era mayor cuando se juntó con mi mamá. En su primer compromiso le fue mal y se separó, luego se vino aquí. Mi mamá también era mayorcita. La trajeron como criada y sus padres se olvidaron de ella. Se cansó de vivir sirviendo. Cuando tenía veinticinco se salió de esa casa y se puso a trabajar como comerciante. Mi papá la convenció de enamorar. Así estuvieron años, hasta que invadieron un terreno allá en la vuelta del cerro y me tuvieron. Mi mamita murió hace siete años. Nos quedamos solitos hasta que murió.

—¿Cómo sabes que fue de Covid?

—De qué más se podría morir Seño. No quería que saliera a ninguna parte. Él nomás iba al mercado. Hace dos semanas se puso mal. Le dieron unas medicinas allá en el Honorio pero no le hicieron nada. No pude ni conseguirle oxígeno. Un vecino me ayudó a llevarlo de noche al cementerio y allí nomás lo enterré, justo el que me trajo.

—Aún está afuera, esperando que salga todo bien. Y, ¿por qué no viniste para hacerte tus controles?

—No quise, tuve miedo y mi papá no me insistió.

—¿El papá de tu hijito sabe que estabas embarazada?   

—Sí. Me dijo que cuando naciera el niño se vendría, también es menor como yo. Seño, tengo mucho sueño, ¿eso es normal?

—Sigues sangrando. Esto aún no termina hijita, te vamos a llevar al hospital.

—¡No! por favor me van a quitar a mi bebé porque soy menor.

—No es así —la trata de tranquilizar Maritza, sin tener en claro qué sucederá. —No pienses ahora en eso, primero es tu salud y la de tu bebé. ¡Lucio!, se tendrán que ir en el taxi nomás.

***

Pasaron dos meses de eso y Maritza seguía pensando en esa jovencita. Ginamaura, así se llamaba. Lucio le contó que no querían aceptarla, pero luego de ver la gravedad del sangrado, la aceptaron, le hicieron la prueba rápida, saliendo positivo. No pudo quedarse más. Luego de eso, esperaron siete días de angustia para hacerse también la prueba. Negativos ambos.

—Un alma se va y otra llega, eso seguro quería decir con lo del recambio —piensa mientras ordena su escritorio, es casi hora de cierre.

—Seño, tiene una pacientita.

—Clásica, justo se les antoja cuando estamos por cerrar. Hazla pasar nomás.

Maritza la reconoce al instante, pese a la mascarilla. El bebé está en sus brazos arropado en una hermosa lliclla y a su lado un joven con ojos asustados.

—¿Me recordarás?

—Claro que sí. ¡Y ya era hora que vengas para tu control, sabida!

Las risas inundan el pequeño consultorio.       

Foto referencial. La obstetra es Liliana Maritza Hinojosa Gutierrez, mi madre.

La marcha va por dentro

Por: Sarko Medina Hinojosa

En la foto balanceaba una cabeza en su mano derecha. Irma tendría unos catorce años y nadie le había dicho que los besos se piden, no se arrancan, no se obligan. Lo sabría años después, comprendiendo que todos sus males florecieron como una materia ponzoñosa después que les tomaran esa foto en el colegio. Día de la Primavera y tenía una muñeca porque estaba disfrazada de mamá.

Los tiempos eran duros. Las calles vomitaban personas mientras respiraban humo de las bombas lacrimógenas. Era como una mala película de bomberos que vio por esos días. Musculosos que no se quemaban en medio de un incendio, pero, el humo, lo suficiente como para que se viera el rostro en primer plano del héroe. Los hombres siempre salían de héroes en esas películas, salvando damiselas. Por eso prefería las películas japonesas, allí las heroínas tomaban el destino en sus manos. Pero recién les agarró el gusto después, con Raúl que le hizo mirar animes.

—Estás recordando la marcha del dos mil ¿no?

—Sí, es inevitable. ¿Qué será de la vida de Jasson? 

Escuchó el grito, eran dos muchachos. La guerra estaba desatada desde el día anterior, 26 de julio. Tenía un puesto de comidas en Jirón Azángaro con la Avenida Roosevelt. Le vendió casi todo a los participantes de la Marcha de los 4 Suyos. Hasta le pareció ver a Toledo con una vincha, pero solo le pareció. El grito era de dolor indecible. Dudó mucho, ella no se acercaba a las personas de por sí, menos a hombres. El que jalaba al herido la miró. “¡Ayúdame!”, le gritó.

—Eras una mocosa agresiva, ni entiendo cómo te aguanté.

—Qué dirás, eras un otaku casposo, alégrate que me fijé en ti, como dicen ahora, hubieras muerto virgen.

La herida era grave, no sabía cómo ayudarlos. Su pequeño Luchín de seis años estaba asustado. “Súbelo a mi carro”. No estaba caliente, la cocina la había apagado hace horas. Ni sabía porqué se quedó, ni gente pasaba, solo esos dos desafortunados, ni bien empezó la represión policial y recibieron los perdigonazos. Fue curioso ver a una chica con un niño en brazos y un muchacho empujando un carrito de comidas con un cuerpo gritón por el Jirón Aljovín, voltear por la Carlos Zavala y reclamar a los del Hospital de Emergencias Grau que atendieran a Jasson.

Los hechos fortuitos crean grandes historias de amor, o eso ella creía. El otaku regresó tres días después a comer a su carretilla. No le habló. Al día siguiente se apareció, pero no comió nada. Las cosas se estaban poniendo de nuevo feas, nadie reconocía a Fujimori como presidente, se hablaba de nuevas marchas, pero, el vandalismo de la primera y los detenidos por la fuerza, desanimaban a varios. “Siéntate pues, parado no vas a comer”, le dijo y no le cobró ese día. Pasaron los meses y, entre su terquedad de no dejarse ni tocar y la timidez de Raúl, que recién a la cuarta vez que se vieron le pudo decir su nombre, avanzaron por una relación de mudos. Ella vendía, él llegaba por la tarde, recogía los platos, lavaba y jugaba un rato con Luchín. Luego la acompañaba a su cuarto, ella le daba algunos soles, siempre los rechazaba.

—¿Crees que le pasará algo?

—No pienses, es lo que mejor haces.

En la foto sostenía una escarapela hecha de papel cometa. Raúl tendría unos diez años cuando la muerte de su padre, pescador en La Punta por una intoxicación alcohólica, lo sumió en una mudez que nunca comprendieron su madre y hermanos. Terminó quinto de secundaria y se largó a Lima, a vivir en un cuartucho arrendado en Barrios Altos. Su mayor pertenencia era un televisor de 14 pulgadas y un VHS, donde miraba las series japonesas que le gustaban. Trabajaba vendiendo repuestos de televisores en un puesto en Polvos Azules. Siempre supo que algo no andaba bien, a veces no entendía ironías y se tomaba todo literalmente.

Irma le confesó, una noche que intentaron de nuevo emparejarse, lo que le hizo el soldado allá en su pueblo, luego de la ceremonia en el colegio y las veces que lo repitió, amenazándola con matar a sus padres, hasta que quedó embarazada y tuvo que venirse a Lima, despreciada por esos padres que intentaba proteger. No lo intentaron más, hasta que decidieron irse a vivir juntos al cuarto de ella. Pasó un año. En ese tiempo también le contó sobre su padre y, aunque de borracho abusaba de él, de sano era un buen tipo. Le confesó que tampoco para él era importante tener relaciones, solo que, bueno ya sabía era un mundo donde todo giraba alrededor de eso.

—Es tarde y no ha llamado, me ha dejado en visto toda la tarde.

—No es un chiquillo, además le dijimos que cualquier cosa corra nomás, que no se haga el héroe.

—Si le pasa algo será tu culpa.

—Le hemos contado tantas veces la historia de nosotros, que seguro quiere encontrar a su amor.

—No bromees, sabes que no entiendo, él no es como nosotros.

—Claro pues tonto, él es mejor, está en la universidad, tiene buenas notas, y ya tiene enamorada.

—No me ha contado.

—Claro pues, si te quedas mudo y no hablas, con cuchara hay que sacarte las cosas, varias veces pudiste preguntarle a dónde iba tan trajeado y solo le dabas plata.

—No me di cuenta, pensé que a la universidad a una exposición. Y tú ¿desde cuándo lo sabes?

—Tiempo ya. Una madre sabe.

El tiempo ha pasado. Se desilusionaron de Toledo, de Álan, de Ollanta y de PPK. Por allí le tenían fe a Vizcarra, pero, el martes lo vacaron de presidente y ese jueves su hijo se fue a la marcha. Irma le puso un polo de repuesto y vinagre en su mochila. Le metió cincuenta soles en el bolsillo. “Por si se hace muy tarde vete a un hotel, pero llamas”, le susurró.

Escucharon las noticias, llamaron a los hermanos de Raúl, su hijo Luchín se llevaba bien con varios de sus primos, con ellos fue a la marcha. Les contaron que la Policía los dispersó a punta de lacrimógenas y no sabían nada de él desde el día anterior. “Es uno de los heridos, que vayan a averiguar”, pidió Irma con clarividencia y Raúl suplicó por el celular.

Una hora después les dieron la noticia: estaba en el Hospital Guillermo Almenara, tenía una herida de bala en el pecho, pero no lo iban a operar, estaba estable, la bala seguiría allí, en el pulmón hasta poder operarlo sin riesgo.

Se miraron a los ojos. No gritaron ni lloraron, sabían que el mundo es así, tienes todo por un tiempo, luego viene la prueba, lo habían conversado varias veces, no era tan gratuita tanta felicidad. Agarraron el dinero de los ahorros para comprar el puesto en el mercado de Ventanilla, sabían que les iban a pedir medicinas. Mientras, en la tele veían al primo de su hijo reclamar que los efectivos no quisieron que se sepa. Lo mismo le pasó a su amigo Jasson, que quedó con la pierna dañada para siempre y nunca lo consideraron entre los heridos del año dos mil.

—Nos tenía que pasar a nosotros.

—No solo a nosotros, mira a tu alrededor, es lo mismo que en esa vez, solo que la bala la recibió nuestro hijo.

—Es verdad, en este país todo da vueltas y se repite como un mal remake de anime.

—Ahora que me acuerdo, hay un celular que dejó porsiacaso en su cómoda, allá lo cargamos, para que vea sus series cuando despierte.

—¿Y si no lo hace?

Irma no necesitó pensarlo mucho, la respuesta la tenía atravesada en el alma desde adolescente.

—Si mi hijo no despierta, quemo todo y tú me ayudarás.

Raúl sabía que lo haría. Se llevó los fósforos de la cocina en el bolsillo.

Monstruos ocultos

Por: Sarko Medina Hinojosa

Luego que terminara sus estudios de Contabilidad y se separara de su papá, la mamá de Joaquín empezó a trabajar en un estudio por la Plaza España. A veces tenía que quedarse hasta muy tarde, pero cuando regresaba, llegaba ebria, con una botella en la cartera y con galletas Charada como recompensa y culpa para el niño.

Las tardes de ese verano, con 10 años cumplidos, se las pasó leyendo sus revistas de historietas argentinas. Las páginas de El Tony, D’artagnan y Nippur Magnum, llenaban la imaginación del pequeño, atraído aún más por las aventuras donde los magos eran los héroes, maestros y hasta villanos. Cambiar la materia, le atraía.

Por eso, con varias cosas que tenía a la mano en casa, armó su taller de alquimista. Había unas garrafas de vidrio, que en su época contuvieron pisco o vino, pero ahora lucían unas mezclas de diferentes colores y olores. Eran la base de sus hechizos. Una tenía mezclas raras de brebajes secretos encontrados en la cocina, como “aceite de ricino”, “sal de sangre de murciélago”, especias traídas desde “oriente por los magos de Cagliostro”, combinadas con el “sudor del mago Fumanchú”, oscuro como el alma de Drácula. Para otra de sus mezclas usó a escondidas los secretos que su madre ocultaba en una caja. Estaba llena de pastillas pasadas. Para Joaquín eran combinaciones de “magia de los grandes Brujos de la Galaxia de Andrómeda”, traídos por el “gran Gilgamesh” en algunos de sus viajes por el tiempo. En otro, había arañas, mariquitas, grillos, hormigas y hasta una cola de lagartija que huyó por entre las cucardas cuando intentó atraparla, flotando en un líquido verde, producto de echarle la esponjita interna de uno de sus plumones gastados.

Su casa estaba en una esquina del barrio. Había un cuarto grande que servía de almacén, le seguía el callejón de entrada, luego dos cuartos, uno para él y su mamá, terminando la cocina. Todo lo demás era una suerte de huerta y un espacio lleno de piedras.

Mientras estaba una tarde realizando la “trasposición del alma del rey Arturo hacia un Lobo Vikingo”, cayó cerca una pelota pequeña de color azul. No era la primera vez que sucedía. Sus vecinos, por la parte de arriba de la casa, los fines de semana, recibían la visita de amigos o primos y armaban unos juegos con diferentes objetos, los cuales muchas veces caían en la casa de Joaquín. Entre casa y casa había una pared de diferencia, no muy alta. Así, pelotas, boomerangs, hasta pistolas de plástico y muñecas salvaron la barda y llegaron a sus dominios. A veces la pedían a gritos y, sin decir nada, Joaquín las devolvía tirándolas. En esta ocasión estaba por hacer lo mismo, pero una cabeza asomó por la pared.

—Oye no pases no es tu casa —oyó que sus vecinos le decían a esa cabeza con cabellos crespos.

—No pasa nada parece que no hay nadie. Esperen. ¡Oye niño!, ¿Viste la pelota que pasó por aquí?

—Sí, aquí está.

—Aquí hay un niño, me va a pasar la pelota —dijo el chico mientras seguía apoyado con el estómago en la línea de ladrillos.

—Oye y ¿A qué juegas?, ¡Miren! tiene un montón de botellas y cosas.

—Juego a la alquimia.

—¿A la qué?

—Es como hacer magia.

—¡Súper!, oigan el chico de al lado nos invita a ver su juego de magia, ¡Vamos!

Joaquín no entendía que había pasado, no era de conversar con nadie en el barrio, aún su mamá no le permitía salir y sí salía era para visitar a sus primos en Cerro Colorado. En eso pensaba cuando ya estaban tocando la puerta de la calle.

Los hizo pasar con timidez.

Eran seis, tres varones y tres mujeres, algunos de su edad y otros algo mayores. Su alegría y curiosidad lo contagió, en especial al verlos interesados en su laboratorio secreto.

—¿Y qué cosas saber hacer?

—Pues mezclo cosas y eso.

—Pero, ¿Para qué?

—Para jugar, no es que sea de verdad, solo para jugar.

—Oye, pero eso de la brujería es malo.

—No, los grandes alquimistas usaban su poder para el bien, como Merlín.

—Había malos, mi mamá me contó de una bruja mala llamada Morgana.

—Pues sí.

—Y en las películas de dibujitos los malos siempre son hechiceros. Mejor no lo hagas.

—¡Puaj!, ¿Qué hay aquí?, huele feo.

—¡Miren aquí hay animales muertos!

—Son insectos.

—Oye tus juegos son raros.

—Solo es un juego, no hago nada malo.

—Claro que sí, matas animalitos.

—¡Son insectos!

—Pero en mi clase de catequesis me dijeron que todos los animalitos son hijos de Dios.

—¿Y qué haces cuando aparece una araña en tu cuarto? —Salió a defender a Joaquín el chico de los rulos.

—Pues papá la mata.

—Ves, el chico solo está jugando, así como juegan ustedes a darle a los pajaritos de su árbol o cuando se tiran la pelota entre ustedes, ¿o no se divierten dándole con la pelota a Juancho?

—Eso es verdad, se ríen, pero a mí me duele.

—Ja, ja, ja.

Se rieron mucho recordando también que se burlaban de la voz de tal o los codos de cual. Joaquín respiró algo aliviado, pensaba que lo iban a seguir criticando. Los llevó a la huerta para que vieran los insectos que vivían allí, desde las arañas, hasta los chanchitos de tierra que se ocultaban debajo de los ladrillos, también las hormigas y sus hormigueros llenos de huevos blancos y las mariquitas. Luego les invitó sus galletas. Estuvieron un rato más y se fueron.

A la semana siguiente no fueron los niños a jugar a la casa vecina así que no hubo bulla. La siguiente sí. Joaquín preparó su laboratorio por si querían venir a visitarlo. Pero nada ocurrió. Buscó, en esos días, algo novedoso para sus pociones, para hacer más interesante su juego. En el cuarto de los trebejos, encontró una chombita de cerámica, tapada con barro. Recordó que su mamá trajo ese recipiente desde Locrahuanca, lugar donde vivían sus abuelos. Esa noche le preguntó si contenía chicha, su mamá, entre cansada, mareada y mirando la tele, le explicó que no, que eran los restos de un demonio llamado Jarjacha, que su tatarabuelo logró dominar. Estaba algo eufórica así que se puso a conversar con su vástago.

—¡Una jarjacha!

—Sí, allá en la tierra hay muchas leyendas, así como las que tu lees en tus libros y revistas, pero allá son reales. Tu ancestro era un apucamayoc, una especie de chamán protector. Tenía que atrapar a ese demonio porque era su propio hijo, transformado por el Supay por ser avaricioso.  

—¿Y por qué conservan sus restos?

—Yo no creo en esas cosas, pero le juré a tu abuela que traería eso y lo escondería. Según ella la maldición permanece y, cualquiera que toque esos restos puede transformarse en lo que quiera, así que para evitar que alguno en el pueblo por ambicioso se lo robe, pues me pidió traerlo.  

—¿Un apucamayoc es como un brujo?

—Creo que sí.

—¿Y eso se hereda?

—No pienses cosas, tú eres curioso porque lees mucho, demasiado a veces, no porque tengas poderes, además en la ciudad esas leyendas no funcionan, la gente no cree y para que esos demonios aparezcan debe haber creyentes. Deja eso en paz y comete tus galletas.

La siguiente semana escuchó a los chicos, pero no le dijeron nada.

Pasó una semana más y empezaron las clases. Joaquín se olvidó de estar atento a la casa vecina. Un sábado se le ocurrió jugar al apucamayoc que desenterraba los restos de un tapado lleno de oro. Había conseguido que su mamá le comprara un libro sobre leyendas andinas y estas le ocupaban su imaginación ahora. Estaba en esas cuando un tipo plato de plástico pasó flotando lento y cayó despacio en medio de las tunas.

No escuchó la consabida frase. Esperó un poco, pero nada. Recogió el artefacto y se acercó a la pared para escuchar mejor.

—No hagas ruido, de repente está allí ese niño horroroso.

—Sí, no digas nada, mejor sigamos jugando y cuando llegue tu mamá que vaya a pedirlo,

—Mejor, no vaya a embrujarnos o peor, hacernos beber sus menjunjes.

—La vez pasada que comí esas galletas se me soltó el estómago, seguro estaban embrujadas.

—Es muy raro.

Joaquín se sintió mal. Esa última frase la pronunció el chico del cabello con crespos. Nunca pensó que en realidad lo que hacía era malo. La vergüenza lo inundó. Claro, no lo vio antes, pero sus juegos no se comparaban con los juguetes que usaban sus vecinos. Miró el plato de plástico. Se quedó quieto un momento, con las lágrimas queriendo liberarse, con el sollozo a medio explotar. Respiró. Pensó. ¿Qué haría su tatarabuelo en una situación así? En silencio se fue a buscar algunas cosas.

—Hola tengo su plato, se los voy a pasar, pónganse cerca de la pared para que se los alcance.

Los chicos se sorprendieron pues había pasado una media hora, pero igual se acercaron, queriendo ser quién reciba el juguete. En eso vieron por la pared aparecer a Joaquín por el muro y dejar caer el frisbee. Al correr todos a cogerlo, recibieron un baño de las pociones combinadas echadas de un balde, con un agregado sanguinolento.

El niño los vio transformarse en una especie de llama, con patas alargadas y cuellos terminados en rostros humanos, gritando y llorando. No le sorprendió la transformación, estaba convencido que su deseo se cumpliría.  

El Comecuentos: El ejemplo que me da mi madre

Por: Sarko Medina Hinojosa

Les voy a contar una travesura periodística que tengo desde que ingresé a Arequipa al Día, allá por el 2004. Siempre que puedo escribo sobre mi mamá Liliana en los medios que he trabajado. En artículos, notas sobre obstetricia y demás, la he incluido de tanto en tanto. Pero, esta vez, quisiera que ella cuente su historia como profesional de la salud y que hoy está en primera línea combatiendo el Covid19, ayudando a las nuevas mamás a traer a sus pequeños hijos:   

“Quisiera contarles la historia de una obstetra que nació en un lugar muy alejado de la ciudad de Arequipa, en un pueblito llamado Cotahuasi. Cursó estudios en la escuela María Auxiliadora y culminó en el glorioso Mariscal Orbegoso. Fue madre a muy corta edad siendo ese niño su motor y motivo para culminar su meta trazada ser Obstetriz. No sólo fue su hijo sino también su compañero de estudios ya que estudiaba en el colegio San Juan Bautista y al culminar sus clases entraba sigilosamente al aula de mamá en la universidad, sin molestar a nadie se sentaba en el último asiento y cansado se dormía. Los profesores lo aceptaban como un estudiante más.

Fueron pasando los años entre el cuidado de su hijo y sus estudios, no muy buenos por cierto ya que no fue fácil esta tarea, había carencias de muchas cosas, pero siempre tenía el apoyo de su madre Hilaria, de acuerdo a sus posibilidades, desde su lejano pueblo. Logró culminar sus estudios obteniendo su título profesional de Licenciada hace 31 años. Mis recuerdos son con mis compañeras en el Parque Libertad de Expresión, cerca de la universidad, la estrega de mi placa por mi tía Sabina, internado en el hospital Ex Obrero, recibiendo mi título profesional, SERUMS en Cerro de Pasco en un lugar de fantasía, en plan ceja de selva llamado Villa Rica.

Allí me fui con mi fiel compañero, mi hijo. Nos conocimos desde mis 15 años como él dice. Fue una experiencia maravillosa aunque el terrorismo estaba en la cúspide. Pedía a Dios un día más, para vivir, yo tenía mucho miedo, pero estábamos juntos y él era feliz. En esa selva conoció nuevos amigos, mascotas como 2 boas bebés, 1 tortuga, 2 pihuichos (loritos pequeños) y 1 lora, se imaginan como gritaban, me volvían loca y él era feliz. Mi trabajo era en Essalud pero más atendía a los nativos en sus propias comunidades, tanto así que me llevaron a la fuerza a atender 1 parto que duró 3 días, pensaron que ya no volvería en esos días. Comimos 3 gallinas la parturienta y yo, gracias a dios salió todo bien, me vendaron nuevamente los ojos y me dejaron en una carretera, con mi costal de yuca y plátanos, que les parecía una buena paga. Paseábamos en la selva, nos perseguían los mosquitos como una mancha blanca y nosotros corríamos. Una vez, viajando en la única empresa “Lobato”, de la parte de atrás una mujer empezó a gritar, al acercarme me di cuenta que estaba en plena labor de parto, le quite el pantalón y atendí su parto, ligue el cordón con un pasador que alguien me alcanzó, todos alegres aplaudían y le pusieron el nombre de “Lobatito”.

En esta época pasamos cosas bonitas y muy tristes por amenaza de los “tucos”, tuve que retornar a mi retoño a Arequipa, unos meses más yo también. Se presentaron propuestas de trabajo, pero yo sabía lo que era vivir bajo el terror no acepté. Me quedé sin trabajo 4 largos años, en ese lapso trabajé 1 año como docente, linda experiencia. Luego apareció un programa llamado FOCALIZACION, en el cual no tenías derecho a enfermar o embarazarte y pagabas tu propio seguro de vida, descansabas 4 o 5 días de acuerdo al mes. La lucha fue dura las plazas ofertadas eran las más alejadas y la única que quedaba era la de Yanaquihua, les hice creer que era un lugar que se tenía que caminar mucho para llegar, se asustaron y yo gané jajajaja. Pero con suerte me quedé en Iray, fui la primera obstetra, cumplía la labor de médico, el pueblo estaban feliz conmigo, conocía todos los anexos, no tenía horario, por la atención de un parto me daban la mitad de 1 cordero, llegaba a mi cuartito con un burrito cargado de víveres, ¡qué les parece!.

Atendí por primera vez una miasis, hemorragias, fracturas, una preeclampsia qué nunca se controló, embarazo gemelar, lastimosamente los perdí camino a Aplao en la ambulancia que tardó mucho en llegar. Allí comencé a trabajar cuando Manolito tenía 1año y 8 meses era muy querido, claro si todas las casas se conocía. Una anécdota, era febrero llovía a cántaros él dormía hasta las 5pm, pero no podía salir a traerlo a mi trabajo, porque tenía varios pacientes, incluido un accidentado, terminé y corrí a mi cuarto y encontré la puerta del patio abierta y las huellas de sus piecitos terminaban en la orilla de tremenda acequia de agua. Grité y los vecinos acudieron a mi llamado se dividieron en grupos. Eran las 8 de la noche y nada. Me cansé de llorar hasta que se secaron mis ojos sentada en el camino, faltaba retornar el Sr. Elard, cuando lo vi volver traía en sus brazos un pequeño bulto tapado con un plástico azul. Era mi querubin y me lo entregó. Pensé que estaba muerto, abrió sus ojos y me dijo “mamá”. Gracias Señor no nos abandonaste”.

Mi mamá continúa su relato en su Facebook, porque encontró esa manera de expresar tantas historias que tiene contenidas por ese medio. Aún le falta contar su paso por Tomepampa, Alca, Toro, Huaynacotas, Cotahuasi, Chivay y tantos lugares a los que fue a trabajar y atender partos. ¡Hasta un becerro ayudó a nacer!

Bueno ya hice mi travesura, un abrazo Liliana Hinojosa Gutiérrez, sabes que te amo mucho y te debo todo. Tenemos muchos Comecuentos que leer aún no lo olvides.

Relato aparecido en Semanario La Central

La corbata

Por: Sarko Medina Hinojosa 

No sabía cómo hacer el nudo. Fue a preguntarle a su abuela cómo se anudaba una corbata y la pobre lo mandó a que busque entre las enciclopedias que coleccionaba su padre.

Los anaqueles en la sala guardaban colecciones de Tecnirama, la Océano, Espasa Calpe, Británica, había otras especializadas en Derecho y otras de Educación, pero no creía que alguna tuviera algo relacionado con el arte de vestir para un funeral.

El Toyota Corona de su padre se estrelló bajando la avenida Venezuela hace dos días. Su madre estaba a un costado.

La noticia lo despertó en la mañana con la llegada de la Policía. Un telegrama urgente a la familia en Lima por parte de su mamá y la abuela llegando, dejándolo todo, como venía repitiendo a quien quisiera escucharla, con el fin de cuidar a su único nieto.

Su padre era abogado, de familia puneña, “pero de abolengo”, repetía. También hijo único. Su carrera había acabado con la hacienda de sus padres, pero estaban orgullosos y murieron así, también lo decía. Era blancón, como su madre, la cual era una bella muchacha en su juventud. Se casaron en los albores de sus treinta cada uno en la Iglesia en Magdalena del Mar en Lima y se vinieron a vivir a Arequipa para que él naciera con varias comodidades que ellos nunca soñaron. Compraron una casa amplia, con cochera que llenaba el magnífico coche de color verde. Juguetes nunca le faltaron y mucho engreimiento también. Su madre consiguió un puesto como directora de una Escuela Normal y su padre estaba en el afamado Estudio Valencia.

Trataba de no llorar. Había pasado derramando lágrimas esos días y los ojos le dolían. Fue al cuarto de sus padres. Una cama amplia, con un cubrecama tejido y con los apellidos de ambos por los costados. Las almohadas blandas, a un costado las mesitas de noche y unas alfombras a cada costado. Trataba de imaginarse qué hacían allí, cuando él se iba a dormir. A veces los escuchaba a través de la puerta. La casa tenía un patio central y los cuartos distribuidos alrededor, así que era salir del suyo y acercarse al de sus papás. A veces escuchaba a su papá alzar la voz, otras un rumor que no entendía. Las más de las veces los ronquidos de ambos.

Abrió el velador de su padre. Había dos libros, uno era El Hombre Mediocre de José Ingenieros y otro de caricaturas de Mafalda. Le divirtió que su papá se riera con eso. En el cajón interior una cajetilla de cigarrillos Ducal, el encendedor de su abuelo y unos sobres de laxante ExLax. Otras cosas como sus gemelos para la corbata, el prendedor… nada más. En el de su madre encontró un bordador compacto. Se lo vio varias veces y ella se jactaba de que se lo trajeron de Estados Unidos. En el cajón interior había un frasco transparente con una etiqueta amarilla que decía: polvos vaginales. Dejó de buscar. Tomó el prendedor de su padre y se guardó los gemelos.

En el salón donde velaban los cuerpos estaba lleno de señores con corbata y señoras vestidas de negro. Era el único niño. No veía a los vecinos ni tampoco a los chicos del barrio. Bueno, tampoco creía que los vería. Era un asunto de grandes. No era que le importara demasiado, pero sentía que debían estar allí junto a sus padres que sí vinieron. Su Papá hablaba siempre de que pertenecía al consejo de vecinos y que había logrado la construcción de la comisaría, de las veredas y otras cosas. “Una cosa es vivir al final de la ciudad y otra es no hacerlo dignamente”, recordaba que hablaba en la sobremesa de los almuerzos.

Tenía ganas de gritar, no sabía por qué. Su abuela vino un momento donde estaba para decirle que ya se los llevaban al cementerio, que iban a cerrar las cajas y que sería bueno que se despida.

Al lado del ataúd de su madre, se alegró que estuviera tan bien arreglada, hasta podrían abrir el vidrio que los separaba para darle un beso de despedida. Siempre fue para él una mujer bella, como las que aparecían en las revistas Cosmopolitan que coleccionaba. Su padre estaba con un terno, todo formal. Seguía blancón como siempre. Él sabía que no tenía ese color en su piel, eran más moreno, cobrizo alguna vez le dijeron que era, no entendía demasiado de eso. Pero allí, frente a su padre se quebró.

Sus lloros alertaron a varios amigos que se lo llevaron a un costado. Uno de ellos se quedó a consolarlo. Era un historiador llamado Eloy Linares, lo recordaba bien porque le regaló un año atrás un fragmento de un huaco de la Cultura Churajón.

—Es normal estar triste, extrañaré también a tus padres, éramos buenos amigos, pero la vida es así, estamos aquí y luego ya no.

—No lloro por eso.

—¿Entonces?

—Es que no pude anudar la corbata y la agarré con el prendedor de mi papá a la camisa nomás y se ha soltado.

Mientras terminaban de colocar las lápidas en los nichos en el Pabellón Santa Rita de Casia en el cementerio de La Apacheta, todos lo vieron muy solemne, con su corbata bien amarrada con un nudo clásico, perfecto.    

*Relato aparecido en Entérate AQP

El Comecuentos: El vino y la familia

Por: Sarko Medina Hinojosa

Una vez, con mi prima Ivón, nos retamos a tomarnos jarros de vino de las tinajas que mi abuelo Santiago tenía en el almacén, allá en la finca de Gramadal, en San Juan de Churunga, donde estábamos de vacaciones. No recuerdo cuantos jarros de porcelana desportillada en la base nos embrocamos entre pecho y espalda, pero sí que mi abuelo se carcajeaba de risa y mi abuelita Julia nos reñía a más no poder. 

Crecí entre leyendas y vino, entre historias que se contaban en una rueda familiar, pasando la botella de mano en mano, escanciando el líquido color granate, con la alegría de la bulla de voces que llegaban desde antaño, para repetir el círculo de la vida. Crecí entre las canciones de El Temucano, diciendo siempre que me gusta el vino: “Porque el vino es güeno, porque lo saca el trabajo de la tierra, porque emborracha cuando uno ta sereno y porque alegra cuando uno tiene pena.”

Pero dejo en la palabra a mi papá, José Medina Rivera, para que explique cómo se hacía el vino en la hacienda de mis abuelos:

“En los registros de mi mente viene unos recuerdos muy importantes acaecidos en Santa Fe. La elaboración del vino, que en su momento fue catalogado como el mejor del valle.

Santa Fe es un pedazo de tierra largo y flaco en el extraño mapa de la tierra, por lo tanto, la acequia que lo regaba por gravedad era larga desde el estanque hasta la culata del fundo, colindante con las chacras de mi tío Antenor Chauca.

En esa acequia, mi padre Don Santiago plantó sarmientos de uvas Italia, Moscatel, Quebranta, Negra y Mulata, la mayoría de ellos en zarzal y unos cuantos en hualpacho y uno solo en parrón.

Cuando la cepa alcanzó su madurez, que viene a ser a los cinco años para adelante, y por lo cerrado de la quebrada, la incidencia de los rayos solares sobre los racimos era mayor que en el resto del valle y el jugo era mucho más dulce.

La elaboración del vino era muy sencilla: se recogía la uva madura, se la landeaba y se escogía, quitándole los escobajos y ollejos picados por palomas y otros pájaros, después se vaciaban los racimos al lagar y se procedía a la pisa. El líquido pasa a la puntaya con ollejos y pepas, de ahí con colador se recibe en cántaros y se deposita en las tinajas.

Después de quince días que dura el proceso de fermentación, se quita toda la morra, dejando solo el líquido y se sella la tinaja con una piedra especial para el caso, envuelta en saquillo de harina y barro. Este proceso era en el mes de marzo y el destape de la primera tinaja se realizaba el 17 de Mayo, Aniversario del Edén.

Del evento participaban miembros de la familia Medina que subían de Iquipí y otros bajaban de San Juan.

PD: La uva Italia da el sabor, la Moscatel el aroma, la Negra el color, la Quebranta el cuerpo y la Mulata más líquido. Por eso fue catalogado el mejor vino de toda la Quebrada. He dicho.”

Coda

Ya no bebo vino. O por lo menos no como en mi juventud. ¿Lo extraño?, en realidad no extraño el líquido, sino lo que era en medio de una reunión familiar, juntos con amigos y alegría, con una buena comida. Ahora construyo recuerdos sin vino, es cierto, pero no puedo dejar de recordar a mi abuelo Santiago, en esa foto conmigo cargando un racimo enorme, y él explicándome la mejor lección del mundo: si uno siembra y cultiva con amor, los frutos son los mejores. Mi familia así lo demuestra. Ya dije.  

#ElComecuentos: Y cuenta las veces que fuiste feliz

Respira…

Y cuenta las veces que jugaste de cara a la tarde, robándole minutos con tus soldaditos en plena selva de alfalfa, las maderas que eran Transformers, tus taps de chapas chancadas volando por el espacio, antes de ir por el té con pan y ver la tele.

Respira…

Y cuenta las veces en el recreo, a la pesca pesca, con los amigos huyendo de los de la patrulla escolar que decomisaban las bolitas, las caretas, los trompos, las figuritas de México 86, a la salida ir por los laberintos de tres pisos y ser el más capo esquivando los hoyos.

Respira…

Y cuenta las veces que te rasmillaste las rodillas jugando en la calle, al sensencaradesartén, pelotas duras y vóley con las chicas que te gustaban pero no les hablabas, la caídas en las biclas, correr a comprar chichasara y fideos, una fanta y tal vez ganarte el globo mayor.

Respira…

Y cuenta las veredas y las líneas de la muerte, saltarlas y esquivar los buzones de agua, contando los bochos de color rojo, pellizcando en octubre por cada beatito, y en el parque el lingo, saltando entre varios en la escalera humana, venciendo la gravedad.

Respira…

Y cuenta los huevos con arroz, las carnecitas fritas en medio del pastel de tallarín, el pastel de cumpleaños, los quequitos del sábado, las mazamorras al otro día, las pasas y guindones, ir por cachitos de mantequilla, pancito con yema, el domingo el adobo y el pan de tres puntas, darle un beso al anisado.

Respira…

Y cuenta las vacaciones, los atardeceres, los cuentos del abuelo Santiago, el Sanguito de Mamá Hilaria, la casa de la tía Hilda, de la tía Sabina, el olor a alfombra y olor a naftalina, la casa de la tía Delia, los primos jugando hasta el anochecer en una playa eterna allá en Camaná.

Respira…

Y cuenta los clavados en la piscina de El Filtro con los del Muñoz, allá en la de Sabandía, cuando tu amigo Pancho te jalaba en la llanta inflada, paseando con Álvaro en la campiña, jugando con Marcos en el parque de Umacollo, con el Larry yendo al cine con las hermanas, con el Alonso en la esquina de La Salle, aprendiendo a ser más que el Chavo y el Chato Púber.

RESPIRA…

Y cuenta las veces que amaste, las que ganaste, perdiste, te perdieron, ganaron tu vida, perdiste la tuya, te renaciste, te renacieron, te salvaron mandándote lejos, regresando para ser aquello que prometiste, y amando siempre la vida que te regalaron.

¡Respira!…

Y cuenta las cuentas del Rosario, vuelve a respirar por cada una, por las veces que te habló al corazón el amigo que caminó encima de las aguas, las que perdonaste y perdonaron, cada una de las personas que te ayudaron, cuenta las sonrisas de ella, tu esposa que te ama ahora sin tregua.

¡RESPIRA!…

¡Y cuenta las veces que soñaste con tu hijo! Cuéntalas una y otra vez, las sonrisas, sus alegrías, los deditos pequeños, los chanchitos de los pies, las veces que desapareciste su nariz, sus triunfos grandes que ovacionaste, sus pequeños dolores que abrazaste, no dejes de contar y respira, respira, respira que esto no acabará así nomás sin pelear, Medina.

¡Respira!… y ama en cada respiración.

Por: Sarko Medina Hinojosa, relato aparecido esta semana en La Central Noticias

El Roberto Bolaño arequipeño

Por: Sarko Medina HInojosa

—Si me muero, diles que siempre amé a mi familia y que nunca dejé de escribir.

Facundo se lo dijo a Fátima mirándola a los ojos, finalizando la cena, sabiendo que inmediatamente después recibiría una cachetada por su atrevimiento.

¡Plaf!

—No te atrevas a hablar así, mucho nos debes para que te vayas sin más. Déjate de tonteras y ayúdame con los platos.

Pero lo pensó bien antes de decirlo. La frase se le ocurrió, como siempre, en medio del trabajo alimenticio en el Banco, entre la póliza de Juan Benavidez Uscallata y el reclamo de cobro indebido de Guillermina Quispe Acencio. Clarito lo recordaba: “Voy a morir”, supo.

Las señales estaban allí, en sus pulmones. Cogió el bicho.

De camino a casa, ese día, recordaba que, en las catequesis del San Juan Bautista de La Salle, el hermano Marin les recordaba siempre que Dios era como el aire, estaba en todas partes y nada podía no estar con Él.

—Hermano, entonces ¿El Covid es algo así como Dios repartiendo castigo?

¡Plaf!

Podía sentir real el golpe que seguro le daría el hermano de La Salle, así, vistiendo en jean y con una camisa a cuadros, lejos de la imagen ensotanada del fundador de su instituto secular. Es más, luego de haberle dado el golpe, habría prendido un cigarro.

—Óyeme mocoso, no seas faltoso.

Eso le dijo una vez que se encontraron en la esquina de La Salle con la Goyeneche, por el 93. El religioso entró como profesor de religión al Muñoz Najar, que quedaba una cuadra más arriba y Facundo tenía amigos allí, a los cuales visitaba en la tarde, cuando salían y compartían del pico una botella de gaseosa barata mezclada con una aún más barata caña comprada por litro en la Sepúlveda y enamoraban a las chicas del Micaela Bastidas.

Al verlo, lo llamó y le ofreció la botella. Supuestamente no podría decirle nada, había terminado la secundaria en el San Juan el año pasado. Era un exalumno suyo y podía ofrecerle un trago.

—Vienes solo a malear a los muchachos. Cuando aprendas a ser hombrecito te aceptaré un trago.

No lo volvió a ver en esa esquina porque su enamorada, Fátima, estaba embarazada y se lo dijo ese día, cuando estaban en el parque de la vuelta y no aceptaba el vasito descartable con la bebida oscura, calenturienta y desagradable.

¡Plaf!

El golpe de su padre se escuchó a la par del grito de su madre. Hombres recios de contexturas resistentes eran ambos. En otra circunstancia seguro le metía su par de cabezazos y podía aspirar a ganar un round a su progenitor. Pero esa vez no. Aguantó un par de golpes más. Luego escuchó la frase cantada: “Así como fuiste hombrecito para embarazarla así deberás serlo para criar un hijo”.

Lo hizo. Empezó a trabajar en un taller mecánico y Fátima pasó el embarazo en casa de sus papás, hasta que pudieron alquilar un cuarto que olía a grasa de cerdo, en las alturas de Miguel Grau. Ella entró a trabajar en un puesto de ropa en el recientemente inaugurado Centro Comercial Siglo XX. Les fue bien, hasta que la criatura una noche tuvo complicaciones para respirar y murió a los dos días de neumonía.

Hereditario. Él también sufría de los pulmones. Fibrosis Quística.

Culpó a sus padres, descendientes casi directos de alemanes venidos en desgracia que recularon por estos pagos huyendo de la locura nazi. Fátima también descendía de polacos. Una casualidad inconcebible en tierra de mestizos como era Arequipa.

Igual siguieron viviendo juntos. Igual se buscaron en las noches por turnos para desfogar la ira que los consumía. Cómplices en la felicidad de seguir vivos y recordando aquello que los unía en la eternidad, tuvieron tres más. Hijos a los cuales cuidaban como oro.

¡Plaf!

Repitió el golpe, ahora dirigido a su hija. Dieciséis años y con ínfulas de modelo, que terminó engordando después del embarazo adolescente. Recuperó esbeltez, consiguió un tipo que la adoraba y se fue con él a los Estados Unidos. Era una culpa latente, ese golpe, la falta de paciencia, repetir el error, alejarse de sus padres y ahora también le tocaba. Fátima llorando la lejanía y culpándolo sin decirlo. 

—Pero, al final nunca me contestó ¿Este covid será un castigo de Dios o no?

Mientras hablaba con el hermano Marin, tosía como loco. Afuera hablaban de que llegaba el presidente Vizcarra. Él esperaba que sí, para decirle que los tenían como bultos, que no pagaban a los médicos, que las obstetrices eran las últimas del carro, que el balón de oxígeno costaba 6 mil lucas, que sentía la culpa consumiéndolo, que lo ayudara a regresar a su hija, que no era escritor pero escribió hasta el final, que leyera esas palabras porque hablaba las verdades de la pandemia, que convenciera a su esposa de publicar el libro luego de su muerte, porque ella no creía en él.  

Sus otros dos hijos estaban en la universidad estudiando ingenierías de minas y de industriales. El esfuerzo era grande. Ninguno de los tres desarrolló la enfermedad del primogénito. Suplicó a la hija extranjerizada que le haga la prueba al nieto y a los que siguieron. Nada. Una alegría futurista.

Cuando empezó la pandemia supo que moriría. Pero, no recibía señal alguna. Empezó a escribir sus memorias. Intento raro, ya que consideraba que su vida no era colorida, pero igual lo hizo, hasta se inventó pasajes para darle matiz y abordó el tiempo actual para darle contundencia. Al final le salió un texto extraño, que no iba a ninguna parte, con intentos de drama pero que no cuajaban o de humor negro, pero más claro, o así se lo hizo saber Medina, uno de esos chicos con los que paraba en la esquina de La Salle y que terminó siendo escritor. “Corrige como si de eso dependiera tu vida, allí te mando algunas observaciones”, le dijo en un mensaje de WhatsApp hace tres semanas.

¡Plaf!

Sonó el anillado en la mesa, cuando se lo entregó a su mujer un día después de la cachetada inicial.

—Hubo un escritor que escribió una gran obra para dejársela de herencia a su familia, no lo vas a confundir con el Chavo del 8, sus nombres se parecen. Si esto funciona recibirán algo de plata. Medina te ayudará a publicar esta novela. Aprovechen el drama de mi muerte, eso podría beneficiar la publicidad.

Fátima no dijo nada. Lloró en silencio esa noche, incapaz de poderle decir adiós mientras lo veía partir envuelto en frazadas en el carro manejado por uno de sus hijos.

La señal fue esa premonición en el banco. Las correcciones las hizo a conciencia mientras sus pulmones se llenaban de moco. Entregó el manuscrito a su Fátima junto al USB. En la noche estaba en una de las carpas del Honorio Delgado. Murió el día siguiente, por la tarde, después que el mandatario no llegara a verlos y supo que una mujer corrió detrás pidiéndole piedad por ellos, los estacionados en la cola de la vida o la muerte, luego que los escondieran para evitar que den mal imagen al Gobernador Regional.

—Hermano Marin, ¿por qué no me responde?

—Porque en realidad no estoy aquí y tú estás a punto de saber las grandes respuestas.

La novela se llamó: “Historia en cinco golpes”.

Fin

Este cuento fue hecho en su totalidad escuchando esta canción:

El Comecuentos: Palmas para el goleador

El fútbol para muchos es un más que una pasión, si eso ya es posible, es un estilo de vida y rige sus pasos: las amistades, la familia, los lugares por los cuales transitar y hasta inclusive los colores con los que se ha de vestir.

En Argentina esa pasión y estilo de vida se respira por las calles. Y no hablo de la cosmopolita Buenos Aires, sino en las provincias. Durante mi paso por Deán Funes, ciudad del noroeste de la provincia de Córdoba, los jóvenes entusiastas en Las Canteras, jugaban diario al deporte rey, en una cancha desnivelada que hacia que la pelota bajara por la gravedad a uno de los arcos, para compensar se celebraban partidos de 5 minutos por lado para que la cosa no termine a las “piñas”, como le saben decir a meterse caricias que duelen por esos pagos.

El espécimen peruano que era yo, en ese 2007, pues representaba el ideario de un fútbol admirado en la Argentina: Cueto, Cubillas, Quiroga.

—Che peruano, tú debes jugar como Reyna, ¡Fah! Que tal pedazo de marcador, lo tuvo de hijo a Maradona en ese dos a dos histórico.

—Mi no entender fuchibol, esquiusmi.

—Serás loco, peruano y las mil… ¡cómo no vas a saber de fútbol!

Es cierto, yo de fútbol sé que el Juventus es de Italia porque mi papá era presidente de su émulo, un equipo que presidió en Chuquibamba, luego que juegan 22 persiguiendo una pelota y que si haces caer a uno cerca del arco es faul. Eso último porque fui arbitro, (ejem, ejem) en un partido importante allá por Toro en la provincia de La Unión.

La cosa es que no nunca le entré al deporte, y fuera de ganar un torneíto de uno contra uno allá en el 93 en mi cuadra y esa historia del arbitraje peligroso que en otro Comecuentos relataré, yo del deporte de los 45 minutos por tiempo, no sabía nada. Pero, allí, en las sierras cordobesas, hablar de fútbol era mencionar a Belgrano y Talleres, y sus hinchas eran rivales perpetuos.

Un día en plena mesa, dos chicos de ambos equipos estaban discutiendo sobre quién era mejor.

—Andáaaaa pecho frio, que ustedes solo tienen copas porque se las regalan.

—¡Decímelo de nuevo!

—Te lo repito y que pasá, nada porque sos un careta.

—¡Agárrame que lo parto, viejo!

Para ese momento ambos jóvenes ya se habían parado y estaban por lanzarse uno contra el otro, cuando el “viejo” que no era otro que un remixero cordobés con unos 60 años, pero de cabello más blanco que las nieves en los Andes, se puso entre ambos para apaciguarlos, pero los pibes no se tranquilizaban, hasta que el mediador se cayó faltándole el aíre.

—No me hagan esto, chicos, a mi me da, a mí me da.

Felizmente no le dio nada al “plateado” y todo quedó en nada, pero me quedó grabado que se tomaban en serio el tema.

Sucedió que nos retaron a un amistoso con un equipo de tercera división de la ciudad. Pero debían ir mínimo trece, por si había cambios. Y había varios castigados. Arañando lograron sacar doce. Luego de varias promesas que no entraría en ningún momento a la cancha, accedí a ir.

El partido de arranque era una matanza, entre que los nuestros estaban acostumbrados a la canchita desnivelada y que los otros estaban jugando como si fuera la final de la Libertadores, metieron dos goles y nos fuimos al segundo tiempo. Al comenzar los descuentos se lesionaron dos de los nuestros y un gol de honor fue metido. Pero lo peor sucedió: otra baja y el director técnico y jefe de la obra miró a su banca y… pues allí estaba yo, más de narrador del partido para las voluntarias de la ciudad que prestando atención. “Ché, peruano, tenés que entrar”. Lo dijo con tanto dolor y yo como estaba en plan demostrativo de mi valía, pues que tuve que entrar. Pero me fui para donde siempre iba en casos así: a la punta derecha, de “lauchero” para dirigir el encuentro en cancha.

Recordé los partidos en las Olimpiadas Cachimbo en el 97, en la histórica cancha Hochiming de la UNSA en que entraba para que no nos ganaran por offside.

—¡Loco!, pateála para asha. Marines, el David está libre, pasasela, ¡Juan!, dejá de agarrarte la melena y pateáaaaaaa.

Así me pasé varios minutos dirigiendo con maestría a los jugadores del equipo, cuando otra tragedia sucedió: me encontraba libre para que me pasaran la pelota y, pese a mis señas de que ni se atreviera el Riojano, este la eleva y me la deja rebotando, justo como para que, encomendándome a san Judas Tadeo, cerrara los ojos y disparara el pie derecho.

Gol.

“Tremendo remate del peruano Medina, quien estaba habilitado por la banda derecha y subió al área chica y de un solo derechazo hundió el esférico en la red, sin que el arquero pudiera hacer nada, golazo que pone el marcador dos a dos y esto está para cualquiera”, era la narración que sonaba en mi cabeza. Tres minutos más tarde pedí el cambio con el Pablo que ya estaba recuperado y me fui a la banca.

—Ché, pero ¿por qué te sales si estas que la llevas?

—A mi me han enseñado que hay que retirarse, cuando las palmas aún suenan.

—Jajaja, peruano loco.

Y así terminó la participación de un peruano en el histórico Estadio Municipal “Fuha Cordi”, de la ciudad de Deán Funes, en marzo del 2007. La historia contará su hazaña.

Por: Sarko Medina Hinojosa

Relato aparecido en el Semanario La Central Noticias

#Compartiresapoyar

Búsqueda: ¿Cuánto vale «Historia de un Deicidio» autografiado por MVLL?

Por: Sarko Medina Hinojosa

El agua con lejía sale formando un disparo que se abre en varias direcciones y moja todo con gotas de rocío.

Su primera esposa se llamaba así. Enamoraron cuando ella hacía su trabajo comunitario en un pueblo de la sierra y a él lo invitó un amigo de la universidad a pasar las vacaciones. Se quisieron mucho por varios años, pero, luego el 2020 cambió todo. En un poema, anticipando el final del idilio, ella le escribió: “Soy las gotas del rocío de la mañana que empaparán tus recuerdos, cuando ya no seas mío”. Era una gran lectora, le contaba sobre autores, sus anécdotas y fama.

Limpia el escritorio con delicadeza, sin apurarse. A su edad la rapidez solo conduce a sofocarse y, en esos días, cualquier acelerada a su corazón puede costarle caro. Para evitar cargar todo de una sola vez, en las últimas semanas fue desocupando sus cosas.

Admira la superficie de madera brillante. En ese escritorio, cuando lo ascendieron a jefe, con Rocío hicieron el amor entre risas y fingidos papeles entre el jefezote y la secretaria. Nunca tuvo una, solo asistentes varones con los cuales cumplió su labor diaria, durante 33 años. El mueble era de roble, sin necesidad de que se lo cambiaran en todo ese tiempo, solo una pulida y barnizada.

Allí firmó papeles, también los de su divorcio para enviarlos por PDF hasta el pueblo en que fue a refugiarse la madre de sus dos únicos hijos. Ella le enseñó a limpiar las cosas con cuidado cuando empezó la pandemia. La presión del trabajo, el miedo constante que llegara contaminado, los secretos que poco a poco salieron a la luz y sus propias ansiedades, los llevaron a la decisión final de o ellos o su trabajo. Se fueron los tres y él se quedó enfrentando la segunda ola del “bicho”, en octubre de ese fatídico año.

Un mes después, sus hijos le contaron que no sufrió mucho, dejó de respirar cuando llegaron al minihospital de la capital de provincia, que la crisis le dio en la noche y duró tres horas, nada más.

Le hubiera gustado estar allí. No se podía viajar. No alcanzó a llamarla. Nunca se lo perdonó, pero la vida le apaciguó el alma y ahora era un pinchazo que se le reavivaba cada noviembre.

Ahora, que estaría libre, podría visitar a sus hijos y rezarle a esa caja en la que estaba.

Podrá hacer varias cosas. Lo que no haría será enterarse, anticipándose siempre a todos, con la única tarea para la que se sabía perfecto: la de saber.

Se hace tarde, reanuda la limpieza, ahora en los equipos de cómputo. Su ordenador sí cambió en esos años. Tuvo uno muy básico, una HP 280. Luego, una Pentium 2, una i2, una MAC, muy mala al final que tuvieron que cambiarle por una laptop Toshiba y luego una i7, una celeron3000 y finalmente una iPac de Huawei con una resolución casi perfecta, aún para sus disminuidos ojos.

En todas ellas era la misma misión, redactar notas de prensa, documentos que el Gerente General debía firmar, autorizaciones, informes de investigación, saludos protocolares y demás. Siete jefezotes, pero él siempre permanente. Dos veces lo quisieron cambiar, las dos veces lo repusieron. Sus conocimientos no eran los más modernos, pero eran efectivos, concretos, sabía el teje y maneje en medios y también los internos.

Durante la crisis del 2020, sus conocimientos fueron esenciales para ahorrarle a la empresa multas en despidos o suspensiones perfectas. Conocía a todos los trabajadores y también algunos de sus secretos, de tal manera que acordaba con cada uno recortes salariales en beneficio del colectivo, con tal de no cerrar y que conserven sus trabajos, sin llegar a especificar su conocimiento, pero insinuándolo.

Solo una trabajadora no tuvo ese recorte. La Secretaria de Gerencia. Antigua como él, pero que le conocía un secreto. Abogó por ella.

La verdad es que tuvieron algo. Se llamaba Marta, como la canción y hasta se la cantó. Ella se reía de sus intentos. Le propuso algo sencillo, unas cuantas salidas, un par de veces en esa misma oficina y sillón terminando en una travesura meridional, con más risas que conclusiones placenteras. En un acto de sinceridad se lo confesó a Rocío a mitad del primer estado de emergencia nacional, como para quemar puentes y que se fuera con sus hijos a la seguridad de la sierra y su aire puro. El “bicho” la buscó incluso allá. Su sinceridad no valió de nada.  

Marta no sobrevivió a la pandemia. Como tantos otros: Rocío, un par de sobrinos y varios vecinos. En la empresa fueron 6 los fallecidos. Golpes duros, pero se afrontaron, no se contrató remplazos, los que quedaban asumieron labores extra. Fueron 5 años de esfuerzo por no quebrar. Sus hijos se casaron y no abandonaron la casa en la sierra ni la caja de su mamá.

Luego de la pandemia y sus tres rebrotes, muchos prefirieron la paz de los pueblos serranos. El Gobierno dispuso que la Internet sea gratuita y eso mejoró el teletrabajo, en especial la docencia universitaria. Sus hijos eran catedráticos. Orgulloso, limpia la foto familiar. La guarda junto a un libro en su maletín.

Termina de limpiar, no quiere dejarle algo sucio al nuevo relacionista. Lo convencieron de retirarse. No mucho, ya lo había decidido. Su nueva esposa era algo menor y querían sembrar árboles frutales y hierbas aromáticas en una hacienda que compraron a precio regalado por Sabandía. Una buena inversión que pagó al contado, para no tener deudas. 50 mil dólares le costó.

—Muy bien, me retiro Don Fermín.

—Ok, Señor Mendieta. Pero, antes que se vaya, tengo una duda.

—Cuál será.

—Se supone que en su oficina había un pequeño museo de la firma, equipos antiguos y un librero lleno de ejemplares únicos. Pero, cuando se hizo el inventario el 2027, ya no constaban varios, así como reliquias invaluables en maquinaria antigua. Son 467 libros, incluyendo la colección de Historia del Perú de Basadre original con sus anotaciones, cámaras fotográficas, miniproyectores… la cual ahora vale una pequeña fortuna en Amazon.

—Claro, claro, pero, como consta en el reporte, al parecer se los llevaron los trabajadores de fumigación. Cuando regresamos después de la primera cuarentena ya no estaban. Raro en verdad, pero ha pasado tanto tiempo que ya ni recuerdo bien…

—Es imposible que tantos libros desaparecieran así. Esta empresa tiene casi 150 años, su área era la responsable de cuidar ese material.

—Sabe que los únicos que regresamos a este local fuimos un personal de secretaría, uno de recepción, dos de despacho y yo. Todos se fueron a la nueva central en La Joya mientras duró la pandemia, incluso Gerencia General. Luego, todo se pasó a digital y con el desbarajuste que se formó aquí en el centro, pasé solo en la oficina por casi dos años. Nadie quería venir a trabajar aquí. Solo yo me atrevía a venir de mi área para poder digitalizar todo. Fue un trabajo duro. Difícil. Pero lo hice, aprendiendo algunas cosas en el camino.

—Lo entiendo, pero no puedo firmarle su salida hasta saber qué pasó realmente con ese material, sería un gran activo de la empre…

—Digitalizar todo, es un trabajo que me dio la oportunidad de tener acceso a cámaras de seguridad y crear respaldos, fue una medida de seguridad que acordamos con el Ing. Benavente… estuvo como hace 5 gerentes generales antes que usted. Esas grabaciones eran de respaldo porsiacaso pasara algo con los de la central. Como sabe, en plena cuarentena dos de los servidores se malograron por una baja de potencia. Luego volvieron todos a esta sede, pero el resguardo de videos continúo bajo mi supervisión.  Felizmente está todo salvaguardado… Bien nítido todo ¿sabe?

—Espere, eso no lo sabía.

—Sí, es parte de mi trabajo comunicárselo al nuevo Gerente cuando sale de su puesto, pero como el que se va ahora soy yo, le aviso. Aquí está el respaldo. Son 300 teras de información de los últimos años en 5 discos láser. Pero si desea ser exhaustivo, puedo entregar esta información a la junta de accionistas directamente para que nombre una comisión de revisión para analizar todo lo que pasó en esta sede, hasta puedo presentar informes, incluso lo de esos años, incluso lo de hace dos semanas… Porque si bien se puede borrar registros en la central de vigilancia, en estos discos, pues no.

Hay silencios nobles, cordiales, tensos, con el odio cargando el ambiente y hasta graciosos, silencios que se rompen con un beso apasionado o con una risa nerviosa, como fue ahora.  

—No, no es necesario Señor Mendieta. Le firmo el cargo de los discos láser más bien, como dice lo de los libros está en el informe, no creo que sea necesario molestarlo, en especial por todo el sacrificio que ha hecho por esta empresa en el área de comunicaciones.

Mientras manejaba a su casa, el neojubilado piensa que los hombres repiten acciones y costumbres, pecados y excesos. En el caso del nuevo gerente general, también quiso celebrar su ascenso estrenando su escritorio. Pero la elegida no era su esposa. Era una de las jovencitas de despacho. Eso se notaba en los videos 5K. Lo que nunca se notaría, porque aprendió a evadir la filmación, sería la costumbre que tuvo de llevarse un libro cada día en esos años en que la soledad de su trabajo le permitía no solo aprender sobre digitalización de documentos sino también a manipular cámaras y averiguar costos de libros antiguos y máquinas vintage en Amazon, que con el tiempo aumentarían mucho más su valor. Incluso ahora, en su maletín, llevaba un libro autografiado de Mario Vargas Llosa para uno de los gerentes. Ese ejemplar de “Historia de un Deicidio” valorado en 5 mil dólares, le daría lo suficiente para pagarse un buen viaje donde sus hijos, llevarles regalos a sus nietos y, de repente, hasta un disfraz coqueto de secretaria para su nueva esposa. Sonrió.    

(Relato aparecido en la página Entérate)     

Imagen/Referencial

“Soy tu valiente”

Por: Sarko Medina Hinojosa

La música no proviene de su celular, sino de un mp3 con bluetooth que tiene en la media, sujetado por un gancho. Tampoco proviene de esos audífonos estándar que lleva colgados, sino de un micro audífono que calza exacto en su oído derecho. No le costó demasiado, son de segunda.

Los golpes son asimétricos, volubles y sin sentido, él no pone resistencia. Una patada va a su cara cuando en el piso ha rebotado su cuerpo adolescente. Se cubre con las manos y minimiza el impacto. Las manos le quitan billetera, celular, los audífonos, la mochila con los víveres, las zapatillas, la máscara y la correa.

Mientras todo sucede escucha: “Levántate del suelo, bailando toda la noche, ¡Levántate del suelo! Bailando hasta el amanecer”, la estrofa más pegajosa de «Dancin» de Aaron Smith, pero, obvio, de la versión remix de Krono con la participación de Luvli.

Se para y casi escupe la sangre acumulada en su boca. De su otra media saca un poco de papel higiénico y allí bota todo y guarda en el bolsillo. De la parte interna de su pantalón saca una mascarilla quirúrgica y se la coloca. Tiene en otro dobléz de su pantalón un poco de dinero escondido, pero, para conseguir una movilidad debe llegar a la avenida, pero no compraría las medicinas… Empieza a caminar.

Suena «Pumped Up Kicks» de Foster People. “Todos los demás niños con los tenis caros, deberían de haber corrido, mejor corre, más rápido que mi pistola”.

Van tres veces que lo asaltan, con esta es la cuarta desde que todo ha vuelto “a la normalidad”. Esta vez no le han quebrado nada, pero le duele la pierna, no terminó de sanar bien de la última vez. Tiene que avanzar. Lo único que debe preocuparle es comprar las medicinas, está decidido. La próxima vez hará otro bolsillo interno para colocarlas allí, aunque le rocen y se le ponga sensible esa parte.

Se cae.

“Te quiero a mi lado, para así nunca volver a sentirme solo otra vez. Ellos siempre habían sido muy amables, pero ahora, te han alejado de mí, espero que no consigan entrar en tu cabeza, de todas formas, tu corazón es demasiado fuerte. Necesitamos traer de vuelta el tiempo que nos han robado”. Quiere detener un poco el tiempo mientras recupera la respiración en medio de las notas de Milky Chance y su «Stolen dance».

En el piso comprende que la anestesia de la adrenalina se le ha pasado y recién empieza a sentir el verdadero dolor de las heridas. Respira. Calcula. Una hora para que se active el toque de queda. De repente un policía lo pueda llevar, pero recuerda que a los heridos los dejan en el piso hasta que alguna ambulancia se apiade y los recoja. Ya murieron varios así. Es el protocolo.

La farmacia más cercana está a diez minutos arrastrándose. Debe llegar. Debe comprar. Ella debe tomar su pastilla. Debió salir ayer. Se distrajo, la flojera, no quería salir. Era un mal hijo.

No. No podía serlo, no mientras ella lo necesitara.

Llega a la farmacia y logra pararse. El dolor cede. Compra gasas y naproxeno para él, una bebida energizante.

—¿Puede caminar?

—Sí, me queda media hora de camino arrastrándome.

—¿Perdón?

—Es una broma, ya puedo caminar —responde a la boticaria.

Retoma el paso y se siente más seguro. Para evitar un nuevo asalto, va por la avenida, aunque sean 10 minutos más.

Avanza sin detenerse, solo para respirar y verificar que no sangra más. Uno de los ladrones por placer, por joder, por las drogas, por la violencia en su ser, le había punzado una de las piernas. La sangre no mana de la herida. Siente hambre. “Enfermo que come no muere”, se repite, soñando despierto con el pan que le espera, de repente y le puede agregar jamonada. Mañana no la comerá en el desayuno en compensación.

Sube un poco más el volumen de la canción que suena en ese momento. Es de Of Monsters and Men, se llama «King and Lionheart» y puede recordar el videoclip, dos hermanos (o una madre y un hijo) que son esclavos, escapan pero se separan; el video queda en suspenso, la muchacha corre para salvarlo, a pesar de los que la persiguen. “Y mientras el mundo llega a un final, yo estaré aquí para sujetar tu mano, porque tú eres mi rey, y yo tu valiente, un valiente, un valiente”.

—Yo soy tu valiente, mamá —casi grita en medio del silencio de la calle y sigue avanzando.

Unas sombras lo han escuchado y se acercan. Las mascarillas los cubren. Pueden ser ladrones o policías. No lo sabe. Él solo escucha la canción y avanza sin miedo a nada ya.

Microcuento: Amor sin filtro

Se conocieron comentando el post de una amiga en común en el Facebook, sobre el granjero y su novia.
Hablaron sobre las distancias que nos separan, sobre escritores sobrevalorados y los seis grados que nos unen en redes.
Intercambiaron memes, luego tips para la cuarentena. Se daban me gustas, me enjajas, luego me encorazonas. Luego, ya no se ponían nada, no era necesario.
Hablaban hasta la madrugada, miraron películas nacionales liberadas, conciertos en Italia con tenores llorando, se pasaron playlist y de pronto, una noche, fotos que les hizo sentir que el calor se trasladaba en la ciudad como el virus que mantenía la ciudad encerrrada.
Se amaron a la distancia, en Zoom, en Meet, en Facelive, el WhatsApp, jugaron tests discutieron sobre poesía y se burlaban del más alto de los poetas, y con filtros graciosos se hablaban, miraban, tocaban en digital.

Acabó la cuarentena, quedaron en verse. La decepción se les notó en el rostro, un beso forzado, no había emoticones para animarse u orejitas de cachorros. Comieron y se dieron la contra, tensos. Se despidieron sin filtros y se olvidaron como el mundo olvidaba esos días de encierro a la luz del sol que todo alumbra al final.

Por: Sarko Medina Hinojosa

El Comecuentos: La Higuerilla de Ribeyro

El domingo se cuela por la ventana en un brillo solar intenso, hasta se puede tocar. La calle no está tranquila, para nada. Ayer contamos hasta 24 personas transitando en una hora. ¿Cuántos realmente salieron por una urgencia?, ¿Cuántos solo salieron porque las paredes los ahogan pero no termina por aceptarlo?, se inventan necesidades para ir a la tienda, a la farmacia. Un niño peloteaba el sábado a una cuadra, libre, sin temor, su hermano, oculto por las casas, seguro también estaba así, despreocupado.

Mathias no está aburrido, tiene todo lo que necesita, desde lo primordial hasta lo superfluo. Me parece algo genial que estos primeros quince días no haya sentido las ganas de ir al centro comercial o al parque. Hemos jugado con carritos y ahora mismo juega a tratar de asustarme, escondido tras las puertas. Finjo sorpresa. De pronto el pensamiento negativo del día me atraviesa. El Corona Virus también se oculta y te ataca por sorpresa.

Nadie nos preparó para esta situación, pero la experiencia conjunta sí. Terrorismo, cólera, dictaduras, autogolpes, Arequipazos, Cuatro Suyos, Gripe Aviar. Cáncer… Sí, casi nos olvidamos que afuera la vida continúa y los enfermos siguen padeciendo de sus dolencias. Una amiga postea #FuckCáncer y me conmueve porque ella desde hace semanas, meses, ya aprendió que debe cuidarse, comer sano, quitarse algunos gustos efímeros y lavarse las manos, siempre, amar la vida, siempre.

En la Fazenda de la Esperanza aprendí a vivir con la ansiedad de no enfermarme y tratando de conservar las cosas por si alguna vez me faltaran. Ya para el final de la experiencia aprendí a soltar, a dejar de aferrarme. Pero, era un ambiente seguro en muchos aspectos, había alimento tres veces al día y hasta una mediamañana. Un asado una vez al mes. Ahora, trato de controlar esas ganas de contar una y otra vez las cosas que tenemos. Dos semanas dije y dos semanas compré. Y todo está bien, solo esta increíble necesidad de saber que tienen todo los que amo y por si acaso, cuento de nuevo las bolsas de kilo de azúcar que logre conseguir. Cumplí a rajatabla el no alocarme por comprar y, cuando fui, no había mucho, pero sí lo suficiente. Termino entendiendo porqué algunos han salido a abarrotarse a lo loco de comida para dos meses, pero no los justifico. Respiro. No hay necesidad de salir para nada, me repito.

Los vecinos se han apostado en su techo. Tiene una sombrilla incluso y banquitos. Se adivina una mesa. Están casi toda la mañana viendo a la gente pasar. Mis ventanas reflejan el sol, pero asumo que en algún momento verán mi sala. Mi limpia e inmaculada sala. Cada día por medio nos turnamos en la limpieza. He aprendido a valorar a quién hace el trabajo en casa en plenitud, el polvo y el desorden de la vida que se mueve, hace que cada día uno se pregunte si vale la pena vivir civilizadamente y no en un hermoso desorden de acumulador diagnosticado.

Antes de bajar al primer piso, donde mi madre ha preparado un asado al horno de chancho, trato de enfocarme en las cosas que tengo para valorarlas y agradecer. Es mucho frente a lo poco de otras época, pero nunca tan poco como lo que tuvo Jean-Dominique Bauby, editor de la revista francesa Elle, quién sufrió un ataque cerebrovascular. Despertó tras veinte días en coma, descubriendo que era incapaz de mover ninguna parte de su cuerpo, solo el ojo izquierdo y un leve ladeo de la cabeza. Con eso, y desde la cama del hospital escribió un libro “Desde la prisión de mi cuerpo”, donde narra su situación, su padecimiento del síndrome de enclaustramiento. La parte más dura que leí fue la del domingo: “Luego llega el domingo. Detesto que llegue este día porque, si nadie viene a verme, no habrá quien rompa el monótono transcurso de las horas. No vendrá ninguna de las terapeutas. Es como cruzar un desierto cuyo único oasis es un baño de esponja, aún más rutinario que de costumbre”.

Tengo mucho y no avanzo nada. Es decir, el teletrabajo me ayuda a concentrarme y cumplir con un horario y hasta atravesar imprevistos con buen humor, paciencia y recordando que no hago esto por mí sino por muchas personas más. Pero, cuando termina eso y afronto mi propio trabajo literario, me quedo allí, sin saber por dónde atacarlo, si leyendo los libros que me falta, los escritos inconclusos o qué. Para salir del dilema estoy haciendo transmisiones que, a riesgo de perder público, debo confesar que me hacen mucho bien más a mí, que creo a los que escuchan esa suerte de leer lo que escribí.

Hay que bajar. Mathias está fascinado por el jardín, las cosas que han arreglado mis hermanos, el jardín de Hilaria, las plantas nuevas de mi madre. Una parra hermosa como siempre deseó ella se extiende. Hasta la casa de Bárbara está limpia. Comemos en el patio, la mesa ampliada. Recibo una llamada y me ausento, tengo que resolver algo del trabajo. Vuelvo para comer a las apuradas el caldo de pollo y atacar sin miramientos las carnes, las papas, las verduras. Como un domingo en la Fazenda, sin las penas de Jean-Dominique, porque allí está, la comida generosa, la ocopa con el huacatay de esta misma huerta, hasta la gaseosa limpia-caños que tanto me gusta y tanto no debo tomar seguido. Pero, principalmente, las historias, una a una se superponen y se cuenta los gallos que se comieron, criaron, pelaron, se bajaron a punta de resorterazos. Los engaños que se sufrieron por falsos agentes de la PIP. Cuando lo detuvieron en Huancayo a mi tío Max, la vez que conocí al guardaespaldas de Janis Joplin: “Sí, sí, se acercan dos drogadictos para robarnos y pum, pum, les disparé y nos fuimos. Muertos creo. Nueva York era un sitio extraño”, me decía y nos damos cuenta que ahora también lo es… el mundo entero lo es.

El Coronavirus entra a la conversación. Es inevitable hablar de los muertos, las medidas de seguridad, lo que hace el Gobierno, lo que no hace. Terminamos esperanzados, arrancando a nuestros cuidados la validez de un encantamiento que nos mantendrá impolutos, sin contagio. Podremos lograrlo, nos exigimos, cual promesa. Decretamos salud. El juego Pictionary nos alegra mucho más, el postre de frutas al jugo, un rato más de risas, Mathias tocando el piano eléctrico. Pero mi ansiedad vuelve. Necesito ir a casa.

En el cuento Al pie del acantilado, del «Flaco» Julio Ramón Ribeyro, el inicio lo es todo: “Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados”. Esta fue una casa llena de piedras que se sacaron desde el vientre de la tierra para poder construir lo inconcebible en un desierto. Mi abuela Hilaria trajo dos camionadas de tierra de chacra para poder plantar manzanas, maíz, alfalfa, criar cuyes, gallinas, romero y un cedrón el cual aún impregna con su olor mis recuerdos. Hasta fresas logramos cultivar e infinidad de mascotas hicieron de abono ambulante y varios allí están enterrados con amor. Luego, un día, tumbamos todo, techos, paredes, arrancamos el tronco muerto del eucalipto, el cuarto donde nací y morí. Construimos este castillo.

Y allí estoy. En la torre de mi reino, contemplando la ciudad que no quiere resignarse a callar, con sus trashumantes caminando en el incierto camino del contagio, hacia donde nadie sabe.

Pero yo estoy aquí, rodeado de lo necesario pero principalmente del amor. Como la higuerilla, el cariño se reafirma en pequeños resquicios que permite el corazón y vuelve a inundar todo. Un perro ladra, un par de coches casi chocan en mi esquina de los accidentes, inconcebible. Tecleo #FuckCoronavirus y pido perdón por el francés. “Resistiremos”, les prometo a mi esposa e hijo, “somos la higuerilla de Ribeyro”, digo y nos vamos a dormir.

Por: Sarko Medina Hinojosa

Cuento de Julio Ramón Ribeyro donde aparece la Higuerilla: https://www.literatura.us/julio/pie.html

El Comecuentos: Hombres en el Mercado

La diferencia entre el perejil y el culantro es que el primero tiene las hojas terminadas en redondeces mientras este último las tiene puntiagudas. Cosas como esas son las que debes recordar en el mercado, porque si no te das cuenta, te dan otra cosa y en casa terminarán regañándote.

La Feria El Altiplano queda en la frontera entre los distritos de Mariano Melgar y Miraflores. Fue construido en lo que antes eran las caballerizas de la Policía Montada y las casas de la Policía Canina. Pero la misma feria tuvo sus inicios en la Quinta Romaña, los días lunes y martes de cada semana. Luego en los alrededores del Estadio Melgar, de allí a la calle Unión en Miraflores, terminando en la Calle Paris de la Urb. Santa Rosa, en toda esa primera etapa. Luego llegaron los 21 años en la calle Londres y alrededores de la Gran Unidad Mariano Melgar, donde se convivió con la llamada La Cachina. Por fin en el 97 obtuvieron los terrenos y se ha convertido en un centro de abastos que facilita la compra a los habitantes de las zonas altas de ambos distritos que tienen más cerca este centro que el Avelino Cáceres.

Por los parlantes se nos advierte que este día solo pueden entrar varones. La voz de locutor trata de ser cercana, paternal. “Por favor no queremos que las saquen señoras, mañana les toca a ustedes, hoy dejen que los hombres se hagan cargo de las compras”, suena en medio de varios compradores que hacen cola en un puesto de abarrotes. Me siento confundido, hay una larga cola en ese pero en el de al lado no. Deben saber algo que ignoramos los demás. Hago mi cola por si acaso.

De pronto a mi costado una persona me empuja, es una señora. Detrás de ella llegan los policías. “Señora, no me haga correr, deténgase”, escucho. Le piden sus documentos, la razón por la cual ha salido a pesar que está prohibido. “Soy madre sola”, “Sí, pero puede comprar mañana o para la semana”. No la van a detener, pero se irán con una advertencia y un efectivo la acompaña a la salida.

Luego de comprar el chocolate enriquecido para mi hijo con la sensación de haber pagado lo mismo de siempre, transito por galerías vacías y puestos celestes cerrados. Son los de zapatos, librerías, regalos, productos de belleza, juguetes, videos piratas, los cuales no son “indispensables”. En un puesto veo a un señor medio oculto darle vuelta a un juego de niños. “Cuanto”, “Quince, pero métalo rápido en la bolsa”, dice la vendedora. Estoy tentado de preguntar por rompecabezas. Pero he venido por verduras y abarrotes. Nada más.

Al llegar a la zona de frutas y verduras, la batalla está en su apogeo. Los hombres tienen fama de prácticos y lo compruebo, si no los atienden, se van a otro puesto, o regresan a ver si se desocupo la casera. Los veo comprar también a la ligera, es decir: “Dame manzana”, “¿Cuál?”, “No me dijo, dame la verde nomás, un kilo”. Le pregunto a la señora que me está pesando mis cebollas y tomates quién la estresa más si las mujeres o los varones al comprar: “Las mujeres”, responde. No me fio de la respuesta.

Me detengo a ver los rostros, algunos de confusión, otros de apuro, por allí uno que saluda a otro y las bromas. Pocos piden “yapa”, “aumento”, “dame verduritas”, casi nadie pide rebaja, casi todos ven una lista o consultan por celular.

Tengo que ir por la carne. Hace dos semanas compré las cosas para dos semanas. Y me han sobrado arroz y azúcar y leche para otras dos semanas más. Así que pensé que sería todo en una sola bolsa, pero, entre la fruta y una cosita más que agregué, el peso ya está repartido en dos. Miro con envidia al que trajo su carrito, al hijo para que le ayude, o que vinieron en mancha de puro varón. Pero no, es uno por familia. Hay que cumplir.

Saliendo a tomar mi combi me acuerdo del aceite, felizmente abarrotes está en la salida para Mariano Melgar. Terminado de comprar, un señor le dice a la vendedora: “Seño, deme la boleta de la leche, sino no me creen en casa”, lo miro, me mira, sabemos de qué habla, a través de la mascarilla se adivina nuestra risa cómplice.

En la combi, repaso mi lista, ruego no haberme olvidado de nada, pero en especial pidiendo que la papa de cáscara negra que estoy llevando sea esa papa chachán que me pidieron. Siento que acabo de cometer un error. Un sudor frío me embarga. Por lo menos el culantro sí estoy seguro que llevo bien. Espero eso rebaje el regaño.

Por: Sarko Medina Hinojosa

El Comecuentos: Ceviche con tomate

Por: Sarko Medina Hinojosa

“Mi Mamá Hilaria cocinaba el mejor estofado del mundo. Fin.”

Cada cual tiene en la mente algún potaje de alguna de sus abuelas que es incomparable y, la medida de sabor o gusto por algún plato se mide en si es parecido al que preparaban ellas. Ni Gastón Acurio ni la Tía Veneno de la esquina pasan la prueba si no se parece a las ricuras que preparaban esas manos arrugaditas cual pasa.

Yo aprendía a cocinar más bien con ella. Fue una cuestión de vida o muerte. Es decir, la mía, porque se le metió a mi ancestra que debía aprender a cocinar. “No quiero que sufras como tus tíos”, fue una enigmática frase que se le escapó y que recién, años después, comprendí.

Hasta ese entonces me encargaba de prender el Primus, pero ahora era ya no solo era darle bomba como desquiciado al primus que teníamos, echarle kerosene al platito del quemador sin que rebalse y luego prender el fuego con riesgo de incendio. Y si se tapaba échale a la “aguja”, que era un hilo de metal ajustado a una lámina. Muchos hemos perdido la vista en esos intentos, porque de pronto se destapaba el bendito asunto y te bañabas en kerosene y corrías a lo bonzo, quemándote en tus propios jugos.   

Pues a Hilaria se le metió que cocinara, que aprendiera a freír siquiera un huevo. Bueno eso fue fácil, luego de la amenaza de que no cocinaría más si no aprendía a dorar un futuro pollo en la sartén. Y de verdad no cocinó. Vencidas las rabietas y con el estómago suplicante de comida, accedí a que se me enseñé el arte de quebrar el mejor de los protectores naturales del embrión polluno y desparramar en aceite caliente el contenido. Una proeza que me certificó como freidor profesional que hasta con bordes crocantes y yema cruda sacaba en tiempos precisos para desayunar y seguir con la vida.

Alguna vez ya conté que el que hacía el mercado en casa era yo. Por una suerte de que mi cara de chibolo apaleado y monse despertaba caridad y me llenaban de hierbas como apio, hierbabuena, culantro, huacatay y demás la bolsa de mercado las caseras y porque la carne me la daban suavecita. Veinte soles me alcanzaban para el recado de los dos. Veinte soles juntados centavo por centavo en la tiendita de la esquina. No había lujos, había amor.

Me estoy perdiendo del tema. Perdonen.

El tema es que mientras aún no salíamos del asombro del Smooth Criminal de Michael Jackson en la radio, ese verano del 89 se presentaba la mar de aburrido. No tuvo mejor idea mi abuela que terminar de perfeccionarme en las artes de la cocina, como el graneado del arroz que, si bien sería lo más básico, tiene su gracia y maña. Una medida por dos de agua reza el dicho, pero, antes siquiera de pensar en lavar los granos camanejos, había que escoger y sacar los gorgojitos y piedritas, no se te vaya a quedar una muela partida en medio del deguste. Luego lavar tres veces y listo para la olla en la que debía haber rehogado ajitos y aceite, luego el agua, luego la pimienta entera y medio tapar la olla. Cuando estuviera hirviendo y en un momento en que prima el cálculo diferencial y teoría de cuerdas, bajarle el fuego y colocar la latita. Listo, arroz graneado.

Un día, de esos que Borges anunciaba en sus cuentos bajo misteriosos enigmas, se le ocurrió a mi abuela que hagamos ceviche. Pues bien, la recomendación fue comprar Jurel, porque era barato. Luego de lavar, eviscerar y sacarle esa línea dura del lomo, vino la parte lamentable de sacarle una por una las espinas para que quede solo pulpita. Luego que, que de que, cómo se hace el cebiche mamá Hilaria, no sé, tu sabrás, yo no sé, pero debes haber visto en la tele, qué haces metido allí todo el día entonces, pero no pasan recetas de cocina, y ese tal Gastón, ese es un español, pero sus recetas son de España, ¿allá no hacen cebiche?, no para nada, pero es fácil, bueno vamos a ver, qué lleva, limón y cebolla, claro eso lleva y tomate, ¿tomate? Estás seguro, sí, claro, por supuesto. Y allí estaba el Sarko pelando tomate y cortando, para preparar la mejor zarza de pescado que se pudo hacer. Felizmente no pasó nada y el mundo siguió girando pese a la herejía cometida.

PD: Quedo rico nomás.

PPD: Tenía 11 años no me juzguen.  

Relato aparecido en el Semanario La Central:

#ElComecuentos: Una mascota para Mathias

Iván Ferreiro tiene una canción que se llama “Promesas que no valen nada” desde el tiempo que pertenecía a la Banda de Los Piratas por los noventas y en uno de sus versos dice: “Prometo que no voy a pensar en ti, prometo dedicarme solamente a mí”. Después de Rinti no quise tener una mascota propia. Aun cuando Pulgar regresó a mí como parte de la herencia no explicada que dejó Mamá Hilaria, no lo consideré mío, porque Patty era la que más lo veía, alimentaba y abajo, en el primer piso mis hermanos, tío Max y mi mamá lo cuidaban. Solo era un testigo del amor que recibía.

Le prometí a Rinti cuando murió que no amaría a ningún perro como lo amé a él y sus esperas cariñosas a mis llegadas terribles salvando la poca vida por calles que querían mi muerte, a esa sonrisa que me hacía sentir acompañado. Es difícil dejar que alguien entre a un corazón que no olvida. Pero Mathias estaba creciendo, mientras esperábamos al segundo bebé, necesitaba un deber, una enseñanza, pensamos.

Al principio la negativa era concreta, era muy pequeño para tener mascota. Hasta que un día del 2016 dije que ya, pero que el cachorro en cuestión (obvio que sería un machito) no pasara los 50 centímetros de largo (recordaba a las dos Titinas que tuvimos en casa y lo fácil que era criar perro pequeño y más aún en departamento). Patty, que para periodista más parece investigadora privada, se puso a buscar adoptar a un pequeño perrito. Facebook que todo lo sabe, le mostró la historia de uno de raza indefinida que estaba a punto de sacrificarse por ser el último de su camada. Sin preguntar más se fue al rescate.

Lo primero que vi cuando llegué a casa ese día del trabajo fue una masa negra de pelos y mis recuerdos de las engreídas de Mamá Hilaria volvieron a la mente y casi pido que lo devuelvan, pero no era Pekinés. Luego pregunté por su sexo y ya estaba buscando el número del anterior dueño porque era hembrita y me vi lleno de perritos por todos lados mordiendo mis zapatos como Pulgar o meándose en mis sandalias y dejando sorpresas frescas en mis muebles. Pero el casi infarto vino cuando apareció su hocico puntiagudo y las manchas de fuego por varios costados. ¡Era un perro boyero, o peor, una mezcla de doberman con gran chusquez, un pastor australiano, cualquiera de esas razas que son grandes, comen como tiranosaurio y hacen caca como para abonar una hectárea en Majes!

Luego de varios minutos la sentencia fue dada: no podría crecer más allá de los 50 centímetros sino sería dada en adopción. La bolita de pelos parece que escuchó ya que puso cara de “Ya fui” y no quiso comer más.

Días después la vacunaron. Días después se puso mal. Vomitó y temblando en la noche se tiró al piso. Era como si la noche nos llegara a todos. Podría ser distemper. Al día siguiente el veterinario sentenció que era eso y que debíamos sacrificarla.

En casa parecían un velorio anticipado. Todos lloraban menos el tipo duro y dictador que iba a cumplir la sentencia, seguro, porque no la quería, porque se quejaba de los charquitos que aparecían justo debajo de sus zapatos, que no acariciaba al pequeño bultito que lo miraba desde su cama con ojos de terror. Bueno. Ese ser duro y frío que prometió no encariñarse con esa criatura, pues… se ablandó y convenció a los deudos adelantados a buscar una solución, pero la veterinaria esa es cara, sí pero es la única que tiene despistaje de distemper, pero en la combi no dejan subir perritos, llévala en taxi, que las medicinas, deja que hay un ahorrito por allí. La nueva veterinaria resultó ser mucho más acuciosa y el descarte de la enfermedad mortal animó a todos a seguir el tratamiento de lo que tenía, pues era una anemia severa. Había que darle mucha, mucha comidita, no importa la caquita.

Coda: Al año de que llegó a casa, Alana, cuyo nombre se le puso por un personaje de un dibujo animado que le gustaba en ese entonces a Mathias, había ganado peso y estaba algo, no mucho, pero sí, ummmmmh estaba gorda. Una tarde en que me enojé con la pobre porque dejó un regalo marrón en el piso que justo pisé, exigí la cinta métrica para cumplir mi promesa y corroborar que esos 50 centímetros no hubieran sido rotos, sino!!!!! Al ver su carita preciosa con esa sonrisa que me llegaba desde el pasado a lamer mis ya nunca más ebrias manos, recordé otra estrofa de la canción de Ferreiro: “Y rompo las promesas que me hice a mí, prometo pensar en ti”. Los temerosos testigos de la sentencia preguntaron por el veredicto. —Tiene 55 centímetros… pero es porque tiene pelos largos en las orejas y eso crea una mayor percepción de…— Ya no importaba la sentencia, el juicio estaba ganado.

La canción: https://youtu.be/dVQg-kpOTOw

Por: Sarko Medina Hinojosa, historia aparecida en Semanario La Central.

El Comecuentos: Boas cafetaleras

Imagen referencial.

En 1990 mi mundo se descuajeringó de tal manera que terminé a más de tres mil kilómetros de mi Arequipa natal, estudiando en el Emblemático Colegio Santa Apolonia número 34418 en plena ceja de selva peruana. Estaba en sexto año de primaria y por pasar el mejor año de mi existencia junto a mi madre.

Dentro de todas las aventuras que pasamos, recuerdo la primera noche que dormimos en el cuarto que alquiló en una casa multihabitaciones y baño común. Estábamos roncando de lo lindo en el colchón que tiramos encima de unos cartones, a espera de una buena cama de madera tornillo, cuando, iluminada por la luz pública que hasta las 10 se mantenía encendida, una araña del tamaño de un camión; bueno, del tamaño de un Datsun del 78; está bien, una araña del tamaño de mi mano de diez años y ya no exagero que así fue, caminaba lentamente, proyectando sus patotas en la inmensidad de la noche llena de temores míos contra los arácnidos.

Allá en Arequipamanta, en la huerta de la casa, vivían libres y hambrientas, una colonia inmensa de arañas en la mata de romero que teníamos. Hasta creo que les hablaba y no sé que cosas les decía en la soledad del hijo único. Pero un día en canal 8, “El Canal de Arequipa”, pasaron el capítulo donde a Punky Brewster y sus amigos caían en una cueva embrujada y su continuación en la cual una enorme araña los aterrorizaba (y de paso a mí para toda la vida con respecto a los arácnidos y sus variantes). Así que esa noche mi grito alertó a mi madre que no tuvo mejor idea que prender la luz y decirle “shu shu” con la sandalia porque también les tenía miedo a esas arañas selváticas que cazaban ratones.

Pasados los sustos y aclimatado al cafetero clima de Villa Rica, hermoso poblado de Oxapampa en Pasco, mi temor a los animales oriundos desapareció. Mi madre estaba haciendo su SERUMS y la odontóloga y la médica de la posta vivían en otra casa multihabitaciones en un segundo piso. También vivía allí un caballero mayor que tenía un minizoológico en su casa de campo del lugar. Era en realidad un albergue de animales que fueron rescatados. Papagallos, loros, piwichos, tigrillos y boas abundaban en el lugar. El caballero estaba enamorado hasta el tuétano de la doctora Silvia y complacía todo lo que ella le pedía, hasta llevarnos a conocer a nosotros los colados amigos, su colección.

Por ese entonces Panamericana Radio tocaba sin descanso Mi negra Tomasa, del grupo mexicano Caifanes. Para todos era una cumbia, nadie se imaginaba que los rockeros solo hacían un cover de la canción cubana del compositor Guillermo Rodríguez Fiffe. La música era pegajosa y hacía bailar como culebras a medio mundo en las fiestas de los sábados en el local municipal donde se organizaban bailes populares a los cuales nunca fuimos, pero escuchábamos a todo volumen al estar cerca nuestra habitación. Pero, los domingos, en silencio todo estaba para poder ver la película en Frecuencia Latina, que llegaba como único canal hasta el lugar y que en casa veíamos en un moderno televisor de 12 pulgadas que alumbraba la habitación con su paleta de grises. 

En un arranque de complacencia, el dueño del minizoológico me regaló un par de crías de boa, las cuales dije que me gustaron. Serio. Tenía dos boas de unos 30 centímetros en una caja de zapatos con agujeros para que respiraran. Me las dio alimentadas así que lo único que hacían en esos días era enroscarse en mi brazo y sacar la lengüita para saborearme. Yo feliz. Mi madre era otra historia.

Parece ser que, a ella, más que arañas, tigrillos, zancudos, suris, pirañas o demás animales de la Amazonía, lo que de verdad le aterraban eran esos largos y moteados animalitos. Una noche de domingo, mientras veíamos la televisión y ya dormitábamos, la caja mal cerrada dejó paso a que una de ellas sacara la cabeza con el sinfín cuello. La luz de la televisión ayudó a proyectar los máximos horrores en la mente de mi madre que pegó tal grito que creo le contestaron en el barrio maderero, a un kilómetro abajo. Al otro día los animalitos fríos, larguitos y cariñosos, retornaron de dónde salieron.    

Coda: Si bien entendí porqué no podíamos quedarnos con las boas, el caballero terminó regalándole dos piwichos, una lora y una tortuga, a pocos días de mi salida apresurada de Villa Rica en el 91. Pero eso da para otro Comecuentos.    

Relato aparecido en el Semanario La Central

El Comecuentos: Quirón, el perro guardián

Tener una casa grande y con huerta amplia tiene la ventaja para un perro de correr a todos lados y sentirse contento. Así, seguro, se sintió Quirón cuando llegó a mi casa allá en un lejano 1982. Era enorme y de raza Boxer bien ñato. Sin error puedo decir que fue el perro con más pedigrí que hemos tenido. Mi madre recuerda que fue mi tía Delia la que les regaló el cachorro allá en Camaná. Aquí, en casa arequipeña, adoptó manías propias del lugar, como comer a grandes bocados los panes tres puntas que traíamos las mañanas de la tienda de la “Pestañuda”.

Creció conmigo y para mi defensa. En serio, dicen que me quería tanto que se enfrentaba a mi madre cuando esta me reñía por alguna travesura. Si por allí hacía caer algo y el “¡Sarko! ¿qué has hecho?” amenazaba palmada en el poto calato, Quirón se paraba frente mío y los dientes pelaba acompañado de un rumor que hacía desistir de poner coloradas mis posaderas.

Mi joven madre estudiaba en la universidad fundada por el Padre Morris allá en Umacollo y no tenía más niñera que el enorme animalote, que era como un tiranosaurio Rex, como los que leía en los libros Tecnirama de mi tío Max. Tanto era su cariño que, en la tarde, cuando el dolor de no tener a mi madre se revelaba en llanto, llevaba mi ponchito blanco con rayas café y nos sentábamos en la puerta a esperarla. La sentía a cuadras y ladraba para avisarme que me despertara y la recibiéramos con besos y lengüetazos.

Al que no le caía tanto en gracia era a mi tío Max que andaba desalojado de su propia cama, porque el animalote creía que era la suya. Aprovechaba que mi tío descansaba del trajín universitario en la escuela de Ingeniería Geológica de la UNSA, en la que se devanaba los sesos, para con sigilo colarse, primero en la parte de los pies y luego subía hasta estar espalda con espalda y mi pobre pariente al filo de la cama. Varias veces la gravedad hacía de las suyas y terminaba con su humanidad en el piso y reclamando al can por su duro despertar. Los rumores eternos de entre dientes lo desanimaban de aplicar algún correctivo, mas bien.    

Mi educación, aparte de los libros azules con letras amarillas de la hermosa colección de la que comenté al inicio, se basaba en largas lecturas de las historietas gráficas que mi padre traía y cambiaba cuando bajaba de Chuquibamba los fines de mes, pero, no todo podían ser vacaciones para mí, así que me matricularon en el jardín Ovide DeCroly a dos cuadras de mi casa, regido por la nunca bien ponderada Maestra Teresa. Casi todos los vecinos de la Arias Araguez, San Miguel, República y hasta América estudiábamos allí. Mi guardespaldas privado tuvo que aprender a llevarme hasta el lugar. Supongo que era para la risa y para el miedo verme en toda mi chatez, caminando al lado de ese magnífico animal café, con las orejas negras y el hocico oscuro cual agujero negro.

Tengo recuerdos muy específicos de mi mascota guardián. Su suave pelaje. La rasposa lengua que me llenaba de cariño. Los atardeceres juntos esperando a mamá. Mis lágrimas que él consolaba con su calor, bien abrazadito a su cuello. Nuestros saltos cuando llegaba ella. La vida tranquila en una cadencia de horas disfrutando corretear por la huerta con mi compañero. Y nuestro gusto por comernos pan tras pan.  

Coda: Un día, en mis cinco años, se salió a dar su vuelta sabatina por la cuadra. No volvió más. Dicen los vecinos que se lo llevaron en una camioneta blanca. Lloré mucho. A esa edad las pérdidas son monumentales, pero también, bendita inocencia, se pasan rápido. Aunque de tanto en tanto, cuando veo una camioneta Toyota de una sola cabina, me ilusiono con ver saltar a mi guardián protector y correr juntos a esperar a mamá.         

Cuento aparecido en Semanario La Central

#ElComecuentos: Hígado encebollado

Doug Narinas fue un dibujo animado que me gustaba ver en el 11, Frecuencia Latina para los nuevos. En un capítulo Patti Mayonaisse, el amor imposible del narigón protagonista, lo invita a su casa a comer hígado encebollado y el pata hace todo un drama porque no le gusta. Por vida no entendía porqué no le gustaba ese plato delicioso que en casa se comía empanizado. En Cotahuasi, Camaná, en Villa Rica, Iray, en Huaranguillo, Mariano Melgar, en donde haya vivido (menos en otros países ahora que recuerdo) ese plato ha sido uno de mis favoritos.

Hasta que me casé.

Una de las cosas que se aprende en la convivencia es a respetar al otro en sus costumbres. Ya Mathias es grande, y acabo de prepararle por segunda vez la delicia. No le termina de gustar. En fin, no siempre prepararás delicias o tus planes saldrán como quieres. Madurar, asumo, es terminar de comprender que las cosas que te agradan o impactaron no tendrán el mismo efecto con tus hijos. El plato se seguirá cocinando de vez en vez, eso sí, porque aporta mucho hierro.

Para Mathias el estofado de pollo de su mamá es su plato favorito, nada compite con eso. Y eso, eso está muy bien.

El Comecuentos: Azrael y los pitufos

En los ochentas los Pitufos reinaban en mis vacaciones. Miraba el programa en Canal 6 “Continental” durante las mañanas domingueras. A las nueve empezaba la canción inicial y me sumergía en ella. Era un mundo maravilloso de fantasía. Hasta me creía la parte final en la que el narrador aseguraba que, si te portabas bien, podrías algún día ver a un pitufo “pitufando” por el jardín.

Me portaba bien, como Papá Pitufo pedía a sus pitufitos. No me portaba como Gargamel, su terrible enemigo, que quería comérselos o hacer oro. Menos como su gato Azrael. El que sí se portaba igual de travieso era mi primer gato, llamado justo como el del brujo narizón y casi calvo.

Era hermoso de pequeño. Tendría yo unos 6 años cuando la Candarabeña, su esponjosa madre, parió cinco gatitos tiernos y repeludos, que parecían más arrebatos de algodón de dulce con minúsculas garras que felinos clásicos y techeros, todos esbeltos, pardos y ladrones. Eran finos, ya que eran de raza Angora, una de las más antiguas de felinos domésticos, originaria en Ankara, Turquía central. Así que ya-no-ya era mi gato.  

Antes de seguir tengo que explicar que era la década de los ochenta y las mascotas no eran parte de la familia o recibían el respeto y cariño como actualmente se les tiene. Las mascotas tenían un fin utilitarista. Los gatos servían para cazar ratones, los perros para cuidar las casas. No pretendo juzgar, pero si hago la aclaración es para que tampoco se juzgue con rigor las maneras cómo se trataban a los animales caseros en mi familia. Eran otros tiempos.

Así que entenderán que en casa se necesitaba un solo gato. Así que, luego del tiempo para fortalecer al pequeño plomito con blanco que escogí como compañero, sus hermanos y madre desaparecieron. Le puse de nombre como el dibujito que me encantaba ¡Y vaya que hizo honor a su nombre entre demoniaco y caricaturesco!

Mientras crecía, su esponjoso pelo era la envidia de los vecinos, los cuales querían acariciarlo. Sonaba en la radio la canción de Debbie Gibson, Electric Youth y mi gatuno amigo era una fuente de descargas al acariciarle el lomo. Rápidamente aprendió su labor de pescar ratones, pero no se los comía el desventurado, sino que los traía a la cocina y los dejaba a la entrada, como para decir que cumplía con su labor pero que, si queríamos que se los comiera, debíamos prepararlos a la chorrillana por lo menos o en adobo. Eso sí, nunca se robó comida, a pesar que la carne en charqui colgaba de nuestro tendedero a su vista y paciencia.

Lo otro que aprendió es que había muchos gatos y gatas techeros en el vecindario de casas, en su mayoría de primer piso y fáciles de explorar. Poco a poco se perdía un día, dos días, al tercero llegaba todo ensangrentado. Descansaba unas semanas y luego dale a perderse. Con el tiempo emuló a su homónimo creado por el caricaturista belga Peyo y llegó con una parte de la oreja derecha faltante. Luego de unos meses fueron los dientes, parte de la cola. Su belleza se diluía en post de sus aventuras. De parecerse a Rick Astley en el video de Never Gonna Give You Up, así canchero y encantador, terminó como “Church”, el gato revivido en la película Cementerio de Mascotas.

Para un niño de mi edad, lo que pasaba era que luchaba contra otros gatos. Parte verdad, parte información que me ocultaron en casa porque aún no debía conocer los ritos reproductivos de los gatos. Azrael no duró mucho tiempo más en las cuitas del amor. Lo sabemos porque un día desapareció… y no volvió.

Mi gato era hermoso, con su cola esponjosa y su manía de acurrucarse entre mis piernas cuando empezaba a leer Así es la Vida de las revistas Selecciones que coleccionaba mi Tío Max. Así lo recuerdo, como un gato bueno, algo enamoradizo, pero digno de haberse encontrado en alguna de sus correrías con algún pitufo, y bueno, hasta le disculparía habérselo merendado, fíjense.

Coda: Años después, divisé en el muro con la casa vecina a un gato esponjoso, blanco y plomo. Quise acercarme y escapó. A esa edad los misterios de las peleas nocturnas de mi mascota felina estaban aclarados. Ese encuentro me dejó la sensación que, en alguna ocasión, tanta pelea tuvo su fruto y la herencia de mi bello gato estaba desperdigada por el mundo.

El lamento de Norita

«No extraño tus besos oliendo a Coldcoast, a pisco etiqueta amarilla mezclada con Yupi, no extraño tus escapadas del colegio para irnos por las chacras atrás del Arequipa rumbo a Chilina, no extraño bañarnos en la piscina del Filtro y verte presumir tus clavados certeros convertidos en panzazos, no extraño tus besos largos de despedida a la vuelta de la esquina de mi casa antes que llegará mi hermano, esas cartas extensas en papel de cuaderno Patria jurando un amor que te quedaba grande, no extraño nada de eso. Tampoco me duele que te hayas muerto sin casarte conmigo, la que te esperó años añorando tus promesas de mocoso que ni sabía decir «Te quiero» sin meterle un chiste del Chato Barraza… no extraño ni me duele nada de ti, solo aquella primera declaración de adolescente que me hizo estremecer como nunca más nadie lo hizo después.»

Así es el Seguro, Papá

Por: Sarko Medina Hinojosa

—Recuerda, Papá, ahora están atendiendo en el Metropolitano por el sótano, la entrada principal está cerrada no te bajes allí. Tienes que ir por donde sacan sangre, vas donde entregan los tickets y de frente sigues por el sótano, doblas a mano derecha, luego a la izquierda, hay unas gradas, subes al segundo piso y allí ya sabes, has estado antes. Te toca consultorio Medicina Interna 2, con el doctor Cáceres. Aquí está el número de la consulta, no lo pierdas. Te acompañaría, pero me van a descontar en el trabajo si vuelvo a llegar tarde, pero cualquier cosa me llamas y allí sí puedo salir.

—Tranquilo, no te preocupes, no estoy tan viejo para que me anden llevando como guagua.

El taxi lo llevó rápido. Efectivamente, lo que era la entrada principal al Metropolitano estaba cerrada con paneles azules. Al llegar preguntó al guachimán. De frente, por donde los tickets, gracias. Espera, esto es un sótano que da a un almacén, que es esto, hay una flecha: Rx. Laboratorio, pero no dice nada de Medicina Interna, para la izquierda entonces, llega a otro patio, otro almacén, señorita ¿y Medicina?, por las escaleras al segundo piso, eso lo sé, digo por dónde, por allí está la señal. Allí estaba todo el tiempo. Consultorios segundo piso. Retoma el camino, pero hay dos entradas, cuál es, escoge la segunda, cree que por allí no vino, pero sale a dónde toman sangre. ¿Tiene su ticket?, quiero ir a Medicina Interna, por dónde vino, señor, dobla a mano derecha y de allí a la izquierda, ya me dijeron ¿pero por cuál se sube?, allí hay un letrero, no lo hay, señor tengo pacientes, está bien, pero no hay. Allí estaba, y podía ver directo al otro que primero vio. Los dos indicaban clarito por dónde subir. Bueno, la preocupación, el dolor de espalda, la rodilla, la presión. Vamos, son escaleras, ya te enfrentaste a ellas antes. Segundo piso, le toca consultorio 2, entonces va al cubículo de las historias, saca su papelito, nombre, hora, consultorio y número de cita. No hay Consultorio 2, ¿Perdón?, sí, al doctor Cáceres no le han designado consultorio, pero yo qué culpa tengo, no es culpa de nadie, ¿Sí señora?, consultorio 4, sí, con el doctor Carhuamayo, vaya rapidito ya está atendiendo, perdone, pero, entonces ¿a dónde vamos?, espere. Los momentos pasan, su papelito empieza a sudar, el calor, la gente, caras desconocidas, es un ambiente lleno de sillas y no puede sentarse, sus piernas se lo piden, pero la urgencia no lo permite, se sienta y desaparece como reclamante, se convierte en un resignado y esperará eternidades, morirá en esas sillas azules institucionales. Señorita, entonces… entonces hay que esperar, mire ya estamos solucionando, se irá a uno de Dermatología, allí atenderá el doctor. Pero tengo resultados de Rayos X, recuerda, a las justas, en esos chepis que le da la memoria, se siente triunfador contra la ancianidad, recuerda lo que ni su hijo le recordó, puede con todo, con el mundo. No tengo historias. Pero tengo que ir primero, soy el primero ¿no? sí, allí está mi papelito, ¿en qué momento lo puso allí?, está allí mire, si no voy ahora el doctor me atenderá mucho después, por favor. La cara de lástima la tenía preparada, con una sonrisa, antes, de joven, algunos chistes o piropos aceleraba trámites, ahora no se atreve, viejo mañoso, viejo verde, viejo ridículo, trata de no pensar. Mire aquí el número de su historia, con eso podrá ir. Un papel casi en blanco, impreso con tinta de cinta, su viejo enemigo y sus ojos falsos ya no le sirven, ni de muy cerca descubre nada, ¿es un dos?, ¿o un ocho? Jovencito, ¿me ayuda?, es 238832, gracias. Anótemelo y voy. Espere, dónde queda. Por donde vino, está en los letreros. Estaba más que seguro, sabía dónde ir, ese pasaje que no tomó, con el Rx clarito. Llega, le pregunta a una señora, al segundo piso, ¿perdón qué?, pero si de allí vengo, pude ir de frente, yo no sé, suba nomás. Las gradas, esas plataformas de apoyo que desgastan sus zapatos. Las barandas, puntos de apoyo de los cuales soltarse ante la embestida de alguna dama bajando. Trata de no enojarte, nada ganas con enojarte, así es el Seguro, le dijo su pequeño que ahora tiene 45 años, qué sabrá él, pero sabe mejor que él. La ley de la vida. Y allí llega, ¡allí están estos son, los pacientes que recibirán radiación! y los mira y mira la pared de tripley que corta el acceso a otros ambientes, claro, por eso no lo mandaron directo. Allí están, esperan eones, milenios, centurias, no hay cola, entonces cree que puede llegar a la ventanilla. Hay cola, no se pase, pero solo quiero preguntar, pregunte después de formar cola. Pero mi cita es ahora. Espera un momento, tiene las de perder, todos tienen caras de trasnochadores esperando turno. Sale una enfermera. Sí, sí, no, no, tiene que esperar. Está asustado los minutos corren. Por favor, es solo una consulta, ya dejen pasar al viejo. Espera. Quéeeeeee. Oiga, más respeto yo no soy un viejo, quién lo dijo. Ya pase nomás cocharcas. Oiga, que es esto, yo no le falto el resp… ¿cuál es su consulta?, dígame, ¿me veo como un viejo?, no perdón, aquí se recogen las placas, es que tengo consulta y el doc… eso se pide en Archivo. Baja las escaleras, te duelen los músculos. Archivo, dónde carajos queda esa vaina, la paciencia se le diluye entre el sudor de la vergüenza y el calor. Señorita, por caridad, para recoger los resultados de Rayos X, allí pues en laboratorio, suba las gradas y… de allí vengo, me dicen que en Archivo, allí está. Y el dedo señala al orificio de gusano, al callejón de las ánimas, no hay más letreros, no hay señales, ni guachimanes, nada, algunos trashumantes sentados, espectros de otros pacientes que lograron sacar el cuerpo, pero no el alma. Dos personas antes que él. Eso es un alivio. Señor busque bien, señora ya busqué y no está, lo haré de nuevo. Cinco minutos más, no está señora, pero debe estar, recuerda si tiene otra referencia, mi historia antigua de repente, pero por allí hubiera empezado, deme el número. Regresa, un sobre blanco percudido, lleno de marcas de dedos anónimos, pero señora esta es una radiografía antigua, sí, ya no quiero que me atiendan aquí, iré a particular, estamos octubre y mi próxima cita es para enero, no llegaré viva. Nunca escuchó que las radiografías salgan afuera. Pero tampoco nunca escuchó que un empleado público se calle, se hace a un costado quiere ver a la dama. Entiende. También le daría hasta la billetera, el sufrimiento ha remplazado sus ojos, su boca, la nariz. Sale casi tropezando con su suspiro. Ya me dieron, vamos entonces. Ve alejarse a la pareja, recuerda a su María. Y si hubiera hecho lo mismo, si hubiera peleado más, si no… pero nada, ya tiene el enorme sobre blanco, nuevecito, con sus radiografías, tiene que subir. Espera, ¿y los análisis de sangre?, es posible, no quiere creerlo, es posible que los necesite, antes los tenía que pedir, ahora también, le responde la del cubículo de historias, no hay sistema. No quiere bajar y volver a subir las escaleras. ¿Dónde es Laboratorio?, allí señor, siga la flecha, es el letrero, sí, no lo vio, no vio el cáncer, no vio el carro que venía rápido, no vio la recesión, las colas, malditos presidentes, señor ¿se siente mal?, sí, por eso saqué cita con el doctor Cáceres, es buenito, ya lo atendió la primera vez, y siguió hasta los resultados, la sentencia, la cita fue en agosto, señorita, ¿cómo me va a decir que no hay análisis?, el doctor se va a enojar, por favor, señor ¿se siente mal?, sí, ¿no lo escuchó? Por eso vine, ya le dijo el doctor que deberá seguir todos los trámites para que le den cita para Cardiología y Anestesia y eso es lo último, que lo van a operar, pero debe tener todo, a su María no la llegaron a operar, se fue nomás, así despacito dejó de respirar, el doctor me va a ayudar, pero debo llevarle todo, entiendan por favor, vaya a hablar con él pero no grite, nadie está gritando, yo no grito, soy una persona amable, he trabajado toda mi vida, trato de ser honesto, ni intenté cobrar doble seguro como me dijo el abogado, solo saqué a mi hijo adelante, pero no puede venir, si viene lo botan del trabajo, tiene dos hijitos y problemas con su esposa por mi culpa yo lo sé, no me dice, pero lo sé, por qué me gritan, estas escaleras, una tras de otras, ¿van para arriba o para abajo? porqué son tan grandes, señor ¿se siente mal?, sí me siento, un ratito por lo menos, deje que me acomode, señor, ¡Señor!, ¡Auxilio!

Despierta. Su hijo lo mira sonriente. ¿Está en el Cielo? No, no estaría su hijo, estaría su María.

—¿Qué pasó?

—Nada papito, despertaste nomás.

—Tienes agua.

—Vas a tener que aguantar, recién en una hora podrás tomar. Han sido dos días fuertes.

—¿Qué?

—Me llamaron de aquí, me dijeron que te habías caído de las escaleras y te llevaron en camilla porque creyeron que te rompiste la cabeza. No reaccionabas. Cuando llegué el doctor Cáceres estaba tramitando todo. Dijo que de suerte te caíste y así podía meterte de una vez a sala de operaciones, aprovechando que ya estabas en Emergencia y que el cardiólogo estaba de acuerdo. Te quedará la cicatriz en la cabeza, pero ya pasó, estas mejor. ¿Qué pasó?, por qué te caíste.  

—Nada hijo, creo que tu mamá me dio una ayudadita o empujadita para que todo esto salga así. ¿No te dijeron algo en el trabajo?

—Tranquilo, me dieron libre hoy para poderte llevar a casa, más tarde te dan de alta.

—¿Tan rápido?

—Así es el Seguro, Papá, así son las cosas.

—Claro, hijo, así son las cosas, tú lo sabes.   

La suerte del esclavo

Nací esclavo de madre esclava. Cuando fui llevado a casa de mis amos, mi madre no tuvo palabras de amor, estaba muy resignada a su suerte para eso, solo al final recuerdo una mirada lejana suya, llena de tristeza.

En mi nueva casa rápidamente supe cómo ganarme la confianza de los amos con una fidelidad extrema que opacaba a los demás. Me alimenté bien, me ejercité mucho, reiné desde las sombras, hasta llegar a mi mejor momento, al máximo de mis fuerzas, listo para cumplir mi destino. Un día, escapé hacia la libertad, sin mirar atrás.

Fui un guerrero, una amante, un líder, un carnicero, un padre, un consejero, un amigo, un compañero, un maestro.

Tuve un reino, fui desterrado, recuperé mi lugar y reposé en una vejez que parecía ideal para mí y mi historia.

Pero un día me capturaron. Sé que pronto moriré y me destroza mi destino final, atrapado entre estas rejas, con mis pares derrotados, acabados, vencidos en su orgullo. Es terrible el destino de un perro.

Cuento aparecido en la revista Plesiosaurio N°11

La culpa redonda


Abel era adicto a escuchar las historias de su papá como presidente del Club Juventus. Varias camisetas blancas y negras se encontraban colgadas en el ropero y como regalo de ocho años, le dio una pelota original Mikasa FT-5. La miraba extasiado, contaba sus triángulos negros y blancos. Era de segunda, a ojos vista estaba dicho, pero le encantaba creer que fue usada en algún campeonato, como los que le hacía ver su papá los fines de semana que pasaba con ellos, en el Sony Triniton a colores que compró para el mundial del 82.

Lo que nunca hacía era enseñarle a jugar. Tampoco se atrevía a hacerlo. Suponía que, como su padre era futbolista, él también lo sería. Miraba las fotos de las diferentes alineaciones en las que participó en los diferentes campeonatos. Sabía que había ganado la serie A el 86 y que su papá por eso siempre viajaba mucho. En realidad, estaba fuera de casa tres semanas y llegaba una.

Al niño no le importaba tantos los gritos que como dos dragones se proferían sus padres, le importaban los momentos en que podía sacarle más historias. A veces se atrevía a hacerlo, pero el miedo a decir algo impropio siempre lo acobardaba. Su madre, por otro lado, quería que fuera un bailarín, antes que jugador, le decía que no le creyera tanto a su padre, que mejor se dedicara a estudiar y a bailar. En una presentación en el jardín lo escogieron para bailar un negroide y su madre quedó encantada. Quería que siga participando en danzas.

Lo que sí consiguió, fue que lo dejaran ir un rato a la calle cada tarde. Así se hizo amigo del Pedro, un año mayor que él, que tenía labio leporino pero lo iban a operar pronto. Había otros niños menores en un año, pero algo más avezados. Un sábado le pidió a su papá para sacar la pelota, con temor. Como de milagro le permitió sacar el tesoro preciado y que se demorara, que tenía bastante permiso.

—Oigan, miren, esta es una pelota original Mikasa.

—¿La han hecho en tu casa?

—No, es una pelota muy cara y que la han usado en los campeonatos de la Juventus.

—Qué hablas oe, el Juventus es de Italia, ¿te la han traído de allí?

—Claro, mi papá es el presidente del Club.

Las risas no se esperaron, en su desesperación, trató de mostrar de qué estaba hecha la pesada pelota y abrió uno de los triángulos para mostrarles el entramado de naylon característicos, pero los chicos lo agarraron de punto y hasta cuando empezaron a jugar se burlaron de lo pesada que era y que él mismo ni podía patearla sin que le doliera el pie. Frustrado, regresó a casa a pedirle a su papá que salga a decirles que era el presidente del famoso Club Juventus.

Entró. Lo buscó. No estaba. Solo su madre, sentada en la mesa de la cocina.

—Mamá, ven conmigo, diles a los chicos que mi papá es famoso, que tiene su propio club en Italia, vamos tienes que decirl…

—¡Ya basta!, hijo entiende, tu padre no es presidente de ese club, sino de uno allá en Chuquibamba, solo que le puso el mismo nombre, todo este tiempo te mintió, ya deja de idolatrarlo.

—Estás mintiendo, dónde está, ¡Papá!, ¡papá!

—Por favor hijo, no lo llames, por favor… él no está en casa. Ya no vendrá.

—¿Qué?

—Desde hace tiempo estamos mal, es necesario que entiendas, nos vamos a divorciar, tus abuelos vendrán a vivir con nosotros. Podrás visitarlo los fines de semana. No llores hijito por favor, no llores…

El comecuentos: bolsa de mercado

Fui por primera vez solo al mercado, casi empujado a punta de escobazos por mi Mamá Hilaria, cuando ella ya no pudo ir y cuando en la calle América en Mariano Melgar, se instaló la feria de los sábados. Iba con mi bolsa multicolor de mercado. Remendada con aguja de arriero, amarrada con pita porque una de las asas ya fue. Fui con roche y, por andar evitando que alguna de las chicas que me gustaban apareciera por allí, le hice caer las gelatinas a un chico que las vendía en su bandeja y en vasitos de coco. Le terminé pagando los dos vasos rotos y a mi abuela le dije que la carne subió. El estofado de ese día llevó esa carne con sobreprecio y un par de insultos de mi antepasada, renegando por Fujimori y los aumentos y que se regrese con la yuca clavada a Japón. Serio, mi Mamá Hilaria era ducha para inventar formas de insultar con clase, nunca inclase.

—La carne está suave, ¿Cómo le dijiste para que te vendieran tan rica?

En esa época solo había costillar, pecho y todo lo demás se definía para sopa, para caldo, para estofado, para guiso. Fin. Yo no sé qué dije pero volví al sábado siguiente a la misma carnicera y sin hacer caer nada a nadie al comprar.

—Las papas están harinosas, buena casera te conseguiste.

Así quedó establecido, Sarko iba a comprar porque era al que le daban mejores presas y más mercadito el recado.

Y siempre con su bolsa de mercado multicolor, parchada hasta lo imposible.

PD: Esta bolsa de la foto me la compré hace poco y la llevamos cuando salimos con Mathias porque es ecológica, reciclada y rebarata.

La chica que quería ser Slash

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—¿Te han roto el corazón alguna vez?

La pregunta la realiza su acompañante, una amiga reciente. Por un favor cumplido prometió un helado y están allí, sentados en ese local de hamburguesas al paso, a pocos metros de la Plaza de Armas.

Estaba por evitar responder, al fin y al cabo no estaban en la fase de contarse secretos.

—Sí, pero la peor de todas fue mientras sonaba en mi cabeza una canción inolvidable, que hablaba de una niña, una maldita dulce niña.

—Te vas a poner poeta, que aburrido. Mentira, seguro que fue en la universidad. ¡Huy! Si hasta puede ser que aún la veas, masoquista eres.

Fue en la secundaria.

Hora de irse a la oficina, el refrigerio acababa en diez minutos. Miró a la muchacha, porque eso era, quince años menor que él. Quince años, la edad que tenía Iris en ese entonces.

—¿Vas a contarme o te harás el exquisito?

—Está bien. ¿Sabes quién es Slash?

—No.

—¡Es el mejor guitarrista de todos los tiempos! Sí, ya sé que no es de tu época. El punto es que ella quería ser Slash, era su sueño, me lo puso en mi slam.

—¿Qué huevada es un slam?

Pasó por alto la mala palabra. Estaba acostumbrado a que las chicas de este tiempo se dieran mayor importancia soltando un insulto de rato en rato.

—Era una especie de cuestionario que se escribía en un cuaderno y que se lo pasabas a quienes quisieras que lo respondieran y en las páginas finales te ponían un recuerdo con dibujos, frases o lo que sea. En ese tiempo sólo las mujeres te lo pasaban para que lo llenaras, pero yo me hice uno… quería con eso saber qué querían las chicas que me gustaban.

—¿Resultó?

—Claro.

No, no resultó. Por ejemplo, en lo que respondió Iris lo que más recuerda es que a la pregunta de “¿Qué vas a estudiar?” ella respondió “Música”, a la de “¿Un sueño?” respondió lo de ser como Slash, y en el recuerdo final una inolvidable composición con los títulos de las canciones de Guns en un texto en inglés, pero ningún indicio de cómo conquistarla.

Estaban en quinto año él y ella en cuarto. Él en el Claretiano y ella en Nuestra Señora de Fátima. Los dos vivían en Mariano Melgar. La conoció cuando cambió de paradero y no se iba hasta la avenida Goyeneche a tomar la Línea 11 sino que bajaba a la avenida La Marina para tomar la Línea 6. Fabián iba con tres más de su clase. Iris, por parte con cuatro chicas. Eran mancha.

—No era bonita.

—Eres una basura ¿cómo vas a decir eso? Entonces para qué querías estar con ella.

—No me entiendes, digo no era bonita así como dirías un cuerazo, era media cuadrada, de cara media en rectángulo, blancona y con acné. No destacaba por su cuerpo o rostro, pero era súper inteligente y lo más importante, le gustaba el rock pesado.

Por ese entonces conoció los placeres del rock y sus variantes ochenteras y noventeras de la mano de los grupos más representativos que existían en su mundo adolescente de 1995: Metallica, Iron Maiden, Nirvana y Guns N’ Roses. Este último era su preferido y a ella también le encantaba.

—No me importaba como se veía, si era o no bonita, me atraía porque podía hablar con ella sin cansarme. Me encantaba hacerla reír con mis ocurrencias. Mirarla así de reojo y sentir que en todo el trayecto ella, en un segundo, sea al bajarse o desde la calle, me devolvía la mirada.

—Mucha novela mexicana miraban en ese entonces.

Ignoró el sarcasmo de la muchacha. Siguió rememorando como una necesidad, no de contestar alguna pregunta, sino de explicarse a sí mismo el porqué de lo vivido con Iris.

En el tiempo en que recién la conocía no entendía si estaba enamorándose o era empatía por la muchacha. Así empezó a mostrar interés y conversar con ella. Obviaron los silbidos de su mancha y se separaban de ellos para hablar. En varias ocasiones se bajó con ella para acompañarla a su casa. En una de esas conoció a sus padres. Recordó cómo sintió un calor intenso cuando los saludó. Después de ese día entraba a la casa como si nada y se quedaba a almorzar. Era cuestión de llamar a su casa y, aunque su abuela se enojaba a veces se lo permitía en consideración, siempre lo supo, a que no tenía padres.

Pasaba con ella muchas horas hablando de las bandas, en especial de Guns, que si Axl se tatuó la cara de su esposa en el brazo o si era verdad que le tiró los tallarines en la cara a uno de los integrantes de la banda y por eso el nombre de su último álbum, o si su voz era producto de fumar puros y beber güisqui puro. Largo etcétera.

Se contaban cosas íntimas como la muerte de los papás de Fabián en un accidente de carretera y cómo su abuela se desvivía por darle todo, porque suponía estaba algo traumado, o los deseos fervientes de Iris de estudiar música pero que sus padres no aprobaban. Siendo hija única les asustaba la idea que no eligiera “algo que le dé dinero”.

Claro, tenía otros amigos con los cuales fomentaba su gusto musical y contaba sus vivencias diarias, pero con ella disfrutaba a pleno escuchar en el radiocasete las canciones que lo hacían ilusionar con una vida llena de vivencias intensas, de repente Iris estuviera en ellas, pensaba, sin decidirse aún sobre sus propios sentimientos.    

—¿No estás muy viejo para andar recordando esas cursilerías?

Ignoró a la muchacha y continuó recordando que no fue hasta un quinceañero al que fueron la mayoría de su grupo, que descubrió que estaba enamorado de ella.

Era el cumpleaños de Julissa, la mejor amiga de Iris. En ese entonces ese tipo de fiestas empezaban a las once de la noche en promedio. Antes de entrar, con Sebastián y Darío, se pusieron a jugar fulbito en la calle cerca al local del baile con unos chiquillos, haciendo hora. El local quedaba en la zona de Antiquilla. Finalmente entraron, pero sus amigas no llegaban.  

Cuando Iris entró al salón parecía portada de un álbum: estaba con un vestido tipo sirena color rojo brillante, con los hombros descubiertos. Le quedaba genial.

—¿Sabías bailar?

—¡Ja! Claro que sí.

No, no sabía. Ensayó algunos pasos para no hacer el ridículo cuando pusieran los mix. La tradición dictaba que luego de la entrada triunfal de la quinceañera y el clásico baile “Tiempo de vals”, de Chayanne con el paje, los sonidistas empezaban con una mixtura de canciones techno, para luego seguir con salsa y merengue, para terminar la primera ronda con algo de rock ochentero. Luego una pausa para los bocaditos y los cocteles rebajados en licor, soltaban unas tres canciones lentas. El ciclo se repetía hasta que dieran las dos de la mañana y empezaran a desocupar a todos.

Fabián tenía experiencia en esas fiestas, pero no bailaba bien, sólo se movía de un costado al otro y hacía algo más en los mix de rock. No fue hasta la segunda ronda de bailes que invitó a Iris.

—Te apuesto que te reclamó por qué no la sacaste antes a bailar.

Eso pasó.

—Oye ¿por qué no me sacaste a bailar antes? Qué te crees, sonso.

—Quería entonarme pues, además no creo que puedas seguir mis fabulosos pasos.

—A ver…

Y el roche no fue tanto, porque le agarró el truco a la salsa, que es pasito para adelante, luego para atrás, luego para el costado y ¡zas!, la agarras de los brazos para bailar pegaditos… lo que no sucedió porque Iris a la primera que estiró los brazos se los golpeó riéndose.

—Pasa nomás, oye.

En el mix de techno no hizo nada espectacular de resaltar. Mientras, todos los hombres de su fila…

—¿Bailaban en fila? ¿Cómo es eso?

—Serio, bailábamos en fila, los hombres para hacer algunos pasos y las mujeres al frente.

—Aburridos.

Él sí estaba aburrido del ambiente, miraba bailar a su pareja con ritmo, mientras él apenas podía imitar algunos pasos de sus amigos a los costados. Cuando estaba a punto de rendirse sonó un solo de guitarra.

—Los dos nos miramos, no podíamos creerlo, era algo alucinante que en un quinceañero pusieran justamente esa canción, no salíamos del asombro y los dos empezamos a cantarla y a movernos frenéticamente.

—¡Una de Rafael!

—No pues, era “Sweet Child O’ Mine”, de Guns.

She´s got a smile that it seems to me, y nada más importaba porque Iris estaba haciendo la finta que tenía una guitarra como Slash y Fabián no se quedó atrás y empezó a mover la cintura como Axl mientras terminaba la primera estrofa con I’d probably break down and cry.

Con la parte del segundo solo de Slash ella empezó a moverse de un lado al otro y giraba mientras él empezó a sacudir la cabeza. La mayoría a sus costados abrieron el paso a la pareja que rompió con la fila y se movía como si danzaran en un círculo prestablecido.

Para el tercer solo del guitarrista más pelucón de la historia, saltaban los dos de arriba a abajo acompañando el poderoso riff, que intensificaba las notas y hacía que ella también moviera la cabeza de un lado hacia el otro, mientras él se tiraba al piso simulando tener una poderosa guitarra. Viene una parte lenta y se mueven igual, lentos los dos, las caderas rítmicas. Una nueva explosión de la guitarra. Los demás creen que eso se acaba, pero no, viene un vozarrón de Axl con el where do we go, where do we go now sostenido, lento, explotando después un ayayayayayayaya where do we go now, aaaahhhhhh where do we go aaahhh where do we go now, where do we goohhhoohhh, where do we go now, where do we go uuuuooohhhh, where do we now now now now now now sweet child of mine, swet childddddddddd childddddddd of mineeeeeiiiiieeeeeeeeeiiiieeee.

—¿Y qué pasó?

—Todos aplaudieron.

Nadie aplaudió, estaban congelados, a pesar de que la siguiente canción era “Bad Medicine”,de Bon Jovi, nadie hizo algún movimiento. Luego todo volvió a su cauce y varias palmas se estrellaron en la espalda de Fabián y varias miradas recriminadoras cayeron sobre ella que siguió bailando. Era libre y él también.

—Al final se besaron seguro.

Casi, el beso de despedida fue con comisura de labios rozándose. Era la señal en clave que tenían que encontrarse de nuevo para resolver lo que había pasado, o eso pensó Fabián. Ellos asistían a las clases de Confirmación que empezaron en el Santa Rosa de Viterbo. Ese año, el Consorcio de Colegios Católicos había decidido mezclar a los confirmandos de cuarto y quinto en colegios distintos por grupos. Así, ella y él coincidieron en las clases. Un día más a la semana para verse y, mejor aún, fuera de la normalidad de los amigos y con ropa de calle.

—Tenía un horroroso jean blanco desteñido que le quedaba mal.

—Ya empezaste, al final, ¿qué te gustaba de ella?

Todo. No era una atracción física, el hecho que no se vistiera bien y ni siquiera se maquillara, le encantaba.

Llegó noviembre y seguía intentando declararse. No se atrevía en casa de ella, por respeto a los papás, que tan bien lo trataban. Ellos sí le bromeaban con el tema de la declaración, como todos los que los conocían. Luego de varios días intensificando las miradas en el bus, ella lo esperó a la salida de las catequesis.

—¿Te le declaraste? Cuenta, cuenta.

No se acordaba cuáles fueron sus palabras, lo que más rememora es la increíble sensación de poder caminar con ella por varias calles del Centro y, a espaldas del Monasterio de Santa Rosa, lleno de alegría, la abrazó y la besó largo y tendido. Luego de dejarla en su casa, el camino hasta la suya significó que en su pecho lo único que existiera fuera la palabra felicidad rebotando contra sus costillas.

—Pensé que te iba a chotear ¿No me dices que te rompió el corazón?

—Sí, una semana después.

Luego de que terminaran, sólo se saludaban. No terminó las clases de catequesis y dejó de ir en el bus con el grupo, retornó a tomarlo en la avenida Goyeneche. No regresó a la casa de ella y se enteró por allí que los papás pensaban que él terminó con Iris y no lo querían ver más. Diciembre, vacaciones, fin de la secundaria. Luego nada, una laguna de dos años hasta que se enteró que ella ingresó a la Escuela de Artes de la Universidad Nacional. Un año más de silencio. La volvió a ver tocando en un festival de rock pesado. Se embriagó mucho y pogueó, pero no cruzaron palabras. Varios años más de silencio. En un encuentro de bandas, se enteró que Iris tenía grupo propio y justo se presentaría allí. Se quedó lo suficiente y lúcido para admirar su forma de tocar, pensando que había cumplido su sueño. Supo de sus correrías musicales en esos años gracias a las noticias culturales y, años después, por el Facebook, se enteró que murió en un accidente en Miami, en una gira promocional de su nuevo álbum musical. Fue al entierro, no saludó a nadie, los años de alejamiento lo hicieron pasar desapercibido.

—Oye, que pena… pero no me contaste por qué terminaron.

Se asombró de la falta de empatía de la muchacha para con la muerte de quien se supone fue un gran amor.

—No importa.

—Claro que sí importa ¿por qué lo hizo?

—No sé, nunca lo supe y nunca pregunté, sólo me terminó.

—Eres un cojudo, cómo no vas a saberlo, ¡aich!, jajajaja… lo siento, estuvo buena la historia.

Se despidió de la muchacha y retornó al trabajo. Ya se había pasado el tiempo de refrigerio, aunque en realidad no le importaba mucho.

Pero la espina de la pregunta se le clavó. Algo en su interior le reveló que muchas de las actitudes autodestructivas que asumió luego del colegio y en la universidad, tenían su raíz en el final abrupto de esa relación amorosa y no saber por qué acabó.

Por la tarde, al llegar a casa, buscó en ese cajón olvidado su slam. Ella estaba en el número uno. Sus respuestas, con más de veinte años de antigüedad, le sonaron infantiles. Aún cuando ella escribió en su cuaderno antes de estar con él, mientras hojeaba las páginas, recordaba esa maravillosa semana en que fueron enamorados de manera oficial.

El lunes siguiente a su declaración de amor, y consecuente aceptación, luego de recogerla en el paradero, dieron la noticia al grupo quienes hicieron mucha bulla. Los dos se bajaron en el paradero de ella y recorrieron el camino con la lentitud de enamorados. Parando cada cierto tiempo para besarse. Recordaba sus ojos mirándolo como nunca antes lo había hecho. Sentía su cariño, en cada beso o caricia en su cara. El retorno a su casa le dejó un halo de felicidad pura.

El martes se lo dijeron a los padres de Iris y ellos lo festejaron sacándolos a pasear en el carro familiar hasta el Ice Palace en la calle Santo Domingo. Fabián se sentía parte de algo mayor. Sintió, por qué no confesarlo, que pertenecía a una familia completa.

Los miércoles las de su salón salían tarde por Educación Física. No se encontraron, pero hablaron por teléfono.

El jueves quedaron en no irse con el grupo y pasear por el centro de la ciudad. Estuvieron en la Plaza de Armas, por la Iglesia de la Compañía, donde ella le explicaba las formas raras de los dibujos, fueron por el pasaje de La Catedral contándole él historias de aparecidos, para terminar sentados en una banca de la Plaza San Francisco. Hablaron de sus sueños particulares y se besaron sin importar las miradas de reprobación de los paseantes.

El viernes el que se quedaba más allá del horario era Fabián. Igual la llamó y conversaron. Finalizando la llamada recuerda que le dijo que la amaba y ella respondió que “yo también”. Más felicidad.

El sábado no pudo con la emoción, se adelantó para poder encontrarla a la salida de su casa, pero la vio avanzando en la avenida rumbo al paradero. Quiso gritar, pero se vería mal, así que metió una carrera para alcanzar el bus en el que Iris se subió. La recordaba perfectamente, estaba con ese horrible jean blanco y un polo negro con una camisa afuera. Estaba asombrada que estuviera él allí.

—Hola.

—Hola…

—¿Pasa algo?

—No, pero después de clases hablamos.

—No, por favor, ¿algo malo?, ¿en tu casa?, ¿tus papás se enojaron por algo? dímelo ahora, no voy a aguantar hasta que acaben las charlas.

—Por favor…

—Ya me preocupaste, por favor más bien dime, no entiendo qué pasa.

—Está bien. Ahí va: tenemos que terminar. No me preguntes por qué, no voy a decírtelo, aunque debes saberlo, pero es mi decisión, te quiero mucho, pero debo hacerlo.

—Qué…

—No me preguntes, por favor, lo único que harás es que me aleje de ti.

A pesar de sus preguntas Iris no respondió nada. Insistió, pero ella era un bloque de hielo. Se quedaron en silencio hasta llegar a clases. No prestó atención a nada de lo que explicaron ese día. Al salir le quedó el largo camino a casa. Tenía un dolor indecible, algo que no podía resistir, tenía ganas de llorar, pero tampoco podía, estaba totalmente abrumado por varias preguntas. ¿Su color de piel, su casa, su colegio, su estatura, su ropa? Mil preguntas.

Regresó a su presente. Allí, estaban las respuestas de Iris sobre sus sueños:

¿Qué vas a estudiar? Música, pero mis papás no me dejan.

¿Un sueño? Ser como Slash (GN’R)

¿Cómo lo lograrás? Creo que no podré, a menos que consiga que alguien me atropelle, me dispare o que me rompa el corazón y así mis papás me permitan por lástima seguir la carrera.

Luego de años esas respuestas dejaron de ser tan infantiles y resultaron muy directas. Un dolor indecible empezó a mortificarlo. Revisó por último el recuerdo que se acostumbraba dejar en una página entera y que ella puso en esa ocasión:

“Don´t Cry Sweet Child O’ Mine in this November Rain. I will enter Paradise City for a week you will be mine and I yours. We will love us so much that we will play Knocking On Heaven’s Door in the Garden Of Eden. It’s So Easy, it’s like being Welcome to the jungle, but then for me will be a Civil War in my heart. You’re crazy and I also remember Yesterday I am a Rocket Queen and you’re my Bad Obsession. Think About You makes me feel I’m in a Nightrain. With you I commit the Perfect Crime. It will be a paradise week and will understand your Breakdown in the end, but it will be my decision you’ll have someone to help me my dream. Do not try to understand just let me live and die thinking that you were my true love forever. Don´t Cry Sweet Child O’ Mine in this November Rain”. 

Intentó reírse de la falta de coherencia de algunas frases, todo para que encajaran los títulos de varias canciones de Guns que les gustaban a ambos, pero algo no le cuadró y volvió a leer con más atención. Tradujo el texto que decía algo así:

“No llores dulce niño mío en esta lluvia de noviembre. Voy a entrar en la ciudad del paraíso durante una semana y serás mío y yo tuya. Nos amaremos tanto que vamos a tocar las Puertas del Cielo en el Jardín del Edén. Esto es fácil, como ser bienvenido a la Jungla, pero para mí será una guerra civil en mi corazón. Estás loco y yo también, recuerda que soy una Rocket Queen y tú mi mala obsesión. Pensar en ti me hace sentir que estoy en un tren nocturno. Contigo cometeré el crimen perfecto. Será una semana de paraíso y voy a entender tu desconcierto cuando esto finalice, pero será mi decisión tú serás quien me ayude a tener mi sueño. No trates de entender sólo vive y deja morir pensando que eras mi verdadero amor para siempre. No llores dulce niño mío en esta lluvia de noviembre.”

En ese instante comprendió todo. Iris lo usó desde el inicio, el ser amigos, el presentarlo a sus padres, ser enamorados, romper con él, todo para que cumpliera su sueño. Se paró enfermo de dolor, lo peor era que ni siquiera podía buscarla para confirmar su sospecha. Se derrumbó lleno de rabia y frustración al saber que fue usado por una niña, una dulce niña loca.

http://www.revistamarabunta.com/2019/07/24/la-chica-que-queria-ser-slash/

Quilla y la puma

La pampa andina está tranquila, hay algunas nubes en el cielo y el viento está suave. El animal se traslada por la planicie. Al llegar a la carretera espera pacientemente entre las sombras de unas rocas, frente de ella un claro entre los nubarrones ilumina la carretera. Es una hembra majestuosa de puma, última de esa vasta zona de serranía y madre de tres cachorros que la esperan en una cueva cercana. Es la quinta noche del plenilunio y el hambre arrecia. Pero espera paciente. La luna su apu guardián, la poderosa Quilla, que brilla en el cielo de manera total, la observa.

El asentamiento minero, construido algunas décadas atrás, con lentitud, pero con extremada eficiencia, mermó la fauna y flora del delicado ecosistema de la puna. Pero lo más inaudito para Quilla es que los hombres están planificando irrumpir con sus perforaciones en su santuario, aquel que le construyeron hace siglos también hombres, pero más respetuosos con los poderosos apus tutelares.

El felino tiene una deuda eterna con su protectora. Ella le provee de alimento cuando ya no queda nada que cazar. Así, como han convenido, la luna está llena y alumbra entre los resquicios justo ese punto. Un vehículo se acerca. El chofer y sus acompañantes viajan confiados. De pronto, la intensidad del brillo lunar se acrecienta en un momento dado en el punto exacto para que su luz y la de los faros del vehículo se fundan y permitan que la sombra del felino saltando por delante del carro haga caer presa de pánico a los viajantes, en especial al chofer quién hace una maniobra temeraria que termina por desbarrancar al vehículo por el farallón al lado de la pista.

El ágil animal se acerca a los restos humeantes. Con lentitud ingresa a lo que queda de la cabina y saca a tirones los cadáveres que alimentarán a sus crías y a los animales menores de su territorio, hasta que de nuevo pueda tender una emboscada de ese tipo con la ayuda de su apu guardián. La luna sigue al animal que animal arrastra los cadáveres, mientras miles de insectos borran las huellas dejadas para despistar a los que vengan alertados por el accidente.

Llegada hasta el antiguo santuario, la puma arranca las cabezas de los hombres para colocarlas en lo que fuera el altar mayor. Allí están, con las cuencas rígidas de los ojos en dirección al cielo, para que en ese momento la ofrenda se bañe con los rayos de Quilla en señal de pleitesía. La puma, terminada la ceremonia, retorna a su cubil.

Cuento publicado en el libro «La Venganza de los Apus»

La música y la libertad

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Foto: Publimetro

Cuando el cielo sobre su cabeza tenía ocho años de contemplado, el niño sintió las ganas de cantar algo. Pero no lo hacía por la vergüenza del qué dirán. Hasta tenía la canción aprendida. La escuchaba de continuo en la radio de su casa y hasta había malogrado un casette de su madre para grabarla de la radio.

Uno de esos días pequeños de su vida, cuando iba en el bus directo a su colegio en esa subida final desde el puente que cruzaba el río de su ciudad, divisó a través de la ventana del carro a una persona caminando en la acera en dirección contraria al bus. Lo extraordinario de esa persona era que venía cantando. Lo podía asegurar el pequeño, ¡Venía cantando a todo pulmón! Se notaba en el movimiento de sus labios, de todo su cuerpo.

Si alguna vez se concedió que el tiempo pasara lentamente, es más que seguro que fue allí, para que el niño pudiera ver los cabellos largos y castaños de esa persona ondear con su propio movimiento, mientras sus brazos a los costados describían arcos con lentitud y los dedos de la mano derecha se contraían para realizar un chasquido que acompañara la voz que salía de su boca.

“Entonces se puede cantar así, con esa libertad”, pensó.

Las insípidas clases del día fueron un tormento. El profesor de Historia estuvo más aburrido que nunca y los compañeros, tan raros le parecieron hablando de canicas y trompos, caretas y chocolates. Sólo pensaba en lo que vio en la mañana. El instante le duró una eternidad. Para perdurar el momento, fue llegar a su casa luego de clases, prender la grabadora y colocar el tesoro de su casette.

Rebobinó la cinta hasta que llegó al inicio de su canción y, primero siseándola y luego con timidez entonándola, la cantó. Feliz, se dio cuenta que la letra se la sabía correctamente, así que empezó a practicar el tono, así, al tanteo sin saber que aprendía por intuición lo que muchos trataban en años, recorrió la práctica del solfeo, el grave, barítono y agudo cantar.

Su voz dulce y fuerte flotó en el aire de la casa y se elevó con fuerza. En eso tocaron la puerta y el niño corrió a apagar la grabadora para que su mamá no descubriera su secreto.

Hasta que llegó el día de su actuación. Se preparó con esfuerzo y no habló más de lo necesario. Para sopesar eso averiguó que la canción la cantaba Frankie Ruiz y se llamaba “Mi Libertad”.

Al salir del colegio ese día, no fue por su ruta normal, sino que tomó el camino hacia el puente, por la bajada hacia el río, por la acera izquierda.

A medio caminar tomó aire y cantó con todo el corazón, a mitad de fuerza.

Mientras avanzaba sintió que todo alrededor flotaba y lo único que estaba en tiempo real era su voz. Cantó entonces con mayor fuerza, pero sin gritar, sólo para que el sonido llegara más alto y timbró en algo la entonación para que se notara el rumor del eco en su boca.

Al final de su canto y al terminar el puente, un grupo de personas que lo oyeron casi desde la mitad de la canción, prorrumpieron en aplausos que le hicieron sentirse sorprendido, avergonzado, pero feliz.

Cuento aparecido en Semanario Vista Libre 17.06.2019

Las hadas madrinas no tienen buen plan de jubilación

“Toc toc”

—¿Quién es?—pregunta la niña.

Detrás de la puerta aparece una Hada Madrina.

—Te he estado esperando desde siempre.

—Sí, pequeña niña, lo sé—contestó la alada señora, algo pasada de kilos con el rostro cansado y un vestido que tuvo mejores tiempos.

—Ahora estoy aquí porque blablabla, ya sabes el resto, espero que me hagas caso —siguió diciendo. —Tienes que entender algo antes de pedirme tu deseo: No debes anhelar algo que después puedas arrepentirte, no debes pedir algo que sabes causará dolor a otros y no debes pedir nada que atente contra ti misma. Obvio, sí puedes pedir cualquier cosa dentro de la realidad posible según las leyes de este universo. Para que me entiendas no puedes pedirme un elefante con pies de hormiga porque se muere en el acto. Te advierto esto según la norma 118, asiente si has comprendido… muy bien, dicho esto, me voy a tomar cinco minutos de descanso establecido por el sindicato antes de que me des tu respuesta.

La niña miró al hada acomodarse con dificultad en la silla de su escritorio. La encontró algo distinta a su imagen de lo que deberían ser esos seres mágicos que poblaban sus libros de cuentos de hadas. Antes de criticar sus zapatos gastados, su vestido sin forma y ajado, su aspecto tan decaído, aún más ahora que estaba durmiéndose y una gruesa gota de saliva empezaba a bajar de sus labios, pensó en lo que le dijo.

Ella siempre deseó partir hacia lugares muy lejanos y correr aventuras, pero eso podía hacerlo sin necesidad de un deseo cuando creciera, además no estaba en la edad de andar sola por allí, primero quería estudiar algo interesante.

También había pensado en pedir uno de esos que llaman «príncipe azul», o lo que sea que fuera lo que su hermana pedía cada noche a las estrellas, pero recordó a los jóvenes que frecuentaban a su joven tía, hermana de su mamá. Eran galantes pero pasajeros, eran guapos pero creídos, eran educados pero cuando comían las tortas que preparaba su mamá, daban miedo, aparte de no ser ordenados, dejar las cosas por aquí y allá y ser desconsiderados cuando pasaba algún tiempo de salir con su pariente. Al final desaparecían como vinieron, lo cual hablaba mucho de su falta de compromiso.

Igual pensó en algo mágico, de repente que le salieran alas, o que tuviera dos estómagos, para comerse más tortas de mamá y que no la dejaran sin parte siempre, por lo menos tener menos pecas o más altura… pero se había examinado antes y se gustaba mucho como era. No quería cambiar eso.

Pasaron los cinco minutos.

El hada se despertó con un ronquido y preguntó, —Muy bien pequeña, dime tu deseo, aún tengo que cumplir mi cuota de esta noche y no sabes lo difícil que es moverse con estas alas tan débiles. Deberían cambiarnos por unas más recias, así como la de los ángeles de la guardia, o como las de las gárgolas, esas sí que son alas. Bueno, perdón, dime cuál será tu deseo.

La niña supo que iba a responder:

—Quiero un helado Banana Split con 25 bolas de sabores diferentes y chispas de chocolate blanco y un cucurucho de galleta e-nor-me.

—¡¡¿¿Qué solo eso??!! Pero porqué no pediste algo más, no sé veinte deseos más, eso es lo primero que piden o mucho dinero, viajar, el amor, no sé, muchas piden eso y otras cosas.

—¿Y les dura?

El hada meditó su respuesta. —Pues… no, la verdad ahora que lo pienso, no les dura, siempre me piden cosas así y cuando vuelvo a verlas de grandes, el príncipe se volvió un sapo, el dinero se les acabó, los viajes no les dejaron recuerdos, la belleza pasó, la casa se derrumbó…

—Sí, eso pensé, por eso pedí un rico helado, y te estás demorando en dármelo.

El hada sonrió a través del maquillaje corrido por el sudor. Agitó su varita mágica e hizo aparecer el helado más rico de este mundo.

La niña dijo —Ven, haz aparecer dos cucharas y lo comemos juntas, que está muy grande para mi solita, luego ya terminas tu trabajo.

El hada hizo aparecer dos cucharas y se quedó a disfrutar del helado junto a esa niña pecosa.

Fin

Por: Sarko Medina Hinojosa

El presente cuento apareció en la revista El Narratorio:

http://elnarratorio.blogspot.com/p/blog-page_10.html?m=1

Sueños de comensal

Dedicado a Sandra, Trinidad, Kathy, Jheimy, Edhel, Aldo, Arturo, Eric, Julio, John y Wilder

“Take it on the other side

take it on

take it on”

Other Side—Red Hot Chili Peppers

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            ¡Compraste tu tarjeta del comedor! Esta frase sin saludo inicial llegó como un todo a los oídos de Aldo Sánchez Lara, Vizconde de Monte Lluta, estudiante de Periodismo, fotógrafo oficial de sus propias inspiraciones y nombrado con cariño como «Chuchi». La interrogación continuó mientras salía de sus alimenticios sueños —¿Sí, sí, sacaste o no? Mira que mañana es el día del estudiante eh, eh. A la mala manoteó el aire y se levantó desde el pastizal donde se acunó para dormir su siesta reglamentaria de mitad de mañana. Levantó los párpados con dificultad y se le quedó mirando a Saeko, individuo que hace instantes lo sacó del país de Morfeo con su horrible voz. Le bostezó.

            Mientras se sobaba donde le cayó el golpe “para servir” que le dio su amigo, identificó al otro ser que lo acompañaba. Era Julius, el cual mantenía un silencio de expectativa. Los odió un momento. Luego, trató de acoplar la imagen de su alrededor con la de sus recuerdos antes de dormirse. Encajaban. Estaban en el bosque de Sociología, en la Universidad Nacional donde siempre había paralizaciones; al costado del Estadio que tantas rifas costó. Y si eso no era suficiente, la picazón en su cuello y brazos le indicó el roce con el pasto donde hace instantes babeaba sus ensueños.

            Asumió entonces su realidad inmediata de espectro estudiantil, a grado universitario, esa epifanía hizo que volviera a bostezar con intensidad, haciendo visibles sus amígdalas. Esto provocó un trío de risas desubicadas, con remanentes de locura, anticipos de un futuro. ¡Ya párale papa frita! Y más bien di si compraste o no tu tarjeta para ir de una vez donde las chicas o no eh, eh, dijo Saeko lleno de impaciencia mientras, para darle contundencia a su pregunta, zarandeaba a Aldo. —En primer lugar Saeko ¿Le enseñaste a hablar castellano a Chuchi?, dijo Julius. Saeko miró a Aldo con duda y Aldo empezó una defensa de su educación primaria en el colegio fiscal del pueblo donde nació. Pero los interrumpió la llegada de Marco Aurelio “John” Denegri: —Imaginaba hallarlos por estos lares y me preguntaba si ya podíamos irnos a comer, antes que mis ansias por alimento se traduzcan en un comportamiento caníbal con alguna paseante de por aquí. Saeko soltó a Aldo que cayó pisándole un pie y Julius hizo una acotación suponemos graciosa que se perdió en el barullo de una juventud que se mueve hacia donde no sabe, pero que definitivamente tiene hambre de algo.

            Mientras caminaban hacia la Facultad de Educación, Aldo les contó parte de su sueño donde la carne asada, ensaladas bien césars, servilletas con mozos pingüinescos y vino francés, ocupaban la mayor parte. ¿Y dónde dices que se celebraba el banquete Chuchi?, preguntaron varias veces, uno por uno sus amigos, pero Aldo seguía narrando los purés con una salsa media agria nomás, ¡Y si vieran los camarones! y los choclazos con queso ¿Ah?, Y el caldazo de cabeza de cordero ¡Uhmmmm!!!!!. ¡Plap! le cayó un golpe de Julius para servir, ¡Plap! uno de John para llevar, y ¡Ploc! de Saeko combo familiar. ¡No que era comida internacional!!!!, increparon. Y qué creen que es la comida de mi pueblo ¿Eh? Le dieron su vuelto con fuerza.

            Lo que pasa es que es un “Chuchisueño” dijo Trinity, una vez que le contaron las descripciones de Aldo. Además cada uno es libre de soñar lo que quiera, defendió toda sonrisa Sandra. ¡Gracias, mami!, dijo Aldo, y Julius Te recomiendo el filicidio Sandra. Aldo brincó sobre Julius y rodó con él por el pasto, pero quedó boca abajo y recibió caricias que dolían, se levantaron y partió como un rayo tras Julius. Saltaron los matorrales como tarucas en estampida. Ágilmente sobrepasaban los carros, por entre las personas, daban saltos entre las rejas, pasaban por debajo de las bancas cual cuyes hasta volver al círculo donde se encontraban Trinity con gripe pero sin ponerse la chompa, Sandra con sus palitos de helicóptero en el pelo y Saeko leyendo un libro de tapa amarilla con un barquito chiquito que se movía. Cayeron justo a los pies de este último que, molesto, les saltó encima. Sandra dijo algo sobre la cola inmensa para entrar al comedor y se dieron tregua para decirle a trío que John estaba guardado sitio. Se espulgaron las pajitas mutuamente antes de irse al gusano humano que los engulliría por unos instantes antes de entrar al salón del Comedor Universitario.

            ¡Alverjitas, odio las alverjitas!, se quejó Saeko con pucheritos de nene. ¡No te quejes! Se come y ya, lo reprendió Trinity. Además, es bueno para que engordes, terminó callándolo toda sonrisas, Sandra. Aldo, mientras tanto, estaba en otra, los veía batir a Saeko un rato, luego agarrárselas con Julius y así. John le preguntó sobre el lugar donde se realizó el banquete de sus sueños, Aquí mismo, en el comedor, respondió. Lo que pasa es que te estás proyectando en tu subconsciente al almuerzo por el Día del Estudiante de mañana, opinó John. ¡Pero era tan real!, pensando esto, Aldo se perdió la broma sobre la mazamorra verde de manzana que les tocó de postre y su comparación con lo que Trinity lanzará en sus estornudos de gripe. Todos dijeron ¡Aggghh!

            Terminado el almuerzo, se la pasaron conversando en el parque de la Facultad de Educación sobre la política exterior en Rumania y el estado financiero de la hija menor de Woodie Allen. Es decir de todo y de nada importante a la vez, para llegar al lástima que terminó, la función de hoy, al finalizar la cena en el comedor. Sandra, toda rulos, se fue a sus clases de idiomas, Trinity acompañó a Julius a sacar los lentes de su padre del oculista, John se fue diciendo algo sobre necesidades imperiosas con papel higiénico incluido y Aldo caminó con Saeko hasta tomar cada uno su carro. En el camino estuvo pensando cómo bromear con su amigo, pero de pronto se halló solo en el paradero, diciendo adiós con su mano a un Saeko que se alejaba en su combi. Se entristeció.

            En la cola del almuerzo por el Día del Estudiante Universitario, que no tiene tiempo para ir a su casa a comer o que no tiene familia en Arequipa que le prepare un mísero plato de comida al pobre, Aldo se preguntaba por qué eran los primeros en la cola. Se lo intentó preguntar a Saeko, pero éste estaba sacándose monedas de la oreja para sorprender a Sandra, la cual, mientras lo miraba sacar un Mareví de oro, dibujaba galletas de animalitos en el aire y se las comía luego. Entonces intentó llamar la atención de Trinity, pero ella no lo escuchó por estar cantando tengo el orgullo de ser peruana y soy feliz a voz en cuello. Le hizo señales a John, pero éste estaba conversando con una de las porristas del Sportivo Huracán que estaba a su lado en bikini. Julius, que parecía prestarle atención, realmente no lo hacía porque estaba convirtiéndose en una estatua de cobre para así pararse mejor.

            Se sintió tan solo como el día anterior a la hora de las despedidas, así que cuando abrieron las puertas para el ingreso, quiso explicarle al que revisaba las tarjetas porqué tenía la cara de un solo en sol menor, teniendo tal tracalada de amigos atrás. No pudo ni eso. Tuvo que recibir a la volada en las manos una gamela de metal con cuatro cubiertos y servilletas de papel. A causa de los empujones de Saeko avanzó para recibir el primer plato: una ensalada rusa con bastante mayonesa y dos huevos duros. El segundo plato fue una sopa que olía a pollo y tenía presas del ave para mayores rasgos con pedazos de pan frito flotando como islas. En el tercer plato, y al borde de las lágrimas, le fue servida guarnición de puré de manzanas y una enorme chuleta de chancho recién asada. En la quinta ventana del circuito le dieron un vaso con zumo de naranja con una rodaja al borde y en el sexto una copa de vino tinto.

            ¡Pero por qué!, se atrevió a reclamar. ¿No sabes que este día hay mejoramiento?, alguien le contestó. Bueno se dijo y enrumbó hacia alguna de las mesas largas que ahora lucían cubiertas por manteles y candelabros al medio. Una vez instalados, presenciaron que en el estrado al fondo del comedor, su compañero Wilder terminaba de colocar unas mesas en el escenario, para inmediatamente salir el Grupo de Teatro de la Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación, con Arturito Salazar, a la cabeza, quién anunció: Queridos compañeros comensales, tengo el agrado de presentarles la dos temporadas exitosa, la muy reconocida por los críticos locales y nacionales, qué digo, ¡Mundiales! aquí está para ustedes la obra: ¡Mentirosa, mentirosa!, con la presentación del refinado primer actor consumado Eric De Las Torres, seguido por las primeras actrices Kathy, Jheamy, Edhel!!!!!! Aldo esta vez sí que soltó la quijada. ¡Pero así no empieza la obra!, se atrevió a decir, y un sonoro ¡Cállate! lo apabulló. Las luces se apagaron y quedó iluminado el escenario.

            Aldo sabía de qué iba esa adaptación, es más, ayudó como luminito cuatro veces el año pasado y una quinta cuando la presentaron en el aniversario de su pueblo. Allá fue un éxito, pero allí, en ese momento era un bodrio, y lo peor es que todos reían menos él. No podía entender cómo era que los actores fallaran tanto y nadie se percatara, ni siquiera Julius que actuó en ella lo mismo que Saeko, quién nada decía, de pronto se dio cuenta que sus amigos no estaban en la mesa, sino en el escenario vistiendo el primero un disfraz de codorniz con alitas de pollo frito pegadas al cuerpo y el segundo estaba sosteniendo en la espalda una llama vestida de Presidente de la República. El acabose sucedió cuando, en una escena que incluía la persecución de un samurai a unos búfalos liderados por un caballo loco, agarrándose a tiros con un cachaco, salió abruptamente Arturito para llamar en público a Aldo, varios brazos salidos de quién sabe dónde lo llevaron alzado al escenario donde todos lo felicitaron de pie y con aplausos por ser escogido el “Comensal del año”. Desesperado, el muchacho atinaba a querer bajarse de allí, ¡De pronto! una lluvia de fotos suyas desnudo bañándose en un río de su tierra cayó sobre ellos. Aldo se desmayó, mientras que a lo lejos se oía una risa atolondrada, con remanentes de locura.

            ¡Chuchi! ¡CHUCHI! Despierta Aldo, ya no te hagas el dormido. Aldo abrió los ojos trastornado, y le fue difícil reconocer a Sandra, Trinity, Saeko, Julius y John que lo rodeaban con caras de preocupación. Parece que tenías una pesadilla Chuchi, dijo Sandra. Sí la tuve, suspiró, se levantó y sonrió, feliz de hallarse sano y a salvo de fotos comprometedoras. Pero bueno, ya vamos al comedor ¿no? que tengo un hambre, dijo. Saeko preguntó si había comprado su tarjeta. Sí, lo hice, pero… díganme una cosa: ¿cuándo es el Día del Estudiante? Alguien le dijo hoy. ¿Y qué hay de almuerzo?, indagó con temor. ¡Ay Chuchi! pareces nuevo, ¡Hay pollo al horno y gaseosa!, alguien le respondió.

            Aldo corría gritando hacia quién sabe dónde, mientras sus amigos lo veían perderse entre los universitarios con caras anónimas. Tenía que pasar algún día, dijo Julius. Saeko mencionó algo sobre la locura espontánea. Sandra todo ojos movió la cabeza. John miró a una chica que pasaba por su costado y Trinity concluyó: esto es un “Chuchimisterio”. Todos estuvieron de acuerdo.

Arequipa, octubre 2003

*Este cuento está incluido en el libro «Palo con Clavo y Santo Remedio» 2014

Consuelo


La anciana iba todos los días al templo, al salir siempre acariciaba con sus manos huesudas una talla de un ángel de madera del púlpito bicentenario. Como seguridad del templo siempre me doy cuenta de esos detalles, a veces tan inútiles de recordar como verdaderamente claves para resolver algunos misterios.

Y es que la talla una vez desapareció. No sabíamos cómo ni el método usado para que pudieran despegarla y llevársela. Hasta que recordé, apresurado por el peligro de mi inminente despido, a la mujer que siempre la acariciaba.

Fácil llegar a ubicarla preguntando a las del grupo del Rosario, más fácil hallar su casa. Cuando llegamos y tocamos la puerta, ella misma abrió y nos hizo pasar.

—Sé que vienen por el angelito, pero lamento decirles que ya no lo tengo y será imposible recuperarlo. Lo que puedo contarles es que cada vez que iba al templo y al final lo acariciaba, lo que hacía en realidad era moverlo cada día un poco. Descubrí que tenía una fisura en la base que lo unía al púlpito hace años y desde allí lo fui forzando para que llegado el momento pudiera desprenderse. Aproveché el tumulto de la procesión de Miércoles de Ceniza para darle el empujoncito final y llevármelo.

—Señora, pero debe decirnos donde está —dije con un poco de aprehensión, claro, mi trabajo dependía de ello y así se lo explicamos mi compañero y yo. Después de mucho pedir, amenazar y suplicar finalmente poniendo a nuestras familias como el motivo principal para no ser echados del trabajo, accedió a contarnos los motivos de su proceder.

—La talla está con una mujer que hace años perdió un bebé y nunca se recuperó, sé que no está bien, pero le prometí un ángelito para que pudiera tenerlo consigo siempre, en representación del que se fue.

—Oiga pero… esa señora está… —empecé a preguntar adivinando en algo la tragedia que escondía el relato de la vieja. En este pueblo todo se llega a saber y más si de por medio hay un tema escabroso.

—Sí, es ella, la que mató a su marido —me respondió. Con mi compañero no dijimos nada más. La susodicha estaba en prisión hace varios años, justamente por acuchillar a su marido porque en un momento de borrachera y discusión con ella, lanzó a la criatura de ambos por la ventana del tercer piso de la casa de alquiler en que vivían.

Salimos de allí algo mareados. La talla había viajado cientos de kilómetros hasta la cárcel de la provincia, pensar en llegar hasta allá para recuperarla nos pareció ya imposible. Contamos lo referido al párroco y este, pasada la molestia inicial, se resignó a que la talla estuviera perdida, llamó a la vieja luego para conversar y el tema quedó allí.

Pero aún me cuestiona las palabras finales de la vieja al despedirnos: “Nadie sabe cómo el corazón de las personas se cura, ella necesita eso más que nadie”. Por mi parte ni pregunto más por esa talla pero observo con detenimiento a la anciana, no vaya a ser que quiera llevarse el San Judas Tadeo que tenemos cerca a la puerta.

EL COMECUENTOS: La yerba mate no tiene fronteras

En mi país (Perú) no existe una bebida hecha con la yerba mate (Ilex Paraguariensis) ni la costumbre de tomarla. En realidad tenemos nuestro mate de hoja de coca y la chicha. Pero, la difundida bebida que toman por igual paraguayos, brasileños del sur, uruguayos y argentinos, en cada parte tiene sus connotaciones especiales y formas, pero en todas existe un lazo indisoluble en su consumo: la compañía y la conversación.

Supe de esa bebida gracias a las historietas de Pepe Sánchez que aparecían en la revista El Tony de la mítica editorial argentina Columba. El súper agente de la CES (Centro de Espías Sofisticados) bebía la yerba con palito, siempre con su tetera en mano y algo que parecía una pelota con un tubito por donde bebía el brebaje desconocido para mí.

En el 2006 llegué a tierras gauchas y casi desde el primer día alguien me pasaba la calabaza con la bebida. Allí aprendí que hay dos formas de tomarlo concretamente: dulce o amargo. Que en provincias lo prefieren con yuyos, es decir con hierbas aromáticas, como el poleo, el burrito, etc. Que hasta con leche se puede tomar. Que la temperatura ideal del agua deben ser unos 70 grados centígrados sino sale “fiero”. Y que los famosos “palitos” sirven para mantener la estructura correcta de la hierba dentro del recipiente. Ahhh y que no digas “gracias”, serio, es que si dices eso ya no te sirven y quedas aisladito, se dice eso cuando ya no quieres más bebida.

Allá en Las Canteras en Deán Funes en Córdoba había un señor mayor al que llamábamos cariñosamente “papi Edgar”, un bonaerense que se levantaba temprano para poner la pava (tetera) al fuego y esperar a este peruano para servirle unos “amargos”. Aprovechábamos para conversar del día y de las labores, recuerdo con mucho cariño que siempre decía: “El culpable de todo es Sarko, porque siempre hay que echarle la culpa al más bueno”, haciéndome sentir querido a miles de kilómetros de mi tierra. Otro gran amigo que hice, de los muchos de verdad, es Carlos, un cordobés que me regaló una calabaza de mate y que con su familia, aún con la distancia tenemos una gran amistad. Te debo una visita genio. Tantos nombres se me vienen a la memoria, como de Adriana, Gisela, Any, Alberto, P. César, Juan, Maximiliano, tantos amigos.

Por cosas del destino me enviaron a Paraguay, hermosa tierra de lindos atardeceres, justo cerca de la frontera con Brasil a La Paloma de Canindeyú. Allí aprendí a tomar más el mate cocido en las mañanas, ahumada la yerba con unos carbones encendidos. Luego, en la pausa del mediodía a tomar el tereré, bebida fría mezclada con varias hierbas aromáticas y solo agua bien fría. Me explicaron que en la fatídica Guerra de la Triple Alianza, era difícil prender el fuego para calentar el agua y tomar el mate, así que lo empezaron a tomar frío. Eso me contaron. Me parece algo lógico pero también habla de la terrible situación que se vivió en esa época en que niños hasta de doce años tuvieron que luchar.

Las tardes del domingo, en que se descansaba, se ponía una película de diferentes géneros para ver. Allí se me pegó la costumbre de tomar un tereré hecho con el jugo de la burucuyá (maracuyá), y lo pasaba entre los asistentes. Aprendí que el que sirve los mates tiene la responsabilidad de cebarlos bien, procurar renovar con yerba nueva para que no salga muy lavado el sorbo y tener el agua a temperatura óptima. Aprendí que es una forma de servicio especial, nunca impuesta y hecha con cariño. Un sacerdote amigo de la obra en la que estaba, me regaló una “cuya” hecha con el cuerno de un toro y que conservo con cariño, además del que guardo por tantas personas que igual me hicieron sentir en casa, como Angélica, las hermanas vicentinas una de ellas sobreviviente de Hiroshima, Bruno, Jerson, estos dos últimos amigos brasileños.

Por esas vueltas de la vida que me deparó esos años, terminé yendo a Brasil, a Casca en Rio Grande Do Sul. Allí aprendí a tomar el “chimarrão”, que se hace con una variante de la yerba mate, mucho más verde intenso y más molida, que se toma también en las calabazas pero mucho más grandes que las argentinas. Algo que me olvidé de referir antes es que la bombilla, el artilugio de metal que sirve para llevar el líquido desde el fondo del mate, no se cambia o lava de mano en mano, es decir se usa la misma por todos, algo así como el mismo vaso de cerveza en una ronda. Algunas de estas por ello en la punta tienen un recubrimiento de oro, pero en general es una muestra de confianza entre todos, puede parecer antihigiénico pero nunca he escuchado de una epidemia de algo generado por compartir de esa manera la bebida. Y si bien no llegué a Uruguay, lugar donde también se toma mucho el mate y es normal ver pasear a las personas con bombilla en mano y termo bajo el brazo, quiero recordar a Fray Dante, uruguayo y buen amigo.

Noto que me falta nombrar a muchos amigos de esa época y aún más, me falta mencionar los mates en “La Tranquera” allá en la Mariápolis Lia, pero ya será para otra ocasión. Solo puedo agregar que si bien ya no tomo la bebida por mi gastritis declarada, extraño las conversaciones que se generaban alrededor de esta bebida, en los diferentes países donde la consumen. Al final se trataba de compartir momentos de conversación, que tanto hoy por hoy nos faltan.

Por: Sarko Medina Hinojosa, crónica aparecida en Semanario Vista Previa

Ese globo

Mamá Hilaria se auto exilió en Arequipa luego del atentado terrorista de 1988 contra Cotahuasi, en el que una columna de Sendero Luminoso ingresó a punta de metralla y saqueó negocios, incendió el Banco de la Nación, mató a un policía y desapareció a Doña Consuelo Alarcón. La única entrada familiar que tenía eran sus manos vendedoras. Con lo poco de mercadería que pudo traer, abrió una tienda en el verano de 1989. Allí me instalaron como trabajador sin pago ni beneficios salariales a la edad de 10 años para ver pasar los días encerrado entre libras de arroz, azúcar, Ña Panchas, Kolinos y botellas contorneadas de cocacolas, fantas y sprites.

La llegada de los carnavales no dio beneficios a mi encierro laboral. Mi abuela materna era de una rigidez marcial, propia de la gente que sale a punta de sudor y lágrimas. En medio de todo, me las ingeniaba para andar divirtiéndome entre libros y revistas Selecciones. Un día de aburrimiento máximo, llegó mi abuela con la novedad de artículos para los carnavales. Polvos, serpentinas, confites de anís y de maní en el centro se desperdigaron por el mostrador para luego encontrar su lugar en los anaqueles de madera y en la vitrina. Pero lo que atrajo mi atención fue un cartón enorme con muchos, muchísimos globos. Era la rifa de Globos «Payaso». En mi niñez el ganarse el globo mayor era el anhelo de cualquier niño que se respetara de barrio. Las monedas se invertían en poder escoger esos círculos de cartón coloridos que atrás ocultaban los números de la suerte, redondos, alargados, en zigzag, pequeños, medianos, con dibujos, había de todos y en medio el enorme globo rojo que recordaba un blader de fútbol. Nadie en mi barrio se había ganado nunca alguno.

—Mamá Hilaria, ¿Quién se ganará ese globo grande?
—¡Nadie!
—Pero…
—Deja de sonsear y dime qué número es el de ese grande.
—El 31.
—Ya, busca aquí y sácalo.

Ella había abierto con maestría el cartón para descubrir los números. Obedecí la orden y, al encontrar el número, lo despegué. Mi desencanto y tristeza inundó el negocio.

—Cuando se acabe la rifa y queden pocos globos el grande será para ti.

La esperanza viene en frases chicas.

Febrero y marzo pasaron entre amigos de la cuadra y otros llegados de barrios como Bustamante, Atalaya o San Martín, gastando monedas para sacarse el premio mayor. Día a día vi como se iban acabando los globos e incentivaba a los de mi cuadra para que siguieran acabando la rifa. Llegó abril y las clases escolares. Quedaban muy pocos globos, pero aún no los suficientes para convencer a mi pariente. Las tareas escolares y el intentar sobrevivir a las peleas internas y los fines de semana visitando a mi padre, hicieron que me olvide de la rifa, que se quedó al final allí colgada. De vez en cuando algún iluso niño arriesgaba unos céntimos para ganarse el globo grande que andaba huérfano de compañía. Pero nada.

Al llegar diciembre de ese año, me acordé de la promesa de mi abuela. Se la recordé. Fue a revisar a los sobrevivientes coloridos. Noté que se resistía, pero, al final alargó la mano.

—Está bien, toma.

Contento me fui a mi cuarto a inflar mi premio a la paciencia. Como era grande, necesité varias inspiraciones y exhalaciones para que se fuera inflando. Cuando la resistencia empezó al intentar expandirse, redoblé los esfuerzos respiratorios. Estaba creciendo a cada ingreso de aire, su color rojo se iba poniendo traslúcido, iba a ser la envidia de mi barro cuando lo fuera a mostrar, cuando en eso sonó un ¡ploc! y un latigueo ardió en mi cara. Quedó, entonces, demostrado que ese globo no servía para inflarse, solo para mostrarse.

Lágrimas de mar

Hay una mujer que camina por la playa, buscando la risa que se llevó las olas, los juegos contemplando el atardecer. En la memoria de la brisa intenta reconocer el latido de un corazón que fue suyo. La noche se acerca y ella se resiste a partir. Un año más sin él. Intenta una vez más, se adentra en el asesino de su ilusión, busca ese cuerpo que nunca se encontró. Brazos la alcanzan para rescatarla del sueño imposible, devolverle la realidad que se le escurre entre las lágrimas. Ahogada en su nostalgia deja que la lleven, que la rescaten, por lo menos a ella.

Foto: Camaná, verano 2019

Amor estático

«Siempre la amaré, aún cuando mi brazo nunca la sostenga de la cintura, aún cuando mis labios no la besen, aún cuando no pueda susurrar su nombre, cuando un milímetro de distancia separe mi mano de su mejilla, la amaré, aún cuando el tiempo deteriore mi cuerpo de plástico, mi piel de pintura blanca y me desbarate en pequeños pedazos, aún cuando destruyan esta maqueta en la que habitamos y nos boten a la basura, cuando los ciclos que vendrán nos conviertan en polvo de estrellas, aún así siempre la amaré.»

Juego de espejos


Pieter y David Oyens «Gemelos pintores»

Tengo un doble y tenemos un acuerdo. Él va a mi trabajo. Se sienta en el sillón y prende la computadora. Adoptando mis ojos inquisidores, examina el trabajo de los asistentes, toma café y habla por teléfono con seriedad o entusiasmo. Almuerza a la misma hora y trata con exquisitez a la plana mayor y con amabilidad a la menor. Se despide cada día del portero con alguna broma sobre el tiempo y sube al transporte en el mismo paradero. Llega a casa y abraza a mis hijos, besa a mi esposa, revisa las tareas y se sienta en el sillón viendo programas de comida hasta la hora de dormir. Acuesta a los niños, se dirige con paso lento a la habitación y con pasión le hace el amor a mi consorte.

Cada día laboral repite este esquema. Sin sorpresas. Sin obstáculos. El viernes, al despedirse del jocoso portero, va por otro camino, al de su verdadera casa, donde bebe todo el fin de semana viendo deportes. El lunes por la mañana retorna bien trajeado a la oficina a ser un importante operario de una empresa. Yo, por mi parte, llego a casa el viernes, abrazo y beso a mis hijos. Sábado y domingo los engrío, a mi esposa la complazco de diferentes maneras y formas. El lunes por la mañana retorno bien trajeado a la casa de mi doble. Así quedó establecido.

¿Qué gano en este intercambio?

Nada y todo. Mi castigo son esos fines de semana fingiendo amar a esos niños que no son de ella y estar dentro de esa mujer que no tiene su olor, su suavidad, ni su mirada. Porque durante los cinco días laborales me dedico a escribir en la arena del patio trasero, una historia de amor que nunca fue, cuando se acaba aliso con una tabla la ficticia playa y vuelvo a escribirla, una y otra vez, tratando de encontrar la construcción exacta de mi vida con ella, la que cambié por su gemela, la que desapareció para todos presa del despecho, la que está enterrada justo debajo de esta arena, leyendo lo que escribo para ella. 

Canción para acompañar la lectura:

El niño celeste

«Puerta Celeste» Aída Sterin

Imagina que de pronto en una sola cucharada todos los sabores del mundo inunden tu boca. Toda esa información llegando a tu cerebro, explotando en miles de terminales nerviosas. Imagina que la luz se transforma en aire y se mete por tu nariz y te hincha por dentro, ocultando todo con un manto blanco que te ciega. Imagina el color celeste como un remanso de calma, lo único que te tranquiliza en medio del caos de tu vida mientras te repites que solo tienes autismo, solo eso.

El padre de Kevin salió a trabajar el 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes. No recuerda si le dijo algo concreto, como “Ya nos vemos”, “Me esperas”, “Ya vuelvo”, los matices de las palabras que se dicen a veces se tornan en órdenes. Siente que no dijo las palabras mágicas: “Espérame”, aquellas que dejaban al pequeño de 10 años quieto y dentro de la seguridad de esa casa en San Martín, en esa caótica ciudad llamada Lima. Pero sí recuerda, y recordará por siempre que dejó la puerta de la casa sin llave. Será una imagen combinada con una pintura que le gustaba a su hijo y que encontró en Internet de una artista llamada Aida Sterin y que muestra una puerta de color celeste en una pared blanca, semiabierta, dejando entrever un cuarto. La puerta en sí no significaba nada para el pequeño. Era el color. Su color favorito, el cual la hizo elegir, solo eso. Pero para el padre significaría otra cosa de allí en adelante.

Se dice que no tengo empatía, y sé que significa esa palabra. Muchas cosas que leo y significados se quedan en mí, conviviendo entre mis ideas para darme respuestas cuando las busco en el mar de mis recuerdos. Creen muchos que no sé pero sí sé, sé que todo existe por una razón, pero la forma como lo comprendo parece que incomoda. No siento que deba repartir abrazos o sonrisas, creo que mis padres son importantes, es más, lo sé, por eso hoy me salí detrás de papá porque me dijo: “Nos vemos”. Solo que olvidó decirme dónde, así que salí a buscarlo. Él trabaja al sur y toma los Norlima, lo sé porque tienen una franja celeste. Me subo a uno y me siento tranquilo. Miro la ciudad y no me da miedo. Hay un vidrio entre los ruidos y yo, y pasan tan rápido que ni cuenta me doy si me molestan. Tampoco los edificios que se suben arriba o los carteles que se extienden a los costados, los colores chillones de los negocios, los colores distintos de las personas, sus voces que se mezclan con el ruido de otros carros, no me molestan, la verdad. Ni siquiera me molesta que el cobrador me mire fijo y me pregunte por mi pasaje. No es necesario, creo, que pague pasaje, no estoy aquí, estoy en mi lugar tranquilo viviendo desde un escaparate aquello que me molestaría en otras oportunidades. Porque, como alguna vez me dijo papá, ir en carro te aleja de lo que te molesta. Pero insiste el cobrador, es un joven algo nervioso y ya me grita y quiero decirle algo pero me bloqueo. La señora del costado me mira y paga por mí, no me dice nada, no pregunta nada, está contenta por su acción aunque sé que espera un gracias mío, pero no se lo doy, el acto es para ella no tanto para mí. Pero si agradezco que ya nadie me interrumpa y sigo viendo las calles tragarse autos y autos tragarse gente y luego repetir lo mismo por una y otra vez y vez.

Algemiro e Irma, los padres, más su hermana Janet, pusieron la denuncia en la Comisaría y salieron a buscar en las calles cercanas, también recorrieron las calles virtuales del Facebook, tratando que esos seis grados de diferencia entre nosotros acudiera a darles un indicio, una pista, una seña. Ya eran con esta la tercera vez que se perdía su hijo. Volvieron para saber si habían dado alerta sobre el caso, pero las fiestas del fin de año, el movido momento político, fueron excusas pata no activar las pautas de la Ley “Brunito”, triste recordatorio de otro caso emblemático que originó que en el 2011 se emita la norma para que, ante la desaparición de un niño, adolescente, adulto mayor o persona con discapacidad sin la necesidad de que transcurran 24 hora se iniciara la búsqueda y su imagen se distribuyera en todos los centros policiales. Tampoco se activó el Plan “Amber”, específico para personas autistas. Lo que sí se activó fue el recuerdo de un muchacho que se contactó con Janet, indicándole que un niño con las mismas características de su hermano se subió a un NorLima y que, por no tener para el pasaje, fue dejado en el último paradero en San Miguel. Luego se comprobó que no fue así, pero sirvió para dar indicios sobre la historia del pequeño.

Bajo del bus porque ya no me van a llevar de regreso. Estoy mal, las calles… todo es caótico, nada tiene orden, trató de escapar, cruzo sin percatarme de las señales, ¿acaso deberían?, cuando uno no puede reaccionar, ¿acaso debería el mundo no pararse para ayudar? ¿no hablan de empatía todos? ¿por qué no son empáticos con alguien como yo que no la tiene?

Los siguientes días son de terror tras terror. Nadie sabe nada. Nadie atiende nada salvo las noticias sobre el Fiscal de la Nación y el presidente Vizcarra. Se conoce que se bajó entre las avenidas Universitaria y La Marina. Una mujer vio en la playa de la Costanera que un niño entraba al mar luego de quitarse la ropa, pensó que iba a salir pero nada. Llevó la ropa a la Comisaría, pero como no había registro de la pérdida ni la alerta, no se tomó medidas. Los gritos de los padres al recoger después las prendas aún resuenan en la comisaría, más que los gritos de la gente pidiendo la cabeza de los políticos de turno en la Plaza San Martín, más que los cohetes de año nuevo que inundaron la ciudad del olor a pólvora que a Kevin no le gustaba porque era una de las peores noches del año, por la bulla. Un grito que se fue disolviendo porque no encontraban al pequeño y las esperanzas se movían entre el abismo de creerlo vivo o resignarse a que el mar les devuelva su cuerpo por lo menos.

Las cosas deben estar donde deben estar. Tus cubos de madera, las medias dobladas desde la punta hacia arriba, las zapatillas con los nudos de los cordones hechos con la misma cantidad de ojal… Todo en orden, en orden y miras el desorden aquello que no cuadra en lo que ya sabes debe estar y ser, te cambian el orden y miras todo en desorden y los edificios se caen, los cables de luz se sueltan, las caras se vuelven inmensas pinturas desdibujadas por el desorden que ha entrado y no se irá, no se irá y respiras pero no puedes, no hay forma de ordenar nada porque no puedes tocar nada o te desordenarás también y tu mano crecerá y tus ojos se achicarán, no puedes con todo, cierras los ojos y recuerdas las palabras sobre tu lugar seguro, las repites para ti mismo mientras cierras los ojos y todo se torna poco a poco de cielo. Entre tanto ruido oigo un rumor, podría ser el mar. El mar es hermoso.

El 3 de enero, reportaron un cuerpo de un menor flotando en el mar por la Costanera. Los padres por fin pudieron llorar algo real y no la incertidumbre que mata.

Me quito la ropa porque mamá siempre me ha enseñado que al mar se entra sin ella. No tengo ropa de baño así que no interesa quedarme en canzoncillo. El mar es hermoso porque el cielo se funde con él en un celeste increíble. Voy hacia allí. Me dejo acariciar por las olas y la espuma blanca. Creo que es hora de dejarme abrazar del todo y que me lleve a un celeste mayor y más grande, inmenso y silencioso, que me arrulla con un rumor seguro y en orden con todo…

Dedicado a Kevin Moreno

Líbrame de mis cadenas

Inmediatamente sintió como sus manos cambiaban. Sus dedos que antes rozaban sus lágrimas se iban llenando de plumones, pequeños cañones de los cuales salían hilos que se emparejaban ante un centro como de caña hueca. Su piel se erosionaba ante el ímpetu de la transformación y el crecimiento de esos cañones. Sus huesos se aligeraban, se sentía menos pesado pero más conciso. Sus ojos perdían pestañas y las cejas se volvían una nada. Su rostro se adelantaba teniendo una estructura más ósea en vez de nariz.

Segundos antes la muerte era su destino, lanzado contra el vacío del abismo de la calle por ese hombre que nunca le dijo “hijo”. Ahora, en un incomprensible estado, el tiempo detenido, su cuerpo que lentamente caía, cambiaba. Él cambiaba.

Finalmente, transformado en algo incomprensible pero cercano, lanzó un graznido que traspasó el infinito y se echó a aletear con un conocimiento innato, como si siempre hubiera sabido que su progenitor terminaría por echarlo por esa ventana algún día y que su pedido de ser libre sería cumplido.

Una sombra alada surca la ciudad en busca de aquello que nunca encontró entre los hombres y que espera hallar en la plenitud de la libertad de los cielos.

Por: Sarko Medina Hinojosa

#Microcuento

Guitarrazo

Sus dedos huesudos tocaban las notas tristes y alargadas de la canción: “Y cómo es él” de José Luis Perales. Estaba paseando de salón en salón en la Picantería “La Fiera”, alargando la voz, repitiendo el estribillo, moviéndose al compás de alguna sonrisa nerviosa que arrancara su canto. No consiguió más que dos soles de alguna pareja algo apurada por irse. Reconoció entonces a la mayoría que allí estaban almorzando. Eran las doce del mediodía de ese veinticuatro de diciembre y sus canciones estaban espantando clientela. Ese era el mensaje que le mandó el jefe de mozos con los ojos.

Trató de cambiar de canción, pero no pudo, algo se le rebelaba en el pecho. Un mensaje de texto leído a la volada esa mañana, la mala cara de su pareja, Julián, que en una mesa la esperaba. No soportó más el dolor que andaba arrastrando como alma en pena y cantó fuerte y claro: “Queeeee soooomoooosss amantes, que lo sepan todos…”, lo cual terminó de incomodar a varias parejitas que bajaban la vista y hasta apuraban el chaque de tripas de lunes que se ofrecía como menú al inicio de semana.

No era gratis el disparo. Los conocía a muchos. Parejas de viernes y sábados que llegaban hasta el local, algo alejado del centro de la ciudad. A los varones los reconocía mucho más, sus formas grandilocuentes de hablar, sus gestos de preocupación, de nerviosismo. Los “tasaba” muy bien, para eso tenía muchos años de tocar en lugares así. “A los sacavuelteros se los huele a los lejos”, se decía. El jefe de mozos se le acercó. “Ya te jodiste Irma, vete nomás hoy no hay almuerzo para ustedes, la dueña está cansada de repetirte que cantes otras canciones”.

Pudo irse por la paz, además aún podía llegar a La Capitana, o a la Cau Cau, ese día de vísperas de Navidad daba varios recorridos y sacaba buen dinero. Ya se le pasaría a la dueña y volvería a cantar. Pero la ira se le estaba acumulando, como un dique a punto de rebalsare en época de lluvia y la lloclla se le salió del alma: “¡A mí nadie me bota! ¡Yo canté canciones con Los Dávalos, ¿Qué se habrán creído?”. El silencio se quebró estrellándose en las manos que la aplaudieron, creyendo que era parte del show. Aun cuando varios trataron de evitar que la sacaran, estaba ya su menuda figura con la guitarra en mano en la vereda.

Julián salió detrás, y, tomándola del brazo, se la llevó calle arriba. “¿Qué te pasa? ¿Se te subió de nuevo el anís?”. Le dolió el insulto velado. Sí, desde hace más de cinco años que se terminaba casi media botella diaria, no de una buena botella de Anís Najar, sino de un alternativo de la Álvarez Thomas. “La vida es cruel”, se repetía como un mantra cada día, mientras apuraba el último trago antes de salir a cantar por bares y calles a partir de las once de la mañana.

Mientras era casi llevada a rastras por ese hombre, le resultó irreal la situación. Ella había estudiado música en la escuela Dunker Lavalle, provenía de una familia decorosa con un buen padre y madre, pensaba. Había estudiado en el Colegio Padre Damián y hasta había cantado canciones con Los Dávalos. Ganó un concurso de canto de Radio Arequipa y pudo haber grabado un disco, pero…

Cayó en cuenta de la realidad. Se dejó llevar por ilusiones que no concretaba. Orgullos extraños que la hacían rechazar ofertas, sueños de llamadas que nunca sucedieron, el facilismo de no arriesgar por composiciones propias. Lo de Los Dávalos fue tan fugaz que ni llegó a ser una gira, en realidad. Otro tema era el refugiarse en esos amores largos que solo le traían malos finales, como el de ahora, que iba por los seis años, con él sin trabajo estable, acompañándola a veces con el cajón, dependiendo de su humor y viviendo ambos de las rentas del alquiler de un departamento que le dejaran sus padres y ellos viviendo en el cuarto de la azotea, convertido en una extensión rara de cachivaches que sus hermanos subieron para no verlos y las cosas que ella misma traía de la calle, porque creía que le servirían alguna vez.

Se miró por un momento, deteniendo a su vez al impaciente amante: sus zapatos raídos, remendados a las justas por no llevarlos al zapatero o gastar en unos nuevos, su vestido que alguna vez fue rojo y ahora una mezcla indecible de tintes sobrepuestos que colgaba en su cuerpo sin las curvas que antes lo sostuvieran. Su guitarra ajada y maltrecha, con cuerdas forzadas a estar tensas a fuerza de la buena construcción del artefacto, hecho por los Fernández de Puente Bolognesi, que por el cuidado de la propietaria. Se recordó esa mañana en la visión del espejo, sus patas de gallo de cincuenta y cinco años, s